Thursday, April 26, 2018

Neopopulismo y neoliberalismo

Las formas del agua: neopopulismo y neoliberalismo
Adrián Acosta Silva

The power of reason, the top of the heap
Don Henley, Building the Perfect Beast

https://redaccion.nexos.com.mx/?p=8942

En los democráticos tiempos mexicanos que corren, los imaginarios políticos han adquirido una centralidad inevitable y quizá indiscutible. Cuentan por supuesto las interpretaciones, los lenguajes y sus ambigüedades, las prácticas electorales, pero destacan con fuerza la exhibición de creencias y símbolos de los candidatos, la retórica sonora de la competencia por votos que atraviesa el ámbito público nacional. Las distintas fuerzas y actores políticos emplean a fondo sus artefactos discursivos, sus spots, sus frases de cinco-diez-doce palabras para calificar y descalificar, para llamar la atención de los indecisos o convencer a los escépticos e infieles de la bondad de sus intenciones, de la racionalidad de sus causas, de la necesidad de sus propuestas.
El territorio está marcado por el dramatismo patriótico y la ansiedad nacionalista de los protagonistas del espectáculo de temporada. La coherencia entre palabras y hechos es irrelevante. Pero entre el estruendo y el escándalo, puede advertirse una dicotomía política clara en el torneo electoral: de un lado, los que advierten de los peligros del neopopulismo para el futuro de la República: del otro, los que insisten en que todos los males republicanos son culpa del neoliberalismo. Unos claman que votar por el nuevo populismo es votar por el pasado, una opción que es inviable, indeseable, incompatible para el futuro luminoso del país; la otra insiste en que justamente es el pasado reciente del país, dominado por el dogma neoliberal y sus políticas, las que ha hundido al país en la corrupción, la pobreza y la desigualdad. La dicotomía adquiere entonces la forma del agua. Es inasible, paradójica, pero curiosamente comparte un mismo punto de referencia: la crítica al pasado remoto y reciente.
Para los críticos de la Coalición encabezada por AMLO la amenaza del populismo forma parte del discurso del miedo. En redes y medios, el populismo es empleado como un insulto, en el mejor de los casos como una descalificación, dirigido a infundir temor entre electores indecisos. El populismo es dibujado como una bestia perfecta: un movimiento autoritario, caudillista, corrupto, ineficiente, xenófobo, nostálgico, capaz de conducir al país a una crisis sin precedentes, donde todos vamos a perder dinero, propiedades y libertades. Esa imagen del populismo se nutre indistintamente de mitos y noticias falsas, de hechos históricos y herencias institucionales, de creencias sólidas e ideologías ambiguas, de supuestos heroicos y de evidencias más o menos demostrables.
Esta armagasa ideológica multiforme es propia de la épica electoral, donde la simplificación y el maniqueísmo son monedas de curso legal. Sin embargo, tal vez conviene reconocer que la bestia del populismo tiene una dimensión histórica difícil de rebatir, con resultados relativamente positivos particularmente en México y en América Latina. Populistas fueron el cardenismo mexicano, el peronismo argentino y el varguismo brasileño, regímenes políticos y de políticas que impusieron/negociaron con las sociedades respectivas la construcción de las bases materiales, políticas e ideológicas de los regímenes nacional-populares, esas bases que permitieron que nuestras sociedades dejaran de ser la colección de pueblos pulqueros, azucareros o mineros que eran a principios del siglo XX. A su manera, el populismo puede ser visto como el primer gran experimento modernizador y desarrollista del siglo pasado.
¿Qué explica esa capacidad transformadora del populismo de “primera generación” y de los neopopulismos que emergieron hacia finales del siglo pasado como alternativas al predominio neoliberal? La identificación del gobierno de un líder con el pueblo como el centro simbólico del régimen político. Esa identificación explica la construcción de grandes partidos y organizaciones políticas nacionales, discursos nacionalistas que cohesionan a las masas con el Estado, la construcción de prácticas de intercambio frecuentemente centradas en relaciones corporativas, clientelares y patrimonialistas, donde líderes políticos, caudillos y caciques eran/son las representaciones empíricas del Estado (es decir la representación de la autoridad) en las escalas locales. La legitimidad populista fue y puede ser la expresión de un sistema político no pluralista pero eficaz, capaz de ofrecer reglas mínimas y garantías básicas a las clases y estratos de sociedades brutalmente desiguales.
El viejo y el nuevo populismo tiene sin embargo un lado oscuro: sus tendencias (casi) inevitables hacia el autoritarismo, su difícil reconocimiento de la pluralidad como un componente central de las democracias, su frecuente tendencia hacia la personalización de las relaciones políticas. Para el populismo de salón, el ejercicio del poder es siempre una práctica bajo condiciones controladas, gravitadas en el centro radial por la figura de un líder que siempre actúa en nombre del pueblo y contra sus enemigos internos y externos. Por ello, populismo, pluralismo y democracia son fuerzas que configuran en ocasiones equilibrios inestables y potencialmente catastróficos.
Pero a la bestia neo-populista le enfrenta otra bestia perfecta: la del neoliberalismo. Las reformas de mercado, la mitología de la competencia como el mecanismo más eficiente para la producción y distribución de bienes y servicios, la fobia al regulacionismo estatal, el endiosamiento del mercado, forman parte de sus señas de identidad, el número en la frente de la bestia. La racionalidad neoliberal inicia y se agota en la figura del homo economicus, donde bajo el supuesto de reglas e incentivos claros se producen teóricamente comportamientos económicos cooperativos y no depredadores.
Amparados en la forma neoliberal, se prometieron reformas estructurales, Estado de derecho, prosperidad, democracia, justicia. El salinismo en México, el menemismo en Argentina, se convirtieron en los símbolos más conocidos del credo neoliberal, aunque con raíces irrenunciables –por incapacidad, por pragmatismo o por cálculo- en el populismo de sus respectivos partidos políticos: el priismo y el peronismo. Si en los años ochenta y buena parte de los noventa predominó el neoliberalismo como una especie de pensamiento único entre las élites políticas predominantes, sus formas de operación política descansaron en los mecanismos tradicionales de la gobernabilidad populista. Sin duda, una paradoja maestra.
Hoy, el enfrentamiento entre las bestias del neopopulismo y el neoliberalismo acapara los reflectores electorales. Mientras que en América Latina el neoliberalismo –o lo que de eso quede- está de regreso en Argentina, en Chile o en Brasil, en México el péndulo parece estar de regreso con el neopopulismo. Una vez más, México es un caso a contrapelo de las corrientes políticas continentales. Mientras que el lulismo, el kirchnerismo o el chavismo (en su descompuesta versión madurista) parecen ir en retirada, el lopezobradorismo va al frente de la versión mexicana del neopopulismo. De aquí al primer domingo de julio, la lucha de bestias estará en el centro del espectáculo.


