Monday, October 28, 2013

La era de la bestia


Estación de paso
La era de la bestia
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus-Milenio, 10/10/2013).

El conflicto magisterial encabezado por la CNTE desde hace ya varias semanas, es una buena estampa (colorida, conflictiva, dramática) de los problemas que enfrenta todo intento de reforma de la acción pública en sectores específicos, en este caso, el de la educación básica. El desarrollo del conflicto, que va del anuncio que el Presidente hizo de la reforma educativa en diciembre del año pasado, en su toma de posesión, hasta el desalojo del Zócalo el 14 de septiembre y las negociaciones de la CNTE con la Secretaría de Gobernación la primera semana de octubre, pasando por el golpe mediático, político y judicial derivado de la detención de la profesora Gordillo a principios del 2013, ha colocado un conjunto de intereses y posicionamientos en el centro del debate público. Lo que hemos visto a lo largo de este año intenso es un juego de poder entre reformadores y bloqueadores de las reformas, o, para decirlo en términos un tanto más técnicos, o clásicos: la formación de una coalición reformadora vs. la resistencia de una fuerza de bloqueo a las reformas. Es un espectáculo en el cual “la política de las políticas” está en el centro del pleito, una postal de conflicto y poder de nuestra “era de la bestia” en el campo educativo nacional.
Desde esta perspectiva la iniciativa, o la ofensiva política, la ha llevado claramente el Presidente y su equipo más cercano de asesores y consejeros. Reformar la educación básica, colocando en el centro del proyecto el tema del profesorado, constituyó la decisión estratégica, la pieza central de la iniciativa presidencial. Con un lenguaje orientado a aglutinar la mayor parte de los consensos en torno a los aspectos críticos de la educación (baja calidad, ausencia de evaluaciones significativas, hiper-politización y corrupción sindical, la iniciativa de reforma constitucional, la autonomía del Instituto Nacional de Evaluación Educativa, el nombramiento de una nueva Junta Directiva de ese organismo, la creación del servicio profesional docente), la coalición promotora de la reforma confeccionó un discurso con el cual atrajo rápidamente no solamente a los partidos a través de esa plataforma política restrictiva y vinculante que es el “Pacto por México”, sino que concentró también las simpatías de grupos de presión y de interés como el de Mexicanos Primero, los organismos empresariales, buena parte de la opinión pública ilustrada, de destacados intelectuales y no pocos líderes sociales. Pero el apoyo duro y rudo a la reforma es, como debía esperarse, del SNTE, cuyos dirigentes, luego de la caída de Gordillo, rápidamente se alinearon frente al liderazgo presidencial, colocándose como promotores entusiastas y convencidos de las bondades de la reforma planteada.
En el lado opuesto de la arena, la CNTE se colocó al frente de la oposición, en condiciones desventajosas. Cargada con mala fama entre medios y analistas, reacia al diálogo con las autoridades federales, simpatizante de la calle como espacio casi exclusivo de expresión política, la Coordinadora y sus dirigentes constituyen un personal difícil de tratar. Sus usos y costumbres son una combinación de un discurso de izquierda radical ochentera (críticas al neoliberalismo, arengas contra la pseudo-democracia mexicana, exigencias de cambio en la conducción gubernamental), con la persistencia de estilos de negociación basados en los viejos métodos del corporativismo priista de los años sesenta (personalización de las negociaciones con autoridades locales, arraigo entre ciertos núcleos del profesorado, fortalecimiento de su legitimidad como representante de sus agremiados). Es curioso -tal vez lógico, mirado desde cierta perspectiva- como ese híbrido que es la CNTE se incubó en los estados más “priistas” de la república, es decir, aquellos donde el PRI no perdió la gubernatura sino hasta hace muy poco tiempo (Oaxaca, Guerrero) o no la ha perdido jamás (Veracruz), y esa historia aún espera ser relatada con precisión y profundidad. Pero el hecho es que, en un contexto de deterioro político de la política educativa, de programas simbólicos y de alianzas frágiles (la del SNTE con el oficialismo priista desde la política de federalización de la educación básica hasta la alternancia política,1990-2000, y con el oficialismo panista durante los dos sexenios pasados, 2000-2012), la CNTE fortaleció su poder e influencia como corporación opositora y como organización política. La movilización anual que mayo con mayo, año con año, desde hace más de 20 realizan numerosos contingentes estatales de la Coordinadora a la sede de la SEP y al zócalo capitalino, se convirtió en un ritual de consolidación de sus señas de identidad: el empleo del lenguaje político rudo de la calle, bloqueos de avenidas y carreteras, toma de escuelas y plazas, el paro magisterial, la presión por aumentos salariales y el mejoramiento de condiciones de trabajo, prestaciones, inamovilidad laboral, incremento en el número de plazas docentes, críticas a la dirigencia del SNTE, acuerdos puntuales con padres de familia y poderes municipales y estatales.
