Thursday, February 17, 2022
El futuro como problema
Estación de paso
El futuro como problema
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 17/02/2022)
En tiempos de crisis, la ansiedad por el futuro se incrementa. Frente a la política de las adversidades del presente y el pasado reciente, la carga de la incertidumbre pesa más sobre los hombros de individuos, gobiernos y sociedades. La conflictividad, las tensiones y contradicciones de la vida en común oscurecen los escenarios del futuro, y las visiones distópicas coexisten con las ilusiones de futuros utópicos. Algunos hablan del futuro como fantasía organizada; otros, como la acumulación de las ruinas del presente. Esas visiones contrastantes suscitan preocupaciones, encienden pasiones, enfrentan fuerzas, despiertan la imaginación y movilizan recursos.
Por ello, la construcción del futuro es siempre un territorio político y de políticas, donde diversos actores intervienen de manera esporádica o sistemática para tratar de delinear propuestas, proyectos o ideas que influyan en la disminución de los riesgos del futuro, o en la determinación de los factores que pueden potenciar la construcción de escenarios favorables o deseables para sociedades y gobiernos. La premisa básica de todo ejercicio prospectivo es la incertidumbre, lo que significa que cualquier cálculo o ejercicio reflexivo de lo que puede ocurrir en los próximos años se verá alterado por combinaciones de acontecimientos difíciles de anticipar. Esa es la principal limitante de todos los ejercicios de prospección socioeconómica o política.
Los antiguos consultaban oráculos, miraban las estrellas, concentraban la atención en bolas de cristal, descifraban códigos ocultos en la tierra o en el agua. De ahí surgieron curanderos, clarividentes, magos, adivinos, sacerdotes, pitonisas, chamanes y brujos, que frecuentemente eran consultados por individuos y gobernantes para tomar decisiones sobre el futuro. Ceremonias y rituales de muy diverso tipo organizaron las creencias sobre el futuro, que incluían prácticas de sacrificios de animales y humanos para aplacar la ira de los dioses o para asegurar el bienestar de las comunidades. Esas es, digamos, la prehistoria de las métodos prospectivos modernos.
La ruptura con las visiones metafísicas sobre el futuro fue producto de la irrupción de la racionalidad científica que surgió con el siglo de las luces. El espíritu de la ilustración, la ampliación de las fronteras de la ciencia sobre los dominios de la fe, el reconocimiento de que la acción en el presente puede modelar el futuro humano, se constituyeron en el corazón de las teorías del desarrollo que dominaron el siglo XX. La propia idea del futuro como una construcción social y política, y no como producto de influencia de los astros, de los humores de voluntades divinas, o de la influencia de los “espíritus animales” a los que solía referirse Keynes, se constituyeron en las señas de identidad de los ejercicios prospectivos contemporáneos.
Las visiones dominantes son hoy distintas versiones de una suerte de ingeniería social. La experiencia acumulada, los saberes construidos, los intentos exitosos o fallidos de construcción del futuro, los estudios comparados, forman la base dura de los métodos prospectivos modernos. De ahí se derivan los ejercicios clásicos de planeación del desarrollo, el interés por dotar de sentido racional -es decir, con efectos futuros deliberados y controlables- a la acción de individuos, gobiernos, instituciones, grupos sociales o empresas. Hoy, la ciencia de datos y la inteligencia artificial se suman a los recursos que los prospectólogos utilizan para identificar tendencias, proyectar escenarios o tomar decisiones en el presente que pueden ayudar a la construcción de escenarios posibles o deseables del porvenir. En algunas de las versiones de moda que se promocionan como vanguardistas, el futuro incluso suele ser visto como el resultado de un algoritmo: el futuro algorítmico. Y eso vende mucho hoy día.
La pandemia y el estancamiento económico, la crisis de las democracias viejas y emergentes, la multiplicación de la incertidumbres, la decepción política acumulada en diversos sectores, son algunos de los factores han impulsado el interés por el futuro como una ruta de escape a los complejos problemas del presente. Pero la construcción del futuro no es sólo un asunto de datos e información, de proyección de tendencias, de consulta a expertos y científicos, de métodos de prospectiva estratégica, o de herramientas de “planeación integral” del desarrollo. No es sólo cuestión de oponer al pesimismo de la realidad el optimismo de la voluntad, como escribió desde una ruinosa cárcel italiana el viejo Gramsci ante el imparable crecimiento del fascismo encabezado por Mussolini en los años treinta de la Europa de la segunda gran guerra.
La construcción del futuro es siempre una hipótesis política, que puede ser alimentada tanto por el escepticismo de la realidad como por el optimismo de la inteligencia. Es una hipótesis que se puede ayudar de datos e información, pero que es gobernada por el poder de las ideas. Cualquier hipótesis de futuros probables, deseables o indeseables, descansa sobre el piso duro de las ideas, el debate público y la organización política de una sociedad democrática. Y aquí las universidades juegan un papel crucial no sólo como instituciones formadoras de profesionales y ciudadanos, sino también como parte de las organizaciones que se dedican a cultivar el conocimiento y la producción de ideas en las diversas áreas y disciplinas científicas y humanísticas.
En circunstancias donde la deliberación política se ha vuelto un lodazal de insultos y descalificaciones, las preocupaciones e incertidumbres sobre el futuro se multiplican. Distinguir y diferenciar el poder de la las ideas es una tarea invaluable de las universidades, algo que sólo puede encontrarse en ambientes donde la autonomía política e intelectual está enraizada en las libertades de enseñanza y de investigación que distinguen a los políticos de los científicos. Justo por ello, Max Weber afirmaba hace un siglo que “la cátedra no pertenece a los profetas ni a los demagogos”, en clara referencia a los límites que dividen a la política de la ciencia. Ese es un reconocimiento del papel de la academia en la problematización del futuro. Frente a las charlatanerías de temporada, explorar futuros desde las universidades puede ser una contribución significativa a la vida política y cultural de sociedades fatigadas en estos tiempos oscuros.
