Wednesday, May 26, 2010

La rebelión de las sotanas



Estación de paso
La rebelión de las sotanas
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 27 de mayo, 2010.

Examinemos los principios religiosos que, de hecho, han prevalecido en el mundo. Es difícil no convencerse de que no son otra cosa que los sueños de unos enfermos.
David Hume, Ensayos morales y políticos, 1742.
La Iglesia Católica mexicana es capaz de encontrar causas para subrayar su importancia y superioridad moral en cualquier asunto, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. Sabe que el diablo está en los detalles y en ellos se concentra de manera obsesiva para denunciar, pontificar, acusar, descalificar. La lista es larga y no tiene desperdicio: desde hace 17 años hizo del asesinato de un cardenal una cruzada para demostrar que hubo un complot de propósitos inconfesables; hace de la guerra cristera del siglo pasado una gran causa para canonizar a sus soldados, y transformarlos con la bendición papal en mártires y santos; construye iglesias y santuarios para mostrar su poder sobre almas y cuerpos; se atribuye el monopolio de la verdad para saber cuando Dios decide la vida y cuando la muerte, y confiando en esa sabiduría de origen extraterrestre se opone a cualquier intento de interrupción de embarazos, abortos protegidos, matrimonios entre homosexuales, adopciones, manifestación de preferencias éticas, políticas o sexuales. En fin. La misma y vieja iglesia de siempre, con sus súbditos laicos de siempre, la “puta de babilonia” de las páginas del Apocalipsis, como le denominaron los albigenses a la iglesia romana desde el siglo XI.
Esta es la forma de hacer política por parte de arzobispos y cardenales. Vestidos con intimidantes sotanas púrpuras, y armados con báculos e incienso, los curas y sus monaguillos clericales y laicos ejercen presión desde los medios y entre sus fieles, incluyendo a buena parte de los políticos profesionales de todos los partidos. Intentan controlar la agenda pública, propiciar decisiones políticas, intervenir en los asuntos privados y de gobierno. El último de los casos es el precipitado anuncio que hizo la Arquidiócesis de México de un boicot de la iglesia al Censo de Población y Vivienda 2010 que está por arrancar, y que como se sabe es un ejercicio de información estadística que se realiza desde el año de 1890 para conocer el estado que guarda la población mexicana en múltiples aspectos, entre ellos el de sus creencias religiosas.
Según la nota aparecida en el diario Público- Milenio el lunes pasado (24/05/2010) el argumento de la iglesia es, digamos, de carácter técnico: se trata de la manera en que está planteada la pregunta sobre la religión a la que pertenecen los miembros que viven en una casa, y que ofrece 12 posibles variaciones sobre la respuesta “católica” en caso de que la hubiera. La iglesia plantea su diatriba con una descalificación, como es costumbre de la santa casa: “Censo tramposo”, diseñado para “manipular los números con fines perversos particulares”, dice la nota.
El acusado tono de escándalo de la clerecía nacional tiene que ver con el hecho de que el estudio de las religiones ha mostrado desde hace tiempo que la religión católica se ha fracturado en un conjunto de sub-religiones, o mini-religiones, que se orientan con creencias más y más alejadas del núcleo ortodoxo de la vieja iglesia católica, apostólica y romana que todos conocemos. Más aún: el catolicismo ha perdido el monopolio de la fe, y compite con otras creencias, religiones, iglesias y sectas que se disputan ferozmente el derecho de educar las almas perdidas, de elevar oraciones y recibir las limosnas de los feligreses. El escepticismo ha ganado adeptos, y prácticas como la unión libre, el divorcio, la homosexualidad, han ganado legitimidad entre los mortales. Si a ello se agregan los escándalos generados en el seno de la propia iglesia –el padre Maciel, por ejemplo- lo que tenemos es el espectáculo de curas haciendo política en el ámbito público, tratando de mantener en el centro mediático su presencia e imágenes, luchando contra todo intento por mostrar el deterioro de la iglesia en las prácticas cotidianas de ciudadanos cuyas creencias han cambiado de manera importante e inevitable en los últimos años. A eso los científicos le llamarían evolución o modernización, pero la evolución no es un término que agrade mucho a cardenales y curas.
En fin. Tal vez hay que recordar las palabras de Albert Einstein respecto del pensamiento religioso como “un intento de encontrar una salida allí donde no hay puerta”. Y la oligarquía católica mexicana se ha convertido en una verdadera experta en el duro oficio de buscar puertas inexistentes. Temerosa de evidenciar su descenso en las preferencias religiosas de los mexicanos, ahora se ha lanzado contra un ejercicio del Estado para dar a conocer lo que muchas otras encuestas y estudios han mostrado desde hace tiempo: el declive del catolicismo.

