Estación de paso
El oscuro milagro del azar
Adrián Acosta Silva
El editor de libros (Genius por su título original en inglés) es una película recién estrenada en España sobre el mundo de los escritores y de quienes les publican (Reino Unido/EU, 2016). Pero no es sólo eso. Se trata de una exploración más profunda e inquietante sobre la creatividad literaria y la vitalidad intelectual, sobre el interés y la pasión por las palabras y los libros, sobre los inicios de la industria editorial moderna, pero es también una inmersión cinematográfica deslumbrante en torno a las relaciones entre las duras exigencias editoriales y la ética de la honestidad y del compromiso, de la coherencia y de la verdad.
La cinta gira alrededor de las relaciones entre un editor de libros (Max Perkins, interpretado por Colin Firth) y de un escritor célebre fallecido de manera prematura y sorprendente (Thomas Wolfe). Situada en el contexto de Nueva York al final de los años 20 y los primeros de 30´s, el director de la película (Michael Grandage) centra el enfoque en el nacimiento de una industria en un período de penurias económicas, incertidumbre y desesperación social. El jazz, el humo y el alcohol, las calles y los bares, teatros y veladas literarias, la crisis económica y su ejército de desempleados, sirven de marco a la vida de un editor profesional con buen oficio y olfato para detectar escritores prometedores. Perkins, quien antes de conocer a Wolfe ya había apoyado el lanzamiento de escritores de la época como F.S. Fitzgerald, Ernest Hemingway y posteriormente a autores como John Steinbeck, es un hombre decidido a comprometer el futuro de su empresa editorial (Scribners and Sons) con la promoción de buenos escritores y libros.
A finales de 1929 se acerca a su oficina un joven impulsivo e irreverente, locuaz y envolvente (Thomas Wolfe, interpretado estupendamente por Jude Law), que le entrega un enorme manuscrito de cientos de páginas para su revisión. Como ya lo han rechazado en otras editoriales, Wolfe no se hace muchas ilusiones y se muestra escéptico y bromista sobre la posible respuesta de Perkins. Sin embargo, este, luego de leer el texto, queda impactado por la prosa deslumbrante y el estilo de Wolfe. Eso explica la edición del primero de los dos libros que publicó en vida el gran escritor norteamericano: Look Homeward, Angel, (“El ángel que nos mira”), publicada originalmente en 1929. El otro sería editado y publicado en 1935, tres años antes de su muerte: Of Time and the River (“Del tiempo y el río”).
La historia de esa relación entre un escritor y su editor marca el ritmo de la cinta. Se trata de un ejercicio de admiración mutua, donde los límites editoriales y los impulsos creativos son fuerzas en tensión. Inundado por una fuerza literaria descomunal, Wolfe escribe todo el tiempo, en cualquier parte, a cualquier hora. Miles de páginas se acumulan en su casa y escritorio, escritas a mano, garabatos y tachones incluídos. La mirada experta de Perkins identifica repeticiones, excesos, divagaciones innecesarias, ideas no resueltas, personajes prescindibles en las primeras novelas de Wolfe. Al mismo tiempo, éste sumerge a su editor en sus aficiones y sus relaciones personales, como una manera de comprender el ritmo vital de su existencia, de sus lecturas y de sus obras. Ahí, el jazz, el alcohol y los burdeles de negros neoyorkinos, la relación tortuosa con su amante (interpretada sobriamente por Nicole Kidman), marcan el territorio existencial de un escritor consumido por la creatividad, los excesos y la pasión literaria.
Por ahí desfilan las vidas de un Fitzgerald sumido en una crisis de creatividad, agobiado por las deudas financieras y por la enfermedad psiquiátrica de su esposa, Zelda. También aparece por ahí Hemingway, en plena fuerza física y soberbia intelectual, mirando con escepticismo a las nuevas promesas de la novela como Wolfe. En ese ambiente irrepetible, la historia de las relaciones entre el escritor y el editor conduce al callejón sin salida del desencuentro y la ruptura. La fama, el dinero, los egos descontrolados y las envidias que suelen caracterizar el mundo de los escritores, la búsqueda de la gloria y del reconocimiento, la crítica despiadada de obras y personajes, la desmesura como rebeldía frente a los límites, las exigencias de productividad de la industria editorial, marcarán el tono de los problemas que enfrían y luego disuelven la amistad y el trabajo entre editor y escritor.
La prematura muerte de Wolfe a los 37 años de edad, debida a una tuberculosis miliar, marca el fin de una historia y de una época irrepetibles en términos culturales. La industria editorial crecerá y se diversificará como nunca antes y nuevas generaciones de escritores, de novelistas y poetas, llegarán a renovar las estanterías y librerías en todo el mundo. El mercado editorial había nacido y con él la despiadada competencia entre editores y escritores por conquistar nuevos lectores. Pero El editor de libros esconde un par de secretos que, bien buscados, trascienden la época, el contexto y los personajes de ocasión. Uno de ellos es la convicción de que un buen editor “debe, siempre, ser anónimo”, como le confiesa Perkins al joven escritor en algún momento de la cinta. El otro gran secreto es un misterio: la inspiración solo puede ser, como la vida misma, el fruto del “oscuro milagro del azar”, como escribe Wolfe en El ángel que nos mira.
El Born, Barcelona, diciembre de 2016
Monday, December 19, 2016
Thursday, December 15, 2016
Estupidez
Estación de paso
El poder de la estupidez
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 15/12/2016)
El señor T. se mueve bajo un halo de decorosa estupidez;
una estupidez minuciosa, de meticulísima pompa.
Leonardo Sciascia, “El señor T. protege al pueblo” (1947)
La estupidez, junto con la inteligencia, es uno de los grandes temas de las sociedades antiguas y contemporáneas. El punto de partida de muchas de las discusiones sobre el asunto tiene que ver con el hecho de que en todas las épocas y en todas las sociedades hay estúpidos, al igual que hay listos y tontos, oportunistas e ingenuos. Su distribución no respeta raza ni nacionalidad, posición social o género. Ambos conjuntos se superponen, coexisten y traspasan continuamente sus fronteras. El problema es definir qué es la estupidez, y construir esa definición constituye un desafío formidable para el sentido común, pero también para la psicología, la filosofía o para las ciencias sociales en general. Dostoievsky, que algo sabía de la naturaleza humana, en algún momento escribió: “El hombre es estúpido, fenomenalmente estúpido”.
Algunos pensadores se han arriesgado a pensar seriamente en el tema, con el riesgo de provocar risas, enojo o ira, según sea quien los escuche o los lea. Johann Eduard Erdmann (1805-1892), por ejemplo, un estudiante alemán discípulo de Hegel, lanzó el dardo envenenado sobre el tema de la estupidez humana en pleno siglo XIX, con el auge del racionalismo y las herencias del siglo de las luces en Europa. En una época en la que en nombre de la razón se intentaba borrar todo vestigio de los impulsos y emociones irracionales de la vida social, Erdmann recordó que la estupidez es una de las características esenciales de la vida en sociedad, el recordatorio incómodo de la imperfección humana, las limitaciones infranqueables del cálculo y el comportamiento racional. En 1866, en Berlín, recordaba frente a un grupo de filósofos que los griegos inventaron para el estúpido la expresión “idiota”, que significa el aislamiento del individuo de su núcleo social, el ensimismamiento, la reflexión del individuo en un mundo cerrado que no sobrepasa nunca las fronteras de su propio pensamiento. Por ello, Erdmann proponía definir a la estupidez como “el estado mental en que el individuo se considera a sí mismo y la relación consigo mismo como único criterio de la verdad y el valor; o dicho más brevemente: en que lo juzga todo sólo a partir de sí mismo” (Sobre la estupidez, ABADA Ediciones, 2007, Madrid, p.92)
Robert Musil, casi 70 años después, en 1937, en Viena, retomaba con brío reflexivo el gran tema de la estupidez que había iniciado antes el filósofo Erdmann. A diferencia de éste, Musil confesaba no conocer ninguna teoría sólida sobre la estupidez, y se declaraba incompetente para definirla con precisión. Cuestionaba los acercamientos que intentan considerarla sinónimo de la incapacidad, de la falta de inteligencia, de tontería, de ineficiencia. Pero reflexionaba con agudeza sobre el tema, al distinguir dos tipos de estupidez, muy distintos entre sí: “una estupidez franca y sencilla” y otra estupidez elaborada, “más elevada y con pretensiones”. La primera tiene expresiones que se acercan a lo artístico, cierta candidez e ingenuidad que suelen ser alojadas en distintas formas poéticas; la segunda es, por el contrario, una malformación, una formación mal realizada, que se expresa en inconstancia y malos resultados. En cualquiera de los dos tipos, decía Musil, la estupidez puede ser un arte, sea por la vía de la ignorancia ingenua, sea por la vía del cálculo fallido. Si ser estúpido es hablar sobre lo que no se sabe, con la seguridad de quien se asume como sabio, la única salida contra la estupidez es la modestia, señalaba el autor de El hombre sin atributos.
