Wednesday, October 24, 2012

Blues para corsarios



Estación de paso
El blues de los corsarios
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 25 de octubre, 2012.

Como parte de una larga gira compartida desde hace más de un año, dos bucaneros de buena reputación, Mark Knopfler y Bob Dylan, desembarcaron silenciosamente la semana pasada en el puerto californiano de San Francisco para hacer un par de escalas en el Auditorio Bill Graham, ubicado en el centro cívico de la ciudad. Ahí, justo en el medio de la vieja ciudad de las flores en el pelo, donde Tony Bennett confesó haber dejado su corazón hace unas décadas, y donde el multiculturalismo es, más que un problema, un dato duro, dos de las voces más emblemáticas de ese género polimórfico que es el rock ofrecieron en poco más de tres horas una prueba más de que la virtud y la fortuna suelen acompañar a los infieles.
El Bill Graham es un respetable edificio público construido en 1915, envejecido por el tiempo y los miles de conciertos y espectáculos que han desfilado a lo largo de los años. Con una capacidad para siete mil espectadores, acomodados en las graderías o en el piso, el auditorio es un almacén dotado de buena iluminación y acústica, diseñado con una combinación de detalles provenientes del art decó, la estética de un bodegón industrial, y un clima de cantina de muelle, lo cual lo hace una combinación arquitectónica ecléctica, interesante por impura. Ahí, en ese sitio, justo a las 7:30 de una noche calurosa de jueves, un dulce olor a colitas flotaba en el ambiente entre una multitud donde predominaban las cabezas calvas y las melenas grises, para dar la bienvenida a un solitario Mark Knopfler, blandiendo una guitarra eléctrica entre sus brazos.
“¿Qué traes de nuevo Mark? “Le gritó alguien en tono envenenado a Knopfler desde la oscuridad, a lo que el guitarrista le respondió con agilidad inglesa: “No estoy seguro de traer algo nuevo”. Y para reafirmarlo, abrió el concierto con una larga y espléndida versión de “What it is” (de su disco Sailing to Philadelphia, del año 2000), mientras que su banda, compuesta por dos guitarristas, un violín, una flauta, batería y sintetizador, le acompañaba en los riffs suaves y legendarios del gran guitarrista escocés. El repertorio del exlíder de Dire Straits siguió con otras 10 canciones que fueron del blues químicamente puro –como Hill Farmers Blues, o Song for Sonny Liston- a un par de canciones de su disco más reciente –Privateering (2012)-, que mostraron que el músculo creativo del gran Knopfler sigue en plena forma, configurando un sonido pausado e inconfundible, gobernado por una de las guitarras más exquisitas del gran vecindario rockero de los últimos treinta años.
A las 9 de la noche, los ecos de Jack London, de Robert Louis Stevenson, de Jack Kerouac o los aullidos de Allen Ginsberg resonaban en el auditorio, mientras Dylan tocaba al piano The Things Must Change, acompañado por la potencia sonora de una banda de 4 guitarristas, un tecladista y un baterista. Alternando la guitarra, la harmónica y el piano, Dylan se paseaba por el escenario con el fantasma de su alter ego “Jack Frost”, a veces sonreía, miraba insistentemente hacia sus instrumentos y hacia sus músicos, cambiaba las letras y ritmos de sus canciones, mientras sus cómplices, acostumbrados y contentos, se adaptaban rápidamente a las improvisaciones del patrón. Waiting the River Flow, Tangled in Blue, Chimes of Freedom, Love Sick, desfilaron de entre una lista de 15 canciones, que cerró con ese blues atronador que es Thunder of the Mountain, al que siguió, por supuesto, Like a Rolling Stone.
El espectáculo de los asistentes era la otra parte de la experiencia global. Algunos bailaban alucinantes danzas hippies, practicaban exorcismos y conjuros, lanzaban besos al auditorio, bendecían a Dylan y a su banda, mientras que otros no paraban de corear las inaudibles frases del músico de Minnesota, pronunciadas con la voz cavernosa y sombría de siempre. Más arriba y más al fondo, desde la oscuridad de las graderías y los palcos, las postales del concierto se multiplicaban. Al cierre del espectáculo, mientras las gradas se vaciaban y los asistentes salían, el aire cálido de la bahía recibía a los miles que salían del viejo edificio, entre vasos de cerveza abandonados y el olor vegetal de la mota consumida.
El rock es un género que ha inventado ya sus propias tradiciones y rutinas, sus referentes simbólicos, su parafernalia, sus imágenes y sonidos básicos. Y los conciertos son los rituales paganos donde esas tradiciones reviven, se reinventan en cada nueva canción, en cada nueva interpretación. Knopfler y Dylan son un par de viejos corsarios que representan la capacidad simbólica de un género plástico, la inspiración y oficio para hacer que cada canción suene como si fuera la primera vez, ante los cientos o miles de fieles que seguimos viendo en el rock una pequeña y efímera manifestación de la felicidad.

