Thursday, April 12, 2018
Reportaje/Entrevista del Correio Brasilienze con Adrián Acosta
Texto del reportaje/entrevista de Jorge Vasconcelos, del Correio Braziliense,a propósito del procesos electoral de México en 2018, con Adrián Acosta, publicada el 09/04/2018.
https://www.correiobraziliense.com.br/app/noticia/mundo/2018/04/09/interna_mundo,672107/mexico-andre-manuel-lopez-obrador-da-largada-na-campanha-para-eleicoe.shtml
Thursday, March 22, 2018
Autonomía universitaria y seguridad pública
Estación de paso
Autonomía y seguridad
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 22/03/2018)
Las comunidades universitarias no son ni han sido nunca ajenas a los problemas de inseguridad, criminalidad y violencia que aquejan hoy o anteriormente a la sociedad mexicana. Ser estudiante, profesor, trabajador o funcionario universitario no los vuelve inmunes a atracos, secuestros, extorsiones, asesinatos o amenazas por parte de delincuentes solitarios, grupos de ocasión o bandas organizadas. Durante los últimos años hemos confirmado como dentro y fuera de los campus universitarios públicos o privados de Guadalajara o de la Ciudad de México, en Ciudad Juárez o en Xalapa, en Culiacán o en Pachuca, en Hermosillo o en Ciudad Victoria, los crímenes contra miembros de esas comunidades se han multiplicado en el contexto de la atmósfera de inseguridad que se ha formado por la mezcla fatal de políticas fallidas, expansión de redes criminales, impunidad y corrupción policíaca. (Algunos más agregarían seguramente la degradación moral y la fala de valores, pero eso ya es otra cosa).
El asunto es delicado y tiene varias aristas. De un lado, el tema de la autonomía universitaria y el de la “extraterritorialidad” real o ficticia de sus campus e instalaciones. De otro lado, el tema de las prácticas de tolerancia hacia las actividades ilegales en las universidades, en especial la distribución, venta y consumo de drogas. Más allá, el tema de las características de los grupos de dealers y consumidores que son o pueden ser miembros de las propias comunidades universitarias, no individuos ajenos a ellas. Bien visto, en las universidades se ha construido desde hace mucho tiempo un “orden de seguridad”, que se basa en la tolerancia respecto de comportamientos que fuera de los campus suelen ser objeto de persecución policiaca y judicial, además de linchamientos morales y críticas a las amenazas en torno a la pureza simbólica de las comunidades universitarias.
Ese “orden se seguridad” universitario (por decirlo de algún modo), es a la vez simbólico y práctico. Una de las cosas que rápidamente se aprenden en la universidad es que hay que convivir cotidianamente con individuos o grupúsculos que viven al filo de la clandestinidad, ofreciendo un montón de cosas a los estudiantes y profesores. Pero otra de las cosas que también se aprenden es que entre ellos hay consumidores y compradores habituales de sustancias y objetos. En otras palabras, hay un mercado que explica los comportamientos de ofertas y demandas de drogas, objetos de dudosa procedencia (el robo de autopartes), e incluso, en no pocos casos, de armas. En los años setenta, por ejemplo, la banda de “Los Enfermos” en la Universidad Autónoma de Sinaloa, o los “fegosos” en la Universidad de Guadalajara (los miembros más violentos de la extinta Federación de Estudiantes de Guadalajara, la FEG), exhibían, compraban o vendían armas entre sus comunidades, asesinaban, amenazaba o extorsionaban a sus rivales políticos, a veces con el amparo, la complicidad o la indiferencia de sus líderes políticos y de las autoridades universitarias y no universitarias.
El síndrome del 68 está en el centro imaginario de muchas de las reacciones que hay contra la intervención policiaca directa en las universidades públicas. Esta es la dimensión política del “orden de seguridad”. La violación de la autonomía universitaria es el reclamo que surge entre no pocos sectores cuando se invoca el tema de la seguridad pública en los campus. Y sin embargo, en las universidades públicas del país se han ensayado desde hace tiempo diversas fórmulas para combatir la inseguridad en sus instalaciones, que van desde la contratación de cuerpos privados de seguridad para controlar las entradas y salidas de las universidades –a veces inclusive armados-, o la instalación de rondines de policías locales en las periferias con ocasionales recorridos dentro de los campus, hasta la creación de cuerpos de seguridad propios –a veces sindicalizados y generalmente desarmados- que se limitan a observar y a tratar de inhibir los comportamientos delictivos en las universidades.
La experiencia contemporánea de las relaciones entre autonomía y seguridad en las universidades parece atravesar por un nuevo ciclo, alimentado por reclamos, críticas y temores reales o fundados sobre prácticas delictivas igualmente reales o imaginarias. Los asaltos, violaciones y asesinatos de estudiantes dentro y fuera de los campus, la penetración y legitimación de las actividades de raterillos, tribus y bandas organizadas que recorren los campus universitarios, son fenómenos que han levantado la voz de alerta entre no pocos sectores de la opinión pública, pero también entre autoridades y comunidades universitarias. La formulilla de que las policías –el gobierno- solo pueden actuar si las autoridades universitarias lo solicitan, o los reclamos de violación a la autonomía universitaria si las policías locales o federales se atreven a pisar el suelo sagrado de los campus, parecen ser cada vez más ilusiones que justifican las reticencias para pensar a fondo el tema de la inseguridad en las universidades públicas.
Aquí hay otro asunto –en realidad uno más- que habita la agenda política y de políticas de la educación superior universitaria. Revisar y aprender de experiencias, comparar, reunir evidencia, construir consensos mínimos, es una tarea fundamental de los gobiernos universitarios y de sus comunidades. Configurar un nuevo “orden de seguridad” universitario, asumiendo sus límites y tensiones, equilibrando ejercicio de libertades y umbrales de tolerancia, bajo principios elementales de claridad jurídica, de prudencia y una buena dosis de sentido común, es uno de los desafíos fundamentales de nuestras universidades públicas.
