Thursday, April 16, 2015
Morir en el campus
Estación de paso
Morir en el campus
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 16/04/2015)
El pasado 2 de abril, 148 personas fueron asesinadas en las instalaciones de la Universidad de Garissa en Kenia. De ese total 142 eran estudiantes, 3 soldados y 3 policías. Además, hubo 75 heridos e inicialmente se reportaron 535 estudiantes desaparecidos. Un comando armado -una célula del grupo terrorista Al Shabab- irrumpió violentamente en las instalaciones de la universidad, tomando primero como rehenes a casi dos centenares de muchachos y muchachas y luego asesinando metódicamente a 148 de ellos. ¿Qué pasó ahí? ¿Por qué? ¿Qué implicaciones tiene para las universidades africanas, pero no solamente para ellas?
La Universidad de Garissa es una pequeña universidad pública fundada en 2011 como Garissa University College (GUC). Situada a mitad de camino entre la capital de Kenia (Naoirobi) y la frontera norte con Somalia, hasta 2010 había funcionado como el Garissa Teacher Training College, un establecimiento tradicional dedicado fundamentalmente a ofrecer estudios técnicos para la formación de profesores de educación básica. Sin embargo, es a partir del 2011 cuando el gobierno central keniano decide transformarla en universidad, como parte de la Universidad de Moi, una de las más grandes de Kenia. Ello significó la expansión y diversificación de su oferta educativa y de investigación, concentrada en las áreas de los negocios, las tecnologías y las ciencias sociales.
Su población docente y estudiantil es una mezcla de culturas africanas, donde tanzaneses, ugandeses, somalíes y kenianos forman parte de sus nacionalidades más numerosas. Pero también, como en otras regiones y países de África, coexisten creyentes religiosos tanto musulmanes como católicos. Esto significa que la Universidad es un espacio laico, multiétnico, bi-religioso y multicultural, donde se forman profesionales independientemente de sus orígenes y creencias. En un contexto convulsionado por la guerra del Estado Islámico contra occidente, esas características fueron tomadas como una afrenta intolerable contra las tradiciones ortodoxas que defienden, con armas y bombas en las manos, grupos como el de Al Shabab.
Este grupo tiene su propia historia. Formado en el 2007, luego de la participación de Kenia en Somalia, como parte de los acuerdos internacionales de pacificación de ese país, Al Shabab (que significa “La juventud”) se integró a las actividades internacionales de Al Qaeda, y, más recientemente, uno de sus dirigentes, un profesor somalí, decidió aliarse con el Estado Islámico para combatir cualquier tipo de influencia occidental no musulmana en el continente africano. Eso explica el ataque la Universidad de Garissa. Su justificación fue que esa institución estaba en un espacio colonizado por no musulmanes, y en la mañana de ese jueves 2 de abril (justo el jueves santo que celebran los católicos en todo el mundo), luego de separar a estudiantes católicos y musulmanes, decidió asesinar mediante disparos y decapitaciones a los 142 estudiantes católicos.
La brutalidad del ataque, la indefensión de los estudiantes, el fanatismo y la intolerancia asesina que empapan el discurso y las prácticas de Al Shabab, forman parte de las estampas de la tragedia universitaria africana. Pero es la débil respuesta de las universidades occidentales lo que también asombra de estos acontecimientos. Cuando, por otros motivos y razones, fueron asesinados los estudiantes de la Universidad de Kent en Ohio, en los Estados Unidos, el 4 de mayo de 1970 (4 muertos, 9 heridos), o los estudiantes y ciudadanos masacrados en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco en México, el 2 de octubre de 1968, o la masacre de estudiantes chinos en la Plaza de Tiananmen el 4 de junio de 1989, muchas universidades en el mundo expresaron su repudio y condena frente a los actos gubernamentales. Hoy que un grupo no gubernamental, anti-sistémico y fanático, con el cual es imposible negociar nada, comete una atrocidad igual o peor que los atentados criminales a la revista Charlie Hebdo en París (7 de enero, 12 muertos), o en el Museo Nacional de El Bardo, en Turquía (18 de marzo, 23 muertos), muy pocas universidades, incluidas por supuesto las mexicanas, se han manifestado contra el asesinato bárbaro de 148 personas en pleno corazón del campus universitario. ¿Prudencia? ¿Realismo? ¿Ignorancia? ¿Indiferencia?
Es difícil extraer lecciones de la tragedia de Garissa. Hoy que la represión a las universidades y sociedades ya no proviene sólo ni principalmente de gobiernos autoritarios, militares o dictatoriales, la amenaza que significa el desafío terrorista de los “perdedores radicales” (el calificativo es de Enzesberger) a las libertades occidentales, ha llegado a las puertas de la universidad, el territorio que suele considerarse más emblemático de las tradiciones de pluralidad, libertad, respeto, deliberación y coexistencia pacífica que caracterizan los principios y valores centrales de la historia intelectual y política del siglo XX en occidente. Esa indiferencia es, quizá, el signo de los tiempos universitarios, donde los discursos sobre la calidad, la internacionalización o la planeación estratégica universitaria, han oscurecido la presencia de las bestias negras del fanatismo asesino que azotan ya la vida –tan lejos, tan cerca- de las universidades africanas.
