Saturday, January 29, 2022

Pérdidas y soledades

Graneros, balcones y nostalgias Adrián Acosta Silva (Laberinto-Milenio, 29/01/2022) https://www.milenio.com/cultura/laberinto/graneros-balcones-y-nostalgias En El futuro de la nostalgia (2015), la pensadora de origen ruso Svetlana Boym explora cuidadosamente el origen, historia, funciones y contextos de la nostalgia en las sociedades antiguas, modernas y contemporáneas. La “añoranza del hogar” es el significado etimológico de la palabra, pero con el tiempo la experiencia nostálgica ha sido considerada como una enfermedad, un estado de ánimo, una ilusión. La inmigración masiva, las revoluciones sociales, las catástrofes o las guerras, señala la autora, suelen producir “pandemias de nostalgia”, y este sentimiento puede no sólo estar referido al pasado remoto o reciente, sino también puede relacionarse, paradójicamente, con el futuro. Ese es quizá el enfoque que puede ayudar a comprender cómo la añoranza de tiempos mejores y la esperanza de nuevas normalidades futuras alimentan los espíritus nostálgicos de nuestro tiempo. A dos años de encierros, vacunas y aislamiento social como medidas obligadas para enfrentar la pandemia del COVID- 19 en todas su variantes, la sensación de ansiedad, hastío emocional y fatiga social y política, son los fantasmas que recorren con distintas intensidades poblaciones y territorios del mundo contemporáneo. Causas, consecuencias y confusión forman una madeja tejida atropelladamente en los últimos años, una red de tensiones que configura la base subjetiva y sociocultural de la nueva pandemia de nostalgia que se esparce sin pausas pero sin prisas por todos lados. Uno de los efectos visibles de esta prolongada combinación de crisis sanitaria y económica ha sido el incremento exponencial de nuestras incertidumbres y la multiplicación de las pérdidas individuales y sociales. La gestión sanitaria ha significado también la gestión de la muerte: más de 300 millones de contagios, 5 millones de muertos, enfermos con secuelas graves o de lenta recuperación, desempleo masivo, abandonos escolares en todos los niveles de los sistemas educativos, niños huérfanos, ancianos abandonados, forman parte de los recuentos básicos de estos tiempos malditos. En esta prolongada trayectoria de pérdidas, la depresión, la melancolía y la nostalgia son emociones que gobiernan el ánimo cotidiano de no pocos estratos y grupos sociales. A lo largo y ancho de este ciclo de pérdidas constantes e incertidumbres acumuladas, las voces de la ciencia, la literatura y las artes expresan de modos distintos esperanzas y nostalgias edificadas sobre las arenas movedizas del presente. Son voces diversas, concentradas en distintas percepciones y con diferentes propósitos. Desde la esquina del piso duro del rock clásico, por ejemplo, Neil Young y Eric Clapton registran, a sus 76 años, desde el encierro obligatorio, sus impresiones de época con dos discos recientes: Barn (Reprise, 2021) y The Lady in the Balcony. Lockdown Sessions (Mercury/Universal, 2021), respectivamente. Ambas obras son un par de piezas sueltas del espejo fragmentado de la crisis. Una refleja el peso de la soledad; la otra, el de las pérdidas. Una se refugia en las sombras del pasado remoto y reciente; la otra, en la imaginaria reinvención de tiempos mejores. Ambas se alimentan de la “ética de la nostalgia” de la que habla Boym, esa “nostalgia reflexiva” que permite imaginar, legítimamente, pasados y futuros como re-hechuras de algunas certezas básicas. Young volvió a reunir a parte de su banda original (Crazy Horse) para grabar un puñado de canciones elaboradas a lo largo del 2020 y comienzos del 2021. Recorre sus temas habituales sobre el amor (Don´t Forget Love, Shape of You), la identidad (Canamerican), los hallazgos y las pérdidas (They Might be Lost). Pero también recupera los territorios cruzados de la nostalgia y la esperanza (Welcome Back), los elogios a la vejez y a la resistencia (Tumblin´ Thru The Years), la reiteración de los ciclos vitales, los motivos y las razones de la existencia (Song of the Seasons). Fiel a su estilo minimalista y austero, Young y sus tres acompañantes (Ralph Molina, Nils Lofgren y Billy Talbot) ejecutan con la simpleza de largos requintos melancólicos, una bateria discreta y un bajo casi imperceptible, cantos hechos desde la soledad de un viejo granero campesino, lejos de la ciudad, perdido en el horizonte de algún paisaje bucólico californiano. Before your computer turns on you/ and walking through the garden/ you remember something you´ve been through/ and mingle with the stars in the sky El ciclo de activismo ecologista feroz y del antitrumpismo de Young entra en pausa al escuchar las 10 canciones incluídas en Barn. El oficio de un músico experimentado se filtra a través de las letras y notas que gobiernan el tono crepuscular del disco, en un esfuerzo por reinventar el pasado frente a un presente marcado por la ansiedad, la incertidumbre y el silencio. La experiencia sedentaria de la pandemia ha dejado huellas en el disco número 50 de la larga trayectoria del rockero canamerican, mezclando impresiones con ilusiones gobernadas por la voz melancólica de áquel joven veinteañero que cantaba con Buffalo Springfield el epitafio de los años sesenta: For What It´s Worth. Clapton ofrece por su parte The Lady in the Balcony, un ejercicio terapeútico derivado de la abrupta interrupción de su gira 2020/2021 en Europa y los Estados Unidos debido a la pandemia. Al igual que Young, Clapton incluye sólo a tres músicos como acompañantes: Chris Stainton (una leyenda del rock, tecladista que ha acompañado a músicos vivos como Steve Winwood, o ya difuntos como Jim Capaldi, Joe Cocker o Leon Rusell), a Nathan East en el bajo, y a Steve Gadd en la batería. El disco incluye una versión espléndida de Black Magic Woman (hecha famosa por Santana en los años setenta), y nuevas versiones de canciones como After Midnight (de J.J. Cale), Rivers of Tears, Layla, o Kerry. Es un disco en tono acústico, grabado en la sobriedad de un estudio modesto, en la soledad del aislamiento pandémico, en West Sussex, Inglaterra. Las 17 canciones incluidas son el recuerdo de recorridos sonoros pretéritos asentados sobre los viejos rieles del largo tren claptoniano. Los ecos lejanos de The Yardbirds, Cream o Blind Faith resuenan en los acordes de la guitarra acústica de Clapton, evocando la fuerza del blues que inspiró al guitarrista desde muy temprano. Lejos de las multitudes y del sonido espectacular de la guitarra eléctrica Stratocaster que solía llevar a sus conciertos, el joven “mano lenta” que muchos creían que era dios en los años sesenta y setenta, reaparece al inicio de la tercera década del siglo XXI conservando la habilidad de sus experimentados dedos y muñecas en Bell Bottom Blues o Man of the World. A pesar de los problemas artríticos en sus manos y de la sordera que le aqueja desde hace tiempo, Clapton el viejo aún conserva el toque mágico de una inspiración a prueba de balas. Es posible que las ansiedades de estos tiempos sombríos se reflejen en las prácticas y los imaginarios emocionales de los rockeros clásicos que todavía componen y ejecutan canciones, “hijos de la guerra” (la segunda mundial por supuesto), personajes que han vivido tiempos peores y mejores. También es probable que los que les hemos seguido la huella a lo largo de los años veamos reflejadas nuestras propias impresiones en sus discos. Pero con la experiencia pandémica, la búsqueda urgente de soluciones se ha combinado con el pesimismo sobre el futuro en el corto y mediano plazo. El encierro obligatorio es una experiencia de secuelas y emociones que dejarán cicatrices perdurables durante un largo tiempo en los individuos y las sociedades a las que pertenecen. Si hay algo de cierto en eso, Young y Clapton se han unido a otros miembros de su generación como Van Morrison y su Latest Record Project, vol. 1 (Exile/BMG, 2021) para tratar de seguir los registros de un tiempo líquido cuyas aguas revueltas y oscuras configuran nuevamente la vieja sensación de que todo lo sólido se disuelve en el aire.