La ubicuidad de la estupidez humana llevó a un gran historiador económico italiano, Carlo M. Cipolla, a escribir en 1988 un pequeño tratado titulado justamente Las leyes fundamentales de la estupidez humana (Crítica, Barcelona, 2013). Ahí, su autor describió lo que considera las 5 leyes principales de la estupidez. La primera de ellas es que “siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; la segunda es que “la probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”; la tercera es la denominada por Cipolla como la Ley de oro: “una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. La cuarta es que “las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas no estúpidas...” Finalmente, la quinta ley de Cipolla sobre el tema es que “la persona estúpida es la persona más peligrosa que existe.”
Musil, Erdmann y Cipolla confirman que la estupidez es una bestia ingobernable, un animal ubicuo, propio de todos los tiempos y climas intelectuales, sociales y políticos. Sea en forma de especulaciones, de reflexiones o de leyes, la descripción del fenómeno se ajusta a lo que los antiguos y los modernos asocian a la condición humana. Eso mismo que describía con crueldad maligna hace muchos años un agnóstico célebre, Frank Zappa: “Algunos científicos afirman que el hidrógeno, por ser tan abundante, es el componente básico del universo. No estoy de acuerdo, pues hay más estupidez que hidrógeno, y es aquella el componente básico del universo.” Ahora que presenciamos el resurgimiento de tendencias que promueven la censura de obras clásicas como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, o Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, “por herir la sensibilidad” de un niño del condado de Virgina, o cuando se instala la política de la “posverdad” como eje del discurso dominante de los nuevos populismos de izquierda o de derecha, no queda más remedio que confirmar las palabras sabias de Ambrose Bierce: “la estupidez nunca yerra y jamás descansa”.
El poder de la estupidez
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 15/12/2016)
El señor T. se mueve bajo un halo de decorosa estupidez;
una estupidez minuciosa, de meticulísima pompa.
Leonardo Sciascia, “El señor T. protege al pueblo” (1947)
La estupidez, junto con la inteligencia, es uno de los grandes temas de las sociedades antiguas y contemporáneas. El punto de partida de muchas de las discusiones sobre el asunto tiene que ver con el hecho de que en todas las épocas y en todas las sociedades hay estúpidos, al igual que hay listos y tontos, oportunistas e ingenuos. Su distribución no respeta raza ni nacionalidad, posición social o género. Ambos conjuntos se superponen, coexisten y traspasan continuamente sus fronteras. El problema es definir qué es la estupidez, y construir esa definición constituye un desafío formidable para el sentido común, pero también para la psicología, la filosofía o para las ciencias sociales en general. Dostoievsky, que algo sabía de la naturaleza humana, en algún momento escribió: “El hombre es estúpido, fenomenalmente estúpido”.
Algunos pensadores se han arriesgado a pensar seriamente en el tema, con el riesgo de provocar risas, enojo o ira, según sea quien los escuche o los lea. Johann Eduard Erdmann (1805-1892), por ejemplo, un estudiante alemán discípulo de Hegel, lanzó el dardo envenenado sobre el tema de la estupidez humana en pleno siglo XIX, con el auge del racionalismo y las herencias del siglo de las luces en Europa. En una época en la que en nombre de la razón se intentaba borrar todo vestigio de los impulsos y emociones irracionales de la vida social, Erdmann recordó que la estupidez es una de las características esenciales de la vida en sociedad, el recordatorio incómodo de la imperfección humana, las limitaciones infranqueables del cálculo y el comportamiento racional. En 1866, en Berlín, recordaba frente a un grupo de filósofos que los griegos inventaron para el estúpido la expresión “idiota”, que significa el aislamiento del individuo de su núcleo social, el ensimismamiento, la reflexión del individuo en un mundo cerrado que no sobrepasa nunca las fronteras de su propio pensamiento. Por ello, Erdmann proponía definir a la estupidez como “el estado mental en que el individuo se considera a sí mismo y la relación consigo mismo como único criterio de la verdad y el valor; o dicho más brevemente: en que lo juzga todo sólo a partir de sí mismo” (Sobre la estupidez, ABADA Ediciones, 2007, Madrid, p.92)
Robert Musil, casi 70 años después, en 1937, en Viena, retomaba con brío reflexivo el gran tema de la estupidez que había iniciado antes el filósofo Erdmann. A diferencia de éste, Musil confesaba no conocer ninguna teoría sólida sobre la estupidez, y se declaraba incompetente para definirla con precisión. Cuestionaba los acercamientos que intentan considerarla sinónimo de la incapacidad, de la falta de inteligencia, de tontería, de ineficiencia. Pero reflexionaba con agudeza sobre el tema, al distinguir dos tipos de estupidez, muy distintos entre sí: “una estupidez franca y sencilla” y otra estupidez elaborada, “más elevada y con pretensiones”. La primera tiene expresiones que se acercan a lo artístico, cierta candidez e ingenuidad que suelen ser alojadas en distintas formas poéticas; la segunda es, por el contrario, una malformación, una formación mal realizada, que se expresa en inconstancia y malos resultados. En cualquiera de los dos tipos, decía Musil, la estupidez puede ser un arte, sea por la vía de la ignorancia ingenua, sea por la vía del cálculo fallido. Si ser estúpido es hablar sobre lo que no se sabe, con la seguridad de quien se asume como sabio, la única salida contra la estupidez es la modestia, señalaba el autor de El hombre sin atributos.
La ubicuidad de la estupidez humana llevó a un gran historiador económico italiano, Carlo M. Cipolla, a escribir en 1988 un pequeño tratado titulado justamente Las leyes fundamentales de la estupidez humana (Crítica, Barcelona, 2013). Ahí, su autor describió lo que considera las 5 leyes principales de la estupidez. La primera de ellas es que “siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; la segunda es que “la probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”; la tercera es la denominada por Cipolla como la Ley de oro: “una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. La cuarta es que “las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas no estúpidas...” Finalmente, la quinta ley de Cipolla sobre el tema es que “la persona estúpida es la persona más peligrosa que existe.”
Musil, Erdmann y Cipolla confirman que la estupidez es una bestia ingobernable, un animal ubicuo, propio de todos los tiempos y climas intelectuales, sociales y políticos. Sea en forma de especulaciones, de reflexiones o de leyes, la descripción del fenómeno se ajusta a lo que los antiguos y los modernos asocian a la condición humana. Eso mismo que describía con crueldad maligna hace muchos años un agnóstico célebre, Frank Zappa: “Algunos científicos afirman que el hidrógeno, por ser tan abundante, es el componente básico del universo. No estoy de acuerdo, pues hay más estupidez que hidrógeno, y es aquella el componente básico del universo.” Ahora que presenciamos el resurgimiento de tendencias que promueven la censura de obras clásicas como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, o Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, “por herir la sensibilidad” de un niño del condado de Virgina, o cuando se instala la política de la “posverdad” como eje del discurso dominante de los nuevos populismos de izquierda o de derecha, no queda más remedio que confirmar las palabras sabias de Ambrose Bierce: “la estupidez nunca yerra y jamás descansa”.
Thursday, December 01, 2016
Racionalidad, populismo y legitimidad
Estación de paso
Racionalidad, populismo y legitimidad
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 01/12/2016)
Las implicaciones de la elección de Donald Trump para la educación superior afectan no solamente a las universidades estadounidenses sino también a muchas otras instituciones de todas partes del mundo, incluyendo por supuesto a las universidades públicas mexicanas. “Hacer grande a América”, su lema de campaña, significa entre otras cosas “empequeñecer” al mundo no americano. Pero aún antes y durante su campaña electoral, el ahora presidente electo de los EU ha mostrado sus credenciales en el tema, que son hasta ahora una desordenada colección de prejuicios arraigados, ignorancia pura y cálculos pedestres de rentabilidad económica, cuya expresión empírica más grotesca es “Trump University”, su fallida incursión en el campo de la educación terciaria. Sin embargo, quizá conviene enumerar algunos de los rasgos que caracterizan los distintos escenarios que el nuevo gobierno norteamericano y la coalición derechista que encabeza puede enfrentar en los próximos años.
