Thursday, April 23, 2026

Trayectorias universitarias (2)

Diario de incertidumbres Trayectorias universitarias (2): autonomía, política y gobernabilidad Adrián Acosta Silva (Campus Milenio, 23/04/2026) https://suplementocampus.com/trayectorias-universitarias-ii-autonomia-politica-y-gobernabilidad/ Las trayectorias sociohistóricas de la UNAM y de la U de G son historias paralelas. Con distintas intensidades, modalidades y contextos, ambas instituciones representan las relaciones que se configuran entre las ideas, los intereses y los actores que están en la base de sus idearios y prácticas políticas y académicas en diversas etapas. Esas historias ayudan a entender los procesos de legitimación de la autoridad de las universidades en las dimensiones académica, intelectual, social y política. Luego de conquistar la primera autonomía universitaria en 1929, plasmada en la Ley Orgánica de ese mismo año, la UNAM experimentó diversas tensiones con los gobiernos posrevolucionarios durante la etapa del maximato (cuya figura central era el denominado “jefe máximo” de la Revolución, Plutarco Elías Calles, 1928-1934) y luego con el proyecto de la educación socialista impulsada por el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940). En 1933 hubo una nueva reforma a la Ley Orgánica de la Universidad, que desligó a la institución del apoyo financiero del Estado, y fue hasta 1945 cuando se vuelve a reformar la Ley para definirla como organismo descentralizado del Estado mexicano y dotarla de la autonomía que hasta hoy sigue vigente. De manera paralela, la U de G experimentó desde su refundación en 1925 hasta el año de 1937 una etapa convulsiva, con la fractura ocurrida en el seno del consejo universitario a raíz del apoyo de las autoridades universitarias con el proyecto de educación socialista del cardenismo, y la salida de la universidad de un grupo de consejeros, docentes y estudiantes que fundaron la primera universidad privada de México, la UAG, en 1935. Una nueva ley orgánica fue promulgada en el año de 1937 y posteriormente ocurriría otra reforma a la normativa universitaria en 1952, que estaría vigente durante más de cuarenta años. En la dimensión política, las trayectorias seguirían cauces y lógicas distintas. En el caso de la Nacional, diversos movimientos estudiantiles se organizaron en escuelas y facultades para demandas específicas, mientras que en la U de G se desarrolla un modelo de gobernabilidad corporativa basado en la formación de federaciones estudiantiles que tendrían una influencia estratégica y en ocasiones determinante en las formas de socialización política de los dirigentes estudiantiles, y en las prácticas de gobierno y la gobernabilidad universitaria: el Frente de Estudiantes Socialistas de Occidente, (FESO,1934-1948), la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG, 1948-1991), y la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU, 1991-actual). Las décadas de los años cincuenta, sesenta y setenta constituyen el ciclo de expansión y legitimación de la educación superior universitaria en el país. Son treinta años de un claro crecimiento y diversificación de las universidades públicas federales y estatales, que inauguran nuevas sedes, programas, campus, escuelas y facultades, centros e institutos de investigación en toda la república, lo que se tradujo en un crecimiento explosivo de estudiantes, profesores, directivos y trabajadores administrativos cuyo volumen y composición social modificarían sustancialmente la demografía y los perfiles políticos y socioculturales de las comunidades universitarias. En el caso de la Nacional, la inauguración de Ciudad Universitaria en 1954 representa como ningún otro acontecimiento la importancia simbólica, académica y sociopolítica de la Universidad en el contexto del “milagro mexicano” de los años de la posguerra, ocurrido paralelamente con el fortalecimiento del régimen autoritario mexicano surgido de la Revolución mexicana, un régimen de partido prácticamente único. La mudanza de las escuelas y facultades del barrio universitario hacia el campus construido al sur de la Ciudad de México en un espacio prácticamente deshabitado de la capital se constituyó como la señal más potente de lo que representaba la Nacional en el proyecto de desarrollo político y económico de los regímenes posrevolucionarios después de la segunda guerra mundial. En el caso de la U de G, la identificación con el régimen de la revolución significaba el hecho de que la autonomía no fuera una demanda impulsada por autoridades, profesores o estudiantes. Los gobiernos estatales establecieron un pacto no escrito pero funcional con las autoridades y dirigencias de la U de G que cristalizaba en apoyos en infraestructuras, donación de terrenos, presupuesto público, oportunidades de empleo para egresados universitarios, y canales de movilidad política para los liderazgos estudiantiles y docentes. Aunque nunca se impulsó un proyecto parecido a la construcción de una ciudad universitaria como la UNAM, se fundaron espacios universitarios como el Instituto Tecnológico (1949) o el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades (1961), y se fortaleció el vínculo orgánico entre las facultades de medicina, odontología y la escuela de enfermería con el Hospital Civil de Guadalajara. El ritmo del crecimiento de la matrícula es el indicador más potente del valor público de ambas universidades durante esas tres décadas, etapa que bien puede ser descrita como la “era de oro” del fortalecimiento de la legitimidad académica, social y política de dichas instituciones. En el caso de la UNAM, en 1960 alcanzó la cifra de 58 mil estudiantes, en 1969 se rebasó la cifra de 100 mil y en 1980 los 270 mil. Por su parte, en la U de G hacia el año de 1955 se registraban apenas 3,733 estudiantes universitarios, cifra que se quintuplicó una década después (1965), cuando se alcanza una matrícula de 15,157 estudiantes, y para el año de 1971 llegaban ya a más de 42 mil. Esta transición de universidades de élite hacia la configuración de universidades de masas implicó una suerte de modernización no planeada de las prácticas y estructuras de la universidad, que cambió de manera irreversible la idea misma de la universidad pública y alteró de forma significativa las formas de gobierno y gobernabilidad institucional de distintas maneras e intensidades. La cantidad, calidad y complejidad de las demandas estudiantiles y del profesorado por mayores recursos y participación en la toma de decisiones hacia el gobierno universitario se multiplicaron, y configuraron una agenda compleja que implicó una relación diferente con los poderes públicos externos a la universidad, específicamente con el gobierno federal y con los gobiernos estatales.

