Estación de paso
Luz de gas
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 02/02/2017)
El contexto mexicano es desde hace tiempo el escenario de varias crisis específicas. La incertidumbre, el temor, la insatisfacción, parecen haberse adueñado del ánimo público y no existe en el horizonte político ni de políticas alguna claridad sobre como enfrentar los asuntos que se acumulan en la vida republicana. Un gobierno rápida y prematuramente desgastado por la gestión de la crisis económica, por la multiplicación de las bestias negras de la inseguridad y la violencia criminal, o por los vientos en contra que soplan desde el norte, que amenazan las apuestas estratégicas construidas desde hace más de dos décadas en torno a la globalización, la liberalización o la democratización, son asuntos que aguardan con impaciencia una agenda renovada, con opciones y decisiones estratégicas para tiempos (otra vez) difíciles.
La amenaza mayor, de carácter coyuntural y acaso estructural, es la que se cierne sobre México desde la Casa Blanca. El viejo y de suyo agotado decálogo del “Consenso de Washington” parece haber sido arrinconado y enterrado por el monólogo imperial, nacionalista y patriotero del nuevo “Disenso de Trump”. Las ilusiones y entusiasmos con las reformas de mercado que nos conducirían tarde o temprano al progreso, la competitividad y la equidad social, y la mecánica del cambio político asociado a las reformas electorales y democratizadoras experimentadas durante los años noventa, fueron disipándose entre contradicciones y efectos perversos de las propias reformas. La desigualdad y la corrupción, la injusticia y la inseguridad, la desconfianza social en la política y en los políticos, la precariedad laboral, el pesimismo generalizado, la sensación o la certeza de que “peor” siempre es un concepto elástico, se amontonan en el escenario y las circunstancias de todos los días.
Pero sin duda la fuente más potente que domina el presente y al futuro es el trumpismo emergente, vociferante y amenazante, instalado estrambóticamente frente a los jardines del National Mall, en la capital de los Estados Unidos. Por las evidencias y las expectativas, por las señales y los hechos consumados, el gobierno y la sociedad mexicana tendrán que adaptarse rápidamente a vivir una temporada en el infierno.
La lógica del trumpismo es harto conocida y más o menos previsible. Se trata de golpes discursivos, gobernados por frecuentes ataques de incontinencia verbal que, montados en una oscura colección de prejuicios xenófobos e hiper-nacionalistas, apuntan directamente hacia México como fuente de experimentación y legitimación de las promesas de campaña y a la vez como escarnio para el resto de los países. Trump ha colocado a México como cabeza de turco de sus relatos, como el enemigo perfecto de sus intereses y proyectos. No se recuerda en la memoria reciente un caso similar, donde los reflejos antisistémicos siempre latentes en la sociedad norteamericana se hayan trasladado con nombre y apellido a vivir en la silla presidencial misma, justo a las orillas del río Potomac.
La estridencia vociferante del trumpismo va de la mano de su potencial destructivo. Es una estrategia dirigida a imponer, no a negociar; a engañar, no a convencer; a pontificar, no a dudar. Se trata de mostrar “hechos” e “información alternativa” como fuentes privilegiadas y exclusivas de ejercicio de las decisiones del poder presidencial, más que discutir desde la información pública –científica y técnica- argumentos, posiciones y decisiones. El anti-intelectualismo de Trump y de su gobierno va ligado a su profundo desprecio por los medios y las fuentes convencionales de información, de su desconfianza hacia medios y personas, su pragmatismo salvaje y, como afirma Aaron James, de su imbecilidad primaria (Trump. Ensayo sobre la imbecilidad, Malpaso, 2016, Barcelona)
Esa lógica (de alguna manera hay que llamarle) utiliza como recurso rutinario el de la “luz de gas” (gaslighting), un anglicismo que se refiere a la manipulación de las certezas, opiniones y creencias de otros para hacerlas parecer como falsas, como alucinaciones sin fundamento, como apreciaciones que no existen en la realidad. Se trata de un recurso de engaño y falsedad, para tratar de someter a los otros a las “verdades” propias, como únicas fuentes correctas de interpretación de la realidad. “Luz de gas” es una manera de designar el comportamiento de los demagogos en el ámbito político y de los psicópatas en el ámbito social, la manera en que un déspota, un dictador o un autócrata se presenta a sí mismo como poseedor único de verdades ocultas, como el elegido para representar los intereses del pueblo pero también el profeta de los designios de la Historia, del Destino Manifiesto, de Dios.
Frente a la tormenta, el poder intelectual de las universidades puede contribuir simbólicamente a combatir los efectos del temporal que se avecina. Pero el poder simbólico puede ayudar a definir escenarios, a redefinir agendas, a perfilar alternativas, a desmentir dichos, a contrastar la metafísica del trumpismo y lo que representa para México con la racionalidad de las evidencias y los argumentos. Las universidades mexicanas y sus organizaciones (ANUIES, por ejemplo) pueden ser parte de los muros de contención de los efectos destructivos de Trump y sus corifeos. El poder intelectual, simbólico, de las universidades puede ayudar a disipar los efectos de la luz de gas que hoy flota sobre las frías aguas del Potomac.
Friday, February 03, 2017
Thursday, January 19, 2017
Bauman: la experiencia líquida
Estación de paso
Bauman: la experiencia líquida
Adrián Acosta Silva
(Campus, 19/01/2017)
La semana pasada Roberto Rodríguez y Humberto Muñoz publicaron oportunamente en Campus sendos textos en torno a la trayectoria y obra del recientemente fallecido sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017). Se trata del último de los intelectuales crecidos y madurados en el contexto político, económico y cultural del siglo XX, esa generación que experimentó en carne propia los horrores de las guerras, el ascenso y caída de los totalitarismos, la construcción de los grandes estados sociales europeos y de los relatos exitosos sobre el bienestar, la justicia y la igualdad; pero es también el último de los grandes teóricos postmarxistas que atestiguaron la crisis de legitimación del capitalismo, el desgaste de las democracias liberales y representativas de los años setenta y ochenta, el ascenso del paradigma neoliberal como modelo dominante de gestión de las crisis económicas, y las secuelas de la globalización del capitalismo de casino que gobierna las economías y las sociedades nacionales desde los años noventa y las primera década del siglo XXI.
El concepto clave de la monumental obra de Bauman, con el que intenta explicar y actualizar la sensación de que “todo lo sólido se disuelve en el aire” (que enunciaran originalmente en el Manifiesto del Partido Comunista Marx y Engels a mediados del siglo XIX), es el de la “modernidad líquida”. Se trata de esa vaga experiencia surgida entre los escombros de la crisis del Estado de bienestar, la reorganización radical del mundo del trabajo, el ascenso imparable de la globalización, las crisis de gobernabilidad de las democracias, y la aparición de nuevos actores, intereses y orientaciones en el escenario mundial. Y con todo ello, la complicada mezcla de contradicciones, tensiones e incertidumbres sobre el presente y el futuro social del capitalismo y de las civilizaciones. El nuevo actor, el que más le interesó a Bauman en los últimos años de su vida y de sus obras, es el del “precariado”, ese enorme contingente de perdedores netos de la globalización, pero que es un “actor” sumido en el anonimato, sin voz y sin peso político específico, poco representado por sí mismo y difícilmente representable por otros, y entre cuyas filas destacan los miles de migrantes que desde África, Asia o Latinoamérica emprenden rutas suicidas hacia Europa o hacia los Estados Unidos, pero también aquellos que parecen condenados a sobrevivir por tiempo indefinido entre los pantanos del desempleo, el subempleo y los bajos salarios en las propias sociedades locales.
Extraños llamando a la puerta (Paidós, 2016) es la última de las obras escritas por Bauman y que trata justamente del tema migratorio y sus efectos en Europa y en el capitalismo occidental. En una entrevista publicada un día antes de su fallecimiento (La Vanguardia, Barcelona, 9/01/2017), el sociólogo afincado desde 1972 en la Universidad de Leeds, en Inglaterra, delineaba en grandes trazos dos problemas “compatibles y no excluyentes” que parecen dominar las crisis globales: la precarización y la migración. El desvanecimiento de las certezas vitales y económicas, el debilitamiento dramático del sentido mismo del largo plazo de la vida de millones de individuos tanto de las sociedades pobres como de los estratos sociales de ingresos bajos y medios, en virtud de las nuevas formas de regulación laboral, la pérdida de las redes de cohesión de los espacios públicos, la ruptura de las formas institucionales que proporcionaban seguridad, sentido de pertenencia e identidad, han incrementado la desigualdad, los comportamientos anómicos, el individualismo y el consumismo más feroz.