Monday, February 14, 2022
La construcción política de la realidad
La construcción política de la realidad
Adrián Acosta Silva
(Nexos, Blog de la redacción, 11/02/2022)
https://redaccion.nexos.com.mx/la-construccion-politica-de-la-realidad/
“A los otros médicos se les mueren tantos enfermos como a mí”,
decía. “Pero conmigo se mueren más contentos”.
Gabriel García Márquez, El general en su laberinto
Los liderazgos políticos de una sociedad son una fuente constante de invención de realidades muy diversas en la esfera pública. Cuando esos liderazgos alcanzan posiciones de poder y se vuelven gobierno, las invenciones se multiplican. La búsqueda de la legitimidad es la droga que consume todos los días la clase política profesional, y la retórica del poder fabrica realidades a modo de las ansiedades, intereses y cálculos de la élite gobernante. Asimismo, las oposiciones políticas al oficialismo construyen realidades alternas con el ánimo de crecer en su propia legitimidad y reconocimiento entre los ciudadanos de sus críticas, posiciones y propuestas. Esas expresiones forman parte del viejo juego de los equilibrios, contrastes y deliberaciones propias del orden político de las cosas en una democracia republicana más o menos estable.
En esos contextos, oficialismos y oposicionismos tienen como horizonte común, como principio y fin, la búsqueda de votos y puestos surgidos de procesos electorales. Esos son los fines a veces inconfesables o explícitos de la política, pero que se revisten o se disfrazan de grandes proyectos, buenos propósitos y nobles intenciones. Pero la democracia nunca es una cuestión binaria: conmigo o contra mí, A o B. Las elecciones son procesos masivos de selección de liderazgos políticos entre dos o más alternativas donde unos ganan y otros pierden. Pero para múltiples asuntos de la vida pública cotidiana, las decisiones políticas son resultado de negociaciones de intereses y posiciones, de matices y acentos. La democracia es siempre una fórmula institucionalizada de negociaciones, donde se atemperan posturas y se intentan formular consensos, no unanimidades, sobre asuntos que a veces se conocen poco y mal. Ese es el sentido político de las acciones e intereses de la política democrática, pluralista, siempre conflictiva, a veces productiva. Bajo esas reglas coexisten políticos profesionales y amateurs, demócratas convencidos y líderes mafiosos, pero también un ejército de ilusionistas, funambulistas y tramoyistas de muy diferente naturaleza, alcances y capacidades.
La construcción política de la realidad (parafraseando al texto clásico de Berger y Luckmann), es una práctica arraigada y extendida en regímenes democráticos y no democráticos, pero se vuelve más notoria cuando la disputa por el poder enfrenta a sus actores protagónicos en campos polarizados. La acción y el mando, para utilizar las palabras del joven Hobbes, son atributos que distinguen a políticos y autoridades, atributos que forman el piso duro de la política y el poder en contextos republicanos. En el corazón de esas relaciones habita la hechura de las negociaciones que fortalecen o debilitan las estructuras democráticas, una hechura donde activistas y funcionarios, ciudadanos y políticos, establecen las reglas del juego, sus interacciones, límites, resultados e imposibilidades.
La política mexicana contemporánea representa con nitidez la profundidad y alcance de esas relaciones. Algunas de los más recientes discursos presidenciales confirman el vigor de esas viejas prácticas políticas. “Mis opositores no entienden la nueva realidad”, declaró el pasado 8 de diciembre desde una base militar de Nayarit (https://www.eluniversal.com.mx/nacion/amlo-acusa-que-sus-opositores-no-quieren-ver-la-nueva-realidad). Importa el lugar del pronunciamiento, el contexto y el tono de las palabras, pero lo que destaca de la nota es que la “nueva realidad” es, por supuesto, la realidad presidencial, hecha a base de datos sueltos, fantasías, creencias e impresiones, y anclada firmemente en la ilusión de la cuarta transformación nacional. “No hay vueltas atrás”, “no es la misma gata revolcada”, “se acabaron los privilegios y la corrupción”: frases que apuntalan los sentimientos y las convicciones que todos los días se distribuyen constante y atropelladamente desde Palacio Nacional, pero cuyas ondas expansivas se extienden hacia otros puntos del mapa de la hegemonía obradoriana donde se encuentran ecos de las voces que siguen fielmente las palabras e instrucciones presidenciales. El conflicto del CIDE, por ejemplo, donde una decisión legal (“legaloide” se diría en el lenguaje del obradorismo en los tiempos de su oposición al “régimen neoliberal”), pero de dudosa legitimidad, detona una rebelión estudiantil y de académicos contra la dirección del CONACYT.
La nueva realidad del oficialismo consiste en afirmaciones constantes sobre la mejora de índices de popularidad, indicadores económicos, de gobernabilidad, seguridad, salud pública, bienestar social o educación. Se acompaña de una abrumadora presencia cotidiana del presidente en medios, en giras de trabajo y en informes multitudinarios, y se refuerza todos los días por militantes, activistas y funcionarios del morenismo. Ahí donde el crimen organizado y no organizado domina regiones y territorios enteros de Michoacán, Zacatecas o Tamaulipas, o en zonas turísticas de Cancún, en Acapulco o en Puerto Vallarta, el gobierno federal observa un avance en el control de la violencia y la recuperación de la paz. Ahí donde la dramática migración centroamericana ha colapsado las capacidades de regulación del gobierno, el presidente patea el balón hacia las “causas” de la migración y propone sembrar árboles y distribuir becas en Guatemala, El Salvador y Honduras. Acá donde la combinación de pandemia, desigualdad social y crisis económica ha causado el abandono escolar de miles de niños y jóvenes de escuelas y universidades, el gobierno celebra con euforia el éxito de sus programas de becas escolares, aunque no se ofrezcan explicaciones de cuántos de esos becarios abandonan las escuelas, o que tipo de aprendizajes y logros escolares obtienen con los subsidios monetarios directos y “sin internmediarios” que reciben del gobierno federal, como presume todo el tiempo el presidente.
