Thursday, April 23, 2026

Trayectorias universitarias (2)

Diario de incertidumbres Trayectorias universitarias (2): autonomía, política y gobernabilidad Adrián Acosta Silva (Campus Milenio, 23/04/2026) https://suplementocampus.com/trayectorias-universitarias-ii-autonomia-politica-y-gobernabilidad/ Las trayectorias sociohistóricas de la UNAM y de la U de G son historias paralelas. Con distintas intensidades, modalidades y contextos, ambas instituciones representan las relaciones que se configuran entre las ideas, los intereses y los actores que están en la base de sus idearios y prácticas políticas y académicas en diversas etapas. Esas historias ayudan a entender los procesos de legitimación de la autoridad de las universidades en las dimensiones académica, intelectual, social y política. Luego de conquistar la primera autonomía universitaria en 1929, plasmada en la Ley Orgánica de ese mismo año, la UNAM experimentó diversas tensiones con los gobiernos posrevolucionarios durante la etapa del maximato (cuya figura central era el denominado “jefe máximo” de la Revolución, Plutarco Elías Calles, 1928-1934) y luego con el proyecto de la educación socialista impulsada por el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940). En 1933 hubo una nueva reforma a la Ley Orgánica de la Universidad, que desligó a la institución del apoyo financiero del Estado, y fue hasta 1945 cuando se vuelve a reformar la Ley para definirla como organismo descentralizado del Estado mexicano y dotarla de la autonomía que hasta hoy sigue vigente. De manera paralela, la U de G experimentó desde su refundación en 1925 hasta el año de 1937 una etapa convulsiva, con la fractura ocurrida en el seno del consejo universitario a raíz del apoyo de las autoridades universitarias con el proyecto de educación socialista del cardenismo, y la salida de la universidad de un grupo de consejeros, docentes y estudiantes que fundaron la primera universidad privada de México, la UAG, en 1935. Una nueva ley orgánica fue promulgada en el año de 1937 y posteriormente ocurriría otra reforma a la normativa universitaria en 1952, que estaría vigente durante más de cuarenta años. En la dimensión política, las trayectorias seguirían cauces y lógicas distintas. En el caso de la Nacional, diversos movimientos estudiantiles se organizaron en escuelas y facultades para demandas específicas, mientras que en la U de G se desarrolla un modelo de gobernabilidad corporativa basado en la formación de federaciones estudiantiles que tendrían una influencia estratégica y en ocasiones determinante en las formas de socialización política de los dirigentes estudiantiles, y en las prácticas de gobierno y la gobernabilidad universitaria: el Frente de Estudiantes Socialistas de Occidente, (FESO,1934-1948), la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG, 1948-1991), y la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU, 1991-actual). Las décadas de los años cincuenta, sesenta y setenta constituyen el ciclo de expansión y legitimación de la educación superior universitaria en el país. Son treinta años de un claro crecimiento y diversificación de las universidades públicas federales y estatales, que inauguran nuevas sedes, programas, campus, escuelas y facultades, centros e institutos de investigación en toda la república, lo que se tradujo en un crecimiento explosivo de estudiantes, profesores, directivos y trabajadores administrativos cuyo volumen y composición social modificarían sustancialmente la demografía y los perfiles políticos y socioculturales de las comunidades universitarias. En el caso de la Nacional, la inauguración de Ciudad Universitaria en 1954 representa como ningún otro acontecimiento la importancia simbólica, académica y sociopolítica de la Universidad en el contexto del “milagro mexicano” de los años de la posguerra, ocurrido paralelamente con el fortalecimiento del régimen autoritario mexicano surgido de la Revolución mexicana, un régimen de partido prácticamente único. La mudanza de las escuelas y facultades del barrio universitario hacia el campus construido al sur de la Ciudad de México en un espacio prácticamente deshabitado de la capital se constituyó como la señal más potente de lo que representaba la Nacional en el proyecto de desarrollo político y económico de los regímenes posrevolucionarios después de la segunda guerra mundial. En el caso de la U de G, la identificación con el régimen de la revolución significaba el hecho de que la autonomía no fuera una demanda impulsada por autoridades, profesores o estudiantes. Los gobiernos estatales establecieron un pacto no escrito pero funcional con las autoridades y dirigencias de la U de G que cristalizaba en apoyos en infraestructuras, donación de terrenos, presupuesto público, oportunidades de empleo para egresados universitarios, y canales de movilidad política para los liderazgos estudiantiles y docentes. Aunque nunca se impulsó un proyecto parecido a la construcción de una ciudad universitaria como la UNAM, se fundaron espacios universitarios como el Instituto Tecnológico (1949) o el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades (1961), y se fortaleció el vínculo orgánico entre las facultades de medicina, odontología y la escuela de enfermería con el Hospital Civil de Guadalajara. El ritmo del crecimiento de la matrícula es el indicador más potente del valor público de ambas universidades durante esas tres décadas, etapa que bien puede ser descrita como la “era de oro” del fortalecimiento de la legitimidad académica, social y política de dichas instituciones. En el caso de la UNAM, en 1960 alcanzó la cifra de 58 mil estudiantes, en 1969 se rebasó la cifra de 100 mil y en 1980 los 270 mil. Por su parte, en la U de G hacia el año de 1955 se registraban apenas 3,733 estudiantes universitarios, cifra que se quintuplicó una década después (1965), cuando se alcanza una matrícula de 15,157 estudiantes, y para el año de 1971 llegaban ya a más de 42 mil. Esta transición de universidades de élite hacia la configuración de universidades de masas implicó una suerte de modernización no planeada de las prácticas y estructuras de la universidad, que cambió de manera irreversible la idea misma de la universidad pública y alteró de forma significativa las formas de gobierno y gobernabilidad institucional de distintas maneras e intensidades. La cantidad, calidad y complejidad de las demandas estudiantiles y del profesorado por mayores recursos y participación en la toma de decisiones hacia el gobierno universitario se multiplicaron, y configuraron una agenda compleja que implicó una relación diferente con los poderes públicos externos a la universidad, específicamente con el gobierno federal y con los gobiernos estatales.