Thursday, October 11, 2012

Aguas profundas

Estación de paso
Aguas profundas
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 11 de octubre de 2012.

La vida pública mexicana puede ser vista como una mezcla de aguas someras y profundas. Las primeras, como se sabe, son las aguas superficiales, las que se pueden ver a simple vista, aunque su tranquilidad o agitación puedan ser engañosas. Las segundas requieren de un ejercicio comprensivo y visual mayor, y su conocimiento implica de aparatos interpretativos más complicados, que suelen romper con el sentido común. Pero la metáfora no da para más. La sociedad no es un lago o un mar, ni los problemas públicos forman parte de líquido alguno, de corrientes marinas o cosas por el estilo. Sin embargo, la imagen puede ayudar a comprender el perfil de nuestros males públicos y malestares privados.
Veamos, por ejemplo, lo que ocurre con los gobiernos municipales. Desde hace tiempo, es nota de primera plana el escándalo por los manejos presupuestarios que hacen los municipios, grandes y pequeños, cuyo endeudamiento o corrupción es motivo de indignación moral para muchos analistas, ciudadanos o gobernantes. Hay también indignación editorial o periodística cotidiana por lo que hacen los titulares de los poderes ejecutivos, nuestros diputados, o los funcionarios del poder judicial, pero vale la pena concentrar la atención en lo que ocurre en la esfera municipal, que suele ser, según se cree, el nivel de gobierno más cercado a los ciudadanos. La imagen que se suele presentar de los gobiernos municipales es que son dispendiosos, desordenados, y corruptos. Muchos medios presentan a los espacios municipales como botín de políticos y funcionarios sin escrúpulos, que negocian derechos y obligaciones todos los días. El fracaso del imperio de la ley suele atribuirse al fracaso de la organización municipal, de los partidos políticos y del funcionariado público.
Esas son aguas someras de nuestra vida pública. Pero si se mira con algún detenimiento y más al fondo, se observará, primero, que la enorme desigualdad de recursos, tamaños, poblaciones y capacidades de los gobiernos municipales en México o en Jalisco, es una característica que inmediatamente hace necesaria la diferenciación entre los 2,445 municipios del país, de los cuales un 10 por ciento, aproximadamente, serían más o menos organizados y con ciertos recursos públicos. No es lo mismo el municipio de Zapopan o Guadalajara que, por ejemplo, el de Guachinango o el de Jilotlán de los Dolores. Las diferencias de salarios entre funcionarios, regidores, presidentes municipales o el salario y preparación de los policías, son abismales entre esos municipios. Además, la experiencia acumulada en la gestión de los recursos, el tamaño de su burocracia, o los límites normativos o prácticos a la acción de los funcionarios, son igualmente contrastantes.
Esas diferencias no son morales o éticas, sino estructurales. Sólo la fe hace posible observar a los municipios como un solo animal, con los mismos rasgos, padecimientos y problemas. Se suele olvidar que los problemas de miles de municipios mexicanos tienen más que ver con la escasez que con la abundancia, en donde los problemas de financiamiento público se asocian también a un perfil de funcionarios y rutinas gubernamentales donde no se lleva un registro ni del predial ni de las escuelas instaladas en el territorio de los municipios, y en donde en cada elección, así gane el mismo partido político, existe una elevadísima rotación del funcionariado municipal, lo que hace que cada tres años la piedra de Sísifo de la administración local vuelva a rodar hacia la base de la montaña.
La cuestión municipal es sólo un ejemplo más o menos cotidiano de cómo la superficie de la cosa pública esconde su verdadera magnitud y profundidad. Atribuir a la voluntad, a la moral política o a la ética cívica la solución de los muchos problemas municipales, significa echar en el cajón de sastre que suele ser la cultura política las explicaciones de los añejos problemas estructurales del municipio mexicano, donde el financiamiento errático y escaso, un funcionariado amateur y no profesional, y prácticas de ensayo y error en la gestión y administración de los recursos financieros, suelen habitar algunas zonas de las aguas profundas de la vida pública municipal.

Wednesday, September 26, 2012

Los ojos de Rushdie





Estación de paso

Los ojos de Rushdie

Adrián Acosta Silva

Señales de humo, Radio U. de G., 27 de septiembre de 2012.

Salman Rushdie es el símbolo viviente de la lucha contra la intolerancia y el fanatismo religioso. Como se sabe, el escritor hindú vive en la semiclandestinidad desde hace 20 años, condenado por algunas de las sectas más radicales del fundamentalismo islámico, que lo enjuiciaron, condenaron y persiguieron a raíz de la publicación de su libro Los Versos satánicos, en 1992. Aunque ahora se le ve más relajado y seguro viviendo en Nueva York, el episodio inaugurado por la quema de sus libros en Teherán, las acusaciones de infidelidad, herejía y blasfemia que pronunciara en ese entonces el Ayatola Jomeini, y la sentencia de muerte al que fue condenado por la teocracia iraní, configuran las estampas de la era del neo-oscurantismo que llegó con el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos.

