Saturday, October 17, 2026

Caballos lentos

Caballos lentos Adrián Acosta Silva (Laberinto-Milenio, 17/10/2026) https://www.milenio.com/cultura/laberinto/caballos-lentos-gary-oldman-secretos-espionaje-britanico Surrounded by loosers Misfits and boozers Hanging by your fingernails You made one mistake You get burned at the stake You`re finished, your`re foolish, you failed Mick Jagger, Strange Game La serie de televisión protagonizada por el agente Jackson Lamb (personificado por el gran actor británico Gary Oldman), es una pequeña obra de orfebrería visual y narrativa que mezcla en dosis precisas espionaje, política y violencia. Situada entre las aguas profundas y superficiales del drama y la comedia, aderezada por el tono permanente de sarcasmo e ironía propia del mejor humor inglés, “Caballos lentos” (Slow Horses) constituye un relato de tensiones que ocurren en las prácticas de espionaje político internacional caracterizadas por actos terroristas, asesinatos, y venganzas relacionadas con disputas de parcelas del poder y de la burocracia gubernamental, guiados por siniestros recorridos entre áticos, pasajes y sótanos de la política británica del siglo XXI. Se trata, por supuesto, de historias ficticias, metáforas donde las figuras de la realeza, del parlamento, de las oficinas de seguridad nacional controladas (es un decir) por los máximos representantes del primer ministro inglés, y la sombra de medios de comunicación dedicados al chantaje y la corrupción, forman parte de los abismos de intrigas, grillas, traiciones y misterios que ocurren fuera y dentro del palacio de Buckingham y del edificio de Westminster. Basada en la novela del mismo nombre de Mick Herran, el creador de la serie, Will Smith (nada que ver con el famoso actor de Hollywood), se propuso la hechura de una historia que combinara elementos del espionaje clásico con ingredientes políticos asociados a las decisiones, procesos y prácticas que se hacen a nombre de la seguridad nacional. Un pequeño grupo de agentes proscritos de las oficinas de la central nacional de inteligencia británica son enviados a una casa de refugio o de deshechos (Slough House), para que desde ahí se dediquen al trabajo sucio que nadie quiere hacer en las oficinas centrales de espionaje. Se trata de hombres y mujeres que fueron marginados por sus problemas de alcohol o drogas, por sus continuas faltas a los reglamentos y prácticas internas, o por errores graves cometidos en el cumplimiento de sus deberes. Es un grupo de outsiders paralelo al sistema de inteligencia, percibidos como fracasados e irreformables por las máximas autoridades de la agencia, pero que poseen habilidades y talentos que pueden ser utilizados de manera ocasional para resolver casos complicados de espionaje nacional o internacional. Entre esos personajes destinados al destierro administrativo destaca la figura atormentada de River Cartwright (protagonizado por Jack Lowden) un joven agente cuyo abuelo fue un respetado agente del mismo sistema y su padre, un asesino sin escrúpulos al servicio de los trabajos sucios de la Central. En un viejo y desastroso departamento situado en la planta alta de un restaurante de comida italiana en el centro de Londres, Lamb coordina los trabajos de agentes rebeldes, a los que continuamente regaña, insulta y despide, pero que los mantiene cerca para tareas específicas pues confía en sus talentos y capacidades. Al mismo tiempo, Lamb mantiene relaciones de trabajo, pleitos y cooperación con la directora de la agencia (Diana Taverner, una mujer de carácter frío y arrogante pero eficiente hasta la médula, protagonizada por Kristin Scott Thomas), pero a la que impone sin negociaciones su estilo, habilidades y reglas defendiendo sus métodos de trabajo y al propio grupo de agentes a los que tiene bajo su mando. El resultado es una serie deslumbrante por su oscuridad. Situada entre el thriller, el drama y la comedia, Caballos lentos es quizá una de las mejores serien de televisión del siglo XXI, con un elenco cuyas actuaciones resultan sobrias e inquietantes. Iniciada en su primera temporada en 2022, para septiembre de 2026 alcanzó su sexta temporada, con la capacidad de mantener la atención de sus seguidores, espectadores y fans dentro y fuera de los húmedos pasajes londinenses. Escenas de violencia visual y corrupción política, aderezadas con el consumo cotidiano de alcohol y comida barata, entre actos escatológicos y pequeños arrebatos románticos, y con la música de fondo de una lúgubre canción de blues (“Strange Game”, interpretada por Mick Jagger), la tonalidad sombría de la serie adquiere fuerza, misterio y profundidad. Lamb y su grupo de agentes viven condenados al limbo administrativo y la invisibilidad pública, amenazados permanentemente por las sospechas de sus superiores, pero que resultan indispensables para las labores de espionaje e investigación que requiere el sistema de seguridad nacional. Son personificaciones de antihéroes que están muy lejos de la sofisticación de los James Bond o los Hèrcules Poirot que marcaron las historias clásicas de detectives de la segunda posguerra. El propio Lamb es la mejor representación de la estética del descuido y desaseo personal como tarjeta de presentación en la vida del clandestinaje, y cuyas energías intelectuales las destina a pensar permanentemente cómo resolver los casos que son asignados a su desastrosa oficina, cuidando la integridad de sus hombres y mujeres. Personajes contradictorios y condenados al anonimato que, entre pedazos de pizzas, sopas de ramen, vasos de whiskey barato y comida chatarra, deambulan entre callejones sin salida, navegando en la basura del sistema, pero que, con todo, alimentan débiles e improbables esperanzas de volver algún día a la luz de la normalidad pública, lo que eso signifique. La lentitud y el sigilo como sombras en el espejo de tiempos gobernados por las dictaduras de la eficiencia, la inmediatez o la urgencia.

