Tuesday, January 25, 2011

Crujidos, temblores y estallidos




Crujidos, temblores y estallidos: los 70 años de Bob Dylan
Adrián Acosta Silva

I´m listening to Billy Joe Shaver
And I´m reading James Joyce
Some people they tell me
I got the blood of the land in my voice
I Feel a Change Comin´ On (2009)

Este año (el 24 de mayo, para ser exactos) Bob Dylan cumple 70 años de edad. Hace 50, un joven de aspecto desgarbado, flacucho, con una voz y una guitarra que sonaban “igual que el de un perro con la pata atrapada en una alambrada” (como lo calificó en esos años un viejo músico de un grupo folck de Missouri), recorría bares y cafeterías del Greenwich Village neoyorkino para tocar viejas canciones y algunas de sus propias composiciones, tratando de encontrar una silla en la gran mesa de las identidades musicales de los primeros años sesenta. Con el paso del tiempo, su obra marcaría una nueva época en la música popular no sólo de la costa este de los Estados Unidos sino de buena parte del mundo.
Dylan es un personaje indescifrable, entre otras cosas porque es un maestro de las máscaras y los disfraces. Robert Zimmerman, el individuo, ha creado un personaje complejo, “enmascarado y anónimo”, justo como tituló uno de sus filmes a principios de los años 2000. Ese personaje es por supuesto, Bob Dylan. Es un músico de folck, en ocasiones un bluesero eléctrico, en algún tiempo ejerció el oficio de predicador, a veces el de un salteador de caminos, en otras, un viejo gruñón y hosco, otras, un bato tímido y callado, casi siempre oculto en las aguas tranquilas de la vida contemplativa. Dylan el hereje se puede cambiar sin ninguna dificultad la máscara por la del Dylan el activista, el Dylan panfletario o el Dylan apático, gregario y ferozmente individualista al mismo tiempo.
Sus canciones y sus discos registran esas ambigüedades identitarias, confunden a los críticos y a sus fans, esculpe frases poéticas que significan lo que quien las escucha quiere que signifiquen, no lo que el autor intenta decir. El mismo Dylan ha echado fuego al desconcierto al declarar que no lo interesa hablar ni de política ni de religión, ni se siente portador de los sueños de una generación, ni es un moralista político, ni da mensajes de protesta por nada. Sus expectativas son otras. Ser capaz de verlo todo, de apreciar el mundo y a las personas como son: contradictorias, confusas, violentas y conflictivas, solidarias, afectuosas, asesinas, frustradas e ilusionadas. Alguna vez declaró, a propósito de los clichés que rodean su obra: “Nos podemos sentir muy generosos un día y muy egoístas al cabo de una hora”. (Jonathan Cott (ed.), Dylan sobre Dylan. 31 entrevistas memorables.Globalrhythm Press, 2008, Barcelona).
El Dylan setentón conserva un par de rutinas básicas: escribir con bolígrafo o con máquina de escribir sus canciones, y no dejar que se sepa mucho de su vida privada. Pese a ello, es un músico capaz de ofrecer medio centenar de conciertos al año en Estados Unidos o en Europa. Además, es un personaje que confía enormemente en su intuición para crear discos como Time Out of Mind (1997), Modern Times (2006) o Togheter Through Life (2009), que le han merecido la consolidación de una reputación ganada a fuerza de talento, perseverancia y trabajo.
La estética de la obra de Dylan es la estética de la fugacidad y el impresionismo. No escribe para la historia, ni se considera a sí mismo un escritor, un ensayista o un poeta. Desconfía de los clichés que le han endilgado, prefiere no opinar sobre casi ninguna cosa, y le gusta que lo vean simplemente como un músico folck, como lo eran sus ídolos Lightin´ Hopkins, Big Joe Williams, o Woody Guthrie. “Mis canciones son para cantarlas no para debatir en una mesa sobre ellas”, declaró en una entrevista en 1964. “Los crujidos, temblores y estallidos son la única belleza que entiendo”, dijo ahí mismo.
La influencia de Dylan en la música contemporánea es vaga, un tanto imprecisa pero indudable. Desde México a Brasil, de España a Francia, de Inglaterra a Canadá, de Argentina a Alemania, sus canciones y estilos alimentaron el surgimiento de cantantes y grupos que se dieron cuenta de que las canciones de rock no tenía por qué ser solamente canciones de amor o rolas para el baile de los sábados por la noche. Dylan, el alquimista, había logrado el milagro: mezclar letras inteligentes con sonidos viejos y nuevos, hacer que las canciones entonadas con una voz no precisamente armoniosa, y a veces inocultablemente y deliberadamente fea, sonaran como cánticos bellos y poderosos. El sonido Dylan es parte importante de la banda sonora del mundo en los últimos 50 años, y, aunque como apuntó alguna vez George Steiner, las dotes de Dylan, por cautivadoras que sean, nunca serán iguales a las de Keats, sus canciones han nutrido con variables dosis de imaginación, profundidad y talento la educación sentimental de quienes hemos escuchado algunas de los cientos de canciones que habitan sus decenas de discos. Hoy, a sus lúgubres pero espléndidos setenta, Dylan el sabio sigue reconociendo que la vida es dura, y sus canciones son una forma entre otras de lidiar con esa dureza. De cualquier forma, la obra dylanesca es ya una sombra alargada proyectada en diversas zonas de la cultura pop contemporánea.