Wednesday, May 12, 2010

La carretera



Estación de paso
La carretera
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 13 de mayo 2010.

Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida
(Cormac McCarthy, La carretera)

Hace un par de semanas se estrenó en los cines de la ciudad la película “El último camino” del director australiano John Hillcoat, protagonizada por Viggo Mortensen, Charlezie Theron, Robert Duvall y el niño Kodi Smith-McPhee. La cinta está basada en la novela La carretera, del escritor norteamericano Cormac McCarthy, publicada originalmente en inglés en el año de 2006 (hay una reciente versión en español: La carretera, Random House-Mondadori/Ediciones Debolsillo, México, 2009, 210 págs.). McCarthy, como tal vez algunos recuerden, fue también el autor del libro No Country for Old Man, que inspiró la filmación de la película “Sin lugar para los débiles”, del 2008, de un amplio reconocimiento entre la crítica y el público en general.
El argumento central de “El último camino” es el miedo. Ese es el motor que activa la búsqueda por la supervivencia de un hombre y su hijo en un mundo que, literalmente, se derrumba, explota en llamas, se hunde. Con un principio y un final inciertos, el relato que sostiene la película es simple y desgarrador: la lucha diaria de un hombre por proteger a su hijo de la violencia y el canibalismo, que trasladan en unos pocos años a la civilización del siglo XXI al estado de barbarie del principio de los tiempos.
Con la música bella y lúgubre de Nick Cave –el estupendo rockero australiano, paisano y amigo de Hillcoat-, la cinta es una colección de imágenes grisáceas, que reflejan un mundo frío marcado por el humo, la niebla y las cenizas. Marcado dolorosamente por las pérdidas –en primer lugar, por la de la valiente esposa y madre de los protagonistas, representada por Theron, quien decide suicidarse antes que permanecer condenada a una vida de penurias y temores-, la vida del padre y el hijo transcurre por una ruta –una carretera- que conduce al sur, el lugar que consideran más seguro en el imparable proceso de descomposición de la naturaleza y la sociedad que conocieron en un pasado reciente. Los restos de la civilización estallan frente a sus ojos a lo largo del camino, que recorren en busca de algo de comida y protección. Lo que encuentran como paisaje inevitable es la muerte, representada por cuerpos que cuelgan del techo de casa abandonadas, cadáveres esparcidos por los otrora jardines verdísimos, cuerpos desmembrados y devorados por las hordas de caníbales que recorren ciudades y granjas.
Acosado por el miedo y el hambre, el padre intenta reconstruir en su pequeño hijo el mapa de sentimientos, valores y afectos que conoció en el pasado anterior a la catástrofe. Se aferra a la tarea de transmitir en el hijo la esperanza que las cosas pueden ser mejores si se mantiene en el bando de los buenos, los no asesinos, los no depredadores. Inculca todo el tiempo al muchacho la idea de la supervivencia, de desconfiar en los extraños (generalmente “los malos”), esperando que en algún momento pueda encontrar al grupo de los buenos. Se trata de una lucha cotidiana contra la incertidumbre y la adversidad, con el riesgo siempre presente del aniquilamiento, con la meta básica de sobrevivir sólo un día más. Demolida cualquier certeza sobre la bondad de los hombres, o sobre la infinita sabiduría de un Dios cruel y asesino, el padre descubre en su hijo al dios verdadero, el último reducto de afecto y sentido de futuro que puede sobrevivir a un tiempo de ladrones, canallas y homicidas. Como escribe McCarthy al describir una de las escenas: ”Salió a la luz gris y se quedó allí de pie y fugazmente vio la verdad absoluta del mundo. El frío y despiadado girar de la tierra intestada. El aplastante vació negro del universo. Y en alguna parte dos animales perseguidos temblando como zorros escondidos en su madriguera. Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo”. (La carretera, págs..99-100)
El último camino es la representación visual y dramática de una novela compleja, profunda e inquietante. Ya se sabe: transmitir a imágenes las representaciones que evoca una novela es una tarea difícil. Y aunque el libro, en este caso, es mejor que la película, el esfuerzo que hace el director por trasladar el argumento textual a la película resulta un decoroso ejercicio de presentación de una historia de supervivencia fraguada en un contexto maldito, hostil y asesino.

