Friday, November 19, 2010

La risa del gobernador




Estación de paso
La risa del gobernador: lo que ves es lo que hay
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 25 de noviembre 2010.

Al señor Gobernador de Jalisco le gusta mucho promover su imagen en los medios. Le agrada, en particular, difundir -seguramente con la orientación de sus consejeros y asesores-, la imagen de que es un hombre feliz, seguro de sí mismo, confiado. A pesar de los enconos que siembra a su paso, de las frecuentes expresiones de malestar público por sus dichos y hechos, el señor Emilio González se siente protegido por la mano de Dios, eleva oraciones todos los días, es un fiel católico dominguero, seguramente se persigna antes de salir de su casa pues sabe que Dios lo guía en su camino. Como todo político-católico, o católico-político -aquí, el orden de los factores sí altera el producto- sabe que las buenas intenciones valen más que mil acciones, que si hace bien las cosas nada ni nadie puede cambiar los designios divinos, que hay que soportar los malos ratos y humores en virtud de que son la expresión de la voluntad divina de poner a prueba a sus fieles. La pureza de las creencias personales como antídoto frente a realidades impuras. Son imágenes de la extensa colección de postales que la derecha ha colocado en la fachada de la democracia mexicana de estos años del plomo.
Muchos le atribuyen al gobernador capacidades casi metafísicas para calcular el efecto de sus palabras y acciones. En algunos círculos y cofradías tanto de los medios como del oficialismo y la oposición política, hay cierta tendencia de mirar sus arrebatos discursivos como la expresión deliberada de fines y medios, como productos de una inteligencia fría y calculadora. Algunos, por el contrario, ven en el personaje la suma de todos los males de la derecha católica mexicana: el mesianismo, el desdén por la política, las taras ideológicas y los prejuicios moralizantes como rasgos autoritarios de una racionalidad política conservadora, ajena a la duda y reacia a la aceptación de otras racionalidades. Las ocurrencias como síntoma irrefrenable de incontinencia verbal, sus exhibiciones públicas de ebriedad en actos públicos y privados como los reflejos de una personalidad caciquil, acostumbrada a dejarse llevar por sus impulsos y arrebatos, amparado en la impunidad de su función pública. La imagen del borracho con poder que devalúa de manera lamentable la imagen de los borrachos a secas.
Pero al Gobernador también le gusta presentarse como un individuo no político, reacio a lo políticamente correcto, y que presume de ser claridoso, franco, que dice lo que piensa y que hace lo que quiere. Si se ve bien, esa máscara revela el profundo tufillo anti-político propio de toda secta religiosa: la política como un asunto de los infieles, que necesitan pastores para guiarlos en el rudo oficio de evadir los males mundanos. Para cumplir esta misión no hay que ser uno más de de la masa de infieles (eso se lo deja a hacen los políticos), sino presentarse sin tapujos como un individuo que desde la superioridad moral que sólo da la fe puede ayudar a comprender a su comunidad los límites de la vida sin intérpretes celestiales. Por ello el desprecio a la figura republicana del gobernador por parte del mismo ciudadanos que lo representa. El puesto del gobernador como el traje incómodo del individuo iluminado por su pasión y su fe, y no por la mesura, la prudencia y la razón de la investidura que representa, o debería representar.
Sospecho que quizá habría que inclinarse por cierto sentido común para describir y tratar de comprender mejor el comportamiento del personaje frente a una realidad que le vomita todos los días mensajes indescifrables, engorrosos, conflictivos; tal vez aplicar al personaje un viejo dicho gringo: “What you see is what you get”, Lo que ves es lo que hay. Si lo vemos así, la risa del gobernador es eso, justamente. La expresión estúpida de quien no entiende nada, de un hombre abrumado por conflictos que él mismo crea o que le estallan de manera imprevista, obligado a tomar decisiones, a ofrecer declaraciones, a tratar de calcular sus acciones, a reír discretamente o a carcajadas por quién sabe qué cosa. Lo que ves es lo que hay.

Friday, November 12, 2010

Tiempo y política



Estación de paso
Tiempo y política
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 11 de noviembre de 2010.