Sin embargo, esa identidad ha tenido dos efectos importantes en el contexto actual. De un lado, ha endurecido las posiciones al interior de la Coordinadora. Por el otro, la ha aislado de convocar a un número mayor de organizaciones y fuerzas políticas. Ni siquiera MORENA o el SME, dos fuerzas que podrían coincidir en el apoyo a la coordinadora, han logrado sumarse de manera decidida y clara a las demandas de la organización, y sólo algunos grupúsculos y tribus anarquistas han logrado colarse a las fuerzas el movimiento. En esas condiciones, la CNTE se ha convertido en una fuerza potente pero aislada, incapaz de convocar a una verdadera coalición contra-reformadora, capaz de equilibrar las fuerzas que se enfrentan en torno al proyecto reformador, y que obligue a una negociación de los momentos y alcances de la implementación de los cambios impulsados por la SEP. Atrapada entre un discurso polarizador y hostil ante cualquier intento de transformación educativa, pero sin un proyecto propio, coherente, capaz de convencer a otras fuerzas a unirse a sus causas, la Coordinadora se ha sometido a un desgaste brutal, a una sobre-exposición pública donde las críticas y los abucheos mediáticos y de no pocos ciudadanos han comenzado a cobrar la factura a sus dirigentes y al propio movimiento.
Por su parte, “la máquina de las reformas” (como les denominó en diciembre un eufórico diputado y connotado dirigente priista, Manlio Fabio Beltrones) ha seguido su curso. Pasó del análisis y de los foros a las iniciativas y a los proyectos de reformas, logrando pasar por la aduana del congreso, de la mayoría de los congresos estatales y por supuesto del SNTE. La mayor parte de los partidos políticos han apoyado esa reforma, y no pocas organizaciones y miembros del círculo rojo se han sumado con entusiasmo a la iniciativa presidencial. Esto coloca a la coalición reformadora en una posición de fuerza frente a sus adversarios, una condición que debilita significativamente la resistencia de la Coordinadora y divide a sus liderazgos.
En estos momentos lo que está en juego es la legitimidad y la factibilidad política de la iniciativa reformadora peñanietista. Y eso recuerda los acordes de la vieja música de los problemas de gobernabilidad, de sus déficits institucionales y de los modos de gestión política que aseguraron en el pasado reciente cierta “estabilidad conflictiva”, basada en intercambios de posiciones, recursos y comportamientos magisteriales. La CNTE está jugando claramente a bloquear la implementación de la reforma en las escalas locales, principalmente entre aquellas en las que mantiene una fuerza importante (Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Veracruz). El gobierno federal y la mayor parte de los gobiernos estatales están endureciendo sus posturas y presionando para debilitar la oposición a las reformas, y generar mayores recursos e instrumentos para su implementación en el sistema y en las escuelas. Si la política es un juego de ajedrecistas y no de ángeles, los tableros, las piezas y los jugadores están hoy en el centro del espectáculo.
Sobra decir que, según enseñan las lecciones de muchas experiencias reformadoras, el problema de la implementación de las políticas es el verdadero problema político de las políticas públicas, pues ello requiere de mantener umbrales positivos o manejables de gobernabilidad institucional. Movilizar a la burocracia educativa federal y estatal, promover el conocimiento preciso del alcance de los cambios en las formas de evaluación, promoción y contratación del profesorado, así como vincular claramente los efectos de estas reformas en la calidad de la educación, en el mejoramiento de los procesos de enseñanza y de aprendizajes de niños y jóvenes, forma parte de las actividades de persuasión, argumentación y coerción propias del ejercicio de la autoridad en el sector educativo como también en cualquier otro campo de la acción pública. Pero existen cuestiones políticas y de política educativa que forman parte de la complejidad del asunto, y generan cuestiones que aún aguardan respuestas por parte de los reformadores. Como reza el lugar común en política pública, cualquier proyecto reformador es esencialmente un buen conjunto de hipótesis sobre comportamientos institucionales y sociales que solo pueden demostrarse en el proceso de instrumentación de las acciones y de su evaluación expost. Las sombras de la ingobernabilidad asoman en el horizonte, con el ruido de la desinstitucionalización y desestructuración política del sector educativo que hemos observado en los últimos meses, y perfilan un panorama complicado para reformadores, contra-reformadores y simples espectadores. Parafraseando a Yeats: una bestia terrible ha nacido.

