Estación de paso
La respuesta no está en el viento
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 17/11/2016)
La sorprendente y preocupante victoria electoral de Donald Trump en los Estados Unidos ocurrida la semana pasada cierra prematuramente un annus horribilis para las democracias contemporáneas. Luego del triunfo del Brexit en Gran Bretaña y del No por la paz en Colombia, y en el contexto del resurgimiento de microclimas neo-puritanos y no democráticos en distintas sociedades locales, el panorama luce desolador para las fuerzas de la izquierda, pero también para intelectuales, medios de comunicación y políticos más o menos tradicionales. Ningún esfuerzo de economía explicativa es capaz de ofrecer una visión comprensiva de lo que ocurre hoy en el mundo de las relaciones entre política y cultura, entre estado y sociedad, en distintas partes del mundo y con diversas circunstancias nacionales. La perplejidad, la incredulidad y el asombro se consolidan como signo de los tiempos.
Pero es sin duda el fenómeno Trump el que más atrae la atención por sus implicaciones regionales y globales. Su triunfo electoral revela a la vez la profundidad de las fracturas sociales en el subsuelo cultural norteamericano, la distancia entre los hechos económicos y las percepciones sociales, la soberbia de académicos, intelectuales y comentaristas profesionales y amateurs de la vida pública norteamericana, el nuevo fracaso de los pronósticos que la mayoría de las encuestas y medios anunciaban incluso unas horas antes de las elecciones del 9 de noviembre. En el inventario negro de los hechos habría que añadir la acumulación de los déficits cognitivos sobre la cultura política en las democracias contemporáneas, la falta de nuevos anteojos teóricos y empíricos para analizar las fuerzas en tensión que producen comportamientos anti-sistémicos, la ridiculización de la política y de la vida pública, la ruptura con los valores, las creencias y los códigos básicos de la vida democrática moderna.
De pronto, el nuevo panorama político norteamericano y mundial dan la sensación de un regreso al futuro, la inescapable impresión de un retorno al siglo XIX más que un avance al siglo XXI. El lenguaje del odio, la xenofobia y la intolerancia impregna los relatos políticos que triunfan en el ánimo público. Y con ellos, la tentación de soltar los perros de la guerra racial y bélica acompaña el sonido y la furia de los nuevos liderazgos emergentes en distintas partes del planeta, de Manila a Washington, de París a Mosul, de Caracas a Moscú. Con asombro y curiosidad, o con preocupación y ansiedad, asistimos al triunfo multicolor de la simulación y de los simuladores, a la alucinación y alienación de la política como el arte de conquistar a las masas. Los políticos profesionales han cambiado de ropajes, de estilos y de sus posiciones en las apreciaciones del público. Las viejas profesiones tachadas como indignas o como deshonestas han mudado de piel y se han convertido en modelos a seguir e incluso idolatrar en los tiempos que corren, y Trump representa esa transición carnavalesca mejor que nadie.
Hans Magnus Enzensberger, fiel a su estilo, lo ha escrito recientemente de manera a la vez ácida y profunda: “El charlatán ascendió, en el siglo XX, a jefe de consorcio publicitario; el payaso se mudó en animador, moderador y presentador de espectáculos; incluso el humilde barbero sangrador se ha metamorfoseado en cirujano estético, y el adivino de feria en bien retribuido economista jefe(…) Los sucesores de los tahúres y fulleros se han dignificado como asesores inversionistas” (“Profesiones honestas y menos honestas”, en Panóptico, Malpaso, 2016, p.73). Esa mutación ha ocurrido en medio del estruendo de la globalización y del mercado, entre las voces que alababan el fin de la historia y el triunfo de la americanización del mundo, con invitados incómodos expresados en sangrientos estallidos de terrorismo, la persistencia de los fantasmas de la desigualdad y la pobreza, la profunda insatisfacción con la democracia y las cíclicas crisis o déficits de representación política de los partidos y de los políticos de profesión.
Mientras se digiere la amarga experiencia electoral norteamericana, nuevas nubes intelectuales y políticas se ciernen sobre el sueño americano, que se tornan pesadillas en el clima ideológico y político mundial. Paul Krugman, un economista inteligente y elegante que estaba muy seguro de la imposibilidad ética, política y económica del triunfo del candidato republicano hasta unos pocos días antes de la elección, lo señaló en la versión digital del New York Times con una mezcla de amargura, preocupación e ironía la noche del martes 9 de noviembre, justo cuando se comenzaban a confirmar las tendencias del triunfo de Trump frente a Hillary Clinton: “¿Será acaso que estamos frente a una sociedad y un Estado fallidos?”. Y como Krugman, muchos más se preguntan qué pasó, qué filtros fallaron, cuáles diques se rompieron, cuántas cosas no sabíamos. Habrá que revisar los anteojos sociológicos, las brújulas económicas y los mapas politológicos para tratar de buscar las respuestas, que en política, contra lo que canta Dylan, nunca están, nunca han estado, soplando en el viento.
Thursday, November 17, 2016
Friday, November 04, 2016
Profetas de Silicon Valley
Estación de paso
Los profetas de Silicon Valley
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 3 de noviembre, 2016)
De cuando en cuando diversas voces anuncian en buen tono dramático el fin de la universidad. Decepción y entusiasmo se entremezclan en proporciones imprecisas en los mensajes que viejos y nuevos profetas realizan sobre el fin de las universidades en el futuro inmediato, argumentando su inviabilidad económica, su irrelevancia social, o su incapacidad institucional (pedagógica, académica, organizativa) para adaptarse a las circunstancias, los retos o los desafíos globales o locales. Siendo instituciones medievales -como las catedrales o el parlamento-, con casi mil años de existencia, las universidades son objeto de desahucio intelectual con relativa frecuencia. Pero con distinta intensidad, esas voces se han multiplicado en los últimos años bajo el clima del fetichismo nanotecnológico que a lo largo del siglo XXI se ha adueñado de los discursos e imaginarios de políticos, empresarios y técnicos relacionados con la educación superior.
El reclamo tiene su encanto y su historia. Si se revisa su trayectoria remota y reciente, juicios similares acompañan sistemáticamente los relatos apocalípticos sobre la desaparición de las universidades. Hay que recordar, por ejemplo, aquellas voces liberales que en México, hacia mediados del siglo XIX, bajo el clima intelectual y político que dominaba la lucha por el futuro de la independencia nacional, se pronunciaban por la desaparición de la Real y Pontifica Universidad de México “por inútil, perniciosa e irreformable”, lo que que llevó en 1863 a su clausura por parte del mismísimo Maximiliano de Hasburgo, uno de los villanos favoritos de nuestra historia de bronce. Sin embargo, la muerte de la universidad fue más bien un prolongado estado de coma. Menos de medio siglo después, en 1910, en el ocaso de la dictadura, Justo Sierra encabezaba junto a Porfirio Díaz (otro de los villanos legendarios de nuestra historia patria) la ceremonia de refundación de la Universidad como parte de los festejos del primer centenario de la independencia nacional. Un muerto (en esta caso, muerta) había renacido, con otro nombre, rostro y ropajes.
Pero nuevas voces se alzan en el horizonte mediático contemporáneo, global y cosmopolita. Una de ellas proviene de Silicon Valley, ese territorio californiano (casi) mítico al que muchos miran con fe, envidia y asombro como la cuna de la nueva civilización tecnológica, como el mapa del futuro de una sociedad sin política, sin conflictos y sin instituciones burocráticas pesadas, aburridas y costosas como el Estado o las universidades, donde las propiedades mágicas del mercado y de las nuevas tecnologías harán inservibles las bibliotecas, los profesores, los conocimientos y prácticas universitarias. Una de esas voces es la de un tal David Roberts, un entusiasta promotor de las propiedades intrínsecamente revolucionarias de las nuevas tecnologías en la educación superior. Entrevistado por el diario español El país en ocasión de la Oslo Innovation Week celebrada la semana pasada en la capital noruega, el profesor Roberts declaraba con el aplomo que sólo proporciona la fe ciega en las propias palabras: “La mayoría de las universidades del mundo van a desaparecer”.