La política es un ejercicio de decisiones y acciones que transcurre inevitablemente en tiempo real. Su visibilidad e importancia práctica o simbólica son proporcionales al tiempo que consume la importancia de las decisiones. Temas, intereses y actores configuran un entramado a veces indescifrable pero siempre complejo, en el cual las máscaras y las sombras son recursos de uso común en el espectáculo del poder. El combustible de la política es el conflicto, la lucha de posiciones o visiones encontradas, a veces de ideas diferentes sobre asuntos de interés colectivo, de cálculos tribales o de pasiones privadas. Por ello, la política suele ser vista más como un juego de ajedrecistas que como un ejercicio de ángeles, en el que los intereses de los involucrados son las piezas de negociación y de las decisiones en el juego.
Pero el tiempo, el “maldito factor tiempo”, es una de las restricciones fundamentales de toda acción política. Cierto sentido de urgencia parece adueñarse a veces del ánimo de los actores y espectadores de la política, una sensación de ansiedad y prisa recorre los comentarios editoriales, las declaraciones de los políticos, los silencios incómodos de los funcionarios. Pero el tempo político está marcado, como todo tiempo social, por relojes y calendarios que articulan ciclos políticos, plazos fatales y, a veces, holguras varias, derivadas de la posibilidad siempre presente de la falta de acuerdos, de incertidumbres o de bloqueos francos.
Veamos, por ejemplo, lo que ocurre con el clima de conflicto político que vivimos en Jalisco desde hace tiempo. La insuperable lógica pleitista del jefe del ejecutivo estatal ha logrado confirmar un hecho duro: el riesgo de la ingobernabilidad es alimentado poderosamente por las decisiones del propio gobierno estatal. Frente a nuestros ojos, el gobierno aparece como un problema y no como solución. Ni la amenaza de la delincuencia organizada, ni las decisiones de los alcaldes priistas de la zona metropolitana de Guadalajara, ni la rebeldía o beligerancia de las autoridades de la U. de G. por el trato presupuestal, han logrado lo que ha hecho el gobernador estatal en muy poco tiempo: ampliar la agenda de los temas críticos, elevar los costos políticos y sociales de los conflictos, consumir el tiempo público y buena parte de los tiempos de los privados en el tratamiento de las diferencias. Es una paradoja mayor de la política jalisciense de esta coyuntura: el principal interesado en mantener umbrales manejables de gobernabilidad convertido por su fe y creencias en el motor de los déficits de gobernabilidad que asoman desde hace tiempo en el estado. Alargar los conflictos es consumir el tiempo político de la legitimidad gubernamental, pero el reloj y los calendarios articulan los plazos fatales de la acción política del ejecutivo. Al parecer, el gobernador y su camarilla están seguros de que pueden gobernar a su antojo el tiempo político desde la Atalaya de Casa Jalisco.
El otro ejemplo de las relaciones entre tiempo y política es el de la elección de los Consejeros Electorales del IFE por parte de la Cámara de Diputados. La decisión de aplazar indefinidamente su designación, por el hecho de no existir un consenso sólido entre los partidos políticos respecto de los tres ciudadanos o ciudadanas que deben elegir, ilustra muy bien el peso específico del tiempo en la regulación de las decisiones políticas. Hay aquí un cálculo y un costo asumido por los decisores: es mejor invertir más tiempo en la búsqueda de acuerdos que precipitarse en una decisión cuyos costos ya los vimos en la elección presidencial del 2006. En este sentido, el manejo adecuado del tiempo político ayuda a posponer una decisión delicada y estratégica para garantizar el respaldo de los partidos en torno al árbitro electoral de las presidenciales del 2012.
En ambos casos, es posible advertir como el timing político es un recurso escaso y precioso en las arenas del poder. En un caso, hay un desperdicio riesgoso y lamentable del tiempo público dedicado a la política, cuyas consecuencias pueden llevar a la inmolación de sus actores principales y confirmar el debilitamiento de las instituciones. En el otro, el ritmo de la política puede ayudar a destrabar una decisión complicada pero inevitable. En cualquier caso, la política siempre parece estar marcada fatalmente por “tiempos de marea flaca y horas de vendavales”, como escribió en algún lugar el poeta galés Dylan Thomas. De esas mareas y vendavales está hecha en proporciones exactas la vida política, y el signo de sus tiempos no es el de las nubes ni las puestas de sol ni los ciclos lunares, sino el de los relojes y los calendarios.

