Wednesday, November 21, 2012
Elogio de la psicodelia
Estación de paso
Elogio de la psicodelia
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 22 de noviembre de 2012.
Sin lugar a dudas, 2012 ha sido un buen año para Neil Young. Se celebraron los 40 años de la grabación de su disco seminal (Harvest), publicó un libro de memorias (Waging Heavy Peace, Blue Rider Press 2012), y grabó, con su banda histórica, Crazy Horse, un par de pequeñas obras maestras: Americana (Reprise, 2012), y Psycheledic Pill (Reprise, 2012). Mejor, imposible. Justo al cumplir sus 67 de edad, el gran rockero candiense festeja, a su manera, una trayectoria larga, complicada y brillante.
“Píldora psicodélica”, su obra más reciente y con la que cierra un año memorable, expresa un estado de ánimo a la vez que un balance sobre su propia obra. Es una reivindicación del espíritu hippie que nació alguna vez, en algún tiempo de los años sesenta en el parque Haight-Ashbury de San Francisco, y que, pese a todo, se mantiene como la señal luminosa en un tiempo nublado. Fiel a sus nostalgias, Neil Young recapitula y hace un corte de caja a 5 décadas de distancia, y ofrece, en dos discos, ocho canciones -sí, sólo ocho- que combinan los rasgos básicos de su oficio: el tiempo, el ritmo, y una narrativa coloquial, cruda e imprecisa. Canciones largas y larguísimas, (la más breve dura 4 minutos, y la más extensa, media hora), habitadas por la guitarra lúgubre y la voz triste de Young, ofrecen un mapa de las obsesiones, preocupaciones e interpretaciones sobre el pasado y el presente de un músico habituado a ir contra la corriente, situado casi siempre fuera de las modas y las tendencias de la temporada, un observador sentado cómodamente en el margen y a las sombras del espectáculo de la cultura y la política norteamericanas.
Cada una de las canciones encierra una pequeña postal impresionista. Así, por ejemplo, en el primer cd encontramos solamente cuatro rolas. La primera (“Driftin´Back”, algo así como “A la deriva”) es una especulación sobre aquellas “cosas que se desvanecen con uno y que a veces vuelven como una sombra”, escribe Young. La voz melancólica y los largos requintos que acompañan usualmente sus canciones, reaparecen con la fuerza expresiva, potente, que le imprime el sonido clásico de Crazy Horse, mientras afirma, en algún momento: “Disculpen mi religión/ acostumbro ser un pagano”. Psycheledic Pill, la canción que da título e imagen al disco, es una reflexión sobre la edad y la actitud. “La edad no tiene nada que ver con pasar una buena época” ,escribe Young. “Algunas chicas son más viejas que tú pero aún son chicas, y llevan el espíritu y la antorcha. No hay noche oscura que ellas no puedan iluminar”.
El segundo disco contiene también solamente cuatro canciones. “Retorciendo el camino”, por ejemplo, es una mirada a los años jóvenes de Young, en los días en que, como a muchos otros de su generación, la música les cambió la perspectiva y la vida. Algunas veces, en algún lugar del camino, escribe, “tus amigos te enriquecen con sus propios recuerdos”. Ella siempre baila es un homenaje al espíritu del optimismo, al entusiasmo por la vida, a las ganas de pasarla bien a pesar de todo. “Ella arde, ella tiene el fuego”, canta Young, en referencia a la imagen de una mujer que flota entre el humo, “llenando el aire con su música”.
En suma Psycheledic Pill es parte del testamento y la herencia musical de Neil Young. Es una obra de nostalgia y de rebelión, conservadora y revolucionaria al mismo tiempo, reiterativa e innovadora, dedicada a sus amigos, a sus colegas, a sus mujeres, a los afectos. Expresa la música de la melancolía, al estilo de un viejo rockero que, sin embargo, se niega a vivir en el pasado, a la merced de los demonios y los fantasmas de una época que no podrá volver. En sentido estricto “Pastilla psicodélica” es sobre todo un estado de ánimo, un ejercicio reflexivo deslumbrante, una obra de saudade a ritmo de rock puro como música de fondo, como memoria viva de un pasado interesante, y, quizá, como mapa de ocasión para interpretar un presente inasible.
Wednesday, November 07, 2012
Fin de ciclo
Estación de paso
Fin de ciclo
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 8 de noviembre de 2012.
Como lo ha estado anunciando repetidamente desde hace unos meses, el Presidente Calderón y lo que él representa termina su ciclo en el gobierno de la República. Luego de seis años largos, el calderonismo cede su lugar al naciente y aún difuso “peñismo” priista, mediante los rituales, usos y costumbres de la alternancia en el poder que se han asentado como monedas de uso común en los últimos tres sexenios en nuestro país. Con el calderonismo se van también doce años del panismo –para muchos, la docena trágica-, con un balance todavía impreciso, pero con la certeza de que el PAN es un partido que no entendió nunca cual era su papel en el escenario principal de la cosa pública, y que tampoco pudo construir el “buen gobierno” al que aspiraba desde su fundación en 1939, al que siempre colocó como el leit motiv de su tarea en la oposición leal y, luego, como actor protagónico del nuevo oficialismo político.
