Tuesday, October 11, 2011
Joyería de fantasía
Estación de paso
Joyería de fantasía
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 13 de octubre de 2011.
A la memoria de Pedro Torres Sánchez
Como sabemos desde hace años, mañana inician los “Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011”, según nos recuerda todos los días la publicidad de ocasión. Durante dos largas semanas la ciudad será el escenario de un espectáculo cuyo sentido deportivo es discutible pero cuya parte mercadotécnica y de negocios es clarísima. Luego de 6 años de haberse logrado la sede –eran los tiempos del anterior gobernador panista, el Sr. Ramírez Acuña- y tras un largo y sinuoso camino, los juegos llegaron ya. Más allá de maldiciones, bendiciones o indiferencias, el tema y el proceso que llevaron a este punto valen la pena no tanto por lo que son, sino como la representación de nuestro clima de época.
Como se sabe, los Panamericanos son la versión a escala regional de los Juegos Olímpicos. Pero ambos comparten el mismo perfil básico: son grandes espectáculos, el centro de numerosos negocios que tienen que ver con el anuncio de ropa y artículos deportivos, publicidad de bebidas y alimentos, venta de derechos de transmisión a las grandes empresas televisivas y de comunicación. Son también escaparates para la promoción política de gobernantes y funcionarios en turno, oportunidad para hacer negocios de constructoras y empresas inmobiliarias. Bien visto, lo último que importa en estos juegos son los deportes y los deportistas. El centro de todo estos lo consume el hoyo negro de la mercantilización del “espíritu deportivo”, como suelen denominarle de manera cursi los dueños del negocio (la ODEPA), los cronistas de los medios o nuestros gobernantes en turno.
Algunas áreas del mapa urbano fueron modificadas por las autoridades para remozar calles, pintar fachadas, construir estadios, crear nuevas avenidas, nuevas fuentes, camellones, jardinería de ornato, esculturas por todos lados, grandes anuncios, posters, promocionales radiofónicos y televisivos con sus jingles y spots de ocasión. La estética del marketing gobierna desde hace meses la ciudad, y bajo sus códigos de hierro se ha organizado la lógica del evento. Vender bien la idea, la imagen y los productos de los Panamericanos es, por supuesto, el nombre del juego. Los costos financieros, de tiempo y de desgaste de los ciudadanos de todos los días han sido enormes, pero los beneficios, nos dicen con insistencia monacal nuestro gobernador y su camarilla, serán enormes “para Jalisco”, como suele referirse el Sr. González Márquez a todos nosotros.
El oficialismo panista ha hecho todo para lograr que el evento sea la gran hazaña de su gestión, que permita superar la grisura y los fracasos de un gobierno caracterizado por escándalos, incapacidades y pequeños y grandes desastres políticos desde su inicio. La retórica más bien torpe de su gestión alrededor del tema panamericano ha intentado, sin mucho éxito, despolitizar y des-mercantilizar el acontecimiento, para colocarlo como una oportunidad para el lucimiento “de lo mejor que somos”, como insisten con la banalidad discursiva a la que nos tienen acostumbrados.
El hecho duro es, sin embargo, que los juegos fueron producto de una decisión política y económica, como suelen serlo todo este tipos de eventos. Y las consecuencias de esta decisión son también políticas y económicas. Bajo la retórica alucinante de las bondades intrínsecas del deporte como un asunto neutro, universal y químicamente puro, se esconden las aguas heladas del cálculo egoísta del rendimiento político y de negocios que subyacen en la organización del evento. Realizado con cuantiosos recursos públicos y privados, el espectáculo de la temporada muestra con crudeza el perfil del capitalismo de casino que se ha adueñado desde hace tiempo de la imaginación y las prácticas de políticos y empresarios.
El show se ha montado, y toda la parafernalia imaginable rodea su realización. Pronto se confirmará que sus actores principales no son los deportistas, sino las marcas de ropa, refrescos y teléfonos celulares, los funcionarios de la ODEPA, el gobernador y sus consejeros, las televisoras. Después del diluvio, en un par de semanas, si hay suerte, las cosas volverán a ser más o menos como antes. Y los costos y beneficios simbólicos, políticos y financieros serán distribuidos entre los organizadores, quizá entre algunos deportistas que serán las estrellas fugaces del momento, y que pavimentarán el camino hacia el espectáculo que viene, los juegos olímpicos del 2012 en Londres. Las medallas de oro, de plata o de bronce muy pronto quedarán sepultadas bajo las toneladas de joyería de fantasía que hoy promocionan abierta y alegremente los dueños del espectáculo.
Thursday, September 29, 2011
La realidad y sus intérpretes
Estación de paso
La realidad y sus intérpretes
Adrián Acosta Silva
“Señales de humo”, Radio U. de G., 29 de septiembre de 2011.
