Thursday, July 19, 2012

Sonidos de música impura



Estación de paso
Sonidos de música impura
Señales de humo, Radio U. de G., 19 de julio, 2012.
Adrián Acosta Silva
Ahora que muchos de los héroes sobrevivientes del rock comienzan a pasar la dilatada frontera de sus propios años setenta, quizá sea momento de recordar que todos ellos fueron jóvenes y que, mirados desde algún balcón de los años sesenta, representaban, hace medio siglo, la música del futuro. Hoy, por supuesto, los Rolling Stones, los Beatles, Pink Floyd, Bob Dylan, Deep Purple, The Who, Led Zepelin, Jethro Tull, The Doors o Jefferson Airplane, encarnan ya, con menor o mayor intensidad, la música del pasado, esos sonidos que habitaron la sensibilidad cultural de la segunda mitad del siglo XX, y que forman parte importante de cierta educación sentimental de algunos de nosotros.
Muchas aguas han corrido bajo los generosos puentes creados por estos músicos. Intérpretes de tiempos cambiantes y difíciles, irrumpieron en el clima cultural y político occidental con guitarras, bajos, teclados, baterías y trompetas que acompañaban letras desafiantes, ritmos nuevos, voces que representaban la insatisfacción de muchos jóvenes con el mundo que les tocó vivir. Con más intuición que conocimiento, el rock era para ellos una forma específica de rebeldía, la expresión de cierto malestar con la cultura (Freud dixit), que se organizaba en letras y ritmos de origen bastardo en torno a temas como la sexualidad, la crítica a la violencia y a la política, la defensa por las libertades culturales de las nuevas generaciones, la legitimidad de la estética juvenil, que incluía el disfrute del ocio, la expansión de las puertas de la percepción, la importancia de los paraísos artificiales. Freud, Huxley, Ezra Pound, Baudelaire, Dylan Thomas, Marcuse, Marx, Flaubert, Henry James, forman parte de los autores que una generación hizo suyos, y que sirvieron en muchos casos para producir un lenguaje público novedoso, creativo y desafiante. El otro gran afluente del rock provino de las formas populares de poesía originarios del delta del Mississipi, en el sur profundo norteamericano: el blues de Robert Johnson, de Muddy Waters, de Howlin´ Wolf, de Elmore James, de B.B. King, fue la música de la adolescencia de quienes luego estallarían como los grandes héroes del rock.
Pero aunque muchos de los rockeros eran jóvenes, no todos los jóvenes eran rockeros, una obviedad que se suele olvidar cuando se habla del rock como fenómeno sociocultural. Quienes lo disfrutaban, además, no eran todos los jóvenes, sino jóvenes de segmentos específicos: clase media urbana, hijos de obreros industriales, baby boomers nacidos hacia finales de la segunda guerra mundial. Se trataba de un movimiento nacido en los barrios industriales de Londres, de Manchester o de Liverpool, de los suburbios de Nueva York, San Francisco o Los Angeles, producto de la transición de la música rural a la música urbana que acompañó el cambio social de una época de crisis a una de prosperidad, de crecimiento económico, de democratización política y expansión educativa, que explican la incubación de un nuevo espíritu de época. Para decirlo en breve: en gran medida, las bases culturales que explican el florecimiento del rock son impensables sin hablar de las bases materiales que hicieron posible el surgimiento de nuevas sensibilidades.
Hoy, muchas de las frases que mostraron el carácter irreverente del rock se han vuelto lugares comunes. “Nunca confíes en los mayores de 25 años” se ha convertido justamente en lo contrario: “Nunca confíes en nadie menor a los 25”. La célebre “Amor y paz”, y su expresión con los dedos medio e índice, nacida entre los aromas del incienso y la mota del Flower Power en San Francisco, es usada hasta por los políticos más conservadores e ignorantes, como, por ejemplo, George W. Bush o nuestro inefable Vicente Fox. La parafernalia del rock, de la psicodelia a la protesta política, se ha convertido en material de uso común de la mercadotecnia, la publicidad y el consumismo en forma de refrescos, autos deportivos, ropa, calzado, perfumes, computadoras y teléfonos inteligentes. La metamorfosis del género bajo los códigos de hierro de la sociedad de consumo del capitalismo, no eliminó, sin embargo, el veneno bajo la piel rockera. Tom Waits, Nick Cave, John Meyers, The Strokes, Jack White, Amy Winehouse, Mark Lanegan, forman parte de los músicos que continúan produciendo el sonido y las letras eclécticas provenientes de las aguas profundas del rock.
Cantantes, compositores y músicos de varios géneros rockeros auguraban vida eterna al rock (“El rock nunca morirá”, sentenció con seguridad envidiable a finales de los setenta un entusiasmado Neil Young). Pero si vemos con cierto detenimiento los rostros y figuras de Dylan, de Eric Clapton, de Paul McCartney o de John Mayall tendremos por seguro que el rock no es la fórmula de la juventud eterna. Forever Young es un buen himno de la época, un culto a la juventud como un problema de actitud, más que como un problema cronológico, aunque, bien visto, el mito de la juventud eterna esté asociado más a la figura trágica de Drácula (condenado a vivir eternamente joven) que a la figura crápula de Keith Richards (víctima o sabio de todos los excesos imaginables). De cualquier modo, el legado del rock forma ya parte de los haberes de la cultura occidental, un legado que se diluye y confunde con la música contemporánea, una herencia bastarda, impura, capaz de producir una sonoridad que ha tenido efectos meta-generacionales díficiles de comparar.