Thursday, October 28, 2010

El escritor fantasma



Estación de paso
El escritor fantasma
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 28 de octubre de 2010.
La más reciente película de Roman Polanski, El escritor fantasma, es una estupenda mirada a las relaciones entre el escritor y sus sombras, pero también una visión sobre la literatura y el poder, o, para decirlo en términos más clásicos, entre la espada y la pluma. La relación entre un escritor contratado para relatar las memorias de un político poderoso –un ex primer ministro británico, para más señas- es la base de la historia de un thriller sombrío, habitado por el pasado de personajes truculentos, en donde el terrorismo, el espionaje y la política conducen los hilos de la vida pública, privada y secreta de los personajes principales: el exprimer ministro, su esposa y su amante, los compañeros del gabinete del político, profesores de la Universidad de Cambridge, asesinos a sueldo y, por supuesto, el propio “escritor fantasma”.
En el desarrollo de su oficio, el escritor trasgrede los límites profesionales de su relación con el político, y se introduce en el mundo sombrío del poder y de sus prácticas políticas. Guiado por la bestia insaciable de la curiosidad, el fantasma revisa pistas, reconstruye historias, investiga asesinatos, registra historias de alcoba y de pasiones amorosas. Poco a poco, pasa del papel de espectador de las historias a ser actor de las mismas, y se sumerge por azar y por convicción en una trama de orígenes inciertos y desenlaces imprevisibles. El escritor, cuando menos se da cuenta, se ha vuelto parte del relato, de la biografía del político, en personaje secundario de un drama que termina con el asesinato del personaje y de su narrador oficial.
El glamour de la política y la maquinaria pesada del mundo editorial van de la mano en esta elaborada cinta de Polanski. Entre fiestas y contratos, entre escándalos mediáticos y acuerdos clandestinos, las relaciones entre el escritor y su agente, entre el escritor y su biografiado, entre el escritor y los submundos de la política y el poder, van tejiendo una intrincada red de complicidades, de verdades a medias y de mentiras completas. Imposturas, cinismo, cálculos egoístas sobre las aguas heladas del poder, buenas intenciones, ingenuidades y pasiones, desfilan en la hoguera de las vanidades en que suele convertirse el negocio editorial y el mercado de la política. Las figuras de Tony Blair, de George Bush y de Osama Bin Laden parecen ser evocadas tenuemente a lo largo de la cinta, aunque eso queda a la imaginación o las creencias de los espectadores, no del director de la cinta.
El tono sombrío de la película –días nublados, lluviosos, fríos- ayuda a reforzar la imagen de la política y de sus actores como actividades poco confiables, ligadas a prácticas de traición, de simulación y de intereses inconfesables. Seguramente, una imagen cercana a la percepción que mucha gente tiene de los gobiernos y de los políticos, incluyendo por supuesto al propio Polanski. Pero sería injusto reducir la cinta a una denuncia estilizada de la corrupción y las prácticas inmorales de los políticos contemporáneos. Después de todo, el juego de máscaras de los personajes es una representación de las relaciones que ocurren en la política pero también en la vida empresarial, eclesiástica o civil. Me parece, más bien, que el ejercicio polanskiano es una reflexión en torno a la soledad del escritor y a la soledad del político, y la manera en que el oficio, el azar o el destino (o los tres) terminan por relacionar de manera absurda y finalmente trágica sus trayectorias y contextos. Más que lecciones morales y airadas o discretas denuncias ideológicas, El escritor fantasma es un relato inquietante sobre la incertidumbre y el azar, la tragedia y la pasión, en el cual el poder, sus personajes, sus espectadores y sus relatores configuran un mismo animal.

