Thursday, December 09, 2021
Educar en tiempos malditos
Estación de paso
La educación en tiempos malditos
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 09/12/2021)
La educación mexicana es uno de los territorios sociales más golpeados por la crisis pandémica y económica de los dos últimos ciclos escolares (2019-2020, y 2020-2021). La suspensión de clases fue una medida de emergencia, de salud pública, que significó un escenario inédito para el sistema educativo: cierre total de escuelas, transición súbita desde las tradiciones presenciales hacia la virtualización educativa, cambios rápidos en las rutinas, hábitos y prácticas escolares. Las tradicionales brechas sociales de la desigualdad educativa se combinaron con las fracturas y brechas tecnológicas, en la que millones de estudiantes encerrados en sus casas experimentaron el impacto de la crisis con carencias pedagógicas, de conectividad y de comprensión en los procesos de enseñanza y aprendizaje.
La experiencia de la crisis obligó a autoridades y ciudadanos a adaptarse, o resignarse, a un tiempo gobernado por riesgos e incertidumbres. En esas condiciones, la educación ha enfrentado dilemas y vacíos propios de la gestión de la crisis, que se combinan con la persistencia de déficits institucionales e insuficiencias acumuladas a lo largo de los últimos años. Los actores, procesos y recursos que configuran el sistema educativo han sido marcados por las decisiones públicas tomadas en los años de la pandemia. El futuro estará marcado por las herencias del pasado reciente, que siempre es, como decía Alfonso Reyes, “el enemigo”.
Bajo estas consideraciones un grupo de investigadores en cuestiones educativas fue convocado a finales de la primavera de este año por el Centro de Estudios Estratégicos para el Desarrollo de la Universidad de Guadalajara para examinar no sólo el tamaño del impacto de la crisis sobre la educación, sino también para pensar en el futuro educativo mexicano. Fue así como Gilberto Guevara Niebla y quien estos escribe convocamos a 12 autores para explorar algunas de las dimensiones estratégicas de los impactos profundos de la gestión de la crisis en el sistema educativo, bajo la premisa de que la crisis educativa ya existía antes de la pandemia, pero que la gestión de dicha crisis le ha correspondido inevitablemente al actual gobierno federal.
Gestionar crisis nunca ha sido un asunto fácil. Se ponen en juego instrumentos políticos y de políticas públicas pero también creencias, prejuicios y cálculos de quienes toman las decisiones. Gestionar crisis significa gestionar riesgos en contextos de alta incertidumbre y múltiples limitaciones de información y conocimiento. Esta fue la segunda premisa general de la convocatoria a los autores reunidos en el libro Educación: estrategias para la recuperación (EDUG, 2021). Bajo estas premisas, los colaboradores invitados examinaron 11 temas específicos, que van desde imaginar posibles escenarios futuros de la educación (Carlos Ornelas), hasta las implicaciones de la crisis en las relaciones entre educación y trabajo (Maria de Ibarrola), o el carácter al parecer irreversible de la educación híbrida (presencial/vitual) en los procesos de enseñanza-aprendizaje (Claudio Rama).
Pero en el texto también se abordan los problemas de los distintos niveles y espacios educativos, desde la educación básica y media superior hasta la educación superior. Guevara Niebla plantea la confluencia de tres crisis en el contexto actual (la histórica, la pandémica y la del gobierno educativo), Héctor Franco examina los problemas del subsistema de formación de maestros, mientras que el exsecretario de educación estatal y profesor de banquillo Héctor Jiménez narra los problemas de liderazgo educativo en las escuelas primaria y secundarias del país. Por su parte, Juan Fidel Zorrilla examina los problemas de equidad y cobertura del nivel medio superior del sistema, y quien esto escribe explora los problemas del orden sin sistema que caracteriza a la educación superior, a pesar de los enunciados de gratuidad y obligatoriedad que dieron origen a la formulación de la Ley General de Educación Superior aprobada en mayo de este año.
En el libro también se encuentran tres capítulos clave para comprender el presente y el futuro educativo mexicano. Uno tiene que ver con las perspectivas de la evaluación educativa en el contexto del COVID-19 (Eduardo Backhoff), otro sobre la caída dramática del presupuesto educativo en el contexto de recesión económica y desconexión educativa (Marco Antonio Fernández y Laura Noemí Herrera), y un análisis sobre las relaciones entre los resultados de la investigación educativa y las decisiones de política pública en este campo (Germán Álvarez Mendiola).
Vistos en su conjunto, los trabajos reunidos en esta obra permiten obtener un buen mapa contemporáneo de los problemas, dilemas y desafíos de la educación mexicana en la era de la pandemia. Pero también permite pensar desde distintas perspectivas y profundidades los posibles futuros del sistema educativo a partir de algunas hipótesis, enunciados y propuestas de acción pública. Se trata no sólo de un libro de críticas fundadas en evidencia a la gestión gubernamental de la crisis educativa, sino de un esfuerzo por identificar y pensar de otra manera las huellas de los “tiempos malditos” en el futuro del sector, esos tiempos a los que se refería el escritor californiano Jack London cuando los hombres enfrentan circunstancias adversas.
Tuesday, November 30, 2021
Crónicas de música y política
Crónicas de música y política
Adrián Acosta Silva
(Nexos, Blog de música, 29/11/2021)
A primera vista, quizá no existan dos actividades tan distantes como las del político y la del músico. Casi por (auto) definición, un político es lo opuesto a un músico, y la mayor parte de los músicos se declaran apolíticos. Siendo más oficios que profesiones, ambas actividades miran en direcciones distintas. Una tiene que ver con el poder, con sus relaciones y reglas, con la vida partidista, de grupos y tribus, con aprendizajes rápidos y decepciones lentas, con la gestión de la frustración, con la búsqueda de un puñado de ideales articulados a un par de proyectos más o menos coherentes, concentrados en la negociación rutinaria de intereses, pasiones y conflictos. La otra se asocia a la exploración de sonidos y letras, al ejercicio de la curiosidad, la imaginación y la inspiración necesarias para traducir realidades múltiples en canciones gobernadas por la compleja geografía de los sentimientos, expresadas por manos ágiles, partituras inteligentes y voces más o menos afortunadas.
