Thursday, December 03, 2020
Dos años después
Estación de paso
Dos años después: ¿de la utopía a la distopía?
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 03/12/2020)
En un esfuerzo por evaluar el desempeño del gobierno de Andrés Manuel López Obrador durante los dos primeros años de su gestión, Ricardo Becerra y José Woldenberg convocaron a 22 académicos para elaborar un diagnóstico sobre las acciones del oficialismo en 18 campos de política pública (“Balance temprano. Desde la izquierda democrática”, Grano de Sal, 2020). Uno de esos campos es el de la educación superior, del cual se presenta aquí una apretada síntesis de mis apreciaciones.
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Los primeros dos años del gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en el campo de la educación superior no constituyen el período de construcción de un nuevo régimen de políticas en este campo de la acción pública. En realidad, se trata de la continuación de un conjunto de acciones dirigidas hacia la consolidación de las inercias, rutinas y hábitos institucionales construidos lentamente en los últimos treinta años (1989-2018), pero en un contexto de creencias vagas, austeridad “ciega” y confusión entre medios y fines. La narrativa transformacionista (relacionada con la idea de la “Cuarta Transformación Nacional”, o 4T), el relato que acompaña la nueva utopía sexenal en la educación superior, es hasta ahora un ejercicio que camina sobre los rieles tradicionales del viejo régimen de políticas.
Luego de distintas administraciones gubernamentales federales marcadas por la alternancia política (2000-2018), la educación terciaria es un territorio marcado por las huellas de las políticas públicas que se han instrumentado a lo largo del siglo XXI. Durante tres sexenios dominados por oficialismos distintos, ese territorio fue conquistado por la irrupción de una nueva fuerza política que en 2018 ganó abrumadoramente las elecciones federales, proponiendo una ruptura radical con el pasado “neoliberal” colocando en el centro de su retórica y acción como gobierno la propuesta de una “transformación histórica” del país que incluye un nuevo modelo de políticas para la educación superior.
En el empeño en demoler todo vestigio del pasado “neoliberal” de los cinco gobiernos anteriores (desde Salinas hasta Peña Nieto), el gobierno de AMLO ha impulsado algunos cambios normativos, financieros y organizativos en la educación superior, pero, paradójicamente, también mantiene las rutinas e inercias asociadas a las políticas del pasado reciente. Esa combinación de intenciones de cambio e inercias institucionales son el efecto de una agenda política que obedece a un “sistema de creencias” amorfo, que dificulta identificar el ideario oficialista, cuál es su origen y cómo se implementa en el arranque del gobierno.
El primer ciclo de las acciones gubernamentales del transformacionismo en el campo de la educación superior ha transcurrido en un contexto de reservas y escepticismos sobre la factibilidad y consistencia de los cambios impulsados por el ejecutivo federal y aprobados por la mayoría morenista en el legislativo. El activismo gubernamental ha sido centralizado, con una lógica de implementación vertical de arriba-abajo, en un contexto de severa austeridad presupuestal y una tradicional dispersión de los recursos en distintos programas y bolsas financieras. Los programas “Jóvenes escribiendo el futuro” y las “Universidades del Bienestar Benito Juárez García” son opacos y aún no hay datos suficientes para mostrar una mejoría en los indicadores de cobertura, calidad o equidad en el acceso de la educación superior en la era de la 4T.
La irrupción de la pandemia del COVID-19 agudizó las tendencias hacia el estancamiento económico que ya veníamos padeciendo desde el año 2017. La combinación de la crisis sanitaria con la crisis económica ha abierto un panorama sombrío sobre el futuro de la educación superior. Organismos internacionales y locales, estudios académicos, opiniones de expertos y del propio gobierno federal, estiman una caída histórica del PIB para los próximos años, provocando un incremento sustancial de la pobreza y del desempleo formal e informal, así como bajas expectativas de recuperación en un contexto internacional de economías deprimidas. La propia gestión de la crisis por parte del gobierno de AMLO, basada en férreos principios de austeridad, decidida a no promover nuevos impuestos y aplicar una política de endeudamiento cero, se ha traducido en menores presupuestos públicos para la educación superior desde 2019.
En ese marco, las reformas normativas, organizacionales y financieras impulsadas por el oficialismo se han instrumentado manteniendo varias de las prácticas y estructuras heredadas del viejo régimen de políticas: cabildeo entre el ejecutivo y el legislativo, activismo de los rectores y directivos en la gestión de los recursos, competencia de las IES públicas por acceder a los programas de financiamiento extraordinario tradicionales que para 2021 se verán prácticamente cancelados. Las ideas de gratuidad y obligatoriedad de la educación superior, los arreglos institucionales basados en una estructura jerárquico-vertical de financiamiento público, el ejercicio de una severa austeridad con presupuestos federales estancados y a la baja, la coordinación centralizada del gobierno de un sistema heterogéneo, y el papel protagónico del ejecutivo como actor principal y en ocasiones exclusivo en la promoción e instrumentación de los cambios, apuntan a reforzar los rasgos básicos del viejo régimen político y de políticas en un nuevo contexto.
La agenda y prioridades del oficialismo durante sus dos primeros años de gobierno revelan una fuerte línea de continuidad con el viejo régimen, y no hay evidencias de que puedan transformar la lógica del comportamiento institucional de la educación superior en los próximos años. Más aún: el ominoso panorama social y económico de la súbita y profunda crisis experimentada a lo largo del 2020, apunta a los que muchos analistas ya caracterizan como una nueva década perdida. Eso significa estancamiento económico, caída de los ingresos fiscales y presupuestos federales con bajas expectativas de crecimiento para el resto del sexenio. En términos del impacto en la educación superior, la crisis se traduce en el incremento de abandonos escolares, bajas en la demanda y cierre de muchos establecimientos privados. En este escenario, la utopía sexenal prometida por la narrativa transformacionista, ceteris paribus, puede mutar en una distopía inesperada.
