Tuesday, September 26, 2017
Tirania de la contingencia
Estación de paso
Tiranía de la contingencia: 500 palabras.
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 05/10/2017)
…el sagrado instinto de no tener teorías…
Fernando Pessoa, Libro del desasosiego
Los desastres naturales son misteriosos, dolorosos, incomprensibles y sus efectos sociales, lo sabemos muy bien, devastadores. En México, lo ocurrido con los sismos de nuestro septiembre negro (el del 7 y el del 19), nos vuelven a confirmar la fragilidad del suelo bajo nuestros pies, la reiteración del riesgo y la destrucción como costumbres fatales, ancestrales, parte de nuestras señas de identidad. No hay mucho que agregar a lo que muchos antes, durante y después de los acontecimientos han registrado, analizado, reflexionado y hasta propuesto. Tampoco me detengo en los elogios a la solidaridad, las críticas políticas y las monedas falsas que se han puesto a circular en torno al desempeño de las autoridades y de los ciudadanos durante la coyuntura fatal. Solo agrego 500 palabras asociadas al desastre. Nombrarlas es, quizá, una forma de reclamo, un intento de exorcismo verbal frente a la magnitud del infortunio, una manera de asomarse al precipicio que, otra vez, nos ha colocado de frente a las fuerzas de la naturaleza y a los nuevos dilemas y desafíos sociales, económicos y políticos de la reconstrucción y el desarrollo.
****************
Polvo. Piedras, concreto. Vapor, gas, humo. Fierros retorcidos, vidrios rotos, papeles, mangueras. Ropa. Cascos, luces, fogatas. Policías, marinos, soldados. Cámaras, reporteros, teléfonos celulares, ciudadanos. Silencio. Espectáculo. Puños cerrados. Plegarias, gritos, voces. Calor, humedad. Sangre, cuerpos mutilados. Dolor, alegría, desolación. Esperanza, desamparo, horror, miedo. Incertidumbre, fe, solidaridad, valentía, locura temporal, organización, anarquía. Simulacros, realidades. Palabras, promesas, compromisos. Retórica del desastre.
Oxígeno. Oraciones. Redes sociales, televisión, radio, periódicos. Impulsos, cálculos. Método, improvisación, reproches, reclamos. Entereza, ansiedad, angustia, desesperación. Ilusiones. Escepticismo, pesimismo, optimismo. Grisura. Oscuridad. Pavimento. Postes caídos, edificios derribados, luces apagadas, autos aplastados. Demolición. Salvamento. Aire. Perros. Cielo nublado. Abrazos. Comida, botellas, mantas. Escala y profundidad. Patrullas, camiones, grúas. Demolición, reconstrucción. Palabras al vacío. Abismos. El extraño lenguaje de la crisis.
Agua. Recuerdos. Nostalgia. Sed de lo perdido. Muerte. Milagros. Fantasmas, evocaciones, símbolos. Derrumbes, resistencias, negaciones. Sabores: acidez, amargura, dulzura. Cercanía y distancia. Densidad y liviandad. Peso muerto. Olores. Impresiones, imágenes, vistazos. El orden natural de las cosas. Sorpresa y mortalidad. Destrucción súbita de usos y costumbres. Todo lo sólido se disuelve en el aire. Ignorancia y conocimiento. Calendarios, relojes. Brevedad. Tiranía del tiempo. Fragilidad, precariedad, fortaleza. Ánimo. Sombras. Oscuridad. Simplicidad y complejidad. Asombro. Anatomía del colapso.
Acero. Incredulidad. Corazón de las tinieblas. Fracturas, grietas, fisuras. Nada. Nostalgia de la muerte. Tragedia, farsa, drama. El corazón secreto del reloj. Terror, temor. El libro de los muertos. Incomprensión, dispersión, atención. Los muertos nos acompañan. Máscaras, rostros, gestos. Cansancio. Ojos bien abiertos. Bostezos. Furia. Tierra suelta. Pedazos. Miradas perdidas. Compasión. Hincarse. Levantarse. Levitar. Imaginar. Soñar. Septiembre negro. Tristeza infinita. Crónica de instantes. El rostro cruel del cataclismo. Miseria. Historias, relatos, narrativas múltiples de la destrucción.
Plástico. Luz. Pesadillas. Coraje. Dudas. ¿Por qué? Futuro y pasado. Presente interminable. Deslumbramiento, iluminación, ceguera. Explosión. Losas. Tumbas. Héroes. Intuición. Siluetas. Almas, multitudes, soledades. Extrañeza. Rapiña, oportunismo, rescates. Mezquindad. Fachadas de piedras húmedas. Diablos, demonios, ángeles. Creencias, consuelo, dolor. Inmensidad y locura. Rituales del caos. Olores, instintos. Masa y poder. Susto, calma, paz. El imperio de las formas. Infierno. La fortuna, el destino, la virtud. Distopías, utopías. Dictadura de la confusión. Ubicuidad de los escombros. Sociología del desastre.
Óxido. Lluvia. Viaje al fin de la noche. Horizontes perdidos. Alucinación. Dormir, descansar. Pertenencias, patrimonio, proyectos. Utilidad. Inquietud. Insomnio. Espera. Bálsamo. Hospitales, ambulancias. Explicaciones, ausencias, infortunios. Muletas, camillas, sirenas nocturnas. Edificios, departamentos, casas. Anuncios, rumores, murmullos, impotencia. Bicicletas, pasos. Brevedad de los instantes. Heridas y cristales. Gravedad. Correr, permanecer. Fragilidad. Aguantar. Soportar. Asumir. Suelo. La vida y la muerte. Desconcierto. Recostarse. El delicado sonido del colapso. El color ocre de la desgracia.
Plomo. Duelo. Pasión. A pesar de todo. Identidad. Orgullo. Lágrimas. Fragmentos. Sonrisas, incredulidad. Llamadas nocturnas. Júbilo y duelo. Seriedad y maldición. Dios no existe. Pensar, hacer, actuar. Ruidos. El activismo como brújula. Jóvenes. Palas, picos, máquinas. Fracaso, errancia, extravío. La memoria, el olvido. Manos, brazos. Lentitud. Lámparas. Cadáveres, cuerpos. Huesos de sepia. Pesado registro de las confusiones. Infelicidad colectiva. Sociedad del riesgo. Violencia. Somnolencia. Inventario de calamidades. La coalición de los vivos. El azar como tiranía de la contingencia.
Thursday, September 21, 2017
Sociología de la desigualdad (2)
Estación de paso
Sociología de la desigualdad (2)
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 21/09/2017)
Diversos estudios muestran cómo uno de los efectos simbólicos y prácticos del acceso a la educación superior es el desvanecimiento de las “marcas de clase” de estudiantes de origen social diverso, un efecto particularmente claro en el caso de las universidades públicas a raíz de su consolidación como modernas instituciones mesocráticas. El acceso a una carrera universitaria en espacios públicos permite a los individuos el ingreso a un espacio poli-clasista, habitado por jóvenes pertenecientes a diversos estratos sociales, que interactúan cotidianamente en campus universitarios donde aprenden rápidamente a formarse, de manera paralela, como adultos, como ciudadanos y como profesionistas. Las experiencias de socialización académica son también trayectorias de socialización intelectual y política, y la experiencia universitaria suele ser, en un sentido amplio y profundo, una experiencia cultural, enriquecedora y formativa social e individualmente.
Pero en los espacios privados de la educación superior ocurren otras cosas. En los miles de establecimientos educativos de bajo costo que han proliferado por las grandes y medianas ciudades del país, acuden muchos de aquellos estudiantes que no pudieron ingresar a las universidades públicas pero que no disponen de medios para costear una carrera en las universidades de elite. Ahí se encuentran jóvenes que combinan estudios y trabajo, que pertenecen a estratos bajos y medios de la sociedad, y que buscan obtener un título en condiciones que se adapten a sus horarios laborales y circunstancias vitales individuales. Con más frecuencia de lo que se imagina, la decisión de estudiar en esos pequeños establecimientos de no más de 500 estudiantes que se concentran en dos o tres carreras de alta demanda, en condiciones de precariedad de sus instalaciones y profesorados, obedece también a un cálculo deliberado de los interesados: la flexibilidad de sus horarios facilita la realización de los estudios.
La composición social del estudiantado parece reducir su variación en el caso de los establecimientos de costo medio y mayores exigencias académicas de ingreso, que ofrecen más carreras pero frecuentemente con horarios menos flexibles. Aquí se ha configurado una demanda que intenta diferenciarse de los establecimientos baratos pero que no tiene las condiciones de pagar los precios de las matrículas y cubrir las exigencias académicas de las universidades de elite. Ello explica la expansión de un importante conjunto de instituciones privadas locales, nacionales e internacionales que ofrecen espacios y oportunidades a esos segmentos de la demanda.
Las universidades de alto costo colocan como filtros de entrada el precio y las trayectorias escolares previas de los estudiantes. La exclusividad constituye la señal de su prestigio institucional. Las universidades de elite forman los espacios donde el poder del privilegio se convierte en la principal fuente de su legitimidad. No hay ahí espacios pluri-clasistas, sino que predomina el afán mono-clasista determinado fuertemente por el origen social y la clase económica de pertenencia. A pesar de las becas y apoyos que algunas de estas instituciones ofrecen a los estudiantes de talento y bajos recursos, su proporción es mínima respecto al total.
