Friday, September 05, 2014

Sonidos, palabras y cenizas



Estación de paso

Sonidos, palabras y cenizas

Adrián Acosta Silva

Señales de Humo, Radio U. de G., 28 de agosto, 2014.

La fuerza creativa, desafiante y no pocas veces delirante del rock clásico -es decir, aquel que se forjó entre abucheos y aplausos en las décadas de los años sesenta y setenta del siglo pasado- ha dado paso desde hace tiempo a las aguas mansas de sonidos que alimentan cierta nostalgia mineral por aquellos años míticos. Frente al mundo omnipresente de sonidos de los dj´s y los mares embravecidos del pop, de la música electrónica y las mezclas caóticas de estilos, coreografías, ritmos y vocalizaciones contemporáneas, los viejos rockeros han sobrevivido intentando mantener un canon estético discreto, que mezcla el blues, el rock and roll y cierto aire de ingenuidad como instinto de conservación frente a los sonidos que habitan la música moderna.

Dos ejemplos recientes confirman el esfuerzo por mantener ese canon vigente. Uno, la aparición de The Breeze. An Appreciation of J.J. Cale, de Eric Clapton y amigos (Bushbranch/Surfdog, 2014). Dos, el lanzamiento de Hypnotic Eye, de Tom Petty & The Heartbreakers (Reprise, 2014). Ambos discos representan esfuerzos por mantener al rock como una fuente de inspiración, o para decirlo en términos más clásicos y francamente excesivos, como un estilo de vida.

A un año de su fallecimiento (ocurrido el 26 de julio del 2013), Clapton y sus amigos decidieron lanzar un disco de homenaje a J.J. Cale, el gran músico y guitarrista norteamericano. Mark Knopfler, John Mayer, Willie Nelson, Tom Petty y Don White, entre otros, aceptaron el proyecto lanzado por Clapton para realizar un homenaje tribal a Cale, en reconocimiento a una obra frecuentemente infravalorada en vida por el mercado o por los críticos, pero que sirvió de inspiración y brújula a las carreras de muchos músicos y guitarristas de todo el mundo. Canciones clásicas de Cale -como la de “Call Me The Breeze”, que le da título al disco-, son recreadas de manera cálida por sus amigos y colegas, re-inventando sus letras y sonidos, desafiando aquella consigna de los críticos rockeros más ortodoxos de los años setenta, de que toda nostalgia es en sí misma reaccionaria. 16 canciones, con 16 mezclas distintas de interpretar las rolas de Cale, permiten apreciar con claridad el legado de este músico en el rock clásico y contemporáneo, un legado que amplió silenciosamente las fronteras dúctiles del género y colocó nuevas sonoridades en el mapa del eclecticismo rockero desde los años setenta.
Tom Petty y sus rompecorazones, por su parte, le apuestan más a la profundización que a la expansión de un estilo. Apoyado en la guitarra discreta pero exquisita de Mike Campbell, Hypnotic Eye es una propuesta sonora de 11 canciones que resuelven algunos de los misterios del origen de la inspiración de su autor. Sus obsesiones y nostalgias propias y ajenas relacionadas con las pesadillas del sueño americano, el tema del olvido, los pecados de juventud, la gente sombría que recorre las arenas públicas y los rincones privados de la vida americana, son narraciones que configuran un retrato intimista y minimalista de la vida urbana y rural norteamericana de estos años de crisis económica y polarización política en su país. En la ruta trazada inicialmente por Dylan y Springsteen, Petty ha construido una vía propia, un estilo consolidado en el uso de guitarras, bajos, pianos y armónicas que forman parte del instrumental básico del rock sureño norteamericano.

Hoy, a muchos años de distancia y con un largo recorrido por las carreteras, callejones y avenidas del rock, Clapton y sus amigos, y Tom Petty y sus Heartbreakers, nos vuelven a recordar que el rock es esencialmente un estado de ánimo, una atmósfera concentrada de emociones, sonidos y relatos que evocan cierto sentido de interpretación del mundo. Es el rock reinventado y reciclado asociado a una suerte de nostalgia legítima como fórmula comprensiva de un mundo líquido, gobernado por fuerzas que tratan de imponer la noción de que el novedismo cultural y material, esa extraña adoración por todo lo que parezca o suene a nuevo, es la fórmula única para conquistar un futuro distinto y sin contradicciones. Después de todo, habría que recordar, con Conrad, que el futuro no es otra cosa que la prolongación del pasado, un conjunto desordenado de sonidos, palabras y cenizas. Y el rock, como cualquier otro género, no escapa a esa maldición incómoda, inspirada en algún lugar del corazón de las tinieblas.

