Wednesday, May 22, 2013

El teclado alucinante y el poeta eléctrico




Estación de paso
El teclado alucinante y el poeta eléctrico
Adrián Acosta Silva

Señales de humo, Radio U. de G., 23 de mayo, 2013.

The end of laughter and soft lies
The end of nights we tried to die
This is the end
(The End, The Doors, 1967)

El fallecimiento de Ray Manzarek, el célebre tecladista de The Doors, cierra una página más de la historia del rock. La noticia corrió como incendio en pastizal entre los medios el lunes pasado, e hizo recordar a muchos la importancia que tuvo Manzarek en la formación y evolución del famoso grupo formado en Los Ángeles entre 1967 y 1971, justo cuando, bajo las sombras y las luces de Jim Morrison, los Doors alcanzaban la cúspide de la fama, el dinero y el prestigio para sus integrantes. Ahora, a los 74 años y víctima del cáncer, postrado en la cama en alguna clínica de Alemania, el músico y compositor se despedía de los escenarios y de la vida, quizá recordando algunas notas de Light my Fire, L.A. Woman, Riders on the Storm, o, con cierta justicia poética, The End, ese himno tétrico e inquietante sobre la vida y la muerte, la desesperación y el vacío.
Como ha ocurrido con frecuencia implacable, los Doors fueron subsumidos mucho tiempo a la figura trágica e impactante del Rey Lagarto, muerto a los 27 años en París. Pero ahora, 42 años después de su muerte, la figura discreta de Manzarek nos recuerda que fue su colaboración la que ayudó no solamente a dar una salida elegante, poderosa y precisa a la poesía de un veinteañero más bien tímido e inseguro como lo fue Morrison, sino que fue el verdadero artífice del sonido alucinante y fantasmal de la música de los Doors, el bato que imprimió la coherencia estética y el sonido básico del grupo, en el que la guitarra profunda de Robby Krieger y la batería exacta de John Densmore articularon la imagen y la fuerza de una banda por cuya música no parece pasar el tiempo.
Manzarek estuvo muy activo en los últimos años de su vida. El año pasado, por ejemplo, tuvo una colaboración en una canción del DJ Skryllex, un músico con cierta fama entre los adolescentes. Ahí se nota la magia del teclado clásico de Manzarek, que provoca una inmediata sensación Dejá Vú entre quienes conocen la música de los Doors. La imagen parsimoniosa y de bajo perfil de Manzarek, ayudó a equilibrar la figura luminosa, chamánica y espectacular de Morrison, lo que contribuyó a ensamblar el sonido distintivo del grupo. En la película When You´re Strange, de Tom Dicillo (2010), esa interacción entre Morrison y Manzarek aparece en varios momentos, algunas veces en forma silenciosa y cooperativa, algunas otras en forma de pleitos e irritaciones entre ambos, en muchas más, con el aliviane de Manzarek en los conciertos, cuando el crápula de Morrison se presentaba pasado de tragos o francamente drogado, y se le olvidaban las letras de las canciones o se ponía a dormir en el escenario justo en medio de un concierto. Ahí, en esos momentos, Manzarek, el confidente del Rey Lagarto, el tecladista y el amigo, cargaba con el peso de las presentaciones y los pleitos con el público y con los organizadores.
Hace tiempo, el crítico de música Danny Sugerman, coautor (junto con Jerry Hopkins) del libro Nadie sale vivo de aquí (1984), la biografía póstuma de Jim Morrison, se preguntaba porqué la música de Los Doors seguía siendo atractiva para las nuevas generaciones. ¿Porqué ellos? ¿Por qué ahora? ¿Por qué todavía?, se cuestionaba en cierto tono atormentado Sugerman. Y aún se aguardan las respuestas. Con la muerte de Manzarek, el tecladista alucinante, vuelve a morir Morrison, el poeta eléctrico, y la música de los Doors da un paso más a la posterioridad. Si es cierto que, como lo afirmaba el escritor cubano-mexicano Eliseo Diego en uno de sus libros, la eternidad por fin comienza un lunes, Ray Manzarek comenzó la semana con el pie derecho. Mientras tanto, los mortales nos quedaremos apreciando los sintetizadores de Manzarek, que acompañarán por siempre la música fantasmal de los Doors, esa neblina púrpura que llenó el espíritu de la época de varias generaciones.

