Tuesday, June 02, 2009

Por la libertad de Miguel Ángel Beltrán

A la opinión pública

Por la libertad de Miguel Ángel Beltrán Villegas

El pasado 22 de mayo, en las instalaciones del Instituto Nacional de Migración de México, fue detenido, expulsado y entregado a la policía colombiana el profesor Miguel Angel Beltrán Villegas. Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, Maestro en Ciencias Sociales por la Flacso-México, y profesor de la Universidad Nacional de Colombia, el Dr. Beltrán estaba por finalizar una estancia posdoctoral de un año en la UNAM, invitado por el Centro de Estudios Latinoamericanos de nuestra máxima casa de estudios. Sus trabajos de investigación sobre la violencia política en Colombia, sus estudios sobre la historia de la izquierda latinoamericana, y sus preocupaciones sobre el creciente clima de intolerancia política en su país, le habían conducido a constituirse como una voz serena pero firme, crítica e informada sobre los excesos del autoritarismo del oficialismo político colombiano, pero también sobre las deformaciones y desviaciones de grupos como el de las FARC. Sus trabajos publicados en diversas revistas y libros documentan sus ideas y convicciones, así como su trabajo como profesor en varias universidades colombianas.
La detención y ahora el encarcelamiento del Dr. Beltrán, acusado por el propio Presidente Álvaro Uribe como uno de los “máximos dirigentes de las FARC en el exterior”, revelan una injusticia y una ilegalidad descomunales, propia de las mentalidades autoritarias, en este caso de derecha. Acusado por el Estado colombiano de ser “narco-terrorista”, el ciudadano Beltrán se enfrenta a acusaciones que no han sido probadas y las enfrenta, además, en un virtual estado de indefensión física y jurídica. La preocupante pasividad del gobierno mexicano frente a los hechos, nos revela una complicidad indignante más que una cooperación fundada en acuerdos internacionales, y confirma la pérdida del vigor diplomático y político que caracterizó a la política exterior mexicana durante un largo tiempo.
Los que suscribimos este documento, conocedores de la trayectoria académica, profesional y personal del Dr. Beltrán, hacemos un llamado a las instancias internacionales y nacionales para defender la integridad física y jurídica del acusado, y exigimos al gobierno colombiano otorgar su libertad inmediata para enfrentar en condiciones dignas las acusaciones de que ha sido objeto. El ataque a las acciones ilegales de grupos y organizaciones, no puede ser respondido con la acción ilegal del Estado colombiano frente a ningún ciudadano, y menos aún con aquellos que han ejercido con responsabilidad, rigor y convicción el libre pensamiento y la crítica a las injusticias e incapacidades políticas del gobierno colombiano. El tamaño de las acusaciones que enfrenta el Dr. Beltrán Villegas, y el oscuro procedimiento empleado para su detención y procesamiento judicial, nos llevan a pensar que estamos frente a un atropello injustificable de los derechos de un ciudadano colombiano de pensamiento libre, un profesor universitario comprometido con el desarrollo intelectual y académico universitario, y un amigo y colega que no ha hecho más que ejercer el derecho al libre pensamiento y expresión de las ideas, uno de los valores sustantivos de las democracias contemporáneas.

Adrián Acosta Silva (U. de G, México), Armando Alcántara Santuario (UNAM, México), Julián Bertranou (Escuela de Política y Gobierno, U. San Martín, Argentina), Antonio Camou (U.N. de La Plata, Argentina), Hugo Casanova Cardiel (UNAM), Martha Vicente Castro (Investigadora de la ACS, Calandria, Lima), María Cruz Mora Arjona (México), Ragueb Chain Revueltas (UV, México), Mario César Constantino Toto (UV, México), Rafael Cordera Campos (UNAM), Osmar Gonsales (Universidad Nacional de San Marcos, Lima), Jorge Hernández L (U. del Valle, Cali, Colombia), Eduardo Ibarra Colado (UAM-C, México), Alicia Lissidini (U. N. de San Martin, Arg.), Sara Makowski (UAM-X, México), Alma Maldonado-Maldonado (U. de Arizona), Norma Alejandra Maluf (Flacso-Ecuador), Dinorah Miller Flores (UAM-A, México), Mario F. Navarro (U. de Córdoba, Argentina), Imanol Ordorika (UNAM, México), Héctor Padilla Delgado (UACJ, México), Lorenia Parada A. (UNAM, México), Ricardo Pérez-Luco (U. de La Frontera, Chile) Marcela Ríos (PNUD-Chile), Fredy Rivera (Flacso-Ecuador), Manuel Rivera (U. de San Carlos, Guatemala) Roberto Rodríguez Gómez (UNAM, México), Laura Salazar (Universidad Mayor de San Andrés,Bolivia), Adolfo Sánchez Rebolledo (México), Martín Tanaka (IEP-Perú), Aníbal Viguera (U.N La Plata, Argentina), Guillermo Villaseñor García (UAM, México), Marissa Von Bülow (U. de Brasilia, Brasil), ,