Wednesday, September 03, 2014

El decálogo de Rio

Estación de paso
El decálogo de Rio
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus-Milenio, 28/08/2014)
Una de las tesis centrales de las teorías contemporáneas de las políticas públicas es que toda política (policy) es la expresión organizada de algún tipo de arreglo político (politics). Es una afirmación fuerte, que tiene varias implicaciones teóricas y analíticas, empíricas y prácticas. La principal de ellas es que la negociación, el cabildeo político de los intereses de los diversos actores involucrados en la formulación de una o varias políticas en campos específicos de la acción pública, supone construir una agenda que “tematiza” los asuntos considerados relevantes por los participantes en los campos de políticas, y luego se organiza la forma de implementación de los acuerdos derivados de dicha agenda. En otras palabras, el diseño de la agenda de políticas y su proceso de implementación implica un conjunto de decisiones públicas que tienen a) una dimensión política, b) una dimensión organizativa, c) una dimensión normativa, y d) una dimensión tecno-administrativa.
El (largo) párrafo anterior intenta sintetizar de alguna manera el tipo de anteojos que pueden utilizarse cuando se intenta interpretar de alguna manera el sentido o las orientaciones de una declaración, los objetivos y alcances de un programa público, las implicaciones de determinadas acciones de política pública. Para el caso de la educación superior, esos anteojos son, como dijera Giovanni Sartori, las ideas que guían nuestras observaciones, los “filtros” intelectuales que permiten de alguna manera identificar los componentes de una política, la orientación de una acción (o de una inacción), el sentido mismo de una política (o no-política) específica.
La “Carta Universia Rio 2014. Claves estratégicas y propuestas para las universidades Iberoamericanas”, es un buen ejemplo de cómo construir acuerdos políticos que luego, potencialmente, pueden organizarse como políticas públicas o como políticas institucionales universitarias. La Carta fue el resultado del Encuentro que a finales de julio se realizó en Rio de Janeiro, impulsado por la organización Universia y que fue comentado puntualmente en Campus hace un par de semanas (núm.571, 14/08/2014). Las diez claves estratégicas identificadas en el Encuentro de Rectores fueron las siguientes: 1) Consolidación del Espacio Iberoamericano del conocimiento; 2) Responsabilidad social y ambiental de la universidad;3) Mejora de la información sobre las universidades iberoamericanas; 4) Atención a las expectativas de los estudiantes; 5) Formación continua del profesorado y fortalecimiento de los recursos docentes; 6) Garantía de calidad y adecuación a las necesidades sociales; 7) Mejora de la investigación, la transferencia de sus resultados y la innovación; 8) Ampliación de la internacionalización y la movilidad; 9) Utilización plena de las tecnologías digitales; y, 10) Nuevos esquemas de organización, gobierno y financiamiento.
Como todos los pronunciamientos internacionales, estas claves configuran interpretaciones de problemas, tendencias y posibles soluciones en el campo de la educación superior iberoamericana. Por lo tanto, son esencialmente cartas de intención, recomendaciones temáticas que pueden configurar agendas públicas o institucionales, fórmulas de interés que quizá puedan traducirse en acciones específicas. Ello no obstante, las claves enunciadas en el decálogo de Rio constituyen aproximaciones a lo que puede considerarse como un paradigma de políticas que potencialmente puede tener algún efecto en las instituciones específicas.
Veamos por ejemplo, tres de las claves: la del espacio iberoamericano del conocimiento, la atención a las expectativas de los estudiantes, y los nuevos esquemas de organización, gobierno y financiamiento universitario. La primera tiene que ver con la experiencia del espacio europeo del conocimiento, derivado, en parte del Proceso de Bolonia, pero también se finca en la aspiración de crear áreas o territorios supra e internacionales de movilidad y de intercambio de estudiantes, de profesores e investigadores. Aquí, encontramos enormes dificultades normativas, académicas y administrativas. A pesar de que en los últimos años parece haberse incrementado la movilidad estudiantil intra-regional iberoamericana, no puede afirmarse lo mismo en términos de profesorado o de realización de investigación científica, donde los polos de atracción suelen estar en los países desarrollados más que en los pares iberoamericanos.
La segunda tiene que ver con atender las expectativas de los estudiantes. Aquí, una de las cuestiones claves es la adaptación de las instituciones universitarias a dichas expectativas, entre las cuales habría que identificar las creencias, los deseos y las oportunidades que tienen los estudiantes sobre la educación superior. Lo que se puede encontrar entonces es un terreno minado por varias contradicciones: la capacidad y flexibilidad de las instituciones para adaptarse a dichas expectativas y deseos, frente a la “obcecación” (la frase es ya clásica) de los estudiantes y sus familias en torno a determinadas opciones profesionales y determinadas instituciones universitarias. Aquí hay dos supuestos: uno, que los estudiantes no saben lo que quieren, y por lo tanto, hay que obligarlos a tomar decisiones dependientes de las políticas de educación superior; o dos, los estudiantes sí saben lo que quieren, y entonces hay que ampliar la capacidad de absorción en las opciones tradicionales, dada la persistente patrón de preferencias reveladas por parte de los estudiantes. El fondo tiene que ver con la racionalidad de las expectativas estudiantiles y con dilemas de política pública y de política institucional.
La tercera clave tiene que ver con temas cruciales como el gobierno y el financiamiento de las universidades. Hacer gobiernos más eficientes supone, según la experiencia latinoamericana de los últimos años, erosionar las bases tradicionales de la legitimidad del poder universitario (al incrementar el poder de órganos unipersonales y disminuir el poder de los órganos colegiados de gobierno). Por otro lado, en la cuestión del financiamiento, significa el dilema de continuar por la brecha larga y sinuosa de los financiamientos públicos diferenciales y condicionados, o explorar nuevas fórmulas de financiamiento privado para el fortalecimiento de las funciones sustantivas universitarias.
El desafío de traducir buenas intenciones en acciones y resultados no es, nunca ha sido, una tarea fácil. Ello implica tanto a la política pública como a las políticas de cooperación internacional entre las universidades, las empresas y los gobiernos. El decálogo de Rio es un buen ejemplo de cómo el cabildeo y la negociación de intenciones y deseos puede dar lugar a acciones de políticas, aunque el proceso de implementación de las acciones, es, como se sabe, un tren de largo recorrido, habitado por incertidumbres y conflictos que no aseguran de antemano ningún resultado específico.