1. El gobierno federal es un actor débil en la educación superior norteamericana. Históricamente, la educación superior en los EU descansa en una lógica local e institucional bastante autónoma y peculiar. Sus formas de organización y coordinación son diversas y complejas, pues mecanismos de mercado y de compromiso local aseguran una baja influencia del Departamento de Educación del Gobierno Federal o de los gobiernos estatales en su operación y funcionamiento regular. La complicada red de universidades privadas de elite (“Ivy League”), universidades públicas estatales, institutos y community colleges, conforman un territorio difícil de controlar por un actor central.
2. Es en el campo de la ciencia y la tecnología donde los fondos federales pueden jugar un papel importante en algunas áreas y disciplinas. Sin embargo, su reducción o re-direccionamiento implican una delicada y espesa red de gestión y aprobación que involucra a diversas agencias gubernamentales, patrocinios privados y políticas locales o institucionales que resultan de difícil regulación y acceso por parte del gobierno federal. Será interesante observar si el bronco estilo gerencial-empresarial del gobierno de Trump, basado en un esquema elemental de amenazas, incentivos y recompensas, puede alterar la distribución de fondos para áreas críticas como la investigación aeroespacial, la biogenética, el cambio climático o la astrofísica.
3. La intensa movilidad internacional de profesores y estudiantes es uno de los rasgos históricos de las universidades norteamericanas. Hombres y mujeres de todo el mundo académico estudian o investigan en los diversos campus universitarios de aquel país, y muchos profesores, investigadores y estudiantes de posgrado y pregrado realizan estancias más o menos prolongadas en universidades asiáticas o europeas, y, en menor escala, en las universidades latinoamericanas o africanas. Esa movilidad permite la formación de redes en torno a proyectos o experiencias que nutren la vitalidad académica en muchas disciplinas y áreas de conocimiento en las propias instituciones educativas norteamericanas. Hasta el momento, no se ve claro que tiene pensado hacer (o no hacer) el gobierno trumpista al respecto.
4. Para el caso mexicano, la vecindad académica con los EU es un factor que ha estimulado proyectos conjuntos entre universidades de ambos lados de la frontera desde mediados del siglo XX. Intercambios, proyectos, seminarios, congresos, asociaciones, redes, flujos de información, son acciones cotidianas y regulares desde hace muchos años, y buena parte de las políticas y acciones de no pocas universidades públicas y privadas mexicanas tienen que ver con el fortalecimiento de esa dinámica de intercambios académicos. ¿Puede cambiar un nuevo gobierno federal esa dinámica? ¿Hasta dónde? Las universidades de la costa este y oeste, o de entidades con fuerte presencia latina como Nuevo México o como Illinois, (justamente las que se ubican en territorios que no votaron por Trump), y que tradicionalmente han hecho de esas rutinas un estilo académico, ¿cómo reaccionarán frente a un eventual nuevo paquete de restricciones del gobierno federal?
5. La mezcla entre neopopulismo y “post-verdad” parece estar en la base de la explicación de las nuevas crisis de las democracias occidentales, incluida por supuesto la del vecino del norte. El imperio de las creencias y de la fe, el escepticismo con los partidos, las instituciones y las clases políticas tradicionales, la creciente desconfianza hacia las explicaciones racionales, científicas, en amplios sectores de la ciudadanía, sin olvidar el papel no menor de la estupidez en la construcción de las preferencias sociales, constituyen los rasgos centrales del poder político de personajes como Trump. Esa ola de anti-intelectualismo y de oscurantismo del nuevo populismo norteamericano afecta de manera directa la legitimidad de las instituciones universitarias y lo que ellas representan.
6. Hasta ahora, ni el gobierno federal mexicano (CONACYT, SEP), ni las universidades públicas o privadas mexicanas o sus organismos representativos (ANUIES, FIMPES), ni los representantes políticos mexicanos (Cámaras de Diputados o de Senadores), se han manifestado con claridad y cohesión política en torno a las implicaciones, riesgos y amenazas del nuevo gobierno norteamericano para nuestros estudiantes, profesores e instituciones. Aunque se entiende que la cautela y la prudencia se impongan como criterios de (in)acción en los próximos dos meses (antes de la toma de posesión del Sr. Trump como Presidente), intentando calibrar el impacto de las políticas (u ocurrencias) del empresario neoyorkino especializado en hoteles y casinos, no parece adecuado que ni las universidades ni el gobierno mexicano asuman un papel pasivo frente a los humores proteccionistas, xenófobos y racistas que destila el discurso del nuevo gobierno norteamericano, humores que se encargó de sembrar con esmero el candidato republicano a lo largo del último año.
En cualquier escenario razonablemente imaginable, el nuevo gobierno de los Estados Unidos representa un cambio en las reglas del juego político y de políticas en la educación superior que supone un desafío estratégico para el gobierno y las universidades mexicanas. En esas circunstancias, parece indispensable un posicionamiento institucional claro, coordinado, que permita a las universidades mexicanas gestionar sus intereses en un marco común. De otra forma, las amenazas y bravuconadas del Presidente electo pueden tener un efecto corrosivo en las relaciones entre las universidades de ambos lados de la frontera.
Racionalidad, populismo y legitimidad
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 01/12/2016)
Las implicaciones de la elección de Donald Trump para la educación superior afectan no solamente a las universidades estadounidenses sino también a muchas otras instituciones de todas partes del mundo, incluyendo por supuesto a las universidades públicas mexicanas. “Hacer grande a América”, su lema de campaña, significa entre otras cosas “empequeñecer” al mundo no americano. Pero aún antes y durante su campaña electoral, el ahora presidente electo de los EU ha mostrado sus credenciales en el tema, que son hasta ahora una desordenada colección de prejuicios arraigados, ignorancia pura y cálculos pedestres de rentabilidad económica, cuya expresión empírica más grotesca es “Trump University”, su fallida incursión en el campo de la educación terciaria. Sin embargo, quizá conviene enumerar algunos de los rasgos que caracterizan los distintos escenarios que el nuevo gobierno norteamericano y la coalición derechista que encabeza puede enfrentar en los próximos años.
1. El gobierno federal es un actor débil en la educación superior norteamericana. Históricamente, la educación superior en los EU descansa en una lógica local e institucional bastante autónoma y peculiar. Sus formas de organización y coordinación son diversas y complejas, pues mecanismos de mercado y de compromiso local aseguran una baja influencia del Departamento de Educación del Gobierno Federal o de los gobiernos estatales en su operación y funcionamiento regular. La complicada red de universidades privadas de elite (“Ivy League”), universidades públicas estatales, institutos y community colleges, conforman un territorio difícil de controlar por un actor central.
2. Es en el campo de la ciencia y la tecnología donde los fondos federales pueden jugar un papel importante en algunas áreas y disciplinas. Sin embargo, su reducción o re-direccionamiento implican una delicada y espesa red de gestión y aprobación que involucra a diversas agencias gubernamentales, patrocinios privados y políticas locales o institucionales que resultan de difícil regulación y acceso por parte del gobierno federal. Será interesante observar si el bronco estilo gerencial-empresarial del gobierno de Trump, basado en un esquema elemental de amenazas, incentivos y recompensas, puede alterar la distribución de fondos para áreas críticas como la investigación aeroespacial, la biogenética, el cambio climático o la astrofísica.
3. La intensa movilidad internacional de profesores y estudiantes es uno de los rasgos históricos de las universidades norteamericanas. Hombres y mujeres de todo el mundo académico estudian o investigan en los diversos campus universitarios de aquel país, y muchos profesores, investigadores y estudiantes de posgrado y pregrado realizan estancias más o menos prolongadas en universidades asiáticas o europeas, y, en menor escala, en las universidades latinoamericanas o africanas. Esa movilidad permite la formación de redes en torno a proyectos o experiencias que nutren la vitalidad académica en muchas disciplinas y áreas de conocimiento en las propias instituciones educativas norteamericanas. Hasta el momento, no se ve claro que tiene pensado hacer (o no hacer) el gobierno trumpista al respecto.