Wednesday, July 04, 2012

¿Regreso al futuro?

Estación de paso
¿Regreso al futuro?
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 5 de julio de 2012.

Para muchos, el regreso del PRI a la Presidencia de la República tiene cierto aire de familia con una incómoda sensación de regreso al futuro. Para algunos, incluso, se trata de lidiar con el riesgo de una típica restauración autoritaria. Pero bien visto, el retorno del PRI es un poco más complejo de lo que se puede mirar a primera vista, cuando aún se están contando los votos y llenando las actas electorales. Por sus actores y protagonistas, por el discurso del ganador, por la parafernalia que rodea al vencedor en turno, todo apuntala la impresión de que el triunfo electoral que obtuvo la coalición centroderechista entre el PRI y el Partido Verde sobre la izquierda lópezobradorista y sobre la derecha panista, significa que el partido histórico del siglo XX mexicano vuelve al poder presidencial con tradiciones y novedades, con la carga de prácticas, de rutinas y de mecanismos de gestión política que nunca ha abandonado desde su despedida de Palacio Nacional en julio del año 2000, pero también con un sistema político y una sociedad que, en más de un sentido, ya no es la misma de los años noventa.
Doce años después las cosas han cambiado de manera importante, y las biografías de las personas revelan, en parte, esos cambios. El Presidente electo tenía 34 años cuando el PRI se despidió de Los Pinos y se convirtió en la primera fuerza de oposición política nacional. Seis años después, a sus cuarenta, vio como su partido era lanzado al tercer lugar de los resultados electorales cuando su candidato, Roberto Madrazo, terminó hundiendo al PRI a nivel nacional y en muchas entidades y municipios a índices históricos de baja aceptación política entre los ciudadanos, mientras que la derecha y la izquierda política mantenían una encarnizada lucha por los primeros lugares electorales. Como muchas fuerzas políticas priistas en las escalas estatales y locales, el priismo de Peña Nieto se guareció de los efectos de las derrotas electorales en sus enclaves regionales, ganando elecciones locales y estatales. Su triunfo como Gobernador en el Estado de México en el año 2005, significó resistir, desde el oficialismo local, los sinsabores y penurias de ser parte de la oposición política nacional al oficialismo panista, primero con el foxismo, y luego con el calderonismo. Al igual que el PRD, esa ventaja competitiva le significó construir una cabeza de playa para los procesos electorales que se desarrollarían en 2009 y, ahora, en el 2012, y que le significarían no sólo la supervivencia política, sino también, como atestiguan las cifras electorales correspondientes, el crecimiento notable de su fuerza política nacional.