Roberts es profesor de la “Singularity University” (SU), creada en 2009 por la NASA y la empresa Google justo en el corazón de Silicon Valley, con el objetivo de que en 20 años resuelva los “12 desafíos planetarios” más importantes, entre ellos la exploración espacial, la pobreza, el cambio climático, la productividad económica, o la bilogía digital (https://su.org). Esa institución ya abrió sedes en Sevilla y en Tel Aviv. Una de las características de la SU es que no expide títulos ni créditos curriculares para sus estudiantes. Todos sus cursos son abiertos y en línea, y cualquier individuo puede inscribirse en ellos sin importar su escolaridad, origen social, raza, credo o color, pagando la cuota correspondiente (algunos miles de dólares por curso). Según el propio entrevistado, el modelo de la SU es exitoso porque, a) busca formar líderes en todos los campos, y b) asegura buenos empleos a sus estudiantes y egresados (tienen la garantía institucional de que así será, si no se les devuelve su dinero), y c) porque promueven la creatividad y la innovación como los ejes de sus prácticas universitarias. Por ello, “el negocio de las universidades tiene sus días contados”, afirma el orgulloso profesor Roberts con el aplomo de un pistolero académico a sueldo. (La entrevista completa se puede consultar aquí: http://economia.elpais.com/economia/2016/10/23/actualidad/1477251453_527153.html
Las palabras del entrevistado, y la entrevista misma (colocada en la sección digital de economía y negocios del diario español), son hechos que permiten identificar la dirección de los vientos contemporáneos que corren sobre la nueva muerte de la universidad. Ya no se trata de diagnosticar su lento o acelerado pero inexorable fallecimiento debido a su carácter inútil, pernicioso o irreformable, sino de decretar un día y otro también su muerte inevitable debido a causas naturales, tecnológicas o sociales, o a una mezcla de todas. Se trata de la emergencia de un relato espectacular, dramático, sobre la irrelevancia de las universidades en un futuro que se presenta como único, ineludible y homogéneo, es decir, un destino, interpretado correctamente por los nuevos profetas con la pequeña ayuda de sus oráculos nanotecnológicos y patrocinadores de ocasión. Frente a ellos, los escépticos son una legión de infieles, los restos de una civilización académica obsoleta crecida en el arte de la duda, cultivada a la luz de casi mil años de historia de las universidades en el mundo, que miran de reojo y con curiosidad los juicios de desahucio que proliferan en los círculos empresariales de la educación superior. Las creencias sobre la desaparición inminente de dichas instituciones en el mundo occidental enfrentadas a las prácticas cotidianas de millones de individuos que todos los días asisten a las universidades. Creyentes y agnósticos, fanáticos e infieles, políticos y científicos, se acomodan para mirar el espectáculo del juicio final que anticipan con seguridad envidiable los profetas de Silicon Valley.
Los profetas de Silicon Valley
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 3 de noviembre, 2016)
De cuando en cuando diversas voces anuncian en buen tono dramático el fin de la universidad. Decepción y entusiasmo se entremezclan en proporciones imprecisas en los mensajes que viejos y nuevos profetas realizan sobre el fin de las universidades en el futuro inmediato, argumentando su inviabilidad económica, su irrelevancia social, o su incapacidad institucional (pedagógica, académica, organizativa) para adaptarse a las circunstancias, los retos o los desafíos globales o locales. Siendo instituciones medievales -como las catedrales o el parlamento-, con casi mil años de existencia, las universidades son objeto de desahucio intelectual con relativa frecuencia. Pero con distinta intensidad, esas voces se han multiplicado en los últimos años bajo el clima del fetichismo nanotecnológico que a lo largo del siglo XXI se ha adueñado de los discursos e imaginarios de políticos, empresarios y técnicos relacionados con la educación superior.
El reclamo tiene su encanto y su historia. Si se revisa su trayectoria remota y reciente, juicios similares acompañan sistemáticamente los relatos apocalípticos sobre la desaparición de las universidades. Hay que recordar, por ejemplo, aquellas voces liberales que en México, hacia mediados del siglo XIX, bajo el clima intelectual y político que dominaba la lucha por el futuro de la independencia nacional, se pronunciaban por la desaparición de la Real y Pontifica Universidad de México “por inútil, perniciosa e irreformable”, lo que que llevó en 1863 a su clausura por parte del mismísimo Maximiliano de Hasburgo, uno de los villanos favoritos de nuestra historia de bronce. Sin embargo, la muerte de la universidad fue más bien un prolongado estado de coma. Menos de medio siglo después, en 1910, en el ocaso de la dictadura, Justo Sierra encabezaba junto a Porfirio Díaz (otro de los villanos legendarios de nuestra historia patria) la ceremonia de refundación de la Universidad como parte de los festejos del primer centenario de la independencia nacional. Un muerto (en esta caso, muerta) había renacido, con otro nombre, rostro y ropajes.
Pero nuevas voces se alzan en el horizonte mediático contemporáneo, global y cosmopolita. Una de ellas proviene de Silicon Valley, ese territorio californiano (casi) mítico al que muchos miran con fe, envidia y asombro como la cuna de la nueva civilización tecnológica, como el mapa del futuro de una sociedad sin política, sin conflictos y sin instituciones burocráticas pesadas, aburridas y costosas como el Estado o las universidades, donde las propiedades mágicas del mercado y de las nuevas tecnologías harán inservibles las bibliotecas, los profesores, los conocimientos y prácticas universitarias. Una de esas voces es la de un tal David Roberts, un entusiasta promotor de las propiedades intrínsecamente revolucionarias de las nuevas tecnologías en la educación superior. Entrevistado por el diario español El país en ocasión de la Oslo Innovation Week celebrada la semana pasada en la capital noruega, el profesor Roberts declaraba con el aplomo que sólo proporciona la fe ciega en las propias palabras: “La mayoría de las universidades del mundo van a desaparecer”.
Roberts es profesor de la “Singularity University” (SU), creada en 2009 por la NASA y la empresa Google justo en el corazón de Silicon Valley, con el objetivo de que en 20 años resuelva los “12 desafíos planetarios” más importantes, entre ellos la exploración espacial, la pobreza, el cambio climático, la productividad económica, o la bilogía digital (https://su.org). Esa institución ya abrió sedes en Sevilla y en Tel Aviv. Una de las características de la SU es que no expide títulos ni créditos curriculares para sus estudiantes. Todos sus cursos son abiertos y en línea, y cualquier individuo puede inscribirse en ellos sin importar su escolaridad, origen social, raza, credo o color, pagando la cuota correspondiente (algunos miles de dólares por curso). Según el propio entrevistado, el modelo de la SU es exitoso porque, a) busca formar líderes en todos los campos, y b) asegura buenos empleos a sus estudiantes y egresados (tienen la garantía institucional de que así será, si no se les devuelve su dinero), y c) porque promueven la creatividad y la innovación como los ejes de sus prácticas universitarias. Por ello, “el negocio de las universidades tiene sus días contados”, afirma el orgulloso profesor Roberts con el aplomo de un pistolero académico a sueldo. (La entrevista completa se puede consultar aquí: http://economia.elpais.com/economia/2016/10/23/actualidad/1477251453_527153.html
Las palabras del entrevistado, y la entrevista misma (colocada en la sección digital de economía y negocios del diario español), son hechos que permiten identificar la dirección de los vientos contemporáneos que corren sobre la nueva muerte de la universidad. Ya no se trata de diagnosticar su lento o acelerado pero inexorable fallecimiento debido a su carácter inútil, pernicioso o irreformable, sino de decretar un día y otro también su muerte inevitable debido a causas naturales, tecnológicas o sociales, o a una mezcla de todas. Se trata de la emergencia de un relato espectacular, dramático, sobre la irrelevancia de las universidades en un futuro que se presenta como único, ineludible y homogéneo, es decir, un destino, interpretado correctamente por los nuevos profetas con la pequeña ayuda de sus oráculos nanotecnológicos y patrocinadores de ocasión. Frente a ellos, los escépticos son una legión de infieles, los restos de una civilización académica obsoleta crecida en el arte de la duda, cultivada a la luz de casi mil años de historia de las universidades en el mundo, que miran de reojo y con curiosidad los juicios de desahucio que proliferan en los círculos empresariales de la educación superior. Las creencias sobre la desaparición inminente de dichas instituciones en el mundo occidental enfrentadas a las prácticas cotidianas de millones de individuos que todos los días asisten a las universidades. Creyentes y agnósticos, fanáticos e infieles, políticos y científicos, se acomodan para mirar el espectáculo del juicio final que anticipan con seguridad envidiable los profetas de Silicon Valley.
Sunday, October 23, 2016
Política y decepción
Política y decepción: los dilemas del PSOE
Adrián Acosta Silva
(Publicado en la versión digital de Nexos, 22/10/2016)
http://redaccion.nexos.com.mx/?p=7873
“La política exige convivir con la decepción”. Las palabras fueron pronunciadas el 11 de octubre en una rueda de prensa por Javier Fernández, el presidente al cargo de la comisión gestora del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), diseñada para construir una salida política a la dura crisis que enfrenta ese partido en la complicada coyuntura española del último año que, luego de dos procesos electorales sin lograr llegar a la investidura presidencial de Mariano Rajoy (PP), ha colocado a su régimen político en un escenario inédito a lo largo de su historia democrática. Las palabras, el tono, el personaje y el contexto representan la lucidez intelectual de la reflexión política que puede surgir en las horas negras de las crisis de las democracias representativas contemporáneas.
