Wednesday, June 23, 2010

Monsiváis




Estación de paso
Monsiváis
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 24 de junio de 2010.

La muerte de Carlos Monsiváis suscitó una predecible y abrumadora ola de reacciones en torno a la importancia de sus obras, su figura, sus aportaciones a nuestra vida pública, sus compromisos políticos, ideológicos, su carácter de crítico y observador calificado. Más allá de las filias, las fobias o las indiferencias que pudiera atraer el gran escritor mexicano, el hecho coloca en el mostrador el papel de los intelectuales en la vida pública, su función crítica, sus silencios, sus ambigüedades, sus limitaciones.
El caso de Monsiváis es paradigmático para el caso mexicano. Ubicuo, prolífico y complejo, el personaje que era o representaba fue múltiple y en muchos casos único. Activista, crítico, escritor, notario, simpatizante, escéptico, creyente, ambiguo, panfletario, agnóstico, elitista, populista, memorioso, peleonero, jacobino, ultra, conservador, políticamente correcto o incorrecto según el caso y los actores, progresista, narrador formidable, prosista inigualable, izquierdoso, insidioso, irónico. Mordaz, sarcástico, desmesurado, intelectualmente promiscuo, hombre público, miembro destacadísimo del star-system de la opinocracia y de la inteligentsia mexicana, promotor cultural, poeta discreto, lector insaciable, mirón incansable, coleccionista incurable de objetos, máscaras, gatos, libros, periódicos y revistas.
Incómodo en los homenajes, reacio a los cocteles y agasajos que son tan frecuentes en el medio intelectual y cultural, Monsiváis representa la figura del librepensador de los años de las crisis económicas, sociales y políticas del México contemporáneo, el testigo y narrador privilegiado de una época gris, conflictiva y convulsiva. Militante de distintas cofradías, observador y crítico de otras, indiferente ante muchas más, el autor de Días de guardar conjugó la tradición libresca de la intelectualidad mexicana del siglo XIX y la primera mitad del XX con la pasión militante sobre los asuntos de coyuntura y la observación acuciosa de las prácticas populares, masivas, vistas con anteojos inspirados en el estilo desenfadado y anti-académico del nuevo periodismo norteamericano de Tom Wolfe o Norman Mailer, y con la agudeza clásica de Oscar Wilde o de Woody Allen. Observador, cronista e intérprete al mismo tiempo, Monsiváis proporcionó a varias generaciones de lectores y escritores un estilo único de narración, cercano y lejano al mismo tiempo de los hechos que observaba desde la calle, desde los periódicos, desde la televisión o el cine, en los últimos años de internet.
La abrumadora presencia del autor de Apocalipstick o de Pedro Infante. Las Leyes del Querer, en prácticamente todos los medios de comunicación locales y nacionales, la importancia de sus observaciones, de sus críticas o de sus elogios, lo hicieron referente obligado de la discusión pública pero también objeto permanente del chismorreo privado. Su enorme capacidad de relacionar dichos o hechos con referencias literarias, bíblicas o académicas produjo cantidades masivas de ocurrencias en forma de frases envenenadas, aforismos, revelaciones, preguntas sin respuestas, envueltas en un sentido del humor impecable, profundo, incómodo pero siempre disfrutable. En un medio abrumado por imposturas y solemnidades inocuas, la voz lúdica de Monsiváis era un tiro en el concierto, el pitorreo en medio de la fiesta de las simulaciones, la mirada incómoda sobre las desmesuras de nuestra vida pública y de sus actores.
Con una legión de imitadores mediocres, de críticos furibundos y de fanáticos consagrados a la religión monsivaisiana, el creador de las columnas periodísticas Para documentar el optimismo y Por mi madre, bohemios, se convirtió en ícono y en santo, en tiro al blanco y en inspirador de buenas causas, en ídolo de la bienpensantía nacional y en adalid de (casi) todas las causas populares imaginables. De cualquier modo, la muerte de Monsiváis representa el fin de un largo ciclo intelectual y cultural. Después de todo, no hay período o etapa de pensamiento y prácticas culturales que no disponga de un narrador excepcional de sus perfiles, sus peripecias, sus misterios, sus pleitos y sus tensiones. Hoy que las cenizas del narrador están colocadas cual ofrenda sagrada en el Museo del Estanquillo que él mismo creó, se puede recordar alguna de las frases que ingeniosamente soltó en algún momento de los años recientes, como cuando alguien le preguntaba su opinión en torno a los que estaba sucediendo en el país. “En realidad, no lo sé”, respondió el escritor. “Cuando comenzaba a entender lo que estaba pasando, resulta que ya pasó lo que estaba entendiendo”. La escritura “viva, irreverente y desparpajada” de Monsiváis, como la describió antier Guillermo Sheridan en su columna de El Universal-“Escenas con Monsiváis”, www.eluniversal.com.mx/editoriales/48799.html- se va a extrañar.