Contra las corrientes dominantes de la época, Bauman alertaba que las redes sociales son una forma de despolitización, la expresión más ruidosa y espectacular de la desigualdad y la pérdida de sentido de comunidad. Ello explica en parte el surgimiento de los nuevos populismos de derecha e izquierda, el ascenso de personajes como Donald Trump, “el candidato perfecto de la era viral”, en un mundo gobernado no por razones y argumentos sino por “emociones fuera de control, compartiendo lo que viene del inconsciente, odio, miedo a los otros, ira”. Su discurso es “exactamente lo que la gran mayoría del precariado y las antiguas clases trabajadoras querían oír, habiendo sido ignoradas durante muchos años, traicionadas, desposeídas y frustradas por un partido en el poder tras otro”.
Las crisis políticas occidentales son expresiones desorganizadas de la erosión acelerada de la confianza en la representación y en los liderazgos tradicionales. “Ahora ocurre el colapso de la confianza. La creencia de que los líderes no solo son corruptos o estúpidos, sino incapaces. El matrimonio entre poder y política en manos del estado nación ha terminado” (El País, 10/01/2017). En ese contexto, trenes y barcazas, vallas y muros, el regreso de los discursos del odio, hambre y desolación son las imágenes que pueblan extensas zonas del paisaje europeo y mundial. La desarticulación vertical y horizontal de los individuos y de sus grupos de referencia parecen explicar la confusión, la desesperación y la ausencia de oportunidades para los cerca de 200 millones de individuos que se trasladan en condiciones inhumanas de un lugar a otro, sea por causa de las guerras, del cambio climático o de la pobreza ancestral. Pero es también la sensación de amenaza y de miedo de muchos ciudadanos de perder su seguridad, sus valores y condiciones de bienestar lo que explica la reacción de bloquear la entrada a esos millones de personas que tocan cada vez más las puertas de sus casas. En esa vida líquida, las personas navegan a la deriva “en busca de un ancla”, afirma Bauman en su último libro, y ello parece explicar el retorno de los hombres o las mujeres “fuertes” en la arena política, por encima de partidos, ideologías o programas. Ese es el turbulento paisaje en el cual la muerte alcanzó al gran pensador polaco a sus 91 años, mientras dormía plácidamente en su casa de Leeds, junto al río Aire, en West Yorkshire, Inglaterra.
Bauman: la experiencia líquida
Adrián Acosta Silva
(Campus, 19/01/2017)
La semana pasada Roberto Rodríguez y Humberto Muñoz publicaron oportunamente en Campus sendos textos en torno a la trayectoria y obra del recientemente fallecido sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017). Se trata del último de los intelectuales crecidos y madurados en el contexto político, económico y cultural del siglo XX, esa generación que experimentó en carne propia los horrores de las guerras, el ascenso y caída de los totalitarismos, la construcción de los grandes estados sociales europeos y de los relatos exitosos sobre el bienestar, la justicia y la igualdad; pero es también el último de los grandes teóricos postmarxistas que atestiguaron la crisis de legitimación del capitalismo, el desgaste de las democracias liberales y representativas de los años setenta y ochenta, el ascenso del paradigma neoliberal como modelo dominante de gestión de las crisis económicas, y las secuelas de la globalización del capitalismo de casino que gobierna las economías y las sociedades nacionales desde los años noventa y las primera década del siglo XXI.
El concepto clave de la monumental obra de Bauman, con el que intenta explicar y actualizar la sensación de que “todo lo sólido se disuelve en el aire” (que enunciaran originalmente en el Manifiesto del Partido Comunista Marx y Engels a mediados del siglo XIX), es el de la “modernidad líquida”. Se trata de esa vaga experiencia surgida entre los escombros de la crisis del Estado de bienestar, la reorganización radical del mundo del trabajo, el ascenso imparable de la globalización, las crisis de gobernabilidad de las democracias, y la aparición de nuevos actores, intereses y orientaciones en el escenario mundial. Y con todo ello, la complicada mezcla de contradicciones, tensiones e incertidumbres sobre el presente y el futuro social del capitalismo y de las civilizaciones. El nuevo actor, el que más le interesó a Bauman en los últimos años de su vida y de sus obras, es el del “precariado”, ese enorme contingente de perdedores netos de la globalización, pero que es un “actor” sumido en el anonimato, sin voz y sin peso político específico, poco representado por sí mismo y difícilmente representable por otros, y entre cuyas filas destacan los miles de migrantes que desde África, Asia o Latinoamérica emprenden rutas suicidas hacia Europa o hacia los Estados Unidos, pero también aquellos que parecen condenados a sobrevivir por tiempo indefinido entre los pantanos del desempleo, el subempleo y los bajos salarios en las propias sociedades locales.
Extraños llamando a la puerta (Paidós, 2016) es la última de las obras escritas por Bauman y que trata justamente del tema migratorio y sus efectos en Europa y en el capitalismo occidental. En una entrevista publicada un día antes de su fallecimiento (La Vanguardia, Barcelona, 9/01/2017), el sociólogo afincado desde 1972 en la Universidad de Leeds, en Inglaterra, delineaba en grandes trazos dos problemas “compatibles y no excluyentes” que parecen dominar las crisis globales: la precarización y la migración. El desvanecimiento de las certezas vitales y económicas, el debilitamiento dramático del sentido mismo del largo plazo de la vida de millones de individuos tanto de las sociedades pobres como de los estratos sociales de ingresos bajos y medios, en virtud de las nuevas formas de regulación laboral, la pérdida de las redes de cohesión de los espacios públicos, la ruptura de las formas institucionales que proporcionaban seguridad, sentido de pertenencia e identidad, han incrementado la desigualdad, los comportamientos anómicos, el individualismo y el consumismo más feroz.
Contra las corrientes dominantes de la época, Bauman alertaba que las redes sociales son una forma de despolitización, la expresión más ruidosa y espectacular de la desigualdad y la pérdida de sentido de comunidad. Ello explica en parte el surgimiento de los nuevos populismos de derecha e izquierda, el ascenso de personajes como Donald Trump, “el candidato perfecto de la era viral”, en un mundo gobernado no por razones y argumentos sino por “emociones fuera de control, compartiendo lo que viene del inconsciente, odio, miedo a los otros, ira”. Su discurso es “exactamente lo que la gran mayoría del precariado y las antiguas clases trabajadoras querían oír, habiendo sido ignoradas durante muchos años, traicionadas, desposeídas y frustradas por un partido en el poder tras otro”.
Las crisis políticas occidentales son expresiones desorganizadas de la erosión acelerada de la confianza en la representación y en los liderazgos tradicionales. “Ahora ocurre el colapso de la confianza. La creencia de que los líderes no solo son corruptos o estúpidos, sino incapaces. El matrimonio entre poder y política en manos del estado nación ha terminado” (El País, 10/01/2017). En ese contexto, trenes y barcazas, vallas y muros, el regreso de los discursos del odio, hambre y desolación son las imágenes que pueblan extensas zonas del paisaje europeo y mundial. La desarticulación vertical y horizontal de los individuos y de sus grupos de referencia parecen explicar la confusión, la desesperación y la ausencia de oportunidades para los cerca de 200 millones de individuos que se trasladan en condiciones inhumanas de un lugar a otro, sea por causa de las guerras, del cambio climático o de la pobreza ancestral. Pero es también la sensación de amenaza y de miedo de muchos ciudadanos de perder su seguridad, sus valores y condiciones de bienestar lo que explica la reacción de bloquear la entrada a esos millones de personas que tocan cada vez más las puertas de sus casas. En esa vida líquida, las personas navegan a la deriva “en busca de un ancla”, afirma Bauman en su último libro, y ello parece explicar el retorno de los hombres o las mujeres “fuertes” en la arena política, por encima de partidos, ideologías o programas. Ese es el turbulento paisaje en el cual la muerte alcanzó al gran pensador polaco a sus 91 años, mientras dormía plácidamente en su casa de Leeds, junto al río Aire, en West Yorkshire, Inglaterra.
Monday, December 19, 2016
El milagro del azar
Estación de paso
El oscuro milagro del azar
Adrián Acosta Silva
El editor de libros (Genius por su título original en inglés) es una película recién estrenada en España sobre el mundo de los escritores y de quienes les publican (Reino Unido/EU, 2016). Pero no es sólo eso. Se trata de una exploración más profunda e inquietante sobre la creatividad literaria y la vitalidad intelectual, sobre el interés y la pasión por las palabras y los libros, sobre los inicios de la industria editorial moderna, pero es también una inmersión cinematográfica deslumbrante en torno a las relaciones entre las duras exigencias editoriales y la ética de la honestidad y del compromiso, de la coherencia y de la verdad.
La cinta gira alrededor de las relaciones entre un editor de libros (Max Perkins, interpretado por Colin Firth) y de un escritor célebre fallecido de manera prematura y sorprendente (Thomas Wolfe). Situada en el contexto de Nueva York al final de los años 20 y los primeros de 30´s, el director de la película (Michael Grandage) centra el enfoque en el nacimiento de una industria en un período de penurias económicas, incertidumbre y desesperación social. El jazz, el humo y el alcohol, las calles y los bares, teatros y veladas literarias, la crisis económica y su ejército de desempleados, sirven de marco a la vida de un editor profesional con buen oficio y olfato para detectar escritores prometedores. Perkins, quien antes de conocer a Wolfe ya había apoyado el lanzamiento de escritores de la época como F.S. Fitzgerald, Ernest Hemingway y posteriormente a autores como John Steinbeck, es un hombre decidido a comprometer el futuro de su empresa editorial (Scribners and Sons) con la promoción de buenos escritores y libros.