Thursday, April 09, 2026

Trayectorias universitarias

Diario de incertidumbres Trayectorias universitarias: sociedad, historia y política Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 09/04/2026) https://suplementocampus.com/trayectorias-universitarias-sociedad-historia-y-politica/ Las conmemoraciones universitarias constituyen momentos relevantes de reflexión y balance para las instituciones. Autoridades y comunidades suelen destacar en los calendarios de sus celebraciones aquellos eventos que representan la historia y los trayectos institucionales que marcan la identidad de una organización, sus personajes y símbolos, logros y desafíos. En el campo de la educación universitaria, este año se celebran los aniversarios de creación, fundación o establecimiento de varias universidades públicas en México, entre las que destacan los 475 años de la UNAM, o los 234 años de la Universidad de Guadalajara, las dos instituciones universitarias más antiguas y grandes de nuestro país. Ambas universidades representan las trayectorias históricas y socio-institucionales de buena parte de las universidades públicas mexicanas contemporáneas, aunque cada caso tiene su propia singularidad y complejidad. Esas trayectorias incluyen diversas dimensiones, entre las que destacan por lo menos tres: 1) la académica, expresada en el desarrollo de sus disciplinas, escuelas, facultades y centros e institutos de investigación; 2) la social, relacionada con la composición sociodemográfica de sus comunidades estudiantiles, docentes y de egresados; y, 3) la política, ligada a sus formas de gobierno y gobernabilidad, al ejercicio de la autonomía y sus relaciones con los entornos locales y nacionales. Esta última dimensión es particularmente relevante en los momentos celebratorios, pues es la resultante política de la legitimidad académica e intelectual del desarrollo del conocimiento y la formación de profesionales que constituyen el núcleo profundo del sentido institucional de la universidad, y de la configuración social de sus actores centrales (estudiantes, profesores e investigadores). El autogobierno y la construcción de la autonomía es el corolario de la historia universitaria, la representación de la legitimidad política de la universidad en los contextos de la sociedad nacional y las sociedades regionales del México colonial, republicano y moderno. En el caso de la UNAM, existen dos momentos centrales de su origen como Real y Pontificia Universidad de México (RPUM). Uno es la expedición de la cédula real de fundación del 21 de septiembre de 1551 otorgada por el rey del imperio español, y otro su inauguración oficial, ocurrida el 23 de enero de 1553. Junto con las Universidades de Santo Domingo (1538) y la de San Marcos de Lima (1551), la Universidad de México se constituyó como parte de la tríada institucional fundada por la Corona española y la iglesia católica en el proceso de colonización derivado de la conquista de las tierras americanas desde comienzos del siglo XVI. Posteriormente, se fundarían otras 31 universidades en las colonias españolas de los territorios conquistados hasta el año de 1812, y una de las últimas del largo período colonial fue la Real Universidad de Guadalajara (RUdeG) en 1792. Inspiradas en gran parte por el modelo y los estatutos de la Universidad de Salamanca, tanto las universidades de México como la de Guadalajara (así como otras universidades coloniales hispanoamericanas) establecieron desde su origen relaciones de