Thursday, October 15, 2026

El Estado auditor y las tres culturas

Diario de incertidumbres El Estado auditor y la plaza de las tres culturas Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 15/10/2026) https://suplementocampus.com/el-estado-auditor-y-la-plaza-de-las-tres-culturas/?awt_a=rhgk&awt_l=CTLQm&awt_m=iP3DvtS9Zp7utgk&utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=campus-1159&utm_content=portada-acosta Desde los primeros años noventa del siglo pasado, bajo la influencia de la idea de la modernización y los enfoques de la nueva gestión pública, se introdujo en el lenguaje de las políticas de educación superior el concepto de “rendición de cuentas” (accountability). Eran los tiempos donde se impulsó desde el gobierno federal un cambio en las reglas del juego de las políticas públicas. Al viejo modelo de “patrocinio benigno y negligente” que dominó la etapa de masificación de la educación terciaria, le siguió un acelerado y caótico proceso de ajuste donde los indicadores cuantitativos fueron sustituidos o combinados con indicadores de carácter cualitativo. En diciembre del 2000 fue expedida por el congreso federal la Ley de Fiscalización Superior de la Federación, una herramienta de control gubernamental que estableció la obligación de rendir cuentas a todos los organismos públicos, incluyendo a las universidades. A lo largo de los años siguientes, con distintos oficialismos al frente (PRI-PAN-PRI-Morena), las políticas de ajuste a los comportamientos institucionales de las universidades públicas se concentraron en esquemas de supervisión y evaluación del uso de los recursos federales y estatales para el desarrollo de las actividades sustantivas universitarias. Auditorias y contralorías fueron las nuevas figuras en el paisaje de la gestión y administración de los dineros públicos que penetraron en la vida de los campus a través de informes anuales, semestrales o mensuales sobre la aplicación de los recursos, cuyos contenidos fueron revisados por instancias federales y estatales para vigilar su consistencia y suficiencia, con el propósito de que las universidades recibieran sugerencias y recomendaciones de aclaraciones, mejoras y pertinencia de sus ejercicios contables. En este contexto, las autonomías universitarias experimentaron ajustes en sus prácticas y rutinas institucionales. Proliferación de formatos, llenado de informes no solo de autoridades sino del personal académico, justificación de todo tipo de actividades académicas y administrativas fueron algunas de las expresiones que poblaron la vida de los campus con un nuevo tipo de burocratización de todos sus dominios. Las ilusiones de la modernización asociadas a la evaluación de la calidad y un financiamiento público creciente y responsable a través de recursos ordinarios y extraordinarios se instalaron en el centro del imaginario político y de las políticas de la educación superior. Las políticas basadas en incentivos encontraron el clima adecuado para desarrollar la supervisión estatal. Eran los tiempos del Estado evaluador. “Recursos etiquetados”, “programas estratégicos”, “planeación integral”, “fortalecimiento institucional”, “coordinación sistémica”, “bolsas extraordinarias”, palabras asociadas al diseño de agencias externas de evaluación y vigilancia se instalaron en la jerga del nuevo lenguaje administrativo universitario. Sistemas de planeación, programación, presupuestación y evaluación fueron instrumentados en las universidades para dar respuesta a los nuevos requerimientos hacendarios y auditables que se diseñaron bajo el cielo protector de las nuevas políticas. Esto permitió detectar en varios casos prácticas de corrupción, desvío de recursos, opacidad en el uso de dinero público, que llevaron a sanciones y castigos presupuestales a las autoridades universitarias, cuyo caso más emblemático (y mediático) fue el conocido como la “estafa maestra”, a mediados del gobierno de Peña Nieto. Un giro ocurrido en la primera década del siglo XXI fue el de las políticas del “Estado evaluador” hacia la configuración del “Estado auditor”, como le denominó nuestro recordado Roberto Rodrìguez. A la normativa de fiscalización federal se agregaron normativas de anticorrupción y de transparencia en las escalas federal, estatal y municipal. El giro consistió en la introducción del concepto de desempeño en los esquemas de rendición de cuentas y transparencia de las universidades. Es decir, ya no sólo se trataba de que las cuentas salieran bien, sino de que se relacionaran con su impacto en el mejoramiento de las funciones sustantivas. Una nueva batería de indicadores de desempeño habita desde entonces el mundo auditable universitario: cobertura, impacto social, vinculación con los entornos, eficiencia terminal, pertinencia de la investigación, innovación, forman parte del lenguaje burocrático-administrativo del Estado auditor, cuya traducción cristaliza en la elaboración de métricas apropiadas para cada indicador. Giros y lenguajes al uso de las políticas federales estructuran las prácticas de la auditoría como ritos de paso comprensibles sólo para iniciados. La gestión auditora configura un espacio poblado de señales extrañas, contradicciones y rutinas que operan en un marco regulatorio que significa un nuevo horizonte de restricciones para la gestión autonómica de las universidades. Un horizonte donde la crónica austeridad presupuestal, los condicionamientos constantes y crecientes para la autorización de recursos adicionales, la desconfianza gubernamental hacia lo que hacen o dicen las universidades, forman parte del incremento de las presiones realizadas en nombre de la evaluación, la rendición de cuentas y la transparencia. En estas circunstancias, los campus universitarios son espacios que asemejan a una moderna plaza de tres culturas: la cultura académica, la cultura de la evaluación, y la cultura de la auditoría. Son culturas que coexisten en un mismo espacio con diferentes actores en distintas arenas, representaciones de ideas y prácticas distintas sobre las relaciones de la autonomía universitaria con la responsabilidad, la rendición de cuentas y el desempeño institucional. La primera es una cultura autonómica basada en el autogobierno, las subculturas disciplinarias y las libertades de enseñanza y de investigación, cuyos protagonistas son las comunidades académicas; la segunda se basa en las rutinas de evaluaciones internas y externas de sus procesos y resultados, y sus actores principales son los directivos y las burocracias universitarias; y la cultura auditora consiste en la vigilancia y supervisión gubernamental constante en el uso de los recursos asociados al desempeño, y sus responsables son las oficinas de rectorías y del funcionariado contable y administrativo. Son las tres culturas que caracterizan hoy la veloz reconfiguración de los nuevos límites de la autonomía universitaria.

