Thursday, April 26, 2012
Un mundo plano
Estación de paso
Un mundo plano
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 26 de abril de 2012.
Como nos lo recuerdan glamorosa o tristemente el tiempo, la publicidad o los rituales de ocasión, este año se conmemoran en distintos tonos y con diferentes propósitos un número importante de celebraciones oficiales, públicas, privadas con pretensiones públicas, efemérides trágicas, festejos librescos. En el calendario de abril, por ejemplo, se incluyeron los 55 años del fallecimiento de Pedro Infante, los 100 años del hundimiento del Titanic, los 20 años de las explosiones de Guadalajara, el día mundial del libro. Se trata de rituales gobernados por diferentes intencionalidades, que adquieren distintos significados, y que tienen también diversos actores, representaciones y espectadores, según sea el contexto y las circunstancias. Por supuesto, aquellos acontecimientos no tienen mucho o nada que ver entre sí. Pero se acumulan en el conjunto de memoriales que pueden ser interpretados de manera muy heterogénea, y que revelan, cada uno a su modo, el confuso espíritu de los tiempos.
Las celebraciones forman parte de las costumbres y prácticas a las que todos nos habituamos. Hay efemérides cívicas de rigor (independencia, revolución, día de la bandera, aniversarios de la constitución), otras tienen que ver más con festividades religiosas, algunas más con homenajes a personajes que representan, o representaron, valores, actitudes y comportamientos que forman parte de esa siempre vaga noción de la “identidad nacional”. Hay otros que, bajo el manto oscuro de la tragedia, adquieren un significado político o social de reclamo y de denuncia por lo ocurrido en el pasado reciente o remoto (que van del 2 de octubre del 68 hasta los damnificados por el terremoto del 85, o las explosiones del sector Reforma en Guadalajara en 1992). Algunos más son actos de fe institucional para promover prácticas culturales. Estas celebraciones tienden a expresarse en cultos de adoración, anécdotas insulsas, o actos de denuncia de sectores específicos, y en el cual se involucran fans, activistas o políticos por muy diversas causas.
Celebrar hoy 55 años de la muerte de Infante, por ejemplo, suena cada vez más a un ritual marginal, insulso e incomprensible para las nuevas generaciones (los, digamos, nacidos de 1990 para acá). Es un ritual kitsch en el cual las películas y discos del ídolo de Guamúchil se vuelven a lanzar en tiendas y en la programación televisiva, con el propósito de rendir homenaje a un personaje que corresponde a otra época y a otro contexto. Con los merecimientos debidos, el actor de Pepe el Toro, los Tres Huastecos, o el mujeriego, borracho y jugador que Infante interpretó en casi todas sus películas, es el símbolo lejano de una época irrepetible, que tiende a atesorarse en la nostalgia y la melancolía de un pasado mítico.
Junto a ello, se celebra en todos los medios y más allá de las fronteras nacionales el siglo del hundimiento del Titanic, para demostrar quién sabe qué cosa. La parafernalia del barco, los objetos rescatados, las declaraciones de los sobrevivientes, las interminables indagaciones de historiadores, sirven para alimentar cierto morbo por la tragedia, para confirmar la precariedad de las creaciones humanas y los monstruos de la razón, tal vez hasta para extraer lecciones morales sobre la desmesura de la especie.
Un acontecimiento local –las explosiones del 22 de abril en Guadalajara- forma parte de la colección de celebraciones que se han instalado en la mesa pública. Hay aquí también algo de imposturas mediáticas, oportunismo comercial, y preocupaciones sociales, éticas y políticas genuinas. Las televisoras comerciales lanzan nuevamente las imágenes de la época con interpretaciones cursis y superficiales del acontecimiento. Hay también los testimonios de víctimas, fotografías inéditas del momento trágico, nuevos testimonios de sobrevivientes, lamentaciones de agrupaciones civiles. Hay, por supuesto, libros y análisis periodísticos y académicos sobre la tragedia, que elaboran cronologías, visiones antropológicas, sociológicas y políticas sobre el asunto.