Thursday, January 20, 2022

Universidades: política y conflicto

Estación de paso Universidades: política y conflicto Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 20/01/2022) ¿Cuál es el peso relativo de las universidades en los sistemas de educación superior contemporáneos? ¿Cómo se han transformado durante las dos primeras décadas del siglo XXI? ¿Qué factores causales influyen para esas transformaciones? ¿Cuáles son sus déficits, incertidumbres y desafíos inmediatos? Estas preguntas forman parte de un debate largo y denso sobre el papel de las universidades en las sociedades contemporáneas, pero son cuestiones que no admiten respuestas simples. El punto de partida de este debate es identificar el peso de las universidades en el subcontinente latinoamericano. Comencemos con algunos datos generales. Hoy, 4 de cada 10 instituciones de educación superior en América Latina y el Caribe son universidades públicas o privadas. El resto (6 de cada 10) son instituciones no universitarias, es decir, escuelas tecnológicas, centros formadores de profesionales calificados y especializados, institutos de formación de profesores (normales). Pero además, dentro de estre universo institucional de casi 11 mil IES, sólo 1 de cada 10 son universidades públicas. Esto significa que la universidad es una figura que ha perdido desde hace tiempo el monopolio de la educación superior en la región. Ello no obstante, las universidades configuran un territorio de enorme atracción social para las poblaciones latinoamericanas. Hoy, 52% de los jóvenes entre 19 y 23 años están matriculados en alguna IES. Hace 20 años (en el 2000), sólo lo estaba el 23% (https://www.iesalc.unesco.org/publicaciones-2/).En 2015 había 26. 2 millones de estudiantes de la educación terciaria en la región, que aumentaron a 28.8 millones en 2020 (http://data.uis.unesco.org/). Es dificil estimar cuántos de esos estudiantes y en que porcentajes está inscritos en las universidades públicas, pero seguramente su peso es significativo y varía fuertemente en los distintos países. México, Argentina y Uruguay, por ejemplo, concentran más estudiantes universitarios que no universitarios, a diferencia de Chile, Brasil o Colombia. Esas estimaciones generales permiten afirmar la hipótesis planteada hace unos años por José Joaquín Brunner de que durante el proceso de masificación del acceso a la educación superior en la región, las ideas y las representaciones de la universidad cambiaron significativamente. La masificación significó la “mesocratización” de las universidades, un proceso en el cual la feminización de los accesos y el arribo de nuevos estratos y grupos sociales pertenecientes a las clases medias urbanas y rurales, propiciaron un fenómeno de “modernización espontánea” de la educación superior latinoamericana. Los ejes de este complejo proceso sociológico, económico y político significaron varias cosas al mismo tiempo, pero algunas de las dimensiones clave son las siguientes: Dimensión política: nuevos arreglos entre Estado y universidades. Se trata de un reordenamiento del peso del Estado en el comportamiento de las universidades. La expansión y diversificación de las ofertas no universitarias fue resultado de una decisión política que alentó la apertura de nuevas opciones de educación superior, disminuyendo el peso de las universidades públicas históricas en términos de matrículas y establecimientos. Dimensión académica: centralidad de la investigación. Las universidades centradas en la docencia impulsaron desde finales del siglo pasado una reforma centrada en el fortalecimiento de la investigación. Con ese giro, la legitimidad institucional se desplazó desde la formación profesional hacia la productividad académica. La república de los licenciados fue desplazada por la república de los doctores; el énfasis en la docencia fue desplazado por la expansión de la investigación básica y aplicada. Es discutible la magnitud y efectividad de ese cambio, pero las políticas gubernamentales y el ascenso del capitalismo académico explican el fenómeno. Dimensión organizacional: centralidad de la gobernanza. El enfoque de la nueva gobernanza pública dominó la implementación de nuevos esquemas de gobierno universitario. Se pasó de enfocar el problema del gobierno universitario como un problema de gobernabilidad política, hacia un problema de coordinación y cooperación de acciones dirigidas a mejorar la calidad, efectividad y eficiencia del desempeño institucional de las universidades. Las políticas basadas en incentivos y las métricas basadas en indicadores fueron los ejes de esas transformaciones. Dimensión cultural: nuevas narrativas sobre la universidad. El lenguaje construido en torno a la universidad alteró sus tonalidades, y una nueva noción de cambio se desarrolló en el centro de los relatos sobre la universidad. Las ideas de la reforma y la autonomía que dominaron las narrativas universitarias durante buena parte del siglo XX, cedieron el paso a las ideas del emprendurismo, la innovación institucional y compromiso público del siglo XXI. Estos campos de transformaciones ocurrieron en un complicado entorno de cambios políticos y sociales que impulsaron nuevos enfoques sobre la “misión de la universidad”, justo como hace casi un siglo José Ortega y Gasset se refirió a la necesidad de repensar a la universidad en una época de cambios convulsivos. Hoy, asoman en el horizonte nuevas exigencias que implican descalificaciones y cuestionamientos gubernamentales a la autonomía y las funciones intelectuales, académicas y culturales de las universidades públicas. Frente a esos cuestionamientos, frecuentemente realizados desde el cálculo político, la ignorancia o los prejuicios de las nuevas elites de poder, las dimensiones de los cambios parecen entrar en una nueva fase, con la incertidumbre instalada fuertemente en el centro de todas ellas. En esas circunstancias, un ciclo de conflictividad parece abrirse paso en el mapa de las relaciones políticas entre las políticas gubernamentales y las universidades públicas. El caso del CIDE es quizá el más representativo y escandaloso del nuevo ciclo. Pero las frecuentes críticas presidenciales a las universidades públicas, las hiperrestrictivas políticas de financiamiento a esas instituciones y a los centros de investigación, el impulso a nuevas reglas del juego en la educación universitaria, pavimentan rápidamente el camino hacia la confrontación entre el gobierno federal y las universidades públicas.