Thursday, October 01, 2026

Autonomías universitarias (2): gobernanza y políticas

Diario de incertidumbres Autonomías universitarias (2): Gobernanza y políticas Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 01/10/2026) https://suplementocampus.com/autonomias-universitarias-ii-gobernanza-y-politicas/ Según el breve recorrido sociohistórico de las autonomías universitarias ofrecido en la colaboración anterior, se pueden apreciar los diversos perfiles institucionales que caracterizan las autonomías de las 31 universidades públicas estatales y federales creadas en el siglo XX, que a lo largo de su historia combinan diversos tipos de autonomías y heteronomías en las esferas políticas, académicas y organizativas de cada institución. Para el nuevo siglo (2001-2020), surgieron seis nuevas universidades. Tres de ellas se establecieron en la capital del país: la Universidad de la Ciudad de México en 2001 (fundada inicialmente sin autonomía jurídico-política, pero sí organizacional y académica, que en 2005 se convirtió en autónoma), la Universidad Rosario Castellanos fundada en el año 2019 (que en 2024 se convirtió en Nacional), y la Universidad de la Salud (2020). Además, por iniciativa federal, se crearon en 2019 las Universidades para el Bienestar Benito Juárez Garcìa, que hoy cuentan con 215 sedes distribuidas en todo el país. Estas últimas instituciones no cuentan con autonomía política. Es de destacar que a lo largo del presente siglo también fueron creadas otro tipo de universidades públicas estatales que forman parte de las plataformas regionales de educación superior del país. Una de ellas es la Universidad Estatal de Sonora, creada por el gobierno de esa entidad en 2012. Otra, la Universidad Autónoma de Occidente, en Sinaloa, designada así desde el año 2018. Vista en perspectiva, la autonomía política, académica y organizacional de las universidades públicas ha permitido la expansión y diversificación de sus funciones sustantivas y sus presencias territoriales. En cada entidad federativa, las universidades estatales y federales han configurado redes institucionales inaugurando escuelas, facultades, centros universitarios y programas académicos e institutos de investigación entre diversas poblaciones micro regionales, con el propósito no solo de ofrecer mayores oportunidades de estudios superiores a las juventudes de esos territorios, sino también para emprender proyectos de investigación y vinculación de las universidades con dichos entornos. A lo largo del último siglo las autonomías universitarias son fuente de oportunidades de movilidad social que coexisten ocasionalmente con conflictos y tensiones con los poderes públicos y con actores políticos en distintas escalas y contextos. También generan agendas institucionales relacionadas con los cambios en las formas de gobernanza y financiamiento establecidas por los distintos regímenes de políticas públicas (patrocinio benigno y negligente, modernizadores, evaluadores de la calidad, centrados en la ampliación del acceso y cobertura), que han obligado a las universidades a ajustar o adaptar sus comportamientos y prácticas institucionales a las reglas del juego de las políticas. No obstante, uno de los límites persistentes a las autonomías tiene que ver las políticas federales de financiamiento público. Y desde hace más de una década, el financiamiento ha descendido paulatinamente en términos reales, lo que provoca un deterioro lento pero persistente de las condiciones que hacen posible el ejercicio efectivo de la autonomía política, académica y organizativa universitaria. Al mismo tiempo, las universidades han