Monday, August 31, 2015

La invención de la ANUIES: Historia y política (2)


Estación de paso

La invención de la ANUIES: historia y política (2)

Adrián Acosta Silva

(Campus Milenio, 27/08/2015)

Durante los 18 años que van de 1982 al 2000, la ANUIES tuvo que adaptarse rápida y pragmáticamente a las nuevas reglas del juego político de las políticas públicas, determinadas por la idea de la “modernización” de la educación superior, una idea incubada en los años duros y largos de la crisis y el ajuste económico y conflictividad política de los regímenes de Miguel de La Madrid (1982-1988), de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), y de Ernesto Zedillo (1994-2000). Los tres últimos gobiernos del PRI en el siglo XX introdujeron una nueva racionalidad en las formas de intervención del Estado en las políticas públicas, basada en mecanismos de evaluación de la calidad ligados a fórmulas de financiamiento público diferencial, competitivo y condicionado. Es el ciclo de lo que aquí hemos denominado como el de la “gobernabilidad transicional”. Junto a su función de legitimidad político-corporativa del sector de la educación superior, la ANUIES mantendría sus funciones en la gestoría de las condiciones presupuestales de sus miembros. Desde el gobierno de Juan Casillas García de León (1985-1993) y de Carlos Pallán Figueroa (1993-1997), hasta la de Julio Rubio Oca (1997-2000), la ANUIES intenta afianzarse como interlocutora institucional del gobierno federal (en especial con el propio Presidente de la República, y con la SEP y la Secretaría de Hacienda), en un período de crisis económica pero también de expansión y masificación de la educación superior del país.

Para los inicios del nuevo siglo, las reformas económicas neoliberales y la democratización del régimen político marcaban el fin de una época. “El gobierno de los incentivos” comienza a dominar abrumadoramente la racionalidad de las intervenciones públicas en el campo de la educación superior, induciendo ciertas pautas en el comportamiento institucional de las universidades públicas (planeación “integral”, estímulos a profesores, formación de cuerpos académicos, rendición de cuentas), con el respaldo de la Asociación. Con el fenómeno de los “gobiernos divididos” y la alternancia política, nuevos actores –como la Cámara de Diputados- entrarían en escena en el ajedrez político nacional. En ese marco, la dirigencia de la ANUIES y de las propias instituciones que la conforman enfrentarían nuevas condiciones, restricciones y oportunidades para su desempeño. Además un nuevo entorno de masificación de la educación superior, con nuevos proveedores y actores públicos y privados, habían colocado al viejo núcleo cuasi monopólico de las universidades públicas en un contexto institucional heterogéneo y contradictorio, poblado por cientos de nuevas universidades e institutos tecnológicos de carácter público, y miles de nuevos y viejos establecimientos privados.

En este contexto, las habilidades políticas y de gestión de la ANUIES tendrían que adaptarse rápidamente a la música estruendosa de la alternancia en el poder federal. La llegada a la Presidencia de la República del representante de un partido político distinto al tradicional PRI (el PAN, con su candidato Vicente Fox), implicaba la posibilidad de un cambio en la orientación y organización de las políticas públicas hacia la educación superior. Sin embargo, ni el foxismo (2000-2006) ni el calderonismo (2006-2012), significaron un cambio ni en la orientación sustancial ni en el funcionamiento de los ejes y los programas creados durante la década anterior, heredados de la lógica modernizadora de las políticas de los gobiernos priistas precedentes. Dichas políticas, con todo y programas e instrumentos, se reafirmaron bajo el cielo azul del panismo (2000-2012), colocando como sus programas insignia los PIFI´s (Programas Integrales de Fortalecimiento Institucional), la continuidad del PROMEP (Programa de Mejoramiento del Personal Académico), y nuevos esquemas de rendición de cuentas y auditorías a las universidades.

En este ciclo, el giro de los viejos temas centrados en la gobernabilidad del sistema de educación superior fue desplazado por el énfasis en la gobernanza del sistema. En otras palabras, las preocupaciones por la legitimidad y la estabilidad de las IES fue subordinada por el interés en mejorar la eficiencia, la calidad y la eficacia del sistema. Con el retorno al poder del PRI en 2012, con Enrique Peña Nieto como Presidente, la larga transición del modelo centrado en la gobernabilidad corporativista hacia un modelo centrado en el gerenciamiento de las políticas, se confirmaba.

Durante la gestión de las Secretarías de Jorge Luis Ibarra (2001-2005) y de Rafael López Castañares (2005-2013), la Asociación ha mantenido su capacidad de representación institucional (hoy más de 180 IES conforman su membresía, contra las 26 que la formaron inicialmente en 1950), aunque su peso relativo en el conjunto de IES del país es minoritario, si consideramos que hoy se contabilizan casi 3000 establecimientos de enseñanza superior en todo el país. Asimismo, la propia ANUIES ha diversificado sus funciones y acciones institucionales, dando lugar a cierto proceso de burocratización institucional, pero también ampliando su oferta de publicaciones y de servicios de apoyo académico a las instituciones que forman su membresía.