Wednesday, April 28, 2010

Día del libro: la fiesta y el drama






Estación de paso
Día mundial del libro: la fiesta y el drama
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 29 de abril de 2010.
Como ya es costumbre, el pasado 23 de abril se celebró el Día Mundial del Libro. Autoridades educativas y culturales, ciudadanos interesados y medios de comunicación se reunieron para compartir el festejo. Lecturas colectivas, regalo de ejemplares en librerías, cámaras y micrófonos en la calle, todo un espectáculo por supuesto. Sus promotores más entusiastas hablan de que gracias a esa celebración y a otros eventos (la Feria Internacional del Libro, por ejemplo), se han formado nuevos lectores, nuevos públicos, pequeñas multitudes que ya han tomado como suyo el hábito de la lectura, compartiendo autores, libros, editoriales, creando redes y clubes de lectura, votando por sus autores preferidos, felicitando a los organizadores de los festejos y los rituales de rigor. Desde la atalaya de la autocomplacencia, los organizadores de la fiesta pontifican, tiran netas, profetizan, realizan diagnósticos al vapor, pronósticos instantáneos, algunos hablan incluso de un cambio cultural profundo entre los mexicanos. El entusiasmo, ya se sabe, suele jugar malas pasadas a los entusiastas de ocasión, los marea y hace ver cosas que no existen, o decir palabras que no resisten la prueba del ácido de la realidad.
El día mundial del libro es, esencialmente, una ficción en el contexto de un mercado de compradores y vendedores entre los que quedan fatalmente atrapados los autores de las obras. Sólo una muy pequeña fracción de autores tiene la libertad y el poder para hacer contratos ventajosos con editoriales y librerías, y muchas veces ese poder tiene que ver más con buenas relaciones públicas y con conocimiento de cómo asociarse con grades firmas editoriales que con la calidad de sus obras y escritos. El problema es antiguo. Lo recordó hace unos días José Emilio Pacheco al recibir el Premio Cervantes 2009: “En la Roma de Augusto quedó establecido el mercado del libro. A cada uno de sus integrantes –proveedores de tablillas de cera, papiros, pergaminos; copistas, editores, libreros- le fue asignado un pago o un medio de obtener ganancias. El único excluido fue el autor sin el cual nada de los demás existiría. Cervantes resultó la víctima ejemplar de ese orden injusto.” Las palabras del poeta remarcan el doble rostro de la celebración libresca: la fiesta y el drama.
El fenómeno ha sido examinado desde hace tiempo. Sociólogos como Fernando Escalante en su espléndido A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública, editado en el 2007 por El Colegio de México, ha abordado con profundidad el asunto. En ese texto, Escalante plantea un argumento central: “en los últimos años se ha producido en todo el mundo una concentración extraordinaria de la industria editorial: la mayor parte del mercado global pertenece a ocho o diez empresas, integradas en grupos que también tienen periódicos, revistas, productoras de cine, discográficas, cadenas de radio y televisión. El negocio de los libros –escribe Escalante- se ha convertido en un gran negocio, incorporado a la industria del espectáculo. Y eso tiene consecuencias sobre el tipo de libros que se publican y sobre el modo en que se venden, sobre las librerías y las prácticas de lectura” (p. 9). El libro ilustra con datos y hallazgos este argumento central, para llegar a una conclusión poco entusiasta: la cultura del libro no desaparecerá, pero se ha hecho más marginal que nunca, y no bastan cruzadas culturales para evitar ese hecho duro. Factores como la baja escolaridad y el ingreso afectan de manera directa el pobre consumo de libros en México.
En un libro póstumo (Los desheredados. Cultura y consumo cultural de los estudiantes de la Universidad de Guadalajara, CUCEA-U. de G., 2009, Guadalajara), el profesor Roberto Miranda Guerrero examinó la relación entre lectura, prácticas de estudio y la asistencia a los recintos culturales de los estudiantes de licenciatura de la Universidad de Guadalajara. Tomando como muestra a los estudiantes del CUCEA, el estudio de Miranda tiene resultados inquietantes: los estudiantes universitarios leen poco, generalmente por obligación derivada de su formación académica, y casi nunca asisten a recintos culturales locales. Más de la mitad de los estudiantes no ha leído ni siquiera tres libros no curriculares en un año, los libros que leen son “para pasar las materias”, y, como señala el autor, “ocho de cada diez alumnos no han asistido a Casa Vallarta, nueve de cada diez no conoce ni la Casa Julio Cortázar ni la Casa Escorza. Más de la mitad dice no haber asistido nunca al Museo de las Artes y el 70% no conoce el ¨Paraninfo Enrique Díaz de León”, el recinto más importante y emblemático de la U. de G.
Es una paradoja monumental: hoy que se producen más libros que nunca tenemos prácticas de lectura y consumo cultural más pobres que nunca: La intención democrática de las campañas de promoción de lectura para elevar el gusto por los libros, no alteran el hecho de que la lectura es una práctica social y no un gusto personal.