4. Para el caso mexicano, la vecindad académica con los EU es un factor que ha estimulado proyectos conjuntos entre universidades de ambos lados de la frontera desde mediados del siglo XX. Intercambios, proyectos, seminarios, congresos, asociaciones, redes, flujos de información, son acciones cotidianas y regulares desde hace muchos años, y buena parte de las políticas y acciones de no pocas universidades públicas y privadas mexicanas tienen que ver con el fortalecimiento de esa dinámica de intercambios académicos. ¿Puede cambiar un nuevo gobierno federal esa dinámica? ¿Hasta dónde? Las universidades de la costa este y oeste, o de entidades con fuerte presencia latina como Nuevo México o como Illinois, (justamente las que se ubican en territorios que no votaron por Trump), y que tradicionalmente han hecho de esas rutinas un estilo académico, ¿cómo reaccionarán frente a un eventual nuevo paquete de restricciones del gobierno federal?
5. La mezcla entre neopopulismo y “post-verdad” parece estar en la base de la explicación de las nuevas crisis de las democracias occidentales, incluida por supuesto la del vecino del norte. El imperio de las creencias y de la fe, el escepticismo con los partidos, las instituciones y las clases políticas tradicionales, la creciente desconfianza hacia las explicaciones racionales, científicas, en amplios sectores de la ciudadanía, sin olvidar el papel no menor de la estupidez en la construcción de las preferencias sociales, constituyen los rasgos centrales del poder político de personajes como Trump. Esa ola de anti-intelectualismo y de oscurantismo del nuevo populismo norteamericano afecta de manera directa la legitimidad de las instituciones universitarias y lo que ellas representan.
6. Hasta ahora, ni el gobierno federal mexicano (CONACYT, SEP), ni las universidades públicas o privadas mexicanas o sus organismos representativos (ANUIES, FIMPES), ni los representantes políticos mexicanos (Cámaras de Diputados o de Senadores), se han manifestado con claridad y cohesión política en torno a las implicaciones, riesgos y amenazas del nuevo gobierno norteamericano para nuestros estudiantes, profesores e instituciones. Aunque se entiende que la cautela y la prudencia se impongan como criterios de (in)acción en los próximos dos meses (antes de la toma de posesión del Sr. Trump como Presidente), intentando calibrar el impacto de las políticas (u ocurrencias) del empresario neoyorkino especializado en hoteles y casinos, no parece adecuado que ni las universidades ni el gobierno mexicano asuman un papel pasivo frente a los humores proteccionistas, xenófobos y racistas que destila el discurso del nuevo gobierno norteamericano, humores que se encargó de sembrar con esmero el candidato republicano a lo largo del último año.
En cualquier escenario razonablemente imaginable, el nuevo gobierno de los Estados Unidos representa un cambio en las reglas del juego político y de políticas en la educación superior que supone un desafío estratégico para el gobierno y las universidades mexicanas. En esas circunstancias, parece indispensable un posicionamiento institucional claro, coordinado, que permita a las universidades mexicanas gestionar sus intereses en un marco común. De otra forma, las amenazas y bravuconadas del Presidente electo pueden tener un efecto corrosivo en las relaciones entre las universidades de ambos lados de la frontera.
Thursday, November 17, 2016
La respuesta no está en el viento
Estación de paso
La respuesta no está en el viento
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 17/11/2016)
La sorprendente y preocupante victoria electoral de Donald Trump en los Estados Unidos ocurrida la semana pasada cierra prematuramente un annus horribilis para las democracias contemporáneas. Luego del triunfo del Brexit en Gran Bretaña y del No por la paz en Colombia, y en el contexto del resurgimiento de microclimas neo-puritanos y no democráticos en distintas sociedades locales, el panorama luce desolador para las fuerzas de la izquierda, pero también para intelectuales, medios de comunicación y políticos más o menos tradicionales. Ningún esfuerzo de economía explicativa es capaz de ofrecer una visión comprensiva de lo que ocurre hoy en el mundo de las relaciones entre política y cultura, entre estado y sociedad, en distintas partes del mundo y con diversas circunstancias nacionales. La perplejidad, la incredulidad y el asombro se consolidan como signo de los tiempos.
Pero es sin duda el fenómeno Trump el que más atrae la atención por sus implicaciones regionales y globales. Su triunfo electoral revela a la vez la profundidad de las fracturas sociales en el subsuelo cultural norteamericano, la distancia entre los hechos económicos y las percepciones sociales, la soberbia de académicos, intelectuales y comentaristas profesionales y amateurs de la vida pública norteamericana, el nuevo fracaso de los pronósticos que la mayoría de las encuestas y medios anunciaban incluso unas horas antes de las elecciones del 9 de noviembre. En el inventario negro de los hechos habría que añadir la acumulación de los déficits cognitivos sobre la cultura política en las democracias contemporáneas, la falta de nuevos anteojos teóricos y empíricos para analizar las fuerzas en tensión que producen comportamientos anti-sistémicos, la ridiculización de la política y de la vida pública, la ruptura con los valores, las creencias y los códigos básicos de la vida democrática moderna.
De pronto, el nuevo panorama político norteamericano y mundial dan la sensación de un regreso al futuro, la inescapable impresión de un retorno al siglo XIX más que un avance al siglo XXI. El lenguaje del odio, la xenofobia y la intolerancia impregna los relatos políticos que triunfan en el ánimo público. Y con ellos, la tentación de soltar los perros de la guerra racial y bélica acompaña el sonido y la furia de los nuevos liderazgos emergentes en distintas partes del planeta, de Manila a Washington, de París a Mosul, de Caracas a Moscú. Con asombro y curiosidad, o con preocupación y ansiedad, asistimos al triunfo multicolor de la simulación y de los simuladores, a la alucinación y alienación de la política como el arte de conquistar a las masas. Los políticos profesionales han cambiado de ropajes, de estilos y de sus posiciones en las apreciaciones del público. Las viejas profesiones tachadas como indignas o como deshonestas han mudado de piel y se han convertido en modelos a seguir e incluso idolatrar en los tiempos que corren, y Trump representa esa transición carnavalesca mejor que nadie.
Hans Magnus Enzensberger, fiel a su estilo, lo ha escrito recientemente de manera a la vez ácida y profunda: “El charlatán ascendió, en el siglo XX, a jefe de consorcio publicitario; el payaso se mudó en animador, moderador y presentador de espectáculos; incluso el humilde barbero sangrador se ha metamorfoseado en cirujano estético, y el adivino de feria en bien retribuido economista jefe(…) Los sucesores de los tahúres y fulleros se han dignificado como asesores inversionistas” (“Profesiones honestas y menos honestas”, en Panóptico, Malpaso, 2016, p.73). Esa mutación ha ocurrido en medio del estruendo de la globalización y del mercado, entre las voces que alababan el fin de la historia y el triunfo de la americanización del mundo, con invitados incómodos expresados en sangrientos estallidos de terrorismo, la persistencia de los fantasmas de la desigualdad y la pobreza, la profunda insatisfacción con la democracia y las cíclicas crisis o déficits de representación política de los partidos y de los políticos de profesión.
Mientras se digiere la amarga experiencia electoral norteamericana, nuevas nubes intelectuales y políticas se ciernen sobre el sueño americano, que se tornan pesadillas en el clima ideológico y político mundial. Paul Krugman, un economista inteligente y elegante que estaba muy seguro de la imposibilidad ética, política y económica del triunfo del candidato republicano hasta unos pocos días antes de la elección, lo señaló en la versión digital del New York Times con una mezcla de amargura, preocupación e ironía la noche del martes 9 de noviembre, justo cuando se comenzaban a confirmar las tendencias del triunfo de Trump frente a Hillary Clinton: “¿Será acaso que estamos frente a una sociedad y un Estado fallidos?”. Y como Krugman, muchos más se preguntan qué pasó, qué filtros fallaron, cuáles diques se rompieron, cuántas cosas no sabíamos. Habrá que revisar los anteojos sociológicos, las brújulas económicas y los mapas politológicos para tratar de buscar las respuestas, que en política, contra lo que canta Dylan, nunca están, nunca han estado, soplando en el viento.
La respuesta no está en el viento
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 17/11/2016)
La sorprendente y preocupante victoria electoral de Donald Trump en los Estados Unidos ocurrida la semana pasada cierra prematuramente un annus horribilis para las democracias contemporáneas. Luego del triunfo del Brexit en Gran Bretaña y del No por la paz en Colombia, y en el contexto del resurgimiento de microclimas neo-puritanos y no democráticos en distintas sociedades locales, el panorama luce desolador para las fuerzas de la izquierda, pero también para intelectuales, medios de comunicación y políticos más o menos tradicionales. Ningún esfuerzo de economía explicativa es capaz de ofrecer una visión comprensiva de lo que ocurre hoy en el mundo de las relaciones entre política y cultura, entre estado y sociedad, en distintas partes del mundo y con diversas circunstancias nacionales. La perplejidad, la incredulidad y el asombro se consolidan como signo de los tiempos.