Hoy, temas como el envejecimiento del personal académico y el problema “caliente” de la pensiones y jubilaciones, la contratación masiva de nuevos profesores e investigadores, o el incremento de la cobertura de la educación superior para incorporar a un porcentaje mayor de jóvenes que hoy no llegan a la universidad, son asuntos que aparecen a lado de las preocupaciones por construir una sustentabilidad financiera de las universidades públicas en el mediano y largo plazo, el aseguramiento de la calidad, o la innovación y la internacionalización de la educación superior mexicana. En esas circunstancias, la celebración de los 65 primeros años de la ANUIES es una fiesta que transcurre bajo el cielo nublado de la incertidumbre, y de frente a lo que se anticipa como un nuevo (otro más) escenario de crisis financiera y económica nacional para el futuro inmediato de la educación superior mexicana. Lo malo de las fiestas es que a veces no terminan como se desea, con excesos y pleitos que ensombrecen los motivos del festejo. Lo bueno de las festividades, sin embargo, es que también pueden ayudar a alimentar con imaginación y voluntad el diseño de un futuro más promisorio e interesante para los propios festejados y sus invitados.

Friday, August 28, 2015

Vivir muriendo


Estación de paso

Vivir muriendo

Adrián Acosta Silva

(Señales de Humo, Radio U. de G., 27/08/2015)

Hace casi 4 años, en diciembre del 2011, falleció Christopher Hitchens, acaso uno de los más brillantes intelectuales occidentales surgidos en la transición que va de las dos últimas décadas del siglo XX a la primera del XXI. Pensador lúcido y crítico hasta su muerte, con un agudo sentido británico del humor y capaz de demoler a críticas a sus adversarios y a las ideas, prejuicios y creencias que ellos representan, Hitchens fue sorprendido por un cáncer de esófago en junio de 2010, enfermedad que muy pronto lo llevó a la muerte.

Ateo confeso y orgulloso, comentarista político y literario, polemista intimidante e ilustrado, Hitchens enfrentó la muerte con las únicas armas que conoció y practicó a lo largo de su vida: las de la razón. Y producto de ello, fueron los últimos artículos que publicó en vida, escritos mientras se sometía a intensas sesiones de quimioterapia y radioterapia, inyecciones de morfina para mitigar el dolor, pastillas, oxígeno, pruebas de sangre, ilusiones sobre nuevos tratamientos para el cáncer, biopsias, metástasis, trámites y burocracias, imágenes de médicos, enfermeras, ambulancias y hospitales.

Estos textos, publicados originalmente en revistas norteamericanas como Vanity Fair, fueron traducidos al español y publicados en 2012 por la editorial española Debate bajo el título Mortalidad. Es un libro pequeño, que contiene 6 textos breves, algunas notas fragmentarias que quedaron inconclusas a la muerte del autor, y un epílogo escrito por su viuda, Carol Blue. El libro constituye a la vez un veloz recorrido intelectual por la obra de Hitchens y un testamento político-racional sobre la agonía, la vida y la muerte.

Como señala el autor, son notas al vuelo escritas desde “Villa Tumor”, la imaginaria capital de la República de los enfermos terminales, a la cual se arriba desde las costas del país de los sanos al que usualmente muchos pertenecemos durante un tiempo más o menos prolongado.

Pero adaptarse al nuevo país no resultó nada fácil al autor de libros como “Cartas a un joven disidente”, “Dios no es bueno” o “Dios no existe”, tal vez sus obras más conocidas. El descubrimiento del nuevo mundo de enfermos, médicos y hospitales fue un proceso de adaptación amargo, ineludible y doloroso. En las horas largas pasadas en las “tumbas de colchones” (como le llamó Sidney Hook), la mente lúcida de Hitchens pasaba revista a las reacciones de amigos y colegas frente a su condición, el trato de los médicos y su transformación en una suerte de sacerdotes científicos y laicos, la promoción de productos milagrosos que prometen curas instantáneas para el cáncer, su impotencia para resistir los tratamientos contra el mal, las negociaciones de los equipos de “gestión del dolor” que en los hospitales discutían frente a él las mejores opciones para aminorar los efectos devastadores de los tratamientos médicos.

Vivir en Villa Tumor no implicó nunca abandonar las certezas intelectuales, emocionales y morales de Hitchens. Así, las figuras, las frases y las obras de Nietzsche, de Eliot, de Voltaire, de Auden, de Bellow, aparecen junto a sonidos y frases de canciones de Simon & Garfunkel, Cat Stevens, Leonard Cohen o Bob Dylan. Esa mixtura de palabras y sonidos recorre la complicada maquinaria espiritual que Hitchens utilizó para enfrentar la guerra contra la muerte.

Quizá hay dos temas que sobresalen de los ensayos reunidos en Mortalidad. Uno es el de la tentación de caer en las trampas de la fe religiosa como protección o bálsamo contra la fatalidad. La otra es la dificultad que tienen muchos amigos, familiares y aún los adversarios frente a la muerte. Respecto al primer tema –las trampas de la fe- Hitchens recuerda las palabras de Voltaire, cuando en su lecho de muerte lo importunaban y le pedían que renunciara al diablo y murmuraba: “no es el momento de hacer enemigos” (p.26).