A finales de 1929 se acerca a su oficina un joven impulsivo e irreverente, locuaz y envolvente (Thomas Wolfe, interpretado estupendamente por Jude Law), que le entrega un enorme manuscrito de cientos de páginas para su revisión. Como ya lo han rechazado en otras editoriales, Wolfe no se hace muchas ilusiones y se muestra escéptico y bromista sobre la posible respuesta de Perkins. Sin embargo, este, luego de leer el texto, queda impactado por la prosa deslumbrante y el estilo de Wolfe. Eso explica la edición del primero de los dos libros que publicó en vida el gran escritor norteamericano: Look Homeward, Angel, (“El ángel que nos mira”), publicada originalmente en 1929. El otro sería editado y publicado en 1935, tres años antes de su muerte: Of Time and the River (“Del tiempo y el río”).
La historia de esa relación entre un escritor y su editor marca el ritmo de la cinta. Se trata de un ejercicio de admiración mutua, donde los límites editoriales y los impulsos creativos son fuerzas en tensión. Inundado por una fuerza literaria descomunal, Wolfe escribe todo el tiempo, en cualquier parte, a cualquier hora. Miles de páginas se acumulan en su casa y escritorio, escritas a mano, garabatos y tachones incluídos. La mirada experta de Perkins identifica repeticiones, excesos, divagaciones innecesarias, ideas no resueltas, personajes prescindibles en las primeras novelas de Wolfe. Al mismo tiempo, éste sumerge a su editor en sus aficiones y sus relaciones personales, como una manera de comprender el ritmo vital de su existencia, de sus lecturas y de sus obras. Ahí, el jazz, el alcohol y los burdeles de negros neoyorkinos, la relación tortuosa con su amante (interpretada sobriamente por Nicole Kidman), marcan el territorio existencial de un escritor consumido por la creatividad, los excesos y la pasión literaria.
Por ahí desfilan las vidas de un Fitzgerald sumido en una crisis de creatividad, agobiado por las deudas financieras y por la enfermedad psiquiátrica de su esposa, Zelda. También aparece por ahí Hemingway, en plena fuerza física y soberbia intelectual, mirando con escepticismo a las nuevas promesas de la novela como Wolfe. En ese ambiente irrepetible, la historia de las relaciones entre el escritor y el editor conduce al callejón sin salida del desencuentro y la ruptura. La fama, el dinero, los egos descontrolados y las envidias que suelen caracterizar el mundo de los escritores, la búsqueda de la gloria y del reconocimiento, la crítica despiadada de obras y personajes, la desmesura como rebeldía frente a los límites, las exigencias de productividad de la industria editorial, marcarán el tono de los problemas que enfrían y luego disuelven la amistad y el trabajo entre editor y escritor.
La prematura muerte de Wolfe a los 37 años de edad, debida a una tuberculosis miliar, marca el fin de una historia y de una época irrepetibles en términos culturales. La industria editorial crecerá y se diversificará como nunca antes y nuevas generaciones de escritores, de novelistas y poetas, llegarán a renovar las estanterías y librerías en todo el mundo. El mercado editorial había nacido y con él la despiadada competencia entre editores y escritores por conquistar nuevos lectores. Pero El editor de libros esconde un par de secretos que, bien buscados, trascienden la época, el contexto y los personajes de ocasión. Uno de ellos es la convicción de que un buen editor “debe, siempre, ser anónimo”, como le confiesa Perkins al joven escritor en algún momento de la cinta. El otro gran secreto es un misterio: la inspiración solo puede ser, como la vida misma, el fruto del “oscuro milagro del azar”, como escribe Wolfe en El ángel que nos mira.
El Born, Barcelona, diciembre de 2016
El oscuro milagro del azar
Adrián Acosta Silva
El editor de libros (Genius por su título original en inglés) es una película recién estrenada en España sobre el mundo de los escritores y de quienes les publican (Reino Unido/EU, 2016). Pero no es sólo eso. Se trata de una exploración más profunda e inquietante sobre la creatividad literaria y la vitalidad intelectual, sobre el interés y la pasión por las palabras y los libros, sobre los inicios de la industria editorial moderna, pero es también una inmersión cinematográfica deslumbrante en torno a las relaciones entre las duras exigencias editoriales y la ética de la honestidad y del compromiso, de la coherencia y de la verdad.
La cinta gira alrededor de las relaciones entre un editor de libros (Max Perkins, interpretado por Colin Firth) y de un escritor célebre fallecido de manera prematura y sorprendente (Thomas Wolfe). Situada en el contexto de Nueva York al final de los años 20 y los primeros de 30´s, el director de la película (Michael Grandage) centra el enfoque en el nacimiento de una industria en un período de penurias económicas, incertidumbre y desesperación social. El jazz, el humo y el alcohol, las calles y los bares, teatros y veladas literarias, la crisis económica y su ejército de desempleados, sirven de marco a la vida de un editor profesional con buen oficio y olfato para detectar escritores prometedores. Perkins, quien antes de conocer a Wolfe ya había apoyado el lanzamiento de escritores de la época como F.S. Fitzgerald, Ernest Hemingway y posteriormente a autores como John Steinbeck, es un hombre decidido a comprometer el futuro de su empresa editorial (Scribners and Sons) con la promoción de buenos escritores y libros.
A finales de 1929 se acerca a su oficina un joven impulsivo e irreverente, locuaz y envolvente (Thomas Wolfe, interpretado estupendamente por Jude Law), que le entrega un enorme manuscrito de cientos de páginas para su revisión. Como ya lo han rechazado en otras editoriales, Wolfe no se hace muchas ilusiones y se muestra escéptico y bromista sobre la posible respuesta de Perkins. Sin embargo, este, luego de leer el texto, queda impactado por la prosa deslumbrante y el estilo de Wolfe. Eso explica la edición del primero de los dos libros que publicó en vida el gran escritor norteamericano: Look Homeward, Angel, (“El ángel que nos mira”), publicada originalmente en 1929. El otro sería editado y publicado en 1935, tres años antes de su muerte: Of Time and the River (“Del tiempo y el río”).
La historia de esa relación entre un escritor y su editor marca el ritmo de la cinta. Se trata de un ejercicio de admiración mutua, donde los límites editoriales y los impulsos creativos son fuerzas en tensión. Inundado por una fuerza literaria descomunal, Wolfe escribe todo el tiempo, en cualquier parte, a cualquier hora. Miles de páginas se acumulan en su casa y escritorio, escritas a mano, garabatos y tachones incluídos. La mirada experta de Perkins identifica repeticiones, excesos, divagaciones innecesarias, ideas no resueltas, personajes prescindibles en las primeras novelas de Wolfe. Al mismo tiempo, éste sumerge a su editor en sus aficiones y sus relaciones personales, como una manera de comprender el ritmo vital de su existencia, de sus lecturas y de sus obras. Ahí, el jazz, el alcohol y los burdeles de negros neoyorkinos, la relación tortuosa con su amante (interpretada sobriamente por Nicole Kidman), marcan el territorio existencial de un escritor consumido por la creatividad, los excesos y la pasión literaria.
Por ahí desfilan las vidas de un Fitzgerald sumido en una crisis de creatividad, agobiado por las deudas financieras y por la enfermedad psiquiátrica de su esposa, Zelda. También aparece por ahí Hemingway, en plena fuerza física y soberbia intelectual, mirando con escepticismo a las nuevas promesas de la novela como Wolfe. En ese ambiente irrepetible, la historia de las relaciones entre el escritor y el editor conduce al callejón sin salida del desencuentro y la ruptura. La fama, el dinero, los egos descontrolados y las envidias que suelen caracterizar el mundo de los escritores, la búsqueda de la gloria y del reconocimiento, la crítica despiadada de obras y personajes, la desmesura como rebeldía frente a los límites, las exigencias de productividad de la industria editorial, marcarán el tono de los problemas que enfrían y luego disuelven la amistad y el trabajo entre editor y escritor.
La prematura muerte de Wolfe a los 37 años de edad, debida a una tuberculosis miliar, marca el fin de una historia y de una época irrepetibles en términos culturales. La industria editorial crecerá y se diversificará como nunca antes y nuevas generaciones de escritores, de novelistas y poetas, llegarán a renovar las estanterías y librerías en todo el mundo. El mercado editorial había nacido y con él la despiadada competencia entre editores y escritores por conquistar nuevos lectores. Pero El editor de libros esconde un par de secretos que, bien buscados, trascienden la época, el contexto y los personajes de ocasión. Uno de ellos es la convicción de que un buen editor “debe, siempre, ser anónimo”, como le confiesa Perkins al joven escritor en algún momento de la cinta. El otro gran secreto es un misterio: la inspiración solo puede ser, como la vida misma, el fruto del “oscuro milagro del azar”, como escribe Wolfe en El ángel que nos mira.