cooperación, subordinación y tensión con los poderes políticos y eclesiásticos coloniales y peninsulares. Destaca el peso que tuvo la RPUM en la organización de los estudios superiores durante el virreinato de la Nueva España, y el de la RUdeG en el reino de la Nueva Galicia, creada como una región relativamente autónoma en 1531. Surgidas de una variedad de experiencias educativas previas (escuela-convento, seminario-escuela, claustro-escuela), las primeras universidades fueron el resultado de la gestión política conjunta de élites criollas, arzobispados locales y autoridades virreinales frente a la corona española. Esa gestión revela el poder político de los fundadores de las primeras universidades novohispana y novogalaica, respectivamente, apoyados por actores políticos locales como los representados en ayuntamientos y Audiencias. En el caso de la RPUM es posible distinguir tres grandes períodos: orígenes (1551-1604); expansión y consolidación de su legitimidad institucional (1604-1810), y crisis, decadencia y clausura definitiva (1810-1863). En el caso de la RUdeG, esa periodización es mucho más breve y, en algún sentido, paradójica y dramática: orígenes (1792-1810), crisis y clausura (1810-1821), inestabilidad y cierre definitivo (1821-1860). Esto significa que mientras la Universidad de México tuvo una existencia de más de 300 años desde su fundación hasta su clausura, la de Guadalajara tuvo una existencia como universidad colonial de apenas 58 años. En la etapa republicana (1821-1875) y durante el porfiriato (1876-1911), ambas universidades enfrentaron la crítica de las fuerzas liberales que obligaron a sus clausuras definitivas casi al mismo tiempo (1863 y 1860). Aunque los cierres de las reales universitarias representaban un acto independentista propio de la constitución de las primeras repúblicas americanas, la vida académica siguió latente bajo la forma de escuelas libres, centros e institutos de educación superior, así como en espacios como la Escuela Nacional Preparatoria en la capital del país (1867), o la Escuela Preparatoria de Jalisco (1914). Bajo esa morfología académico-institucional impulsada por pensadores positivistas y élites liberales, la educación superior sobrevivió a los cierres de la universidad tanto en la capital nacional como en la capital jalisciense. La apertura o refundación de ambas universidades ocurrió a comienzos del siglo XX, cuando la larga dictadura porfirista y el auge de la revolución mexicana imprimieron un perfil socio-institucional diferente a las nacientes Universidad Nacional de México (1910) y la Universidad de Guadalajara (1925). Cada una a su modo representa dos versiones de las reformas modernizadoras que caracterizarían nuevas trayectorias e identidades a las universidades. En el caso de la Nacional, esa saga institucional se desarrollaría en el convulso período ocurrido entre 1910 y 1929, cuando se conquista la primera autonomía universitaria. En el caso de la universidad tapatía, el primer período (1925-1937) se caracteriza por el conflicto político e ideológico ocurrido en el marco del primer congreso de universitarios mexicanos celebrado en 1933, y que culminó en una crisis que derivó en el cierre de la U de G durante tres años (1934-1937), a causa de una fractura entre sus dirigentes que llevó a la creación de la Universidad Autónoma de Occidente, que luego cambiaría de denominación al de Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG) en 1935, la primera universidad privada de México.