Las trampas de la fe son las trampas de la ilusión, sugiere Hitchens, cuando algunos de sus críticos le piden arrepentimientos y conversiones ante la inminencia de la muerte. El lenguaje de las culpas y de las traiciones forman pare de los protocolos utilizados para lidiar con la enfermedad. Y recuerda a Montaigne: “El cimiento más sólido de la religión es el desprecio a la vida”(p. 105).
Las dificultades prácticas de lidiar con la muerte son distintas para el ciudadano de Villa Tumor y para los ciudadanos de Villa Salud. Hay protocolos extraños y contradictorios. Las muestras de solidaridad y de afecto, de compasión y hasta de lástima, se suceden frente a las narices del moribundo. Y aquí Hitchens recuerda frecuentemente una célebre frase de Nietzsche , escrita en Como se filosofa a martillazos (1888), cuando se refiere a las lecciones de la “escuela de guerra de la vida” en la que afirma: “lo que no mata me hace más fuerte”. “Nietzsche se equivocó”, dice Hitchens. Cuando se enfrenta una enfermedad terminal como el cáncer, que te enferma y te debilita, te mata y nunca te fortalece.

Los apuntes de Hitchens constituyen una narrativa de aguas profundas contra la muerte y sus demonios. Pero es también un esfuerzo intelectual por descifrar los significados de nuestra propia educación sentimental para enfrentar la agonía, el dolor y la muerte. Son las palabras escritas bajo el peso de la fatalidad, pero que conservan la lucidez intelectual y emocional de un pensador excepcional, condenado durante 19 meses a “vivir muriendo” como le confesó casi al final a su esposa. Hitchens representa muy bien la lucidez mortecina de un pensador y moralista político al que le disgustaron siempre los sermones y las moralinas, para mostrar hasta el final la entereza intelectual y moral que sólo inspira la razón.





Monday, August 17, 2015

La invención de ANUIES: historia y política (1)

Estación de paso

La invención de la ANUIES: historia y política (1)

Adrián Acosta Silva

(Publicado en Campus-Milenio, 13/08/2015)

La historia de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) es, como toda historia institucional que se respete, una trayectoria larga, compleja y a menudo ambigua y contradictoria. Hoy que celebra 65 años de su fundación (1950-2015), quizá valga la pena un breve ejercicio de balance, de revisión sobre su papel y aportaciones al desarrollo de la educación superior mexicana.

La primera dificultad es, digamos, conceptual: ¿cómo puede caracterizarse la ANUIES? En términos estrictamente jurídicos es una asociación de carácter civil, conformada por un conjunto de miembros (universidades e instituciones de educación superior públicas y privadas) que deciden voluntaria y libremente auto-organizarse para perseguir ciertos objetivos y finalidades. Pero esa definición es insuficiente para comprender la dinámica de su comportamiento institucional, que involucra por lo menos la consideración de una dimensión política y otra sociológica. En términos de análisis de políticas, la ANUIES es una organización de política y de gestión de los asuntos de la educación superior, orientada hacia el reconocimiento de su legitimidad política externa e interna. Pero vista desde una perspectiva más sociológica, la Asociación es también la expresión de un conjunto organizado de intereses que intenta “traducir” ciertas ideas en rutinas y prácticas institucionales. Estas tres formas o dimensiones de la caracterización de la Asociación permiten afirmar el carácter ambiguo, complejo o “híbrido” de la que es sin duda la organización más importante de la educación superior mexicana.

Pero ligado a las dificultades conceptuales, aparecen también las dificultades prácticas para organizar un análisis más o menos coherente sobre la historia de la Asociación, que vaya más allá del tono festivo que suele dominar el espíritu de los cumpleaños institucionales. El supuesto de base de cualquier propuesta por dominar dichas dificultades prácticas es considerar que los 65 años de la organización constituyen una trayectoria accidentada, no lineal, sujeta a las contingencias contextuales y a los ciclos políticos y de políticas que han configurado los diferentes entornos de la educación superior mexicana.

Bajo ese supuesto, la reconstrucción de la historia de la ANUIES puede hacerse colocando como foco su papel en la construcción política de las políticas públicas de educación superior en nuestro país. Y desde esta perspectiva se puede distinguir tres grandes ciclos de la historia política de la ANUIES: el de la “gobernabilidad corporativista” (1950-1982), el de la “gobernabilidad transicional” (1982-2000), y el de las tensiones entre la “gobernabilidad sistémica y la gobernanza institucional” (2000-2015). Como cualquier forma de periodización, la distinción tiene limites y es discutible, pero quizá puede ayudar a comprender mejor la dimensión política del papel de la ANUIES en la configuración del sistema de educación superior mexicano en las últimas seis décadas y media.

El primer ciclo comienza con la fundación de la Asociación en 1950 y culmina con la gran crisis económica de los años ochenta que impactó de manera dramática los montos, los modos y las reglas del financiamiento público a la educación superior universitaria. Son poco más de tres décadas donde, en la dimensión económica, las políticas del largo ciclo del desarrollo estabilizador determinaron una acelerada etapa de urbanización e industrialización, y en el campo político, se estructuraba un régimen político no democrático, donde la lógica de la representación corporativa dominaba las voces y las lealtades de los grupos y sectores sociales, incluyendo las del sector educativo superior. En esas circunstancias, se despliega un lento crecimiento de la oferta y de la demanda de la educación superior, y se crean las bases político-institucionales de la transición de las universidades tradicionales a las universidades modernas.