Wednesday, March 21, 2018
El estilo tardío de Dylan
El estilo tardío de Bob Dylan
Adrián Acosta Silva
https://musica.nexos.com.mx/2018/03/21/el-estilo-tardio-de-bob-dylan/
¿Qué factores explican el hecho de que músicos o escritores que han construido a lo largo de sus vidas una obra sólida, original y creativa, decidan en algún momento reposar en las aguas mansas de la nostalgia, de la tradición, que habitan sus propios pasados personales? ¿Porqué deciden romper con los rasgos distintivos de sus obras anteriores para sorprender a sus admiradores y críticos con un giro desconcertante, sorprendente o extraño en la hechura de sus obras aparecidas durante los años de su vejez o inclusive algunas de ellas póstumas? Esas preguntas reaparecen una y otra vez al observar no pocos de los perfiles creativos de artistas cuyas trayectorias hacia el final de sus vidas suelen ofrecer sorpresas cuando se mira el paisaje de sus obras completas. No se entiende muy bien porqué, al final de su existencia, deciden volcar sus energías a estilos, tradiciones o géneros con los que marcaron una ruptura generacional para construir una identidad propia, transformadora y desafiante de su pasado y su presente..
Ese puede ser el caso de Bob Dylan. Si uno mira el perfil de sus discos más recientes, vemos con claridad la aparición del fenómeno que Edward S. Said denominó como “estilo tardío”, ese lenguaje que suele aparecer al final de las vidas de músicos, escritores y poetas (Sobre el estilo tardío. Música y literatura a contracorriente, Debate, México, 2009). Shadows in the Night (2015), Fallen Angels (2016), y Triplicate (2017), representan con claridad el estilo tardío dylaniano. Las voces y los ecos de Frank Sinatra, de Ray Charles, Ella Fitzgerald, Billie Holiday o Sarah Vaughan resuenan en cada una del medio centenar de canciones que se acumulan en estas tres obras, en donde Dylan el joven desaparece para convertirse en Dylan el viejo, un humilde trovador de covers de radio pertenecientes a los años cuarenta y cincuenta, en los orígenes del jazz y del blues, sonidos y voces que habitan las aguas profundas de su propia educación sentimental.
El Dylan de “Like a Rolling Stone”, el que sacudió las venas del folck con The Freewhelin (1963) y del rock con Blood in the Tracks (1975), que desconcertó con Street Legal en 1978 (que incluye esa joya de “Changing of the Guards”), que escandalizó con sus conversiones religiosas en Slow Train Coming (1979), que cerró el siglo XX con el deslumbrante Time Out of Mind (1997), y que reapareció con un estallido de potencia creativa durante la primera década del siglo XXI con la trilogía maestra de discos como Love and Theft (2001), Modern Times (2006), y Together Through Life (2009), es el mismo que reaparece en Triplicate. Es otro y al mismo tiempo el mismo músico que llegó a sus setenta años en el 2011, que celebró con Tempest (2012), el antecedente inmediato y quizá último de sus arrebatos de originalidad alimentados por el godspell y el blues, el folk y el rock.
Pero, como sugiere Said, el estilo tardío no surge de manera espontánea. Si se mira con cuidado, hay en algún momento anterior la semilla de tradiciones reconocidas, las herencias culturales de los años de la infancia y la primera juventud. Son los residuos de voces y sonidos, de ritmos y atmósferas que habitaron las repúblicas de la niñez y de la adolescencia de Dylan. Self Portrait (1970) es quizá el antecedente remoto de Triplicate en la obra dylaniana. Ahí, en aquel disco que lanzó el ahora Premio Nobel de Literatura a sus entonces treinta años de edad, y que en su momento fue duramente criticado por no pocos medios y admiradores como “reaccionario” y “nostálgico” -ya se sabe que para muchos nostálgico es siempre un sinónimo de reaccionario-, se encuentra toda una confesión de parte, una suerte de auto de fe, la revelación de que Dylan, el hombre/compositor/cantante que abandona la juventud para adentrarse en el territorio inhóspito de la madurez, es deudor legítimo de un pasado habitado por las grandes bandas, las canciones dulces e ingenuas que acompañaron los sueños y pesadillas de generaciones anteriores; la evocación de imaginarias noches de humo y alcohol que rodeaban la vida de los primeros músicos cantantes de blues y de jazz que dominaron las pistas de baile y las estaciones de radio en la costa este norteamericana, bajo el espeso clima cultural e intelectual de la posguerra, voces y ritmos escuchados por un niño que deambulaba vagando por las calles de un pueblo de Minnesota.
Ahora que muchos de sus compañeros de generación han comenzado a abandonar el barco (los últimos han sido J.J. Cale, Leon Russell, Leonard Cohen y Tom Petty) la propia vida de Dylan se va poblando poco a poco de sus ángeles caídos, observados en la soledad de un músico hermético, hosco, siempre alejado de los reflectores, de los medios, de la fama y de sus críticos. Hoy, en el ocaso de una trayectoria de prácticamente seis décadas, Dylan construye en cada una de las treinta canciones distribuidas en los tres discos que integran Triplicate un mapa personal del mundo, una colección de representaciones de su propio pasado a través de los estilos que otros construyeron antes que él y los miembros de su generación.
Quizá eso explica porqué el estilo tardío de Dylan es un inevitable giro hacia el pasado, el homenaje a sonidos y figuras que alimentaron su ruptura con el folk del medio oeste y, años después, sus divagaciones e incursiones en el mundo plástico del rock. No pocos de sus fans se han mostrado decepcionados por lo que consideran una traición, un ataque de decrepitud, acaso de senilidad, que han hecho presa del espíritu creativo de Dylan, el viejo. A sus casi 77 años de edad (los cumplirá en mayo próximo), la gira interminable de uno de los iconos del rock parece entrar al camino sin salida al que todos llegaremos más tarde o más temprano. Después de todo, tal y como lo escribió Said en su obra póstuma, “lo tardío como tema y estilo nos recuerda una y otra vez la existencia de la muerte”.
Thursday, March 08, 2018
Métrica y retórica de la calidad
Estación de paso
Métrica y retórica de la calidad
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 08/03/2018)
El Programa para el Desarrollo Profesional Docente (PRODEP) es un instrumento de política pública dirigido a mejorar la calidad del profesorado universitario en México. Hijo del antiguo PROMEP (Programa de Mejoramiento del Profesorado, 1996-2012), y nieto del aún más antiguo SUPERA (Programa de Superación Académica, 1994-1996), comparte con ellos el propósito de mejorar la “habilitación profesional” de los docentes universitarios a través de incentivos monetarios, institucionales y simbólicos: becas para estudios de posgrado, incorporación de nuevos Profesores de Tiempo Competo (PTC), apoyos para compra de libros, equipo de cómputo, remodelación y mobiliario para sus respectivos cubículos.