Wednesday, June 09, 2010

Un libro para la canícula



Estación de paso
Un libro para la canícula
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U.de G., 10 de junio, 2010.
En estos días gobernados de manera inescapable por la canícula, no hay forma de sacudirse la sensación de que nada así ha pasado antes entre nosotros, aquí mismo. Ventiladores, enfriadores, agua, son recursos insuficientes para mitigar la calidez seca y dura del ambiente, con un sol que cae a plomo sobre nosotros. No parece ser un buen momento para leer libros, sino más bien para meterse a una cantina, tomarse unas cervezas heladas, y esperar a que ocurra un milagro, como aconsejó alguna vez el sabio Ibargüengoitia.
Pero hay libros que tienen imán. Acción Nacional. El apetito y las responsabilidades del triunfo, de Soledad Loaeza, es uno de ellos. Publicado por El Colegio de México este mismo año, el texto es un balance y a la vez una continuación de los trabajos que esta importante investigadora del COLMEX ha desarrollado desde los años setenta en torno al conservadurismo mexicano, las clases medias, y la derecha político-partidista representada por el Partido Acción Nacional, el PAN. Continuación de El Partido Acción Nacional: la larga marcha, 1939-1994.(FCE, México, 1999), este nuevo libro de Loaeza rastrea el paso del PAN en su prolongada conversión de oposición leal y testimonial a partido en el poder. La historia comenzada en el Frontón México el 14 de septiembre de 1939 con la fundación de ese organismo político por parte de figuras como Manuel Gómez Morín y Efraín González Luna, llegó a su fin de ciclo el 1 de diciembre de 2000 con la toma de posesión como Presidente de la República de Vicente Fox Quesada. Ahí se simboliza la transformación de un partido crecido y fraguado como oposición leal en el contexto de un régimen autoritario, a un partido en el gobierno cuyo desempeño ha sido pobre, errático y contradictorio, como se señala en varios de los apartados contenidos en el libro.
Dividido en 9 capítulos, el texto recoge diversos ensayos y artículos publicados previamente por la autora a lo largo de la primera década del siglo XXI en diversas revistas especializadas en ciencias sociales de México y del extranjero. Se pueden advertir las diversas épocas del PAN, desde su formación como opción política de “derecha secularizada” como le llama Loaeza, hasta la influencia de la democracia cristiana en la modernización del partido en el período 1957-1965. Se pasa una revisión de las tensiones internas que sacudieron al PAN desde los años setenta y ochenta, y que explican el surgimiento del neopanismo, el renacimiento de la ultraderecha en el seno mismo del PAN, y las dificultades doctrinarias, ideológicas y políticas del panismo convertido en oficialismo a nivel nacional desde hace una década, pero que comenzó a escala local desde 1989, con el triunfo en la gubernatura de Baja California y en otras 6 entidades a lo largo de los años noventa, entre ellas Jalisco.
De manera lúcida, la politóloga Loaeza desmenuza la historia reciente del nuevo oficialismo, identifica sus dilemas, sus pleitos internos, y sus incapacidades heredadas o construidas desde su nueva posición en el mapa político nacional. Su persistente aversión al riesgo de gobernar, la accidentada relación de los presidentes surgidos del panismo (Fox y Calderón) con la estructura de su propia organización, las contradicciones de un discurso empresarial y gerencial con prácticas políticas ineficaces e incapaces de crear mayorías estables, junto con la configuración de un electorado de derecha en el país, hacen de la análisis del PAN en el ejercicio del poder un balance de saldos discutibles y ciertamente incómodos para una derecha político-partidista que nunca se ha asumido como tal. Un partido que luchó contra el hiper-presidencialismo del priismo, ahora lucha desesperadamente por restablecerlo, como la han mostrado Fox y el propio Calderón, pero ahora sin el contexto y las fórmulas de gobernabilidad con las que funcionaba aquel.
De las varias lecturas que pueden hacerse del texto, una posible es que constituye un examen objetivo del papel que el PAN ha jugado en el proceso de cambio político en México. Atado a taras ideológicas, arrastrando los restos de un discurso conservador, incapaz de reconocer los cambios sociales, económicos y culturales ocurridos en el país en el transcurso de los últimos años, Acción Nacional es un partido paradójico, que supo llegar al poder pero que se muestra incapaz de ejercer el poder. Crecientemente aislado de su propio electorado y de sus propios militantes, el PAN ha mostrado sus limitaciones como organización política capaz de traducir en el gobierno sus programas y propuestas. En otras palabras, el PAN es un partido de derecha que no sabe o ha renunciado a gobernar una sociedad plural, conflictiva, reacia a identificarse con el ideario y las creencias conservadoras del panismo contemporáneo.
Tal vez ahí radica la clave para descifrar los tiempos políticos del cambio mexicano. Un partido que se creó para transformar al país, para hacerse cargo de las “responsabilidades del triunfo”, como afirmó Gómez Morín hace 71 años, se ha convertido en un gobierno maniatado por una pluralidad indescifrable desde la óptica de la derecha, pero también acosado por sus propios prejuicios, fobias y contradicciones internas. Con la pequeña ayuda de una cerveza fría, leer este libro puede ser una experiencia refrescante ahora que la canícula aplasta la ciudad.