EPN representa las transformaciones y transfiguraciones de la identidad política priista crecida bajo el abandono de las ideas de la Revolución mexicana, del entierro del discurso del nacionalismo revolucionario, y de la idea misma del Estado como agente de cambio. Nacido en 1966 en Toluca, tenía solo 5 años cuando ocurrió el festival de Avándaro y moría, en París, Jim Morrison; cuando cumplió la mayoría de edad estalló la crisis de la deuda que llevó al país a la década perdida. Siendo un joven estudiante universitario veinteañero se enteró de la fractura en su partido el PRI, que posteriormente conduciría a la rebelión cívica de 1988, cuando el Frente Democrático Nacional, encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas, estuvo a punto de arrebatar la presidencia a Carlos Salinas de Gortari. Años después, a sus 28, miraría el asesinato del candidato presidencial del PRI en Lomas Taurinas, en Tijuana. Egresado como abogado de las aulas de la Universidad Panamericana (una universidad privada de élite), y con una maestría en administración cursada en el Tec de Monterrey (la joya de la corona del mercado de la educación superior privada), el hoy presidente electo simboliza muy bien cómo una buena parte de la clase política priista decidió cambiar muchos de sus viejos hábitos y preferencias para tratar de adaptarse a redes sociales y políticas diferentes, en un entorno político más competido y hostil al propio priismo.
Los priistas de hoy ya no hablan de nacionalismo sino de cosmopolitismo, elogios al libre comercio y a la globalización. Hoy suelen formarse en universidades privadas y no públicas. Hoy como ayer, se sienten cómodos nadando en las aguas discursivas del populismo, una ideología cuya principal virtud es la ambigüedad, y de la cual suelen beber en sorbos generosos según sea el tiempo, los temas y las circunstancias. Son capaces de presentarse como una fuerza política que algo aprendió de sus años como oposición política nacional, que reconoce que no pueden volver a gobernar a México como lo hizo el PRI en sus años dorados, y que el presente político mexicano es considerablemente más complejo al que enfrentó ese partido en los años largos del desarrollismo de los setenta, al que le siguió la crisis y el ajuste estructural de los ochenta y noventa, y que hoy debe enfrentar los déficits y saldos negros acumulados pacientemente por el panismo en los tiempos del estancamiento fúnebre de la primera docena de años del siglo XXI.
Dicen que la biografía de las personas encarna de cierta forma la biografía de las sociedades. El nuevo presidente refleja de algún modo esas transformaciones, sus circunstancias, sus limitaciones e imposibilidades. Por ello, quizá más que un regreso el futuro –como se titula aquella popular película de Robert Zemeckis, de 1985-, el retorno del PRI a Palacio Nacional es la señal de que los partidos políticos, como las personas, quizá puedan ser capaces de sacar juventud de su pasado (como aconsejaría a los nostálgicos la poesía vernácula del Lic. Jiménez), para intentar legitimarse como la colección de imágenes de un pasado irreconocible y, las más de las veces, impresentable.