Thursday, January 06, 2022

¿Para qué sirve la universidad?

Estación de paso ¿Para qué sirve la universidad? Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 06/01/2022) No es fácil identificar el significado contemporáneo de la universidad. A pesar de los casi mil años de su historia en Europa (Bolonia), y de los casi quinientos de su aparición en el primer poblado europeo de la isla La Española en el caribe americano (hoy Santo Domingo), su definición institucional es complicada. No sólo es un asunto de caracterización amplia o detallada de su misión, de enunciar los valores que representa, de clasificar las funciones que cumple o debe cumplir en las sociedades contemporáneas. Tampoco se trata de medir la calidad de sus procesos de enseñanza o de investigación, o de ubicar sus posiciones en los rankings nacionales o internacionales, algo que está de moda desde hace algún tiempo. Se trata de un asunto más complejo: definir no sólo qué es hoy la universidad, cuál es su importancia social, qué representa. Como siempre, las instituciones son siempre, en buena medida, una hechura de sus contextos, y las universidades no escapan a esta vieja afirmación sociológica. Expresan sus tensiones, arreglos y contradicciones, reproducen de manera original, a la vez similar y contradictoria, sus conflictos, incertidumbres y ambiguedades, evolucionan, cambian o se adaptan a exigencias externas o a sucesos inesperados. Pero las univesidades también desarrollan una vida interna propia, que ayuda a traducir los contextos en intereses, creencias y representaciones en los patios interiores de los campus universitarios. En este proceso se desarrollan tensiones, se acumulan contradicciones y se producen acuerdos más o menos estables. Hay comportamientos cooperativos pero también frecuentes estampas de conflicto, largos períodos de estabilidad y turbulentos episodios de movilización, rebelión y épicas de cambio. Los universitarios configuran comunidades extrañas, paradójicas, interesantes. Forman tribus y territorios en torno a disciplinas y áreas del conocimiento, construyen un “orden de lealtades” basado en afinidades electivas, políticas y afectivas, desarrollan instintos y códigos de adaptación que se traducen en rutinas, hábitos y costumbres. Un argumento de carácter explicativo es que el significado contemporáneo de la universidad puede construirse a partir del análisis de las diversas fuentes que alimentan su legitimidad institucional y la heterogeneidad de sus representaciones sociales dentro y fuera de los campus universitarios. Por legitimidad institucional de la universidad se puede entender, con Peter Burke, la “rutinización y trivialización” de las prácticas académicas que fortalecen la confianza en la autoridad de la universidad como institución social. Es una legitimidad que se construye entre poblaciones y territorios específicos, ahí donde el profesorado, estudiantes, egresados y directivos coexisten en campus universitarios locales, que establecen relaciones de intercambio, cooperación y conflicto con sus respectivos entornos sociales, económicos y políticos. Los códigos de la legitimidad son simbólicos (obtener un título, acreditar conocimientos, recibir recompensas monetarias, apoyos institucionales o satisfacciones intelectuales, alcanzar cierto prestigio profesional), pero también prácticos (habilidades, técnicas, instrumentos). Esa legitimidad institucional se traduce en un orden simbólico que establece reglas, rutinas y hábitos del homo academicus. La legitimidad implica la construcción de relaciones de cooperación y confianza entre los miembros de una comunidad con sus entornos. Pero esa legitimidad se encuentra estrechamente asociada a las representaciones sociales que giran en torno a ciertas ideas sobre la propia universidad. Se trata de sistemas de creencias y valores que conforman el complejo imaginario universitario que fijan la atención en la universidad como una figura de autoridad intelectual y profesional, un mecanismo de movilidad social, una oportunidad para mejorar o mantener posiciones o estatus de los individuos en los diversos contextos sociales. El tránsito por la universidad proporciona a los individuos prestigio y reputación, la formación de deseos, expectativas e ilusiones poderosas, pero también experiencias formativas, culturales y morales que configuran las trayectorias vitales del profesionista, el científico y el ciudadano. Si en el origen de las primeras universidades medievales las universidades funcionaban como monopolios que buscaban mantener fuera a los “francotiradores” y a los “especuladores intelectuales”(cono señalaron Norbert Elias o Vilfredo Pareto), en el siglo XXI las universidades son espacios abiertos a la inclusión de poblaciones diversas y heterógeneas. La universidad de masas es una creación del siglo XX que se ha transformado en el contexto de la estructuración de sistemas educativos diversificados, diferenciados y complejos. La universidad dejó de ser después de la segunda guerra mundial una institución monopólica de la educación superior. Hoy, es una figura institucional importante pero no monopólica. Durante el siglo XX, el poder institucional de la universidad latinoamericana significó el desarrollo y consolidación del poder autónomo de estas organizaciones, que se basa en el ejercicio de las libertades de docencia y de investigación, la gobernanza colegiada y los distintos modos de vinculación de las funciones universitarias con los contextos locales y nacionales. Pero desde finales del siglo pasado y las primeras dos décadas del siglo XXI, fue posible advertir un cambio importante en el sentido y la fuerza del ideal autonómico universitario. Para algunos, eso significó el debilitamiento de la autonomía; para otros, la transición desde la autonomía hacia la heteronomía; para algunos más, la desaparición de la autonomía. Hoy, el signficado de la universidad depende en cierta medida de las creencias de las élites políticas y gubernamentales al uso. Las épicas de la innovación tecnológica o la sacralización del pueblo como el principio de todas las cosas forman parte de las retóricas que intentan re-significar el sentido institucional, social o político de la universidad pública contemporánea. Son fuerzas que engrasan los engranajes de la heteronomía y erosionan el poder autónomo de la universidad. La búsqueda de una “gramática profunda” sobre la universidad es quizá el desafío intelectual y político más importante de los años por venir.