Friday, March 27, 2015
Messi
Estación de paso
Messi
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 26/03/2015)
Para José Emilio
En Aquí y ahora. Cartas 2008-2011 (Anagrama & Mondadori, 2012, España), los escritores Paul Auster y J.M. Coetzee desarrollan, mediante el viejo arte epistolar, un conjunto de reflexiones a partir de sus conversaciones sobre un montón de asuntos de la vida y de la literatura, del mundo escrito y no escrito. Al referirse a los deportes y su importancia en la vida social, Coetzee escribe: “Los deportes satisfacen la necesidad de héroes.”. Los “momentos de gracia” de los deportes (romper un récord, meter un gol, anotar una carrera), son “movimientos que no pueden ser objeto de planificación racional, sino que parecen descender sobre los jugadores mortales como una especie de bendición de lo alto, esos momentos en que todo sale bien, en que todo se coloca en su lugar, en que los espectadores ni siquiera quieren aplaudir, solo dar las gracias por haber estado ahí en calidad de testigos” (p.45).
Messi, el documental del director español Alex de la Iglesia (2014), basada en un guión de Jorge Valdano, que fue presentado hace un par de semanas en el marco del Festival Internacional de Cine de Guadalajara, ilustra muy bien las palabras del gran escritor sudafricano sobre la búsqueda de héroes que tienen los niños y los aficionados deportivos. Como es de suponerse, la cinta relata la trayectoria del futbolista argentino Lionel Messi, considerado actualmente no sólo como el mejor jugador de futbol del mundo, sino quizá uno de los dos o tres mejores de todos los tiempos.
La estructura de la obra del director español es compleja y sencilla al mismo tiempo, una virtud usual en los buenos documentales. Narra la historia de la vida de Messi (Rosario, Argentina, 1987), alternando imágenes reales de su niñez y adolescencia (fotografías, videos) con la reconstrucción de algunos de los momentos clave de su vida familiar, social y futbolística a través de un actor que lo representa esporádicamente. Pero el centro del relato fílmico descansa fundamentalmente en las charlas de sobremesa que mantienen los distintos círculos de amigos, familiares, compañeros de equipo, periodistas, directivos del Barcelona, o de ex entrenadores nacionales de la selección de Argentina. En esas mesas aparecen y desaparecen los amigos y amigas de la infancia de Messi, sus maestras de primaria, su primer entrenador de niñez futbolística en el equipo de barrio. Pero también desfilan las emociones, los elogios y los entusiasmos insobornables de sus amigos y entrenadores de juventud y consagración futbolera: Piqué, Mascherano, Maradona, Iniesta, Sabella, Menotti, Jorge Valdano, Johan Cruyff.
Ese recurso convierte al documental en un ejercicio memorístico, lúdico y festivo en torno a la carrera del personaje y sus circunstancias. La conversación desenfadada, espontánea, frente a unas copas de vino, agua o cerveza, en algún restaurante de Barcelona o de Buenos Aires, imprime un toque de realismo y frescura a la reconstrucción de la trayectoria vital y profesional del célebre 10 argentino. Las palabras y las imágenes que tienen sobre Messi cada uno de los participantes ayudan a comprender las múltiples caras de una vida que es, como todas, compleja y diversa al mismo tiempo, no la expresión de una trayectoria lineal labrada por quien sabe qué extrañas fuerzas del azar o del destino.
La infancia difícil de un “pibe” en un barrio pobre de Rosario (Las Heras), centrada desde muy pequeño en el futbol como mapa vital y práctica existencial; los problemas de bajo crecimiento asociados con un déficit genético de carácter hormonal; la habilidad inaudita de un niño de 8 años capaz de someter a rivales mucho más grandes en edad y estatura, maniobrando con la magia de unos pies en los que el balón parece una extensión natural, indivisible, de extremidades pequeñas, ágiles y veloces; la inteligencia para descifrar en un instante los desafíos de los rivales y los apoyos posibles de sus compañeros; la pasión con la que el jugador practica el deporte y descubre que la felicidad dura 90 minutos y se encuentra comprimida en una cancha de futbol.
Messi es una película sin ficción, una búsqueda de la explicación de un milagro. La timidez casi autista del jugador rosarino, el carácter reservado que se transforma cuando entra en el campo de juego, el provincialismo ingenuo que deja en un rincón de los vestidores para cambiarlo por un feroz espíritu de competencia cuando enfrenta a los rivales, forman parte de las estampas que habitan en distintos momentos los relatos y recuerdos de quienes le conocen. Sin una intervención especial ni de él ni de su familia a lo largo de la cinta (sólo aparecen en fragmentos de entrevistas pasadas), el jugador Messi queda en el centro, y el individuo y el ciudadano Messi son sólo sombras que habitan ocasionalmente el personaje principal. Ese es un mérito del director: dejar fuera a la persona, y concentrarse en el personaje.