Wednesday, December 08, 2010

Los años del plomo



Estación de paso
Los años del plomo
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 9 de diciembre de 2010.
A la memoria de Rafael, Fallo, Cordera

La imagen de la violencia -junto con el mal humor nacional- domina el clima público mexicano de los últimos años. Desde el gobierno y desde los medios se nutre cotidianamente la idea de que de que estamos atrapados en una guerra entre el Estado y las bandas de narcotraficantes, que implica, de manera inevitable, daños colaterales y nuevas disputas territoriales entre los narcos que terminan, a veces, por matar a inocentes. Los pleitos entre el Chapo y el Barbas, entre la Tuta y La Puerca, entre la Barbie y el Popeye contra el Pozolero o contra el Farmero, se colocan como las evidencias para justificar la acción del gobierno federal y explicar los más de 30 mil muertos acumulados en lo que va del sexenio calderonista.
Estas imágenes van acompañadas de un lenguaje público lleno de palabras que han sido vaciadas de significado preciso, en donde hechos y juicios se confunden: ahora, cualquier homicidio aparece como ejecución; un asesinato aparece como venganza; la guerra de las drogas es un pleito entre el cártel del Golfo contra el cártel de El Chapo; de La Familia michoacana contra los Zetas tamaulipecos, y de estos contra los Beltrán Leyva o los Carrillo Fuentes; en Ciudad Juárez, Los Aztecas se baten en duelo contra los de la Línea, mientras que Los Pelones se enfrentan a muerte a los Artistas Asesinos. Se trata de una narrativa edificada sobre el argumento de que la sangre y las muertes son el precio inevitable a pagar en el combate por restablecer el orden perdido o corrompido por años de negligencia por parte de gobiernos anteriores. Más aún: se asegura que lo operativos del ejército donde han muerto más de 500 individuos con balas federales, son actos legítimos de respuesta a los ataques que hacen criminales a los soldados. “La violencia es por los violentos” ha reafirmado hace uno días el propio Presidente Calderón.
Este discurso, insisto, se ha colocado en el centro del espectáculo de la violencia de los últimos años. Sin embargo, el recuento de los daños, el número de muertes violentas por regiones y municipios, la tasa de homicidios en ciertas ciudades y territorios, parecen indicar otra cosa. Una hipótesis inquietante ha sido lanzada recientemente por Fernando Escalante, investigador del Colegio de México: la intervención del ejército en la guerra contra el narco ha provocado que se dispare dramáticamente el índice de homicidios en los últimos tres años. Con cifras y registros puntuales, extraídos de los boletines de prensa del Ejército Mexicano, de la lectura de los diarios nacionales, y de registros de ministerios públicos, Escalante ha estado documentando pacientemente la lógica depredadora de la intervención militar y sus efectos en la desestructuración del orden social de ciudades y regiones enteras del país. Su proyecto se titula: “Violencia, criminalidad y estrategia gubernamental: un diagnóstico alternativo”, y algunos de sus hallazgos fueron presentados hace un par de semanas en el Museo Trotsky de la Ciudad de México, invitado por el Instituto de Estudios para la Transición Democrática.
El supuesto general de su estudio es que una intrincada red de relaciones entre actores del mercado de prácticas ilegales o semi-legales permitió contener y disminuir la violencia desde 1990 y hasta el 2007. Fue un proceso largo tendiente a civilizar los intercambios del mercado de la ilegalidad, que permitió organizar la tolerancia en torno a fenómenos como el narcomenudeo, la venta de mercancías piratas, la instalación del comercio informal. Esta forma de ordenamiento colocó a las policías municipales en una posición estratégica de intermediación entre los actores, estableciendo límites a la violencia, tolerando prácticas corruptas pero altamente efectivas para contener los impulsos homicidas. El bien mayor de todo ello era claro: evitar que las disputas se resolvieran con la muerte. Eso explica que en términos generales, la tasa de homicidios hubiera mostrado una clara tendencia hacia la baja hasta el año 2007.
Sin embargo, desde 2008 la tasa se dispara. ¿Qué lo explica? Para Escalante la causa es la intervención del ejército. Esa intervención rompió las reglas del viejo orden sin ofrecer nada a cambio. Las policías locales conocen casas, grupos y líderes locales, información que no tiene el ejército. Eso despertó a la bestia. Los datos de su estudio son perturbadores: buena parte de los homicidios (cerca de un tercio) de 2008 al 2010 se concentran en 4 ciudades: Juárez, Tijuana, Culiacán, Mazatlán, es decir, lugares donde hay operativos militares, se despidieron a los policías municipales y se ensayan desde hace tiempo los esquemas de “mando único”. Las masacres se han multiplicado frente a las narices de soldados y generales, y no es claro que sean eventos provocados por las disputas por el territorio entre El Nextel y El Toñón, o entre el 67 y Tony Tormenta. Pero peor aún: regiones que difícilmente pueden ser lugar de disputas entre cárteles de la droga, como en el sur de Veracruz o la tierra caliente michoacana, se han convertido en lugares donde los homicidios se han elevado a índices históricos.
Escalante ensaya una interpretación general: los operativos militares han provocado la ruptura de los dispositivos del orden social en los territorios locales, y la multiplicación de la acción directa, el homicidio, rebasa la lógica de los pleitos entre pandilleros y narcotraficantes contra el Ejército. Más bien, la ignorancia y el deprecio hacia los órdenes locales ha provocado el retorno de una violencia que se creía erradicada desde los años treinta del siglo pasado. Si ello es correcto, las postales del presente de la violencia mexicana son señales intimidantes de que estamos de regreso al futuro.

