Friday, February 21, 2025
Déjà vú: puestos y personas
Diario de incertidumbres
Déjà vu: puestos y personas
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 20/02/2025)
https://suplementocampus.com/deja-vu-puestos-y-personas/
Uno de los temas relevantes de la sociología política tiene que ver con la distinción entre puestos y personas en la configuración de las estructuras de gestión de los asuntos públicos. Como el viejo Weber lo planteó en sus escritos clásicos, esa distinción permite a los estados modernos la construcción de una racionalidad burocrática desempeñada no por amateurs con talento o con ganas de hacer bien las cosas, sino por individuos (ellos, ellas) que ocupan un puesto normado por leyes y reglamentos, que requiere de ciertos méritos, habilidades y trayectorias previas, que son remunerados de acuerdo a la jerarquía del puesto, y que no son dueños del lugar y de los recursos que ocupan para llevar a cabo sus funciones.
Los ecos weberianos resuenan cada que se observa la dinámica de los nombramientos públicos. Una nota de coyuntura revive esa conocida sensación Déjà vu. La semana pasada se dio a conocer la noticia de que el aún rector de la Universidad de Guadalajara fue nombrado nuevo subsecretario de educación superior de la SEP. Tomará posesión del puesto a partir del próximo 1 de abril, justo cuando termina su período sexenal como máximo representante de la universidad jalisciense (2019-2025). La noticia, la persona y el puesto representan con claridad los antiguos susurros weberianos bajo el signo de los nuevos tiempos políticos.
Aunque desde hace meses se sabía de la posibilidad de que el rector tapatío Ricardo Villanueva se integraría al gabinete de la presidenta Sheinbaum, la noticia se confirmó apenas el pasado 13 de febrero. La trayectoria de Villanueva es representativa de otros rectores universitarios que antes o después de ocupar esos puestos desarrollaron carreras políticas en los ámbitos municipales, estatales o federales. Algunos casos más o menos recientes confirman la afirmación. El hoy gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, fue hace tiempo rector de la UAS, y luego dirigente partidista en su estado natal; Salvador Jara, rector de la U. Michoacana (2011-2014), fue gobernador interino de su estado (2014-2015), y posteriormente subsecretario de educación superior de la SEP durante el gobierno del presidente Peña Nieto; Juan Carlos Romero Hicks, exrector de la U de Guanajuato en los primeros años noventa del siglo pasado, luego fue gobernador de esa entidad y posteriormente funcionario federal durante los gobiernos de los presidentes Fox y Calderón; o el exrector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, hoy secretario de relaciones exteriores del gobierno de Sheinbaum. Son representaciones de cierto patrón de comportamiento político de los rectores de universidades públicas autónomas.
El caso del rector de la U de G que se integrará al gabinete federal es similar. Es la experiencia de un exdirigente estudiantil que luego pasó a ser profesor universitario, militante de un partido político (PRI), y, antes de ser rector general, fue miembro prominente del gabinete de un gobernador (Aristóteles Sandoval), y regidor municipal en Guadalajara. Esa trayectoria pública no descansa tanto en los méritos estrictamente académicos del todavía rector de la U de G, como en los méritos políticos que ha acumulado a lo largo de una trayectoria recorrida entre las aguas mansas de la docencia universitaria y las aguas revueltas y con frecuencia oscuras de la política universitaria y la política partidista. En esas aguas, dominadas por diversos órdenes de lealtades a personas y proyectos, Villanueva ha estructurado su propia trayectoria político-institucional.
Más allá de las características personales del rector, de sus capacidades de cabildeo político y gestión institucional, la propia U de G es un caso interesante de las vidas cruzadas que transcurren entre el poder político y el poder universitario. Otros exrectores de la era más reciente de esa universidad (Raúl Padilla, José Trinidad Padilla, Tonatiuh Bravo), han sido diputados locales o federales, o regidores municipales, antes o después de ser electos como rectores universitarios. El hecho de que las rectorías sean puestos de gestión política en los ámbitos locales o nacionales, les otorga a sus representantes una enorme visibilidad pública, lo que explica que puesto y persona se conviertan en figuras relevantes en la vida política en las escalas subnacionales y federales.
Lo distintivo de la transición de un puesto de rector universitario a un cargo federal de gestión gubernamental de los asuntos de la educación superior consiste en identificar los grados de libertad que puede tener un funcionario que trabajará no sólo con las limitaciones legales, organizacionales, presupuestales y políticas de todo puesto público, sino que también operará en un territorio marcado de antemano por las decisiones y prioridades políticas presidenciales: la continuación de las políticas de “becarización”, la instrumentación de las disposiciones normativas de la Ley General de Educación Superior aprobada en 2021, la ampliación de la matrícula en 300 mil lugares en las sedes de las universidades del bienestar Benito Juárez, las universidades de la salud o la Rosario Castellanos, forman parte de las señales que marcan la agenda de las políticas de educación superior que tendrá que trabajar el nuevo subsecretario y su equipo.