Thursday, November 19, 2020
El filo del hacha
Estación de paso El filo del hacha Adrián Acosta Silva (Campus Milenio,
19/11/2020) Finalmente, el recorte presupuestal federal para le educación
superior se consumó la semana pasada. Luego de las discusiones, acercamientos y
cabildeos de rigor, cuyo resultado fue de algunos ajustes mínimos a la propuesta
presupuestal educativa enviada por el ejecutivo federal a la Cámara de
Diputados, los recursos federales al sector registran un pírrico 0.1% de
incremento general en términos reales para el 2021. Eso significa la
confirmación de una tendencia observada rigurosamente desde 2015, un período
transexenal que conserva la misma lógica reduccionista de los recursos públicos
federales hacia la educación terciaria que afecta de manera especialmente aguda
a las universidades públicas federales y estatales. El presupuesto federal al
sector, como se sabe, tiene dos grandes componentes: el ordinario (gasto
corriente) y el extraordinario (fondos para programas especiales o
estratégicos). Según cálculos de la ANUIES, entre 2015 y 2020 el presupuesto
federal ordinario a las universidades experimentó incrementos anuales inferiores
a la inflación, lo que provocó un déficit acumulado de más de 15 mil millones de
pesos a lo largo del período. Con la aprobación del presupuesto 2021, ese
déficit se incrementará a casi 19 mil millones de pesos. En lo que respecta a
los fondos extraordinarios la situación es aún más delicada. De los 11 fondos
existentes en 2015, sólo se conservarán 2 en 2021. En el presupuesto del próximo
año, desaparecerán 3 programas que hasta este 2020 se mantenían vigentes:
“expansión de la oferta educativa”, “fortalecimiento de la excelencia educativa”
y “carrera docente”. Y dos programas se mantienen pero registrando una drástica
disminución de casi el 50% en su recursos: el “Programa de Desarrollo
Profesional Docente” (PRODEP), y el “Programa de infraestructura social del
sector educativo”. En conjunto, con la desaparación de los 3 programas
mencionados y el recorte a los dos que nominalmente se mantendrán activos el
próximo año, las universidades dejarán de recibir casi dos mil millones de pesos
en 2021. La única reconsideración presupuestal para la educación superior fue en
el caso de las escuelas normales de educación superior, las cuales recibirán un
incremento ajustado de 149 millones de pesos el próximo año. Como también se
esperaba, los programas federales que recibirán un incremento real y absoluto
son los relacionados con el programa de “Universidades para el Bienestar Benito
Juárez García” y el programa de becas “Jóvenes escribiendo el futuro”. El
argumento que justifica las decisiones gubernamentales es de carácter político,
técnico y económico. Las políticas de austeridad que caracterizan la retórica
oficialista desde diciembre de 2018, los costos de la crisis sanitaria y
económica de este año, la diminución de los recursos fiscales, los cambios en el
entorno económico internacional, la búsqueda de mayor eficiencia en el gasto, la
lucha “contra la corrupción y el desplifarro”, forman parte de la narrativa que
acompaña la música de la austeridad y el ajuste presupuestario. En esa
perspectiva, las prioridades gubernamentales no contemplan el apoyo a las
universidades públicas, sino a otros sectores, con otras voces y actores. En ese
contexto, la lógica que articula la “política de las políticas” del oficialismo
es muy clara: asegurar el control/centralización de los recursos públicos
mediante la asignación directa de los mismos, “sin intermediarios”. Y las
instituciones (las universidades públicas) son consideradas intermediarias
incómodas que afectan esa lógica de asignaciones directas de los presupuestos
federales. ¿Cómo entender todo eso? Bien visto, no se trata de un diagnóstico
que alimente un cálculo financiero y politico. Se trata del predominio de una
imagen firmementemente instalada en la colección de prejuicios, fobias y
escepticismos del nuevo oficialismo. En el fondo de la imaginería oficialista,
las universidades son espacios de privilegio, no populares, dominadas por sus
rectores y los grupos políticos que los sostienen y acompañan, donde los
académicos suelen ser individuos que se dedican frecuentemente a la “levitación”
intelectual (como señaló el propio Presidente en una de los sermones mañaneros
el año pasado), que ganan demasiado dinero, y que no tienen compromisos con las
verdaderas causas populares. Más aún: las universidades suelen ser consideradas
como espacios de prácticas “decadentes” y críticas inexplicables a las acciones
gubernamentales, como ocurrió en la mañanera del viernes pasado, cuando el
Presidente se refirió en tono sarcástico a la Feria Internacional del Libro,
organizada por la Universidad de Guadalajara. Esas representacioneses políticas
sobre las universidades y de sus dirigentes y comunidades están en la base de
una profunda desconfianza y recelo presidencial sobre la autonomía
universitaria. Las implicaciones del recorte presupuestal contradicen otras
acciones y proyectos del propio oficialismo, como las disposiciones contenidas
en el anteproyecto de la Ley General de Educación Superior que se encuentra en
la fila de la discusión y posible aprobación de la cámara de senadores antes de
que finalice este mismo año. También se encuentra en tensión con los principios
de obligatoriedad y gratuidad de la educación superior que se añadieron a la
reforma del artículo tercero constitucional en mayo del 2019, promovidas y
aprobadas por el propio oficalismo morenista. Esas inconsistencias políticas y
las representaciones y arraigados prejuicios del oficialismo hacia las
universidades públicas están en la punta del filo del hacha que explica el nuevo
recorte a los presupuestos universitarios del 2021. En esa condiciones, una
extraña sensación déjà vù flota en el ambiente. Los fantasmas y realidades de la
década perdida de los años ochenta del siglo pasado vuelven a aparecer en los
campus universitarios. Y esa sensación bien puede ser acompañada por la palabras
pronunciadas con entusiasmo por uno de los personajes de El Gran Gatsby, la
célebre novela de Fitzgerald: ”¿Que no podemos repetir el pasado? ¡Claro que
podemos!”.
Wednesday, November 11, 2020
La política según Andrés Manuel
La política, según Andrés Manuel
Adrián Acosta Silva
Cuida de que tu lengua no te corte la cabeza
Abu Ubayd, escritor musulmán, siglo IX
El poder del mito reside en crear sentido a partir de las ruinas del sentido
John Gray, Mitos del futuro próximo
Emil Cioran afirmó en la presentación de su Antología del retrato que ese género “es un arte que consiste en fijar un personaje, en desvelar sus misterios atractivos o tenebrosos”, y distinguir entre “el hombre interior” y “el hombre exterior”. Ese ejercicio requiere recrear el tiempo de los personajes, pasajes de sus itinerarios vitales, sus acciones, fracasos y satisfacciones, sus paradojas, ambigüedades y vacíos. Pero son sobre todo las palabras, el lenguaje, lo que importa para tratar de descifrar la simpleza o complejidad de su carácter, sus contradicciones, obsesiones, angustias y creencias. Durante los siglos XVII al XIX, en distintos momentos y contextos, Tocqueville, Saint-Simon, Chateaubriand, Benjamin Constant, Madame de Rémusat, Brissot, fueron grandes retratistas de personajes de su época, y lo hicieron a través del género epistolar, a manera de impresiones, dibujos, viñetas.