Los años del calderonismo y del panismo serán conocidos muy probablemente como los años de la confusión, la incapacidad y el voluntarismo. En términos económicos, los panistas en el poder se subieron sin mayores cuestionamientos al cabús del envejecido tren de las políticas económicas neoliberales construidas por los tres presidentes del priismo que les antecedieron (De la Madrid-Salinas- Zedillo), y se montaron sobre las olas del discurso trendie de la globalización, la apertura comercial, y la desregulación económica. Desde el foxismo, aplaudieron frenéticamente las reformas de mercado de sus antecesores, y se convirtieron en los más férreos defensores de los mercados abiertos, la libre inversión y el enaltecimiento de la economía global. Sin embargo, el estancamiento económico prolongado, el incremento espectacular de la precariedad laboral y de la economía informal, el aumento de la desigualdad social y la persistencia de la pobreza como las bestias negras de la experiencia económica mexicana de los últimos treinta años, permanecen como las herencias de un oficialismo que jamás supo cómo lidiar con la ecuación política de las políticas de crecimiento económico, justicia social y bienestar colectivo.
En términos políticos, su “política de alianzas” (si es que alguna vez la hubo) consistió en una ambigua red de acuerdos cupulares, pragmáticos y de corto plazo con las fuerzas vivas del sindicalismo priista y expriista (el SNTE, por ejemplo), a cambio de apoyos confusos y reformas simbólicas. Bajo el manto protector del calderonismo, se extendieron y consolidaron las redes del sindicalismo de la más pura cepa corporativa y autoritaria, mientras que por otro lado, se combatió sin prisas pero sin pausas las expresiones del sindicalismo rebelde (como el del SME). Sitiado por la oposición política tanto del perredismo como del priismo, el ejecutivo federal nunca pudo articular una coalición política estable y coherente, capaz de sacar adelante las reformas estratégicas planteadas en su propia agenda. En cambio, la imagen de incapacidad e ingenuidad, de voluntarismo combinado con un permanente malhumor presidencial, se impusieron como las señas de identidad de un gobierno maniatado y cercado por una oposición política hábil en el manejo de los bloqueos a las iniciativas del ejecutivo. Las elecciones federales intermedias del 2009 y las presidenciales del 2012, en los cuales se desplomó el voto panista, pasaron la factura ciudadana a la fallida política presidencial.
La última y acaso única salida política que tuvo a su disposición el calderonismo para legitimar su gestión fue el combate al narcotráfico. Colocado en la agenda como un asunto moral y ético responsabilidad del Estado -según la interpretación católica de la ideología panista y el cálculo frío del pragmatismo político-, el Presidente intentó encabezar una “guerra” contra un enemigo supuestamente claro y preciso: las organizaciones criminales, los cárteles del narcotráfico. Como se ha registrado de manera sistemática, esa guerra tuvo efectos incontrolados y perversos: la expansión de las redes del narcotráfico, el incremento espectacular de la violencia y el número de homicidios en muchas ciudades y poblados, el debilitamiento de las autoridades locales y estatales, el fortalecimiento del temor como signo de los tiempos, la sensación de que todo lo sólido se desvanecía en el aire.
En el ocaso de su gestión y de su trayectoria política, Felipe Calderón representa muy bien las paradojas y contradicciones del panismo contemporáneo, fatalmente atrapado por las reglas y condiciones que ayudó a construir en los años de la transición y el cambio político hacia la democracia. Los saldos duros de la gestión del panismo en el poder ya fueron contados, puntualmente, en las elecciones presidenciales de este año. Sin embargo, el acumulado de costos, pérdidas y extravíos para el partido más importante de la derecha política mexicana aún está por hacerse.
Wednesday, October 24, 2012
Blues para corsarios
Estación de paso
El blues de los corsarios
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 25 de octubre, 2012.
Como parte de una larga gira compartida desde hace más de un año, dos bucaneros de buena reputación, Mark Knopfler y Bob Dylan, desembarcaron silenciosamente la semana pasada en el puerto californiano de San Francisco para hacer un par de escalas en el Auditorio Bill Graham, ubicado en el centro cívico de la ciudad. Ahí, justo en el medio de la vieja ciudad de las flores en el pelo, donde Tony Bennett confesó haber dejado su corazón hace unas décadas, y donde el multiculturalismo es, más que un problema, un dato duro, dos de las voces más emblemáticas de ese género polimórfico que es el rock ofrecieron en poco más de tres horas una prueba más de que la virtud y la fortuna suelen acompañar a los infieles.
El Bill Graham es un respetable edificio público construido en 1915, envejecido por el tiempo y los miles de conciertos y espectáculos que han desfilado a lo largo de los años. Con una capacidad para siete mil espectadores, acomodados en las graderías o en el piso, el auditorio es un almacén dotado de buena iluminación y acústica, diseñado con una combinación de detalles provenientes del art decó, la estética de un bodegón industrial, y un clima de cantina de muelle, lo cual lo hace una combinación arquitectónica ecléctica, interesante por impura. Ahí, en ese sitio, justo a las 7:30 de una noche calurosa de jueves, un dulce olor a colitas flotaba en el ambiente entre una multitud donde predominaban las cabezas calvas y las melenas grises, para dar la bienvenida a un solitario Mark Knopfler, blandiendo una guitarra eléctrica entre sus brazos.