Thursday, December 09, 2021

Educar en tiempos malditos

Estación de paso La educación en tiempos malditos Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 09/12/2021) La educación mexicana es uno de los territorios sociales más golpeados por la crisis pandémica y económica de los dos últimos ciclos escolares (2019-2020, y 2020-2021). La suspensión de clases fue una medida de emergencia, de salud pública, que significó un escenario inédito para el sistema educativo: cierre total de escuelas, transición súbita desde las tradiciones presenciales hacia la virtualización educativa, cambios rápidos en las rutinas, hábitos y prácticas escolares. Las tradicionales brechas sociales de la desigualdad educativa se combinaron con las fracturas y brechas tecnológicas, en la que millones de estudiantes encerrados en sus casas experimentaron el impacto de la crisis con carencias pedagógicas, de conectividad y de comprensión en los procesos de enseñanza y aprendizaje. La experiencia de la crisis obligó a autoridades y ciudadanos a adaptarse, o resignarse, a un tiempo gobernado por riesgos e incertidumbres. En esas condiciones, la educación ha enfrentado dilemas y vacíos propios de la gestión de la crisis, que se combinan con la persistencia de déficits institucionales e insuficiencias acumuladas a lo largo de los últimos años. Los actores, procesos y recursos que configuran el sistema educativo han sido marcados por las decisiones públicas tomadas en los años de la pandemia. El futuro estará marcado por las herencias del pasado reciente, que siempre es, como decía Alfonso Reyes, “el enemigo”. Bajo estas consideraciones un grupo de investigadores en cuestiones educativas fue convocado a finales de la primavera de este año por el Centro de Estudios Estratégicos para el Desarrollo de la Universidad de Guadalajara para examinar no sólo el tamaño del impacto de la crisis sobre la educación, sino también para pensar en el futuro educativo mexicano. Fue así como Gilberto Guevara Niebla y quien estos escribe convocamos a 12 autores para explorar algunas de las dimensiones estratégicas de los impactos profundos de la gestión de la crisis en el sistema educativo, bajo la premisa de que la crisis educativa ya existía antes de la pandemia, pero que la gestión de dicha crisis le ha correspondido inevitablemente al actual gobierno federal. Gestionar crisis nunca ha sido un asunto fácil. Se ponen en juego instrumentos políticos y de políticas públicas pero también creencias, prejuicios y cálculos de quienes toman las decisiones. Gestionar crisis significa gestionar riesgos en contextos de alta incertidumbre y múltiples limitaciones de información y conocimiento. Esta fue la segunda premisa general de la convocatoria a los autores reunidos en el libro Educación: estrategias para la recuperación (EDUG, 2021). Bajo estas premisas, los colaboradores invitados examinaron 11 temas específicos, que van desde imaginar posibles escenarios futuros de la educación (Carlos Ornelas), hasta las implicaciones de la crisis en las relaciones entre educación y trabajo (Maria de Ibarrola), o el carácter al parecer irreversible de la educación híbrida (presencial/vitual) en los procesos de enseñanza-aprendizaje (Claudio Rama). Pero en el texto también se abordan los problemas de los distintos niveles y espacios educativos, desde la educación básica y media superior hasta la educación superior. Guevara Niebla plantea la confluencia de tres crisis en el contexto actual (la histórica, la pandémica y la del gobierno educativo), Héctor Franco examina los problemas del subsistema de formación de maestros, mientras que el exsecretario de educación estatal y profesor de banquillo Héctor Jiménez narra los problemas de liderazgo educativo en las escuelas primaria y secundarias del país. Por su parte, Juan Fidel Zorrilla examina los problemas de equidad y cobertura del nivel medio superior del sistema, y quien esto escribe explora los problemas del orden sin sistema que caracteriza a la educación superior, a pesar de los enunciados de gratuidad y obligatoriedad que dieron origen a la formulación de la Ley General de Educación Superior aprobada en mayo de este año. En el libro también se encuentran tres capítulos clave para comprender el presente y el futuro educativo mexicano. Uno tiene que ver con las perspectivas de la evaluación educativa en el contexto del COVID-19 (Eduardo Backhoff), otro sobre la caída dramática del presupuesto educativo en el contexto de recesión económica y desconexión educativa (Marco Antonio Fernández y Laura Noemí Herrera), y un análisis sobre las relaciones entre los resultados de la investigación educativa y las decisiones de política pública en este campo (Germán Álvarez Mendiola). Vistos en su conjunto, los trabajos reunidos en esta obra permiten obtener un buen mapa contemporáneo de los problemas, dilemas y desafíos de la educación mexicana en la era de la pandemia. Pero también permite pensar desde distintas perspectivas y profundidades los posibles futuros del sistema educativo a partir de algunas hipótesis, enunciados y propuestas de acción pública. Se trata no sólo de un libro de críticas fundadas en evidencia a la gestión gubernamental de la crisis educativa, sino de un esfuerzo por identificar y pensar de otra manera las huellas de los “tiempos malditos” en el futuro del sector, esos tiempos a los que se refería el escritor californiano Jack London cuando los hombres enfrentan circunstancias adversas.