El PRODEP distingue dos tipos de reconocimientos a los profesores de las universidades públicas (en especial los PTC´s) que se animan a participar en el programa: el “Reconocimiento de Perfil Deseable” (RPD) o el de “Apoyos para Perfil Deseable” (ARPD). Salvo la primera vez que se concursa, se pueda obtener el segundo tipo de reconocimiento, asociado “por única vez” a un fondo de apoyo “individual” e “intransferible” de 40 mil pesos, que debe ser comprobado con las facturas de las compras académicas correspondientes (libros, computadoras, etc.). En el caso del RPD, se puede renovar a partir de la segunda ocasión, y la caducidad del reconocimiento es de tres o seis años, según corresponda.
Este instrumento de política, junto con el Programa de Cuerpos Académicos (PCA), se constituye como el núcleo de las políticas federales dirigidas hacia el mejoramiento de la calidad académica de la educación superior. Cada Institución de Educación Superior (IES) del Sistema Nacional correspondiente (SNES), a través de sus Dependencias de Educación Superior (DES, que son las escuelas, facultades, centros universitarios, institutos), puede participar en el Programa para mejorar los indicadores de calidad de sus profesores, y mejorar su visibilidad y prestigio institucional en las evaluaciones. Estos programas e instrumentos deben ser congruentes con el PFCE (Programa de Fortalecimiento de la Calidad Educativa), que a su vez tiene como antecedentes el efímero PROFOCIE (Programa de Fortalecimiento de la Calidad de las Instituciones Educativas, 2014-2015) y aún antes, el PIFI (Programa Integral de Fortalecimiento Institucional, 2001-2014)
El supuesto de los instrumentos es simple: si tenemos profesores con perfil deseable organizados adecuadamente en cuerpos académicos (CA) en “proceso de consolidación” o “consolidados” (CAPC, o CAC, respectivamente), tendremos entonces DES de las IES del SNES de calidad certificada a través de los organismos federales diseñados para tal fin. Para completar el cuadro de la calidad, se tendrían que añadir las labores que hace el Centro Nacional de Evaluación (CENEVAL, con exámenes nacionales de ingreso -EXANI-y egreso -EGEL-), los Consejos Inter-Institucionales de Evaluación de la Educación Superior (CIIES), y lo que hacen los Comités para la Acreditación de la Educación Superior (COPAES). Eso, sin contar lo que desde 1984 hace para el nivel del posgrado y la investigación el CONACYT, a través del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) o el Padrón Nacional de Programas de Calidad (PNCP).
Esa supuesto relativamente simple sin embargo, se transforma en una lógica burocrática engorrosa, complicada e incomprensible para los mortales académicos. Veamos: un PTC que quiere participar en el PRODEP a través de su DES-IES, para obtener un RPD o un ARPD, y pertenecer a un CAPC o a un CAC, tiene que elaborar una solicitud apoyado por su RIP (Representante Institucional del Programa), para verificar que sea congruente con el PFCE, llenar todos los rubros de la solicitud: cursos y seminario impartidos en los últimos tres años, productividad académica, participación en órganos académicos colegiados, actividades de vinculación institucional, participación en reformas curriculares a programas de estudios o en el diseño de nuevos programas. Para entender lo que significa todo ello, las convocatorias respectivas recomiendan a los RIPS de las IES del SNES que, a su vez, sugieran a los PTC´s de sus DES que lean con atención las “reglas de operación” del PRODEP, publicadas en el Diario Oficial de la Federación. (Son más de 100 páginas, minuciosas en la clasificación y descripción de cada uno de los rubros y productos que se evalúan en el Programa).
Revisar, examinar, organizar y reunir las evidencias de los distintos rubros no es una tarea fácil. Los PTC´s se convierten en burócratas de sí mismos, y forman parte de una estructura de gestión burocrática aún más grande. El resultado es que las fronteras entre la actividad académica y la actividad burocrática se diluyen durante las tres o cuatro semanas que los PTC de las IES deben dedicar al llenado de los formularios del PRODEP. Si a ello se añaden las solicitudes para renovar la membresía en el SNI o la que se dedica para organizar y registrar una solicitud de CAPC o CAC apoyado por las DES de sus IES, más de algún académico caerá tarde o temprano en la cuenta de que Dios no existe.
Además, las rúbricas de la solicitud deber ser firmadas en original en cuatro tantos por cada solicitante con tinta azul, pues de no ser así no serán “validadas”. Adicionalmente, los RIP´s de las IES nos advierten que las evidencias que acompañan la solicitud no deben estar engrapadas o con clips. Eso es, junto con el largo siglario precedente, calidad educativa. Parafraseando a Oscar Chávez, podemos decir que configura la peculiar química, botánica, retórica y sistema decimal de la métrica mexicana de la calidad del SNES.
Monday, February 26, 2018
Cervezas en la universidad
Estación de paso
Cervezas en la universidad
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 22/02/2018)
Nunca se podrá eliminar el uso del alcohol, mientras no exista una realidad de la que la gente no quiera huir.
Upton Sinclair
La semana pasada se difundió, en el tono franco del escándalo, que en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo se vendían cervezas en alguno de sus comedores (El Universal, 09/02/2018). También que había máquinas de juegos. El deporte nacional por excelencia, la especulación, volvió a mostrar sus músculos: “alguien” hacía negocio con la venta de cervezas y con las “maquinitas”, “alguien” que seguramente estaba bien conectado a la administración de la universidad. El pequeño escándalo mediático exhumaba los olores de la temporada: corrupción, inmoralidad, ilegalidad. Días después, el Rector declaraba a los medios que la venta de cerveza en el campus era una irregularidad, que él no sabía nada, y que se había tomado la decisión de cancelar el negocio de marras, basado en la normatividad institucional, que prohibe la venta y consumo de alcohol en la universidad.