Los rituales y ceremonias son importantes porque suelen enfatizar una jerarquía a los acontecimientos, un sentido de importancia que los distinga y reconozca públicamente. Sin embargo, desde hace años casi cualquier cosa es objeto de celebraciones, que coloca en el mismo nivel los quién sabe cuántos años de Chespirito que los 100 del hundimiento de un barco, los 55 de la muerte de Pedro Infante, los 20 de las explosiones en la capital de Jalisco, la fiesta mundial del libro. Demasiadas celebraciones, demasiados actores, demasiadas llamadas de atención: el triunfo de la banalización, los rituales como celebración perpetua, el nuevo mundo plano de la cultura del espectáculo.
Thursday, March 29, 2012
Sostiene Tabucchi
Estación de paso
Sostiene Tabucchi
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. De G., 29 de marzo, 2012.
Como es de dominio público, el domingo pasado falleció en Lisboa el escritor italiano Antonio Tabucchi, a la edad de 68 años. Autor de novelas y relatos como Piazza de Italia, Sostiene Pereira, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, o Nocturno Hindú, Tabucchi fue un escritor comprometido con su oficio y con su tiempo, un novelista excepcional, devoto de la literatura portuguesa y, en especial, de la obra de Fernando Pessoa.
Su escritura es frugal, contenida, envolvente. El tono pausado de sus narraciones está poblado de frases y oraciones profundas, penetrantes, reflexiones donde sus personajes marcan con palabras de “honduras sepultadas” imágenes, incertidumbres, muchas preguntas, algunas explicaciones, lamentos cotidianos y desencantos largos. Hombre de izquierdas, Tabucchi criticó duramente los años del berlusconismo, ese movimiento político y mediático dominado por la figura del exprimer ministro y empresario Silvio Berlusconi, que desde su punto de vista había erosionado las bases mismas de la democracia italiana, y mostraba la degradación política y cultural de la clase política de su país, pero también del empresariado y buena parte de las clases medias ilustradas italianas.
Admirador de la poesía, se declaraba incapaz de practicarla. Pero la seducción de la lengua portuguesa bajo la obra de Pessoa le marcó desde muy joven. Pasaba largas temporadas viviendo en Lisboa, admirando la inmensidad del río Tejo, deambulando entre las calles medievales que también caminó, amó y sufrió Pessoa. Su asombro por la belleza de la ciudad, y por el hipnotismo potente de la poesía y la narrativa del autor del Libro del Desasosiego, marcaron buena parte de su propia escritura. Ello no obstante, también fue capaz de crear un estilo y una prosa propia, se sonoridades italianas y portuguesas, que le significó un lugar destacado en la mesa de los grandes escritores de la segunda mitad de siglo XX en Europa.
Para muchos de sus lectores en México y en América Latina, los libros de Tabucchi significan el descubrimiento de otra forma de narrar el mundo, una forma donde la belleza de las palabras va unida a la imaginación y al compromiso de la lectura como actividad vital. Pero, además, leer a Tabucchi era también cierto acto de fe para intentar poner orden en el caos de los años ochenta y noventa del siglo padado, una bocanada de aire fresco para entender la vida pública y política. Sostiene Pereira, sospecho, significó leer una novela que nos permitía enteder mejor los claroscuros de la política en un contexto opresivo –la larga dictadura de Salazar en el Portugal de los años treinta- pero también era una ventana a las tensiones siempre ocultas entre el voluntarismo político, la academia universitaria, las prácticas periodísticas, el compromiso por la democracia o la justicia, y los inexplicables hábitos del corazón que dominan las vidas de los individuos y sus relaciones.
De esos y otros temas está hecha la escritura de Tabucchi. Enumero en frases sueltas algunos de ellos:
De vivir y beber: “Sabe, a veces, cuando se ha bebido un poco, la realidad se simplifica, se saltan los vacíos entre las cosas, todo parece encajar y uno dice: ya está,. Como en los sueños.” (“Enigma”, en Pequeños equívocos sin importancia, 1998).
De sueños y dioses: “El dios de la Añoranza y la nostalgia es un niño con cara de viejo…”
“El dios del Odio s un pequeño perro amarillo de aspecto macilento..Luego está el dios de la locura y el de la Piedad, el dios de la Magnaminidad y el del Egoísmo.”