Friday, October 25, 2013

El extraño regreso del Sr. Torquemada


Estación de paso
El extraño regreso del Sr. Torquemada
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 24 de octubre de 2013.
La historia de la sociedad del espectáculo es en buena medida la historia del desvanecimiento de las fronteras entre lo público y lo privado. Políticos, hombres de negocios, actrices y actores, deportistas y locutores, profesores e intelectuales, son los protagonistas visibles de ese cambio profundo en la valoración de lo que es de todos, lo que es de nadie, y lo que pertenece al ámbito de los individuos. Los medios, por supuesto, incluyendo los tradicionales y los nuevos, se han erigido en espacios de juicios sumarios y tribales sobre la vida y obra de los privados para valorar su desempeño público y viceversa. En otras ocasiones, son los propios individuos –que incluyen a cantantes o actrices de moda, boxeadores profesionales, funcionarios públicos, a los nuevos ricos- los que aspiran a hacer públicas sus preferencias, sus pertenencias y posesiones, su lugar en el mundo público, exhibiendo parte de sus vidas privadas al abierto escrutinio de otros, fotos y entrevistas incluidas. Baste observar lo que todos los días se publica en casi cualquier lado para mostrar ese cambio profundo del sistema de creencias que domina la sociedad del espectáculo.
Veamos el caso, por ejemplo, de un conocido futbolista tapatío, que juega en las Chivas del Guadalajara, llamado Marco Fabián. Desde hace tiempo, los medios y las “redes sociales” le siguen la pista, publicando fotos y comentarios sobre su vida privada. Desde cierta ambigüedad moral, se le recrimina que asista a los bares y a los antros para beber con sus amigos y novias, bajo el supuesto moral de que un deportista es un hombre público, que debe ser en todo momento y bajo cualquier circunstancia un ejemplo para sus seguidores (en espacial para los niños), y que representa la honestidad y superioridad moral de una institución, en este caso futbolística. En ese marco el futbolista profesional se confunde con el ciudadano que ejerce su derecho a divertirse; el hombre público, trabajador asalariado de una marca deportiva que vive de ese negocio, se funde con el individuo que sale a beber unos tragos con sus amigos luego de un partido.
Ese prejuicio moralista es la metástasis contemporánea de una obsesión medieval, que hoy se expresa en los medios en formas diversas de acoso y espionaje, prácticas que se extienden como la hiedra entre medios y redes sociales: “Marco Fabián fue visto en un bar luego del partido contra el América”, cabeceó una nota de la versión electrónica del suplemento “Cancha” del diario Mural, de Guadalajara(11/10/2013). En otros medios, “nacionales”, el tono acusatorio domina la nota: “no importa que pierdan partidos, ellos siguen la fiesta”. (http://www.eluniversal.com.mx/deportes/2013/pese-a-perder-el-clasico-en-chivas-no-para-la-fiesta-956544.html). Muchos diarios, comentaristas y ciudadanos achacan a este tipo de comportamientos “indebidos” de los profesionales el fracaso de un equipo, la derrota en un juego, la debacle de una historia gloriosa y sin fisuras, la explicación de todos los males que suceden a una actividad, cosas así.
Bien visto, el desliz moralista es muy claro: un futbolista profesional (o el funcionario público, o el actor del momento) no debe ni puede exhibir comportamientos “no profesionales”, lo que eso signifique. Es como decir que un político siempre debe actuar como un político, sea en el espacio público, privado o secreto; o que un profesor siempre hable en tono magisterial, o que una ama de casa sea la misma cuando va al cine o cuando busca trabajo, o que un directivo de cualquier empresa (incluyendo las deportivas), debe comportarse como hombre de negocios ya sea en la alcoba o en el restaurante. Es una forma estúpida no solo de valoración de lo público y lo privado, sino que tiende a fundir en una imagen unidimensional, francamente arcaica, la figura del hombre público con la del hombre privado. En ese trance, lo que queda a la vista es la fuerza de un viejo prejuicio moralistón y aburrido: los individuos deben comportarse íntegramente, con absoluta probidad y honestidad tanto en su vida pública como privada. Es la fantasía de que todos los individuos deben usar la misma máscara en toda ocasión.
Ese razonamiento invade el imaginario de algunas franjas y espacios de la sociedad del espectáculo. Pero se pierde de vista que la distinción entre lo público y lo privado es una invención civilizatoria. No es fácil definir con precisión los límites entre ambos mundos. Ni la ley, ni la ética, ni la moral ni las creencias son capaces de marcar con claridad hasta donde los comportamientos privados afectan los comportamientos públicos y viceversa. Hay, sí, códigos altamente formalizados que intentan regular ambas esferas, identificando los límites entre sus prácticas, tratando de distinguir las fronteras de los actos privados que tienen consecuencias públicas y al revés. Pero las abismales diferencias entre los individuos no pueden resolverse mediante exorcismos públicos de demonios privados, ni con la proliferación de los prejuicios privados que intentan convertirse en reglas públicas. El derecho a la privacidad (un derecho liberal clásico), la libertad de elegir que tienen los ciudadanos para que puedan hacer lo que se les antoje con sus vidas cuando ejercen ese derecho, representa el bien mayor del debate, y las consecuencias y efectos de esos comportamientos solo afectan esencialmente a los individuos, no a las instituciones o a los medios. Vivir de la exploración morbosa de las vidas personales de los hombres o mujeres es un acto inquisitorio propio de mentalidades conservadoras, puritanas, aquellas que representan muy bien los nuevos Torquemadas que hoy habitan la república de los medios, los palcos de los hombres de negocios y las redes sociales.

Monday, September 30, 2013

Suelo


Estación de paso
Suelo
Adrián Acosta Silva
(Septiembre, 2013)