Thursday, April 09, 2026

Trayectorias universitarias

Diario de incertidumbres Trayectorias universitarias: sociedad, historia y política Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 09/04/2026) https://suplementocampus.com/trayectorias-universitarias-sociedad-historia-y-politica/ Las conmemoraciones universitarias constituyen momentos relevantes de reflexión y balance para las instituciones. Autoridades y comunidades suelen destacar en los calendarios de sus celebraciones aquellos eventos que representan la historia y los trayectos institucionales que marcan la identidad de una organización, sus personajes y símbolos, logros y desafíos. En el campo de la educación universitaria, este año se celebran los aniversarios de creación, fundación o establecimiento de varias universidades públicas en México, entre las que destacan los 475 años de la UNAM, o los 234 años de la Universidad de Guadalajara, las dos instituciones universitarias más antiguas y grandes de nuestro país. Ambas universidades representan las trayectorias históricas y socio-institucionales de buena parte de las universidades públicas mexicanas contemporáneas, aunque cada caso tiene su propia singularidad y complejidad. Esas trayectorias incluyen diversas dimensiones, entre las que destacan por lo menos tres: 1) la académica, expresada en el desarrollo de sus disciplinas, escuelas, facultades y centros e institutos de investigación; 2) la social, relacionada con la composición sociodemográfica de sus comunidades estudiantiles, docentes y de egresados; y, 3) la política, ligada a sus formas de gobierno y gobernabilidad, al ejercicio de la autonomía y sus relaciones con los entornos locales y nacionales. Esta última dimensión es particularmente relevante en los momentos celebratorios, pues es la resultante política de la legitimidad académica e intelectual del desarrollo del conocimiento y la formación de profesionales que constituyen el núcleo profundo del sentido institucional de la universidad, y de la configuración social de sus actores centrales (estudiantes, profesores e investigadores). El autogobierno y la construcción de la autonomía es el corolario de la historia universitaria, la representación de la legitimidad política de la universidad en los contextos de la sociedad nacional y las sociedades regionales del México colonial, republicano y moderno. En el caso de la UNAM, existen dos momentos centrales de su origen como Real y Pontificia Universidad de México (RPUM). Uno es la expedición de la cédula real de fundación del 21 de septiembre de 1551 otorgada por el rey del imperio español, y otro su inauguración oficial, ocurrida el 23 de enero de 1553. Junto con las Universidades de Santo Domingo (1538) y la de San Marcos de Lima (1551), la Universidad de México se constituyó como parte de la tríada institucional fundada por la Corona española y la iglesia católica en el proceso de colonización derivado de la conquista de las tierras americanas desde comienzos del siglo XVI. Posteriormente, se fundarían otras 31 universidades en las colonias españolas de los territorios conquistados hasta el año de 1812, y una de las últimas del largo período colonial fue la Real Universidad de Guadalajara (RUdeG) en 1792. Inspiradas en gran parte por el modelo y los estatutos de la Universidad de Salamanca, tanto las universidades de México como la de Guadalajara (así como otras universidades coloniales hispanoamericanas) establecieron desde su origen relaciones de