En contraste, la realidad de las oposiciones está hecha de denuncias de corrupción, impericia, desplifarro e ineficacia gubernamental. Frente a la imagen de la democracia populista del oficialismo, críticos y opositores miran un incremento de la militarización, recrudecimiento de la crisis económica y de la pobreza y desigualdad social, el fracaso de las políticas de salud contra la pandemia, el aislamiento de México en el exterior, el regreso del hiperpresidencialismo y una suerte de rolling-back hacia los años dorados del autoritarismo político. Los opositores más radicales, situados usualmente a la derecha del mapa político y cívico, hablan desde hace tiempo de la “venezolización” de la política mexicana, la amenazas contra la propiedad privada, o el regreso del comunismo bajo la batuta del profeta tabasqueño. Son otras construcciones político-ideológicas colocadas en la gran mesa de las interpretaciones de la realidad mexicana en la era del obradorismo.
Quizá lo más interesante de estas construcciones políticas sea la caracterización del liderazgo obradorista como una máquina de producción masiva de ilusiones y promesas. Es una maquinaria bien aceitada, un dispositivo central de la construcción política de las nuevas realidades gubernamentales. La soledad del poder presidencial se sustituye con palabras, símbolos e imaginación. Las evidencias en contra, las críticas a su gestión, el escepticismo, son tomadas como la confirmación de que las cosas van por buen camino. Los perros ladran… y esas cosas. Desde los relatos del poder, quienes se oponen a reconocer ese camino son los corruptos, conservadores, intelectuales que perdieron influencia, las élites que han perdido dinero y posiciones gracias a la acción del gobierno en favor del pueblo. Nada cambia la música monofónica que acompaña desde hace tres años las fanfarrias épicas de la cuarta transformación nacional, un estridentismo tendencialmente antidemocrático y claramente antipluralista que aspira a convertirse en el único sonido de la tribu.
La visión imperante del transformacionismo político dominante es que negociar es traicionar. El hiperpresidencialismo obradorista concentra votos y vetos, y desde esa posición la negociación es vista como un sintoma de debilidad, de falta de carácter y temple político. Se puede negociar siempre y cuando se asuman los términos del contrato presidencial, impuesto desde Palacio Nacional a golpe de decretos y leyes aprobadas al vapor por la tiranía de la mayoría congresista. Justo por eso, la autonomía de instituciones, grupos e individuos es incómoda para la visión presidencial, donde la lealtad y la disciplina son las monedas de cambio de los arreglos contractuales de la “nueva realidad” construida por el obradorismo. Desde esta posición se construye un relato político sobre la realidad que se simplifica en código binario. La idea misma de la pluralidad y el reconocimiento de otras visiones/interpretaciones sobre los asuntos públicos es tóxica para los ejercicios crecientemente autocráticos del poder político.
La construcción política de la realidad no significa la existencia de realidades subjetivas o intersubjetivas basadas en las mentalidades, las creencias, el discurso o las decisiones del poder, tanto del oficialismo como de sus oposiciones. Se trata de la configuración de interpretaciones políticas gobernadas por las fobias, el cálculo y el interés del prínicipe en turno y sus consejeros de ocasión. La realidad es objetiva, independiente de sus intérpretes, pero requiere de los lentes y anteojos adecuados para describirla antes que interpretarla o transformarla. Para ello hay datos, investigaciones, observaciones empíricas constantes y comparables a lo largo del tiempo, comportamientos sociales, contradicciones claras, ambiguedades extendidas y prácticas difusas, instituciones autónomas que producen información y conocimientos para gestionar recursos y tomar decisiones. Pero también la ignorancia forma parte de la propia realidad, una ignorancia que se sustituye por la fe ciega en las propias acciones como productoras de realidades mensurables, objetivas. Por ello, la construcción política de la realidad es casi siempre el producto de un extraño brebaje de creencias, voluntarismo y ejercicio del poder de los gobernantes y de sus críticos y opositores. El presidente, sus admiradores, aliados y súbditos, sus opositores, beben generosamente de ese brebaje todos los días, a todas horas. Es un elíxir que produce imágenes donde las emociones pueden reemplazar las tragedias, justo como el doctor Hércules Gastelbondo aconsejaba al protagonista de El general en su laberinto.
Es el espectáculo del poder. Una fiesta agridulce, observada desde lejos por millones de ciudadanos ocupados en otras cosas, lejos de los humores y afanes de las elites políticas embriagadas en las disputas políticas cotidianas. Como fiesta o como funeral, el espectáculo se ofrece sin pausas pero sin prisas en un territorio sembrado de conflictos y bombas de relojería, poblado por junglas, callejones sin salida, espacios sombríos habitados por extraños personajes y personajillos, y algunas luces que señalan caminos y encrucijadas, abismos, bosques y páramos, ríos de aguas lodosas y un puñado de puentes sobre aguas mansas. Es la realidad política en tiempos difíciles. Y es lo que hay.
Thursday, February 03, 2022
La épica de la innovación universitaria
Estación de paso
La épica de la innovación: el fantasma y sus apariciones
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 03/02/2022)
A lo largo del siglo XXI un fantasma recorre los campus universitarios: el fantasma de la innovación. Como todos los fantasmas que se respeten, la innovación contiene sus propias leyendas, sus apariciones esporádicas o frecuentes. Desde hace varios años, ha crecido el relato de que la transformación de las universidades (una idea difusa) requiere del desarrollo de una nueva misión institucional: la innovación y transferencia del conocimiento (otra idea ambigua). Asociada a estas ambiguedades, aparecen imágenes contrastantes, que van desde la promoción de “modelos” institucionales (“universidad emprendedora”, “universidad 4.0”), hasta recomendaciones y acciones de políticas (invenciones, patentes, impulso a start-ups, laboratorios de innovación comercial, industrial o social). Bajo la espumosa retórica de la innovación, se oscurecen viejos enunciados universitarios: reforma, compromiso social, extensión y difusión cultural, responsabilidad pública.