Thursday, October 14, 2010

Némesis



Estación de paso

Némesis

Adrián Acosta Silva

Señales de humo, Radio U. de G., 14 de octubre de 2010


Némesis es la diosa griega de la venganza. Pero de manera coloquial, la palabra se utiliza para subrayar lo opuesto al comportamiento de un personaje y sus acciones, sus proyectos o sus ideas, como algo parecido al adversario o al enemigo. Y Némesis se titula justamente el libro más reciente de Philip Roth, el gran novelista norteamericano, a punto de salir de los hornos editoriales en los Estados Unidos. A sus 77 años, el autor de Pastoral Americana, Patrimonio o La humillación, lanza su libro número 31, justo cuando la tristeza, la soledad y la vejez le abrazan de manera inexorable, según suele afirmar el mismo desde hace tiempo.

En una entrevista concedida al reportero John Barber, y publicada en varios medios el pasado fin de semana (yo me baso en la que apareció en el diario de Vancouver The Globe and Mail el sábado pasado, 9/10/10), el gran escritor de origen judío nacido en Newark en 1933, ofrece un muestrario puntual de sus opiniones en torno a varios temas públicos y privados, literarios y extraliterarios, que dan cuenta de la mirada serena que ofrece uno de los mejores escritores norteamericanos de los últimos 50 años. En un tiempo de confusiones masivas, de fotografías alteradas y realidades trucadas, las palabras de Roth colocan en perspectiva un puñado de temas que cruzan el territorio de la realidad y la literatura americana para cruzar por varios campos de las preocupaciones vitales de distintas sociedades. A continuación, algunas de las frases entresacadas al azar de la entrevista citada, traducidas libremente por este opinador.


Sobre Portnoy´s Complaint (El Lamento de Portnoy), -una de sus primeras obras, de los años sesenta-, y sobre la fama, entonces y ahora:

“Todos criticaron mucho este libro. Si tu lo escribes como yo lo hice, es un libro sexualmente indiscreto, de un efecto distinto a cuando escribí Pastoral Americana. Yo no fui celebrado por Pastoral Americana, más bien fui notorio por aquel libro sucio, y ello significa un diferente tipo de atención”.

Sobre los recuerdos del fascismo:

“Yo no sé bien si nos hayan hablado así de niños, pero nazismo, fascismo era de lo que se hablaba en todas nuestras casas en los años treinta. Recuerdo a mi padre escuchar al Padre Coughlin, quien era un sacerdote fascista, antisemita de Detroit, y nunca vi a mi padre enojado cuando era niño.”

Sobre Dios: “Dios es una explicación banal para los misterios morales”

Sobre la polio, que es el fantasma central de su nueva novela: “Hablo de un caso en nuestro vecindario, o dos. Entonces el miedo era palpable. Y aprendimos que nada se podía hacer contra esta cosa. Era una educación silenciosa para niños pequeños. Podría dejarte lisiado. Era un silencio terrorífico”

Sobre la soledad:

“Me fui de esa tierra (Newark) con la certeza de no volver nunca. Pero regresé. Mis amigos están muertos. Ahora es difícil vivir ahí. Hay demasiada soledad en todo eso”.

Sobre si es posible o no escribir la Gran Novela Americana:

“No. Los grandes héroes viriles lo son a pesar de ellos. Tengo un gran respeto por Hemingway, pienso que es un gran escritor, pero él comenzó la competencia. Entonces Mailer se fue por ahí. Los tipos que fueron a la guerra escogieron eso en especial”.

Sobre la destrucción:

“Los hombres –todos los hombres- son atrapados por cataclismos y destruidos. Cada uno de ellos son destruidos”

Sobre los narradores:

“Existe un tipo de inteligencia entre los lectores y los acontecimientos que puedes colocar en una perspectiva moral. Mi “Marlow” (el narrador principal de Némesis), es como era Conrad Marlow, un personaje que se desvanece en el curso del relato. A veces ellos regresan y a veces no. Pero siempre están en la escena, tanto que no tienes que buscar una explicación y una exposición. Eso es bueno, esos caracteres. Es divertido tenerlos”.