Friday, November 19, 2010

La risa del gobernador




Estación de paso
La risa del gobernador: lo que ves es lo que hay
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 25 de noviembre 2010.

Al señor Gobernador de Jalisco le gusta mucho promover su imagen en los medios. Le agrada, en particular, difundir -seguramente con la orientación de sus consejeros y asesores-, la imagen de que es un hombre feliz, seguro de sí mismo, confiado. A pesar de los enconos que siembra a su paso, de las frecuentes expresiones de malestar público por sus dichos y hechos, el señor Emilio González se siente protegido por la mano de Dios, eleva oraciones todos los días, es un fiel católico dominguero, seguramente se persigna antes de salir de su casa pues sabe que Dios lo guía en su camino. Como todo político-católico, o católico-político -aquí, el orden de los factores sí altera el producto- sabe que las buenas intenciones valen más que mil acciones, que si hace bien las cosas nada ni nadie puede cambiar los designios divinos, que hay que soportar los malos ratos y humores en virtud de que son la expresión de la voluntad divina de poner a prueba a sus fieles. La pureza de las creencias personales como antídoto frente a realidades impuras. Son imágenes de la extensa colección de postales que la derecha ha colocado en la fachada de la democracia mexicana de estos años del plomo.
Muchos le atribuyen al gobernador capacidades casi metafísicas para calcular el efecto de sus palabras y acciones. En algunos círculos y cofradías tanto de los medios como del oficialismo y la oposición política, hay cierta tendencia de mirar sus arrebatos discursivos como la expresión deliberada de fines y medios, como productos de una inteligencia fría y calculadora. Algunos, por el contrario, ven en el personaje la suma de todos los males de la derecha católica mexicana: el mesianismo, el desdén por la política, las taras ideológicas y los prejuicios moralizantes como rasgos autoritarios de una racionalidad política conservadora, ajena a la duda y reacia a la aceptación de otras racionalidades. Las ocurrencias como síntoma irrefrenable de incontinencia verbal, sus exhibiciones públicas de ebriedad en actos públicos y privados como los reflejos de una personalidad caciquil, acostumbrada a dejarse llevar por sus impulsos y arrebatos, amparado en la impunidad de su función pública. La imagen del borracho con poder que devalúa de manera lamentable la imagen de los borrachos a secas.
Pero al Gobernador también le gusta presentarse como un individuo no político, reacio a lo políticamente correcto, y que presume de ser claridoso, franco, que dice lo que piensa y que hace lo que quiere. Si se ve bien, esa máscara revela el profundo tufillo anti-político propio de toda secta religiosa: la política como un asunto de los infieles, que necesitan pastores para guiarlos en el rudo oficio de evadir los males mundanos. Para cumplir esta misión no hay que ser uno más de de la masa de infieles (eso se lo deja a hacen los políticos), sino presentarse sin tapujos como un individuo que desde la superioridad moral que sólo da la fe puede ayudar a comprender a su comunidad los límites de la vida sin intérpretes celestiales. Por ello el desprecio a la figura republicana del gobernador por parte del mismo ciudadanos que lo representa. El puesto del gobernador como el traje incómodo del individuo iluminado por su pasión y su fe, y no por la mesura, la prudencia y la razón de la investidura que representa, o debería representar.
Sospecho que quizá habría que inclinarse por cierto sentido común para describir y tratar de comprender mejor el comportamiento del personaje frente a una realidad que le vomita todos los días mensajes indescifrables, engorrosos, conflictivos; tal vez aplicar al personaje un viejo dicho gringo: “What you see is what you get”, Lo que ves es lo que hay. Si lo vemos así, la risa del gobernador es eso, justamente. La expresión estúpida de quien no entiende nada, de un hombre abrumado por conflictos que él mismo crea o que le estallan de manera imprevista, obligado a tomar decisiones, a ofrecer declaraciones, a tratar de calcular sus acciones, a reír discretamente o a carcajadas por quién sabe qué cosa. Lo que ves es lo que hay.

Friday, November 12, 2010

Tiempo y política



Estación de paso
Tiempo y política
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 11 de noviembre de 2010.