Thursday, May 07, 2009

Influenza: geografía de los sentimientos

Vieja geografía de los sentimientos

Adrián Acosta Silva

Este reino de miedo y cenizas
Cormac McCarthy, Suttree

Las últimas dos semanas atestiguamos ruidosamente la ruptura de las rutinas, las costumbres y el orden cotidiano de la vida pública y de nuestras vidas privadas. Bajo la amenaza real o supuesta de la epidemia de influenza -humana, porcina, AH1N1, o como se llame- se sucedieron un conjunto amplio y complejo de reacciones en distintas dimensiones de la vida social. El gobierno federal, los gobiernos estatales y locales, los partidos políticos, las instituciones, los ciudadanos, los medios de comunicación, los agentes económicos, los analistas de la vida pública, los organismos internacionales, se movilizaron frente al riesgo, el temor o el miedo franco hacia los efectos del virus y mostraron de manera colorida la geografía de los sentimientos que habitan el corazón de nuestra convivencia pública. La invisibilidad del orden natural de las cosas cedió el paso a la visibilidad del miedo y el temor asociado con la percepción de riesgo frente a un depredador impreciso que flotaba en el aire.

El estado alterado de la convivencia comenzó con la suspensión de actividades de un tercio de la población del país, compuesto por los casi 29 millones de estudiantes de todos los niveles educativos, y sus efectos en la población que gravita alrededor de ellos: padres de familia, maestros, trabajadores administrativos y manuales del sector educativo. Con la desactivación de este conglomerado de la población, el ritmo de toda la actividad social, económica y productiva se vio radicalmente modificado en sus tiempos, costumbres y estructuras. Motivadas por el cálculo o la prudencia, las autoridades federales modificaron la atención pública sobre el tema del narco o de las elecciones, y enviaron una potente señal de alerta con toda la fuerza del Estado a la sociedad mexicana y a la comunidad internacional. Confusas y desordenadas, las conferencias de prensa encabezadas por el secretario de salud y apoyadas por el Presidente Calderón, mostraron el día a día de una decisión que encontraba cada vez menos asideros para justificar el tamaño de la alarma gubernamental. Paranoica o responsable, la acción gubernamental tendrá que ser valorada con calma en las próximas semanas, y sus efectos políticos podrían ser observados en el voto de los electores del 5 de julio.

Pero entre los ciudadanos y organismos empresariales y cívicos, la reacción fue diversa e igualmente confusa. Desde reclamos por las pérdidas económicas hasta las teorías conspiracionistas más inverosímiles, el abanico de reacciones iluminan bien los problemas de legitimidad, credibilidad y confianza que las decisiones públicas suscitan entre los ciudadanos. El lado oscuro de la epidemia fueron las acciones de discriminación y rechazo que se suscitaron dentro y fuera del país, la incapacidad de muchos gobiernos estatales de reaccionar de manera coherente frente a la emergencia, la encomiendas a la virgen para salvarnos de todos los males que lanzó la jerarquía católica, las ocurrencias y despropósitos que invadieron a la opinión pública. El miedo, el asombro, el escepticismo, junto con la apatía, la indiferencia o la fe ciega en los dictados gubernamentales, mostraron la complejidad y diversidad de los sentimientos públicos hacia las acciones gubernamentales.

Pero el miedo fue el gran ordenador de la vida pública de estos días extraños. El miedo político y el miedo físico, es decir, el miedo público hacia las consecuencias colectivas del mal, y el miedo de los privados hacia el riesgo de contagio. Y el miedo no es nada nuevo ni aquí y ni ahora. Es el piso duro y a la vez frágil del orden social. La influenza gobernó fugazmente el cálculo y las emociones, la razón y los sentimientos. Y ciudadanos y gobernantes, y sus intermediarios oficiales e intérpretes de ocasión, encarnaron la vieja geografía de los sentimientos que descansan en el subsuelo profundo del orden público.