Thursday, April 15, 2010

Ciudadanización

Estación de paso
Ciudadanización
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 15 de abril de 2010.
La palabra comenzó a utilizarse desde hace tiempo y pronto no sólo se puso de moda, sino que llegó para quedarse un largo rato. Nos llegó ruidosamente con los vientos de la democratización, la santificación de la sociedad civil y el lenguaje de la rendición de cuentas, la responsabilidad pública, la desconfianza en los partidos políticos, en los funcionarios, en el gobierno. Como suele ocurrir en el lenguaje público de los tiempos de cambio, nunca se especificó que significaba exactamente el término ciudadanizar, pero el concepto evocaba algo así como la purificación de la política, la despartidización de las instituciones, la despolitización de las decisiones públicas, cosas de ese tipo.
Hoy, el terminajo se sigue utilizando con la misma vaguedad con la que se empezó a utilizar hace ya más de 20 años. Se insiste en que la ciudadanización es una buena fórmula para eliminar la corrupción, mejorar los gobiernos, procurar buenos servicios públicos, acabar con el cinismo y la hipocresía de los políticos profesionales y de sus partidos y organizaciones. Es más: se citan y documentan experiencias exitosas de ciudadanización, se argumenta que las sociedades donde los ciudadanos participan más se elevan significativamente los niveles de desarrollo económico y social, se incrementa la confianza y la cohesión, los más entusiasmados aseguran que lleva incluso a la felicidad de individuos y comunidades.
Este discurso es seductor, para muchos fascinante, pues, ofrece la posibilidad de enfrentar con ojos frescos, quizá incluso con sangre nueva, los problemas que aquejan a una sociedad que se observa devastada por la corrupción, la politización, la partidización de los asuntos públicos, la ausencia de una moral pública correcta, lo que eso signifique.
Sin embargo, la cruzada ciudadanizadora está poblada por mitos y leyendas que conforman la sabiduría convencional que expresan casi siempre en tono de denuncia y acusaciones los activistas social-civilistas más radicales. Como todas las sabidurías convencionales, están hechas de pedazos de teorías sociales más o menos populares, voluntarismo a toda prueba, e ingenuidades y tonterías de muy diverso calibre. Enumero algunas de ellas:
-Los ciudadanos son mejores que los políticos para resolver problemas públicos. Primero habría que preguntarse qué ciudadanos tenemos y cómo los imaginamos. Y lo que tenemos no es de entusiasmar mucho a nadie. Como en todos lados, son pragmáticos, individualistas, oportunistas o solidarios a veces, desconfiados casi siempre, de participación política confusa, muy desiguales en términos de ingreso económico y escolaridad, de prácticas contradictorias, de convicciones políticas cambiantes o ausentes, según sea el momento y la ocasión. Los que imaginamos –mejor dicho, los que imaginan nuestras elites intelectuales, religiosas, políticas o empresariales- son todo lo que no tenemos: ciudadanos interesados en la cosa pública, informados, participativos, productivos, honorables, de ética republicana a toda prueba, de moral sólida habitada por valores absolutos y certezas democráticas. Esos ciudadanos imaginarios de la república imposible están en el centro del discurso socialcivilista actual.