La lucha no es entre el bien y el mal, como pregonan los cruzados de siempre, sino una discusión, más compleja, sutil y profunda, entre la razón y la fe. Hoy que los vientos de la intolerancia vuelven a sacudir el ánimo público internacional, azuzados por la ultra-derecha norteamericana, el “caso Rushdie” vuelve a recordarnos el origen del mal. Las aguas profundas de la intolerancia se nutren del fundamentalismo, es decir, de la fe ciega de una interpretación dogmática, pretendidamente única, y teórica o políticamente correcta del Corán –como podría serlo de la Biblia, el Talmud, o cualquier otro texto religioso-, y que se presentan como las formas del pensamiento único que de cuando en cuando asaltan la razón en oriente y occidente. Víctima y símbolo de la época, el autor de Los hijos de la medianoche, o de Shalimar el payaso, ha pagado el precio impuesto por una secta cuyas sombras siempre le persiguen.

Vale la pena seguir el rastro de la vida intelectual de Rushdie, para entender cómo, antes y después de los Versos satánicos, sus principios se basan en la tradición moral e intelectual iniciada por Voltaire en Europa, cuya razón es proteger las libertades de expresión y de pensamiento contra la Iglesia, más que contra el Estado.

En julio de 1997, por ejemplo, Rushdie escribió Imagínate que no hay cielo. Carta al ciudadano seis mil millones: “Para mí, la religión, incluso en su forma más sofisticada, infantiliza esencialmente nuestro yo ético, al establecer Árbitros morales infalibles y Tentadores irremediablemente inmorales por encima de nosotros; los padres eternos, buenos y malos, luminosos y oscuros, del reino sobrenatural.”.

Presa de una irrefrenable curiosidad intelectual y vital pocas cosas han quedado a salvo de su mirada crítica. En estos veinte años ha dedicado decenas de textos, ensayos y comentarios breves a muchos asuntos incluyendo, por ejemplo, el rock. Fan confeso de Elvis Presley, de Jerry Lee Lewis, de Lennon, de Frank Zappa, de Tom Waits y de Paul Simon, escribió en mayo de 1999: “El ingenio no es la cualidad que se asocia con más frecuencia a la música de rock y, cuando se escuchan los gruñidos de cromañón de la mayoría de las estrellas de rock, se puede comprender fácilmente por qué. (…) No suscribo las exageradas pretensiones de la escuela de aficionados al rock de que las letras son poesía. Pero sé que me hubiera sentido ridículamente orgulloso si hubiera escrito algo tan bueno.” (Música de rock. Nota para una funda de disco)

Pero Rushdie, hombre sabio y mundano al mismo tiempo, ha elegido vivir sin temor, ejerciendo su irrenunciable libertad de escribir y pensar lo que quiera, a pesar de que sus rutinas incluyen el ser permanentemente custodiado por guardaespaldas. Ahora ha publicado la crónica de esas dos décadas de vivir a salto de mata (Joseph Anton, 2012), entre países y ciudades de ambos lados del Atlántico, condenado a la condición de un nómada que representa la libertad, la persecución y la maldición, la dignidad y la fuga, el deber moral y la vida práctica.

Los ojos de Rushdie reflejan el perfil indomable de una mirada clara, firme, a la vez ingenua y retadora. A sus 65 años, continúa mostrando la seguridad de sus principios, la legitimidad de sus dudas, la incontinencia de sus incertidumbres y curiosidades. Ya habrá tiempo y ganas de hacer el balance del contexto y la época que a Rushdie y a muchos otros les ha tocado vivir, una época en la que la reaparición siniestra de palabras medievales como “herejía” o “blasfemia” se confirmaron como las tropas de asalto de la intolerancia y el neo-oscurantismo que recorren el mundo.


Wednesday, September 12, 2012

Nacionalismos

Estación de paso
Nacionalismos
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 13 de septiembre, 2012.