cooperación, subordinación y tensión con los poderes políticos y eclesiásticos coloniales y peninsulares. Destaca el peso que tuvo la RPUM en la organización de los estudios superiores durante el virreinato de la Nueva España, y el de la RUdeG en el reino de la Nueva Galicia, creada como una región relativamente autónoma en 1531. Surgidas de una variedad de experiencias educativas previas (escuela-convento, seminario-escuela, claustro-escuela), las primeras universidades fueron el resultado de la gestión política conjunta de élites criollas, arzobispados locales y autoridades virreinales frente a la corona española. Esa gestión revela el poder político de los fundadores de las primeras universidades novohispana y novogalaica, respectivamente, apoyados por actores políticos locales como los representados en ayuntamientos y Audiencias. En el caso de la RPUM es posible distinguir tres grandes períodos: orígenes (1551-1604); expansión y consolidación de su legitimidad institucional (1604-1810), y crisis, decadencia y clausura definitiva (1810-1863). En el caso de la RUdeG, esa periodización es mucho más breve y, en algún sentido, paradójica y dramática: orígenes (1792-1810), crisis y clausura (1810-1821), inestabilidad y cierre definitivo (1821-1860). Esto significa que mientras la Universidad de México tuvo una existencia de más de 300 años desde su fundación hasta su clausura, la de Guadalajara tuvo una existencia como universidad colonial de apenas 58 años. En la etapa republicana (1821-1875) y durante el porfiriato (1876-1911), ambas universidades enfrentaron la crítica de las fuerzas liberales que obligaron a sus clausuras definitivas casi al mismo tiempo (1863 y 1860). Aunque los cierres de las reales universitarias representaban un acto independentista propio de la constitución de las primeras repúblicas americanas, la vida académica siguió latente bajo la forma de escuelas libres, centros e institutos de educación superior, así como en espacios como la Escuela Nacional Preparatoria en la capital del país (1867), o la Escuela Preparatoria de Jalisco (1914). Bajo esa morfología académico-institucional impulsada por pensadores positivistas y élites liberales, la educación superior sobrevivió a los cierres de la universidad tanto en la capital nacional como en la capital jalisciense. La apertura o refundación de ambas universidades ocurrió a comienzos del siglo XX, cuando la larga dictadura porfirista y el auge de la revolución mexicana imprimieron un perfil socio-institucional diferente a las nacientes Universidad Nacional de México (1910) y la Universidad de Guadalajara (1925). Cada una a su modo representa dos versiones de las reformas modernizadoras que caracterizarían nuevas trayectorias e identidades a las universidades. En el caso de la Nacional, esa saga institucional se desarrollaría en el convulso período ocurrido entre 1910 y 1929, cuando se conquista la primera autonomía universitaria. En el caso de la universidad tapatía, el primer período (1925-1937) se caracteriza por el conflicto político e ideológico ocurrido en el marco del primer congreso de universitarios mexicanos celebrado en 1933, y que culminó en una crisis que derivó en el cierre de la U de G durante tres años (1934-1937), a causa de una fractura entre sus dirigentes que llevó a la creación de la Universidad Autónoma de Occidente, que luego cambiaría de denominación al de Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG) en 1935, la primera universidad privada de México.

