Saturday, October 12, 2024
El código Clapton
El código Clapton
Adrián Acosta Silva
(Laberinto-Milenio, 12/10/2024)
https://www.milenio.com/cultura/laberinto/el-codigo-clapton
La noche del 3 de octubre en el poniente de la Ciudad de México se llenó durante un par de horas de los sonidos acostumbrados del tráfico urbano y de los aviones que entraban y salían del aeropuerto como ruidos de fondo de un incendio de guitarras, baterías, teclados, pianos y coros que salían de un estadio cercano (el GNP), donde más de 30 mil fanáticos rugían al compás de la voz y la guitarra de una de las leyendas vivientes del rock clásico, Eric Clapton.
La elegancia y la fuerza del más famoso de los rockeros británicos vivos se adueñaron del escenario y de la atención de los miles de asistentes al concierto. Si la guitarra eléctrica se convirtió en el instrumento-insignia del rock, sustituyendo al sax como instrumento dominante de la era del jazz y el blues en la primera mitad del siglo XX, es gracias al estilo y las brújulas sentimentales que imprimieron Robert Johnson, B.B. King, Jimmy Hendrix o J.J. Cale a la sonoridad guitarrera, de cuyas aguas bluseras bebió con generosidad Clapton, para luego convertirse él mismo en el mejor guitarrista de la historia del género. El “cuerno del diablo”, como le llamaron al saxofón los defensores de la música clásica de comienzos del siglo XX, cedió su lugar a la guitarra eléctrica como el “trinche del demonio” bajo el imperio del rock durante la segunda mitad del siglo.
¿Qué explica esa transición? ¿Qué representa la centralidad de las guitarras Les Paul, Gibson, Stratocaster o Fender que blanden como espadas los artífices de los grandes riffs del género rockero? Una de las posibles respuestas es que las guitarras hablan un lenguaje propio. Son herramientas que expresan sentimientos y emociones que van más allá de las palabras, formas y sonidos que transmiten señales múltiples y contrastantes, de alta intensidad, que describen abismos, valles y cimas delirantes, que convocan a los espíritus de la melancolía y la nostalgia, de tristezas infinitas y alegrías breves, que estimulan la imaginación y trazan los mapas de la educación sentimental de quienes las ejecutan y de quienes las escuchan. Los largos solos que ejecuta Clapton son una muestra de que la gramática profunda emanada de las cuerdas de una guitarra eléctrica adquiere sentido en los contextos adecuados. Y los conciertos frente a multitudes son eso: atmósferas, ambientes y lugares que son gobernados brevemente por la sintonía del corazón secreto de la guitarra.
Sunshine of Your Love, Hoochie Coochie Man, Crossroads, Before You Accused Me, Cocaine, Old Love, desfilaron lentamente por el escenario y las pantallas gigantes del GNP, ejecutadas con la legendaria maestría de uno de los dueños históricos del oficio. Por momentos, los espíritus de Robert Johnson, Willie Dixon, Muddy Waters, J.J Cale, Blues Breakers, Cream, Yardbirds, Blind Faith reaparecieron fugazmente bajo el cielo nocturno de la Ciudad de México. Con una voz que conserva la sobriedad y el tono, Clapton (Ripley, Inglaterra, 1945) ejecutó la guitarra como si tuviera veinte años pero con la experiencia que sólo proporcionan sus casi ochenta. Los dedos y las manos del Dios británico se apoderaron de la atención de miles que, hipnotizados por la imagen y los sonidos que gobernaban la noche seguían, con religiosidad pagana, las notas de la guitarra en manos del británico. “Clapton es Dios”, la frase pintada en los muros de las calles de Londres en los años sesenta, ahora se comprendía a plenitud en suelo mexicano, mientras que los grandes solos de guitarra, desgarradores y potentes, acompañados por el piano de otra leyenda viviente (Chris Stainton), obedecían fielmente a la voluntad del Señor.
En el horizonte de pérdidas que se acumulan en el campo del rock, sobreviven algunas de las figuras que alimentan las emociones, los mitos y las leyendas de varias generaciones. Esa capacidad de supervivencia obedece a varias razones y circunstancias. A los viejos héroes vivos del rock que brillaron con la luz de los años sesenta (Bob Dylan, Van Morrison, Neil Young, Mick Jagger, Keith Richards, Paul McCartney), los acompañan las sombras de muertos recientes que ocurrieron en la tercera década del siglo XXI (Tom Petty, Jeff Beck, David Crosby, Robbie Robertson, John Mayall). Esa mezcla de figuras y sonoridades del presente y el pasado, de muertos y vivos, habitan la resiliencia de quienes, como Clapton, persisten en la constante reinvención de una tradición.
Las noticias de la neuropatía que afecta desde hace años los nervios de las manos Clapton, o de la sordera causada por los altísimos decibeles que ha soportado en sus cientos de conciertos, pasaron desapercibidos para la multitud. Sólo en la última parte del concierto Clapton tuvo que colocarse unos guantes protectores en las muñecas, quizá para evitar el enfriamiento de sus manos, o tal vez por pura prescripción médica. Justo a la hora y media de iniciada su actuación, el músico y su grupo se despedían de los asistentes, que ovacionaron de pie a uno de los grandes iconos del rock clásico.
Al final, la sensación que flotaba en el ambiente nocturno era la de haber participado en un ritual pagano, oficiado por una de las grandes leyendas del género que surgió de la profundidad de los pubs y pequeñas salas de concierto londinenses de los años sesenta. Al observar y escuchar el ritual y al oficiante quedaba también una pregunta, cuya respuesta no está en el viento: ¿quién es Eric Clapton? ¿qué representa su figura y trayectoria? Y un acercamiento al abanico de explicaciones posibles a estas preguntas es que Clapton confirma que no sólo es un músico excepcional, sino que representa un código, un método, un estilo de ejecución cuyas raíces son profundas y sus expresiones resultan siempre asombrosas. Slowhand es un intérprete calificado de los espíritus de su época, la encarnación de sonidos y entornos que representan, tal vez como en ningún otro músico contemporáneo, las difusas relaciones entre la fe y los sentimientos, entre las creencias y convicciones, que articulan una cultura compleja que es la sumatoria azarosa de mezclas impuras. Pero no sólo eso. Muestra también que uno de los grandes afluentes del rock, el blues, sigue siendo una fuente de emociones e inspiraciones para uno de los miembros de la generación de los “hijos de la guerra”; una fuente cuyos ríos profundos corren por debajo y encima del piso duro de sus experiencias vitales, alimentando las pasiones, las decepciones amorosas y los romances de sus compositores e intérpretes.