Poder, causas, intereses (2)

Estación de paso

El poder, las causas, los intereses (2)

Adrián Acosta Silva

(Campus-Milenio, 26/04/2018).

Durante tres gubernaturas consecutivas (1995-2012), el contexto político jalisciense experimentó una profunda transformación simbólica y práctica, durante la cual nuevos conflictos, tensiones y equilibrios marcaron el territorio de los intercambios entre sus diversos actores y fuerzas. La U. de G., como otras universidades públicas en otros contextos estatales, es un grupo de interés y un grupo de poder al mismo tiempo, clave para entender la dinámica política estatal. Durante los 18 años del panismo jalisciense, la coalición padillista hegemónica en la U. de G. mantuvo relaciones de tensión y conflicto con los gobernadores panistas en turno, relaciones marcadas por la lucha entre dos legitimidades: la de gobiernos democráticamente electos, y la de la autonomía política e institucional de la universidad, algo que Rollin Kent definió muy bien como “la disputa por la legitimidad” en el campo de la política y de las políticas de educación superior en Jalisco.

Desde la oposición política al oficialismo panista, RPL articuló una complicada y ecléctica red de alianzas con el PRI y con el PRD a nivel estatal y nacional, lo que le permitió tramitar sus intereses en ambos frentes, a través del impulso a candidaturas de funcionarios y diputados locales, federales y regidores municipales de origen universitario. Uno de los desenlaces de esa historia de tensiones fue conocido, dramático e inesperado: el suicidio de un exrector (Carlos Briseño) que fue seducido por los cantos de sirena del último gobernador panista (Emilio González), obsesionado por terminar con la carrera política de RPL y del “grupo universidad”, como el panismo y otras fuerzas políticas (y periodísticas) suelen caracterizar a la “coalición padillista”.