Wednesday, June 20, 2012

¿Consolidar la democracia?



Estación de paso
¿Consolidar la democracia?
Señales de Humo, Radio U. de G., 21 de junio, 2012.
Adrián Acosta Silva

Las coyunturas electorales son una buena oportunidad para realizar un balance de los déficits, los logros y las incertidumbres que tenemos como sociedad y como país. Más allá de música sosa de las campañas, de las propuestas, ocurrencias e inspiraciones de los partidos y sus candidatos, los procesos electorales son ventanas adecuadas para tratar de entender lo que piensan o interpretan parte de nuestras elites políticas. En este contexto, mirar más allá, antes y después, de las elecciones federales y estatales de este año, es siempre un ejercicio interesante para confirmar que hay vida más allá de los rituales electorales. Y para mirar con cautela y prudencia esos momentos, es pertinente contar con visiones lo más objetivas o precisas posibles de los problemas que enfrenta nuestro país desde hace varios años, y qué tipo de perspectivas se proyectan hacia un futuro que desde hace tiempo ya no es lo que solía ser. En un momento donde abundan los vendedores de soluciones en busca de problemas, es bueno tener a la mano textos que definan los problemas antes que ofrecer soluciones.
El libro “México 2012. Desafíos de la consolidación democrática”, coordinado por Lorenzo Córdova, Ciro Murayama y Pedro Salazar, es un texto inusual para la temporada que corre. Publicado por la editorial Tirant Lo Blanch este 2012, se desarrollan 19 temas por 25 autores en un formato breve y ágil en torno a los asuntos torales, críticos, del desarrollo nacional. En un contexto electoral donde han sido publicadas ya muchas obras dedicadas a los más diversos públicos y fines, este libro se distingue por ofrecer distintas miradas en torno un objeto central, explícito, de los autores convocados en el libro: los desafíos de la consolidación democrática. Es, por supuesto, un tema general y ambicioso, no exento de cierta ambigüedad, pero que permite ordenar y colocar en perspectiva los problemas de la estructura política y de políticas públicas de la sociedad mexicana. Es un esfuerzo intelectual que aspira a mirar más allá del 1 de julio, desde una ventana que está anclada en un presente problemático, en donde el pesimismo, el escepticismo y los malhumores públicos y privados, suelen cancelar o inhibir cualquier empresa de discusión y debate.
Un rasgo agradecible de la obra es que se trata de reflexiones breves, puntuales, que en un lenguaje claro caracterizan los problemas, los analizan y perfilan agendas para su abordaje. De la educación al medio ambiente, de la seguridad pública y la lucha contra el narcotráfico a la ciencia y la tecnología; de los derechos de la infancia a los problemas del envejecimiento de la población; desde los problemas públicos vistos desde un enfoque de género, hasta los problemas de la discriminación, pasando por la revisión de los problemas del modelo económico, la salud o el laicismo, los temas, problemas y agendas configuran una visión desde la cual la joven democracia mexicana enfrenta numerosos riesgos y oportunidades.
Uno de los supuestos implícitos del texto es que la política y la democracia tienen límites e imposibilidades. Es decir, los indudables y no menores logros democratizadores del régimen político mexicano observados en los últimos años, no aseguran automáticamente que los problemas que habitan la agenda del futuro de corto y mediano plazo del país serán resueltos de manera efectiva. Por el contrario, lo que hemos observado es que el desempeño de la democracia mexicana realmente existente ha sido muy pobre. La acción pública surgida en el contexto de la democratización política suele ser contradictoria, insuficiente e incierta, tanto a nivel federal como a nivel estatal o municipal. No crecemos económicamente, las políticas medioambientales suelen ser poco adecuadas frente a la magnitud de los problemas, la educación sigue siendo una catástrofe silenciosa y ahora escandalosa, nuestras ciudades se han vuelto muestras elocuentes de problemas cotidianos de coordinación y cooperación, derivados de las fallas del mercado o de las fallas del estado. En esas circunstancias, los desafíos de la consolidación democrática tienen que ver con la posibilidad de que la política produzca resultados cooperativos y no necesaria ni exclusivamente efectos conflictivos.
Los temas y problemas que son abordados en el texto apuntan a una verdadera agenda política y de políticas públicas de carácter nacional. Se trata de cuestiones que, de no ser abordadas de manera adecuada y con una perspectiva estratégica sobre el futuro, pueden actuar como bombas de relojería colocadas sobre las bases materiales, económicas y culturales de la democracia mexicana. La revisión del modelo económico que produce los inaceptables niveles de desigualdad y pobreza que caracterizan a nuestro país, el funcionamiento de la escuela pública, las políticas de seguridad pública, de seguridad alimentaria, del Estado laico, la ciencia y la tecnología, los derechos humanos o la reforma penal, son asuntos cruciales del contexto en que funciona la política y la democracia mexicana. Para decirlo de otro modo: la fortaleza y sustentabilidad de la democracia no puede mantenerse mucho tiempo en un entorno permanente de pobreza, desigualdad y deterioro de las condiciones materiales, sociales e institucionales de nuestra vida pública. Ahora que el clima electoral nos abruma con urgencias, palabras e imágenes, no está de más revisar las implicaciones de los problemas estructurales de la democracia mexicana que amenazan su propia supervivencia.

Wednesday, June 06, 2012

No es país para jóvenes



Estación de paso
No es país para jóvenes
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 7 de junio de 2012