Desde su origen, fueron dos los ejes principales de la acción de la ANUIES. De un lado, influir en el diseño e implementación de la acción gubernamental en el campo de la educación superior; del otro, en mejorar las condiciones presupuestales de las instituciones que forman parte de su membresía. Es decir, una función política de representación y gestión legítima de sus intereses, y por el otro, una función financiera pertinente, ligada a estabilizar y mejorar las fórmulas de crecimiento del presupuesto público para las universidades. Ambas funciones se desarrollan con distintos grados de éxito por parte del gobierno de la ANUIES, desde la primera Secretaría de la Asociación de Alfonso Ortega Martínez (1950-1953), y la de un joven recién doctorado, Pablo González Casanova (1953-1955), hasta el período dirigido por Rafael Velasco Fernández (1977-1985).

La lógica corporativa del régimen posrevolucionario subordina la autonomía de las organizaciones civiles al reconocimiento de la autoridad del poder institucionalizado. Las figuras del Presidente en turno y de un partido político (el PRI), estructuran la cohesión y lealtad política hacia las políticas de desarrollo estabilizador y de la “unidad nacional”. En el campo de la educación superior, las universidades públicas conforman el núcleo cuasi monopólico de la oferta institucional, un núcleo en que descansará el activismo y la representatividad política de la ANUIES durante poco más de tres décadas, y en el cual se forman varias generaciones de las élites políticas que luego pasarán a integrarse como parte de las élites dirigentes del régimen posrevolucionario.

Pero es una doble crisis (económica y política) lo que termina por actuar como mecanismo de disparo de una serie de reformas que afectarían el entorno de la política y las políticas de la educación superior. El ascenso del “Estado evaluador” y de las políticas basadas en la búsqueda de la calidad, la evaluación y el financiamiento público competitivo, diferencial y condicionado, marcarían el fin de la gobernabilidad corporativista y el inicio de una “nueva” gobernabilidad –la “gobernabilidad transicional”- que obedece a una lógica distinta de intercambios entre el Estado y las universidades públicas. Así, desde los primeros años ochenta hasta finales de los años noventa, las políticas económicas neoliberales y la liberalización y posterior democratización del régimen político, poblaron de nuevas señales, racionalidades y reglas el contexto político de la educación superior.

Los años duros del financiamiento inestable y de aprendizajes políticos ocurridos en el marco de una expansión/masificación anárquica de la matrícula, el profesorado y las instituciones públicas y privadas del sistema, marcarán los procesos de adaptación incremental de la ANUIES a un contexto que muy pronto ya no era lo que solía ser. Los rasgos de esa nueva etapa los veremos en la próxima colaboración.