Temas como el déficit presupuestal que acumulan desde hace más de una década las universidades públicas autónomas, los problemas de regulación de la educación privada, la construcción de un sistema de evaluación nacional de los aprendizajes de las licenciaturas universitarias, el fortalecimiento de los posgrados asociados a la investigación científica y humanística, los problemas de los abandonos escolares e inserción laboral de los egresados, de cobertura y calidad de los programas, del envejecimiento acelerado del profesorado universitario y sus efectos en las pensiones y jubilaciones, en el contexto de autonomías universitarias debilitadas por el maltrato presupuestal o por las desconfianzas gubernamentales, constituyen algunos de los desafíos del corto plazo de la subsecretaría que ocupará el próximo exrector universitario a partir de abril.
Como suele ocurrir, el problema en términos políticos y de políticas públicas es siempre el tiempo, el “maldito factor tiempo” como solía señalar el finado sociólogo chileno Norbert Lechner. Las limitaciones del puesto y de la persona juegan un papel crucial en la posibilidad no sólo de construir una agenda institucional coherente sino de implementarla de manera efectiva. Con cinco años por delante, el próximo subsecretario enfrentará un campo de políticas sembrado de oportunidades e incertidumbres, pero también de algunas bombas de relojería.
Sunday, February 09, 2025
Bob Dylan: máscaras y cenizas
Bob Dylan: máscaras y cenizas
Adrián Acosta Silva
(Revista Replicante, 9/02/2025)
https://revistareplicante.com/bob-dylan-mascaras-y-cenizas/
La película Un completo desconocido (2024), que trata sobre la fase temprana de Bob Dylan en Nueva York, revela la que es quizá una de las facetas más brillantes de un artista de las máscaras. Impredecible, impuntual, sarcástico, escéptico, el joven Dylan es representado como un músico en búsqueda de un lugar en el que pueda escribir canciones y que pueda vivir de ello. Obsesionado con la escritura de letras extrañas e incomprensibles, acompañadas por una guitarra, una armónica y a veces con un piano, Dylan es un individuo solitario y retraído, un observador penetrante de los acontecimientos cotidianos, que traduce en forma de notas inconexas que combinan ritmo y armonía, fantasías y fantasmas, convicciones, creencias e ilusiones.
Reacio a las clasificaciones (narrador, poeta, músico militante, activista contestatario, rebelde, oportunista), el joven Dylan se escurre entre las paredes y callejones del mundillo neoyorkino de los años sesenta, habitado por cantantes de folk que tocan en lugares pequeños llenos de humo y alcohol, y empresarios en búsqueda de nuevos talentos que permitan la sobrevivencia de un género en crisis de audiencias. La cinta revive los puntos clave de la trayectoria de Dylan en esos años de luces y sombras: su visita en el hospital a un moribundo Woody Guthrie, su contacto con Pete Seeger, su relación efímera con la entonces exitosa cantante Joan Baez, y sus primeros contactos con el rock a través de guitarristas deslumbrantes como Mike Bloomfield o tecladistas como Al Kooper.
Con la música de fondo de los Kinks y los Beatles, el Dylan veinteañero vive dominado por los espíritus de la época. Los aires de la guerra fría y la crisis de los misiles en Cuba, los movimientos por los derechos civiles, las secuelas del macartismo de la década anterior, las figuras de los beatniks que antecedieron al movimiento hippie, el mundo de los negocios en que se estaba convirtiendo la música norteamericana del blues al folk y del country al rock, configuran las estampas que rodean el álbum vital del Dylan de sus tres primeros discos, y que serán representados por el que es quizá la mejor de sus obras de esa etapa: The Freewheelin´, grabado en el duro invierno neoyorkino de 1963, y publicado en mayo de 1964.
Dueño de una prosa incontenible, Dylan escribe canciones sin pausas y sin prisas. Lo hace en servilletas y hojas sueltas en cuartos de hotel y en cantinas, que luego pasa a máquinas de escribir que le prestan sus novias y amigos. Son los tiempos en que su cabeza está llena de “crujidos, relámpagos y estallidos” que son la fuente profunda de su creatividad, como declaró en una entrevista de esos años de humo, alcohol y guitarras a la entonces naciente revista Rolling Stone. Esas atmósferas y condiciones mundanas le permiten crear canciones que no aspiran a cambiar al mundo, pero que proporcionan “tonalidades para sobrevivirlo”, como afirma en uno de los diálogos.
La travesía dylaniana por los sonidos y ambientes de esos años de cambios culturales profundos en la vida social y política americana le permiten sumergirse en las aguas profundas de sus impulsos creativos. “Girl From the North Country”, “Blowin´ in The Wind”, “A Hard Rain´s A-Gonna Fall”, “Don´t Think Twice, It´s All Right”, y pocos años, después “Like a Rolling Stone” (que aparecerá por primera vez en el disco Highway 61 Revisited, de 1965), son los emblemas que marcarán para siempre el mapa de las contribuciones de Dylan al folk, al blues y al rock. Justamente una de las líneas de esta última canción (…like a complete unknown/like a rolling stone…) es el que inspira el título de la película dirigida espléndidamente por James Manglod.
