Thursday, May 19, 2022

Serrat: la música como patria

Estación de paso Serrat: la música como patria Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 19/05/2022) https://suplementocampus.com/serrat-la-musica-como-patria/ La música forma parte de la educación sentimental de todas las generaciones. El tipo, los autores e intérpretes, por supuesto, varían considerablemente. Pero en todos los casos, la estética de los sonidos constituye una patria –“un país”, diría Robert Walser-, cuyas fronteras son imprecisas pero que contiene identidades, memorias, afinidades electivas, afectos, ilusiones. La música suele ser el territorio de una patria a la vez melancólica y nostálgica. Esa metáfora aplica bien con la música de Joan Manuel Serrat. Debo confesar que comencé a escuchar con atención sus canciones de manera relativamente tardía, a finales de los años setenta, en Guadalajara. A los 18 años, lo mío eran Grand Funk Railroad y Cat Stevens, Three Dog Night y The Doors, Bob Dylan y Bruce Springsteen, Santana y Joe Cocker, The Band y Blind Faith, Neil Young y Chicago (sus primeros tres discos, desde luego). También entraban en el menú de mis consumos musicales habituales Javier Solís y Pedro Infante, Pepe Jara y los Hermanos Martínez Gil, Daniel Santos y Celio González. Ya se sabe: las afinidades sonoras son extrañas hechuras de herencias familiares, influencias de amigos, efectos difusos de las misteriosas fuerzas del azar. En realidad, descubrí a Serrat por la invitación de un amigo de la prepa de la U de G, algún viernes de un caluroso verano de 1977. Lo había escuchando con ciertas reservas porque era parte del soundtrack de la época, que escuchaban habitualmente estudiantes universitarios de escuelas privadas como el ITESO, donde Serrat era casi parte de los cursos regulares de la instrucción jesuíta. Eso me alejaba un poco del interés por sus canciones. Pero ese verano del 77, luego de tomarnos varias cervezas afuera de la prepa 5, mi amigo me convenció de ir a la presentación que Serrat ofrecía ese día en el teatro Degollado en el centro de Guadalajara. No teníamos boletos, pero él lo resolvió como se suelen resolver estas cosas: con un arrebato de temeridad. Llegamos al teatro a la mitad del concierto, merodeamos un poco en los alrededores, y en un descuido de los vigilantes nos colamos a las gradas superiores del lugar. Desde ahí escuchamos Penélope, Señora, Mediterráneo, Cantares. 45 años después de ese episodio anecdótico, volví a un concierto de Serrat, ofrecido como parte de su gira de despedida El vicio de cantar. A lo largo de esas cuatro décadas me interesé mucho en los discos de Serrat, y descubrí a través de ellos los misterios de la poesía de Antonio Machado y Miguel Hernández, la prosa delicada sobre personajes ficticios e historias verdaderas, el peso de las imágenes y las fantasías, la dulzura de los arreglos musicales dominados por la melancolía de violines, pianos, violoncellos, la oscura profundidad del sax, el poder de una batería discreta para acentuar ritmos y letras de las canciones. La noche del 12 de mayo en el auditorio metropolitano universitario (el “Telmex”), en Zapopan, Serrat aparecía en escena. A sus 78 años luce rejuvenecido, entusiasmado, contento. Bromea, baila, se da tiempo para conversar con el público, hace pequeñas confesiones sobre su vida y canciones. Acompañado por siete músicos, el catalán nacido en el barrio obrero de Poble Sec, en las faldas del Montjuic, en Barcelona, narra historias protagonizadas por paisajes, personajes y emociones. La música y las letras de las canciones que Serrat ha compuesto a lo largo de más de medio siglo forman un libro lleno de viñetas, poesía y prosa, con algunas páginas en blanco y muchos signos de interrogación, notas de pie de página, frases tachadas, epígrafes, paréntesis, insinuaciones. Serrat reúne tres cualidades extrañas en los cantantes contemporáneos: sobriedad, elegancia y buen humor. Disfruta ejecutando sus canciones, se dirige con afecto a sus músicos, agradece los aplausos y piropos de mujeres, hombres y “regulares”, como él mismo dice para evitarse pleitos de género y la retahíla de las acusaciones discriminatorias tan de moda. Esos rasgos definen las letras y los arreglos de sus canciones. Las canas y arrugas que exhibe son marcas vitales que humanizan a su portador, una tendencia extraña en tiempos dominados por el botox, las cirujías plásticas, el culto a la juventud, la rebeldía contra el envejecimiento. Dale que dale, Señora, Lucía, Los recuerdos, Romance de Curro el Palmo, Penélope, Mediterráneo, Aquellas pequeñas cosas, Pare, Las nanas de la cebolla, Para la libertad, Fiesta. Canciones insignia de la larga trayectoria serratiana, son también el mapa de un territorio poblado por experiencias políticas como la represión franquista y el exilio en México, la transición democrática española, los pleitos entre independentistas e unionistas que han fracturado amistades y familias en Barcelona. Entre naufragios, tormentas y exilios, Serrat es una voz reconocible en medio del estruendo. Quizá por ello, el poeta catalán Joan Margarit (1938-2021) le dedicó uno de sus poemas a Serrat (Mala mar), sobre marineros que buscan refugios en noches de tormenta: “Que mal tiempo la noche de los sábados/ cuántos mercantes que, con mala mar/ en su mirada, intentan refugiarse/ siempre en el mismo puerto. Ay de ti/ si nunca, en los ojos de tu amor/ has visto la sonrisa de una puta”. El tren nocturno de Serrat se resiste al óxido y a las rutinas. Conserva la fuerza original, auque a veces palidezca con el clima cambiante de los tiempos. “Ser viejo es una especie de posguerra”, escribió el propio Margarit. Y Serrat ha entrado en esa zona donde ya no se puede planear nada a largo plazo. Un posible epígrafe de los conciertos de despedida de Serrat también podría ser otro obsequio del poeta: “Los recuerdos son botes de gases venenosos/abandonados en antiguos campos/ de batalla cubiertos por las flores” (Preguntar). La música es una patria cubierta de tumbas y flores, de fantasmas y cenizas. Y durante más de dos horas, Serrat nos llevó a miles de asistentes al concierto por una travesía fluvial a lo largo de esos campos imaginarios.