Wednesday, May 08, 2013

12 días



Estación de paso
12 días
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 9 de mayo de 2013.
Desde el movimiento estudiantil de 1968, en la UNAM y otras universidades públicas del país quedaron estampadas ciertas prácticas políticas que derivaron, a veces, en un conjunto de pequeñas y grandes movilizaciones universitarias y, en otras, en la reiteración de rituales y acciones estancadas, enmohecidas, amontonadas en pasillos, aulas y auditorios. El activismo, el radicalismo y el ultra-izquierdismo –ese infantilismo de izquierda que tanto criticaba el viejo Lenin-, se anidaron en sectores específicos de profesores y estudiantes. Un conjunto de tribus, grupúsculos y sectas ubicados en distintos territorios del campus encarnan las representaciones políticas e ideológicas que se quedaron con la imagen de que la Revolución igualitaria y justiciera es inminente, de que hay que construir las condiciones para la explosión revolucionaria, y de que la universidad es el foco que debe alumbrar el camino. En el otro extremo, las figuras del fósil y del porro se conservaron como prácticas viejas de intimidación, chantaje y presión contra directores, líderes académicos, sindicalistas de los años setenta, rectores y contra los propios estudiantes de izquierda. Sin embargo, estas expresiones polares, digamos, se fueron desvaneciendo en el curso de los últimos años, hasta llegar a confluir y confundirse en un solo animal: el porrismo de ultraizquierda, es decir, una figura que reúne lo peor de los dos mundos: el arrebato intimidatorio y la retórica de la intransigencia, el impulso al empujón y el uso de la violencia “legítima” con la seca ideología del todo vale.
La toma de la rectoría universitaria en la UNAM de finales de abril (que duró exactamente 12 días) es el fruto podrido de esa confluencia extraña. Como en otras ocasiones y otros tiempos, la autoridad universitaria fue desafiada por un grupo de activistas vestidos con traje de ocasión –capuchas, pañoletas, palos, piedras, tubos- bajo el argumento de defensa de otros de sus compañeros, expulsados hace meses por su comportamiento en el CCH Naucalpan, la rebeldía contra la “imposición” de un nuevo plan de estudios para el bachillerato univesitario y otras 10 demandas más. El grupo de marras muestra la mezcla del nuevo animal del campus: un discurso incendiario, rabioso y hostil contra toda forma de autoridad, que justifica, o intenta justificar, el rompimiento de cristales y la toma de las instalaciones que resguardan el trabajo cotidiano de la máxima figura de la representación universitaria. Es ese activismo reacio a toda forma de negociación, que exige garantías y condiciones imposibles a la autoridad, que genera simpatías en algunos de los círculos oxidados del ultra-izquierdismo universitario, y al que le tiene sin cuidado la reprobación o el rechazo que otros sectores de universitarios manifiestan ante su agresividad, sus prácticas y discurso sin matices ni cuarteaduras ni inflexiones.
El hecho preocupa no solamente en el caso de la UNAM. La rebeldía magisterial de Guerrero, Oaxaca o Michoacán representa estados de ánimo y prácticas políticas que desafían cualquier forma de autoridad, la expresión de las nuevas formas de la intolerancia que se han cultivado a la sombra de los cambios políticos experimentados en el país en las últimas décadas. Para decirlo en otro tono, el asalto de la UNAM fue posible en un contexto de movilización y crisis de ciertas formas de representación política que se han incubado silenciosamente en los sótanos y los rincones de la estructura política de los intereses de franjas enteras del sector educativo nacional. Pero no son expresiones articuladas, sino simplemente coincidentes e independientes. Entre el humo y los gritos de la coyuntura, estos fenómenos expresan con alguna claridad que los demonios de la ingobernabilidad en el terreno educativo no han podido o querido ser disipados por el proceso de cambio político democrático experimentado desde hace décadas. Pero es una ingobernabilidad que no proviene de disputas electorales ni de alternancias imposibles. Es una ingobernabilidad que se nutre del lenguaje de la intransigencia, de la inexistencia de formas de articulación política que construyan sentido y horizontes a la acción de los grupos e individuos, y que aparece ahí donde instituciones como la universidad son presa fácil de los fanatismos y delirios de encapuchados, porros y activistas.
Lo peor es que la universidad y la escuela son instituciones muy frágiles para resolver por sí mismas estas explosiones de ingobernabilidad. Pero hay que recordar que lo peor es siempre un término elástico, como escribió alguna vez Martin Amis. La reproducción del porrismo y del ultraizquierdismo universitario es posible ante la ausencia de formas de articulación de los intereses que debiliten el poder de los activistas. En ese contexto, las fantasías de los asaltantes de la Rectoría que habitan el drama de la UNAM, es una postal grotesca y triste del signo feroz de los tiempos que de cuando en cuando sacuden la vida universitaria.