Es un lugar común, o una certeza incómoda, o una nostalgia falsa, afirmar que el nacionalismo mexicano ya no es lo que era. Desde hace décadas, la fuerza intelectual, política y hasta cultural del nacionalismo se ha venido evaporando sin prisas pero sin pausas. Entre los procesos de reestructuración económica y la transición política, y con la persistencia de la desigualdad bárbara como eje de la sociedad mexicana del siglo XXI, el nacionalismo que conocíamos, o imaginábamos, fue mutando de apariencia, de rostro y de perfiles. Hoy, aquel nacionalismo que se enarboló con la Revolución Mexicana como su ideología y como programa político y popular, ha cedido el paso a un conjunto de expresiones simbólicas que, en nombre de la globalización, de la apertura a los mercados, de la ciudadanización, y el cosmopolitismo, ha terminado por convertirse en un paisaje de fuegos artificiales y sonoridades mariacheras, suertes charras y patriotismos mediáticos.
La celebración del bicentenario de hace dos años dejó en evidencia que ni el gobierno ni las oposiciones políticas ni las fuerzas vivas de la sociedad civil tuvieron nunca claro que debía celebrarse. La Estela de Luz, esa gigantesca, cara y fea obra inaugurada dos años después de que debía hacerse, simboliza muy bien el sentimiento de extravío y pérdida que caracteriza la demolición del viejo edificio del nacionalismo mexicano, ese artefacto que durante mucho tiempo imprimió cierto sentido, algún orden a la geografía de los sentimientos mexicanos. Hoy, sólo queda la colección de clichés y estereotipos de una proto-ideología capturada por los códigos de la estética del marketing, mezclados con una imaginería popular que conserva los rasgos de un nacionalismo ambigüo y contradictorio.
Cultivado pacientemente como un sentimiento que dio sentido de pertenencia, cohesión e identidad a un país que venía fracturado por un siglo de inestabilidad y de pérdidas (el largo siglo XIX), y luego de dos décadas de guerra y violencia civil (1910-1930), el nacionalismo surgió como un artefacto simbólico potente para construir la comunidad imaginada que se esconde detrás y a los lados de todos los nacionalismos del mundo. Vasconcelos fue, como se sabe, quien suministró la base de esa idea transformadora y legitimadora del nuevo orden institucional, con la creación de la SEP y la alucinante pero efectiva noción de la raza cósmica. El PNR, el PRM y finalmente el PRI, el muralismo mexicano, los libros de texto gratuitos, y posteriormente el cine, la radio y la televisión, se encargarían de construir los cimientos de la idea de que México era un país con un pasado luminoso, un presente optimista, y un futuro asegurado, próspero y orgulloso.
Alimentada por dosis variables de xenofobia y malinchismo, la paradoja nacionalista se fortalecía con los fantasmas de amenazas extranjeras, portadoras de ideologías exóticas, y de un constante temor a lo extraño. El yo nacionalista se simbolizó con las figuras de los héroes revolucionarios e independentistas, la historia de bronce, la patria en forma de madre generosa, la música ranchera y, años después, con el tequila, la gastronomía y hasta las artes, simbolizadas hasta el cansancio por el Huapango de Moncayo, la figura de Lucha Reyes, la pintura de Diego Rivera, o las películas y canciones de Pedro Infante.
El Estado mexicano y el régimen nacional-popular generaron y aceitaron con puntualidad sexenal los mecanismos para fortalecer un nacionalismo excluyente, autoritario y reacio a la comparación con otros sistemas políticos y otras culturas. La expansión de lo público –desde la educación hasta la economía y la creación cultural-, significó también el enraizamiento de un nacionalismo estatista, a la vez que un proyecto popular. La cuestión nacional se convirtió en un objeto de debate y deliberación política, un tema de adhesiones y de críticas intelectuales o académicas, un referente para examinar sus relaciones con la economía, la política y la cultura mexicanas.
Hoy, para mal o para bien, queda poco de ese viejo nacionalismo tricolor y sonoro. El viejo Estado nacionalista –nunca demasiado fuerte ni tampoco tan nacional ni coherente como a veces se piensa- cedió el paso a una estatalidad débil, contradictoria y confusa, que lo mismo repite los rituales y las fiestas de siempre, que celebra un extraño y vago cosmopolitismo comercial, económico y cultural. En medio de esa debilidad y confusión, el viejo nacionalismo se ha trastocado en los nacionalismos tribales o clasistas que encontramos todos los días en los diversos territorios y regiones del país, cuyos sonidos e imágenes –ruidosas, tumultuosas, caóticas- sólo confirman que la nuestra es, entre otras cosas, la era del post-nacionalismo.


Thursday, August 30, 2012

Dilemas de la educación superior mexicana


Estación de paso
Los dilemas de la educación superior
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 30 de agosto, 2012.