La vida pública mexicana está habitada en proporciones imprecisas por las interpretaciones que sobre distintos temas realizan sus ciudadanos, sus políticos, sus funcionarios o, con mayor fuerza y visibilidad cotidiana, por los medios de comunicación. En los últimos años, sin embargo, un nuevo conjunto de expresiones con nombre y apellido habitan eso que suele denominarse como “esfera pública”. Esos rostros, nombres y voces forman un pequeño ejército de columnistas, opinadores más o menos profesionales, analistas, comentaristas de distinto calibre académico, experiencia o raiting en los medios. El fenómeno quizá tenga que ver con aquello de que toda nueva religión requiere de sus intérpretes, y la post-transición mexicana ya se convirtió en algo parecido a una nueva religión local, con todo y sus seguidores y oficiantes de ocasión. Baste rastrear lo que ha ocurrido en Jalisco en los últimos 15 o 20 años para darse cuenta como la cantidad y diversidad de medios escritos, electrónicos, virtuales, radiofónicos, se ha multiplicado, y con ellos la cantidad de personas que analizan, comentan, opinan, o chismean sobre lo que ocurre en la ciudad, el estado, el país o en el mundo. No importa demasiado la consistencia de sus dichos, ni la veracidad de sus fuentes de información, ni la solidez de sus argumentos para opinar sobre tal o cual tema. Lo que interesa señalar aquí es el hecho: hoy tenemos más opinadores, columnistas, editorialistas y rumorólogos que en los años dorados del régimen priista. Ello no obstante, no es claro (quizá no debería de serlo, por lo demás), si esta “nueva opinión pública” (de alguna forma hay que llamar a la cosa), ha ayudado a comprender mejor nuestros problemas, a mejorar la calidad del debate público, o simplemente a organizar mejor que antes la crítica hacia las cosas que no hace bien el gobierno, los partidos, o los poderes fácticos.
Una parte de esta ola expansiva de medios y comentaristas tiene que ver con la función de los intelectuales en la vida pública. Como ha sucedido en todo el país, una franja significativa de los nuevos intérpretes proviene de los cubículos universitarios públicos y privados. Se trata de profesores o investigadores que habitan el mundo académico local, y que de pronto se convirtieron por azar, por convicción o por oportunismo -o por una mezcla de todo ello- en opinadores de todo asunto de interés público, es decir, del interés de los medios. Economistas, comunicólogos, sociólogos, politólogos, historiadores, filósofos, escritores profesionales y amateurs, se volcaron sobre los espacios que diarios y revistas, canales de televisión y de radio, la internet y los cafés virtuales, pusieron a disposición de los interesados para comentar, bajo el cielo protector de sus títulos y grados, o de sus libros y reconocimientos académicos, sobre casi cualquier cosa que salte a la gran arena de los medios. El resultado ha sido extraño pero claro: los académicos e intelectuales ya forman parte de un mercado de observadores privados sobre la cosa pública, en el que el ruido, la retórica y la incontinencia verbal habitan una parte importante de sus espectáculos habituales.
Pero como todo sistema de mercado, hay algunas plumas y voces que rápidamente se han colocado en la cúspide del circuito mediático. Son los que concentran la atención de medios y políticos, empresarios y funcionarios. Son los “líderes de opinión”, los editorialistas del círculo rojo gubernamental, los invitados frecuentes a espacios de “debate y crítica constructiva”, y que por supuesto gozan de canonjías y salarios que no son comunes entre la opinocracia. Pero la inmensa mayoría de los comentaristas locales son más bien una franja grisácea de voces y rostros que alimentan el interés de empresas e instituciones para “ganarse un espacio” en la esfera pública, que muestran una proclividad a ganar fama y prestigio colocando frases apantalladoras, ocurrencias al por mayor, lisonjas o descalificaciones al poder legítimo o a los poderes fácticos, denuncias mal o bien informadas sobre los más diversos asuntos. Y aquí, en este mundillo de expresiones, encontramos de todo: los tira-netas, los farsantes, los inocuos, los oficialistas, los pontificadores, los panfletarios, los activistas, los ingenuos, los desencantados. Hay también, por supuesto, un puñado de escribientes y locutores serios, que realizan su trabajo con solidez y coherencia, que ejercen el oficio crítico, que intentan ir más allá del lugar común, que construyen diatribas inteligentes, sarcasmos, ironías, escepticismos, sobre muchos de los hechos y temas que pueblan cotidianamente la vida pública en este Valle de Atemajac y sus alrededores.
Sin embargo, el ruido de fondo que domina el ambiente público suele ser confuso y a veces ensordecedor. Provoca la sensación de que todo es incomprensible, meros asuntos para iniciados. Da la impresión de que las buenas opiniones y comentarios se pierden en la espesura del griterío, en callejones mal iluminados de paredes largas, sin puertas ni ventanas. De cuando en cuando, algunas de esas voces suenan como llamadas nocturnas, que disipan o incrementan nuestras ansiedades e incertidumbres, justo como cantaba Joe Cocker en Night Calls, con la cadencia de una voz sabiamente curtida entre los tragos y el humo, acompañada por la guitarra discreta y eficaz de Mike Campbell. Bien visto, los nuevos intérpretes de estos años malhumorados y viles podrían tener como música de fondo el blues de las llamadas nocturnas que ejecuta con maestría el nacido entre las viejas fábricas de acero de Sheffield.