“¿Qué traes de nuevo Mark? “Le gritó alguien en tono envenenado a Knopfler desde la oscuridad, a lo que el guitarrista le respondió con agilidad inglesa: “No estoy seguro de traer algo nuevo”. Y para reafirmarlo, abrió el concierto con una larga y espléndida versión de “What it is” (de su disco Sailing to Philadelphia, del año 2000), mientras que su banda, compuesta por dos guitarristas, un violín, una flauta, batería y sintetizador, le acompañaba en los riffs suaves y legendarios del gran guitarrista escocés. El repertorio del exlíder de Dire Straits siguió con otras 10 canciones que fueron del blues químicamente puro –como Hill Farmers Blues, o Song for Sonny Liston- a un par de canciones de su disco más reciente –Privateering (2012)-, que mostraron que el músculo creativo del gran Knopfler sigue en plena forma, configurando un sonido pausado e inconfundible, gobernado por una de las guitarras más exquisitas del gran vecindario rockero de los últimos treinta años.
A las 9 de la noche, los ecos de Jack London, de Robert Louis Stevenson, de Jack Kerouac o los aullidos de Allen Ginsberg resonaban en el auditorio, mientras Dylan tocaba al piano The Things Must Change, acompañado por la potencia sonora de una banda de 4 guitarristas, un tecladista y un baterista. Alternando la guitarra, la harmónica y el piano, Dylan se paseaba por el escenario con el fantasma de su alter ego “Jack Frost”, a veces sonreía, miraba insistentemente hacia sus instrumentos y hacia sus músicos, cambiaba las letras y ritmos de sus canciones, mientras sus cómplices, acostumbrados y contentos, se adaptaban rápidamente a las improvisaciones del patrón. Waiting the River Flow, Tangled in Blue, Chimes of Freedom, Love Sick, desfilaron de entre una lista de 15 canciones, que cerró con ese blues atronador que es Thunder of the Mountain, al que siguió, por supuesto, Like a Rolling Stone.
El espectáculo de los asistentes era la otra parte de la experiencia global. Algunos bailaban alucinantes danzas hippies, practicaban exorcismos y conjuros, lanzaban besos al auditorio, bendecían a Dylan y a su banda, mientras que otros no paraban de corear las inaudibles frases del músico de Minnesota, pronunciadas con la voz cavernosa y sombría de siempre. Más arriba y más al fondo, desde la oscuridad de las graderías y los palcos, las postales del concierto se multiplicaban. Al cierre del espectáculo, mientras las gradas se vaciaban y los asistentes salían, el aire cálido de la bahía recibía a los miles que salían del viejo edificio, entre vasos de cerveza abandonados y el olor vegetal de la mota consumida.
El rock es un género que ha inventado ya sus propias tradiciones y rutinas, sus referentes simbólicos, su parafernalia, sus imágenes y sonidos básicos. Y los conciertos son los rituales paganos donde esas tradiciones reviven, se reinventan en cada nueva canción, en cada nueva interpretación. Knopfler y Dylan son un par de viejos corsarios que representan la capacidad simbólica de un género plástico, la inspiración y oficio para hacer que cada canción suene como si fuera la primera vez, ante los cientos o miles de fieles que seguimos viendo en el rock una pequeña y efímera manifestación de la felicidad.
Thursday, October 11, 2012
Aguas profundas
Estación de paso
Aguas profundas
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 11 de octubre de 2012.
La vida pública mexicana puede ser vista como una mezcla de aguas someras y profundas. Las primeras, como se sabe, son las aguas superficiales, las que se pueden ver a simple vista, aunque su tranquilidad o agitación puedan ser engañosas. Las segundas requieren de un ejercicio comprensivo y visual mayor, y su conocimiento implica de aparatos interpretativos más complicados, que suelen romper con el sentido común. Pero la metáfora no da para más. La sociedad no es un lago o un mar, ni los problemas públicos forman parte de líquido alguno, de corrientes marinas o cosas por el estilo. Sin embargo, la imagen puede ayudar a comprender el perfil de nuestros males públicos y malestares privados.
Veamos, por ejemplo, lo que ocurre con los gobiernos municipales. Desde hace tiempo, es nota de primera plana el escándalo por los manejos presupuestarios que hacen los municipios, grandes y pequeños, cuyo endeudamiento o corrupción es motivo de indignación moral para muchos analistas, ciudadanos o gobernantes. Hay también indignación editorial o periodística cotidiana por lo que hacen los titulares de los poderes ejecutivos, nuestros diputados, o los funcionarios del poder judicial, pero vale la pena concentrar la atención en lo que ocurre en la esfera municipal, que suele ser, según se cree, el nivel de gobierno más cercado a los ciudadanos. La imagen que se suele presentar de los gobiernos municipales es que son dispendiosos, desordenados, y corruptos. Muchos medios presentan a los espacios municipales como botín de políticos y funcionarios sin escrúpulos, que negocian derechos y obligaciones todos los días. El fracaso del imperio de la ley suele atribuirse al fracaso de la organización municipal, de los partidos políticos y del funcionariado público.