“El dios del Amor, es una imagen … que no es un ídolo ni nada visible, sino un sonido, el puro sonido del agua marina (…) el sonido se reproduce en un eco infinito que embelesa a quien lo oye y produce una especie de ebriedad o de enajenación (“Hesperides. Sueño en forma de carta”, incluído en Dama de Porto Prim, de 1984)
Los misterios del corazón: “Es difícil tener convicciones precisas cuando se habla de las razones del corazón, sostiene Pereira.” (1995)
De la soledad: “… pensó que cuando se está verdaderamente solo es el momento de medirse con el yo hegemónico que quiere imponerse en la cohorte de las almas. Y aunque pensó en todo ello no se sintió tranquilo, sintió en cambio una gran nostalgia, no sabría decir de qué, pero era una gran nostalgia de una vida pasada y de una vida futura, sostiene Pereira.” (1995)
Del odio:” Y piensa en el odio. También el odio es algo difuso, no se deja aprisionar por las palabras, tiene múltiples formas de vivir, amtices, franjas, claroscuros imperceptibles, flujos, movimientos. (…) el odio tiene una concreción especial y extraña, cuando se convierte en definido y formulable ya había nacido en nosotros, preexistía en silencio agazapado en un pliegue de ánimo” (“Habitaciones”, en Pequeños equívocos…).
La errancia como supervivencia
Estación de paso
La errancia como supervivencia
Adrián Acosta Silva
Hace medio siglo, en la primavera de 1962, un joven tímido, que apenas pasaba de los veinte años, de aspecto descuidado y, para más señas, oriundo de Minnesota, lanzaba al mercado un disco titulado escuetamente “Bob Dylan”. El acetato incluía 13 canciones dominadas por una voz de sonoridad extraña, guitarras y armónica, 11 de las cuales eran versiones de temas de autores clásicos del folk y del blues como Woody Guthrie y Robert Johnson, y sólo 2 eran creación de un tal Robert Zimmerman.
El disco colocaba en escena por primera vez el trabajo de un bato que había recorrido cafés y cantinas de la costa este norteamericana buscando trabajo y algo de dinero ejecutando canciones propias y ajenas. Instalado en Nueva York, Dylan iniciaba un largo camino que le llevaría a la edad de 71 años y a la grabación de 36 discos como solista, más una cantidad similar de conciertos en vivo, grabaciones extraídas de sótanos, versiones de canciones inéditas, películas, homenajes, tributos.
Un torrente de inspiración y ansiedad inundaba la vida de un muchacho gobernado por sus impulsos e intuiciones. Imágenes, frases, palabras, nutridas de la poesía, de la biblia y el talmud, de los periódicos y de la radio, habitaban la cabeza de Dylan, quien se negaba a dormir porque tenía que escribir canciones. El secreto del metabolismo dylaniano comenzaba a revelarse: la obsesión vital de escribir como el centro de sus ocupaciones; la absoluta necesidad de plasmar en sonidos, palabras y oraciones sus impresiones, convicciones y creencias.
La fuerza de ese metabolismo acaso explica mejor su capacidad para cambiar de máscaras y ambientes de manera prodigiosa. Su vaguedad letrística, su eclecticismo sonoro, su capacidad para crear canciones en atmósferas imprecisas, marcaron una trayectoria de aguas profundas. Rebelde a las etiquetas y a los encasillamientos, escéptico frente a los halagos y las lisonjas, Dylan ha construido un personaje desligado de la persona; un músico que no se parece al individuo; un alias que puede ser cualquiera.
Un puñado de temas dominan la obra dylanesca: el poder, el conocimiento, la guerra, la soledad, los negocios, el amor, la salvación. Pero es quizá la figura del nómada, la experiencia de viajar y trasladarse continuamente de un lugar a otro, caminando, a bordo de automóviles, autobuses o trenes, el centro de la inspiración de Dylan. La experiencia del vagabundo eterno, del flàneur, como maldición: condenado eternamente a describir e interpretar lo que ve, a registrar con música y palabras el mundo y sus fantasmas, sus ángeles y demonios; el errante como representación de la sobrevivencia.