Wednesday, September 14, 2011
Los demonios de la razón

Estación de paso
Los demonios de la razón
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 15 de septiembre de 2011.
Hace unos días tuve oportunidad de ver una película alemana, realizada en 2008, titulada La banda Baader-Meinhof. Dirigida por Uli Edel, la película relata la historia de la “Facción del Ejército Rojo”, una organización político-militar surgida en los turbulentos años setenta en Berlín. En el marco de la guerra fría, de las movilizaciones universitarias contra la guerra de Vietnam, bajo la poderosa influencia de la teorías de los focos guerrilleros en América Latina (inspirados por la Revolución cubana y las figuras emblemáticas de Fidel y del Che), y alimentada fuertemente por las tesis maoístas y el marxismo-leninismo como fuentes de interpretación de la realidad europea y mundial de esos años, un grupo de estudiantes deciden que la única forma de intervenir activamente en la solución de los problemas era la vía armada, creando guerrillas urbanas en varias ciudades alemanas.
El hecho es significativo y, en cierta manera, fascinante, pues revela los resortes psicológicos, políticos e ideológicos que intervienen en la decisión, finalmente terrible, de tomar las armas y desafiar el establishment. El paso de la inconformidad y el malestar por lo que se considera una injusticia, hacia la abierta rebeldía, y de ahí a la acción armada hasta la inmolación, supone la intervención de varios mecanismos que estructuran la lógica metálica de un grupo político que decide transformarse en una banda terrorista. La racionalidad fría y a la vez apasionada de las acciones de la banda Baader-Meinhof, se expresa en un discurso edificado sobre la base de la indignación moral y la rabia contra el capitalismo, el imperialismo y los políticos convencionales de la Alemania de los años setenta.
Con la música de fondo de rolas como Mi Generación, de los Who, la cinta expone los acontecimientos y sus actores principales, las tensiones que genera el terrorismo en la sociedad alemana de la época, el papel de los conflictos en el medio oriente y la sombra espesa de la guerra fría que se desarrolla en ambos lados del muro de Berlín. La radicalización de un líder estudiantil (Baader) y de una periodista que decide abrazar la causa revolucionaria (Meinhof), es el combustible principal del activismo de la banda; pero es un radicalismo inexplicable si no se hace referencia también a la reacción de fanáticos ultraderechistas contra los líderes estudiantiles, y la incapacidad del Estado alemán para ofrecer una respuesta a las exigencias de muchos universitarios.
Secuestros, bombas y asesinatos se convierten en el modus operandi de un grupo convencido de la justeza de sus causas, de sus medios y fines, cuyo desenlace, están seguros, será la Revolución, la construcción del hombre nuevo, el inicio de una nueva historia para la humanidad. Sin embargo, a la sombra de este discurso luminoso e incendiario, se esconde una historia secreta de tensiones, contradicciones y ansiedades entre los propios miembros de la banda, que terminará por enviar a sus principales líderes a la cárcel y, finalmente, al suicidio.
La historia de la banda Baader-Meinhof es el relato de una ruta de violencia y desencanto, de utopías trágicas y de cálculos errados, de efectos indeseables y perversos, contrarios a las intenciones y objetivos de la banda. Recuerda bien la célebre frase de Goya según la cual “el sueño de la razón engendra monstruos”, la racionalidad como fuente de construcción de los peores demonios imaginables, los monstruos de la razón. La Facción del Ejército Rojo, con la parafernalia de fusiles y cuchillos, banderas y emblemas, como la organización de una cadena de interpretaciones en las que se hacen indistinguibles las causas, el cálculo y las consecuencias de la acción, para encaminar a un grupo y a muchos de sus seguidores al desfiladero y a varios abismos existenciales, morales y mortales. Una historia triste, de lecciones imprecisas, y de consecuencias trágicas para sus actores y para muchos (inocentes) observadores del terror y sus espectáculos.
Wednesday, August 31, 2011
Palos de ciego, cosas sin nombre
Estación de paso
Palos de ciego, cosas sin nombre
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 1 de septiembre de 2011.
Los trágicos acontecimientos del jueves pasado en Monterrey colocaron en una nueva perspectiva el problema de la delincuencia, la impunidad y el narcotráfico en México. Más allá del hecho puntual –a saber, el incendio como acto de venganza que una pandilla de extorsionadores hicieron a los dueños del Casino Royale por negarse a pagar las cuotas exigidas-, lo que representa es la confirmación de la ausencia de límites de la violencia de los grupos organizados, pero también la incapacidad gubernamental y social para disuadir la acción de los criminales. Aunque el vocablo “narco-terrorismo” apareció pronto como la explicación instantánea de lo ocurrido en la capital neoleonesa, hay muchos factores que llevan a tomarse con reservas el calificativo para denominar la acción incendiaria de la semana pasada.