Lo curioso es cómo ésta retórica se ha adueñado del discurso de políticos, funcionarios y no pocos académicos. Algunos se refieren la innovación como un desafío transversal: innovar la docencia, el curriculum de los programas de estudio, la enseñanza, la investigación, la vinculación, y eso se asocia a los llamados para desarrollar nuevas actitudes y prácticas de estudiantes, profesores y directivos universitarios. Eso explica que innovación se haya vuelto una palabra toda-ocasión, atrapa-todo, que lo mismo sirve para justiticar o impulsar cambios que para legitimar creencias, necesidades y proyectos. Si al final del siglo pasado la calidad, la evaluación y la excelencia configuraron el núcleo del lenguaje dominante de las políticas universitarias y sus imaginarios correspondientes, la innovación es hoy el mascarón de proa de una nueva fiebre, obsesión o ilusión por imprimir algún sentido a la “universidad del siglo XXI” (otro enunciado que vende bien pues significa todo lo que uno se pueda imaginar).
Algunas voces, minoritarias pero prudentes, han afirmado con cautela que la innovación es una hipótesis, no un hecho ni una profecía. Desde las ciencias sociales, se han organizado incluso estudios sobre la innovación para identificar hasta dónde es un cambio o solamente es un ajuste o adaptación más o menos rutinaria de las universidades a un entorno alterado dramáticamente por la “revolución 4.0”, la economía basada en el conocimiento, la digitalización de las comunicaciones, o los efectos de la inteligencia artificial. La sociología de la innovación, en específico, se ha convertido en un campo de exploración sobre los mitos, realidades e incertidumbres de la innovación en sociedades complejas, es decir, conflictivas, desiguales y heterógeneas, donde el papel de la educación superior juega un papel importante como ascensor social, como formación de capital humano, o como mecanismo de crecimiento económico, democratización política y cohesión social.
¿Qué significa entonces la innovación universitaria? ¿Es una nueva reforma institucional? ¿Es un proceso de “mejora continua” de sus funciones? ¿Es la digitalización/virtualización de sus procesos académicos y administrativos? No hay respuestas claras ni unánimes frente a éstas y otras cuestiones. Y sin embargo, el lenguaje de la innovación ha penetrado en los campus y sus alrededores desde hace tiempo. Baste mirar los planes de desarrollo de las universidades, o escuchar algún informe de sus rectores y directivos, para confirmar la centralidad de la innovación como parte del lenguaje del cambio y la transformación imaginada o deseada por las autoridades de esas instituciones. Ese lenguaje alimenta las imágenes de las épicas de la innovación.
En contraste, una ilusión alterna recorre el imaginario del oficialismo político: el compromiso de las universidades con el pueblo. Esa idea parte de que las universidades públicas no están vinculadas con las clases populares, que son instituciones elitistas, dominadas por el veneno del neoliberalismo y el intelectualismo. Esa idea es el pálido reflejo de una ilusión vieja, atesorada por parte de las izquierdas universitarias de los años setenta en Sinaloa, Guerrero o Puebla. Áquella era una ilusión poderosa: universidades comprometidas con el pueblo, y en su versiones más radicales (que las había), comprometidas con la revolución. Hoy, en plena era dominada por el lenguaje de la innovación, la idea del compromiso popular de las universidades reaparece junto con retazos conceptuales de las políticas de la “excelencia”, como se puede leer en los documentos relacionados con el proyecto de las Universidades para el Bienestar Benito Juárez García. Una revisión a las reformas al tercero constitucional del 2019, o al programa sectorial de educación 2020-2024, o a la Ley general de educación superior aprobada por unanimidad y con entusiasmo por los congresistas federales el año pasado, muestra la extraña convivencia entre ideas claramente contradictorias.
La coexistencia de la épica de la innovación con la épica del compromiso popular de las universidades forma parte del paisaje discursivo contemporáneo. No hay debate público, sino un torneo de creencias y actos de fe entre los promotores de la innovación y los activistas del oficialismo populista. En un entorno dominado por plataformas, aplicaciones y algoritmos, la innovación es la bandera de la temporada. Y, paradójicamente, en ese mismo entorno se emiten señales de vincular el cambio universitario a las necesidades de un proyecto ideológico como es el de la cuarta transformación nacional promovido por el oficialismo político. Entre la niebla y la polvareda conceptual, sin embargo, es posible advertir acciones (financiamiento, decisiones políticas, prácticas académicas y administrativas) que configuran las aguas revueltas del presente, cuyos efectos y consecuencias se acumulan conflictivamente en el horizonte político y de políticas. Esas son las apariciones de los fantasmas de la innovación y del populismo en las universidades públicas.
Saturday, January 29, 2022
Pérdidas y soledades
Graneros, balcones y nostalgias
Adrián Acosta Silva
(Laberinto-Milenio, 29/01/2022)
https://www.milenio.com/cultura/laberinto/graneros-balcones-y-nostalgias
En El futuro de la nostalgia (2015), la pensadora de origen ruso Svetlana Boym explora cuidadosamente el origen, historia, funciones y contextos de la nostalgia en las sociedades antiguas, modernas y contemporáneas. La “añoranza del hogar” es el significado etimológico de la palabra, pero con el tiempo la experiencia nostálgica ha sido considerada como una enfermedad, un estado de ánimo, una ilusión. La inmigración masiva, las revoluciones sociales, las catástrofes o las guerras, señala la autora, suelen producir “pandemias de nostalgia”, y este sentimiento puede no sólo estar referido al pasado remoto o reciente, sino también puede relacionarse, paradójicamente, con el futuro.