Monday, May 04, 2009

Miedo: la invención de una idea

Estación de paso
El miedo: la invención de una idea
Adrián Acosta Silva

“A lo que más temo es al miedo”, escribió en alguna ocasión el célebre ensayista francés Michel de Montaigne, y esa afirmación ha recorrido desde entonces la espina dorsal de la intelectualidad política y cultural de buena parte de las sociedades occidentales. La frase formula una idea que ha tenido consecuencias políticas en distintos órdenes de nuestra vida social, a saber: que la creación de nuestras instituciones, de nuestras prácticas y valores cotidianos, de muchas de las creencias que habitan la imaginación individual y colectiva, están afirmadas fuertemente en el piso duro y a la vez frágil del miedo.
Desde este argumento, el núcleo central de ordenamiento de la vida en común no es la buena voluntad, el deseo o el interés, sino el temor al miedo. Y dos son los temores mayores que han estructurado la vida social contemporánea: el miedo a Dios y el miedo al Estado. Uno ha dado por resultado la construcción de una potente cultura del sufrimiento, de la culpa, y de la fe, como mecanismo de construcción de un orden moral, fuertemente custodiado por las iglesias. El otro ha dado por resultado el reclamo liberal-democrático por los excesos del poder político y del autoritarismo. Uno supone algún orden divino al que deben ajustar sus comportamientos los individuos, vigilados por los hombres con caras de santos, de sotanas púrpuras y báculos sagrados; el otro, un orden político cuyo rasgo deseable es la sociedad democrática, organizados en instituciones políticas habitadas por lo que Gaetano Mosca denominó “la clase política”. Lo que une estos fenómenos es el miedo, no la confianza; el temor, y no la fe.
Con baterías y acordes de requinto, en el rock también se ha reconocido la importancia del miedo. Decía el Jefe Springsteen en una canción (Devils and Dust) del 2005, que “el miedo es una cosa peligrosa”. David Gilmour y Roger Waters, de Pink Floyd, escribieron “El mismo, viejo miedo”, como una de las frases que cierran su célebre Wish You Were Here, de 1975. Estas referencias lúdicas quizá sirvan para mostrar la potencia simbólica y práctica del miedo, ese viejo combustible para que comunidades, individuos y sociedades procuren establecer reglas que minimicen la sensación de riesgo frente a las amenazas externas o los conflictos internos.
El universo de los miedos personales, privados, es tan amplio como la cantidad de individuos que habitan a nuestras comunidades. De hecho, las industrias cinematográfica y literaria han explotado con distintos grados de éxito y consistencia ese universo oscuro, desde Stephen King o Brian de Palma, a de Edgar Allan Poe y Joseph Conrad a Alfred Hitchcock. Pero existe un tipo de miedo específico, colectivo y público, que es el que provoca guerras, intolerancia, exclusión y discriminación. Es el miedo político. Y un libro del politólogo norteamericano Corey Robin publicado recientemente por el Fondo de Cultura Económica (El miedo. Historia de una idea política, México, 2009), da cuenta puntual de la trayectoria de la idea del miedo político, con referencia a la sociedad estadounidense, pero cuyos efectos se pueden extender a la nuestra. El argumento central del texto es que el miedo es un fenómeno político, desde el cual se construyen instituciones, culturas y comportamientos sociales, pero es también un dispositivo de dominación de las elites políticas, económicas y mediáticas.
El miedo al narcotráfico, el miedo al aborto, el temor hacia las nuevas tecnologías, el miedo a la crisis económica o a una epidemia, forman parte del menú de opciones del miedo político en nuestro contexto. Las vemos todos los días expresadas en las voces de los líderes religiosos, de los funcionarios públicos, de los dirigentes políticos, de los opinadores mediáticos. El miedo hacia lo de fuera, hacia lo externo, es muy bien explotado por las élites locales. Pero es el miedo entre los ciudadanos, en el trabajo, en el vecindario o en la escuela, el que propicia comportamientos perturbadores y extraños, que debilitan la cohesión social e incrementan la conflictividad no sólo contra la autoridad sino entre los propios ciudadanos. Los demonios del miedo político viven en el centro de nuestra vida pública.

