Thursday, August 23, 2007

La balada del santo y el bebedor

La balada del santo y el bebedor

Adrián Acosta Silva


A la memoria de Manuel Martínez Peláez,
maph histórico y rockero sólido

Como se sabe, buena parte de la educación sentimental de varias de las generaciones de la segunda mitad del siglo pasado ha sido marcada por el rock, sus sonidos y figuras. Desde las canciones que forman el anecdotario de las biografías personales hasta los rituales de adoración que lo colocan como un estilo de vida, el rock no solo puede ser considerado con todo merecimiento como parte importante de la “poesía popular del siglo XX” como señaló alguna vez Allen Gingsberg, sino también como una forma de expresión que ha ordenado o acompañado simbólicamente algunas de las ansiedades y angustias de individuos y sociedades en procesos de cambio.

Pero el rock, como todo en la vida, es también un territorio cruzado por paradojas, tensiones y contradicciones. Tras la amplia y luminosa fachada de la potente industria que se ha edificado bajo el cielo protector de sus actores, espectadores e intermediarios, existen trayectorias y biografías que señalan pasiones e intereses muy diversos. El glamour y la fama propias del espectáculo opacan con frecuencia esa diversidad, cuya riqueza radica no solamente en la variedad de sensibilidades, estilos y voces que la habitan y trascienden, sino también porque constituyen el reflejo de una complejidad estilística y estética que se rebela a los estándares y a la uniformidad propia de los intereses comerciales y mercadotécnicos que impone la industria. Un par de obras recientes, de orígenes, contextos y perspectivas diferentes, sirven, quizá, para ejemplificar lo anterior.

En la agonía de 2006 salieron a la luz pública un par de discos que recogen dos trayectorias paralelas pero contrastantes de la música contemporánea, y que registran rutas distintas de interpretar pasajes e impresiones de la vida contemporánea. An Other Cup, de Yusuf Islam , y Orphans, de Tom Waits, constituyen dos relatos sonoros inconfundiblemente modernos, producto de un par de biografías largas y respetables. Son historias de dos músicos que se acompañan pero nunca se tocan. Dos estados de ánimo, dos formas de lidiar con los demonios públicos y privados, dos estéticas para expresar los tiempos (pos) modernos. El primero es la reaparición estelar del viejo Cat Stevens, un músico de los años setenta que hipnotizó con su guitarra y sus letras a varias generaciones de seguidores. El otro, es la continuación de la larga y sinuosa carrera de Waits, un disco triple dividido en Brawlers, Bawlers & Bastards, esos fantasmas que habitan el universo simbólico del inclasificable autor, cantante y actor de discos memorables como Blood Money (2004), o de cintas como Bajo la Ley, de Jim Jarmusch (1986).

Sólo un año de diferencia marcan los nacimientos de ambos cantantes. Stephen Dimitri Georgiou nació 1948 en Londres, hijo de madre sueca y padre griego. Waits nació un año después, en 1949, pero en California, “en la parte trasera de un taxi, en el aparcamiento del Murphy Hospital, en Pomona”, como suele precisar el mismo Waits. Uno experimentó, desde finales de los años setenta, en la cúspide de su carrera y fama, su conversión al islamismo, para predicar las enseñanzas del Corán desde una mezquita ubicada al sur de Londres. Otro, formado sentimentalmente alrededor de las experiencias y figuras de la generación beat, se adentró en las profundidades de la vida urbana y sus laberintos y callejones, para relatar pequeñas historias desde congales sombríos sobre mujeres, alcohol y pianos borrachos.

