Wednesday, June 15, 2011

El futuro ya no es lo que era




Estación de paso
El futuro ya no es lo que solía ser
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 9 de junio de 2011.
La frase que da título a esta colaboración pertenece al poeta francés Paul Valèry, quien se refería al hecho de que las representaciones y percepciones de los intelectuales de su época sobre el futuro habían cambiado de manera dramática al comenzar el siglo XX. “El problema de nuestros tiempos es que el futuro ya no es lo que solía ser”, escribió el autor de El cementerio marino, y con ello se refería vagamente a las dificultades que un mundo cambiante e incierto imponía al pensamiento de su época. William Butler Yeats, el gran poeta irlandés, contemporáneo por cierto de Valèry, era aún más contundente y pesimista al respecto: “.allí donde el verde es perpetuo, todo ha cambiado, cambió por completo; una belleza terrible ha nacido”, escribió, en referencia a la guerra nacionalista irlandesa de finales el siglo XIX (Semana santa de 1916). En ambos casos, el presente, sus presentes, impusieron temor y cautela frente a las visiones románticas y las grandes expectativas sobre el futuro, y sus palabras se convirtieron en los grandes epitafios del siglo XX.
Esas palabras afirman al futuro como un territorio inhóspito, en algún sentido tierra de nadie. Pensar en lo que puede llegar a suceder en un tiempo corto o largo es siempre un ejercicio habitado por imágenes de desolación, de optimismos desbordados o de pesimismos documentados, según sea el observador y sus circunstancias. Existen también las imágenes dominadas por sólidos escepticismos sobre nuestra capacidad para adivinar, predecir o calcular lo que puede ocurrir después. En cualquier caso, el futuro es siempre un territorio abierto, el efecto de la combinación del azar, el cálculo o la incertidumbre, rebelde a las predicciones y a los destinos luminosos o fatales. Justo por ello, por la imposibilidad de saber lo que puede ocurrir años o décadas más adelante en la vida de los individuos, el futuro es un objeto promovido por chamanes y adivinos, brujos y profetas, donde la metafísica y el espiritismo suelen alimentar negocios de ilusiones para creyentes, incautos e ingenuos. La ignorancia sobre el futuro es la fuente de un mercado inagotable de charlatanes más o menos sofisticados, que ofrecen una variedad de pócimas, trucos y remedios para asegurar el porvenir, la felicidad y la fortuna a quienes desean creer en su poderes.
Horóscopos, retorcidas interpretaciones de los restos del café, consulta de oráculos, la lectura de las líneas de la palma de la mano, echar las cartas sobre la mesa, son métodos ancestrales empleados por adivinos para tratar de descifrar el futuro. Vamos hasta la copromancia, la observación de las heces humanas -según narra en uno de sus cuentos el escritor brasileño Rubem Fonseca-, forma parte de los métodos utilizados por charlatanes y brujos para asegurar a sus fieles la potencia y veracidad de sus vaticinios. Por supuesto, esas visitaciones metafísicas al futuro sólo sirven para alimentar la sensación de que las cosas, la vida de las personas, pueden ser controladas por los propios individuos, con la pequeña ayuda de intérpretes y profetas. Es, por supuesto, una ilusión potente, una droga contra la ansiedad.
La idea de que el futuro es un territorio gobernado inexorablemente por cierta noción de progreso forma también parte de las racionalidades del pensamiento moderno de filósofos, políticos y sociólogos. Cierta confianza en que las cosas no pueden ser peores domina con frecuencia indomable esa ilusión racional. “La fe en el progreso es el Prozac de las clases pensantes”, escribió en tono sombrío John Gray en su libro Contra el progreso y otras ilusiones (Paidós, 2006), y con ello elabora una crítica demoledora hacia cualquier forma de reflexión optimista sobre el porvenir.
En ciertas zonas intelectuales, el escepticismo y las dudas gobiernan las expectativas de lo que puede suceder en el tiempo. El futuro está hecho de pérdidas, construido sobre piedras demolidas por las sombras y el olvido. “¿Qué soñará el indescifrable futuro” se preguntaba Borges en su poema Alguien soñará, y se respondía: “Soñará que el olvido y la memoria pueden ser actos voluntarios, no agresiones o dádivas del azar”. El futuro como invención puede ser también un acto voluntario de demolición.
Leonard Cohen, el flamante Premio Príncipe de Asturias en el campo de las de Letras de este año, escribió justamente una canción con ese título, El Futuro, en la que declara la imprevisibilidad del porvenir, su carácter ingobernable, su imposibilidad maldita. En una frase lúgubre, Cohen pontifica con la lucidez que sólo puede proporcionar la desesperación y la soledad, cultivadas a la sombra bienhechora de una cantina sórdida en Lisboa: “He visto el futuro, hermano: Es un asesino”.