Tal vez por eso, el prematuramente fallecido escritor norteamericano David Foster Wallace apuntó alguna vez que la escritura y la música representan, sobre todo, estados de ánimo. Sus hechuras son posibles gracias a la dictadura de la persistencia y el trabajo duro, siempre acompañados en dosis imprecisas por la inspiración y al entusiasmo de sus creadores. Pero para el autor de La broma infinita hay un factor de motivación que está al inicio de todo proceso creativo: la diversión. Si la diversión se evapora, todo se pierde, palidece o se desvanece en el ánimo de los escritores y los músicos. Y Clapton es un músico que aún lo hace (como se titula uno de sus discos de la década pasada, I Still Do, de 2016), que conserva la diversión como el combustible de su oficio, a pesar de las limitaciones que imponen los padecimientos de la edad o la fuerza de las circunstancias de una era poblada de señales depresivas, que fracturan y polarizan los ánimos y las interpretaciones. Quizá eso explica la vitalidad que mostró esa noche en la Ciudad de México: el músico al que aún le divierte lo que hace, y que lo comparte generosamente con sus comensales e invitados de ocasión.
Monday, October 07, 2024
Autonomías bajo riesgo
Diario de incertidumbres
Autonomías bajo riesgo
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 03/10/2024)
https://suplementocampus.com/autonomias-bajo-riesgo/
Las autonomías universitarias en México siempre han sido un tema incómodo para los gobiernos estatales y en ocasiones para el propio gobierno federal. Bajo las sospechas de malos manejos, corrupción o politización de las universidades, diversas iniciativas, acciones, pronunciamientos o declaraciones de funcionarios y dirigentes políticos no universitarios son expresiones de desconfianza de las élites políticas y gubernamentales dominantes en distintas épocas y contextos. Las experiencias de las alternancias políticas observadas en la escala nacional y subnacionales desde finales de los años noventa, partidos, grupúsculos o funcionarios ligados a distintos oficialismos políticos y sus respectivas coaliciones (PAN-PRI-Morena), se han manifestado por cambiar las formas de gobierno de las universidades públicas. Hoy, la Universidad Autónoma de Sinaloa, al igual que otras universidades públicas estatales y la propia UNAM en el pasado reciente, atraviesa por una crisis política derivada de la acción que la mayoría parlamentaria de Morena y sus aliados en el congreso sinaloense han emprendido para reformar la ley orgánica de esa institución.
Bien visto, esa reforma no es el inicio sino la culminación de un proceso derivado de la Ley General de Educación Superior del 2021, que en Sinaloa fue interpretada por el gobierno estatal y sus congresistas locales como parte del proceso de ajustes a las normativas estatales de “armonización” con la normativa federal. Aunque en la LGES se declara explícitamente que el respeto a la autonomía universitaria es uno de sus principios fundamentales, en los hechos la “armonización” incluyó en Sinaloa una reforma a la ley orgánica de la UAS, específicamente en lo que respecta a aspectos como la gratuidad y el acceso, pero fundamentalmente en lo relacionado con las formas y mecanismos de elección del rector y de las principales figuras unipersonales de autoridad de la universidad, una dimensión que constituye el núcleo duro de la autonomía política universitaria.
Como lo ha explicado con detalle Roberto Rodríguez en su artículo de la semana pasada en Campus, la lógica de la reforma legislativa es de naturaleza política, no de políticas académicas, administrativas ni organizativas. En medio de un conflicto que ha escalado desde hace un par de años, con múltiples movilizaciones, protestas y amparos judiciales por parte de la UAS apoyadas por otras universidades públicas y por la propia Anuies, el congreso estatal resolvió, por abrumadora mayoría, aprobar una nueva ley orgánica el pasado 20 de septiembre en una accidentada sesión que tuvo que suspenderse, reprogramarse y finalmente realizarse en modo fast-track en el transcurso de sólo dos días.
El hecho y sus implicaciones son sumamente preocupantes por las siguientes razones:
-Sienta un precedente grave en donde el oficialismo de un partido político puede actuar de manera independiente para resolver intervenciones legales sin la participación de las autoridades y comunidades universitarias formalmente reconocidas.
-Confirma un desequilibrio entre los poderes públicos, donde el ejecutivo y el legislativo pueden actuar de manera coordinada para debilitar una institución autónoma por ley, y minimiza, viola o desatiende los ordenamientos y resoluciones que otro poder público (el judicial) emite para contener los excesos de los otros poderes.
-El cambio en las formas y métodos de gobierno universitario es un asunto delicado que no se resuelve invocando a la democracia de asamblea. En una institución dedicada al conocimiento, caracterizada históricamente por los principios del cogobierno en la conducción de la universidad, las formas y métodos de selección de sus figuras de autoridad obedecen a una racionalidad compleja que combina participación y representación de sus comunidades en distintas escalas y dimensiones. Numerosos estudios y experiencias realizados en torno al gobierno universitario en México y en el mundo muestran los efectos perversos y no deseados de la politización salvaje de los procedimientos electorales a “mano alzada” en la universidad.
-Una reforma que no está basada en la autogestión de las comunidades universitarias y sus representaciones lastima la legitimidad de la autonomía universitaria como autogobierno institucional. Introducir modificaciones en la legislación universitaria sin la participación de sus comunidades no puede ser sustituida por una consulta organizada y ejecutada por instancias externas a la universidad (en este caso el congreso sinaloense), aunque sea en nombre de un ambiguo principio de “democratización”.
-El rasgo más preocupante del episodio sinaloense es que puede ser la señal más clara de que la “tiranía de la mayoría” puede dejar de ser una metáfora para convertirse, o confirmarse, como una realidad autocrática. Luego de la reforma al poder judicial, con una super-mayoría en el congreso federal y en los congresos estatales, el poder del oficialismo se ha incrementado de manera notable. Si durante el ciclo de la alternancia (1989-2021) los gobiernos divididos dominaron el panorama de los distintos oficialismos en las escalas federal y estatales, a partir de las elecciones de este año (2024) los gobiernos unificados (gobiernos cuyos partidos o coaliciones políticas alcanzan mayorías calificadas en el congreso federal o estatales) han sustituido a los gobiernos de la alternancia. En estas circunstancias inéditas en la joven democracia mexicana, la presidencia y las gubernaturas mantienen mayorías calificadas para emprender reformas legislativas en sus ámbitos de competencia, y no gobiernos que no tienen control sobre sus legislativos locales. Sin contrapesos políticos ni judiciales, el futuro de la autonomía universitaria contiene un alto grado de incertidumbre.
En este contexto, la desaparición de los órganos autónomos incluida en el paquete de reformas constitucionales impulsada por la mayoría morenista (Inai, Coneval, Mejoredu, etc.) puede incluir también la desaparición, modificación y cambios en las reglas del juego autonómico para las universidades públicas que hemos conocido desde la inclusión del derecho a la autonomía incluida en la fracción séptima del tercero constitucional desde la reforma de 1978. Ello significa, entre otras cosas, el diseño de una agenda que implica la posible desaparición de las Juntas de Gobierno, modificaciones a los procedimientos de selección de autoridades, la modificación de los planes y programas de estudio, los criterios y políticas de admisión de las universidades, o de las formas y criterios de contratación de su profesorado.