Saturday, April 04, 2026

Beber

Tierras raras Beber Adrián Acosta Silva (Reverso, 01/04/2026) https://reverso.mx/tierras-raras-beber/ Santos demonios, cabroncísimos demonios David Huerta, Incurable La historia social de la ebriedad es milenaria, aunque sus formas y rituales sean muy diversos. En todos los tiempos y contextos imaginables, las experiencias vitales de la sobriedad y la ebriedad son compañeras de viaje, antípodas que iluminan con tonos grises las tierras raras del consumo de alcohol, sus usos y costumbres. El alcohol es la moneda de uso legal en el reino de Baco. Es (casi) un principio universal el impulso a beber por diversos motivos. Celebraciones religiosas o paganas, funerales, aburrimiento, hartazgo, ocio, decepciones, frustración, angustia, miedo, incertidumbres, son emociones que alimentan o justifican la necesidad de beber. También está su némesis, la necesidad de la sobriedad para desarrollar actividades, para pensar con claridad, para sopesar riesgos y tomar decisiones en medio de tormentas públicas, privadas o secretas. Para algunos bebedores, la sobriedad que llega después de la ebriedad es combustible inesperado para la reflexión y la acción. Beber es la posibilidad de mirar las cosas de otro modo, de imaginar soluciones, de entusiasmarse con proyectos o ideas. La historia de bebedores legendarios muestra la potencia del alcohol en sus vidas. Dylan Thomas, Edgar Allan Poe, Charles Bukowski, son algunos ejemplos de dipsómanos célebres que combinaron etapas de ebriedad con episodios de sobriedad, aunque ninguno de ellos escribía cuando bebía. Ebriedad y sobriedad comparten en ocasiones el mismo silencio fúnebre de la vida cotidiana, frecuentemente aburrida, insignificante y solemne. La única diferencia es la cruda, la resaca, que sigue fatalmente a la borrachera. También es importante diferenciar varios tipos de bebedores: moderados, regulares, compulsivos, los que beben solos, los que lo hacen acompañados. Entre esa variedad se mezclan comportamientos según la edad, el sexo o las circunstancias. Cantinas, bares, piqueras, congales, antros son algunos de los sitios diseñados para organizar el consumo de alcohol. Pero es el acto de beber lo que realmente importa. Sus motivaciones, cantidades, oportunidades son asuntos de cada quién. El recorrido por la historia de la ebriedad muestra la complejidad del hábito de emborracharse, y que vino, whisky, pulque, vodka, cerveza, tequila, mezcal, coñac, sotol o bacanora, son sólo variaciones etílicas de la misma vieja canción de la ebriedad humana. La contundencia de una frase que leí en una pared del centro de Buenos Aires hace algunos años sacude las buenas conciencias de la sobriedad, con humor borgiano: “La realidad es una alucinación provocada por la falta de alcohol”. Lequoc -uno de los personajes de Un drama de caza, de Chéjov-, al brindar efusivamente con un viejo amigo: ¡Que el diablo nos lleve! ¡Hacía mucho tiempo que no bebía una copa! ¡Volvamos a portarnos como en los viejos tiempos! O quizá, como afirmó en una entrevista el legendario futbolista irlandés George Best ya en su retiro y sumido en la ruina, cuando un reportero le preguntó que había hecho con la enorme fortuna que había ganado en su paso por el futbol británico: “Lo gasté en alcohol, mujeres y coches; el resto lo despilfarré”. En estos días de santidad espiritual y peregrinaciones paganas, recordar las propiedades mundanas del alcohol y sus representaciones es un refugio para escuchar la música de lo que pasa.