Campos verdes, arena dorada

¿Qué explicación hay para que un hombre decida quemar los barcos de su pasado para iniciar una nueva vida? ¿Qué poderosos motivos puede haber para que alguien abandone creencias, hábitos, expectativas y certezas, para cambiarlas por otras radicalmente diferentes? ¿Como mudar de vida y de creencias sin devastadoras consecuencias psicológicas, prácticas o simbólicas? Nadie sabe muy bien que provoca estos comportamientos, pero suelen presentarse con alguna frecuencia entre quienes gozan de alguna forma de fama o prestigio público. Algunos se suicidan, otros deciden cambiar drásticamente sus hábitos, varios se sumen en los sótanos de la depresión y el olvido, y sus abismos y desfiladeros pueden llevar a los hombres a la desesperación, como relató el recientemente fallecido William Styron en su espléndido Esa visible oscuridad.

Cat Stevens es un caso de esos, un tanto extremos y extraños. Agobiado, o hastiado, por el éxito y la fama, y tentado por la pasión religiosa que le ofreció la lectura del Corán durante unas semanas de estar postrado en cama víctima de la tuberculosis, el autor de Peace Train y Hard Headed Woman decidió, a finales de los años setenta, quemar sus barcos personales y musicales para iniciar la búsqueda de la luz y la verdad. Tres décadas después, ofrece a sus fieles (que con todo y sus transformaciones tiene y conserva), An Other Cup, una obra de 11 piezas de orfebrería musical, donde la legendaria destreza guitarrera y pianística de su autor se mezcla con la fe que hoy domina sus creencias. Midday (Avoid City Alter Dark) es la carta de presentación del disco, una canción que pone sobre la mesa la perspectiva de Yusuf Islam, gobernada por las preferencias en torno a niños que juegan en la lluvia y expresa su temor a las tinieblas urbanas. Grabado en Londres, Los Angeles, Estambul y Johannesburgo, participan algunos de sus músicos de los años setenta (Allun Davis, por ejemplo), junto a figuras contemporáneas como Youssou N´Dour (quien, por cierto, también es musulmán).

La reinvención de un par de canciones de sus tiempos de pop-star enlazan el pasado y el presente del exGato: Heaven/Where True Loves Goes (que corresponde a una canción de 1973, Foreigner Suite), y I Think I See the Light (incluida en el magnífico Mona Bone Jakon, de 1970). Además incluye una muy buena versión de Don´t Let Me Be Misundestood, una rola que hiciera famosa Eric Burdon a finales de los años sesenta, y que simboliza una suerte de explicación y corte de caja de Yusuf hacia sus seguidores y detractores. Fiel seguidor de las enseñanzas de Mahoma, adorador de Alá, y músico espléndido, Yusuf Islam representa una vertiente del rock que se rebeló a su modo a la modernidad consumista y a la dictadura del espectáculo para regresar, treinta años después, a un mundo que es al mismo tiempo igual y diferente. Cuando el año pasado el gobierno de Bush le negó la entrada a los E.U y lo regresó de Nueva York a Londres por extraños motivos políticos y de seguridad nacional, Yusuf Islam, con una sonrisa en los labios, declaró discretamente a los medios que no entendía el rechazo. An Other Cup es, quizá, parte de la respuesta que ofrece a quienes hoy le rechazan.

Diálogos de congal

“Así soy realmente: maligno, borracho, pero lúcido”, afirmó alguna vez Joseph Roth en alusión a un dibujo sobre sí mismo, y es una frase que retrataría muy bien a Tom Waits, el músico, el personaje y la persona. El cantante de voz gutural, acompañado de una acústica distorsionada y sonidos de guitarras viejas, dedicó un tiempo para volver sobre sus pasos y reunir 54 canciones distribuidas en tres discos, para ofrecer una espléndida obra habitada por sus nostalgias y alucines privados.