Como ha sido reconocido desde varios frentes y posiciones, las manifestaciones que miles de jóvenes han protagonizado recientemente bajo el título “#Yosoy132”, han logrado sacar del sopor y el bostezo a las campañas electorales. De manera ambigua, desordenada y espontánea, esos miles han logrado acaparar la atención y hasta la fascinación de muchos, mientras que para otros siguen siendo una incógnita respetable, y para los de siempre un movimiento que es sospechoso, cosas con las que hay que andarse con cuidado. No hay una reacción unánime de aprobación o de rechazo a un movimiento que se inició como antipriista, antimediático y antipolítico, para transitar hacia una pluralidad inevitable de posiciones, intereses y expectativas.
Quizá hay que mantener una actitud respetuosa y prudente frente a esas movilizaciones, una suerte de “escepticismo democrático” respecto a su significación y alcance. Estas son mis razones:
1. Son una mezcla renovada de ciudadanía y juventud. Estos jóvenes de universidades públicas y privadas están ejerciendo el derecho constitucional a la libre manifestación de las ideas y a la libre asociación. Es decir, forman la mezcla novedosa de un hábito cívico que se ha consolidado desde hace décadas en México, y cuya importancia se ha diluido en la normalidad de muchas rutinas políticas.
2. Son estudiantes universitarios. En la tierra de las desigualdades, estos jóvenes son sólo una parte pequeña de un más amplio contingente de jóvenes mexicanos. Hay que recordar que solo 3 de cada 10 jóvenes llegan a estudiar en las universidades. En otras palabras, estamos en presencia de un sector privilegiado de la juventud del país, de orígenes sociales medio y alto, institucionalmente diverso y socioculturalmente complejo.
3. Expresan un malestar profundo y confuso. Como muchos jóvenes en el pasado, estos muchachos y muchachas protestan porque lo que hay no les gusta. Están inconformes con la política, con los partidos, con los medios de información. Algunos están en contra del neoliberalismo, de la globalización, del desempleo, de la pobreza. Otros están contra la corrupción, contra el IFE, contra la guerra al narcotráfico del calderonismo. Aunque empezaron como una expresión anti-peñista en un acto de la Universidad Iberoamericana, ahora se han extendido sus demandas, sus fobias y exigencias, como suele ocurrir con muchos movimientos sociales.
4. Del movimiento a la organización. Muy rápidamente han pasado de la manifestación a la organización. Están planteando agendas, promoviendo la discusión de ideas, haciendo llamados a la movilización de otros sectores. Como otros estudiantes en otros tiempos y contextos, estos miles de jóvenes deberán pasar la prueba del ácido de toda forma de acción colectiva: transitar de la denuncia a la propuesta, de la movilización a la organización. El largo camino del aprendizaje político democrático se abre frente a ellos, con sus riesgos y oportunidades. “El infierno son los otros”, la clásica frase de Jean Paul Sartre, flota en el ambiente.
5. México no es país para jóvenes. Yeats (el poeta irlandés), lamentaba desde los años treinta del siglo pasado el hecho de que Irlanda, su patria, no era un país para viejos (“Navegando hacia Bizancio”). Pero en México, desde hace tiempo los jóvenes son el sector más olvidado de la política y de las políticas públicas. Forman parte de un contingente de más de 9 millones de jóvenes de entre los 19 y los 24 años de edad, cuya enorme mayoría no tiene acceso a la educación media superior o superior, y cuyas condiciones laborales gravitan entre la precariedad, la informalidad y el desempleo. Ni las políticas educativas ni las políticas laborales, de salud y seguridad social, han sido capaces de implementar acciones que aprovechen esta porción de la población que forma parte del bono demográfico mexicano, ese enorme capital humano que se nos está diluyendo entre las manos.
6. El riesgo de la auto-complacencia. Confieso que suelo caer en un profundo estado de coma cuando algún o alguna joven comienza o termina su discurso haciendo un elogio a los jóvenes. El auto-elogio de los jóvenes a los jóvenes forma parte de viejas prácticas de autocomplacencia, de autopromoción de su condición vital como símbolo de pureza, de verdad, de autoridad moral, de futuro. Algunos dirán que ello forma parte de los excesos de su propia juventud. Sin embargo, como señalaba cautelosamente en su columna el escritor Guillermo Fadanelli, habría que recordar a los jóvenes que el futuro no sólo les pertenece a ellos, sino también ”a los viejos y a los perros” (“Vaqueros de mediodía”, El Universal, 4/06/2012).
Con estos puntos, y con las reservas de ley, me parece que el movimiento de los #Yosoy132 es una manifestación inesperada de las aguas profundas que subyacen a la larga transición política mexicana, la expresión de los déficits de representación política que se han acumulado en el funcionamiento de nuestra joven y claramente insatisfactoria democracia, los gritos de protesta provocados por un régimen de exclusión social y económica que termina por hacer de los jóvenes de hoy individuos con un presente incierto y un futuro imposible. En otras palabras, el movimiento es un reclamo democrático legítimo por el presente y el futuro del país. El sonido, el escenario y los actores huelen a un espíritu generacional que hace tiempo no se paseaba por estos rumbos.


Wednesday, May 23, 2012

"Un tren a la utopía"


Estación de paso
“Un tren a la utopía”
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 24 de mayo de 2012.