Sobre el Premio Nobel 2010 de la literatura (antes de saber que se lo otorgaron a Mario Vargas Llosa):

“No me importa…He ganado suficientes premios, aunque podría tener una “duda feliz” si lo ganara”. ¿Pero luego qué? “Ir a Suecia, preparar un discurso, regresar a casa y de nuevo al trabajo”.

Yo agregaría una cita más, extraída de la carta nunca leída a sus amigos del narrador de Pastoral Americana, que ilumina bien la escritura brillante y contenida de Roth, relativa a la importancia de los detalles: “El detalle, la inmensidad del detalle, la fuerza del detalle, el peso del detalle, la riqueza inacabable de los detalles que les rodeaban en su joven vida, como los dos metros de tierra que se amontonarán sobre sus tumbas cuando estén muertos”.

Tuesday, October 05, 2010

U. de G.: el pleito y la taquilla

Estación de paso
El pleito y la taquilla
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 30 de septiembre, 2010
El pleito que se registra en estos días entre el Gobierno de Jalisco y las autoridades de la Universidad de Guadalajara forma parte de una historia más larga, accidentada y compleja de lo que aparenta. Ventilado profusamente entre los medios locales –ya se sabe: los pleitos son taquilleros-, el conflicto puede ser visto como una típica disputa entre legitimidades sociales y políticas distintas, pero también entre proyectos y argumentaciones de orígenes diferentes. El reclamo universitario por más recursos financieros, y las negativas o condicionamientos del Ejecutivo estatal para otorgarlos, ha colocado en el centro de la batalla mediática la imagen de que este pleito es un asunto de dineros, de recursos, en lo que ambas instituciones exhiben sus argumentos y sus respectivos músculos para tratar de convencer a un tercero –la sociedad de los incrédulos, de los escépticos, de los espectadores- acerca de quién tiene la razón…y la fuerza.
El cliché favorito del gobierno estatal es que no tiene recursos y la U. de G. no sabe gastarlos, o, como dijo con finura inigualable el Secretario General de Gobierno, la U. de G. “es un barril sin fondo”. Pero a la luz de la información pública que circula en los medios, se puede afirmar que el gobierno panista ha demostrado una y otra vez que tiene recursos, pero no sabe, no puede o no quiere gastarlos. La discrecionalidad y las ocurrencias del ejecutivo son la brújula que domina el destino de los dineros públicos. No hay una idea clara del tipo de desarrollo que tiene en mente el gobierno del estado, y no existe una agenda de prioridades que marque el rumbo de su administración. Cuando se lee el Plan Estatal de Desarrollo, o los programas de las dependencias del ejecutivo (en especial, la de educación) lo que se observa es un gigantesco listado de obligaciones constitucionales y burocráticas que entran entre lo que los expertos en políticas públicas denominan “Agenda constitucional” (es decir, obligatoria para todo gobernante), o que se derivan de los programas federales ya existentes, pero no existe una agenda propia de gobierno, clara, coherente y definida. En esas condiciones, y frente a los recurrentes montajes y espectáculos discursivos que gusta ofrecer el jefe del ejecutivo estatal, la conclusión es que el Gobernador y su camarilla no terminan de entender dónde están parados y que representan. Su espectáculo recuerda tristemente las imágenes del foxismo, reproducidas-mal