Thursday, April 25, 2013

Corazón pagano




Estación de paso
Corazón pagano
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 25 de abril de 2013.

La vida social posee una característica importante: está hecha de rituales, que expresan a su vez un conjunto de normas y de reglas, de creencias y corazonadas. La ubicuidad de los ritos, su potencia simbólica y práctica, revela en la profundidad y en la superficie de la vida en común las características del orden social. Saludar en un encuentro casual, despedirse de una reunión, celebrar una misa, participar de un matrimonio (o de un divorcio), un mitin político, un acto de graduación universitaria, un funeral, un bautizo, una toma de posesión de cualquier cargo público, una conferencia, un concierto de música, una función de teatro. Todas ellas son representaciones de cosas importantes, actos en los que protagonistas y espectadores juegan un papel específico, y donde los gestos, la atención, los intercambios de palabras y de cosas, configuran comportamientos para los cuales no existen libretos ni reglas escritas, sino que son aprendidos y repetidos de generación en generación, por la vía de la escuela o por las leyes de la calle, por la influencia de la familia o la socialización con los amigos, o con los enemigos.
Veamos, por ejemplo, los rituales políticos. Un presidente, o un gobernador, o un alcalde municipal, están habituados a representar un papel. Ahora que han pasado las ceremonias de toma de posesión, de inaugurar foros de consulta sobre planes de desarrollo, de reunirse con diversos grupos de ciudadanos para escuchar sus propuestas o para invitarlos a las suyas, esos rituales se repiten de manera rutinaria. La investidura de los funcionarios les obliga a representar ese papel una y otra vez, en diversos contextos, circunstancias y motivos. Su jerarquía formal en la estructura y relaciones del poder, les confieren una centralidad legítima, un papel protagónico en el espectáculo público y en las reuniones sociales y muchas veces hasta en las privadas. Su puesto les obliga a seguir con atención las expresiones de amigos, aliados y adversarios. Su posición los conduce a mantener actitudes prudentes, mesuradas en el escenario público, a la vez que les presiona para utilizar una retórica optimista, de seguridad y certeza sobre lo que hacen, de construir un discurso más o menos coherente, confiable, constante.
Es curiosa la manera en que se desarrollan los rituales públicos o privados en los que dichos personajes –los políticos- participan de manera rutinaria. Inauguran obras y congresos, celebran aniversarios oficiales, cortan listones, anuncian cambios, iniciativas y proyectos, pronuncian discursos de ocasión, repiten clichés, frases, lugares comunes. Pueden ser rituales insoportablemente aburridos para muchos, irrelevantes para otros, o sumamente encantadores para pocos. Cuando los políticos profesionales o de ocasión se convierten en funcionarios públicos o representantes populares, una variada colección de máscaras aparecen en escena, mediante las cuales los actores representan su papel para relacionarse con los otros.
La investidura de la autoridad impone respeto, pero también obligaciones, deberes y responsabilidades. Por eso algunos de los peores políticos suelen ser quienes se quieren hacer pasar como informales, despreocupados, coloquiales, vamos, hasta chistosos. Están también, en el otro extremo, los que caminan con el aire de la superioridad moral o política que da el puesto, que enarbolan discursos de cara a la historia, dichos con la solemnidad de quienes están seguros de que sus palabras son y serán siempre importantes, trascendentales. Existen también los que poseen el carisma, ese “don divino” del que hablaba Max Weber para referirse a cierta clase de liderazgos. Entre estos extremos se cocina a fuego lento la auto-representación de la política que hacen los propios políticos, en los cuales el puesto y la persona se funden en una sola figura, cuyo instinto básico de supervivencia tiene que ver con la de generar apoyos, lealtades, tal vez hasta simpatías con los ciudadanos y con otros políticos. En esas circunstancias, la naturaleza de la bestia exhibe su corazón pagano, politeísta, pragmático y circular, atento a los riesgos, a las incertidumbres y, sobre todo, a las oportunidades de incrementar o invertir su capital político.
En cualquier caso, la política, los rituales y las creencias van de la mano. Los dilemas, las tensiones y las encrucijadas de los políticos se resuelven solamente con la posesión de un pragmatismo metálico, inclinado ante varios dioses, para ser capaz de sobrellevar las frustraciones, las satisfacciones y las incertidumbres de la política contemporánea, en la que, como todo en la vida, nada es para siempre. Es ese corazón pagano del que nos habla el viejo profesor irlandés Van Morrison a ritmo de blues en una de las canciones incluidas en su disco más reciente (Born to Sing: No Plan B, Blue Note Records, 2012). Un corazón que, bajo el peso de las encrucijadas vitales, se rinde o se ampara ante cualquier dios para tomar, o enfrentar, o eludir, decisiones difíciles.