realizado un esfuerzo significativo por incrementar sus matrículas y diversificar sus programas de licenciatura y posgrado, manteniendo su calidad ante las agencias encargadas para su acreditación y aseguramiento (COPAES, CIIES, SECIHTI). Según datos de ANUIES, se estima que entre 2018 y 2026 la matrícula de las universidades públicas ha crecido en un 18 por ciento, mientras que el financiamiento público ha disminuido en casi un 30% en términos reales. Esta disparidad obedece a la cancelación de las bolsas extraordinarias de financiamiento disponibles para la gestión de diversos problemas estructurales de las universidades (infraestructuras, jubilaciones, pensiones, equipamientos), lo que se refleja en un déficit acumulado de gastos de operación que rebasa ya los 55 mil millones de pesos. (https://suplementocampus.com/anuies-e-instituciones-publicas-exigen-financiamiento-suficiente-y-seguridad-para-las-comunidades-universitarias/). En estas condiciones, los grados de autonomía universitaria han disminuido significativamente y la gobernanza universitaria tiende más a la resiliencia que a la innovación. Las condiciones de austeridad impuestas por el gobierno federal a las universidades públicas se expresan en comportamientos heterónomos y ajustes pragmáticos a financiamientos insuficientes. Frente a la expansión de nuevas tecnologías, demandas sociales sostenidas de acceso a las universidades, condicionamientos políticos de diversa magnitud y alcance, y combinación de condiciones permanentes de austeridad presupuestal con persistencia de mecanismos de rendición de cuentas sobre los recursos públicos que reciben, las autonomías universitarias han cambiado de rostro. En ese contexto, emerge una agenda de cambios en las expectativas y perfiles socioculturales de las nuevas juventudes mientras se agudizan los problemas de aprendizajes efectivos, abandonos tempranos de estudios o de inserción laboral de los egresados. Estos temas forman parte de la agenda de gestión institucional que aguardan por definiciones sustantivas que permitan un balance reflexivo y crítico de los déficits y futuros de las autonomías políticas, intelectuales, académicas y organizativas de las universidades públicas. Hoy, el proceso de la implementación de las disposiciones de la Ley General de Educación Superior aprobada en 2021, que coloca en el centro las ideas de gratuidad y obligatoriedad de la educación terciaria de carácter público como principios generales de las políticas federales en el sector, han llevado a las universidades a reformar sus capacidades de gestión autonómica para dar cumplimiento a esos principios, aunque lo hacen en condiciones de una severa austeridad presupuestal que se ha consolidado en los hechos como el principal instrumento gubernamental de debilitamiento del poder autónomo universitario. La causalidad profunda de ese debilitamiento tiene que ver con la desconfianza de no pocos círculos de las nuevas y viejas élites políticas y económicas sobre las capacidades de las universidades para enfrentar los retos de gratuidad y universalización de la educación superior, y del escepticismo abierto o soterrado sobre las libertades académicas que dan sentido a la autonomía universitaria. Bajo ese clima de exigencias, condicionamientos y desconfianzas se registra una suerte de reforma lenta y silenciosa de los significados, contenidos y alcances de las autonomías universitarias. La formulación de una agenda de reflexión y acción sobre el tema despunta como una tarea sustantiva de las propias universidades para el presente y el futuro de sus transformaciones deseadas y posibles.