Thursday, May 05, 2022

Educación y violencia

Estación de paso Educación y violencia Adrián Acosta Silva (Campus Milenio, 05/05/2022) https://suplementocampus.com/educacion-y-violencia/ Buena parte de los estudios sobre las relaciones entre educación y sociedad se sustentan en una tesis básica: a mayor nivel de escolaridad de una población corresponde una mejor calidad de vida. Esto significa que tener una población mayor y mejor educada disminuye potencialmente los indíces de violencia, inseguridad y conflicto, y mejora la cooperación, la confianza y la cohesión social. Esta tesis alimenta muchas teorías y enfoques sobre las bondades de la educación contemporánea, algunas mas claras y rigurosas que otras. La teoría del capital humano, por ejemplo, fue la base de las políticas de expansión acelerada de la escolaridad básica y superior bajo el supuesto de que el cambio tecnológico y la productividad económica requieren de individuos más calificados, es decir, con mayor capital escolar. La teoría de la modernización, por otro lado, atribuyó a la educación el incremento de la movilidad social ascendente, la democratización política y el desarrollo económico. Durante el último tercio del siglo XX, la educación fue vista como el mecanismo central para la recuperación de las crisis económicas, y desde el inicio del presente siglo la educación es considerada como una estrategia para alcanzar los objetivos del desarrollo sostenible formulados por la ONU para enfrentar la incertidumbre de los tiempos que corren y mejorar la construcción de futuros más optimistas para las sociedades nacionales. Sin embargo, una serie de paradojas han oscurecido la confianza en las capacidades cohesivas, cooperativas y económicas de la educación moderna. A pesar de la formidable expansión educativa observada en todo el mundo durante la segunda mitad del siglo pasado y las primeras dos décadas del presente, el estancamiento económico, el debilitamiento de las democracias, las brechas de desigualdad social y los índices de violencia e inseguridad han crecido de manera espectacular. El caso mexicano resulta representativo de los problemas que enfrenta la educación en entornos que no favorecen sino que debilitan las contribuciones de la educación al desarrollo de las sociedades locales. En nuestro caso, la paradoja observada en las últimas décadas es que a mayor escolaridad de la población se diminuyen las posibilidades de movilidad social ascendente y se incrementan los índices de violencia, pobreza e inseguridad. Los feminicidos, el narcotráfico, las desaparaciones y secuestros han crecido de manera constante desde 2006, a pesar de que la población en general pasó de tener de 8.2 a 9.6 años de escolaridad promedio durante este período. Pero estos datos generales impiden apreciar con precisión sociológica (y no solo estadística) el peso que estas relaciones guardan en territorios y poblaciones específicas, y cómo se relacionan con factores extra-escolares. Una de las cuestiones básicas es determinar cuál es el perfil de los feminicidas, los secuestradores, los narcotráficantes que integran las delincuencias organizadas y no organizadas. Muchos políticos, funcionarios, empresarios, directivos y no pocos ciudadanos creen que ese perfil es el de hombres con poca o nula escolaridad, que provienen de familias desintegradas, sumidas en estados de pobreza intergeneracional, que les gusta el dinero fácil, y no tienen ningún escrúpulo moral o ético para dedicarse a las actividades delictivas. Por ello, la solución es proporcionar becas públicas o privadas a niños y jóvenes en situación de pobreza, campañas para resaltar las bondades de la integración familiar y de amor al prójimo, impulsar eslógans, cursos y talleres de valores, o inducir actividades de participación y solidaridad social. Esa retórica bienintencionada se alimenta de mitos, ignorancia y fe, más que de información y conocimiento preciso sobre las relaciones entre educación y violencia. Sonora, Sinaloa o Baja California son entidades donde el acceso a la educación superior supera la media nacional, y, sin embargo, son lugares en que la violencia se ha generalizado en poblaciones como Ciudad Obregón, Culiacán o Ensenada. En Jalisco o en Zacatecas, con tasas de acceso menores a la media nacional, la violencia también se ha generalizado en poblaciones urbanizadas como Guadalajara o semirurales como Fresnillo. ¿Qué explica esa situación en contextos regionales diferentes? ¿Quiénes son los delincuentes? ¿Cuáles son los itinerarios vitales que los conducen a las actividades criminales? Los clichés de que son enfrentamientos por la disputa entre cárteles del narco no explican mucho. Suponer que esas bandas son integradas por muchachos pertenecientes al lumpenproletariado o a los nuevos olvidados del sistema educativo, la política y la economía, es una creencia que requiere de evidencias que ahora no tenemos. Quizá en las cárceles sea posible tener una visión más precisa de estos segmentos para identificar los componentes del perfil de esa criminalidad que se expande a la sombra de la escolarización del país. El asunto vás más allá de un ejercicio académico. La pedagogía de las violencias tiene múltiples dimensiones y tipos: verbal,simbólica, homicida. La escuela es el espacio donde la pedagogía de la tolerancia se opone a las prácticas de violencia. La contiene, la encausa, la racionaliza. Y sin embargo, los comportamientos violentos también ocurren en las escuelas desde el nivel básico hasta el universitario y en sus entornos sociales y familiares. Hoy, la escuela es un espacio vulnerable e incapaz por si mismo para contener las tendencias depredadoras que observamos desde hace muchos años en el país. Examinar ese fenómeno, sus raíces causales y estructuras, es un ejercicio político y de políticas públicas, orientado a reconstruir el tejido educativo básico para enfrentar los comportamientos anómicos que alimentan el ciclo de violencia e inseguridad que debilita la política, la economía y la moral pública de la vida social.