Lo que tenemos entonces es un territorio de contrastes: con la masificación de la educación superior, sus establecimientos y carreras albergan distintos tipos de estudiantes, marcados por orígenes sociales, condiciones económicas y capitales culturales desiguales y distintos. La educación superior es un espacio de configuración de “circuitos de precariedad” en zonas rurales no metropolitanas y algunas urbanas (como les ha denominado el investigador Miguel Casillas, de la Universidad Veracruzana), que coexisten con circuitos de supervivencia y circuitos de opulencia ubicados generalmente en las grandes zonas urbanas del país. Esos rasgos parecen acentuarse con los comportamientos sociales e institucionales de los diversos actores que coexisten en estos circuitos, comportamientos que obedecen a intereses, creencias y expectativas en conflicto.
¿Qué tipo de comportamientos? Los que tienen que ver con la búsqueda del prestigio y la reputación de las instituciones de educación superior. Una pregunta que aguarda por respuestas es: ¿a qué instituciones prefieren enviar a sus hijos los estratos política o económicamente significativos de la sociedad mexicana? Antiguamente, según los clásicos estudios de Roderic Ai Camp, la clase política mexicana prefería a las universidades públicas por encima de las privadas como espacios de formación superior de sus hijos. La clase política de los tiempos del nacionalismo revolucionario, y buena parte de sus oposiciones de izquierda o de derecha, formaban como abogados, ingenieros, médicos o arquitectos a sus hijos en las universidades públicas. Lo mismo hacía buena parte de la clase empresarial (la burguesía, en términos clásicos) con sus vástagos. Sólo algunas universidades privadas representaban marginalmente las preferencias educativas de las elites de poder.
Pero en los años de la transición política y de las reformas económicas las cosas cambiaron. De manera silenciosa, las preferencias éticas y estéticas de las clases sociales respecto de la formación universitaria se transformaron dramáticamente. Hoy, no solo buena parte de los hijos de las clases dirigentes políticas y económicas suelen formarse en las universidades privadas de elite, en México o en el extranjero, sino que lo mismo ocurre con los hijos de los propios funcionarios y profesores de las universidades públicas que prefieren, en proporciones no menores, las ventajas reales o simbólicas de la educación privada respecto de las que ofrece, u ofrecía, la escuela pública.
Las razones y circunstancias de los cambios en las preferencias educativas pueden ser múltiples. La elección de los círculos de opulencia educativa es una característica de los imaginarios e intereses de las nuevas elites mexicanas. El hecho de que los últimos tres presidentes del país sean egresados de universidades privadas es un dato que confirma la tendencia. Esta transformación de prácticas y preferencias educativas legitima a la desigualdad educativa como parte del fenómeno más extenso y profundo de la desigualdad social.
Sociología de la desigualdad (2)
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 21/09/2017)
Diversos estudios muestran cómo uno de los efectos simbólicos y prácticos del acceso a la educación superior es el desvanecimiento de las “marcas de clase” de estudiantes de origen social diverso, un efecto particularmente claro en el caso de las universidades públicas a raíz de su consolidación como modernas instituciones mesocráticas. El acceso a una carrera universitaria en espacios públicos permite a los individuos el ingreso a un espacio poli-clasista, habitado por jóvenes pertenecientes a diversos estratos sociales, que interactúan cotidianamente en campus universitarios donde aprenden rápidamente a formarse, de manera paralela, como adultos, como ciudadanos y como profesionistas. Las experiencias de socialización académica son también trayectorias de socialización intelectual y política, y la experiencia universitaria suele ser, en un sentido amplio y profundo, una experiencia cultural, enriquecedora y formativa social e individualmente.
Pero en los espacios privados de la educación superior ocurren otras cosas. En los miles de establecimientos educativos de bajo costo que han proliferado por las grandes y medianas ciudades del país, acuden muchos de aquellos estudiantes que no pudieron ingresar a las universidades públicas pero que no disponen de medios para costear una carrera en las universidades de elite. Ahí se encuentran jóvenes que combinan estudios y trabajo, que pertenecen a estratos bajos y medios de la sociedad, y que buscan obtener un título en condiciones que se adapten a sus horarios laborales y circunstancias vitales individuales. Con más frecuencia de lo que se imagina, la decisión de estudiar en esos pequeños establecimientos de no más de 500 estudiantes que se concentran en dos o tres carreras de alta demanda, en condiciones de precariedad de sus instalaciones y profesorados, obedece también a un cálculo deliberado de los interesados: la flexibilidad de sus horarios facilita la realización de los estudios.
La composición social del estudiantado parece reducir su variación en el caso de los establecimientos de costo medio y mayores exigencias académicas de ingreso, que ofrecen más carreras pero frecuentemente con horarios menos flexibles. Aquí se ha configurado una demanda que intenta diferenciarse de los establecimientos baratos pero que no tiene las condiciones de pagar los precios de las matrículas y cubrir las exigencias académicas de las universidades de elite. Ello explica la expansión de un importante conjunto de instituciones privadas locales, nacionales e internacionales que ofrecen espacios y oportunidades a esos segmentos de la demanda.
Las universidades de alto costo colocan como filtros de entrada el precio y las trayectorias escolares previas de los estudiantes. La exclusividad constituye la señal de su prestigio institucional. Las universidades de elite forman los espacios donde el poder del privilegio se convierte en la principal fuente de su legitimidad. No hay ahí espacios pluri-clasistas, sino que predomina el afán mono-clasista determinado fuertemente por el origen social y la clase económica de pertenencia. A pesar de las becas y apoyos que algunas de estas instituciones ofrecen a los estudiantes de talento y bajos recursos, su proporción es mínima respecto al total.
Lo que tenemos entonces es un territorio de contrastes: con la masificación de la educación superior, sus establecimientos y carreras albergan distintos tipos de estudiantes, marcados por orígenes sociales, condiciones económicas y capitales culturales desiguales y distintos. La educación superior es un espacio de configuración de “circuitos de precariedad” en zonas rurales no metropolitanas y algunas urbanas (como les ha denominado el investigador Miguel Casillas, de la Universidad Veracruzana), que coexisten con circuitos de supervivencia y circuitos de opulencia ubicados generalmente en las grandes zonas urbanas del país. Esos rasgos parecen acentuarse con los comportamientos sociales e institucionales de los diversos actores que coexisten en estos circuitos, comportamientos que obedecen a intereses, creencias y expectativas en conflicto.
¿Qué tipo de comportamientos? Los que tienen que ver con la búsqueda del prestigio y la reputación de las instituciones de educación superior. Una pregunta que aguarda por respuestas es: ¿a qué instituciones prefieren enviar a sus hijos los estratos política o económicamente significativos de la sociedad mexicana? Antiguamente, según los clásicos estudios de Roderic Ai Camp, la clase política mexicana prefería a las universidades públicas por encima de las privadas como espacios de formación superior de sus hijos. La clase política de los tiempos del nacionalismo revolucionario, y buena parte de sus oposiciones de izquierda o de derecha, formaban como abogados, ingenieros, médicos o arquitectos a sus hijos en las universidades públicas. Lo mismo hacía buena parte de la clase empresarial (la burguesía, en términos clásicos) con sus vástagos. Sólo algunas universidades privadas representaban marginalmente las preferencias educativas de las elites de poder.
Pero en los años de la transición política y de las reformas económicas las cosas cambiaron. De manera silenciosa, las preferencias éticas y estéticas de las clases sociales respecto de la formación universitaria se transformaron dramáticamente. Hoy, no solo buena parte de los hijos de las clases dirigentes políticas y económicas suelen formarse en las universidades privadas de elite, en México o en el extranjero, sino que lo mismo ocurre con los hijos de los propios funcionarios y profesores de las universidades públicas que prefieren, en proporciones no menores, las ventajas reales o simbólicas de la educación privada respecto de las que ofrece, u ofrecía, la escuela pública.
Las razones y circunstancias de los cambios en las preferencias educativas pueden ser múltiples. La elección de los círculos de opulencia educativa es una característica de los imaginarios e intereses de las nuevas elites mexicanas. El hecho de que los últimos tres presidentes del país sean egresados de universidades privadas es un dato que confirma la tendencia. Esta transformación de prácticas y preferencias educativas legitima a la desigualdad educativa como parte del fenómeno más extenso y profundo de la desigualdad social.
Thursday, September 14, 2017
El enigma catalán
El enigma catalán: apuntes de forastero
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Nexos on line, 13/09/2017)
How the become clairvoyant
That´s what I want to know
Just tell me where to sign
And point me where to go
(Robbie Robertson, How to Become Clairvoyant, 2011)
1.
El año pasado (2016) y hasta el primer mes del 2017 tuve la oportunidad de realizar una estancia sabática en la Universidad Autónoma de Barcelona. Durante ese tiempo, pude constatar la endiablada complejidad política del tema de la independencia que reclaman no pocos ciudadanos, partidos y organizaciones de Cataluña, un reclamo que se nutre con diversa intensidad de relatos históricos, mitos fundacionales, afrentas políticas, delirios nacionalistas, identidades culturales, y diversos paquetes de razones políticas y económicas. Todo depende a quien se le pregunte, en qué momento y bajo qué circunstancias. Partida por la mitad, la sociedad catalana -de Barcelona a Girona, de Tarragona o Sitges a Badalona, en el barrio del Born, del Gótico o en el del Raval-, asiste y participa en el procés protagonizado por el Govern catalán, la alcaldía de Barcelona, y el gobierno nacional español.