Wednesday, September 30, 2026

Pitol

Tierras raras Pitol Adrián Acosta Silva Revista Reverso, 30/09/2026 https://reverso.mx/tierras-raras-pitol/ Uno de los escritores fundamentales de la segunda mitad del siglo XX mexicano es Sergio Pitol (1933-2018). Ensayista, novelista, pensador de profundidades, hábil nadador de superficies, traductor, diplomático, funcionario público, profesor universitario, Pitol representa quizá como ningún otro la figura del intelectual profano, dotado del extraño talento para reunir en sus obras la influencia de autores clásicos y contemporáneos de la literatura mezcladas con las experiencias mundanas de la vida cotidiana. Acaba de salir publicado en España un libro póstumo (Diarios 1968-1980), que permite apreciar su travesía por tierras europeas durante esos años de penurias económicas y felicidades creativas. La prosa de Pitol es asombrosa, larga y abundante. Maestro del lenguaje y la imaginación, sus escritos exploran las fronteras difusas de la realidad y la fantasía desde los anteojos de la literatura. De manera arbitraria, escojo algunas de las frases escritas en uno de sus libros de vejez (El mago de Viena), como una invitación y un homenaje no solo al escritor poblano, sino también a la editorial que publicó una gran parte de sus textos (Era), que anunció hace poco su cierre definitivo por problemas económicos. Libros. “El libro realiza una multitud de tareas, algunas soberbias, otras deplorables; distribuye conocimientos y miserias, ilumina y engaña, libera y manipula, enaltece y rebaja, crea o cancela opciones de vida. Sin él, evidentemente, ninguna cultura sería posible. Desaparecería la historia y nuestro futuro se cubriría de nubarrones siniestros. Quienes odian los libros también odian la vida.” Escritura. “Escribir me parece un acto semejante al tejer y destejer varios hilos narrativos arduamente trenzados donde nada se cierra y todo resulta conjetural; será el lector el que intente aclararlos, resolver el misterio planteado, optar por algunas opciones sugeridas: el sueño, el delirio, la vigilia. Lo demás, como siempre, son palabras.” Memoria. “Un atributo de la memoria es su inagotable capacidad para deparar sorpresas. Otro, su impredecibilidad.” Vejez. “Hay un genuino resentimiento ante la injusticia cósmica por no haber una señal explícita de la aproximación del desastre. O tal vez la hubo y no logramos detectarla. Parecería que la metamorfosis de lo lozano en lo marchito nos hubiese ocurrido en un estado de coma. En fin, la cosa es que uno se ha hecho viejo.” Infierno. “El infierno, escribió O`Brien, gira en torno a un eje. Por su forma es circular y por su naturaleza es interminable, reiterativo y más bien insoportable.” Oscuridad (sobre El corazón de las tinieblas). “Esa experiencia creó en Conrad la convicción de que al ser humano se le presentan sólo dos opciones: adherirse al mal o soportar estoicamente la desdicha. Al margen de un contexto civilizado, toda institución creada por el hombre para coexistir en armonía: leyes, costumbres, modales, cultura, moral, forma una película indeleble, pronta a rasgarse a la menor provocación para abrir paso al elemento salvaje, primario, indómito, hasta encontrar el fondo oscuro de la naturaleza humana.” En las tierras raras gobernadas por las relaciones metálicas entre robots y humanoides del siglo XXI, el deslumbrante lenguaje de Pitol ofrece un vistazo a la riqueza, diversidad y complejidad de las tierras arenosas que habitan la conspiración de los detalles que configuran la experiencia humana.