El Born, Barcelona, diciembre de 2016
Thursday, December 15, 2016
Estupidez
Estación de paso
El poder de la estupidez
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 15/12/2016)
El señor T. se mueve bajo un halo de decorosa estupidez;
una estupidez minuciosa, de meticulísima pompa.
Leonardo Sciascia, “El señor T. protege al pueblo” (1947)
La estupidez, junto con la inteligencia, es uno de los grandes temas de las sociedades antiguas y contemporáneas. El punto de partida de muchas de las discusiones sobre el asunto tiene que ver con el hecho de que en todas las épocas y en todas las sociedades hay estúpidos, al igual que hay listos y tontos, oportunistas e ingenuos. Su distribución no respeta raza ni nacionalidad, posición social o género. Ambos conjuntos se superponen, coexisten y traspasan continuamente sus fronteras. El problema es definir qué es la estupidez, y construir esa definición constituye un desafío formidable para el sentido común, pero también para la psicología, la filosofía o para las ciencias sociales en general. Dostoievsky, que algo sabía de la naturaleza humana, en algún momento escribió: “El hombre es estúpido, fenomenalmente estúpido”.
Algunos pensadores se han arriesgado a pensar seriamente en el tema, con el riesgo de provocar risas, enojo o ira, según sea quien los escuche o los lea. Johann Eduard Erdmann (1805-1892), por ejemplo, un estudiante alemán discípulo de Hegel, lanzó el dardo envenenado sobre el tema de la estupidez humana en pleno siglo XIX, con el auge del racionalismo y las herencias del siglo de las luces en Europa. En una época en la que en nombre de la razón se intentaba borrar todo vestigio de los impulsos y emociones irracionales de la vida social, Erdmann recordó que la estupidez es una de las características esenciales de la vida en sociedad, el recordatorio incómodo de la imperfección humana, las limitaciones infranqueables del cálculo y el comportamiento racional. En 1866, en Berlín, recordaba frente a un grupo de filósofos que los griegos inventaron para el estúpido la expresión “idiota”, que significa el aislamiento del individuo de su núcleo social, el ensimismamiento, la reflexión del individuo en un mundo cerrado que no sobrepasa nunca las fronteras de su propio pensamiento. Por ello, Erdmann proponía definir a la estupidez como “el estado mental en que el individuo se considera a sí mismo y la relación consigo mismo como único criterio de la verdad y el valor; o dicho más brevemente: en que lo juzga todo sólo a partir de sí mismo” (Sobre la estupidez, ABADA Ediciones, 2007, Madrid, p.92)
Robert Musil, casi 70 años después, en 1937, en Viena, retomaba con brío reflexivo el gran tema de la estupidez que había iniciado antes el filósofo Erdmann. A diferencia de éste, Musil confesaba no conocer ninguna teoría sólida sobre la estupidez, y se declaraba incompetente para definirla con precisión. Cuestionaba los acercamientos que intentan considerarla sinónimo de la incapacidad, de la falta de inteligencia, de tontería, de ineficiencia. Pero reflexionaba con agudeza sobre el tema, al distinguir dos tipos de estupidez, muy distintos entre sí: “una estupidez franca y sencilla” y otra estupidez elaborada, “más elevada y con pretensiones”. La primera tiene expresiones que se acercan a lo artístico, cierta candidez e ingenuidad que suelen ser alojadas en distintas formas poéticas; la segunda es, por el contrario, una malformación, una formación mal realizada, que se expresa en inconstancia y malos resultados. En cualquiera de los dos tipos, decía Musil, la estupidez puede ser un arte, sea por la vía de la ignorancia ingenua, sea por la vía del cálculo fallido. Si ser estúpido es hablar sobre lo que no se sabe, con la seguridad de quien se asume como sabio, la única salida contra la estupidez es la modestia, señalaba el autor de El hombre sin atributos.
La ubicuidad de la estupidez humana llevó a un gran historiador económico italiano, Carlo M. Cipolla, a escribir en 1988 un pequeño tratado titulado justamente Las leyes fundamentales de la estupidez humana (Crítica, Barcelona, 2013). Ahí, su autor describió lo que considera las 5 leyes principales de la estupidez. La primera de ellas es que “siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; la segunda es que “la probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”; la tercera es la denominada por Cipolla como la Ley de oro: “una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. La cuarta es que “las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas no estúpidas...” Finalmente, la quinta ley de Cipolla sobre el tema es que “la persona estúpida es la persona más peligrosa que existe.”
Musil, Erdmann y Cipolla confirman que la estupidez es una bestia ingobernable, un animal ubicuo, propio de todos los tiempos y climas intelectuales, sociales y políticos. Sea en forma de especulaciones, de reflexiones o de leyes, la descripción del fenómeno se ajusta a lo que los antiguos y los modernos asocian a la condición humana. Eso mismo que describía con crueldad maligna hace muchos años un agnóstico célebre, Frank Zappa: “Algunos científicos afirman que el hidrógeno, por ser tan abundante, es el componente básico del universo. No estoy de acuerdo, pues hay más estupidez que hidrógeno, y es aquella el componente básico del universo.” Ahora que presenciamos el resurgimiento de tendencias que promueven la censura de obras clásicas como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, o Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, “por herir la sensibilidad” de un niño del condado de Virgina, o cuando se instala la política de la “posverdad” como eje del discurso dominante de los nuevos populismos de izquierda o de derecha, no queda más remedio que confirmar las palabras sabias de Ambrose Bierce: “la estupidez nunca yerra y jamás descansa”.
El poder de la estupidez
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 15/12/2016)
El señor T. se mueve bajo un halo de decorosa estupidez;
una estupidez minuciosa, de meticulísima pompa.
Leonardo Sciascia, “El señor T. protege al pueblo” (1947)
La estupidez, junto con la inteligencia, es uno de los grandes temas de las sociedades antiguas y contemporáneas. El punto de partida de muchas de las discusiones sobre el asunto tiene que ver con el hecho de que en todas las épocas y en todas las sociedades hay estúpidos, al igual que hay listos y tontos, oportunistas e ingenuos. Su distribución no respeta raza ni nacionalidad, posición social o género. Ambos conjuntos se superponen, coexisten y traspasan continuamente sus fronteras. El problema es definir qué es la estupidez, y construir esa definición constituye un desafío formidable para el sentido común, pero también para la psicología, la filosofía o para las ciencias sociales en general. Dostoievsky, que algo sabía de la naturaleza humana, en algún momento escribió: “El hombre es estúpido, fenomenalmente estúpido”.
Algunos pensadores se han arriesgado a pensar seriamente en el tema, con el riesgo de provocar risas, enojo o ira, según sea quien los escuche o los lea. Johann Eduard Erdmann (1805-1892), por ejemplo, un estudiante alemán discípulo de Hegel, lanzó el dardo envenenado sobre el tema de la estupidez humana en pleno siglo XIX, con el auge del racionalismo y las herencias del siglo de las luces en Europa. En una época en la que en nombre de la razón se intentaba borrar todo vestigio de los impulsos y emociones irracionales de la vida social, Erdmann recordó que la estupidez es una de las características esenciales de la vida en sociedad, el recordatorio incómodo de la imperfección humana, las limitaciones infranqueables del cálculo y el comportamiento racional. En 1866, en Berlín, recordaba frente a un grupo de filósofos que los griegos inventaron para el estúpido la expresión “idiota”, que significa el aislamiento del individuo de su núcleo social, el ensimismamiento, la reflexión del individuo en un mundo cerrado que no sobrepasa nunca las fronteras de su propio pensamiento. Por ello, Erdmann proponía definir a la estupidez como “el estado mental en que el individuo se considera a sí mismo y la relación consigo mismo como único criterio de la verdad y el valor; o dicho más brevemente: en que lo juzga todo sólo a partir de sí mismo” (Sobre la estupidez, ABADA Ediciones, 2007, Madrid, p.92)
Robert Musil, casi 70 años después, en 1937, en Viena, retomaba con brío reflexivo el gran tema de la estupidez que había iniciado antes el filósofo Erdmann. A diferencia de éste, Musil confesaba no conocer ninguna teoría sólida sobre la estupidez, y se declaraba incompetente para definirla con precisión. Cuestionaba los acercamientos que intentan considerarla sinónimo de la incapacidad, de la falta de inteligencia, de tontería, de ineficiencia. Pero reflexionaba con agudeza sobre el tema, al distinguir dos tipos de estupidez, muy distintos entre sí: “una estupidez franca y sencilla” y otra estupidez elaborada, “más elevada y con pretensiones”. La primera tiene expresiones que se acercan a lo artístico, cierta candidez e ingenuidad que suelen ser alojadas en distintas formas poéticas; la segunda es, por el contrario, una malformación, una formación mal realizada, que se expresa en inconstancia y malos resultados. En cualquiera de los dos tipos, decía Musil, la estupidez puede ser un arte, sea por la vía de la ignorancia ingenua, sea por la vía del cálculo fallido. Si ser estúpido es hablar sobre lo que no se sabe, con la seguridad de quien se asume como sabio, la única salida contra la estupidez es la modestia, señalaba el autor de El hombre sin atributos.