Tuesday, November 30, 2021

Crónicas de música y política

Crónicas de música y política Adrián Acosta Silva (Nexos, Blog de música, 29/11/2021) A primera vista, quizá no existan dos actividades tan distantes como las del político y la del músico. Casi por (auto) definición, un político es lo opuesto a un músico, y la mayor parte de los músicos se declaran apolíticos. Siendo más oficios que profesiones, ambas actividades miran en direcciones distintas. Una tiene que ver con el poder, con sus relaciones y reglas, con la vida partidista, de grupos y tribus, con aprendizajes rápidos y decepciones lentas, con la gestión de la frustración, con la búsqueda de un puñado de ideales articulados a un par de proyectos más o menos coherentes, concentrados en la negociación rutinaria de intereses, pasiones y conflictos. La otra se asocia a la exploración de sonidos y letras, al ejercicio de la curiosidad, la imaginación y la inspiración necesarias para traducir realidades múltiples en canciones gobernadas por la compleja geografía de los sentimientos, expresadas por manos ágiles, partituras inteligentes y voces más o menos afortunadas. Ninguna universidad ofrece programas de formación de políticos exitosos (aunque hay miles de cursos, cursillos, talleres, conferencias, consultores que se promueven por todos lados al respecto), y tampoco nunguna escuela de música garantiza la formación de cantantes, ejecutores o compositores que alcancen la fama, la fortuna y el éxito en sus trayectorias. La política y la música son guiadas por una mezcla imprecisa de talento y oficio, de fortuna y virtud, aunque en ocasiones la educación ayuda a mejorar esas cualidades. La música preferida del político es el poder, su capacidad de representación y negociación de intereses propios y ajenos. La política del músico es alcanzar influencia en las sensibilidades de otros, su capacidad para trasmitir emociones e imágenes. Una se mide con votos y puestos. La otra, con discos y conciertos. Ambas se unen con el discreto encanto del dinero. Hay políticos a los que les gustaría ser músicos, y músicos a los que les seduce ser políticos. Es díficil identificar conexiones entre ambos mundos que vayan más allá de la cursilería, los elogios mutuos, los clichés y el rosario de los lugares comunes. Y sin embargo, esos enlaces a veces suceden. Tal es el caso de Renegados. Born in the USA (Debate, México, 2021). Un expresidente popular (Barack Obama) y un músico famoso (Bruce Springsteen) se reunieron a conversar durante el verano del 2020 en torno a temas de interés común, dictados por la intución, la experiencia y la incertidumbre ocasionada por la pandemia. Originalmente producido como un podcast, ese ejercicio mezcla los componentes propios de dos amigos que conversan frente a una taza de café un lunes por la mañana o unas cervezas frías algún viernes por la tarde. Es un muestrario de anécdotas, impresiones y recuerdos, un laberinto memorístico marcado por acontecimientos colectivos, historias familiares y trayectorias personales. No se trata solamente de una conversación entre amigos que se admiran mutuamente -alguna vez escribió Paul Auster que una amistad sólida sólo es posible entre dos personas que se admiran-, sino también de la reconstrucción subjetiva, inevitablemente arbitraria y azarosa, sin pretensiones, de una época y un contexto que comparten con algunos o millones de sus respectivos seguidores y detractores. Los orígenes de los dos personajes son muy distintos. Uno nación en Honolulú en 1961, el otro en Nueva Jersey en 1949. Obama tiene hoy 60 años y Springsteen 72. Uno es negro, de una familia biracial; el otro, blanco, de una familia de clase obrera. Uno estudió una licenciatura en la Universidad de Chicago, luego un posgrado en Harvard y fue profesor de leyes en la Universidad de Chicago. El otro, obtuvo el grado de bachelor en la Freedhold High School de Nueva Jersey, abandonó los estudios y a los veinte años de edad se dedicó a tocar con una banda de amigos de su barrio natal (E Street Band). Pero la diferencia de edades y escolaridades no explica el misterio de afinidades electivas comunes, y muchas de ellas se forjaron con los ritmos y sonoridades de la música de fondo que acompaña sus trayectorias vitales. Con Obama en la presidencia, se organizaron una serie de actuaciones en la Casa Blanca dirigidas a reconocer el cáracter multicultural de la sociedad americana: música popular, poesía, música y spoken word, música latina, música clásica, el sonido motown, música country, soul y blues. Por