y tarde, diría Sabina- a escala local. Terminan confundiendo su gestión como un ejercicio personal y discrecional, como una facultad que los libera de ofrecer argumentos, ideas y políticas claras y factibles. Y ni las lecturas de la Biblia en Casa Jalisco, ni la soberbia con la que suelen pasear los funcionarios cercanos al emilismo, parecen ser suficientes para evitar la sensación a ciudadanos, a opositores políticos o a algunos de sus propios correligionarios, de que algo huele a podrido en los pasillos del Palacio de Gobierno.
Por su parte las actuales autoridades universitarias continúan con un proyecto expansionista que “arrastra” a otros actores a su implementación. Frente a la ausencia de una política local de desarrollo de la educación superior, que incluya no sólo la creación de “enseñaderos” masivos, sino también la investigación científica y el desarrollo cultural, la U. de G. ha planteado desde 1990 un proyecto de Red Universitaria que ha traído varios efectos directos y colaterales en Jalisco, que hay que evaluar más que descalificar. Ello implica un reclamo legítimo por mayores recursos a los gobiernos federal y estatal, mismos que sus diversas autoridades han gestionado con un considerable grado de éxito desde los primeros años noventa. ¿Hacia dónde se van esos recursos? Como todas las universidades públicas, el gasto lo consume fundamentalmente la nómina (8 de cada 10 pesos se van para allá) y eso hace de la U. de G. una de los grandes empleadores del estado (25 mil trabajadores entre académicos y administrativos). Como otras universidades públicas estatales, la U.de G. participa puntualmente desde hace dos décadas en el concursos anuales para nuevas bolsas de financiamiento federal (hay 14 programas de recursos extraordinarios cada año) y ello le ha implicado obtener indicadores de calidad y reconocimientos nacionales, tanto del gobierno federal como de otros organismos. El problema es que muchos de esos programas implican apoyos y obligaciones por parte del gobierno estatal, como lo documenta la publicidad que ha dado a conocer la U. de G. en los últimos días. Así las cosas, el Ejecutivo estatal aparece como un actor que no conoce, no respeta o no le gustan las reglas del juego del financiamiento público a la educación superior, pero que tampoco articula un argumento medianamente convincente para regatear o condicionar los recursos.
Por lo que se ve, la apuesta del ejecutivo es la de personalizar el pleito, y eso trae cierta sensación Déja Vú al conflicto presente. El fantasma de lo ocurrido en 2008, con la destitución del exrector Carlos Briseño, vuelve a aparecer en el horizonte discursivo y las prácticas políticas del gobernador, con la apuesta de desacreditar a un personaje o a un grupo como método para la demolición política de la legitimidad del orden político-institucional de la U. de G., un orden desagradable para el emilismo y para otros grupos. Esta ruta de confrontación no parece favorecer un buen desenlace al conflicto. Luego de la marcha de ayer, los próximos días serán críticos para desactivarlo, empantanarlo o recrudecerlo. Sin embargo, la tensión entre una lógica política intervencionista y potencialmente invasiva de la autonomía universitaria, y una lógica autonomista y expansiva de los logros universitarios, alimenta un clima de confrontación que será difícil de disipar en muchos meses o años.

