Saturday, April 04, 2026

Beber

Tierras raras Beber Adrián Acosta Silva (Reverso, 01/04/2026) https://reverso.mx/tierras-raras-beber/ Santos demonios, cabroncísimos demonios David Huerta, Incurable La historia social de la ebriedad es milenaria, aunque sus formas y rituales sean muy diversos. En todos los tiempos y contextos imaginables, las experiencias vitales de la sobriedad y la ebriedad son compañeras de viaje, antípodas que iluminan con tonos grises las tierras raras del consumo de alcohol, sus usos y costumbres. El alcohol es la moneda de uso legal en el reino de Baco. Es (casi) un principio universal el impulso a beber por diversos motivos. Celebraciones religiosas o paganas, funerales, aburrimiento, hartazgo, ocio, decepciones, frustración, angustia, miedo, incertidumbres, son emociones que alimentan o justifican la necesidad de beber. También está su némesis, la necesidad de la sobriedad para desarrollar actividades, para pensar con claridad, para sopesar riesgos y tomar decisiones en medio de tormentas públicas, privadas o secretas. Para algunos bebedores, la sobriedad que llega después de la ebriedad es combustible inesperado para la reflexión y la acción. Beber es la posibilidad de mirar las cosas de otro modo, de imaginar soluciones, de entusiasmarse con proyectos o ideas. La historia de bebedores legendarios muestra la potencia del alcohol en sus vidas. Dylan Thomas, Edgar Allan Poe, Charles Bukowski, son algunos ejemplos de dipsómanos célebres que combinaron etapas de ebriedad con episodios de sobriedad, aunque ninguno de ellos escribía cuando bebía. Ebriedad y sobriedad comparten en ocasiones el mismo silencio fúnebre de la vida cotidiana, frecuentemente aburrida, insignificante y solemne. La única diferencia es la cruda, la resaca, que sigue fatalmente a la borrachera. También es importante diferenciar varios tipos de bebedores: moderados, regulares, compulsivos, los que beben solos, los que lo hacen acompañados. Entre esa variedad se mezclan comportamientos según la edad, el sexo o las circunstancias. Cantinas, bares, piqueras, congales, antros son algunos de los sitios diseñados para organizar el consumo de alcohol. Pero es el acto de beber lo que realmente importa. Sus motivaciones, cantidades, oportunidades son asuntos de cada quién. El recorrido por la historia de la ebriedad muestra la complejidad del hábito de emborracharse, y que vino, whisky, pulque, vodka, cerveza, tequila, mezcal, coñac, sotol o bacanora, son sólo variaciones etílicas de la misma vieja canción de la ebriedad humana. La contundencia de una frase que leí en una pared del centro de Buenos Aires hace algunos años sacude las buenas conciencias de la sobriedad, con humor borgiano: “La realidad es una alucinación provocada por la falta de alcohol”. Lequoc -uno de los personajes de Un drama de caza, de Chéjov-, al brindar efusivamente con un viejo amigo: ¡Que el diablo nos lleve! ¡Hacía mucho tiempo que no bebía una copa! ¡Volvamos a portarnos como en los viejos tiempos! O quizá, como afirmó en una entrevista el legendario futbolista irlandés George Best ya en su retiro y sumido en la ruina, cuando un reportero le preguntó que había hecho con la enorme fortuna que había ganado en su paso por el futbol británico: “Lo gasté en alcohol, mujeres y coches; el resto lo despilfarré”. En estos días de santidad espiritual y peregrinaciones paganas, recordar las propiedades mundanas del alcohol y sus representaciones es un refugio para escuchar la música de lo que pasa.