Luego de cinco décadas, Dylan significa el mito y la ruta, el crucero del camino y el grafiti lírico y sonoro, la señal y la ausencia. Muchos Dylans habitan todo este tiempo. Símbolo de los baby-boomers de la segunda posguerra, que dominó los cánticos de protesta y rebeldía de la primera mitad de los sesenta –desde The Freewheelin´ (1963) hasta Higway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966)-; el músico que abandonó un concierto folk en Nashville por los abucheos que una multitud furiosa exclamaba ante la irrupción de la guitarra eléctrica en las manos de un infiel, en pleno proceso de transformación hacia el sonido del rock. El Dylan de los primeros setenta es un compositor que se sumerge en las penumbras del desencanto y la melancolía -Blood in the tracks (1974)-, hasta el que al cierre de la misma década encuentra en el cristianismo una fuente de inspiración tan legítima como cualquiera –representadas por Slow Train Coming (1979) o Saved (1980)-, para luego recorrer los ochenta y noventa con el regreso al espíritu agnóstico de Infidels ((1983) y al sonido duro del rock con Under the Red Sky (1990). Eso preparó el camino para cerrar el siglo XX y comenzar el XXI, reposando en las aguas tranquilas del blues y del rock, con la cuatrilogía maestra de Time Out of Mind (1997), Love and Theft (2001), Modern Times (2006) y Togheter Through Life (2009).
A punto de cumplir 71 de edad, Dylan ha acumulado reconocimientos y premios internacionales y locales, desde Doctorados Honoris Causa por parte de prestigiosas universidades estadounidenses hasta el Premio Príncipe de Asturias en el 2007, o el Pulitzer, en 2008. Sin embargo, también ha recibido el reconocimiento de sus colegas, como el homenaje que en 1992 le rindieron por el 30 aniversario de su carrera, o el que le han hecho recientemente con la publicación del disco Chimes of Freedom, que coincide con el aniversario de Amnistía Internacional, y donde ochenta cantantes y grupos interpretan alguna de las canciones producidas por Dylan en el último medio siglo.
¿Qué se puede agregar a una trayectoria de errancias como principio y fin? ¿Cómo descifrar la relación entre nomadismo y supervivencia? ¿Qué podría decir el propio Dylan de su trayectoria, de sus canciones y de sus siete décadas de vida?. Sospecho que su mejor respuesta sería la contenida en una frase de My Back Pages, al recordar los primeros, hoy lejanos años sesenta del siglo pasado: “Ah, pero entonces era mucho más viejo/Soy más joven ahora”.
Thursday, March 15, 2012
Cosecha 1972
Estación de paso
Cosecha 1972
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 15 de marzo, 2012.
Como lo acaba de recordar la prestigiada revista británica de música Uncut en su número de marzo, hace exactamente 40 años Neil Young, el cantante y compositor canadiense de folk-rock, lanzaba al mercado Harvest, su cuarto disco de larga duración como solista. Ya antes había saltado a la fama con su integración a grupos como Buffalo Springfield, y luego al cuarteto de Crosby, Stills, Nash & Young, la agrupación que se había iniciado con el country y las canciones folck, para abrazar luego al rock y al blues introducido por Young y su deslumbrante eclecticismo sonoro. 1972, sin embargo, era un año difícil. Las movilizaciones de la guerra contra Vietnam, el auge, la caída y la descomposición de la alucinante pero efímera Nación de Woodstock, el declive del movimiento hippie y de la era del amor y la paz, habían cedido el paso en muy poco tiempo a la desmoralización, al pesimismo y la desolación en varios frentes del potente ciclo de movilizaciones contra la guerra y por las libertades que había caracterizado el cierre de los años sesenta en los Estados Unidos y en otras partes del mundo. La muerte en fila de Janis Joplin, de Jimi Hendrix y de Jim Morrison, habían marcado el fin de una era, la idea de que “el sueño había terminado”, como escribió por esos años John Lennon.
En ese clima decadente, Neil Young compuso las 10 canciones que incluiría en Harvest. Acompañado por la banda de los Stray Gators (formada por iniciativa del propio músico canadiense) y por las voces en los coros de James Taylor y Linda Ronstadt, Young, a sus entonces 27 años de edad, produciría una obra que 40 años después es considerada como uno de los discos más influyentes en la historia del rock.