Thursday, March 14, 2013

Cultura futbolera: la fe y la acción




Estación de paso

Cultura futbolera: la fe y la acción

Adrián Acosta Silva

Señales de humo, Radio U. de G., 14 de marzo, 2013.

La geografía de las ciudades mexicanas está hecha de calles, avenidas, edificios públicos, casas, iglesias, cementerios… y canchas de futbol. Es curioso como cualquier Guía Roji o la revisión de Google Maps ofrezcan información de rutas y lugares públicos, pero no de la ubicación de las canchas de futbol que existen por todas las ciudades. Y sin embargo, cuando se observa la movilización silenciosa que ocurre rigurosamente todos los fines de semana en las grandes ciudades del país, se notará de inmediato como aparecen canchas por (casi) cualquier zona urbana, canchas que forman parte de sus mapas “vivos”, que revelan zonas extensas de esas “ciudades invisibles” a las que hacía referencia Italo Calvino, y que configuran parte importante de la geografía nacional.

Ese hecho indica, por supuesto, que una de las prácticas sociales más extendidas y arraigadas en México (y acaso por ello menos apreciadas) tenga que ver con el futbol. Se juega entre semana y los fines de semana, se organizan equipos y torneos con diversos grados de formalidad, se practica en la calle, en las escuelas, o en campos polvorientos o empastados, con árbitros que cada sábado o domingo se desplazan por toda la ciudad para pitar los partidos. Hay también las porras correspondientes, formadas por familiares y amigos de los jugadores, que con alguna frecuencia organizan al final de los partidos pequeñas convivencias para festejar, más que el triunfo o la derrota de sus equipos, el simple hecho de reunirse. Hay también pleitos y broncas, gobernadas por pasiones y arrebatos de ocasión, y, a veces, sangre, sudor y lágrimas en el transcurso de esos partidos, con consecuencias desagradables (o agradables, según sea el caso) para los participantes.

Esas prácticas confirman un hecho duro: el futbol es una acción colectiva, popular, organizada y repetida sistemáticamente en muchas zonas de la vida social. Es una acción que no responde a una planificación sofisticada, ni expresa relación alguna con la gran negocio futbolero en que se ha convertido la máquina del futbol profesional, pero que vive a la sombra de los ídolos, símbolos y lenguajes que produce esa industria. Niños, jóvenes y adultos invierten su tiempo y dinero cada semana para salir a jugar torneos bien organizados, para enfrentar partidos amistosos, o simplemente para pasar un rato con los amigos, vecinos o compañeros. En otras palabras, el futbol configura una parte significativa de la cultura de la sociedad mexicana, la dimensión simbólica, material y práctica de una parte del orden social contemporáneo.

Esa acción, hay que subrayarlo, es una acción colectiva y organizada, no espontánea ni natural. Es decir, es una acción de muchos individuos, que responde a alguna reglas básicas compartidas y conocidas por todos. Visto desde esta perspectiva, el futbol es una actividad altamente institucionalizada en nuestra sociedad, más allá del grado de formalidad que pueda atribuirse a su organización y prácticas cotidianas. Revela un patrón de comportamiento colectivo que resulta interesante por sus rituales, por sus símbolos, por sus desenlaces y resultados. Como otras prácticas sociales –beber los fines de semana con los amigos, bailar, ir al cine o a un concierto, asistir a fiestas-, la práctica del futbol revela la capacidad de la sociedad para organizar el ocio y las actividades lúdicas como parte de las rutinas de la vida diaria.