Thursday, May 26, 2011

La felicidad, según Simon




Estación de paso
La felicidad, según Simon
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G. 26 de mayo de 2011.

Este año Paul Simon cumple siete décadas de vida, curiosamente igual que Bob Dylan, otro músico legendario. Hombres de su tiempo, músicos de referencia y, además, buenos amigos, Dylan y Simon forman parte central del lienzo rockero del siglo XX que se sigue abriendo paso ya entrado el siglo XXI. Mientras que Dylan celebra sus setenta años con una larga gira en China y Europa, Paul Simon decidió lanzar un nuevo disco como fiesta de cumpleaños titulado So Beautiful or So What (Hear Music, 2011). Publicado en los primeros meses de este mismo 2011, es el disco número 14 de su larga carrera como solista. Como se sabe, Simon inició en 1971 una prolongada trayectoria en solitario, que significaba continuar con la carrera que había comenzado unos años antes en compañía de Art Garfunkel con quien se dio a conocer formando en 1965 el conocidísimo grupo Simon y Garfunkel, que a lo largo de 6 discos imprimió un nuevo sonido a la mezcla de folck, rock suave y ecos de godspell en un contexto dominado furiosamente por el rock sicodélico y el hard rock de la época.
El oriundo de New Jersey ofrece su nueva obra luego de una pausa de casi 5 años. Desde que grabó Surprise, en el 2006, Simon se había mantenido en giras ocasionales, pequeños conciertos y presentaciones en algunos lugares de la costa este de los Estados Unidos. Pero desde principios del 2010 comenzó a escribir o reescribir algunas notas y canciones que había acumulado pacientemente en los últimos años. El resultado es So Beautiful or So What (en traducción libre, algo así como “Es hermoso, o más o menos”), un ejercicio lúdico sobre la vida y sus contrastes, sobre las ambigüedades del bien y del mal, sobre el poder hipnótico de la ignorancia y el fanatismo. Como escribe Elvis Costello en la presentación de este disco, la obra es el resultado del trabajo de “un hombre en plena posesión de sus facultades mirando la comedia y la belleza de la vida con la claridad y la ternura que sólo proporciona el tiempo”.
Las diez canciones que estructuran el mapa narrativo de Simon, ofrecen un registro cuidadoso, un inventario personal, de los misterios mundanos y de sus explicaciones místicas, de las confusiones y señales erradas de nuestra época, de las banalidades cotidianas y de la inevitable persistencia de los afectos, del amor, como el centro vital de las existencias de los individuos. Con palabras exactas acompañadas por las sombras de una guitarra espléndida, percusiones, arpas, flautas, pianos y clarinetes, Simon construye un sonido ecléctico donde las palabras y la música dan color a postales donde la ironía, los actos de fe, las creencias y los símbolos configuran el entramado complejo de la vida, vista desde las costas de New Jersey con el temple y la sabiduría de un setentón.
El disco está elaborado desde una mirada dubitativa, alimentada por el combustible de las interrogaciones planteadas por el propio Simon: “¿Cómo comienzas? ¿Cuándo sabes en qué momento serás recompensado por tu destino? ¿Cuándo interrumpir y cuándo continuar pintando sin conocer la pintura completa? ¿Es una cuestión de belleza? ¿Quién la necesita? Eso es el mayor de los misterios y de la fascinación. El truco es, según yo, mantenerse cauto con el infierno pero que te valga madre al mismo tiempo, o como de manera más elegante se propone aquí: es hermoso, o más o menos” (traducción libérrima, AAS)
Con este disco, Simon reclama su lugar en la música en tiempos del Ipod y los teléfonos celulares. Si “Los sonidos del silencio” o “Mrs. Robinson” forman parte de la música de fondo de varias generaciones, tal vez “Love is Eternal Sacred Light”, “Questions for the Angels”, “Love & Blessings”, “Rewrite”, o la misma “So Beautiful or So What”, cinco de las canciones incluidas en el nuevo disco, se pueden considerar como los testimonios de un músico habituado al uso sistemático de frases penetrantes junto al empleo legítimo de sonidos bastardos. Con un lenguaje preciso, con una música que absorbe influencias jazzísticas, del blues, del rock, con un instrumental diverso, rabiosamente ecléctico, So Beautiful or So What representa el manifiesto cultural y político de una generación que aún tiene mucho que decir a sus contemporáneos pero también, creo, a las nuevas generaciones.