Tuesday, September 02, 2014

Universidad, política y vino tinto

Estación de paso

Universidad, política y vino tinto

Adrián Acosta Silva

(Publicado en suplemento Campus-Milenio, 14/08/2014)

Hace un par de semanas, los días 28 y 29 de julio, en Río de Janeiro, se celebró el III En-cuentro Internacional de Rectores Universia 2014, convocado por la organización Univer-sia, el brazo universitario/académico de la empresa Santander, el conocido banco espa-ñol. En esta ocasión el tema del evento fue “La universidad del siglo XXI: una reflexión desde Iberoamérica”. Precedida por las reuniones de Sevilla (en 2005) y de Guadalajara (en 2010), el evento convocó según las cifras proporcionadas por los propios organizado-res del evento, a más de 1,100 rectores de las universidades e instituciones de educación superior públicas y privadas de Iberoamérica, en el Centro de Convenciones conocido como Rio Centro, ubicado en una exclusiva zona de Tijuca, en la ex-capital federal de Brasil.

El evento en sí mismo fue una expresión del espíritu de los tiempos que corren en los campus universitarios de todo el mundo. Se trataba de reunir en un mismo sitio a los re-presentantes del mundo de los negocios (Santander), con los representantes de los mundos y mundillos de la educación superior pública y privada de casi 4 decenas de países de la región: universidades públicas, universidades privadas, universidades tecnológicas, institutos técnicos, universidades laicas y religiosas. Inaugurada por el Sr. Emilio Botín, el dueño del banco patrocinador de la reunión, en el evento participaron ministros y funcionarios de la educación superior de diversos países, rectores de universidades como la de Buenos Aires, el de la UNAM y el de la U. de G., la U. Complutense, privadas como de la Universidad Autónoma de Guadalajara, o rectores de universidades católicas de España, Chile, Colombia o de Bolivia. Un total de universidades de 36 países congregadas durante dos días para conversar sobre temas como el profesorado universitario, las imágenes de la universidad, los problemas de organización, financiamiento y gobierno universitario, las tecnologías digitales, los estudiantes, la vinculación universidad-empresa, la construcción de un “espacio iberoamericano del conocimiento”, etc.

Un clima de negocios, de gestión académica e institucional, dominaba el ambiente festivo y político del evento. Después de todo, las prácticas de la gestión forman parte legítima de los varios mundos de la universidad contemporánea. Se trataba de saludar, de conocer, de saber un poco más de las tendencias y de los posible apoyos e intercambios que podrían trabajarse entre los rectores pero también entre la empresa y las instituciones de educación superior. 10 mesas de trabajo en la cual académicos, rectores y consultores internacionales plantearon sus posturas y reflexiones. Hay que recordar que Universia es un proyecto iniciado en 1999, que tiene actualmente tres ámbitos de acción específicos: la Revista iberoamericana de Educación Superior, la GUNI (Global University Network for Innovation, una organización creada inicialmente por la UNESCO, la Universidad de las Naciones Unidas y la Asociación de universidades catalanas), y un inusual programa de becas para estudiantes universitarios y movilidad de profesores, además de las propias reuniones internacionales de rectores que se celebran cada 4 años.

Las palabras del propio Don Botín pronunciadas en la clausura del evento iluminan el sentido del proyecto: liderazgo, responsabilidad, internacionalización, innovación, acredi-tación de la calidad, nuevos ambientes de aprendizaje para los estudiantes y profesores, gobiernos universitarios eficientes, financiamiento sostenido. Son palabras bastante conocidas entre las autoridades y administradores de universidades publicas y empresas privadas, un lenguaje que se ha vuelto común en estos medios y ocasiones. Y revelan un poco el sentido de la reunión y el proyecto mismo de Universia: construir un espacio de interacción entre el mundo de los negocios y el mundo de la academia, pensar en lo nuevo, lo moderno, como sinónimo de lo deseable, más que en lo tradicional, lo viejo, que en muchas reuniones de este tipo resuena como sinónimo de lo que no hay que repetir nunca jamás. El empresario anunció también que en los próximos 4 años su banco invertirá 700 millones de euros para becas de movilidad estudiantil y del profesorado de las universidades miembro de Universia, un anuncio que provocó el aplauso entusiasta, de pie, de los asistentes del evento. Una imagen extraña, por lo menos para el caso de los representantes de las universidades públicas latinoamericanas.