La observación de Cioran y la experiencia retratista son pertinentes para fabricar postales de hombres y mujeres de todos los tiempos, y el nuestro esta lleno de personajes y personajillos que tal vez merecen un ejercicio similar. Para México, es el caso de Andrés Manuel López Obrador, el presidente y el político, el dirigente y el representante, un personaje singular surgido de un contexto temporal, social y político propio de una recomposición acelerada de la vida política nacional, que incluye a la clase política pero también el ánimo público. Muchos lo ven como un hábil político profesional, otros como un mesías tropical, algunos más como un autócrata disfrazado de demócrata, un caudillo con pretensiones históricas, un populista nostálgico, un líder excepcional. Es seguramente un poco de todo, la personalización de lo híbrido, de un carácter forjado en las aguas lodosas de las ideologías, los intereses y las pasiones acumuladas a lo largo de la experiencia de la transición política mexicana de las últimas tres décadas (1988-2018).
Para descifrar al personaje un buen punto de partida es identificar las creencias que guían sus acciones. El sistema de creencias políticas del transformacionismo (genérico de la profusa, difusa y confusa narrativa de la 4T) está representado fielmente por su promotor, líder moral y gurú político, AMLO. Como sabemos, ese liderazgo, desde el 1 de diciembre de 2018, ocupa el sillón presidencial de Palacio Nacional, frente a la magnífica explanada del zócalo capitalino, y desde ahí las creencias del oficialismo dominan el ánimo político nacional en forma de lealtades y oposiciones. Pero ese sistema de creencias dista mucho de ser una retórica coherente, ordenada o consistente; por el contrario, se trata de un relato elástico que se mueve indistintamente en el tiempo y las circunstancias, que varía según los contextos, los protagonistas principales y los espectadores permanentes o de ocasión. No obstante, es posible identificar algunos rasgos básicos, ejes que articulan esas creencias en una visión política sobre el presente, el pasado y el futuro del país. Ahí se encuentra claridad en la confusión, y vale la pena retenerlos como puertas y ventanas de entrada a la complejidad (o banalidad) del personaje y su contexto.
Los rasgos son visibles gracias a la conocida incontinencia verbal del presidente expresadas durante las conferencias matutinas ofrecidas desde Palacio Nacional y transmitidas o reproducidas a través de todos los medios. También se manifiesta en giras de fin de semana, en visitas a pueblos y ciudades, en entrevistas, declaraciones en (muy pocos) foros internacionales, en la inauguración de edificios reconstruidos, en la presencia frente a nuevas obras públicas federales, en los homenajes a los héroes patrios, en los festejos de nuestro santoral laico. La abrumadora presencia presidencial en la vida pública a lo largo de los últimos dos años ha marcado agenda, ritmo y vértigo a la retórica de la clase política en su conjunto, construyendo una frontera simbólica que va marcando los territorios del oficialismo y de sus oposiciones.
El fenómeno por supuesto no es nuevo ni exclusivo de México. Lo novedoso, o lo exótico si se quiere ver así, es la manera en que desde las palabras presidenciales se revela una concepción peculiar de la acción política, en la que se mezclan ingredientes republicanos y reflejos autoritarios, arrebatos federalistas y controles centralistas, expresiones caudillistas y religiosas, impulsos populistas, intuiciones metafísicas y pretensiones intelectuales. El cemento que une la pedacería de esa concepción son las creencias y los símbolos que articulan el imaginario político del lopezobradorismo. En un ejercicio de síntesis, se propone un decálogo sobre la caracterización que de la política como actividad pública y como práctica social tiene el líder del transformacionismo, a partir de su desempeño en los primeros dos años de su gobierno. Es un decálogo hecho a base de imágenes y palabras cuya textura tiene, bien visto, la flexibilidad del mármol.
1. La política no es politiquería. En la visión obradorista no hay política sin adjetivos: hay política buena y política mala, formas virtuosas y formas corruptas. La buena es la que procura el bien común, tiene altura de miras, es desinteresada, las intenciones son nobles y sus actores honestos. La mala tiene que ver con la trácala, la corrupción, las intenciones inconfesables, que la ejercen quienes “buscan el poder por el poder mismo”. La política buena es pura, clara y transparente, que se ejerce de cara al pueblo y con el pueblo. La mala es siniestra, sombría, que se hace a escondidas, “en lo oscurito”, se gestiona en los sótanos del poder y donde sólo participan las mafias partidistas o las elites económicas. Esa creencia tiene claramente raíces religiosas más que filosóficas, una dicotomía que el viejo Schopenhauer criticaba con ironía al considerar que la superficialidad religiosa elude la complejidad del realismo, afirmando que la bondad y la maldad están relacionados con la voluntad y no con la objetividad. En la metafísica de las costumbres del transformacionismo, es bueno lo que se ajusta a las intenciones que gobiernan la voluntad política, y el voluntarismo es el instrumento de la regeneración nacional, a diferencia de los “gobiernos neoliberales”, que sumieron al país en la “politiquería”. “No somos iguales”, es una de sus frases favoritas.
2. En política, lo importante son los fines, no los medios. Como todo político astuto, AMLO coloca sus acciones como parte de un proyecto general, inspirador, ambicioso, de dimensiones históricas. Sistemáticamente invoca el proyecto de la 4T como la fuente que inspira y justifica todas sus intenciones y las de su gobierno. “Acabar con la pobreza y con la corrupción transformará de manera histórica el país”, afirma en las más diversas circunstancias. El cómo es lo de menos. Lo que se necesita es compromiso, lealtad, fe, honestidad para alcanzar los fines supremos de ese proyecto. Los detalles, la plomería, las instituciones, los procedimientos, la burocracia gubernamental, son instrumentos que hay que utilizar o desechar para alcanzar los fines. Quienes cuestionan los cómo, las prioridades, las inconsistencias, las limitaciones legales o prácticas para las acciones gubernamentales no suelen durar mucho en la cruzada presidencial. Los fines importan; los medios se adaptan, se inventan o se eliminan. “Al diablo las instituciones”
3. La autoridad moral es la fuente de toda autoridad política. AMLO se auto-personifica como ejemplo de honestidad, virtud y austeridad republicana. Muestra que sus prendas morales son la coherencia, la persistencia, la lucha social en favor de los intereses del pueblo. Su espejo favorito es la figura de Benito Juárez y la mitología derivada de la historia de bronce del pasado indígena, el republicanismo decimonónico y el nacionalismo postrevolucionario: heroísmo, modestia mundana, desprendimiento personal, convicciones a prueba de balas, austeridad republicana, elogio de la medianía. También suele citar las palabras del general revolucionario Francisco J. Múgica, cuando habla de que “el renacimiento de México” se conseguirá “de la simple moralidad y de algunas pequeñas reformas”. La franqueza y la claridad forman parte de esos atributos de su liderazgo moral. “Mi pecho no es bodega” es otra de sus frases favoritas.