Tuesday, March 31, 2009

Gran Torino negro, modelo ´72. Impecable.

Gran Torino, negro, modelo ´72. Impecable.
Adrián Acosta Silva
La más reciente película de Clint Eastwood (que de hecho puede ser la última, según ha dicho por ahí), es un relato situado a salto de caballo entre el drama y la comedia, pero también entre el humor y la tragedia. Personificada por Walt Kowalski, un obrero casi octagenario, jubilado de la Ford, viudo y solitario, cuyas aficiones son beber cerveza, mirar a los vecinos y cuidar con esmero a su auto y a su perra, la historia que dirige y actúa Eastwood puede ser vista como una daga que penetra directamente al centro del corazón políticamente correcto que invade a la sociedad gringa desde hace décadas. Con humor irreverente y sarcasmo ácido, el director nos muestra a las nuevas minorías que invaden desde hace tiempo las ciudades y los pueblos del medio oeste, no como la colección de postales folck y estereotipos que suelen presentar activistas de los derechos civiles o los medios de comunicación, sino más bien como una colección de familias e individuos tratando de adaptarse a un medio hostil, entre los que se encuentran individuos esforzados y apacibles junto con el puñado de hijos de la chingada que nunca faltan en ninguna sociedad, raza, etnia o nativos de ningún lado.
Como en todas las cintas recientes del autor, hay un sentido de trascendencia moral del personaje y de la historia, que en este caso tiene que ver con la soledad, el descubrimiento de los otros, las contradicciones entre la ética religiosa, las convicciones personales y las prácticas civiles. Tomando distancia del sacerdote de la historia (casi siempre hay uno en sus películas, como en la célebre Million Dollar Baby, de 2004), y todo lo que él representa en la vida cotidiana de la comunidad, Kowalski es un ateo práctico, que asume sus limitaciones y contradicciones sin rubor y sin presunción, tratando de convivir con ellas a pesar de la ominosa carga moral que aplasta su alma desde que asesinó a soldados indefensos en la guerra de Corea. Sus hijos y nietos son la gente extraña del personaje, una colección de familiares irreconocibles e impresentables para el exobrero de la Ford, mientras que poco a poco la familia Hmong que vive al lado se convierte en el nuevo entorno afectivo del protagonista. El proceso de aceptación de su presencia y sus prácticas, de sus símbolos, constituye el eje de la transformación de Kowalski, cuyas creencias y convicciones son alteradas por el reconocimiento de los valores de sus vecinos.
Pero es también la violencia pandilleril el lado oscuro de la luna eastwoodiana. La tribu de hunos urbanizados que encabeza el primo familiar de los Hmong, forjados a base del enfrentamiento criminal con otras tribus urbanas de latinos y negros, simbolizan el orden práctico al que deben adaptarse los hombres jóvenes de los migrantes, y a lo que se resisten mediante la intervención resuelta y un tanto autoritaria de la hermana y de la madre. Esta tensión entre violencia y adaptación, entre la búsqueda de sentido de pertenencia y la obediencia a la estructura familiar, ilumina buena parte de la película, que terminará por el sacrificio del personaje principal en beneficio del joven de la familia vecinal.
Gran Torino es la vuelta a la escena del tema de los valores y de las prácticas del orden social, representadas por Kowalski, los Hmong y la comunidad anglosajona a la que intentan adaptarse. Pero es también una historia del desvanecimiento de las certezas y los hábitos en medio de un orden que se desmorona, un poco como mostró el propio Eastwood en Los imperdonables (1992). Con un lenguaje políticamente incorrecto (“cabezas de pescado”, “cabeza de cierre”, italiano-hijo de-puta, son los adjetivos que suelta Kowalski a sus vecinos y amigos), el director y actor remueve el dedo en la llaga del neoconservadurismo que domina el lenguaje políticamente correcto de la época. El impecable Ford Gran Torino negro, modelo 1972, que permanece en el fondo de la película como testigo de la historia, simboliza el pasado perfecto que todos quisiéramos tener, ese que se pule con obsesión y se limpia como el recuerdo precioso de un presente imposible. Como la vida, justamente.