Friday, July 24, 2015

IEEPO: una historia de poder y políticas


El IEEPO: una historia de poder y políticas
Adrián Acosta Silva
(Publicado en versión digital de Nexos, 23/07/2015. www.nexos.com.mx)
La desaparición (en realidad reforma y reestructuración), por decreto del gobernador oaxaqueño, del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca (el IEEPO), es una decisión que intenta “devolver la autoridad educativa al gobierno del estado”, según anunció el propio gobernador Gabino Cué en la conferencia de prensa del pasado 21 de julio. El anuncio dramático, espectacular, de ocho columnas para medios impresos y electrónicos, fue apoyado simbólicamente por las figuras del Secretario de Educación Pública y del vocero de la Presidencia de la República. Pero la decisión, el diseño del nuevo Instituto, constituye apenas el primer paso en el complicado proceso de reconfiguración del poder político en el campo educativo oaxaqueño. La implementación de la decisión es, en realidad, el proceso en el cual se verá a prueba la fortaleza política del gobernador y del gobierno federal, frente al ruido de los tambores de guerra que ya ha comenzado a hacer sonar la CNTE como reacción frente a la desaparición del Instituto.
Más allá del curso de los acontecimientos, conviene sin embargo detenerse a reconstruir la historia del IEEPO en su contexto estatal y su relación con la CNTE. Como se sabe, el Instituto fue creado el 23 de mayo de 1992 durante la gubernatura de Heladio Ramírez (1986-1992), un priista tradicional, curtido en las aguas turbulentas de la fractura del PRI previa y posterior a las elecciones presidenciales de 1988. Con el salinismo y con el apoyo de Ramírez, llegó el Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica, un reforma al sistema educativo nacional orientada políticamente a dos cosas fundamentales: primero descentralizar (federalizar) la educación básica en las entidades de la república, trasladando la nómina, algunas decisiones y recursos educativos a los gobiernos estatales; y segundo, acabar con los restos del caciquismo sindical formado y ejercido durante casi dos décadas por Carlos Jongitud Barrios en el SNTE.
Los resultados, lo sabemos, fueron contradictorios, parciales y perversos. Por un lado, más que federalización de la educación lo que tuvimos fue un proceso de “feudalización” del sistema educativo básico, donde gobernadores y líderes sindicales nacionales y locales terminaron ejerciendo una suerte de cogobierno de la educación básica en las distintas entidades del país. Por otro lado, el desplazamiento de Jongitud y su Vanguardia Revolucionaria, cedió el paso no a la democratización sindical sino al surgimiento de un nuevo tipo de liderazgo, caciquil y poderoso, encabezado por Elba Esther Gordillo. En este contexto nacional, la creación del IEEPO en Oaxaca se significó, en una primera etapa (justamente la que corresponde al gobierno de Heladio Ramírez) por mantener los entendimientos políticos tradicionales entre el SNTE y el gobierno estatal: nombramiento conjunto de funcionarios educativos tanto en el IEEPO como en las direcciones de la escuelas públicas, los nombramientos de supervisores y jefes de zona, el acceso a plazas y los cambios de adscripción.
Al igual que se hacía y se hace en las secretarías estatales de educación en todo el país, la autoridad educativa surge de los arreglos institucionales entre los gobiernos estatales y el SNTE. Sin embargo, desde mediados de los años noventa la creciente influencia de la fracción disidente del SNTE en el suroeste del país (la Coordinadora) terminó por desplazar políticamente la fuerza del sindicato tradicional en esas regiones. Y la CNTE se posicionó como el principal interlocutor político del gobierno estatal oaxaqueño. Esto se tradujo poco a poco en la penetración del IEEPO por parte de la Coordinadora, desplazando la influencia tradicional del SNTE en el sector y en el organismo. La creciente legitimidad corporativa de la Coordinadora, su fuerza beligerante a través de paros y movilizaciones, fue consolidando la certeza en la clase política local de que gobernar el sector educativo oaxaqueño era una labor en la cual debía apoyarse, negociar o ceder ante la fuerza de la Coordinadora.
Con los gobiernos de Diódoro Carrasco (1992-1998), de José Murat (1998-2004) y de Ulises Ruiz (2004-2010) (todos pertenecientes al PRI), el poder de la CNTE se amplió y consolidó. La coalición que a nivel federal significó la alianza del SNTE con el PRI durante el salinismo y el zedillismo, se transformó en una coalición del gobierno educativo entre los gobiernos panistas y el SNTE con el elbismo como fuerza de cohesión y control político electoral y sindical. Pero esa coalición, paradójicamente, significó en Oaxaca el fortalecimiento de la Coordinadora como una fuerza política local que luego se extendió rápidamente a entidades como Guerrero, Veracruz, Chiapas y Michoacán. Sin embargo, nada se parece al poder que la coordinadora acumuló en Oaxaca, y que le llevaron a desafiar y bloquear la reforma educativa peñanietista lanzada el inicio de su mandato finales del 2012.
La llegada del Gabino Cué al gobierno estatal en 2010, un expriista postulado por una coalición multipartidista (PAN, PRD, PT y Convergencia), significó la irrupción de la alternancia en Oaxaca, y con ella, la posibilidad de un cambio político en el gobierno del sector educativo. Ello no obstante, por prudencia, pragmatismo o debilidad pura y dura, el nuevo gobierno estatal mantuvo el esquema tradicional de la gobernabilidad del sector, consolidando la fuerza de la CNTE en el centro del mapa político local, pero también manteniendo su dominio del IEEPO, con lo cual el poder de la Coordinadora también se tradujo en su dominio en los programas, los puestos, los recursos y las políticas locales de educación.
Pero la política, ya se sabe, es el arte de gestionar los conflictos, los tiempos y las posibilidades. La fuerza consolidada de la Coordinadora explica que la reforma educativa peñanietista no contara con los apoyos locales suficientes ni del SNTE ni del gobierno de Cué para penetrar en las estructuras de control político de la CNTE. Habría que esperar el paso de las elecciones intermedias de julio de 2015, coincidente con el último año de gobierno de Cué, para emprender una acción espectacular, mediática, y políticamente apoyada por el gobierno federal, el gobierno estatal y el SNTE, una operación cuyo centro simbólico y práctico es el desmantelamiento del IEEPO. La cuestión clave es si esa operación conjunta permitirá reconstruir la gobernabilidad del sector, avanzando al mismo tiempo en la gobernanza institucional necesaria para implementar la reforma educativa nacional en Oaxaca, y minimizando, al mismo tiempo, los costos políticos de la reacción de la CNTE en el corto y mediano plazo.