Friday, May 13, 2011

Mujeres, hijos y viejos



Estación de paso
Mujeres, hijos y viejos
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 12 de mayo de 2011
En un libro reciente titulado Los tres grandes retos del Estado del Bienestar, (Ariel, España, 2010) , los sociólogos europeos Gosta Esping-Andersen y Bruno Pailer argumentan los tres temas críticos de hoy y del futuro a los que me refería en una colaboración anterior: el de la familia y las mujeres, el de los hijos y la igualdad de oportunidades, y el tema del envejecimiento y la equidad.
El cambio social más importante de las últimas décadas es sin duda la incorporación masiva de las mujeres en el ámbito laboral. La feminización del empleo tradicionalmente masculino, sin embargo, no se ha correspondido con la masculinización del trabajo doméstico, tradicionalmente femenino. Colocar el énfasis en el reconocimiento de un fenómeno irreversible (la incorporación masiva de la mujer al mundo de la escuela y del trabajo) supone también crear políticas para favorecer esa incorporación desarrollando al mismo tiempo un cambio general en la valoración del trabajo doméstico. Esa transformación no puede ser resuelta consistentemente dejando las decisiones a los individuos, pues ello significa la reproducción de los patrones de desigualdad de las relaciones hombre/mujer en ese campo, o dejar que sean las parejas de más ingresos las que pueden contratar un servicio doméstico particular. En ambos casos se asiste a un incremento de las desigualdades entre géneros y entre clases y estratos sociales. La solución institucional implica transformar y ampliar los regímenes de protección social en estos nuevos roles de hombres y mujeres, y forma parte de la construcción de un verdadero Estado de Bienestar para el siglo XXI.
Los hijos y sus oportunidades de desarrollo son el segundo gran tema de la agenda social que puede ser discutida de cara a los próximos comicios presidenciales en México. Hasta ahora, diversas formas de asistencialismo, paternalismo y filantropía se han adueñado de la definición del tema de los hijos, particularmente de los sectores pobres y medios del país. Aquí se han hecho grandes inversiones en educación formal, guarderías, educación preescolar obligatoria, sin considerar demasiado el peso que tiene lo que ocurre entre las cuatro paredes que limitan el ámbito familiar. Ahí, en ese ámbito privado, los especialistas han detectado tres mecanismos estratégicos en la relación entre los hijos y sus oportunidades de bienestar, de igualdad y de movilidad social futura: uno es el “efecto dinero”, otro el “efecto tiempo”, y tercero el “efecto cultura”. El primero supone que la renta, el ingreso, basta para dotar de buenas oportunidades a los hijos, pero eso no es necesariamente cierto. Muchos ricos no dedican demasiado tiempo a los hijos, y el “efecto nodriza” no asegura la sustitución del tiempo por dinero. Muchos maestros en Europa, que no ganan demasiado dinero, por ejemplo, dedican más tiempo de atención a sus hijos y sus resultados tienden a ser notables en términos de oportunidades.
El efecto tiempo es el segundo factor. Más tiempo de los padres dedicado al aprendizaje de los hijos es importante. Pero hay condiciones estructurales que determinan el impacto del efecto temporal en los hijos. La escolaridad alcanzada por los padres determinará en buena medida la calidad del tiempo y de los aprendizajes de los niños. Por ello es fundamental incrementar el acceso a la educación superior de los jóvenes de hoy, pues la posibilidad de tener mayores niveles de escolaridad significará mejores oportunidades de aprendizaje, movilidad social y equidad para sus propios hijos.
Pero todo ello va ligado al tercer factor en juego en relación a los hijos que se desarrolla en el campo doméstico: el capital cultural, es decir, el conjunto de recursos intelectuales, simbólicos y materiales que se heredan de padres a hijos. Un indicador es sencillo y relevante: diversos estudios muestran que los niños que viven en casas donde hay por lo menos 10 libros, tendrán mejores oportunidades que los niños que no disponen de ese recurso cultural. Y contar con libros en casa revela sobre todo una práctica social heredada o construida por padres y abuelos.
Finalmente el tercer gran desafío de una agenda social para el siglo XXI es el de la relación entre envejecimiento y equidad. Hay una tendencia irreversible hacia el envejecimiento general de la población, debido en gran medida a dos factores: el alargamiento de la edad promedio y la tendencia de las parejas jóvenes a tener muy pocos hijos (uno o dos, cuando los hay). Esto tiene enormes implicaciones para el futuro, que puede resumirse en una paradoja monumental: el problema de las pensiones y jubilaciones comienza con los bebés de hoy, no con los jóvenes ni viejos del mañana.
Estos temas quizá pueden ser parte de las propuestas que podrían debatirse en México en los próximos meses. Ahora que el cortoplacismo, la inmediatez y el pesimismo es la música de la temporada, quizá sea el momento de re-pensar el futuro como un recurso de supervivencia colectiva.