Tal vez una de las voces más potentes y originales del rock brasileño contemporáneo sea la que representa el músico y compositor Lenine (Recife, 1959). Desde hace treinta años, con 12 discos grabados (que incluye un recopilatorio en 2009, y una sesión en vivo en la serie MTV, de 2006), y con miles de kilómetros recorridos en extenuantes giras por Brasil y Portugal, por Argentina, Chile y Uruguay, en España, Alemania y Holanda, la música de Lenine ha perforado las fronteras entre la samba y el rock, entre el bossa nova y el blues, con una pequeña ayuda de ecos tangueros conosureños y algún extraño sonido de raíces africanas. Como otros cantautores en distintos contextos, la obra de Lenine es a la vez un acto de fe y una voluntad de resistencia, una obra macerada a fuego lento entre la tradición y la innovación, una expresión de reiteración y reinvención, de “creación destructiva”. ¿Quién no sabe que la invención es también un acto de demolición?
Hijo de padre comunista y madre católica, el nombre le viene por supuesto del padre, el signo en la frente de un mito revolucionario soviético con sonoridades portuguesas, que asemeja la figura de un líder comunista en sandalias, de pelo largo, tocando una guitarra mágica influenciada indistintamente por los Beatles y los Stones, por Pink Floyd y Cat Stevens, por la música de Caetano Veloso y de Elis Regina, las novelas de Rubem Fonseca, la poesía de Vinicius de Moraes y de Luis de Camoes, y hasta por el ánimo inquieto, apesumbrado y curioso de Fernando Pessoa.
Baque Solto de 1983 (“Barco suelto”), fue el mascarón de proa con el que Lenine inició su carrera, cuando aún resoplaban en el aire los tambores de la dictadura militar y se iniciaba el largo proceso de democratización de la cultura y la política brasileñas. Tal vez Lenine fue la voz que surgió discretamente de entre los escombros de la música censurada de Milton Nascimento, de Maria Bethania, de Chico Buarque. Representaba en cierta medida un desafío y un reclamo en un entorno cultural y político en el cual se asfixiaba la tradición festiva, desafiante y contundente de la música urbana de Sao Paulo y de Río de Janeiro, colocando en perspectiva una vitalidad cultural que abría al mismo tiempo cauces y horizontes emocionales y sonoros para una nueva generación de jóvenes brasileños. Tres décadas después de aquella discreta presentación en sociedad, el perfil estético de una obra contenida, que combina el virtuosismo sonoro de guitarras, violines y pianos con la profundidad letrística, estalla en un nuevo disco, poblado por canciones talladas a mano, reposando en la voz profunda de un cantante comprometido con sus impulsos e imaginación: eso es Chão (“Suelo”), su disco más reciente, lanzado hace un par de años, en 2011. Antecedido por Lenine.Doc (2010) y Labiata (2008), “Suelo” es, a la vez, polvo de viejos lodos leninianos pero también el muestrario de un proyecto musical en permanente proceso de construcción, una obra elaborada con parsimonia y lentitud, virtudes escasas en una época donde la velocidad y el “novedismo” (esa obsesión por presentar todo como si fuera algo completamente nuevo) marcan el canon impresentable de zonas extensas de la música comercial.
Ya en Labiata, Lenine había declarado sus señas de identidad, su agenda y proyecto, mostrado la ruta maestra de sus inspiraciones: La lógica del viento/El caos del pensamiento/La paz en la soledad/La órbita del tiempo/La pausa del retrato/ La voz de la intuición/La curva del universo/ La fórmula del acaso/El alcance de la promesa/El salto del deseo (É o que me interessa). Aquí reposa el centro creativo de una obra solamente apta para los impuros, los infieles y herejes rockeros.
¿De qué nos habla el músico de Recife a través de las 10 canciones de su disco más reciente? Del mar, del amor, de los seres extraños que habitan las ciudades, de la resistencia frente a las adversidades, de la malicia y de la maldad, del sonido y la locura. Con una voz que gobierna firmemente ritmos de letras mezcladas con metal, y una guitarra que conduce con decisión los tonos claros de rock combinados con bajos, pianos, baterías y máquinas de escribir (sí, ese viejo artefacto del siglo XX), que acompañan la dulzura del idioma portugués, Lenine coloca en perspectiva viejas y nuevas obsesiones que han alimentado en el pasado su imaginación, sus elucubraciones y ansiedades.
Tomo de la traducción de la edición argentina de disco (Universal Music Argentina, 2011) algunos párrafos sueltos para ilustrar el mapa de las sonoridades contenidas en esta obra.
El suelo llega cerca del cielo/Cuando levantas la cabeza y te quitas el sombrero, dice en “Chão”.
Amor es materia prima/Es llama/La esencia/La suma/El tema (“Amor es para quien ama”).
Uno es solamente apatía/Otro se dice que es un genio/Ese transpira energía/ Y áquel orina uranio…Ése remuerde sus huesos/ Áquel mastica diamantes (“Seres Extraños”).
Y cuando el mar está bravo/Y cuando ya no doy pie/ No me enfado o me quejo/Y tal como un barco suelto /a salvo del mar revuelto/Vuelo firme a mi camino (“Me doblo pero no me quiebro”)
Estas frases, esculpidas con acordes de guitarras acústicas y eléctricas, mandolinas y sintetizadores, acompañadas por ruidos de teteras y motosierras, habitan el corazón sonoro de Suelo, y proporcionan quizá, “un descanso en la locura”, como escribe en otra canción. Oír a Lenine por vez primera conlleva el riesgo de que las mezclas impuras, tóxicas, envenenen lentamente el alma de quien lo escuche.

Tuesday, September 10, 2013

Pedro Krotsch y la universidad argentina



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Pedro Krotsch y la universidad argentina

Adrián Acosta Silva

(Texto publicado en Campus, suplemento del diario Milenio, núm. 525, 05/09/2013, México).

Los días 29, 30 y 31de agosto pasados, en la Universidad Nacional de San Luis, en el corazón del oeste argentino, se celebró el VII Encuentro Nacional y IV Latinoamericano “La Universidad como Objeto de Investigación. Universidad y democracia en Argentina y América Latina.”. El objetivo general del evento fue el conversar, debatir y discutir los problemas de la universidad y de la educación superior argentina y latinoamericana en el marco de la celebración de los 30 años de la recuperación democrática de aquel país. Como todo evento académico universitario, en este espacio confluyeron diversas voces, distintas perspectivas analíticas, teóricas e ideológicas, de distinto calibre y tonalidad, para hablar sobre los problemas del gobierno universitario, el financiamiento, la producción científica y el desarrollo tecnológico, la internacionalización de las universidades, su historia institucional y disciplinaria.