El espectáculo político tiene y tendrá implicaciones serias, sea cual sea su desenlace después del referéndum convocado para este próximo 1 de octubre. Fraguado a fuego lento desde hace años, el reclamo independentista admite múltiples lecturas. No sólo es una conjura radicalista, impulsada por una constelación de organizaciones ultras encabezadas por la CUP (Candidatura d´Unitat Popular), que lo es; no sólo es el fruto de la torpeza política, la indolencia o la intolerancia mostrada por el Gobierno español, en particular por el oficialismo del Partido Popular encabezado por Rajoy, que también lo es; tampoco es el resultado (malo) de la incapacidad de la izquierda socialista española tradicional (PSOE), o de la ambigua orientación populista que domina a Podemos, por buscar una salida negociada a las tensiones entre Barcelona y Madrid, que también lo es. Estas lecturas están hoy en el centro de la lucha por la legitimidad del reclamo independentista catalán, y son ejercicios que simbolizan y imprimen significado a la tensión política de la cuestión catalana contemporánea.
2.
Algunas de las imágenes más potentes del conflicto son visibles, están pegadas en las fachadas de muchos de los pisos de las calles y avenidas barcelonesas. Las banderas catalanas (esteladas) cuelgan de los balcones de las avingudas, las travesseras y las carrers de la ciudad. También se pueden observar en los partidos del Barsa en el Camp Nou, o en cualquier concierto de música electrónica celebrado en algún foro de las playas del mediterráneo de la Barceloneta. Con frecuencia, se observan también frases como “libertad”, “dignidad”, “felicidad”, “justicia”. En comparación, las expresiones unionistas, españolistas, son escasas, aunque las hay. Las movilizaciones independentistas son multitudinarias, mientras que las unionistas son muy pocas. El clima de la época parece abrumadoramente dominado por las utopías nacionalistas e independentistas que impulsa el Govern y sus aliados, que hablan con entusiasmo y convicción de la formación de una “nación de países catalanes” (que incluyen, por ejemplo al Principado de Andorra, en donde también se habla catalán).
Pero la vida catalana, como todas, está hecha de rutinas y prácticas habitualmente ajenas o alejadas de las pasiones y los intereses de la lucha entre los protagonistas políticos del pleito. La cotidianidad no es gobernada por la dicotomía independencia/unión, entre la identidad entre Catalunya o España. En los mercados, en las escuelas y en las universidades, la vida fluye con los asuntos prácticos, que tiene que ver con una intensa fusión entre lo regional y lo nacional. El pan con tomate se come con jamón ibérico, lo mismo que los jóvenes y niños catalanes pasan con fluidez asombrosa de su lengua materna al español (castellano), todos los días en los espacios públicos y privados, en el metro, la escuela, en el futbol, en las calles. La vida cultural y el comercio se funden en las conversaciones cotidianas, en las terrazas de Las Ramblas, las celebraciones de día de Sant Jordi o de la Diada (el día nacional catalán), coexisten con celebraciones religiosas que rápidamente se han vuelto laicas, como en muchas otras partes del mundo.
La intensa migración de los últimos años ha llenado barrios enteros de Barcelona y de sus alrededores de familias extensas y bulliciosas de paquistaníes, marroquíes, hindúes, senegaleses, ecuatorianos, coreanos, chinos, argentinos o dominicanos. Y es sorprendente la probada capacidad de inclusión de la sociedad catalana de grupos de orígenes culturales y sociales tan diversos, que se combina con la elástica capacidad de adaptación de estos grupos al contexto local.
Si uno pasa por Poble Sec (el barrio donde nació Serrat), la sensación de estar en un micro-mundo alejado de las pasiones independentistas/españolistas es muy clara. El célebre Teatro Apolo, o el de El Molino, separados solamente por la avenida Parel-lel del barrio de El Raval, significan para el forastero un espacio urbano de convivencia que nada o poco tiene que ver con el clima político de la época. El termómetro de las pasiones y de los intereses depende en buena medida del territorio, de las poblaciones, de los barrios. Lo intuían Marx y Engels, lo decía Norbert Elias, lo describía Manuel Vázquez Montalbán (nacido justamente en El Raval), lo cantaba el propio Serrat recorriendo las calles empinadas que conducen al Montjuic.
3.
La épica independentista se funda en una retórica incendiaria, apasionada, que es, o pretende ser, a la vez ética, cultural, moral y política. Detrás de ellos coexisten una constelación de discursos específicos, que van del anarquismo antisistema al nacionalismo, del populismo al antineoliberalismo, de la crítica a la democracia representativa a las virtudes del asambleísmo. Eso se expresa en una multitud de agrupaciones políticas muy extrañas, que configuran un mapa político muy difícil de descifrar para un forastero. Junts pel Sí, CUP, Catalunya Si que es Pot, PDeCAT, ERC, Podem Catalunya (que se ha transformado en Catalunya en Comú), conforman algunas de las organizaciones que habitan el barroco panorama político catalán de la coyuntura. Ahí se anidan historia viejas y nuevas, narrativas encontradas, grupos y grupúsculos que se han unido por la cerrazón del partido popular, por la incapacidad de la izquierda socialista, por el espíritu de la época, por las creencias, por la experiencia, por la desesperación, el temor, por las ganas de creer en algo, impulsados por las ansiedades de la negociación o por las pasiones de la ruptura.
Las claves de entendimiento del desafío independentista combinan historia, política y sociología. Sus raíces penetran en el pasado monárquico y franquista, y contienen episodios de resistencia, de rebeldía y de fracasos políticos y culturales tanto de Catalunya como de España. La configuración de corrientes y expresiones políticas obedecen a una lógica de negociación y autonomía entre partidos locales, regionales y nacionales, que se ha resuelto con el reconocimiento del estatuto autonómico incluido en la constitución española de 1978, pero que se refleja en la construcción de equilibrios inestables entre Madrid y Barcelona desde la era previa y posterior a los Juegos Olímpicos de 1992, que se suele considerar un momento significativo en la historia de las relaciones entre Catalunya y España. Sin embargo, para no pocos analistas españoles y catalanes, el punto clave es situar el problema como autonomía o como independencia. Pero el hecho es que las circunstancias y los acontecimientos derrotaron poco a poco el tema autonómico para colocarlo como un tema independentista, y los grupos moderados parecen haber sido derrotados por los grupos radicales de ambos bandos.
4.
En medio de la anárquica invasión turística que ha desbordado desde hace años la vida en la ciudad, los debates políticos sobre el independentismo catalán han llenado el espacio público (medios y redes sociales, espacios televisivos) de posiciones encontradas. Una creciente intolerancia se ha expandido entre analistas y liderazgos locales, entre académicos serios y políticos profesionales. Más allá de las fronteras de Catalunya, la intensidad de ese debate solo se mantiene quizás en Madrid, donde se suele mirar el conflicto como una amenaza más que como una oportunidad de transformación y modernización del formato democrático español. El dilema democracia o dictadura se ha instalado en el imaginario y los relatos políticos de ciertos protagonistas y analistas del pleito. El acto del terrorismo yihadista del verano pasado en Las Ramblas solo añadió mayor complejidad al clima político local y europeo. En esas condiciones, las soluciones posibles –es decir, negociadas- se han hecho terriblemente más complejas.
Añadir sangre y víctimas mortales al momento catalán solo confirmó el hecho de que el terror puede aparecer en cualquier lugar y circunstancias, pero las reacciones políticas de la coyuntura indicaron un evento inesperado, una especie de milagro político: la imagen de unión del President Puigdemont, la alcaldesa Ada Colau, el Rey Felipe y al Presidente Rajoy, parecía un rasgo de prudencia y optimismo frente a la tragedia del verano catalán, y la posible negociación de la agenda independentista. Pero muy pronto ese rasgo se disipó cuando el Parlament aprobó y confirmó la decisión de que el próximo 1 de octubre se celebrará el referéndum independentista, a lo que el gobierno de Rajoy respondió con una nueva acusación de ilegalidad del acto solicitando la intervención del Tribunal Constitucional.
5.
El 1 de octubre se ha convertido por efecto de la retórica, las decisiones y los hechos en una fecha fatal para el presente y el futuro del proceso independentista. El largo pleito político y judicial que por lo menos desde 2015 acompaña con especial intensidad el fenómeno tendrá su momento crítico y definirá el futuro de las relaciones entre Cataluña y de España. Hay por lo menos tres escenarios probables. El primero, la celebración del referéndum sin la aprobación del Tribunal Constitucional y el gobierno español. El segundo, la decisión del Parlament de suspender, cancelar o aplazar la consulta, debido a las presiones judiciales y/o políticas, dentro y fuera de Catalunya. El tercero es la intervención policiaca del gobierno nacional para impedir a toda costa la celebración del acto, apoyada muy probablemente por la resolución de las máximas instancias judiciales españolas. Hoy, como canta Robertson -el emblemático líder de The Band-, solo un acto de clarividencia sería capaz de leer correctamente las señales y puntos de referencia del drama catalán.
En cualquiera de estos escenarios, o de sus probables combinaciones e implicaciones, alguien o algunos perderán en el juego. Sin embargo, en los tiempos en que los plebiscitos y referéndums parecen ejercicios cargados por el diablo, los resultados pueden ser desagradables y política, institucional, y socialmente costosos para todos los participantes. Para Catalunya y España, y en especial para las elites políticas que hoy rigen sus destinos y construyen sus pleitos, las palabras pronunciadas en los años ochenta por el politólogo español Juan Linz de que España había sido capaz de crear, desde las entrañas mismas del franquismo y luego con la democracia, un Estado pero no una Nación, volverán a sonar como campanadas a la medianoche.
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Nexos on line, 13/09/2017)
How the become clairvoyant
That´s what I want to know
Just tell me where to sign
And point me where to go
(Robbie Robertson, How to Become Clairvoyant, 2011)
1.