Quizá el momento más importante de la cinta es justamente el del rompimiento con el movimiento folk del cual se había inspirado en su adolescencia y primera juventud. Ese momento es el que ocurre en 1965 cuando se celebra el tradicional festival de música folk de Newport, que congregaba a las vacas sagradas del género de la época (Joan Baez, Pete Seeger, Johnny Cash), y organizado por la corriente más purista de ese movimiento de guitarras acústicas, armónicas y banjos, contraria a la invasión del rock gobernada de manera bastarda por baterías, sintetizadores y guitarras eléctricas. Contra el sentido común y a pesar de los acuerdos pactados con los organizadores del evento, Dylan, con guitarra eléctrica en la mano, y enfrentando las protestas de los organizadores y los abucheos de los asistentes, invita al baterista Sam Lay, al guitarrista Bloomfield y al tecladista Kooper a subir al escenario para interpretar sus canciones con un nuevo sonido que fusiona el folk con el blues y el rock. Dylan, el alquimista, había nacido,
Próximo a cumplir 84 años, padre de seis hijos con esposas diferentes, el joven nacido en Duluth Minnesota es hoy un anciano que todavía escribe y canta canciones propias y ajenas, y que se mantiene en forma ofreciendo algunos conciertos por aquí y por allá como parte de su Never Ending Tour iniciado a finales de los años ochenta. Su disco más reciente, Shadow Kingdom, publicado en 2023, incluye la reinterpretación/reinvención de algunas de sus viejas canciones como ejercicios de memoria y registros de los fuegos y cenizas que ha dejado a lo largo de casi siete décadas de trayectoria. A Complete Unknown, es parte de la historia fascinante de un músico que, más allá de la fama, la fortuna y de muchos los premios y reconocimientos acumulados a lo largo de los años (que incluyen varios doctorados honoris causa y el Premio Nobel de Literatura en 2016), encontró finalmente lo que buscaba a los veinte años de edad: componer canciones y ganar lo suficiente para vivir de ellas.
Thursday, February 06, 2025
ANUIES: 75 años
Diario de incertidumbres
ANUIES: 75 años
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 06/02/2025)
https://suplementocampus.com/anuies-75-anos/
Este año se cumplen 75 años de la fundación de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES). Son tres cuartos de siglo de una organización dedicada a la promoción de diversos asuntos relacionados con el desarrollo de la educación superior en el país. Se trata de un momento relevante para destacar los logros y las aportaciones de la Asociación al crecimiento de la educación terciaria en las escalas nacional y subnacionales, pero también una oportunidad para identificar los déficits y los futuros de la educación superior en un contexto extraordinariamente complejo, donde los retos y desafíos se multiplican de manera acelerada.
El propósito original que explica el surgimiento de la ANUIES fue el de compartir las experiencias que diversos rectores de universidades públicas habían acumulado en la gestión de sus respectivos asuntos institucionales. Con esa intención, en 1940, un puñado de rectores se reunieron en la Ciudad de México para formar un espacio denominado “Asamblea Nacional de Rectores” (ANR) como un esfuerzo de organización cuasi-corporativa que permitiera a sus miembros examinar los principales problemas de las universidades públicas del país, a la vez que formular acuerdos, recomendaciones y propuestas de solución a los mismos.
Diez años después, en la primavera de1950 en la Universidad de Sonora, y luego de cinco reuniones previas celebradas entre 1940 y 1948 en las sedes de diversas universidades públicas (Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, San Luis Potosí, Oaxaca), la ANR se transformó en la actual ANUIES. Eran los tiempos de la política de unidad nacional promovida por el gobierno del presidente Miguel Alemán, y los inicios del llamado “milagro mexicano” que se extendería hasta los inicios de los años setenta. En ese contexto, la ANUIES ya no se trataba solamente de una suerte de “Club de Rectores” con propósitos reflexivos, sino de la representación de una idea política sobre las políticas públicas de la educación superior.
Esta representación exigía un nuevo perfil organizativo y político de la naciente Asociación. Ya no bastaba platicar regularmente sobre los asuntos comunes de las 26 universidades e instituciones que conformaban la membresía inicial de la ANUIES en 1950, sino de impulsar estudios e información pertinente para examinar los problemas de la expansión y el desarrollo de la educación terciaria en el país. Ese giro en la forma de representación de la Asociación requería esfuerzos para su legitimación política y el reconocimiento institucional del gobierno nacional y los gobiernos estatales, y del compromiso de la propia ANUIES para apoyar y promover políticas federales, acuerdos y programas sectoriales dirigidos al mejoramiento de las condiciones de desempeño de la educación superior en todo el país. Las prácticas de negociación y cabildeo se incorporaron al nuevo perfil de la organización.
Este perfil ha sido acompañado por múltiples esfuerzos dirigidos a mejorar la influencia e impactos de la organización en el desarrollo de la educación terciaria. Algunos de ellos fueron recomendaciones o apoyos para la creación de nuevas universidades e instituciones de educación superior como la UAM, la UACJ, la UABCS, o el Colegio de Bachilleres en la década de los setenta. Asimismo, se apoyaron o impulsaron iniciativas como el diseño del Sistema Nacional de Planeación Permanente de la Educación Superior (SINAPPES) en los años ochenta, la formulación de programa sectoriales como el PRONAES o el PROIDES en los ochenta y noventa, así como los programas de apoyos financieros extraordinarios a las universidades públicas federales y estatales en los años noventa y las dos primeras décadas del siglo XXI.