ahí actuaron en 2009 Tony Bennett y Stevie Wonder, Esperanza Spalding y Los Lobos; en 2010 la violoncelista Alisa Weilerstein y la activista Joan Baez, Bob Dylan y Smokey Robinson; en 2011 Kris Kristofferson y Alison Krauss; en 2012, Mick Jagger y Jeff Beck, Diana Krall y Burt Bacharach; en 2014 Mavis Staples y Aretha Franklin, y el propio Springsteen, en 2015. Este, por su parte, montó en 2017 una obra de teatro autobiográfica (Springsteen on Broadway), lanzó en los últimos años un par de discos de buena factura: Western Stars (2019) y Letter to You (2020), y apoyó con entusiasmo la campaña del candidato demócrata Joe Biden a la presidencia. El libro reproduce el tono coloquial de una larga charla entre amigos. Como tal, hay divagaciones y afirmaciones difusas, momentos aburridos, apuntes impresionistas, revelaciones emocionales y convicciones políticas o estéticas. Las 316 páginas del texto navegan con frases de diferentes intensidades y profundidades, que van del testimonio personal a la entrevista mutua. Recuerdos firmes, convicciones poderosas e incertidumbres compartidas imprimen diversas tonalidades a la charla, que en ocasiones sólo son comprensibles o interesantes para sus protagonistas. El humor, los sarcasmos e ironías, las coincidencias, las preocupaciones, los elogios a la lealtad, la responsabilidad y el compromiso social de la política o de la música, configuran las coordenadas morales que gobiernan la conversación entre el político demócrata y el músico de rock. El largo conversatorio entre Obama (BO) y Springsteen (BS) ofrece algunas viñetas interesantes sobre algunos temas. Éstas son algunas de ellas: Sobre la apropiación cultural BO: Todo eso de la apropiación cultural…La verdad es que no soy muy partidario de definir estrictamente quién puede hacer qué. BS: Estoy de acuerdo BO: Creo que todos hemos robado algo BS: Todo el mundo, en todos lados. Música y política BS: Con Born in the USA (1984) fue cuando supimos que era lo que teníamos que hacer, como banda, un poco como unidad social y también como unidad de entretenimiento, y cómo íbamos a fundir esas tres cosas. BO: Ser testigo de ese espíritu me hizo pensar: “Estaría bien que los políticos se comportasen así, como unos tipos que están tocando una buena canción”. Trabajar y bailar BS: Quiero transmitir una alegría salvaje y un hambre voraz por la vida. El sueño americano (otra vez) BO: ¿Qué hacía falta para restaurar la fe en la promesa de Estados Unidos? ¿Cómo contar un nuevo relato sobre el país que nos una, que sea fiel a nuestros ideales más elevados y almismo tiempo muestre con sinceridad los aspectos en que nos hemos quedado cortos? BS: En Estados Unidos, noventa y nueve céntimos no van a llevarte adonde quieres ir. Necesitas el dólar completo, amigo mío. BO: Lo que quiero hacer ahora es contar una historia que se contraponga a la historia que dice que el sueño americano lo define el hecho de acabar en lo más alto de una pirámide que cada día es más empinada o de que cuanta más gente haya debajo de ti, mejor. Las viñetas se acompañan de imágenes, fantasmas y apariciones que habitan los largos intercambios contenidos en el libro. Es posible que sean solo del interés de los seguidores de Obama y del Jefe Springsteen, pero quizá también llame la atención de quienes se interesan en comprender los extraños lazos que unen a las personas a través de los complicados caminos que conectan la cultura y la política. Es un texto de palabras y fotografías, de discursos políticos y canciones de letras de rock. Pero también es una biografía a dos voces, con el sonido de fondo de una música que influyó poderosamente en la educación sentimental de varias generaciones. Tal vez esas marcas culturales explican los estilos políticos y estéticos de los conversadores. Las elegantes y prudentes reacciones de Obama frente a los continuos ataques del trumpismo, forman parte del lado luminoso de la corrección política, orientada por la cortesía y la claridad como armas contra el insulto y el racismo. Por su parte, hace unos meses unos policías locales detuvieron a Springsteen por beber unos tequilas a bordo de su auto en un parque público de Nueva Jersey. Pagó su multa y se disculpó. Las actitudes y los comportamientos del expresidente y del rockero son muestras de que las brújulas morales son la clave de la política democrática y la música popular. Señales de que, a pesar de la turbulencia de los tiempos, representan las raíces profundas de la ética de la responsabilidad en una era de oscuridad y confusión política.