El año pasado (2016) y hasta el primer mes del 2017 tuve la oportunidad de realizar una estancia sabática en la Universidad Autónoma de Barcelona. Durante ese tiempo, pude constatar la endiablada complejidad política del tema de la independencia que reclaman no pocos ciudadanos, partidos y organizaciones de Cataluña, un reclamo que se nutre con diversa intensidad de relatos históricos, mitos fundacionales, afrentas políticas, delirios nacionalistas, identidades culturales, y diversos paquetes de razones políticas y económicas. Todo depende a quien se le pregunte, en qué momento y bajo qué circunstancias. Partida por la mitad, la sociedad catalana -de Barcelona a Girona, de Tarragona o Sitges a Badalona, en el barrio del Born, del Gótico o en el del Raval-, asiste y participa en el procés protagonizado por el Govern catalán, la alcaldía de Barcelona, y el gobierno nacional español.
El espectáculo político tiene y tendrá implicaciones serias, sea cual sea su desenlace después del referéndum convocado para este próximo 1 de octubre. Fraguado a fuego lento desde hace años, el reclamo independentista admite múltiples lecturas. No sólo es una conjura radicalista, impulsada por una constelación de organizaciones ultras encabezadas por la CUP (Candidatura d´Unitat Popular), que lo es; no sólo es el fruto de la torpeza política, la indolencia o la intolerancia mostrada por el Gobierno español, en particular por el oficialismo del Partido Popular encabezado por Rajoy, que también lo es; tampoco es el resultado (malo) de la incapacidad de la izquierda socialista española tradicional (PSOE), o de la ambigua orientación populista que domina a Podemos, por buscar una salida negociada a las tensiones entre Barcelona y Madrid, que también lo es. Estas lecturas están hoy en el centro de la lucha por la legitimidad del reclamo independentista catalán, y son ejercicios que simbolizan y imprimen significado a la tensión política de la cuestión catalana contemporánea.
2.
Algunas de las imágenes más potentes del conflicto son visibles, están pegadas en las fachadas de muchos de los pisos de las calles y avenidas barcelonesas. Las banderas catalanas (esteladas) cuelgan de los balcones de las avingudas, las travesseras y las carrers de la ciudad. También se pueden observar en los partidos del Barsa en el Camp Nou, o en cualquier concierto de música electrónica celebrado en algún foro de las playas del mediterráneo de la Barceloneta. Con frecuencia, se observan también frases como “libertad”, “dignidad”, “felicidad”, “justicia”. En comparación, las expresiones unionistas, españolistas, son escasas, aunque las hay. Las movilizaciones independentistas son multitudinarias, mientras que las unionistas son muy pocas. El clima de la época parece abrumadoramente dominado por las utopías nacionalistas e independentistas que impulsa el Govern y sus aliados, que hablan con entusiasmo y convicción de la formación de una “nación de países catalanes” (que incluyen, por ejemplo al Principado de Andorra, en donde también se habla catalán).
Pero la vida catalana, como todas, está hecha de rutinas y prácticas habitualmente ajenas o alejadas de las pasiones y los intereses de la lucha entre los protagonistas políticos del pleito. La cotidianidad no es gobernada por la dicotomía independencia/unión, entre la identidad entre Catalunya o España. En los mercados, en las escuelas y en las universidades, la vida fluye con los asuntos prácticos, que tiene que ver con una intensa fusión entre lo regional y lo nacional. El pan con tomate se come con jamón ibérico, lo mismo que los jóvenes y niños catalanes pasan con fluidez asombrosa de su lengua materna al español (castellano), todos los días en los espacios públicos y privados, en el metro, la escuela, en el futbol, en las calles. La vida cultural y el comercio se funden en las conversaciones cotidianas, en las terrazas de Las Ramblas, las celebraciones de día de Sant Jordi o de la Diada (el día nacional catalán), coexisten con celebraciones religiosas que rápidamente se han vuelto laicas, como en muchas otras partes del mundo.
La intensa migración de los últimos años ha llenado barrios enteros de Barcelona y de sus alrededores de familias extensas y bulliciosas de paquistaníes, marroquíes, hindúes, senegaleses, ecuatorianos, coreanos, chinos, argentinos o dominicanos. Y es sorprendente la probada capacidad de inclusión de la sociedad catalana de grupos de orígenes culturales y sociales tan diversos, que se combina con la elástica capacidad de adaptación de estos grupos al contexto local.
Si uno pasa por Poble Sec (el barrio donde nació Serrat), la sensación de estar en un micro-mundo alejado de las pasiones independentistas/españolistas es muy clara. El célebre Teatro Apolo, o el de El Molino, separados solamente por la avenida Parel-lel del barrio de El Raval, significan para el forastero un espacio urbano de convivencia que nada o poco tiene que ver con el clima político de la época. El termómetro de las pasiones y de los intereses depende en buena medida del territorio, de las poblaciones, de los barrios. Lo intuían Marx y Engels, lo decía Norbert Elias, lo describía Manuel Vázquez Montalbán (nacido justamente en El Raval), lo cantaba el propio Serrat recorriendo las calles empinadas que conducen al Montjuic.
3.
La épica independentista se funda en una retórica incendiaria, apasionada, que es, o pretende ser, a la vez ética, cultural, moral y política. Detrás de ellos coexisten una constelación de discursos específicos, que van del anarquismo antisistema al nacionalismo, del populismo al antineoliberalismo, de la crítica a la democracia representativa a las virtudes del asambleísmo. Eso se expresa en una multitud de agrupaciones políticas muy extrañas, que configuran un mapa político muy difícil de descifrar para un forastero. Junts pel Sí, CUP, Catalunya Si que es Pot, PDeCAT, ERC, Podem Catalunya (que se ha transformado en Catalunya en Comú), conforman algunas de las organizaciones que habitan el barroco panorama político catalán de la coyuntura. Ahí se anidan historia viejas y nuevas, narrativas encontradas, grupos y grupúsculos que se han unido por la cerrazón del partido popular, por la incapacidad de la izquierda socialista, por el espíritu de la época, por las creencias, por la experiencia, por la desesperación, el temor, por las ganas de creer en algo, impulsados por las ansiedades de la negociación o por las pasiones de la ruptura.
Las claves de entendimiento del desafío independentista combinan historia, política y sociología. Sus raíces penetran en el pasado monárquico y franquista, y contienen episodios de resistencia, de rebeldía y de fracasos políticos y culturales tanto de Catalunya como de España. La configuración de corrientes y expresiones políticas obedecen a una lógica de negociación y autonomía entre partidos locales, regionales y nacionales, que se ha resuelto con el reconocimiento del estatuto autonómico incluido en la constitución española de 1978, pero que se refleja en la construcción de equilibrios inestables entre Madrid y Barcelona desde la era previa y posterior a los Juegos Olímpicos de 1992, que se suele considerar un momento significativo en la historia de las relaciones entre Catalunya y España. Sin embargo, para no pocos analistas españoles y catalanes, el punto clave es situar el problema como autonomía o como independencia. Pero el hecho es que las circunstancias y los acontecimientos derrotaron poco a poco el tema autonómico para colocarlo como un tema independentista, y los grupos moderados parecen haber sido derrotados por los grupos radicales de ambos bandos.
4.
En medio de la anárquica invasión turística que ha desbordado desde hace años la vida en la ciudad, los debates políticos sobre el independentismo catalán han llenado el espacio público (medios y redes sociales, espacios televisivos) de posiciones encontradas. Una creciente intolerancia se ha expandido entre analistas y liderazgos locales, entre académicos serios y políticos profesionales. Más allá de las fronteras de Catalunya, la intensidad de ese debate solo se mantiene quizás en Madrid, donde se suele mirar el conflicto como una amenaza más que como una oportunidad de transformación y modernización del formato democrático español. El dilema democracia o dictadura se ha instalado en el imaginario y los relatos políticos de ciertos protagonistas y analistas del pleito. El acto del terrorismo yihadista del verano pasado en Las Ramblas solo añadió mayor complejidad al clima político local y europeo. En esas condiciones, las soluciones posibles –es decir, negociadas- se han hecho terriblemente más complejas.
Añadir sangre y víctimas mortales al momento catalán solo confirmó el hecho de que el terror puede aparecer en cualquier lugar y circunstancias, pero las reacciones políticas de la coyuntura indicaron un evento inesperado, una especie de milagro político: la imagen de unión del President Puigdemont, la alcaldesa Ada Colau, el Rey Felipe y al Presidente Rajoy, parecía un rasgo de prudencia y optimismo frente a la tragedia del verano catalán, y la posible negociación de la agenda independentista. Pero muy pronto ese rasgo se disipó cuando el Parlament aprobó y confirmó la decisión de que el próximo 1 de octubre se celebrará el referéndum independentista, a lo que el gobierno de Rajoy respondió con una nueva acusación de ilegalidad del acto solicitando la intervención del Tribunal Constitucional.
5.
El 1 de octubre se ha convertido por efecto de la retórica, las decisiones y los hechos en una fecha fatal para el presente y el futuro del proceso independentista. El largo pleito político y judicial que por lo menos desde 2015 acompaña con especial intensidad el fenómeno tendrá su momento crítico y definirá el futuro de las relaciones entre Cataluña y de España. Hay por lo menos tres escenarios probables. El primero, la celebración del referéndum sin la aprobación del Tribunal Constitucional y el gobierno español. El segundo, la decisión del Parlament de suspender, cancelar o aplazar la consulta, debido a las presiones judiciales y/o políticas, dentro y fuera de Catalunya. El tercero es la intervención policiaca del gobierno nacional para impedir a toda costa la celebración del acto, apoyada muy probablemente por la resolución de las máximas instancias judiciales españolas. Hoy, como canta Robertson -el emblemático líder de The Band-, solo un acto de clarividencia sería capaz de leer correctamente las señales y puntos de referencia del drama catalán.