No resulta obvio el profundo enraizamiento de esta práctica en la vida social. Su enorme popularidad y ubicuidad ha vuelto “invisible” esa gigantesca acción colectiva, que ocurre al margen o a pesar de las crisis económicas, de los conflictos políticos, de la violencia o de la inseguridad pública. Que cada domingo miles o quizá millones de niños y jóvenes de muchas ciudades y de muchas clases y estratos sociales decidan trasladarse hacia canchas urbanas o suburbanas para jugar una o dos horas de futbol, expresa la fuerza de la costumbre y de los hábitos futboleros. Si a eso se agregan los entrenamientos entre semana, la compra de uniformes, zapatos y balones, la organización de torneos y ligas, la preparación de árbitros y entrenadores, el mantenimiento de las canchas, es posible asomarse a la mezcla de complejidad y sencillez del futbol masivo, naturalmente amateur, que se practica todos los días en la sociedad mexicana.

¿Qué causa esa movilización rutinaria y masiva? No tengo la menor idea. Pero es posible que la ilusión, la fe y las fantasías sean parte de las emociones que gobiernan la acción. Los niños, en particular, expresan esas motivaciones cuando juegan futbol, digamos, un domingo temprano por la mañana, y salen a jugar a alguna cancha lejana de sus hogares. Mientras se ponen sus zapatos y uniformes para saltar a la cancha, el mundo desaparece para concentrarse en un juego tribal de 11 contra 11. Ahí, en esos momentos, el potente combustible de la imaginación juega su papel para organizar una práctica lúdica que tiene que ver con las funciones explícitas del juego: ganar, empatar o perder. Pero también aparecen implícitamente los valores profundos en juego: cohesionar, interactuar, respetar, celebrar, competir, solidarizarse, dominar los impulsos, cooperar con los compañeros. En ello el motor de la cultura futbolera se asemeja a un viejo aforismo de Bernardo Soares: “La fe es el instinto de la acción”. Tal vez, con un poco de suerte e imaginación, Pessoa, el poeta, lo escribió mientras veía jugar un partido de futbol llanero en alguna cancha solitaria de Lisboa.





Thursday, February 28, 2013

18 años 18



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18 años
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 28 de febrero, 2013.