Thursday, November 25, 2021

Libros, escritorios, relojes

Estación de paso Libros, escritorios y relojes de arena Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 25/11/2021) https://suplementocampus.com/libros-escritorios-y-relojes-de-arena/ Los monasterios medievales han sido objeto frecuente de la historia, la ficción y la literatura (El nombre de la rosa, por ejemplo, de Umberto Eco). Sitios donde los límites entre lo espiritual y lo mundano eran difusos, en los monasterios se forjaron prácticas que luego se transmitirían a otros ámbitos de las esferas públicas y privadas de las sociedades europeas, como es el caso de las universidades. La organización de espacios y temporalidades, figuras de autoridad y rutinas, son parte de las herencias monacales a las universidades modernas. Hace unos días, el historiador y periodista catalán Josep Tomàs Cabot publicó en el diario La Vanguardia de Barcelona (11/11/2021) un artículo al respecto (“De la celda al scriptorium: la vida en un monasterio medieval”). El tema es atractivo no sólo para historiadores interesados en el papel de las iglesias, conventos y monasterios en las sociedades medievales europeas, sino también para quienes desde otras disciplinas analizan el papel de esos espacios en las relaciones de poder de las comunidades religiosas en el contexto más amplio de la construcción del orden social medieval entre distintos territorios y poblaciones. Es sabido que durante esa época los monasterios fueron piezas claves del orden político-social. Ligados al dominio de la iglesia católica, eran construcciones generalmente adyacentes a las grandes iglesias de las distintas regiones, en las cuales vivían de manera permanente religiosos que ejercían diversas funciones y realizaban múltiples tareas cotidianas. Los más jóvenes eran estudiantes que aspiraban a convertirse en clérigos y monjes, cuya formación escolástica descansaba en dos procesos: el aprendizaje del trivium (gramática, retórica y dialéctica) y del quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía). La organización del espacio y el tiempo era fuertemente regulada. Las celdas eran confinamientos solitarios, dedicados al descanso, la reflexión y el aislamiento individual, mientras que los espacios comunes se utilizaban para celebrar rituales, comer o trabajar. La vida interior descansaba en el principio “Ora et Labora” (Reza y trabaja), una norma interna utilizada desde el siglo IV en monasterios italianos, que significaba que las actividades de los monjes debían conjugar permanentemente la oración con el trabajo. Para ello, los relojes de arena jugaban un papel central en los espacios monacales. El horario de los monasterios se organizaba en 8 partes, denominadas “horas canónicas” comenzando con el amanecer (“Laudes”), prosiguiendo en periodos de tiempo de dos o tres horas cada uno (“prima”, “tercia”, “sexta”, “nona”, “vísperas”) y cerrando con el anochecer (“completas”). Los monasterios eran los más grandes depósitos europeos de libros clásicos entre los siglos VII y XVII. Ahí se resguardaban los textos fundacionales de la iglesia y de la grecia antigua, pero también se copiaban o se traducían del árabe al latín libros extraídos de las grandes bibliotecas de Persia, Egipto o Mesopotamia. Los libros se guardaban en grandes “armarios” (los libros como armas de la fe), y constituían el universo de la época, como se refiere Borges en La Biblioteca de Babel a esos amplios espacios organizados en anaqueles, galerías hexagonales y gabinetes. En esas bibliotecas medievales se encuentra una de las claves del prolongado poder social y político de la iglesia católica. La lectura y la escritura eran habilidades escasas en una sociedad de analfabetos, una característica que incluía tanto a las elites como a los pueblos, y esas habilidades formaban el núcleo del poder simbólico y práctico de los monasterios. El escritorio no era sólo un mueble sino un espacio fundamental de los claustros monacales. Ahí, los monjes leían durante largas horas sus códices y copiaban sus manuscritos. Por ello, los copistas eran altamente valorados en los monasterios. Su lugar de trabajo era el scriptorium, donde se colocaban cálamos (cañas huecas), pinceles, plumas de ave y tintas de diferentes colores. Esas eran sus herramientas básicas, con las cuales elaboraban libros, documentos oficiales y pergaminos solicitados por autoridades eclesiásticas o monárquicas. Requería dedicar mucha atención, tiempo y paciencia a la escritura de textos bíblicos, edictos y proclamas. La recompensa que recibían los copistas era el perdón por sus pecados. “La leyenda indica” -escribe Tomàs Cabot- “que por cada letra realizada se perdonaba un pecado”. Esa labor era minuciosamente supervisada por los monjes superiores, cuidando que las letras estuvieran “inspiradas por el espíritu divino” y no por “el demonio del orgullo”, como apunta Umberto Eco en su libro póstumo La memoria vegetal (Lumen, 2021). La combinación de bibliotecas, escritorios y relojes de arena configuraba los espacios adecuados para las prácticas que los monjes escribanos desarrollaban bajo las reglas de la fe y del trabajo. Esa disciplina fue transmitida a las primeras universidades europeas a partir del siglo XI, cuando las comunidades de estudiantes y profesores que eran las corporaciones o gremios escolares, formaron universidades como la de Bolonia, la primera en denominarse como tal en 1088. Los espacios físicos de las incipientes universidades fueron los monasterios, y las bibliotecas, el scriptorium, la cátedra (asiento elevado ubicado en el púlpito),o el seminarius, que se constituyeron como los símbolos principales del poder, del estudio y el trabajo en pueblos y ciudades europeas. De esas pìezas está hecha parte de la historia de las universidades modernas. Tiempo, libros y escritura conforman los dispositivos que hasta el siglo XVII eran gobernados por la fe, el temor a dios y la búsqueda de la salvación, una forma de racionalidad mística construida bajo el eterno sentimiento de culpa de los consagrados a la difusión de la religión católica en el mundo. La ilustración y el siglo de las luces imprimieron otro sentido a esas prácticas, orientadas ahora por una racionalidad gobernada por la experimentación, el escepticismo y la curiosidad intelectual, desarrolladas en un contexto de creciente autonomía institucional de las universidades. Las aguas profundas de la reflexión y la búsqueda del conocimiento condujeron a nuevos hallazgos y dudas, dirigidas hacia la construcción de pequeñas “islas del saber” situadas entre nuestros grandes “océanos de ignorancia”, como lo describió algun vez Norbert Elias.