Esas son aguas someras de nuestra vida pública. Pero si se mira con algún detenimiento y más al fondo, se observará, primero, que la enorme desigualdad de recursos, tamaños, poblaciones y capacidades de los gobiernos municipales en México o en Jalisco, es una característica que inmediatamente hace necesaria la diferenciación entre los 2,445 municipios del país, de los cuales un 10 por ciento, aproximadamente, serían más o menos organizados y con ciertos recursos públicos. No es lo mismo el municipio de Zapopan o Guadalajara que, por ejemplo, el de Guachinango o el de Jilotlán de los Dolores. Las diferencias de salarios entre funcionarios, regidores, presidentes municipales o el salario y preparación de los policías, son abismales entre esos municipios. Además, la experiencia acumulada en la gestión de los recursos, el tamaño de su burocracia, o los límites normativos o prácticos a la acción de los funcionarios, son igualmente contrastantes.
Esas diferencias no son morales o éticas, sino estructurales. Sólo la fe hace posible observar a los municipios como un solo animal, con los mismos rasgos, padecimientos y problemas. Se suele olvidar que los problemas de miles de municipios mexicanos tienen más que ver con la escasez que con la abundancia, en donde los problemas de financiamiento público se asocian también a un perfil de funcionarios y rutinas gubernamentales donde no se lleva un registro ni del predial ni de las escuelas instaladas en el territorio de los municipios, y en donde en cada elección, así gane el mismo partido político, existe una elevadísima rotación del funcionariado municipal, lo que hace que cada tres años la piedra de Sísifo de la administración local vuelva a rodar hacia la base de la montaña.
La cuestión municipal es sólo un ejemplo más o menos cotidiano de cómo la superficie de la cosa pública esconde su verdadera magnitud y profundidad. Atribuir a la voluntad, a la moral política o a la ética cívica la solución de los muchos problemas municipales, significa echar en el cajón de sastre que suele ser la cultura política las explicaciones de los añejos problemas estructurales del municipio mexicano, donde el financiamiento errático y escaso, un funcionariado amateur y no profesional, y prácticas de ensayo y error en la gestión y administración de los recursos financieros, suelen habitar algunas zonas de las aguas profundas de la vida pública municipal.
Aguas profundas
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 11 de octubre de 2012.
La vida pública mexicana puede ser vista como una mezcla de aguas someras y profundas. Las primeras, como se sabe, son las aguas superficiales, las que se pueden ver a simple vista, aunque su tranquilidad o agitación puedan ser engañosas. Las segundas requieren de un ejercicio comprensivo y visual mayor, y su conocimiento implica de aparatos interpretativos más complicados, que suelen romper con el sentido común. Pero la metáfora no da para más. La sociedad no es un lago o un mar, ni los problemas públicos forman parte de líquido alguno, de corrientes marinas o cosas por el estilo. Sin embargo, la imagen puede ayudar a comprender el perfil de nuestros males públicos y malestares privados.
Veamos, por ejemplo, lo que ocurre con los gobiernos municipales. Desde hace tiempo, es nota de primera plana el escándalo por los manejos presupuestarios que hacen los municipios, grandes y pequeños, cuyo endeudamiento o corrupción es motivo de indignación moral para muchos analistas, ciudadanos o gobernantes. Hay también indignación editorial o periodística cotidiana por lo que hacen los titulares de los poderes ejecutivos, nuestros diputados, o los funcionarios del poder judicial, pero vale la pena concentrar la atención en lo que ocurre en la esfera municipal, que suele ser, según se cree, el nivel de gobierno más cercado a los ciudadanos. La imagen que se suele presentar de los gobiernos municipales es que son dispendiosos, desordenados, y corruptos. Muchos medios presentan a los espacios municipales como botín de políticos y funcionarios sin escrúpulos, que negocian derechos y obligaciones todos los días. El fracaso del imperio de la ley suele atribuirse al fracaso de la organización municipal, de los partidos políticos y del funcionariado público.
Esas son aguas someras de nuestra vida pública. Pero si se mira con algún detenimiento y más al fondo, se observará, primero, que la enorme desigualdad de recursos, tamaños, poblaciones y capacidades de los gobiernos municipales en México o en Jalisco, es una característica que inmediatamente hace necesaria la diferenciación entre los 2,445 municipios del país, de los cuales un 10 por ciento, aproximadamente, serían más o menos organizados y con ciertos recursos públicos. No es lo mismo el municipio de Zapopan o Guadalajara que, por ejemplo, el de Guachinango o el de Jilotlán de los Dolores. Las diferencias de salarios entre funcionarios, regidores, presidentes municipales o el salario y preparación de los policías, son abismales entre esos municipios. Además, la experiencia acumulada en la gestión de los recursos, el tamaño de su burocracia, o los límites normativos o prácticos a la acción de los funcionarios, son igualmente contrastantes.