Thursday, April 14, 2011

La fuerza civilizatoria de la hipocresía



Estación de paso
La fuerza civilizatoria de la hipocresía
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 14 de abril de 2011.
Uno de los recursos más antiguos empleados en la convivencia social y política de todos los días es la hipocresía. No goza de muy buena fama, frecuentemente es vista como “la peor de todas las maldiciones” como señalaba el viejo Moliére, y casi en todas partes se suele condenar a los hipócritas como seres despreciables, deshonestos, amorales, mientras que al mismo tiempo se elogia la franqueza, la buena fe, la honestidad, la transparencia de las personas. Todos tenemos seguramente una o muchas historias que contar al respecto. Justo por ello, es una de las paradojas maestras del orden social: cuando se condena tan abiertamente a la hipocresía y a la mentira, ¿porqué persiste su práctica en todos los campos de la vida social?
Para evitar algún malentendido, me apresuro a expresar que estoy dispuesto a suscribir cualquier exhorto para exigir transparencia y sinceridad a los políticos (y a los no políticos también), pero me temo que eso no resuelve el problema de las prácticas hipócritas. Por lo tanto, la pregunta persiste: ¿por qué se practica la hipocresía? ¿Por qué las personas utilizan las máscaras de la hipocresía en el ámbito público y privado? ¿Qué motivos llevan a las personas a emplear esas máscaras para relacionarse entre sí?
Para decirlo en breve, lanzo una divagación sociológica: el cultivo de la hipocresía es el resultado de la incapacidad de las normas para resolver los conflictos sociales cotidianos. Las fricciones de todos los días, las que ocurren entre ciudadanos, entre políticos o entre familiares, no suelen resolverse con el cinismo o la sinceridad absoluta, pues ello suele producir conflictos que terminan con amistades viejas o recientes, con relaciones laborales o políticas, con vínculos familiares y afectivos. Para lidiar con ese riesgo, un recurso de uso generalizado es la hipocresía, es decir, la acción de disimular el disgusto o la desaprobación que nos causa un hecho o una persona empleando un disfraz que cubre nuestros verdaderos sentimientos. Las imperfecciones del orden social explican el uso de esta máscara tanto como otras (las mentiras piadosas, la compasión, la discreción, el secreto), pues forman parte del lubricante que aprendemos a usar desde niños para eludir el enfrentamiento, el pleito, la violencia incluso.
El aplomo de muchos hipócritas es envidiable, a veces legendario. Un célebre aforista sentenció: “La hipocresía es el vicio más difícil de mantener. No se puede practicar en los ratos libres: es una ocupación a tiempo completo” (La frase es de Somerset-Maugham, y es citada por Jon Elster en Alquimias de la mente. La racionalidad y las emociones, Paidós, Barcelona, 2002). Entre los políticos, por ejemplo, el recurso es moneda de uso legal, legítimo e indispensable. Junto con el pleito abierto y las discusiones álgidas, los políticos emplean la hipocresía para suavizar las tensiones, para dosificar los pleitos, para concentrar su atención en los temas que les interesan. En ese sentido, la hipocresía es un recurso civilizatorio, propio de toda acción que se basa en la negociación y la búsqueda de los acuerdos. Y el amplio arco ideológico de los partidos y de los políticos no inhibe el uso frecuente de los comportamientos hipócritas. Desde la izquierda lopezobradorista, proto-proletaria o pro-indigenista hasta la ultraderecha yunquista, la máscara de la hipocresía es un recurso practicado con una frecuencia que llega a convertirse, en ocasiones, en insoportable.
Ahora que la indignación moral se practica como recurso de la bienpensantía nacional y local, en la que se lanzan prédicas y pontificaciones al mayoreo para referirse a la infinita maldad de políticos, mafiosos, empresarios, líderes y lidercillos de todos los ámbitos, el tema confirma ser reacio a los exorcismos morales de no pocos intelectuales, obispos laicos y sacerdotisas de la sociedad civil. Algunos acusan con tono de indignación que el cinismo ilimitado de la clase política es la fuente de todos nuestros males públicos y privados. Pero se suele olvidar que la hipocresía es una fuerza civilizatoria, capaz de amortiguar el juego rudo de la vida política y social, que suele estallar de cuando en cuando con consecuencias indeseables, violentas, a veces irreversibles. Siempre es bueno pensar que en la política actúen las mejores personas posibles, ciudadanos y ciudadanas de nobles intenciones, pasados luminosos y capacidades probadas o por probar. Pero también es de agradecer que lleguen junto a ellas un buen puñado de hipócritas que ayuden a que la política y la vida pública funcionen. Ya se sabe: el mundo de la política no es el reino de los ángeles sino de los mundanos, capaces de lidiar cotidianamente con el conflicto y la negociación de los intereses, en donde las máscaras siempre ayudan. En estos tiempos en los que el cinismo o la indignación moral dominan el ánimo público, no está de más elogiar el viejo arte de la hipocresía.