Thursday, November 11, 2021

El futuro de la autonomía universitaria

Estación de paso El futuro de la autonomía Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 11/11/2021) https://suplementocampus.com/el-futuro-de-la-autonomia/ La autonomía universitaria es una idea, pero también un conjunto de prácticas que han coexistido permanentemente entre presiones externas y tensiones internas. La idea moderna consiste en que la autonomía es un supuesto básico (un derecho) para que las universidades puedan auto-organizarse y auto-gobernarse para fortalecer las libertades de cátedra e investigación como ejes del sentido institucional de la universidad pública contemporánea. Es autónoma respecto del Estado y del mercado, de las fuerzas que desean someter a la universidad a un proyecto o a un conjunto de intereses o dogmas que se consideran de un orden superior o prioritario. La larga historia de subordinación de las universidades medievales y coloniales bajo el dominio de la iglesia católica está detrás de la idea moderna, liberal, de la autonomía. La autonomía contemporánea descansa en la reflexión solitaria y el debate público, en la organización de dudas y la formulación de ideas más o menos novedosas. Es por eso que el principio maestro de la autonomía universitaria es la autonomía intelectual, el ejercicio del pensamiento libre, la crítica, la experimentación y el escepticismo. En los cubículos, aulas, laboratorios y auditorios, a través de redes y comunidades disciplinarias, coloquios, congresos o seminarios, estudiantes y profesores configuran espacios de diálogo y deliberación que acompañan o preceden innovaciones, cambios o aportaciones a la formación profesional, a la investigación científica o la vinculación institucional. Ese es el largo camino que la autonomía universitaria ha pavimentado lenta y conflictivamente en los últimos cien años. Sin embargo, un nuevo ciclo de tensiones entre el gobierno y la autonomía universitaria parece confirmarse en los últimos años. Desde la presidencia de la república hasta gobiernos estatales, desde el congreso de la unión hasta los partidos políticos, se han estimulado conflictos en torno al significado y los límites de la autonomía universitaria. Como ha ocurrido antes en otros contextos, la idea misma de la autonomía es cuestionada desde diversos frentes y por diferentes actores. En la experiencia mexicana, la resolución jurídica de esa idea quedó plasmada claramente en el texto del artículo tercero constitucional con la reforma de 1978, en la que se definió a la autonomía como un derecho, como una garantía a las universidades públicas tutelada por el Estado. Frente a la turbulencia de la coyuntura, las universidades han comenzado a movilizarse contra los cuestionamientos y descalificaciones del oficialismo y sus aliados. Esta coyuntura marca los perfiles del futuro de la autonomía universitaria. La agenda en construcción tiene que ver con las tensiones permanentes que habitan las relaciones entre las universidades y sus entornos: financiamiento público, libertad académica, compromiso social, responsabilidad pública, auto-gobierno institucional. Esa agenda marca en gran medida los posibles futuros de la universidad pública mexicana. Factores demográficos, políticos, económicos y tecnológicos constituyen las variables de contexto que marcarán la intensidad de los temas de la agenda. Un crecimiento constante de la demanda por educación superior, el mejoramiento relativo de la tasa de cobertura, la multiplicación de ofertas públicas y privadas de educación superior, configuran fuerzas que relocalizarán el papel y la pertinencia de las universidades públicas del país. Un crecimiento económico errático, de bajo desempeño, incrementará las desigualdades sociales y confirmarán el carácter mesocrático de las universidades publicas, sometiendo a un esquema de financiamiento federal crónicamente deficitario a estas organizaciones. Un mayor intervencionismo gubernamental orientado hacia el control del desempeño obligará a las instituciones a desarrollar estrategias de defensa y negociación de sus autonomías. La digitalización y la inteligencia artificial marcarán cambios en los procesos de formación profesional y el desarrollo de las actividades de investigación en las diversas disciplinas y áreas del conocimiento que se cultivan en las universidades, o presionarán hacia la exploración de nuevos campos científicos y profesionales. El escenario futuro de las universidades será una combinación compleja entre la prolongación de tendencias que ya existen y la aparición de nuevos fenómenos que presionarán por un ajuste al significado y las prácticas de la autonomía. El incremento de una lógica neo-utilitarista sobre la universidad dominará las políticas públicas, y se combinará con las exigencias sobre transparencia, rendición de cuentas, compromiso y responsabilidad social de las universidades. La demanda por educación y aprendizajes a lo largo de la vida, obligarán a las universidades a formular esquemas mucho más flexibles y abiertos para incorporar nuevas poblaciones de ciudadanos (de mayor edad y experiencias) a las aulas presenciales y virtuales universitarias. Los modelos de formación dual con empresas públicas y privadas, el desarrollo de patentes y prototipos, la asociación con organizaciones locales, nacionales o internacionales para el desarrollo e instrumentación de proyectos culturales, serán parte de los nuevos esquemas de vinculación con los entornos sociales. En este escenario, el cogobierno universitario se modificará sustancialmente. Los órganos colegiados tradicionales (consejos universitarios, colegios académicos, juntas de gobierno) modificarán su composición y funciones, incorporando actores universitarios y no universitarios. Las decisiones académicas y de gobierno dejarán de ser competencia exclusiva de estudiantes, profesores y directivos, para considerar también las voces de gobiernos, empresarios y liderazgos sociales, políticos y culturales. Un nuevo ciclo de tensiones será procesado bajo nuevas reglas y estructuras del poder universitario. Estos pueden ser los rasgos básicos de un futuro utópico o distópico de la autonomía universitaria. La temporalidad de este imaginario escenario futuro se construye desde ahora y es fruto del pasado reciente, y podría alcanzarse en los próximos diez o veinte años, digamos, hacia el 2030 o el 2040. Como toda visión prospectiva, los escenarios son gobernados por hipótesis surgidas del cálculo y la imaginación, que se alimentan del pesimismo o del optimismo, esos estados de ánimo tan frecuentes cuando se piensa en lo que puede ocurrir en el futuro. No son profecías catastróficas ni pronósticos luminosos. No obstante, pueden ayudar a orientar la reflexión y el debate sobre lo que las comunidades intelectuales y políticas pueden o deben hacer para construir un nuevo significado de la autonomía universitaria para el siglo XXI en entornos dominados desde hace tiempo por la incertidumbre.