Tal vez las palabras de Fernández exhuman cierta melancolía, pero también expresan la voluntad al aprendizaje de las lecciones de política democrática que hoy experimenta el partido histórico de la izquierda española. Pero son palabras y lecciones que también resuenan en las organizaciones de izquierda de otros contextos nacionales, cuyos perfiles se ha desvanecido rápidamente entre escándalos políticos, actos reales o simbólicos de corrupción, castigos electorales y extraños retornos de los nuevos populismos de izquierda y de derecha.
El episodio, sus imágenes y relatos, sus actores y espectadores, ayudan a comprender la profundidad de las transformaciones que la propia izquierda está experimentando en el mundo político contemporáneo. Impulsoras decididas de los movimientos de transición del autoritarismo a la democracia, las izquierdas socialdemócratas europeas se convirtieron también en los artífices de la organización de los nuevos regímenes políticos que combinaron en el último tercio del siglo XX reformas de mercado con la preservación de los Estados del bienestar. Capitalismo y democracia vivieron entonces un período de tensiones sin precedentes entre dos fórmulas fundamentalmente contradictorias pero que florecieron en medio del derrumbe del socialismo real y de los giros neoliberales que la crisis del capitalismo había generado en el pensamiento conservador europeo de esos años duros.
Las palabras de un hombre de partido, de izquierda, de voz baja, talante prudente y buen juicio, acaso incomodan a muchos dentro y fuera del PSOE. Curtido en los años maravillosos del partido de la rosa, testigo y protagonista de la transición política, el desarrollo económico y la construcción del moderno Estado social español, el asturiano Fernández (1948) verbaliza el recordatorio de los límites de la política, a la vez que las lecciones que exigen la prudencia y el realismo político. Vincular la política con la decepción no es solamente un acto de resignación y pesimismo político, sino también el producto de la experiencia, el cálculo y el pragmatismo, un acto simbólico de imaginación y tolerancia a la frustración que suelen traer las derrotas electorales; un llamado a la sensatez y a recobrar el sentido del tiempo y las circunstancias que la política democrática impone a sus actores y protagonistas.
Pero sus palabras significan también recordar la importancia de diferenciar la ética de la responsabilidad de la ética de la convicción, esa distinción capturada de manera aguda por Max Weber en El político y el científico. Es asumir la tensión inevitable de los dilemas que surgen entre la política de la fe y la política del escepticismo de las que tanto escribió Oakeshott. Esa combinación entre ética y política, entre las creencias, la responsabilidad y el realismo, forma parte del ethos que una izquierda como la que representa el PSOE requiere colocar en el centro ahora que los mapas y los vientos políticos ya no le favorecen como solían hacerlo.
En abierto desafío a la corrección política que predomina entre los nuevos populismos de izquierda y de derecha, el propio Fernández ha señalado que la democracia plebiscitaria no puede sustituir a la democracia representativa. Hoy que los referéndums, los plebiscitos y las consultas se emplean como los nuevos aceites de serpiente para tratar de resolver los males de las democracias representativas tradicionales, enfrentamos el hecho de efectos perversos o no deseados que terminan por minar las bases mismas de las instituciones democráticas y degradan la ética de la responsabilidad política de los dirigentes y funcionarios electos por los ciudadanos. Gran Bretaña y Colombia son los ejemplos más claros de la erosión institucional de las democracias representativas por parte de los propios representantes de la que son su fruto y semilla, algo que bien podríamos llamar una de las “paradojas democráticas” de nueva generación.
El color plúmbeo del cielo otoñal español hace juego con el tono metálico de las palabras del presidente de la gestora. Es el reconocimiento público de las viejas tensiones entre los imperativos de la razón y la realidad de las emociones. Es aceptar la decepción como resultado frecuente e incómodo de los cálculos de la política democrática. Es volver a recordar al viejo Fitzgerald cuando escribía aquello de admitir que las cosas no tienen remedio pero que vale la pena mantener el esfuerzo por cambiarlas, de asumir al fracaso como una fuente legítima de autoridad política. Enfrentar cara a cara los dilemas políticos de la coyuntura con una visión de largo plazo constituye el desafío crucial del PSOE, aunque las circunstancias y los humores no parecen favorecer hoy ese esfuerzo imaginativo. Las palabras y las cosas que sostiene Fernández perfilan las alternativas de la izquierda en un mundo en el que, parafraseando a Marx y Engels, no solamente todo lo sólido se disuelve en el aire, sino también en el que todo lo que se evapora parece endurecerse de forma acelerada e irremediable.
Pero la política siempre se juega en el corto plazo, y la española tiene relojes y calendarios fatales. Este domingo 23 de octubre el comité federal del PSOE se reúne para decidir si se abstiene o niega el apoyo a la investidura de Rajoy. Abrumado por las divisiones internas luego del fracaso de la gestión de Pedro Sánchez al frente de la organización, y acosado desde la izquierda por Podemos, la expresión político-electoral más importante del “Movimiento de los indignados” del 2011, las frías palabras del dirigente de la gestora resuenan nostálgicas y tristes como campanadas a la medianoche.
Friday, October 21, 2016
Dylan: música para infieles
Estación de paso
Dylan: música para infieles
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 21/10/2016)
¿Qué cómo son mis canciones? Pues mire usted, tengo canciones de muchas clases. Aunque no lo crea, tengo canciones de cinco, de seis, de siete, de ocho y de diez minutos.
Bob Dylan, 1965
El Nobel de Literatura concedido a Bob Dylan ha encendido viejas polémicas sobre los criterios con que se adjudica el Premio. Sin embargo, parafraseando al clásico, premio dado ni dios lo quita. Por ello, actualizo un texto que escribí en 2012 con motivo de los 70 años de Dylan, y que fue publicado originalmente en el suplemento “Tapatío” del periódico El Informador, de Guadalajara.
*********
Hace medio siglo, en la primavera de 1962, un joven tímido, que apenas pasaba de los veinte años, de aspecto descuidado y, para más señas, oriundo de Minnesota, lanzaba al mercado un disco titulado escuetamente “Bob Dylan”. El acetato incluía 13 canciones dominadas por una voz de sonoridad extraña, guitarras y armónica, 11 de las cuales eran versiones de temas de autores clásicos del folk y del blues como Woody Guthrie y Robert Johnson, y sólo 2 eran creación de un tal Robert Zimmerman.
El disco colocaba en escena por primera vez el trabajo de un aspirante a músico que había recorrido cafés y cantinas de la costa este norteamericana buscando trabajo y algo de dinero ejecutando canciones propias y ajenas. Instalado en Nueva York, Dylan iniciaba un largo camino que le llevaría a la edad de 75 años y a la grabación de 39 discos como solista, más una cantidad similar de conciertos en vivo, grabaciones extraídas de sótanos, versiones de canciones inéditas, películas, homenajes, tributos. Si alguien le hubiese preguntado a los 20 años sus impresiones sobre el futuro, seguramente respondería como lo hizo en 1965: “Yo no tengo esperanzas de futuro y sólo espero tener suficientes botas para cambiarme”.
Un torrente de inspiración y ansiedad inundaba la vida de un muchacho gobernado por sus impulsos e intuiciones. Imágenes, frases, palabras, nutridas de la poesía, de la biblia y el talmud, de los periódicos y de la radio, habitaban la cabeza de Dylan, quien se negaba a dormir porque tenía que escribir canciones. El secreto del metabolismo dylaniano comenzaba a revelarse: la obsesión vital de escribir como el centro de sus ocupaciones; la absoluta necesidad de plasmar en sonidos, palabras y oraciones sus impresiones, convicciones y creencias.
La fuerza de ese metabolismo acaso explica mejor su capacidad para cambiar de máscaras y ambientes de manera prodigiosa. Su vaguedad letrística, su eclecticismo sonoro, su capacidad para crear canciones en atmósferas imprecisas, han marcado una trayectoria de aguas profundas. Rebelde a las etiquetas y a los encasillamientos, escéptico frente a los halagos y las lisonjas, Dylan ha construido un personaje desligado de la persona; un músico que no se parece al individuo; un alias que puede ser cualquiera.