Wednesday, March 25, 2009

Chismes y política

Chismes y política: la realidad de los espejos (rotos)
Adrián Acosta Silva
Una de las curiosidades de la vida política mexicana contemporánea es su marcada propensión a convertirse en el centro de toda suerte de rumores, chismes y escándalos. Esa propensión no es nueva (ni ocurre sólo aquí, por lo demás), pero en los últimos años –justamente los de nuestra transición y cambio político hacia la democracia, lo que eso a estas alturas signifique- esa tendencia se ha recrudecido hasta alcanzar el centro simbólico y propagandístico de la bestia insaciable de los medios. No hay medio escrito, radiofónico, televisivo o virtual (o sea, el que se difunde por la internet, a través de infinidad de blogs, páginas web, correos electrónicos), que no contemple entre su oferta de “información” una sección, columna, una nota, reportaje o entrevista donde esos rumores y chismes se reproduzcan, se generen o se den por cierto sin más para construir a continuación el “análisis” instantáneo de la vida política local o nacional. La política suele aparecer en estos espacios como una farsa, una comedia o una tragedia, según lo dictaminen los observadores. Se trate de intrigas palaciegas, aldeanas o de cantina, los protagonistas cotidianos de la vida política aparecen como actores dispuestos a la transa, al embute, a colocarle zancadillas al otro, a colocar sus intereses personales por encima de sus funciones públicas, a estar dispuestos a lo que sea para alcanzar sus propósitos, sin importar el costo público, político o mediático de sus acciones.
Tenemos así la crónica de un escenario donde un ejército de farsantes, mentirosos, cínicos e hipócritas de diversa calaña y alcances protagonizan la sátira política de la temporada, mientras, abajo y al fondo, entre las luces mortecinas del gran teatro de la vida pública de los medios, otro ejército registra, inventa, o narra a su modo y oficio la puesta en escena del día, las actuaciones de los personajes, sus guiños y conversaciones, sus silencios, sus miradas, sus limitaciones. Ese otro ejército de reporteros, periodistas y opinadores profesionales o amateurs, interpretan lo que sienten o creen, y lo transmiten desde la óptica de sus prejuicios, sus ocurrencias o sus preferencias éticas o estéticas de carácter político, o anti-político. No existe el interés por saber la veracidad de lo que escuchan u observan, ni por verificar si lo que es apenas audible es cierto, o si las conversaciones en voz baja de los protagonistas es sólo una parte de lo que suele comentar dentro de la vida privada de ciudadanos y políticos. Eso, bien visto, no importa. Lo que es relevante es lo que dicen, creen, piensan o catalogan los intérpretes del vecindario, no los actores del espectáculo de todos los días.
Pero el asunto es un tanto más complicado, por el hecho de que la política y los políticos son el objeto de atención de medios que no pueden vivir sin la dosis diaria de escándalo y especulación que le rodea. Una práctica cotidiana es inventar historias, narrar anécdotas y vericuetos entre políticos, inducir o inventar rumores envenenados, para confirmar que el oficio de la política no es más que la suma de las personalizaciones correspondientes. Bajo el supuesto de que la mejor política es la que no existe, y de que lo que hay no es más que la confirmación de que de la política formal y real nada bueno puede esperarse, los medios documentan pacientemente y a veces fantasiosamente acusaciones, filtraciones y chismes, que entre más escandalosos parezcan, más enaltecen al chismoso de ocasión. El morbo político es el morbo de los que miran a un atropellado, tratando de mirar lo expuesto, de descifrar los daños, de observar lo que quedó a salvo, de especular cómo sucedió todo.
Gobernados por la convicción de que en política todo tiene una lógica coherente y esférica, una causa y un efecto calculados, los mirones y los chismosos del periodismo practican el viejo hábito de la especulación sin pruebas, de la invención de historias y hasta de actos de telepatía politológica, donde son capaces de saber hasta lo que piensan los actores y cómo sus acciones son la expresión cotidiana de sus planes y deseos. Personajes y personajillos de nuestra vida política aparecen entonces como los protagonistas de novelones o novelitas de cálculo y ambición, de lágrimas, bostezos y risas, que son relatados también por personajes o personajillos de medios que desmenuzan hasta la náusea las palabras, los gestos y las poses de los observados.
La vida política se vuelve entonces en un juego de espejos rotos, en la que los políticos y funcionarios juegan un juego de cartas marcadas, que simplemente basta mirar para comprender el desarrollo y el desenlace del juego, y en la que los narradores se dedican a trasmitir a multitudes imaginarias sus impresiones y certezas. El narrador se vuelve entonces en un actor más de la política, o se coloca al filo de la relación entre el observador y el observado, pero que no corre nunca con los riesgos del político y la política profesional. La incertidumbre y las ambiciones se vuelven entonces datos incómodos para los intérpretes del periodismo, hechos viejos que resultan problemáticos para quienes se han acostumbrado a ver en la política mexicana el peor de los mundos posibles. La imaginería y el delirio de los medios se han vuelto directamente proporcionales a la grisura, la ineficacia y la opacidad de la política profesional. La danza de sombras entre medios y política se ha convertido el signo mexicano de nuestra consolidación democrática.