En primer lugar, el terrorismo es una palabra que supone algo parecido a un proyecto, una ideología y una organización con fines e intereses más o menos claros. Estoy hablando aquí de la noción más clásica del terrorismo, la que surgió con la Revolución Francesa y con algunas vertientes del anarquismo, y que reapareció con fuerza en la segunda mitad del siglo XX, entre las guerras autonómicas del país vasco encabezadas por ETA, en España, o postmarxistas, como el caso de Sendero Luminoso, en Perú. Sin embargo, la acción de los grupos dedicados al narcotráfico, a la extorsión y al sicariato en México es otra cosa. Sus objetivos no son el poder político, ni hay una ideología que imprima cierta coherencia a sus acciones, ni un discurso que proporcione sentido organizativo a sus intereses. Lo que tenemos es más bien una cantidad difusa de tribus y grupúsculos que actúan más como gavilleros y talamontes que como organizaciones que intenten sistemáticamente debilitar el poder del Estado y atemorizar a cualquier precio a los ciudadanos. Los propios métodos de actuación son brutalmente elementales, producto más de la ocurrencia que del cálculo. Incendiar con gasolina un establecimiento, tras llenar algunos bidones con combustible comprado a unas cuadras del lugar, y luego dirigirse en un convoy para llevar a cabo su venganza, es un acto de ingenuidad y sencillez impropia de un grupo al que rápidamente y sin pensarlo mucho se le ha denominado “terrorista”.
Tal vez lo que tenemos frente a nuestros ojos es, insisto, otra cosa. Sí lo que no tiene nombre no existe , lo que observamos a través del fuego y el humo del norte es un fenómeno que hay que caracterizar de mejor manera para poder actuar eficazmente contra él. Quizá uno de los grandes fallos o debilidades de la estrategia calderonista contra el narco es que se argumentó desde el principio como una solución espectacular a un problema impreciso y vago, cuya complejidad y dimensiones parecen acrecentarse con cada nueva acción de los criminales. En esas circunstancias, la acción del gobierno parece convertirse cada vez más en parte del problema, y no en parte de la solución.
Por otro lado, cuando un conjunto de individuos actúan de manera irregular, inconsistente e impredecible, les favorece un clima de impunidad formado largamente a la sombra de las instituciones públicas y privadas. En esas circunstancias, se ha configurado un estado fáctico de excepción decretado no por el poder público (el Estado), sino por las bandas delincuenciales lideradas por sicarios, asesinos y matones, cuya inteligencia y capacidades parecen estar sobre-dimensionadas por el gobierno y por los medios. Frente a la multiplicación de las víctimas inocentes, la suma de todos los miedos está asociada a la lenta multiplicación de todas nuestras incapacidades. El debate se ha convertido en un torneo de discursos normativos y bienintencionados –salpicados de enormes dosis de cursilería e ingenuidad-, frente a otro conjunto de discursos (y prácticas) asociados a la instrumentación de acciones duras y abiertas contra los narcos, dando palos de ciego por todos lados, a pesar de los daños colaterales infligidos a víctimas inocentes. En otras palabras, el ocaso del sexenio calderonista está marcado por el empecinamiento presidencial en la implantación de una solución frente a un problema que, en realidad, son muchos, y la multiplicación de las voces que llaman hacia un alto al fuego sin un proyecto de solución factible a la vista. Peor, imposible.
Palos de ciego, cosas sin nombre
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 1 de septiembre de 2011.
Los trágicos acontecimientos del jueves pasado en Monterrey colocaron en una nueva perspectiva el problema de la delincuencia, la impunidad y el narcotráfico en México. Más allá del hecho puntual –a saber, el incendio como acto de venganza que una pandilla de extorsionadores hicieron a los dueños del Casino Royale por negarse a pagar las cuotas exigidas-, lo que representa es la confirmación de la ausencia de límites de la violencia de los grupos organizados, pero también la incapacidad gubernamental y social para disuadir la acción de los criminales. Aunque el vocablo “narco-terrorismo” apareció pronto como la explicación instantánea de lo ocurrido en la capital neoleonesa, hay muchos factores que llevan a tomarse con reservas el calificativo para denominar la acción incendiaria de la semana pasada.
En primer lugar, el terrorismo es una palabra que supone algo parecido a un proyecto, una ideología y una organización con fines e intereses más o menos claros. Estoy hablando aquí de la noción más clásica del terrorismo, la que surgió con la Revolución Francesa y con algunas vertientes del anarquismo, y que reapareció con fuerza en la segunda mitad del siglo XX, entre las guerras autonómicas del país vasco encabezadas por ETA, en España, o postmarxistas, como el caso de Sendero Luminoso, en Perú. Sin embargo, la acción de los grupos dedicados al narcotráfico, a la extorsión y al sicariato en México es otra cosa. Sus objetivos no son el poder político, ni hay una ideología que imprima cierta coherencia a sus acciones, ni un discurso que proporcione sentido organizativo a sus intereses. Lo que tenemos es más bien una cantidad difusa de tribus y grupúsculos que actúan más como gavilleros y talamontes que como organizaciones que intenten sistemáticamente debilitar el poder del Estado y atemorizar a cualquier precio a los ciudadanos. Los propios métodos de actuación son brutalmente elementales, producto más de la ocurrencia que del cálculo. Incendiar con gasolina un establecimiento, tras llenar algunos bidones con combustible comprado a unas cuadras del lugar, y luego dirigirse en un convoy para llevar a cabo su venganza, es un acto de ingenuidad y sencillez impropia de un grupo al que rápidamente y sin pensarlo mucho se le ha denominado “terrorista”.