A lo largo de ese período de tensiones (poblado de múltiples anécdotas y microhistorias políticas), el poder de RPL, paradójicamente, se fortaleció de manera significativa. Las imágenes de cacique, líder legítimo, político visionario, empresario universitario, caudillo cultural, político astuto, se convirtieron en calificativos distribuidos heterogéneamente entre sus simpatizantes y detractores. Esos calificativos en sí mismos revelan la compleja caracterización que se puede hacer de RPL, de su trayectoria y representaciones, y de la comprensión del orden de lealtades que habita el corazón de las prácticas políticas en la U. de G. y en el régimen político jalisciense contemporáneo.

De lo que no parece haber duda es que Padilla es un político profesional que ha construido un capital político propio en el campo de la gestión cultural, un político heterodoxo que ha edificado su reputación con los códigos propios de la política, no con los de la fe religiosa. Negociar, cabildear, intercambiar favores y apoyos, distribuir recursos, impulsar algunas ideas y fortalecer algunos intereses, vetar adversarios y construir o saber escoger a sus enemigos, forman parte de los hábitos, usos y costumbres que explican las prácticas y los reflejos de la política real del padillismo, como expresión local del más viejo de los oficios, una expresión alejada de la política imaginaria, rebelde a las prescripciones normativas o a la moralina politológica, y muy cercana a la epidermis dura de la política práctica de todos los días. Por ello, su incursión en la ligas de la política nacional durante una campaña electoral reñida y complicada es un riesgo personal, profesional y político para RPL, pues pondrá en evidencia sus límites, incertidumbres y capacidades. Sería ingenuo o remoto suponer que esa decisión lo alejará de sus intereses políticos en Jalisco y en la U. de G. Lo que hará es hacer más compleja, y probablemente más interesante, la trayectoria política de Padilla y de las corrientes que le apoyan dentro y fuera de Jalisco.

Tal vez la experiencia de RPL en el ámbito cultural y político jalisciense puede ser un componente novedoso para repensar, discutir y debatir la política cultural nacional. La propuesta de ocho ejes que él mismo presentó en la conferencia de prensa del 4 de abril, en la cual Anaya anunció su incorporación a la Coalición que encabeza, sintetizan una agenda ambiciosa para colocar a la cultura como parte central de un nuevo proyecto de desarrollo nacional. Esos ejes contemplan el fortalecimiento presupuestal al sector cultural, la reorganización (“reingeniería”) de la Secretaría de Cultura, el impulso a las industrias culturales, y nuevas formas de gobernanza y gestión en el sector cultural. Ya habrá oportunidad de conocer y comentar con más detalle los contenidos específicos de esas propuestas.


Thursday, April 12, 2018

El poder, las causas, los intereses

Estación de paso

El poder, las causas, los intereses (1)

Adrián Acosta Silva

(Campus Milenio, 12/04/2018)

El anuncio que el candidato de la Coalición por México al Frente, Ricardo Anaya, realizó la semana pasada de incorporar a su equipo de campaña a Raúl Padilla López, exrector de la Universidad de Guadalajara, ha causado diversas reacciones en la opinión pública. Algunos han visto el hecho como un acierto político, otros como un riesgo, algunos más como una noticia que habrá que tomar con las reservas del caso. Más allá de las interpretaciones contradictorias que se tienen sobre el hecho mismo, derivadas de filias, fobias y escepticismos propios del momento y de la temporada, quizá conviene poner en perspectiva el contexto y la trayectoria política de un personaje ciertamente destacado en la vida pública y política de Jalisco, para tratar de entender las causas y los intereses de su participación en el proceso electoral federal en el campo de las propuestas culturales que intenta desarrollar la coalición PAN/PRD/Movimiento Ciudadano.