Wednesday, May 26, 2010

La rebelión de las sotanas



Estación de paso
La rebelión de las sotanas
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 27 de mayo, 2010.

Examinemos los principios religiosos que, de hecho, han prevalecido en el mundo. Es difícil no convencerse de que no son otra cosa que los sueños de unos enfermos.
David Hume, Ensayos morales y políticos, 1742.
La Iglesia Católica mexicana es capaz de encontrar causas para subrayar su importancia y superioridad moral en cualquier asunto, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. Sabe que el diablo está en los detalles y en ellos se concentra de manera obsesiva para denunciar, pontificar, acusar, descalificar. La lista es larga y no tiene desperdicio: desde hace 17 años hizo del asesinato de un cardenal una cruzada para demostrar que hubo un complot de propósitos inconfesables; hace de la guerra cristera del siglo pasado una gran causa para canonizar a sus soldados, y transformarlos con la bendición papal en mártires y santos; construye iglesias y santuarios para mostrar su poder sobre almas y cuerpos; se atribuye el monopolio de la verdad para saber cuando Dios decide la vida y cuando la muerte, y confiando en esa sabiduría de origen extraterrestre se opone a cualquier intento de interrupción de embarazos, abortos protegidos, matrimonios entre homosexuales, adopciones, manifestación de preferencias éticas, políticas o sexuales. En fin. La misma y vieja iglesia de siempre, con sus súbditos laicos de siempre, la “puta de babilonia” de las páginas del Apocalipsis, como le denominaron los albigenses a la iglesia romana desde el siglo XI.
Esta es la forma de hacer política por parte de arzobispos y cardenales. Vestidos con intimidantes sotanas púrpuras, y armados con báculos e incienso, los curas y sus monaguillos clericales y laicos ejercen presión desde los medios y entre sus fieles, incluyendo a buena parte de los políticos profesionales de todos los partidos. Intentan controlar la agenda pública, propiciar decisiones políticas, intervenir en los asuntos privados y de gobierno. El último de los casos es el precipitado anuncio que hizo la Arquidiócesis de México de un boicot de la iglesia al Censo de Población y Vivienda 2010 que está por arrancar, y que como se sabe es un ejercicio de información estadística que se realiza desde el año de 1890 para conocer el estado que guarda la población mexicana en múltiples aspectos, entre ellos el de sus creencias religiosas.
Según la nota aparecida en el diario Público- Milenio el lunes pasado (24/05/2010) el argumento de la iglesia es, digamos, de carácter técnico: se trata de la manera en que está planteada la pregunta sobre la religión a la que pertenecen los miembros que viven en una casa, y que ofrece 12 posibles variaciones sobre la respuesta “católica” en caso de que la hubiera. La iglesia plantea su diatriba con una descalificación, como es costumbre de la santa casa: “Censo tramposo”, diseñado para “manipular los números con fines perversos particulares”, dice la nota.
El acusado tono de escándalo de la clerecía nacional tiene que ver con el hecho de que el estudio de las religiones ha mostrado desde hace tiempo que la religión católica se ha fracturado en un conjunto de sub-religiones, o mini-religiones, que se orientan con creencias más y más alejadas del núcleo ortodoxo de la vieja iglesia católica, apostólica y romana que todos conocemos. Más aún: el catolicismo ha perdido el monopolio de la fe, y compite con otras creencias, religiones, iglesias y sectas que se disputan ferozmente el derecho de educar las almas perdidas, de elevar oraciones y recibir las limosnas de los feligreses. El escepticismo ha ganado adeptos, y prácticas como la unión libre, el divorcio, la homosexualidad, han ganado legitimidad entre los mortales. Si a ello se agregan los escándalos generados en el seno de la propia iglesia –el padre Maciel, por ejemplo- lo que tenemos es el espectáculo de curas haciendo política en el ámbito público, tratando de mantener en el centro mediático su presencia e imágenes, luchando contra todo intento por mostrar el deterioro de la iglesia en las prácticas cotidianas de ciudadanos cuyas creencias han cambiado de manera importante e inevitable en los últimos años. A eso los científicos le llamarían evolución o modernización, pero la evolución no es un término que agrade mucho a cardenales y curas.
En fin. Tal vez hay que recordar las palabras de Albert Einstein respecto del pensamiento religioso como “un intento de encontrar una salida allí donde no hay puerta”. Y la oligarquía católica mexicana se ha convertido en una verdadera experta en el duro oficio de buscar puertas inexistentes. Temerosa de evidenciar su descenso en las preferencias religiosas de los mexicanos, ahora se ha lanzado contra un ejercicio del Estado para dar a conocer lo que muchas otras encuestas y estudios han mostrado desde hace tiempo: el declive del catolicismo.