Thursday, March 31, 2011

Viento en el desierto




Estación de paso
Viento en el desierto
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 31 de marzo de 2011
Como se sabe, los vientos pre-electorales han comenzado a soplar en el ámbito político del país. Candidatos y partidos, líderes y sectas, grupos y cofradías, iniciaron el proceso de construir candidaturas de cara a las elecciones presidenciales del año que viene, y en algunos estados de la República (el Estado de México, por ejemplo), suenan desde hace tiempo los tambores políticos para la competencia electoral. No hay nada de espectacular ni novedoso en todo ello. De hecho, como sucede desde hace rato (desde 1997 para ser precisos) estos actos son parte de las rutinas institucionales que habitan el complicado reloj de la democracia mexicana realmente existente, es decir, aquella que se ha construido con las instituciones, los actores y las reglas acordadas desde hace tiempo.
La novedad es que estas rutinas ocurren en un un contexto degradado por el pobre desempeño institucional de los partidos y del gobierno, y por la consolidación de la apatía y el desencanto político como seña de identidad en muchas franjas de ciudadanos. En esas circunstancias, las elecciones que vienen pueden significar, entre otras cosas, la confirmación del abismo que separa a la clase política respecto de los ciudadanos, pero también la posibilidad de debatir asuntos que no aparecen en la agenda de la política y de los políticos profesionales. Contra lo que puede pensarse desde las franjas malhumoradas y escépticas de nuestra vida pública (que, sin duda, se han multiplicado en los años recientes), las elecciones son siempre ocasiones importantes para plantear cuestionamientos al desempeño de los representantes ciudadanos y de las propias instituciones en que se organiza esa representación.
El problema es que no parecen identificarse buenos incentivos para participar en la vida pública. La crisis de representación política que atraviesa el régimen post-autoritario mexicano ha significado el aislamiento de las élites políticas respecto de las demandas e intereses de zonas importantes de la ciudadanía. Ello se manifiesta no sólo en el aburrimiento y la apatía de dichos sectores frente a la actual oferta de partidos políticos y sus respectivos liderazgos, sino que tampoco parece responder a las formas más elementales de la organización política, es decir, la participación en sindicatos, asociaciones civiles, organizaciones vecinales, consejos escolares. El desafío es enorme tanto para la capacidad de representación que tienen los partidos como para la estructuración de las demandas sociales por parte del sistema político en México.
No hay muchas razones para entusiasmarse con la oferta política que tenemos hoy en día. Pero tampoco parecen existir buenas razones para voltear la mirada como si esa oferta fuera irrelevante. Si la democracia consiste simplemente en que los ciudadanos pueden castigar o premiar con su voto a los partidos, esa misma fórmula les permite alejarse del ejercicio si las alternativas no le resultan atractivas. Desde esa perspectiva, lo que quizá sea el recurso más valioso de la política -la capacidad para generar expectativas y compromisos-, tiene en los procesos electorales una oportunidad importante para configurar propuestas que susciten, potencialmente, el interés y quizá hasta el entusiasmo de los ciudadanos por la vida política.
Hay una tendencia dura que explica la ausencia de incentivos a la participación y al debate político. Desde hace tiempo, no aparecen ideas claras ni programas de los partidos que ofrezcan proyectos atractivos para los electorados mexicanos (así, en plural). Y hay al menos tres asuntos que parecerían importantes en el horizonte programático de la democracia representativa que tenemos. Son asuntos que se debaten desde hace poco en otros contextos (el europeo, por ejemplo), y que son pertinentes para el presente y futuro mexicano. Son retos que significan poner de cabeza lo que se ha hecho en México en los últimos veinte o treinta años en términos de políticas públicas de bienestar y desarrollo social. Uno es el tema de la familia y la revolución del papel de la mujer. Otra es el del tema de los hijos y la igualdad de oportunidades. Y el tercero es el tema del envejecimiento y su relación con la equidad.
(En la próxima colaboración me referiré brevemente a ellos.)