Tal vez lo que tenemos frente a nuestros ojos es, insisto, otra cosa. Sí lo que no tiene nombre no existe , lo que observamos a través del fuego y el humo del norte es un fenómeno que hay que caracterizar de mejor manera para poder actuar eficazmente contra él. Quizá uno de los grandes fallos o debilidades de la estrategia calderonista contra el narco es que se argumentó desde el principio como una solución espectacular a un problema impreciso y vago, cuya complejidad y dimensiones parecen acrecentarse con cada nueva acción de los criminales. En esas circunstancias, la acción del gobierno parece convertirse cada vez más en parte del problema, y no en parte de la solución.
Por otro lado, cuando un conjunto de individuos actúan de manera irregular, inconsistente e impredecible, les favorece un clima de impunidad formado largamente a la sombra de las instituciones públicas y privadas. En esas circunstancias, se ha configurado un estado fáctico de excepción decretado no por el poder público (el Estado), sino por las bandas delincuenciales lideradas por sicarios, asesinos y matones, cuya inteligencia y capacidades parecen estar sobre-dimensionadas por el gobierno y por los medios. Frente a la multiplicación de las víctimas inocentes, la suma de todos los miedos está asociada a la lenta multiplicación de todas nuestras incapacidades. El debate se ha convertido en un torneo de discursos normativos y bienintencionados –salpicados de enormes dosis de cursilería e ingenuidad-, frente a otro conjunto de discursos (y prácticas) asociados a la instrumentación de acciones duras y abiertas contra los narcos, dando palos de ciego por todos lados, a pesar de los daños colaterales infligidos a víctimas inocentes. En otras palabras, el ocaso del sexenio calderonista está marcado por el empecinamiento presidencial en la implantación de una solución frente a un problema que, en realidad, son muchos, y la multiplicación de las voces que llaman hacia un alto al fuego sin un proyecto de solución factible a la vista. Peor, imposible.
Thursday, August 18, 2011
Crucero
Estación de paso
Crucero
Adrián Acosta Silva
“Señales de humo”, Radio U. de G., 18 de agosto de 2011.
Quizá uno de los rituales colectivos más interesantes que se pueden observar son los conciertos de música, especialmente de rock. Como varios otros eventos masivos –algunos encuentros de futbol, las peleas de box, no pocas manifestaciones políticas o de protesta- los conciertos de rock suelen ser espacios sobrecargados de expectativas, de creencias colectivas en torno a ciertos cantantes y grupos, de los que usualmente se espera obtener por lo menos un par de horas intensas, un recorrido por canciones y ritmos que a los espectadores les significan escuchar claves de una parte importante de sus vidas, y a los protagonistas la oportunidad de mostrar en vivo el oficio que eligieron. Por ello, todo concierto es un acto sustentado en un contrato no escrito entre público y músicos de ocasión: ofrecer un buen espectáculo, y premiar con aplausos, chiflidos o bostezos la música que reciben los espectadores.
Crossroads, por ejemplo, es un evento que organiza desde 2004 Eric Clapton, a través de la Fundación del mismo nombre. Su propósito es reunir fondos para sostener la organización que creó Clapton en 1998 para ayudar a superar el problema de las adicciones, y que tiene su sede en la isla de Antigua, en El Caribe. Sobreviviente de todo tipo de excesos, el autor de canciones como “Layla” e integrante de míticas bandas de rock como Cream, o Blind Faith, conoce de cerca los demonios de la droga y el alcohol, los mismos que se han llevado a la tumba a varios de los personajes que habitan el panteón musical moderno, desde Janis Joplin hasta, muy recientemente, Amy Winehouse. Por ello, el Centro Crossroads es un esfuerzo filantrópico para tratar de rehabilitar a quienes por diversas razones eligieron, o quedaron atrapados, por la música dulce de los paraísos artificiales. Con ese propósito, Clapton y amigos realizan con alguna frecuencia conciertos masivos para reunir fondos y dar a conocer a la propia fundación.
La más reciente de esas celebraciones fue en julio del 2010, en la ciudad de Chicago. El anterior, celebrado en 2007, también en el mismo lugar, fue grabado en vivo y distribuido en formato DVD. Como otros eventos anteriores, el criterio básico para invitar a cantantes y grupos a participar en el festival es la guitarra, que en buena medida es el instrumento central del blues y del rock, y en cuya ejecución el gran maestro de todos los tiempos es el mismísimo profesor Clapton. Dividido en dos discos cuya duración supera las cuatro horas, Crossroads Guitar Festival 2007 (Rhino, 2007) es una obra deslumbrante no sólo por la calidad y cantidad de los músicos reunidos y por los miles de asistentes que disfrutaron el concierto, sino también por la mirada que el director (Martyn Atkins) logró posar en los músicos principales y secundarios, en los técnicos y asistentes, en lo que sucede tras el escenario, y las diversas expresiones de lo que ocurre entre el público.