Por lo que se ve, el conflicto va para largo y al fondo, y el nuevo gobierno de la presidenta Sheinbaum aún no se ha pronunciado sobre el asunto. En un contexto sembrado de bombas de relojería, el tema de la autonomía universitaria aguarda por definiciones claras por parte del gobierno federal, sin olvidar que el silencio también puede ser la expresión contundente de una decisión tomada.
Thursday, September 19, 2024
Libertad académica
Diario de incertidumbres
Libertad académica, hoy.
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 19/09/2024)
https://suplementocampus.com/libertad-academica-hoy/
Uno de los principios fundacionales de la universidad contemporánea es la libertad académica, definida básicamente como libertad de cátedra e investigación. Su origen remoto se ubica en el siglo de las luces, cuyo motor fue la filosofía del liberalismo, anclada en una actitud anti-dogmática y en el desarrollo de la racionalidad científica como ejercicio de curiosidad y libertad intelectual. Su origen reciente se ubica a comienzos del siglo XIX cuando, en un oscuro cubículo de una universidad alemana, en Berlín, Wilhelm Von Humboldt, un científico y filósofo orientado a la práctica docente entre estudiantes universitarios, planteó que el vínculo empírico entre el desarrollo de la investigación y la docencia era la fuente del “verdadero aprendizaje”.
Para Humboldt, la universidad de investigación organizada en escuelas, facultades, laboratorios, institutos y departamentos significaba el futuro universitario. Pero esa forma universitaria requería de un ambiente de cooperación, flexibilidad y disposición que solo podría ser producto de la libertad académica de investigación, docencia y aprendizaje. A su vez, esa libertad estaría asociada a la autonomía institucional de la universidad, es decir, a sus capacidades auto organizativas y de autogobierno como condiciones básicas de gestión institucional de la libertad académica.
Mucha agua ha corrido bajo el puente de estas primeras formulaciones humboldtianas. No obstante, tuvieron un impacto poderoso en la reforma de las universidades de todo el mundo a lo largo del siglo XX, aunque en diverso grado, proporción y dimensiones. Hoy, el modelo de la universidad de investigación ha desplazado retóricamente a la universidad profesionalizante, aunque en términos prácticos la formación profesional siga dominando abrumadoramente las prácticas de universidades como las latinoamericanas. En esa coexistencia entre la búsqueda de una universidad de investigación y las prácticas de la universidad profesional late el corazón secreto de las nuevas tensiones universitarias, dominadas por las retóricas de la innovación, el emprendurismo, la excelencia, la calidad y la competencia por indicadores de legitimidad, prestigio y recursos.
En este contexto, el significado y las prácticas de la libertad académica se han adaptado a nuevas exigencias y demandas. Esa libertad nunca ha significado que los académicos hagan lo que ellos deciden de manera exclusiva y en solitario. Sus procesos previos de formación en la licenciatura y el posgrado, los núcleos de académicos con los cuales interactúan, los ambientes específicos, los estilos y los hábitos de las diversas disciplinas y campos de conocimiento a los cuales pertenecen o se incorporan, marcan las subjetividades de los académicos y sus afinidades electivas. La libertad académica es producto de un largo proceso de socialización de carácter formativo y contextual, en el que intervienen la selección de temas de investigación, el perfil de sus comunidades epistémicas, las tradiciones disciplinarias, los ambientes institucionales de organización de la investigación y el aprendizaje.
¿Qué significa hoy la libertad académica? La posibilidad de ejercer el derecho y la responsabilidad de explorar temas sociales y problemas públicos, de fenómenos de la naturaleza, de la sociedad o del conocimiento sin prejuicios ni prohibicionismos de ninguna índole. Significa el ejercicio de la racionalidad científica como fuente de inspiración y método para el estudio sistemático sobre las cosas que ignoramos o no comprendemos. Se trata de mantener la posibilidad de la conversación y la discusión académica con circuitos de colegas y estudiantes que comparten las mismas perplejidades, curiosidades e intereses de investigación en campos de conocimiento específicos. Es la posibilidad de organizar cursos, talleres, seminarios, coloquios o foros presenciales o virtuales para compartir hallazgos, discutir nuevos temas, enfoques o metodologías, y reconocer la fuerza del pasado científico para asumir, humildemente, que siempre “caminamos sobre los hombros de gigantes” como señaló Newton hace casi cuatrocientos años.
No obstante, experimentamos desde hace tiempo la fuerza de una paradoja. La figura clásica de la universidad como “templo del conocimiento” se ha debilitado. Y no son claras las razones que lo explican. Quizá, en parte, por la desarticulación de las redes académicas o la debilidad de las condiciones laborales que sostienen las libertades de cátedra e investigación. Bajo la influencia de la compleja coexistencia de lógicas neo-utilitaristas, de la innovación, o del compromiso con las necesidades del mercado o del estado, la lógica de la libertad académica ha desvanecido sus fronteras y prácticas, atrapada en la burocratización de sus procesos, el debilitamiento de la ética académica, o los efectos perversos de un productivismo gobernado por el juego de incentivos simbólicos o monetarios. La decisión de los temas de investigación, la selección de proyectos asociados a prioridades nacionales o institucionales, la búsqueda de la publicación rápida en revistas o libros científicos ha desatado desde hace décadas una feroz competencia por estímulos, prestigios y reconocimientos. La dictadura de los rankings gobierna áreas extensas del territorio académico y las tribus que lo habitan.
Pero los principales factores del debilitamiento de la libertad académica son externos al mundo universitario. Las elites del poder (sean gerencialistas, neoliberales o populistas) colocan sus intereses como los anteojos de las políticas públicas dirigidas al mundo de la investigación y la enseñanza universitaria. Las restricciones financieras, las dificultades de renovación generacional de las plantas académicas, los condicionamientos crecientes a las actividades científicas o tecnológicas influyen en el debilitamiento de las libertades académicas. Pero las aguas profundas del fenómeno tienen que ver con la desconfianza en la autoridad académica de las universidades, una desconfianza que se traduce en el cuestionamiento de la legitimidad académica universitaria y del poder institucional de la universidad en la vida pública.
La libertad académica es hoy una práctica imposible en muchas regiones del mundo, y en otras se mantiene a pesar de las desconfianzas gubernamentales y las dificultades de siempre. Presiones financieras, restricciones políticas, polarizaciones ideológicas y nuevos oscurantismos (agrupados en la cultura de la cancelación), erosionan las frágiles estructuras de la confianza en que se sostienen las libertades de cátedra y de investigación en las universidades. Sin embargo, la libertad de cátedra no sólo es un principio de la autonomía universitaria: es también, y quizá, sobre todo, un principio civilizatorio.