Saturday, April 04, 2026

Beber

Tierras raras Beber Adrián Acosta Silva (Reverso, 01/04/2026) https://reverso.mx/tierras-raras-beber/ Santos demonios, cabroncísimos demonios David Huerta, Incurable La historia social de la ebriedad es milenaria, aunque sus formas y rituales sean muy diversos. En todos los tiempos y contextos imaginables, las experiencias vitales de la sobriedad y la ebriedad son compañeras de viaje, antípodas que iluminan con tonos grises las tierras raras del consumo de alcohol, sus usos y costumbres. El alcohol es la moneda de uso legal en el reino de Baco. Es (casi) un principio universal el impulso a beber por diversos motivos. Celebraciones religiosas o paganas, funerales, aburrimiento, hartazgo, ocio, decepciones, frustración, angustia, miedo, incertidumbres, son emociones que alimentan o justifican la necesidad de beber. También está su némesis, la necesidad de la sobriedad para desarrollar actividades, para pensar con claridad, para sopesar riesgos y tomar decisiones en medio de tormentas públicas, privadas o secretas. Para algunos bebedores, la sobriedad que llega después de la ebriedad es combustible inesperado para la reflexión y la acción. Beber es la posibilidad de mirar las cosas de otro modo, de imaginar soluciones, de entusiasmarse con proyectos o ideas. La historia de bebedores legendarios muestra la potencia del alcohol en sus vidas. Dylan Thomas, Edgar Allan Poe, Charles Bukowski, son algunos ejemplos de dipsómanos célebres que combinaron etapas de ebriedad con episodios de sobriedad, aunque ninguno de ellos escribía cuando bebía. Ebriedad y sobriedad comparten en ocasiones el mismo silencio fúnebre de la vida cotidiana, frecuentemente aburrida, insignificante y solemne. La única diferencia es la cruda, la resaca, que sigue fatalmente a la borrachera. También es importante diferenciar varios tipos de bebedores: moderados, regulares, compulsivos, los que beben solos, los que lo hacen acompañados. Entre esa variedad se mezclan comportamientos según la edad, el sexo o las circunstancias. Cantinas, bares, piqueras, congales, antros son algunos de los sitios diseñados para organizar el consumo de alcohol. Pero es el acto de beber lo que realmente importa. Sus motivaciones, cantidades, oportunidades son asuntos de cada quién. El recorrido por la historia de la ebriedad muestra la complejidad del hábito de emborracharse, y que vino, whisky, pulque, vodka, cerveza, tequila, mezcal, coñac, sotol o bacanora, son sólo variaciones etílicas de la misma vieja canción de la ebriedad humana. La contundencia de una frase que leí en una pared del centro de Buenos Aires hace algunos años sacude las buenas conciencias de la sobriedad, con humor borgiano: “La realidad es una alucinación provocada por la falta de alcohol”. Lequoc -uno de los personajes de Un drama de caza, de Chéjov-, al brindar efusivamente con un viejo amigo: ¡Que el diablo nos lleve! ¡Hacía mucho tiempo que no bebía una copa! ¡Volvamos a portarnos como en los viejos tiempos! O quizá, como afirmó en una entrevista el legendario futbolista irlandés George Best ya en su retiro y sumido en la ruina, cuando un reportero le preguntó que había hecho con la enorme fortuna que había ganado en su paso por el futbol británico: “Lo gasté en alcohol, mujeres y coches; el resto lo despilfarré”. En estos días de santidad espiritual y peregrinaciones paganas, recordar las propiedades mundanas del alcohol y sus representaciones es un refugio para escuchar la música de lo que pasa.