Pero es quizá en el campo del conocimiento e información sobre complejidad de los problemas de la educación superior donde descansan algunas de las aportaciones más significativas de la Asociación al desarrollo de las políticas de educación terciaria. La creación de fuentes estadísticas sistemáticas y confiables como los “Anuarios estadísticos” que se publican desde los años setenta, o las colecciones especializadas de libros (“Biblioteca de la Educación Superior”, “Temas de Hoy”), de artículos, ensayos y reseñas (“Revista de la Educación Superior”), o la serie de documentos y publicaciones institucionales que contienen propuestas y recomendaciones que cada seis años la Asociación elabora para tratar de incidir en el diseño e implementación de políticas gubernamentales dirigidas al sector, constituyen algunos de los logros más relevantes en sus primeros 75 años de existencia.
Esta trayectoria no esconde las tensiones, ambigüedades y conflictos que ha enfrentado la Asociación a lo largo de todos estos años. Al configurarse como una organización híbrida que combina funciones de cabildeo de los intereses de sus miembros con funciones de promoción e implementación de políticas y programas federales, ANUIES desempeña un papel importante en la gestión de los asuntos públicos del sector. Sus relaciones de cooperación y cabildeo con diversas administraciones federales o estatales en la era de la alternancia política en el poder, sus problemas de financiamiento en tanto asociación civil que recibe fondos públicos, o los complejos condicionamientos políticos tanto internos como externos, forman parte de esa larga trayectoria de luces y sombras de su vida político-institucional. Hoy, cuando casi 300 universidades e instituciones de educación superior tanto públicas como privadas conforman la membresía institucional de la Asociación, y donde los temas de la calidad, equidad y cobertura han sido transformados por las exigencias de austeridad, gratuidad y universalización de la educación terciaria, la ANUIES requiere de un esfuerzo intelectual y político dirigido a la construcción de una nueva agenda política y de políticas que mire hacia un futuro habitado por las sombras de la incertidumbre y la confusión.
Esa agenda está determinada por el contexto y las herencias de las políticas del pasado remoto y reciente. A mitad de la tercera década del siglo XXI, el sistema de educación superior es un conglomerado masificado, diverso y heterogéneo de más de 3 mil establecimientos públicos y privados de educación superior donde estudian casi 5 millones de estudiantes y trabajan alrededor de 450 mil profesores e investigadores. El documento titulado Compromiso común por el futuro de la educación superior en México. Trazando una ruta a 2030, publicado por la ANUIES el año pasado, es un intento dirigido a imaginar un futuro posible para el sector, y cuyo contenido, alcances y limitaciones comentaremos en una próxima colaboración.
Friday, January 31, 2025
Donald Trump y Barry Manilow
Donald Trump y la Ley Barry Manilow
Adrián Acosta Silva
(Revista Replicante, 30/01/2025)
https://revistareplicante.com/donald-trump-y-la-ley-barry-manilow/
La ceremonia de investidura a la presidencia del magnate Donald Trump el pasado 20 de enero reveló en vivo y a todo color las señales de la utopía imaginada por él mismo y compartida rabiosamente por sus nuevos asesores y seguidores en los Estados Unidos y fuera de ese país. Como suele suceder, no importa que esa utopía signifique exactamente lo contrario -una distopía- para millones de personas dentro y fuera de las fronteras estadounidenses. “América para los americanos”, esa frase central de la doctrina Monroe asociada a la idea del “Destino Manifiesto” del ciclo expansionista norteamericano del siglo XIX, se traduce hoy en clave trumpista como “América está de regreso”, o “América nunca debió dejar de ser nuestra”.
Mientras que Joe el fontanero recogía sus cosas, y con ellas los restos del partido demócrata en la Casa Blanca, Donald el inmobiliario y un grupo de oligarcas tomaban por asalto la sede del poder americano. Musk (X), Bezos (Amazon), Zuckerberg (Meta), y Altman (ChatGPT), la facción techie del nuevo poder económico y político mundial, compartían alegremente selfies entre un grupo selecto de invitados al espectáculo del momento, representando la fiesta de las ultraderechas de todo el mundo, incluidos el presidente argentino Javier Milei en el papel de actor y vocero del “capitalismo libertario”, o la primera ministra italiana Giorgia Meloni como actriz estelar del nacional-conservadurismo europeo. Fue un espectáculo con bandas de guerra, aplausos, brindis y cenas de gala enmarcando la representación del acto, los actores y el personaje central. Es un cuadro que bien podría incluirse en cualquier museo del futuro político internacional: la plutocracia llegando al poder en nombre de la democracia.
La lógica de esta nueva elite del capitalismo depredador se ensaña con los más vulnerables: los migrantes indocumentados mexicanos y latinoamericanos. Los exhibe como criminales, asesinos y locos, que se aprovechan de la generosidad de su país. También golpea a los gobiernos de sus antiguos aliados territoriales (México y Canadá), con el propósito de marcar las líneas maestras de la nueva “era dorada” americana. Aranceles, expulsiones a través de redadas masivas, declaraciones de guerra a las organizaciones de narcotraficantes mexicanos, cambio de nombres a los mapas (del “Golfo de México” al “Golfo de América”) son algunos de los instrumentos que alimentan la nueva cruzada trumpista de reinvención de la grandeza americana.