Ese es quizá el enfoque que puede ayudar a comprender cómo la añoranza de tiempos mejores y la esperanza de nuevas normalidades futuras alimentan los espíritus nostálgicos de nuestro tiempo. A dos años de encierros, vacunas y aislamiento social como medidas obligadas para enfrentar la pandemia del COVID- 19 en todas su variantes, la sensación de ansiedad, hastío emocional y fatiga social y política, son los fantasmas que recorren con distintas intensidades poblaciones y territorios del mundo contemporáneo. Causas, consecuencias y confusión forman una madeja tejida atropelladamente en los últimos años, una red de tensiones que configura la base subjetiva y sociocultural de la nueva pandemia de nostalgia que se esparce sin pausas pero sin prisas por todos lados.
Uno de los efectos visibles de esta prolongada combinación de crisis sanitaria y económica ha sido el incremento exponencial de nuestras incertidumbres y la multiplicación de las pérdidas individuales y sociales. La gestión sanitaria ha significado también la gestión de la muerte: más de 300 millones de contagios, 5 millones de muertos, enfermos con secuelas graves o de lenta recuperación, desempleo masivo, abandonos escolares en todos los niveles de los sistemas educativos, niños huérfanos, ancianos abandonados, forman parte de los recuentos básicos de estos tiempos malditos. En esta prolongada trayectoria de pérdidas, la depresión, la melancolía y la nostalgia son emociones que gobiernan el ánimo cotidiano de no pocos estratos y grupos sociales.
A lo largo y ancho de este ciclo de pérdidas constantes e incertidumbres acumuladas, las voces de la ciencia, la literatura y las artes expresan de modos distintos esperanzas y nostalgias edificadas sobre las arenas movedizas del presente. Son voces diversas, concentradas en distintas percepciones y con diferentes propósitos. Desde la esquina del piso duro del rock clásico, por ejemplo, Neil Young y Eric Clapton registran, a sus 76 años, desde el encierro obligatorio, sus impresiones de época con dos discos recientes: Barn (Reprise, 2021) y The Lady in the Balcony. Lockdown Sessions (Mercury/Universal, 2021), respectivamente. Ambas obras son un par de piezas sueltas del espejo fragmentado de la crisis. Una refleja el peso de la soledad; la otra, el de las pérdidas. Una se refugia en las sombras del pasado remoto y reciente; la otra, en la imaginaria reinvención de tiempos mejores. Ambas se alimentan de la “ética de la nostalgia” de la que habla Boym, esa “nostalgia reflexiva” que permite imaginar, legítimamente, pasados y futuros como re-hechuras de algunas certezas básicas.
Young volvió a reunir a parte de su banda original (Crazy Horse) para grabar un puñado de canciones elaboradas a lo largo del 2020 y comienzos del 2021. Recorre sus temas habituales sobre el amor (Don´t Forget Love, Shape of You), la identidad (Canamerican), los hallazgos y las pérdidas (They Might be Lost). Pero también recupera los territorios cruzados de la nostalgia y la esperanza (Welcome Back), los elogios a la vejez y a la resistencia (Tumblin´ Thru The Years), la reiteración de los ciclos vitales, los motivos y las razones de la existencia (Song of the Seasons). Fiel a su estilo minimalista y austero, Young y sus tres acompañantes (Ralph Molina, Nils Lofgren y Billy Talbot) ejecutan con la simpleza de largos requintos melancólicos, una bateria discreta y un bajo casi imperceptible, cantos hechos desde la soledad de un viejo granero campesino, lejos de la ciudad, perdido en el horizonte de algún paisaje bucólico californiano.
Before your computer turns on you/ and walking through the garden/ you remember something you´ve been through/ and mingle with the stars in the sky
El ciclo de activismo ecologista feroz y del antitrumpismo de Young entra en pausa al escuchar las 10 canciones incluídas en Barn. El oficio de un músico experimentado se filtra a través de las letras y notas que gobiernan el tono crepuscular del disco, en un esfuerzo por reinventar el pasado frente a un presente marcado por la ansiedad, la incertidumbre y el silencio. La experiencia sedentaria de la pandemia ha dejado huellas en el disco número 50 de la larga trayectoria del rockero canamerican, mezclando impresiones con ilusiones gobernadas por la voz melancólica de áquel joven veinteañero que cantaba con Buffalo Springfield el epitafio de los años sesenta: For What It´s Worth.
Clapton ofrece por su parte The Lady in the Balcony, un ejercicio terapeútico derivado de la abrupta interrupción de su gira 2020/2021 en Europa y los Estados Unidos debido a la pandemia. Al igual que Young, Clapton incluye sólo a tres músicos como acompañantes: Chris Stainton (una leyenda del rock, tecladista que ha acompañado a músicos vivos como Steve Winwood, o ya difuntos como Jim Capaldi, Joe Cocker o Leon Rusell), a Nathan East en el bajo, y a Steve Gadd en la batería. El disco incluye una versión espléndida de Black Magic Woman (hecha famosa por Santana en los años setenta), y nuevas versiones de canciones como After Midnight (de J.J. Cale), Rivers of Tears, Layla, o Kerry. Es un disco en tono acústico, grabado en la sobriedad de un estudio modesto, en la soledad del aislamiento pandémico, en West Sussex, Inglaterra. Las 17 canciones incluidas son el recuerdo de recorridos sonoros pretéritos asentados sobre los viejos rieles del largo tren claptoniano.
Los ecos lejanos de The Yardbirds, Cream o Blind Faith resuenan en los acordes de la guitarra acústica de Clapton, evocando la fuerza del blues que inspiró al guitarrista desde muy temprano. Lejos de las multitudes y del sonido espectacular de la guitarra eléctrica Stratocaster que solía llevar a sus conciertos, el joven “mano lenta” que muchos creían que era dios en los años sesenta y setenta, reaparece al inicio de la tercera década del siglo XXI conservando la habilidad de sus experimentados dedos y muñecas en Bell Bottom Blues o Man of the World. A pesar de los problemas artríticos en sus manos y de la sordera que le aqueja desde hace tiempo, Clapton el viejo aún conserva el toque mágico de una inspiración a prueba de balas.