Así se titulaba un breve relato del escritor Rafael Pérez Gay, publicado hacia finales de los largos y convulsivos años ochenta del siglo pasado. Escrito entre las cenizas del desencanto y la crisis económica, ese relato nos mostró a muchos no sólo el talento de un escritor afilado e irónico, sino nos recordó como la vida cotidiana, incluyendo la política, también está impregnada en ocasiones de fantasías y deseos que tienen que ver con el viejo hábito de la utopía, ese esfuerzo por encontrar algún sentido de escape a la asfixiante sensación del presente continuo que suele gobernar la vida de las personas y de las sociedades.
Hoy que experimentamos los vaivenes de las campañas electorales, vuelven a renacer los reflejos utópicos y distópicos (es decir, anti-utópicos), en que los humores públicos suelen tener comportamientos contradictorios, y cuyas expresiones van desde el activismo más furioso hasta la apatía más fúnebre. Entre estos extremos, una variedad de comportamientos sociales se extiende por todo el paisaje público, y esa variedad habla bien de la pluralidad y diversidad que caracterizan a la sociedad mexicana del siglo XXI. A estas alturas, ni el pensamiento único, ni el fin de la historia o de las ideologías, han logrado disipar la diversidad irreductible de las sociedades contemporáneas, por más que publicistas profesionales o de ocasión insistan en la existencia de proyectos únicos de continuidad, de diferencia o de cambio en las arenas político-electorales.
Estos son tiempos en que los activistas más rabiosos despotrican contra aquellos que no se mueven ni se entusiasman con sus denuncias y arengas. Y estos, a su vez, no comprenden muy bien que urgencias y ansiedades dominan el ánimo de los activistas. Por supuesto, entre estos conglomerados existe una variedad de ciudadanos que cubren todos los matices de la participación y la no participación política o social, desde aquellos cuyo interés en las cuestiones políticas es poco o nulo, hasta aquellos que están al tanto de los últimos chismes del espectáculo político. Economistas, sociólogos y politólogos de muy diversas escuelas (desde Albert Hirschmann hasta Jon Elster) han analizado esta diversidad y comportamientos con teorías interesantes.
Una dimensión importante de esas formas altamente institucionalizadas de acción colectiva que son los procesos electorales contemporáneos, es el papel que juegan las motivaciones, las ideas y las expectativas en el ordenamiento de las preferencias y percepciones de los ciudadanos respecto del pasado, el presente y el futuro. En realidad, nadie sabe muy bien qué es lo que piensan y creen los ciudadanos respecto de un montón de cosas, entre ellos, de la relación entre los candidatos, los partidos y sus programas y propuestas. Sin embargo, es razonable suponer que existen patrones de comportamiento cívico que corresponden a cierta afinidad electiva con imágenes, programas o carismas de los candidatos y partidos en competencia.
Entre estos patrones es posible advertir algunos mecanismos que parecen explicar las decisiones de los ciudadanos. El rechazo o las fobias hacia ciertos personajes y partidos, o la idea de que es bueno que haya alternancia y cambio en el oficialismo político, o de que hay proyectos y apuestas que corresponden más a los deseos y creencias de las personas, forman parte de los mecanismos en los que el cálculo racional, el hartazgo, o el viejo método del tanteo van dando forma a las decisiones inevitablemente individuales que tomarán los ciudadanos a la hora de votar. Por supuesto, a estas alturas, muchos indecisos quizá ya tomaron la decisión de no votar, o de elegir alguna de las propuestas, o de plano mandar al diablo a los partidos y a los candidatos. Otros más ya han tomado esta decisión desde antes, con argumentos más o menos elaborados.
Sin embargo, la idea de que es posible cambiar el actual estado de cosas, o de que es mejor continuar con el camino emprendido, forman parte del viejo hábito humano de crear o de creer en utopías. Las utopías políticas contemporáneas –vale decir, las que nacen desde la visión de Tomás Moro en su texto clásico, publicado en 1516- juegan ese papel de herramientas para la construcción de una sociedad que no está en otro tiempo sino en otro lugar, y que es una sociedad no perfecta sino realista, no imposible sino probable. Ese viejo hábito forma parte de las aguas profundas de la política, más allá de los partidos, de las campañas y de los jingles electorales, y explica la seducción que ejerce en distintos tiempos y lugares.
Quizá por ello, o contra ello, el viejo tren de la utopía vuelve a aparecer en el horizonte. Un tren empolvado, humeante, un tanto oxidado, pero fascinante para quienes quieren creer que la política es algo más que pura corrupción o cinismo, simulación, desencanto e hipocresía. En cualquier caso, ya sea para mirarlo o para subirse a él, más vale esperarlo sosteniendo a la mano una cerveza fría, indispensable para mirar con otros ojos y ánimo lo que pasa bajo el sol a plomo que aplasta por estos días el clima electoral.

Wednesday, May 09, 2012

La política como espectáculo


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La política como espectáculo
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 10 de mayo, 2012.