El hecho mismo de la celebración del congreso bastaría para afirmar su importancia en un contexto (el de la educación superior) donde las cosas parecen estar cambiando demasiado aprisa, y donde las agendas de políticas públicas y las de la investigación sobre el campo parecen distanciadas desde hace tiempo. Pero la peculiaridad del congreso es su propia historia y trayectoria. Celebrado por primera vez en 1995, el congreso representaba una idea y un proyecto de largo plazo, un esfuerzo intelectual, político y organizativo para crear un clima de debate y discusión sobre el pasado, el presente y el futuro de las universidades argentinas. Y el impulsor, el artífice de este esfuerzo fue Pedro Krotsch (1942-2009), una figura clave de la vida académica, intelectual y política de la educación superior argentina y latinoamericana.

Krotsch fue un promotor de la discusión profunda e informada de los temas educativos universitarios. Exiliado primero en Brasil y luego en México a mediados de los años setenta, como mucho otros de sus compatriotas, Pedro se asumía como un argenmex orgulloso y agradecido con México. Trabajó en diversos proyectos académicos y programas gubernamentales federales en nuestro país, lo que le permitió conocer y apreciar buena parte de la geografía mexicana, sus escuelas e instituciones educativas. Pero nunca perdió de vista el regreso a Argentina, y su interés en construir espacios y grupos dedicados al estudios de la universidad y de la educación superior.

Producto de ello, fue la creación de la revista Pensamiento Universitario, un proyecto editorial que nació en 19993 y que acompañó la idea de una reunión periódica de análisis nacional sobre los problemas de las universidades argentinas. De ahí surgió la idea de un congreso que colocara a la universidad como objeto de investigación, un evento que reuniera los esfuerzos investigativos y exploratorios sobre el tema, y que además colocara a la universidad en el cruce de caminos de la investigación sociológica y el diseño de las políticas públicas. Estos dos proyectos –la revista y el congreso- no hubiesen existido sin el esfuerzo individual y organizativo de Krotsch, pero tampoco hubieran sido posibles sin la autoridad, el prestigio y la seriedad que prácticamente todos en el mundo académico universitario le reconocían a Pedro. Su paso por las actividades de plomería académica, administrativa y organizacional de las universidades argentinas –docencia, investigación, impulsos de programas de posgrado e investigación- , su presencia como director del prestigiado Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires, su papel en la creación de la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU), sus contribuciones para colocar temas y asuntos en la agenda de las políticas universitarias, fueron actividades que trazaron una ruta de trabajo pero también de una enorme cosecha de afectos y reconocimientos dentro y fuera de su país.

En San Luis se reafirmaron las emociones de calidez y simpatías que suscita la figura de Krotsch, pero también los compromisos con los proyectos que a lo largo de cuarenta años emprendió por la educación superior argentina y latinoamericana. Ya su numeroso conjunto de amigos, colegas y alumnos –Antonio Camou, Claudio Suásnabar, Sonia Araujo, Daniela Atairo, Marcelo Prati, Carlos Mazzola, entre otros- se han encargado de dar continuidad a las obras impulsadas por Pedro, con la celebración del séptimo congreso, la edición de un número más de Pensamiento Universitario (el 15, de marzo de 2013), y el compromiso con organizar, rescatar y difundir la amplia obra de Krotsch. Pero para los que tuvimos la fortuna de conocerlo, siempre extrañaremos también su gran sentido del humor, su inteligencia, su capacidad de mirar siempre más allá de la coyuntura y fabricar ideas e intuiciones penetrantes alrededor de una conversación frente a una copa de vino o una botella de cerveza. Una figura alta y prudente que, caminando entre las penumbras de los pasillos y escaleras de cualquier auditorio universitario, podía levantar su mano para señalar un punto, un tema, una cuestión que debía ser incorporada en el análisis de la situación de la universidad. Y que entre los asistentes siempre quedara la inamovible sensación de que Pedro, otra vez, tenía razón.

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Monday, August 26, 2013

La república invisible



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La república invisible

Adrián Acosta Silva

Como sucede puntualmente en cada ciclo escolar desde hace ya demasiados años, la publicación de las listas de admitidos para ingresar a estudiar alguna carrera en las universidades públicas generó malestar, descontento e indignación entre aquellos que no pudieron aparecer en las listas. El resultado es lo que hoy vemos en el DF o en Oaxaca: movimientos estudiantiles de protesta por el hecho, que reclaman al gobierno y a las autoridades universitarias modificar las políticas de admisión, ampliar el cupo en las universidades, eliminar las barreras de exclusión (o criterios de selección) a los miles de solicitantes que no alcanzan los puntajes mínimos requeridos para inscribirse en las opciones de su preferencia. Es un hecho extraño y triste. El fenómeno tiene su origen, su historia y sus complejidades, pero, como ocurre en otros casos de la vida social, también forma parte de lo que puede denominarse como parte de la república invisible, ese conjunto de prácticas, de acciones, de sonidos, símbolos y significaciones que ordenan los comportamientos sociales dentro y en los alrededores de las instituciones.