La anécdota ilumina un tema que destaca en la vida cotidiana de los campus universitarios mexicanos desde hace mucho tiempo. Aunque esté prohibido, los estudiantes suelen beber alcohol, fumar marihuana, consumir pastillas, inhalar cocaína. Lo hacen también profesores y funcionarios, empleados administrativos o trabajadores manuales. No son todos, acaso son relativamente pocos, pero no tenemos datos precisos del tamaño del fenómeno. Ello no obstante, sabemos que beber es un hábito social, una práctica sistemática, que proporciona identidad, cohesión, sentido de identidad y pertenencia a una comunidad, en este caso, la universitaria.
La UAEH no es el único caso de universidades que prohíben explícitamente la venta o el consumo de alcohol en sus campus. En prácticamente todas las instituciones de educación superior en México eso es lo común. En casos específicos, se permite el consumo de “vinos generosos” para acompañar alguna celebración (una graduación, un examen de titulación, algún evento institucional que es coronado con un brindis oficial), pero el alcohol no es bienvenido en los comedores y cafés universitarios. Eso contrasta con lo que ocurre con las universidades europeas o norteamericanas, donde en los comedores se permite la venta y consumo de cervezas, vinos o destilados fuertes, sin más restricción que los horarios institucionales o el gusto de los bebedores.
Sospecho que el prohibicionismo universitario se basa en una montaña de prejuicios, creencias y actos de fe. Muy probablemente, detrás de las leyes que prohíben el alcohol en el campus se encuentra la idea de que permitir la venta y consumo de alcohol en las instalaciones universitarias provocaría escenas de borracheras sin fin, orgías, escándalos, peleas, violencia desatada entre estudiantes y profesores. El alcohol como una sustancia del diablo, que rompería la paz de los campus y la vida apacible de la academia. Peor aún: para no pocos, asegurar la libertad de consumir alcohol en la universidad significaría convertir a los campus en gigantescas cantinas ilustradas, lugares de inmoralidad y bajas pasiones, congales donde la depravación y la corrupción de las conductas llevaría tarde o temprano a la perdición de la comunidad universitaria. Ciertamente, una idea cuyo origen es político y religioso, una herencia moral de las universidades medievales, particularmente derivada de los relatos goliárdicos que circulaban entre los estudiantes de Salamanca, Bolonia o París a principios del siglo XIX.
Lo curioso es que a pesar de prohibiciones y escándalos mediáticos, el consumo de alcohol entre los universitarios es una práctica social, un hábito arraigado, una costumbre que no inhiben ni leyes, condenas morales ni exhortos institucionales. Invisibilizar artificialmente esa práctica es negar una realidad contundente y cotidiana, lúdica y sistemática. Y, a pesar de ello, en los campus es raro mirar entre sus comunidades pleitos, violencia, o conflictos derivados de su consumo. En los hechos, compartir las bebidas sirve para suavizar relaciones, para enfrentar dilemas, para repensar la vida y la escuela, para “hacer el mundo más interesante”, como suelen argumentar los grandes clásicos del tema. El alcohol, en el campus, o fuera de él, cumple funciones terapéuticas, sociales, valiosas para fortalecer vínculos, buenos para las especulaciones intelectuales y vitales, para lamentar tragedias, para ver pasar el tiempo, o para celebrar algunos de los pequeños milagros cotidianos.
Algún historiador, un antropólogo, un psicólogo social, quizá hasta un sociólogo, debería regalarnos un buen estudio sobre las relaciones entre el alcohol, los paraísos artificiales y los estudios universitarios en México. Pero también las propias comunidades universitarias y sus directivos deberían revisar el prohibicionismo universitario mexicano contemporáneo. Sospecho que se suele olvidar que en los estudios universitarios, en la licenciatura y el posgrado, los estudiantes son mayores de edad, ciudadanos que tienen criterio para decidir si consumen o no (y hasta dónde), cervezas o vinos durante las comidas o al finalizar sus jornadas escolares. Con suerte, podría despojarse del manto de la moralina y los prejuicios la prohibición anti-alcohólica en las universidades.
Cervezas en la universidad
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 22/02/2018)
Nunca se podrá eliminar el uso del alcohol, mientras no exista una realidad de la que la gente no quiera huir.
Upton Sinclair
La semana pasada se difundió, en el tono franco del escándalo, que en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo se vendían cervezas en alguno de sus comedores (El Universal, 09/02/2018). También que había máquinas de juegos. El deporte nacional por excelencia, la especulación, volvió a mostrar sus músculos: “alguien” hacía negocio con la venta de cervezas y con las “maquinitas”, “alguien” que seguramente estaba bien conectado a la administración de la universidad. El pequeño escándalo mediático exhumaba los olores de la temporada: corrupción, inmoralidad, ilegalidad. Días después, el Rector declaraba a los medios que la venta de cerveza en el campus era una irregularidad, que él no sabía nada, y que se había tomado la decisión de cancelar el negocio de marras, basado en la normatividad institucional, que prohibe la venta y consumo de alcohol en la universidad.
La anécdota ilumina un tema que destaca en la vida cotidiana de los campus universitarios mexicanos desde hace mucho tiempo. Aunque esté prohibido, los estudiantes suelen beber alcohol, fumar marihuana, consumir pastillas, inhalar cocaína. Lo hacen también profesores y funcionarios, empleados administrativos o trabajadores manuales. No son todos, acaso son relativamente pocos, pero no tenemos datos precisos del tamaño del fenómeno. Ello no obstante, sabemos que beber es un hábito social, una práctica sistemática, que proporciona identidad, cohesión, sentido de identidad y pertenencia a una comunidad, en este caso, la universitaria.
La UAEH no es el único caso de universidades que prohíben explícitamente la venta o el consumo de alcohol en sus campus. En prácticamente todas las instituciones de educación superior en México eso es lo común. En casos específicos, se permite el consumo de “vinos generosos” para acompañar alguna celebración (una graduación, un examen de titulación, algún evento institucional que es coronado con un brindis oficial), pero el alcohol no es bienvenido en los comedores y cafés universitarios. Eso contrasta con lo que ocurre con las universidades europeas o norteamericanas, donde en los comedores se permite la venta y consumo de cervezas, vinos o destilados fuertes, sin más restricción que los horarios institucionales o el gusto de los bebedores.