Wednesday, May 12, 2010

La carretera



Estación de paso
La carretera
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 13 de mayo 2010.

Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida
(Cormac McCarthy, La carretera)

Hace un par de semanas se estrenó en los cines de la ciudad la película “El último camino” del director australiano John Hillcoat, protagonizada por Viggo Mortensen, Charlezie Theron, Robert Duvall y el niño Kodi Smith-McPhee. La cinta está basada en la novela La carretera, del escritor norteamericano Cormac McCarthy, publicada originalmente en inglés en el año de 2006 (hay una reciente versión en español: La carretera, Random House-Mondadori/Ediciones Debolsillo, México, 2009, 210 págs.). McCarthy, como tal vez algunos recuerden, fue también el autor del libro No Country for Old Man, que inspiró la filmación de la película “Sin lugar para los débiles”, del 2008, de un amplio reconocimiento entre la crítica y el público en general.
El argumento central de “El último camino” es el miedo. Ese es el motor que activa la búsqueda por la supervivencia de un hombre y su hijo en un mundo que, literalmente, se derrumba, explota en llamas, se hunde. Con un principio y un final inciertos, el relato que sostiene la película es simple y desgarrador: la lucha diaria de un hombre por proteger a su hijo de la violencia y el canibalismo, que trasladan en unos pocos años a la civilización del siglo XXI al estado de barbarie del principio de los tiempos.
Con la música bella y lúgubre de Nick Cave –el estupendo rockero australiano, paisano y amigo de Hillcoat-, la cinta es una colección de imágenes grisáceas, que reflejan un mundo frío marcado por el humo, la niebla y las cenizas. Marcado dolorosamente por las pérdidas –en primer lugar, por la de la valiente esposa y madre de los protagonistas, representada por Theron, quien decide suicidarse antes que permanecer condenada a una vida de penurias y temores-, la vida del padre y el hijo transcurre por una ruta –una carretera- que conduce al sur, el lugar que consideran más seguro en el imparable proceso de descomposición de la naturaleza y la sociedad que conocieron en un pasado reciente. Los restos de la civilización estallan frente a sus ojos a lo largo del camino, que recorren en busca de algo de comida y protección. Lo que encuentran como paisaje inevitable es la muerte, representada por cuerpos que cuelgan del techo de casa abandonadas, cadáveres esparcidos por los otrora jardines verdísimos, cuerpos desmembrados y devorados por las hordas de caníbales que recorren ciudades y granjas.
Acosado por el miedo y el hambre, el padre intenta reconstruir en su pequeño hijo el mapa de sentimientos, valores y afectos que conoció en el pasado anterior a la catástrofe. Se aferra a la tarea de transmitir en el hijo la esperanza que las cosas pueden ser mejores si se mantiene en el bando de los buenos, los no asesinos, los no depredadores. Inculca todo el tiempo al muchacho la idea de la supervivencia, de desconfiar en los extraños (generalmente “los malos”), esperando que en algún momento pueda encontrar al grupo de los buenos. Se trata de una lucha cotidiana contra la incertidumbre y la adversidad, con el riesgo siempre presente del aniquilamiento, con la meta básica de sobrevivir sólo un día más. Demolida cualquier certeza sobre la bondad de los hombres, o sobre la infinita sabiduría de un Dios cruel y asesino, el padre descubre en su hijo al dios verdadero, el último reducto de afecto y sentido de futuro que puede sobrevivir a un tiempo de ladrones, canallas y homicidas. Como escribe McCarthy al describir una de las escenas: ”Salió a la luz gris y se quedó allí de pie y fugazmente vio la verdad absoluta del mundo. El frío y despiadado girar de la tierra intestada. El aplastante vació negro del universo. Y en alguna parte dos animales perseguidos temblando como zorros escondidos en su madriguera. Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo”. (La carretera, págs..99-100)
El último camino es la representación visual y dramática de una novela compleja, profunda e inquietante. Ya se sabe: transmitir a imágenes las representaciones que evoca una novela es una tarea difícil. Y aunque el libro, en este caso, es mejor que la película, el esfuerzo que hace el director por trasladar el argumento textual a la película resulta un decoroso ejercicio de presentación de una historia de supervivencia fraguada en un contexto maldito, hostil y asesino.