La organización del reclamo es por supuesto un acto político, que intenta incidir en la gestión de una solución satisfactoria en el corto plazo. En las próximas semanas veremos que sucede, pero se puede anticipar que no pasará más de lo que vemos hoy: movilizaciones callejeras, declaraciones bien intencionadas, instalación de alguna mesa de diálogo, en el extremo, toma de instalaciones como en la UABJO. Pero lo que quizá vale la pena tratar de identificar es qué tipo de factores inciden en la recurrencia del fenómeno, las causas de su potente instalación en el paisaje socioeducativo nacional, las raíces profundas del mal. Después de todo, ello forma parte de una paradoja maestra de la república invisible en el terreno de la educación superior mexicana: mientras que gobierno, especialistas, empresarios, partidos políticos y autoridades universitarias reconocen la necesidad de incrementar el número de jóvenes que ingresan a la educación superior como un mecanismo estratégico para elevar la productividad, competir en la economía del conocimiento, mejorar la calidad de la democracia mexicana, o para impulsar la cohesión y la movilidad social, al mismo tiempo se confirma la imposibilidad de que se amplíe indiscriminadamente (es decir, sin restricciones) el acceso a la educación superior universitaria, bajo consideraciones de que ello significaría sacrificar la calidad de la selección meritocrática. En otras palabras, queremos aumentar el número de jóvenes universitarios (la cantidad) pero al mismo tiempo solo deseamos que ingresen los mejores, los más calificados (la calidad).

El problema ha intentado ser resuelto, razonablemente, con la diversificación de la oferta pública en el nivel superior. Desde hace por lo menos dos décadas, se ha impulsado desde el gobierno la creación de nuevas instituciones de educación superior que enriquezcan el menú de la oferta para los estudiantes universitarios y sus familias. Ahí están los cientos de universidades e institutos tecnológicos federales y estatales, que ofrecen carreras técnicas y profesionales de ciclos cortos, que anuncian vinculación casi instantánea con mercados labores específicos, que se adaptan, dicen, a las necesidades de la demanda con adecuaciones de la oferta. También están las opciones virtuales que con entusiasmo insuperable promueven autoridades universitarias y gobiernos locales, como la verdadera solución a los males de la admisión: son de bajo costo, flexibles, que inducen al autoaprendizaje, montadas en plataformas tecnológicas modernísimas, que ofrecen un nuevo mundo de posibilidades para la formación universitaria. Y detrás de esa cruzada por desincentivar la atracción de las universidades públicas entre los egresados del nivel medio superior, está también el florecimiento espectacular de la educación superior privada, sobre todo la de bajo costo y escalas pequeñas, que han logrado conformar un mercado que suele alimentarse rutinariamente de los ejércitos de rechazados que no logran alcanzar un sitio en las universidades públicas.

Pero los resultados de estos esfuerzos de diversificación no han sido satisfactorios. Según datos oficiales, a nivel nacional 8 de cada 10 egresados de alguna prepa logra ingresar a alguna modalidad de educación superior (lo que se denomina el la jerga tecno-burocrática educativa “tasa de absorción”), aunque esta tasa promedio varía considerablemente en los estados del país. Pero de cada 10 ingresan, 4 están en alguna universidad pública tradicional, 3 en otra opción publica, y 3 en alguna institución privada. Eso es la distribución de la matrícula realmente existente, es decir la que fue aceptada luego de cierto proceso de selección. El asunto de fondo es saber cuánto de esa distribución es producto de la resignación, cuánto es el resultado de una selección deliberada, cuántos deciden aplazar su selección, y cuánto es el total de estudiantes que renuncia a cursar definitivamente alguna carrera en su vida. Aquí no tenemos más que especulaciones y vaguedades nacionales, amontonadas junto a historias sociales e individuales, regionales y locales, que esperan ser analizadas por alguien. Pero si se calcula que sólo 3 de cada 10 estudiantes logran ser aceptados en las universidades públicas, eso significa que acaso 5 o 6 de cada 10 estudiantes están inscritos en una institución no universitaria, pública o privada, porque no les quedó otra opción. Y esto representa problemas de desempeño académico, de expectativas personales, de entusiasmos individuales, de compromiso institucional.

Ante el paisaje, las universidades públicas se han transformado silenciosamente en universidades de élite, no populares, en la que sólo los mejores, muy pocos, logran ingresar. En eso nos parecemos mucho a las universidades públicas brasileñas, que experimentan el fenómeno desde mucho antes que nosotros. Esta zona de nuestra república invisible es una postal triste y poderosa de nuestra vida pública. Más aún: es una fotografía extraña, que causa la impresión de que algo está mal en el retrato. Es una sensación incómoda, de algo que no corresponde a la realidad, que bien puede ser acompañada por una canción de ese título, hoy olvidada, del viejo León de Belfast, Van Morrison. Claro: él se refería a otra cosa.

Thursday, August 01, 2013

JJ Cale: un pez de aguas profundas




Estación de paso
JJ Cale: ese pez de aguas profundas
Adrián Acosta Silva

They call me the breeze
I keep blowing down the road
I ain´t got me nobody
I ain´t carryin´ no load
JJ Cale, Call Me the Breeze, 1971