Thursday, September 17, 2026

Autonomias universitarias

Diario de incertidumbres Autonomías universitarias: historia y política Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 17/09/2026) https://suplementocampus.com/autonomias-universitarias-historia-y-politica/ El principal logro institucional de las universidades públicas mexicanas en el siglo XX fue la conquista de su autonomía. En tanto idea rectora traducida como derecho, facultad o atribución legal reconocida por el Estado, la autonomía fue una decisión política que ha tenido efectos en las políticas de educación superior diseñadas e implementadas a lo largo de más de un siglo tanto a nivel federal como en los ámbitos estatales. Conviene enfatizar que la idea de la autonomía es una noción estrechamente vinculada a la idea de la libertad de enseñanza e investigación. No obstante, las fórmulas de vinculación varían de acuerdo con las “traducciones institucionales” que ocurren en cada caso. La autonomía tiene que ver con el autogobierno universitario; la libertad académica con las prácticas que caracterizan el desempeño de profesores e investigadores en sus relaciones con las comunidades estudiantiles en los diversos campos y disciplinas del conocimiento y la formación profesional. Autonomías y libertades tienen límites difusos, pero distinguibles: una es de carácter político-institucional, ejercida por los órganos colegiados de gobierno; otra es de carácter académico, ejercida por individuos y grupos que cristalizan las prácticas de docencia, investigación y difusión. No obstante, en el caso mexicano, los orígenes, significados e interpretaciones de las fronteras de la autonomía no son homogéneos en las 36 universidades públicas federales y estatales que hoy existen en el país. Por sus historias y contextos específicos, pueden distinguirse diversos tipos de autonomías en las trayectorias sociohistóricas de cada universidad. Bajo esta premisa, pueden identificarse tres tipos de autonomías: la política, la académica y la organizacional. Esta distinción se basa no solo en los enunciados normativos de cada universidad (leyes orgánicas) y sus diversas reformas a lo largo del tiempo, sino sobre todo en la configuración sociológica (relaciones entre actores, estructuras, procesos) de las prácticas institucionales de gestión de las autonomías. Los tres tipos autonómicos propuestos configuran dimensiones o esferas de las diversas autonomías universitarias. Pueden existir casos de autonomías de organización y académica basadas en el principio de la libertad de cátedra y de investigación que no requieren necesariamente de la autonomía política institucional, es decir, del autogobierno. Pero el autogobierno supone un grado mayor de libertades y atribuciones universitarias para su autoorganización administrativa y académica, pues ello implica procesos decisionales vinculados a la participación de las comunidades estudiantiles y académicas en la deliberación de diversos asuntos universitarios a través de los órganos colegiados de gobierno distribuidos a lo largo y ancho de las estructuras de las universidades públicas. Son los cambios en los entornos universitarios los factores causales que se constituyen en la fuerza motriz de las reformas en las autonomías universitarias observadas en los últimos cien años. Los movimientos estudiantiles de comienzos del siglo XX, los procesos de sindicalización del profesorado universitario de los años setenta y ochenta, los cambios introducidos por las políticas de modernización, evaluación, acreditación y aseguramiento de la calidad de los programas académicos universitarios, o las reglas del financiamiento público ordinario y extraordinario hacia las universidades ocurridas a finales del siglo pasado y durante el primero cuarto del siglo XXI, constituyen algunos de los principales factores de causalidad de las transformaciones de las prácticas de la autonomía universitaria que dieron origen a reformas discretas o amplias en los comportamientos institucionales del gobierno, la gobernanza y la gestión de las autonomías. Las primeras universidades de carácter público del siglo XX mexicano fueron diseñadas como instituciones con autonomía académica y organizativa pero no con autonomía política, es decir, con la capacidad de autogobernarse, cuya decisión más importante es el nombramiento de sus rectores y directivos. Es el caso de la propia Universidad Nacional de México (1910), la Universidad Michoacana (1917), la Universidad de San Luis Potosí (1923), o la Universidad de Guadalajara (1925). Estas universidades conquistaron la autonomía política varios años después, mediante movilizaciones estudiantiles (como en el caso de la Nacional en 1929, 1933, y 1945), o por la negociación entre las comunidades universitarias con gobiernos locales, como la U. de San Luis Potosí (1934), la Michoacana (1920), y de manera mucho más tardía, la U de G (1994). Una segunda ola de universidades públicas estatales representa con claridad los modelos autonómicos universitarios. Entre 1930 y 1950 se crean tres universidades públicas estatales con autonomía académica y organizativa, pero sin autonomía política. Son los casos de las universidades de Sonora (1938), Veracruz (1944) y Guanajuato (1945). En ese lapso, se crea también el Instituto Politécnico Nacional en 1937, como institución federal no autónoma y proyecto emblemático del gobierno cardenista en la educación tecnológica no universitaria. Una tercer ciclo o etapa cubre el período 1950-1970, donde se crean la mayor parte de las universidades públicas contemporáneas del país. En ese lapso, se establecen 16 universidades estatales, algunas con autonomía política desde el principio y otras de manera fáctica o tardía. Durante la primera década (1950-1960) se incluyen las Autónomas de Puebla, Oaxaca, Baja California, Chihuahua, Tabasco, Estado de México, Tamaulipas y Durango, En la década siguiente, (1960-1970), se establecen otras 7 universidades públicas en Guerrero, Sinaloa, Zacatecas, Campeche, Hidalgo, Morelos y Colima. Entre 1970 y 1980, se fundan diez universidades más en el territorio nacional. Siete son universidades estatales en Tlaxcala, Aguascalientes, Baja California Sur, Chiapas, Ciudad Juárez, Coahuila y Nayarit, y tres universidades federales: las Universidades agrarias Antonio Narro en Coahuila, y Chapingo en el Estado de México (ambas con el importante antecedente de la Escuela Superior de Agricultura Hermanos Escobar, fundada en 1906 y clausurada en 1993 en Ciudad Juárez, Chihuahua), y la Universidad Autónoma Metropolitana en la capital del país. En la década siguiente y hasta el cierre del siglo, sólo se crearán dos universidades estatales más en Yucatán (1984) y en Quintana Roo (1991). Con ello se configuró la actual estructura republicana de universidades públicas distribuidas en todo el país.