25 grupos y cantantes ocupan en diversos momentos el centro del escenario que se instaló en el estadio Toyota Park de Chicago. Son 25 estilos que reúnen a las vacas sagradas del blues (B. B King, Buddy Guy, Hubert Sumlin, Johnny Winter, el mismo Clapton), con grupos de blues digamos poco ortodoxo, como Los Lobos, y la incorporación de viejos amigos y músicos que han acompañado a Clapton en otros tiempos como Steve Winwood, Jeff Beck, o Robert Cray, hasta cantantes más ligados al folck como Willie Nelson, Albert Lee o Sheryl Crow. Pero también aparecen la que podría ser la nueva generación de guitarristas de blues: Doyle Bramhall II o John Mayer, por ejemplo, un par de jóvenes talentosos, que, aunque aparecen un tanto cohibidos por la presencia de las leyendas mencionadas, tuvieron una presencia bastante digna. La conducción del evento estuvo a cargo del actor Bill Murray, quién logró inyectar un tono anti-solemne al concierto, y hasta interpreta una fracción de Gloria, la rola clásica de Van Morrison.
Para los que somos cada vez más reacios a participar en eventos masivos, acercarnos a ellos a través de la existencia de un DVD es una experiencia casi religiosa. Mirar la maestría de los guitarristas, el entusiasmo de los músicos, escuchar piezas maestras del blues y del rock como si fuera la primera vez, mientras que se observan las diversas reacciones de los asistentes, resulta un ejercicio reconfortante, en cierta manera aleccionador, en torno a la misteriosa fascinación que la música ejerce entre muchos de los que nos formamos en las largas filas del rock. Con todo y los gritos, los aplausos, y los bostezos (que, legítimamente, también forman parte del espectáculo), Crossroads Guitar Festival 2007 es un documental que reafirma la certeza de que la música es una enfermedad, que escuchamos para tratar de compensar carencias, quizá para curarnos, como diría Paul Auster respecto de la escritura. En los tiempos en que el espacio público es una colección de diatribas y lamentos de todo calibre, en voces que alimentan todos los días la certeza de que padecemos una suerte de catástrofe moral, y donde muchos espacios privados están dominados por un silencio cósmico, guarecerse en la contemplación hedonista de un buen concierto de rock es un acto gobernado por la intuición de que la vida es, a veces, menos aburrida de lo que aparenta.
Thursday, July 21, 2011
La felicidad es un arma caliente
Estación de paso
La felicidad es un arma caliente
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 21 de julio de 2011.
Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna….
Groucho Marx
Sí, justo como la rola clásica de los Beatles. “La felicidad es un arma caliente”, quizá el mejor título de una canción en la historia del rock, como alguna vez sugirió el escritor Juan Villoro. Sentimiento elusivo, tramposo, “fugaz y traicionero”, como también apuntaba en tono de bolero el buen Licenciado Lara, treinta años antes que Lennon y McCartney. Definirla es una tarea complicada, en cierta manera un divertimento imposible. Y sin embargo la felicidad existe, es una expresión inevitablemente momentánea de bienestar, de satisfacción, relacionada con un hecho, algún evento, el cumplimiento de ciertos deseos, la obtención de algún logro o beneficio. Su presencia esporádica en la vida de las personas o de las comunidades no elimina el hecho de que su aparición o sus representaciones suelen provocar la sensación de que la vida es buena, de que vivimos en el mejor de los lugares y comunidades. El ejemplo reciente es la percepción, estadísticamente comprobable, de que vivir en Guadalajara es motivo de felicidad, según dicen las encuestas de “Jalisco cómo vamos”, el promocionado proyecto local al respecto, presentado con bombo y platillo la semana pasada ante los medios, funcionarios y políticos de la localidad.
Medir la percepción de la felicidad, sin embargo, es una tarea arriesgada, fundamentalmente ambigua, y sus resultados suelen ser polémicos. Más aún: es contradictoria cuando se observa el malestar o la insatisfacción con las condiciones materiales de existencia de individuos, grupos y comunidades. Ser feliz aún cuando hay quejas contra la economía, contra el gobierno, malestar contra los sistemas locales de salud y de seguridad pública, diatribas contra la política y los partidos, o pleitos cotidianos con los vecinos, insinúa algo que Don Ismael Rodríguez documentó desde hace tiempo, armado con el puro poder de su intuición: los pobres son más felices que los ricos. No es la visión descarnada y despiadada documentada a contraluz por otro cineasta de la misma época de Don Ismael, Luis Buñuel, en Los Olvidados: la pobreza como combustible diario de la violencia, la infelicidad y el miedo.
Escuchar alguna canción, leer un buen libro, sacarse la lotería, ser correspondido en el complicado mundo de los afectos, suelen ser acontecimientos que provocan sentimientos felices. Pero disfrutar una cerveza fría o beber un buen whisky pueden ser también motivos suficientes para constatar que Dios existe, que la felicidad, como el diablo, está en los detalles. En esta visión minimalista de los sentimientos, la felicidad esporádica y fugaz es la única de las felicidades posibles, como sugería en algún texto Octavio Paz.