De cualquier modo, el tono festivo, conversatorio de la película, es un recurso legítimo para acercarse a la comprensión del fenómeno Messi, para acentuar sus deslumbrantes habilidades futbolísticas, para tratar de entender que significa el futbol en la vida de un muchacho crecido en circunstancias difíciles. Después de todo, Lio Messi representa de una manera extraordinariamente fiel las palabras de Coetzee de que los deportes satisfacen la necesidad de héroes que todos, de alguna manera, tenemos. Aunque en este caso sea un héroe tímido, reservado, de bajo perfil, que prefiere el silencio a la palabrería, y que disfruta enormemente la tarea de descifrar, cada 90 minutos, la geometría y la aritmética de cada partido que protagoniza. Messi es la imagen perfecta de un héroe silencioso.
Thursday, March 19, 2015
La universidad y la metafísica de las costumbres
Estación de paso
La universidad y la (nueva) metafísica de las costumbres.
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus Milenio, número 600, 19/03/2015)
Contra lo que suelen pregonar a los cuatro vientos mediáticos algunos relatos voluntariosos sobre el cambio, la innovación, la calidad o la gestión estratégica en la educación superior contemporánea, las universidades son animales lentos, parsimoniosos, de usos y costumbres arraigadas. Sus actores entran y salen del campus coexistiendo pragmáticamente en un orden institucional ambiguo, grisáceo, sólo sacudido a veces por los llantos o las risas estudiantiles, o por la música de pequeñas tribus o grandes multitudes en el campus. Como en otros territorios de la vida social, el imperio de las rutinas domina el paisaje universitario, un paisaje donde sus actores y espectadores son gobernados por creencias y lealtades diversas, valores e intereses que conviven de manera pacífica y a veces conflictiva. Sus prácticas académicas, políticas o burocráticas suelen ser parte de lo que el viejo Schopenhauer, hace casi dos siglos, denominó como la “metafísica de las costumbres”, ese conjunto posible de explicaciones que surgen a partir de la observación de las rutinas de lo que hacen las personas, los grupos y las instituciones.
¿Cuáles son esas costumbres universitarias? Dar clases, por ejemplo. Aquí, el ritual legitima “el orden natural de las cosas”, según diría en tono literario el gran escritor lusitano Antonio Lobo Antunes. Estudiantes y profesores se reúnen y establecen una relación a partir de calendarios, horarios y espacios. Los profesores, en su gran mayoría, son profesores por horas, que cumplen sus obligaciones a partir de programas que les han sido asignados por el director de una facultad, un jefe de departamento o un coordinador de carrera. Usualmente, los profesores universitarios pueden hacer caso o no a esos contenidos, pueden emplear las nuevas TIC´s para apoyar su desempeño, o pueden dictar apuntes a sus estudiantes, a veces recomiendan lecturas y libros a sus alumnos, o mezclan un poco de todo eso. Los estudiantes, por su parte, pueden interesarse o no por los contenidos y las temas, leer o no los materiales que recomienda el profesor, asistir o no a las clases; el power point o el prezi se han convertido en herramientas visuales indispensables, donde imágenes y frases sustituyen muchas veces la elaboración de apuntes, fichas o resúmenes individuales sobre las lecturas o los temas examinados. El resultado: un arreglo práctico de comportamientos recíprocos, en los que la tolerancia frente al aburrimiento del profesor o el desinterés de los estudiantes es un mecanismo que permite reproducir cotidianamente, y legítimamente, el orden de las cosas.
Pero hay otras costumbres interesantes. La política y el gobierno universitario, por ejemplo. El dato duro es la apatía como estrategia dominante de los comportamientos políticos de profesores y estudiantes. Estos comportamientos de no pocos (o muchos) universitarios son bastante parecidos a los que se observan en los ciudadanos fuera del campus: desconfianza de la autoridad y de los otros universitarios, desinterés en la vida política, alejamiento de la participación en los asuntos colectivos. Los directivos y las autoridades suelen ser los más interesados en los asuntos de gestión y gobierno, por obvias razones institucionales. Sin embargo, hay temas, creencias e intereses que en ocasiones detonan situaciones de conflicto y violencia en las universidades. Huelgas, paros, marchas, suelen ser prácticas esporádicas en la vida universitaria, en Oaxaca, Sonora o en la UNAM, acciones que son impulsadas por activistas, dirigentes sindicales, promotores de solidaridades y de expresiones de indignación moral por las más diversas causas y propósitos. Entre la apatía más fúnebre y el activismo más febril, coexisten un conjunto muy diverso, heterogéneo y complejo de comportamientos que configuran el orden político-institucional universitario de todos los días y los años. Ese territorio opaco, abigarrado, complejo, de usos y costumbres no suele ser atractivo ni para los apáticos ni para los activistas, ni para los directivos, ni funcionarios. Con suerte, podrá ser el objeto de estudio de sociólogos o antropólogos, o de psicólogos o politólogos universitarios.