Esas diferencias no son morales o éticas, sino estructurales. Sólo la fe hace posible observar a los municipios como un solo animal, con los mismos rasgos, padecimientos y problemas. Se suele olvidar que los problemas de miles de municipios mexicanos tienen más que ver con la escasez que con la abundancia, en donde los problemas de financiamiento público se asocian también a un perfil de funcionarios y rutinas gubernamentales donde no se lleva un registro ni del predial ni de las escuelas instaladas en el territorio de los municipios, y en donde en cada elección, así gane el mismo partido político, existe una elevadísima rotación del funcionariado municipal, lo que hace que cada tres años la piedra de Sísifo de la administración local vuelva a rodar hacia la base de la montaña.
La cuestión municipal es sólo un ejemplo más o menos cotidiano de cómo la superficie de la cosa pública esconde su verdadera magnitud y profundidad. Atribuir a la voluntad, a la moral política o a la ética cívica la solución de los muchos problemas municipales, significa echar en el cajón de sastre que suele ser la cultura política las explicaciones de los añejos problemas estructurales del municipio mexicano, donde el financiamiento errático y escaso, un funcionariado amateur y no profesional, y prácticas de ensayo y error en la gestión y administración de los recursos financieros, suelen habitar algunas zonas de las aguas profundas de la vida pública municipal.
Wednesday, September 26, 2012
Los ojos de Rushdie
Estación de paso
Los ojos de Rushdie
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 27 de septiembre de 2012.
Salman Rushdie es el símbolo viviente de la lucha contra la intolerancia y el fanatismo religioso. Como se sabe, el escritor hindú vive en la semiclandestinidad desde hace 20 años, condenado por algunas de las sectas más radicales del fundamentalismo islámico, que lo enjuiciaron, condenaron y persiguieron a raíz de la publicación de su libro Los Versos satánicos, en 1992. Aunque ahora se le ve más relajado y seguro viviendo en Nueva York, el episodio inaugurado por la quema de sus libros en Teherán, las acusaciones de infidelidad, herejía y blasfemia que pronunciara en ese entonces el Ayatola Jomeini, y la sentencia de muerte al que fue condenado por la teocracia iraní, configuran las estampas de la era del neo-oscurantismo que llegó con el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos.
La lucha no es entre el bien y el mal, como pregonan los cruzados de siempre, sino una discusión, más compleja, sutil y profunda, entre la razón y la fe. Hoy que los vientos de la intolerancia vuelven a sacudir el ánimo público internacional, azuzados por la ultra-derecha norteamericana, el “caso Rushdie” vuelve a recordarnos el origen del mal. Las aguas profundas de la intolerancia se nutren del fundamentalismo, es decir, de la fe ciega de una interpretación dogmática, pretendidamente única, y teórica o políticamente correcta del Corán –como podría serlo de la Biblia, el Talmud, o cualquier otro texto religioso-, y que se presentan como las formas del pensamiento único que de cuando en cuando asaltan la razón en oriente y occidente. Víctima y símbolo de la época, el autor de Los hijos de la medianoche, o de Shalimar el payaso, ha pagado el precio impuesto por una secta cuyas sombras siempre le persiguen.
Vale la pena seguir el rastro de la vida intelectual de Rushdie, para entender cómo, antes y después de los Versos satánicos, sus principios se basan en la tradición moral e intelectual iniciada por Voltaire en Europa, cuya razón es proteger las libertades de expresión y de pensamiento contra la Iglesia, más que contra el Estado.
En julio de 1997, por ejemplo, Rushdie escribió Imagínate que no hay cielo. Carta al ciudadano seis mil millones: “Para mí, la religión, incluso en su forma más sofisticada, infantiliza esencialmente nuestro yo ético, al establecer Árbitros morales infalibles y Tentadores irremediablemente inmorales por encima de nosotros; los padres eternos, buenos y malos, luminosos y oscuros, del reino sobrenatural.”.
Presa de una irrefrenable curiosidad intelectual y vital pocas cosas han quedado a salvo de su mirada crítica. En estos veinte años ha dedicado decenas de textos, ensayos y comentarios breves a muchos asuntos incluyendo, por ejemplo, el rock. Fan confeso de Elvis Presley, de Jerry Lee Lewis, de Lennon, de Frank Zappa, de Tom Waits y de Paul Simon, escribió en mayo de 1999: “El ingenio no es la cualidad que se asocia con más frecuencia a la música de rock y, cuando se escuchan los gruñidos de cromañón de la mayoría de las estrellas de rock, se puede comprender fácilmente por qué. (…) No suscribo las exageradas pretensiones de la escuela de aficionados al rock de que las letras son poesía. Pero sé que me hubiera sentido ridículamente orgulloso si hubiera escrito algo tan bueno.” (Música de rock. Nota para una funda de disco)
Pero Rushdie, hombre sabio y mundano al mismo tiempo, ha elegido vivir sin temor, ejerciendo su irrenunciable libertad de escribir y pensar lo que quiera, a pesar de que sus rutinas incluyen el ser permanentemente custodiado por guardaespaldas. Ahora ha publicado la crónica de esas dos décadas de vivir a salto de mata (Joseph Anton, 2012), entre países y ciudades de ambos lados del Atlántico, condenado a la condición de un nómada que representa la libertad, la persecución y la maldición, la dignidad y la fuga, el deber moral y la vida práctica.