No es claro aún el verdadero alcance e implicaciones de este regreso de Trump a la sede del poder en Washington D.C. Las fanfarronerías de temporada, el lenguaje de amagos y amenazas, las imágenes egocéntricas y frívolas del magnate, acompañarán la nueva travesía americana. Los sistemas tradicionales de pesos y contrapesos de la democracia estadounidense estarán nuevamente a prueba, como lo hicieron en su primera presidencia (2016-2020). La maquinaria democrática cruje, y el riesgo de la fatiga institucional está presente, lo que da oportunidad al comportamiento autoritario y autocrático de un presidente que simboliza mucho de los rasgos de las utopías americanas posmodernas sobre el poder anidadas a fuego lento en Texas, Alabama o Arizona desde hace tiempo: orden, seguridad, hombría, fuerza, prestigio, identidad.
Es tiempo de fantasías para algunos y de sueños rotos para muchos. Las ilusiones desde hace tiempo no viajan en tranvías ni barcos o aviones. Ahora caminan lentamente por selvas, desiertos y carreteras y se amontonan en refugios siempre provisionales para climas inhóspitos, o circulan a toda velocidad a través de redes sociales y plataformas por todo el mundo. Pero lentitud social y velocidad comunicativa confluyen en tiempo y espacio, apuntalando un proyecto donde el mundo de los negocios y el mundo de la política diluyen sus fronteras habitualmente difusas y van de la mano exhibiendo alegremente sus relaciones. Las aguas heladas del cálculo egoísta emergen de las profundidades y vuelven a su cauce en los mares y ríos del capitalismo del siglo XXI, en cuyo epicentro se coloca la figura de un hombre acostumbrado a ejercer la violencia verbal, simbólica y práctica en ambos mundos.
¿Cómo descifrar ese nuevo ciclo del orden político norteamericano? Martin Amis escribió cerca del final de su vida muchas notas acerca del significado de la figura de Trump y de lo que representa. Algunas están reunidas en Desde dentro (Anagrama, 2021), donde acumula notas autobiográficas e impresiones sueltas sobre la literatura, el poder y las ilusiones políticas. Una de esas notas se desprende de una imaginaria ley universal de las representaciones que denomina como la “Ley Barry Manilow”, que aplica a las cosas que suelen ser de fácil comprensión para unos y, al mismo tiempo, inexplicables para otros. Esa ley consiste en lo siguiente: entre los amigos cercanos existe un consenso en torno a lo horrible que resultan las empalagosas canciones de Barry Manilow, mientras que, entre personas no conocidas, el mismo cantante resulta encantador. Como las personas no conocidas son muchos más que las conocidas, la ley tiende a favorecer su opinión, dejando a los conocidos en el papel de minorías marginales y confundidas. Eso puede estar pasando con Donald Trump.
El trumpismo es la versión VIP del populismo autocrático ejecutado en clave Manilow. Como muchos otros populismos clásicos y contemporáneos, su visión del futuro se alimenta de la nostalgia, del uso político de un pasado irreconocible, hecho a base grandes dosis de retórica demagógica acompañada de relatos sobre una grandeza que nunca existió. Y mientras el nuevo presidente firma decenas de decretos ejecutivos apilados en su escritorio, las deportaciones, los perros de la guerra militar, los tambores de guerras comerciales, o los fantasmas de invasiones futuras, provocan la incertidumbre y el temor entre gobiernos y sociedades nacionales y locales, que intentan comprender que es lo que se avecina en todo el mundo y cómo pueden actuar, reaccionar o soportar las presiones de la nueva era imperial. Los tiempos, otra vez, están cambiando.
Thursday, January 23, 2025
La música del campus
Diario de incertidumbres
La música del campus
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 23/01/2025)
https://suplementocampus.com/la-musica-del-campus/
Las trayectorias vitales de cientos o miles de individuos que coexisten en los territorios de la educación superior siempre van acompañadas por ciertas tonalidades y sonidos. El silencio del campus es engañoso. Ruidos, murmullos y música habitan esos espacios coloreando la vida de los individuos, marcando sus experiencias con sonidos que suelen cambiar o alternarse a lo largo y ancho de sus vidas. La imagen plomiza de la política o la vida escolar universitaria, los ácidos de la incertidumbre sobre el futuro, los rituales de solemnidad que acompañan las grandes ocasiones, la reflexividad de los procesos de aprendizaje, o los momentos de soledad y las prácticas de convivencia, tienen como música de fondo tonalidades diversas, que hoy se transmiten usualmente por airpods conectados a teléfonos inteligentes. La imagen de miles de muchachas y muchachos con audífonos, caminando solitarios por los jardines y pasillos universitarios, escuchando quién sabe qué cosa, forman parte de la música del campus.
Ese hecho esconde un significado más profundo, pero poco explorado: el papel de la música en los procesos formativos universitarios. Aunque los dispositivos han cambiado, la musicalidad permanece. De los discos de vinilo de 33 o 45 RPM a los radios portátiles, los 8th-tracks o los cassetes, la aparición de dispositivos móviles como ipods, las memorias USB, las computadoras portátiles, o los teléfonos inteligentes que ya forman parte de la vida cotidiana de estudiantes y profesores, constituyen las herramientas que hacen posible escuchar en cualquier momento los sonidos de la época. Los conciertos en los campus universitarios, los cantos, las guitarras o armónicas que ejecutan algunos estudiantes en algún momento del día, añaden la improvisación lúdica como un componente cotidiano de la vida universitaria.