Existe también el asunto de las prácticas burocráticas universitarias, ese mundo gris y oscuro donde, como suele decirse, harían aparecer a Kafka como un escritor costumbrista. El llenado de formatos y solicitudes, la gestión de apoyos, la redacción de informes para competir por estímulos económicos, la acumulación de evidencias e indicadores “objetivos” sobre el desempeño de profesores y estudiantes, son actividades que han creado una nueva metamorfosis universitaria. El Homo Academicus se ha transformado en –o coexiste con- el Homo Burocraticus. Las autoridades universitarias alimentan ilusiones en búsqueda de comportamientos cooperativos, y comprensivos, de estudiantes y profesores para apuntalar extraños sistemas de gestión y administración, esquemas de planificación estratégica y evaluación institucional, mecanismos de aseguramiento de la calidad, de promoción de la imagen universitaria, el empleo de mecanismos de marketing que aseguren visibilidad a los productos universitarios.
En los intersticios de estas dimensiones académicas, políticas o burocráticas de las prácticas institucionales, aparece también un puñado de emociones que actúan como lubricantes de la vida universitaria. Son la frustración y la envidia, los temores permanentes y los entusiasmos fugaces, la competencia por recursos escasos (prestigio, dinero, puestos, reconocimientos), pequeñas o grandes grillas cotidianas, mezquindades minúsculas, golpes bajos, amistades verdaderas, solidaridades tribales intensas o comportamientos guiados por egoísmos salvajes. Entre no pocos de los académicos destacados de la vida universitaria, la hoguera de las vanidades no es una metáfora, sino un estilo de vida, una forma de lidiar con el infierno que son los otros. Tal vez esas costumbres explican la (mala) impresión que Schopenhauer tenía de las universidades, cuando escribía, hace casi siglo y medio, en relación a los catedráticos alemanes de su generación: “El escándalo filosófico de los últimos cincuenta años no se hubiera producido de no ser por las universidades y el público estudiantil que asimilaba crédulo todo lo que se le ocurriera decir al catedrático en turno”. Claro: era Schopenhauer, aquel filósofo misantrópico, fulminante y políticamente incorrecto del siglo XIX, cuyas palabras, sin embargo, siguen resultando incómodos recordatorios sobre el orden imaginario y práctico de la vida universitaria.
Friday, March 13, 2015
80 años de la UAG
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80 años de la UAG
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus Milenio, 12/03/2015)
http://www.campusmilenio.mx/index.php/template/opinion/estacion-de-paso/item/2688-80-anos-de-la-uag
El pasado 3 de marzo, la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG) cumplió 80 años de su fundación. Considerada como la más antigua universidad privada de México, la historia y expansión de esa institución revela la fuerza de las ideas, sus actores y los intereses que representan en la configuración de la educación universitaria nacional. Pero también muestra la coexistencia de un conjunto de tensiones en los ámbitos regionales y locales que iluminan la complejidad de un “sistema” de educación superior que, bien visto, es una colección de varios sistemas, instituciones y establecimientos crecidos a la sombra de contextos políticos, sociales y educativos específicos e irrepetibles.
La historia es más o menos conocida. En el contexto de la construcción del Estado de la Revolución Mexicana, el proyecto educativo del cardenismo que surge en los años treinta se orienta hacia la configuración de un sentido socialista a la educación pública mexicana. En las aguas turbulentas de los conflictos políticos de esa década, los actores de la educación universitaria se debatían entre dos grandes polos político-ideológicos: el proyecto cardenista de la educación pública y el proyecto autonomista-liberal universitario, proyectos que se debatieron con mucha fuerza en el Congreso de Universitarios Mexicanos de 1933. Ahí, Antonio Caso y Vicente Lombardo Toledano protagonizaron un debate que se convertiría en un auténtico clivaje ideológico y político-institucional entre las universidades mexicanas. De un lado, la creación de instituciones comprometidas con el proyecto de la revolución mexicana, asegurando legitimidad y lealtad a los gobiernos de la Revolución. Por el otro, la confirmación de la autonomía académica y la libertad de cátedra como principios de la relación de las universidades con el Estado. Como se sabe, la Universidad Nacional caminó por esta última trayectoria, junto con otras universidades públicas del país. En el otro extremo, universidades como la de Guadalajara, la Veracruzana o la de Michoacán, emprendieron el camino heterónomo, de compromiso con el proyecto revolucionario y nacionalista.
En Jalisco, el debate se extendió rápidamente entre la comunidad de profesores y estudiantes de la Universidad de Guadalajara, refundada unos años antes, en 1925. Esto polarizó a su comunidad, y llevó a una fractura en 1934, cuando un grupo de estudiantes y profesores que simpatizaban con el proyecto autonomista, decidió emprender una huelga que terminó en la parálisis de la universidad, la renuncia de su entonces Rector, y el cierre durante casi tres años de la vida institucional universitaria (1934-1937). Esto explica la salida de la U. de G. de un grupo encabezado por los entonces estudiantes Carlos Cuesta Gallardo, y los hermanos Angel y Antonio Leaño Álvarez del Castillo. Pertenecientes a familias aristocráticas de Guadalajara, los líderes estudiantiles, apoyados por la jerarquía católica local, algunos empresarios tapatíos y por influyentes periódicos de la época como “El Informador”, encabezaron el proyecto de creación de una universidad distinta a la U. de G., a la que consideraban irremediablemente capturada por los intereses comunistas que representaba el proyecto cardenista de la época. Bajo el clima del anticomunismo más feroz, los intereses católicos, empresariales y estudiantiles confluyeron en la creación de la Universidad Autónoma de Occidente, que fue el antecedente de la que a partir de 1935 se denominaría como la Universidad Autónoma de Guadalajara.