“Heart of Gold” se convirtió en la canción más conocida del disco, y la que hizo de Harvest el disco más famoso y vendido de la carrera del rockero de Toronto. “Esa canción me colocó en el centro del camino”, diría años después el propio Young respecto a “Corazón de oro”, mientras que Bob Dylan declaraba en alguna entrevista por esos años que a él le hubiera gustado ser el autor de esa canción. Pero el éxito masivo de esa rola, con su lírica folck de armónica y guitarra y su contenido naif, no ocultaba el hecho de que Harvest fuese un disco profundo, obscuro, inquietante, en donde las letras de las canciones y la guitarra lúgubre de Young proporcionaban estampas grisáceas sobre las drogas, la muerte, los reclamos de una generación a sus mayores, la crítica al racismo sureño de los Estados Unidos, los llamados a cambiar el país.
Como se sabe, “The Neddle and The Damage Done” (La aguja y el daño hecho), fue escrita por Young en homenaje a la trágica muerte de su amigo Danny Whitten, el exbajista de su banda Crazy Horse, por una sobredosis de heroína. “Alabama” es un reclamo al racismo, mientras que “Words (Between the Lines of Age)” y “Old Man” son canciones donde la vejez y la figura del padre aparecen en el centro. El piano tocado por Jack Nitzsche, un fondo de orquesta sinfónica en “A Man Needs a Maid”, los coros de Taylor y Ronstandt en “Heart of Gold”, la guitarra y la voz triste de Young como el eje de todo el disco, arrojan como resultado una obra ecléctica, deslumbrante, potente.
Neil Young recorrería desde Harvest un largo camino de cuatro décadas y 35 discos, que se alarga hasta la producción de Le Noise (“El ruido”, en francés), su álbum más reciente (2010). Pero el disco que este año cumple 40 años es, quizá, el mejor de toda su carrera. “¿Llegaré a cosechar algo?” se preguntaba Young en alguna parte de la canción que da título al disco, y ahora, a sus 67 años, seguramente tendrá algunas respuestas al respecto. Fiel a sus experimentos sonoros, pero también a su activismo político, a su pacifismo, su rebeldía contra el consumismo y contra la tiranía de los medios y del mercado, Young ha sido etiquetado como “el último hippie”, la “conciencia moral del rock”, el sobreviviente de una época de excesos y sueños destruidos. Sin embargo, las etiquetas le tienen sin cuidado, y bien visto, no importan. En cualquier caso, Young es un compositor y cantante comprometido con su oficio, un músico de rock que se niega a conformarse con lo que hay, y que sigue ofreciendo conciertos y luchando por causas que valgan la pena. Eso, más que las etiquetas y los clichés, son los que ayudan a comprender la obra de un músico que hace 40 años lanzó una obra que cambió a muchos, que abrió nuevas rutas sonoras, y que confirmó la vitalidad del rock en un período de oscuridad e incertidumbre.
Thursday, March 01, 2012
Figuras y desfiguros
Estación de paso
Figuras y desfiguros
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 1 de marzo, 2012.
“Decencia: Brinda prestigio, impresiona la imaginación de las masas. “¡Hay que tener decencia! ¡Hay que tenerla!”
Gustave Flaubert, Dicccionario de lugares comunes.
En la película Torero por un día (Gilberto Martínez Solares, 1963), que trata sobre las desventuras de un torero que en realidad es un payaso de rodeo, su protagonista, Eulalio González, Piporro, en su papel de “El mil faenas”, reflexiona, casi al final: “Hay unos que nacen para ser figuras, y otros que nacen para hacer desfiguros”. La película, la frase y la historia, guardadas todas las proporciones, son conclusión y reconocimiento de los riesgos de las imposturas.
Veamos, por ejemplo, lo que ocurre en la actual coyuntura electoral, donde el clima político de la época es favorable para los desfiguros, los arranques de humor involuntario y las ocurrencias que suelen exhibir sin pudor y sin piedad los actores políticos de la temporada. Dado el hecho de que la política real siempre se juega en el corto plazo, cierto sentido de urgencia, de ansiedad, gobierna los cálculos, las acciones y el discurso de los jugadores profesionales y amateurs del espectáculo político sexenal. A lo largo de los procesos de conformación de los candidatos a ocupar puestos de representación popular se observan las dificultades que muchos y muchas tienen para encarar decorosamente los resultados de sus apuestas, la negociación de sus intereses, la legitimidad de sus aspiraciones.