Thursday, March 26, 2026

Habermas y la universidad

Diario de incertidumbres Habermas y la reforma de la universidad Adrián Acosta Silva (Campus Milenio, 26/03/2026) https://suplementocampus.com/habermas-y-la-reforma-de-la-universidad/ El reciente fallecimiento del filósofo alemán Jürgen Habermas (1929-2026) revivió una potente ola de reflexiones en torno a su trayectoria y obra intelectual en el mundo de las ciencias sociales. Considerado como el último sobreviviente de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, Habermas es uno de los pensadores más influyentes del siglo XX en campos tan diversos como la filosofía política, la teoría política o la sociología. Su Teoría de la acción comunicativa (1981) es quizá el súmmum de sus aportaciones y reflexiones al debate sobre las democracias capitalistas posteriores a la segunda guerra mundial, estructuradas a partir de las tensiones y contradicciones entre la esfera pública (el mundo de la deliberación y la opinión pública), la esfera privada (el mundo de los negocios y del mercado), y la esfera de lo social (el mundo de vida de individuos, asociaciones y grupos). No es fácil la lectura de la monumental obra de Habermas, ni tampoco clasificarla en el mapa de las teorías sociales del siglo XX. Sus escritos combinan rigurosidad intelectual, revisión histórica, debate, contextualización de las relaciones entre las ideas, las representaciones y las realidades, el papel del Estado, del mercado y de la sociedad en la construcción de los regímenes de bienestar en las sociedades de masas. No obstante, es posible rastrear un hilo conductor que cruza permanentemente la obra habermasiana, y tiene que ver con la importancia de la racionalidad argumentativa en la construcción de la legitimidad de las democracias en el capitalismo tardío. En su obra, el papel de la educación y de sus instituciones más representativas (la escuela, la universidad), juega un papel decisivo en el desarrollo de esa racionalidad argumentativa, que tiene un carácter estructural, comunicativo y dialógico. Aunque no ocupó un lugar permanente y destacado en el conjunto de sus reflexiones y aportaciones teóricas, para el filósofo de Düsseldorf la figura de la universidad como institución se ubica como uno los espacios estratégicos de interrelaciones/interacciones entre la esfera pública, la esfera de los privados y la esfera social. Quizá su aportación más importante al respecto fue plasmada en un breve artículo, escrito en tono de discusión, sobre la reforma de la universidad alemana publicado originalmente en alemán 1981 y traducido al español en 1987 por Francisco Gil Villegas, que fue publicado en la revista Sociológica de la UAM-Azcapotzalco (“La idea de la universidad-procesos de aprendizaje”). En ese texto, la crítica de Habermas se centra en el cuestionamiento a la validez de la afirmación según la cual la universidad, en cuanto forma organizativa institucionalizada, es la encarnación de una idea. Derivada de las aportaciones que Wilhelm von Humboldt había realizado hacia comienzos del siglo XIX en torno a la reforma de la universidad alemana, considerando el papel de la ciencia y la investigación en la hechura de los procesos de aprendizajes tecnocientíficos de las escuelas superiores, la discusión de los años de la posguerra que inició con el provocador título de un artículo del filósofo Karl Jaspers (¡La idea de la universidad está muerta!, publicado originalmente en 1923 y actualizado en 1946), fue revivida en los años sesenta y setenta con la discusión de la reforma universitaria en la Alemania occidental, previa a la caída del muro de Berlín. En ese ambiente político e intelectual, Habermas cuestionaba la afirmación de que la universidad fuera la representación de un ideal, y criticaba tanto a Humboldt como a Jaspers como exponentes de las viejas raíces del idealismo alemán. Para Habermas, la universidad del siglo XX no era la expresión de una idea, sino el reflejo de una profunda transformación estructural y funcional de la universidad, transformación que obedecía a cambios organizativos profundos en las prácticas cada vez más especializadas y diversificadas de los procesos de enseñanza y aprendizaje. Esos cambios, a su vez, tenían como raíz causal de carácter estructural la veloz transición de las universidades de élite a las universidades de masas. En esa transición, la universidad no era más “la cristalización de una forma de vida ideal”, como lo señalaban con tonalidades distintas Humboldt y Jaspers. Por el contrario, la universidad de la segunda mitad del siglo XX era el reflejo de una profunda y compleja diversificación de los saberes derivada del proceso de racionalización tecnocientífica y profesional experimentada por la sociedad, la economía y las formas de autoridad estatal en la configuración del Estado de bienestar surgido entre las ruinas de la segunda posguerra en Alemania y otros países de la Europa occidental. Para Habermas, la universidad debía ser repensada desde la complejidad de sus realidades y no desde las ideas; es decir, desde la inevitable masificación y diferenciación sistémica y funcional de sus prácticas, y de las permanentes e inevitables tensiones entre las esferas pública, privada y social; específicamente, en el desarrollo de nuevas formas de publicidad comunicativa (el interés público), el mundo de los negocios (el mercado), y el mundo de la vida (lo social, como horizonte en que los agentes comunicativos interactúan libremente). Esa vigorosa discusión alimentó la ruta y los alcances de la reforma universitaria europea de los años previos a la caída del muro de Berlín, y las críticas de Habermas fueron una de las fuentes intelectuales de la argumentación racional de los distintos modos de pensar a la universidad, una discusión que tuvo repercusiones que traspasaron las fronteras alemanas. Hoy que se abre la posibilidad de una nueva reforma en la UNAM y en otras universidades públicas mexicanas y latinoamericanas, tal vez sea útil revisar las reflexiones de Habermas a la luz de las nuevas realidades, complejidades y contextos que han cambiado de manera silenciosa (o estruendosa) el perfil de los actores, los conflictos y las prácticas que recorren los campus universitarios de todo el mundo. Y hacerlo desde una perspectiva post-habermasiana significa repensar a la universidad de manera deliberativa y racional, contrastando (o relacionando) el mundo de las representaciones sobre la universidad con el mundo de vida de las realidades universitarias.