La interpretación del evento admite muchas lecturas. Ello no obstante, destacaría quizá una: fue una reunión política, pública, donde confluyeron los intereses institucionales de las máximas autoridades de los sectores públicos y privado de la educación superior y los intereses ligados a las frías aguas del cálculo empresarial. Una reunión de agradecimientos efusivos de ministros de educación asistentes al evento, de rectores de universidades públicas, de gobernadores como el de Rio Grande do Sul, frente a la cara satisfecha y orgullosa del empresario y sus asesores y consejeros. El ánimo entre muchos asistentes era el de una suerte de nuevo amanecer para la educación superior iberoamericana, la inauguración de una época diferente, la puerta hacia una colaboración sin prejuicios ni temores ni riesgos entre el mundo de la universidad globalizada y el mundo de los negocios internacionales. Una épica del colaboracionismo entre las universidades, los gobiernos y los bancos internacionales, avalada por los casi mil años de historia de aquellas y los treinta o cuarenta de los últimos. Una colaboración que se expresa en la “Carta Universia Rio 2014. Claves estratégicas y propuestas para las universidades iberoamericanas”, la declaración de las conclusiones del evento, una carta que por su contenido e implicaciones ya habrá tiempo de comentar en otra ocasión.

La reunión fue no solamente una cita de negocios o de reflexiones académicas sobre la universidad. Fue una reunión política, abiertamente política, que confirma que ciertos intereses empresariales de Iberoamérica han volcado sus ojos a la educación superior como un espacio más para los negocios, en forma de la conquista de nuevos clientelas, del manejo de nóminas y recursos, a cambio de una legitimidad institucional inapreciable para los proyectos de empresarios como Don Botín. Una transacción organizada en un espacio golpeado por las crisis, los financiamientos inestables, y los crecientes condicionamientos gubernamentales y privados al desempeño de las universidades. Pero más que un nuevo amanecer, quizá estaríamos en presencia de lo que John Gray denominó hace tiempo, en plena coyuntura de las reformas neoliberales de los años ochenta en el mundo, un “falso amanecer”, la ilusión de que la épica del novedismo puede transformar las relaciones de poder entre la universidad, el gobierno y los empresarios, una ilusión que se alimenta generosamente de palabras y aplausos, de ideas e intereses, de canapés y vino tinto.