-Los partidos pervierten la política. La vida en sociedad es, ya se sabe, intrínsecamente conflictiva. Para reducir la conflictividad se construyen leyes, instituciones y organizaciones que permitan representar la voluntad de los ciudadanos, y los partidos son algunas de esos dispositivos (junto con los sindicatos, las federaciones, los gremios, los colegios de profesionales, los clubes de futbol, las asociaciones de padres de familia o las de vecinos de una colonia). La política requiere de partidos y ciudadanos, en la que aquellos pueden representar a segmentos específicos de estos, y los ciudadanos pueden participar o no, elegir o no, de entre ese puñado de partidos políticos. La idea de que los partidos distorsionan la política y la democracia es muy antigua, pero es igualmente añeja la evidencia de que las democracias no pueden existir sin partidos políticos, aunque los partidos puedan existir sin democracias.
-La democracia verdadera puede funcionar sin partidos políticos. Esta afirmación es parte de las leyendas urbanas políticas de hoy y de aquí. Supone algo así como esquemas de democracias plebiscitarias, directas, basadas en la movilización cívica masiva, capaz de discutir todos los asuntos todo el tiempo posible. Toda forma de intermediación entre los ciudadanos y las decisiones públicas es vista como una distorsión o una franca perversión de la voluntad popular. Esos ejemplos los vemos en las visiones de las “democracias desde abajo” (así le dicen sus promotores más aguerridos), esquemas horizontales de toma de decisiones, esencia popular de las mismas, recursos de organización y de supervisión de racionalidad absoluta, instituciones habitadas no por burócratas ni funcionarios ni políticos profesionales sino por ciudadanos de la calle.
-Las instituciones deben ser operadas por los ciudadanos. Hoy se exige en diversos tonos la propuesta de “ciudadanizar instituciones”. Bajo el título taquillero del “empoderamiento” de los ciudadanos, se piden procuradores ciudadanos, contralores ciudadanos, auditores ciudadanos, síndicos ciudadanos. La iniciativa presidencial de reforma política del Presidente Calderón se monta en esta ola ciudadanizadora en varios de sus pasajes. Bien vista, esta ola intenta des-institucionalizar a nuestras instituciones, para transformarlas en otras, en la que los burócratas y los políticos sean sustituidos por ciudadanos virtuosos, es decir, imaginarios. ¿Dónde hemos oído esta música?.
En el confuso clima intelectual y política de nuestra época, esas voces y susurros configuran los sonidos de los medios y a veces de la calle. Parafraseando a una vieja rola de Ten Years After -con la guitarra de Alvin Lee, por supuesto-, los nuevos cruzados creen que la ciudadanización, como el amor, puede cambiar al mundo. Que San Joe Cocker nos agarre confesados.