El fallecimiento de JJ Cale (1938-2013) el pasado 26 de julio justo a la hora del crepúsculo, fue un acontecimiento azaroso y sorpresivo, pero digno de la vida misma del sobrio guitarrista de Oklahoma: discreto, prudente, sin estridencias ni discusiones. Dueño de una obra parca pero extendida a lo largo de más de medio siglo, la música de Cale iluminó el mundo rockero de la segunda mitad del siglo XX con la exactitud de una guitarra más cercana a la mansedumbre que a la rebeldía, serena y reflexiva. Sin intenciones grandilocuentes ni ambiciones desmesuradas, Cale fue un artesano minimalista que ayudó a reconstruir parte de los senderos y rutas que habitan el mapa de las sonoridades contemporáneas, alimentando con el potente combustible de sus intuiciones una dilatada carrera que influyó decisivamente en las trayectorias de Ry Cooder, de Robbie Robertson y Levon Helm, de Mark Knopfler, de Leon Russell, de Eric Clapton, de Neil Young.
Como todo ermitaño que se respete, Cale fue un músico que prefirió siempre la soledad y el aislamiento que la fama o la fortuna. Como relata de manera oportuna Sergio Monsalvo en “JJ Cale: el hombre que vino del polvo” (publicado en el blog de música de de la revista Nexos, 27/07/2013, www.nexos.com.mx), la educación sentimental del oriundo de Oklahoma City se alimentó originalmente de la crisis provocada a finales en los años treinta por la sequía, el polvo y el “viento negro” del medio oeste norteamericano. Quizá eso explica sus hábitos gregarios, su preferencia por la seguridad de los lugares apartados y escondidos. Poseedor de un estilo ecléctico, curtido lentamente entre las aguas del blues, el sonido rockabilly, el folck sureño y el country del medio oeste, Cale fue un story-teller destacado, cuyas letras y ritmos lograron la producción de piezas magistrales como After Midnight o Cocaine, que luego popularizara con éxito Eric Clapton hacia finales de los años setenta.
A lo largo de más de 50 años Cale grabó una veintena de discos en solitario. Era un pez de aguas profundas, capaz de deslizarse entre varios géneros sin perder el estilo. Dueño de un pulso inigualable con la guitarra, sus dedos expertos extraían notas y sonidos puros pero lentos, relajados, capaces de atrapar la atención tanto de los espectadores laicos como de los colegas consagrados. Cooder y Knopfler se referían a él como el verdadero dios de todas las guitarras, el hombre que vestido con Levis y camisas a cuadros representaba con lucidez y profundidad la sonoridad de la música Cajun, esa mezcla extraña de guitarras rítmicas y letras de blues con el inconfundible sabor terroso del desierto y las aguas lodosas del sur de Louisiana.
Creador del Tulsa Sound pero enemigo de toda clase de etiquetas, Cale poseía un estilo “indecible”, como lo describió Neil Young en sus memorias publicadas el año pasado, donde su obra era un “híbrido extraño”, que no era folck, ni blues, ni rock and roll, “sino algo por ahí en el medio”, según afirmó Clapton en una entrevista hace tiempo. En la última década de su vida, la fascinación por su música sólo era compartida por un pequeño grupo de iniciados, dado que desde los años ochenta Cale vivía en la sólida comodidad del anonimato, aunque seguía componiendo canciones en la intimidad de su estudio personal, y tocando aisladamente en algunos lugares de California, padeciendo dificultades económicas, viviendo entre los polvos de viejos lodos de la crisis, su compañera inseparable. Es en este contexto que Clapton invitó a Cale en el 2006 a grabar juntos un álbum (The Road to Escondido), que colocó nuevamente a Cale en la gran mesa del conocimiento público, un álbum espléndido inundado por las guitarras de dos de los virtuosos más importantes de la música contemporánea. Eso hizo declarar a Cale que, de no haber sido por su amigo Eric, “él estaría vendiendo zapatos en algún lado”.
En los tiempos de esas brujerías tecnológicas que representan You Tube y los buscadores de internet, las canciones e interpretaciones de Cale pueden encontrarse rápidamente, y vale la pena asomarse a cualquiera de sus clips para descubrir la magia de la música que el norteamericano compuso a lo largo de su vida. La figura de un hombre flaco y desgarbado aparecerá en la mayor parte de las veces con imágenes borrosas, de mala resolución, tomadas al azar por algún fanático en alguno de los pocos conciertos que solía ofrecer en los Estados Unidos. Ello no obstante, esas imágenes y sonidos son suficientes para apreciar la calidad de uno de los virtuosos anónimos más célebres de la historia del rock, que fue seducido, entre otras cosas, por los burdeles de Tijuana, las carreteras secas de Durango, o los placeres indómitos del alcohol, el abandono y el desamor.
Quizá JJ Cale representa, junto con la literatura de su contemporáneo Cormac McCarthy, la estética del desierto, ese cálido soplido del viento polvoriento que conserva el olor de las cosas que se desvanecen, pero es también una música que acaso produce una cómoda sensación de nostalgia del futuro. El hombre con la guitarra en la mano, tocando Travelin´ Light, o Cajun Moon, o Call Me the Breeze, o Danger, que narra historias breves con la discreta elegancia de un hombre sabio, acostumbrado a ver pasar la vida bajo la sombra protectora de una cabaña desvencijada, que acompaña el tiempo con una cerveza fría, mirando a lo lejos cómo se oculta el sol del verano entre los matorrales, las dunas y lo chaparrales que conforman el paisaje ocre y seco de un desierto infinito.