Luego de 18 años de permanecer al frente del poder ejecutivo estatal, el Partido Acción Nacional deja las oficinas de Palacio de Gobierno para tomar sus asientos respectivos en la sección, menos glamorosa, de la oposición política estatal. Como lo marca rigurosamente el calendario político-electoral, este 1 de marzo comienza también un nuevo ciclo político en Jalisco, en donde la administración pública volverá a ser ejercida, casi dos décadas después, por los representantes del Partido Revolucionario Institucional.
El hecho es relevante y significativo, pero no es imprevisto ni sorpresivo. Si se lee el dato con cuidado, el proceso no inició con la campaña electoral pasada, que culminó en la jornada electoral de julio del 2012, sino que se remonta desde el 2006, cuando el PAN y su candidato, Emilio González, lograban triunfar de manera apretada en las elecciones de ese año. A lo largo de esos seis años lo que se puede observar es un lento pero imparable proceso de desgaste de la imagen y el desempeño del panismo jalisciense, en el contexto más amplio de deterioro del calderonismo a nivel nacional. Las evidencias de ese desgaste son muchas y variadas: un estilo de gobernar basado, más que en la hechura política y de políticas públicas, en decisiones de ocasión, ocurrencias de fin de semana, declaraciones febriles, no argumentadas y peor explicadas. En el terreno duro electoral, la aplastante derrota del panismo a nivel estatal y federal en el 2009, cuando pierde las alcaldías de toda la zona metropolitana de Guadalajara, y quedó reducida a una fuerza minoritaria en el congreso estatal, fueron el anticipo de una tendencia que se confirmaría en el 2012: el desplome del voto panista, y la caída de las preferencias electorales de ese partido entre la ciudadanía jalisciense.
Pero el desplazamiento del panismo confirma que la era de la alternancia política llegó para quedarse. Los relojes de la política marcan tiempos y movimientos, y las elecciones aseguran que nada es para siempre. Nuevos actores y fuerzas políticas han surgido a lo largo de los últimos tres sexenios, y la vida pública jalisciense es, a veces, un hervidero de pasiones e intereses encontrados, un árido territorio de acuerdos inciertos y conflictos seguros. Bajo el cielo blanquiazul del panismo, dirigentes y militantes tanto del oficialismo como de la oposición política, entablaron relaciones de poder basadas en la negociación y en el bloqueo, en los pactos de no agresión pero también en los golpes bajos, en el exhibicionismo más grotesco o en la opacidad más impune. Las donaciones de dinero público para la construcción de templos católicos, las mentadas de madre en público para quienes le criticaban, el escándalo financiero de los Juegos Panamericanos del 2011, los impulsos dominados por los humos el alcohol del gobernador estatal, forman parte de la colección de estampas que la memoria pública registra con puntualidad mórbida.
A 18 años de que un desconocido, Alberto Cárdenas, irrumpiera sorpresivamente despachando en Palacio de Gobierno, el último gobernador panista -Emilio González- deja Casa Jalisco en medio de un clima de indiferencia y en ocasiones de hostilidad por parte de ciudadanos, medios y poderes fácticos. La derecha política representada en el emilismo panista, esa que llegó a despachar con rosarios y biblias en la mano en Casa Jalisco, asesorada frecuentemente por cardenales y obispos, que a la menor provocación bendice a propios y extraños, y ruega a Dios protegernos a todos los ciudadanos, demostró año con año su profunda incomodidad con los principios y las prácticas del Estado laico.
Hoy que esa derecha vuelve a sentarse en las filas de la oposición, una nueva generación de políticos aparece en el horizonte, quizá con el mismo entusiasmo que los panistas tuvieron hace 18 años. Pero tanto el nuevo oficialismo como el nuevo oposicionismo político (en donde se encuentran representadas 4 fuerzas políticas, incluyendo al PAN), no son la reedición mecánica de los procesos o experiencias previas. Por el contrario, acomodan sus posiciones, intereses y proyectos en un contexto muy distinto al de hace dos décadas, un contexto dominado fuertemente por el escepticismo y la desconfianza de muchos, y la algarabía y los aplausos de otros. Pero además de estos contrastantes humores públicos y privados, el dato duro es que el pluralismo político jalisciense se encuentra en una relación tensa con la gobernabilidad que pretende el oficialismo político de cualquier signo.
Esa tensión entre pluralismo y gobernabilidad es, quizá, el ruido de fondo de los últimos 18 años en Jalisco. Una pluralidad incómoda para las mentalidades autoritarias y fundamentalistas, y una gobernabilidad desafiante para las mentalidades demócratas e inclusivas. Descifrar esa relación es el gran desafío del oficialismo que inicia mañana y se prolongará durante los próximos años. Un desafío que se trabaja día a día, en la perspectiva no solamente de dotar de umbrales razonables de legitimidad, eficacia y estabilidad al nuevo gobierno, sino también para comenzar, inevitablemente, la preparación del proceso electoral del 2015 y, un poco más allá, del 2018.