Un puñado de temas dominan la obra dylanesca: el poder, el conocimiento, la guerra, la soledad, los negocios, el amor, la salvación. Pero es quizá la figura del nómada, la experiencia de viajar y trasladarse continuamente de un lugar a otro, caminando, a bordo de automóviles, autobuses o trenes, el centro de la inspiración de Dylan. La experiencia del vagabundo eterno, del flàneur, como maldición: condenado eternamente a describir e interpretar lo que ve, a registrar con música y palabras el mundo y sus fantasmas, sus ángeles y demonios; el errante como representación de la sobrevivencia.
Luego de cinco décadas, Dylan significa el mito y la ruta, el crucero del camino y el grafiti lírico y sonoro, la señal y la ausencia. Muchos Dylans habitan todo este tiempo. Símbolo de los baby-boomers de la segunda posguerra, que dominó los cánticos de protesta y rebeldía de la primera mitad de los sesenta –desde The Freewheelin´ (1963) hasta Higway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966)-; el músico que abandonó un concierto folk en Nashville por los abucheos que una multitud furiosa exclamaba ante la irrupción de la guitarra eléctrica en las manos de un infiel, en pleno proceso de transformación hacia el sonido del rock. El Dylan de los primeros setenta es un compositor que se sumerge en las penumbras del desencanto y la melancolía -Blood in the tracks (1974)-, hasta el que al cierre de la misma década encuentra en el cristianismo una fuente de inspiración tan legítima como cualquiera –representadas por Slow Train Coming (1979) o Saved (1980)-, para luego recorrer los ochenta y noventa con el regreso al espíritu agnóstico de Infidels ((1983) y al sonido duro del rock con Under the Red Sky (1990). Eso preparó el camino para cerrar el siglo XX y comenzar el XXI, reposando en las aguas tranquilas del blues y del rock, con la cuatrilogía maestra de Time Out of Mind (1997), Love and Theft (2001), Modern Times (2006) y Togheter Through Life (2009), haste llegar al “estilo tardío” dylaniano con Tempest (2012), Shadows in the Night (2015) y Fallen Angels (2016).
A sus 75 años, Dylan ha acumulado reconocimientos y premios, desde Doctorados Honoris Causa por parte de prestigiosas universidades estadounidenses hasta el Premio Príncipe de Asturias en el 2007, el Pulitzer en 2008, y ahora el Nobel de Literatura. Sin embargo, también ha recibido el reconocimiento de sus colegas, como el homenaje que en 2011 le rindieron, a propósito de sus 70 ños de edad, ochenta cantantes y grupos de todo el mundo con el disco Chimes of Freedom, donde interpretan alguna de las canciones producidas por Dylan en el último medio siglo.
¿Qué se puede agregar a una trayectoria de errancias como principio y fin? ¿Cómo descifrar la relación entre nomadismo y supervivencia? ¿Qué podría decir el propio Dylan de su trayectoria, de sus canciones y de sus siete décadas y media de vida?. Sospecho que su mejor respuesta sería la contenida en la frase de My Back Pages, al recordar los primeros, hoy lejanos años sesenta del siglo pasado: “Ah, pero entonces era mucho más viejo/Soy más joven ahora”.
Dylan: música para infieles
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 21/10/2016)
¿Qué cómo son mis canciones? Pues mire usted, tengo canciones de muchas clases. Aunque no lo crea, tengo canciones de cinco, de seis, de siete, de ocho y de diez minutos.
Bob Dylan, 1965
El Nobel de Literatura concedido a Bob Dylan ha encendido viejas polémicas sobre los criterios con que se adjudica el Premio. Sin embargo, parafraseando al clásico, premio dado ni dios lo quita. Por ello, actualizo un texto que escribí en 2012 con motivo de los 70 años de Dylan, y que fue publicado originalmente en el suplemento “Tapatío” del periódico El Informador, de Guadalajara.
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Hace medio siglo, en la primavera de 1962, un joven tímido, que apenas pasaba de los veinte años, de aspecto descuidado y, para más señas, oriundo de Minnesota, lanzaba al mercado un disco titulado escuetamente “Bob Dylan”. El acetato incluía 13 canciones dominadas por una voz de sonoridad extraña, guitarras y armónica, 11 de las cuales eran versiones de temas de autores clásicos del folk y del blues como Woody Guthrie y Robert Johnson, y sólo 2 eran creación de un tal Robert Zimmerman.
El disco colocaba en escena por primera vez el trabajo de un aspirante a músico que había recorrido cafés y cantinas de la costa este norteamericana buscando trabajo y algo de dinero ejecutando canciones propias y ajenas. Instalado en Nueva York, Dylan iniciaba un largo camino que le llevaría a la edad de 75 años y a la grabación de 39 discos como solista, más una cantidad similar de conciertos en vivo, grabaciones extraídas de sótanos, versiones de canciones inéditas, películas, homenajes, tributos. Si alguien le hubiese preguntado a los 20 años sus impresiones sobre el futuro, seguramente respondería como lo hizo en 1965: “Yo no tengo esperanzas de futuro y sólo espero tener suficientes botas para cambiarme”.
Un torrente de inspiración y ansiedad inundaba la vida de un muchacho gobernado por sus impulsos e intuiciones. Imágenes, frases, palabras, nutridas de la poesía, de la biblia y el talmud, de los periódicos y de la radio, habitaban la cabeza de Dylan, quien se negaba a dormir porque tenía que escribir canciones. El secreto del metabolismo dylaniano comenzaba a revelarse: la obsesión vital de escribir como el centro de sus ocupaciones; la absoluta necesidad de plasmar en sonidos, palabras y oraciones sus impresiones, convicciones y creencias.
La fuerza de ese metabolismo acaso explica mejor su capacidad para cambiar de máscaras y ambientes de manera prodigiosa. Su vaguedad letrística, su eclecticismo sonoro, su capacidad para crear canciones en atmósferas imprecisas, han marcado una trayectoria de aguas profundas. Rebelde a las etiquetas y a los encasillamientos, escéptico frente a los halagos y las lisonjas, Dylan ha construido un personaje desligado de la persona; un músico que no se parece al individuo; un alias que puede ser cualquiera.
Un puñado de temas dominan la obra dylanesca: el poder, el conocimiento, la guerra, la soledad, los negocios, el amor, la salvación. Pero es quizá la figura del nómada, la experiencia de viajar y trasladarse continuamente de un lugar a otro, caminando, a bordo de automóviles, autobuses o trenes, el centro de la inspiración de Dylan. La experiencia del vagabundo eterno, del flàneur, como maldición: condenado eternamente a describir e interpretar lo que ve, a registrar con música y palabras el mundo y sus fantasmas, sus ángeles y demonios; el errante como representación de la sobrevivencia.
Luego de cinco décadas, Dylan significa el mito y la ruta, el crucero del camino y el grafiti lírico y sonoro, la señal y la ausencia. Muchos Dylans habitan todo este tiempo. Símbolo de los baby-boomers de la segunda posguerra, que dominó los cánticos de protesta y rebeldía de la primera mitad de los sesenta –desde The Freewheelin´ (1963) hasta Higway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966)-; el músico que abandonó un concierto folk en Nashville por los abucheos que una multitud furiosa exclamaba ante la irrupción de la guitarra eléctrica en las manos de un infiel, en pleno proceso de transformación hacia el sonido del rock. El Dylan de los primeros setenta es un compositor que se sumerge en las penumbras del desencanto y la melancolía -Blood in the tracks (1974)-, hasta el que al cierre de la misma década encuentra en el cristianismo una fuente de inspiración tan legítima como cualquiera –representadas por Slow Train Coming (1979) o Saved (1980)-, para luego recorrer los ochenta y noventa con el regreso al espíritu agnóstico de Infidels ((1983) y al sonido duro del rock con Under the Red Sky (1990). Eso preparó el camino para cerrar el siglo XX y comenzar el XXI, reposando en las aguas tranquilas del blues y del rock, con la cuatrilogía maestra de Time Out of Mind (1997), Love and Theft (2001), Modern Times (2006) y Togheter Through Life (2009), haste llegar al “estilo tardío” dylaniano con Tempest (2012), Shadows in the Night (2015) y Fallen Angels (2016).
A sus 75 años, Dylan ha acumulado reconocimientos y premios, desde Doctorados Honoris Causa por parte de prestigiosas universidades estadounidenses hasta el Premio Príncipe de Asturias en el 2007, el Pulitzer en 2008, y ahora el Nobel de Literatura. Sin embargo, también ha recibido el reconocimiento de sus colegas, como el homenaje que en 2011 le rindieron, a propósito de sus 70 ños de edad, ochenta cantantes y grupos de todo el mundo con el disco Chimes of Freedom, donde interpretan alguna de las canciones producidas por Dylan en el último medio siglo.