Desde ese momento, la educación superior jalisciense quedaría dominada por dos proyectos socioeducativos de pretensiones históricas: el socialista, representado por la U. de G. y el autonomista, representado por la UAG. Ambos proyectos no estaban solos, ni existían en el vacío. De un lado, el gobierno estatal, las fuerzas del naciente Partido Nacional Revolucionario (que luego sería el Partido de la Revolución Mexicana y luego el PRI), y la conformación de un frente estudiantil (el FESO, Frente de Estudiantes Socialistas de Occidente), antecedente de lo que luego sería la Federación de Estudiantes de Guadalajara, la FEG. Por el otro lado, la jerarquía católica, grupos empresariales prominentes, parte de las elites tapatías, y la creación de la Federación de Estudiantes de Jalisco (FEJ), una organización estudiantil cuyo emblema y símbolo sería un Tecolote, el búho mexicano, ave que simboliza la sabiduría pero también la alerta permanente para defenderse de sus depredadores y para cazar a sus presas.
A partir de ahí, se desarrolla una historia larga, accidentada, en ocasiones conflictiva y delirante, que se puede leer como una historia de violencia y política, de competencia y enfrentamiento, de búsqueda de legitimidad, de configuración de identidades institucionales contrastantes y paradójicas. Las leyendas negras de la U. de G. y la FEG, frente a las leyendas negras de la UAG y los Tecos, en el contexto del mundo bipolar izquierda/derecha que dominó las representaciones políticas durante casi 4 décadas en todo el mundo.
Hoy, la historia oficial de la UAG muestra una saga institucional sin contradicciones ni fisuras. Sin embargo, el distanciamiento con la jerarquía católica local desde mediados de los años 50 –que explica en parte la creación del ITESO en 1957-, la búsqueda del prestigio académico atrayendo estudiantes de medicina de los Estados Unidos o de Centroamérica, la simpatía de sus autoridades con los gobiernos dictatoriales de Pinochet en los años setenta, o de Somoza en los años ochenta, la expansión de la UAG como un corporativo que controla centros turísticos en Jalisco y otras entidades del occidente del país, sus negocios inmobiliarios en Guadalajara y en Colima, y hasta sus aventuras futboleras fallidas, forman parte de una historia de claroscuros y contradicciones que vale la pena ser reconstruida con cuidado y con paciencia. Una universidad que a los ochenta años se ampara en la frase de uno de sus fundadores que dice “México será en el futuro lo que sea su educación”, y que al mismo tiempo otorga una “Doctorado Honoris Causa” a los dueños de TV Azteca y de Cinépolis, es una institución que parece presa de sus intereses empresariales más pragmáticos que de sus ideas y proyectos, digamos, históricos.
Sunday, March 01, 2015
La épica del púlpito
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La épica del púlpito
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 26/02/2015)
Un inconfundible tono de lamento, denuncia y mal humor nacional domina desde hace tiempo zonas enteras del clima público mexicano. “Todo está mal”, “nada nos sale bien”, “sólo ocurre en México”, “es un desorden”, “no tenemos remedio”, “qué chulada”, suelen ser frases repetidas en cantinas, calles y lugares públicos, pero que también se leen o escuchan una y otra vez en columnas de opinión, comentarios de conductores de radio y televisión, en reportajes y noticias en las cuales la opinión del reportero o reportera en turno suele ser más importante que la información sobre los hechos que reporta. Esta suerte de épica del fracaso se ha forjado desde hace tiempo en distintos territorios del ánimo público del país, una épica que suele traer de vuelta a las norias intelectuales a Samuel Ramos y su Perfil del hombre y la cultura en México, o a Octavio Paz con su Laberinto de la soledad.
Pero si se presta atención a este ruido de fondo de nuestra vida pública, es un sonido que se anida en estratos y segmentos específicos de la sociedad mexicana: clases medias urbanas, generalmente universitarias, políticos profesionales y aspirantes a políticos, candidatos independientes, franjas de intelectuales y académicos, comentaristas de radio y televisión, reporteros, algunos opinadores toda-ocasión. Lo curioso ya no es el tono malhumorado, frustrado, regañón, de las expresiones que suelen utilizar. En realidad, lo que se revela detrás de la verbalización de las críticas es el tono de autoridad intelectual y moral que las acompañan, un tono de verdad absoluta, irrebatible, incuestionable desde su punto de vista. Es el aire inconfundible de los nuevos sabelotodo, iluminados por quién sabe qué misteriosas fuerzas, que rodea ese discurso de púlpito, pontificador, que domina el clima intelectual de nuestro tiempo.