Saturday, August 09, 2014

Política de la buena

Estación de paso
Política de la buena
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus-Milenio, 24/07/2014)
Muchos periodistas y comentaristas políticos, no pocos ciudadanos e incluso más de algún político profesional lo han dicho o escrito reiteradamente en los últimos años: ya basta de politiquería, de políticos corruptos, cínicos o mentirosos. Necesitamos “política de la buena”, dicen, para resolver nuestros problemas públicos. Se entiende que la política que ven o interpretan todos los días no es más que una expresión de corruptelas, de intereses mezquinos, de intenciones inconfesables, cuyas prácticas y resultados se cocinan en lo oscurito, de espaldas a ciudadanos y medios, en las alcantarillas, los drenajes y los sótanos del poder. Por ello, la política o, mejor dicho, esa política, es la suma de todos los males, lo peor que puede ocurrirnos, la plaga que nos llegó con la democracia mexicana realmente existente, que para muchos no es más que una mascarada, una democracia burguesa, de ricos, una kakistocracia, el gobierno de los peores, de los corruptos.
Ese razonamiento es a la vez, realista, ingenuo y dulzón. Pero es fácil de compartir, porque simplifica todo el asunto de la política a una cuestión de (buena) voluntad, de ganas de hacer bien las cosas, de gobernar de cara a los ciudadanos y a los medios, bajo el cielo protector de la luz solar y en habitaciones de cristales límpidos y puertas abiertas. Realista porque es lo que perciben muchos ciudadanos del país. Ingenuo porque supone que para grandes males grandes remedios (reinventar la democracia representativa, por ejemplo, y sustituirla para una democracia de asamblea, popular, sin intermediaciones entre gobernantes y gobernados). Y es dulzón porque supone que la política es, en el fondo, una cuestión de armonía, de consensos y acuerdos, donde los intereses de los actores deben estar subordinados a los intereses de sus representados, y donde las instituciones, las leyes y los dispositivos que de ellos se desprenden (burocracias incluidas), debería formar parte de un orden armonioso y coherente, al que bastaría con respetar y seguir los cursos previstos para lograr que la “política buena” florezca y se reproduzca para cumplir con los nobles propósitos del desarrollo, el bienestar y hasta para la felicidad de los ciudadanos.
Pero el razonamiento no es nuevo, ni siquiera reciente, y no es por supuesto original. Es un fenómeno que hunde sus raíces más profundas en la desconfianza o el recelo con la política desde tiempos antiguos. Los antiguos griegos veían que la política podría ser un arte sólo bajo ciertas condiciones, pero también reconocían las dificultades prácticas de su ejercicio. Los filósofos del siglo de las luces afirmaban el carácter intrínsecamente conflictivo de la política, y criticaban la naturaleza perversa de los partidos políticos, cuya función era dividir, partir, a la sociedad. Marx aspiró a la construcción de una sociedad sin estado y sin gobierno, es decir, una sociedad sin política. Pero de las aguas putrefactas de la desconfianza surgieron voces que aseguran que es necesaria una suerte de purificación del cuerpo político, una eliminación de los políticos y de sus partidos, como un medio para asegurar el buen gobierno y la buena política para el país. Un correo siniestro circula hoy en México, en el que se hace un llamado a la eliminación de los políticos, como un mecanismo de “autodefensa ciudadana”.
Pero la desconfianza es un hecho en México. En el reporte sobre la calidad de la ciudadanía en México, publicado recientemente por el Instituto Nacional Electoral, esa desconfianza hacia la política y los políticos se expresa de manera reiterada: los diputados y los partidos políticos son las figuras menos confiables para los ciudadanos (ya le ganaron incluso a la policía, que en encuestas de hace unos años aparecía en el fondo de la tabla de la confianza entre los mexicanos). Pero esa desconfianza también aparece al cuestionar sobre sus percepciones sobre la confiabilidad de las organizaciones no gubernamentales, al reiterarse la no pertenencia a ningún tipo de asociación por parte de los ciudadanos encuestados. Es decir, los ciudadanos hoy día no confían ni en su sombra y menos en sus conciudadanos. Y ese dato abre la ventana al tema de la relación entre participación, representación y confianza social de nuestra vida en común.
Así las cosas, la “política de la buena” es una ficción intelectual, una preocupación naive que acompaña este tiempo sin horizontes. Tendría que estar asociada no solamente a buenos políticos, sino a buenas ciudadanías, lo que eso signifique. Y aquí la serpiente se muerde la cola. Políticos virtuosos, ciudadanos virtuosos, democracias funcionando eficientemente, instituciones confiables, resultados reconocidos y aceptables. Pero en este tiempo mexicano eso no sería una democracia: sería, simplemente, un milagro.