El discurso vago pero ampuloso de quienes buscan un lugar en las listas de los partidos políticos refuerza un patrón conocido: la autopromoción de los interesados como ejemplos de coherencia, de honestidad y de férreas convicciones personales. La personalización de la política es una costumbre que habita desde hace tiempo la disputa electoral, donde hombres y mujeres practican malabares discursos y mediáticos para presentar con sus decisiones como producto de profundas meditaciones, como ejercicios rigurosos de balance espiritual y político, para tratar de favorecer las causas más nobles de la justicia social, para exhibir su compromiso con los intereses de las mayorías, o simplemente para que las cosas mejoren para todos.
Veamos dos casos recientes. Uno es el caso de un actual diputado federal del PRI que, al no verse “favorecido” por su propio partido para alcanzar la candidatura a la alcaldía de Guadalajara, anuncia en rueda de prensa su intención de apoyar al candidato de otro partido.
“Yo vengo con mis principios, mis valores, mis convicciones, mi sentido de la vergüenza, para hacer política de los más y no de los menos”. Salvador Caro, Diputado Federal del PRI, al anunciar su apoyo a Enrique Alfaro (Milenio-Jalisco, 22/02/2012)
Días antes, el exgobernador panista Alberto Cárdenas, candidato de su partido a la alcaldía de Guadalajara, dijo: “Estamos seguros de que los líderes de este siglo XXI, de esa democracia, vinieron, necesitan de que sus líderes salgan de procesos democráticos, porque el día de mañana, a la hora de tomar decisiones, es en donde ya vamos hechos para eso y no para golpear ciudadanos” (Milenio-Jalisco, 20/02/2012).
Aunque sea difícil, olvidémonos por el momento de la sintaxis destrozada y la retórica ingobernable que representan las palabras de los personajes citados. Ambas posiciones, el sentido de las palabras y el contexto en el cual se pronuncian, iluminan de manera inmejorable el signo de los tiempos. Se trata de (auto) justificar posiciones, actitudes y cálculos para ganar un puesto, contender por alguna posición, para negociar algún apoyo. ¿Programas, proyectos políticos, ideas más o menos celebrables, conflictos que pueden gestionar? En un contexto donde el oportunismo, la ambición y la vaguedad son las monedas de uso común, las palabras no importan demasiado.
La arraigada costumbre de cambiar de barco y de partidos, de practicar la vieja religión del yoísmo (basada en el uso intensivo del “yo-yo-yo”), forman parte de la personalización de la política, es decir, esa forma de concebir y practicar a la política no como un asunto de instituciones sino como un hábito personal, donde la voluntad y la congruencia, y la honestidad moral y la vergüenza, la decencia, las convicciones democráticas o los compromisos personales, son las prendas promocionales que ofrecen los interesados en representar a los ciudadanos.
Esa personalización, inevitable e infatigable por lo que se ve, forma parte de la des-institucionalización, o la frágil institucionalización, de la democracia representativa a la mexicana, lo que eso signifique. Visto de esta manera, buena parte de la clase política mexicana de hoy retrata bien en las palabras de aquel personaje del “Mil faenas”, que contemplaba desde el ruedo las figuras y los desfiguros de la vida pública.
Tuesday, February 14, 2012
Simpatía por el diablo
Estación de paso
Simpatía por el diablo
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 16 de febrero, 2012
Como bien lo saben los políticos experimentados, los borrachos comunes y los ladrones astutos, el diablo, el viejo y antiquísimo diablo, es una figura fascinante, que supera con mucho sus simples connotaciones religiosas o metafísicas. Representa lo desconocido pero también lo ya probado, la incertidumbre y la soledad humana, la tensión que encierran los dilemas morales, los demonios del insomnio, de los deseos insatisfechos, de la ambición y la codicia humanas, formuladas bajo la envoltura prohibicionista de los siete pecados capitales. Satán, Belcebú, Mefistófeles, Lucifer, como quiera llamársele, es una figura seductora, un personaje complejo, un referente inapreciable para tratar de entender la dimensión simbólica de las prácticas humanas y sus representaciones sociales.
La banalización del diablo como sinónimo del mal es una invención moderna, cuyas raíces están en buena medida en las pretensiones de legitimidad moral de la iglesia católica, basadas en ofrecer a fieles e infieles “el soborno del cielo”, como le denominó el escritor George Bernard Shaw. Gracias al Diablo más que a Dios, la iglesia católica pudo expandir su dominio en occidente, proclamando la lucha contra el mal, atacando y sometiendo a los infieles, desde las cruzadas medievales hasta la conquista de América.