La ubicuidad de la estupidez humana llevó a un gran historiador económico italiano, Carlo M. Cipolla, a escribir en 1988 un pequeño tratado titulado justamente Las leyes fundamentales de la estupidez humana (Crítica, Barcelona, 2013). Ahí, su autor describió lo que considera las 5 leyes principales de la estupidez. La primera de ellas es que “siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; la segunda es que “la probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”; la tercera es la denominada por Cipolla como la Ley de oro: “una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. La cuarta es que “las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas no estúpidas...” Finalmente, la quinta ley de Cipolla sobre el tema es que “la persona estúpida es la persona más peligrosa que existe.”
Musil, Erdmann y Cipolla confirman que la estupidez es una bestia ingobernable, un animal ubicuo, propio de todos los tiempos y climas intelectuales, sociales y políticos. Sea en forma de especulaciones, de reflexiones o de leyes, la descripción del fenómeno se ajusta a lo que los antiguos y los modernos asocian a la condición humana. Eso mismo que describía con crueldad maligna hace muchos años un agnóstico célebre, Frank Zappa: “Algunos científicos afirman que el hidrógeno, por ser tan abundante, es el componente básico del universo. No estoy de acuerdo, pues hay más estupidez que hidrógeno, y es aquella el componente básico del universo.” Ahora que presenciamos el resurgimiento de tendencias que promueven la censura de obras clásicas como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, o Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, “por herir la sensibilidad” de un niño del condado de Virgina, o cuando se instala la política de la “posverdad” como eje del discurso dominante de los nuevos populismos de izquierda o de derecha, no queda más remedio que confirmar las palabras sabias de Ambrose Bierce: “la estupidez nunca yerra y jamás descansa”.
Thursday, December 01, 2016
Racionalidad, populismo y legitimidad
Estación de paso
Racionalidad, populismo y legitimidad
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 01/12/2016)
Las implicaciones de la elección de Donald Trump para la educación superior afectan no solamente a las universidades estadounidenses sino también a muchas otras instituciones de todas partes del mundo, incluyendo por supuesto a las universidades públicas mexicanas. “Hacer grande a América”, su lema de campaña, significa entre otras cosas “empequeñecer” al mundo no americano. Pero aún antes y durante su campaña electoral, el ahora presidente electo de los EU ha mostrado sus credenciales en el tema, que son hasta ahora una desordenada colección de prejuicios arraigados, ignorancia pura y cálculos pedestres de rentabilidad económica, cuya expresión empírica más grotesca es “Trump University”, su fallida incursión en el campo de la educación terciaria. Sin embargo, quizá conviene enumerar algunos de los rasgos que caracterizan los distintos escenarios que el nuevo gobierno norteamericano y la coalición derechista que encabeza puede enfrentar en los próximos años.
1. El gobierno federal es un actor débil en la educación superior norteamericana. Históricamente, la educación superior en los EU descansa en una lógica local e institucional bastante autónoma y peculiar. Sus formas de organización y coordinación son diversas y complejas, pues mecanismos de mercado y de compromiso local aseguran una baja influencia del Departamento de Educación del Gobierno Federal o de los gobiernos estatales en su operación y funcionamiento regular. La complicada red de universidades privadas de elite (“Ivy League”), universidades públicas estatales, institutos y community colleges, conforman un territorio difícil de controlar por un actor central.
2. Es en el campo de la ciencia y la tecnología donde los fondos federales pueden jugar un papel importante en algunas áreas y disciplinas. Sin embargo, su reducción o re-direccionamiento implican una delicada y espesa red de gestión y aprobación que involucra a diversas agencias gubernamentales, patrocinios privados y políticas locales o institucionales que resultan de difícil regulación y acceso por parte del gobierno federal. Será interesante observar si el bronco estilo gerencial-empresarial del gobierno de Trump, basado en un esquema elemental de amenazas, incentivos y recompensas, puede alterar la distribución de fondos para áreas críticas como la investigación aeroespacial, la biogenética, el cambio climático o la astrofísica.
3. La intensa movilidad internacional de profesores y estudiantes es uno de los rasgos históricos de las universidades norteamericanas. Hombres y mujeres de todo el mundo académico estudian o investigan en los diversos campus universitarios de aquel país, y muchos profesores, investigadores y estudiantes de posgrado y pregrado realizan estancias más o menos prolongadas en universidades asiáticas o europeas, y, en menor escala, en las universidades latinoamericanas o africanas. Esa movilidad permite la formación de redes en torno a proyectos o experiencias que nutren la vitalidad académica en muchas disciplinas y áreas de conocimiento en las propias instituciones educativas norteamericanas. Hasta el momento, no se ve claro que tiene pensado hacer (o no hacer) el gobierno trumpista al respecto.
4. Para el caso mexicano, la vecindad académica con los EU es un factor que ha estimulado proyectos conjuntos entre universidades de ambos lados de la frontera desde mediados del siglo XX. Intercambios, proyectos, seminarios, congresos, asociaciones, redes, flujos de información, son acciones cotidianas y regulares desde hace muchos años, y buena parte de las políticas y acciones de no pocas universidades públicas y privadas mexicanas tienen que ver con el fortalecimiento de esa dinámica de intercambios académicos. ¿Puede cambiar un nuevo gobierno federal esa dinámica? ¿Hasta dónde? Las universidades de la costa este y oeste, o de entidades con fuerte presencia latina como Nuevo México o como Illinois, (justamente las que se ubican en territorios que no votaron por Trump), y que tradicionalmente han hecho de esas rutinas un estilo académico, ¿cómo reaccionarán frente a un eventual nuevo paquete de restricciones del gobierno federal?
5. La mezcla entre neopopulismo y “post-verdad” parece estar en la base de la explicación de las nuevas crisis de las democracias occidentales, incluida por supuesto la del vecino del norte. El imperio de las creencias y de la fe, el escepticismo con los partidos, las instituciones y las clases políticas tradicionales, la creciente desconfianza hacia las explicaciones racionales, científicas, en amplios sectores de la ciudadanía, sin olvidar el papel no menor de la estupidez en la construcción de las preferencias sociales, constituyen los rasgos centrales del poder político de personajes como Trump. Esa ola de anti-intelectualismo y de oscurantismo del nuevo populismo norteamericano afecta de manera directa la legitimidad de las instituciones universitarias y lo que ellas representan.
6. Hasta ahora, ni el gobierno federal mexicano (CONACYT, SEP), ni las universidades públicas o privadas mexicanas o sus organismos representativos (ANUIES, FIMPES), ni los representantes políticos mexicanos (Cámaras de Diputados o de Senadores), se han manifestado con claridad y cohesión política en torno a las implicaciones, riesgos y amenazas del nuevo gobierno norteamericano para nuestros estudiantes, profesores e instituciones. Aunque se entiende que la cautela y la prudencia se impongan como criterios de (in)acción en los próximos dos meses (antes de la toma de posesión del Sr. Trump como Presidente), intentando calibrar el impacto de las políticas (u ocurrencias) del empresario neoyorkino especializado en hoteles y casinos, no parece adecuado que ni las universidades ni el gobierno mexicano asuman un papel pasivo frente a los humores proteccionistas, xenófobos y racistas que destila el discurso del nuevo gobierno norteamericano, humores que se encargó de sembrar con esmero el candidato republicano a lo largo del último año.
En cualquier escenario razonablemente imaginable, el nuevo gobierno de los Estados Unidos representa un cambio en las reglas del juego político y de políticas en la educación superior que supone un desafío estratégico para el gobierno y las universidades mexicanas. En esas circunstancias, parece indispensable un posicionamiento institucional claro, coordinado, que permita a las universidades mexicanas gestionar sus intereses en un marco común. De otra forma, las amenazas y bravuconadas del Presidente electo pueden tener un efecto corrosivo en las relaciones entre las universidades de ambos lados de la frontera.
Racionalidad, populismo y legitimidad
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 01/12/2016)
Las implicaciones de la elección de Donald Trump para la educación superior afectan no solamente a las universidades estadounidenses sino también a muchas otras instituciones de todas partes del mundo, incluyendo por supuesto a las universidades públicas mexicanas. “Hacer grande a América”, su lema de campaña, significa entre otras cosas “empequeñecer” al mundo no americano. Pero aún antes y durante su campaña electoral, el ahora presidente electo de los EU ha mostrado sus credenciales en el tema, que son hasta ahora una desordenada colección de prejuicios arraigados, ignorancia pura y cálculos pedestres de rentabilidad económica, cuya expresión empírica más grotesca es “Trump University”, su fallida incursión en el campo de la educación terciaria. Sin embargo, quizá conviene enumerar algunos de los rasgos que caracterizan los distintos escenarios que el nuevo gobierno norteamericano y la coalición derechista que encabeza puede enfrentar en los próximos años.