Es posible que las ansiedades de estos tiempos sombríos se reflejen en las prácticas y los imaginarios emocionales de los rockeros clásicos que todavía componen y ejecutan canciones, “hijos de la guerra” (la segunda mundial por supuesto), personajes que han vivido tiempos peores y mejores. También es probable que los que les hemos seguido la huella a lo largo de los años veamos reflejadas nuestras propias impresiones en sus discos. Pero con la experiencia pandémica, la búsqueda urgente de soluciones se ha combinado con el pesimismo sobre el futuro en el corto y mediano plazo. El encierro obligatorio es una experiencia de secuelas y emociones que dejarán cicatrices perdurables durante un largo tiempo en los individuos y las sociedades a las que pertenecen. Si hay algo de cierto en eso, Young y Clapton se han unido a otros miembros de su generación como Van Morrison y su Latest Record Project, vol. 1 (Exile/BMG, 2021) para tratar de seguir los registros de un tiempo líquido cuyas aguas revueltas y oscuras configuran nuevamente la vieja sensación de que todo lo sólido se disuelve en el aire.
Thursday, January 20, 2022
Universidades: política y conflicto
Estación de paso
Universidades: política y conflicto
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 20/01/2022)
¿Cuál es el peso relativo de las universidades en los sistemas de educación superior contemporáneos? ¿Cómo se han transformado durante las dos primeras décadas del siglo XXI? ¿Qué factores causales influyen para esas transformaciones? ¿Cuáles son sus déficits, incertidumbres y desafíos inmediatos? Estas preguntas forman parte de un debate largo y denso sobre el papel de las universidades en las sociedades contemporáneas, pero son cuestiones que no admiten respuestas simples.
El punto de partida de este debate es identificar el peso de las universidades en el subcontinente latinoamericano. Comencemos con algunos datos generales. Hoy, 4 de cada 10 instituciones de educación superior en América Latina y el Caribe son universidades públicas o privadas. El resto (6 de cada 10) son instituciones no universitarias, es decir, escuelas tecnológicas, centros formadores de profesionales calificados y especializados, institutos de formación de profesores (normales). Pero además, dentro de estre universo institucional de casi 11 mil IES, sólo 1 de cada 10 son universidades públicas. Esto significa que la universidad es una figura que ha perdido desde hace tiempo el monopolio de la educación superior en la región.
Ello no obstante, las universidades configuran un territorio de enorme atracción social para las poblaciones latinoamericanas. Hoy, 52% de los jóvenes entre 19 y 23 años están matriculados en alguna IES. Hace 20 años (en el 2000), sólo lo estaba el 23% (https://www.iesalc.unesco.org/publicaciones-2/).En 2015 había 26. 2 millones de estudiantes de la educación terciaria en la región, que aumentaron a 28.8 millones en 2020 (http://data.uis.unesco.org/). Es dificil estimar cuántos de esos estudiantes y en que porcentajes está inscritos en las universidades públicas, pero seguramente su peso es significativo y varía fuertemente en los distintos países. México, Argentina y Uruguay, por ejemplo, concentran más estudiantes universitarios que no universitarios, a diferencia de Chile, Brasil o Colombia.
Esas estimaciones generales permiten afirmar la hipótesis planteada hace unos años por José Joaquín Brunner de que durante el proceso de masificación del acceso a la educación superior en la región, las ideas y las representaciones de la universidad cambiaron significativamente. La masificación significó la “mesocratización” de las universidades, un proceso en el cual la feminización de los accesos y el arribo de nuevos estratos y grupos sociales pertenecientes a las clases medias urbanas y rurales, propiciaron un fenómeno de “modernización espontánea” de la educación superior latinoamericana. Los ejes de este complejo proceso sociológico, económico y político significaron varias cosas al mismo tiempo, pero algunas de las dimensiones clave son las siguientes:
Dimensión política: nuevos arreglos entre Estado y universidades. Se trata de un reordenamiento del peso del Estado en el comportamiento de las universidades. La expansión y diversificación de las ofertas no universitarias fue resultado de una decisión política que alentó la apertura de nuevas opciones de educación superior, disminuyendo el peso de las universidades públicas históricas en términos de matrículas y establecimientos.
Dimensión académica: centralidad de la investigación. Las universidades centradas en la docencia impulsaron desde finales del siglo pasado una reforma centrada en el fortalecimiento de la investigación. Con ese giro, la legitimidad institucional se desplazó desde la formación profesional hacia la productividad académica. La república de los licenciados fue desplazada por la república de los doctores; el énfasis en la docencia fue desplazado por la expansión de la investigación básica y aplicada. Es discutible la magnitud y efectividad de ese cambio, pero las políticas gubernamentales y el ascenso del capitalismo académico explican el fenómeno.
Dimensión organizacional: centralidad de la gobernanza. El enfoque de la nueva gobernanza pública dominó la implementación de nuevos esquemas de gobierno universitario. Se pasó de enfocar el problema del gobierno universitario como un problema de gobernabilidad política, hacia un problema de coordinación y cooperación de acciones dirigidas a mejorar la calidad, efectividad y eficiencia del desempeño institucional de las universidades. Las políticas basadas en incentivos y las métricas basadas en indicadores fueron los ejes de esas transformaciones.
Dimensión cultural: nuevas narrativas sobre la universidad. El lenguaje construido en torno a la universidad alteró sus tonalidades, y una nueva noción de cambio se desarrolló en el centro de los relatos sobre la universidad. Las ideas de la reforma y la autonomía que dominaron las narrativas universitarias durante buena parte del siglo XX, cedieron el paso a las ideas del emprendurismo, la innovación institucional y compromiso público del siglo XXI.