Wednesday, March 11, 2009

Indignación moral

Indignación moral
Adrián Acosta Silva

Eres lo que no hay
Cormac McCarthy, Suttree

Entre la abundante colección de escenas imprecisas que se han amontonado en la vida pública mexicana de los últimos años, destacan las que protagonizan cotidianamente algunos periodistas, intelectuales y escritores que han jugado el papel de intérpretes oficiosos de los humores privados y públicos de la sociedad mexicana. Gobernadas por la irritación y el griterío más que por el matiz, la prudencia o la mesura (viejos hábitos republicanos, si es que algún a vez los hubo), esas voces expresan el descontento que parece haberse adueñado de las prácticas y la imaginación de las nuevas elites dirigentes y de poder de las sociedades locales. Lo mismo en Guadalajara que en Monterrey, en el DF. o en Ciudad Juárez, esas voces son dominadas por un acusado tono fatalista combinado con un furioso reclamo moralizador hacia los actores políticos de la temporada y del escenario.
La parte más visible de ese reclamo tiene que ver con un discurso ( y un recurso) poderoso y extendido entre ciertas franjas de las elites mexicanas bienpensantes de los últimos años: la indignación moral. Es un sentimiento de yo-acuso acompañado de la certeza de que el país no tiene remedio, pero de que basta reconocerlo o denunciarlo para empezar a cambiarlo. Es también una pose estética a la vez que un posición ética, que crítica por igual a la corrupción, los partidos políticos, al gobierno, a la clase política, a las empresas, al neoliberalismo, a la crisis económica, la desigualdad, la pobreza, la falta de competitividad económica, a los sindicatos, al viejo y nuevo corporativismo, a los liderazgos varios que hay en el país. Apela a valores supremos y absolutos que, suponen, deben y tienen que ser compartidos para construir a la sociedad buena y al buen gobierno: honestidad, confianza, ética, compromiso, responsabilidad, lealtad, sinceridad. A diferencia de ciertas franjas que deciden participar directamente en la actividad política formal, optando por el árido trayecto de la organización y el activismo para cambiar las cosas, aquellas elites prefieren actuar individualmente o en pequeños grupos con las que comparten gustos, fobias y afinidades éticas y estéticas. Pertrechados en la seguridad del lamentable estado de cosas que caracterizan nuestros tiempos, esas voces reclaman airadamente a las autoridades su ineficacia, su insuficiencia, sus incapacidades, desde una perspectiva donde lo bueno es verdadero y lo malo es lo falso, ineficiente o ambiguo. “Decir la verdad” es su brújula, “denunciar la mentira” es su práctica, aunque la misma vaguedad de la brújula y las prácticas esconden la debilidad del reclamo de nuestros nuevos radicales chic.
La indignación moral es el emblema de la nueva radicalidad criolla, ellos y ellas, generalmente provenientes de familias acomodadas, que cursaron estudios en el extranjero, que hablan varios idiomas, que se dan el lujo de huir del país de cuando en cuando para dictar conferencias, irse de shopping o para participar en reuniones con sus homólogos hindúes, españoles, italianos o brasileños. Frecuentemente aparecen en la televisión privada o pública, en programas de alto rating, y sus firmas y rostros suelen ser publicados de periódicos y revistas de alta circulación nacional. Practican el jogging y asisten a algún GYM, cultivan con esmero sus cuerpos, se visten a la moda, utilizan perfumes inalcanzables para la mayoría, viven en zonas de lujo, comen y beben en restaurantes exclusivos.