Ninguna universidad ofrece programas de formación de políticos exitosos (aunque hay miles de cursos, cursillos, talleres, conferencias, consultores que se promueven por todos lados al respecto), y tampoco nunguna escuela de música garantiza la formación de cantantes, ejecutores o compositores que alcancen la fama, la fortuna y el éxito en sus trayectorias. La política y la música son guiadas por una mezcla imprecisa de talento y oficio, de fortuna y virtud, aunque en ocasiones la educación ayuda a mejorar esas cualidades. La música preferida del político es el poder, su capacidad de representación y negociación de intereses propios y ajenos. La política del músico es alcanzar influencia en las sensibilidades de otros, su capacidad para trasmitir emociones e imágenes. Una se mide con votos y puestos. La otra, con discos y conciertos. Ambas se unen con el discreto encanto del dinero.
Hay políticos a los que les gustaría ser músicos, y músicos a los que les seduce ser políticos. Es díficil identificar conexiones entre ambos mundos que vayan más allá de la cursilería, los elogios mutuos, los clichés y el rosario de los lugares comunes. Y sin embargo, esos enlaces a veces suceden. Tal es el caso de Renegados. Born in the USA (Debate, México, 2021). Un expresidente popular (Barack Obama) y un músico famoso (Bruce Springsteen) se reunieron a conversar durante el verano del 2020 en torno a temas de interés común, dictados por la intución, la experiencia y la incertidumbre ocasionada por la pandemia. Originalmente producido como un podcast, ese ejercicio mezcla los componentes propios de dos amigos que conversan frente a una taza de café un lunes por la mañana o unas cervezas frías algún viernes por la tarde. Es un muestrario de anécdotas, impresiones y recuerdos, un laberinto memorístico marcado por acontecimientos colectivos, historias familiares y trayectorias personales. No se trata solamente de una conversación entre amigos que se admiran mutuamente -alguna vez escribió Paul Auster que una amistad sólida sólo es posible entre dos personas que se admiran-, sino también de la reconstrucción subjetiva, inevitablemente arbitraria y azarosa, sin pretensiones, de una época y un contexto que comparten con algunos o millones de sus respectivos seguidores y detractores.
Los orígenes de los dos personajes son muy distintos. Uno nación en Honolulú en 1961, el otro en Nueva Jersey en 1949. Obama tiene hoy 60 años y Springsteen 72. Uno es negro, de una familia biracial; el otro, blanco, de una familia de clase obrera. Uno estudió una licenciatura en la Universidad de Chicago, luego un posgrado en Harvard y fue profesor de leyes en la Universidad de Chicago. El otro, obtuvo el grado de bachelor en la Freedhold High School de Nueva Jersey, abandonó los estudios y a los veinte años de edad se dedicó a tocar con una banda de amigos de su barrio natal (E Street Band). Pero la diferencia de edades y escolaridades no explica el misterio de afinidades electivas comunes, y muchas de ellas se forjaron con los ritmos y sonoridades de la música de fondo que acompaña sus trayectorias vitales.
Con Obama en la presidencia, se organizaron una serie de actuaciones en la Casa Blanca dirigidas a reconocer el cáracter multicultural de la sociedad americana: música popular, poesía, música y spoken word, música latina, música clásica, el sonido motown, música country, soul y blues. Por ahí actuaron en 2009 Tony Bennett y Stevie Wonder, Esperanza Spalding y Los Lobos; en 2010 la violoncelista Alisa Weilerstein y la activista Joan Baez, Bob Dylan y Smokey Robinson; en 2011 Kris Kristofferson y Alison Krauss; en 2012, Mick Jagger y Jeff Beck, Diana Krall y Burt Bacharach; en 2014 Mavis Staples y Aretha Franklin, y el propio Springsteen, en 2015. Este, por su parte, montó en 2017 una obra de teatro autobiográfica (Springsteen on Broadway), lanzó en los últimos años un par de discos de buena factura: Western Stars (2019) y Letter to You (2020), y apoyó con entusiasmo la campaña del candidato demócrata Joe Biden a la presidencia.
El libro reproduce el tono coloquial de una larga charla entre amigos. Como tal, hay divagaciones y afirmaciones difusas, momentos aburridos, apuntes impresionistas, revelaciones emocionales y convicciones políticas o estéticas. Las 316 páginas del texto navegan con frases de diferentes intensidades y profundidades, que van del testimonio personal a la entrevista mutua. Recuerdos firmes, convicciones poderosas e incertidumbres compartidas imprimen diversas tonalidades a la charla, que en ocasiones sólo son comprensibles o interesantes para sus protagonistas. El humor, los sarcasmos e ironías, las coincidencias, las preocupaciones, los elogios a la lealtad, la responsabilidad y el compromiso social de la política o de la música, configuran las coordenadas morales que gobiernan la conversación entre el político demócrata y el músico de rock.
El largo conversatorio entre Obama (BO) y Springsteen (BS) ofrece algunas viñetas interesantes sobre algunos temas. Éstas son algunas de ellas:
Sobre la apropiación cultural
BO: Todo eso de la apropiación cultural…La verdad es que no soy muy partidario de definir estrictamente quién puede hacer qué.
BS: Estoy de acuerdo
BO: Creo que todos hemos robado algo
BS: Todo el mundo, en todos lados.