Para nadie es desconocido el hecho de que RPL ha construido una importante trayectoria política dentro y fuera de la Universidad de Guadalajara desde hace casi cuarenta años. Líder estudiantil de la extinta Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG) durante el período 1977-1979, Padilla comenzó su carrera política a la sombra de su mentor Carlos Ramírez Ladewig, un político priista jalisciense asesinado a plena luz del día en las calles de la Colonia Moderna de Guadalajara el 12 de septiembre de 1975. Poco después de su presidencia en la FEG, y bajo los códigos y reglas del juego político universitario de los años setenta, RPL se convirtió en profesor y funcionario de la universidad entre 1979 y 1989, una década en la cual comenzó a construir una red política de alianzas en la U. de G. y en el entorno político jalisciense, lo que le permitió en 1989 ser electo Rector de su institución, a los 35 años de edad.

Como suele suceder en política, las claves de la trayectoria de Padilla se encuentran en su pasado, en los distintos momentos y coyunturas que configuraron una reputación contrastante, polémica, entre diversos grupos y corrientes políticas universitarias y jaliscienses. Licenciado en Historia, (egresado de la misma U. de G.), Padilla emprendió durante su rectorado una ambiciosa reforma institucional que culminó en la construcción de la Red Universitaria de Jalisco de la U.de G., un proyecto que colocó a la universidad en la lente política nacional. El origen, el diseño, y las implicaciones de ese proyecto reformador marcaron un punto de conflicto y ruptura con el grupo político que había cobijado la carrera de RPL durante su primeros años y que explica su llegada a la rectoría, un grupo liderado durante los años ochenta por Álvaro Ramírez Ladewig, hermano del mentor político de Padilla.

Antes y durante su función como Rector, RPL había impulsado dos proyectos culturales inicialmente modestos pero que luego se convertirían en emblemáticos de su poder, de sus causas e intereses: la Feria Internacional del Libro y la Muestra Internacional de Cine (ahora Festival). Situados en el ambiguo territorio ubicado entre la difusión académico-cultural universitaria y la gestión empresarial-profesional, ambos proyectos se convirtieron en representaciones de la trayectoria posterior de RPL luego de dejar la rectoría en 1995. Sin embargo, para Padilla era claro (o lo fue a lo largo de los primeros años de esos eventos) que la supervivencia de ambos proyectos y otros (por ejemplo, la construcción del Centro Cultural Universitario), dependerían fundamentalmente del apoyo político e institucional que pudiera construir desde la Universidad, pero también mediante la gestión permanente con actores políticos externos a la misma. En otras palabras, para RPL solo un sólido poder político permitiría la viabilidad y permanencia de sus proyectos institucionales. Eso explica lo que he denominado en otros espacios el proceso de configuración de la “coalición padillista”, una compleja red de grupos y alianzas intra y extrauniversitarias que explica el poder político estratégico de RPL (“El vino y los odres. Gobernabilidad y cambio institucional en la Universidad de Guadalajara”, U. de G., 2006).

Entre 1995 y 2012, con la llegada de la alternancia política en Jalisco, el PAN se constituyó como una fuerza política fundamental para la entidad y para el país. RPL fue electo diputado local plurinominal por el PRD en el período 1998-2001, posición desde la cual pudo experimentar los límites y posibilidades de su influencia en el nuevo mapa gobierno-oposición en Jalisco. Las lecciones fueron claras: sus habilidades políticas carecían del “don divino” al que se refería el viejo Weber para definir una de las fuentes de la legitimidad política: el carisma. Eso le llevó a abandonar el espacio de la política partidista abierta y pública, para concentrarse en el cultivo y desarrollo de una gestión política discreta pero efectiva en torno a múltiples proyectos e intereses específicos universitarios y no universitarios.


Reportaje/Entrevista del Correio Brasilienze con Adrián Acosta


Texto del reportaje/entrevista de Jorge Vasconcelos, del Correio Braziliense,a propósito del procesos electoral de México en 2018, con Adrián Acosta, publicada el 09/04/2018.

https://www.correiobraziliense.com.br/app/noticia/mundo/2018/04/09/interna_mundo,672107/mexico-andre-manuel-lopez-obrador-da-largada-na-campanha-para-eleicoe.shtml

Thursday, March 22, 2018

Autonomía universitaria y seguridad pública



Estación de paso

Autonomía y seguridad

Adrián Acosta Silva

(Campus-Milenio, 22/03/2018)