La educación superior es, como todos los campos de la acción pública y social, una arena conflictiva, un campo de batalla. Por supuesto es una arena que tiene sus particularidades, sus actores, sus complejidades. Ahí se encuentran universidades públicas, el gobierno federal, los gobiernos de los estados, los sindicatos, las organizaciones estudiantiles, las universidades privadas grandes y pequeñas, los empresarios. Y todos ellos tienen una posición en el campo educativo, productos de sus historias y biografías particulares, sus intereses específicos, sus valores y finalidades propias. Esa diversidad se traduce frecuentemente en conflictividades diversas, en tensiones y contradicciones múltiples, en ciclos de acuerdo y de estabilidad a los que suelen seguir tarde o temprano episodios de inestabilidad y conflicto, como lo muestra cualquier acercamiento a la historia contemporánea de las universidades mexicanas.
Hoy, la educación superior es un tema importante no sólo en México sino también en el mundo. Organismos internacionales, gobiernos nacionales, académicos y expertos en los temas del desarrollo, coinciden en señalar que uno de los campos estratégicos de la acción pública es justamente la educación superior. Se trata no solamente de incrementar la cobertura, la calidad o la equidad de este nivel educativo, sino también de re-definir sus orientaciones, establecer prioridades, transformar sus dinámicas internas, para tratar de responder a desafíos tan amplios como son el rezago educativo, la desigualdad social, el crecimiento económico o las nuevas funciones que impone la sociedad de la información y la economía del conocimiento.
En este contexto, la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, la ANUIES, publicó en abril pasado un documento importante al respecto. Se trata de una propuesta para reformar las políticas públicas de educación superior que se han seguido en los últimos 25 años, reconociendo sus logros, pero también sus déficits. Como todo documento público es un documento que invita a la reflexión y al debate, un texto no académico y sí político en el sentido estricto del término, es decir, es un texto que trata de incidir en la toma de decisiones públicas para los próximos años, y en particular, para el sexenio que recién comenzará el 1 de diciembre.
“Inclusión con responsabilidad social. Una nueva generación de políticas de educación superior” es el título del documento elaborado por ANUIES. Es un esfuerzo de balance y de propuestas de políticas para los próximos años, cuyo núcleo central es un decálogo de ejes estratégicos que van de un nuevo diseño institucional para la gestión y la coordinación de la educación superior, al reforzamiento de la seguridad en los campus universitarios, pasando por temas como el de la cobertura, la vinculación, la internacionalización, o el financiamiento de la educación superior.
¿Qué tenemos hoy ante nuestros ojos? Estamos ante un conjunto institucional conformado por más de 5,400 establecimientos públicos y privados, en el cual estudian más de 3 millones de jóvenes, atendidos por más de 280 mil profesores. Tenemos tres veces más escuelas superiores que Brasil y casi 100 veces más que Chile, por ejemplo, pero nuestros índices de cobertura son de los más bajos en América Latina: sólo 3 de cada 10 jóvenes en edad de estudiar (es decir, jóvenes de entre 19 y 23 años), están inscritos en alguna modalidad de educación superior. Además, nuestra tasa de eficiencia (es decir, la cantidad de jóvenes que egresan con respecto a los que ingresan) es del 50%, lo que significa que de cada 10 jóvenes que ingresan sólo 5 lo harán 4 o 5 años más tarde. Para colmo, tenemos una de las tasas de rechazo más altas del mundo: sólo 2 o 3 de cada diez lograrán entrar a la institución y carrera de su preferencia.
En estas circunstancias, la paradoja mexicana en educación superior es una auténtica tragedia contemporánea. En la época de bonanza del bono demográfico mexicano (tenemos más jóvenes que cualquier otra época de nuestra historia), la mayor parte de ellos deambulan entre el comercio informal, con empleo precarios, sin posibilidades o interés de continuar estudios superiores, y con pobres expectativas sobre el futuro. Tenemos pocos jóvenes inscritos en la educación superior, que son los sobrevivientes de un sistema altamente selectivo, que castiga las preferencias individuales, y donde, además, las trayectorias estudiantiles suelen ser poco exitosas. Luego de dos décadas de evaluación, de calidad y de financiamiento público condicionado y selectivo, los resultados son muy pobres. Por ello, el documento de ANUIES apunta hacia la necesidad de un cambio en el enfoque de las políticas públicas que permita resolver los dilemas estructurales y coyunturales de la educación terciaria en el país. Ya habrá tiempo de comentarlo en un una próxima ocasión.

Wednesday, August 15, 2012

La autoridad del fracaso

Estación de paso
La autoridad del fracaso
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 16 de agosto, 2012.