La política es un ejercicio de decisiones y acciones que transcurre inevitablemente en tiempo real. Su visibilidad e importancia práctica o simbólica son proporcionales al tiempo que consume la importancia de las decisiones. Temas, intereses y actores configuran un entramado a veces indescifrable pero siempre complejo, en el cual las máscaras y las sombras son recursos de uso común en el espectáculo del poder. El combustible de la política es el conflicto, la lucha de posiciones o visiones encontradas, a veces de ideas diferentes sobre asuntos de interés colectivo, de cálculos tribales o de pasiones privadas. Por ello, la política suele ser vista más como un juego de ajedrecistas que como un ejercicio de ángeles, en el que los intereses de los involucrados son las piezas de negociación y de las decisiones en el juego.
Pero el tiempo, el “maldito factor tiempo”, es una de las restricciones fundamentales de toda acción política. Cierto sentido de urgencia parece adueñarse a veces del ánimo de los actores y espectadores de la política, una sensación de ansiedad y prisa recorre los comentarios editoriales, las declaraciones de los políticos, los silencios incómodos de los funcionarios. Pero el tempo político está marcado, como todo tiempo social, por relojes y calendarios que articulan ciclos políticos, plazos fatales y, a veces, holguras varias, derivadas de la posibilidad siempre presente de la falta de acuerdos, de incertidumbres o de bloqueos francos.
Veamos, por ejemplo, lo que ocurre con el clima de conflicto político que vivimos en Jalisco desde hace tiempo. La insuperable lógica pleitista del jefe del ejecutivo estatal ha logrado confirmar un hecho duro: el riesgo de la ingobernabilidad es alimentado poderosamente por las decisiones del propio gobierno estatal. Frente a nuestros ojos, el gobierno aparece como un problema y no como solución. Ni la amenaza de la delincuencia organizada, ni las decisiones de los alcaldes priistas de la zona metropolitana de Guadalajara, ni la rebeldía o beligerancia de las autoridades de la U. de G. por el trato presupuestal, han logrado lo que ha hecho el gobernador estatal en muy poco tiempo: ampliar la agenda de los temas críticos, elevar los costos políticos y sociales de los conflictos, consumir el tiempo público y buena parte de los tiempos de los privados en el tratamiento de las diferencias. Es una paradoja mayor de la política jalisciense de esta coyuntura: el principal interesado en mantener umbrales manejables de gobernabilidad convertido por su fe y creencias en el motor de los déficits de gobernabilidad que asoman desde hace tiempo en el estado. Alargar los conflictos es consumir el tiempo político de la legitimidad gubernamental, pero el reloj y los calendarios articulan los plazos fatales de la acción política del ejecutivo. Al parecer, el gobernador y su camarilla están seguros de que pueden gobernar a su antojo el tiempo político desde la Atalaya de Casa Jalisco.
El otro ejemplo de las relaciones entre tiempo y política es el de la elección de los Consejeros Electorales del IFE por parte de la Cámara de Diputados. La decisión de aplazar indefinidamente su designación, por el hecho de no existir un consenso sólido entre los partidos políticos respecto de los tres ciudadanos o ciudadanas que deben elegir, ilustra muy bien el peso específico del tiempo en la regulación de las decisiones políticas. Hay aquí un cálculo y un costo asumido por los decisores: es mejor invertir más tiempo en la búsqueda de acuerdos que precipitarse en una decisión cuyos costos ya los vimos en la elección presidencial del 2006. En este sentido, el manejo adecuado del tiempo político ayuda a posponer una decisión delicada y estratégica para garantizar el respaldo de los partidos en torno al árbitro electoral de las presidenciales del 2012.
En ambos casos, es posible advertir como el timing político es un recurso escaso y precioso en las arenas del poder. En un caso, hay un desperdicio riesgoso y lamentable del tiempo público dedicado a la política, cuyas consecuencias pueden llevar a la inmolación de sus actores principales y confirmar el debilitamiento de las instituciones. En el otro, el ritmo de la política puede ayudar a destrabar una decisión complicada pero inevitable. En cualquier caso, la política siempre parece estar marcada fatalmente por “tiempos de marea flaca y horas de vendavales”, como escribió en algún lugar el poeta galés Dylan Thomas. De esas mareas y vendavales está hecha en proporciones exactas la vida política, y el signo de sus tiempos no es el de las nubes ni las puestas de sol ni los ciclos lunares, sino el de los relojes y los calendarios.