4. La corrupción es la causa de nuestros males políticos. La “purificación de la vida pública” es uno de los imperativos categóricos de AMLO. La máxima sobre la moralidad tiene mucho que ver con la corrupción y la impunidad. Hay una profunda convicción -que es en realidad una fe convertida en creencia endurecida- de que el problema central del país es la corrupción de la vida política mexicana. No es la desigualdad, ni la pobreza, sino la corrupción la causa profunda de todos nuestros males. La clase política corrupta aliada con intereses económicos está en el origen de las mafias del poder, una “banda de malechores” (una frase extraída de alguna carta de Tólstoi durante la época del zarismo) surgidas durante la época neoliberal (o “neoporfirista”, como suele afirmar). Y para luchar contra ella, es necesario un compromiso de lealtad, de luchar contra las prácticas de impunidad en todas sus manifestaciones. Está convencido de que eliminando la corrupción se transformará el país, y en esa lucha no se puede traicionar el espíritu de la 4T. “El que se aflige se afloja” es otro de los dichos preferidos del refranero obradorista.
5. La democracia liberal y representativa es una ficción elitista. En AMLO coexisten, de manera contradictoria, el republicano teórico con el autócrata práctico. Una de las creencias más arraigadas del obradorismo es su incomodidad con la existencia de otros poderes constitucionales y partidos políticos distintos a su creatura política (MORENA). Para el presidente-activista no hay ninguna razón válida que justifique oponerse a la Gran Transformación Nacional que pretende su gobierno, salvo la acción de las fuerzas conservadoras que forman las máscaras de la democracia representativa y del sistema de partidos construidos en la “era neoliberal”. Quienes se oponen a su proyecto son los jueces, magistrados, funcionarios y dirigentes políticos conservadores. Hay una creencia profunda en que el pueblo no está representado en los partidos ni en las instituciones, y que sólo las formas directas de la democracia directa, popular (plebiscitos, consultas, asambleas), son las garantizan la expresión de los verdaderos sentimientos de la nación, que son los que tiene el pueblo, y que el pueblo son los pobres, lo de abajo. Esa retórica política se alimenta confusamente de la “leche de varias nodrizas”, para utilizar la conocida metáfora de Oakeshott: indigenismo, nacionalismo, liberalismo republicano, populismo, autoritarismo, “infantilismo de izquierda” (ese que criticaba Lenin a los “comunistas de izquierda” que “declamaban pero no argumentaban”).
6. El pluralismo es tóxico para la democracia popular. El liderazgo presidencial de la 4T requiere de mayorías estables, comprometidas con el proyecto, leales a la figura del líder, fe en la viabilidad del proyecto. Hay cierto tufillo de herencia maoísta y estalinista que se filtra en los dichos y hechos de AMLO. “Es momento de las definiciones”, afirmó a mediados de agosto, “se está a favor o en contra de la Cuarta Transformación Nacional”. En esas definiciones no caben los matices, ni las medias tintas, ni la tibieza de los escépticos ni la dureza de los críticos. Conservadores vs. liberales es el dilema que ha marcado la raya de la retórica presidencial, que reproduce la división entre el pueblo y las elites, entre la burguesía y el proletariado, entre los revolucionarios y los contra-revolucionarios. Son los ecos de una mentalidad política para la cual el pluralismo democrático no es más que una farsa que beneficia a las clases medias, a las elites, a los poderosos y privilegiados de siempre. Y la alternativa es volver al pueblo, invocar sus virtudes, su nobleza y sabiduría, que son las raíces profundas de la cual se han nutrido los diversos populismos a lo largo de la historia política. Umberto Eco describía al animal populista con la claridad y brevedad de su prosa: “El populismo es un método que prevé la apelación visceral a las que se consideran las opiniones o prejuicios más arraigados en las masas”.
7. Los partidos no representan más que a sus líderes. Una de las creencias centrales de AMLO es que los partidos son maquinarias inútiles, oxidadas, inservibles para emprender la Gran Transformación mexicana. Esa creencia se nutre de sus propias experiencias y aprendizajes de los partidos a los que ha pertenecido (el PRI y el PRD), de donde leyó bien y oportunamente el profundo deterioro de la representación política posrevolucionaria. De ahí su convicción de que más que un partido necesita un movimiento con liderazgos fuertes, legítimos, honestos, comprometidos con sus militantes y simpatizantes. Un movimiento grande, amorfo, pragmático, cuyo centro cohesivo no sea un programa, ni una ideología, sino un objetivo general y trascendental: la construcción de una nueva era, luminosa, esperanzadora, liberadora, una nueva tierra prometida donde la felicidad, la solidaridad y el amor al prójimo sean el fin y los medios para alcanzarla. Es la hechura de un mito sobre el futuro próximo que es, a su vez, derivación de una colección de mitos históricos sobre México, postales de un pasado heroico cuyas principales etapas conducen inevitablemente hacia un destino feliz. Es el poder del mito, uno de los afluentes más claros del sistema de creencias e ilusiones del transformacionismo. La 4T es el proyecto y AMLO su profeta.
8. La sociedad civil no existe; lo que existe es el pueblo. Para el político tabasqueño la sociedad civil es, al igual que el pluralismo, una forma de enmascarar los verdaderos intereses de los grupos privilegiados de la sociedad. Está convencido de que ahí se anidan las clases medias y altas de la sociedad, no los intereses legítimos del poder popular. Resuenan en esa visión los calificativos marxistas sobre la pequeña burguesía, las críticas leninistas a los mencheviques, traducidos al lenguaje lopezobradorista de los “fifís”. Para AMLO, las imposturas políticas forman parte de la sociedad civil. En el imaginario y la narrativa lopezobradoriana, el pueblo es una categoría política mayor que la ciudadanía para referirse a adversarios y aliados. El auténtico pueblo son los de abajo, los pobres, los desheredados, las víctimas eternas de un sistema de exclusiones y privilegios endurecido por las políticas neoliberales de los últimos treinta años. El interés mayor a proteger es el interés popular, no los intereses particulares, y el Estado es la figura encargada de traducir ese interés popular en acciones gubernamentales. No hay distinción entre Estado y sociedad civil sino unión entre Pueblo y Gobierno. “Yo soy uno de Ustedes”, dijo al asumir la presidencia; “El Estado es AMLO”, suelen afirmar con entusiasmo sus seguidores.