Los ojos de Rushdie reflejan el perfil indomable de una mirada clara, firme, a la vez ingenua y retadora. A sus 65 años, continúa mostrando la seguridad de sus principios, la legitimidad de sus dudas, la incontinencia de sus incertidumbres y curiosidades. Ya habrá tiempo y ganas de hacer el balance del contexto y la época que a Rushdie y a muchos otros les ha tocado vivir, una época en la que la reaparición siniestra de palabras medievales como “herejía” o “blasfemia” se confirmaron como las tropas de asalto de la intolerancia y el neo-oscurantismo que recorren el mundo.
Wednesday, September 12, 2012
Nacionalismos
Estación de paso
Nacionalismos
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 13 de septiembre, 2012.
Es un lugar común, o una certeza incómoda, o una nostalgia falsa, afirmar que el nacionalismo mexicano ya no es lo que era. Desde hace décadas, la fuerza intelectual, política y hasta cultural del nacionalismo se ha venido evaporando sin prisas pero sin pausas. Entre los procesos de reestructuración económica y la transición política, y con la persistencia de la desigualdad bárbara como eje de la sociedad mexicana del siglo XXI, el nacionalismo que conocíamos, o imaginábamos, fue mutando de apariencia, de rostro y de perfiles. Hoy, aquel nacionalismo que se enarboló con la Revolución Mexicana como su ideología y como programa político y popular, ha cedido el paso a un conjunto de expresiones simbólicas que, en nombre de la globalización, de la apertura a los mercados, de la ciudadanización, y el cosmopolitismo, ha terminado por convertirse en un paisaje de fuegos artificiales y sonoridades mariacheras, suertes charras y patriotismos mediáticos.
La celebración del bicentenario de hace dos años dejó en evidencia que ni el gobierno ni las oposiciones políticas ni las fuerzas vivas de la sociedad civil tuvieron nunca claro que debía celebrarse. La Estela de Luz, esa gigantesca, cara y fea obra inaugurada dos años después de que debía hacerse, simboliza muy bien el sentimiento de extravío y pérdida que caracteriza la demolición del viejo edificio del nacionalismo mexicano, ese artefacto que durante mucho tiempo imprimió cierto sentido, algún orden a la geografía de los sentimientos mexicanos. Hoy, sólo queda la colección de clichés y estereotipos de una proto-ideología capturada por los códigos de la estética del marketing, mezclados con una imaginería popular que conserva los rasgos de un nacionalismo ambigüo y contradictorio.
Cultivado pacientemente como un sentimiento que dio sentido de pertenencia, cohesión e identidad a un país que venía fracturado por un siglo de inestabilidad y de pérdidas (el largo siglo XIX), y luego de dos décadas de guerra y violencia civil (1910-1930), el nacionalismo surgió como un artefacto simbólico potente para construir la comunidad imaginada que se esconde detrás y a los lados de todos los nacionalismos del mundo. Vasconcelos fue, como se sabe, quien suministró la base de esa idea transformadora y legitimadora del nuevo orden institucional, con la creación de la SEP y la alucinante pero efectiva noción de la raza cósmica. El PNR, el PRM y finalmente el PRI, el muralismo mexicano, los libros de texto gratuitos, y posteriormente el cine, la radio y la televisión, se encargarían de construir los cimientos de la idea de que México era un país con un pasado luminoso, un presente optimista, y un futuro asegurado, próspero y orgulloso.
Alimentada por dosis variables de xenofobia y malinchismo, la paradoja nacionalista se fortalecía con los fantasmas de amenazas extranjeras, portadoras de ideologías exóticas, y de un constante temor a lo extraño. El yo nacionalista se simbolizó con las figuras de los héroes revolucionarios e independentistas, la historia de bronce, la patria en forma de madre generosa, la música ranchera y, años después, con el tequila, la gastronomía y hasta las artes, simbolizadas hasta el cansancio por el Huapango de Moncayo, la figura de Lucha Reyes, la pintura de Diego Rivera, o las películas y canciones de Pedro Infante.
El Estado mexicano y el régimen nacional-popular generaron y aceitaron con puntualidad sexenal los mecanismos para fortalecer un nacionalismo excluyente, autoritario y reacio a la comparación con otros sistemas políticos y otras culturas. La expansión de lo público –desde la educación hasta la economía y la creación cultural-, significó también el enraizamiento de un nacionalismo estatista, a la vez que un proyecto popular. La cuestión nacional se convirtió en un objeto de debate y deliberación política, un tema de adhesiones y de críticas intelectuales o académicas, un referente para examinar sus relaciones con la economía, la política y la cultura mexicanas.