Sospecho que el prohibicionismo universitario se basa en una montaña de prejuicios, creencias y actos de fe. Muy probablemente, detrás de las leyes que prohíben el alcohol en el campus se encuentra la idea de que permitir la venta y consumo de alcohol en las instalaciones universitarias provocaría escenas de borracheras sin fin, orgías, escándalos, peleas, violencia desatada entre estudiantes y profesores. El alcohol como una sustancia del diablo, que rompería la paz de los campus y la vida apacible de la academia. Peor aún: para no pocos, asegurar la libertad de consumir alcohol en la universidad significaría convertir a los campus en gigantescas cantinas ilustradas, lugares de inmoralidad y bajas pasiones, congales donde la depravación y la corrupción de las conductas llevaría tarde o temprano a la perdición de la comunidad universitaria. Ciertamente, una idea cuyo origen es político y religioso, una herencia moral de las universidades medievales, particularmente derivada de los relatos goliárdicos que circulaban entre los estudiantes de Salamanca, Bolonia o París a principios del siglo XIX.
Lo curioso es que a pesar de prohibiciones y escándalos mediáticos, el consumo de alcohol entre los universitarios es una práctica social, un hábito arraigado, una costumbre que no inhiben ni leyes, condenas morales ni exhortos institucionales. Invisibilizar artificialmente esa práctica es negar una realidad contundente y cotidiana, lúdica y sistemática. Y, a pesar de ello, en los campus es raro mirar entre sus comunidades pleitos, violencia, o conflictos derivados de su consumo. En los hechos, compartir las bebidas sirve para suavizar relaciones, para enfrentar dilemas, para repensar la vida y la escuela, para “hacer el mundo más interesante”, como suelen argumentar los grandes clásicos del tema. El alcohol, en el campus, o fuera de él, cumple funciones terapéuticas, sociales, valiosas para fortalecer vínculos, buenos para las especulaciones intelectuales y vitales, para lamentar tragedias, para ver pasar el tiempo, o para celebrar algunos de los pequeños milagros cotidianos.
Algún historiador, un antropólogo, un psicólogo social, quizá hasta un sociólogo, debería regalarnos un buen estudio sobre las relaciones entre el alcohol, los paraísos artificiales y los estudios universitarios en México. Pero también las propias comunidades universitarias y sus directivos deberían revisar el prohibicionismo universitario mexicano contemporáneo. Sospecho que se suele olvidar que en los estudios universitarios, en la licenciatura y el posgrado, los estudiantes son mayores de edad, ciudadanos que tienen criterio para decidir si consumen o no (y hasta dónde), cervezas o vinos durante las comidas o al finalizar sus jornadas escolares. Con suerte, podría despojarse del manto de la moralina y los prejuicios la prohibición anti-alcohólica en las universidades.
Saturday, February 10, 2018
Votar en tiempos depresivos
Estación de paso
Política y elecciones: votar en tiempos depresivos
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 08/02/2018)
En algunos círculos se suele afirmar con cierta nostalgia que la política y los políticos mexicanos ya no son lo que solían ser. El espíritu de la época, lo que eso signifique, está dominado por el pesimismo y el escepticismo, el desencanto, a veces por la desesperación. La política y la sociedad mexicana atraviesan por una fase depresiva, cuyas señales están por todos lados: en la prensa, en las redes sociales, en la televisión, en las pláticas de cantina, en las calles y salones universitarios, en las charlas de sobremesa familiar. Los relatos apocalípticos, dramáticos, suelen predominar en el horizonte grisáceo del pesimismo mexicano. No son buenos tiempos para la política.
Se afirma, en cierto tono épico, que la política y los políticos de antes eran otra cosa: más claros, comprometidos, fogueados en el arte de la negociación en privado y en los códigos y rituales del espectáculo público. Las reglas de la política también eran otras: el orden de lealtades, el compromiso con proyectos y causas, con programas e ideologías, con partidos políticos, permitían construir reputaciones y legitimidades, establecer códigos de afinidades electivas y diferenciaciones selectivas. Esta imagen melancólica de la política mexicana forma parte de la elaboración moral de un pasado luminoso y lejano, que ahora parace haberse esfumado para siempre.
Por supuesto, las trampas de la fe se confunden con el olvido y la memoria. Si bien es cierto que los mapas y referentes políticos de la era larga del autoritarismo mexicano se han desvanecido, no es menos cierto que también en el pasado existieron políticos pillos, corruptos, depredadores de recursos pùblicos que acumularon fortunas privadas. Entre ellos había también políticos brillantes, inteligentes y prudentes, capaces de separar el puesto de la persona, colocando la moralidad republicana en el centro de sus prácticas políticas cotidianas. Los políticos cínicos fueron inmejorablemente retratados por Martín Luis Guzmán y representados por pesonajes como Gonzalo N. Santos, el célebre cacique y político potosimo de los años cuarenta.
Por el lado de nuestros haberes políticos, figuras como Jesús Reyes Heroles o Gonzalo Martínez Corbalá, el sindicalista Rafael Galván, representan zonas de la política mexicana que explican que el autoritarismo no se tornara en dictadura y se resolviera en lo que conoce como la experiencia mexicana de transición a la democracia. Más aún: esa transición larga y compleja, que puede fecharse, grosso modo, entre 1968 y 1997, o entre 1977 y 2000, según los anteojos sociológicos o politológicos que se utiicen, fue un período de una significativa vitalidad intelectual y política, con actores políticos e intelectuales que configuraron un clima ideológico favorable a una transición pacífica, gobernable y más o menos ordenada hacia la democracia.
Hoy, la depresión se nutre del desencanto con la democracia y el deterioro de las bases materiales de la existencia social. El síndrome partidofóbico se confunde con la antipolítica. Corrupción y desigualdad se han afianzado como la fórmula fatal de la que derivan la violencia cotidiana de balas y sangre, el miedo, la anomia, la confusión. Si hay algo parecido a la modernidad líquida en México, se deriva de la fragilidad de una modernidad sólida que nunca logró asentarse. Entre esas modernidades inconclusas, la política se ha convertido en un espectáculo deprimente, improductivo, que se desenvuelve en un escenario desgastado, con malos actores y argumentos, fatigado por el uso y abuso de prácticas políticas autoreferenciales. Ello explica el reclamo hacia la partidocracia (que incluye la ambigüedad del frentismo, el populismo del obradorismo y a un priismo desgastado) y las ilusiones de la independocracia, el imaginario poder de los ciudadanos sin partido pero con seguidores y empleados que persiguen a los ciudadanos en busca de firmas y apoyos.