9. La personalización del poder. En la figura de AMLO, el presidente de la República es el “hombre exterior” y el político el “hombre interior”. Sin embargo, el político y el presidente son una y la misma cosa. Sin distinción entre el puesto y la persona, la retórica obradoriana emana del poder de la investidura, desde la cual el político mundano, el activista que siempre ha sido, domina el escenario público. Pero el fenómeno no es nuevo. La personalización del poder y de las relaciones sociales son monedas de uso común en la vida política mexicana, una moneda que utilizaron intensamente Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, José López Portillo, Carlos Salinas o Vicente Fox. Ello explica la desconfianza en los órganos autónomos y en instituciones creadas como contrapesos al poder del ejecutivo a lo largo de los últimos años. Desde la perspectiva lopezobradorista, las universidades públicas autónomas, las autoridades electorales, los organismos de transparencia, forman espacios donde la despersonalización de las relaciones causa problemas de coordinación para el jefe del ejecutivo. Son espacios de corrupción y chantajes, capturadas por grupos e intereses oscuros. “¿Dónde estaban cuando los gobiernos neoliberales corrompieron al país?”, preguntó en alguno de sus sermonarios matutinos cotidianos.
10. El dinero corrompe, y mucho dinero corrompe absolutamente. Hay una afinidad de las creencias de López Obrador con la concepción religiosa respecto al poder maligno del dinero. Para AMLO, el dinero es intrínsecamente perverso, similar a lo que el Papa Francisco denomina con frecuencia como como “el estiércol del diablo”. Toda riqueza es sospechosa y sus fuentes oscuras. Pero cuando se mezclan dinero, poder y política lo que ocurre es la corrupción de las prácticas, los fines y los medios. Sus llamados a la austeridad revelan esa obsesión por evitar caer en las tentaciones del dinero, de que es posible que los individuos, como las naciones, pueden vivir en condiciones de precariedad si mantienen en alto los principios de la solidaridad y el amor al prójimo. Esta creencia fundida en el plomo de la fe se extiende a las instituciones públicas, al funcionariado, a los miembros de su gobierno. Las únicas instituciones que elogia en público son el Ejército y la Marina, pues está convencido de su compromiso con el pueblo, de su honestidad y lealtad a la figura presidencial. Por eso, en su calidad constitucional de comandante de las fuerzas armadas, ordena la construcción del nuevo aeropuerto, tareas de seguridad pública, la construcción de hospitales, la distribución de libros, la administración de aduanas y puertos. Su confianza en esa institución compensa la desconfianza que tiene en los poderes estatales, los municipales, los órganos autónomos, los fideicomisos, en los empresarios privados. Para AMLO esa visión pretoriana del ejercicio del poder es la única forma de asegurar que el dinero no contamine el cuerpo y el alma de la 4T.
No es el propósito que un decálogo -éste u otro- ayude a entender la génesis o las prácticas de un tipo de liderazgo que fue respaldado por una mayoría abrumadora de los ciudadanos en las elecciones de julio de 2018, un respaldo que a dos años de gestión presidencial se mantiene a pesar de titubeos, contradicciones, yerros en el manejo de la crisis pandémica, y los frecuentes exabruptos presidenciales contra escépticos, desconfiados, adversarios de coyuntura o enemigos, digamos, históricos. Al final de cuentas, toda forma de caracterización de un personaje no importa tanto por lo que es el individuo sino por lo que representa. Y en la vida política cualquier caracterización es siempre una forma de elaborar el retrato a mano de una figura pública, un retrato que ayude a comprender la naturaleza de la bestia que ha emergido de las entrañas mismas del sistema político surgido de la larga y compleja transición mexicana ocurrida a lo largo del siglo XXI.
Friday, November 06, 2020
El óxido de la incertidumbre
Estación de paso
El óxido de la incertidumbre
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 05/11/2020)
La abrupta interrupción o dramática disminución de las bolsas de financiamiento extraordinario a las universidades marcan un cambio notable en las reglas del juego entre el gobierno federal y las universidades públicas. Aunque ya desde el sexenio anterior la tendencia a la disminución absoluta y relativa de esas bolsas asociadas a programas específicos era una nota preocupante para los rectores y comunidades universitarias, lo que ha ocurrido en los primeros dos años del nuevo gobierno parece anunciar una clara ruptura con las políticas de incentivos al desempeño que caracterizaron los últimos treinta años de las intervenciones federales en la educación superior.
El asunto es delicado no sólo porque rompe con un esquema de comportamientos más o menos estables entre las universidades y el estado, sino porque no hay hasta el momento una política que compense o disminuya los efectos de la práctica desaparición de los programas de financiamiento no ordinarios. Temas como la ampliación de la cobertura, los apoyos a la formación de cuerpos académicos, la desaparición de los fondos sectoriales o mixtos de investigación, la disminución de los programas de estímulos al desempeño de los académicos, los apoyos a la solución de los “problemas estructurales” de las universidades (reconocimiento de plantillas administrativas y académicas, jubilaciones y pensiones, adeudos fiscales) son algunos de los asuntos que habitaron la agenda de la evaluación de la calidad, el financiamiento público y el desempeño de las universidades durante un largo ciclo.
Esa agenda articuló prácticas y rutinas de la gestión instiucional asociadas a los incentivos. La épica de indicadores y métricas de desempeño acompañó las narrativas del juego de las políticas con resultados difusos, paradójicos, muchas veces contradictorios, a veces alentadores. El lento incremento de la cobertura, los contradictorios procesos de evaluación y acreditación de la calidad, el mejoramiento relativo de la investigación, o la (muy tímida) renovación de las plantas académicas universitarias, son algunos de los resultados alcanzados por las políticas basadas en incentivos. Pero también hay un lado oscuro: la burocratización de la vida académica, prácticas de simulación, actos esporádicos de corrupción o desvío de recusos públicos, ambigüedad de los impactos sociales de las universidades, forman parte de los déficits de atención del desempeño institucional. Ello no obstante, la virtual eliminación de los programas extraordinarios coloca a las universidades en una situación financiera extremadamente complicada, dado que esso programas fueron concebidos como fondos compensatorios de financiamientos ordinarios prácticamente estancados o disminuidos de manera relativa a lo largo de los sexenios anteriores.
No es claro cuál es la razón política de la virtual cancelación de los fondos extraordinarios, pero algo tiene que ver tanto con la lógica de centralización política de los recursos públicos por parte del ejecutivo federal, como con las políticas anticorrupción y de austeridad recrudecidas por la catastrófica crisis sanitaria y económica de este año. Quizá también está relacionada con un cambio de fondo en el paradigma de las políticas de educación superior del nuevo gobierno, aunque esto no se contempla ni en el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, ni el el Programa Sectorial de Educación 2020-2024, ni en el anteproyecto de la nueva Ley General de Educación Superior que aguarda a ser discutida en el Senado antes de que finalice este año.
La discusión y eventual aprobación del presupuesto de egresos de 2021 arrojará luz sobre la decisión tomada, y la existencia, o no, de alternativas de financiamiento adicional a las universidades públicas federales y estatales. En estas circunstancias, los posibles escenarios son dos. Uno es dar marcha atrás en la cancelación de los fondos extraordinarios federales y concentrarlos en un fondo extraordinario único, que anteceda al “Fondo federal especial de educación superior” contemplado en el anterpoyecto de la LGES, y que comenzaría a operar hasta 2022. El otro escenario es incrementar de manera significativa el presupuesto ordinario a las universidades mediante nuevas disposiciones y controles gubernamentales. No obstante, ambos escenarios son complicados por la crisis de financiamiento público que experimentará el sector en lo que resta del sexenio y tal vez de la década.