1. El gobierno federal es un actor débil en la educación superior norteamericana. Históricamente, la educación superior en los EU descansa en una lógica local e institucional bastante autónoma y peculiar. Sus formas de organización y coordinación son diversas y complejas, pues mecanismos de mercado y de compromiso local aseguran una baja influencia del Departamento de Educación del Gobierno Federal o de los gobiernos estatales en su operación y funcionamiento regular. La complicada red de universidades privadas de elite (“Ivy League”), universidades públicas estatales, institutos y community colleges, conforman un territorio difícil de controlar por un actor central.
2. Es en el campo de la ciencia y la tecnología donde los fondos federales pueden jugar un papel importante en algunas áreas y disciplinas. Sin embargo, su reducción o re-direccionamiento implican una delicada y espesa red de gestión y aprobación que involucra a diversas agencias gubernamentales, patrocinios privados y políticas locales o institucionales que resultan de difícil regulación y acceso por parte del gobierno federal. Será interesante observar si el bronco estilo gerencial-empresarial del gobierno de Trump, basado en un esquema elemental de amenazas, incentivos y recompensas, puede alterar la distribución de fondos para áreas críticas como la investigación aeroespacial, la biogenética, el cambio climático o la astrofísica.
3. La intensa movilidad internacional de profesores y estudiantes es uno de los rasgos históricos de las universidades norteamericanas. Hombres y mujeres de todo el mundo académico estudian o investigan en los diversos campus universitarios de aquel país, y muchos profesores, investigadores y estudiantes de posgrado y pregrado realizan estancias más o menos prolongadas en universidades asiáticas o europeas, y, en menor escala, en las universidades latinoamericanas o africanas. Esa movilidad permite la formación de redes en torno a proyectos o experiencias que nutren la vitalidad académica en muchas disciplinas y áreas de conocimiento en las propias instituciones educativas norteamericanas. Hasta el momento, no se ve claro que tiene pensado hacer (o no hacer) el gobierno trumpista al respecto.
4. Para el caso mexicano, la vecindad académica con los EU es un factor que ha estimulado proyectos conjuntos entre universidades de ambos lados de la frontera desde mediados del siglo XX. Intercambios, proyectos, seminarios, congresos, asociaciones, redes, flujos de información, son acciones cotidianas y regulares desde hace muchos años, y buena parte de las políticas y acciones de no pocas universidades públicas y privadas mexicanas tienen que ver con el fortalecimiento de esa dinámica de intercambios académicos. ¿Puede cambiar un nuevo gobierno federal esa dinámica? ¿Hasta dónde? Las universidades de la costa este y oeste, o de entidades con fuerte presencia latina como Nuevo México o como Illinois, (justamente las que se ubican en territorios que no votaron por Trump), y que tradicionalmente han hecho de esas rutinas un estilo académico, ¿cómo reaccionarán frente a un eventual nuevo paquete de restricciones del gobierno federal?
5. La mezcla entre neopopulismo y “post-verdad” parece estar en la base de la explicación de las nuevas crisis de las democracias occidentales, incluida por supuesto la del vecino del norte. El imperio de las creencias y de la fe, el escepticismo con los partidos, las instituciones y las clases políticas tradicionales, la creciente desconfianza hacia las explicaciones racionales, científicas, en amplios sectores de la ciudadanía, sin olvidar el papel no menor de la estupidez en la construcción de las preferencias sociales, constituyen los rasgos centrales del poder político de personajes como Trump. Esa ola de anti-intelectualismo y de oscurantismo del nuevo populismo norteamericano afecta de manera directa la legitimidad de las instituciones universitarias y lo que ellas representan.
6. Hasta ahora, ni el gobierno federal mexicano (CONACYT, SEP), ni las universidades públicas o privadas mexicanas o sus organismos representativos (ANUIES, FIMPES), ni los representantes políticos mexicanos (Cámaras de Diputados o de Senadores), se han manifestado con claridad y cohesión política en torno a las implicaciones, riesgos y amenazas del nuevo gobierno norteamericano para nuestros estudiantes, profesores e instituciones. Aunque se entiende que la cautela y la prudencia se impongan como criterios de (in)acción en los próximos dos meses (antes de la toma de posesión del Sr. Trump como Presidente), intentando calibrar el impacto de las políticas (u ocurrencias) del empresario neoyorkino especializado en hoteles y casinos, no parece adecuado que ni las universidades ni el gobierno mexicano asuman un papel pasivo frente a los humores proteccionistas, xenófobos y racistas que destila el discurso del nuevo gobierno norteamericano, humores que se encargó de sembrar con esmero el candidato republicano a lo largo del último año.
En cualquier escenario razonablemente imaginable, el nuevo gobierno de los Estados Unidos representa un cambio en las reglas del juego político y de políticas en la educación superior que supone un desafío estratégico para el gobierno y las universidades mexicanas. En esas circunstancias, parece indispensable un posicionamiento institucional claro, coordinado, que permita a las universidades mexicanas gestionar sus intereses en un marco común. De otra forma, las amenazas y bravuconadas del Presidente electo pueden tener un efecto corrosivo en las relaciones entre las universidades de ambos lados de la frontera.
Thursday, November 17, 2016
La respuesta no está en el viento
Estación de paso
La respuesta no está en el viento
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 17/11/2016)
La sorprendente y preocupante victoria electoral de Donald Trump en los Estados Unidos ocurrida la semana pasada cierra prematuramente un annus horribilis para las democracias contemporáneas. Luego del triunfo del Brexit en Gran Bretaña y del No por la paz en Colombia, y en el contexto del resurgimiento de microclimas neo-puritanos y no democráticos en distintas sociedades locales, el panorama luce desolador para las fuerzas de la izquierda, pero también para intelectuales, medios de comunicación y políticos más o menos tradicionales. Ningún esfuerzo de economía explicativa es capaz de ofrecer una visión comprensiva de lo que ocurre hoy en el mundo de las relaciones entre política y cultura, entre estado y sociedad, en distintas partes del mundo y con diversas circunstancias nacionales. La perplejidad, la incredulidad y el asombro se consolidan como signo de los tiempos.
Pero es sin duda el fenómeno Trump el que más atrae la atención por sus implicaciones regionales y globales. Su triunfo electoral revela a la vez la profundidad de las fracturas sociales en el subsuelo cultural norteamericano, la distancia entre los hechos económicos y las percepciones sociales, la soberbia de académicos, intelectuales y comentaristas profesionales y amateurs de la vida pública norteamericana, el nuevo fracaso de los pronósticos que la mayoría de las encuestas y medios anunciaban incluso unas horas antes de las elecciones del 9 de noviembre. En el inventario negro de los hechos habría que añadir la acumulación de los déficits cognitivos sobre la cultura política en las democracias contemporáneas, la falta de nuevos anteojos teóricos y empíricos para analizar las fuerzas en tensión que producen comportamientos anti-sistémicos, la ridiculización de la política y de la vida pública, la ruptura con los valores, las creencias y los códigos básicos de la vida democrática moderna.
De pronto, el nuevo panorama político norteamericano y mundial dan la sensación de un regreso al futuro, la inescapable impresión de un retorno al siglo XIX más que un avance al siglo XXI. El lenguaje del odio, la xenofobia y la intolerancia impregna los relatos políticos que triunfan en el ánimo público. Y con ellos, la tentación de soltar los perros de la guerra racial y bélica acompaña el sonido y la furia de los nuevos liderazgos emergentes en distintas partes del planeta, de Manila a Washington, de París a Mosul, de Caracas a Moscú. Con asombro y curiosidad, o con preocupación y ansiedad, asistimos al triunfo multicolor de la simulación y de los simuladores, a la alucinación y alienación de la política como el arte de conquistar a las masas. Los políticos profesionales han cambiado de ropajes, de estilos y de sus posiciones en las apreciaciones del público. Las viejas profesiones tachadas como indignas o como deshonestas han mudado de piel y se han convertido en modelos a seguir e incluso idolatrar en los tiempos que corren, y Trump representa esa transición carnavalesca mejor que nadie.
Hans Magnus Enzensberger, fiel a su estilo, lo ha escrito recientemente de manera a la vez ácida y profunda: “El charlatán ascendió, en el siglo XX, a jefe de consorcio publicitario; el payaso se mudó en animador, moderador y presentador de espectáculos; incluso el humilde barbero sangrador se ha metamorfoseado en cirujano estético, y el adivino de feria en bien retribuido economista jefe(…) Los sucesores de los tahúres y fulleros se han dignificado como asesores inversionistas” (“Profesiones honestas y menos honestas”, en Panóptico, Malpaso, 2016, p.73). Esa mutación ha ocurrido en medio del estruendo de la globalización y del mercado, entre las voces que alababan el fin de la historia y el triunfo de la americanización del mundo, con invitados incómodos expresados en sangrientos estallidos de terrorismo, la persistencia de los fantasmas de la desigualdad y la pobreza, la profunda insatisfacción con la democracia y las cíclicas crisis o déficits de representación política de los partidos y de los políticos de profesión.