Música y política
BS: Con Born in the USA (1984) fue cuando supimos que era lo que teníamos que hacer, como banda, un poco como unidad social y también como unidad de entretenimiento, y cómo íbamos a fundir esas tres cosas.
BO: Ser testigo de ese espíritu me hizo pensar: “Estaría bien que los políticos se comportasen así, como unos tipos que están tocando una buena canción”.
Trabajar y bailar
BS: Quiero transmitir una alegría salvaje y un hambre voraz por la vida.
El sueño americano (otra vez)
BO: ¿Qué hacía falta para restaurar la fe en la promesa de Estados Unidos? ¿Cómo contar un nuevo relato sobre el país que nos una, que sea fiel a nuestros ideales más elevados y almismo tiempo muestre con sinceridad los aspectos en que nos hemos quedado cortos?
BS: En Estados Unidos, noventa y nueve céntimos no van a llevarte adonde quieres ir. Necesitas el dólar completo, amigo mío.
BO: Lo que quiero hacer ahora es contar una historia que se contraponga a la historia que dice que el sueño americano lo define el hecho de acabar en lo más alto de una pirámide que cada día es más empinada o de que cuanta más gente haya debajo de ti, mejor.
Las viñetas se acompañan de imágenes, fantasmas y apariciones que habitan los largos intercambios contenidos en el libro. Es posible que sean solo del interés de los seguidores de Obama y del Jefe Springsteen, pero quizá también llame la atención de quienes se interesan en comprender los extraños lazos que unen a las personas a través de los complicados caminos que conectan la cultura y la política. Es un texto de palabras y fotografías, de discursos políticos y canciones de letras de rock. Pero también es una biografía a dos voces, con el sonido de fondo de una música que influyó poderosamente en la educación sentimental de varias generaciones.
Tal vez esas marcas culturales explican los estilos políticos y estéticos de los conversadores. Las elegantes y prudentes reacciones de Obama frente a los continuos ataques del trumpismo, forman parte del lado luminoso de la corrección política, orientada por la cortesía y la claridad como armas contra el insulto y el racismo. Por su parte, hace unos meses unos policías locales detuvieron a Springsteen por beber unos tequilas a bordo de su auto en un parque público de Nueva Jersey. Pagó su multa y se disculpó. Las actitudes y los comportamientos del expresidente y del rockero son muestras de que las brújulas morales son la clave de la política democrática y la música popular. Señales de que, a pesar de la turbulencia de los tiempos, representan las raíces profundas de la ética de la responsabilidad en una era de oscuridad y confusión política.
Thursday, November 25, 2021
Libros, escritorios, relojes
Estación de paso
Libros, escritorios y relojes de arena
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 25/11/2021)
https://suplementocampus.com/libros-escritorios-y-relojes-de-arena/
Los monasterios medievales han sido objeto frecuente de la historia, la ficción y la literatura (El nombre de la rosa, por ejemplo, de Umberto Eco). Sitios donde los límites entre lo espiritual y lo mundano eran difusos, en los monasterios se forjaron prácticas que luego se transmitirían a otros ámbitos de las esferas públicas y privadas de las sociedades europeas, como es el caso de las universidades. La organización de espacios y temporalidades, figuras de autoridad y rutinas, son parte de las herencias monacales a las universidades modernas.
Hace unos días, el historiador y periodista catalán Josep Tomàs Cabot publicó en el diario La Vanguardia de Barcelona (11/11/2021) un artículo al respecto (“De la celda al scriptorium: la vida en un monasterio medieval”). El tema es atractivo no sólo para historiadores interesados en el papel de las iglesias, conventos y monasterios en las sociedades medievales europeas, sino también para quienes desde otras disciplinas analizan el papel de esos espacios en las relaciones de poder de las comunidades religiosas en el contexto más amplio de la construcción del orden social medieval entre distintos territorios y poblaciones.
Es sabido que durante esa época los monasterios fueron piezas claves del orden político-social. Ligados al dominio de la iglesia católica, eran construcciones generalmente adyacentes a las grandes iglesias de las distintas regiones, en las cuales vivían de manera permanente religiosos que ejercían diversas funciones y realizaban múltiples tareas cotidianas. Los más jóvenes eran estudiantes que aspiraban a convertirse en clérigos y monjes, cuya formación escolástica descansaba en dos procesos: el aprendizaje del trivium (gramática, retórica y dialéctica) y del quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía).
La organización del espacio y el tiempo era fuertemente regulada. Las celdas eran confinamientos solitarios, dedicados al descanso, la reflexión y el aislamiento individual, mientras que los espacios comunes se utilizaban para celebrar rituales, comer o trabajar. La vida interior descansaba en el principio “Ora et Labora” (Reza y trabaja), una norma interna utilizada desde el siglo IV en monasterios italianos, que significaba que las actividades de los monjes debían conjugar permanentemente la oración con el trabajo. Para ello, los relojes de arena jugaban un papel central en los espacios monacales. El horario de los monasterios se organizaba en 8 partes, denominadas “horas canónicas” comenzando con el amanecer (“Laudes”), prosiguiendo en periodos de tiempo de dos o tres horas cada uno (“prima”, “tercia”, “sexta”, “nona”, “vísperas”) y cerrando con el anochecer (“completas”).
Los monasterios eran los más grandes depósitos europeos de libros clásicos entre los siglos VII y XVII. Ahí se resguardaban los textos fundacionales de la iglesia y de la grecia antigua, pero también se copiaban o se traducían del árabe al latín libros extraídos de las grandes bibliotecas de Persia, Egipto o Mesopotamia. Los libros se guardaban en grandes “armarios” (los libros como armas de la fe), y constituían el universo de la época, como se refiere Borges en La Biblioteca de Babel a esos amplios espacios organizados en anaqueles, galerías hexagonales y gabinetes. En esas bibliotecas medievales se encuentra una de las claves del prolongado poder social y político de la iglesia católica. La lectura y la escritura eran habilidades escasas en una sociedad de analfabetos, una característica que incluía tanto a las elites como a los pueblos, y esas habilidades formaban el núcleo del poder simbólico y práctico de los monasterios.