Huérfanos representa una selección, varias decisiones y tres estados de ánimo. Habitado por los fantasmas del sábado por la noche, lleno de frases envenenadas por la ironía y las paradojas de afectos imaginarios o reales, y con un estilo que está a salto de caballo entre Bob Dylan, Joe Cocker y Roy Orbison, el álbum es un muestrario del talento intacto del californiano. Con la voz aguardentosa y el sonido rasposo del piano, el sax y la guitarra, Waits, el crápula que muchos desearíamos ser o haber sido, nos ofrece un muestrario de las canciones que se quedaron en los archivos y en las grabaciones durante los últimos treinta años. Brawlers (“Bravucones”), con LowDown, Walk Away o Road To Peace como estrellas en la frente, es un inventario de calamidades y desvaríos, con optimismos desbordados y pesimismos documentados. “El diablo baila en los bolsillos vacíos”, dice en Lucinda, mientras que en Walk Away el buen Waits se confiesa: “Dejé mi biblia a un lado del camino/ grabé mis iniciales en un viejo árbol muerto/ Voy a irme pero regresaré cuando/ sea el tiempo de desaparecer y comenzar de nuevo”.

Bawlers (“Gritones”) reúne canciones que van de Widow´s Grove hasta una extraña versión de la popular Young at Heart. “¿El Diablo hizo el mundo/ Cuando Dios estaba durmiendo?, se pregunta en Little Drop of Poison, mientras que en Down There By The Train sentencia, desde la solidez de la sombras: “Puedes escuchar el silbato, puedes escuchar la campana/ desde los salones del cielo hasta las puertas del infierno/ y ahí habrá una habitación para el abandonado/ si llegas a tiempo podrás lavar todos tus pecados y tus crímenes”. El personaje que ha construido pacientemente Waits a lo largo de su carrera, exhibe en estas piezas varios de sus rasgos básicos: un lenguaje demoledor, música habitada por clarinetes, sax y guitarras espectrales, ambientes sórdidos, coherencia estética.

Bastards incluye finalmente algunos diálogos de congal, digamos, pequeñas conversaciones y monólogos de Waits con comensales de ocasión y con fans imaginarios, realizados a la sombra bienhechora de un Jack Daniel´s en las rocas, con el sonido lúgubre de un piano que ha conocido mejores tiempos. Con la colaboración constante de su musa y esposa, Kathleen Brennan, la interpretación de textos de Kerouac (Home I´ll Never Be y su clásico On the Road), y de Bukowski (Nirvana), Waits se desenvuelve con soltura en su medio natural: los tragos, la música y los amigos. Con el riesgo de los estereotipos que rodean al personaje de los sábados por la noche que ha construido Waits a lo largo de tres décadas, esta obra revela al músico Tom Waits realmente existente, desbordado, envolvente, provocador.

La música del cielo y el infierno

Es un hecho: Orphans y An Other Cup nunca estarán en las listas del Billboard ni competirán por ningún Grammy. El sonido de la música contemporánea está dominado abrumadoramente por otros estilos, voces y ritmos. Sin embargo, ambas obras representan muy bien la extraña metamorfosis de las voces del pasado, la persistencia que coloca en el presente la sensibilidad de quienes han forjado sus trayectorias desde hace más de treinta años, y que ahora observan los acontecimientos desde el privilegio del crepúsculo. A pesar de los estereotipos, los lugares comunes y las simplificaciones implícitas en torno a las trayectorias de Stevens y de Waits, los discos nos muestran más bien que los oficios de predicador y de notario son los que desarrollan hoy ambos músicos, uno mirando al cielo, otro mirando al suelo. En cualquier caso, esas miradas ofrecen dos fórmulas interpretativas del espíritu de nuestros tiempos.