Wednesday, April 28, 2010

Día del libro: la fiesta y el drama






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Día mundial del libro: la fiesta y el drama
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 29 de abril de 2010.
Como ya es costumbre, el pasado 23 de abril se celebró el Día Mundial del Libro. Autoridades educativas y culturales, ciudadanos interesados y medios de comunicación se reunieron para compartir el festejo. Lecturas colectivas, regalo de ejemplares en librerías, cámaras y micrófonos en la calle, todo un espectáculo por supuesto. Sus promotores más entusiastas hablan de que gracias a esa celebración y a otros eventos (la Feria Internacional del Libro, por ejemplo), se han formado nuevos lectores, nuevos públicos, pequeñas multitudes que ya han tomado como suyo el hábito de la lectura, compartiendo autores, libros, editoriales, creando redes y clubes de lectura, votando por sus autores preferidos, felicitando a los organizadores de los festejos y los rituales de rigor. Desde la atalaya de la autocomplacencia, los organizadores de la fiesta pontifican, tiran netas, profetizan, realizan diagnósticos al vapor, pronósticos instantáneos, algunos hablan incluso de un cambio cultural profundo entre los mexicanos. El entusiasmo, ya se sabe, suele jugar malas pasadas a los entusiastas de ocasión, los marea y hace ver cosas que no existen, o decir palabras que no resisten la prueba del ácido de la realidad.
El día mundial del libro es, esencialmente, una ficción en el contexto de un mercado de compradores y vendedores entre los que quedan fatalmente atrapados los autores de las obras. Sólo una muy pequeña fracción de autores tiene la libertad y el poder para hacer contratos ventajosos con editoriales y librerías, y muchas veces ese poder tiene que ver más con buenas relaciones públicas y con conocimiento de cómo asociarse con grades firmas editoriales que con la calidad de sus obras y escritos. El problema es antiguo. Lo recordó hace unos días José Emilio Pacheco al recibir el Premio Cervantes 2009: “En la Roma de Augusto quedó establecido el mercado del libro. A cada uno de sus integrantes –proveedores de tablillas de cera, papiros, pergaminos; copistas, editores, libreros- le fue asignado un pago o un medio de obtener ganancias. El único excluido fue el autor sin el cual nada de los demás existiría. Cervantes resultó la víctima ejemplar de ese orden injusto.” Las palabras del poeta remarcan el doble rostro de la celebración libresca: la fiesta y el drama.
El fenómeno ha sido examinado desde hace tiempo. Sociólogos como Fernando Escalante en su espléndido A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública, editado en el 2007 por El Colegio de México, ha abordado con profundidad el asunto. En ese texto, Escalante plantea un argumento central: “en los últimos años se ha producido en todo el mundo una concentración extraordinaria de la industria editorial: la mayor parte del mercado global pertenece a ocho o diez empresas, integradas en grupos que también tienen periódicos, revistas, productoras de cine, discográficas, cadenas de radio y televisión. El negocio de los libros –escribe Escalante- se ha convertido en un gran negocio, incorporado a la industria del espectáculo. Y eso tiene consecuencias sobre el tipo de libros que se publican y sobre el modo en que se venden, sobre las librerías y las prácticas de lectura” (p. 9). El libro ilustra con datos y hallazgos este argumento central, para llegar a una conclusión poco entusiasta: la cultura del libro no desaparecerá, pero se ha hecho más marginal que nunca, y no bastan cruzadas culturales para evitar ese hecho duro. Factores como la baja escolaridad y el ingreso afectan de manera directa el pobre consumo de libros en México.
En un libro póstumo (Los desheredados. Cultura y consumo cultural de los estudiantes de la Universidad de Guadalajara, CUCEA-U. de G., 2009, Guadalajara), el profesor Roberto Miranda Guerrero examinó la relación entre lectura, prácticas de estudio y la asistencia a los recintos culturales de los estudiantes de licenciatura de la Universidad de Guadalajara. Tomando como muestra a los estudiantes del CUCEA, el estudio de Miranda tiene resultados inquietantes: los estudiantes universitarios leen poco, generalmente por obligación derivada de su formación académica, y casi nunca asisten a recintos culturales locales. Más de la mitad de los estudiantes no ha leído ni siquiera tres libros no curriculares en un año, los libros que leen son “para pasar las materias”, y, como señala el autor, “ocho de cada diez alumnos no han asistido a Casa Vallarta, nueve de cada diez no conoce ni la Casa Julio Cortázar ni la Casa Escorza. Más de la mitad dice no haber asistido nunca al Museo de las Artes y el 70% no conoce el ¨Paraninfo Enrique Díaz de León”, el recinto más importante y emblemático de la U. de G.
Es una paradoja monumental: hoy que se producen más libros que nunca tenemos prácticas de lectura y consumo cultural más pobres que nunca: La intención democrática de las campañas de promoción de lectura para elevar el gusto por los libros, no alteran el hecho de que la lectura es una práctica social y no un gusto personal.