Pero es sin duda el fenómeno Trump el que más atrae la atención por sus implicaciones regionales y globales. Su triunfo electoral revela a la vez la profundidad de las fracturas sociales en el subsuelo cultural norteamericano, la distancia entre los hechos económicos y las percepciones sociales, la soberbia de académicos, intelectuales y comentaristas profesionales y amateurs de la vida pública norteamericana, el nuevo fracaso de los pronósticos que la mayoría de las encuestas y medios anunciaban incluso unas horas antes de las elecciones del 9 de noviembre. En el inventario negro de los hechos habría que añadir la acumulación de los déficits cognitivos sobre la cultura política en las democracias contemporáneas, la falta de nuevos anteojos teóricos y empíricos para analizar las fuerzas en tensión que producen comportamientos anti-sistémicos, la ridiculización de la política y de la vida pública, la ruptura con los valores, las creencias y los códigos básicos de la vida democrática moderna.
De pronto, el nuevo panorama político norteamericano y mundial dan la sensación de un regreso al futuro, la inescapable impresión de un retorno al siglo XIX más que un avance al siglo XXI. El lenguaje del odio, la xenofobia y la intolerancia impregna los relatos políticos que triunfan en el ánimo público. Y con ellos, la tentación de soltar los perros de la guerra racial y bélica acompaña el sonido y la furia de los nuevos liderazgos emergentes en distintas partes del planeta, de Manila a Washington, de París a Mosul, de Caracas a Moscú. Con asombro y curiosidad, o con preocupación y ansiedad, asistimos al triunfo multicolor de la simulación y de los simuladores, a la alucinación y alienación de la política como el arte de conquistar a las masas. Los políticos profesionales han cambiado de ropajes, de estilos y de sus posiciones en las apreciaciones del público. Las viejas profesiones tachadas como indignas o como deshonestas han mudado de piel y se han convertido en modelos a seguir e incluso idolatrar en los tiempos que corren, y Trump representa esa transición carnavalesca mejor que nadie.
Hans Magnus Enzensberger, fiel a su estilo, lo ha escrito recientemente de manera a la vez ácida y profunda: “El charlatán ascendió, en el siglo XX, a jefe de consorcio publicitario; el payaso se mudó en animador, moderador y presentador de espectáculos; incluso el humilde barbero sangrador se ha metamorfoseado en cirujano estético, y el adivino de feria en bien retribuido economista jefe(…) Los sucesores de los tahúres y fulleros se han dignificado como asesores inversionistas” (“Profesiones honestas y menos honestas”, en Panóptico, Malpaso, 2016, p.73). Esa mutación ha ocurrido en medio del estruendo de la globalización y del mercado, entre las voces que alababan el fin de la historia y el triunfo de la americanización del mundo, con invitados incómodos expresados en sangrientos estallidos de terrorismo, la persistencia de los fantasmas de la desigualdad y la pobreza, la profunda insatisfacción con la democracia y las cíclicas crisis o déficits de representación política de los partidos y de los políticos de profesión.
Mientras se digiere la amarga experiencia electoral norteamericana, nuevas nubes intelectuales y políticas se ciernen sobre el sueño americano, que se tornan pesadillas en el clima ideológico y político mundial. Paul Krugman, un economista inteligente y elegante que estaba muy seguro de la imposibilidad ética, política y económica del triunfo del candidato republicano hasta unos pocos días antes de la elección, lo señaló en la versión digital del New York Times con una mezcla de amargura, preocupación e ironía la noche del martes 9 de noviembre, justo cuando se comenzaban a confirmar las tendencias del triunfo de Trump frente a Hillary Clinton: “¿Será acaso que estamos frente a una sociedad y un Estado fallidos?”. Y como Krugman, muchos más se preguntan qué pasó, qué filtros fallaron, cuáles diques se rompieron, cuántas cosas no sabíamos. Habrá que revisar los anteojos sociológicos, las brújulas económicas y los mapas politológicos para tratar de buscar las respuestas, que en política, contra lo que canta Dylan, nunca están, nunca han estado, soplando en el viento.
Friday, November 04, 2016
Profetas de Silicon Valley
Estación de paso
Los profetas de Silicon Valley
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 3 de noviembre, 2016)
De cuando en cuando diversas voces anuncian en buen tono dramático el fin de la universidad. Decepción y entusiasmo se entremezclan en proporciones imprecisas en los mensajes que viejos y nuevos profetas realizan sobre el fin de las universidades en el futuro inmediato, argumentando su inviabilidad económica, su irrelevancia social, o su incapacidad institucional (pedagógica, académica, organizativa) para adaptarse a las circunstancias, los retos o los desafíos globales o locales. Siendo instituciones medievales -como las catedrales o el parlamento-, con casi mil años de existencia, las universidades son objeto de desahucio intelectual con relativa frecuencia. Pero con distinta intensidad, esas voces se han multiplicado en los últimos años bajo el clima del fetichismo nanotecnológico que a lo largo del siglo XXI se ha adueñado de los discursos e imaginarios de políticos, empresarios y técnicos relacionados con la educación superior.
El reclamo tiene su encanto y su historia. Si se revisa su trayectoria remota y reciente, juicios similares acompañan sistemáticamente los relatos apocalípticos sobre la desaparición de las universidades. Hay que recordar, por ejemplo, aquellas voces liberales que en México, hacia mediados del siglo XIX, bajo el clima intelectual y político que dominaba la lucha por el futuro de la independencia nacional, se pronunciaban por la desaparición de la Real y Pontifica Universidad de México “por inútil, perniciosa e irreformable”, lo que que llevó en 1863 a su clausura por parte del mismísimo Maximiliano de Hasburgo, uno de los villanos favoritos de nuestra historia de bronce. Sin embargo, la muerte de la universidad fue más bien un prolongado estado de coma. Menos de medio siglo después, en 1910, en el ocaso de la dictadura, Justo Sierra encabezaba junto a Porfirio Díaz (otro de los villanos legendarios de nuestra historia patria) la ceremonia de refundación de la Universidad como parte de los festejos del primer centenario de la independencia nacional. Un muerto (en esta caso, muerta) había renacido, con otro nombre, rostro y ropajes.
Pero nuevas voces se alzan en el horizonte mediático contemporáneo, global y cosmopolita. Una de ellas proviene de Silicon Valley, ese territorio californiano (casi) mítico al que muchos miran con fe, envidia y asombro como la cuna de la nueva civilización tecnológica, como el mapa del futuro de una sociedad sin política, sin conflictos y sin instituciones burocráticas pesadas, aburridas y costosas como el Estado o las universidades, donde las propiedades mágicas del mercado y de las nuevas tecnologías harán inservibles las bibliotecas, los profesores, los conocimientos y prácticas universitarias. Una de esas voces es la de un tal David Roberts, un entusiasta promotor de las propiedades intrínsecamente revolucionarias de las nuevas tecnologías en la educación superior. Entrevistado por el diario español El país en ocasión de la Oslo Innovation Week celebrada la semana pasada en la capital noruega, el profesor Roberts declaraba con el aplomo que sólo proporciona la fe ciega en las propias palabras: “La mayoría de las universidades del mundo van a desaparecer”.