Wednesday, September 22, 2010

Universidad, política y élites




Estación de paso
La política, la universidad y la formación de las elites
23 de septiembre de 2010.
Adrián Acosta Silva
El domingo pasado, el periódico Público-Milenio presentó en páginas interiores un interesante reportaje sobre el perfil universitario de los liderazgos políticos en México. Tomando como base un libro del politólogo estadounidense Roderic Ai Camp- pionero de los estudios sobre la clase política en México-, la nota confirma una tendencia de cambio en la composición universitaria de los liderazgos partidistas y el funcionariado público en México. Para decirlo en breve, la UNAM ha dejado de ser desde hace tiempo la institución formadora prácticamente exclusiva de los liderazgos políticos en el país, y ahora comparte esa función informal o no declarada con otras instituciones públicas o privadas de educación superior.
El asunto no es menor. A un siglo de su fundación, la UNAM mantiene su fuerza académica y cultural, pero sus contribuciones específicas a la formación de las élites políticas han disminuido. Ya no basta ser abogado y egresado de la UNAM para tener acceso al poder político, como ocurrió durante un largo ciclo. Hoy (con datos de 1999 según la nota), 45% de los cuadros políticos priistas egresó de las aulas de la UNAM, contra el 42% de los panistas o el 36% de los perredistas. El último Presidente egresado de la UNAM fue Carlos Salinas de Gortari, y el primero no puma fue Ernesto Zedillo, que egresó del IPN, y luego Vicente Fox, que egresó de una privada, la Ibero. El actual Presidente Calderón, egresó de la Escuela Libre de Derecho, una antigua institución formadora de abogados de carácter privado. Estos cambios en el origen formativo de la figura presidencial revela el tamaño de las transformaciones que han operado silenciosamente en el subsuelo de la política y la educación superior mexicana en los últimos treinta años.
¿Qué fuerzas han operado en el desplazamiento de la UNAM como la institución que prácticamente monopolizó durante muchos años la formación de las élites políticas? Se pueden identificar por lo menos dos grandes procesos. Por un lado, la tendencia hacia la pluralización política partidista, que permitió que individuos y grupos con diversas afinidades electivas y diferentes perfiles sociales e ideológicos se distribuyeran entre las distintas organizaciones políticas. Pero esa diversidad no se hubiera expresado sin la expansión acelerada de un conjunto de nuevas universidades públicas estatales y privadas que ejercieron una potente tendencia hacia la descentralización regional y la diversificación institucional de la educación superior mexicana.
Eso explica el hecho de que la UNAM perdiera fuerza como institución monopólica de la educación superior desde los años sesenta. Algunos datos para ilustrar lo anterior: hacia 1970, la UNAM concentraba más del 30% de la matrícula total de educación superior del país. Hoy se estima que absorbe menos del 10% de la misma. La aparición y expansión de nuevas universidades públicas en los tiempos del echeverrismo (la UAM, la UACJ, la UABCS, la UAA, por ejemplo), y la explosión de las universidades y escuelas privadas desde finales de los años ochenta, explican ese desplazamiento. Por tanto, pluralización político-partidista y diversificación de las opciones de formación universitaria, explican el declive de la UNAM como centro formador exclusivo de las elites políticas del país.
Ello no obstante, dicha institución es sin duda la que más peso relativo mantiene en la formación universitaria de origen de nuestras elites. Ninguna otra compite con ella en ese campo. En otras palabras, la UNAM ya no monopoliza la formación, pero es la que forma más “cuadros” políticos que ninguna otra. Aunque universidades públicas federales como la UAM o el IPN, o públicas estatales como la U. de G., la Autónoma de Nuevo León, la de Puebla o la Veracruzana, tengan influencia en la formación de los políticos profesionales, no alcanzan a tener la magnitud de la UNAM. De las privadas, aunque cada vez más tengamos egresados del ITAM, de la Ibero, del Tec de Monterrey o de la Panamericana en el gobierno o en los partidos, su fuerza sigue siendo muy marginal en relación a las públicas y a la propia UNAM.
Pero, después de todo, ¿tiene alguna relevancia el origen universitario de los liderazgos políticos? ¿En qué medida influye el hecho de ser egresado de algún tipo de institución en un buen o mal desempeño político de los individuos o grupos? Estas preguntas aún aguardan por respuestas sólidas, aunque existan de creencias, conjeturas e hipótesis al respecto. Sin embargo, ante los cambios en el contexto político y las transformaciones en la educación superior mexicana –con sus respectivos déficit de representación política y eficacia institucional, por parte del primero, o con los problemas de equidad y acceso educativo, de la segunda- las relaciones entre formación escolar universitaria y desempeño político parecen estar gobernadas como siempre más por los códigos del poder que por la calidad de la escolaridad universitaria. Ser egresado de la Ibero o del Tec no parece asegurar un mejor desempeño que alguien de la UNAM o de la U. de G. Quizá las formas de socialización política en las instituciones sea la variable fundamental para valorar el “éxito político” de los individuos, pero es sólo una sospecha. Esos reconocimientos ayudarían a comprender mejor la complejidad de la función de las universidades en la formación de los liderazgos políticos contemporáneos.

Thursday, September 02, 2010

El voluntarismo y sus fábulas

Estación de paso
El voluntarismo y sus fábulas
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 2 de septiembre, 2010.