Thursday, March 12, 2026

Las raíces de la violencia

Diario de incertidumbres Las raíces de la violencia Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 12/03/2026) https://suplementocampus.com/las-raices-de-la-violencia/ La expansión de múltiples formas de violencias en nuestro país es la expresión de transformaciones profundas en el orden social desde hace por lo menos dos décadas. Los cambios en la economía y la política han acompañado la reconfiguración del plano simbólico y práctico de la sociedad. En un sentido amplio, la cultura de la violencia ha ganado terreno en las relaciones sociales, en los usos y costumbres de las poblaciones en distintas regiones del país, a pesar de las políticas sociales, la expansión educativa, los procesos de democratización política o la globalización de las economías locales. El uso de la violencia como recurso de dominación e imposición hace mucho dejó de ser parte del monopolio de la violencia legítima del Estado. La emergencia de nuevas formas de la autoridad criminal en muchos pueblos y ciudades ha sido posible gracias al uso extendido de prácticas violentas en forma de tráfico de drogas, secuestros, asesinatos, desapariciones o extorsiones. La violencia criminal es un tipo de violencia cualitativamente distinta a la violencia política, la violencia de género, la violencia escolar o la violencia económica, pero coexiste con ellas y, en más de un sentido, se ha “naturalizado”. Los miles de cadáveres enterrados en fosas clandestinas, las desapariciones cotidianas de jóvenes, los asesinatos por enfrentamientos entre bandas de narcotraficantes en Sinaloa, Michoacán o Guanajuato son los registros habituales del “meridiano de sangre” (por utilizar el título de una novela de Cormac McCarthy) que domina amplias zonas del paisaje social mexicano contemporáneo. Los hechos ocurridos el domingo 22 de febrero en Jalisco proporcionan una imagen exacta de los límites y potencialidades de la violencia criminal. Mientras autoridades y medios locales y nacionales trataban de explicar atropelladamente los hechos, confusión, temor y ansiedad fueron emociones que dominaron durante horas las vidas de millones de ciudadanos cuando en calles y carreteras ardían camiones y autos. Balaceras por aquí y por allá, humo por todos lados, hombres encapuchados armados con rifles y pistolas, helicópteros, sirenas, ambulancias y bomberos luchando por apagar los incendios, llamados de las autoridades para guardar la calma. Son algunas de las estampas dominicales de una historia larga y compleja. La captura y muerte de El Mencho es el fin de una trayectoria y el comienzo de otras. Su figura y las organizaciones que dirigía representan las tropas de asalto de las violencias han ocupado el territorio nacional. Secuestros, homicidios, desapariciones de jóvenes, extorsiones, lavado de dinero, forman parte de las raíces torcidas del orden social mexicano desde el auge de la diversificación de las actividades relacionadas con el tráfico de drogas, que desde hace tiempo ya no se reducen sólo a eso. Entre cenizas, sangre y escombros descansan las causas profundas del fenómeno. Decenas de comentaristas improvisados y profesionales se arrebatan la palabra para ofrecer lamentos, explicaciones y soluciones. El ruido mediático tampoco ayuda a disipar los silencios de la confusión. Las redes de autoridad de la violencia ilegal se confunden con las estructuras de la violencia legítima del Estado. Mesas de seguridad, soldados en las calles, alertas y códigos rojos se activaron para tratar de contener los efectos de la violencia entre los ciudadanos. No obstante, el lenguaje de los hechos se impuso a la retórica gubernamental, alterando otra vez las rutinas y las certezas de miles de personas. Un virtual toque de queda fue el efecto práctico de la confusión y el miedo. El contexto, como siempre, importa. El desarrollo de nuevas formas de inteligencia criminal descansa en el uso cotidiano y selectivo de la violencia como recurso e instrumento. El Chapo Guzmán, el Mayo Zambada, el Mencho Oseguera, representan los puntos destacados de los mapas territoriales de la violencia homicida que coloca a las armas, el chantaje y la intimidación como monedas de uso legal en la república mafiosa. Narcos y secuestradores, sicarios y halcones, empresarios fantasmas y comerciantes instantáneos, son las figuras destacadas de la nueva república. La inteligencia política, militar y policíaca ha palidecido frente a la capacidad de penetración de las redes criminales en el orden social cotidiano, donde bestias bifrontes que combinan las máscaras de la legalidad o la ilegalidad se mueven con naturalidad entre oficinas federales, estatales y municipales, pero también en las estructuras de la economía y de la vida pública de regiones urbanas y rurales. Esa historia aguarda por ser relatada adecuadamente, sin moralinas ni actos de fe. Es una historia social pero también una historia política. Entre las tierras raras de las violencias, la configuración de esos relatos esconde los secretos profundos de nuestros dilemas públicos, abismos sociales e incapacidades políticas. El efecto sociológico de la violencia criminal es la expansión de los comportamientos anómicos y la configuración de una suerte de pedagogía de la violencia que se retroalimenta de la debilidad de la autoridad del Estado y el desvanecimiento de las reglas básicas de la cohesión social. En esas circunstancias, los llamados a construir una cultura de la paz son expresión de voluntarismo moral más que un esfuerzo político que pueda tener efectos prácticos en la reconstrucción de un orden social seguro y democrático. Las raíces de la violencia alimentan todos tipo de autoritarismos, lo que refuerza la propia lógica de las violencias en distintas escalas y gradaciones. Y eso no se puede combatir con llamados a la paz a través de rezos dominicales, conferencias matutinas, u organización de cursos académicos. Estamos en presencia de una coyuntura que con el paso del tiempo y los acontecimientos se ha endurecido en forma de una rígida estructura socioeconómica y política que se reproduce conforme a sus propias reglas y códigos de actuación.