Roberts es profesor de la “Singularity University” (SU), creada en 2009 por la NASA y la empresa Google justo en el corazón de Silicon Valley, con el objetivo de que en 20 años resuelva los “12 desafíos planetarios” más importantes, entre ellos la exploración espacial, la pobreza, el cambio climático, la productividad económica, o la bilogía digital (https://su.org). Esa institución ya abrió sedes en Sevilla y en Tel Aviv. Una de las características de la SU es que no expide títulos ni créditos curriculares para sus estudiantes. Todos sus cursos son abiertos y en línea, y cualquier individuo puede inscribirse en ellos sin importar su escolaridad, origen social, raza, credo o color, pagando la cuota correspondiente (algunos miles de dólares por curso). Según el propio entrevistado, el modelo de la SU es exitoso porque, a) busca formar líderes en todos los campos, y b) asegura buenos empleos a sus estudiantes y egresados (tienen la garantía institucional de que así será, si no se les devuelve su dinero), y c) porque promueven la creatividad y la innovación como los ejes de sus prácticas universitarias. Por ello, “el negocio de las universidades tiene sus días contados”, afirma el orgulloso profesor Roberts con el aplomo de un pistolero académico a sueldo. (La entrevista completa se puede consultar aquí: http://economia.elpais.com/economia/2016/10/23/actualidad/1477251453_527153.html
Las palabras del entrevistado, y la entrevista misma (colocada en la sección digital de economía y negocios del diario español), son hechos que permiten identificar la dirección de los vientos contemporáneos que corren sobre la nueva muerte de la universidad. Ya no se trata de diagnosticar su lento o acelerado pero inexorable fallecimiento debido a su carácter inútil, pernicioso o irreformable, sino de decretar un día y otro también su muerte inevitable debido a causas naturales, tecnológicas o sociales, o a una mezcla de todas. Se trata de la emergencia de un relato espectacular, dramático, sobre la irrelevancia de las universidades en un futuro que se presenta como único, ineludible y homogéneo, es decir, un destino, interpretado correctamente por los nuevos profetas con la pequeña ayuda de sus oráculos nanotecnológicos y patrocinadores de ocasión. Frente a ellos, los escépticos son una legión de infieles, los restos de una civilización académica obsoleta crecida en el arte de la duda, cultivada a la luz de casi mil años de historia de las universidades en el mundo, que miran de reojo y con curiosidad los juicios de desahucio que proliferan en los círculos empresariales de la educación superior. Las creencias sobre la desaparición inminente de dichas instituciones en el mundo occidental enfrentadas a las prácticas cotidianas de millones de individuos que todos los días asisten a las universidades. Creyentes y agnósticos, fanáticos e infieles, políticos y científicos, se acomodan para mirar el espectáculo del juicio final que anticipan con seguridad envidiable los profetas de Silicon Valley.
Los profetas de Silicon Valley
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 3 de noviembre, 2016)
De cuando en cuando diversas voces anuncian en buen tono dramático el fin de la universidad. Decepción y entusiasmo se entremezclan en proporciones imprecisas en los mensajes que viejos y nuevos profetas realizan sobre el fin de las universidades en el futuro inmediato, argumentando su inviabilidad económica, su irrelevancia social, o su incapacidad institucional (pedagógica, académica, organizativa) para adaptarse a las circunstancias, los retos o los desafíos globales o locales. Siendo instituciones medievales -como las catedrales o el parlamento-, con casi mil años de existencia, las universidades son objeto de desahucio intelectual con relativa frecuencia. Pero con distinta intensidad, esas voces se han multiplicado en los últimos años bajo el clima del fetichismo nanotecnológico que a lo largo del siglo XXI se ha adueñado de los discursos e imaginarios de políticos, empresarios y técnicos relacionados con la educación superior.
El reclamo tiene su encanto y su historia. Si se revisa su trayectoria remota y reciente, juicios similares acompañan sistemáticamente los relatos apocalípticos sobre la desaparición de las universidades. Hay que recordar, por ejemplo, aquellas voces liberales que en México, hacia mediados del siglo XIX, bajo el clima intelectual y político que dominaba la lucha por el futuro de la independencia nacional, se pronunciaban por la desaparición de la Real y Pontifica Universidad de México “por inútil, perniciosa e irreformable”, lo que que llevó en 1863 a su clausura por parte del mismísimo Maximiliano de Hasburgo, uno de los villanos favoritos de nuestra historia de bronce. Sin embargo, la muerte de la universidad fue más bien un prolongado estado de coma. Menos de medio siglo después, en 1910, en el ocaso de la dictadura, Justo Sierra encabezaba junto a Porfirio Díaz (otro de los villanos legendarios de nuestra historia patria) la ceremonia de refundación de la Universidad como parte de los festejos del primer centenario de la independencia nacional. Un muerto (en esta caso, muerta) había renacido, con otro nombre, rostro y ropajes.
Pero nuevas voces se alzan en el horizonte mediático contemporáneo, global y cosmopolita. Una de ellas proviene de Silicon Valley, ese territorio californiano (casi) mítico al que muchos miran con fe, envidia y asombro como la cuna de la nueva civilización tecnológica, como el mapa del futuro de una sociedad sin política, sin conflictos y sin instituciones burocráticas pesadas, aburridas y costosas como el Estado o las universidades, donde las propiedades mágicas del mercado y de las nuevas tecnologías harán inservibles las bibliotecas, los profesores, los conocimientos y prácticas universitarias. Una de esas voces es la de un tal David Roberts, un entusiasta promotor de las propiedades intrínsecamente revolucionarias de las nuevas tecnologías en la educación superior. Entrevistado por el diario español El país en ocasión de la Oslo Innovation Week celebrada la semana pasada en la capital noruega, el profesor Roberts declaraba con el aplomo que sólo proporciona la fe ciega en las propias palabras: “La mayoría de las universidades del mundo van a desaparecer”.
Roberts es profesor de la “Singularity University” (SU), creada en 2009 por la NASA y la empresa Google justo en el corazón de Silicon Valley, con el objetivo de que en 20 años resuelva los “12 desafíos planetarios” más importantes, entre ellos la exploración espacial, la pobreza, el cambio climático, la productividad económica, o la bilogía digital (https://su.org). Esa institución ya abrió sedes en Sevilla y en Tel Aviv. Una de las características de la SU es que no expide títulos ni créditos curriculares para sus estudiantes. Todos sus cursos son abiertos y en línea, y cualquier individuo puede inscribirse en ellos sin importar su escolaridad, origen social, raza, credo o color, pagando la cuota correspondiente (algunos miles de dólares por curso). Según el propio entrevistado, el modelo de la SU es exitoso porque, a) busca formar líderes en todos los campos, y b) asegura buenos empleos a sus estudiantes y egresados (tienen la garantía institucional de que así será, si no se les devuelve su dinero), y c) porque promueven la creatividad y la innovación como los ejes de sus prácticas universitarias. Por ello, “el negocio de las universidades tiene sus días contados”, afirma el orgulloso profesor Roberts con el aplomo de un pistolero académico a sueldo. (La entrevista completa se puede consultar aquí: http://economia.elpais.com/economia/2016/10/23/actualidad/1477251453_527153.html
Las palabras del entrevistado, y la entrevista misma (colocada en la sección digital de economía y negocios del diario español), son hechos que permiten identificar la dirección de los vientos contemporáneos que corren sobre la nueva muerte de la universidad. Ya no se trata de diagnosticar su lento o acelerado pero inexorable fallecimiento debido a su carácter inútil, pernicioso o irreformable, sino de decretar un día y otro también su muerte inevitable debido a causas naturales, tecnológicas o sociales, o a una mezcla de todas. Se trata de la emergencia de un relato espectacular, dramático, sobre la irrelevancia de las universidades en un futuro que se presenta como único, ineludible y homogéneo, es decir, un destino, interpretado correctamente por los nuevos profetas con la pequeña ayuda de sus oráculos nanotecnológicos y patrocinadores de ocasión. Frente a ellos, los escépticos son una legión de infieles, los restos de una civilización académica obsoleta crecida en el arte de la duda, cultivada a la luz de casi mil años de historia de las universidades en el mundo, que miran de reojo y con curiosidad los juicios de desahucio que proliferan en los círculos empresariales de la educación superior. Las creencias sobre la desaparición inminente de dichas instituciones en el mundo occidental enfrentadas a las prácticas cotidianas de millones de individuos que todos los días asisten a las universidades. Creyentes y agnósticos, fanáticos e infieles, políticos y científicos, se acomodan para mirar el espectáculo del juicio final que anticipan con seguridad envidiable los profetas de Silicon Valley.
Sunday, October 23, 2016
Política y decepción
Política y decepción: los dilemas del PSOE
Adrián Acosta Silva
(Publicado en la versión digital de Nexos, 22/10/2016)
http://redaccion.nexos.com.mx/?p=7873
“La política exige convivir con la decepción”. Las palabras fueron pronunciadas el 11 de octubre en una rueda de prensa por Javier Fernández, el presidente al cargo de la comisión gestora del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), diseñada para construir una salida política a la dura crisis que enfrenta ese partido en la complicada coyuntura española del último año que, luego de dos procesos electorales sin lograr llegar a la investidura presidencial de Mariano Rajoy (PP), ha colocado a su régimen político en un escenario inédito a lo largo de su historia democrática. Las palabras, el tono, el personaje y el contexto representan la lucidez intelectual de la reflexión política que puede surgir en las horas negras de las crisis de las democracias representativas contemporáneas.
Tal vez las palabras de Fernández exhuman cierta melancolía, pero también expresan la voluntad al aprendizaje de las lecciones de política democrática que hoy experimenta el partido histórico de la izquierda española. Pero son palabras y lecciones que también resuenan en las organizaciones de izquierda de otros contextos nacionales, cuyos perfiles se ha desvanecido rápidamente entre escándalos políticos, actos reales o simbólicos de corrupción, castigos electorales y extraños retornos de los nuevos populismos de izquierda y de derecha.