El escritorio no era sólo un mueble sino un espacio fundamental de los claustros monacales. Ahí, los monjes leían durante largas horas sus códices y copiaban sus manuscritos. Por ello, los copistas eran altamente valorados en los monasterios. Su lugar de trabajo era el scriptorium, donde se colocaban cálamos (cañas huecas), pinceles, plumas de ave y tintas de diferentes colores. Esas eran sus herramientas básicas, con las cuales elaboraban libros, documentos oficiales y pergaminos solicitados por autoridades eclesiásticas o monárquicas. Requería dedicar mucha atención, tiempo y paciencia a la escritura de textos bíblicos, edictos y proclamas. La recompensa que recibían los copistas era el perdón por sus pecados. “La leyenda indica” -escribe Tomàs Cabot- “que por cada letra realizada se perdonaba un pecado”. Esa labor era minuciosamente supervisada por los monjes superiores, cuidando que las letras estuvieran “inspiradas por el espíritu divino” y no por “el demonio del orgullo”, como apunta Umberto Eco en su libro póstumo La memoria vegetal (Lumen, 2021).
La combinación de bibliotecas, escritorios y relojes de arena configuraba los espacios adecuados para las prácticas que los monjes escribanos desarrollaban bajo las reglas de la fe y del trabajo. Esa disciplina fue transmitida a las primeras universidades europeas a partir del siglo XI, cuando las comunidades de estudiantes y profesores que eran las corporaciones o gremios escolares, formaron universidades como la de Bolonia, la primera en denominarse como tal en 1088. Los espacios físicos de las incipientes universidades fueron los monasterios, y las bibliotecas, el scriptorium, la cátedra (asiento elevado ubicado en el púlpito),o el seminarius, que se constituyeron como los símbolos principales del poder, del estudio y el trabajo en pueblos y ciudades europeas.
De esas pìezas está hecha parte de la historia de las universidades modernas. Tiempo, libros y escritura conforman los dispositivos que hasta el siglo XVII eran gobernados por la fe, el temor a dios y la búsqueda de la salvación, una forma de racionalidad mística construida bajo el eterno sentimiento de culpa de los consagrados a la difusión de la religión católica en el mundo. La ilustración y el siglo de las luces imprimieron otro sentido a esas prácticas, orientadas ahora por una racionalidad gobernada por la experimentación, el escepticismo y la curiosidad intelectual, desarrolladas en un contexto de creciente autonomía institucional de las universidades. Las aguas profundas de la reflexión y la búsqueda del conocimiento condujeron a nuevos hallazgos y dudas, dirigidas hacia la construcción de pequeñas “islas del saber” situadas entre nuestros grandes “océanos de ignorancia”, como lo describió algun vez Norbert Elias.
Thursday, November 11, 2021
El futuro de la autonomía universitaria
Estación de paso
El futuro de la autonomía
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 11/11/2021)
https://suplementocampus.com/el-futuro-de-la-autonomia/
La autonomía universitaria es una idea, pero también un conjunto de prácticas que han coexistido permanentemente entre presiones externas y tensiones internas. La idea moderna consiste en que la autonomía es un supuesto básico (un derecho) para que las universidades puedan auto-organizarse y auto-gobernarse para fortalecer las libertades de cátedra e investigación como ejes del sentido institucional de la universidad pública contemporánea. Es autónoma respecto del Estado y del mercado, de las fuerzas que desean someter a la universidad a un proyecto o a un conjunto de intereses o dogmas que se consideran de un orden superior o prioritario. La larga historia de subordinación de las universidades medievales y coloniales bajo el dominio de la iglesia católica está detrás de la idea moderna, liberal, de la autonomía.
La autonomía contemporánea descansa en la reflexión solitaria y el debate público, en la organización de dudas y la formulación de ideas más o menos novedosas. Es por eso que el principio maestro de la autonomía universitaria es la autonomía intelectual, el ejercicio del pensamiento libre, la crítica, la experimentación y el escepticismo. En los cubículos, aulas, laboratorios y auditorios, a través de redes y comunidades disciplinarias, coloquios, congresos o seminarios, estudiantes y profesores configuran espacios de diálogo y deliberación que acompañan o preceden innovaciones, cambios o aportaciones a la formación profesional, a la investigación científica o la vinculación institucional. Ese es el largo camino que la autonomía universitaria ha pavimentado lenta y conflictivamente en los últimos cien años.
Sin embargo, un nuevo ciclo de tensiones entre el gobierno y la autonomía universitaria parece confirmarse en los últimos años. Desde la presidencia de la república hasta gobiernos estatales, desde el congreso de la unión hasta los partidos políticos, se han estimulado conflictos en torno al significado y los límites de la autonomía universitaria. Como ha ocurrido antes en otros contextos, la idea misma de la autonomía es cuestionada desde diversos frentes y por diferentes actores. En la experiencia mexicana, la resolución jurídica de esa idea quedó plasmada claramente en el texto del artículo tercero constitucional con la reforma de 1978, en la que se definió a la autonomía como un derecho, como una garantía a las universidades públicas tutelada por el Estado.
Frente a la turbulencia de la coyuntura, las universidades han comenzado a movilizarse contra los cuestionamientos y descalificaciones del oficialismo y sus aliados. Esta coyuntura marca los perfiles del futuro de la autonomía universitaria. La agenda en construcción tiene que ver con las tensiones permanentes que habitan las relaciones entre las universidades y sus entornos: financiamiento público, libertad académica, compromiso social, responsabilidad pública, auto-gobierno institucional. Esa agenda marca en gran medida los posibles futuros de la universidad pública mexicana.