Se dejan ver, les encanta ser personajes de alto perfil, se codean con empresarios y políticos conocidos. Se promueven con éxito envidiable para reuniones y mesas redondas sobre los temas del momento, en los que suelen hablar con verdades incómodas, frases taquilleras, acusaciones flamígeras, acompañadas de datos y cifras apantalladoras. Se presentan a sí mismos como voces ingobernables, con una rebeldía calculada e informada, capaces de suscitar el aplauso facilón en las graderías, de agradar en el ánimo decaído o escéptico de de muchos que “no-se atreven-a- decir- la- verdad”. Son los nuevos sacerdotes o sacerdotisas de pseudointelectuales, pseudoacadémicos y pseudoelites a las que les gustaría ser como ellos pero no pueden. Esta figuras y sus prácticas habitan el paisaje contemporáneo de la opinión pública mexicana, y junto a un ejército de charlatanes, opinadores mediocres, gacetilleros profesionales o de ocasión, periodistas profesionales, intelectuales serios y académicos que buscan abierta o discretamente a la fama (esa “dama fatal” de Jaime López), las nuevas elites mediáticas fabrican imposturas, venden verdades al vapor, confeccionan un catálogo de denuncias, problemas y fatalidades junto a un recetario de lugares comunes, antídotos contra la depresión, prácticas imposibles, utopías al mayoreo.
Estas elites pontifican con un tufillo de superioridad moral difícil de ocultar. Por su posición económica o social, forman parte de la zona exquisita de la intelectualidad nice del país, y se asumen como diferentes respecto de muchos otros. Aunque la palabra “elite” sea de suyo problemática, supone algo parecido a la cúspide del poder mediático, económico o político, a posiciones de dominio público y privado, de influencia precisa en decisiones, posiciones o formulación de intereses u opiniones. Pero la mejor definición de elite que conozco es la que leí alguna vez de un libro del sociólogo norteamericano Charles Wright Mills (en La élite del poder): “son todo lo que nosotros jamás podremos ser”. Esas elites acusan, se enojan, critican, pero también ganan o conservan fama, prestigio, dinero, autoridad, sobre todo en épocas de desencanto y desilusión política y económica. Contra las prácticas de las elites del siglo XIX o principios del XX , que eran fielmente celosas de su intimidad y privacía, los miembros de las nuevas elites desean ser escuchados y vistos, que sus prédicas y críticas sean conocidas, que sus caras y voces sean referencia pública. Son los intelectuales y académicos que forman el exclusivo club de los más vendidos o leídos, junto con los mercanchifles de los programas y publicaciones dedicadas a los chismes del mundillo del espectáculo, los que forman la nueva camada de voces que desde el filo del acantilado forman o interpretan los ecos de una sociedad convulsiva, pero cuyos usos y costumbres cotidianos parecen brutalmente lejanos a los que tratan de hablar por ellos, justamente como la distancia abismal que hay entre la indignación moral de algunos y el orden social y político de todos los días.