En cualquiera de estos escenarios, o de sus probables combinaciones e implicaciones, alguien o algunos perderán en el juego. Sin embargo, en los tiempos en que los plebiscitos y referéndums parecen ejercicios cargados por el diablo, los resultados pueden ser desagradables y política, institucional, y socialmente costosos para todos los participantes. Para Catalunya y España, y en especial para las elites políticas que hoy rigen sus destinos y construyen sus pleitos, las palabras pronunciadas en los años ochenta por el politólogo español Juan Linz de que España había sido capaz de crear, desde las entrañas mismas del franquismo y luego con la democracia, un Estado pero no una Nación, volverán a sonar como campanadas a la medianoche.
Thursday, September 07, 2017
Sociología de la desigualdad
Estación de paso
Sociología de la desigualdad
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 07/09/2017)
Lo sabemos desde hace tiempo: las posibilidades de que los hijos de las familias mexicanas más pobres lleguen a cursar estudios universitarios son muy bajas. Si, además, esos niños y niñas nacen en el seno de familias indígenas que viven en condiciones de aislamiento geográfico, que repiten una y otra vez las características de pobreza alimentaria, patrimonial y de ingreso durante generaciones enteras, las posibilidades son francamente remotas. La herencia negra de la desigualdad es justamente esa: la pobreza crónica de millones de familias urbanas y rurales mexicanas coloca a las nuevas generaciones en condiciones de muy difícil acceso a los beneficios teóricos y prácticos que proporciona la educación superior: estatus, ingreso, movilidad social ascendente, mejores condiciones de adaptación a entornos laborales inestables, mayores posibilidades de compartir los costos y beneficios de la participación política y el desarrollo social.
Los datos al respecto son abrumadores. Economistas, demógrafos, antropólogos y sociólogos han documentado con amplitud el hecho de que el acceso a la educación superior es hoy, fácticamente, un privilegio más que un derecho o una oportunidad. Que sólo 3 o 4 de cada 10 jóvenes de entre 19 y 23 años estén inscritos en alguna modalidad de la educación superior es un dato que revela la punta del iceberg de la desigualdad socio-educativa. Si uno lo mira por origen social o por grupos de ingreso económico, los datos son más dramáticos: 1 de cada 10 individuos pertenecientes a los grupos más pobres logra ingresar a la educación superior, contra 6 de cada 10 de los grupos de más alto origen social (escolaridad de los padres) y más alto ingreso económico (los ubicados en los deciles o quintiles superiores empleados convencionalmente en las mediciones de distribución del ingreso).
Hoy, los años de escolaridad promedio de la población mexicana son de 9 años, es decir, alcanzamos el tercer año de secundaria. Según datos del INEE, incrementar en un grado la escolaridad promedio nos lleva una década. Eso significa que, para alcanzar la escolaridad mínima obligatoria derivada de la reforma al artículo tercero constitucional acordada hace unos años, la educación media superior (es decir, 12 años de escolaridad), nos llevará más o menos treinta años. Tal vez, para el año 2047, el destino educativo nos alcance, aunque sea solo en promedio.
Pero como todos los promedios, los datos son engañosos. No es lo mismo lo que ocurre en las zonas metropolitanas de la Ciudad de México, de Guadalajara o de Monterrey, donde las tasas de escolarización superior y los años de escolaridad general son más elevados que los de regiones como Oaxaca, Chiapas o Guerrero. Los rostros de la desigualdad social son también los rostros de la desigualdad educativa. Y a pesar de la expansión acelerada de instituciones públicas y privadas, del incremento de las matrículas universitarias y no universitarias, de políticas y programas más o menos ambiciosos y eficaces de cobertura, calidad y equidad dirigidas a la educación superior, los avances son muy lentos, y los rezagos y déficits se acumulan en el horizonte social, político y de políticas.
Estos datos generales indican que el país arrastra desde hace mucho tiempo (es decir, muchos sexenios) el rezago acumulado y la inequidad en el acceso como factores de la desigualdad educativa. El problema del acceso a la educación superior tiene que ver fundamentalmente con lo que ocurre en los niveles básicos del sistema, especialmente en la secundaria, donde los índices de reprobación, de deserción y de baja eficiencia terminal son los más altos de todo el sistema educativo. Ahí se truncan la posibilidades de “movilidad educativa ascendente” de millones de jóvenes, que quedan sin oportunidades de escolarización posterior, o lo hacen en condiciones muy difíciles. Su incorporación temprana a empleos temporales, precarios y mal pagados, situados abrumadoramente en la informalidad, se combina con entornos sociales y familiares que sellan frecuentemente el círculo de hierro de la pobreza: ignorancia, adicciones, paternidades o maternidades no deseadas, marginación, frustración y abandono.
Según datos del “Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social 2016” dado a conocer por el CONEVAL la semana pasada, entre 2010 y 2014 se incrementó ligeramente el número de jóvenes en condición de pobreza, al pasar a representar del 46 al 47% del total. Pero el fenómeno reciente a considerar es que el desempleo entre los jóvenes con mayores niveles educativos es un nuevo desafío para las políticas sociales. Según los datos, sólo la mitad de los jóvenes que estudiaron hasta la licenciatura se encuentran ocupados (53.9%), y, de ésos, casi 6 de cada 10 “no tiene acceso a servicios de salud”, y “cuatro de cada diez trabajan en empleos informales.”
Desde la economía política de la desigualdad, estas cifras ilustran el tamaño de los déficits cuantitativos de inclusión de los jóvenes a la educación superior y al empleo digno, y muestran la magnitud de los problemas de la desigualdad entre quienes han alcanzado ingresar a la educación superior. Una mirada más cualitativa, desde la sociología de la desigualdad, en torno a la configuración de los circuitos de opulencia, de supervivencia y de precariedad que caracterizan hoy a la educación terciaria mexicana, nos muestra los rostros poli-clasistas y mono-clasistas del acceso a las instituciones públicas y privadas, universitarias y no universitarias, de educación superior. En la próxima colaboración, exploraremos con algún detalle esos rostros.
Sociología de la desigualdad
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 07/09/2017)
Lo sabemos desde hace tiempo: las posibilidades de que los hijos de las familias mexicanas más pobres lleguen a cursar estudios universitarios son muy bajas. Si, además, esos niños y niñas nacen en el seno de familias indígenas que viven en condiciones de aislamiento geográfico, que repiten una y otra vez las características de pobreza alimentaria, patrimonial y de ingreso durante generaciones enteras, las posibilidades son francamente remotas. La herencia negra de la desigualdad es justamente esa: la pobreza crónica de millones de familias urbanas y rurales mexicanas coloca a las nuevas generaciones en condiciones de muy difícil acceso a los beneficios teóricos y prácticos que proporciona la educación superior: estatus, ingreso, movilidad social ascendente, mejores condiciones de adaptación a entornos laborales inestables, mayores posibilidades de compartir los costos y beneficios de la participación política y el desarrollo social.
Los datos al respecto son abrumadores. Economistas, demógrafos, antropólogos y sociólogos han documentado con amplitud el hecho de que el acceso a la educación superior es hoy, fácticamente, un privilegio más que un derecho o una oportunidad. Que sólo 3 o 4 de cada 10 jóvenes de entre 19 y 23 años estén inscritos en alguna modalidad de la educación superior es un dato que revela la punta del iceberg de la desigualdad socio-educativa. Si uno lo mira por origen social o por grupos de ingreso económico, los datos son más dramáticos: 1 de cada 10 individuos pertenecientes a los grupos más pobres logra ingresar a la educación superior, contra 6 de cada 10 de los grupos de más alto origen social (escolaridad de los padres) y más alto ingreso económico (los ubicados en los deciles o quintiles superiores empleados convencionalmente en las mediciones de distribución del ingreso).
Hoy, los años de escolaridad promedio de la población mexicana son de 9 años, es decir, alcanzamos el tercer año de secundaria. Según datos del INEE, incrementar en un grado la escolaridad promedio nos lleva una década. Eso significa que, para alcanzar la escolaridad mínima obligatoria derivada de la reforma al artículo tercero constitucional acordada hace unos años, la educación media superior (es decir, 12 años de escolaridad), nos llevará más o menos treinta años. Tal vez, para el año 2047, el destino educativo nos alcance, aunque sea solo en promedio.
Pero como todos los promedios, los datos son engañosos. No es lo mismo lo que ocurre en las zonas metropolitanas de la Ciudad de México, de Guadalajara o de Monterrey, donde las tasas de escolarización superior y los años de escolaridad general son más elevados que los de regiones como Oaxaca, Chiapas o Guerrero. Los rostros de la desigualdad social son también los rostros de la desigualdad educativa. Y a pesar de la expansión acelerada de instituciones públicas y privadas, del incremento de las matrículas universitarias y no universitarias, de políticas y programas más o menos ambiciosos y eficaces de cobertura, calidad y equidad dirigidas a la educación superior, los avances son muy lentos, y los rezagos y déficits se acumulan en el horizonte social, político y de políticas.