Wednesday, June 06, 2007

JC Chávez Blues

Estación de paso

JC Chávez Blues

Adrián Acosta Silva


JC Chávez, la película de Diego Luna, cuenta una historia pero sobre todo documenta un fenómeno mediático y boxístico, protagonizado por el sonorense que dominó por más de una década el ánimo nacional, millones de angustias personales reconcentradas en un puñado de fugaces minutos, y las arenas del boxeo nacional e internacional. Sí, como escribió en alguna ocasión Alfonso Reyes, el pasado inmediato es el enemigo, la cinta de Luna nos muestra un pasado rebelde estructurado en parte por la trayectoria de un fajador y estilista, narrada por él mismo, pero donde intervienen sus promotores, sus apoderados, su hijo, un expresidente (Salinas), periodistas, amigos de la infancia, su madre, sus vecinos y conocidos. Utilizando adecuadamente el recurso de la contextualización, el director nos coloca en las aguas turbulentas del pasado inmediato, poniendo en primer plano alguno de los eventos que rodearon las trepidantes peleas de Chávez contra el Azabache Martínez, Meldrick Taylor, Macho Camacho, Oscar de la Hoya: las elecciones de 1988, la crisis económica de 1994-1995, el narcotráfico, los pleitos políticos entre Salinas y Zedillo, la música de Bronco, el asesinato de Colosio. El resultado es un relato tallado a mano, cuidadosamente, respetuosamente, sobre la vida de un hombre que edificó sus logros y fracasos con los puños por delante, en las extenuantes sesiones de boxeo y entrenamientos, con las contradicciones y tensiones de una vida abrumada por la fama, la fortuna y las ambiciones propias y ajenas.

La película/documental está montada desde la perspectiva de un fan incondicional del boxeador como lo es Luna, cuya infancia y adolescencia seguramente las vivió teniendo como punto luminoso la figura de Chávez, sus peleas, sus escándalos, sus fracasos. Chávez el boxeador se superpone a la imagen de Chávez, el personaje, el padre de familia, el bato que se va de juerga antes de la pelea, o que se derrumba y llora cuando pierde su pelea de despedida, por cansancio, por la fractura de su puño izquierdo, por no haber entrenado suficientemente bien, por el reconocimiento de que está acabado, de que ya no puede más. El acento sinaloense de Chávez es el centro de la banda sonora de la película, la forma en que el dueño de uno de los ganchos de izquierda más letales de la historia del boxeo matiza, reflexiona, puntualiza hechos y acontecimientos que explican el auge y el derrumbe de su carrera profesional y de su vida personal.

La sangre, el sudor y las lágrimas del boxeador se mezclan con la risa y el buen humor del ciudadano y el personaje, con sus preocupaciones, ansiedades y miedos. Esa es una de las virtudes innegables de la película de Luna: presentar la trayectoria de Chávez sin moralina ni intérpretes, sino como lo que es, una historia de varias voces, matices, inflexiones. La historia de Chávez como parte de una historia colectiva, narrada en el ánimo de describir y comprender, no de enjuiciar ni calificar. En un tiempo sin héroes, recordar y revivir a JC es un ejercicio de memoria, de reconocimiento y homenaje sobre un pasado inmediato que aplasta la sensación de un presente continuo.

JC Chávez Blues

Estación de paso

JC Chávez Blues

Adrián Acosta Silva


JC Chávez, la película de Diego Luna, cuenta una historia pero sobre todo documenta un fenómeno mediático y boxístico, protagonizado por el sonorense que dominó por más de una década el ánimo nacional, millones de angustias personales reconcentradas en un puñado de fugaces minutos, y las arenas del boxeo nacional e internacional. Sí, como escribió en alguna ocasión Alfonso Reyes, el pasado inmediato es el enemigo, la cinta de Luna nos muestra un pasado rebelde estructurado en parte por la trayectoria de un fajador y estilista, narrada por él mismo, pero donde intervienen sus promotores, sus apoderados, su hijo, un expresidente (Salinas), periodistas, amigos de la infancia, su madre, sus vecinos y conocidos. Utilizando adecuadamente el recurso de la contextualización, el director nos coloca en las aguas turbulentas del pasado inmediato, poniendo en primer plano alguno de los eventos que rodearon las trepidantes peleas de Chávez contra el Azabache Martínez, Meldrick Taylor, Macho Camacho, Oscar de la Hoya: las elecciones de 1988, la crisis económica de 1994-1995, el narcotráfico, los pleitos políticos entre Salinas y Zedillo, la música de Bronco, el asesinato de Colosio. El resultado es un relato tallado a mano, cuidadosamente, respetuosamente, sobre la vida de un hombre que edificó sus logros y fracasos con los puños por delante, en las extenuantes sesiones de boxeo y entrenamientos, con las contradicciones y tensiones de una vida abrumada por la fama, la fortuna y las ambiciones propias y ajenas.