En cualquier caso, las nuevas reglas del juego dictadas por el oficialismo anticipan conflictos, tensiones y, quizá, tambores de guerra en el sector universitario nacional. Mientras los principales actores involucrados -funcionarios federales, directivos universitarios, profesores, investigadores, estudiantes de posgrado- aguardan para conocer las nuevas reglas para trazar sus propias estrategias, el juego se mantiene en una pantanosa zona de incertidumbre agravada por la gestión cotidiana de la crisis sanitaria y económica nacional. La tensión entre la lógica de los incentivos y la lógica del control gubernamental está situada justo en el centro de las relaciones entre la desinstitucionalización de las políticas de estímulos y el óxido de la incertidumbre política.
Thursday, October 22, 2020
Instrumentos
Estación de paso
El discreto encanto de los instrumentos
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 22/10/2020)
La experiencia pandémica ha obligado a las universidades a revisar sus esquemas tradicionales de administración, enseñanza e investigación. Las fronteras del campus se han vuelto más elásticas y difusas, incorporando formas de interacción a distancia, modos de comunicación que implican nuevos hábitos, rutinas y costumbres. Aún no sabemos bien los impactos que en el mediano y largo plazo tendrán estos nuevos comportamientos en la vida académica e institucional universitaria, pero es posible advertir ya algunas señales del futuro.
La identificación de esas señales hay que buscarlas en la dimensión instrumental de las prácticas universitarias, cocinadas a fuego rápido en las fronteras siempre imprecisas de la universidad. En esos instrumentos -plataformas, apps, repositorios digitales, videollamadas- descansa la (probable) reinvención de las relaciones sobre las cuales descansa la vida universitaria común. Muchos profesores han tenido que aprender sobre la marcha los usos de las nuevas tecnologías educativas, los estudiantes han tenido que adaptarse el uso de pantallas y al aisalmiento, los directivos intentan gestionar apoyos a estudiantes y profesores. Recientemente, por ejemplo, el MIT ha anunciado la formación de un “profesorado híbrido capaz de adaptarse a la revolución 4.0”, mediante el impulso de un “enfoque heterógeneo” que “conecte comprensión científica, soluciones de ingeniería y aspectos sociales, económicos y políticos” de los diversos campos del conocimiento.
En México, la coyuntura está poblada de contrastes, cajas negras y hoyos negros. En más de algún caso, las brechas sociales y digitales preexistentes se han ampliado, y no sabemos muy bien que está pasando con los aprendizajes efectivos. En el mundo plano de la utopía digital, esos detalles no parecen ser relevantes. Hay un malestar acumulado entre ciertos sectores de estudiantes y profesores que tienen que ver con las limitaciones de las nuevas tecnologías digitales en la educación superior, que van desde los problemas de acceso y disponibilidad de conectividad y computadoras, hasta las desiguales condiciones individuales y familiares desde las cuales estudiantes y profesores intercatúan a la distancia. El mundo, lo sabemos, no es plano, aunque sea digital.
Mientras todo esto sucede, están ocurriendo quizá algunas cosas interesantes relacionadas con el instrumental de la época. El desarrollo de procesos de autoaprendizaje, la búsqueda de opciones, la curiosidad o la necesidad de construir estrategias adaptativas, forman parte del montón de cosas que ha construido la experiencia individual y colectiva de estos meses largos y tediosos. Los instrumentos ya estaban ahí desde antes de la pandemia, pero se utilizaban relativamente poco en muchas universidades. Hoy, se han vuelto indispensables para enfrentar cotidianamente tareas administrativas, docentes o de investigación.
La experiencia recuerda un poco la historia de un instrumento, el saxofón, surgido en un entorno hostil a la aceptación de nuevos sonidos y estilos en la música clásica europea de finales del siglo XIX. Un músico belga, Adolphe Sax, irrumpió en la escena con un nuevo instrumento de su invención (el sax), que terminó por renovar la música popular y clásica a lo largo del siglo XX. Ese intrumento, junto con el jazz, transformaron para siempre la música popular europea y estadounidense.
Resulta curiosa esa historia si se mira como parte de las transformaciones experimentadas por la música a lo largo del siglo XX. Uno de los decanos de educación de saxofón en los Estados Unidos, Frederick L. Hemke, se lamentaba a comienzos del siglo XXI de que las grandes orquestas sinfónicas norteamericanas aún se resisitían a incorporar al sax como un instrumento legítimo para la composición y ejecución de nuevos repertorios. “Si nos quedamos con el Concertino de Ibert, que es hermoso, por el resto de nuestras vidas, también nosotros moriremos como los instrumentos muertos de orquesta sinfónica”, declaró en una entrevista al periodista Michael Segell.
Para el profesor Hemke, la renovación del instrumental de la música clásica era parte de un acercamiento con las nuevas generaciones, crecidas muchas veces en los sonidos del jazz, el blues, el soul y el rock, donde el sax se había convertido en un instrumento común. “Si limitamos nuestras recreaciones a las cosas viejas, entonces no estaremos mejor que las orquestas sinfónicas que se han vuelto reliquias de museo. Puede que el saxofón se haya inventado en el siglo XIX pero sigue siendo un instrumento nuevo. Todavía es el instrumento del futuro”.
Vince Gordiano, un anciano reparador de saxofones de Brooklin, está convencido de que “el futuro es lo que puedo encontrar en el pasado”. La historia fascinante de ese instrumento muestra cómo, en los ambientes culturales apropiados -en ese caso específico, la era del jazz- una herramienta puede ser la clave para transformar, renovar o cambiar la manera en que percibimos o actuamos sobre los territorios tradicionales que forman la experiencia. Pero aprender a usar una herramienta requiere tiempo, talento, habilidad, curiosidad. Justo por ello, un saxofonista francés, Saint-Saëns, aconsejaba a sus nuevos estudiantes, desesperados por sonar rápidamente como Sonny Rollins, Charlie Parker o John Coltrane: “Uno debe practicar lento, luego más lentamente y por último, muy lentamente”.
Seguramente más de algún lector dirá que las diferencias entre los instrumentos de cambio en la universidad y la música son abismales, y tendrán razón. Pero la lentitud, historia y adaptación, forman los componentes básicos de los cambios de instituciones como la universidad. Quizá justo ahora estemos en presencia de un instrumental que puede modificar percepciones y prácticas de los procesos formativos e investigativos que se realizan en los campus tradicionales y virtuales que son hoy esas organizaciones. Pero tal vez también sean ilusiones, espejismos de una época donde la velocidad y la innovación gobiernan nuestras ansiedades.