La naturaleza de la vida política, si es que hay alguna, consiste en la búsqueda cíclica de acuerdos, en la negociación de los conflictos, en el tratamiento de los asuntos públicos para definirlos como decisiones de problemas y el diseño de soluciones posibles. Este es, diríamos, el núcleo duro de la política antigua y moderna, la que cautivaba la atención de los filósofos griegos o la que suscita los estudios de politólogos contemporáneos. Más allá de eso, hay enormes diferencias entre la manera en que los antiguos lidiaban con la acción política, y las formas en que los modernos enfrentan a la política y sus demonios.
Más de 2 mil años separan la vieja distinción entre las formas buenas y malas de gobierno que identifican los filósofos griegos, y los métodos comparativos para analizar partidos y sistemas de partidos, ciudadanías, problemas de gobernabilidad y satisfacción con el desempeño político de los modernos. La vieja Ágora ateniense, que significaba el espacio público de discusión de los asuntos colectivos, se ha transformado en el circo de varias pistas en que se ha convertido la vida política contemporánea. Esa distancia es la que separa las supuestas o reales formas de democracia directa del pasado remoto, con las formas de las democracias representativas que hoy dominan en todas las sociedades, luego de las tres, cuatro, cinco olas de democratización que han caracterizado la vida política mundial en los últimos cuarenta años, según diría el finado Samuel Huntington, y en las que nunca hay que perder de vista la resaca que les ha acompañado de manera inevitable.
Los políticos contemporáneos y los partidos a los que pertenecen, forman parte de un espectáculo que a fuerza de repetirse termina por volverse frecuentemente inocuo, aburrido o predecible. Si a eso se añade que en los últimos años, la relación entre democracia y bienestar social no parece tener vínculos productivos, la cosa se pone un poco peor. Los políticos saben que son actores de un repertorio limitado, que ejercitan rutinas probadas, que juegan con máscaras y rituales tan viejos como un paisaje de Los Cárpatos. En alguna medida, sus discursos esconden prácticas donde la farsa, el drama o la comedia son géneros de rigor. Levantan la voz por aquí, anuncian compromisos por allá, denuncian cosas por acá, prometen cambios por todos lados. De lo que se trata es de mostrar seguridad, el empleo de retóricas apantallantes, de mostrarse enterados de todos los problemas públicos, y, sobre todo, de que traen en el maletín, en el Ipad o algún smartphone, un amplio repertorio de soluciones en busca de problemas, de recetas a la caza de enfermedades, en donde siempre hay que incluir aceites de serpiente para curar todo tipo de males.
Los candidatos son vendedores de ilusiones. A veces, ilusionistas químicamente puros, que con la ayuda de consejeros y lisonjeros profesionales pueden ofrecer fantasías instantáneas, crear grandes expectativas, procurar apoyos grandes y pequeños, prometer mejoras discretas o espectaculares. Un buen político puede ser capaz de mentir con la frente en alto, ser un maestro de la ambigüedad, pero también capaz de ofrecer verdades en dosis reducidas. En la acumulación de una considerable variedad de máscaras de ocasión y con la confección de discursos todo-terreno, los profesionales de la política suelen transitar de una pista a otra, de un público a otro, siempre bajo la presencia ubicua de la incertidumbre, del riesgo, de pronunciar palabras inapropiadas en el contexto inadecuado, de exhibir debilidades en momentos críticos, de exponerse a las siempre impredecibles combinaciones entre la virtud y la fortuna a las que se refería el viejo Maquiavelo.
Pero la política y los políticos no sólo son parte de la sociedad del espectáculo. También hay, en ocasiones, el loco brillo del diamante que ha atraído la atención de todas las sociedades en todos los tiempos. Ese brillo consiste en que la política puede también ofrecer la posibilidad de articular visiones optimistas sobre el presente y el futuro, de organizar esfuerzos colectivos, de volver inteligible y hasta transformable una realidad común. Sus discursos y actores, sus rituales y gestos, pueden hacer reconocible el hecho de que la política, a veces, se vuelve el arte de lo posible; de que la acción política puede también incluir la honestidad intelectual, la ética de la responsabilidad, y la claridad de ideas entre los recursos que pueden incluirse en el repertorio de la vida política contemporánea. Estas virtudes son flores exóticas y delicadas, como suelen ser las flores en el desierto.
Los debates, escaramuzas verbales y pleitos a secas que hemos visto en las últimas dos semanas muestran cómo lo predecible y lo inocuo pueden llegar combinarse con pequeñas dosis de inteligencia, y la confirmación de que, aunque usted no lo crea, los políticos, a veces pueden tener ideas interesantes. Entre las cenizas francesas del debate Hollande-Sarkozy, que ayudó a definir a ganadores y perdedores este fin de semana, los ecos del ejercicio local del debate entre nuestros aspirantes a gobernador de la semana pasada, o el ejercicio mediático que presenciamos el domingo por la noche entre los aspirantes presidenciales, es posible advertir pálidamente el brillo seductor que la política puede traslucir en la oscuridad. Para los que miramos el espectáculo desde este lado del gran río del escepticismo, la política nos recuerda que es, a pesar de todo, con su brillo ocasional -o su “sombra blanquecina”, diría Procol Harum-, el único instrumento que tenemos para tratar de cambiar las cosas.

Thursday, April 26, 2012

Un mundo plano



Estación de paso
Un mundo plano
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 26 de abril de 2012.