La polifonía es el sello de la musicalidad universitaria contemporánea. Los estilos, modas, grupos y cantantes que habitan los espacios sonoros del campus forman el soundtrack de cada generación, y algunos de ellos son transgeneracionales. Desde la segunda guerra mundial fue posible advertir que el consumo cultural de los jóvenes universitarios se diversificaba de manera irreversible, desde la generación de los baby-boomers a la generación Z. La transición de las universidades de élite a las universidades de masas significó la irrupción de un nuevo perfil de estudiantes pertenecientes a las clases medias y populares, los cuales se formaron no en los cánones de la “alta cultura” musical de las élites (la música clásica de sinfonías y valses), sino en los códigos de la música popular. En el transcurso de un par de generaciones, el rock, el blues, el jazz, las tradiciones vernáculas y folclóricas de las sociedades locales de las universidades públicas, se mezclaron de manera caótica en la vida universitaria. Los tiempos habían cambiado.
Los millones de jóvenes universitarios que hoy pueblan los espacios presenciales y virtuales de las universidades públicas y privadas en todo el mundo configuran una población heterogénea y crecientemente diversificada, cuya educación sentimental pasa por sus formas de consumo cultural. Si las figuras y fantasmas de los Beatles, Jimi Hendrix, Cat Stevens, Janis Joplin, Bob Dylan o The Doors dominaron los sonidos sesenteros y setenteros, ellos coexistieron en el caso de las universidades mexicanas con las voces y sonidos del Tri, el Príncipe de la Canción, Los Ángeles Negros, Jaime López, el Piporro, la Sonora Santanera o Lucha Villa. Hoy, el rock se ha vuelto una corriente exótica y marginal, y nuevos sonidos del pop nacional o internacional resuenan en los audífonos de los universitarios. La música urbana, el rap, el hip hop, el, el trap, los corridos tumbados, o el regetón, forman parte de las sonoridades del siglo XXI.
La influencia de la música en la configuración de los imaginarios universitarios es un tema por explorar. No es claro el peso específico de los sonidos del campus en las decisiones y las expectativas que toman los jóvenes universitarios, ni la relación que tienen los diversos tipos de preferencias musicales en el consumo de bienes simbólicos con las disciplinas y campos de formación científica o cultural. Es conocido el hecho de que no pocos historiadores, escritores y poetas suelen ser asiduos seguidores de bandas de punk o heavy metal, mientras que algunos médicos o abogados cultivan con esmero el gusto por la música clásica. Hay estudiantes de física o matemáticas que son seducidos por la música balcánica, y en las carreras de contaduría, administración o ingeniería existen quienes escuchan con frecuencia a Taylor Swift, The Weekend, a Peso Pluma o al grupo Frontera.
El mapa de las sonoridades del campus es múltiple y cambiante. La aparición de plataformas que distribuyen millones de canciones de todos los géneros han facilitado el acceso al consumo masivo de la música, y el eclecticismo se ha convertido en un hábito más de los jóvenes universitarios. Los algoritmos se han adueñado de la industria musical, y las empresas se disputan ferozmente a sus consumidores jóvenes y maduros, universitarios y no universitarios. La música del campus es hoy un estruendo silencioso, un oximorón que acompaña todos los días en todas partes las rutinas de las comunidades universitarias.
Los espíritus racionales y los espíritus animales del campus bailan al ritmo de las músicas de la temporada. Suelen ser invocados en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia para suavizar las tensiones o para inspirar la creatividad y la reflexión. Es conocido que el escritor Carlos Fuentes solía escuchar a Los Beatles cuando escribía sus novelas, o que Gabriel García Márquez ponía discos de cumbia cuando escribió Cien años de soledad. Václav Havel, el escritor y poeta checoslovaco que luego fue presidente de su país en la era postcomunista, fue un adorador confeso de la música de Frank Zappa, así como Jorge Luis Borges lo era de algunos tangos arrabaleros de Buenos Aires. Son ejemplos que muestran que, después de todo, la música no es un distractor, sino un intensificador de la vida universitaria.
Thursday, January 09, 2025
Encrucijadas: pesimismo y voluntad
Diario de incertidumbres
Encrucijadas de año nuevo: pesimismo y voluntad
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 09/01/2025)
https://suplementocampus.com/encrucijadas-de-ano-nuevo-pesimismo-y-voluntad/
Luego de los brindis, fiestas y celebraciones rituales del año viejo y del año nuevo, las instituciones de educación superior y sus principales actores vuelven a las rutinas para enfrentar los desafíos de un nuevo ciclo de decisiones, complicadas por la configuración de los contextos internos y externos de la vida institucional. Con la continuidad de la retórica, las acciones y los proyectos gubernamentales derivados del triunfo electoral del morenismo y su proyecto de la 4T, las universidades públicas tendrán que adaptarse a la prolongación de las políticas de austeridad impuestas desde el gobierno federal, y a la reducción de los márgenes de gestión de sus autonomías derivada de las prioridades gubernamentales.