(Las citas sobre la historia del sax provienen del libro de Michael Segell, “El cuerno del diablo. La historia del saxofón, de la novedad escandalosa al rey de lo cool”, Ed.Paralelo 21, México, 2015).
Thursday, October 08, 2020
Innovación: ¿un nuevo ciclo de políticas?
Estación de paso
Innovación: ¿un nuevo ciclo de políticas?
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 08/10/2020)
Las palabras son instrumentos poderosos. Lo son en cualquier campo de la acción social, que incluye por supuesto a la educación superior. Su fuerza y magia pueden atrapar el interés, la razón o la pasión de directivos, estudiantes y profesores, aunque también pueden adormecerlos, aburrirlos o ahuyentarlos. Un libro, una idea, un discurso, un relato, pueden, en ciertos contextos y circunstancias, cambiar dramáticamente la vida de individuos y grupos, inducir un hallazgo, mirar desde una nueva perspectiva lo que se aprecia como el orden natural de las cosas.
Stefan Zweig, por ejemplo, en Confusión de sentimientos, narra la historia de un estudiante universitario cuando descubre, en medio de los placeres mundanos de la adolescencia, “el amor a la sabiduría”. Fue un descubrimiento azaroso, tras colarse subrepticiamente a un salón universitario para escuchar en la clase de un viejo profesor alemán un encendido elogio a la obra de Shakespeare. “Orgullo, arrogancia, ira, sarcasmo, mofa, toda la sal, todo el plomo, todo el oro, todos los metales del sentimiento” se agolparon en la figura del joven estudiante que recién ingresaba a la universidad. En la reconstrucción de su vida desde la condición de profesor jubilado, ese mismo individuo -el joven estudiante que ahora ya era un viejo profesor universitario- recordaba cómo la pasión intelectual, igual que otras formas de las pasiones vitales, es el combustible que puede inducir cambios profundos en la vida de las personas.
El relato muestra que la fuerza inspiradora de las palabras tiene mucho que ver con quien las pronuncia y quien las escucha. Y en la historia de la vida universitaria hay quienes las promueven como instrumentos de cambio, palabras que actúan como insignias de causas asociadas a grandes transformaciones. “Reforma” “autonomía”, “libertad de investigación”, “democracia”, “cogobierno”, forman parte de un lenguaje que acompañó en distintos momentos y con diferentes intensidades los grandes cambios universitarios en América Latina. La argumentación de las ideas y representaciones de esos cambios encendieron pasiones políticas expresadas en movilizaciones, tensiones y conflictos que propiciaron la construcción de nuevos arreglos institucionales.
Hoy soplan vientos de cambio reales e imaginarios en el mundo universitario que obedecen a un contexto dominado por la austeridad, la incertidumbre y la confusión, vientos en los que se promueve el uso de un lenguaje que sea capaz de explicar la necesidad de que las universidades formulen una nueva agenda para adaptarse a los tiempos cambiantes de la economía, la política o la cultura. Y la nueva palabra -la “palabra estrella”- en la retórica de la educación superior es “innovación”. Representa, por diversas razones, el signo de los tiempos.
Los fuegos artificiales de la innovación son el espectáculo de moda. Se ha convertido en una palabra que se aplica a una gran variedad de procesos: “innovación tecnológica”, “innovación social”, “innovación política”, “innovación gubernamental”, “innovación universitaria”. Sin embargo, el significado mismo del término es ambiguo. Según los populares diccionarios virtuales, innovar significa “mejorar lo existente”, “renovar”, “hacer más eficiente”. En términos más rigurosos, la CEPAL la define como un “proceso de interacción entre diversos agentes” para formular “estrategias cooperativas basadas en esquemas de incentivos y recompensas”. O sea, un típico comportamiento de mercado.
No sólo es un asunto semántico. La magia de las palabras (su música, su fuerza) es que potencialmente pueden articular lenguajes para expresar razones, causas, proyectos de transformación vinculados a ideas e intereses capaces de cambiar inercias conservadoras o remover fuerzas muertas. Pero las palabras también tienen que ver con las pasiones, con el descubrimiento de fuerzas vivas que animan la construcción de nuevas explicaciones y proyectos, mejoras potencialmente significativas de procesos, estructuras o relaciones. Por ello, innovación aparece como la palabra toda-ocasión de cierta épica millenial promovida de manera entusiasta por directivos, empresas y consultores dedicados a hacer de la idea del cambio una moneda económica o políticamente rentable.
Pero la experiencia muestra que innovar es una palabra sin lenguaje, un concepto vacío en busca de significado que aspira convertirse en la carta principal o el comodín de una nueva narrativa del cambio en la educación superior. Al igual que sucedió con el concepto de calidad, que se convirtió en el mascarón de proa de un largo ciclo de políticas, y al cual nunca se encontró una definición consistente y clara (la más conocida: “concepto relativo, multifactorial y multidimensional”, lo que nos dejaba en las mismas), “innovar” se ha colocado en el centro de un nuevo ciclo de estímulos al cambio: las políticas de innovación.
Hay antecedentes de la palabra: reingeniería, reforma, modernización. Fueron esfuerzos verbales por capturar el espíritu de sus respectivas épocas. Como aquellas palabras, “innovar” está asociado a la mitología del progreso, a la noción de que las instituciones, cuando innovan, avanzan hacia algún lugar, hacia una imaginaria etapa en la cual mejorarán con el tiempo sus estructuras y procesos. Innovación se asocia a digitalización e inteligencia artificial, al uso de plataformas, apps y algortimos, a la calidad, a la internacionalización, a los modelos de triple, cuádruple o quintúple hélice, esas metáforas simplonas sobre los motores y máquinas que se supone impulsan las relaciones entre ciencia, tecnología e innovación.
Pero lo más interesante de las implicaciones de la nueva palabra de la república universitaria es que, como ocurrió con las diversas modernizaciones del pasado reciente, expresa una crítica a lo tradicional, que se asume como el problema central al que hay que buscar soluciones. Tradicional es sinónimo de conservador, de algo que es resistente o impermeable a los cambios, que esconde un orden institucional costoso, improductivo, poco competitivo, inadecuado para contextos que exigen adaptaciones pragmáticas, transformaciones urgentes o adecuaciones planificadas. Sin embargo, y paradójicamente, lo que ha permitido la supervivencia de las universidades como instituciones son justamente las prácticas tradicionales en el ámbito académico, aquellas que explican los complejos procesos de formación, investigación y producción del conocimiento científico o humanístico. La permanencia de esas tradiciones a lo largo del tiempo –“el amor a la sabiduría”- constituye la principal fuente de legitimidad intelectual, cultural y política de las universidades.