Como nos lo recuerdan glamorosa o tristemente el tiempo, la publicidad o los rituales de ocasión, este año se conmemoran en distintos tonos y con diferentes propósitos un número importante de celebraciones oficiales, públicas, privadas con pretensiones públicas, efemérides trágicas, festejos librescos. En el calendario de abril, por ejemplo, se incluyeron los 55 años del fallecimiento de Pedro Infante, los 100 años del hundimiento del Titanic, los 20 años de las explosiones de Guadalajara, el día mundial del libro. Se trata de rituales gobernados por diferentes intencionalidades, que adquieren distintos significados, y que tienen también diversos actores, representaciones y espectadores, según sea el contexto y las circunstancias. Por supuesto, aquellos acontecimientos no tienen mucho o nada que ver entre sí. Pero se acumulan en el conjunto de memoriales que pueden ser interpretados de manera muy heterogénea, y que revelan, cada uno a su modo, el confuso espíritu de los tiempos.
Las celebraciones forman parte de las costumbres y prácticas a las que todos nos habituamos. Hay efemérides cívicas de rigor (independencia, revolución, día de la bandera, aniversarios de la constitución), otras tienen que ver más con festividades religiosas, algunas más con homenajes a personajes que representan, o representaron, valores, actitudes y comportamientos que forman parte de esa siempre vaga noción de la “identidad nacional”. Hay otros que, bajo el manto oscuro de la tragedia, adquieren un significado político o social de reclamo y de denuncia por lo ocurrido en el pasado reciente o remoto (que van del 2 de octubre del 68 hasta los damnificados por el terremoto del 85, o las explosiones del sector Reforma en Guadalajara en 1992). Algunos más son actos de fe institucional para promover prácticas culturales. Estas celebraciones tienden a expresarse en cultos de adoración, anécdotas insulsas, o actos de denuncia de sectores específicos, y en el cual se involucran fans, activistas o políticos por muy diversas causas.
Celebrar hoy 55 años de la muerte de Infante, por ejemplo, suena cada vez más a un ritual marginal, insulso e incomprensible para las nuevas generaciones (los, digamos, nacidos de 1990 para acá). Es un ritual kitsch en el cual las películas y discos del ídolo de Guamúchil se vuelven a lanzar en tiendas y en la programación televisiva, con el propósito de rendir homenaje a un personaje que corresponde a otra época y a otro contexto. Con los merecimientos debidos, el actor de Pepe el Toro, los Tres Huastecos, o el mujeriego, borracho y jugador que Infante interpretó en casi todas sus películas, es el símbolo lejano de una época irrepetible, que tiende a atesorarse en la nostalgia y la melancolía de un pasado mítico.
Junto a ello, se celebra en todos los medios y más allá de las fronteras nacionales el siglo del hundimiento del Titanic, para demostrar quién sabe qué cosa. La parafernalia del barco, los objetos rescatados, las declaraciones de los sobrevivientes, las interminables indagaciones de historiadores, sirven para alimentar cierto morbo por la tragedia, para confirmar la precariedad de las creaciones humanas y los monstruos de la razón, tal vez hasta para extraer lecciones morales sobre la desmesura de la especie.
Un acontecimiento local –las explosiones del 22 de abril en Guadalajara- forma parte de la colección de celebraciones que se han instalado en la mesa pública. Hay aquí también algo de imposturas mediáticas, oportunismo comercial, y preocupaciones sociales, éticas y políticas genuinas. Las televisoras comerciales lanzan nuevamente las imágenes de la época con interpretaciones cursis y superficiales del acontecimiento. Hay también los testimonios de víctimas, fotografías inéditas del momento trágico, nuevos testimonios de sobrevivientes, lamentaciones de agrupaciones civiles. Hay, por supuesto, libros y análisis periodísticos y académicos sobre la tragedia, que elaboran cronologías, visiones antropológicas, sociológicas y políticas sobre el asunto.
Los rituales y ceremonias son importantes porque suelen enfatizar una jerarquía a los acontecimientos, un sentido de importancia que los distinga y reconozca públicamente. Sin embargo, desde hace años casi cualquier cosa es objeto de celebraciones, que coloca en el mismo nivel los quién sabe cuántos años de Chespirito que los 100 del hundimiento de un barco, los 55 de la muerte de Pedro Infante, los 20 de las explosiones en la capital de Jalisco, la fiesta mundial del libro. Demasiadas celebraciones, demasiados actores, demasiadas llamadas de atención: el triunfo de la banalización, los rituales como celebración perpetua, el nuevo mundo plano de la cultura del espectáculo.