Friday, March 18, 2011

Síndrome de infelicidad colectiva



Estación de paso
El síndrome de la infelicidad colectiva
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 17 de marzo, 2011.
Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la infelicidad. Con distintos matices y expresiones, ese fantasma se aparece frecuentemente en el ánimo público y privado, entre grupos sociales e individuos. Bajo distintos ropajes, máscaras y disfraces, la infelicidad se manifiesta en la convivencia pública cotidiana, en las charlas de café o de cantina, en los medios, incluyendo, por supuesto, las redes sociales, las cartas a los diarios, en el cine o en los noticieros de televisión.
El síndrome de infelicidad colectiva forma parte de una suerte de ”lamento generacional” que se ha expandido poco a poco en México y en buena parte del mundo respecto de la manera en que se percibe el bienestar social de los jóvenes de hoy respecto de generaciones anteriores. Para decirlo en breve, se trata de la afirmación de que los jóvenes de hoy viven peor que sus padres y sus abuelos, y que sus expectativas laborales, culturales o educativas son más reducidas hoy que en el pasado reciente y aún remoto. Ese lamento, arraigado en varios territorios sociales, académicos e intelectuales, a veces es una crítica a la globalización y al neoliberalismo, en otras una denuncia sobre la falta de valores y la pérdida de las tradiciones e identidades, pero también tiene un potente aire de familia con el nihilismo y el existencialismo que de cuando en cuando nos asalta a todos. Pero la afirmación añade varios elementos adicionales: el desempleo, la crisis económica, la precariedad laboral, los malos gobiernos nacionales, que han erosionado las bases materiales del bienestar, y han comprometido casi de manera irreversible las posibilidades e movilidad social y mejoría económica y cultural de las nuevas generaciones.
El lamento es, insisto, extendido, se transmite rápidamente y es fácil de compartir. Sin embargo, es ambiguo y, en el mejor de los casos, paradójico. Es decir, por un lado es confuso porque los niveles de bienestar en el mundo se han incrementado como nunca antes en la historia. Hoy tenemos infraestructura, sistemas de salud y educativos, posibilidades tecnológicas y ciencias que no teníamos hace ni siquiera 50 años. Ello explica un incremento notable en la esperanza de vida de la población, una mejoría general en la atención a la salud, un ingreso per cápita mayor, la expansión del consumo, etc. El problema es hoy como ayer la desigualdad social en la distribución de esos beneficios. Esa desigualdad explica no sólo el pesimismo de los pobres y de las clases medias, sino que también afecta a los ricos. En otras palabras, por diversas razones, en contextos de desigualdad la infelicidad afecta a clases sociales distintas de modo diferente.