Mientras se digiere la amarga experiencia electoral norteamericana, nuevas nubes intelectuales y políticas se ciernen sobre el sueño americano, que se tornan pesadillas en el clima ideológico y político mundial. Paul Krugman, un economista inteligente y elegante que estaba muy seguro de la imposibilidad ética, política y económica del triunfo del candidato republicano hasta unos pocos días antes de la elección, lo señaló en la versión digital del New York Times con una mezcla de amargura, preocupación e ironía la noche del martes 9 de noviembre, justo cuando se comenzaban a confirmar las tendencias del triunfo de Trump frente a Hillary Clinton: “¿Será acaso que estamos frente a una sociedad y un Estado fallidos?”. Y como Krugman, muchos más se preguntan qué pasó, qué filtros fallaron, cuáles diques se rompieron, cuántas cosas no sabíamos. Habrá que revisar los anteojos sociológicos, las brújulas económicas y los mapas politológicos para tratar de buscar las respuestas, que en política, contra lo que canta Dylan, nunca están, nunca han estado, soplando en el viento.
La respuesta no está en el viento
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 17/11/2016)
La sorprendente y preocupante victoria electoral de Donald Trump en los Estados Unidos ocurrida la semana pasada cierra prematuramente un annus horribilis para las democracias contemporáneas. Luego del triunfo del Brexit en Gran Bretaña y del No por la paz en Colombia, y en el contexto del resurgimiento de microclimas neo-puritanos y no democráticos en distintas sociedades locales, el panorama luce desolador para las fuerzas de la izquierda, pero también para intelectuales, medios de comunicación y políticos más o menos tradicionales. Ningún esfuerzo de economía explicativa es capaz de ofrecer una visión comprensiva de lo que ocurre hoy en el mundo de las relaciones entre política y cultura, entre estado y sociedad, en distintas partes del mundo y con diversas circunstancias nacionales. La perplejidad, la incredulidad y el asombro se consolidan como signo de los tiempos.
Pero es sin duda el fenómeno Trump el que más atrae la atención por sus implicaciones regionales y globales. Su triunfo electoral revela a la vez la profundidad de las fracturas sociales en el subsuelo cultural norteamericano, la distancia entre los hechos económicos y las percepciones sociales, la soberbia de académicos, intelectuales y comentaristas profesionales y amateurs de la vida pública norteamericana, el nuevo fracaso de los pronósticos que la mayoría de las encuestas y medios anunciaban incluso unas horas antes de las elecciones del 9 de noviembre. En el inventario negro de los hechos habría que añadir la acumulación de los déficits cognitivos sobre la cultura política en las democracias contemporáneas, la falta de nuevos anteojos teóricos y empíricos para analizar las fuerzas en tensión que producen comportamientos anti-sistémicos, la ridiculización de la política y de la vida pública, la ruptura con los valores, las creencias y los códigos básicos de la vida democrática moderna.
De pronto, el nuevo panorama político norteamericano y mundial dan la sensación de un regreso al futuro, la inescapable impresión de un retorno al siglo XIX más que un avance al siglo XXI. El lenguaje del odio, la xenofobia y la intolerancia impregna los relatos políticos que triunfan en el ánimo público. Y con ellos, la tentación de soltar los perros de la guerra racial y bélica acompaña el sonido y la furia de los nuevos liderazgos emergentes en distintas partes del planeta, de Manila a Washington, de París a Mosul, de Caracas a Moscú. Con asombro y curiosidad, o con preocupación y ansiedad, asistimos al triunfo multicolor de la simulación y de los simuladores, a la alucinación y alienación de la política como el arte de conquistar a las masas. Los políticos profesionales han cambiado de ropajes, de estilos y de sus posiciones en las apreciaciones del público. Las viejas profesiones tachadas como indignas o como deshonestas han mudado de piel y se han convertido en modelos a seguir e incluso idolatrar en los tiempos que corren, y Trump representa esa transición carnavalesca mejor que nadie.
Hans Magnus Enzensberger, fiel a su estilo, lo ha escrito recientemente de manera a la vez ácida y profunda: “El charlatán ascendió, en el siglo XX, a jefe de consorcio publicitario; el payaso se mudó en animador, moderador y presentador de espectáculos; incluso el humilde barbero sangrador se ha metamorfoseado en cirujano estético, y el adivino de feria en bien retribuido economista jefe(…) Los sucesores de los tahúres y fulleros se han dignificado como asesores inversionistas” (“Profesiones honestas y menos honestas”, en Panóptico, Malpaso, 2016, p.73). Esa mutación ha ocurrido en medio del estruendo de la globalización y del mercado, entre las voces que alababan el fin de la historia y el triunfo de la americanización del mundo, con invitados incómodos expresados en sangrientos estallidos de terrorismo, la persistencia de los fantasmas de la desigualdad y la pobreza, la profunda insatisfacción con la democracia y las cíclicas crisis o déficits de representación política de los partidos y de los políticos de profesión.
Mientras se digiere la amarga experiencia electoral norteamericana, nuevas nubes intelectuales y políticas se ciernen sobre el sueño americano, que se tornan pesadillas en el clima ideológico y político mundial. Paul Krugman, un economista inteligente y elegante que estaba muy seguro de la imposibilidad ética, política y económica del triunfo del candidato republicano hasta unos pocos días antes de la elección, lo señaló en la versión digital del New York Times con una mezcla de amargura, preocupación e ironía la noche del martes 9 de noviembre, justo cuando se comenzaban a confirmar las tendencias del triunfo de Trump frente a Hillary Clinton: “¿Será acaso que estamos frente a una sociedad y un Estado fallidos?”. Y como Krugman, muchos más se preguntan qué pasó, qué filtros fallaron, cuáles diques se rompieron, cuántas cosas no sabíamos. Habrá que revisar los anteojos sociológicos, las brújulas económicas y los mapas politológicos para tratar de buscar las respuestas, que en política, contra lo que canta Dylan, nunca están, nunca han estado, soplando en el viento.
Friday, November 04, 2016
Profetas de Silicon Valley
Estación de paso
Los profetas de Silicon Valley
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 3 de noviembre, 2016)
De cuando en cuando diversas voces anuncian en buen tono dramático el fin de la universidad. Decepción y entusiasmo se entremezclan en proporciones imprecisas en los mensajes que viejos y nuevos profetas realizan sobre el fin de las universidades en el futuro inmediato, argumentando su inviabilidad económica, su irrelevancia social, o su incapacidad institucional (pedagógica, académica, organizativa) para adaptarse a las circunstancias, los retos o los desafíos globales o locales. Siendo instituciones medievales -como las catedrales o el parlamento-, con casi mil años de existencia, las universidades son objeto de desahucio intelectual con relativa frecuencia. Pero con distinta intensidad, esas voces se han multiplicado en los últimos años bajo el clima del fetichismo nanotecnológico que a lo largo del siglo XXI se ha adueñado de los discursos e imaginarios de políticos, empresarios y técnicos relacionados con la educación superior.
El reclamo tiene su encanto y su historia. Si se revisa su trayectoria remota y reciente, juicios similares acompañan sistemáticamente los relatos apocalípticos sobre la desaparición de las universidades. Hay que recordar, por ejemplo, aquellas voces liberales que en México, hacia mediados del siglo XIX, bajo el clima intelectual y político que dominaba la lucha por el futuro de la independencia nacional, se pronunciaban por la desaparición de la Real y Pontifica Universidad de México “por inútil, perniciosa e irreformable”, lo que que llevó en 1863 a su clausura por parte del mismísimo Maximiliano de Hasburgo, uno de los villanos favoritos de nuestra historia de bronce. Sin embargo, la muerte de la universidad fue más bien un prolongado estado de coma. Menos de medio siglo después, en 1910, en el ocaso de la dictadura, Justo Sierra encabezaba junto a Porfirio Díaz (otro de los villanos legendarios de nuestra historia patria) la ceremonia de refundación de la Universidad como parte de los festejos del primer centenario de la independencia nacional. Un muerto (en esta caso, muerta) había renacido, con otro nombre, rostro y ropajes.
Pero nuevas voces se alzan en el horizonte mediático contemporáneo, global y cosmopolita. Una de ellas proviene de Silicon Valley, ese territorio californiano (casi) mítico al que muchos miran con fe, envidia y asombro como la cuna de la nueva civilización tecnológica, como el mapa del futuro de una sociedad sin política, sin conflictos y sin instituciones burocráticas pesadas, aburridas y costosas como el Estado o las universidades, donde las propiedades mágicas del mercado y de las nuevas tecnologías harán inservibles las bibliotecas, los profesores, los conocimientos y prácticas universitarias. Una de esas voces es la de un tal David Roberts, un entusiasta promotor de las propiedades intrínsecamente revolucionarias de las nuevas tecnologías en la educación superior. Entrevistado por el diario español El país en ocasión de la Oslo Innovation Week celebrada la semana pasada en la capital noruega, el profesor Roberts declaraba con el aplomo que sólo proporciona la fe ciega en las propias palabras: “La mayoría de las universidades del mundo van a desaparecer”.