Estos datos generales indican que el país arrastra desde hace mucho tiempo (es decir, muchos sexenios) el rezago acumulado y la inequidad en el acceso como factores de la desigualdad educativa. El problema del acceso a la educación superior tiene que ver fundamentalmente con lo que ocurre en los niveles básicos del sistema, especialmente en la secundaria, donde los índices de reprobación, de deserción y de baja eficiencia terminal son los más altos de todo el sistema educativo. Ahí se truncan la posibilidades de “movilidad educativa ascendente” de millones de jóvenes, que quedan sin oportunidades de escolarización posterior, o lo hacen en condiciones muy difíciles. Su incorporación temprana a empleos temporales, precarios y mal pagados, situados abrumadoramente en la informalidad, se combina con entornos sociales y familiares que sellan frecuentemente el círculo de hierro de la pobreza: ignorancia, adicciones, paternidades o maternidades no deseadas, marginación, frustración y abandono.
Según datos del “Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social 2016” dado a conocer por el CONEVAL la semana pasada, entre 2010 y 2014 se incrementó ligeramente el número de jóvenes en condición de pobreza, al pasar a representar del 46 al 47% del total. Pero el fenómeno reciente a considerar es que el desempleo entre los jóvenes con mayores niveles educativos es un nuevo desafío para las políticas sociales. Según los datos, sólo la mitad de los jóvenes que estudiaron hasta la licenciatura se encuentran ocupados (53.9%), y, de ésos, casi 6 de cada 10 “no tiene acceso a servicios de salud”, y “cuatro de cada diez trabajan en empleos informales.”
Desde la economía política de la desigualdad, estas cifras ilustran el tamaño de los déficits cuantitativos de inclusión de los jóvenes a la educación superior y al empleo digno, y muestran la magnitud de los problemas de la desigualdad entre quienes han alcanzado ingresar a la educación superior. Una mirada más cualitativa, desde la sociología de la desigualdad, en torno a la configuración de los circuitos de opulencia, de supervivencia y de precariedad que caracterizan hoy a la educación terciaria mexicana, nos muestra los rostros poli-clasistas y mono-clasistas del acceso a las instituciones públicas y privadas, universitarias y no universitarias, de educación superior. En la próxima colaboración, exploraremos con algún detalle esos rostros.
Thursday, August 24, 2017
Groucho Marx, o el humor como recurso civilizatorio
Estación de paso
Groucho Marx: el humor como recurso civilizatorio
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 24/08/2017)
Hace unos días (el 19 de agosto) se cumplieron 40 años de la muerte de uno de los iconos culturales norteamericanos del siglo XX: Groucho Marx. Siendo, literalmente, un hombre de extremos (nació en Nueva York en 1890 y murió en Los Angeles en 1977), la trayectoria del más famoso de los hermanos Marx representa como pocas la combinación de inteligencia y curiosidad con el humor y el sentido común. A través de sus películas, del teatro, de la radio, pero también de los periódicos, las revistas y los libros, el humor excepcional de Groucho -así hay que llamarlo para diferenciarlo del viejo Karl- es una luz en las sombras de la sobre-ideologización de lo cotidiano que invadió la radicalización de la vida política norteamericana antes, durante y después de la guerra fría, una voz sarcástica frente la moralina religiosa y el imperio del cálculo egoísta de capitalismo americano, y un llamado a la prudencia y el realismo frente los horrores de las dos grandes guerras mundiales y de la devastadora crisis económica que les unió en la década de los veinte.
Su trayectoria lo conecta a las mejores tradiciones que combinan el rigor intelectual con el sentido del humor. La capacidad de observar con atención las costumbres y hábitos de los individuos comunes y de las élites del poder que plasmaron Montaigne o Mark Twain, se combina con el filo literario británico de Chesterton y la voz y la pluma política envenenada de Churchill, la filosofía misantrópica de Schopenhauer o la filosofía a martillazos de Nietzsche. Honrado por el ingenio de Woody Allen, Frank Zappa o Tom Waits, temido por los políticos republicanos y demócratas de la posguerra, y desconocido para muchas de las nuevas generaciones jóvenes nacidas desde finales del siglo XX dentro y fuera de los Estados Unidos, la figura de Groucho es la expresión cultural que mejor representa al humor como un genuino recurso civilizatorio. Una expresión excepcional que demuestra que el sarcasmo, la anti-solemnidad y la ironía pueden ser instrumentos para relajar las tensiones propias de la vida en común, para suavizar los conflictos sin perder de vista la necesidad de resolverlos. Ya se sabe: una frase afortunada en una situación difícil puede producir pequeños milagros cotidianos.
Aunque muchos de sus dardos verbales ya forman parte del sentido común americano (y no americano), un breve repaso por algunos de ellas, lanzados en sus películas, entrevistas, o en los varios libros escritos por él mismo, son la mejor manera de “conceder una pausa a esa clase de hombres”, como afirmó en la frase final de su “Nota sobre el autor”, que cierra Memorias de un amante sarnoso, publicado originalmente en inglés en 1963.
“Bebo para hacer más interesantes a las demás personas”
“Desde el momento en que cogí su libro me caí al suelo rodando de risa. Algún día espero leerlo”.
“Disculpen si los llamo caballeros, pero es que no les conozco muy bien”.
“El matrimonio es una gran institución. Por supuesto, si te gusta vivir en una institución”.
“Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje engañar: es realmente un idiota”
“En mi próxima existencia me gustaría venir al mundo con la brillante inteligencia de Kissinger, la fabulosa apostura de Steve McQueen y el indestructible hígado de Dean Martin”.
“Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente”.
“Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”.
“Humor es posiblemente una palabra: la uso constantemente y estoy loco por ella. Algún día averiguaré su significado”.
“La inteligencia militar es una contradicción en sus términos”.
“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”.
“Lo malo de hacer sugerencias inteligentes es que se corre el riesgo de que se le asigne para llevarlas a cabo”.
“No piense mal de mi señorita. Mi interés en usted es puramente sexual.”
“No reírse de nada es de tontos, reírse de todo es de estúpidos.”
“Nunca olvido un cara, pero en su caso haré una excepción”.
“Un gato negro cruzando tu camino significa que el animal va a alguna parte”.
“¿Quiere usted casarse conmigo? ¿Es usted rica? Conteste primero a la segunda pregunta”.
“Yo me he esforzado por llegar de la nada a la pobreza extrema”.
“Estuve tan ocupado escribiendo la crítica que nunca pude sentarme a leer el libro”.
Esta colección de frases del marxismo más puro y penetrante son evidencia de que, aunque algunos no lo crean, el lenguaje breve, inteligente y sarcástico, que combina el aforismo, la crítica y el ingenio, ya existía mucho antes de la era de las redes sociales. Y contrasta, inevitablemente, con la falta de imaginación mezclada con la furia y malhumor que suele invadir el lenguaje político y social de nuestro tiempo a través de las redes comunicativas de la sociedad líquida.
Monday, August 21, 2017
Un fubolista, un tio y el beso del diablo
Estación de paso
Un futbolista, un tío y el beso del diablo
Adrián Acosta Silva
El escándalo suscitado por las acusaciones del gobierno norteamericano respecto de la probable implicación del futbolista Rafael Márquez y el cantante Julión Álvarez con los negocios de un misterioso narcotraficante identificado con el apodo de “El Tío”, ha significado el beso del diablo para ambos personajes públicos. Aunque el litigio judicial de estos asuntos es largo y sinuoso (tanto en México como en los Estados Unidos), los efectos prácticos son de corto plazo y de alto impacto para los involucrados. Como en muchos otros casos, en los medios y las redes, las condenas, las descalificaciones, las burlas y el sarcasmo gobiernan las reacciones de las muy diversas voces que han expresado con asombro, indignación moral, condenas o solidaridades instantáneas, muchos con la mano en la boca y algunos con las manos en la cabeza, esas expresiones tan fuertemente instaladas en la vida pública y privada mexicana desde hace un buen tiempo.
Una de las empresas mencionadas en la trama de lavado de dinero del cual se acusa al capitán del Atlas es el club de futbol “Morumbi”, cuyas instalaciones están situadas en la zona del bajío, en Zapopan, Jalisco, muy cerca del estado Omnilife donde juegan la Chivas del Guadalajara. El Morumbi es el nombre popular de un viejo estadio de futbol profesional de Sao Paulo, en Brasil, que fue fundado en los años sesenta del siglo pasado, y es sede del equipo local de esa ciudad. Por razones diversas, que van de la cercanía domiciliar al prestigio bien ganado de ese club en el mundillo futbolístico amateur tapatío, en uno de los equipos de ese club juega actualmente el más pequeño de mis hijos. Cuando el escándalo estalló, el club suspendió los entrenamientos por varios días, ante la incertidumbre y el temor de sus directivos, entrenadores, jugadores, y la preocupación de no pocos padres y madres de familia. Gobernada por la incertidumbre, la decisión expresa uno de los efectos prácticos del escándalo: antes de resolverse judicialmente, el asunto ya tuvo consecuencias inmediatas en la alteración de las rutinas, usos y costumbres de un club de futbol al que ahora se señala como posible empresa de lavado de dinero para el histórico jugador del Barcelona, de la selección mexicana y, ahora, de regreso a su primer equipo profesional, del Atlas.
La reacción forma parte de la micro-sociología de escándalo mexicano: frente a la furia informativa desatada entre medios, redes sociales y autoridades, el único refugio seguro es esperar a que todo se calme; o, como solía decir aconsejar con sabiduría práctica Jorge Ibargüengoitia cuando se tenían que enfrentar situaciones difíciles y tomar decisiones importantes, lo mejor es “meterse en una cantina, pedir un par de tragos, y esperar a que ocurra un milagro”. Pero ni el refugio ni los milagros existen para casos como éste. Lo que hay es el mundo grisáceo de la burocracia judicial: fojas, documentos, apelaciones, juicios, condenas o absoluciones, que suelen tardar meses o años, con los costos e incertidumbres propias de estos pleitos largos.