Factores demográficos, políticos, económicos y tecnológicos constituyen las variables de contexto que marcarán la intensidad de los temas de la agenda. Un crecimiento constante de la demanda por educación superior, el mejoramiento relativo de la tasa de cobertura, la multiplicación de ofertas públicas y privadas de educación superior, configuran fuerzas que relocalizarán el papel y la pertinencia de las universidades públicas del país. Un crecimiento económico errático, de bajo desempeño, incrementará las desigualdades sociales y confirmarán el carácter mesocrático de las universidades publicas, sometiendo a un esquema de financiamiento federal crónicamente deficitario a estas organizaciones. Un mayor intervencionismo gubernamental orientado hacia el control del desempeño obligará a las instituciones a desarrollar estrategias de defensa y negociación de sus autonomías. La digitalización y la inteligencia artificial marcarán cambios en los procesos de formación profesional y el desarrollo de las actividades de investigación en las diversas disciplinas y áreas del conocimiento que se cultivan en las universidades, o presionarán hacia la exploración de nuevos campos científicos y profesionales.
El escenario futuro de las universidades será una combinación compleja entre la prolongación de tendencias que ya existen y la aparición de nuevos fenómenos que presionarán por un ajuste al significado y las prácticas de la autonomía. El incremento de una lógica neo-utilitarista sobre la universidad dominará las políticas públicas, y se combinará con las exigencias sobre transparencia, rendición de cuentas, compromiso y responsabilidad social de las universidades. La demanda por educación y aprendizajes a lo largo de la vida, obligarán a las universidades a formular esquemas mucho más flexibles y abiertos para incorporar nuevas poblaciones de ciudadanos (de mayor edad y experiencias) a las aulas presenciales y virtuales universitarias. Los modelos de formación dual con empresas públicas y privadas, el desarrollo de patentes y prototipos, la asociación con organizaciones locales, nacionales o internacionales para el desarrollo e instrumentación de proyectos culturales, serán parte de los nuevos esquemas de vinculación con los entornos sociales.
En este escenario, el cogobierno universitario se modificará sustancialmente. Los órganos colegiados tradicionales (consejos universitarios, colegios académicos, juntas de gobierno) modificarán su composición y funciones, incorporando actores universitarios y no universitarios. Las decisiones académicas y de gobierno dejarán de ser competencia exclusiva de estudiantes, profesores y directivos, para considerar también las voces de gobiernos, empresarios y liderazgos sociales, políticos y culturales. Un nuevo ciclo de tensiones será procesado bajo nuevas reglas y estructuras del poder universitario.
Estos pueden ser los rasgos básicos de un futuro utópico o distópico de la autonomía universitaria. La temporalidad de este imaginario escenario futuro se construye desde ahora y es fruto del pasado reciente, y podría alcanzarse en los próximos diez o veinte años, digamos, hacia el 2030 o el 2040. Como toda visión prospectiva, los escenarios son gobernados por hipótesis surgidas del cálculo y la imaginación, que se alimentan del pesimismo o del optimismo, esos estados de ánimo tan frecuentes cuando se piensa en lo que puede ocurrir en el futuro. No son profecías catastróficas ni pronósticos luminosos. No obstante, pueden ayudar a orientar la reflexión y el debate sobre lo que las comunidades intelectuales y políticas pueden o deben hacer para construir un nuevo significado de la autonomía universitaria para el siglo XXI en entornos dominados desde hace tiempo por la incertidumbre.
Thursday, November 04, 2021
Educación y alcohol
Estación de paso
Profesores: palabras, música y alcohol
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 04/11/2021)
https://suplementocampus.com/profesores-palabras-musica-y-alcohol/
La escuela -desde la primaria hasta la universidad- es un espacio de experiencias múltiples. Además de sus tradicionales funciones formativas centradas en el desarrollo de conocimientos, aprendizajes y habilidades, también es un espacio de educación sentimental, moral y cultural en un sentido amplio. Las experiencias compartidas, asociadas a los intercambios cotidianos con compañeros, profesores y autoridades de los planteles, proporcionan a los estudiantes códigos de comportamiento útiles para la vida social, desarrollan con el tiempo lazos de confianza y formas de gestionar conflictos y tensiones, les permiten expresar y explorar sus dudas, creencias e incertidumbres, pero también surgen certezas instantáneas y, a veces, se cultivan amistades perdurables.
Pero la experiencia escolar suele ser distinta para los diferentes actores que participan cotidianamente en los procesos educativos. Estudiantes, profesores y directivos experimentan de manera diferente las tensiones, las rutinas y los logros esperados o espontáneos de la educación escolarizada. Pero es el profesorado el que constituye el sector que mayor desgaste sufre a lo largo de las pequeñas y grandes historias escolares de cada plantel. Forman la parte constante, fija, de la escuela, distinta a la ronda de las generaciones que entran y salen cada año de los centros escolares. Las complicadas trayectorias vitales que representan un o una profesora, configuran relatos complejos que acompañan la vida cotidiana de las escuelas de todo el mundo.
George Steiner escribió algo al respecto. En Lecciones de los maestros (2004), por ejemplo, afirmó que “no puede haber sistema familiar ni social…sin enseñanza y discipulazgo, sin magisterio y aprendizaje consumados”. En el centro de este sistema se encuentran los profesores universitarios, un oficio “extraño y problemático”, por el cual reciben un pago y construyen una vida. “La auténtica enseñanza”- afirma Steiner- “es una vocación”. Más aún: “Es una llamada”. Pero el ejercicio prolongado del oficio suele consumir los recursos vitales, la fuerza de la vocación y la intensidad de la llamada.