Justo por ello, por la temporalidad y complejidad de los procesos académicos -sus tradiciones, usos y costumbres-, es posible advertir en las pretensiones de las políticas de innovación más intereses que pasiones y razones. O más específicamente: son intereses sin pasiones, desprendimientos retóricos de un tiempo gobernado por la ansiedad del cambio, los imaginarios del cálculo racional, y las fuerzas del emprendurismo, el pragmatismo político y el neoutilitarismo que marcan el espíritu de nuestra época. Las políticas de modernización de la educación superior basadas en la evaluación de los años noventa, a la que siguieron las políticas de aseguramiento de la calidad de los tres primeros lustros del siglo XXI, serán probalemente sustituidas por las políticas de innovación que hemos visto desplegarse en la retórica de los cambios durante los años recientes.
Los fantasmas de este nuevo ciclo de políticas recorren los campus universitarios en entornos de confusión e incertidumbre sobre el futuro. Quizá esos entornos son lo que explican su expansión sin pasiones. Pero sabemos que en la historia de las políticas, las pasiones son siervas de los intereses. Y los intereses, como escribió el duque de Rohan en el siglo XVII, nunca mienten.
Saturday, October 03, 2020
Hojas de otoño
Estación de paso
Hojas de otoño: leyes, decretos y universidades
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 01/10/2020)
En el paisaje otoñal que caracteriza la coyuntura de la crisis pandémica, se perfila un fin de año complicado para la educación superior mexicana. Tres iniciativas federales destacan en el horizonte: la reforma al reglamento del Sistema Nacional de Investigadores, la aprobación de la Ley de Ciencia, Tecnología e Innovación, y la Ley General para la Educación Superior. La primera ya fue decretada y publicada por el poder ejecutivo federal la semana pasada, mientras que las dos iniciativas de Ley, al parecer, serán discutidas y, en su caso, aprobadas por el legislativo en el actual período de sesiones. En su conjunto, estas reformas al marco normativo y operativo de la educación terciaria, la ciencia y la tecnología, tendrán impactos significativos en las universidades públicas del país.
Aunque aún es dífícil apreciar con claridad la magnitud de las implicaciones de esas iniciativas, se puede afirmar que tendrán efectos importantes en las relaciones entre los procesos de formación, investigación y producción de conocimento en las instituciones de educación superior. Las reformas configuran nuevos entornos de políticas especialmente para el nivel del posgrado que ofrecen las universidades públicas y los centros especializados de investigación. Por ello, quizá sea pertinente reflexionar sobre la complejidad de las relaciones que articulan los delicados vínculos entre los procesos mencionados.
En primer lugar, habría que reconocer que, como todas las formas de la acción social, los procesos de formación, investigación y producción de conocimiento son resultado de relaciones sociales entre individuos, grupos e instituciones. Es decir, no son relaciones naturales, obvias, mecánicas, sino construcciones sociales basadas en la tensión, la coordinación y la cooperación. La lógica de dichas relaciones surge de largos procesos de diferenciación e integración de las actividades docentes y de investigación en todas las áreas científicas y humanisticas. Las figuras de los estudiantes de posgrado (maestrantes, doctorantes) y de los profesionales de la investigación (los científicos e investigadores), que interactúan en espacios especializados para el desarrollo de sus actividades (programas, institutos, centros universitarios), son la expresión simplificada de la complejidad de las relaciones sociales que sostienen y estimulan la diversificación, diferenciación e integración de las disciplinas y subdisciplinas en todos los campos de la investigación.
En segundo lugar podría preguntarse: ¿cómo se construye el conocimiento en la universidad? Mediante la vinculación entre aprendizaje e investigación, como lo sabemos desde la aguda observación que el profesor Wilhelm von Humboldt hizo desde su cubículo de la Universidad de Berlín a principios del siglo XIX, y que sentó la bases de uno de los principios fundacionales de las universidades modernas: las libertades de enseñanza e investigación. Pero esa relación supone prácticas básicas, socialmente compartidas en el ámbito de la universidad: la reflexión solitaria, la discusión colectiva, la observación y la lectura, la experimentación constante, el uso de nuevas metodologías y tecnologías. Esas prácticas son a la vez herramientas básicas del oficio y de la profesión científica y académica, que se aprenden y transmiten de generación en generación, en contextos institucionales específicos, con recursos elementales: aulas, laboratorios, bibliotecas, profesores, condiscípulos, jardines, cafeterías. Esos recursos son esencialmente recursos públicos que las universidades organizan institucionalmente para favorecer el desarrollo de la docencia, la investigación, la difusión de las ciencias, la cultura o las artes.
Hay sin duda un fuerte componente individual en la formación y fortalecimiento de grupos y redes de investigación y de conocimiento. Todos los científicos, investigadores, estudiantes de posgrado “caminan a hombros de gigantes” por utilizar la conocida metáfora de Newton. Pero en las universidades contemporáneas esos esfuerzos individuales no bastan. Es necesaria la instrumentación de políticas que favorecan la formación de climas institucionales, culturales e intelectuales apropiados para reconocer el talento, impulsar la curiosidad, organizar procesos formativos estables, coherentes y sustentables. Desafortunadamente, esas políticas han sido erráticas, contradictorias e insuficientes a lo largo de los últimos años.
En tercer lugar, está el tema de los desafíos. La multiplicación de centros, institutos, programas, dedicados a la investigación y al posgrado en prácticamente todas las áreas del conocimiento, es producto de la persistencia, la paciencia y el esfuerzo de diversas comunidades para la institucionalización de prácticas académicas apropiadas para legitimar los espacios de formación, investigación y producción del conocimiento. Fortalecer esos espacios es el desafío rutinario del presente y el futuro de los distintos campos disciplinarios. Y en México, como en prácticamente todos los países, esas prácticas son del interés público, alentadas, apoyadas o inducidas por los gobiernos nacionales a través de distintos instrumentos financieros, organizativos o normativos. La experiencia mexicana muestra que el CONACYT, el SNI, y el financiamiento público a las universidades autónomas federales y estatales, son las herramientas que han permitido desarrollar un subsistema nacional de formación, investigación y conocimiento.
No es claro que las nuevas reformas puedan apoyar el fortalecimiento de ese subsistema. Hay señales cruzadas provenientes de algunos de los contenidos del nuevo instrumental federal. La práctica eliminación de la biotecnología como parte de las prioridades gubernamentales, la eliminación de los fideicomisos, la centralización burocrática de las decisiones, los recortes presupuestales a la educación superior, forman parte de un ciclo que se antoja complicado para las universidades públicas. Será un otoño difícil.
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