Thursday, October 28, 2010

El escritor fantasma



Estación de paso
El escritor fantasma
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 28 de octubre de 2010.
La más reciente película de Roman Polanski, El escritor fantasma, es una estupenda mirada a las relaciones entre el escritor y sus sombras, pero también una visión sobre la literatura y el poder, o, para decirlo en términos más clásicos, entre la espada y la pluma. La relación entre un escritor contratado para relatar las memorias de un político poderoso –un ex primer ministro británico, para más señas- es la base de la historia de un thriller sombrío, habitado por el pasado de personajes truculentos, en donde el terrorismo, el espionaje y la política conducen los hilos de la vida pública, privada y secreta de los personajes principales: el exprimer ministro, su esposa y su amante, los compañeros del gabinete del político, profesores de la Universidad de Cambridge, asesinos a sueldo y, por supuesto, el propio “escritor fantasma”.
En el desarrollo de su oficio, el escritor trasgrede los límites profesionales de su relación con el político, y se introduce en el mundo sombrío del poder y de sus prácticas políticas. Guiado por la bestia insaciable de la curiosidad, el fantasma revisa pistas, reconstruye historias, investiga asesinatos, registra historias de alcoba y de pasiones amorosas. Poco a poco, pasa del papel de espectador de las historias a ser actor de las mismas, y se sumerge por azar y por convicción en una trama de orígenes inciertos y desenlaces imprevisibles. El escritor, cuando menos se da cuenta, se ha vuelto parte del relato, de la biografía del político, en personaje secundario de un drama que termina con el asesinato del personaje y de su narrador oficial.
El glamour de la política y la maquinaria pesada del mundo editorial van de la mano en esta elaborada cinta de Polanski. Entre fiestas y contratos, entre escándalos mediáticos y acuerdos clandestinos, las relaciones entre el escritor y su agente, entre el escritor y su biografiado, entre el escritor y los submundos de la política y el poder, van tejiendo una intrincada red de complicidades, de verdades a medias y de mentiras completas. Imposturas, cinismo, cálculos egoístas sobre las aguas heladas del poder, buenas intenciones, ingenuidades y pasiones, desfilan en la hoguera de las vanidades en que suele convertirse el negocio editorial y el mercado de la política. Las figuras de Tony Blair, de George Bush y de Osama Bin Laden parecen ser evocadas tenuemente a lo largo de la cinta, aunque eso queda a la imaginación o las creencias de los espectadores, no del director de la cinta.