Thursday, April 15, 2010

Ciudadanización

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Ciudadanización
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 15 de abril de 2010.
La palabra comenzó a utilizarse desde hace tiempo y pronto no sólo se puso de moda, sino que llegó para quedarse un largo rato. Nos llegó ruidosamente con los vientos de la democratización, la santificación de la sociedad civil y el lenguaje de la rendición de cuentas, la responsabilidad pública, la desconfianza en los partidos políticos, en los funcionarios, en el gobierno. Como suele ocurrir en el lenguaje público de los tiempos de cambio, nunca se especificó que significaba exactamente el término ciudadanizar, pero el concepto evocaba algo así como la purificación de la política, la despartidización de las instituciones, la despolitización de las decisiones públicas, cosas de ese tipo.
Hoy, el terminajo se sigue utilizando con la misma vaguedad con la que se empezó a utilizar hace ya más de 20 años. Se insiste en que la ciudadanización es una buena fórmula para eliminar la corrupción, mejorar los gobiernos, procurar buenos servicios públicos, acabar con el cinismo y la hipocresía de los políticos profesionales y de sus partidos y organizaciones. Es más: se citan y documentan experiencias exitosas de ciudadanización, se argumenta que las sociedades donde los ciudadanos participan más se elevan significativamente los niveles de desarrollo económico y social, se incrementa la confianza y la cohesión, los más entusiasmados aseguran que lleva incluso a la felicidad de individuos y comunidades.
Este discurso es seductor, para muchos fascinante, pues, ofrece la posibilidad de enfrentar con ojos frescos, quizá incluso con sangre nueva, los problemas que aquejan a una sociedad que se observa devastada por la corrupción, la politización, la partidización de los asuntos públicos, la ausencia de una moral pública correcta, lo que eso signifique.
Sin embargo, la cruzada ciudadanizadora está poblada por mitos y leyendas que conforman la sabiduría convencional que expresan casi siempre en tono de denuncia y acusaciones los activistas social-civilistas más radicales. Como todas las sabidurías convencionales, están hechas de pedazos de teorías sociales más o menos populares, voluntarismo a toda prueba, e ingenuidades y tonterías de muy diverso calibre. Enumero algunas de ellas:
-Los ciudadanos son mejores que los políticos para resolver problemas públicos. Primero habría que preguntarse qué ciudadanos tenemos y cómo los imaginamos. Y lo que tenemos no es de entusiasmar mucho a nadie. Como en todos lados, son pragmáticos, individualistas, oportunistas o solidarios a veces, desconfiados casi siempre, de participación política confusa, muy desiguales en términos de ingreso económico y escolaridad, de prácticas contradictorias, de convicciones políticas cambiantes o ausentes, según sea el momento y la ocasión. Los que imaginamos –mejor dicho, los que imaginan nuestras elites intelectuales, religiosas, políticas o empresariales- son todo lo que no tenemos: ciudadanos interesados en la cosa pública, informados, participativos, productivos, honorables, de ética republicana a toda prueba, de moral sólida habitada por valores absolutos y certezas democráticas. Esos ciudadanos imaginarios de la república imposible están en el centro del discurso socialcivilista actual.