Hay problemas graves de representación, de inmoralidad, de corrupción. Pero hay también creencias que apuntan hacia una recomposición del clima político de nuestra propia era de gesticuladores y canallas. El problema es que el ánimo público no parece favorecer la atención en un puñado de propuestas y personajes que pueden contribuir a reestructurar los códigos de una política democrática, eficiente y productiva. Estamos en un panorama de racionalidades y lógicas encontradas. Las formas de socialización política en tiempos depresivos vuelven confusos los límites entre la racionalidad de los ciudadanos y la racionalidad de los políticos.
El tiempo (pre) electoral es un campo de promesas habitado por una retórica optimista, de cambio y renovación. Es un ejercicio de producción de esperanzas alimentado por la música lúgubre de las tensiones entre el oficialismo y sus oposiciones. En plena fase depresiva de la política mexicana, jingles, guitarras y rostros sonrientes, banderas y colores, intentan promover utopías y contagiar de entusiasmo a los ciudadanos, mediante frases de ocasión y proyectos que se nutren de diagnósticos catastróficos o balances exitosos, según se vea.
En el espectáculo del momento, políticos profesionales y amteurs, pertenecientes a partidos y organizaciones políticas, o independientes que apuestan a explotar el descrédito acumulado de la polìtica, se disputan la legitimidad y el reconocimiento entre ciudadanos escépticos y críticos, o ilusionados de que los procesos electorales pueden ser una oportunidad para renovar las relaciones entre gobernantes y gobernados. Por ahí, entre los rostros y trayectorias de aspirantes y candidatos hay exdeportistas, actores profesionales, conductoras de televisión, políticos multipartidos, exfuncionarios, zombies políticos, muchos de los cuales han construido trayectorias en todas las ideologías, partidos y organizaciones que hoy se disputan las preferencias de los ciudadanos. Hay por ahí Fouchés y Ghandis, oportunistas confesos, ventilocuos y aspirantes a Beneméritos, personajes siniestros e individuos ingenuos, que organizan sus ofertas de acuerdo a las reglas de la temporada. Es hora de tomar nuestros asientos; es el momento de los aplausos, los chiflidos y los bostezos.
Política y elecciones: votar en tiempos depresivos
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 08/02/2018)
En algunos círculos se suele afirmar con cierta nostalgia que la política y los políticos mexicanos ya no son lo que solían ser. El espíritu de la época, lo que eso signifique, está dominado por el pesimismo y el escepticismo, el desencanto, a veces por la desesperación. La política y la sociedad mexicana atraviesan por una fase depresiva, cuyas señales están por todos lados: en la prensa, en las redes sociales, en la televisión, en las pláticas de cantina, en las calles y salones universitarios, en las charlas de sobremesa familiar. Los relatos apocalípticos, dramáticos, suelen predominar en el horizonte grisáceo del pesimismo mexicano. No son buenos tiempos para la política.
Se afirma, en cierto tono épico, que la política y los políticos de antes eran otra cosa: más claros, comprometidos, fogueados en el arte de la negociación en privado y en los códigos y rituales del espectáculo público. Las reglas de la política también eran otras: el orden de lealtades, el compromiso con proyectos y causas, con programas e ideologías, con partidos políticos, permitían construir reputaciones y legitimidades, establecer códigos de afinidades electivas y diferenciaciones selectivas. Esta imagen melancólica de la política mexicana forma parte de la elaboración moral de un pasado luminoso y lejano, que ahora parace haberse esfumado para siempre.
Por supuesto, las trampas de la fe se confunden con el olvido y la memoria. Si bien es cierto que los mapas y referentes políticos de la era larga del autoritarismo mexicano se han desvanecido, no es menos cierto que también en el pasado existieron políticos pillos, corruptos, depredadores de recursos pùblicos que acumularon fortunas privadas. Entre ellos había también políticos brillantes, inteligentes y prudentes, capaces de separar el puesto de la persona, colocando la moralidad republicana en el centro de sus prácticas políticas cotidianas. Los políticos cínicos fueron inmejorablemente retratados por Martín Luis Guzmán y representados por pesonajes como Gonzalo N. Santos, el célebre cacique y político potosimo de los años cuarenta.
Por el lado de nuestros haberes políticos, figuras como Jesús Reyes Heroles o Gonzalo Martínez Corbalá, el sindicalista Rafael Galván, representan zonas de la política mexicana que explican que el autoritarismo no se tornara en dictadura y se resolviera en lo que conoce como la experiencia mexicana de transición a la democracia. Más aún: esa transición larga y compleja, que puede fecharse, grosso modo, entre 1968 y 1997, o entre 1977 y 2000, según los anteojos sociológicos o politológicos que se utiicen, fue un período de una significativa vitalidad intelectual y política, con actores políticos e intelectuales que configuraron un clima ideológico favorable a una transición pacífica, gobernable y más o menos ordenada hacia la democracia.
Hoy, la depresión se nutre del desencanto con la democracia y el deterioro de las bases materiales de la existencia social. El síndrome partidofóbico se confunde con la antipolítica. Corrupción y desigualdad se han afianzado como la fórmula fatal de la que derivan la violencia cotidiana de balas y sangre, el miedo, la anomia, la confusión. Si hay algo parecido a la modernidad líquida en México, se deriva de la fragilidad de una modernidad sólida que nunca logró asentarse. Entre esas modernidades inconclusas, la política se ha convertido en un espectáculo deprimente, improductivo, que se desenvuelve en un escenario desgastado, con malos actores y argumentos, fatigado por el uso y abuso de prácticas políticas autoreferenciales. Ello explica el reclamo hacia la partidocracia (que incluye la ambigüedad del frentismo, el populismo del obradorismo y a un priismo desgastado) y las ilusiones de la independocracia, el imaginario poder de los ciudadanos sin partido pero con seguidores y empleados que persiguen a los ciudadanos en busca de firmas y apoyos.