Wednesday, February 04, 2009

Blindajes

Blindajes
Adrián Acosta Silva

“Blindar” es la nueva palabra mágica en el alucinante diccionario político mexicano de los tiempos modernos. Invocado frecuentemente como exorcismo contra nuestros males públicos (desde los políticos hasta los financieros) , empresarios, gobernantes, diputados, dirigentes partidistas, “líderes de opinión”, periodistas de muy diversas convicciones y oficios, han lanzado a la arena pública y mediática el nuevo verbo para asegurar que las campañas electorales, las políticas públicas, los programas sociales, las reservas internacionales, las estrategias institucionales, los derechos humanos, puedan ser protegidos contra las amenazas “externas”. Habrá que indagar bien cuando se comenzó a utilizar el tono bélico en la transición política mexicana –creo que fue el Presidente Zedillo el que utilizó la palabra “blindaje” para referirse a la economía mexicana en los tiempos en que el PRI perdió la Presidencia, para asegurar la alternancia política- , pero el hecho es que hoy suena a una típica palabra atrapa-todo, en la que coinciden funcionarios y políticos para tratar de proteger a la acción pública contra los peligros que acechan allá afuera, aunque la vaguedad dentro/fuera se imponga con toda la fuerza de la ley de la relatividad discursiva mexicana de los últimos años.
La palabreja es obviamente de linaje militar, parte toral de un lenguaje bélico antiguo. Blindar es proteger contra los ataques, cubrir edificios, vehículos y personas contra el ataque de fuerzas enemigas. El Diccionario del uso del español de María Moliner es más contundente: blindar es “proteger algo con planchas de hierro o acero”. Obviamente, su empleo tiene que ver con batallas y guerras, lucha de posiciones, batidas heroicas y estrategias defensivas. Algo hay de eso en la vida política, por supuesto, aunque la política moderna, a diferencia de la guerra, sea una actividad pacífica, más o menos civilizada, la antítesis de la violencia militar, a pesar de que la política mexicana de los últimos años se haya convertido en un torneo aburrido jugado en terrenos áridos y desolados, configurados por una democracia de baja intensidad y densidad . Por eso resulta un tanto extraño que frente a la sensación de riesgo y de peligro, de incertidumbre, se hable de cubrir “con hierro y acero” las instituciones públicas, los programas de gobierno, los procesos electorales. Ante la real o imaginaria sensación de vulnerabilidad pública, se exige blindarlos ante las acciones (o intenciones) que pueden desviarlos de los objetivos, contaminar su pureza institucional, o emplear de manera perversa los recursos públicos para beneficiar intereses privados.
La crisis económica internacional y sus demonios nacionales explican quizá en parte la obsesión por preservar lo que se consideran bienes públicos. Tal vez sea la amenaza del narcotráfico y su poder de penetración en todos los órdenes de la vida social el “mal mayor” de la democracia y la economía mexicanas. Pero es la competencia político-electoral que vivimos ahora el argumento utilizado para evitar que funcionarios federales o locales utilicen sus puestos o posiciones para favorecer a tal o cual partido o candidato. Práctica vieja en los años dorados del autoritarismo mexicano, la utilización de recursos públicos para triunfar en las elecciones fue uno de los motores de la reforma electoral que dio origen al IFE, y que se legitimó –junto con las exigencias de transparencia y rendición de cuentas- como una de las razones del nuevo esquema de financiamiento público a la política electoral. Sin embargo, muy pronto las viejas prácticas reaparecieron entre los políticos mexicanos de nueva generación pertenecientes tanto al antiguo como a los nuevos oficialismos, en la que donativos y prácticas callejeras de promoción de voto por parte de funcionarios públicos muestran el rostro áspero de la competencia política por puestos y representaciones. Los frecuentes actos impulsivos del gobernador de Jalisco para beneficiar la construcción de templos o apoyar causas filantrópicas privadas, o las confesiones recientes del expresidente Fox, son ejemplos conspicuos de esas prácticas viejas que se ocultan en ropajes nuevos.
La ley, el Estado de derecho, es, o debería ser, el marco protector de derechos y obligaciones, el principal mecanismo de inhibición de comportamientos inadecuados de funcionarios y empresarios, políticos y ciudadanos. De hecho, esa aspiración es parte de los afanes casi mitológicos que las elites políticas mexicanas han intentado construir y consolidar en casi doscientos años de historia independiente. Sin embargo, es la ética cívica el mecanismo íntimo en que puede funcionar una democracia estable, que interiorice en el corazón y en las conciencias de los actores del espectáculo político la convicción de que hay límites en las palabras y las prácticas políticas cotidianas; son los “hábitos del corazón” a los que se refería el viejo Tocqueville. Cuando se habla de blindar instituciones y prácticas se asiste a una impostura un poco naif: protejamos el cascarón para preservar el contenido, aunque el contenido huela mal desde hace tiempo.
El resultado de los afanes de los blindajes al que convocan con fe y entusiasmo los variados liderazgos frente a ciudadanos y medios, es la consolidación del empleo de un retorcido lenguaje político, propio de las eras de confusión pública. En la casa de fantasmas en que se han convertido vastas zonas de la vida política nacional y local, las tareas de blindaje corren el riesgo de colocar defensas imposibles a prácticas ambiguas, cubiertas bajo el manto protector de las buenas intenciones. El juego político de la temporada que terminará el 5 de julio, más los poderes corrosivos de la crisis económica y la violencia cotidiana del narco, mostrarán nuevamente la distancia que hay entre el voluntarismo de las buenas conciencias “blindadizadoras” y el realismo de las malas prácticas de los protagonistas del espectáculo público, gobernados más por el cálculo de los canallas y los herejes que por la convicción de los fieles.