No es por supuesto un tono nuevo. Es un sonsonete que acompaña nuestra vida pública desde el siglo XIX, en pleno proceso de construcción de la república, del estado y de la ciudadanía. Basta leer páginas de la prensa mexicana de esos años, para descubrir, desde los escritos decimonónicos de Manuel Payno a las críticas insobornables de Belisario Domínguez o de Francisco Zarco, desde los discursos incendiarios de Ricardo Flores Magón hasta los reclamos cósmicos de José Vasconcelos, esa permanente sensación de malestar con la realidad mexicana de los años post-independentistas y postrevolucionarios. Quizá la gran diferencia de los críticos de hoy en relación con aquellos que verbalizaban su insatisfacción con el presente, es que los críticos antiguos tenían una finalidad abiertamente política, un manifiesto contra su época y sus circunstancias que constituía un verdadero llamado a la acción política organizada.
Pero es a partir de la creación del partido de la revolución institucionalizada, y su discurso nacionalista y unificador, cuando las voces públicas se convirtieron en coros de adoración al régimen posrevolucionario, sonidos de una época que hoy se ve lejana y un tanto ridícula. Sólo el humor cáustico de Jorge Ibargüengoitia, la sapiencia de Don Daniel Cosío Villegas, el empeño periodístico-cultural de Fernando Benítez, o la imaginación radical de José Revueltas, sonaban como disparos en el concierto de la unidad nacional.
La crítica política mexicana reapareció vigorosamente a finales de los años sesenta y se extendió hasta bien entrados los noventa, configurando el clima político-intelectual adecuado para lo que luego se denominó la transición política mexicana hacia la democracia. Carlos Monsiváis, Octavio Paz, Carlos Pereyra, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Carlos Fuentes o Julio Scherer, se convirtieron, entre otros, en una generación que con diversos matices y posiciones ideológicas, legitimaron la crisis del viejo orden posrevolucionario e impulsaron, junto con los actores políticos, un cambio democratizador del viejo régimen. Hoy, sin embargo, en la era de la posdemocracia mexicana, las voces del malestar son fundamentalmente apolíticas, se visten del ropaje ampuloso de la retórica del fracaso sin implicaciones para la acción política organizada; por el contrario, se alejan deliberadamente de cualquier tipo de politización de sus discursos y relatos, pues dan por descontado que la política, los políticos y los partidos, son figuras indeseables con prácticas indecibles en un país donde todo eso apesta a corrupción, inmoralidad y despilfarro.
Ese vocerío se alimenta generosamente de la desconfianza que goza hoy la clase política mexicana y sus organizaciones, pero también de cierto oportunismo moral para colocarse como representantes oficiosos de la nueva cruzada antipolítica mexicana. Su tono de denuncia gusta por igual a empresarios y a la iglesia católica, a dueños de medios y comunicadores, y son vistos con simpatía y hasta con entusiasmo por no pocos de los políticos a los que no les gusta reconocerse como tales. Suelen ser practicantes del libre mercado y abogados exoficio de las libertades ciudadanas; vociferan contra las prácticas corporativas y clientelares de las organizaciones sindicales y sus expresiones públicas; son críticos acérrimos del Estado y partidarios fervientes de las prácticas filantrópicas y altruistas de la iniciativa privada y de la sociedad civil; profesan un anti-intelectualismo ramplón que suelen combinar con un globalismo snob, del tipo “esto no pasa en Nueva York”, “esto jamás sucedería en Dinamarca”, “deberíamos hacerle como los británicos”.
Desde sus púlpitos mediáticos, esas voces personalizan y de alguna manera institucionalizan el anti-intelectualismo y la anti-política mexicana del siglo XXI, esas fuerzas que alimentan la demolición a martillazos de los edificios públicos construidos en los años del cambio político mexicano. Y lo hacen con el beneplácito de una clase política desprofesionalizada, ocupada más por mantener sus posiciones y escaños, que por gestionar los conflictos que se acumulan en la larga lista de nuestros déficits político-institucionales. Es un espectáculo de narrativas tira-netas mezcladas con prácticas rutinarias de irresponsabilidad política. ¿Dónde hemos escuchado esa canción?
Friday, February 13, 2015
Certezas estadísticas y falsos amaneceres
Estación de paso
La educación superior en América Latina: certezas estadísticas y falsos amaneceres.
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus Milenio, 12/02/2015)
Acaba de ser publicado por la Comisión Económica Para América Latina y El Caribe (la CEPAL), el Anuario Estadístico de América Latina y El Caribe 2014. Como cada año, este documento es importante pues registra un conjunto organizado de datos que muestran la trayectoria económica, social y demográfica de la región y de cada uno de los países que la integran. Con una serie de datos que se originan en el año 2000, esta información permite apreciar, desde cierta perspectiva y con las limitaciones propias de las estadísticas, la evolución de algunos indicadores estratégicos del desarrollo, o el subdesarrollo, latinoamericano y caribeño. El tema educativo es uno de los temas obligados del Anuario. Y vale la pena detenerse un poco en algunas cifras que nos aproximan a la complejidad de nuestros logros y desafíos.