Wednesday, March 04, 2026

Violencia

Tierras raras Violencia Adrián Acosta Silva (Revista Reverso, 02/03/2026) https://reverso.mx/tierras-raras-violencia/ Los hechos ocurridos el domingo 22 de febrero en Jalisco proporcionan una imagen exacta de los límites y potencialidades de la violencia criminal. Mientras autoridades y medios locales y nacionales trataban de explicar atropelladamente los hechos, confusión, temor y ansiedad fueron las emociones que dominaron durante horas las vidas de millones de ciudadanos mientras en calles y carreteras ardían camiones y autos. Balaceras por aquí y por allá, humo por todos lados, hombres encapuchados armados con rifles y pistolas, helicópteros, sirenas, ambulancias y bomberos luchando por apagar los incendios, llamados de las autoridades para guardar la calma. Son algunas de las estampas dominicales de una historia larga y compleja. La captura y muerte del Mencho es el fin de una trayectoria y el comienzo de otras. Desde hace tiempo las tropas de asalto de las violencias han ocupado el territorio nacional. Secuestros, homicidios, desapariciones de jóvenes, extorsiones, forman parte de las raíces del orden social mexicano desde el auge de la diversificación de las actividades relacionadas con el tráfico de drogas, que desde hace tiempo ya no se reducen sólo a eso. Entre cenizas, sangre y escombros descansan las causas profundas del fenómeno. Decenas de comentaristas improvisados y profesionales se arrebatan la palabra para ofrecer lamentos, explicaciones y soluciones. El ruido mediático tampoco ayuda a disipar los silencios de la confusión. Las redes de autoridad de la violencia ilegal se confunden con las estructuras de la violencia legítima del Estado. Mesas de seguridad, alertas y códigos rojos se activaron para tratar de contener los efectos de la violencia entre los ciudadanos. No obstante, el lenguaje de los hechos se impuso a la retórica gubernamental, alterando otra vez las rutinas y las certezas de miles de personas. Un virtual toque de queda fue el efecto práctico de la confusión y el miedo. El contexto, como siempre, importa. El desarrollo de nuevas formas de inteligencia criminal descansa en el uso cotidiano y selectivo de la violencia como recurso e instrumento. El Chapo Guzmán, el Mayo Zambada, el Mencho Oseguera, representan los puntos destacados de los mapas territoriales de la violencia homicida que coloca a las armas, el chantaje y la intimidación como monedas de uso legal en la república mafiosa. Narcos y secuestradores, sicarios y halcones, empresarios fantasmas y comerciantes instantáneos, son las figuras destacadas de la nueva república. La inteligencia política, militar y policíaca ha palidecido frente a la capacidad de penetración de las redes criminales en el orden social cotidiano, donde bestias bifrontes (legalidad/ilegalidad) se mueven con naturalidad entre oficinas federales, estatales y municipales, pero también en las estructuras de la economía y de la vida pública de regiones urbanas y rurales. Esa historia aguarda por ser relatada adecuadamente, sin moralinas ni actos de fe. Es una historia social pero también una historia política. Entre las tierras raras de las violencias, la configuración de esos relatos esconde los secretos profundos de nuestros dilemas públicos, abismos sociales e incapacidades políticas.