Thursday, April 21, 2022

Ciudades universitarias

Estación de paso Ciudades universitarias: ideas y representaciones Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 21/04/2022) https://suplementocampus.com/ciudades-universitarias-ideas-y-representaciones/ Las universidades son y representan muchas cosas. Son, desde luego, espacios físicos, con territorios delimitados habitados por miles de estudiantes y profesores, directivos y trabajadores. Pero representan también un poder social e intelectual organizado, simbolizan ilusiones y aspiraciones, rutinas académicas, prácticas de investigación y aprendizajes que luego, en contextos apropiados y con un poco de suerte y persistencia, se traducen en acumulación de prestigios individuales, grupales e institucionales. Esos espacios y símbolos se sintetizan en la idea de las “ciudades universitarias” como mapas que concentran el saber y el poder en las sociedades contemporáneas, una idea que ha transcurrido desde comienzos del siglo XX por diferentes ciclos de tensión, conflicto y cooperación con gobiernos y sociedades nacionales. La propia historia de los campus universitarios en Europa, Estados Unidos o en América Latina permite identificar la fuerza de la idea misma de la universidad y de sus representaciones sociales a través de sus edificaciones. Desde sus orígenes modernos, la aspiración por construir ciudades universitarias como microespacios educativos y culturales dentro de macroespacios urbanos más amplios, se constituyó como la expresión más contundente para tratar de dar un sitio a la idea de la universidad como núcleo multidisciplinario de investigación y aprendizajes, organizado en escuelas, facultades, institutos y laboratorios, con edificios y jardines, cafés, museos, bibliotecas y espacios deportivos, artísticos o culturales. Si las universidades medievales europeas se construyeron como parte orgánica de monasterios distibuidos en diferentes regiones, las universidades públicas modernas se desligaron desde el siglo XIX de sus orígenes religiosos, y se instalaron como parte de la geografía urbana de sociedades cuyas élites liberales rápidamente verían en las universidades los símbolos más potentes del progreso económico, la modernización social y cultural, y la democratización política. La idea de la universidad como una corporación cerrada de estudiantes y profesores formados en los misterios del trivium y el cuadrivium, donde los estudiantes eran aprendices y los profesores sus maestros, se transformó con el paso de la industrialización, la urbanización acelerada y el democratización, en la idea de la universidad de masas, abierta al acceso meritocrático, con autonomía política e intelectual como garantía institucional del ejercicio de libertades de expresión, de aprendizajes e investigación. Parte de esa larga, compleja y fascinante historia es recogida en el libro “Forma y pedagogía. El orígen de la ciudad universitaria en América Latina”, coordinado por Carlos Garcíavelez Alfaro, publicado en 2014. Se trata de una monumental obra en torno a ocho historias de ciudades universitarias en la región, construidas entre los años de 1935 y 1960, donde a través de planos, dibujos originales y diagramas, de fotografías y textos breves, se narra el origen y la evolución de las sedes centrales de las universidades de México (UNAM), de Puerto Rico (Campus Río Piedras), Venezuela (U. Central de Caracas), Colombia (U. Nacional en Bogotá), Brasil (C.U de Río de Janeiro y de Brasilia), Argentina (U. de Tucumán) y Chile (U. de Concepción). Arquitectos, políticos, ingenieros, intelectuales y científicos de la época, desfilan en la explicación del surgimiento de las ideas de las ciudades universitarias como ciudades del conocimiento, como ambientes de aprendizaje, o como conjuntos arquitéctónicos unidos por el arte y la ciencia. Diferenciadas pero a la vez integradas a los procesos de urbanización de las grandes ciudades latinoamericanas, los campus universitarios se constituyeron como sedes territoriales de los proyectos que las teorías de la modernización y del desarrollo formularon para América Latina. En un contexto intelectual de optimismo por el futuro, la legitimidad de la idea de la universidad como un proyecto cultural de largo plazo se encuentra estrechamente ligada a la construcción de las grandes ciudades universitarias. Esas historias florecieron con éxito durante varias décadas enmedio de crisis económicas y políticas ya través de la hechura de nuevas estructuras de oportunidades para grupos y clases sociales medias urbanas. En México, la CU de la UNAM se convirtió en el símbolo de la modernidad imaginada para muchas universidades públicas federales y estatales, y para no pocas privadas de élite como la UA de Guadalajara o el Tec de Monterrey. Durante los años setenta, nuevas universidades como la UAM, o universidades estatales como las de Aguascalientes, Baja California Sur, Ciudad Juárez, Tamaulipas, o Tlaxcala, reinventaron la noción del campus en sus territorios urbanos, y en los años noventa otras universidades públicas como las de Guadalajara, Puebla, la Veracruzana o Sonora emprendieron la multiplicación de sus campus universitarios como parte de ambiciosos procesos de reforma de sus estructuras académicas y administrativas. Desde el último tercio del siglo pasado la idea de la universidad como proyecto cultural fue sustituida por la idea de la universidad como una empresa de servicio público. Hoy, décadas después, se habla de la idea de la universidad como una institución al servicio del bienestar del pueblo. Algunos otros, hechizados por las sirenas de la innovación tecnológica, hablan ya de “smart campus” como extensión automática de los smartphones o las smart-tv. Son lenguajes y músicas de temporadas diferentes, contradictorias, confusas. En todos los casos, las ciudades universitarias son sitios cuyo edificios y jardines siguen representando la idea de un proyecto en busca de sentido, asaltado con frecuencia por la urgencia de activismos políticos o mercadológicos de distinto signo, pero habitado por la prudencia de la reflexión rigurosa y la curiosidad intelectual propia de la vida académica. Campus como espacios donde beber un café ejerciendo el viejo arte de la conversación o de los placeres de la vida contemplativa, forman parte de los muros, las bibliotecas, las aulas y los pasillos que configuran la arquitectura de nuestras ciudades universitarias. Para los citadinos locales (los universitarios), la experiencia transcurre entre relaciones que combinan ideas, intereses y pasiones, lecturas y discusiones, afectos perdurables, incertidumbres corrosivas, rivalidades memorables o amistades entrañables, relaciones que configuran la geografía ética y estética de la vida en el campus. Son los ritos de paso que forman el núcleo sociológico de las ciudades universitarias.