Las comunidades universitarias no son ni han sido nunca ajenas a los problemas de inseguridad, criminalidad y violencia que aquejan hoy o anteriormente a la sociedad mexicana. Ser estudiante, profesor, trabajador o funcionario universitario no los vuelve inmunes a atracos, secuestros, extorsiones, asesinatos o amenazas por parte de delincuentes solitarios, grupos de ocasión o bandas organizadas. Durante los últimos años hemos confirmado como dentro y fuera de los campus universitarios públicos o privados de Guadalajara o de la Ciudad de México, en Ciudad Juárez o en Xalapa, en Culiacán o en Pachuca, en Hermosillo o en Ciudad Victoria, los crímenes contra miembros de esas comunidades se han multiplicado en el contexto de la atmósfera de inseguridad que se ha formado por la mezcla fatal de políticas fallidas, expansión de redes criminales, impunidad y corrupción policíaca. (Algunos más agregarían seguramente la degradación moral y la fala de valores, pero eso ya es otra cosa).

El asunto es delicado y tiene varias aristas. De un lado, el tema de la autonomía universitaria y el de la “extraterritorialidad” real o ficticia de sus campus e instalaciones. De otro lado, el tema de las prácticas de tolerancia hacia las actividades ilegales en las universidades, en especial la distribución, venta y consumo de drogas. Más allá, el tema de las características de los grupos de dealers y consumidores que son o pueden ser miembros de las propias comunidades universitarias, no individuos ajenos a ellas. Bien visto, en las universidades se ha construido desde hace mucho tiempo un “orden de seguridad”, que se basa en la tolerancia respecto de comportamientos que fuera de los campus suelen ser objeto de persecución policiaca y judicial, además de linchamientos morales y críticas a las amenazas en torno a la pureza simbólica de las comunidades universitarias.

Ese “orden se seguridad” universitario (por decirlo de algún modo), es a la vez simbólico y práctico. Una de las cosas que rápidamente se aprenden en la universidad es que hay que convivir cotidianamente con individuos o grupúsculos que viven al filo de la clandestinidad, ofreciendo un montón de cosas a los estudiantes y profesores. Pero otra de las cosas que también se aprenden es que entre ellos hay consumidores y compradores habituales de sustancias y objetos. En otras palabras, hay un mercado que explica los comportamientos de ofertas y demandas de drogas, objetos de dudosa procedencia (el robo de autopartes), e incluso, en no pocos casos, de armas. En los años setenta, por ejemplo, la banda de “Los Enfermos” en la Universidad Autónoma de Sinaloa, o los “fegosos” en la Universidad de Guadalajara (los miembros más violentos de la extinta Federación de Estudiantes de Guadalajara, la FEG), exhibían, compraban o vendían armas entre sus comunidades, asesinaban, amenazaba o extorsionaban a sus rivales políticos, a veces con el amparo, la complicidad o la indiferencia de sus líderes políticos y de las autoridades universitarias y no universitarias.
El síndrome del 68 está en el centro imaginario de muchas de las reacciones que hay contra la intervención policiaca directa en las universidades públicas. Esta es la dimensión política del “orden de seguridad”. La violación de la autonomía universitaria es el reclamo que surge entre no pocos sectores cuando se invoca el tema de la seguridad pública en los campus. Y sin embargo, en las universidades públicas del país se han ensayado desde hace tiempo diversas fórmulas para combatir la inseguridad en sus instalaciones, que van desde la contratación de cuerpos privados de seguridad para controlar las entradas y salidas de las universidades –a veces inclusive armados-, o la instalación de rondines de policías locales en las periferias con ocasionales recorridos dentro de los campus, hasta la creación de cuerpos de seguridad propios –a veces sindicalizados y generalmente desarmados- que se limitan a observar y a tratar de inhibir los comportamientos delictivos en las universidades.

La experiencia contemporánea de las relaciones entre autonomía y seguridad en las universidades parece atravesar por un nuevo ciclo, alimentado por reclamos, críticas y temores reales o fundados sobre prácticas delictivas igualmente reales o imaginarias. Los asaltos, violaciones y asesinatos de estudiantes dentro y fuera de los campus, la penetración y legitimación de las actividades de raterillos, tribus y bandas organizadas que recorren los campus universitarios, son fenómenos que han levantado la voz de alerta entre no pocos sectores de la opinión pública, pero también entre autoridades y comunidades universitarias. La formulilla de que las policías –el gobierno- solo pueden actuar si las autoridades universitarias lo solicitan, o los reclamos de violación a la autonomía universitaria si las policías locales o federales se atreven a pisar el suelo sagrado de los campus, parecen ser cada vez más ilusiones que justifican las reticencias para pensar a fondo el tema de la inseguridad en las universidades públicas.