Wednesday, March 17, 2010

Pinocho



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Pinocho
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 18 de marzo de 2010.
El deprimente espectáculo de la política nacional de las últimas semanas trajo a la república de los medios la figura de un viejo personaje popular: Pinocho. En medio del sainete sobre las alianzas entre el PAN y el PRI en el Estado de México, a algún diputado federal se le ocurrió que sería un buen detalle colocar en la curul del dirigente del PAN un muñeco de Pinocho, el de la imagen popularizada por los estudios Disney. El propósito era mostrar al susodicho como un mentiroso, en muy obvia referencia a una de las escenas de la clásica historia infantil que muchos conocemos. La ocurrencia, el propósito y el contexto muestra la pobreza intelectual de nuestros políticos profesionales, su falta de imaginación y muy probablemente la pavorosa mezcla de ignorancia y humor de muy dudosa calidad que priva en el ánimo político nacional.
Pinocho, como se sabe, es originalmente un libro escrito en 1881 por el italiano Carlo Collodi, cuyos derechos compró en 1940 Walt Disney para producir la película que le dio fama mundial al personaje. Al igual que hizo con el libro de Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas, los estudios Disney compraron una buena historia para montar una versión popular del libro, al que le modificaron y suprimieron algunos pasajes para fines de traducir la versión escrita en una versión visual más simplificada, atractiva y espectacular. Sin embargo, la versión original de Collodi, como la de Carroll, es bastante mejor, porque están dirigidos no solamente a un público infantil sino también (y acaso principalmente) para los adultos.
El tema de Pinocho es por supuesto el de un padre y de su hijo. Como lo señala Paul Auster en La invención de la soledad, la historia del libro es la relación filial que une a padres e hijos, una relación en que la idea de que el hijo es una creatura formada a la medida de la imaginación y expectativas del padre, es una idea que se enfrenta a la incertidumbre y al temor por las decisiones que los hijos toman a pesar o en contra de los deseos paternos. La fabricación del hijo de Gepetto, hecha de un árbol que llega misteriosamente a la carpintería de este último, es la metáfora perfecta del hijo como una hechura del padre, como el depósito de los deseos, anhelos y creencias del adulto sobre el menor. Pinocho representa el azar, la rebeldía, el gobierno de los impulsos para vivir a pesar o en contra de los deseos de su padre, y los engaños, los infortunios y las desgracias que le ocurren a Pinocho representa en buena medida los vaivenes de la vida a los que todos nos sometemos.
Pinocho, desde esta perspectiva, es la historia de una invención en soledad pero también de una personalización de transformación y re-invención en un contexto social poblado de traiciones, engaños, ilusiones, bondad e incertidumbre. Es una historia vista fundamentalmente desde el punto de vista del padre sobre el hijo. Otros autores como Franz Kafka, por ejemplo, han abordado el tema de manera exactamente contraria, como aparece en su Carta al Padre (EDAF, 1985, Madrid), en la que en tono epistolar el hijo reflexiona sobre la extensa sombra del padre en su vida y de sus efectos invasivos y corrosivos sobre vida de su hijo. Otros -como Philip Roth en Patrimonio, una historia verdadera (Six Barral, 2003, Barcelona)-, vuelven al tema de la relación padre-hijo como una relación llena de ambigüedades, contradicciones, afectos y conflictos, en la que todos los hijos terminan por convertirse en sus propios padres. Más recientemente, Cormac McCarthy, en La carretera (Mondador, 2006, Madrid) retoma el viejo tema de la paternidad y los afectos filiales en el contexto de un mundo sombrío que se desmorona como efecto de la crueldad, el desánimo y la locura.
Por ello, por la complejidad de la historia y el personaje de Pinocho, el cliché de la mentira como rasgo vital del personaje, es un empobrecimiento abusivo y torpe del tema y el libro. Quizá valdría la pena que nuestros legisladores volvieran a leer, si es que alguna vez lo hicieron, el texto completo de Collodi. Y si no, que se incluyera su lectura como obligatoria para quienes aspiren a ocupar un cargo de elección popular. Quizá le harían un bien a la patria, a nuestra democracia y a nuestro depauperado sentido del humor público.