Hoy, para mal o para bien, queda poco de ese viejo nacionalismo tricolor y sonoro. El viejo Estado nacionalista –nunca demasiado fuerte ni tampoco tan nacional ni coherente como a veces se piensa- cedió el paso a una estatalidad débil, contradictoria y confusa, que lo mismo repite los rituales y las fiestas de siempre, que celebra un extraño y vago cosmopolitismo comercial, económico y cultural. En medio de esa debilidad y confusión, el viejo nacionalismo se ha trastocado en los nacionalismos tribales o clasistas que encontramos todos los días en los diversos territorios y regiones del país, cuyos sonidos e imágenes –ruidosas, tumultuosas, caóticas- sólo confirman que la nuestra es, entre otras cosas, la era del post-nacionalismo.
Nacionalismos
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 13 de septiembre, 2012.
Es un lugar común, o una certeza incómoda, o una nostalgia falsa, afirmar que el nacionalismo mexicano ya no es lo que era. Desde hace décadas, la fuerza intelectual, política y hasta cultural del nacionalismo se ha venido evaporando sin prisas pero sin pausas. Entre los procesos de reestructuración económica y la transición política, y con la persistencia de la desigualdad bárbara como eje de la sociedad mexicana del siglo XXI, el nacionalismo que conocíamos, o imaginábamos, fue mutando de apariencia, de rostro y de perfiles. Hoy, aquel nacionalismo que se enarboló con la Revolución Mexicana como su ideología y como programa político y popular, ha cedido el paso a un conjunto de expresiones simbólicas que, en nombre de la globalización, de la apertura a los mercados, de la ciudadanización, y el cosmopolitismo, ha terminado por convertirse en un paisaje de fuegos artificiales y sonoridades mariacheras, suertes charras y patriotismos mediáticos.
La celebración del bicentenario de hace dos años dejó en evidencia que ni el gobierno ni las oposiciones políticas ni las fuerzas vivas de la sociedad civil tuvieron nunca claro que debía celebrarse. La Estela de Luz, esa gigantesca, cara y fea obra inaugurada dos años después de que debía hacerse, simboliza muy bien el sentimiento de extravío y pérdida que caracteriza la demolición del viejo edificio del nacionalismo mexicano, ese artefacto que durante mucho tiempo imprimió cierto sentido, algún orden a la geografía de los sentimientos mexicanos. Hoy, sólo queda la colección de clichés y estereotipos de una proto-ideología capturada por los códigos de la estética del marketing, mezclados con una imaginería popular que conserva los rasgos de un nacionalismo ambigüo y contradictorio.
Cultivado pacientemente como un sentimiento que dio sentido de pertenencia, cohesión e identidad a un país que venía fracturado por un siglo de inestabilidad y de pérdidas (el largo siglo XIX), y luego de dos décadas de guerra y violencia civil (1910-1930), el nacionalismo surgió como un artefacto simbólico potente para construir la comunidad imaginada que se esconde detrás y a los lados de todos los nacionalismos del mundo. Vasconcelos fue, como se sabe, quien suministró la base de esa idea transformadora y legitimadora del nuevo orden institucional, con la creación de la SEP y la alucinante pero efectiva noción de la raza cósmica. El PNR, el PRM y finalmente el PRI, el muralismo mexicano, los libros de texto gratuitos, y posteriormente el cine, la radio y la televisión, se encargarían de construir los cimientos de la idea de que México era un país con un pasado luminoso, un presente optimista, y un futuro asegurado, próspero y orgulloso.
Alimentada por dosis variables de xenofobia y malinchismo, la paradoja nacionalista se fortalecía con los fantasmas de amenazas extranjeras, portadoras de ideologías exóticas, y de un constante temor a lo extraño. El yo nacionalista se simbolizó con las figuras de los héroes revolucionarios e independentistas, la historia de bronce, la patria en forma de madre generosa, la música ranchera y, años después, con el tequila, la gastronomía y hasta las artes, simbolizadas hasta el cansancio por el Huapango de Moncayo, la figura de Lucha Reyes, la pintura de Diego Rivera, o las películas y canciones de Pedro Infante.
El Estado mexicano y el régimen nacional-popular generaron y aceitaron con puntualidad sexenal los mecanismos para fortalecer un nacionalismo excluyente, autoritario y reacio a la comparación con otros sistemas políticos y otras culturas. La expansión de lo público –desde la educación hasta la economía y la creación cultural-, significó también el enraizamiento de un nacionalismo estatista, a la vez que un proyecto popular. La cuestión nacional se convirtió en un objeto de debate y deliberación política, un tema de adhesiones y de críticas intelectuales o académicas, un referente para examinar sus relaciones con la economía, la política y la cultura mexicanas.