Saturday, April 16, 2022

Moral de guerra

Moral de guerra: lucha y ruina Adrián Acosta Silva (Publicado en suplemento Laberinto, periódico Milenio, 16/04/2022) https://www.milenio.com/cultura/laberinto/moral-de-guerra-lucha-y-ruina-en-ucrania Es la hora de su Majestad: el dolor Joseph Roth, Job Mientras el lenguaje de las bombas domina el suelo ucraniano, la destrucción y la muerte configuran velozmente las postales de una época maldita. El alargamiento de la era de la violencia militar (que, como se sabe, no es sino la continuación de la política por otros medios) muestra una vez más que el uso de la fuerza, o la invocación del patriotismo -como lo recordó oportunamente el escritor Javier Cercas en El País Semanal (20/03/2022)-, es “el último recurso de los canallas”. Ciudades destruidas, millones de desplazados, fotografías de casas abandonadas donde juguetes, ropa, sillones, adornos hogareños y muebles de cocina lucen desolados, objetos sin sentido en contextos donde el instinto de supervivencia domina todo lo demás. Imágenes de abandono de las cosas cotidianas que registran las escenas de crueldad que circulan por todo el mundo, sin cesar y sin esperanzas. En tiempos dominados por realidades virtuales y aumentadas, de videojuegos como la saga Call of Duty: War Zone, de redes sociales que vomitan todos los días imágenes y palabras que combinan ignorancia, estupidez o, de vez en cuando, humor e inteligencia, el estallido de la guerra real, con muertos y heridos de verdad, revela el tamaño del lado oscuro de nuestras fantasías. El espectáculo de guerras virtuales donde la ausencia de escrúpulos y restricciones morales de los jugadores se convierten en monedas de cambio, ha sido desplazado por el espectáculo de una guerra real que revela la veloz construcción de una frágil moralidad de guerra, muy distinta a la que impera en tiempos de paz. En pleno invierno ucraniano, el olor de la sangre y de la pólvora se entremezclaron en la región del Donbas, la frontera entre Ucrania y Rusia. Y al comienzo de la primavera, el humo de las bombas y el fuego de casas y edificios gobiernan las instántaneas del desastre. 15 mil muertos fue el saldo del primer mes del conflicto, saldo que seguramente se incrementará en forma exponencial en las próximas semanas. Es el resultado esperado de la lógica metálica de tanques y fusiles, acompañado por la música del estruendo y el silencio de la tragedia. El tiempo comprimido de la guerra es un inmenso hoyo negro. Mientras Vladimir Putin invoca la gloria y el patriotismo ruso frente sus ciudadanos, los militares empuñan las armas y dirigen la operación, lejos de las palabras y entusiasmados con los cálculos de los daños, las maniobras de la acción táctica y los ajustes de la planeación estratégica de la violencia. Los perros de la guerra están sueltos y descontrolados. Mercenarios a sueldo (principalmente chechenos) se filtran en las ciudades asediadas, y aviones, tanques y cañones emiten los sonidos lúgubres de la violencia. Los invasores han olido la sangre y no se detendrán hasta obtener la victoria. Rotos los códigos de la paz y de la ética política internacional, una peculiar forma de moralidad aparece en escena. Es la moral de guerra, compuesta por una mezcla de desesperación y ansiedad, por principios elementales de autoprotección, acciones de heroísmo y cobardía, de fuga y