El tono sombrío de la película –días nublados, lluviosos, fríos- ayuda a reforzar la imagen de la política y de sus actores como actividades poco confiables, ligadas a prácticas de traición, de simulación y de intereses inconfesables. Seguramente, una imagen cercana a la percepción que mucha gente tiene de los gobiernos y de los políticos, incluyendo por supuesto al propio Polanski. Pero sería injusto reducir la cinta a una denuncia estilizada de la corrupción y las prácticas inmorales de los políticos contemporáneos. Después de todo, el juego de máscaras de los personajes es una representación de las relaciones que ocurren en la política pero también en la vida empresarial, eclesiástica o civil. Me parece, más bien, que el ejercicio polanskiano es una reflexión en torno a la soledad del escritor y a la soledad del político, y la manera en que el oficio, el azar o el destino (o los tres) terminan por relacionar de manera absurda y finalmente trágica sus trayectorias y contextos. Más que lecciones morales y airadas o discretas denuncias ideológicas, El escritor fantasma es un relato inquietante sobre la incertidumbre y el azar, la tragedia y la pasión, en el cual el poder, sus personajes, sus espectadores y sus relatores configuran un mismo animal.

Thursday, October 14, 2010

Némesis



Estación de paso

Némesis

Adrián Acosta Silva

Señales de humo, Radio U. de G., 14 de octubre de 2010


Némesis es la diosa griega de la venganza. Pero de manera coloquial, la palabra se utiliza para subrayar lo opuesto al comportamiento de un personaje y sus acciones, sus proyectos o sus ideas, como algo parecido al adversario o al enemigo. Y Némesis se titula justamente el libro más reciente de Philip Roth, el gran novelista norteamericano, a punto de salir de los hornos editoriales en los Estados Unidos. A sus 77 años, el autor de Pastoral Americana, Patrimonio o La humillación, lanza su libro número 31, justo cuando la tristeza, la soledad y la vejez le abrazan de manera inexorable, según suele afirmar el mismo desde hace tiempo.

En una entrevista concedida al reportero John Barber, y publicada en varios medios el pasado fin de semana (yo me baso en la que apareció en el diario de Vancouver The Globe and Mail el sábado pasado, 9/10/10), el gran escritor de origen judío nacido en Newark en 1933, ofrece un muestrario puntual de sus opiniones en torno a varios temas públicos y privados, literarios y extraliterarios, que dan cuenta de la mirada serena que ofrece uno de los mejores escritores norteamericanos de los últimos 50 años. En un tiempo de confusiones masivas, de fotografías alteradas y realidades trucadas, las palabras de Roth colocan en perspectiva un puñado de temas que cruzan el territorio de la realidad y la literatura americana para cruzar por varios campos de las preocupaciones vitales de distintas sociedades. A continuación, algunas de las frases entresacadas al azar de la entrevista citada, traducidas libremente por este opinador.


Sobre Portnoy´s Complaint (El Lamento de Portnoy), -una de sus primeras obras, de los años sesenta-, y sobre la fama, entonces y ahora:

“Todos criticaron mucho este libro. Si tu lo escribes como yo lo hice, es un libro sexualmente indiscreto, de un efecto distinto a cuando escribí Pastoral Americana. Yo no fui celebrado por Pastoral Americana, más bien fui notorio por aquel libro sucio, y ello significa un diferente tipo de atención”.