Estos campos de transformaciones ocurrieron en un complicado entorno de cambios políticos y sociales que impulsaron nuevos enfoques sobre la “misión de la universidad”, justo como hace casi un siglo José Ortega y Gasset se refirió a la necesidad de repensar a la universidad en una época de cambios convulsivos. Hoy, asoman en el horizonte nuevas exigencias que implican descalificaciones y cuestionamientos gubernamentales a la autonomía y las funciones intelectuales, académicas y culturales de las universidades públicas. Frente a esos cuestionamientos, frecuentemente realizados desde el cálculo político, la ignorancia o los prejuicios de las nuevas elites de poder, las dimensiones de los cambios parecen entrar en una nueva fase, con la incertidumbre instalada fuertemente en el centro de todas ellas.
En esas circunstancias, un ciclo de conflictividad parece abrirse paso en el mapa de las relaciones políticas entre las políticas gubernamentales y las universidades públicas. El caso del CIDE es quizá el más representativo y escandaloso del nuevo ciclo. Pero las frecuentes críticas presidenciales a las universidades públicas, las hiperrestrictivas políticas de financiamiento a esas instituciones y a los centros de investigación, el impulso a nuevas reglas del juego en la educación universitaria, pavimentan rápidamente el camino hacia la confrontación entre el gobierno federal y las universidades públicas.
Thursday, January 06, 2022
¿Para qué sirve la universidad?
Estación de paso
¿Para qué sirve la universidad?
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 06/01/2022)
No es fácil identificar el significado contemporáneo de la universidad. A pesar de los casi mil años de su historia en Europa (Bolonia), y de los casi quinientos de su aparición en el primer poblado europeo de la isla La Española en el caribe americano (hoy Santo Domingo), su definición institucional es complicada. No sólo es un asunto de caracterización amplia o detallada de su misión, de enunciar los valores que representa, de clasificar las funciones que cumple o debe cumplir en las sociedades contemporáneas. Tampoco se trata de medir la calidad de sus procesos de enseñanza o de investigación, o de ubicar sus posiciones en los rankings nacionales o internacionales, algo que está de moda desde hace algún tiempo. Se trata de un asunto más complejo: definir no sólo qué es hoy la universidad, cuál es su importancia social, qué representa.
Como siempre, las instituciones son siempre, en buena medida, una hechura de sus contextos, y las universidades no escapan a esta vieja afirmación sociológica. Expresan sus tensiones, arreglos y contradicciones, reproducen de manera original, a la vez similar y contradictoria, sus conflictos, incertidumbres y ambiguedades, evolucionan, cambian o se adaptan a exigencias externas o a sucesos inesperados. Pero las univesidades también desarrollan una vida interna propia, que ayuda a traducir los contextos en intereses, creencias y representaciones en los patios interiores de los campus universitarios. En este proceso se desarrollan tensiones, se acumulan contradicciones y se producen acuerdos más o menos estables. Hay comportamientos cooperativos pero también frecuentes estampas de conflicto, largos períodos de estabilidad y turbulentos episodios de movilización, rebelión y épicas de cambio. Los universitarios configuran comunidades extrañas, paradójicas, interesantes. Forman tribus y territorios en torno a disciplinas y áreas del conocimiento, construyen un “orden de lealtades” basado en afinidades electivas, políticas y afectivas, desarrollan instintos y códigos de adaptación que se traducen en rutinas, hábitos y costumbres.
Un argumento de carácter explicativo es que el significado contemporáneo de la universidad puede construirse a partir del análisis de las diversas fuentes que alimentan su legitimidad institucional y la heterogeneidad de sus representaciones sociales dentro y fuera de los campus universitarios. Por legitimidad institucional de la universidad se puede entender, con Peter Burke, la “rutinización y trivialización” de las prácticas académicas que fortalecen la confianza en la autoridad de la universidad como institución social. Es una legitimidad que se construye entre poblaciones y territorios específicos, ahí donde el profesorado, estudiantes, egresados y directivos coexisten en campus universitarios locales, que establecen relaciones de intercambio, cooperación y conflicto con sus respectivos entornos sociales, económicos y políticos. Los códigos de la legitimidad son simbólicos (obtener un título, acreditar conocimientos, recibir recompensas monetarias, apoyos institucionales o satisfacciones intelectuales, alcanzar cierto prestigio profesional), pero también prácticos (habilidades, técnicas, instrumentos). Esa legitimidad institucional se traduce en un orden simbólico que establece reglas, rutinas y hábitos del homo academicus.
La legitimidad implica la construcción de relaciones de cooperación y confianza entre los miembros de una comunidad con sus entornos. Pero esa legitimidad se encuentra estrechamente asociada a las representaciones sociales que giran en torno a ciertas ideas sobre la propia universidad. Se trata de sistemas de creencias y valores que conforman el complejo imaginario universitario que fijan la atención en la universidad como una figura de autoridad intelectual y profesional, un mecanismo de movilidad social, una oportunidad para mejorar o mantener posiciones o estatus de los individuos en los diversos contextos sociales. El tránsito por la universidad proporciona a los individuos prestigio y reputación, la formación de deseos, expectativas e ilusiones poderosas, pero también experiencias formativas, culturales y morales que configuran las trayectorias vitales del profesionista, el científico y el ciudadano.
Si en el origen de las primeras universidades medievales las universidades funcionaban como monopolios que buscaban mantener fuera a los “francotiradores” y a los “especuladores intelectuales”(cono señalaron Norbert Elias o Vilfredo Pareto), en el siglo XXI las universidades son espacios abiertos a la inclusión de poblaciones diversas y heterógeneas. La universidad de masas es una creación del siglo XX que se ha transformado en el contexto de la estructuración de sistemas educativos diversificados, diferenciados y complejos. La universidad dejó de ser después de la segunda guerra mundial una institución monopólica de la educación superior. Hoy, es una figura institucional importante pero no monopólica.
Durante el siglo XX, el poder institucional de la universidad latinoamericana significó el desarrollo y consolidación del poder autónomo de estas organizaciones, que se basa en el ejercicio de las libertades de docencia y de investigación, la gobernanza colegiada y los distintos modos de vinculación de las funciones universitarias con los contextos locales y nacionales. Pero desde finales del siglo pasado y las primeras dos décadas del siglo XXI, fue posible advertir un cambio importante en el sentido y la fuerza del ideal autonómico universitario. Para algunos, eso significó el debilitamiento de la autonomía; para otros, la transición desde la autonomía hacia la heteronomía; para algunos más, la desaparición de la autonomía.