En el horizonte del 2025 destacan los problemas crónicos y los emergentes. Los primeros tienen que ver con la acumulación de los déficits presupuestales y la ausencia de programas compensatorios a las universidades. Los de carácter emergente son de naturaleza jurídica y política. El presupuesto de egresos del 2025 continua la tónica restrictiva observada desde 2015, agudizada en 2018 y renovada en 2024, es decir, se cumplirá una década de políticas de restricción financiera a las universidades públicas autónomas, mediante la eliminación de los programas de apoyo asociados a bolsas de financiamiento extraordinario, condicionadas al cumplimiento de indicadores de desempeño. De alguna manera, la década 2015-2025 puede ser considerada como la nueva “década perdida” del financiamiento público a la educación superior, a pesar de la sostenida expansión de la matrícula y del crecimiento de las instituciones públicas y privadas.
Pero son también los problemas jurídicos y políticos los que nublan el horizonte de la educación superior. Las reformas a las leyes orgánicas de las universidades públicas derivadas de la implementación de la Ley General de Educación Superior aprobada en 2021 se abrieron paso entre conflictos y protestas en varias universidades públicas estatales durante 2023 y 2024. La aprobación de la reforma a la ley orgánica de la Universidad Autónoma de Sinaloa a finales del año pasado, luego de un largo litigio político y judicial con el gobierno del estado, constituye el episodio más reciente de esa microhistoria de la implementación de la LGES.
Con esos antecedentes, el 2025 es un año de enormes desafíos para las IES. El publicitado “segundo piso” de la cuarta transformación mencionado por la presidenta Sheinbaum desde su campaña electoral no significa para la educación superior más que la continuación de los proyectos de las universidades del bienestar Benito Juárez García, y la creación de dos nuevas universidades federales: la Universidad de la Salud, y la Universidad Nacional Rosario Castellanos. Este nuevo conjunto de ofertas universitarias públicas constituye el núcleo del imaginario “segundo piso” de la educación superior. El resto de las ofertas públicas tradicionales permanecerán en los pisos inferiores y los sótanos de la 4T, entre el abandono, los condicionamientos y la austeridad del gobierno federal.
En esas circunstancias, el escenario del año que inicia apunta hacia el endurecimiento de las brechas de calidad y cobertura de los circuitos públicos y privados de la educación superior. No es claro que las nuevas ofertas públicas incrementen la cobertura, calidad, equidad o pertinencia en las diversas escalas territoriales y poblacionales del país. El “segundo piso” se poblará de universidades públicas heterónomas, no autónomas, como expresiones institucionales de la idea del compromiso con las prioridades políticas del ejecutivo federal en las escalas subnacionales.
Las sugerencias que ha hecho la presidenta en torno a la posibilidad de que las universidades autónomas eliminen las pruebas de acceso a las carreras de licenciatura, o de que se elimine el costo de las matrículas para los estudiantes universitarios como mecanismos para incrementar las tasas de ingreso a la educación superior, son llamados para mimetizar las políticas de acceso universitario a las que ya se hacen en las universidades instaladas en el piso superior del proyecto de la 4T. El modelo de universidades no autónomas, de orientación técnico-profesional, con bajos presupuestos, orientadas por los programas públicos gubernamentales de becas y apoyos, parece imponerse en el resto del sexenio que recién comienza.
Las encrucijadas parecen claras. Por un lado, la de someterse a los topes del financiamiento público dictaminados por el ejecutivo y el legislativo federal, o movilizarse para negociar incrementos extraordinarios que permitan no solamente combatir los déficits presupuestales acumulados en la “década perdida”, sino también para contribuir al incremento de las metas de cobertura universal y mínimos de calidad contempladas por las propias universidades en el ejercicio de su autonomía académica. Por el otro, condicionar las reformas de los ordenamientos jurídicos universitarios al fortalecimiento de las libertades de cátedra y de investigación, y de las libertades políticas de autogobierno institucional contempladas en el tercero constitucional.
En otras palabras, la fórmula de intercambiar la legitimidad política del régimen por mayores recursos públicos a las universidades parece reaparecer con fuerza en el escenario del 2025. Es una fórmula que dominó las relaciones entre el Estado y las universidades en los años sesenta y setenta, y que fue sustituida por las fórmulas gerenciales de las políticas de modernización desde los años noventa hasta el final de la segunda década del siglo XXI. Con un régimen político que desde hace tiempo camina con pasos de gigante hacia una clara fisonomía autocrática, las universidades tienen pocas oportunidades para cambiar el estado de las cosas que se han construido desde el sexenio anterior.
No obstante, la complejidad de las encrucijadas exige a los actores prudencia política, capacidad interpretativa y voluntad de acción. La tensión permanente entre la razón y la voluntad marca el territorio de la educación superior, ante lo cual quizá conviene tener presente aquella frase escrita por el viejo Gramsci en las circunstancias de su propio tiempo: al “pesimismo de la inteligencia” hay que oponer siempre “el optimismo de la voluntad”.