Aquí hay otro asunto –en realidad uno más- que habita la agenda política y de políticas de la educación superior universitaria. Revisar y aprender de experiencias, comparar, reunir evidencia, construir consensos mínimos, es una tarea fundamental de los gobiernos universitarios y de sus comunidades. Configurar un nuevo “orden de seguridad” universitario, asumiendo sus límites y tensiones, equilibrando ejercicio de libertades y umbrales de tolerancia, bajo principios elementales de claridad jurídica, de prudencia y una buena dosis de sentido común, es uno de los desafíos fundamentales de nuestras universidades públicas.







Wednesday, March 21, 2018

El estilo tardío de Dylan





El estilo tardío de Bob Dylan

Adrián Acosta Silva

https://musica.nexos.com.mx/2018/03/21/el-estilo-tardio-de-bob-dylan/


¿Qué factores explican el hecho de que músicos o escritores que han construido a lo largo de sus vidas una obra sólida, original y creativa, decidan en algún momento reposar en las aguas mansas de la nostalgia, de la tradición, que habitan sus propios pasados personales? ¿Porqué deciden romper con los rasgos distintivos de sus obras anteriores para sorprender a sus admiradores y críticos con un giro desconcertante, sorprendente o extraño en la hechura de sus obras aparecidas durante los años de su vejez o inclusive algunas de ellas póstumas? Esas preguntas reaparecen una y otra vez al observar no pocos de los perfiles creativos de artistas cuyas trayectorias hacia el final de sus vidas suelen ofrecer sorpresas cuando se mira el paisaje de sus obras completas. No se entiende muy bien porqué, al final de su existencia, deciden volcar sus energías a estilos, tradiciones o géneros con los que marcaron una ruptura generacional para construir una identidad propia, transformadora y desafiante de su pasado y su presente..

Ese puede ser el caso de Bob Dylan. Si uno mira el perfil de sus discos más recientes, vemos con claridad la aparición del fenómeno que Edward S. Said denominó como “estilo tardío”, ese lenguaje que suele aparecer al final de las vidas de músicos, escritores y poetas (Sobre el estilo tardío. Música y literatura a contracorriente, Debate, México, 2009). Shadows in the Night (2015), Fallen Angels (2016), y Triplicate (2017), representan con claridad el estilo tardío dylaniano. Las voces y los ecos de Frank Sinatra, de Ray Charles, Ella Fitzgerald, Billie Holiday o Sarah Vaughan resuenan en cada una del medio centenar de canciones que se acumulan en estas tres obras, en donde Dylan el joven desaparece para convertirse en Dylan el viejo, un humilde trovador de covers de radio pertenecientes a los años cuarenta y cincuenta, en los orígenes del jazz y del blues, sonidos y voces que habitan las aguas profundas de su propia educación sentimental.

El Dylan de “Like a Rolling Stone”, el que sacudió las venas del folck con The Freewhelin (1963) y del rock con Blood in the Tracks (1975), que desconcertó con Street Legal en 1978 (que incluye esa joya de “Changing of the Guards”), que escandalizó con sus conversiones religiosas en Slow Train Coming (1979), que cerró el siglo XX con el deslumbrante Time Out of Mind (1997), y que reapareció con un estallido de potencia creativa durante la primera década del siglo XXI con la trilogía maestra de discos como Love and Theft (2001), Modern Times (2006), y Together Through Life (2009), es el mismo que reaparece en Triplicate. Es otro y al mismo tiempo el mismo músico que llegó a sus setenta años en el 2011, que celebró con Tempest (2012), el antecedente inmediato y quizá último de sus arrebatos de originalidad alimentados por el godspell y el blues, el folk y el rock.