¿Qué se puede agregar a una trayectoria de errancias como principio y fin? ¿Cómo descifrar la relación entre nomadismo y supervivencia? ¿Qué podría decir el propio Dylan de su trayectoria, de sus canciones y de sus siete décadas y media de vida?. Sospecho que su mejor respuesta sería la contenida en la frase de My Back Pages, al recordar los primeros, hoy lejanos años sesenta del siglo pasado: “Ah, pero entonces era mucho más viejo/Soy más joven ahora”.
Thursday, October 06, 2016
El cortoplacismo y las universidades
Estación de paso
El cortoplacismo y las universidades
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 06/10/2016)
A la memoria de Luis González de Alba,
referente moral e intelectual de una generación
“Un fantasma recorre nuestra época: el fantasma del corto plazo”. Así comienza el libro Manifiesto por la historia de Jo Guldi y David Armitage, publicado originalmente en inglés en 2014 y traducido recientemente al español (Alianza Editorial, Madrid, 2016). Por supuesto, en la frase resuenan los ecos dramáticos y clásicos del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, pero se trata de un alegato actual, pertinente y provocador respecto de lo que los autores denominan como la “enfermedad del cortoplacismo”. Para decirlo en breve, esa enfermedad es producto de una crisis prolongada que recorre el pensamiento de la política y la economía, dominado ferozmente por calendarios y relojes centrados obsesivamente en la búsqueda de resultados e impactos de corto plazo más que en la reflexión sobre las consecuencias profundas a largo plazo de las acciones humanas.
Bajo este argumento general, los autores (historiadores universitarios) elaboran un reclamo iluminador a favor del largo plazo como una perspectiva que permita repensar las trayectorias y los efectos de los fenómenos sociales en distintos campos de la acción humana. Como lo han hecho recientemente en la economía autores como Thomas Piketty (“El capital en el siglo 21”), o hace algunos años en la sociología histórica Michael Mann (“Las fuentes del poder social”), en la ciencia política con Adam Pzeworski (“Democracy and Development”), o, de manera clásica, de los trabajos del propio Fernand Braudel en el campo de la historia (“La Historia y las ciencias sociales”), Guldi y Armitage ofrecen un deslumbrante recorrido general por la historia intelectual del tiempo en las ciencias sociales, desarrollando una discusión sobre la tensión constante que recorre los círculos académicos entre la imposición del corto plazo en el análisis social que predomina en el pensamiento occidental, y la necesidad del largo plazo que requiere una reflexión mayor y más profunda de lo que ocurre en el mundo. Temas como el cambio climático, la desigualdad social, las crisis de las democracias representativas, los ciclos de estancamiento económico con inequidad y polarización, la gobernanza y los cambiantes roles del papel del Estado en la vida social, forman parte de los temas que una agenda de largo plazo mantiene abiertos y pendientes de desarrollar.
Las implicaciones del cortoplacismo se hacen sentir con especial fuerza en el seno de las universidades. Resulta paradójico que una de las instituciones más antiguas de la humanidad se encuentre atrapada por la jaula de hierro del corto plazo, como una derivación de las restricciones presupuestales públicas y de las crecientes exigencias gubernamentales de producción de “indicadores de impacto” sobre sus resultados académicos. La propia naturaleza y organización de las universidades sólo se pueden entender en el largo plazo, una historia que recorre ya más de nueve siglos, si contamos su aparición desde la invención de la Universidad de Bolonia en 1088, o más si se contabilizan las primeras escuelas de nivel superior como la Universidad de Nalanda, en la India (con más de mil quinientos años de antigüedad). Esa paradoja entre una institución de largo plazo que se encuentra atrapada por la lógica del corto plazo, es quizá la que mejor representa los perfiles del debate actual sobre el tema del tiempo en las ciencias sociales.
La discusión mantiene su carácter abierto y polémico. Para los autores, las universidades son los únicos espacios institucionales donde el reconocimiento del largo plazo puede ser desarrollado como un ejercicio intelectual y académico que articule una visión general sobre el pasado y el futuro de las sociedades contemporáneas. La existencia de nuevas herramientas de información digitalizadas y, cada vez más, de acceso abierto (los “big data”) permiten desarrollar un trabajo interdisciplinario entre sociólogos, historiadores, economistas y politólogos para construir análisis e interpretaciones sobre los procesos de larga duración de los fenómenos sociales. Para Guldi y Armitage, las universidades públicas son uno de los pocos espacios institucionales potencialmente capaces de albergar procesos de investigación académica y de discusión pública sobre el futuro de largo plazo de las sociedades.
Tal vez habría que agregar al inventario de las enfermedades del cortoplacismo que se enumeran en el “Manifiesto por la historia”, el “presentismo”, esa extraña obsesión intelectual por explicar lo que ocurre en el presente, el aquí y ahora de la vida social. Sus manifestaciones ocurren todos los días en la vida universitaria: la evaluación de la productividad de los académicos, el declive de las tesis universitarias como ejercicios de formación y disciplina académica entre los estudiantes de pregrado y posgrado, la reducción curricular del papel de la historia y de las humanidades en los programas de estudio, el imperio de la razón utilitarista, forman parte de las causas que acaso explican que los fantasmas del corto plazo y del “presentismo” dominen la atmósfera académica de los campus universitarios en todo el mundo. En esas circunstancias, “el futuro público del pasado” (como le denominan Guldi y Armitage), es un reclamo intelectual que aboga por el re-descubrimiento del horizonte del largo plazo en las ciencias sociales. Es explorar el papel de la historia como ejercicio intelectual en la comprensión de las relaciones entre el pasado, el presente y los futuros posibles, deseables o indeseables. Es devolver la legitimidad perdida al largo plazo en el que todos estaremos muertos (Keynes dixit), pero sin el cual carecemos de brújulas y mapas de orientación en la búsqueda de algún sentido de futuro social.
El cortoplacismo y las universidades
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 06/10/2016)
A la memoria de Luis González de Alba,
referente moral e intelectual de una generación
“Un fantasma recorre nuestra época: el fantasma del corto plazo”. Así comienza el libro Manifiesto por la historia de Jo Guldi y David Armitage, publicado originalmente en inglés en 2014 y traducido recientemente al español (Alianza Editorial, Madrid, 2016). Por supuesto, en la frase resuenan los ecos dramáticos y clásicos del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, pero se trata de un alegato actual, pertinente y provocador respecto de lo que los autores denominan como la “enfermedad del cortoplacismo”. Para decirlo en breve, esa enfermedad es producto de una crisis prolongada que recorre el pensamiento de la política y la economía, dominado ferozmente por calendarios y relojes centrados obsesivamente en la búsqueda de resultados e impactos de corto plazo más que en la reflexión sobre las consecuencias profundas a largo plazo de las acciones humanas.
Bajo este argumento general, los autores (historiadores universitarios) elaboran un reclamo iluminador a favor del largo plazo como una perspectiva que permita repensar las trayectorias y los efectos de los fenómenos sociales en distintos campos de la acción humana. Como lo han hecho recientemente en la economía autores como Thomas Piketty (“El capital en el siglo 21”), o hace algunos años en la sociología histórica Michael Mann (“Las fuentes del poder social”), en la ciencia política con Adam Pzeworski (“Democracy and Development”), o, de manera clásica, de los trabajos del propio Fernand Braudel en el campo de la historia (“La Historia y las ciencias sociales”), Guldi y Armitage ofrecen un deslumbrante recorrido general por la historia intelectual del tiempo en las ciencias sociales, desarrollando una discusión sobre la tensión constante que recorre los círculos académicos entre la imposición del corto plazo en el análisis social que predomina en el pensamiento occidental, y la necesidad del largo plazo que requiere una reflexión mayor y más profunda de lo que ocurre en el mundo. Temas como el cambio climático, la desigualdad social, las crisis de las democracias representativas, los ciclos de estancamiento económico con inequidad y polarización, la gobernanza y los cambiantes roles del papel del Estado en la vida social, forman parte de los temas que una agenda de largo plazo mantiene abiertos y pendientes de desarrollar.
Las implicaciones del cortoplacismo se hacen sentir con especial fuerza en el seno de las universidades. Resulta paradójico que una de las instituciones más antiguas de la humanidad se encuentre atrapada por la jaula de hierro del corto plazo, como una derivación de las restricciones presupuestales públicas y de las crecientes exigencias gubernamentales de producción de “indicadores de impacto” sobre sus resultados académicos. La propia naturaleza y organización de las universidades sólo se pueden entender en el largo plazo, una historia que recorre ya más de nueve siglos, si contamos su aparición desde la invención de la Universidad de Bolonia en 1088, o más si se contabilizan las primeras escuelas de nivel superior como la Universidad de Nalanda, en la India (con más de mil quinientos años de antigüedad). Esa paradoja entre una institución de largo plazo que se encuentra atrapada por la lógica del corto plazo, es quizá la que mejor representa los perfiles del debate actual sobre el tema del tiempo en las ciencias sociales.