Friday, February 26, 2010

Memoria del Alacrán Torres




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Memoria del Alacrán Torres
Adrián Acosta Silva

Señales de Humo, Radio U. de G., 4 de marzo de 2010.
Uno de los recuerdos más potentes y claros de mi niñez son las tres peleas que sostuvo Efrén, el Alacrán Torres, contra el tailandés Chartchai Chionoi, a finales de los años sesenta. Recuerdo, con la imprecisión que sólo proporciona la distancia, que amigos, vecinos y familiares seguíamos con devoción republicana cada una de las tres peleas televisadas por Telesistema Mexicano –el antecedente de Televisa- hipnotizados por la fiereza del boxeador tailandés, su rapidez, su vehemencia para devolver golpe a golpe los puñetazos que le lanzaba el Alacrán. Yo no sabía a esa edad que el peso de los boxeadores determinaba la velocidad y la potencia de sus golpes, pero estaba seguro de que presenciaba una batalla épica entre dos gladiadores formidables, enormes, que soltaban sin descanso y con precisión de francotiradores jabs, ganchos, rectos de izquierda y de derecha, abriendo las cejas del rival, destrozando su nariz, rompiendo pómulos, fracturando costillas.
Pero era sin duda el Alacrán la figura que más nos entusiasmaba. No sólo por la obvia afinidad nacionalista, sino por su mirada, por su figura menuda pero firme, su actitud para enfrentar a un boxeador bravo e impredecible. Su tesón, su pundonor, su fuerza y determinación para atacar a un rival al que enfrentaba con la carga moral de que debía derrotarlo a toda costa, transmitía la certeza de que lo que estaba en juego en esas peleas era algo más que el título mundial de peso mosca, cuando había uno y sólo uno en realidad, y no como ahora que hay como 27 títulos mundiales o universales por categoría. Cada golpe que daba o recibía el Alacrán, suscitaba la emoción de quienes le mirábamos, algunos gritaban, otros se volteaban, los más grandes maldecían. En la pantalla de la flamante televisión RCA a control remoto que mi padre recién había comprado en Luckville, Arizona, mientras vivíamos en Sonoita, Sonora, justo al otro lado de la frontera, mis hermanos y yo vimos la última pelea de la trilogía, una noche de sábado, apretujados frente a una pantalla que pasaba anuncios de las latas Herdez y las mueblerías de los Hermanos Vázquez, con el Sr. Labardini vestido de frac como presentador de esos comerciales.
Esa pelea, en particular, la recuerdo más que las otras. No sólo porque el Alacrán ganó y recuperó el título mundial, en una escena donde la sangre en los rostros y torsos de ambos boxeadores escurría de manera abundante y espectacular. La recuerdo también porque esa noche, ya tarde, tocaron a la puerta del motel donde vivíamos –el “Gilmar”, lo recuerdo bien-, buscando a mi padre para pedirle que fuera al mitin que las fuerzas vivas de Sonoita le organizaban al entonces candidato del PRI a la presidencia de la república, Luis Echeverría Álvarez. Mi padre, malhumorado, tuvo que interrumpir su atención sobre la pelea para trasladarse a recibir al candidato, obligado por su condición de funcionario de la aduana de la localidad. Ahí conocí de cerca la fuerza del acarreo y el ritual de las campañas del PRI, las invitaciones como sinónimo de obligación burocrática que coloreaban las prácticas de la vida política en los tiempos del supe-presidencialismo priista.
Dicen que a cierta edad uno tiene ya más pasado que futuro, y eso hace que la memoria sea cada vez más utilizada como recurso inevitable de reflexión y perspectiva sobre los acontecimientos del presente. Norman Mailer escribió poco antes de morir que “la mayoría de nosotros construye en su intimidad mental una historia cultural de los años que le ha tocado vivir” (América, Anagrama, 2005, p.14). Esa intimidad está habitada en parte por el fallecimiento de los amigos, los conocidos, o los personajes que habitan el pasado reciente o remoto de las personas. La muerte del Alacrán Torres, a los 66 años de edad, ocurrida apenas el jueves 25 de febrero de este año en la soledad de su casa en la colonia Oblatos, ha reactivado el inventario íntimo que todos vamos acumulando.

Thursday, February 18, 2010

Hábitos del corazón

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Hábitos del corazón
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 18 de febrero de 2010.