Sobre los recuerdos del fascismo:

“Yo no sé bien si nos hayan hablado así de niños, pero nazismo, fascismo era de lo que se hablaba en todas nuestras casas en los años treinta. Recuerdo a mi padre escuchar al Padre Coughlin, quien era un sacerdote fascista, antisemita de Detroit, y nunca vi a mi padre enojado cuando era niño.”

Sobre Dios: “Dios es una explicación banal para los misterios morales”

Sobre la polio, que es el fantasma central de su nueva novela: “Hablo de un caso en nuestro vecindario, o dos. Entonces el miedo era palpable. Y aprendimos que nada se podía hacer contra esta cosa. Era una educación silenciosa para niños pequeños. Podría dejarte lisiado. Era un silencio terrorífico”

Sobre la soledad:

“Me fui de esa tierra (Newark) con la certeza de no volver nunca. Pero regresé. Mis amigos están muertos. Ahora es difícil vivir ahí. Hay demasiada soledad en todo eso”.

Sobre si es posible o no escribir la Gran Novela Americana:

“No. Los grandes héroes viriles lo son a pesar de ellos. Tengo un gran respeto por Hemingway, pienso que es un gran escritor, pero él comenzó la competencia. Entonces Mailer se fue por ahí. Los tipos que fueron a la guerra escogieron eso en especial”.

Sobre la destrucción:

“Los hombres –todos los hombres- son atrapados por cataclismos y destruidos. Cada uno de ellos son destruidos”

Sobre los narradores:

“Existe un tipo de inteligencia entre los lectores y los acontecimientos que puedes colocar en una perspectiva moral. Mi “Marlow” (el narrador principal de Némesis), es como era Conrad Marlow, un personaje que se desvanece en el curso del relato. A veces ellos regresan y a veces no. Pero siempre están en la escena, tanto que no tienes que buscar una explicación y una exposición. Eso es bueno, esos caracteres. Es divertido tenerlos”.

Sobre el Premio Nobel 2010 de la literatura (antes de saber que se lo otorgaron a Mario Vargas Llosa):

“No me importa…He ganado suficientes premios, aunque podría tener una “duda feliz” si lo ganara”. ¿Pero luego qué? “Ir a Suecia, preparar un discurso, regresar a casa y de nuevo al trabajo”.

Yo agregaría una cita más, extraída de la carta nunca leída a sus amigos del narrador de Pastoral Americana, que ilumina bien la escritura brillante y contenida de Roth, relativa a la importancia de los detalles: “El detalle, la inmensidad del detalle, la fuerza del detalle, el peso del detalle, la riqueza inacabable de los detalles que les rodeaban en su joven vida, como los dos metros de tierra que se amontonarán sobre sus tumbas cuando estén muertos”.