Thursday, July 23, 2015

La República de los Doctores


Estación de paso
La República de los Doctores
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 23 de julio de 2015.)
Desde hace tiempo se sospecha en ciertos círculos académicos y no académicos que el plagio de textos es una práctica común entre algunos estudiantes, profesores e investigadores universitarios. No hay datos sistemáticos que permitan calibrar las dimensiones de tales sospechas, pero da la impresión de que en ocasiones las prácticas plagiarias alcanzan ya el envidiable estatus de usos y costumbres en no pocas universidades públicas o privadas, particularmente en el área de las ciencias sociales. Sin embargo, a falta de datos precisos, grandes y pequeños escándalos se han acumulado sin prisa pero sin pausa en el horizonte público mexicano en los últimos años. El más reciente se descubrió en la Universidad Michoacana hace un par de semanas, cuando un investigador de esa institución fue acusado por plagiar no solamente un artículo de investigación de una académica española, sino incluso su propia tesis doctoral, presentada y avalada en el prestigiado Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México, una de las instituciones académicas más serias y reconocidas del país y de América Latina.
Pero no es el único caso. Hace un par de años, un historiador de la UNAM también fue descubierto en el acto. Como el de la Michoacana, también había alcanzado los más altos honores académicos de la carrera universitaria, incluyendo nombramientos, estímulos económicos y la pertenencia al Sistema Nacional de Investigadores, el esquema meritocrático más importante del país. Hace unos días, el académico y ensayista Guillermo Sheridan publicó, con envidiable sentido del humor, el sorpresivo descubrimiento de un plagio a su propia obra por parte de un investigador de El Colegio de San Luis, y también miembro destacado del SNI.
Los casos, las instituciones involucradas, los personajes mencionados, documentan con preocupación la expansión de una práctica que se cree o se creía controlada por la ética de la convicción académica, por la responsabilidad intelectual, o por las reglas básicas del oficio. Después de todo, la actividad académica exige, como todo oficio que se respete, códigos de honor como la honestidad intelectual, el respeto a las ideas y contribuciones de otros, el reconocimiento de los argumentos, los datos, los métodos, las obras de colegas, maestros o discípulos de la academia y de la vida intelectual. Esos códigos permiten alimentar con las flores simbólicas y delicadas de la confianza el desarrollo de las rutinas más elementales de la enseñanza y la investigación universitaria: publicaciones, seminarios, clases, talleres, conversatorios.
Ello no obstante, con el estallido ocasional de los escándalos, se pueden distinguir por lo menos dos grandes tipos de posiciones en el campus universitario: el de los depredadores y el de los moralistas. Los primeros son aquellos que con variables dosis de cinismo, caradura u oportunismo puro y duro, se aprovechan de entornos poco exigentes con la evaluación de trayectorias escolares y académicas, o con la laxitud en la revisión de textos y publicaciones, y que aprovechan hábilmente la ausencia o debilidad de los mecanismos éticos o legales que teóricamente garantizan la honestidad intelectual y la confianza académica en las universidades. Los moralistas, por su parte, son los que ven con indignación y hasta con horror cómo proliferan de manera incontrolable las prácticas de plagio en las universidades, tanto entre sus colegas como entre los estudiantes.
Una de las fuentes explicativas del fenómeno tiene que ver con la expansión anárquica de la carrera académica como opción laboral para no pocos jóvenes universitarios. Nunca como en años recientes se ha incrementado tanto la competencia por honores, dinero y prestigio entre los académicos. Un vistazo a algunos datos nos muestra la magnitud de la expansión. En 1970, sólo estaban registrados 5,953 estudiantes de posgrado en México; en 2015, se estiman en más de 250 mil. Casi el 70% de los estudiantes de posgrado son de maestría, contra el 20% de las especialidades y el 11% de doctorado. Pero si concentramos la atención en este último el nivel, se observa que en 1980 había solamente 1,308 estudiantes registrados; treinta y cinco años después, se estima que la cifra supera los 30 mil. En términos de oferta de programas doctorales, en 1960 había 20 en todo el país; hoy, se estima que son casi 800.
Estos datos –basados en información tanto del CONACYT como del Consejo Mexicano de Estudios de Posgrado, A.C- indican que México ha dejado de ser el país de los licenciados que Ibargüengoitia se imaginaba en los posrevolucionarios años sesenta, para dirigirse hacia la constitución de una imaginaria república de los doctores. Para mucho de los miembros de los estratos medios y altos urbanizados y escolarizados de la sociedad, la licenciatura ya no basta. Desde hace años, en algunos círculos sociales con extrañas pretensiones académicas o intelectuales, obtener una maestría o un doctorado se ha vuelto un deporte nacional, una obsesión para alcanzar estatus y posiciones en el mundillo académico y laboral mexicano. Las políticas públicas de estímulos a la calidad de la educación superior que hemos observado desde hace casi un cuarto de siglo, han desatado una feroz lucha por las becas, por acceder a los programas de estímulos y por los nombramientos académicos, desatando sentimientos de frustración y envidia, oportunismos y desarrollo de habilidades de algunos individuos para alcanzar dinero, influencia, poder.
Ese parece ser el mar de fondo del plagio académico, el “ecosistema” que explica el comportamiento de moralistas y depredadores. De algún modo, los escándalos recientes forman parte de las historias del lado oscuro del capitalismo académico. La simulación, el plagio, el robo intelectual, el secuestro de ideas y obras, sin ser asuntos inéditos ni recientes en la historia de las universidades, forman parte de las nuevas estrategias de promoción de los intereses individuales de hombres o mujeres en el territorio académico universitario. O sea, la academia como un espacio social más de prácticas de cálculo para la obtención de los mayores réditos, en un contexto institucional que desde hace tiempo tolera por incapacidad, por dolo o por comodidad, la expansión de los comportamientos depredadores o canallescos de algunos para apropiarse de manera poco escrupulosa de los productos creados por otros.

Thursday, July 02, 2015

La era de la distracción


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La era de la distracción
Adrián Acosta Silva
(Señales de humo, Radio U. de G., 2 de julio, 2015)