Incluso ciertas escuelas de economistas han incluido la categoría “felicidad” como una categoría central para medir el desarrollo y bienestar de las sociedades, y algunos gobiernos han colocado a la “Felicidad Nacional Bruta” (similar al ingreso nacional bruto, o el índice de desarrollo humano) como una forma de medir y articular los esfuerzos de los gobiernos para mejorar la felicidad colectiva. Un ejemplo: el gobierno himalayo de Bután utiliza esta categoría para instrumentar sus programas de gobierno desde hace varios años.
Pero el argumento de la infelicidad es, además de ambiguo, también paradójico. En un medio donde se publicita la felicidad consumista y proliferan los mensajes de optimismo en forma de consejos, cursos de superación personal y desarrollo humano, canciones y anuncios publicitarios, y libros que se venden por millones en los que el éxito se asocia a la felicidad, la persistencia de las percepciones y expresiones de la infelicidad aparecen como problemas de los individuos y no de las sociedades. Por lo tanto, los individuos tienen en sus manos la posibilidad de ser felices si son más competitivos, menos egoístas, más calificados, conocen los secretos del liderazgo, son innovadores y emprendedores. Es decir, un discurso vacío y ramplón, como suelen serlo todas las fórmulas y manuales de la felicidad, el éxito y el reconocimiento social instantáneo.
El tema da para mucho. Pero el hecho es que la sensación de infelicidad colectiva aparece hoy en el horizonte de las preocupaciones públicas, privadas y sociales. ¿Que explica eso?. Un libro reciente de un economista y una antropóloga británicos (Robert Wilkinson y Kate Picker, The Spirit Level: Why Greater Equality Makes Societes Stronger, Bloomsbury Press, 2009) lanza una hipótesis interesante: la desigualdad produce infelicidad para los pobres pero también para los ricos. Probablemente el miedo, el estrés, el riesgo a perder dinero, las propiedades, el estatus, el empleo, es el combustible de la infelicidad. Ello alimenta la sensación de precariedad y a vivir en el riesgo permanente, a no tener demasiadas expectativas ni representaciones claras sobre el futuro, a padecer los estragos de la nostalgia y la idealización del pasado, a sobrevivir en un presente que es un túnel profundo y oscuro, sin luces del norte ni señales de orientación que ayuden a salir de él. Con mapas extraviados, sin brújulas, con la sensación de que no hay causas que valgan la pena ni instrumentos confiables para salir del marasmo, la infelicidad colectiva es la música de fondo de estos años largos.