supervivencia, de ilusiones cortas y decepciones largas. Es una hechura emocional, simbólica, alimentada indistintamente por la renuncia al abandono de la identidad y a cierto sentido de pertenencia, la resistencia a los comportamientos anómicos, la constatación de que dios no existe, justo como la revelación que tuvo el viejo judío Mendel Singer, el protagonista de la novela de Roth, al verse devastado por todas las desgracias. Destruido el piso firme de los hábitos y las costumbres que componen el orden natural de las cosas, los individuos son a la vez observadores y víctimas del orden impuesto por las bombas y las balas. El miedo, el dolor y el temor se constituyen entonces como las emociones que guían las acciones y razones de hombres y mujeres, de ancianos y niños. Bajo el cielo negro de la incertidumbre, la moralidad de la guerra es elástica, dúctil, líquida. Su némesis, la amoralidad, es el espíritu que acompaña a los monstruos de la razón. La crueldad de la guerra se ensaña con los débiles, que con sus sufrimientos alimentan la sed de venganza de los invasores. Es la moralidad que surge entre las cenizas de la guerra. Mariúpol, Odessa, Kiev, Járkov, Jérson, Leopólis, son nombres de ciudades que resuenan al pasado, a la lejanía, a lugares pertenecientes a territorios y poblaciones que evocan fantasías, ilusiones y curiosidad para los no europeos y no rusos. La sonoridad eslava de esos nombres reafirma su atractivo. Hoy, son los espacios donde las bombas destruyen hospitales, teatros y museos, y amenazan iglesias del siglo XI, edificaciones medievales, antiguas rutas de conexión entre Europa y Asia, la zona que desde hace tiempo experimenta las tensiones entre oriente y occidente. Son lugares que aparecen ocasionalmente en las obras de Issak Babel (nacido justamente en Odessa), de Tólstoy o Chéjov, paisajes de historias y costumbres que relatan pasiones, intereses y razones de individuos, grupos y comunidades entrelazadas, como todas, por ilusiones y creencias. Se han ido los días de fiesta. Se han roto los rituales mortuorios, los duelos y los lamentos. Las fracturas se vuelven abismos, los fragmentos no unen las partes. Son días sin música ni cánticos celebratorios. No hay nada que celebrar. Desde algunas franjas de la cultura judeo-cristiana, este momento es interpretado como la hora del diablo. Desde las culturas de los no creyentes, de los ateos a los agnósticos, es la confirmación de la naturaleza de la bestia. Desde la perspectiva de los escépticos, es el nuevo espéctaculo del miedo y el terror de la destrucción humana. Son los anteojos y cristales con los que se miran los juegos de guerra en una pequeña parte del mundo, pero que anticipan relámpagos expansivos y potencialmente mortales para muchas otras. Las circunstancias recuerdan guerras pasadas y temores futuros. Como escribió Gramsci en 1918: “hay quien constantemente lanza chispas sobre el combustible, y obra entre los hombres, y suscita dudas y siembra el pánico. Porque hay profesionales de la guerra, porque hay quienes ganan la guerra, aunque el colectivo, los colectivos nacionales, no reciban más que lucha y ruina” (Odio a los indiferentes, Ariel, España, 2020, p. 81-82). Esa es la gran lección de las guerras pasadas y presentes, la hechura antigua y oxidada que combina en dosis siempre imprecisas las relaciones entre moral, política y muerte.