La película/documental está montada desde la perspectiva de un fan incondicional del boxeador como lo es Luna, cuya infancia y adolescencia seguramente las vivió teniendo como punto luminoso la figura de Chávez, sus peleas, sus escándalos, sus fracasos. Chávez el boxeador se superpone a la imagen de Chávez, el personaje, el padre de familia, el bato que se va de juerga antes de la pelea, o que se derrumba y llora cuando pierde su pelea de despedida, por cansancio, por la fractura de su puño izquierdo, por no haber entrenado suficientemente bien, por el reconocimiento de que está acabado, de que ya no puede más. El acento sinaloense de Chávez es el centro de la banda sonora de la película, la forma en que el dueño de uno de los ganchos de izquierda más letales de la historia del boxeo matiza, reflexiona, puntualiza hechos y acontecimientos que explican el auge y el derrumbe de su carrera profesional y de su vida personal.

La sangre, el sudor y las lágrimas del boxeador se mezclan con la risa y el buen humor del ciudadano y el personaje, con sus preocupaciones, ansiedades y miedos. Esa es una de las virtudes innegables de la película de Luna: presentar la trayectoria de Chávez sin moralina ni intérpretes, sino como lo que es, una historia de varias voces, matices, inflexiones. La historia de Chávez como parte de una historia colectiva, narrada en el ánimo de describir y comprender, no de enjuiciar ni calificar. En un tiempo sin héroes, recordar y revivir a JC es un ejercicio de memoria, de reconocimiento y homenaje sobre un pasado inmediato que aplasta la sensación de un presente continuo.

Monday, June 04, 2007

Wednesday, May 23, 2007

El Estado educador

Estación de paso

El Estado educador

Adrián Acosta Silva

El pasado 15 de mayo, en ocasión del día del maestro, el presidente Calderón revivió a un cadáver exquisito: la reforma educativa. Con la presencia de funcionarios, líderes sindicales y de la señora Gordillo, el Presidente convocó a transformar la educación para elevar su calidad, su cobertura, su eficiencia, sus logros. El discurso, el público y los actores importan: es la apuesta presidencial para cambiar el sistema educativo con la coalición formada con el SNTE y su lideresa, con gobernadores de su partido y funcionarios federales y locales. Con todo, y frente a la demoledora fuerza de los hechos, las políticas de reforma educativa que insinúa el acto, los actores y la retórica presidencial, sólo parece confirmar o avivar el escepticismo que priva en varios círculos y humores de la educación pública mexicana.

Quizá lo que resulta más sorprendente es la distancia que media entre las preocupaciones de las elites dirigentes, la burocracia sindical y la clase política, y las percepciones que tienen muchos ciudadanos de los problemas educativos nacionales y locales. Así, mientras que para los primeros la escuela pública mexicana está a punto del colapso institucional y social, y por lo tanto hay que salvarla mediante una gran reforma educativa, para muchos ciudadanos los problemas educativos no son significativos en la perspectiva de otros problemas públicos como la inseguridad pública, el desempleo, la pobreza o la corrupción. Qué motiva esta percepción social de la escala de los problemas públicos es un desafío interpretativo y analítico, pero lo que vale la pena destacar es que la educación no es considerada por muchos como un problema de primer orden en la agenda, digamos, social.