El voluntarismo ha adquirido carta plena de naturalización en nuestro medio. Las buenas declaraciones, las nobles intenciones, los deseos magníficos, inundan las planas de periódicos, el sonido de los televisores y de la radio, las redes sociales, las declaraciones públicas y privadas de autoridades y ciudadanos. La incontinencia verbal asociada al voluntarismo se ha instalado firmemente entre nosotros, y no se ve por dónde pueda evadirse la tentación de propagar el optimismo, las ganas de hacer o de creer, la buena voluntad como antídoto contra los males públicos y privados.
Pero el voluntarismo es, bien visto, una creatura del ilusionismo. Pensar que con puras ganas se pueden transformar realidades significa que las emociones pueden llegar a ser alucinógenas. Se pueden identificar dos buenos ejemplos, muy recientes, para documentar un poco lo anterior. Uno de ellos es la llamada “Ley antichatarra”, que consiste en evitar que en las escuelas se vendan frituras y golosinas de escaso o nulo valor nutricional. El otro tiene que ver con la prohibición para vender antibióticos sin receta médica. Dos buenos deseos están en el centro de ambas disposiciones oficiales: evitar niños gordos, y mejorar la efectividad de los medicamentos entre la población. Ambas, se dice desde la Secretaría de Salud y desde la SEP, van a mejorar la calidad de vida de los mexicanos, bajarán los costos del sistema de salud, y todos seremos más felices y saludables.
Como en las fábulas clásicas, los deseos se confunden con las capacidades, como en la fábula del buey y del sapo, en la que este último se imagina febrilmente con la fuerza y el tamaño del primero, hasta que de tanto aspirar termina reventado por la fuerza de la realidad. Las miles de escuelas públicas a las que acuden millones de niños, son espacios de consumo donde las familias disponen de poco tiempo y condiciones para preparar alimentos con determinados componentes calóricos y proteínicos. Desde las oficinas de la SEP, se piensa que con la fuerza de la ley quedarán atrás los tiempos de los churrumais, de los refrescos, de las papas fritas con chile y limón, de los confitones y de los gansitos, para ser sustituidos como por arte de magia normativa por naranjas, zanahorias, botellitas de agua potable, papas cocidas, ensaladas de atún y de pollo cuidadosa e higiénicamente preparadas por padres responsables, hacendosos y dedicados. Seguramente no saben que en muchas localidades un refresco es más barato e higiénico que una botella de agua, o de que una bolsa de papitas es más confiable que unas papas cocidas quien sabe en qué condiciones. Los baños de las escuelas son en muchos casos focos de insalubridad más potentes que los alimentos chatarra, pero eso parece no importar a los funcionarios encargados de salvar a los niños de grasas y azúcares dañinos.
El caso de los antibióticos es otro buen ejemplo de nuestros funcionarios-exorcistas. A los médicos-funcionarios se les ocurrió que es una buena medida controlar la venta libre de medicamentos contra muchas enfermedades comunes: resfríos, anginas, fiebres. Ahora, para evitar los efectos de una medicación bajamente regulada pero efectiva como la que ocurre, se tienen que expedir medicamentos sólo con receta médica. El pequeño problema es que para eso hay dos caminos para los ciudadanos realmente existentes: uno es acudir a una cita en algún centro público de salud, con la consecuente inversión de tiempo, esfuerzo y paciencia que exige lidiar con la impresentable burocracia sanitaria del país. El otro es pagar el costo de un servicio de un médico privado. ¿Habrá alguien que haya pensado en el costo individual y colectivo de implementar una medida que rápidamente puede generar un mercado negro de recetas médicas o la aparición de nuevas formas de coyotaje en hospitales y clínicas?
Las prácticas de salud, o las prácticas alimenticias, como toda práctica social, son fenómenos complejos, que implican cierta racionalidad y algún tipo de orden fuertemente arraigado entre los ciudadanos reales, no los imaginarios. Así como la democracia no se construye con clases de civismo ni condenas morales a la apatía o loas a la participación, ni la justicia social con acciones filantrópicas de empresas o individuos adinerados, la buena alimentación no se suprimirá con la prohibición de los productos chatarra, ni la aparición de nuevos virus y bacterias tampoco se evitará controlando la venta de medicamentos. Antes bien, pueden ocurrir efectos contrarios a los buscados, como encarecer los servicios de salud, o como eliminar las únicas fuentes de alimentación confiables entre muchos niños y sus familias. Como lo narra Esopo, el sapo, por más que lo imagine y lo desee, nunca podrá ser un buey. Sólo el realismo mágico gubernamental es capaz de desafiar la capacidad explicativa de las viejas fábulas.