La discusión mantiene su carácter abierto y polémico. Para los autores, las universidades son los únicos espacios institucionales donde el reconocimiento del largo plazo puede ser desarrollado como un ejercicio intelectual y académico que articule una visión general sobre el pasado y el futuro de las sociedades contemporáneas. La existencia de nuevas herramientas de información digitalizadas y, cada vez más, de acceso abierto (los “big data”) permiten desarrollar un trabajo interdisciplinario entre sociólogos, historiadores, economistas y politólogos para construir análisis e interpretaciones sobre los procesos de larga duración de los fenómenos sociales. Para Guldi y Armitage, las universidades públicas son uno de los pocos espacios institucionales potencialmente capaces de albergar procesos de investigación académica y de discusión pública sobre el futuro de largo plazo de las sociedades.
Tal vez habría que agregar al inventario de las enfermedades del cortoplacismo que se enumeran en el “Manifiesto por la historia”, el “presentismo”, esa extraña obsesión intelectual por explicar lo que ocurre en el presente, el aquí y ahora de la vida social. Sus manifestaciones ocurren todos los días en la vida universitaria: la evaluación de la productividad de los académicos, el declive de las tesis universitarias como ejercicios de formación y disciplina académica entre los estudiantes de pregrado y posgrado, la reducción curricular del papel de la historia y de las humanidades en los programas de estudio, el imperio de la razón utilitarista, forman parte de las causas que acaso explican que los fantasmas del corto plazo y del “presentismo” dominen la atmósfera académica de los campus universitarios en todo el mundo. En esas circunstancias, “el futuro público del pasado” (como le denominan Guldi y Armitage), es un reclamo intelectual que aboga por el re-descubrimiento del horizonte del largo plazo en las ciencias sociales. Es explorar el papel de la historia como ejercicio intelectual en la comprensión de las relaciones entre el pasado, el presente y los futuros posibles, deseables o indeseables. Es devolver la legitimidad perdida al largo plazo en el que todos estaremos muertos (Keynes dixit), pero sin el cual carecemos de brújulas y mapas de orientación en la búsqueda de algún sentido de futuro social.
Wednesday, September 21, 2016
La crisis y sus tinieblas
Estación de paso
La crisis y sus tinieblas
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 22/09/2016)
Con el ruido de fondo de la nueva crisis del oficialismo desatada por varios frentes, el IV Informe de Gobierno se convirtió en la crónica un tanto desesperada de los malos tiempos, y humores, que recorren la vida política mexicana, escenas y relatos que anticipan, prematuramente, el fin de una administración y la emergencia de un tiempo nublado poblado por nuevos actores, voces e intereses. Derrotas electorales no previstas, las desastrosas implicaciones del “efecto Trump”, el estancamiento económico prolongado asociado a un creciente escepticismo de los mexicanos con la democracia (según la encuesta de Latinobarómetro 2016), las protestas del conservadurismo más cerril alentado por los intereses de la clerecía y de las élites de poder realmente existentes en la sociedad mexicana, postales sueltas, amontonadas, de parálisis política, y el desgaste de una retórica de reformas estructurales sin instrumentaciones prácticas, han colocado al gobierno, otra vez, en la puertas de salida al infierno. Los fantasmas de la crisis, los abismos del fracaso, el desencanto propio de ilusiones fallidas y promesas no cumplidas, vuelven a poblar la imaginación y los futuros sombríos de no pocos sectores, algunos de los cuales reclaman desde ya la renuncia del Presidente y de su gabinete como exorcismo de los males de una coyuntura que se ha vuelto ciclo.
El dramatismo del momento se alimenta de una conducción errática de las políticas, o mejor dicho, de la renuncia –deliberada, por incapacidad, o por negligencia-, a coordinar políticamente la instrumentación práctica de las reformas en los distintos campos de la acción pública. Los costos políticos de la reforma educativa han superado con creces sus beneficios reales o simbólicos, y han requerido del gobierno más recursos, negociaciones, claudicaciones y aplazamientos. La fragilidad de las relaciones con la economía internacional, con sus cíclicas tempestades y nubarrones, han golpeado fuerte a las expectativas de crecimiento y prosperidad prometidas por el gobierno hace sólo cuatro años. El “Pacto por México”, celebrado como el modelo mexicano de regreso de la política como eje de la articulación de reformas y cambios largamente anunciados, se ha convertido rápidamente en parte de las piezas de colección del museo mexicano de la política como el arte de las ilusiones.
Ese contexto ayuda a comprender la fragilidad de los logros en el campo de la educación superior. Aunque la cobertura, la matrícula, el profesorado o el número de establecimientos en educación superior mantienen un crecimiento discreto aunque sostenido, las metas fijadas por el propio gobierno –de suyo, conservadoras- amenazan con no cumplirse, o cumplirse a marchas forzadas. En términos de financiamiento, el gobierno federal mantiene un curso errático, que afecta no solo el monto y la distribución de los recursos al sistema de educación superior, sino que impacta de manera especialmente negativa al desarrollo científico y tecnológico nacional. La política de los recortes presupuestales vuelve a campear en las arcas públicas, despertando antiguas sensaciones dèjá vu entre universidades, académicos y centros de investigación. Otra vez, la planeación del desarrollo institucional de la educación superior deja de ser estratégica (con sus requerimientos mínimos de estabilidad, compromiso y visión de largo plazo) para convertirse irremediablemente en contingente, confirmando su carácter de ejercicio condenado a salir al paso de los imprevistos propios de los ciclos de estancamiento y crisis que desde hace casi cuatro décadas marcan fatalmente los dilemas de la educación superior mexicana.
El soundtrack de los tiempos que corren también vuelve a recordar el hecho de que la coyuntura -toda coyuntura- esconde una “ciencia secreta”, como afirmaba Walter Benjamin en sus célebres Pasajes. Quizá, la sensación de crisis de sentido, de confusión e impotencia, se ha endurecido en el ánimo público nacional. Con el sonido familiar aunque ominoso de las tijeras presupuestales, las rutinas y las prácticas propias de los tiempos de crisis vuelven a salir de los armarios públicos y privados, como únicos recursos para enfrentar un horizonte de políticas sin política. Situados nuevamente en el corazón de las tinieblas de la incertidumbre, los actores y espectadores de las grandes reformas estructurales anunciadas con el regreso del oficialismo priista en el invierno de 2012, aguardan con prudencia y pragmatismo (y una buena dosis de resignación), que nuevos tiempos disipen las tinieblas de la crisis.
Por lo pronto, las metas de crecimiento y prosperidad nacional parecen canceladas hasta nuevo aviso. El escepticismo se consolida como moneda de uso común en el extraño mercado de los intereses, las pasiones y las razones que gobiernan el imaginario y las prácticas de la vida pública mexicana. En los patios interiores de la educación superior, ese escepticismo no paraliza ni actividades ni expectativas de directivos, estudiantes y profesores, pero se aprende rápidamente a convivir con él. Después de todo, las creencias, los hábitos y las rutinas de los individuos, lo que hacen todos los días, suelen ser brújulas prácticas para el mantenimiento de un orden social capaz de adaptarse a los malos tiempos.
Acostumbrados por la fuerza de la experiencia a que las transiciones ya no sean lo que solían ser (ritos de paso de un estado de crisis a uno de prosperidad, o al revés), la retórica de los cambios parece estancada para repetirse como una fórmula de continuidad discursiva. Ya otras voces intentan capitalizar esa retórica cansada prometiendo nuevos horizontes e ilusiones. El 2018 ya está aquí, instalado entre nosotros, en medio de un oficialismo debilitado y en franca retirada, y una oposición que comienza a jugar sus cartas para un nuevo ciclo político. En ese contexto, la educación superior se confirma como un territorio caracterizado por la heterogeneidad, por su colección de paradojas y tensiones, como un espacio que aguarda, otra vez, por nuevos diagnósticos y propuestas de futuro.