La relación entre los sentimientos y la razón es siempre una relación complicada, a menudo conflictiva pero sobre todo confusa. Como lo acabamos de confirmar hace unos días con la inefable celebración anual del “día del amor y la amistad” , el espíritu de nuestra época está lleno de referencias a la primacía del sentimentalismo sobre las razones, a la exaltación festiva y vigorosa de las buenas vibras, del optimismo, de la búsqueda a toda costa de la felicidad y la dicha, de las ganas de ser positivo, de la celebración de la vida y el amor, al que hasta el Príncipe de la Canción ha pedido un aplauso en una canción que forma parte de las joyas de la corona de la cursilería mexicana contemporánea.
Encontrar una explicación a esos afanes festivos sobre el amor y los afectos es una tarea propia de historiadores, psicólogos, antropólogos o sociólogos. De hecho, existe desde hace tiempo una corriente denominada “sociología de las emociones” que trata justamente de estas cosas. El punto de partida es el reconocimiento de que la cosa existe, es decir, que hay un impulso deliberado por rodear el tema del amor de una parafernalia incontenible donde el color rosado corresponde -quién sabe porque y cómo- a los temas del corazón. Hay, por supuesto, un mecanismo bastante aceitado para incentivar el consumo masivo y la proliferación de costosas campañas publicitarias, que desde hace tiempo marcan en el largo calendario del marketing una fecha especial para la venta de miles de productos y mercancías relacionadas con las ilusiones amorosas, y muchos ciudadanos participan del festejo con la naturalidad que sólo dan el hábito y las costumbres. La banda sonora del día y el acontecimiento es un ritual pausado por canciones románticas, una invitación a comer, una visita al cine, una vueltita a los moteles de paso, que ese día hacen su agosto y su diciembre juntos, pese a la ola de prohibicionismos y puritanismos que nos inundan desde hace tiempo.
Uno de los cantantes que han poblado las venturas y desventuras amorosas de varias generaciones es, qué duda cabe, José José. Y cada 14 de febrero sus canciones vuelven a sonar con fuerza en la radio, sus discos son puestos a la vista en las tiendas, muchos de los cincuentones de hoy vuelven a sacar los discos de sus estuches para recordar tiempos y experiencias, en los que la mancuerna Pérez Botija/José José sacudían el alma de parejas apasionadas e individuos solitarios, que cantaban al unísono melodías, baladas y boleros. “Doy gracias por tanto y tanto amor”, por ejemplo, es una confesión al borde de las lágrimas, del asombro o de la risa contenida o franca, según sean las circunstancias y los motivos. La frase, como se sabe, corresponde a A lo pasado, pasado, una canción interpretada por el célebre cantante que desde hace tiempo cayó en el barranco profundo de la afonía, que es la peor maldición que le puede suceder a alguien de su oficio, pero que es el resultado -envidiable en cierto modo-, de su propio recorrido hacia la sabiduría por el camino de los excesos, como aconsejaba Lord Byron.
Negar, descifrar o reconocer la influencia de las canciones del Príncipe en la educación sentimental de los mexicanos, ha llevado a muchos a la desesperación o al fracaso, mientras que a otros los ha llevado a escribir libros relacionados con el tema, como lo es, por ejemplo, Y sin embargo yo te amaba (Cal y Arena, México, 2009), en el que 12 escritores, compilados por Delia Juárez, desgranan sin rubor pero con oficio el papel del cantante en la historia de sus propias vidas. De Guillermo Fadanelli a Héctor de Mauleón, y de Ana Clavel a Rafael Pérez Gay, las canciones interpretadas por el Príncipe resuenan en las madrugadas que cierran reuniones que iniciaban con The Eagles, Grand Funk o los Doors y terminaban con “Si me dejas ahora”. Ahora que ha pasado el día de San Valentín, entre globos desinflados y flores marchitas, quizá valga la pena leer de un tirón el libro de un puñado de escritores capaces de reconocer que las baladas del máximo exponente de la cursilería mexicana de finales del siglo XX, forma parte importante de los sonidos locales que alimentaron parcial o simbólicamente los hábitos del corazón de una generación.