Wednesday, July 16, 2014

Fiesta de disfraces


Estación de paso
Fiesta de disfraces
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus Milenio, 11/07/2014)
La noticia escandalosa, colorida, que incluyó texto e imágenes, corrió como reguero de pólvora entre medios y redes sociales y fue comentada rápidamente por reporteros, intelectuales, analistas y opinadores profesionales y amateurs. Un grupo de jóvenes, muy jóvenes, vestidos a la usanza nazi –una imitación burda de los “camisas pardas”, con corte de pelo y bigotito hitleriano, botas militares, medallas de bisutería-, aparecen posando orgullosamente, felices, alegres y despreocupados frente a la cámara de un teléfono inteligente, seguramente de algún amigo al que se le ocurrió que era buena idea circularla en el face. Fue en Guadalajara, recientemente, en una casa particular o en algún salón de fiestas de los que abundan en todas las ciudades. Los participantes en la foto fueron ligados rápidamente al PAN en Jalisco, y encendieron las alarmas políticas partidistas, junto a interpretaciones instantáneas que invadieron las primeras reacciones frente a los hechos: neo-nazis infiltrados en la derecha jalisciense, hijos o nietos del Yunque –esa agrupación ultraderechista a la cual pertenecen o pertenecieron en algún momento el exgobernador panista de Jalisco, Emilio González, y su exsecretario general de gobierno, Fernando Guzmán-, “engendros político-militaristas”, adoradores ingenuos de Mi Lucha, ignorantes, esas cosas.
La reacción de los involucrados fue también inmediata. Los jóvenes se dijeron arrepentidos, y se justificaron afirmando que el vestuario era una indumentaria que se les ocurrió utilizar para una fiesta de disfraces, una “mala decisión” de su parte, según reconocieron. Los dirigentes del PAN se deslindaron, los del PRD los criticaron, los del PRI guardaron silencio. Después de la pequeña tormenta, los jóvenes disfrazados para la ocasión se declararon demócratas, cerraron sus cuentas en redes sociales, negaron sus simpatías por los demonios nazis, pero manifestaron también su ambigüedad respecto de la ideología del nacional-socialismo, afirmando que “tenía algunas cosas rescatables”, según afirmó uno de los actores fugaces de la colorida puesta en escena. El contexto, las reacciones, las palabras, los soponcios, iluminan un poco el signo de los tiempos políticos, las representaciones, ilusiones y fantasías juveniles, el vaciamiento del significado de las ideologías políticas, cierto desfiguramiento de las lecciones de la historia.
Si se mira bien, tomando el contexto mexicano reciente, el escándalo fue una de las tantas hogueras que se han encendido y apagado durante los últimos años en nuestra vida pública. Han sido, son y seguramente serán hogueras fugaces, fuegos fatuos de nuestra vida en común, atractivos por distintas razones para los medios y para los políticos. Ello no obstante, la mascarada post-nazi tiene su interés, pues revela cómo las prácticas culturales de ciertas franjas de los jóvenes, asociadas a imágenes, representaciones o idolatrías falsas o verdaderas, ingenuas o deliberadas, suelen aparecer de cuando en cuando (y de manera ruidosa) en la república de los escándalos. Que la suástica y Hitler, uniformes militares y cortes de cabello, sean empleados por algunos como disfraces para participar en una fiesta, es sintomático de la ingenuidad, la ignorancia, las fantasías e ilusiones que pueden anidar en ciertos sectores que luego pueden devenir en sectas, grupúsculos o sociedades secretas. Pudo también ser una decisión estúpida, y ya se sabe que nunca hay que subestimar el poder de la estupidez humana. Pero que esos jóvenes estén vinculados directa o indirectamente a organizaciones políticas habla mucho de la ambigüedad de los partidos, de la vacuidad del mundo de las representaciones políticas y culturales que surcan el ánimo público, donde viejos símbolos del nazismo pueden coexistir con los fusiles de oro del narco, con las cabezas rapadas de los líderes de autodefensas paramilitares, o con imágenes de enmascarados con carrilleras, pasamontañas y pipas. Son las sombras que habitan el imaginario de algunos jóvenes y adultos que pertenecen a los ánimos de este tiempo sin horizontes al que alguna vez se refirió con luminosidad literaria Sergio Pitol.
La ansiedad por la representación es el mar de fondo que gobierna los impulsos para intercambiar el anonimato del espectador por el protagonismo de los actores. Basta darse una vuelta a los “tianguis culturales” o algunas tiendas de música de cualquier ciudad grande para constatar que los símbolos nazis se promocionan abiertamente junto a los símbolos del amor y paz, calcomanías de mota o iconografías de Jim Morrison, que hoy pueden ser símbolos inocuos, inofensivos o irrelevantes para pocos o muchos. Para el caso de los tapatíos con botargas neonazis, el uso de indumentarias que se consideran apropiadas para una fiesta de disfraces, una mascarada, como postales de una época sin compromisos ni ideologías. Puede quedar como un acontecimiento anecdótico, una mala broma, una ocurrencia juvenil. Pero es sobre todo una metáfora involuntaria de los nacidos bajo una mala señal, justo como se titulaba la vieja canción de blues que ejecutaba con pasión y maestría el célebre licenciado Hendrix, allá por los lejanos años setenta del siglo del holocausto. Una señal acompañada por el humo, el vocerío, los gestos y la música de nuestra propia temporada de disfraces.