Thursday, September 03, 2026

Diletantes digitales

Diario de incertidumbres Diletantes digitales Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 03/09/2026) https://suplementocampus.com/diletantes-digitales/?awt_a=rhgk&awt_l=CTLQm&awt_m=g3krXZfKfp7utgk&utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=campus-1153&utm_content=acosta-diletantes A la memoria de Roberto Rodrìguez Uno de los fenómenos surgidos con la modernidad es la aparición de la figura del diletante, ese tipo de comportamiento que encarna en individuos (hombres, mujeres) que suelen desarrollar aficiones o interés por varias cosas al mismo tiempo. El auge del enciclopedismo en los siglos XVIII y XIX, el incremento de la escolarización masiva en el XX, o la profesionalización de las ciencias y las artes en los últimos dos siglos, son algunos de los factores causales que configuran los antecedentes de las versiones contemporáneas del diletantismo en el siglo XXI. Junto con la figura del flâneur -el paseante que observa con curiosidad lugares, prácticas y símbolos del mundo urbano-, el diletante digital es la expresión màs refinada de la modernidad occidental globalizada y fragmentada, reflejada en las pantallas de dispositivos electrónicos gobernados por algoritmos. Hoy, con el auge de internet, los recursos digitales y la explosión de la inteligencia artificial y las realidades virtuales, se ha ampliado y profundizado el acceso a muchos temas y objetos de interés de las nuevas generaciones. Videojuegos musicalizados por bandas sonoras extraídas de los años sesenta y setenta, películas y series de televisión, el auge de la moda vintage, el predominio de plataformas como Facebook, Instagram, X, y una multitud de opciones similares, configuran sistemas de estímulos, espacios y herramientas para el desarrollo de actitudes diletantes de muy diverso tipo y complejidad. En la era de los algoritmos, la economía de la atención gobierna el mundo virtual encadenando y multiplicando las posibilidades de navegaciones instantáneas en el horizonte (casi) infinito de la información acumulada en la red. En esas circunstancias, los comportamientos humanos mezclan diversos tipos de diletantes digitales. Los concentrados (o atrapados) en el uso de las redes, que desarrollan en ocasiones hábitos adictivos en ciertos temas; los que siguen las expresiones de violencia y sangre que ocurren en todo el mundo; los que cultivan el interés por ciertos oficios y profesiones; los que se vuelcan al seguimiento de los dichos y hechos de famosos o los que aspiran a serlo: influencers, cantantes de moda, futbolistas, empresarios. La autoridad estética, intelectual y política se ha dispersado en las redes, desvaneciendo y multiplicando de manera confusa y contradictoria los códigos del saber y del poder entre los millones de consumidores de imágenes, palabras y sonidos que albergan cada minuto los grandes contenedores de información que distribuyen “contenidos” en las redes. Entre robots y humanos se establecen relaciones curiosas. Los teléfonos inteligentes se han convertido en armas y refugios, en juguetes y fuentes de sabidurías instantáneas, oráculos de luz, bibliotecas portátiles, tarjetas de crédito, cámaras que almacenan música, fotografías y videos, cuadernos de apuntes, mapas y calendarios, que lo mismo sirven para consultar horóscopos que para saber la hora o el clima, para comprar comida a domicilio o pagar deudas y realizar compras en plataformas comerciales. También son instrumentos para transacciones bancarias o para el uso eficiente de redes políticas dirigidas a promover ciertas ideas y rumores, mensajes de odio y enaltecimiento de figuras públicas, o redes criminales que roban, secuestran y asesinan. Ya no son sólo objetos para comunicarse con amigos y familiares. Se han convertido en herramientas de uso cotidiano para explorar casi cualquier cosa. En las tierras raras de los diletantes deambulan las sombras silenciosas de individuos conectados permanentemente a redes, con teléfonos inteligentes celosamente guardados en sus bolsillos entre carteras, llaveros y monedas. Son figuras que consumen obsesivamente “datos”, y representan las prácticas socioculturales al uso en la era de la distracción. Para el diletante digital, las fronteras entre lo verdadero y lo falso se evaporan en el consumo incansable de datos: lo que importa es pasar de una pantalla a otra (scrolling) en el menor tiempo posible, navegando entre la basura informativa política y comercial que arrojan cada minuto millones de miles de granjas de bots. Es el humano convertido en herramienta de robots gobernados por grandes empresas y consultores de moralidades elásticas, donde la capacidad reflexiva es un territorio árido poblado de racionalidades contradictorias en línea, un territorio que amplía rápidamente sus fronteras dentro y fuera de los campus universitarios. Doblar de campanas. Esta semana falleció de manera sorpresiva Roberto Rodrìguez Gòmez, compañero de estas páginas de Campus, académico destacado, colega afectuoso, analista lúcido y respetado. Se apaga la voz del mejor pensador de los problemas de la educación superior de los últimos treinta años. Nos hará falta.