Thursday, September 05, 2024
UAS: violencia y política
Diario de incertidumbres
UAS: violencia y política
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 05/09/2024)
https://suplementocampus.com/uas-violencia-y-politica/
El asesinato del exrector de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) Melesio Cuén Ojeda ocurrido el pasado 25 de julio en Culiacán, revela una complicada historia de violencia, poder y política asociada en diversos momentos a la propia trayectoria socio-institucional de la UAS. Aunque aún está en curso la investigación criminal de los hechos que llevaron a su asesinato, los motivos que lo causaron, y los autores intelectuales y operativos que lo organizaron, el asesinato de Cuén Ojeda forma parte de una trama que aún aguarda por una narrativa que explique cómo se articulan las relaciones entre las élites dirigentes, grupos y redes a los que representan los rectores de esa universidad, y de qué manera establecen vínculos políticos dentro y fuera de la propia institución.
La historia reciente de la UAS muestra cómo los cambios en los entornos se articulan con los cambios en los arreglos políticos universitarios y en los procesos de legitimación, expansión y fortalecimiento de la propia universidad. Heredera de una larga tradición de universidades públicas estatales consideradas de izquierda de los años sesenta y setenta del siglo pasado -junto con universidades como las de Puebla, Guerrero o Zacatecas-, la UAS se asumió durante un largo ciclo como una universidad “crítica, popular y democrática” orientada hacia la transformación revolucionaria de su estado y del país. En ese contexto, la acción de grupos ligados al entonces Partido Comunista Mexicano (PCM) y, posteriormente, al Partido Socialista Unificado de México (PSUM), coexistieron con grupúsculos radicalizados cuya expresión más violenta fueron “Los enfermos”, autores de amenazas, golpizas y crímenes tolerados por las autoridades universitarias y estatales de entonces.
Durante los años ochenta, en el contexto de la crisis del financiamiento público federal y estatal, y de los cambios en las orientaciones de las políticas públicas hacia las universidades, la UAS experimentó una transición en las ideas y grupos dominantes heredados de las dos décadas anteriores, que influyeron en los cambios en los códigos y liderazgos de la política universitaria. Esa transición motivó la modernización de la propia universidad desde finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, a través de reformas impulsadas por la administración de rectores como Eduardo Franco (1977-1981) y, sobre todo, de Jorge Medina Viedas (1981-1985). El énfasis en la autonomía académica, el fortalecimiento de las funciones sustantivas de la universidad, y la adaptación a un nuevo contexto de políticas federales instrumentadas en el contexto de la “década perdida” de los ochenta, se colocaron al centro de esa transición de una universidad crítica, popular y democrática hacia una universidad moderna, plural, centrada en la vida académica más que en los pleitos políticos internos por el poder institucional.
La transición no fue tersa ni fácil. Enfrentamientos con los gobernadores estatales por recursos y reconocimientos, las luchas por la democratización del régimen político, así como las restricciones y condicionamientos presupuestales a la universidad, configuraron una agenda de cambios en la UAS que permitieron no sólo su supervivencia sino también su transformación en los años ochenta y noventa.
Durante las administraciones de los rectores Audomar Ahumada (1985-1989), David Moreno Lizárraga (1989-1993), Rubén Rocha Moya (1993-1997) -quién ahora funge como Gobernador del estado-, y hasta la rectoría de Jorge Luis Guevara Reynaga (1997-2001), la modernización de la UAS le permitió adaptarse a tiempos difíciles, pero también produjo como resultado fracturas y divisiones entre los grupos dirigentes y sus respectivos liderazgos. Esa historia de fracturas y desencuentros explica, en parte, las diversas trayectorias y circunstancias que marcan la historia política reciente de la UAS.
Para comienzos del siglo XXI, la universidad entraba a una nueva etapa. Bajo las rectorías de Gómer Monarrez Lara (2001-2009), Melesio Cuén Ojeda (2005-2009), Víctor Corrales Burgueño (2009-2013), y Juan Eulogio Guerra Liera (2013-2017, y 2017-2021), la UAS consolidó su modernización y centró sus acciones institucionales -al igual que prácticamente todas las universidades estatales públicas autónomas del país- en temas como calidad, evaluación, rendición de cuentas, gobernanza, internacionalización, innovación y descentralización de sus servicios en todo el estado. No obstante, en la esfera política, las fracturas y las divisiones entre sus grupos dirigentes -sindicales, académicos, estudiantiles-, marcaban una historia de tensiones y disputas internas y externas a la universidad.
La creación de Partido Sinaloense (PAS) en 2012, fue un punto de ruptura y reorganización de los grupos políticos de la UAS. Impulsado por Melesio Cuén y otros dirigentes y exrectores universitarios, el nuevo partido conquistó puestos de representación política en el congreso estatal y en varios ayuntamientos sinaloenses. El propio Cuén fue electo como presidente municipal de Culiacán en el período 2011-2012, puesto al que renunció para desempeñarse como diputado local en el período 2013-2016. A la llegada de Rubén Rocha como gobernador del estado en 2021, designó como secretario de Salud al exrector, expresidente municipal y exdiputado Cuén, pero, un año después, en mayo de 2022, en circunstancias confusas, el mismo Cuén fue cesado del cargo por el propio gobernador Rocha, aunque existen versiones de que el propio Cuén presentó su renuncia por desacuerdos con el gobernador.
Un ingrediente más de esta microhistoria de acuerdos, pleitos y rupturas tiene que ver con el complicado litigio que enfrenta la administración del actual rector Jesús Madueña Molina con el gobierno estatal encabezado por Rocha. Entre acusaciones de corrupción, de violación a la autonomía universitaria, intentos de reforma a la ley orgánica de la UAS impulsados por el gobernador y el congreso estatal, condicionamientos presupuestales y escándalos mediáticos, el litigo se encuentra en las arenas judiciales locales y federal, en espera de una resolución. En este contexto ocurrió el asesinato del exrector Cuén, un contexto dramáticamente agravado por la captura (el mismo día del asesinato del exrector), y las posteriores declaraciones del célebre narcotraficante Ismael “Mayo” Zambada.
El hecho duro es que una noticia de nota roja ha mostrado la complejidad de la historia universitaria, y muchas preguntas aguardan por respuestas que quizá nunca se darán. Pero cualesquiera que sean éstas, la historia política de la UAS forma parte de la historia política de Sinaloa. Sus protagonistas, algunos exrectores, forman parte de esa trama, y sus trayectorias muestran las zonas grises de las relaciones entre la política y el poder que están detrás de los cambios y transformaciones que hemos visto transcurrir en los patios interiores de la vida universitaria, mientras nuevas generaciones de estudiantes y académicos sinaloenses observan con interés, asombro o indiferencia el rumbo de los acontecimientos desde las instalaciones del campus universitario y sus alrededores.
Tuesday, September 03, 2024
Política y zombis
La política no es para zombis: ruinas, escombros y cadáveres
Adrián Acosta Silva
https://revistareplicante.com/la-politica-no-es-para-zombis/
Este pobre hombre…es víctima de esa triste superstición
que asocia con espectros el cuerpo sin vida de un hombre,
como los fantasmas con una casa abandonada.