Si es cierto aquello de que carácter es destino, el oficio de maestro muestra las dificultades que envuelven a lo largo del tiempo la forja del carácter docente. En no pocos casos, las motivaciones, entusiasmos e ilusiones iniciales de la profesión se vuelven con el transcurso de los años en episodios frecuentes de aburrimiento, confusión y decepciones. Las rutinas, los hábitos, las costumbres de la enseñanza oscurecen el brillo de los aprendizajes. Los itinerarios vitales de los individuos (laborales, familiares, sociales), acumulan con el tiempo dilemas y responsabilidades, grandes incertidumbres y pequeñas crisis de identidad, que se amplifican en los contextos escolares con el incremento de las brechas generacionales entre estudiantes y profesores. La información y la formación son ejes básicos del ejercicio magisterial que adquieren pleno sentido cuando se relacionan con la música de las palabras, con prácticas deportivas, conversaciones, lecturas y sonidos que proporcionan el combustible insustituible de los diálogos sobre los misterios del conocimiento entre estudiantes y profesores en las aulas, patios y pasillos escolares.
La película Otra Ronda (2020) del director danés Thomas Vinterberg, narra una pequeña historia contemporánea al respecto. Un grupo de profesores cincuentones que trabajan en una escuela preparatoria de Dinamarca padecen los estragos de la rutina escolar y del inexorable envejecimiento. Cultivan una amistad duradera, se reúnen con frecuencia a cenar y a beber, conversan sus impresiones y comparten sus cada vez más largos silencios. Uno es un profesor de historia, otro de música, uno de deportes y otro de psicología. Son individuos solitarios, de ojos cansados: unos son solteros empedernidos o divorciados amargados, otros pasan por un período de crisis en sus matrimonios. Todos han perdido o debilitado el entusiasmo inicial por su profesión docente, y se sienten atrapados por la ausencia de un horizonte vital que imprima algún sentido a lo que hacen todos los días desde hace muchos años en su escuela.
Un día descubren que el secreto para experimentar una vida relajada y disfrutable está en el consumo moderado pero frecuente de alcohol. La cifra mágica es el 0.05% en la sangre, considerada en un estudio de psicología leído por uno de los profesores, como parte genética de la naturaleza humana, y que se registra con el nacimiento. Beber pequeñas cantidades de vino, cerveza, whisky o vodka durante todo el día y hasta antes de las 8 de la noche, se convierte en su nueva rutina e invoca los ángeles del optimismo, la lucidez y el buen humor en sus vidas profesionales y personales. Los resultados son asombrosos. Motivados y alegres, los profesores buscan ejemplos de esas rutinas: Schubert y Tchaikovsky en la música clásica, Roosevelt y Winston Churchill en la historia política, Hemingway y Dylan Thomas en la literatura, son citados como ejemplos de grandes bebedores habituales creativos y deslumbrantes. En contraste, figuras como Hitler o Stalin se citan como personajes abstemios o francamente anti-alcohólicos, siniestros y obsesivos, cuyas trayectorias marcaron estelas de destrucción y muerte para las sociedades del siglo XX.
Por supuesto, hay cierta mitología que penetra la imaginación y las prácticas de los profesores. Ello se refleja en una suerte de épica alcohólica, que devuelve el entusiasmo a sus prácticas docentes y que se refleja en el aprecio de sus alumnos y los padres de familia. La parte obscura de esa épica, sin embargo, aparece cuando deciden romper del límites del consumo diario y sobrepasar el 0.1% del alcohol en la sangre, invocando los demonios del alcoholismo, el escándalo público y las fracturas personales. La bestia insaciable que es el alcoholismo devora entonces las fronteras de la ética del deber, un animal feroz que gobierna sus impulsos vitales, por lo que el experimento rápidamente tiene consecuencias directas en la escuela, en su oficio docente y en sus vidas privadas. Uno de los profesores, devastado por la combinación del alcohol y la fatiga existencial, decide suicidarse, pero los otros aprecian las bondades que la bebida, con todo y sus excesos, trajo a sus vidas. Frente a los hechos, la experiencia alcohólica de los maestros se contrasta con la ética de la abstinencia, y el resultado es un examen sin concesiones que une el ejercicio del oficio público con las vidas privadas de los participantes.
La cinta no es una apología del alcoholismo ni tampoco un relato que pretenda conducir a moralejas aleccionadoras o moralinas simplonas. Después de todo, es una ficción cinematógrafica que abreva de la novela moderna, la tragedia clásica y la dramaturgia. Pero se trata del cuidadoso retrato, debidamente dramatizado, de las soledades, frustraciones y desencantos del oficio docente. La imagen apostolar del maestro, con su elevado sentido de misión y responsabilidad ética, moral y profesional, contrastado con el óxido de la rutina y la canción del hastío, con el proceso del envejecimiento inevitable y las complejidades existenciales acumuladas según los calendarios y relojes que gobiernan la vida escolar y las trayectorias vitales de los profesores. Es una mirada profunda, aderezada con algunos granos de sal, a los vacíos e incertidumbres de una profesión poco comprendida, que se suele volver invisible frente a las altas expectativas sociales depositadas rutinariamente en la educación, luces y sombras de un oficio que se desarrolla entre ánimos templados por la concentración intelectual, las distracciones y los destellos de los aprendizajes, el vocerío permanente de la vitalidad estudiantil, y la grisácea burocratización de la vida escolar.
Salud.
Thursday, October 28, 2021
¿Universidades neoliberales?
Estación de paso
¿Universidades neoliberales?