Hay problemas graves de representación, de inmoralidad, de corrupción. Pero hay también creencias que apuntan hacia una recomposición del clima político de nuestra propia era de gesticuladores y canallas. El problema es que el ánimo público no parece favorecer la atención en un puñado de propuestas y personajes que pueden contribuir a reestructurar los códigos de una política democrática, eficiente y productiva. Estamos en un panorama de racionalidades y lógicas encontradas. Las formas de socialización política en tiempos depresivos vuelven confusos los límites entre la racionalidad de los ciudadanos y la racionalidad de los políticos.
El tiempo (pre) electoral es un campo de promesas habitado por una retórica optimista, de cambio y renovación. Es un ejercicio de producción de esperanzas alimentado por la música lúgubre de las tensiones entre el oficialismo y sus oposiciones. En plena fase depresiva de la política mexicana, jingles, guitarras y rostros sonrientes, banderas y colores, intentan promover utopías y contagiar de entusiasmo a los ciudadanos, mediante frases de ocasión y proyectos que se nutren de diagnósticos catastróficos o balances exitosos, según se vea.
En el espectáculo del momento, políticos profesionales y amteurs, pertenecientes a partidos y organizaciones políticas, o independientes que apuestan a explotar el descrédito acumulado de la polìtica, se disputan la legitimidad y el reconocimiento entre ciudadanos escépticos y críticos, o ilusionados de que los procesos electorales pueden ser una oportunidad para renovar las relaciones entre gobernantes y gobernados. Por ahí, entre los rostros y trayectorias de aspirantes y candidatos hay exdeportistas, actores profesionales, conductoras de televisión, políticos multipartidos, exfuncionarios, zombies políticos, muchos de los cuales han construido trayectorias en todas las ideologías, partidos y organizaciones que hoy se disputan las preferencias de los ciudadanos. Hay por ahí Fouchés y Ghandis, oportunistas confesos, ventilocuos y aspirantes a Beneméritos, personajes siniestros e individuos ingenuos, que organizan sus ofertas de acuerdo a las reglas de la temporada. Es hora de tomar nuestros asientos; es el momento de los aplausos, los chiflidos y los bostezos.
Monday, January 29, 2018
Investiduras: jerarquía y poder
Estación de paso
Investiduras: jerarquía y poder
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 25/01/2018)
En la edad media, los ceremoniales de coronación de los reyes constituían una oportunidad privilegiada para poner en movimiento la sofisticada maquinaria simbólica y práctica que articulaba las relaciones entre el poder real y el poder espiritual, es decir, entre las elites de las monarquías y las elites de la iglesia católica. Los gestos, las palabras, los objetos que se utilizaban en dichas ceremonias de ungimiento eran cuidadosamente seleccionados, acomodados, estudiados, discursos pronunciados para colocar en cada ritual la fuerza de los intereses organizados en territorios y poblaciones específicas.
Ese cuidado por el uso de los colores y el aroma de los inciensos, las maneras adecuadas de las vestimentas, las formas de presentación y las maneras de saludar, tenía su sentido. A finales del siglo IX, el conjunto de disposiciones y procedimientos de las ceremonias reales dieron paso a lo que se conocería como la “lucha de Investiduras”, donde se disputaban símbolos, secuencias, lugares de ubicación de los invitados célebres y de la plebe, las características, los adornos de los lugares donde se debían llevar a cabo los rituales de ungimiento. Esa lucha enfrentaba a los rituales eclesiásticos con los rituales laicos, cuyas respectivas simbologías representaban jerarquías y ordenamientos políticos distintos. De ahí, de la minuciosa redacción de esos procedimientos –una suerte de manuales de usos y costumbres ceremoniales- , comenzaron a plasmarse algunas definiciones básicas sobre el poder y la autoridad en la sociedad medieval que luego, con el tiempo, pasarían a formar parte del lenguaje político moderno. En ese proceso dilatado y complejo jugaron un papel destacado clérigos y juristas laicos, que formaron grupos especializados que dieron origen a las escuelas y cánones que fundarían las primeras universidades europeas como las de Bolonia o la de París.
El carácter eclesiástico de la ideología política del siglo noveno fue por supuesto dominante, y perduraría en los siglos posteriores. El oficiar las ceremonias fue una prerrogativa episcopal que incrementaba su legitimidad ante reyes y súbditos. Como señala Walter Ullmann en su Historia del pensamiento político en la edad media (Ariel, Barcelona, 2013), “cada gesto, cada símbolo y cada oración tenían un significado conciso y exacto, y los oficios de las coronaciones son a veces más reveladores que muchos tratados que han sido y son objeto de largos estudios”.
La “teoría de las dos espadas” según la cual la espada material correspondía al Rey y la espada espiritual al Papa, significaba en el fondo la subordinación de los reyes a los papas, pues estos últimos delegaban en aquellos el poder material del control sobre los súbditos, como el representante terrenal de los intereses celestiales de la iglesia católica. La doctrina hierocrátrica (o jerárquica) aspiraba a establecer con claridad los límites de la autoridad del rey y de la iglesia, pero siempre suponía mayor a la segunda. Las concepciones “descendentes” del poder político promovida por la iglesia católica (de Dios hacia los mortales) se imponían a las concepciones “ascendentes” del poder (del pueblo hacia sus representantes y dirigentes), propia de la filosofía política de la Grecia clásica.
El centro de las discusiones litúrgicas estaba por dominado por el tema de la legitimidad y la representación del poder. Con el surgimiento de los modernos Estados nacionales, en el auge del capitalismo y el redescubrimiento de los ideales democráticos, las concepciones ascendentes desplazarían a las descendentes, pero los ceremoniales de investidura de los representantes populares conservarían sus prácticas a lo largo del siglo XIX y XX. Tomas de protesta, juramentos, papeles, símbolos, son parte de la parafernalia del espectáculo político heredado por la sociedad medieval a las sociedades contemporáneas.