Sin embargo, hay razones suficientes para pensar y documentar los problemas de la escuela pública mexicana. Y uno de ellos es el que se refiere a la gestión del sistema, donde el SNTE o la CNTE son parte de la solución pero también parte del problema. Al colonizar con sus intereses y sus estructuras de representación la operación cotidiana del sistema, estos actores son juez y parte de los cambios y continuidades, de los problemas y de sus soluciones. Al igual que otros campos de la acción pública, la educación es un territorio minado por la burocracia sindical y por la burocracia pública, federal y local. La autonomía el Estado en el campo educativo es muy débil, por lo que cualquier decisión de política educativa reformadora requiere de reconstruir el tejido de las relaciones políticas que mueven al sistema, pero también de fortalecer el marco institucional de la educación pública misma. La inexistencia de esa autonomía explica, ente otras cosas, la fuerza del sindicato en las contrataciones de profesores, en el nombramiento de directores de escuela, de supervisores e inspectores de zona, funcionarios medios y superiores de la administración local y federal, figuras centrales en el sistema nervioso de la educación pública mexicana. Cualquier intento de reforma o evaluación sistemática de la escuela pública tiene que remover esas figuras para devolver o reconstruir al Estado su capacidad rectora y de gestión en la vida escolar.

Friday, November 03, 2006

La rebelión de las tribus Público-Milenio, 04/11/06

Estación de paso

La rebelión de las tribus

Adrián Acosta Silva


Un amigo argentino que conoce como pocos el tema, me comentó alguna vez que la gobernabilidad es el arte de evitar que toda la gente se ponga brava al mismo tiempo. Y para que eso ocurra, normalmente deben combinarse una serie de fatalidades en la conducción política de un contexto específico: impericia, debilidad institucional, aislamiento del gobierno, radicalización de posiciones, uso ineficaz de la violencia, fracaso del diálogo y la comunicación política. Pues bien, todo ello ocurrió en Oaxaca, que bien pronto se parece a Argentina en tiempos de De la Rúa, Bolivia en tiempos de Hugo Banzer o a Haití en el tiempo de siempre.

La ingobernabilidad de Oaxaca ha durado casi medio año, y ni la Secretaría de Gobernación ni el gobierno estatal han logrado dar una salida al conflicto, que por ahora tiene una pausa de humo con la PFP en la capital. El incendio oaxaqueño puede tener muchas explicaciones, pero uno de ellas tiene que ver con el orden tribal que se adueñó en los últimos largos meses de la capital del estado. La tribu encabezada por el gobernador Ulises Ruiz y su camarilla, hizo todo lo que pudo (o dejo de hacer lo suficiente) para garantizar que la ingobernabilidad se constituyera como el eje del conflicto político y social que sacude a los habitantes de la capital y que preocupa a todo el país. Las otras tribus, aglutinadas en la APPO y en la sección 22 de SNTE, que caminaron más o menos juntos en el desarrollo del conflicto pero luego, por los pleitos internos, han mostrado sus fisuras tácticas y estratégicas, también han jugado su papel en la promoción de la ingobernabilidad local, mostrando como los fines y medios de sus acciones son particularmente ambiguos pero eficaces como combustible para la ingobernabilidad. El escenario en esas condiciones no podía ser peor: ante la ausencia de una autoridad legítima y eficaz, el viejo orden se desplomó y se estructuró rápidamente en la coyuntura un orden parecido a la jungla hobbesiana, donde la ley del más fuerte se impuso como código de supervivencia y proyecto político de un presente continuo.

Frente al pleito intertribal, el gobierno federal actuó durante meses con una mezcla escandalosa de irresponsabilidad e incapacidad, de negligencia e ingenuidad, que obedecen, en parte, a la confusión, pero en otra al cálculo político. La comisión del Senado que dictaminó que no podían decretarse la desaparición de poderes en Oaxaca, muy pronto tuvo que reconocer su error en el diagnóstico y en la receta. La confusión se ha adueñado del escenario político, pero, visto de alguna manera, si de lo que se trata es de darle cierta lógica al asunto, es que lo que está en juego no es la suerte de Ulises Ruiz o la de la APPO y la Sección 22, incluso de Oaxaca toda. Lo que está en juego es la posibilidad de una coalición política entre el PAN y el PRI en la perspectiva del calderonismo emergente. La reticencia del PRI para exigir la salida de un gobernador de su partido tiene toda la apariencia de un chantaje político, mientras que lo que queda del foxismo y lo que emerge como el calderonismo supone un frío cálculo de costo-beneficio político, con la mirada puesta en el crucial primer año del nuevo gobierno. Ello explica tal vez porqué a últimas fechas, el fantasma del viejo Hobbes ha sido visto tomándose tranquilamente un café en el Zócalo de Oaxaca.