La crisis y sus tinieblas
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 22/09/2016)
Con el ruido de fondo de la nueva crisis del oficialismo desatada por varios frentes, el IV Informe de Gobierno se convirtió en la crónica un tanto desesperada de los malos tiempos, y humores, que recorren la vida política mexicana, escenas y relatos que anticipan, prematuramente, el fin de una administración y la emergencia de un tiempo nublado poblado por nuevos actores, voces e intereses. Derrotas electorales no previstas, las desastrosas implicaciones del “efecto Trump”, el estancamiento económico prolongado asociado a un creciente escepticismo de los mexicanos con la democracia (según la encuesta de Latinobarómetro 2016), las protestas del conservadurismo más cerril alentado por los intereses de la clerecía y de las élites de poder realmente existentes en la sociedad mexicana, postales sueltas, amontonadas, de parálisis política, y el desgaste de una retórica de reformas estructurales sin instrumentaciones prácticas, han colocado al gobierno, otra vez, en la puertas de salida al infierno. Los fantasmas de la crisis, los abismos del fracaso, el desencanto propio de ilusiones fallidas y promesas no cumplidas, vuelven a poblar la imaginación y los futuros sombríos de no pocos sectores, algunos de los cuales reclaman desde ya la renuncia del Presidente y de su gabinete como exorcismo de los males de una coyuntura que se ha vuelto ciclo.
El dramatismo del momento se alimenta de una conducción errática de las políticas, o mejor dicho, de la renuncia –deliberada, por incapacidad, o por negligencia-, a coordinar políticamente la instrumentación práctica de las reformas en los distintos campos de la acción pública. Los costos políticos de la reforma educativa han superado con creces sus beneficios reales o simbólicos, y han requerido del gobierno más recursos, negociaciones, claudicaciones y aplazamientos. La fragilidad de las relaciones con la economía internacional, con sus cíclicas tempestades y nubarrones, han golpeado fuerte a las expectativas de crecimiento y prosperidad prometidas por el gobierno hace sólo cuatro años. El “Pacto por México”, celebrado como el modelo mexicano de regreso de la política como eje de la articulación de reformas y cambios largamente anunciados, se ha convertido rápidamente en parte de las piezas de colección del museo mexicano de la política como el arte de las ilusiones.
Ese contexto ayuda a comprender la fragilidad de los logros en el campo de la educación superior. Aunque la cobertura, la matrícula, el profesorado o el número de establecimientos en educación superior mantienen un crecimiento discreto aunque sostenido, las metas fijadas por el propio gobierno –de suyo, conservadoras- amenazan con no cumplirse, o cumplirse a marchas forzadas. En términos de financiamiento, el gobierno federal mantiene un curso errático, que afecta no solo el monto y la distribución de los recursos al sistema de educación superior, sino que impacta de manera especialmente negativa al desarrollo científico y tecnológico nacional. La política de los recortes presupuestales vuelve a campear en las arcas públicas, despertando antiguas sensaciones dèjá vu entre universidades, académicos y centros de investigación. Otra vez, la planeación del desarrollo institucional de la educación superior deja de ser estratégica (con sus requerimientos mínimos de estabilidad, compromiso y visión de largo plazo) para convertirse irremediablemente en contingente, confirmando su carácter de ejercicio condenado a salir al paso de los imprevistos propios de los ciclos de estancamiento y crisis que desde hace casi cuatro décadas marcan fatalmente los dilemas de la educación superior mexicana.
El soundtrack de los tiempos que corren también vuelve a recordar el hecho de que la coyuntura -toda coyuntura- esconde una “ciencia secreta”, como afirmaba Walter Benjamin en sus célebres Pasajes. Quizá, la sensación de crisis de sentido, de confusión e impotencia, se ha endurecido en el ánimo público nacional. Con el sonido familiar aunque ominoso de las tijeras presupuestales, las rutinas y las prácticas propias de los tiempos de crisis vuelven a salir de los armarios públicos y privados, como únicos recursos para enfrentar un horizonte de políticas sin política. Situados nuevamente en el corazón de las tinieblas de la incertidumbre, los actores y espectadores de las grandes reformas estructurales anunciadas con el regreso del oficialismo priista en el invierno de 2012, aguardan con prudencia y pragmatismo (y una buena dosis de resignación), que nuevos tiempos disipen las tinieblas de la crisis.
Por lo pronto, las metas de crecimiento y prosperidad nacional parecen canceladas hasta nuevo aviso. El escepticismo se consolida como moneda de uso común en el extraño mercado de los intereses, las pasiones y las razones que gobiernan el imaginario y las prácticas de la vida pública mexicana. En los patios interiores de la educación superior, ese escepticismo no paraliza ni actividades ni expectativas de directivos, estudiantes y profesores, pero se aprende rápidamente a convivir con él. Después de todo, las creencias, los hábitos y las rutinas de los individuos, lo que hacen todos los días, suelen ser brújulas prácticas para el mantenimiento de un orden social capaz de adaptarse a los malos tiempos.
Acostumbrados por la fuerza de la experiencia a que las transiciones ya no sean lo que solían ser (ritos de paso de un estado de crisis a uno de prosperidad, o al revés), la retórica de los cambios parece estancada para repetirse como una fórmula de continuidad discursiva. Ya otras voces intentan capitalizar esa retórica cansada prometiendo nuevos horizontes e ilusiones. El 2018 ya está aquí, instalado entre nosotros, en medio de un oficialismo debilitado y en franca retirada, y una oposición que comienza a jugar sus cartas para un nuevo ciclo político. En ese contexto, la educación superior se confirma como un territorio caracterizado por la heterogeneidad, por su colección de paradojas y tensiones, como un espacio que aguarda, otra vez, por nuevos diagnósticos y propuestas de futuro.
Sunday, September 11, 2016
Enseñaderos
Estación de paso
El regreso de los enseñaderos
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus-Milenio, 8/09/2016)
Hace casi un siglo, cuando un joven Manuel Gómez Morín fungía como Director de la Escuela Nacional de Jurisprudencia de la Universidad Nacional, durante el segundo período rectoral de Antonio Caso, pronunció un adjetivo que con el tiempo se volvería célebre y polémico. En la sesión del 7 de julio de 1922 del Consejo Universitario, al proponer la creación de nuevos doctorados y carreras en la universidad, Gómez Morín afirmaba que “desgraciadamente las escuelas profesionales en México no se pueden llamar facultades universitarias… nuestras escuelas son simples enseñaderos” (María Teresa Gómez Mont, La lucha por la libertad de cátedra, UNAM, 1996, p.73). El contexto, las palabras, los actores de la época, permiten encontrar el sentido profundo del reclamo de Gómez Morín. Las prácticas memorísticas, de dictados en clase, se habían impuesto a las necesidades de asociar la docencia con la investigación, la articulación de las carreras profesionales y el posgrado con prácticas de discusión y con la búsqueda de nuevos conocimientos basados en métodos científicos en todas las disciplinas, como lo habían hecho desde principios del siglo XIX las universidades alemanas, bajo la influencia de las ideas de Wilhelm Von Humboldt.
El calificativo de enseñadores era descriptivo, pero con el uso y el tiempo se volvió despectivo. “Enseñadero” como sinónimo de masificación similar al de los comederos, los lavaderos, los mataderos, como un espacio multitudinario poblado de las figuras de maestros que enseñan y alumnos que aprenden, en los cuales la transmisión de conocimientos era el sinónimo de la repetición de lecciones y libros año tras año, generación tras generación, escuela por escuela, carrera por carrera. La investigación, la búsqueda de nuevo conocimiento, la curiosidad intelectual, desplazadas por la necesidad de impartir clases a poblaciones estudiantiles cuya demografía y composición social se volvieron cada vez más grandes y complejas.
Luego de casi un siglo de las palabras de Gómez Morín, y después de varias reformas organizativas y académicas en las universidades públicas mexicanas, orientadas justamente hacia la búsqueda del equilibrio de la formación profesional con la investigación científica y la difusión cultural, podría suponerse que la educación superior universitaria mexicana habría dejado de ser el lugar de los enseñaderos que criticaba quien luego sería uno de los principales ideólogos y fundadores del Partido Acción Nacional, en 1939. Pero no ha ocurrido así, Si se presta la debida atención, muchas carreras universitarias y muchas instituciones públicas y privadas mantienen la imagen y las prácticas de enseñaderos a lo largo y ancho de la República. En otras palabras, los enseñaderos no están muertos sino por el contrario parecen gozar de cabal salud.
Algunos ejemplos podrían ilustrar lo anterior. Uno es lo que ocurre en la mayor parte de las universidades privadas con las prácticas de enseñanza como la única actividad académica posible, como horizonte institucional y práctica formativa. El otro ocurre con la explosión de los MOOC´s, (siglas en inglés del los cursos abiertos, masivos y en línea), esas novedosas y publicitadas formas de ofrecer cursos universitarios a cientos o miles de jóvenes al mismo tiempo, desplazando la antigua centralidad de los seminarios como espacios académicos, inevitablemente selectivos y jerárquicos, de integración de la docencia y la investigación.