-Los partidos pervierten la política. La vida en sociedad es, ya se sabe, intrínsecamente conflictiva. Para reducir la conflictividad se construyen leyes, instituciones y organizaciones que permitan representar la voluntad de los ciudadanos, y los partidos son algunas de esos dispositivos (junto con los sindicatos, las federaciones, los gremios, los colegios de profesionales, los clubes de futbol, las asociaciones de padres de familia o las de vecinos de una colonia). La política requiere de partidos y ciudadanos, en la que aquellos pueden representar a segmentos específicos de estos, y los ciudadanos pueden participar o no, elegir o no, de entre ese puñado de partidos políticos. La idea de que los partidos distorsionan la política y la democracia es muy antigua, pero es igualmente añeja la evidencia de que las democracias no pueden existir sin partidos políticos, aunque los partidos puedan existir sin democracias.
-La democracia verdadera puede funcionar sin partidos políticos. Esta afirmación es parte de las leyendas urbanas políticas de hoy y de aquí. Supone algo así como esquemas de democracias plebiscitarias, directas, basadas en la movilización cívica masiva, capaz de discutir todos los asuntos todo el tiempo posible. Toda forma de intermediación entre los ciudadanos y las decisiones públicas es vista como una distorsión o una franca perversión de la voluntad popular. Esos ejemplos los vemos en las visiones de las “democracias desde abajo” (así le dicen sus promotores más aguerridos), esquemas horizontales de toma de decisiones, esencia popular de las mismas, recursos de organización y de supervisión de racionalidad absoluta, instituciones habitadas no por burócratas ni funcionarios ni políticos profesionales sino por ciudadanos de la calle.
-Las instituciones deben ser operadas por los ciudadanos. Hoy se exige en diversos tonos la propuesta de “ciudadanizar instituciones”. Bajo el título taquillero del “empoderamiento” de los ciudadanos, se piden procuradores ciudadanos, contralores ciudadanos, auditores ciudadanos, síndicos ciudadanos. La iniciativa presidencial de reforma política del Presidente Calderón se monta en esta ola ciudadanizadora en varios de sus pasajes. Bien vista, esta ola intenta des-institucionalizar a nuestras instituciones, para transformarlas en otras, en la que los burócratas y los políticos sean sustituidos por ciudadanos virtuosos, es decir, imaginarios. ¿Dónde hemos oído esta música?.
En el confuso clima intelectual y política de nuestra época, esas voces y susurros configuran los sonidos de los medios y a veces de la calle. Parafraseando a una vieja rola de Ten Years After -con la guitarra de Alvin Lee, por supuesto-, los nuevos cruzados creen que la ciudadanización, como el amor, puede cambiar al mundo. Que San Joe Cocker nos agarre confesados.