Wednesday, September 02, 2026

Poder

Tierras raras Poder Adrián Acosta Silva (Reverso, 02/09/2026) https://reverso.mx/tierras-raras-poder/ En cualquier programa universitario de sociología o de ciencia política se enseña que el poder político no es una cosa sino una relación. Ello significa que los actores protagónicos de la política como espectáculo forman parte de un entramado institucional que, en contextos democráticos, incluye componentes de legitimidad, eficacia y eficiencia, valores como la honestidad, el respeto, la tolerancia, y la capacidad de cohesionar voluntades y prácticas cooperativas entre políticos y ciudadanos. No obstante, las brechas entre estos componentes suelen ser confusas y contradictorias. Las imágenes de políticos altruistas y ciudadanos virtuosos solo caben en la imaginación de los dirigentes y liderazgos políticos, cuyo pragmatismo es el lubricante de la maquinaria institucional. El tiempo y las circunstancias, las creencias y las ideas, la voluntad y la virtud, configuran un territorio donde los comportamientos de las élites políticas se cocinan al fuego lento de presiones, incertidumbres y urgencia de resultados. El largo sainete protagonizado por el gobernador de Sinaloa, Rubèn Rocha Moya, es un magnífico ejemplo de los misterios bufos políticos mexicanos. Un episodio sin moralejas, que se mueve entre las aguas lodosas de la comedia, la farsa y la tragedia. Vínculos de corrupción, narcotráfico y delincuencia organizada flotan en el ambiente político sinaloense desde hace décadas, y en esa atmósfera surgió la figura del exrector de la Universidad Autónoma de Sinaloa, con una larga carrera como académico y con un doctorado como su carta de presentación. En 2013 publicó una novela titulada El disimulo: así nació el narco (Editorial GSE) que narra la historia de los personajes de un pueblo de la sierra sinaloense basada en la propia historia de Badiraguato, el lugar de nacimiento de Rocha Moya y el Chapo Guzmàn. Ese libro llamó la atención de Andrés Manuel Lòpez Obrador cuando era dirigente del naciente Movimiento de Regeneración Nacional en 2015, quién invitó a Rocha Moya a construir la nueva organización política en Sinaloa a partir de ese año. Con olfato político admirable, Rocha se subió al tren de la cuarta transformación en un contexto de desgaste de los partidos tradicionales, para ser electo como senador entre 2018 y 2021, y luego gobernador en 2021. Como todos los políticos astutos y pragmáticos, formó alianzas con muchos grupos de poder locales para respaldar sus gestiones como gobernador, hasta los acontecimientos de violencia y sangre que se desencadenaron con la captura del Chapo Guzmàn, el secuestro del Mayo Zambada, y el asesinato de su antiguo compañero de luchas políticas universitarias y extrauniversitarias y luego adversario político (Héctor Melesio Cuèn), quien también fue rector de la UAS. Cercado por sus propios demonios, atrapado por sus compromisos confesados e inconfesables, el Dr. Rocha y el rochismo que representa se acercaron al desfiladero y ahora al abismo político. Abandonado y solitario, sin capacidad de maniobra para restructurar complicidades, alianzas y acuerdos, perdida su legitimidad y autoridad, la figura del gobernador en desgracia es la representación sin disfraces de los límites de la política pragmática que se practica en los pasillos, callejones y sótanos de la república mafiosa. No es, como pregona en estos días de manera insistente la presidenta Sheinbaum, un asunto de responsabilidad personal, un extravío de los principios de la 4T, o una traición a los “compromisos con el pueblo” que lo eligió, argumentos que intentan deslindar al régimen morenista del exrector sinaloense. Es algo más profundo y complejo: la lógica de un sistema de creencias endurecido en el lodazal de las tierras raras de nuestras prácticas políticas, que ha sustituido la política como relación a la política como cosa. Quizá, en estos días aciagos, de pérdidas y lamentos, Rocha y sus aliados se vean en el espejo líquido de las palabras del viejo Hobbes, cuando en los tiempos felices de sus ascensos al poder se percibían a sí mismos como los hombres que disfrutan sus viciosas fantasías presentes esperando realizarlas efectivamente en el futuro, cuando tengan el poder. En Culiacán, ese momento del futuro es ahora parte del pasado inmediato.