Thursday, March 31, 2022

Capitalismo académico

Estación de paso ¿Capitalismo académico en América Latina? Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 31/03/2022) https://suplementocampus.com/capitalismo-academico-en-america-latina/ El concepto de “capitalismo académico” (CA) es el corazón de una teoría orientada a ofrecer una explicación sobre los comportamientos institucionales de las universidades contemporáneas en el marco de la globalización, la internacionalización y la economía basada en el conocimiento. El origen de esa teoría fue la caracterización de esos procesos como fuerzas de transformación productiva y sociocultural de los entornos políticos y de políticas de las universidades contemporáneas. Aunque tiene antecedentes históricos importantes en el campo de la organización y gestión de la educación universitaria (los trabajos de Veblen, de Weber o Clark, por ejemplo), los autores nortamericanos Sheila Slaughter y Larry L. Leslie publicaron en 1997 un libro que abriría un debate académico importante sobre el contenido y los alcances del concepto (Academic Capitalism. Politics, Policies and the Entrepreneurial University, The Johns Hopkins University Press). En síntesis, el debate se concentró en tres puntos clave: a) la consistencia de una teoría cuyas ideas centrales y capacidades explicativas se basan en la experiencia de algunas universidades de investigación de cuatro países desarrollados (Estados Unidos, Canadá, Australia y Reino Unido); b) la influencia de los sistemas de mercado o cuasimercado en la lógica del trabajo académico y la productividad universitaria; y, c) la capacidad de este enfoque para explicar los comportamientos universitarios en otros contextos nacionales, en especial de los países periféricos, no desarrollados o de economías emergentes, como es el caso de las universidades de América Latina, Africa o Asia. Para repasar los términos de ese debate en el contexto de la experiencia latinoamericana, tres expertos de la región (José Joaquiín Brunner, Jamil Salmi y Julio Labraña) convocaron a un grupo importante de colegas para analizar los perfiles, limitaciones y alcances de la teoría del CA en el subcontinente. El resultado de este esfuerzo es el libro “Enfoques de sociología y economía política de la educación superior: aproximaciones al capitalismo académico en América Latina” (Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2021). En este texto, Brunner, Salmi y Labraña reunieron los textos de 11 académicos de distintos países de la región (Argentina, Brasil, Colombia, Chile, México, Uruguay) para examinar desde distintas perspectivas experiencias nacionales el impacto de la teoría del CA en el entendimiento de los problemas de la educación superior en la región. (https://www.youtube.com/watch?v=j6wToxR9hoI&t=615s) El contenido del libro permite identificar varios temas y dimensiones en el uso de esta teoría, aplicada para los casos latinoamericanos. Pero también incluye el señalamiento de las limitaciones o imposibilidades del enfoque para comprender las relaciones entre los problemas o procesos identificados y los factores o mecanismos causales que los producen.Una de las tesis centrales del libro de Slaughter y Leslie en torno a la transformación del modelo de la universidad moderna caracterizada por la combinación de docencia e investigación hacia el modelo de “universidad emprendedora” basada en la competencia por el mercado de los prestigios y recursos financieros, orientados por el ascenso de indicadores de calidad determinados por distintos rankings internacionales, tiene dificultades explicativas en el caso de las universidades latonoamericanas. Como señalan algunos de los autores, la gran diversidad y heterogeneidad de la educación superior en los distintos países de la región, configuran condiciones y comportamientos institucionales muy distintos a los países que fueron considerados por Slaughter y Leslie parta formular la teoría del CA. Esa diversidad se caracteriza por el enorme peso que sigue teniendo la formación profesional sobre las actividades de investigación científica y desarrollo tecnológico. Otro factor a considerar es el tipo de gobierno y gobernanza que se ha desarrollado en los últimos años en la región, donde las tradiciones de la autonomía académica e intelectual van acompañadas de esquemas de gobiernos colegiados entre estudiantes, directivos y profesores, y que se han mezclado de manera peculiar con la influencia de esquemas de gestión y conducción institucional basados en los postulados de la Nueva Gerencia Pública, una teoría también de origen anglosajón. A pesar de estas limitaciones contextuales, la TCA ofrece algunas pistas interpretativas para analizar los comportamientos institucionales universitarios, como las relaciones entre gobernanza y desempeño, la influencia de las políticas públicas nacionales o subnacionales en el ejercicio de la docencia o de la investigación, la vinculación de las universidades con el Estado o con el mercado, o el impacto de las métricas de la productividad y de la “dictadura de los rankings” en la planeación del desarrollo institucional universitario. Las relaciones entre los sectores públicos y privados, el perfil de las oligarquías académicas y del profesorado universitario de tiempo parcial, la coexistencia entre las lógicas de la formación profesional y la lógica de la investigación, la discusión del CA como expresión del neoliberalismo económico en la educación terciaria, los problemas de los financiamientos públicos y privados a la investigación universitaria, los procesos de los regímenes de aprendizajes en el sector, la diferenciación de distintos tipos, alcances o influencias de regímenes de capitalismo académico, configuran un complejo mapa de tensiones y relaciones que permiten la construcción de una agenda de investigación y de acción sobre las universidades latinoamericanas del siglo XXI. Esa es la mayor contribución de libro, que ofrece no sólo un riguroso ejercicio de balance intelectual (y no solo académico) del pasado reciente de la educación superior de nuestra región, sino que permite también identificar algunas pistas sobre el futuro de las universidades en la era de plomo de la postpandemia y la nueva crisis económica del período 2020-2022, donde las ilusiones de la innovación y productividad del emprendurismo universitario se estrellan frente al muro macizo de las restricciones, procesos y realidades de las universidades latinoamericanas realmente existentes. Aquí, como sugiere Jamil Salmi en el libro, experiencias, conocimiento e imaginación juegan un papel central como recursos intelectuales en la construcción de un futuro promisorio para la educación superior latinoamericana.