Thursday, July 18, 2013

La paradoja de Brunner

Estación de paso
La paradoja de Brunner
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio, U. de G., 18 de julio, 2013.
La semana pasada José Joaquín Brunner, el conocido sociólogo chileno autor de numerosas obras de referencia para el campo de la cultura y la educación superior en América Latina, estuvo en la Universidad de Guadalajara para dictar una conferencia magistral y un par de cursillos para funcionarios y estudiantes de posgrado de dicha institución. Para muchos de los que nos hemos formado en la lectura de sus numerosas obras, tener a Brunner por primera vez en Guadalajara representaba la oportunidad de compartir con el académico y el intelectual, con el funcionario público y el consultor internacional, con el colega y con el profesor universitario, algunas de las ideas y propuestas que ha formulado recientemente en torno a lo que está ocurriendo en el campo de la educación superior latinoamericana. Las siguientes son algunas notas al vuelo de lo que el autor de Universidad y sociedad en América Latina (1986), o Los intelectuales y las instituciones de la cultura (publicado en 1983, junto con Angel Flisfich), vino a decir a la U. de G. Son notas organizadas en 4 postales de gran formato, conducidas por la idea de que la educación superior latinoamericana es el territorio de una paradoja central: experimenta una gran expansión y diferenciación social e institucional que, sin embargo, tiende a reproducir las desigualdades estructurales de la región, algo que puede ser llamado como la “paradoja de Brunner”.
1. Como en ninguna otra época anterior, la educación superior muestra un ritmo espectacular de expansión y masificación de la oferta y de la demanda por carreras de licenciatura y posgrado. Hoy, en Iberoamérica más de 20 millones de estudiantes están inscritos en alguna de las 16 mil instituciones o establecimientos públicos o privados, universitarios y no universitarios, de educación superior de la región. La magnitud de este crecimiento va acompañado de un incremento de la complejidad de la gestión de los sistemas e instituciones, pero también revela el tamaño de los cambios contextuales que han ocurrido en las sociedades, las economías y las políticas de los países de la región. Sólo para darse una idea del impacto de este crecimiento de las plataformas institucionales de la educación superior basta comparar con lo que teníamos hace 60 años: en 1950 sólo existían 75 instituciones de educación superior y teníamos una matrícula de 150 mil estudiantes en toda iberoamérica. En ese lapso (1950-2010), las instituciones se multiplicaron por más de 200 veces y la matrícula por 130. Juguemos con los datos: en las últimas 6 décadas cada año se crearon en promedio 265 nuevas IES y se incorporaron más de 300 mil nuevos estudiantes a las mismas.
2. Estos datos agregados esconden diferencias muy significativas entre los países iberoamericanos. Por ejemplo, la cobertura. Mientras que en países como España, Uruguay o Argentina 6 o 7 de cada 10 jóvenes de entre 19 y 23 años están matriculados en alguna modalidad de educación superior, en países como Guatemala o El Salvador lo hacen solo 2 de cada 10. En México, en número redondos estamos más cerca de Guatemala que de Argentina: sólo 3 de cada 10 muchachos o muchachas actualmente están inscritos en alguna institución de educación superior.
3. Uno de los problemas de esta expansión es que tiende a reproducir los patrones de la desigualdad social latinoamericana. Es decir, los que ingresan son estudiantes pertenecientes familias de los 2 quintiles más altos de ingreso de la región y cuyo origen social se caracteriza por padres y madres de familia con escolaridades relativamente altas. Ello explica porqué en promedio sólo 4 de cada 10 jóvenes están inscritos en la educación superior de la región. Esto tiene enormes implicaciones no solamente en términos de equidad, sino que debilita significativamente las funciones de movilidad social ascendente que tradicionalmente han estado asociadas a la educación universitaria. Una sociedad que, por diversas causas y razones, no incluye a 6 de cada 10 jóvenes en la educación superior, está “condenando” a la inmovilidad social a un enorme sector de la población (una cuarta parte en promedio), a sobrevivir reproduciendo los patrones preexistentes de desigualdad social.
4. ¿Universidades o escuelas? Como Brunner señaló, apoyándose en el Informe 2011 Educación superior en Iberoamérica (CINDA, 2011), sólo 4 mil de las 16 mil instituciones de educación superior pueden considerarse como universidades. El resto son establecimientos dedicados a la formación en áreas no científicas sino profesionales o técnicas, en las cuales se desarrollan básicamente labores de docencia, no de investigación, ni extensión ni difusión. En las 4 mil universitarias, sin embargo, sólo un puñado son verdaderas universidades, es decir, desarrollan sistemáticamente labores de docencia, investigación, extensión y difusión cultural. Pero si se clasifican de acuerdo a un indicador básico de investigación (número de artículos científicos publicados por las universidades en un lustro,2003-2008), sólo 1369 de las 4 mil realizan algún tipo de investigación, y sólo 62 de ellas, que publican más de 3 mil artículos científicos por año, pueden considerarse “universidades de investigación” (en el caso mexicano sólo 4 universidades están consideradas en este categoría). Frente al discurso de la sociedad del conocimiento, de la economía basada en el conocimiento, esos datos revelan el tamaño del esfuerzo institucional que aún falta hacer para fortalecer y expandir esta parte estratégica de la educación superior en la región.
Estas cifras e imágenes habitan el centro de la “paradoja de Brunner”. La educación superior como un campo masificado y heterogéneo, excluyente de los sectores más pobres y reproductor de las elites, que sirve para consolidación de posiciones de privilegio a algunos, o de escalera de movilidad social para otros, pero que excluye sistemáticamente a la mayoría de los jóvenes. Universidades que no lo son, muchas escuelas que funcionan como “enseñaderos” de nuevos oficios y profesiones, donde la investigación científica es una flor exótica y delicada. Esa es la fotografía del momento y sus circunstancias. Esos son sus formidables desafíos.