Tuesday, October 05, 2010

U. de G.: el pleito y la taquilla

Estación de paso
El pleito y la taquilla
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 30 de septiembre, 2010
El pleito que se registra en estos días entre el Gobierno de Jalisco y las autoridades de la Universidad de Guadalajara forma parte de una historia más larga, accidentada y compleja de lo que aparenta. Ventilado profusamente entre los medios locales –ya se sabe: los pleitos son taquilleros-, el conflicto puede ser visto como una típica disputa entre legitimidades sociales y políticas distintas, pero también entre proyectos y argumentaciones de orígenes diferentes. El reclamo universitario por más recursos financieros, y las negativas o condicionamientos del Ejecutivo estatal para otorgarlos, ha colocado en el centro de la batalla mediática la imagen de que este pleito es un asunto de dineros, de recursos, en lo que ambas instituciones exhiben sus argumentos y sus respectivos músculos para tratar de convencer a un tercero –la sociedad de los incrédulos, de los escépticos, de los espectadores- acerca de quién tiene la razón…y la fuerza.
El cliché favorito del gobierno estatal es que no tiene recursos y la U. de G. no sabe gastarlos, o, como dijo con finura inigualable el Secretario General de Gobierno, la U. de G. “es un barril sin fondo”. Pero a la luz de la información pública que circula en los medios, se puede afirmar que el gobierno panista ha demostrado una y otra vez que tiene recursos, pero no sabe, no puede o no quiere gastarlos. La discrecionalidad y las ocurrencias del ejecutivo son la brújula que domina el destino de los dineros públicos. No hay una idea clara del tipo de desarrollo que tiene en mente el gobierno del estado, y no existe una agenda de prioridades que marque el rumbo de su administración. Cuando se lee el Plan Estatal de Desarrollo, o los programas de las dependencias del ejecutivo (en especial, la de educación) lo que se observa es un gigantesco listado de obligaciones constitucionales y burocráticas que entran entre lo que los expertos en políticas públicas denominan “Agenda constitucional” (es decir, obligatoria para todo gobernante), o que se derivan de los programas federales ya existentes, pero no existe una agenda propia de gobierno, clara, coherente y definida. En esas condiciones, y frente a los recurrentes montajes y espectáculos discursivos que gusta ofrecer el jefe del ejecutivo estatal, la conclusión es que el Gobernador y su camarilla no terminan de entender dónde están parados y que representan. Su espectáculo recuerda tristemente las imágenes del foxismo, reproducidas-mal y tarde, diría Sabina- a escala local. Terminan confundiendo su gestión como un ejercicio personal y discrecional, como una facultad que los libera de ofrecer argumentos, ideas y políticas claras y factibles. Y ni las lecturas de la Biblia en Casa Jalisco, ni la soberbia con la que suelen pasear los funcionarios cercanos al emilismo, parecen ser suficientes para evitar la sensación a ciudadanos, a opositores políticos o a algunos de sus propios correligionarios, de que algo huele a podrido en los pasillos del Palacio de Gobierno.
Por su parte las actuales autoridades universitarias continúan con un proyecto expansionista que “arrastra” a otros actores a su implementación. Frente a la ausencia de una política local de desarrollo de la educación superior, que incluya no sólo la creación de “enseñaderos” masivos, sino también la investigación científica y el desarrollo cultural, la U. de G. ha planteado desde 1990 un proyecto de Red Universitaria que ha traído varios efectos directos y colaterales en Jalisco, que hay que evaluar más que descalificar. Ello implica un reclamo legítimo por mayores recursos a los gobiernos federal y estatal, mismos que sus diversas autoridades han gestionado con un considerable grado de éxito desde los primeros años noventa. ¿Hacia dónde se van esos recursos? Como todas las universidades públicas, el gasto lo consume fundamentalmente la nómina (8 de cada 10 pesos se van para allá) y eso hace de la U. de G. una de los grandes empleadores del estado (25 mil trabajadores entre académicos y administrativos). Como otras universidades públicas estatales, la U.de G. participa puntualmente desde hace dos décadas en el concursos anuales para nuevas bolsas de financiamiento federal (hay 14 programas de recursos extraordinarios cada año) y ello le ha implicado obtener indicadores de calidad y reconocimientos nacionales, tanto del gobierno federal como de otros organismos. El problema es que muchos de esos programas implican apoyos y obligaciones por parte del gobierno estatal, como lo documenta la publicidad que ha dado a conocer la U. de G. en los últimos días. Así las cosas, el Ejecutivo estatal aparece como un actor que no conoce, no respeta o no le gustan las reglas del juego del financiamiento público a la educación superior, pero que tampoco articula un argumento medianamente convincente para regatear o condicionar los recursos.
Por lo que se ve, la apuesta del ejecutivo es la de personalizar el pleito, y eso trae cierta sensación Déja Vú al conflicto presente. El fantasma de lo ocurrido en 2008, con la destitución del exrector Carlos Briseño, vuelve a aparecer en el horizonte discursivo y las prácticas políticas del gobernador, con la apuesta de desacreditar a un personaje o a un grupo como método para la demolición política de la legitimidad del orden político-institucional de la U. de G., un orden desagradable para el emilismo y para otros grupos. Esta ruta de confrontación no parece favorecer un buen desenlace al conflicto. Luego de la marcha de ayer, los próximos días serán críticos para desactivarlo, empantanarlo o recrudecerlo. Sin embargo, la tensión entre una lógica política intervencionista y potencialmente invasiva de la autonomía universitaria, y una lógica autonomista y expansiva de los logros universitarios, alimenta un clima de confrontación que será difícil de disipar en muchos meses o años.