El infierno como lugar, el diablo como su habitante eterno, son lo opuesto al cielo y a Dios, la fantasía bicolor del bien y del mal. Por eso, justamente, los Rolling Stones titularon una de sus más célebres canciones “Simpatía por el Diablo” (que también puede ser traducida como “compasión” o “solidaridad” con el otrora innombrable), para subrayar la ambigüedad y el encanto que el demonio tiene en la vida de los humanos, el carácter desafiante y ubicuo de lo prohibido, la esencia contradictoria y conflictiva de las pasiones.
“Permítanme presentarme/ soy un hombre de riquezas y de gusto refinado”, cantaba en los años sesenta el entonces joven Jagger acompañado por la guitarra insobornable de Keith Richards. Y esa música de fondo bien podría acompañar la definición del diablo que ofrece Ambrose Bierce: “Culpable de todos nuestros males y propietario de todo lo bueno que existe en el mundo. Fue creado por el Todopoderoso, pero lo trajo al mundo una mujer”. (Ambrose Bierce, El diccionario del diablo, Valedemar, 2009, Madrid, p.85)
Por obvias razones, el diablo tenía que ser representado como feo, según narra Humberto Eco en su espléndida Historia de la fealdad (Lumen 2007, Barcelona, p.92). Pero esa fealdad diabólica ha tenido varias transformaciones a lo largo de la historia reciente. De la imagen brutal de la bestia, se ha pasado a la representación del demonio como una entidad refinada, sabia y bien vestida, como lo muestra, por ejemplo, la actuación de Robert de Niro en la cinta “Corazón satánico” (Angel Heart, 1987), o la que hace de manera impecable Al Pacino en “El abogado del diablo” (The Devil´s Advocate,1997).
Fausto, la reciente película del ruso Alexander Sokurov (2011) es una versión libre de la conocida obra de Goethe, cuya trama, desenlace e interrogantes poseen la fuerza y la belleza de lo clásico. La cinta es un recorrido nuevo y a la vez conocido de la figura del diablo sobre la vida de los humanos. En esta versión, el usurero del pueblo es la representación del diablo, que entabla una negociación larga y amistosa con los moradores del poblado y en particular, con el Dr. Fausto, un médico cansado, madurón, solitario, desilusionado y empobrecido, cuya existencia arrastra con pesadumbre y malhumor.
El usurero es una figura reconocida, apreciada y buscada por los pobladores. Recorre casas y calles de manera cotidiana, bebe en las cantinas y burdeles del lugar, suele bañarse ahí donde las mujeres lavan la ropa, conversa animadamente con los policías, ladrones y autoridades del lugar. El diablo es, pues, una figura familiar en el paisaje local, una entidad reconocida y hasta querida por hombres y mujeres. No es una figura clandestina, oculta en las sombras y el misterio, sino una figura pública. Ahí radica el encanto de la película de Sokurov: la naturalización del usurero/diablo en la vida cotidiana, su papel ordenador de la convivencia social, su función como mecanismo de salvación de las angustias y ansiedades cotidianas. Más que tentación o representación del mal, Mauricio, el usurero, es el negociador de cosas, prendas y monedas, el traficante de dinero por compromisos, un recurso fiable para resolver problemas materiales, morales y hasta políticos. Quizá ahí, de esa presencia ubicua y extendida, deriva el viejo dicho: el diablo está en los detalles.
Pero como en la obra de Goethe, Mefistófeles es capaz de incomodar al Dr. Fausto, sacudir sus certezas, cuestionar sus creencias. El escepticismo faustiano se recrudece en sus diálogos con el usurero:
Sobre la eternidad: “Piénsalo bien”, le dice el diablo a Fausto: “estoy condenado a la soledad eterna, sin ninguna esperanza de salvación”.
Sobre la ignorancia: “Las cosas que no sabemos son las que nos pueden resultar más útiles”
Sobre el poder de la mujer: “¿Que une a una mujer con un hombre?: el dinero, la lujuria y la aspiración de un hogar común”
Sobre la libertad: “¿Quién te guiará a la salida?”, le pregunta el diablo a Fausto cuando este lo asesina y emprende la marcha hacia ningún lado. “Voy a seguir, a seguir, a seguir”, le responde Fausto. Ese camino incierto, sin sentido, arriesgado e impulsivo, es el camino que los mortales -representados por el Dr. Fausto-, deciden emprender sin la ayuda de Dios, pero tampoco del Diablo. Es la imagen más pura de la libertad humana.