Las recién concluidas Olimpiadas de Londres, con la majestuosidad de sus espectáculos, sus récords, el medallero, las grandes y pequeñas hazañas de sus deportistas, las emociones que sólo dan las competencias entre individuos, equipos y países, pueden ser un pretexto adecuado para mirar como la ideología del éxito ha calado hondo en la imaginación y en muchas de las prácticas de las sociedades modernas. Está también el asunto de la política y de los negocios, de la mercantilización salvaje de los deportes y de los deportistas profesionales y amateurs, de la gran fiesta de la publicidad y del capitalismo deportivo. Pero de eso se puede hablar de manera independiente. Lo que aparece como relevante aunque poco apreciado es algo que puede ser visto como el lado oscuro de los juegos: el papel del fracaso.
La ideología del éxito posee, como se sabe, la flexibilidad del mármol. Supone que los individuos, los grupos, las empresas, los países compiten todo el tiempo entre sí, y sólo sobreviven los que son más hábiles, los más capaces, los más preparados, pertinentes u oportunistas. Una amplia oferta de esa ideología puede encontrarse en las estanterías de cualquier Sanborns, en los revisteros de los aeropuertos, o en los stands de cualquier Feria de Libro municipal, nacional o internacional que se visite. Ese sentido de competencia, se supone, está en la base del progreso y la prosperidad, el enriquecimiento, el liderazgo individual o colectivo. La cumbre de esta forma particular del pensamiento único son las competencias deportivas, con toda la parafernalia que las acompaña. Y son los deportistas los que recogen y expresan la presión ubicua del éxito, del triunfo, de obtener reconocimientos y medallas, que luego pueden volverse contratos de exclusividad con marcas de ropa deportiva, la promoción de refrescos o automóviles, el inicio de una carrera como comentarista deportivo en radio, televisión o medios impresos.
Y sin embargo, el éxito suele ser pobre, azaroso, improbable o imposible, justo como sucede en la vida misma, más allá de los estadios y de los mercados. Lo que predomina de manera absoluta es el fracaso, esa fuente legítima de autoridad de la que hablaba Fitzgerald. Y los individuos, los grupos y las sociedades lidian permanente con distintas maneras de sobrellevar el fracaso, de amortiguar sus efectos, de proporcionar esperanzas de que no todo está perdido, que la vida no se juega en un volado, es decir, en un acto fallido, en un fracaso.
Justo ese tema alimenta poderosamente a la literatura, al cine o a la música. El mundo de los perdedores, de los fracasados, es una fuente de inspiración tan potente como una droga. De Bukowski a McCarthy, de Robert Musil a Joseph Roth y de Borges a Rushdie, de Bob Dylan o Bruce Springsteen a Nick Cave, de Buñuel a Polanski o a Woody Allen, el fracaso es el objeto de narrativas inquietantes, divertidas, descarnadas, a veces convulsivas. Justo por estos días, por ejemplo, circula ya el último libro del escritor catalán Enrique Vila-Matas, cuya trama central es justamente la historia de un congreso internacional sobre el fracaso, en la que uno de sus personajes es un documentalista que trabaja en crear una película de la cual solo tiene el título: “Archivo General del Fracaso”. A manera de ensayo, presenta una ponencia que aspira a representar el fracaso total de un escritor y de un individuo: terminar su lectura con un auditorio vacío, donde la indiferencia y el aburrimiento han ahuyentado a los pocos asistentes.
Esta autoridad que sólo proporciona el fracaso ha tratado de ser exorcizada por los sacerdotes de la ideología del éxito. De hecho, suele ser una invocación incómoda y perturbadora para quienes han hecho de la adoración del triunfo y la condena de los perdedores una práctica habitual. Y sin embargo, como muestra la novela Aire de Dylan, de Vila-Matas, el fracaso es una práctica digna, un remedio contra el activismo desmesurado y contra las expectativas imposibles, propio de “indiferentes sin fisuras e ideólogos de la desgana”, como aspira a ser considerado Vilnius, el personaje central de la novela.
Ahora que aún resuenan los ecos olímpicos, con sus pocas victorias y muchísimas derrotas, el fracaso es el invitado incómodo de la fiesta, el demonio en el convento. A la ideología del éxito habría que oponer en estos casos la ideología del fracaso como elogio de los perdedores, de las fallas humanas y del imperio del sentido común. No tiene el glamour de la fama ni de la victoria, ni atrae la atención de los publicistas de ocasión, pero posee, en cambio, el poder de la amargura, del desencanto, que bien pueden disfrutarse en la penumbra de cualquier ventana con una taza de café y un buen libro a la mano, escuchando alguna canción con el requinto lúgubre de Neil Young como música de fondo.

Monday, July 23, 2012

La graduación

La graduación

Adrián Acosta Silva

(Texto publicado en el portal periodístico Educación a debate, 16 de julio de 2012. www.educacionadebate.org)