Thursday, February 14, 2013

Guadalajara




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Guadalajara
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 14 de febrero de 2013.
La celebración de los 471 años de la fundación de Guadalajara hace pensar, entre otras cosas, que la ciudad todavía aguarda quién la escriba. No obstante los meritorios y espléndidos textos, imágenes y crónicas que se han acumulado sobre la ciudad y su región, con diversas tonalidades prosísticas o políticas, intencionalidades literarias, formas poéticas, relatos anecdóticos, análisis historiográficos, antropológicos o sociológicos, la capital de Jalisco en pleno siglo XXI espera aún por una narrativa que descifre su complejidad contemporánea, sus grandezas y sus miserias, sus desigualdades y opulencias, sus logros y sus déficits.
Mucho se ha escrito sobre los orígenes de la ciudad, el gentilicio de sus habitantes, su papel como escenario clave de los procesos de la conquista española, la independencia y la revolución mexicana. Algo sabemos de sus procesos de modernización económica y sociopolítica, de su crecimiento demográfico y su expansión territorial, del carácter de sus habitantes, del clasismo y aún del racismo de sus elites, de la miseria vieja, de la nueva y la de siempre. También, no pocos se han adentrado en la exploración de los rincones de la ciudad, sus barrios, sus lugares olvidados, sus cementerios y tumbas. Hoy día, la crónica periodística da cuenta de los asesinatos, las ejecuciones cotidianas, los escándalos pequeños y grandes de corrupción de sus autoridades, el ingobernable tráfico vehicular, los lamentos moralistas de los jerarcas católicos y de los empresarios, los perfiles de sus liderazgos, la permanente indignación moral de los social-civilistas y los defensores de la ciudadanía, la grandilocuencia de sus gobernantes. De eso hay mucho, y todos los días.
Ello no obstante, el mar embravecido de la vida cotidiana de una nostálgica ciudad provinciana que en sólo cuatro décadas se convirtió en metrópoli, hace imposible distinguir sus movimientos, separar, como trataba de hacer el “Señor Palomar” en la novela de Italo Calvino, una ola de otra, para descifrar la pausa y el movimiento. Los “Guadalajara-fílicos”, que los hay, insisten en destacar las cualidades de una ciudad que bien visto son muchas, y los “Guadalajara-fóbicos” que también los hay (muchos de ellos nativos de estas tierras) insisten en lo mal que funciona todo en la ciudad.
Pero narrar la vida de una ciudad es un arte mayor, que siempre va más allá de las filias y las fobias que suscita una ciudad cualquiera. Charles Dickens, por ejemplo, escribió a mediados del siglo XIX una colección de retratos sobre Londres, la ciudad en que creció (aunque no era de ahí), y de la que se desprende buena parte de su obra literaria. En “El corazón de la ciudad”, por ejemplo, Dickens construye una visión de Londres tomando como su centro simbólico el reloj de la vieja catedral de Saint Paul. Desde ahí, el autor de Oliver Twist relata la miseria y la insultante opulencia de los barrios de la ciudad, de los borrachos y las prostitutas que habitan los arrabales, las costumbres de los banqueros y comerciantes, y el arraigado hábito de obreros que tienen la irrefrenable manía de apoyar sus brazos en los postes de la ciudad (Charles Dickens, Relatos londinenses, Ed. Gadir, España, 2012).
Aunque fueron escritos hace más de 150 años, los relatos de Dickens ofrecen algunas claves para un imaginario manual de narrativa urbana. Hay que detenerse en los detalles, que usualmente están asociados a las costumbres, los hábitos y las prácticas sociales de la vida cotidiana de los pobladores. En segundo lugar, hay que describir los edificios, las calles y lugares públicos más importantes de las ciudades (que incluyen a los prostíbulos, a las tabernas y cantinas), esos espacios donde las manifestaciones de la desigualdad, la solidaridad, los rencores permanentes y las alegrías instantáneas ocurren todos los días. Pero Dickens también apunta la centralidad de lo invisible: la importancia de la “ciudad de los ausentes”, los cementerios. Ahí entre lápidas, mausoleos y hierros oxidados, descansa una buena parte de la historia y la memoria de las ciudades.
Cito en extenso uno de los párrafos más conocidos de su Historia de dos ciudades (1859): “Es el mejor de los tiempos, es el peor de los tiempos. Es la edad de la sabiduría, y también de la locura. Es la época de la fe, y también de la incredulidad, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. (…) esta época es tan parecida a todas las épocas, que nada de lo que aquí voy a contar debería, en realidad, sorprendernos. Nada. Ni el perdón, ni la venganza, ni la muerte, ni la resurrección”.
Hoy que se cumple un aniversario más de la fundación de Guadalajara, quizá sea un buen momento para solicitar a quien corresponda una crónica contemporánea que esté a la altura de sus muchas historias, de sus mitos y realidades.