Wednesday, March 17, 2010

Pinocho



Estación de paso
Pinocho
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 18 de marzo de 2010.
El deprimente espectáculo de la política nacional de las últimas semanas trajo a la república de los medios la figura de un viejo personaje popular: Pinocho. En medio del sainete sobre las alianzas entre el PAN y el PRI en el Estado de México, a algún diputado federal se le ocurrió que sería un buen detalle colocar en la curul del dirigente del PAN un muñeco de Pinocho, el de la imagen popularizada por los estudios Disney. El propósito era mostrar al susodicho como un mentiroso, en muy obvia referencia a una de las escenas de la clásica historia infantil que muchos conocemos. La ocurrencia, el propósito y el contexto muestra la pobreza intelectual de nuestros políticos profesionales, su falta de imaginación y muy probablemente la pavorosa mezcla de ignorancia y humor de muy dudosa calidad que priva en el ánimo político nacional.
Pinocho, como se sabe, es originalmente un libro escrito en 1881 por el italiano Carlo Collodi, cuyos derechos compró en 1940 Walt Disney para producir la película que le dio fama mundial al personaje. Al igual que hizo con el libro de Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas, los estudios Disney compraron una buena historia para montar una versión popular del libro, al que le modificaron y suprimieron algunos pasajes para fines de traducir la versión escrita en una versión visual más simplificada, atractiva y espectacular. Sin embargo, la versión original de Collodi, como la de Carroll, es bastante mejor, porque están dirigidos no solamente a un público infantil sino también (y acaso principalmente) para los adultos.
El tema de Pinocho es por supuesto el de un padre y de su hijo. Como lo señala Paul Auster en La invención de la soledad, la historia del libro es la relación filial que une a padres e hijos, una relación en que la idea de que el hijo es una creatura formada a la medida de la imaginación y expectativas del padre, es una idea que se enfrenta a la incertidumbre y al temor por las decisiones que los hijos toman a pesar o en contra de los deseos paternos. La fabricación del hijo de Gepetto, hecha de un árbol que llega misteriosamente a la carpintería de este último, es la metáfora perfecta del hijo como una hechura del padre, como el depósito de los deseos, anhelos y creencias del adulto sobre el menor. Pinocho representa el azar, la rebeldía, el gobierno de los impulsos para vivir a pesar o en contra de los deseos de su padre, y los engaños, los infortunios y las desgracias que le ocurren a Pinocho representa en buena medida los vaivenes de la vida a los que todos nos sometemos.
Pinocho, desde esta perspectiva, es la historia de una invención en soledad pero también de una personalización de transformación y re-invención en un contexto social poblado de traiciones, engaños, ilusiones, bondad e incertidumbre. Es una historia vista fundamentalmente desde el punto de vista del padre sobre el hijo. Otros autores como Franz Kafka, por ejemplo, han abordado el tema de manera exactamente contraria, como aparece en su Carta al Padre (EDAF, 1985, Madrid), en la que en tono epistolar el hijo reflexiona sobre la extensa sombra del padre en su vida y de sus efectos invasivos y corrosivos sobre vida de su hijo. Otros -como Philip Roth en Patrimonio, una historia verdadera (Six Barral, 2003, Barcelona)-, vuelven al tema de la relación padre-hijo como una relación llena de ambigüedades, contradicciones, afectos y conflictos, en la que todos los hijos terminan por convertirse en sus propios padres. Más recientemente, Cormac McCarthy, en La carretera (Mondador, 2006, Madrid) retoma el viejo tema de la paternidad y los afectos filiales en el contexto de un mundo sombrío que se desmorona como efecto de la crueldad, el desánimo y la locura.
Por ello, por la complejidad de la historia y el personaje de Pinocho, el cliché de la mentira como rasgo vital del personaje, es un empobrecimiento abusivo y torpe del tema y el libro. Quizá valdría la pena que nuestros legisladores volvieran a leer, si es que alguna vez lo hicieron, el texto completo de Collodi. Y si no, que se incluyera su lectura como obligatoria para quienes aspiren a ocupar un cargo de elección popular. Quizá le harían un bien a la patria, a nuestra democracia y a nuestro depauperado sentido del humor público.