En el corazón secreto de ésa peculiar micro-sociología del escándalo se fortalece la sensación de que la corrupción es una de las maldiciones bíblicas nacionales. En muchos territorios del alma mexicana contemporánea se afirma la sensación de que nada ni nadie está a salvo de la corrupción. Que ahora le toque estar involucrado a una de las glorias futbolísticas locales solo confirma que nadie es inmune a esa plaga. La educación sentimental de varias generaciones de mexicanos se ha nutrido pacientemente de la certeza de que la corrupción es inevitable, que está incrustada en el ADN de los ciudadanos y de las autoridades, que es motivo de indignación y escándalo, pero que también es inevitable, ubicua y duradera. En este como en otros casos poco importa la veracidad de las acusaciones, el tamaño del involucramiento del futbolista, los costos financieros, morales y profesionales que le acarrearán al involucrado y a su familia. Los sentimientos y los prejuicios pesan hoy como ayer mucho más que las razones.
Pero mientras las cosas suceden, se deben tomar decisiones prácticas, y muchos de los niños y jóvenes que juegan en los equipos del Morumbi decidieron mantener su afiliación al club, con el apoyo de sus padres y amigos. La temporada está por comenzar y las ilusiones, como siempre, alimentan la esperanza de futbolistas y entrenadores. En medio de los nubarrones y la incertidumbre sobre el futuro del club se impone una certeza básica: las cosas se arreglarán, sólo fue una confusión, todo será aclarado. Quizá una mezcla imprecisa de creencias y fe, de razones y cálculos, produce esas pequeñas certezas cotidianas de las que suele alimentarse la búsqueda de algún sentido del mundo y sus demonios, una búsqueda rutinaria, colectiva e individual, que se mantiene latente en (casi) en cualquier circunstancia.
Un futbolista, un tío y el beso del diablo
Adrián Acosta Silva
El escándalo suscitado por las acusaciones del gobierno norteamericano respecto de la probable implicación del futbolista Rafael Márquez y el cantante Julión Álvarez con los negocios de un misterioso narcotraficante identificado con el apodo de “El Tío”, ha significado el beso del diablo para ambos personajes públicos. Aunque el litigio judicial de estos asuntos es largo y sinuoso (tanto en México como en los Estados Unidos), los efectos prácticos son de corto plazo y de alto impacto para los involucrados. Como en muchos otros casos, en los medios y las redes, las condenas, las descalificaciones, las burlas y el sarcasmo gobiernan las reacciones de las muy diversas voces que han expresado con asombro, indignación moral, condenas o solidaridades instantáneas, muchos con la mano en la boca y algunos con las manos en la cabeza, esas expresiones tan fuertemente instaladas en la vida pública y privada mexicana desde hace un buen tiempo.
Una de las empresas mencionadas en la trama de lavado de dinero del cual se acusa al capitán del Atlas es el club de futbol “Morumbi”, cuyas instalaciones están situadas en la zona del bajío, en Zapopan, Jalisco, muy cerca del estado Omnilife donde juegan la Chivas del Guadalajara. El Morumbi es el nombre popular de un viejo estadio de futbol profesional de Sao Paulo, en Brasil, que fue fundado en los años sesenta del siglo pasado, y es sede del equipo local de esa ciudad. Por razones diversas, que van de la cercanía domiciliar al prestigio bien ganado de ese club en el mundillo futbolístico amateur tapatío, en uno de los equipos de ese club juega actualmente el más pequeño de mis hijos. Cuando el escándalo estalló, el club suspendió los entrenamientos por varios días, ante la incertidumbre y el temor de sus directivos, entrenadores, jugadores, y la preocupación de no pocos padres y madres de familia. Gobernada por la incertidumbre, la decisión expresa uno de los efectos prácticos del escándalo: antes de resolverse judicialmente, el asunto ya tuvo consecuencias inmediatas en la alteración de las rutinas, usos y costumbres de un club de futbol al que ahora se señala como posible empresa de lavado de dinero para el histórico jugador del Barcelona, de la selección mexicana y, ahora, de regreso a su primer equipo profesional, del Atlas.
La reacción forma parte de la micro-sociología de escándalo mexicano: frente a la furia informativa desatada entre medios, redes sociales y autoridades, el único refugio seguro es esperar a que todo se calme; o, como solía decir aconsejar con sabiduría práctica Jorge Ibargüengoitia cuando se tenían que enfrentar situaciones difíciles y tomar decisiones importantes, lo mejor es “meterse en una cantina, pedir un par de tragos, y esperar a que ocurra un milagro”. Pero ni el refugio ni los milagros existen para casos como éste. Lo que hay es el mundo grisáceo de la burocracia judicial: fojas, documentos, apelaciones, juicios, condenas o absoluciones, que suelen tardar meses o años, con los costos e incertidumbres propias de estos pleitos largos.
En el corazón secreto de ésa peculiar micro-sociología del escándalo se fortalece la sensación de que la corrupción es una de las maldiciones bíblicas nacionales. En muchos territorios del alma mexicana contemporánea se afirma la sensación de que nada ni nadie está a salvo de la corrupción. Que ahora le toque estar involucrado a una de las glorias futbolísticas locales solo confirma que nadie es inmune a esa plaga. La educación sentimental de varias generaciones de mexicanos se ha nutrido pacientemente de la certeza de que la corrupción es inevitable, que está incrustada en el ADN de los ciudadanos y de las autoridades, que es motivo de indignación y escándalo, pero que también es inevitable, ubicua y duradera. En este como en otros casos poco importa la veracidad de las acusaciones, el tamaño del involucramiento del futbolista, los costos financieros, morales y profesionales que le acarrearán al involucrado y a su familia. Los sentimientos y los prejuicios pesan hoy como ayer mucho más que las razones.
Pero mientras las cosas suceden, se deben tomar decisiones prácticas, y muchos de los niños y jóvenes que juegan en los equipos del Morumbi decidieron mantener su afiliación al club, con el apoyo de sus padres y amigos. La temporada está por comenzar y las ilusiones, como siempre, alimentan la esperanza de futbolistas y entrenadores. En medio de los nubarrones y la incertidumbre sobre el futuro del club se impone una certeza básica: las cosas se arreglarán, sólo fue una confusión, todo será aclarado. Quizá una mezcla imprecisa de creencias y fe, de razones y cálculos, produce esas pequeñas certezas cotidianas de las que suele alimentarse la búsqueda de algún sentido del mundo y sus demonios, una búsqueda rutinaria, colectiva e individual, que se mantiene latente en (casi) en cualquier circunstancia.
Friday, August 11, 2017
Vidas cruzadas
Estación de paso
Universidad y trabajo: vidas cruzadas.
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 10/08/2017)
Las relaciones entre escuela y trabajo se pueden resumir en una afirmación general: ambas actividades educan a los individuos. La escuela, desde la básica hasta la universitaria, educa a través de la formación de habilidades, destrezas, el acceso a los conocimientos, la formación de hábitos de aprendizaje donde el pensamiento complejo encuentra algunas de las herramientas necesarias para el desarrollo cognitivo de los individuos. Pero el trabajo, la experiencia laboral, sobre todo durante los años de la juventud universitaria, también educa al proporcionar disciplina, capacidad de aprendizaje en entornos inestables, adaptación de los individuos a rutinas y ritmos de trabajo, pero también para enfrentar incertidumbres y desafíos específicos.
La afirmación no es, por supuesto, nueva ni reciente. Sin embargo, las percepciones de no pocos empleadores y funcionarios universitarios resultan contradictorias con la tesis general. Los empleadores señalan con frecuencia la “falta de experiencia laboral” de los egresados de los diversos niveles educativos como causal de su no contratación o no adecuación a los requisitos de muchos de los puestos laborales ofertados; los funcionarios educativos, por su parte, suelen señalar que los mejores estudiantes son los que pueden dedicarse de tiempo completo a los estudios en sus períodos formativos.
Bien vistas, ambas visiones coinciden en algo: en la idealización del tipo de individuos que deben trabajar o estudiar. Uno asume que el egresado ideal es alguien que reúne mínimos de experiencia laboral con mínimos de escolaridad superior; para los directivos escolares, el estudiante ideal es aquel que sólo se dedica, por lo menos por un tiempo, exclusivamente a estudiar. El egresado ideal debe acumular principalmente capital laboral; el estudiante ideal, solo capital escolar.
Pero, ¿qué indican los siempre incómodos hechos?. Que los estudiantes universitarios mexicanos combinan de manera mayoritaria estudios y trabajo a lo largo de su formación universitaria. Más aún: una proporción significativa de ellos lo hacen desde su formación en el nivel medio superior y lo continúan en el nivel del posgrado. Muchos son trabajadores que estudian; otros, estudiantes que trabajan. En algunas carreras y disciplinas, son estudiantes de tiempo completo (los estudiantes de medicina, por ejemplo). Otros, son estudiantes cuyos procesos formativos incluyen experiencia laboral práctica fuera del currículum universitario (los estudiantes de contaduría, por ejemplo). En algunas ramas laborales los bajos niveles salariales se compensan con ciertos grados de libertad en el uso del tiempo (las egresadas o estudiantes que son madres, por ejemplo).
Estos hechos no resuelven, sin embargo, interrogantes e incertidumbres corrosivas. ¿Cómo se resuelven estas relaciones entre universidad y trabajo en las diversas disciplinas, profesiones, instituciones y territorios? ¿Qué tipos de relaciones pueden ayudar a explicar las diversas combinaciones entre educación y trabajo? ¿Que papel juega el peso de la precariedad laboral en el terreno profesional? ¿Qué tipo de estrategias establecen los individuos (universitarios y no universitarios), los gobiernos y los empleadores (públicos y privados) para mejorar sus posibilidades de articulación de las transiciones de la escuela al trabajo y viceversa? ¿Cómo afecta el peso de la informalidad y la formalidad laboral en la construcción de las estrategias de ajuste y adaptación en los mercados del trabajo?