Como ha sido documentado con cierta amplitud, la educación superior privada es un espacio heterogéneo, múltiple y contradictorio. Coexisten algunas instituciones de alto costo y alta selectividad que desarrollan investigación e algunas disciplinas, con una multitud de pequeñas universidades e instituciones de no más de 500 estudiantes, que se concentran en dos o tres carreras profesionales, que suelen ser de bajo costo y con flexibilidad de horarios e instalaciones precarias. Se estima que la mitad de la matrícula del sector privado (unos 500 mil estudiantes que se concentran en poco mas de 1,100 instituciones) cursa sus estudios de contextos de enseñaderos químicamente puros. Aquí, la paradoja es que el discurso de la calidad, la innovación y la formación “integral” (es decir, que incluye a la investigación) se ha sometido inexorablemente a los usos y costumbres de enseñadero que imponen las restricciones y las necesidades, las creencias y las expectativas de cada caso.
El segundo ejemplo tiene que ver con la nueva masificación de la enseñanza asociada a la proliferación de los cursos abiertos y masivos en línea. Con la ayuda de las nuevas tecnologías y modelos pedagógicos, la cursos en línea se han convertido para autoridades educativas, consultores y no pocos profesores, en el nuevo “aceite de serpiente” para curar los males del déficit de cobertura, la baja calidad de la formación profesional, y para innovar y mejorar la enseñanza de las masas. La fascinación por la virtualización educativa ha llevado a los directivos de no pocas universidades públicas a pensar, incluso, que ese tipo de cursos “democratizan” verdaderamente el acceso a la universidad, y permiten una formación de calidad homogénea para los estudiantes. Los repositorios digitales, un “nuevo tipo” de profesores, la generación de “ambientes virtuales” adecuados, forman parte del extraño lenguaje que domina la adoración de los nuevos dioses de las TIC´s. Aquí, la idea de que los cursos abiertos y en línea pueden sustituir a los tradicionales seminarios presenciales y selectivos es una hipótesis heroica. (Aunque luego uno nunca sabe nada: ya proliferan en toda la red la oferta de “webinars”: seminarios abiertos, masivos y en línea).
En ambos casos, estamos en presencia de fantasma viejos: el regreso de las universidades como aquellos enseñaderos que tanto criticaba Gómez Morín. Pero bien visto, esos enseñaderos nunca se fueron, sino que se adaptaron a los nuevos ciclos universitarios, año tras año, reforma tras reforma. Hoy que el discurso de la innovación y la virtualidad inunda con envidiable optimismo los relatos institucionales de la educación superior, quizá convendría prestar atención a lo que ocurre con las prácticas de enseñanza que se desarrollan cotidianamente en no pocas universidades públicas y privadas. Quizá, las palabras de Gómez Mont volverían a escucharse como lamentos en el campus.
El regreso de los enseñaderos
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus-Milenio, 8/09/2016)
Hace casi un siglo, cuando un joven Manuel Gómez Morín fungía como Director de la Escuela Nacional de Jurisprudencia de la Universidad Nacional, durante el segundo período rectoral de Antonio Caso, pronunció un adjetivo que con el tiempo se volvería célebre y polémico. En la sesión del 7 de julio de 1922 del Consejo Universitario, al proponer la creación de nuevos doctorados y carreras en la universidad, Gómez Morín afirmaba que “desgraciadamente las escuelas profesionales en México no se pueden llamar facultades universitarias… nuestras escuelas son simples enseñaderos” (María Teresa Gómez Mont, La lucha por la libertad de cátedra, UNAM, 1996, p.73). El contexto, las palabras, los actores de la época, permiten encontrar el sentido profundo del reclamo de Gómez Morín. Las prácticas memorísticas, de dictados en clase, se habían impuesto a las necesidades de asociar la docencia con la investigación, la articulación de las carreras profesionales y el posgrado con prácticas de discusión y con la búsqueda de nuevos conocimientos basados en métodos científicos en todas las disciplinas, como lo habían hecho desde principios del siglo XIX las universidades alemanas, bajo la influencia de las ideas de Wilhelm Von Humboldt.
El calificativo de enseñadores era descriptivo, pero con el uso y el tiempo se volvió despectivo. “Enseñadero” como sinónimo de masificación similar al de los comederos, los lavaderos, los mataderos, como un espacio multitudinario poblado de las figuras de maestros que enseñan y alumnos que aprenden, en los cuales la transmisión de conocimientos era el sinónimo de la repetición de lecciones y libros año tras año, generación tras generación, escuela por escuela, carrera por carrera. La investigación, la búsqueda de nuevo conocimiento, la curiosidad intelectual, desplazadas por la necesidad de impartir clases a poblaciones estudiantiles cuya demografía y composición social se volvieron cada vez más grandes y complejas.
Luego de casi un siglo de las palabras de Gómez Morín, y después de varias reformas organizativas y académicas en las universidades públicas mexicanas, orientadas justamente hacia la búsqueda del equilibrio de la formación profesional con la investigación científica y la difusión cultural, podría suponerse que la educación superior universitaria mexicana habría dejado de ser el lugar de los enseñaderos que criticaba quien luego sería uno de los principales ideólogos y fundadores del Partido Acción Nacional, en 1939. Pero no ha ocurrido así, Si se presta la debida atención, muchas carreras universitarias y muchas instituciones públicas y privadas mantienen la imagen y las prácticas de enseñaderos a lo largo y ancho de la República. En otras palabras, los enseñaderos no están muertos sino por el contrario parecen gozar de cabal salud.
Algunos ejemplos podrían ilustrar lo anterior. Uno es lo que ocurre en la mayor parte de las universidades privadas con las prácticas de enseñanza como la única actividad académica posible, como horizonte institucional y práctica formativa. El otro ocurre con la explosión de los MOOC´s, (siglas en inglés del los cursos abiertos, masivos y en línea), esas novedosas y publicitadas formas de ofrecer cursos universitarios a cientos o miles de jóvenes al mismo tiempo, desplazando la antigua centralidad de los seminarios como espacios académicos, inevitablemente selectivos y jerárquicos, de integración de la docencia y la investigación.
Como ha sido documentado con cierta amplitud, la educación superior privada es un espacio heterogéneo, múltiple y contradictorio. Coexisten algunas instituciones de alto costo y alta selectividad que desarrollan investigación e algunas disciplinas, con una multitud de pequeñas universidades e instituciones de no más de 500 estudiantes, que se concentran en dos o tres carreras profesionales, que suelen ser de bajo costo y con flexibilidad de horarios e instalaciones precarias. Se estima que la mitad de la matrícula del sector privado (unos 500 mil estudiantes que se concentran en poco mas de 1,100 instituciones) cursa sus estudios de contextos de enseñaderos químicamente puros. Aquí, la paradoja es que el discurso de la calidad, la innovación y la formación “integral” (es decir, que incluye a la investigación) se ha sometido inexorablemente a los usos y costumbres de enseñadero que imponen las restricciones y las necesidades, las creencias y las expectativas de cada caso.
El segundo ejemplo tiene que ver con la nueva masificación de la enseñanza asociada a la proliferación de los cursos abiertos y masivos en línea. Con la ayuda de las nuevas tecnologías y modelos pedagógicos, la cursos en línea se han convertido para autoridades educativas, consultores y no pocos profesores, en el nuevo “aceite de serpiente” para curar los males del déficit de cobertura, la baja calidad de la formación profesional, y para innovar y mejorar la enseñanza de las masas. La fascinación por la virtualización educativa ha llevado a los directivos de no pocas universidades públicas a pensar, incluso, que ese tipo de cursos “democratizan” verdaderamente el acceso a la universidad, y permiten una formación de calidad homogénea para los estudiantes. Los repositorios digitales, un “nuevo tipo” de profesores, la generación de “ambientes virtuales” adecuados, forman parte del extraño lenguaje que domina la adoración de los nuevos dioses de las TIC´s. Aquí, la idea de que los cursos abiertos y en línea pueden sustituir a los tradicionales seminarios presenciales y selectivos es una hipótesis heroica. (Aunque luego uno nunca sabe nada: ya proliferan en toda la red la oferta de “webinars”: seminarios abiertos, masivos y en línea).
En ambos casos, estamos en presencia de fantasma viejos: el regreso de las universidades como aquellos enseñaderos que tanto criticaba Gómez Morín. Pero bien visto, esos enseñaderos nunca se fueron, sino que se adaptaron a los nuevos ciclos universitarios, año tras año, reforma tras reforma. Hoy que el discurso de la innovación y la virtualidad inunda con envidiable optimismo los relatos institucionales de la educación superior, quizá convendría prestar atención a lo que ocurre con las prácticas de enseñanza que se desarrollan cotidianamente en no pocas universidades públicas y privadas. Quizá, las palabras de Gómez Mont volverían a escucharse como lamentos en el campus.
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