Thursday, December 12, 2024
Un futuro líquido
Diario de incertidumbres
Un futuro líquido
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 12/12/2024)
https://suplementocampus.com/un-futuro-liquido/
La expansión de la educación superior en América Latina y el Caribe (ALyEC) observada a lo largo del siglo XXI es un dato relevante cuando se mira el tamaño y la complejidad de los obstáculos que han enfrentado las sociedades, las instituciones y los gobiernos de la región por mejorar las condiciones de acceso de sus poblaciones a ese nivel educativo. A pesar de crisis económicas, políticas, ambientales o de salud pública (como la pandemia del Covid-19), acceder a una institución pública o privada de educación terciaria sigue siendo una aspiración potente para millones de jóvenes en la región. Hoy como ayer, obtener un título universitario se convierte en la joya de la corona individual y familiar para muchas y muchos jóvenes que desean mejorar sus posibilidades de ingreso económico, prosperidad y bienestar para el resto de sus vidas.
Los datos que ofrecen distintas fuentes y estudios al respecto son elocuentes. En términos de instituciones que ofrecen servicios de educación superior, se estima que existen casi 19 mil establecimientos de ese tipo, tanto públicos como privados, universitarios y no universitarios. En esos lugares, estudian 30 millones de estudiantes, que representan el 57% de los jóvenes en edad de cursar estudios superiores (18-22 años), lo que significa que, en promedio, la región de ALyEC ya alcanzó la tasa bruta de cobertura denominada como “universalización”, es decir, cuando la mitad o más de los jóvenes en edad correspondiente están matriculados en alguna modalidad de enseñanza superior. En términos del personal académico, en la región existen un millón y medio de profesores y más de 600 mil investigadores que desarrollan labores de docencia e investigación propias del oficio académico.
Este panorama general está lleno de contrastes y desigualdades no solo entre países sino también en las escalas subnacionales. Mientras países como Uruguay, Argentina o Chile superan la tasa de cobertura promedio de la región, hay países como Guatemala, Paraguay o El Salvador que están muy por debajo de ella. México o Brasil, los países con más instituciones, profesorado y matrículas del subcontinente están todavía en la fase de la masificación, diez puntos porcentuales por debajo del promedio regional. Ello se agrava por los problemas de rezago, abandonos escolares, reprobación y bajos aprendizajes, factores comúnmente asociados a problemas de orden cualitativo como la rigidez de los programas, las deficiencias del profesorado, o las malas condiciones institucionales de las universidades y establecimientos de la educación terciaria.
Un fenómeno relevante tiene que ver con el género. Es conocido el hecho de que uno de los motores de la masificación y universalización de la matrícula está asociado a la feminización del acceso a este nivel educativo desde los años sesenta del siglo pasado. Hoy, el 67% de las mujeres se incorporan a la educación superior, contra el 48% de los hombres. El punto de quiebre del equilibrio de género en el acceso ocurrió hace 30 años (entre 1994 y 1995) donde por primera vez en la región el acceso de las mujeres superó al de los hombres. La nueva brecha de género se ha incrementado paulatinamente a lo largo de los últimos años, lo que tiene múltiples implicaciones en la vida cultural, económica y política de las sociedades nacionales y locales.
Otro factor que considerar en el estudio del acceso a la educación superior es el grupo de ingreso económico de quienes lo hacen. En la escala subcontinental, 6 de cada 10 individuos pertenecientes al quintil de ingresos más alto (el “quintil 5”), logran ingresar a estudios universitarios, mientras que solo 2 de cada 10 de los individuos pertenecientes a los grupos de menores ingresos (“quintil 1”) pueden hacerlo. La jaula de hierro de la desigualdad estructural muestra que el origen social (escolaridad alcanzada por los padres) y el ingreso económico de las familias de pertenencia de los individuos, determinan en alto grado las oportunidades de estudiar una carrera de educación superior.
El financiamiento a la educación superior es otro de los puntos críticos en el panorama regional. Entre 2013 y 2021 el gasto total en relación con el PIB no rebasó el 0.014%, y entre 2017 y 2021 bajó de manera lenta pero continua (0.012%). Ello significa que no sólo el impacto de la pandemia del Covid-19 tuvo efectos en el financiamiento al sector, sino que el raquítico porcentaje de recursos destinados viene de más atrás y causado por otros factores. Es una paradoja latinoamericana: la transición de la masificación a la universalización de la educación superior ha ocurrido en un contexto de restricciones constantes en términos de gasto público.
Estos son algunos de los factores que explican el hecho de que la cristalización del derecho a tener oportunidades para una educación superior suficiente y de calidad contenida como ideal normativo o aspiración política de gobiernos y sociedades es aún una meta por cumplir en muchos países latinoamericanos y caribeños. La desigualdad en el acceso, las oportunidades disponibles de formación técnica o profesional, las capacidades institucionales para procesar la diversidad de las poblaciones escolares, o el fenómeno relativamente reciente de la precariedad de las inserciones laborales de los egresados, configuran en su conjunto un panorama complicado para quienes acceden o egresan de algún programa de educación superior. En esas circunstancias, el pasado reciente de la expansión educativa de nivel terciario se oscurece de cara al futuro. Para decirlo en pocas palabras: el futuro sólido asociado a las promesas de la educación superior se convierte en un futuro líquido dado el peso de los rezagos acumulados, nuevas brechas de género y endurecimiento de nuevos contextos de incertidumbre socioeconómica y política en la región en las escalas nacionales, subnacionales y locales.
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