Herman Melville, Benito Cereno
En el transcurso de la experiencia de los procesos electorales que se han desarrollado (o lo harán) en este 2024 en México y en diversas partes del mundo, han reaparecido las mismas preocupaciones que acompañan con intensidades variables a la vida política desde hace un par de décadas. Si durante los años ochenta del siglo pasado se asistió a lo que politólogos como Huntington denominaron como la “tercera ola” de la democracia, a lo largo del siglo XXI hemos visto desarrollarse rápidamente una contra-ola, o resaca, o reflujo, de movimientos autoritarios autocráticos o no democráticos en muchos paíeses, cuyas causas son difusas. En México o en Venezuela, en Argentina o en España, en los Estados Unidos, en Francia, Gran Bretaña o en el Parlamento Europeo, las elecciones de representantes políticos han movilizado las fuerzas y las retóricas de la política, en donde la democracia es la moneda de uso común, aunque su significado se haya vaciado de contenidos y límites precisos desde hace tiempo. En los contextos pre y postelectorales, los actores políticos utilizan las máscaras de la temporada para movilizar sus recursos y herramientas para llamar la atención sobre sus ideas, propuestas y figuras. En esos contextos de movilización y activismo feroz en busca de votos, legitimidad y apoyo, destacan los políticos profesionales en activo y los que deambulan entre el invierno de sus desgracias. Cierta lógica darwinista explica la supervivencia de unos y la extinción de otros: la evolución de las especies también puede aplicar a la vida política.
Este es un breviario condensado en 15 notas, un recuento arbitrario y azaroso de recorridos por los extraños paisajes de ruinas, escombros, fantasmas y cadáveres que se amontonan rápidamente en la vida política contemporánea y sus representaciones.El foco de atención es el comportamiento de sus principales actores (partidos, organizaciones, líderes) y de sus efectos en la configuración de los escenarios sociopolíticos de la temporada. Son pequeños retratos con paisaje, cuyo propósito, si es que hay que enunciar alguno, es tratar registrar de manera impresionista lo que ocurre en estos tiempos de fascinaciones colectivas por los abismos de las polarizaciones políticas.
1. La política es, a veces, un bazar de asombros. Renuncias inesperadas o indeseadas; cambios bruscos de timón, recorridos de trayectorias indecisas, o súbitos abordajes de barcos completos; derrotas políticas que luego se traducen en ganancias inesperadas; historias zigzagueantes de organizaciones e individuos; proyectos fallidos; resultados no buscados pero deseados, y efectos deseados pero no cumplidos; alianzas extrañas unidas solamente por el pegamento del oportunismo y las ilusiones (“la política y el matrimonio producen extraños compañeros de cama”, sentenció el viejo Groucho); interminables desfiles de políticos depredadores, de personajes de moralidades elásticas y códigos de ética siempre adaptables a las circunstancias. Son algunas de las estampas que forman parte de los mapas, brújulas y territorios que se suelen emplear para tratar de descifrar los comportamientos políticos modernos.
2. Las prácticas políticas son realizadas por múltiples actores bajos ciertas reglas y condiciones, cuyos umbrales de cumplimiento son variables. El núcleo de la política es por supuesto la búsqueda del poder, definido a la manera weberiana como una relación entre los que mandan y los que obedecen, que en su forma moderna son representados por gobernantes, partidos políticos y ciudadanos. Sus códigos básicos de entendimiento son el producto sofisticado de la combinación entre la experiencia y las instituciones, de la razón y de las pasiones, de la voluntad, el interés y el cálculo. El animal político guiado por una mezcla de instintos e intereses del que hablaban los antiguos es también el animal político del que hablan los modernos. La política no cambia; lo que cambian son sus actores, reglas e instituciones. (Una frase peor es la que se suele aplicar entre ciertos críticos o escépticos de los círculos del poder en Washington DC: “la política es la misma mierda; lo que cambian son las moscas”).
3. La política nunca es una zona muerta, un territorio baldío, un espacio vacío. Tampoco es el cementerio de las ilusiones, pasiones o los intereses, aunque muchas veces la historia enseña cómo el fracaso de las artes de la política para resolver las diferencias a favor o en contra del gobierno, o a favor o en contra de los ciudadanos, puede llevar justamente al territorio fangoso de la anti-política, es decir, al uso del chantaje, la violencia y la fuerza para resolver los conflictos. A lo largo de la historia y de los últimos años hemos visto emerger en diversas latitudes y contextos un adelgazamiento paulatino de los límites de la política y de la violencia. En el contexto de la persistencia de la desigualdad social y el recrudecimiento de las violencias causadas por la expansión de la ola criminal ligada al narcotráfico, la inseguridad y la industria de la migración forzada de miles de ciudadanos, dictadura o democracia, democracias representativas o democracias populistas, teocracias o monarquías, autoritarismo o democracia, suelen ser algunas de las antípodas que se yerguen bajo el cielo oscurecido de la política contemporánea.
4. La política es un territorio vivo, habitado por rutinas, pero también por sombras y luces, sorpresas e ilusiones. Sus espectáculos producen a menudo asombros, confusión, ansiedad, que son emociones asociadas al hecho de que la política no es solamente el imperio del cálculo racional de los actores involucrados (los “jugadores”, como se les denomina en las teorías políticas de la escuela del rational choice), sino también de los efectos perversos o no deseados de las acciones políticas. Ello puede llevar, en ocasiones, al “invierno de las decepciones”, pero también, en otras, al “verano de las ilusiones”, para decirlo en la sombría tonalidad de las palabras que Shakespeare usó en Hamlet.
5. Lo decía Gramsci, en la oscuridad de una cárcel italiana en la época del fascismo: la política es el ámbito de lo posible, no de lo deseable. Esos son sus límites infranqueables, el corazón metálico de sus tensiones. Pero la finalidad de cualquier tipo de política es la de resolver problemas públicos. Esa resolución se basa en acuerdos, arreglos, transacciones, negociaciones, y sus constructos más elaborados son las leyes y las instituciones, ese tipo de artefactos útiles para tratar de evitar el síndrome (o la maldición) de la piedra de Sísifo, donde cada generación está condenada a empezar a construir algo nuevo sobre los mismos asuntos una y otra vez.
6. Los hechos políticos, en tanto hechos sociales, hay que tratarlos como cosas, aconsejaba con prudencia Durkheim en sus Reglas del método sociológico. Ese distanciamiento ayuda a des-moralizar los comportamientos políticos, y verlos bajo la lupa del razonamiento descriptivo, fáctico, y no del razonamiento normativo, basado en juicios (o prejuicios) éticos o morales. Eso no significa que en la acción política no exista cierta lógica normativa, basada en valores, que guía o pretende orientar los comportamientos de la vida política en sociedades complejas, es decir, conflictivas y cambiantes. Lo que se apunta es que la densidad y complejidad de los hechos políticos tienen que ser descritos antes que juzgados, comprendidos antes de ser resueltos. Es desafiar la lógica convencional que suelen usar muchos políticos profesionales que consiste en cargar bajo el brazo un portafolio de soluciones en busca de problemas, cuando en buena lógica debería ocurrir al revés: identificar y comprender problemas que posibiliten imaginar soluciones.