Para autores cáusticos como Cioran, la felicidad es simplemente una ilusión, una alucinación provocada por la amargura y el aburrimiento de la vida cotidiana. Mucha filosofía de farmacia se ha encargado de promover la idea de que la felicidad está al alcance de todos, de que tiene un precio y un valor disponible en el mercado, en la fe, de que es un asunto de voluntad individual. La búsqueda de la felicidad como ejercicio de cálculo y obtención deliberada de recompensas y alegría instantáneas, va siempre acompañada del optimismo, una fórmula que vende bien hoy día. En el imperio de las emociones al mayoreo, esa fórmula (felicidad más optimismo) ocupa un papel central en el ordenamiento de las preferencias que los nuevos chamanes, sesudos expertos y comerciantes de ocasión atribuyen a las percepciones de los individuos, como si las percepciones subjetivas fueran equivalentes a realidades objetivas. Pero ello es una muestra, sofisticada y moderna, de un antiguo hábito: crear ilusiones como antídoto contra la realidad, contra lo insoportable. Es parte de los esfuerzos que Cioran, es sus demoledores Silogismos de la amargura, atribuía a la especie humana: “nos empeñamos en abolir la realidad por miedo a sufrir”. Nos declaramos felices por el temor al miedo.
La felicidad es un arma caliente
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 21 de julio de 2011.
Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna….
Groucho Marx
Sí, justo como la rola clásica de los Beatles. “La felicidad es un arma caliente”, quizá el mejor título de una canción en la historia del rock, como alguna vez sugirió el escritor Juan Villoro. Sentimiento elusivo, tramposo, “fugaz y traicionero”, como también apuntaba en tono de bolero el buen Licenciado Lara, treinta años antes que Lennon y McCartney. Definirla es una tarea complicada, en cierta manera un divertimento imposible. Y sin embargo la felicidad existe, es una expresión inevitablemente momentánea de bienestar, de satisfacción, relacionada con un hecho, algún evento, el cumplimiento de ciertos deseos, la obtención de algún logro o beneficio. Su presencia esporádica en la vida de las personas o de las comunidades no elimina el hecho de que su aparición o sus representaciones suelen provocar la sensación de que la vida es buena, de que vivimos en el mejor de los lugares y comunidades. El ejemplo reciente es la percepción, estadísticamente comprobable, de que vivir en Guadalajara es motivo de felicidad, según dicen las encuestas de “Jalisco cómo vamos”, el promocionado proyecto local al respecto, presentado con bombo y platillo la semana pasada ante los medios, funcionarios y políticos de la localidad.
Medir la percepción de la felicidad, sin embargo, es una tarea arriesgada, fundamentalmente ambigua, y sus resultados suelen ser polémicos. Más aún: es contradictoria cuando se observa el malestar o la insatisfacción con las condiciones materiales de existencia de individuos, grupos y comunidades. Ser feliz aún cuando hay quejas contra la economía, contra el gobierno, malestar contra los sistemas locales de salud y de seguridad pública, diatribas contra la política y los partidos, o pleitos cotidianos con los vecinos, insinúa algo que Don Ismael Rodríguez documentó desde hace tiempo, armado con el puro poder de su intuición: los pobres son más felices que los ricos. No es la visión descarnada y despiadada documentada a contraluz por otro cineasta de la misma época de Don Ismael, Luis Buñuel, en Los Olvidados: la pobreza como combustible diario de la violencia, la infelicidad y el miedo.
Escuchar alguna canción, leer un buen libro, sacarse la lotería, ser correspondido en el complicado mundo de los afectos, suelen ser acontecimientos que provocan sentimientos felices. Pero disfrutar una cerveza fría o beber un buen whisky pueden ser también motivos suficientes para constatar que Dios existe, que la felicidad, como el diablo, está en los detalles. En esta visión minimalista de los sentimientos, la felicidad esporádica y fugaz es la única de las felicidades posibles, como sugería en algún texto Octavio Paz.
Para autores cáusticos como Cioran, la felicidad es simplemente una ilusión, una alucinación provocada por la amargura y el aburrimiento de la vida cotidiana. Mucha filosofía de farmacia se ha encargado de promover la idea de que la felicidad está al alcance de todos, de que tiene un precio y un valor disponible en el mercado, en la fe, de que es un asunto de voluntad individual. La búsqueda de la felicidad como ejercicio de cálculo y obtención deliberada de recompensas y alegría instantáneas, va siempre acompañada del optimismo, una fórmula que vende bien hoy día. En el imperio de las emociones al mayoreo, esa fórmula (felicidad más optimismo) ocupa un papel central en el ordenamiento de las preferencias que los nuevos chamanes, sesudos expertos y comerciantes de ocasión atribuyen a las percepciones de los individuos, como si las percepciones subjetivas fueran equivalentes a realidades objetivas. Pero ello es una muestra, sofisticada y moderna, de un antiguo hábito: crear ilusiones como antídoto contra la realidad, contra lo insoportable. Es parte de los esfuerzos que Cioran, es sus demoledores Silogismos de la amargura, atribuía a la especie humana: “nos empeñamos en abolir la realidad por miedo a sufrir”. Nos declaramos felices por el temor al miedo.