Monday, March 14, 2011

La rebelión de las clases medias

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La rebelión de las clases medias
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 3 de marzo de 2011.
Desde un punto de visto sociológico, “clases medias” es un concepto problemático. Hay una considerable variedad de definiciones sobre ese segmente de la población ubicado en algún lugar entre los pobres y los ricos, para decirlo de manera coloquial. Ese “lugar” está determinado por el ingreso económico, el estatus, la educación, el origen social, el lugar de residencia, la actividad, cierto tipo de linaje incluso. Pero también juegan algún papel las expectativas de movilidad, los patrones de diferenciación respecto de los que están arriba o abajo (o incluso al lado) de su posición social. Por supuesto, hablar de clases medias es un generalización un tanto abusiva, tanto que en el lenguaje cotidiano que se acostumbra utilizar entre las familias hay un esfuerzo intuitivo por diferenciar la clase media, de la clase media baja, de la clase media alta, de los que están en el fondo y de los que están en la cima, aunque nunca es claro que significa y que implicaciones tiene pertenecer o reconocerse en uno u otro segmento.
Ello no obstante, el hecho es que la cosa existe. Es decir, hay segmentos de la población que pueden ser considerados como capas o estratos medios, generalmente urbanos, escolarizados, que han sido beneficiados por prolongados procesos trans-generacionales de movilidad social y crecimiento económico, y que desempeñan diversas actividades económicas o políticas. Burócratas, pequeños o medianos comerciantes y empresarios, universitarios, profesionistas, suelen ser parte de esos estratos medios. Y lo interesante de estos sectores es que son los que usualmente promueven la resistencia o el cambio de los regímenes políticos en las sociedades contemporáneas. Ahí, en esos segmentos, se ubican generalmente el grueso de los liderazgos políticos, los miembros de los partidos, las organizaciones no gubernamentales, el funcionariado público o privado del gobierno y de las empresas, los licenciados, los médicos, los contadores y profesores , los estudiantes universitarios y sus familias.
Esos segmentos juegan un papel central en la estructura social moderna. Como lo saben los fiscalistas y economistas, la ciudadanía fiscal es clasemediera: provee buena parte de los impuestos que el Estado recauda entre la población todos los días. Pero son también los segmentos que reciben buena parte de los servicios públicos y algunos privados que se producen en las sociedades. Pero, además, esas franjas cumplen funciones políticas sustanciales en los procesos de estabilidad y legitimidad a la que aspira todo régimen político. Por ello, son los sectores que resienten más los períodos de crisis económica que suelen asolar a las economías modernas, al introducir abrupta o gradualmente el veneno de la incertidumbre económica en sus vidas cotidianas.
Esto explica el hecho de que los segmentos medios sean los más proclives a la rebelión o al conservadurismo, según sean las circunstancias. Pinochet, Videla, Stroessner, los nombres estelares de las legendarias dictaduras militares de los años sesenta y setenta del siglo pasado en Sudamérica, fueron regímenes estructurados sobre la base de un sector importante de las clases medias de sus respectivos países, pero el derrumbe de esos mismos regímenes políticos se explica por la movilización de esos y otros sectores de las mismas clase que antes les apoyaron.
Hoy que en El Cairo, en Trípoli, en Yemen, en Jordania, observamos la rebelión de la población frente a los dictadores y regímenes que antes apoyaron, es posible afirmar que entre esas multitudes se encuentran muchos de los segmentos de las clases medias que por razones diversas decidieron emprender movilizaciones y protestas contra personajes como Mubarak o Ghadafi, que forman parte de la última generación de políticos y dictadores surgidos de la guerra fría. Esos movimientos no son exclusivamente clasemedieros, pues se pueden identificar también rebeliones tribales y étnicas, la movilización de élites que ven amenazados sus privilegios, sectores militares descontentos con sus jefes. Pero son los sectores medios los que han emprendido un movimiento de cambio político para tratar de asegurar, sobre todo, su estatus y sus expectativas.
La espectacularidad de los registros en el medio oriente, es posible por el papel de los medios, pero fundamentalmente por la visibilidad y el papel que juegan los segmentos medios de esas sociedades en los proceso de rebelión y cambio. El activismo de las clases medias (en particular de los jóvenes) y otros sectores ha configurado un clima de rebeldía que muy probablemente terminará con linchamientos morales o físicos a los representantes del viejo orden, y con cambios en los regímenes políticos de la región. Sin embargo, nada asegura desenlaces felices (o fatales) para las aspiraciones de los que hoy promueven los cambios. De cualquier modo, el efecto hipnótico de los acontecimientos muestra, una vez más, el cambiante papel de las clases medias en el orden político y social contemporáneo.