Uno de los fenómenos que se han asentado silenciosamente desde hace buen tiempo en las sociedades contemporáneas es el de la distracción, es decir, ese impulso ingobernable de los individuos para mantener la atención demasiado tiempo en las mismas cosas. Para algunos más que para otros, dependiendo de las circunstancias, los oficios o las necesidades, la distracción es un hábito, una práctica social extendida y arraigada. Y buena parte de las instituciones –desde los partidos políticos y las escuelas hasta las religiones- lidian con esa práctica mediante la inducción de la disciplina, el rigor, el castigo, empleados como recursos para intentar domar a la bestia insaciable de la distracción.
Por supuesto tener un ojo en el gato y otro en el garabato, como reza el dicho común, forma parte de la inteligencia humana, no de la estupidez, como suelen verlo los críticos de toda forma de distracción. Oscar Wilde, por ejemplo, afirmaba aquello de que “el principal encanto de los estados de ánimo es que no perduran”. El entusiasmo, la indiferencia, el interés, los deseos, son emociones que ocurren a veces y duran poco. Por ello, la distracción es un impulso libertario, la expresión de una forma de rebeldía a la sensación de aprisionamiento que implica la concentración, la obligación o el deber.
La distracción es como la verdad: parece tener alguna explicación, pero lo que no tiene es remedio, diría el Serrat de los años setenta. Sin embargo, el tema no es nuevo, ni reciente, y rebasa con mucho las fronteras de alguna institución o actividad específica. Más aún: es un asunto antiguo y moderno, recurrente y polémico. Algo tiene que ver con la soledad, con el hastío, con “el temor a enfrentarse a uno mismo”, como sugería en tono sombrío el viejo Nietzche en 1887. Y justamente ese tema es el objeto de una interesante reseña publicada recientemente en la revista The New Yorker, en su edición del 16 de junio, titulado “Una nueva teoría de la distracción”, escrito por uno de los editores de la revista, Joshua Rothman (http://www.newyorker.com/culture/cultural-comment/a-new-theory-of-distraction).
Hoy, sugiere Rothman, la distracción es un deporte (“una competencia”) universal, aunque conserva cierto “aire de misterio” para sus analistas e intérpretes. Y para explorar ese misterio, refiere algunas ideas extraídas de un texto reciente (2015) sobre el tema de la distracción: The World Beyond You Head: Becoming an Individual in an Age of Distraction, (“El mundo más allá de tu cabeza: el devenir del individuo en una era de distracción”) del filósofo estadounidense Matthew Crawford, un ensayo largo en que se propone una nueva mirada sobre el fenómeno de la distracción en la vida moderna.
El argumento central del libro es que el incremento de nuestra capacidad de distracción es el resultado de cambios tecnológicos que tienen sus raíces en los “compromisos ´culturales´ (spirituals, en inglés) de nuestra civilización”. ¿Qué significa eso? Que la idea de la autonomía individual como el centro de nuestras vidas, una autonomía en términos económicos, políticos y tecnológicos, se ha convertido desde hace tiempo en el valor central de la cultura occidental contemporánea. Y la autonomía tiene que ver con la libertad, con cierta “adicción a la liberación”, en donde la distracción es un elemento clave para enfrentar situaciones donde nos sentimos aprisionados, sea viendo una película, en una conversación, en un salón de clase o caminando por una calle de la ciudad.
“El imperativo cultural de ser autónomos”, dice Crawford, ”es más fuerte que nunca”. Y ese imperativo se despliega con fuerza en varias direcciones y contextos sociales. Las nuevas tecnologías de comunicación han incrementado la autonomía individual y con ello la capacidad de distracción de las personas, produciendo comportamientos complejos en los distintos espacios de interacción social como es, por ejemplo, el de la universidad.
Pero la distracción no es necesariamente una fuente de explicación de bajos aprendizajes, abandonos o fracasos escolares. De hecho, un individuo distraído puede coexistir con períodos (breves o prolongados) de alta concentración en asuntos específicos, y ello revela un incremento de la capacidad de interesarse en muchos asuntos a la vez, algo que se asocia inevitablemente a la expansión de la autonomía intelectual y emocional de los estudiantes. La hipótesis de que las nuevas tecnologías han disminuido la capacidad de concentración de los niños y los jóvenes se parece mucho a aquellas pseudo-teorías que asociaban la adicción a la televisión (“la caja idiota”) con la degradación cultural e intelectual de los jóvenes de los años sesenta y setenta.
De cualquier modo, flota la impresión en algunos ámbitos intelectuales, burocráticos y pedagógicos universitarios de que el tema de la distracción es el problema central de la educación y de la cultura contemporánea, un problema que hay que resolver con rigor y disciplina, para evitar prácticas ineficientes y costosas. La solución entonces es lograr que los individuos sean capaces de concentrar su atención en el desarrollo de habilidades específicas, capaces de llevarlos al éxito individual y profesional. Se despliega entonces una tensión inevitable entre una práctica (la distracción) y un valor (la atención); es decir, entre una práctica social enraizada al principio irrenunciable de la autonomía individual, y el valor de la atención, una flor exótica y delicada en la era de la distracción. Para las universidades, quizá más que para otras instituciones educativas, esta dialéctica entre la concentración y la distracción es un asunto central para comprender la formación de los hábitos intelectuales y académicos de los estudiantes, un proceso cercado por impulsos emocionales, prácticas pedagógicas, condiciones de trabajo y estudio, imaginarios colectivos y representaciones sociales, que configuran en su conjunto la compleja diversidad de las experiencias universitarias de millones de jóvenes.

Friday, June 26, 2015

La universidad en la era de la distracción



Estación de paso
La universidad en la era de la distracción
Adrián Acosta Silva
Publicado en Campus Milenio, 25 de junio, 2015.