Wednesday, January 30, 2013

Rectores



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Rectores
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 31 de enero de 2013.
Como es de dominio público, en la Universidad de Guadalajara se ha desarrollado en las últimas semanas el proceso de elección del Rector general para el período 2013-2019. Hoy mismo (31 de enero), sabremos quién será el nuevo Rector, luego de que el Consejo General Universitario decida por mayoría cuál de los 4 candidatos registrados ocupará el máximo puesto de la representación universitaria.
La elección de un Rector es siempre un proceso complicado y potencialmente conflictivo. Entre las 36 universidades públicas del país prevalecen en términos generales tres tipos de procedimientos electorales: a) los que son designados por una Junta de Gobierno; b) Los que son electos mediante procesos de votación universal de todos los miembros de las comunidades universitarias; y c) los que son electos mediante votación de Consejos Universitarios, en los cuales están representados los diversos sectores de la universidad. Cada proceso encierra su complejidad, sus insuficiencias y sus riesgos, y cada universidad desarrolla estilos de gestión política para asegurar la legitimidad, la eficiencia y la estabilidad de sus reglas y decisiones.
En el caso de la U. de G., la decisión descansa en este último modelo. Luego de pasar de un procedimiento no autónomo (o semi-autónomo) de decisión, en la que el gobernador en turno designaba al Rector a propuesta de una terna electa por el consejo universitario–cosa que ocurrió desde 1925 hasta 1989- pasamos a la plena autonomía para que los universitarios elijan a su propio rector, mediante los procedimientos acordados por la propia comunidad universitaria. Con la ley orgánica aprobada en 1994 la decisión recae en el Consejo Universitario, a través de una Comisión Especial Electoral. El actual sería el cuarto proceso rectoral que transcurre mediante las reglas acordadas en la reforma universitaria del 94.
Hay por supuesto una intensa actividad política antes, durante y después de la elección en la U. de G., que obedece a los códigos propios de la política general: hay acuerdos, negociación, conflictos, competencia por recursos y votos de los consejeros. Hay también un esquema general de distribución del poder institucional que explica el procedimiento universitario, en el cual los actores institucionales, formales y fácticos, académicos y no académicos, intervienen en las decisiones de votos y candidatos. Como en toda universidad pública, hay redes y corrientes que se mueven en la búsqueda de consensos, de estrategias para sumar apoyos, de presiones por colocar o mantener sus intereses y agendas en el horizonte institucional. Hay también quienes descalifican el proceso, los que critican el esquema del poder institucional, los que desconfían de las reglas y hasta maldicen a los liderazgos, a los grupos y al status quo universitario
Dichos comportamientos muestran la complejidad de las relaciones políticas entre universitarios. Hemos visto en estos días discursos incendiarios, activismos abiertos o discretos, retórica de coyuntura para favorecer a tal o cual candidato, proyectos, grandes emociones y pensamientos imperfectos (para decirlo con las licencias novelísticas del profesor Rubem Fonseca). Hay comportamientos lisonjeros, simpatías legítimas, lealtades a prueba, clientelismos y corporativismos viejos y nuevos, de distinto calibre y perfil. Hay también un silencio cósmico en muchos sectores universitarios dominados por la indiferencia, la apatía o el aburrimiento con todo lo que tenga que ver con la política universitaria, como suele ocurrir con la política en general. Pero hay que recordar que la política, aquí, en Harvard o en la UNAM, es un asunto de elites, un tema que concierne a un puñado de interesados que aspiran a representar a sus comunidades. Esa es quizá, la virtud, o la limitación, de todos los procesos electorales: no involucran a todos, expresan la acumulación de intereses en grupos y personas específicas, articulan la representación de ideas, creencias y aspiraciones de ciertos sectores en ciertos momentos.
Ello no obstante, en la universidad existen asuntos generales, sustantivos, en las que el gobierno universitario debe tener proyectos, ideas, y compromisos más o menos claros. Los candidatos a representar a la universidad han planteado ya varios de ellos, muchos temas académicos, otros administrativos, algunos más culturales, muchos presupuestales, otros por supuesto, estrictamente políticos. Pero las universidades de hoy, luego de muchos años de políticas federales concentradas en ligar evaluación, calidad y desempeño, han vuelto a nuestras instituciones organizaciones esquizofrénicas: tiene que hacer docencia, investigación, extensión y difusión pero también, rendir cuentas, exhibir indicadores y reconocimientos en las vitrinas institucionales, procurar buenas relaciones con los poderes públicos, y, además, mantener la estabilidad de sus instituciones. Son espacios sobrecargados de exigencias sociales, económicas, políticas y culturales. Hay también zonas oscuras y brillantes, liderazgos académicos probados, procesos discretos de trabajo docente cotidiano, junto a frustraciones, envidias y rencores acumulados por diversas zonas de una comunidad de más de 235 mil estudiantes, donde laboran más de 15 mil profesores e investigadores y casi 9 mil 500 trabajadores administrativos y de servicio.
Todo esto ocurre en la U. de G. Y, por ello, o a pesar de ello, la universidad es una institución central para la vida pública, política y social de Jalisco, cuyas contribuciones son fundamentales para entender lo que ha ocurrido en la entidad en los últimos 90 años. Hoy que el calendario institucional cierra y abre un nuevo ciclo universitario, quizá sea el momento de volver la mirada al pasado remoto y reciente de nuestra universidad, para vislumbrar, con la palidez de lo inmediato, los desafíos de su propio futuro.