Estas preguntas están en el corazón de nuevos enfoques que tratan de ver más allá de las teorías del capital humano, del “adecuacionismo”, de las utopías emprenduristas, o las fórmulas de la “triple hélice” que con certeza envidiable aseguran el éxito de las relaciones entre gobiernos, empresas y universidades. Sin embargo, estos enfoques tradicionales no han proporcionado respuestas satisfactorias a las preguntas planteadas. Para decirlo en breve: se trata de contrastar a los estudiantes y egresados ideales con los reales. Ello ha llevado a la formulación de nuevas aproximaciones analíticas que reconocen la complejidad de las relaciones educación/trabajo, y que, además, pueden proporcionar hipótesis sobre posibles comportamientos futuros, que implican el diseño de políticas públicas, programas de investigación social, y capacidades de gobernanza institucional de las relaciones. Uno de esos enfoques emergentes es el de los “itinerarios vitales complejos” que asume que las relaciones entre universidad y trabajo implica reconocer la experiencia de transiciones múltiples a lo largo de la formación, el empleo y el trabajo entre grupos e individuos específicos.
Para analizar estas relaciones y tratar de identificar la capacidad explicativa de los nuevos enfoques, un grupo de interesados nos reunimos en Guadalajara los días 20 y 21 de julio pasado para conversar sobre estos temas, gracias a la convocatoria realizada por el Instituto de Investigaciones en Políticas Públicas y Gobierno, el Centro de Estudios Estratégicos para el Desarrollo, y el Departamento de Políticas Públicas de la Universidad de Guadalajara. El seminario/conversatorio titulado “El futuro de la relación entre educación y trabajo”, reunió a una decena de académicos de distintas instituciones (INEE, COLEF, UNAM, UAM, BUAP, ITESO, U. de G.) para examinar las distintas dimensiones de la complejidad de las relaciones y sus posibles trayectorias futuras.
A partir de un sugerente texto elaborado por Jordi Planas, profesor de la UA de Barcelona y actualmente profesor visitante en la U. de G., los académicos convocados discutimos sobre conceptos, problemas, experiencias de investigación y limitaciones de los estudios sobre el tema. Una de las tesis básicas de Planas es que experimentamos desde hace tiempo una arritmia (“discronía”) en las relaciones, que es el efecto de la velocidad de los cambios en ambas esferas en el contexto contemporáneo. Las reformas en la formación universitaria son pausadas y lentas y tienen un horizonte de cumplimiento de largo plazo, mientras que las transformaciones en el mundo laboral son intensas y rápidas, con horizontes de corto plazo. A partir de esta tesis, el objetivo del conversatorio fue el de proponer una agenda de investigación así como el diseño de alternativas de políticas públicas que incidan en el gobierno de las relaciones entre educación superior y trabajo. ¿El resultado? La identificación de cinco puntos estratégicos para la investigación y tres ideas centrales de política pública sobre el tema. En alguna colaboración futura se explorarán brevemente esos planteamientos.
Universidad y trabajo: vidas cruzadas.
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 10/08/2017)
Las relaciones entre escuela y trabajo se pueden resumir en una afirmación general: ambas actividades educan a los individuos. La escuela, desde la básica hasta la universitaria, educa a través de la formación de habilidades, destrezas, el acceso a los conocimientos, la formación de hábitos de aprendizaje donde el pensamiento complejo encuentra algunas de las herramientas necesarias para el desarrollo cognitivo de los individuos. Pero el trabajo, la experiencia laboral, sobre todo durante los años de la juventud universitaria, también educa al proporcionar disciplina, capacidad de aprendizaje en entornos inestables, adaptación de los individuos a rutinas y ritmos de trabajo, pero también para enfrentar incertidumbres y desafíos específicos.
La afirmación no es, por supuesto, nueva ni reciente. Sin embargo, las percepciones de no pocos empleadores y funcionarios universitarios resultan contradictorias con la tesis general. Los empleadores señalan con frecuencia la “falta de experiencia laboral” de los egresados de los diversos niveles educativos como causal de su no contratación o no adecuación a los requisitos de muchos de los puestos laborales ofertados; los funcionarios educativos, por su parte, suelen señalar que los mejores estudiantes son los que pueden dedicarse de tiempo completo a los estudios en sus períodos formativos.
Bien vistas, ambas visiones coinciden en algo: en la idealización del tipo de individuos que deben trabajar o estudiar. Uno asume que el egresado ideal es alguien que reúne mínimos de experiencia laboral con mínimos de escolaridad superior; para los directivos escolares, el estudiante ideal es aquel que sólo se dedica, por lo menos por un tiempo, exclusivamente a estudiar. El egresado ideal debe acumular principalmente capital laboral; el estudiante ideal, solo capital escolar.
Pero, ¿qué indican los siempre incómodos hechos?. Que los estudiantes universitarios mexicanos combinan de manera mayoritaria estudios y trabajo a lo largo de su formación universitaria. Más aún: una proporción significativa de ellos lo hacen desde su formación en el nivel medio superior y lo continúan en el nivel del posgrado. Muchos son trabajadores que estudian; otros, estudiantes que trabajan. En algunas carreras y disciplinas, son estudiantes de tiempo completo (los estudiantes de medicina, por ejemplo). Otros, son estudiantes cuyos procesos formativos incluyen experiencia laboral práctica fuera del currículum universitario (los estudiantes de contaduría, por ejemplo). En algunas ramas laborales los bajos niveles salariales se compensan con ciertos grados de libertad en el uso del tiempo (las egresadas o estudiantes que son madres, por ejemplo).
Estos hechos no resuelven, sin embargo, interrogantes e incertidumbres corrosivas. ¿Cómo se resuelven estas relaciones entre universidad y trabajo en las diversas disciplinas, profesiones, instituciones y territorios? ¿Qué tipos de relaciones pueden ayudar a explicar las diversas combinaciones entre educación y trabajo? ¿Que papel juega el peso de la precariedad laboral en el terreno profesional? ¿Qué tipo de estrategias establecen los individuos (universitarios y no universitarios), los gobiernos y los empleadores (públicos y privados) para mejorar sus posibilidades de articulación de las transiciones de la escuela al trabajo y viceversa? ¿Cómo afecta el peso de la informalidad y la formalidad laboral en la construcción de las estrategias de ajuste y adaptación en los mercados del trabajo?
Estas preguntas están en el corazón de nuevos enfoques que tratan de ver más allá de las teorías del capital humano, del “adecuacionismo”, de las utopías emprenduristas, o las fórmulas de la “triple hélice” que con certeza envidiable aseguran el éxito de las relaciones entre gobiernos, empresas y universidades. Sin embargo, estos enfoques tradicionales no han proporcionado respuestas satisfactorias a las preguntas planteadas. Para decirlo en breve: se trata de contrastar a los estudiantes y egresados ideales con los reales. Ello ha llevado a la formulación de nuevas aproximaciones analíticas que reconocen la complejidad de las relaciones educación/trabajo, y que, además, pueden proporcionar hipótesis sobre posibles comportamientos futuros, que implican el diseño de políticas públicas, programas de investigación social, y capacidades de gobernanza institucional de las relaciones. Uno de esos enfoques emergentes es el de los “itinerarios vitales complejos” que asume que las relaciones entre universidad y trabajo implica reconocer la experiencia de transiciones múltiples a lo largo de la formación, el empleo y el trabajo entre grupos e individuos específicos.
Para analizar estas relaciones y tratar de identificar la capacidad explicativa de los nuevos enfoques, un grupo de interesados nos reunimos en Guadalajara los días 20 y 21 de julio pasado para conversar sobre estos temas, gracias a la convocatoria realizada por el Instituto de Investigaciones en Políticas Públicas y Gobierno, el Centro de Estudios Estratégicos para el Desarrollo, y el Departamento de Políticas Públicas de la Universidad de Guadalajara. El seminario/conversatorio titulado “El futuro de la relación entre educación y trabajo”, reunió a una decena de académicos de distintas instituciones (INEE, COLEF, UNAM, UAM, BUAP, ITESO, U. de G.) para examinar las distintas dimensiones de la complejidad de las relaciones y sus posibles trayectorias futuras.
A partir de un sugerente texto elaborado por Jordi Planas, profesor de la UA de Barcelona y actualmente profesor visitante en la U. de G., los académicos convocados discutimos sobre conceptos, problemas, experiencias de investigación y limitaciones de los estudios sobre el tema. Una de las tesis básicas de Planas es que experimentamos desde hace tiempo una arritmia (“discronía”) en las relaciones, que es el efecto de la velocidad de los cambios en ambas esferas en el contexto contemporáneo. Las reformas en la formación universitaria son pausadas y lentas y tienen un horizonte de cumplimiento de largo plazo, mientras que las transformaciones en el mundo laboral son intensas y rápidas, con horizontes de corto plazo. A partir de esta tesis, el objetivo del conversatorio fue el de proponer una agenda de investigación así como el diseño de alternativas de políticas públicas que incidan en el gobierno de las relaciones entre educación superior y trabajo. ¿El resultado? La identificación de cinco puntos estratégicos para la investigación y tres ideas centrales de política pública sobre el tema. En alguna colaboración futura se explorarán brevemente esos planteamientos.
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