7. Una de las claves interpretativas de la vida política y de sus entornos es la mirada de los políticos. Más específicamente, el lenguaje y los ojos con los cuales los políticos profesionales se desenvuelven en la vida pública. Empresarios que se vuelven políticos, o predicadores que abrazan la política como el leit motiv de sus vidas públicas y privadas, tienen en común el uso de un lenguaje disruptivo, incendiario, que mezcla insultos, descalificaciones, prédicas morales, condenas y bendiciones. Es un lenguaje cuasi religioso, dirigido a la conquista de una mayoría ruidosa, incondicional, entusiasmada con el lenguaje mesiánico del líder, el caudillo o el jerarca.
8. Los ojos inquietos, nerviosos, a veces enloquecidos de un líder frente a la multitud refuerzan el lenguaje y los gestos. En el pasado, Hitler, Mussolini o Fidel Castro, o en el presente Jean Marie Le Pen, Donald Trump o Javier Milei, son los prototipos de gesticuladores clásicos, que muestran cómo los ojos se articulan y complementan con las palabras. Ejercen a su modo y circunstancias el viejo arte de la retórica política y de la fuerza del lenguaje, el equilibrio entre la voz y la mirada. Mientras observan con sus ojos a todos y a nadie, su mirada está puesta más allá, en la Historia. Los rostros de la multitud no le representan nada. El perfil luminoso de la Historia es su verdadero foco de atención, el que le proporciona inspiración, fuerza y sentido a sus palabras y a sus ojos. Si el poder de la masa es expresión de su unión, el poder del político es el impacto de su mensaje. Quizá por eso la política puede ser vista en ocasiones como una representación religiosa, o pagana, o mística, del poder colectivo, que se acompaña de rituales de adoración, símbolos, gesticulaciones, promesas y señales bajo el cielo azul de las ilusiones.
9. En el espectáculo político contemporáneo desfilan personajes y personajillos de distinta estatura, capacidades y calaña, pero no todos son iguales La clasificación puede reducirse o ampliarse según sea la mirada, la experiencia o el conocimiento del observador. Existen los políticos depredadores como Milei o Trump, los despiadados como Hitler, los ingenuos/bienintencionados como Macron, los ignorantes que padecen incontinencias verbales como Vicente Fox, prototipos de dictadores de traje y corbata como Nicolás Maduro, los astutos, calculadores y autoritarios como Margaret Thatcher, López Obrador o Salinas de Gortari, los inteligentes como Barack Obama, Jesús Reyes Heroles o Kamala Harris, los oportunistas y autócratas pura sangre como Erdogan, Orbán o Netanyahu. Si uno coloca la mirada en los sótanos y los pisos inferiores de la política, la clasificación se puede ampliar o reducir, pero es muy probable que se repitan los mismos patrones y perfiles de los liderazgos políticos realmente existentes.
10. Mención aparte son los muertos vivientes de la política, los zombis que recorren y re-visitan los territorios en los cuales vivían y de los cuales han sido expulsados de manera ocasional o permanente. Son las siluetas de figuras que recorren como fantasmas o zombis en los espacios políticos. Algunos desaparecen para siempre y otros, en ciertas circunstancias, tienen retornos sorprendentes, inesperados, al mundo de los políticos activos, invocados por los cálculos e intereses de otros. En términos novelísticos, Fouché, de Stephan Zweig, es quizá la representación más deslumbrante de los rasgos de los políticos que se niegan a morir, aun cuando su carrera está acabada por las circunstancias, por sus errores, por malas decisiones o pura mala suerte, y que son condenados al ostracismo de la política, a deambular por pasillos, cantinas y salones buscando una nueva oportunidad - “una última” rogaba Fouché-, para regresar a las zonas vivas de la política mundana, no de sus zonas muertas, o abandonadas. Personajes tristes de los espectáculos de la política, esos individuos representan los extraños caminos del fracaso político, hombres y mujeres que, parafraseando una frase de Eliot en La tierra baldía, practican imaginarias partidas de ajedrez “fatigando ojos sin párpados/ esperando una llamada” que quizá nunca llegará.
11. La confianza es la flor exótica y delicada de la vida política y de los políticos. Se alimenta de la reputación, el prestigio y la eficacia de la acción política, cuyas implicaciones siempre van más allá del carácter de los individuos o la forma de las organizaciones. Justo por ello, para no dejar decisiones importantes únicamente en manos de los intereses y ambiciones de individuos, camarillas y grupúsculos de poder, se crean leyes e instituciones que hagan de las prácticas políticas acciones delimitadas por entornos regulatorios que garanticen ciertos equilibrios, separación de poderes, procedimientos, derechos, obligaciones, responsabilidades, sanciones, reconocimientos para el ejercicio político. La confianza se traduce en legitimidad, aunque sus umbrales suelen moverse permanentemente entre la legitimidad plena y la legitimidad deficitaria.
12. Las democracias contemporáneas están habitadas por instituciones, depósitos y basureros. Su complejidad radica en la fragilidad de los principios, los valores y las reglas que sustentan sus rasgos básicos: separación de poderes públicos, reconocimiento del pluralismo, participación de los ciudadanos, elecciones libres, legitimidad de las representaciones políticas, cumplimiento de la ley, responsabilidad pública de las autoridades electas, sistemas de partidos, mecanismos de reclutamiento político. Aunque los regímenes políticos sean diferentes (presidencialismos, parlamentarismos, y sus respectivos semis), y sus orientaciones ideológicas apunten hacia direcciones diversas (democracias liberales o democracias populistas), las democracias modernas asumen a las tensiones como el combustible de la política. Experiencias de cambio y continuidad, de fracturas y solidificaciones, son representadas por proyectos exitosos y fallidos en múltiples contextos sociales.
13. Si, como afirmara Hobbes, el egoísmo es la fuerza motriz de la vida en sociedad, la política es el espacio público donde confluyen egos de distinto tamaño, capacidad e influencia. Disfrazados frecuentemente de altruismos, buenas intenciones y grandes proyectos y expectativas maximalistas, los comportamientos de las élites políticas revelan el tamaño de sus aspiraciones egocéntricas, grupusculares o tribales, que se alimentan de los cuerpos o cadáveres de las organizaciones políticas que dirigen o representan. El México contemporáneo, sumido en un proceso inocultable de cambio político, representa el fenómeno de manera clara. Los casos de los liderazgos de Alejandro Moreno (“Alito”) en un PRI en crisis, de Marko Cortés en un PAN derrotado y confundido, o de Jesús Zambrano en un PRD en avanzado estado de descomposición cadavérica, contrastan con las expresiones de alegría y felicidad que propagan los dirigentes del MORENA luego del triunfo electoral de junio, como una extensión de sus propios sueños, fantasías y aspiraciones tribales.