Thursday, July 10, 2014

Sociología del insulto

Estación de paso
Apuntes (imprecisos) para una (brevísima) sociología del insulto
Adrián Acosta Silva
(Publicado en suplemento Tapatío, diario El Informador, 6/07/2014)
Ahora que han bajado las aguas futboleras del debate público sobre el uso y abuso del conocido grito empleado por los aficionados mexicanos para dirigirse al portero del equipo rival, quizá valga la pena detenerse un poco a reflexionar sobre el significado general de los insultos en la vida social. Y lo primero que habría que reconocer es que la fenomenología del insulto forma parte de las relaciones sociales cotidianas, donde sus funciones son contradictorias, pues tienen que ver con prácticas de exclusión y discriminación, pero también con códigos de cohesión tribal, con el establecimiento de límites vagos entre la violencia verbal, la violencia simbólica y la violencia física.
La historia del insulto es larga y fascinante, sombría incluso. Su origen está asociado al temor a los otros, y esos otros pueden ser considerados como bárbaros, temibles, inferiores, o, de alguna manera, indeseables. Ese miedo inspira, en el fondo, la construcción de fronteras de segregación entre clases, estratos y grupos sociales, fronteras que luego suelen “naturalizarse” con el empleo de un lenguaje soez y ofensivo. Su uso cotidiano puede ser visto como legítimo, pero también puede ser analizado como expresión de un déficit civilizatorio, impropio de los tiempos democráticos, de respeto a los derechos humanos contemporáneos, y contradictorio de los principios contra la discriminación. Hay por supuesto varios tipos de insultos: el personal, el político, el social, el intelectual. El primero implica un asunto entre por lo menos dos individuos, que recurren a la descalificación del otro con una sarta de adjetivos empleadas para “eliminarlo” simbólicamente, a fuerza del empleo de groserías, gestos o, en el último de los casos, para anticipar el uso de la violencia física pura y dura. Las otras formas del insulto van de la mano de la injuria, la difamación, la ofensa o la calumnia, y forman parte del arsenal simbólico cotidiano para diferenciar, excluir, denostar o herir a ciertas ideas o a ciertos individuos o grupos, y por ello es también un instrumento de conflictividad social, de fractura y marginación. De manera paralela, el uso masivo y cotidiano de los insultos tiene propiedades cohesivas para tribus y pandillas, facciones y sectas, deportivas o no, y suelen ser empleados para fortalecer identidades y diferenciarse de los otros. La historia negra del nazismo, por ejemplo, muestra este uso selectivo de insultos para distinguirse del resto, para generar una conciencia de superioridad racial sobre la mayoría de los mortales.
Pero hay otro tipo de insultos más sofisticados e inteligentes, empleados cuidadosamente para vengar afrentas o para rebajar a los oponentes y adversarios. El insulto literario, por ejemplo. Schopenhauer, Wilde o Baudelaire lo elevaron al nivel de una de las bellas artes. Otros, como Borges, lo convirtieron en elogio, más que en denostación. Lo cierto es que hasta para insultar se requiere inteligencia, una práctica mordaz e irónica que, para ser efectiva, requiere de buenas dosis de ingenio e imaginación para penetrar profundamente en el adversario y en los enemigos. Vista así, un insulto facilón y pedestre es esencialmente un acto inofensivo, un grito sin gracia, una voz ineficaz, si no se recurre al contexto específico en el que puede tener los efectos deseados.
El uso de un insulto en masa es intimidante, aunque pueda ser divertido para los gritones. Y las masas suelen reaccionar, no juzgar. Schopenhauer escribió, a mediados del siglo XIX: “La multitud tiene ojos y oídos, pero no mucho más; a lo sumo una paupérrima capacidad para juzgar, e incluso escasa memoria”. Irónico y desconfiado, el gran ensayista alemán en poco apreciaba a las multitudes. Decía: ”Es poco lo que piensa la gran masa; pues no dispone del ocio y el ejercicio necesarios. De ahí que conserve sus errores durante mucho tiempo…”
El filósofo español Pancracio Celdrán publicó en 1995 un volumen titulado Inventario general de insultos, en el cual define al insulto como “un asalto, un ataque, un acometimiento”. Su función es mostrar desestimación, malquerencia por el otro, humillación. En particular la palabra “puto” tiene su origen en el siglo XV en España, y su acepción principal es las del “individuo o sujeto de quien abusan libertinos y degenerados, gozando con esa indignidad como goza hombre con mujer”, para utilizar las palabras de la época. Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España dirigió el calificativo a los indios, dados a este “pecado nefando”, como le califica el mismo. El significado del la palabra ha permanecido desde entonces como una descalificación de los homosexuales, como parte de los códigos morales y simbólicos del orden social mexicano de todos los días.
Nuevos tiempos han relocalizado el uso de ese calificativo, pero aún conserva su carácter hiriente, sus connotaciones peyorativas. El uso de esa palabra en los estadios por parte de los aficionados mexicanos fue un fogonazo en medio del mundial, y sus impactos e interpretaciones corrieron como pequeños incendios en varias direcciones. Para algunos es motivo de vergüenza y escarnio nacional. Para otros, un acto de barbarie. Para no pocos, un inofensivo acto de diversión “idiosincrática”, como lo llamaron las autoridades deportivas, el propio entrenador de la selección y no pocos periodistas y reporteros de la fuente. Para algunos más, es una expresión verbal que permite aplacar los impulsos de la violencia física de los aficionados. En cualquier caso, el acto y las reacciones son en sí mismas reveladoras de los tiempos que corren, una expresión del espíritu de los tiempos dominados por la adicción al escándalo y a los posicionamientos morales, políticos e intelectuales frente a prácticas impropias o inevitables de las masas. Pero, bien visto, el pequeño escándalo podría servir para realizar una buena sociología del insulto mexicano contemporáneo, algún esfuerzo sistemático y serio para determinar la función, los alcances, las propiedades disruptivas o cohesivas de los insultos en el orden social moderno.