La tesis central del texto clásico de Ullmann (publicado originalmente en inglés en 1965) es que buena parte de la literatura política tiene su origen en aquella sorda, prolongada y complicada lucha por las investiduras. De ahí tomarían Hume, Hobbes, Maquiavelo o Kant las bases para la filosofía política moderna. Y en las universidades se discutirían nuevas teorías que darían origen en el siglo XX al derecho y a la ciencia política moderna. La separación de la persona y del personaje, del individuo y la figura que representa, serán uno de los ejes de transformación de los procesos de la representación política que serán colocados en el centro de las disputas por las investiduras, y que llegarán a su auge con la configuración de las democracias occidentales europeas.
Los efectos de esa lucha de investiduras se transmitieron silenciosamente a las ceremonias presidenciales y parlamentarias actuales, pero también permanecieron fuertemente resguardados en los rituales de graduación universitaria. Las borlas, las togas, los birretes, sus distintos colores y significados, la solemnidad de las ceremonias, la magnificencia de los espacios de las liturgias académicas de reconocimiento y homenaje, el otorgamiento de reconocimientos honoris causa, las tomas de posesión de Rectores, la instalación de sus órganos colegiados, las tomas de protesta, son los saldos de aquellas viejas ceremonias de investidura; polvos de los viejos lodos del ordenamiento, distribución y disputa por el poder institucional y social representado por las universidades.
Investiduras: jerarquía y poder
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 25/01/2018)
En la edad media, los ceremoniales de coronación de los reyes constituían una oportunidad privilegiada para poner en movimiento la sofisticada maquinaria simbólica y práctica que articulaba las relaciones entre el poder real y el poder espiritual, es decir, entre las elites de las monarquías y las elites de la iglesia católica. Los gestos, las palabras, los objetos que se utilizaban en dichas ceremonias de ungimiento eran cuidadosamente seleccionados, acomodados, estudiados, discursos pronunciados para colocar en cada ritual la fuerza de los intereses organizados en territorios y poblaciones específicas.
Ese cuidado por el uso de los colores y el aroma de los inciensos, las maneras adecuadas de las vestimentas, las formas de presentación y las maneras de saludar, tenía su sentido. A finales del siglo IX, el conjunto de disposiciones y procedimientos de las ceremonias reales dieron paso a lo que se conocería como la “lucha de Investiduras”, donde se disputaban símbolos, secuencias, lugares de ubicación de los invitados célebres y de la plebe, las características, los adornos de los lugares donde se debían llevar a cabo los rituales de ungimiento. Esa lucha enfrentaba a los rituales eclesiásticos con los rituales laicos, cuyas respectivas simbologías representaban jerarquías y ordenamientos políticos distintos. De ahí, de la minuciosa redacción de esos procedimientos –una suerte de manuales de usos y costumbres ceremoniales- , comenzaron a plasmarse algunas definiciones básicas sobre el poder y la autoridad en la sociedad medieval que luego, con el tiempo, pasarían a formar parte del lenguaje político moderno. En ese proceso dilatado y complejo jugaron un papel destacado clérigos y juristas laicos, que formaron grupos especializados que dieron origen a las escuelas y cánones que fundarían las primeras universidades europeas como las de Bolonia o la de París.
El carácter eclesiástico de la ideología política del siglo noveno fue por supuesto dominante, y perduraría en los siglos posteriores. El oficiar las ceremonias fue una prerrogativa episcopal que incrementaba su legitimidad ante reyes y súbditos. Como señala Walter Ullmann en su Historia del pensamiento político en la edad media (Ariel, Barcelona, 2013), “cada gesto, cada símbolo y cada oración tenían un significado conciso y exacto, y los oficios de las coronaciones son a veces más reveladores que muchos tratados que han sido y son objeto de largos estudios”.
La “teoría de las dos espadas” según la cual la espada material correspondía al Rey y la espada espiritual al Papa, significaba en el fondo la subordinación de los reyes a los papas, pues estos últimos delegaban en aquellos el poder material del control sobre los súbditos, como el representante terrenal de los intereses celestiales de la iglesia católica. La doctrina hierocrátrica (o jerárquica) aspiraba a establecer con claridad los límites de la autoridad del rey y de la iglesia, pero siempre suponía mayor a la segunda. Las concepciones “descendentes” del poder político promovida por la iglesia católica (de Dios hacia los mortales) se imponían a las concepciones “ascendentes” del poder (del pueblo hacia sus representantes y dirigentes), propia de la filosofía política de la Grecia clásica.
El centro de las discusiones litúrgicas estaba por dominado por el tema de la legitimidad y la representación del poder. Con el surgimiento de los modernos Estados nacionales, en el auge del capitalismo y el redescubrimiento de los ideales democráticos, las concepciones ascendentes desplazarían a las descendentes, pero los ceremoniales de investidura de los representantes populares conservarían sus prácticas a lo largo del siglo XIX y XX. Tomas de protesta, juramentos, papeles, símbolos, son parte de la parafernalia del espectáculo político heredado por la sociedad medieval a las sociedades contemporáneas.
La tesis central del texto clásico de Ullmann (publicado originalmente en inglés en 1965) es que buena parte de la literatura política tiene su origen en aquella sorda, prolongada y complicada lucha por las investiduras. De ahí tomarían Hume, Hobbes, Maquiavelo o Kant las bases para la filosofía política moderna. Y en las universidades se discutirían nuevas teorías que darían origen en el siglo XX al derecho y a la ciencia política moderna. La separación de la persona y del personaje, del individuo y la figura que representa, serán uno de los ejes de transformación de los procesos de la representación política que serán colocados en el centro de las disputas por las investiduras, y que llegarán a su auge con la configuración de las democracias occidentales europeas.
Los efectos de esa lucha de investiduras se transmitieron silenciosamente a las ceremonias presidenciales y parlamentarias actuales, pero también permanecieron fuertemente resguardados en los rituales de graduación universitaria. Las borlas, las togas, los birretes, sus distintos colores y significados, la solemnidad de las ceremonias, la magnificencia de los espacios de las liturgias académicas de reconocimiento y homenaje, el otorgamiento de reconocimientos honoris causa, las tomas de posesión de Rectores, la instalación de sus órganos colegiados, las tomas de protesta, son los saldos de aquellas viejas ceremonias de investidura; polvos de los viejos lodos del ordenamiento, distribución y disputa por el poder institucional y social representado por las universidades.
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