14. Como lo recuerda Isaiah Berlin, la política era para Helvetius y para no pocos de los enciclopedistas europeos del siglo 18 una “ciencia moral”, es decir, una actividad dirigida hacia la mejora del bienestar de una colectividad bajo ciertos principios, reglas y valores, y no una práctica dirigida por gente sin escrúpulos, que sólo mira sus propios intereses personales promovidos como los intereses de toda una colectividad. Las tiranías, las teocracias, los totalitarismos y las dictaduras antiguas y modernas son la expresión política de cómo, bajo ciertas condiciones, el gobierno de muchos (las “poliarquías”, según Robert Dahl), se puede transformar en el gobierno de pocos (oligarquías, autoritarismos, autocracias). Esas expresiones pueden ser reversibles, pero el costo social y político puede ser muy alto para muchos.
15. La naturaleza de la bestia política es la búsqueda de poder, que se traduce en un activismo febril en la conquista de puestos y posiciones. Un político sin puestos es un político sin el poder de la representación, es decir, un no-político, un ciudadano cualquiera. La fuerza de un político se mide por su capacidad de influencia, por su posición en el tablero de los juegos de la temporada. Sus estrategias, creencias e intereses siempre están ligadas a ser un actor y no un espectador, un protagonista, no parte del público. Los tiempos tristes de un político ocurren cuando no tiene puestos ni influencia, cuando vive de sus ocupaciones privadas, individuales, no políticas. Su sentido de pertenencia e identidad está anclado irremediablemente a la búsqueda del poder. Cuando ello no ocurre, es cuando vive en la zona de los zombis, de los muertos insepultos, ese territorio lúgubre al que los expolíticos, los políticos fracasados, los abandonados, excluidos o marginados de los juegos del poder, están condenados de manera permanente o coyuntural. Es la tierra de la no-política. Es cuando algunos de esos personajes escriben, o deberían escribir, sus propios diarios del año de la peste, justo como aconseja el personaje principal de El mar, la espléndida novela de John Banville, como recurso existencial para tratar de encarar los tiempos difíciles.
Thursday, August 22, 2024
¿Un segundo piso para la educación superior?
Diario de incertidumbres
¿Un segundo piso para la educación superior?
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 22/08/2024)
https://suplementocampus.com/un-segundo-piso-para-la-educacion-superior/
Mientras se asienta la polvareda postelectoral mexicana, entre las críticas de la oposición y las fiestas del oficialismo político, es posible identificar algunos de los temas relevantes de la agenda pública que se va construyendo en el campo de la educación superior. La forma que adquiera específicamente la agenda gubernamental será hechura de esa agenda pública que orientará las decisiones políticas que el nuevo gobierno federal deberá tomar en los próximos meses. La elaboración del Plan Nacional de Desarrollo 2024-2030, y de los programas sectoriales correspondientes (entre los que destacan el Programa Nacional de Educación Superior, y el que tendrá a su cargo la nueva Secretaría de Humanidades, Ciencia, Tecnología e Innovación), mostrarán las continuidades, los ajustes y tal vez los cambios que el nuevo gobierno federal introducirá en el transcurso del próximo sexenio.
¿Puede haber un “segundo” piso para la educación superior, para utilizar la metáfora ingenieril que suele usar desde hace meses la próxima presidenta Sheinbaum? Si ello es así, ¿en qué consiste? Para explorar estas cuestiones habría que revisar no sólo las hechuras del “primer piso” elaborado durante el sexenio obradorista, sino los cimientos mismos sobre los que se asienta hoy la educación superior mexicana.
Las hechuras políticas de los cambios observados en las políticas de educación superior del sexenio 2018-2024 tuvieron como argumento central la creencia de que el neoliberalismo es la causa de todos los males existentes en la educación superior. Las críticas a los mecanismos de acceso, a las políticas de evaluación de la calidad, a la imposición de cuotas a los estudiantes universitarios, a la falta de compromiso social de las universidades, se constituyeron como los focos discursivos que alimentaron las reformas a la Ley General de Educación Superior, a la Ley de Humanidades, Ciencia, Tecnología e Innovación, así como los cambios abruptos en el Conacyt, en el Sni, en las políticas de financiamiento federal a las universidades e instituciones públicas de educación superior orientadas por las políticas generales de austeridad en el gasto público derivadas de las decisiones del ejecutivo federal.
En prácticamente todos los rubros, la educación superior ralentizó su crecimiento histórico, y el proyecto emblemático del sexenio (las Universidades para el Bienestar Benito Juárez) no tuvo un impacto significativo en el crecimiento sistémico en la cobertura, equidad, pertinencia o calidad de la educación superior mexicana. Tampoco las políticas de “becarización” de la educación superior enunciadas bajo el programa “Jóvenes escribiendo el futuro” o del programa de becas “Elisa Acuña”, parecen haber tenido un impacto en las trayectorias de acceso, permanencia y egreso de los estudiantes de educación superior en el país. La ausencia de evaluaciones rigurosas y de información sistemática sobre estos componentes de las políticas sexenales, impiden realizar un balance puntual de estos programas.
Para las universidades públicas, la cancelación de los programas asociados a bolsas extraordinarias de financiamiento significó un endurecimiento de las condiciones en que desarrollan sus funciones sustantivas. Como ocurrió en sexenios anteriores (“neoliberales” en el argot político del oficialismo morenista), la autonomía fue disminuida mediante la austeridad y el uso de los instrumentos del financiamiento federal. La crítica a las orientaciones de mercado de muchos programas de posgrado se tradujo en la decisión de no apoyar este tipo de programas a nivel nacional, afectando la existencia de programas que durante muchos años se habían mantenido en el antiguo “Padrón de Posgrados de Calidad” del Conacyt, y que ya no sobrevivieron en el nuevo “Sistema Nacional de Posgrados” del Conahcyt.
En este contexto, las metas de obligatoriedad, gratuidad y universalización de la educación superior no se alcanzaron. Sabemos muy poco del logro de los aprendizajes en los programas de pregrado o de la inserción laboral de los egresados de la educación terciaria, universitarios y no universitarios. Las condiciones laborales de los académicos tampoco mejoraron significativamente, y hoy como desde hace décadas el profesorado de tiempo parcial constituye cerca del 70% del profesorado total, lo que dificulta el crecimiento de la investigación y la innovación en áreas críticas del desarrollo científico-tecnológico nacional.