La transición demográfica y la desigualdad económica son dos factores que influyen directamente en la configuración de los comportamientos educativos de la población general. Respecto del primero, es importante resaltar que aunque se ha mantenido baja la tasa de crecimiento demográfica entre 2000 y 2014 (alrededor del 1.1% en la región), la presión de una población que se incrementa en varios miles o millones sobre la educación sigue siendo muy alta. Si en el año 2000 había un poco más de 526 millones de habitantes, hacia el 2015 se estima en 630 millones, es decir, en tres lustros se han agregado más de 100 millones de habitantes a la población latinoamericana y caribeña. De seguir esta tendencia, se estima también que para el año 2020 seremos 661 millones, para el 2025, 691, y para el 2030, poco más de 716 millones de habitantes en la región.
En esta dinámica de incremento global de la población destaca, sin lugar a dudas, la marca profunda de la transición demográfica que lo expertos ya habían detectado desde los años noventa del siglo pasado. Muy rápidamente, la población infantil tiende a disminuir y la población joven y adulta a aumentar su presencia absoluta y relativa. Es el conocido proceso de “envejecimiento poblacional”. El grupo etario de 0 a 14 años disminuye y se incrementa el de 15-34 años. Sin embargo, se calcula que este último grupo comience un lento declive hacia el año 2020, y sea mucho más pronunciado hacia el 2030. Esto, por supuesto, tiene enormes implicaciones en la configuración de la demanda hacia el sistema educativo inicial, básico y, sobre todo, medio y superior.
Pero son los factores de la desigualdad en el ingreso los que se combinan con los factores demográficos para producir los fenómenos asociados a la equidad en el acceso educativo. Y los datos del Anuario confirman también los hallazgos que economistas y sociólogos han encontrado desde hace décadas. Así, para el caso de la educación terciaria, el origen socioeconómico de las familias de los estudiantes determina en alto grado el acceso a la educación universitaria en toda la región. Así, para el caso mexicano, con datos del 2012, se observa que solamente el 6.9% de los estudiantes del quintil de ingreso más bajo de la población mexicana asiste a la educación superior, un porcentaje que contrasta contra el 18.3% de los quintiles medios, y, de manera brutal, contra el 42.2% de los estudiantes del quintil más alto; es decir, un estudiante que por las leyes del azar, de la desigualdad o de las herencias pertenece al grupo más alto de ingreso, tiene casi 7 veces más posibilidades de ingresar a la educación superior que un estudiante que nace en familias de los niveles de ingreso más bajos de la población.
Pero esta desigualdad se torna más interesante cuando se observa el peso del sexo en el acceso a la educación superior. Aunque el sexo masculino predomina en la población estudiantil perteneciente al quintil más pobre (9.7%, de los hombres asiste a la educación contra solamente el 4.7% de las mujeres), en los quintiles medio y alto la cosa cambia: 17.3% de hombres y 19.1% de mujeres, en el primer caso, y 39.2% de hombres contra el 45.8% de las mujeres, en el caso de los grupos “ricos”. En otras palabras, entre los más pobres, los hombres se incorporan más que las mujeres a la educación superior, pero en los sectores medios y altos de ingreso, las mujeres asisten más a la escuela que los hombres.
Con todo, la tasa bruta de la matrícula terciaria en el subcontinente ha llegado al 43%; sin embargo, las brechas entre países son muy significativas. Así, mientras que en Chile se ha alcanzado una tasa del 74.4% (lo que lo coloca, como país, en la universalización de la educación superior), en el otro extremo, se encuentra Guyana, con solamente un 12.9% de cobertura. En esta escala, México alcanza el 29%, que lo sitúa por encima de países como Honduras, El Salvador o Guatemala, pero por debajo de países como Cuba, Colombia, Argentina, Panamá o Bolivia.
Los datos, las cifras y los porcentajes que nos muestra la CEPAL nos ofrecen una visión de la complejidad del presente educativo latinoamericano y caribeño. Pero también nos muestran una imagen preocupante e incierta de las sombras del mañana. Con una población que sigue creciendo, pero también envejeciendo, en la que en unos 15 años más habremos agotado el bono demográfico que no hemos aprovechado en las últimas dos décadas; con una economía que crece poco y que no distribuye sus beneficios, generando o consolidando una desigualdad histórica en los ingresos de los individuos y sus las familias, y entre los estratos y las clases sociales, que determina fuertemente (y a veces fatalmente) el acceso a la educación superior. En estas circunstancias, y con estos datos, el peso del pasado y del presente anticipa futuros sombríos y falsos amaneceres. O como dice el hoy multicitado Thomas Piketti: parecemos condenados a las fuerzas invisibles de un pasado que devora irremediablemente el presente.
