Thursday, October 29, 2026

Protestas sociales, lenguajes políticos

Diario de incertidumbres Protestas sociales como lenguajes políticos Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 29/10/2026) https://suplementocampus.com/protestas-sociales-como-lenguajes-politicos/ No es claro que las multitudinarias movilizaciones que protagonizan desde hace semanas miles de jóvenes, adultos y pensionados en Francia, Argentina, Albania, España, Portugal, Italia o México compartan un hilo conductor común. Empleo, salarios y vivienda destacan como causas compartidas en algunos casos, demandas por mejores servicios públicos en otros. La coincidencia temporal puede ser una condición importante pero insuficiente para afirmar que existen nexos causales entre esas movilizaciones. Las demandas son diversas: mejor educación, cambios en los sistemas de acceso a la universidad, más empleo y salarios dignos en París o en Montpellier, en Roma o Bolonia; renuncia del primer ministro y del gobierno en Tirana; protestas contra los recortes gubernamentales a las universidades y a los servicios públicos en Buenos Aires o en La Plata; reclamos contra el alto costo de la vida y para facilitar el acceso a la vivienda en Madrid o Barcelona, en Oporto o Lisboa; protestas contra el agua sucia que desde hace meses fluye de casas y negocios en Guadalajara, o las marchas cotidianas contra las extorsiones, violencias y desapariciones de miles de jóvenes en la Ciudad de México, Culiacàn o Veracruz. Frente a estas protestas y demandas, los gobiernos y autoridades nacionales y locales parecen rebasadas. La agenda social se multiplica y se transforma en agenda pública y política. Las capacidades sistémicas de los gobiernos nacionales y subnacionales crujen frente a la difusa complejidad causal de las exigencias, recurriendo a las viejas explicaciones de siempre: complots políticos, grupos de oposición desesperados, terroristas, grupos de choque. Financiamiento errático e insuficiente, conflictividad política, viejas fracturas y desigualdades sociales de nueva generación, desconfianzas acumuladas, rabias privadas y desesperaciones públicas, desvanecimiento de los horizontes de futuros para las nuevas y viejas generaciones, configuran algunos de los factores causales de las protestas callejeras. El paisaje de la época tiene cierto aire de familia con lo que a mediados de los años setenta del siglo pasado se denominó como la “crisis de las democracias”, como se tituló el célebre reporte a la Comisión Trilateral (Estados Unidos, Francia, Japón) elaborado por tres politólogos de renombre de la época (Michael Crozier, Samuel Huntington y Jiao Watanuki). En aquel tiempo y circunstancias, la crisis de las democracias era en realidad un diagnóstico acerca de la crisis de gobernabilidad democrática que evidenciaban las protestas. Luego de la segunda posguerra, la generación de los baby boomers se había adueñado de las plazas públicas, de los empleos y el acceso masivo a la educación superior. Nuevas demandas surgían por todos lados, en diferentes escalas: protestas contra la guerra de Vietnam, movilizaciones feministas y ecologistas, demandas de acceso a la participación en la hechura de las decisiones públicas, críticas al funcionamiento de los partidos tradicionales y los sistemas políticos de las democracias representativas, más justicia social y mayores libertades individuales, eran parte de la ola de reclamos de una época endulzada con expresiones culturales múltiples en los campos de la música, el cine, la literatura o la pintura. Hace medio siglo, la causalidad profunda de las movilizaciones y protestas fue atribuida al fenómeno de la sobrecarga de demandas sociales que rebasaban las capacidades gubernativas de las democracias liberales. En otras palabras, la expansión, diversificación y estratificación de las demandas sociales asociadas al crecimiento poblacional, el desarrollo económico de la posguerra, la masificación del acceso a la educación superior, los cambios en el mundo del trabajo, la acumulación de expectativas sobre la posibilidad de un mejoramiento constante (¿infinito?) de la calidad de la vida y el consumo, fueron identificados como algunos de los factores que configuraban la causalidad compleja de aquellas movilizaciones. Hoy, las movilizaciones se alimentan de otras fuentes y otros actores. Las promesas no cumplidas (o permanentemente aplazadas) de las democracias y de la globalización, precarización laboral, desigualdades sociales que se endurecen como fracturas políticas, deterioro de los servicios públicos, corrupción, desafíos de la inmigración ilegal y forzada, cambio climático, multiplicación de las violencias asociadas al narcotráfico y al tráfico de personas. El malestar con las democracias explica el ascenso los nuevos nacionalismos xenófobos cuyo lenguaje político (el lenguaje del poder) está poblado por la retórica del rencor, los insultos y descalificaciones a sus críticos (MAGA, neo-franquismos, capitalismo libertario, populismos autoritarios, fundamentalismos político-religiosos), expresiones políticas que abrazan sistemas de creencias asociados a dictaduras, autoritarismos y autocracias de distintos linajes. La música de fondo de estas expresiones son las ineficacias, ausencias o insuficiencias gubernamentales para garantizar mínimos comunes en términos de desarrollo, justicia y seguridad, y en conjunto forman parte de las alucinaciones, fantasmas y demonios de la nueva crisis de gobernabilidad que recorre el mundo con distintas intensidades y matices. El contexto, como siempre, importa. La multiplicación del uso de las redes sociales, gobernadas por los algoritmos propios de la inteligencia artificial y la “gobernanza digital”, se han adueñado de los imaginarios y las prácticas que alimentan una mezcla extraña de optimismos elitistas, entusiasmos tecnocráticos y malestares colectivos. La tonalidad de las protestas se ha vuelto espesa, grisácea, luces mortecinas que acompañan nuestras incursiones al corazón de las tinieblas del aún joven siglo XXI, donde las escenas de destrucción, furia y violencias tribales de las movilizaciones sociales representan el perfil de los comportamientos anómicos de la época. El lenguaje de las protestas es el lenguaje del conflicto y el reclamo. Y todo lenguaje social admite la identificación de claves para una interpretación política. Lo que vemos hoy puede interpretarse como un malestar profundamente enraizado en el subsuelo social que emerge en la superficie pública y que vuelve a poner el acento en las relaciones entre la sociedad civil, la sociedad política y la sociedad económica, es decir, entre el estado, la sociedad y el mercado, donde múltiples indicadores de ingobernabilidad vuelven al primer plano de la atención política en pleno auge de los hechizos del capitalismo de la era digital.

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