Hoy, el signficado de la universidad depende en cierta medida de las creencias de las élites políticas y gubernamentales al uso. Las épicas de la innovación tecnológica o la sacralización del pueblo como el principio de todas las cosas forman parte de las retóricas que intentan re-significar el sentido institucional, social o político de la universidad pública contemporánea. Son fuerzas que engrasan los engranajes de la heteronomía y erosionan el poder autónomo de la universidad. La búsqueda de una “gramática profunda” sobre la universidad es quizá el desafío intelectual y político más importante de los años por venir.
Thursday, December 09, 2021
Educar en tiempos malditos
Estación de paso
La educación en tiempos malditos
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 09/12/2021)
La educación mexicana es uno de los territorios sociales más golpeados por la crisis pandémica y económica de los dos últimos ciclos escolares (2019-2020, y 2020-2021). La suspensión de clases fue una medida de emergencia, de salud pública, que significó un escenario inédito para el sistema educativo: cierre total de escuelas, transición súbita desde las tradiciones presenciales hacia la virtualización educativa, cambios rápidos en las rutinas, hábitos y prácticas escolares. Las tradicionales brechas sociales de la desigualdad educativa se combinaron con las fracturas y brechas tecnológicas, en la que millones de estudiantes encerrados en sus casas experimentaron el impacto de la crisis con carencias pedagógicas, de conectividad y de comprensión en los procesos de enseñanza y aprendizaje.
La experiencia de la crisis obligó a autoridades y ciudadanos a adaptarse, o resignarse, a un tiempo gobernado por riesgos e incertidumbres. En esas condiciones, la educación ha enfrentado dilemas y vacíos propios de la gestión de la crisis, que se combinan con la persistencia de déficits institucionales e insuficiencias acumuladas a lo largo de los últimos años. Los actores, procesos y recursos que configuran el sistema educativo han sido marcados por las decisiones públicas tomadas en los años de la pandemia. El futuro estará marcado por las herencias del pasado reciente, que siempre es, como decía Alfonso Reyes, “el enemigo”.
Bajo estas consideraciones un grupo de investigadores en cuestiones educativas fue convocado a finales de la primavera de este año por el Centro de Estudios Estratégicos para el Desarrollo de la Universidad de Guadalajara para examinar no sólo el tamaño del impacto de la crisis sobre la educación, sino también para pensar en el futuro educativo mexicano. Fue así como Gilberto Guevara Niebla y quien estos escribe convocamos a 12 autores para explorar algunas de las dimensiones estratégicas de los impactos profundos de la gestión de la crisis en el sistema educativo, bajo la premisa de que la crisis educativa ya existía antes de la pandemia, pero que la gestión de dicha crisis le ha correspondido inevitablemente al actual gobierno federal.
Gestionar crisis nunca ha sido un asunto fácil. Se ponen en juego instrumentos políticos y de políticas públicas pero también creencias, prejuicios y cálculos de quienes toman las decisiones. Gestionar crisis significa gestionar riesgos en contextos de alta incertidumbre y múltiples limitaciones de información y conocimiento. Esta fue la segunda premisa general de la convocatoria a los autores reunidos en el libro Educación: estrategias para la recuperación (EDUG, 2021). Bajo estas premisas, los colaboradores invitados examinaron 11 temas específicos, que van desde imaginar posibles escenarios futuros de la educación (Carlos Ornelas), hasta las implicaciones de la crisis en las relaciones entre educación y trabajo (Maria de Ibarrola), o el carácter al parecer irreversible de la educación híbrida (presencial/vitual) en los procesos de enseñanza-aprendizaje (Claudio Rama).
Pero en el texto también se abordan los problemas de los distintos niveles y espacios educativos, desde la educación básica y media superior hasta la educación superior. Guevara Niebla plantea la confluencia de tres crisis en el contexto actual (la histórica, la pandémica y la del gobierno educativo), Héctor Franco examina los problemas del subsistema de formación de maestros, mientras que el exsecretario de educación estatal y profesor de banquillo Héctor Jiménez narra los problemas de liderazgo educativo en las escuelas primaria y secundarias del país. Por su parte, Juan Fidel Zorrilla examina los problemas de equidad y cobertura del nivel medio superior del sistema, y quien esto escribe explora los problemas del orden sin sistema que caracteriza a la educación superior, a pesar de los enunciados de gratuidad y obligatoriedad que dieron origen a la formulación de la Ley General de Educación Superior aprobada en mayo de este año.
En el libro también se encuentran tres capítulos clave para comprender el presente y el futuro educativo mexicano. Uno tiene que ver con las perspectivas de la evaluación educativa en el contexto del COVID-19 (Eduardo Backhoff), otro sobre la caída dramática del presupuesto educativo en el contexto de recesión económica y desconexión educativa (Marco Antonio Fernández y Laura Noemí Herrera), y un análisis sobre las relaciones entre los resultados de la investigación educativa y las decisiones de política pública en este campo (Germán Álvarez Mendiola).
Vistos en su conjunto, los trabajos reunidos en esta obra permiten obtener un buen mapa contemporáneo de los problemas, dilemas y desafíos de la educación mexicana en la era de la pandemia. Pero también permite pensar desde distintas perspectivas y profundidades los posibles futuros del sistema educativo a partir de algunas hipótesis, enunciados y propuestas de acción pública. Se trata no sólo de un libro de críticas fundadas en evidencia a la gestión gubernamental de la crisis educativa, sino de un esfuerzo por identificar y pensar de otra manera las huellas de los “tiempos malditos” en el futuro del sector, esos tiempos a los que se refería el escritor californiano Jack London cuando los hombres enfrentan circunstancias adversas.
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