Wednesday, February 01, 2012
¿Políticas de Estado?
Estación de paso
¿Políticas de Estado?
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 2 de febrero de 2012
Para Rolando Cordera, con la espléndida música de los setenta
El fin de semana pasado, diversos medios periodísticos registraron una declaración del candidato presidencial de las diversas agrupaciones de izquierda, Andrés Manuel López Obrador, en la que, al presentar a la ex corredora olímpica Ana Gabriela Guevara como su propuesta para hacerse cargo del proyecto nacional de deporte que lanzará en su gobierno, señaló que es necesaria “una política de estado” para hacer que esa actividad –el deporte- se convierte en una prioridad nacional (Milenio, 28/01/12).
La declaración es, por supuesto, una típica declaración de campaña, que corresponde puntualmente a lo que uno espera que digan los candidatos en estos ineludibles tiempos de retórica, propuestas y arengas políticas. Lo curioso es que vuelva a aparecer en el horizonte una frase que desde hace tiempo se ha vuelto un lugar común de la política mexicana. La idea de que los problemas, las propuestas y acciones deben ser tratados con “políticas de estado”. Nadie sabe bien qué quiere decir eso, ni cómo se puede interpretar, ni que bondades puede traer las “políticas de estado” a la solución de los grandes y pequeños problemas nacionales de todos los días, pero la frase de marras ya forma parte del lenguaje político de la época.
Se entiende que la idea detrás de la frase es que el tratamiento y resolución de los problemas públicos –el deporte, la inseguridad pública, la educación, la pobreza, la contaminación ambiental, la cultura- deben colocarse en un horizonte transexenal, es decir, que vaya más allá de los seis años de gobierno en que dura una administración pública federal. Y que para eso son justamente las “políticas de Estado”, para que no sean solamente “políticas de gobierno”. Se trata, bien mirado, de desafiar las restricciones que imponen el tiempo y el poder: mirar más allá de los límites sexenales convencionales, y tratar de jugar con recursos políticos que van más allá de las atribuciones formales de un gobierno electo. Y ahí, la declaración lopezobradorista se parece mucho a lo que han dicho en otros tiempos y con otros tonos los presidentes Salinas, Zedillo, Fox o Calderón.
El problema es teórico y conceptual, dirían los académicos, pero también insoportablemente práctico, dirían los políticos. Porque, de un lado, “políticas de estado” es, en el lenguaje político mexicano, un concepto vaciado de significado, donde, como en el país de Humpty Dumpty las palabras significan lo que cada uno quiere que signifiquen. Por otro, porque el Estado mexicano mismo es hoy una entidad difusa, contradictoria, débil y conflictiva. Más allá y al fondo, porque el discurso y las prácticas públicas son frecuentemente una colección heterogénea de buenas intenciones y malos resultados, de nobles deseos y pésimas ejecuciones, de debilidades gubernamentales y escepticismos públicos. En suma: políticas de estado es un concepto de busca de significado teórico y práctico específico, aunque suela ser un terminajo utilizado por izquierdas y derechas como solución y exorcismo de nuestros males públicos.
Quizá, como aconsejan los clásicos, habría que precisar primero qué Estado y qué políticas. Y hoy por hoy, ese esfuerzo semántico va irremediablemente unido a un léxico de la época que no se puede eludir: democracia, justicia, equidad, prosperidad, bienestar. Eso no puede ser reducido ni a juego de scrabble ni a glamorosa ocurrencia de campaña. Y tampoco garantiza la ausencia del desacuerdo y el conflicto, esas monedas de uso corriente en la política de todos los días. Por el contrario: “políticas de estado” puede tener una connotación productiva sí, y sólo sí se argumenta para qué diablos pueden servir hoy día, cómo se pueden construir, y qué futuros le podrían estar asociados. De otro modo, el lenguaje político de la temporada sólo apuntalará el hecho de que la confusión entre las palabras y las cosas habita en buena medida el centro de nuestras incapacidades públicas.
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