Las bases organizacionales históricas del sistema de educación superior se mantienen en buena parte por las instituciones del subsistema público universitario y no universitario. Esos son los cimientos lentamente construidos durante décadas (antes, durante y después del neoliberalismo), y ello explica la capacidad de resiliencia que las universidades públicas y tecnológicas han mostrado a pesar de estos años dominados por la austeridad financiera, la desconfianza gubernamental, o los impactos disruptivos de la pandemia del Covid-19.
En este marco, durante su campaña y luego de las elecciones, Sheinbaum anunció la continuación de los programas de becas universales, la consolidación de las Universidades del Bienestar, y la ampliación de proyectos como la Universidad de la Salud, o de la Sor Juana Inés de la Cruz, que son hechuras de su gobierno en la CDMX. Si hay algunas señales de lo que puede ser el “segundo piso” de la educación superior son estas. No hay hasta ahora un posicionamiento claro respecto del papel de las universidades públicas autónomas, o del Tecnológico Nacional de México, en esta construcción. Tampoco hay posicionamiento alguno sobre las políticas hacia la educación superior privada, cuya expansión se mantiene constante en los últimos años.
Habrá que esperar diagnósticos y evaluaciones puntuales del nuevo gobierno que ofrezcan mayor claridad sobre lo que puede ser la nueva agenda de las políticas de educación terciaria. Pero hay muchas razones para suponer que no habrá evaluaciones y que esa agenda será la misma que ha dominado la acción gubernamental en los últimos seis años. Muy probablemente no habrá un segundo piso de esas políticas, sino tan solo la prolongación de un primer piso lleno de baches, vacíos y tramos inconclusos o abandonados.
Monday, August 12, 2024
Agenda 2030 (2)
Diario de incertidumbres
Agenda 2030: proyecciones y escenarios
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 08/08/2024)
https://suplementocampus.com/agenda-2030-proyecciones-y-escenarios/
¿Será posible alcanzar en el año 2030 las metas educativas acordadas en los ODS para México? De acuerdo con el comportamiento del índice de finalización educativa estimado entre 2016 y 2024, se pueden realizar algunas proyecciones básicas para los niveles primaria, secundaria y media superior. Sin embargo, en los ODS ese índice no está considerado para el nivel superior.
De acuerdo con datos disponibles, es posible afirmar que para el año 2030 la meta de alcanzar el 100% de finalización en primaria será prácticamente cumplida como índice promedio nacional (98.4%), aunque solo en 10 de las 32 entidades se alcanzará el 100% previsto. Para el caso de la secundaria, el índice calculado para el 2030 será del 95.4%, y solo 4 entidades del país alcanzarán el 100%. Sin embargo, en el caso de la educación media superior se advierte un rezago significativo. Para 2030 se estima que, de seguir las tendencias observadas en los últimos años, ese índice será del 76.8%, y solo 11 estados tendrán un índice que se ubicará entre el 80 y el 90%.
Según sexo, para 2030 se estima que el 97.7% de los hombres y el 99.1% de las mujeres habrán finalizado exitosamente la primaria. Para el primer caso, en 10 estados de la república ese índice alcanzará el 100% de los hombres, mientras que para las mujeres ello ocurrirá en 12 entidades del país. En el caso de la secundaria, para 2030 el índice de finalización puede alcanzar al 95.4% como promedio nacional, y sólo en 4 entidades se tendrá un índice del 100%. Según sexo, hay algunas diferencias. Mientras que para los hombres el índice será del 93.7% (por debajo del promedio nacional), para las mujeres alcanzará el 97% (por encima del promedio). En el caso de los hombres, sólo en 6 de las 32 entidades se alcanzará el 100% de finalización, mientras que para las mujeres esta situación ocurrirá en 8 estados de la república.
En educación media superior se observan los mayores desafíos para alcanzar la meta del 100% de finalización educativa. De seguir la dinámica observada en los últimos años, para el año 2030 sólo se alcanzará el 76.8% como promedio nacional, y únicamente en 11 entidades del país ese índice se ubicará entre el 80 y el 90%. Según sexo, para ese mismo año el índice será del 73.2% para los hombres y del 80.5% para las mujeres. Se estima que, en el caso de los hombres, en el año 2030 solo en 6 estados se observarán índices de entre el 80 y 90%, mientras que para el caso de las mujeres 19 entidades presentarán índices en el mismo rango de porcentajes.
Para el caso de la educación superior, los ODS no la incluyeron como parte de las metas a alcanzar en los índices de finalización debido a la enorme heterogeneidad y desigualdad en el acceso a ese nivel educativo entre los 193 países que integran la ONU. No obstante, es posible suponer que las tasas de finalización educativa de la educación terciaria son significativamente más bajas que los niveles previos, considerando como población de estudio a las personas ubicadas entre los 25 y los 64 años.
Según la OCDE (Education at a Glance, 2023), para el caso mexicano se calcula que en 2023 el índice de finalización educativa en educación superior es del 21% de la población en edad laboral (25-64). Eso confirma, una vez más, que tanto el acceso como la permanencia y el egreso de la educación superior es uno de los grandes desafíos de las políticas de educación superior de hoy y del futuro próximo. En un escenario donde la cobertura se mantiene por debajo de las metas planteadas por el gobierno mexicano (50%) y el abandono escolar es relativamente alto (6 de cada 10 estudiantes), la finalización de la educación terciaria es una meta lejana en el sector, que difícilmente cumplirá con el sentido de eficacia y pertinencia de los ODS para el 2030.
En un marco más general, la evaluación más reciente del cumplimiento de los ODS a nivel global (realizada en noviembre de 2023), ha señalado los insuficientes y “decepcionantes” avances de las metas fijadas en los 17 ODS, incluido el número 4 (“Educación de calidad”). Muchos factores han causado esas insuficiencias, pero algunos de los más importantes tienen que ver con tres causas estructurales: a) los efectos de la pandemia del COVID-19 experimentada durante los años 2020 y 2021; b) los grandes movimientos migratorios que se han expandido en diversas regiones del mundo desde el inicio del siglo XXI derivados de conflictos políticos, violencia o cambio climático; y c) la dura realidad de una pobreza intergeneracional persistente.
En estas circunstancias, los países que mejor han respondido en el cumplimiento de los ODS son aquellos que ya mostraban tendencias de mejora desde antes del año 2015, y que habían construido políticas públicas dirigidas hacia campos de acción específicos como la educación o el medio ambiente. Es la confirmación de una vieja sentencia sociológica de origen bíblico (“el efecto mateo”), que señala a la desigualdad de origen como uno de los factores causales de la desigualdad en el destino (“al que tiene más, se le dará más”). En el caso de México, tenemos algunos avances y logros, pero permanecen múltiples déficits y vacíos en el panorama global. Es un buen momento político para replantear metas realistas y factibles para incrementar el índice de finalización educativa en los niveles medio superior y superior. Las conexiones que articulan a la economía con la política y la sociedad descansan en buene medida en el fortalecimiento de la educación como palanca de movilidad social y como fuente de aprendizajes a lo largo de la vida.
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