De rectores y gobernadores

Estación de paso
De Rectores y Gobernadores
Adrián Acosta Silva
Publicado en Campus Milenio, suplemento del diario Milenio, 26/06/2014
En el centro del complicado tema de la tormenta política y social michoacana, la semana pasada el Congreso de esa entidad federativa nombró como Gobernador sustituto al ahora exRector de la Universidad Michoacana, el Dr. Salvador Jara Guerrero. Como se sabe, la renuncia, por motivos de salud, del ahora exgobernador Fausto Vallejo, implicó la sustitución del titular del ejecutivo estatal, mediante las formalidades y los procedimientos expresados en la propia Constitución local michoacana. La noticia, sin embargo “tomó por sorpresa” a los medios locales, nacionales y a la propia clase política local, según algunos medios michoacanos. En realidad, a una semana de su propuesta, es posible intuir que el nombramiento del Dr. Jara implicó un movimiento calculado y negociado por los diversos partidos en el congreso local, y no es descabellado suponer que el ejecutivo federal tuvo una participación importante en dicha decisión. Después de todo, ante la delicada situación institucional, política y social que vive Michoacán desde hace ya demasiados años, y ante el debilitamiento o desplazamiento de las fuerzas políticas locales por parte de las tropas de ocupación política y militar del ejecutivo federal de los últimos meses, es probable que, fiel a los usos y costumbres del viejo y nuevo oficialismo priista, la decisión de buscar la salida de un gobernador enfermo, cuestionado y políticamente muy debilitado, para sustituirlo por un perfil no tradicional, relativamente alejado de los escándalos e intereses de la clase política michoacana, fue una decisión fraguada en los salones, los sótanos o en los pasillos del poder político nacional.
Ello no obstante, no es sorprendente el hecho de que el Rector de una universidad pública antes, durante o después de su gestión universitaria pase a formar parte del funcionariado público federal, estatal o municipal, o del oficialismo político en turno. A lo largo de la historia de las universidades federales y estatales mexicanas, es (casi) una rutina que los rectores se incorporen en algún momento a la vida política en un escaño como diputados federales o locales, senadores, presidentes municipales, gobernadores, o como funcionarios estatales o federales. Y eso no tiene nada de nuevo. Una parte de los mecanismos formales o informales de cohesión y de movilidad política del régimen pre y post democrático mexicano, tiene que ver con la función no declarada de las universidades en la formación de cuadros políticos y funcionarios gubernamentales en todo el país. Casos y ejemplos sobran: Gerardo Sosa Castelán, exrector de la Universidad Autónoma de Hidalgo, pasó a ser diputado federal del PRI y luego del PRD; Raúl Padilla López y su hermano Trinidad Padilla López, ambos exrectores de la U. de G., luego fueron diputados local y federal por distintos partidos políticos; Alejandro Mungaray, exrector de la UABC, fue nombrado alto funcionario en el gobierno estatal de Baja California luego de su paso como rector; exrectores como Julio Rubio (de la UAM), o Jorge Carpizo (UNAM), fueron nombrados altos funcionarios federales luego de sus gestiones rectorales; Juan Carlos Romero Hicks, ex-rector de la Universidad de Guanajuato, luego fue electo gobernador de esa entidad por el PAN y de ahí pasó a altos puestos en la administración pública federal; los casos de los primos José Doger y Enrique Doger, exrectores de la BUAP, que luego han realizado carrera política como diputados, funcionarios públicos y uno de ellos, como Presidente Municipal de la capital poblana; o el caso de los exrectores de la Universidad de Sonora, Jorge Luis Ibarra, o de la UAEM, Rafael López Castañares, que luego de su período universitario fueron nombrados como directivos de la ANUIES, y en el caso del primero, es hoy secretario de educación del gobierno sonorense; el caso de Victor Arredondo, que luego de ser rector de la U. Veracruzana fue Secretario de Educación del gobierno de esa entidad; o el del exrector de la UANL Reyes Tamez Guerra, que durante el gobierno foxista fue nombrado como Secretario de Educación Pública.
En fin, hay una historia larga e interesante de intercambios entre los dirigentes y representantes universitarios con las fuerzas políticas en las escalas locales y federales. Y ello confirma que el puesto de rector universitario en México no sólo es un puesto que se deriva de los méritos académicos, sino en el que predomina su carácter esencialmente político, que tiene que ver con las alianzas, las relaciones entre los diversos grupos de universitarios con las fuerzas y partidos políticos locales y nacionales. Pero parece haber dos factores destacados en la explicación del porqué muchos rectores pasan a formar parte de las elites políticas mexicanas. Uno es la imagen de las universidades como instituciones relativamente neutras, alejadas de las prácticas políticas de partidos y gobiernos, que irradian cierta imagen de confiabilidad y respeto entre los políticos profesionales; la otra es la capacidad política de los rectores para construir esquemas de gobernabilidad aceptables para la conducción y coordinación de las universidades públicas, cuya vida política interna no se aleja demasiado de lo que ocurre con la vida política en general.
Esos factores parecen activarse en momentos de crisis políticas locales. Para el caso michoacano, la llegada de un académico que luego fue rector puede ser vista como una señal más de que el interés político del gobierno federal es dotar de mayor autonomía al ejecutivo estatal respecto de los intereses de la clase política local, intentando inyectar alguna dosis de respeto a la figura del gobernador. Por supuesto, no son los méritos académicos los que fueron considerados los principales atributos del Dr. Jara para ser nombrado gobernador sustituto, sino de que fueron consideraciones estrictamente políticas las que están detrás de tal decisión. Ello no obstante, todo apunta también a que la debilidad del ejecutivo michoacano frente al poder ejecutivo federal continuará en los próximos años. Ningún exrector puede por sí mismo cambiar los equilibrios políticos en sus ámbitos locales en base a sus méritos como académico o político universitario. Un gobernador requiere ante todo conformar una coalición política, una red de alianzas que le permita gobernar y tomar decisiones de acuerdo a los códigos, las reglas y las prácticas de la política realmente existente. Y los próximos meses serán vitales para que el respetado exrector universitario se convierta en un eficaz y legítimo gobernador estatal.