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 28/10/2021)
https://suplementocampus.com/universidades-neoliberales/
Como se ha vuelto uso y costumbre, un día sí y otro también el presidente se concentra en repartir calificativos, acusaciones y caracterizaciones a individuos, grupos e instituciones. A estas alturas de su gobierno, ese ejercicio repetitivo se ha convertido en deporte presidencial, practicado religiosamente todos los días muy temprano desde la sala de prensa/set de filmación/red de redes en que se ha convertido el Palacio Nacional desde el 2 de diciembre del 2018. La última de ellas fue el jueves pasado, cuando todos los medios registraron las palabras de la mañanera de ese día, relacionadas con la UNAM: “En los últimos años, hasta la UNAM se volvió individualista, defensora de estos proyectos neoliberales, perdió su esencia de formación de profesionales para servir al pueblo” (Reforma, 22/10/2021). Al día siguiente, cuestionado al respecto de las críticas a sus afirmaciones del día anterior, el presidente volvió a la carga: “la UNAM legitimó las políticas neoliberales” y “muchísimos de sus egresados, académicos e intelectuales promovieron políticas neoliberales (…) la universidad se derechizó” (La Jornada, 23/10/2021). Amén.
El juicio presidencial se alimenta de imágenes extrañas sobre lo que son y lo que deben ser las universidades contemporáneas. Esas imágenes son, como siempre, una mezcla de prejuicios personales, creencias tribales e ideología política. Siendo él mismo un egresado conspicuo de la UNAM, donde estudió la licenciatura en ciencias políticas y administración pública de 1973 a 1976, López Obrador ha mantenido siempre una actitud de recelo con la universidad nacional y con las universidades públicas en general. De manera persistente, ha expresado críticas abiertas y veladas hacia esas instituciones, alimentadas desde hace tiempo por la desconfianza que le inspiran su autonomía, sus liderazgos y formas de gobierno, o la organización de sus prácticas académicas.
Es díficil establecer con precisión la génesis personal y política de las creencias obradoristas. Lo que vale la pena es revisar si existen, o no, “universidades neoliberales”, y si la UNAM representa una de ellas. En México hoy existen más de 3 mil Instituciones de educación superior, de las cuales 40 son universidades públicas y autónomas. Se sabe de la existencia de universidades corporativas-empresariales, de corte privado; hay universidades de orientación religiosa; también existen universidades públicas federales o estatales; hay universidades de elite, de absorción de la demanda o universidades en red. También hay universidades comprometidas con la competitividad y con la innovación, con la justicia y el cambio social, o con la democracia y las libertades. Los idearios institucionales pueden ser, desde luego, diversos y contradictorios. La historia de esas instituciones ayuda a comprender sus procesos de surgimiento, adaptación y expansión en los distintos contextos sociales, políticos y económicos regionales y nacionales.
La experiencia mexicana del siglo XX mostró la coexistencia de dos grandes modelos de universidades públicas: las autónomas y las no autónomas. Los años treinta presenciaron el encendido debate sobre la educación socialista versus la educación positivista y liberal. Las tres autonomías de la UNAM recogen los saldos al respecto, que en los años cuarenta fueron muy claros: la autonomía intelectual, académica y política de las universidades públicas es el eje de sus procesos de docencia, investigación y difusión de la cultura. Ese es el corazón del poder institucional de la universidad pública moderna. La autonomía coexistó con los gobiernos de la revolución desde Cárdenas hasta López Portillo (pasando por la ocupación militar a CU ocurrida con Díaz Ordaz en 1968), acompañó las políticas desarrollistas de la posguerra y el “milagro mexicano” hasta finales de los setenta, y también a las políticas de ajuste y restructuración neoliberal de los ochenta que se prolongaron durante los años noventa y la primera década del siglo XXI. A lo largo de esta trayectoria la universidad se constituyó como un espacio de debate político y reflexión intelectual sobre temas como el nacionalismo autoritario, la desigualdad, la pobreza, la corrupción y el papel de la ciencia y las humanidades en la configuración de una sociedad más libre, democrática y justa.
Esta rápido recuento muestra que no existe un modelo de universidad, o un solo tipo de universidad. La propia naturaleza y complejidad de la universidad como organización del conocimiento y como espacio deliberativo y reflexivo se resiste a cualquier reduccionismo político o ideológico. Que existan algunos académicos, profesores, estudiantes, trabajadores o directivos que simpaticen con una posición política y que “legitimen” un proyecto gubernamental sexenal o transexenal es una cosa (no pocos universitarios se han convertido en activistas de una causa o en funcionarios de un gobierno, como ocurre con el oficialismo obradorista). Pero que se asuma que una universidad obedece a una ideología o un patrón único de comportamiento es una afirmación conceptual y empíricamente insostenible, una alucinación política, aunque lo afirme en tono de homilía matutina el mismísimo presidente de la república.
Tal vez la experiencia de la Universidad-Pueblo, la Universidad-Foco Revolucionario, o la Universidad Crítica, Democrática y Popular, sean más del agrado de la colección de creencias lopezobradistas sobre lo que deben ser las universidades públicas. Todas ellas fueron invenciones ideológicas más que proyectos institucionales, y sus saldos fueron, en varios casos, desastrosos, y en otros, incluso, criminales. La imaginación y los cálculos políticos presidenciales nos han regalado el descubrimiento de una nueva categoría de la taxonomía universitaria contemporánea: la “Universidad Neoliberal”. Empeñado en que sus palabras transformen la realidad, el presidente confirma su animadversión a las universidades públicas, a su autonomía y complejidad, y pavimenta el camino político del castigo presupuestal que ha dado a este sector desde su llegada al poder. Quizá en eso consista la “sacudida” que quiere dar a las universidades.