Thursday, March 17, 2022

Autonomía versus heteronomía

Estación de paso Autonomía versus heteronomía Adrián Acosta Silva (Campus Milenio, 17/03/2022) https://suplementocampus.com/autonomia-versus-heteronomia/ La autonomía universitaria vive desde hace años tiempos difíciles. No es algo inusual en la historia de las relaciones de las universidades con sus entornos políticos o de políticas públicas, pero el áspero lenguaje de hechos recientes muestra tendencias preocupantes que se endurecen rápidamente. El argumento que puede explorarse es que la conflictividad de las relaciones entre el gobierno federal y algunos gobiernos estatales con las universidades públicas, se puede explicar por la tensión creciente entre el régimen de autonomía constitucional construido a lo largo del siglo XX y el régimen de heteronomía política que despunta en el imaginario y las acciones del gobierno de la cuarta transformación nacional. La autonomía significa tres cosas básicas: autogobierno institucional (autonomía política), libertad académica y de investigación (autonomía intelectual), y apoyo presupuestal suficiente para las universidades y centros de investigación de carácter público (autonomía administrativa y financiera). En contraste, la heteronomía significa la subordinación o dependencia de estas instituciones a fuerzas externas, sean del estado o del mercado. El régimen de autonomía construido a lo largo del siglo XX fue el resultado de varios conflictos en distintos momentos en diversas instituciones, y llegó a su resolución jurídica en 1980, cuando la autonomía fue elevada a rango constitucional en la fracción séptima del tercero constitucional. Esa historia permite caracterizar a las universidades como instituciones públicas autónomas estatales pero no gubernamentales. Este régimen autonómico ha experimentado tensiones de carácter financiero, político y organizativo desde los años ochenta. Las políticas de modernización de la educación superior basadas en la evaluación de la calidad y el financiamento público condicionado, diferencial y competitivo instrumentadas desde los años noventa hasta las dos primeras décadas del siglo XXI, incentivaron comportamientos insitucionales heterónomos entre las universidades públicas. Ello no obstante, los componentes básicos de la autonomía se mantuvieron como parte del arreglo institucional expresado en la constitución federal y en las prácticas académicas, de gobierno y presupuestario de la propias universidades. El actual gobierno calificó esas tensiones como parte del “acoso presupuestal” derivado de las “políticas neoliberales” de gobiernos anteriores, y se comprometió a otorgar un “apoyo sin precedentes” a esas instituciones. Hoy, desde hace tres años, el tratamiento presupuestal y el acoso político a las universidades y centros de investigación muestra una clara contradicción gubernamental tanto a nivel federal como a nivel estatal. Los casos recientes de la UNAM (2020), o las universidades estatales de Aguascalientes (2019), Nayarit (2020) o Guadalajara (2021), son emblemáticos de esas contradicciones entre intenciones y acciones. Esa contradicción se acompaña por la veloz acumulación de improvisaciones, ocurrencias e imposiciones gubernamentales. En sólo tres años, la prisa por mostrar el avance y logros de la “cuarta transformación” en la educación superior explica el activismo del funcionariado y el oficialismo dominante. Las políticas de austeridad y la gestión de la crisis sanitaria y económica han funcionado como “anillo al dedo” (según la célebre frase presidencial) para un acoso presupuestal a las universidades y centros de investigación igual o peor al que el gobierno obradorista denunció como producto de la “política neoliberal”. La negociación de los recursos públicos se subordina a la decisión de un ejecutivo omnipresente apoyado por una mayoría parlamentaria que actúa como correa de transmisión de las prioridades presidenciales. El resultado es un torneo de descalificaciones, sarcasmos e insultos que se repiten un día sí y otro también en el campo de la educación superior, alentados con vigor desde las oficinas y patios del Palacio Nacional, o desde las curules o redes sociales de los congresistas alineados con el oficialismo político. En estas circunstancias, es necesario defender no sólo el derecho a la autonomía universitaria, sino reconocer el hecho de que la autonomía universitaria no opera en el vacío social. Es una autonomía vinculada con la sociedad, que implica beneficios tanto para las universidades como para las poblaciones y territorios donde actúan las propias universidades y centros de investigación. La formación de profesionales y técnicos, el desarrollo de la investigación básica y aplicada, el impulso a las innovaciones organizacionales y tecnológicas, son prácticas que se han desarrollado bajo el régimen de autonomía constitucional, y que han beneficiado el desarrollo social, político y cultural nacional. Un montón de evidencias demuestran esa afirmación, acumuladas en la historia reciente y la vida cotidiana de las universidades federales y estatales. Ese es el régimen que hay que fortalecer, más allá de proyectos sexenales anclados a fantasías políticas de pretensiones históricas, gobernado por actores empeñados en construir un régimen de heteronomía política para la educación superior. Debajo de la superficie de estas aguas revueltas, la autonomía universitaria experimenta las tensiones de una época díficil, que anticipan tiempos complicados no sólo para la imagen o la vida cotidiana de las universidades públicas, sino también por la prolongación de las restricciones presupuestales y el escepticismo del transformacionismo político respecto de sus prácticas académicas, su importancia social, o sus formas de auto-organización. No se vislumbra un horizonte diferente en los próximos años. Frente a este panorama, es complicado alimentar esperanzas de cambios en la política y las políticas dirigidas a este sector. A estas alturas del sexenio, es muy claro que la 4T del obradorismo está más hecha de ideología que de hechos, y en esa ideología las universidades públicas son vistas más como obstáculos incómodos para los actos de fe y lealtad que exije el oficialismo. que como las instituciones autónomas y críticas que son las universidades.