Roberts es profesor de la “Singularity University” (SU), creada en 2009 por la NASA y la empresa Google justo en el corazón de Silicon Valley, con el objetivo de que en 20 años resuelva los “12 desafíos planetarios” más importantes, entre ellos la exploración espacial, la pobreza, el cambio climático, la productividad económica, o la bilogía digital (https://su.org). Esa institución ya abrió sedes en Sevilla y en Tel Aviv. Una de las características de la SU es que no expide títulos ni créditos curriculares para sus estudiantes. Todos sus cursos son abiertos y en línea, y cualquier individuo puede inscribirse en ellos sin importar su escolaridad, origen social, raza, credo o color, pagando la cuota correspondiente (algunos miles de dólares por curso). Según el propio entrevistado, el modelo de la SU es exitoso porque, a) busca formar líderes en todos los campos, y b) asegura buenos empleos a sus estudiantes y egresados (tienen la garantía institucional de que así será, si no se les devuelve su dinero), y c) porque promueven la creatividad y la innovación como los ejes de sus prácticas universitarias. Por ello, “el negocio de las universidades tiene sus días contados”, afirma el orgulloso profesor Roberts con el aplomo de un pistolero académico a sueldo. (La entrevista completa se puede consultar aquí: http://economia.elpais.com/economia/2016/10/23/actualidad/1477251453_527153.html
Las palabras del entrevistado, y la entrevista misma (colocada en la sección digital de economía y negocios del diario español), son hechos que permiten identificar la dirección de los vientos contemporáneos que corren sobre la nueva muerte de la universidad. Ya no se trata de diagnosticar su lento o acelerado pero inexorable fallecimiento debido a su carácter inútil, pernicioso o irreformable, sino de decretar un día y otro también su muerte inevitable debido a causas naturales, tecnológicas o sociales, o a una mezcla de todas. Se trata de la emergencia de un relato espectacular, dramático, sobre la irrelevancia de las universidades en un futuro que se presenta como único, ineludible y homogéneo, es decir, un destino, interpretado correctamente por los nuevos profetas con la pequeña ayuda de sus oráculos nanotecnológicos y patrocinadores de ocasión. Frente a ellos, los escépticos son una legión de infieles, los restos de una civilización académica obsoleta crecida en el arte de la duda, cultivada a la luz de casi mil años de historia de las universidades en el mundo, que miran de reojo y con curiosidad los juicios de desahucio que proliferan en los círculos empresariales de la educación superior. Las creencias sobre la desaparición inminente de dichas instituciones en el mundo occidental enfrentadas a las prácticas cotidianas de millones de individuos que todos los días asisten a las universidades. Creyentes y agnósticos, fanáticos e infieles, políticos y científicos, se acomodan para mirar el espectáculo del juicio final que anticipan con seguridad envidiable los profetas de Silicon Valley.
Los profetas de Silicon Valley
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 3 de noviembre, 2016)
De cuando en cuando diversas voces anuncian en buen tono dramático el fin de la universidad. Decepción y entusiasmo se entremezclan en proporciones imprecisas en los mensajes que viejos y nuevos profetas realizan sobre el fin de las universidades en el futuro inmediato, argumentando su inviabilidad económica, su irrelevancia social, o su incapacidad institucional (pedagógica, académica, organizativa) para adaptarse a las circunstancias, los retos o los desafíos globales o locales. Siendo instituciones medievales -como las catedrales o el parlamento-, con casi mil años de existencia, las universidades son objeto de desahucio intelectual con relativa frecuencia. Pero con distinta intensidad, esas voces se han multiplicado en los últimos años bajo el clima del fetichismo nanotecnológico que a lo largo del siglo XXI se ha adueñado de los discursos e imaginarios de políticos, empresarios y técnicos relacionados con la educación superior.
El reclamo tiene su encanto y su historia. Si se revisa su trayectoria remota y reciente, juicios similares acompañan sistemáticamente los relatos apocalípticos sobre la desaparición de las universidades. Hay que recordar, por ejemplo, aquellas voces liberales que en México, hacia mediados del siglo XIX, bajo el clima intelectual y político que dominaba la lucha por el futuro de la independencia nacional, se pronunciaban por la desaparición de la Real y Pontifica Universidad de México “por inútil, perniciosa e irreformable”, lo que que llevó en 1863 a su clausura por parte del mismísimo Maximiliano de Hasburgo, uno de los villanos favoritos de nuestra historia de bronce. Sin embargo, la muerte de la universidad fue más bien un prolongado estado de coma. Menos de medio siglo después, en 1910, en el ocaso de la dictadura, Justo Sierra encabezaba junto a Porfirio Díaz (otro de los villanos legendarios de nuestra historia patria) la ceremonia de refundación de la Universidad como parte de los festejos del primer centenario de la independencia nacional. Un muerto (en esta caso, muerta) había renacido, con otro nombre, rostro y ropajes.
Pero nuevas voces se alzan en el horizonte mediático contemporáneo, global y cosmopolita. Una de ellas proviene de Silicon Valley, ese territorio californiano (casi) mítico al que muchos miran con fe, envidia y asombro como la cuna de la nueva civilización tecnológica, como el mapa del futuro de una sociedad sin política, sin conflictos y sin instituciones burocráticas pesadas, aburridas y costosas como el Estado o las universidades, donde las propiedades mágicas del mercado y de las nuevas tecnologías harán inservibles las bibliotecas, los profesores, los conocimientos y prácticas universitarias. Una de esas voces es la de un tal David Roberts, un entusiasta promotor de las propiedades intrínsecamente revolucionarias de las nuevas tecnologías en la educación superior. Entrevistado por el diario español El país en ocasión de la Oslo Innovation Week celebrada la semana pasada en la capital noruega, el profesor Roberts declaraba con el aplomo que sólo proporciona la fe ciega en las propias palabras: “La mayoría de las universidades del mundo van a desaparecer”.
Roberts es profesor de la “Singularity University” (SU), creada en 2009 por la NASA y la empresa Google justo en el corazón de Silicon Valley, con el objetivo de que en 20 años resuelva los “12 desafíos planetarios” más importantes, entre ellos la exploración espacial, la pobreza, el cambio climático, la productividad económica, o la bilogía digital (https://su.org). Esa institución ya abrió sedes en Sevilla y en Tel Aviv. Una de las características de la SU es que no expide títulos ni créditos curriculares para sus estudiantes. Todos sus cursos son abiertos y en línea, y cualquier individuo puede inscribirse en ellos sin importar su escolaridad, origen social, raza, credo o color, pagando la cuota correspondiente (algunos miles de dólares por curso). Según el propio entrevistado, el modelo de la SU es exitoso porque, a) busca formar líderes en todos los campos, y b) asegura buenos empleos a sus estudiantes y egresados (tienen la garantía institucional de que así será, si no se les devuelve su dinero), y c) porque promueven la creatividad y la innovación como los ejes de sus prácticas universitarias. Por ello, “el negocio de las universidades tiene sus días contados”, afirma el orgulloso profesor Roberts con el aplomo de un pistolero académico a sueldo. (La entrevista completa se puede consultar aquí: http://economia.elpais.com/economia/2016/10/23/actualidad/1477251453_527153.html
Las palabras del entrevistado, y la entrevista misma (colocada en la sección digital de economía y negocios del diario español), son hechos que permiten identificar la dirección de los vientos contemporáneos que corren sobre la nueva muerte de la universidad. Ya no se trata de diagnosticar su lento o acelerado pero inexorable fallecimiento debido a su carácter inútil, pernicioso o irreformable, sino de decretar un día y otro también su muerte inevitable debido a causas naturales, tecnológicas o sociales, o a una mezcla de todas. Se trata de la emergencia de un relato espectacular, dramático, sobre la irrelevancia de las universidades en un futuro que se presenta como único, ineludible y homogéneo, es decir, un destino, interpretado correctamente por los nuevos profetas con la pequeña ayuda de sus oráculos nanotecnológicos y patrocinadores de ocasión. Frente a ellos, los escépticos son una legión de infieles, los restos de una civilización académica obsoleta crecida en el arte de la duda, cultivada a la luz de casi mil años de historia de las universidades en el mundo, que miran de reojo y con curiosidad los juicios de desahucio que proliferan en los círculos empresariales de la educación superior. Las creencias sobre la desaparición inminente de dichas instituciones en el mundo occidental enfrentadas a las prácticas cotidianas de millones de individuos que todos los días asisten a las universidades. Creyentes y agnósticos, fanáticos e infieles, políticos y científicos, se acomodan para mirar el espectáculo del juicio final que anticipan con seguridad envidiable los profetas de Silicon Valley.
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