El lugar lucía abarrotado, en una típica mañana de verano tapatío, una mañana fresca, lluviosa y nublada. La Escuela secundaria pública número uno mixta “Manuel Avila Camacho” era el escenario en el que cientos de jovencitos aguardaban con impaciencia el inicio de la ceremonia de graduación organizada por las autoridades del plantel. Como cada año, este era el día previsto para la entrega de diplomas y reconocimientos a los muchachos y muchachas que terminaban su tercer grado de secundaria, y que se convertía por rutina institucional en el día simbólico y práctico de despedida de la escuela que les había albergado en los últimos tres años.
Mientras los familiares de los graduados se acomodaban donde podían (en los pasillos, las escaleras o en las canchas de basket de la escuela), y los estudiantes eran distribuidos por los profesores en las sillas acumuladas en el centro del patio escolar, la música de Ray Conniff y de Ferrante & Teicher invadían a todo volumen el reciento a través de las bocinas instaladas en varias de las esquinas de los edificios. La escena era magnífica: música de elevador de los años sesenta sonando como ruido de fondo para una masa de estudiantes vestidos con toga y birrete que esperaban con inevitable impaciencia adolescente el inicio del festejo. Melodías de salón para amenizar bodas, restaurantes y reuniones familiares, acompañando la naturaleza inquieta de la bestia adolescente reunida en multitud en esa mañana húmeda en Zapopan.
Como suele ocurrir en estos eventos, el inicio de la ceremonia comenzó tarde. Entre los bostezos de muchos estudiantes, el aburrimiento de sus familiares, con risas y carcajadas por todos lados, maestros, prefectos y directivos intentaban imponer algún tipo de orden a la masa. Gritos destemplados provenientes de gargantas en metamorfosis, cambiando de los tonos infantiles a los sonidos de los adultos, empujones, correteadas, pequeñas disputas por el espacio, por sentarse cerca de los amigos y amigas, formaban parte del paisaje ceremonial con el cual se llenaba el espacio de la secundaria. Poco después, al frente de los escolares, se sentaban uno por uno los integrantes del presidium, mientras que el maestro de ceremonias indicaba a los alumnos, sin mucho éxito, guardar silencio, conservar la cordura, mantener las formas elementales de civilidad y cortesía para con los invitados.
Los acompañantes eran también un espectáculo aparte. Padres de familia, hermanos, abuelos, amigos, asistían al evento con la solemnidad de la ocasión. Hombres con traje y corbata, mujeres con vestidos elegantes, se confundían con papás, mamás o abuelos vestidos humildemente, que llevaban flores o regalos a sus hijos, algunos visiblemente emocionados con la ceremonia, otros aburridos, muchos indiferentes. Para matar el tiempo, algunos recorrían las instalaciones de la escuela de sus hijos, en donde, en el área de bodegas, un par de letreros colocados a la entrada de lo que en algún tiempo fueron seguramente salones escolares, tenían escritos un par de nombres en placas de bronce, que infructuosamente intentaron ser disimuladas con pintura blanca: “Aula Magna Fernando Medina Lúa 1970-1971”, y “Aula Magna Hermenegildo Romo García, 1970-1971”. Dos ex presidentes de la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), asesinados en los enfrentamientos que a principios de los años setenta tuvo esa organización con miembros de la Federación de Estudiantes Revolucionarios (la FER). Mientras que niños pequeños jugueteaban en pasillos y las canchas deportivas de la escuela, repentinamente dejaba de escucharse “Love is Blue”, pues el locutor anunciaba el inicio del evento.
La mesa principal estaba integrada por autoridades de la Secretaría de Educación del Estado, por los representantes de la sociedad de padres de familia de la escuela, por el director de la misma, y, por supuesto, por el padrino de la generación 2009-2012. En la presentación de los curriculum de los personajes de ocasión destacaban por su extensión los del funcionario del gobierno estatal y el del padrino de la generación, que eran leídos a todo volumen y grandilocuencia por el maestro de ceremonias. Los asistentes pudieron darse cuenta de que el representante de la Secretaría de Educación no sólo era egresado de la misma secundaria, sino que, además, fue profesor de la misma, abogado durante 20 años de la sección sindical del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), y ahora máximo funcionario de las escuelas secundarias de Jalisco. El padrino de la generación, por su parte, fue presentado también como profesor de esa secundaria, pero sobre todo como miembro del Comité Ejecutivo Nacional del SNTE, un “compañero comprometido con las causas docentes del profesorado”, y gran amigo del director y del funcionario estatal, con todos los méritos de rigor. Como se sabe, en el extraño mucho educativo mexicano los empleados públicos se transforman sin mucho problema en autoridades, los profesores convertidos en sus propios patrones, los directivos son también los dirigidos, por la magia política dominada por las largas prácticas sindicales del sector. Tras quince minutos de presentación de los invitados, los ánimos estudiantiles parecían abatidos, mientras que los bostezos se expandían silenciosamente por toda la escuela, ante la indiferencia de los invitados principales y del profesor que conducía el evento con el micrófono en la mano.