Thursday, March 03, 2022

Putin: la formación de un autócrata

Estación de paso Putin: la formación de un autócrata Adrián Acosta Silva (Campus Milenio, 03/03/2022) Ahora que el Presidente de la Federación Rusa Vladimir Putin decidió soltar los perros de la guerra en Ucrania y caen bombas sobre Kiev, el mundo mira con asombro el inicio de un conflicto que ya se sabe como inicia pero no como terminará. El costo humano, económico y político de la guerra será alto, y los monstruos de la razón serán otra vez la fuente de las más sombrías de nuestras pesadillas. Luego de la pandemia y la crisis económica, el escenario de guerra era lo único que faltaba para hacer de estos años un tiempo gobernado por fuerzas destructivas que anticipan futuros negros. Los señores de la guerra son los personajes centrales del nuevo drama que sacude a Europa oriental, pero cuyos riesgos y efectos serán otra vez globales. Y de entre las elites militares y políticas involucradas destaca sin duda la figura de Vladimir Putin. Su formación como funcionario, como político y como agente policiaco se explica no sólo por sus virtudes y capacidades individuales, sino también por el contexto en el cual desarrolló sus creencias, astucia e inteligencia política. Ese mismo contexto explica la transformación de un burócrata eficiente y un espía obsesivo en un político calculador, sin escrúpulos para combinar nacionalismo, popularidad y represión en dosis adecuadas para incrementar su poder en una sociedad ilusionada por las promesas de prosperidad y grandeza que el partido político de Putin (“Rusia Unida”) ha garantizado a los ciudadanos de la ex Unión Soviética. Con 69 años de edad, la trayectoria de Putin es parte de la historia contemporánea de Rusia. Se formó como abogado en la Universidad Estatal de Leningrado entre 1970 y 1975, años en que ser litigante significaba ejercer como un burocráta más del Estado. Para mejorar su posibilidades de ascenso en los puestos estatales, ingresó a la Academia de Espionaje de la KGB, donde estudió entre 1975-1985, obteniendo el grado de “Mayor de Justicia”. Durante ese período trabajó como agente del estado investigando, persiguiendo y encarcelando enemigos del régimen. Eran los años sombríos del “miedo al Estado”, como los denominó el escritor Martin Amis en su libro Koba, el temible, un espléndido retrato del estalinismo y el postestalinismo en la URSS. Luego de la caída del muro de Berlín, trabajó brevemente (1990) como ayudante del rector de su Universidad (Leningrado), y comenzó una veloz carrera política a la sombra de Boris Yeltsin, el primer presidente de Rusia luego de la disolución de la URSS. Cultivando alianzas y y relaciones con diversos grupos, Putin fue nombrado como presidente interino en 1998, y un año después electo como presidente de la Federación Rusa, cargo que ejerció entre 1999 y 2008. Luego de ejercer como primer ministro entre 2009 y 2011, en 2012 vuelve a ser nombrado presidente, cargo en que se mantiene hasta ahora, gracias a una reforma constitucional impulsada vigorosamente en 2010 por él mismo y su partido, que amplió el período de gobierno de 4 a 6 años. Esa reforma permite la reelección indefinida en el cargo. La popularidad de Putin dentro y fuera de Rusia se refuerza con una retórica nacionalista, el impulso a la formación de una oligarquía de nuevos ricos rusos, y el control político sobre sus opositores. Es un modelo de liderazgo político que hipnotiza a empresarios y políticos, como lo vimos en el caso de Donald Trump. El político nacido en 1952 en el seno de una familia humilde en San Petesburgo, explota la nostalgia y las esperanzas de millones de ciudadanos, a los que vende una imagen de fuerza, determinación y orgullo nacionalista. En ese sentido, el abogado y el burócrata, el profesional del espionaje y el político astuto, la disciplina militar y el poder de las armas, forman parte de la formación de las convicciones, las creencias y los cálculos de un personaje central en el drama de la guerra que se desarrolla hoy en Kiev, Odessa, Chernobyl y las costas del Mar Negro. Putin como individuo es un personaje siniestro y fascinante como protagonista central del drama ruso/ucraniano. Pero es también importante por lo que representa: el ejercicio despótico de un poder sin contrapesos que es capaz de llevar al mundo a una guerra de dimensiones incalculables. Encarna la legitimación de una forma de empleo del poder cuyos límites son la ambición política y las aguas heladas del cálculo egoísta, actuando en nombre de una nación y de un pueblo, en este caso el eslavo. Es una imagen y una retórica que hemos visto demasiadas veces a lo largo de la historia. La figura de jefe supremo de las fuerzas armadas rusas asemeja el perfil de otros líderes crecidos en la lógica autocrática del poder. Concentrar decisiones, subordinar bajo su control a fuerzas políticas y militares, utilizando un lenguaje impositivo y monofónico. Es la acción de un liderazgo ejecutivo que domina las palabras, los hechos y la música de la guerra. Coresponde a la descripción que el escritor Philip Roth hizo de las creencias política y morales de un presidente ficticio, confesadas ante un tribunal imaginario: “Estoy convencido de que es esencial que el Demonio no sólo marque el compás, sino también que dirija el baile. El Demonio ha de estar a la altura de sus palabras” (Nuestra pandilla, 2008). La diferencia con la novela de Roth sobre Richard Nixon es que Putin no es la encarnación del diablo o la maldad humana, sino la personificación de una época gobernada por la confusión, el pragmatismo y el relativismo político.