Los estados de ánimo no perduran.
-Ese es su principal encanto.
Oscar Wilde

Uno de los fenómenos que se han asentado silenciosamente desde hace buen tiempo en las prácticas docentes de los sistemas educativos, desde el nivel básico al superior, es el de la creciente distracción de los alumnos en las actividades escolares. El efecto de la no-concentración de los estudiantes en lo que están haciendo en clase, cuando leen, o cuando realizan tareas, parece estar relacionado en varios estudios recientes con los bajos aprendizajes, la desigualdad de los logros escolares, o la incapacidad para identificar y producir argumentos lógicos por parte de los jóvenes universitarios. Es una hipótesis en discusión, producto de impresiones, experiencias y comportamientos cotidianos: la poca capacidad de concentración académica de los estudiantes es derivada de la adicción a videojuegos, las redes sociales y los estímulos externos a las escuelas, y esa “adicción a la distracción” explica el bajo desempeño escolar de muchos de ellos. Para cualquier profesor universitario es bastante común observar que en los salones de clase, en los pasillos y bibliotecas, y tal vez hasta en la soledad de sus habitaciones y casas, los jóvenes estudiantes están sujetos a la tiranía del facebook, de las computadoras y los teléfonos inteligentes.
El fenómeno parece tener alguna explicación, pero lo que no parece tener es remedio, diría el Serrat de los años setenta. Sin embargo, el tema de la distracción no es nuevo, ni reciente, y rebasa con mucho las fronteras de la escuela y de la universidad. Más aún: es un asunto antiguo y moderno, recurrente y polémico. Algo tiene que ver con la soledad, con el hastío, con “el temor a enfrentarse a uno mismo”, como sugería en tono sombrío el viejo Nietzche en 1887. Y justamente ese tema es el objeto de una interesante reseña publicada recientemente en la revista The New Yorker, en su edición del 16 de junio, titulado “Una nueva teoría de la distracción”, escrito por uno de los editores de la revista, Joshua Rothman (http://www.newyorker.com/culture/cultural-comment/a-new-theory-of-distraction).
Rothman inicia con una cita inquietante, escrita a mediados del siglo XIX: “En tiempo dolorosos, cuando la composición es imposible y la lectura no es suficiente, la gramática y el diccionario son excelentes para la distracción”, escribió la poeta Elizabeth Barrett en 1839. Hoy, sugiere Rothman, la distracción es un deporte (“una competencia”) universal, aunque conserva cierto “aire de misterio” para sus analistas e intérpretes. Y para explorar ese misterio, realiza la reseña de un texto reciente (2015) sobre el tema de la distracción: The World Beyond You Head: Becoming an Individual in an Age of Distraction, del filósofo estadounidense Matthew Crawford, un ensayo largo en que se propone una nueva mirada sobre el fenómeno de la distracción en la vida moderna.
El argumento central del libro es que el incremento de nuestra capacidad de distracción es el resultado de cambios tecnológicos que tienen sus raíces en los “compromisos ´culturales´ (spirituals, en inglés) de nuestra civilización”. ¿Qué significa eso? Que la idea de la autonomía individual como el centro de nuestras vidas, una autonomía en términos económicos, políticos y tecnológicos, se ha convertido desde hace tiempo en el valor central de la cultura occidental contemporánea. Y la autonomía tiene que ver con la libertad, con cierta “adicción a la liberación”, en donde la distracción es un elemento clave para enfrentar situaciones donde nos sentimos aprisionados, sea viendo una película, en una conversación, en un salón de clase o caminando por una calle de la ciudad.
“El imperativo cultural de ser autónomos”, dice Crawford, ”es más fuerte que nunca”. Y ese imperativo se despliega con fuerza en varias direcciones y contextos sociales. Las nuevas tecnologías de comunicación han incrementado la autonomía individual y con ello la capacidad de distracción de los individuos, produciendo comportamientos diversos y complejos en los distintos espacios de interacción social como es el de la universidad. Siguiendo esta línea de argumentación, se podría afirmar que los comportamientos distraídos de los estudiantes universitarios están asociados a impulsos y emociones que se resisten a ser “aprisionados” durante tiempos prolongados, sea escuchando a un profesor, sea leyendo un libro, sea participando en un chat académico.
Pero la distracción no es necesariamente una fuente de explicación de bajos aprendizajes, abandonos o fracasos escolares. De hecho, un individuo distraído puede coexistir con períodos (breves o prolongados) de alta concentración en asuntos específicos, y ello revela un incremento de la capacidad de interesarse en muchos asuntos a la vez, algo que se asocia inevitablemente a la expansión de la autonomía intelectual y emocional de los estudiantes. En cualquier caso, la distracción como tema educativo y cultural es un asunto que merece examinarse en toda su complejidad y diversidad. La hipótesis de que las nuevas tecnologías han disminuido la capacidad de concentración de los niños y los jóvenes se parece mucho a aquellas pseudo-teorías que asociaban la adicción a la televisión (“la caja idiota”) con la degradación cultural e intelectual de los jóvenes de los años sesenta y setenta.
De cualquier modo, flota la impresión en algunos ámbitos intelectuales, burocráticos y pedagógicos universitarios de que el tema de la distracción, como el de su opuesto, el de la atención, juega un papel clave en los procesos de formación escolar. Uno apunta hacia la permanenecia de un hábito, una práctica social arraigada y múltiple, asociada al principio irrenunciable de la autonomía individual; la otra es un valor, el valor de la atención, una flor exótica y delicada en la era de la distracción. Para las universidades, quizá más que para otras instituciones educativas, la dialéctica entre la concentración y la distracción es un asunto central para comprender la formación de los hábitos intelectuales y académicos de los estudiantes, un proceso cercado por impulsos emocionales, prácticas pedagógicas, condiciones de trabajo y estudio, imaginarios colectivos y representaciones sociales, que configuran en su conjunto la compleja diversidad de las experiencias universitarias de millones de jóvenes.