Thursday, July 30, 2026

Libros por todos lados

Diario de incertidumbres Libros por todos lados Adrián Acosta Silva (Campus Milenio, 30/07/2026) https://suplementocampus.com/libros-por-todos-lados/ Una nota periodística publicada hace unas semanas informa sobre la demanda de desalojo que un arrendador exigió al inquilino de un departamento de su propiedad, situado muy cerca de Central Park en Nueva York (https://www.lavanguardia.com/internacional/20260715/11592388/siempre-leyendo-desahuciado-piso-nueva-york-acumular-10-000-libros.html). El pleito es uno de los muchos que ocurren cotidianamente en la gigantesca metrópoli en las zonas habitacionales más codiciadas y caras de la ciudad. El motivo de la demanda es lo curioso del asunto: la enorme cantidad de libros que el inquilino ha acumulado y que, a juicio del dueño, representan “inminentes” riesgos de incendio y daños a su propiedad y al propio edificio. Según el reclamo del demandante, se estima que los más de 10 mil libros acumulados en los 56 metros cuadrados del departamento pesan entre 3 y 10 toneladas, lo que pone en riesgo la seguridad del inmueble. El inquilino, un joven escritor y traductor judío de 31 años, ha entablado un litigio de protección a sus derechos, argumentando que los libros forman parte de su existencia, y que no puede vivir sin ellos (“siempre estoy leyendo”; “los libros son mis manuales para la vida”). En un entorno doméstico sin mobiliario y donde miles de ejemplares han sido colocados hasta en el baño y en la cocina, el bibliófilo/bibliómano duerme en un pequeño espacio en el suelo, siempre, según dice, “con un libro entre las manos”. El asunto está en tribunales. El caso ilumina un tema pertinente en los tiempos de la transición de los libros de papel a los libros digitales, y de los problemas de quienes, por amor a los libros, por su oficio o profesión, prefieren la compra de libros de papel a los libros de luz. Comprar y acumular libros representa una práctica adictiva, asociada a diferentes razonamientos y emociones. El placer o la obligación de la lectura es un hábito enraizado entre individuos muy diversos, que se asocia comúnmente a ciertos rasgos básicos: escolaridad universitaria, tradición familiar, entornos que comparten con individuos similares, profesiones u oficios ligados a la divulgación cultural, la hechura de proyectos culturales, la enseñanza o la investigación. La cultura libresca es un rasgo asociado también en distintos momentos e intensidades a la autoridad, el privilegio y el poder. Por ello, también constituyen una fuente histórica del poder social de las universidades medievales, modernas y contemporáneas, donde cientos o miles de ejemplares eran resguardados celosamente en las bibliotecas de seminarios, claustros y escuelas. Hoy, los repositorios digitales coexisten en la nube con los recintos bibliotecarios tradicionales de los campus universitarios. No pocos intelectuales, escritores y académicos suelen aparecer en imágenes rodeados de libros como evidencias de prestigio y autoridad. El aura del libro como fetiche y fuente de sabiduría traducida en poder, es utilizado con frecuencia en el teatro, en películas y series de televisión, donde los personajes de actores y actrices se acompañan de escenas con bibliotecas repletas de libros de utilería como respaldo a la imagen de conocimiento que irradian libros cuidadosamente ordenados en estantes, como parte del paisaje escenográfico de las obras. A la sombra de los libros se establecen relaciones prácticas o imaginarias entre capital, poder y cultura. Comprar y acumular libros supone invertir pequeñas o grandes fortunas para hacer de la lectura un hábito civilizatorio, un pretexto para la conversación, una herramienta de trabajo, o un recurso para la contemplación solitaria o la interacción social. Los libros son la “memoria vegetal” de la que hablaba Umberto Eco, una colección de obras que alimentan la biblioteca personal como proyecto de lectura a que se refería Borges, o simplemente la oportunidad de tachar, anotar, releer estilos, ideas, relatos, frases que quedan marcadas en la memoria de sus lectores. Los libros son espacios para la imaginación y la reflexión, combustible de tinta y papel para la exploración de temas y perspectivas, sembradíos de dudas, bazar de asombros o fuentes inagotables de interrogaciones. Tal vez esas son tal vez algunas de las razones que explican la compulsión acumuladora de libros como la que representa el hombre que vive sepultado entre paredes y montículos de libros en Nueva York. Son las voces de libros que llaman a sus lectores, el canto de sirenas que los seduce y atrapa una y otra vez. Y son las voces que probablemente escuchan otros individuos en muchos otros lugares, en distintas escalas y volúmenes, que viven en alguna ciudad o pueblo de México, o en Praga, Viena, Estambul, Bogotá o Buenos Aires. Los libros como mapas del mundo personal, como riesgos incendiarios, como llamados irresistibles, o como intuiciones gobernadas por el libre albedrío. Son algunas de las distintas caras del poder de los libros.

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