El episodio, sus imágenes y relatos, sus actores y espectadores, ayudan a comprender la profundidad de las transformaciones que la propia izquierda está experimentando en el mundo político contemporáneo. Impulsoras decididas de los movimientos de transición del autoritarismo a la democracia, las izquierdas socialdemócratas europeas se convirtieron también en los artífices de la organización de los nuevos regímenes políticos que combinaron en el último tercio del siglo XX reformas de mercado con la preservación de los Estados del bienestar. Capitalismo y democracia vivieron entonces un período de tensiones sin precedentes entre dos fórmulas fundamentalmente contradictorias pero que florecieron en medio del derrumbe del socialismo real y de los giros neoliberales que la crisis del capitalismo había generado en el pensamiento conservador europeo de esos años duros.
Las palabras de un hombre de partido, de izquierda, de voz baja, talante prudente y buen juicio, acaso incomodan a muchos dentro y fuera del PSOE. Curtido en los años maravillosos del partido de la rosa, testigo y protagonista de la transición política, el desarrollo económico y la construcción del moderno Estado social español, el asturiano Fernández (1948) verbaliza el recordatorio de los límites de la política, a la vez que las lecciones que exigen la prudencia y el realismo político. Vincular la política con la decepción no es solamente un acto de resignación y pesimismo político, sino también el producto de la experiencia, el cálculo y el pragmatismo, un acto simbólico de imaginación y tolerancia a la frustración que suelen traer las derrotas electorales; un llamado a la sensatez y a recobrar el sentido del tiempo y las circunstancias que la política democrática impone a sus actores y protagonistas.
Pero sus palabras significan también recordar la importancia de diferenciar la ética de la responsabilidad de la ética de la convicción, esa distinción capturada de manera aguda por Max Weber en El político y el científico. Es asumir la tensión inevitable de los dilemas que surgen entre la política de la fe y la política del escepticismo de las que tanto escribió Oakeshott. Esa combinación entre ética y política, entre las creencias, la responsabilidad y el realismo, forma parte del ethos que una izquierda como la que representa el PSOE requiere colocar en el centro ahora que los mapas y los vientos políticos ya no le favorecen como solían hacerlo.
En abierto desafío a la corrección política que predomina entre los nuevos populismos de izquierda y de derecha, el propio Fernández ha señalado que la democracia plebiscitaria no puede sustituir a la democracia representativa. Hoy que los referéndums, los plebiscitos y las consultas se emplean como los nuevos aceites de serpiente para tratar de resolver los males de las democracias representativas tradicionales, enfrentamos el hecho de efectos perversos o no deseados que terminan por minar las bases mismas de las instituciones democráticas y degradan la ética de la responsabilidad política de los dirigentes y funcionarios electos por los ciudadanos. Gran Bretaña y Colombia son los ejemplos más claros de la erosión institucional de las democracias representativas por parte de los propios representantes de la que son su fruto y semilla, algo que bien podríamos llamar una de las “paradojas democráticas” de nueva generación.
El color plúmbeo del cielo otoñal español hace juego con el tono metálico de las palabras del presidente de la gestora. Es el reconocimiento público de las viejas tensiones entre los imperativos de la razón y la realidad de las emociones. Es aceptar la decepción como resultado frecuente e incómodo de los cálculos de la política democrática. Es volver a recordar al viejo Fitzgerald cuando escribía aquello de admitir que las cosas no tienen remedio pero que vale la pena mantener el esfuerzo por cambiarlas, de asumir al fracaso como una fuente legítima de autoridad política. Enfrentar cara a cara los dilemas políticos de la coyuntura con una visión de largo plazo constituye el desafío crucial del PSOE, aunque las circunstancias y los humores no parecen favorecer hoy ese esfuerzo imaginativo. Las palabras y las cosas que sostiene Fernández perfilan las alternativas de la izquierda en un mundo en el que, parafraseando a Marx y Engels, no solamente todo lo sólido se disuelve en el aire, sino también en el que todo lo que se evapora parece endurecerse de forma acelerada e irremediable.
Pero la política siempre se juega en el corto plazo, y la española tiene relojes y calendarios fatales. Este domingo 23 de octubre el comité federal del PSOE se reúne para decidir si se abstiene o niega el apoyo a la investidura de Rajoy. Abrumado por las divisiones internas luego del fracaso de la gestión de Pedro Sánchez al frente de la organización, y acosado desde la izquierda por Podemos, la expresión político-electoral más importante del “Movimiento de los indignados” del 2011, las frías palabras del dirigente de la gestora resuenan nostálgicas y tristes como campanadas a la medianoche.
Friday, October 21, 2016
Dylan: música para infieles
Estación de paso
Dylan: música para infieles
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 21/10/2016)
¿Qué cómo son mis canciones? Pues mire usted, tengo canciones de muchas clases. Aunque no lo crea, tengo canciones de cinco, de seis, de siete, de ocho y de diez minutos.
Bob Dylan, 1965
El Nobel de Literatura concedido a Bob Dylan ha encendido viejas polémicas sobre los criterios con que se adjudica el Premio. Sin embargo, parafraseando al clásico, premio dado ni dios lo quita. Por ello, actualizo un texto que escribí en 2012 con motivo de los 70 años de Dylan, y que fue publicado originalmente en el suplemento “Tapatío” del periódico El Informador, de Guadalajara.
*********
Hace medio siglo, en la primavera de 1962, un joven tímido, que apenas pasaba de los veinte años, de aspecto descuidado y, para más señas, oriundo de Minnesota, lanzaba al mercado un disco titulado escuetamente “Bob Dylan”. El acetato incluía 13 canciones dominadas por una voz de sonoridad extraña, guitarras y armónica, 11 de las cuales eran versiones de temas de autores clásicos del folk y del blues como Woody Guthrie y Robert Johnson, y sólo 2 eran creación de un tal Robert Zimmerman.
El disco colocaba en escena por primera vez el trabajo de un aspirante a músico que había recorrido cafés y cantinas de la costa este norteamericana buscando trabajo y algo de dinero ejecutando canciones propias y ajenas. Instalado en Nueva York, Dylan iniciaba un largo camino que le llevaría a la edad de 75 años y a la grabación de 39 discos como solista, más una cantidad similar de conciertos en vivo, grabaciones extraídas de sótanos, versiones de canciones inéditas, películas, homenajes, tributos. Si alguien le hubiese preguntado a los 20 años sus impresiones sobre el futuro, seguramente respondería como lo hizo en 1965: “Yo no tengo esperanzas de futuro y sólo espero tener suficientes botas para cambiarme”.
Un torrente de inspiración y ansiedad inundaba la vida de un muchacho gobernado por sus impulsos e intuiciones. Imágenes, frases, palabras, nutridas de la poesía, de la biblia y el talmud, de los periódicos y de la radio, habitaban la cabeza de Dylan, quien se negaba a dormir porque tenía que escribir canciones. El secreto del metabolismo dylaniano comenzaba a revelarse: la obsesión vital de escribir como el centro de sus ocupaciones; la absoluta necesidad de plasmar en sonidos, palabras y oraciones sus impresiones, convicciones y creencias.
La fuerza de ese metabolismo acaso explica mejor su capacidad para cambiar de máscaras y ambientes de manera prodigiosa. Su vaguedad letrística, su eclecticismo sonoro, su capacidad para crear canciones en atmósferas imprecisas, han marcado una trayectoria de aguas profundas. Rebelde a las etiquetas y a los encasillamientos, escéptico frente a los halagos y las lisonjas, Dylan ha construido un personaje desligado de la persona; un músico que no se parece al individuo; un alias que puede ser cualquiera.
Un puñado de temas dominan la obra dylanesca: el poder, el conocimiento, la guerra, la soledad, los negocios, el amor, la salvación. Pero es quizá la figura del nómada, la experiencia de viajar y trasladarse continuamente de un lugar a otro, caminando, a bordo de automóviles, autobuses o trenes, el centro de la inspiración de Dylan. La experiencia del vagabundo eterno, del flàneur, como maldición: condenado eternamente a describir e interpretar lo que ve, a registrar con música y palabras el mundo y sus fantasmas, sus ángeles y demonios; el errante como representación de la sobrevivencia.