Monday, October 23, 2006

La nacionalización de lo local, Público-Milenio 21-10-06

Estación de paso

La nacionalización de lo local

Adrián Acosta Silva

Oaxaca y Tabasco son como se sabe los platillos fuertes de la temporada política del otoño mexicano, aunque los decapitados de Michoacán formen parte de la historia de los sótanos siniestros de la sociedad mexicana de estos años. Uno se ha resuelto parcialmente con el triunfo del PRI sobre el PRD, lo que confirma contundentemente la relativa independencia de la lógica que gobierna los comicios locales respecto de las elecciones federales, en especial la presidencial. El otro muestra los condimentos crudos de la des-estructuración política regional y nacional, la crisis de la política y de sus representaciones, de sus ideas, actores y organizaciones. Michoacán representa algo más profundo y complejo: la pérdida absoluta del temor al Estado, donde la criminalidad ha impuesto sus códigos de sangre y fuego. Los casos político-estatales muestran los contornos de la vida política nacional, sus abismos y desfiladeros, sus potencialidades y sus haberes, que, a pesar de todo, los hay. El horror michoacano muestra la desaparición del Estado mismo.

En todos los casos, los asuntos locales han alcanzado una dimensión nacional, es decir, no solamente son parte de las preocupaciones de inversionistas, políticos, medios y ciertos ciudadanos, sino que competen a las autoridades nacionales. Minimizar el conflicto de Oaxaca y otros problemas locales como lo hace reiteradamente el presidente Fox, no es solamente un acto de irresponsabilidad política, sino también un reflejo de negación de la realidad, impropio de una figura que representa algo más que a un partido o a una camarilla.

La lección tabasqueña, la que constituye una carga de fondo en el debate político, tiene que ver con la estructuración del tiempo político de una sociedad compleja, que muestra cómo los cambios en el ánimo de la ciudadanía pueden alterar tendencias en la distribución de la representación política de manera dramática. Para los promotores de la reducción y unificación de los procesos electorales, que piensan casi únicamente en razonamientos de costo-beneficio, ese dato –la volatilidad del electorado, sus transformaciones de ánimo y expectativas- resulta incomodo, pues implica conservar calendarios electorales diferenciados en el tiempo. Oaxaca es, por su lado, el mejor ejemplo de la crisis de la política y de sus representaciones. Con partidos políticos nacionales y locales marginados en el conflicto, y con liderazgos de organizaciones curtidas en el regateo de sus lealtades y comportamientos políticos, la crisis oaxaqueña muestra también las dificultades de la autoridad y de las instituciones para el tratamiento de ese tipo especial de conflictividad. El contexto, por supuesto, importa: un activismo un tanto misionero, un tanto radical, con cierto aire de familia con el perfil de las fuerzas vivas que alimentaron durante décadas al priismo, que ampara sus acciones en datos e imágenes duras: pobreza, marginación, injusticia. La rebeldía de la APPO y la sección 22 es pragmática y elemental: que renuncie Ulises Ruiz para que comience a cambiar todo lo demás, aunque nadie sepa en realidad si eso ocurrirá, ni cual será el futuro de un movimiento que más bien recuerda tiempos idos de la política mexicana. Los diez muertos que acumula el conflicto son símbolo y saldo del proceso.

Los decapitados de Michoacán son parte un asunto que desde hace tiempo rebasó la nota roja o la sensación de que es un asunto entre pandillas de narcotraficantes. Si se mira bien, es un desafío directo al rostro del Estado nacional y de sus autoridades y representantes. Aquí, la localización de lo nacional, o la nacionalización de lo local, estalla y se comprime. Y revela, de manera sombría, la derrota del Estado.