Wednesday, July 06, 2011
Aire de familia

Estación de paso
Aires de familia
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 7 de julio de 2011.
Las imágenes, crónicas y notas periodísticas cotidianas sobre lo que sucede actualmente en España o en Grecia nos hablan de que un viejo fantasma recorre Europa: el fantasma de la rebelión. El plantón de “Los indignados” en España, o de la oposición popular a las decisiones del parlamento en Grecia, o la protesta contra los recortes en Gran Bretaña, son, a la vez, síntoma y causa de un estado de cosas contra el cual un sector importante de la población manifiesta su furia: contra la economía, la política, el gobierno, las empresas. El reclamo es confuso pero tumultuoso. No hay ideas claras, ni agendas, ni propuestas específicas. Hay hartazgo, malestar, impotencia, desconfianza más o menos generalizada, incertidumbres corrosivas, contra un orden que se aprecia más bien como una zona de desastre, que impide imaginar futuros distintos, y cuyo combustible pesado es la maldición sobre el presente.
Lo que sucede hoy, sin embargo, tiene un cierto aire de familia con lo que sucedió en otros tiempos y contextos. Específicamente, con lo que ocurrió hacia finales de la década de los sesenta y principios de los años setenta en Francia, en Alemania, en los Estados Unidos, en Inglaterra. Los actores fueron básicamente los mismos: los jóvenes, además, urbanos, estudiantes universitarios, clasemedieros. Los movimientos estudiantiles o las movilizaciones contra la guerra, fueron expresiones de insatisfacción contra el establishment, contra los políticos y los gobiernos, por la conquista de libertades sexuales, de pensamiento y expresión, de organización, vagamente anti-partidistas y claramente comunitarios. Con el soundtrack de la época –dominado inconfundiblemente por el rock, los sonidos y las voces de Dylan, de Lennon, de Jefferson Airplane, de Buffalo Springfield-, las manifestaciones que recorrieron buena parte del mundo occidental de la época fueron consideradas como la expresión social de un malestar profundo con la cultura consumista, contra la moral conservadora y contra la democracia y sus instituciones y actores. Esa interpretación dio origen a un texto célebre, relativamente famoso en su tiempo y que hoy tiene un estatus inconfundiblemente clásico: Las crisis de las democracias. Un reporte a la Comisión Trilateral, elaborado por tres politólogos importantes: Samuel Huntington, Michel Crozier y Jiao Watanuki.
Dicho reporte fue elaborado en 1974 y publicado originalmente en inglés en el verano del ´75.El texto consistía en formular un diagnóstico de las causas que explicaban el malestar y, además, las posibles soluciones para enfrentarlo. El argumento del reporte es clásico: el malestar social es causado por la sobrecarga de demandas de los ciudadanos a la democracia y el estancamiento en la capacidad de los gobiernos y el sistema político democrático para responder a dichas demandas. Esto generaba una crisis de gobernabilidad de las democracias, es decir, dificultades estructurales para atender con dosis razonables de estabilidad, eficacia y legitimidad dichas demandas. Otros autores, señaladamente Jurgen Habermas y Claus Offe, interpretaron los fenómenos del descontento como una crisis de legitimidad de las democracias capitalistas, producto de las desigualdades económicas y de los problemas de la representación política. Estas interpretaciones habitaron el debate político, académico e intelectual durante varias décadas, y hoy parecen resurgir con fuerza teniendo como telón de fondo las movilizaciones en Madrid, Atenas o Londres.
Desde esta óptica, lo que tenemos frente a nosotros puede ser interpretado como una típica crisis de ingobernabilidad de las democracias europeas. Sin embargo, hay diferencias notables con lo ocurrido hace 4 décadas. Es una crisis surgida luego de un largo período de prosperidad económica, de bienestar social y de cambio y estabilidad política democrática. Los niveles de bienestar alcanzados son notablemente superiores a los que esos países tenían hace 40 años. Las exigencias sociales y económicas de los jóvenes y no pocos adultos –empleo, seguridad social, futuros- sobrepasan la capacidad de los regímenes democráticos y de las economías posindustriales para satisfacerlos de manera razonable, es decir, eficiente, estable y legítima. Las viejas y nunca resueltas tensiones entre capitalismo y democracia parecen emerger en un horizonte político y sociocultural distinto al que predominó en los años sesenta, en donde los reclamos de los desempleados, los desencantados y los desesperanzados de hoy escupen hacia los que, en buena medida, fueron actores e impulsores de los cambios económicos y las transiciones a la democracia de los años setenta y ochenta del siglo pasado. Lo que tenemos es el sonido y la furia propios del fin de un ciclo y el comienzo incierto de otro, con una música de fondo que ya no es el rock, sino tambores, mezclas electrónicas de ritmos inclasificables, globales y locales al mismo tiempo, que acompañan una etapa imprecisa de cambio, en donde la imaginación social, el mercado y la política miran hacia lados diferentes, emitiendo señales encontradas.
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