Pero, como sugiere Said, el estilo tardío no surge de manera espontánea. Si se mira con cuidado, hay en algún momento anterior la semilla de tradiciones reconocidas, las herencias culturales de los años de la infancia y la primera juventud. Son los residuos de voces y sonidos, de ritmos y atmósferas que habitaron las repúblicas de la niñez y de la adolescencia de Dylan. Self Portrait (1970) es quizá el antecedente remoto de Triplicate en la obra dylaniana. Ahí, en aquel disco que lanzó el ahora Premio Nobel de Literatura a sus entonces treinta años de edad, y que en su momento fue duramente criticado por no pocos medios y admiradores como “reaccionario” y “nostálgico” -ya se sabe que para muchos nostálgico es siempre un sinónimo de reaccionario-, se encuentra toda una confesión de parte, una suerte de auto de fe, la revelación de que Dylan, el hombre/compositor/cantante que abandona la juventud para adentrarse en el territorio inhóspito de la madurez, es deudor legítimo de un pasado habitado por las grandes bandas, las canciones dulces e ingenuas que acompañaron los sueños y pesadillas de generaciones anteriores; la evocación de imaginarias noches de humo y alcohol que rodeaban la vida de los primeros músicos cantantes de blues y de jazz que dominaron las pistas de baile y las estaciones de radio en la costa este norteamericana, bajo el espeso clima cultural e intelectual de la posguerra, voces y ritmos escuchados por un niño que deambulaba vagando por las calles de un pueblo de Minnesota.

Ahora que muchos de sus compañeros de generación han comenzado a abandonar el barco (los últimos han sido J.J. Cale, Leon Russell, Leonard Cohen y Tom Petty) la propia vida de Dylan se va poblando poco a poco de sus ángeles caídos, observados en la soledad de un músico hermético, hosco, siempre alejado de los reflectores, de los medios, de la fama y de sus críticos. Hoy, en el ocaso de una trayectoria de prácticamente seis décadas, Dylan construye en cada una de las treinta canciones distribuidas en los tres discos que integran Triplicate un mapa personal del mundo, una colección de representaciones de su propio pasado a través de los estilos que otros construyeron antes que él y los miembros de su generación.

Quizá eso explica porqué el estilo tardío de Dylan es un inevitable giro hacia el pasado, el homenaje a sonidos y figuras que alimentaron su ruptura con el folk del medio oeste y, años después, sus divagaciones e incursiones en el mundo plástico del rock. No pocos de sus fans se han mostrado decepcionados por lo que consideran una traición, un ataque de decrepitud, acaso de senilidad, que han hecho presa del espíritu creativo de Dylan, el viejo. A sus casi 77 años de edad (los cumplirá en mayo próximo), la gira interminable de uno de los iconos del rock parece entrar al camino sin salida al que todos llegaremos más tarde o más temprano. Después de todo, tal y como lo escribió Said en su obra póstuma, “lo tardío como tema y estilo nos recuerda una y otra vez la existencia de la muerte”.

Thursday, March 08, 2018

Métrica y retórica de la calidad



Estación de paso

Métrica y retórica de la calidad

Adrián Acosta Silva

(Campus-Milenio, 08/03/2018)

El Programa para el Desarrollo Profesional Docente (PRODEP) es un instrumento de política pública dirigido a mejorar la calidad del profesorado universitario en México. Hijo del antiguo PROMEP (Programa de Mejoramiento del Profesorado, 1996-2012), y nieto del aún más antiguo SUPERA (Programa de Superación Académica, 1994-1996), comparte con ellos el propósito de mejorar la “habilitación profesional” de los docentes universitarios a través de incentivos monetarios, institucionales y simbólicos: becas para estudios de posgrado, incorporación de nuevos Profesores de Tiempo Competo (PTC), apoyos para compra de libros, equipo de cómputo, remodelación y mobiliario para sus respectivos cubículos.

El PRODEP distingue dos tipos de reconocimientos a los profesores de las universidades públicas (en especial los PTC´s) que se animan a participar en el programa: el “Reconocimiento de Perfil Deseable” (RPD) o el de “Apoyos para Perfil Deseable” (ARPD). Salvo la primera vez que se concursa, se pueda obtener el segundo tipo de reconocimiento, asociado “por única vez” a un fondo de apoyo “individual” e “intransferible” de 40 mil pesos, que debe ser comprobado con las facturas de las compras académicas correspondientes (libros, computadoras, etc.). En el caso del RPD, se puede renovar a partir de la segunda ocasión, y la caducidad del reconocimiento es de tres o seis años, según corresponda.