Abajo, la bestia se veía inquieta pero razonablemente (auto) contenida. Mientras que los birretes bajaban y subían de las cabezas de los estudiantes, muchas togas iban y venían al baño. Los teléfonos celulares estaban pegados a las orejas de muchos, mientras otros más tecleaban frenéticamente SMS quién sabe a dónde. Audífonos colocados discretamente transmitían música a la soledad de las cabezas de los adolescentes, mientras que algunos más intentaban mantener seriamente la atención en las palabras de los que hablaban al público con la solemnidad burocrática acostumbrada.
Durante casi una hora, las autoridades pronunciaron el nombre de varias decenas de niñas y niños ahí presentes, que pasaron a recoger diplomas y reconocimientos sobre una infinidad de concursos, torneos y certámenes en los que habían obtenido primeros, segundos y terceros lugares, los mejores promedios del primero, segundo y tercer año, las menciones especiales por dedicaciones y esfuerzos estudiantiles. Equipos completos de futbol y de voleibol pasaron a recoger sus medallas conmemortivas de torneos estatales y municipales. Uno por uno, las jovencitas y los jovencitos pasaban por su reconocimiento, saludando de mano a cada uno de los 8 integrantes instalados en la mesa del presidium, mientras que los aplausos y gritos de familiares y amigos poco a poco se apagaban al pasar los minutos. A las 11:35 de la mañana (hora y media después de iniciado el evento), las caras de hastío de los adolescentes poblaban con un silencio lúgubre el patio central de la escuela, ante la mirada eufórica y desenfadada de las autoridades.
Luego vinieron los discursos que, como las confesiones, sólo suelen son interesantes para quienes los pronuncian. Así, mientras que algunas profesoras populares entre los estudiantes, los felicitaban por el hecho de terminar sus estudios secundarios, y dos estudiantes del más alto promedio hablaban a nombre de los graduados, agradeciendo a padres, familiares, amigos y autoridades de la escuela su apoyo para conseguir sus metas, el padrino de generación y el funcionario estatal entraban a escena, acaparaban el tiempo y los micrófonos para lanzar sendos mensajes de ocasión para sus ahijados y estudiantes, respectivamente.
El padrino lanzó un largo discurso sobre las bondades de la educación, la importancia del compromiso de los estudiantes con la escuela y con sus padres, el esfuerzo que habían demostrado los adolescentes a lo largo de esos tres años. Mientras que los bostezos se multiplicaban, el profesor y miembro-destacado-del-comité-ejecutivo-nacional-del-sente (como machacaba el conductor del evento), prolongaba su discurso hablando del compromiso social del sindicato, de la entrega y desvelos de los profesores, de los esfuerzos de los directivos de la escuela para sacar adelante a los muchachos. Habló de su reciente viaje al estado de Tabasco, como delegado especial del sindicato en la organización de un foro nacional sobre la calidad de la educación, una “preocupación muy sentida de los maestros y de las maestras mexicanas”, y el único medio para tener “éxito en la vida” según afirmó, mientras se acomodaba la corbata y lanzaba una mirada cómplice al funcionario estatal y al director de la escuela.
Finalmente, llegó el cierre de los discursos al tomar el micrófono el máximo representante de la autoridad educativa de Jalisco. Después de anunciar que dirigiría un mensaje “muy breve” a los asistentes (ya se sabe que luego de esa advertencia lo más seguro es que el de la voz soltará un largo discurso), y de informar que el Secretario de Educación les enviaba una “calurosa felicitación” a los estudiantes de la escuela, el flamante funcionario habló durante casi un cuarto de hora sobre los desafíos que la globalización imponía a los estudiantes zapopanos. “Deben prepararse más que nunca”, les dijo casi en tono de amenaza, “porque ahora ya no compiten entre ustedes mismos, o con otros estudiantes de Guadalajara o de México, sino que también compiten “con estudiantes chinos, hindúes, canadienses, españoles o africanos”, es decir, “con estudiantes de todo el mundo”. Por eso deben tener “mejores competencias, más habilidades, mejores capacidades, para enfrentar los desafíos”. Mientras que muchos estudiantes proseguían con esa forma silenciosa de protesta que son los bostezos y la somnolencia, y otros apenas entendían a que se refería el funcionario con eso de competir con vietnamitas o croatas por quien sabe qué cosas, el funcionario, enredado en su propia retórica, terminaba su discurso solicitando a los para ese entonces ya cansados asistentes un aplauso para los directivos, los profesores y los estudiantes de la escuela.
Dos horas y media después de iniciado el evento, la ceremonia había concluído. Mientras que las mamás y los papás pasaban a recoger las boletas de calificaciones y los certificados de secundaria de sus hijos, las autoridades conversaban y se tomaban fotos entre ellos, posando para la inmortalidad de las tecnologías digitales. Los graduados, por su parte, se dispersaban por el espacio de la escuela, algunos formando pequeños grupos, otros paseando su soledad por los pasillos y las aulas de la escuela. Uno de ellos llevaba en la mano un pequeño rollo de papel amarillo, que abrió con cuidado. Era el regalo que el padrino de la generación obsequió a sus ahijados (“con aprecio”), un pergamino amarrado en un barato pero pretendidamente elegante y fino cordón dorado, con un mensaje titulado Persistiré hasta alcanzar el éxito, que encabezaba un par de párrafos llenos de palabras y frases como “triunfo”, “carácter indomable”, “voluntad férrea”, “superar obstáculos”, “enfrentar desafíos”. La moralidad del éxito a pesar de uno mismo, en palabras de uno de los autores de cabecera del mismísimo padrino: Og Mandino. La fiesta, o el sueño, o la pesadilla, o lo que sea, había terminado, mientras sonaba otra vez una canción de Ray Conniff.