Thursday, October 14, 2021
Voces y ecos del nuevo puritanismo político mexicano
Estación de paso
Nuevo puritanismo: las voces y los ecos
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 14/10/2021)
https://suplementocampus.com/nuevo-puritanismo-las-voces-y-los-ecos/
The spirits are using me/larger voices callin´
Crosby, Stills & Nash, Southern Cross
El jueves de la semana pasada, en sus rutinarias mañaneras, el presidente lanzó varias preguntas en torno a las razones por las cuales las universidades públicas se “resisten” al regreso a las clases presenciales. En un acusado tono de reproche (acompañado de su reiterada muletilla “con todo respeto”), con una sonoridad que siempre oscila entre el sermón y el regaño, el presidente afirmó que los maestros universitarios “estaban muy cómodos en sus casas”, “cobrando sus sueldos sin riesgos”, mientras que los sindicatos universitarios mantenían una suerte de silencio cómplice con la situación. De pasada, acusó a grupos de poder en las universidades que actúan como mafias (“no tengo otra palabra”), con liderazgos que, sin ser formales, “mandan en las universidades”, en las que incluía a la UNAM, a la Universidad Veracruzana y a la U. de Guadalajara, llamando a la acción a los estudiantes y profesores para terminar con “cacicazgos” (La Jornada, 08/10/2021).
La voz presidencial exhibe, una vez más, su desprecio por las formas y los fondos de la comunicación política. Otra vez, es el espectáculo de un monólogo privado, no de un diálogo público, cuya lógica es denunciar, acusar, denigrar a quienes considera adversarios, enemigos, conservadores. No hay distinción entre instituciones, grupos o individuos. Como su pecho no es bodega -uno de sus refranes favoritos-, el presidente hostiga, provoca frente a los medios y redes en cadena nacional a quienes en ejercicio de su independencia intelectual, de sus posiciones críticas, o de su autonomía institucional, se deslindan de las acciones presidenciales y deciden actuar en forma distinta a las aspiraciones del jefe máximo del oficialismo. Universidades, centros de investigación, partidos, asociaciones, escritores, científicos, intelectuales, son objetos frecuentes de las descalificaciones del conspicuo inquilino sexenal que todos los días recorre las salas, patios y pasillos de Palacio Nacional.
A tres años de su administración, el estilo de gestión política del presidente confirma sus prejuicios y fobias, sus afinidades, excesos y repeticiones. Su voz es seguida por los ecos de sus subordinados, el funcionariado de primer nivel, dirigentes de su partido, que se han enfrascado desde el prinicipio en demostrar quién es más leal al presidente, quién interpreta mejor sus creencias y obsesiones, quién se distingue más en acciones que evidencien la corrupción, el desplifarro, la inmoralidad o la perversidad del status quo neoliberal, pseudemocrático e inmoral de los gobiernos anteriores a Morena. La nueva élite de poder obedece mecánicamente a su líder, empeñado en la “purificación de la vida pública”, sin reparar en el tamaño de las fracturas gobierno-oposición, los excesos y los efectos no deseados o perversos de un liderazgo que a estas alturas es claramente autoritario y clientelar, que aspira a sentar las bases de un nuevo orden político y moral del país. Las dirección del CONACYT representa con transparencia la lógica purificadora del transformacionismo a través de la divulgación de un “código de conducta” que prohibe a los servidores de ese organismo público criticar las acciones, proyectos o programas impulsados por la actual administración. La forma y el contenido del código retratan de manera espléndida la racionalidad puritana que domina los cálculos, deseos e ilusiones de la élite oficialista.
Lo más precupante de las creencias presidenciales sobre las universidades es que alimentan las bestias negras de la desconfianza sobre la importancia o el desempeño de esas instituciones. El presidente sopla al fuego con el combustible del escepticismo sobre la legitimidad social, intelectual y cultural de las universidades públicas, haciendo eco de las afirmaciones similares que otras voces han promovido desde hace tiempo. Pero las evidencias muestran que la imagen de que las universidades no apoyan el regreso a clases presenciales es insostenible. Desde hace varias semanas, no pocas universidades públicas regresaron a clases mediante distintas estrategias y temporalidades. Los calendarios escolares son diferentes y por lo tanto las temporalidades del regreso a la presencialidad son también distintas. En todos los casos, la virtualidad o las formas híbridas se mantienen desde hace año y medio como herramientas prácticas frente a una situación de crisis.
Mantener el funcionamiento universitario durante la pandemia significó un gran esfuerzo por apoyar a profesores y estudiantes mediante sistemas de enseñanza/aprendizaje a distancia, con resultados que aún se tendrán que valorar con precisión. Contra lo que las creencias presidenciales suponen, los profesores no trabajaban sin cobrar, en la comodidad de sus hogares, y los estudiantes tuvieron que adaptarse a condiciones inéditas de interacción escolar. Todos tuvieron que aprender sobre la marcha las nuevas tecnologías para mantener cursos, ajustando programas, realizando seminarios, conferencias y talleres, dirección de tesis, tutorías, publicando artículos y libros, promoviendo eventos culturales, aún en entornos de enorme incertidumbre por las erráticas formas de gestión de la pandemia por parte del gobierno federal y de los gobiernos estatales.
A estas alturas, se confirma que el presidente está atrapado en su propio juego de espejos, que oye pero no escucha, que nadie es capaz de advertirle sobre los riesgos de la polarización y la provocación que sus palabras y actitudes tienen en el ánimo público y político. Pero también se confirma que, en caso de valorar los riesgos de su célebre incontinencia verbal, no le importa. Lo suyo es endurecer su clientela electoral en vista de la segunda mitad de su gobierno. El cálculo apunta hacia el 2023, el año en que decidirá quien será su candidato o candidata para la sucesión presidencial, asegurando además el respaldo político-electoral suficiente para consolidar a Morena como el partido hegemónico de la transición neopopulista de la tercera década del siglo XXI. La retórica obradorista es la voz y los ecos de espíritus puritanos persiguiendo herejes y apóstatas que deambulan en los alrededores de Palacio Nacional.
Subscribe to:
Posts (Atom)