Thursday, February 05, 2015
Joe Cocker: el oro y el óxido
Estación de paso
Joe Cocker: el oro y el óxido
Adrián Acosta Silva
(Señales de Humo, Radio U. de G., 5 de febrero, 2015)
El 22 de diciembre del año pasado, de manera discreta, sin mucho escándalo mediático, falleció a los 70 años de edad Joe Cocker, acaso el más intenso cantante de soul y de blues que nos han dado las tierras británicas. Originario de Sheffield, Inglaterra, (donde nació un 20 de mayo de 1944), una típica ciudad industrial especializada en la producción de acero, Cocker desarrolló desde su adolescencia un gusto especial por el blues norteamericano, al igual que lo hicieron muchos jóvenes ingleses de su propia generación como John Mayall, Keith Richards, Jack Bruce o Eric Clapton. Atrapado por las canciones de Muddy Waters, de John Lee Hooker y Ray Charles, la magia de Ella Fitzgerald o las canciones tristes de Billy Holliday, Cocker –según la biografía publicada por JP Bean en 1993- solía irse de pinta de su escuela secundaria y acostumbraba deambular por los bares y pubs cercanos a las acereras de Sheffield para reunirse con otros amigos y escuchar, en sesiones casi religiosas, los cánticos del godspell, de soul y blues que llegaban por la radio desde el otro lado del océano.
Muy tempranamente, Cocker se dio cuenta de sus limitaciones musicales y expresivas. No tenía habilidades para la ejecución de algún instrumento ni para la composición de canciones. Como Jim Morrison, sólo sabía manejar las maracas y el pandero. De componer canciones, ni hablar: no se le daba. Por ello, recurrió a explotar el único instrumento a su alcance: su propia voz, una voz curtida por el humo de las industrias acereras de una ciudad proletaria, pero también educada por la sonoridad del blues proveniente de las tierras lejanas de Georgia y del delta del Missisipi.
Ese talento vocal y sus afinidades sonoras aprendió a combinarlas precozmente con el alcohol y sus musas. Su carácter reservado se desvanecía al escuchar a B.B. King o a Bob Dylan, mezclando esa experiencia con unos buenos tragos de cerveza. Era la combinación perfecta: blues y cerveza, rock y whisky, un poco de humo, y el impulso insobornable de sus amigos, le llevaron en 1969 a grabar sus primeros dos discos como solista, aparecidos casi de manera simultánea, With a Little Help From My Friends –justo como la canción de los Beatles- y Joe Cocker!, grabaciones en las que desfilan las guitarras, las voces y los órganos ejecutados por Jimi Page, Steve Winwood y Chris Stanton. Esos discos mostrarían las texturas de una voz potente, profunda y aguardentosa, acompañada siempre por el espectáculo de una guitarra imaginaria entre las manos, bailes de sombra y extrañas contorsiones sobre el escenario. Luego, en Woodstock, en el verano del 69, la figura, la imagen y la voz de Cocker se conocerían en todo el mundo. Un año después, en 1970, emprendió una larga gira por los Estados Unidos, junto con Leon Russell, que quedó plasmada en uno de los discos emblemáticos de los años dorados del rock: Joe Cocker, Mad Dogs and the Englishman, en el cual el combustible del blues recorre la inspiración y las ejecuciones del entonces todavía veinteañero músico de Sheffield.
A lo largo de siguientes 44 años, Cocker continuaría una larga carrera como solista. Los años setenta serían, sin duda los mejores: I Can´t Stand a Little Rain (1974), Jamaica Say You Will (1975), y, sobre todo, Stingray (1976), consolidarían a Cocker como uno de los mejores intérpretes blancos de reggae, blues y soul de una década que sería dominada furiosamente por la música disco, el funk y, en el otro extremo, el punk. Posteriormente, los años ochenta serían marcados por un disco espectacular, potente, claramente instalado en los límites del Rithmin´ and Blues: Unchain My Heart (1987), y, pocos años después, al abrir los noventa lanzaría una pequeña joya cockeriana: Night Calls (1991), llamadas nocturnas para un siglo y una época que se desvanecía de manera acelerada. A lo largo del siglo XXI grabaría solamente 5 discos de estudio, que tuvieron menos suerte en ventas y en críticas, en pleno auge de iTunes, Facebook y demás brujerías tecnológicas. El último de ellos, Fire It Up (“Dispara hacia arriba”), fue lanzado en 2012, y era promocionado por Cocker en lo que a la postre sería su último tour de presentaciones en Gran Bretaña y los Estados Unidos.
La figura y la voz de Cocker son y representan una época del rock en el mundo. Su carácter reservado, casi tímido, contrastaron con la potencia de su voz y la intensidad de sus interpretaciones. Varias canciones de Leonard Cohen, Bob Dylan, Steve Winwood, Van Morrison, Ray Charles, Lennon y McCartney, Leon Russell, Randy Newman, y de grupos como Procol Harum, INXS o U2, fueron literalmente reinventadas por el cantante británico, volviéndolas casi irreconocibles: se convirtieron en la originalidad de la copia. Gracias a él, las aguas someras y profundas de los ríos turbulentos del rock, del blues y del soul, confluyeron en los mares de fondo que se pueden encontrar en los casi 50 discos grabados por el músico de Sheffield a lo largo de su carrera. Ahí, entre canciones y sonidos del oro y del óxido, la voz cavernosa, grave de Cocker estará irremediablemente ligada a la música de las emociones de los restos de un tiempo que quizá nunca existió.
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