Luego de cinco décadas, Dylan significa el mito y la ruta, el crucero del camino y el grafiti lírico y sonoro, la señal y la ausencia. Muchos Dylans habitan todo este tiempo. Símbolo de los baby-boomers de la segunda posguerra, que dominó los cánticos de protesta y rebeldía de la primera mitad de los sesenta –desde The Freewheelin´ (1963) hasta Higway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966)-; el músico que abandonó un concierto folk en Nashville por los abucheos que una multitud furiosa exclamaba ante la irrupción de la guitarra eléctrica en las manos de un infiel, en pleno proceso de transformación hacia el sonido del rock. El Dylan de los primeros setenta es un compositor que se sumerge en las penumbras del desencanto y la melancolía -Blood in the tracks (1974)-, hasta el que al cierre de la misma década encuentra en el cristianismo una fuente de inspiración tan legítima como cualquiera –representadas por Slow Train Coming (1979) o Saved (1980)-, para luego recorrer los ochenta y noventa con el regreso al espíritu agnóstico de Infidels ((1983) y al sonido duro del rock con Under the Red Sky (1990). Eso preparó el camino para cerrar el siglo XX y comenzar el XXI, reposando en las aguas tranquilas del blues y del rock, con la cuatrilogía maestra de Time Out of Mind (1997), Love and Theft (2001), Modern Times (2006) y Togheter Through Life (2009), haste llegar al “estilo tardío” dylaniano con Tempest (2012), Shadows in the Night (2015) y Fallen Angels (2016).
A sus 75 años, Dylan ha acumulado reconocimientos y premios, desde Doctorados Honoris Causa por parte de prestigiosas universidades estadounidenses hasta el Premio Príncipe de Asturias en el 2007, el Pulitzer en 2008, y ahora el Nobel de Literatura. Sin embargo, también ha recibido el reconocimiento de sus colegas, como el homenaje que en 2011 le rindieron, a propósito de sus 70 ños de edad, ochenta cantantes y grupos de todo el mundo con el disco Chimes of Freedom, donde interpretan alguna de las canciones producidas por Dylan en el último medio siglo.
¿Qué se puede agregar a una trayectoria de errancias como principio y fin? ¿Cómo descifrar la relación entre nomadismo y supervivencia? ¿Qué podría decir el propio Dylan de su trayectoria, de sus canciones y de sus siete décadas y media de vida?. Sospecho que su mejor respuesta sería la contenida en la frase de My Back Pages, al recordar los primeros, hoy lejanos años sesenta del siglo pasado: “Ah, pero entonces era mucho más viejo/Soy más joven ahora”.
Dylan: música para infieles
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 21/10/2016)
¿Qué cómo son mis canciones? Pues mire usted, tengo canciones de muchas clases. Aunque no lo crea, tengo canciones de cinco, de seis, de siete, de ocho y de diez minutos.
Bob Dylan, 1965
El Nobel de Literatura concedido a Bob Dylan ha encendido viejas polémicas sobre los criterios con que se adjudica el Premio. Sin embargo, parafraseando al clásico, premio dado ni dios lo quita. Por ello, actualizo un texto que escribí en 2012 con motivo de los 70 años de Dylan, y que fue publicado originalmente en el suplemento “Tapatío” del periódico El Informador, de Guadalajara.
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Hace medio siglo, en la primavera de 1962, un joven tímido, que apenas pasaba de los veinte años, de aspecto descuidado y, para más señas, oriundo de Minnesota, lanzaba al mercado un disco titulado escuetamente “Bob Dylan”. El acetato incluía 13 canciones dominadas por una voz de sonoridad extraña, guitarras y armónica, 11 de las cuales eran versiones de temas de autores clásicos del folk y del blues como Woody Guthrie y Robert Johnson, y sólo 2 eran creación de un tal Robert Zimmerman.
El disco colocaba en escena por primera vez el trabajo de un aspirante a músico que había recorrido cafés y cantinas de la costa este norteamericana buscando trabajo y algo de dinero ejecutando canciones propias y ajenas. Instalado en Nueva York, Dylan iniciaba un largo camino que le llevaría a la edad de 75 años y a la grabación de 39 discos como solista, más una cantidad similar de conciertos en vivo, grabaciones extraídas de sótanos, versiones de canciones inéditas, películas, homenajes, tributos. Si alguien le hubiese preguntado a los 20 años sus impresiones sobre el futuro, seguramente respondería como lo hizo en 1965: “Yo no tengo esperanzas de futuro y sólo espero tener suficientes botas para cambiarme”.
Un torrente de inspiración y ansiedad inundaba la vida de un muchacho gobernado por sus impulsos e intuiciones. Imágenes, frases, palabras, nutridas de la poesía, de la biblia y el talmud, de los periódicos y de la radio, habitaban la cabeza de Dylan, quien se negaba a dormir porque tenía que escribir canciones. El secreto del metabolismo dylaniano comenzaba a revelarse: la obsesión vital de escribir como el centro de sus ocupaciones; la absoluta necesidad de plasmar en sonidos, palabras y oraciones sus impresiones, convicciones y creencias.
La fuerza de ese metabolismo acaso explica mejor su capacidad para cambiar de máscaras y ambientes de manera prodigiosa. Su vaguedad letrística, su eclecticismo sonoro, su capacidad para crear canciones en atmósferas imprecisas, han marcado una trayectoria de aguas profundas. Rebelde a las etiquetas y a los encasillamientos, escéptico frente a los halagos y las lisonjas, Dylan ha construido un personaje desligado de la persona; un músico que no se parece al individuo; un alias que puede ser cualquiera.
Un puñado de temas dominan la obra dylanesca: el poder, el conocimiento, la guerra, la soledad, los negocios, el amor, la salvación. Pero es quizá la figura del nómada, la experiencia de viajar y trasladarse continuamente de un lugar a otro, caminando, a bordo de automóviles, autobuses o trenes, el centro de la inspiración de Dylan. La experiencia del vagabundo eterno, del flàneur, como maldición: condenado eternamente a describir e interpretar lo que ve, a registrar con música y palabras el mundo y sus fantasmas, sus ángeles y demonios; el errante como representación de la sobrevivencia.
Luego de cinco décadas, Dylan significa el mito y la ruta, el crucero del camino y el grafiti lírico y sonoro, la señal y la ausencia. Muchos Dylans habitan todo este tiempo. Símbolo de los baby-boomers de la segunda posguerra, que dominó los cánticos de protesta y rebeldía de la primera mitad de los sesenta –desde The Freewheelin´ (1963) hasta Higway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966)-; el músico que abandonó un concierto folk en Nashville por los abucheos que una multitud furiosa exclamaba ante la irrupción de la guitarra eléctrica en las manos de un infiel, en pleno proceso de transformación hacia el sonido del rock. El Dylan de los primeros setenta es un compositor que se sumerge en las penumbras del desencanto y la melancolía -Blood in the tracks (1974)-, hasta el que al cierre de la misma década encuentra en el cristianismo una fuente de inspiración tan legítima como cualquiera –representadas por Slow Train Coming (1979) o Saved (1980)-, para luego recorrer los ochenta y noventa con el regreso al espíritu agnóstico de Infidels ((1983) y al sonido duro del rock con Under the Red Sky (1990). Eso preparó el camino para cerrar el siglo XX y comenzar el XXI, reposando en las aguas tranquilas del blues y del rock, con la cuatrilogía maestra de Time Out of Mind (1997), Love and Theft (2001), Modern Times (2006) y Togheter Through Life (2009), haste llegar al “estilo tardío” dylaniano con Tempest (2012), Shadows in the Night (2015) y Fallen Angels (2016).
A sus 75 años, Dylan ha acumulado reconocimientos y premios, desde Doctorados Honoris Causa por parte de prestigiosas universidades estadounidenses hasta el Premio Príncipe de Asturias en el 2007, el Pulitzer en 2008, y ahora el Nobel de Literatura. Sin embargo, también ha recibido el reconocimiento de sus colegas, como el homenaje que en 2011 le rindieron, a propósito de sus 70 ños de edad, ochenta cantantes y grupos de todo el mundo con el disco Chimes of Freedom, donde interpretan alguna de las canciones producidas por Dylan en el último medio siglo.
¿Qué se puede agregar a una trayectoria de errancias como principio y fin? ¿Cómo descifrar la relación entre nomadismo y supervivencia? ¿Qué podría decir el propio Dylan de su trayectoria, de sus canciones y de sus siete décadas y media de vida?. Sospecho que su mejor respuesta sería la contenida en la frase de My Back Pages, al recordar los primeros, hoy lejanos años sesenta del siglo pasado: “Ah, pero entonces era mucho más viejo/Soy más joven ahora”.
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