Este instrumento de política, junto con el Programa de Cuerpos Académicos (PCA), se constituye como el núcleo de las políticas federales dirigidas hacia el mejoramiento de la calidad académica de la educación superior. Cada Institución de Educación Superior (IES) del Sistema Nacional correspondiente (SNES), a través de sus Dependencias de Educación Superior (DES, que son las escuelas, facultades, centros universitarios, institutos), puede participar en el Programa para mejorar los indicadores de calidad de sus profesores, y mejorar su visibilidad y prestigio institucional en las evaluaciones. Estos programas e instrumentos deben ser congruentes con el PFCE (Programa de Fortalecimiento de la Calidad Educativa), que a su vez tiene como antecedentes el efímero PROFOCIE (Programa de Fortalecimiento de la Calidad de las Instituciones Educativas, 2014-2015) y aún antes, el PIFI (Programa Integral de Fortalecimiento Institucional, 2001-2014)

El supuesto de los instrumentos es simple: si tenemos profesores con perfil deseable organizados adecuadamente en cuerpos académicos (CA) en “proceso de consolidación” o “consolidados” (CAPC, o CAC, respectivamente), tendremos entonces DES de las IES del SNES de calidad certificada a través de los organismos federales diseñados para tal fin. Para completar el cuadro de la calidad, se tendrían que añadir las labores que hace el Centro Nacional de Evaluación (CENEVAL, con exámenes nacionales de ingreso -EXANI-y egreso -EGEL-), los Consejos Inter-Institucionales de Evaluación de la Educación Superior (CIIES), y lo que hacen los Comités para la Acreditación de la Educación Superior (COPAES). Eso, sin contar lo que desde 1984 hace para el nivel del posgrado y la investigación el CONACYT, a través del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) o el Padrón Nacional de Programas de Calidad (PNCP).

Esa supuesto relativamente simple sin embargo, se transforma en una lógica burocrática engorrosa, complicada e incomprensible para los mortales académicos. Veamos: un PTC que quiere participar en el PRODEP a través de su DES-IES, para obtener un RPD o un ARPD, y pertenecer a un CAPC o a un CAC, tiene que elaborar una solicitud apoyado por su RIP (Representante Institucional del Programa), para verificar que sea congruente con el PFCE, llenar todos los rubros de la solicitud: cursos y seminario impartidos en los últimos tres años, productividad académica, participación en órganos académicos colegiados, actividades de vinculación institucional, participación en reformas curriculares a programas de estudios o en el diseño de nuevos programas. Para entender lo que significa todo ello, las convocatorias respectivas recomiendan a los RIPS de las IES del SNES que, a su vez, sugieran a los PTC´s de sus DES que lean con atención las “reglas de operación” del PRODEP, publicadas en el Diario Oficial de la Federación. (Son más de 100 páginas, minuciosas en la clasificación y descripción de cada uno de los rubros y productos que se evalúan en el Programa).

Revisar, examinar, organizar y reunir las evidencias de los distintos rubros no es una tarea fácil. Los PTC´s se convierten en burócratas de sí mismos, y forman parte de una estructura de gestión burocrática aún más grande. El resultado es que las fronteras entre la actividad académica y la actividad burocrática se diluyen durante las tres o cuatro semanas que los PTC de las IES deben dedicar al llenado de los formularios del PRODEP. Si a ello se añaden las solicitudes para renovar la membresía en el SNI o la que se dedica para organizar y registrar una solicitud de CAPC o CAC apoyado por las DES de sus IES, más de algún académico caerá tarde o temprano en la cuenta de que Dios no existe.

Además, las rúbricas de la solicitud deber ser firmadas en original en cuatro tantos por cada solicitante con tinta azul, pues de no ser así no serán “validadas”. Adicionalmente, los RIP´s de las IES nos advierten que las evidencias que acompañan la solicitud no deben estar engrapadas o con clips. Eso es, junto con el largo siglario precedente, calidad educativa. Parafraseando a Oscar Chávez, podemos decir que configura la peculiar química, botánica, retórica y sistema decimal de la métrica mexicana de la calidad del SNES.