Hoy, para mal o para bien, queda poco de ese viejo nacionalismo tricolor y sonoro. El viejo Estado nacionalista –nunca demasiado fuerte ni tampoco tan nacional ni coherente como a veces se piensa- cedió el paso a una estatalidad débil, contradictoria y confusa, que lo mismo repite los rituales y las fiestas de siempre, que celebra un extraño y vago cosmopolitismo comercial, económico y cultural. En medio de esa debilidad y confusión, el viejo nacionalismo se ha trastocado en los nacionalismos tribales o clasistas que encontramos todos los días en los diversos territorios y regiones del país, cuyos sonidos e imágenes –ruidosas, tumultuosas, caóticas- sólo confirman que la nuestra es, entre otras cosas, la era del post-nacionalismo.
Thursday, August 30, 2012
Dilemas de la educación superior mexicana
Estación de paso
Los dilemas de la educación superior
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 30 de agosto, 2012.
La educación superior es, como todos los campos de la acción pública y social, una arena conflictiva, un campo de batalla. Por supuesto es una arena que tiene sus particularidades, sus actores, sus complejidades. Ahí se encuentran universidades públicas, el gobierno federal, los gobiernos de los estados, los sindicatos, las organizaciones estudiantiles, las universidades privadas grandes y pequeñas, los empresarios. Y todos ellos tienen una posición en el campo educativo, productos de sus historias y biografías particulares, sus intereses específicos, sus valores y finalidades propias. Esa diversidad se traduce frecuentemente en conflictividades diversas, en tensiones y contradicciones múltiples, en ciclos de acuerdo y de estabilidad a los que suelen seguir tarde o temprano episodios de inestabilidad y conflicto, como lo muestra cualquier acercamiento a la historia contemporánea de las universidades mexicanas.
Hoy, la educación superior es un tema importante no sólo en México sino también en el mundo. Organismos internacionales, gobiernos nacionales, académicos y expertos en los temas del desarrollo, coinciden en señalar que uno de los campos estratégicos de la acción pública es justamente la educación superior. Se trata no solamente de incrementar la cobertura, la calidad o la equidad de este nivel educativo, sino también de re-definir sus orientaciones, establecer prioridades, transformar sus dinámicas internas, para tratar de responder a desafíos tan amplios como son el rezago educativo, la desigualdad social, el crecimiento económico o las nuevas funciones que impone la sociedad de la información y la economía del conocimiento.
En este contexto, la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, la ANUIES, publicó en abril pasado un documento importante al respecto. Se trata de una propuesta para reformar las políticas públicas de educación superior que se han seguido en los últimos 25 años, reconociendo sus logros, pero también sus déficits. Como todo documento público es un documento que invita a la reflexión y al debate, un texto no académico y sí político en el sentido estricto del término, es decir, es un texto que trata de incidir en la toma de decisiones públicas para los próximos años, y en particular, para el sexenio que recién comenzará el 1 de diciembre.
“Inclusión con responsabilidad social. Una nueva generación de políticas de educación superior” es el título del documento elaborado por ANUIES. Es un esfuerzo de balance y de propuestas de políticas para los próximos años, cuyo núcleo central es un decálogo de ejes estratégicos que van de un nuevo diseño institucional para la gestión y la coordinación de la educación superior, al reforzamiento de la seguridad en los campus universitarios, pasando por temas como el de la cobertura, la vinculación, la internacionalización, o el financiamiento de la educación superior.
¿Qué tenemos hoy ante nuestros ojos? Estamos ante un conjunto institucional conformado por más de 5,400 establecimientos públicos y privados, en el cual estudian más de 3 millones de jóvenes, atendidos por más de 280 mil profesores. Tenemos tres veces más escuelas superiores que Brasil y casi 100 veces más que Chile, por ejemplo, pero nuestros índices de cobertura son de los más bajos en América Latina: sólo 3 de cada 10 jóvenes en edad de estudiar (es decir, jóvenes de entre 19 y 23 años), están inscritos en alguna modalidad de educación superior. Además, nuestra tasa de eficiencia (es decir, la cantidad de jóvenes que egresan con respecto a los que ingresan) es del 50%, lo que significa que de cada 10 jóvenes que ingresan sólo 5 lo harán 4 o 5 años más tarde. Para colmo, tenemos una de las tasas de rechazo más altas del mundo: sólo 2 o 3 de cada diez lograrán entrar a la institución y carrera de su preferencia.
En estas circunstancias, la paradoja mexicana en educación superior es una auténtica tragedia contemporánea. En la época de bonanza del bono demográfico mexicano (tenemos más jóvenes que cualquier otra época de nuestra historia), la mayor parte de ellos deambulan entre el comercio informal, con empleo precarios, sin posibilidades o interés de continuar estudios superiores, y con pobres expectativas sobre el futuro. Tenemos pocos jóvenes inscritos en la educación superior, que son los sobrevivientes de un sistema altamente selectivo, que castiga las preferencias individuales, y donde, además, las trayectorias estudiantiles suelen ser poco exitosas. Luego de dos décadas de evaluación, de calidad y de financiamiento público condicionado y selectivo, los resultados son muy pobres. Por ello, el documento de ANUIES apunta hacia la necesidad de un cambio en el enfoque de las políticas públicas que permita resolver los dilemas estructurales y coyunturales de la educación terciaria en el país. Ya habrá tiempo de comentarlo en un una próxima ocasión.
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