Thursday, July 16, 2026
Homo academicus
Diario de incertidumbres
Académicos: trazos del homo academicus
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 16/07/2026)
https://suplementocampus.com/academicos-trazos-del-homo-academicus/
La profesión académica es un campo de actores, estructuras y procesos extraordinariamente complejo. Coexisten en ese territorio representaciones de académicos imaginarios y experiencias de académicos muy reales. A diferencia de la profesión docente que se ejerce en las escuelas de educación básica, en la educación superior no hay un espacio de formación profesional orientado explícitamente a la combinación de la enseñanza con el desarrollo de la investigación. Si las escuelas normales fueron la gran invención del “Estado educador” en el siglo XIX, las universidades se configuraron como espacios de formación profesional y científica que derivaron por obra del azar o por accidente en la construcción de la profesión académica moderna como un efecto no planeado pero ocurrido a lo largo del siglo XX.
Eso tiene mucho que ver con la historia intelectual del siglo pasado. Las hechuras políticas e ideológicas del liberalismo dieron paso a la figura del académico moderno, cuyo perfil combina experiencia docente, conocimientos especializados, interés por la investigación orientada hacia la producción de nuevos conocimientos en las diversas disciplinas en contextos de libertad y autonomía, y un inevitable sentido práctico para combinar herramientas, pedagogías y estrategias de enseñanza e investigación apropiadas para los diversos contextos sociales e institucionales universitarios.
Desde sus orígenes la profesión docente se asemeja más a un oficio que a una profesión propiamente dicha. El proceso de aprendizaje del oficio vuelto profesión sucede en las aulas universitarias, observando los estilos, herramientas y métodos que utilizan los profesores universitarios y las redes a las cuales pertenecen, marcadas por códigos de identidad, prácticas compartidas y líneas claras o difusas de los territorios donde se cruzan el ejercicio de la docencia y la investigación.
Este largo proceso no surgió del vacío histórico. La antiguas universidades medievales y coloniales estructuraron prácticas que configuraron la autoridad intelectual y práctica del profesorado universitario entre los círculos del poder político, eclesiástico y civil, entre reyes y papas, entre monarquías e iglesias. Sin embargo, el liberalismo cambió las formas de legitimidad del ejercicio de la profesión al estructurar trayectorias basadas en el mérito: licenciaturas, especialidades, maestrías, doctorados, posdoctorados. La lógica meritocrática como forma de legitimación del poder del saber y la autoridad se impuso en la conformación del académico contemporáneo.
La larga y fascinante historia de la profesión académica ha llegado a nuestros días de formas extrañas, confusas y contradictorias. En México, la masificación de la educación superior ha significado también la masificación de la profesión docente. Entre una población estimada en casi medio millón de individuos, coexisten el profesorado de tiempo completo y el de tiempo parcial, profesores universitarios de instituciones públicas autónomas o de establecimientos privados, con títulos de pregrado o de posgrado, que sólo se concentran en la docencia o se dedican principalmente a la investigación, donde predominan hombres o mujeres, jóvenes o ya no tanto. Los contextos institucionales donde laboran también son diversos, con formas de contratación variables, pocas oportunidades de acceso a empleos académicos, en que los salarios suelen ser bajos y compensados por otras formas de ingresos adicionales condicionados a la cualificación de los individuos (en México, bonos de antigüedad, programas de estímulos, acceso al SNII).
Desde los años setenta aparecieron los sindicatos y asociaciones de académicos como espacios gremiales para mejorar las condiciones del trabajo del profesorado. Estabilidad, prestaciones, derechos, contratos colectivos, se convirtieron en el centro de las demandas del nuevo sindicalismo universitario, a las que se añadieron exigencias de mayores espacios de participación y representación en los órganos de gobierno de las universidades.
En los escenarios actuales, construir una carrera académica es un largo y sinuoso camino que asegura mucho a algunos y poco a la mayoría. Coexisten ciertas oligarquías y élites académicas con masas profesorales trabajando a destajo en condiciones de precariedad. Quienes aspiran a construir una carrera saben que deben cursar licenciaturas y posgrados bajo la guía de mentores que ofrezcan oportunidades de acceso a las redes y tabernas académicas, llenas de humo, egos desatados o discretos, grillas tribales, ánimos cambiantes, lugares donde se cultivan amistades, indiferencias, pleitos ocasionales y silencios prolongados. El horizonte para los jóvenes académicos es complicado. Coexisten y compiten con acumuladores compulsivos que coleccionan diplomas universitarios como títulos nobiliarios: cursan dos licenciaturas, tres maestrías y otros tantos doctorados para mostrar el poder de sus inteligencias reales o imaginarias para adquirir prestigio, fama y dinero, frente a aquellos que cultivan el entusiasmo por el conocimiento mismo y que aspiran a vivir satisfactoriamente de ello.
No existe más aquella figura del profesor/intelectual universitario que refería Saul Bellow en El legado de Humboldt (1975), que es la representación más fiel del académico imaginario químicamente puro: “un magnífico conversador, un improvisador de monólogos frenético e incesante, detractor de primera…El dinero constituía para él una constante fuente de inspiración…Había leído miles de libros. Decía que la historia no era más que una pesadilla durante la cual intentaba pasar una simple noche de descanso. Su insomnio lo hacía más erudito”.
Frente a esa representación novelística, contrastan los espejos de académicos reales: personas que construyen trayectorias de inserción laboral en condiciones difíciles, que se esfuerzan por obtener certificaciones y grados para concursar por puestos o acceder a estímulos, sujetos a oportunidades escasas, con salarios insuficientes e inestables, evaluados de manera sistemática, que rinden informes una y otra vez ante las instancias proveedoras de fondos y apoyos, buscando participar en congresos, seminarios o talleres, y tratando de publicar de manera regular para obtener visibilidad, reconocimientos y oportunidades. Es un prolongado período de “acumulación originaria” de capital académico.
Entre esos mundos de representaciones y prácticas heterogéneas, las trayectorias de los académicos expresan la complejidad de sus perfiles, aspiraciones y condiciones laborales. La masificación de la profesión ha traído consigo dificultades crecientes a los empleos académicos, debilitando los sentidos de identidad y pertenencia que caracterizan al profesorado universitario en los tiempos nebulosos de la austeridad institucional que resuena entre los estruendos digitales y los relámpagos de la inteligencia artificial. Es el nuevo corazón de las tinieblas del homo academicus.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

No comments:
Post a Comment