Friday, February 27, 2026

El síndrome de Andrea

Diario de incertidumbres Egresados: el síndrome de Andrea Adrián Acosta Silva Campus-Milenio, 26/02/2026 https://suplementocampus.com/egresados-el-sindrome-de-andrea/ Hace poco, una joven recién egresada de la carrera de sociología de la Universidad de Guadalajara me preguntó que cómo había hecho para conseguir un empleo cuando yo mismo había recién egresado de esa carrera hace más de cuatro décadas. La joven, con las mejores credenciales escolares de su generación (promedio de calificaciones cercano al 100, reconocimientos del programa y de sus profesores, con buen manejo del inglés, con experiencia como asistente de investigación de algunos de sus profesores), seis meses después de su egreso no encontraba trabajo, y la ansiedad y el desánimo comenzaban a aparecer en el horizonte de sus veintitrés años. La situación de la joven (a quien llamaremos, digamos, “Andrea”, un nombre ficticio), no es inusual en la educación superior mexicana desde varios años. Es una paradoja dramática que el énfasis puesto en la calidad de los programas de estudios o en el incremento en la cobertura de la educación superior, no hayan resuelto satisfactoriamente el problema de las oportunidades laborales de los egresados en muchos campos formativos. Según datos del Anuario Estadístico 2024-2025 de la Anuies, durante ese ciclo escolar egresaron de las instituciones de educación superior un poco más de un millón de estudiantes de todas las modalidades públicas y privadas del sistema nacional. De ese total, casi una cuarta parte se ubicaron en dos entidades de la república (Ciudad de México y Estado de México), y otra porción similar se concentró en cuatro entidades más (Jalisco, Nuevo León, Puebla y Veracruz). Es decir, 6 entidades del país concentraron la mitad de la población de egresados de la educación terciaria mexicana. Más de la mitad de esa población son mujeres, lo que confirma la tendencia hacia la feminización de la matrícula de la educación superior observada desde finales del siglo pasado, tendencia que se constituye como uno de los motores de la expansión del sistema nacional. Si se toma el dato de la matrícula del nuevo ingreso durante el mismo ciclo, se observa la fuerza de esa tendencia hacia el predominio de las mujeres en el acceso a la educación terciaria: casi 6 de cada 10 nuevos ingresos son mujeres, lo que indica una tendencia hacia la “des-masculinización” de la educación superior, que seguramente incrementará el peso diferenciador de las mujeres en el egreso en los próximos años. Hay por supuesto desigualdades importantes en términos de ingresos y egresos en las escalas estatales, en las áreas de conocimiento y en las disciplinas preferidas de la formación profesional entre hombres y mujeres. No obstante, la dinámica del comportamiento de las poblaciones en la educación superior revela las nuevas complejidades de las trayectorias vitales de hombres y mujeres en los diversos campos formativos. Cuántos son y cómo se distribuyen son apenas la punta del iceberg de esa complejidad. ¿Quiénes son, porqué están ahí, cómo experimentan sus procesos formativos, cuáles son sus estrategias y oportunidades de inserción laboral en mercados profesionales dominados por nuevas reglas e incertidumbres? Estas preguntas han sido abordadas desde la sociología de la educación y la economía política de los sistemas de educación superior en México y en América Latina, y una cantidad importante de estudios se han realizado al respecto desde los años setenta, justo cuando se registra en muchas regiones el proceso de masificación del acceso a la educación terciaria. Hoy, cuando se observa una tendencia clara hacia la universalización de ese nivel educativo, nuevas preguntas se acumulan en el estudio de los perfiles de acceso y egreso, donde la diversificación y diferenciación institucional, el origen social, el fenómeno de la precarización de los empleos profesionales (el denominado “precariato” juvenil), o formas contradictorias de cohesión y exclusión social, dominan el horizonte grisáceo de las oportunidades laborales de las y los egresados. Frente a este panorama de problemas, oscuridades e incertidumbres se requieren anteojos más potentes para revisar lo que sabemos sobre las realidades estudiantiles y de los egresados universitarios del primer cuarto del siglo XXI. La masificación y la universalización no resuelven por sí mismas las múltiples disparidades en el ejercicio del derecho a la educación o el acceso a empleos profesionales dignos, estables y atractivos para las distintas generaciones de egresados de la educación superior de Oaxaca, Chihuahua, la Ciudad de México o Jalisco. El caso de Andrea es revelador de un síndrome que afecta el imaginario, las expectativas y las incómodas realidades sobre la educación superior contemporánea. De hecho, es posible observar en no pocos países latinoamericanos la disminución del interés de las nuevas generaciones por ingresar a cursar estudios de ese nivel, que se expresa en una discreta pero preocupante tendencia hacia la reducción de la demanda de acceso a la educación superior tradicional, algo que también ha ocurrido en México en los últimos años. La apuesta a las micro-credenciales, las estrategias de educación a lo largo de la vida, la formación dual, la revaloración de los oficios, las innovaciones pedagógicas, la irrupción de la inteligencia artificial generativa en las formaciones técnicas o profesionales universitarias y no universitarias, son parte de las propuestas que se ensayan con mayor o menor validez para mejorar el atractivo de la educación superior para las nuevas generaciones de estudiantes y egresados. Mientras vemos que sucede, Andrea, como muchas y muchos egresados universitarios, continuará preguntando, tocando puertas y buscando oportunidades laborales para ejercer la profesión que eligió. Por lo pronto, se está inclinando a cursar una maestría que pueda apoyarla con una beca, para continuar estudiando y asegurar un ingreso relativamente estable durante los próximos dos años. Es una decisión racional que funciona como una suerte de seguro de desempleo. Ya después, como me dijo con cierta resignación, “dios dirá”.