Wednesday, January 30, 2013
Rectores
Estación de paso
Rectores
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 31 de enero de 2013.
Como es de dominio público, en la Universidad de Guadalajara se ha desarrollado en las últimas semanas el proceso de elección del Rector general para el período 2013-2019. Hoy mismo (31 de enero), sabremos quién será el nuevo Rector, luego de que el Consejo General Universitario decida por mayoría cuál de los 4 candidatos registrados ocupará el máximo puesto de la representación universitaria.
La elección de un Rector es siempre un proceso complicado y potencialmente conflictivo. Entre las 36 universidades públicas del país prevalecen en términos generales tres tipos de procedimientos electorales: a) los que son designados por una Junta de Gobierno; b) Los que son electos mediante procesos de votación universal de todos los miembros de las comunidades universitarias; y c) los que son electos mediante votación de Consejos Universitarios, en los cuales están representados los diversos sectores de la universidad. Cada proceso encierra su complejidad, sus insuficiencias y sus riesgos, y cada universidad desarrolla estilos de gestión política para asegurar la legitimidad, la eficiencia y la estabilidad de sus reglas y decisiones.
En el caso de la U. de G., la decisión descansa en este último modelo. Luego de pasar de un procedimiento no autónomo (o semi-autónomo) de decisión, en la que el gobernador en turno designaba al Rector a propuesta de una terna electa por el consejo universitario–cosa que ocurrió desde 1925 hasta 1989- pasamos a la plena autonomía para que los universitarios elijan a su propio rector, mediante los procedimientos acordados por la propia comunidad universitaria. Con la ley orgánica aprobada en 1994 la decisión recae en el Consejo Universitario, a través de una Comisión Especial Electoral. El actual sería el cuarto proceso rectoral que transcurre mediante las reglas acordadas en la reforma universitaria del 94.
Hay por supuesto una intensa actividad política antes, durante y después de la elección en la U. de G., que obedece a los códigos propios de la política general: hay acuerdos, negociación, conflictos, competencia por recursos y votos de los consejeros. Hay también un esquema general de distribución del poder institucional que explica el procedimiento universitario, en el cual los actores institucionales, formales y fácticos, académicos y no académicos, intervienen en las decisiones de votos y candidatos. Como en toda universidad pública, hay redes y corrientes que se mueven en la búsqueda de consensos, de estrategias para sumar apoyos, de presiones por colocar o mantener sus intereses y agendas en el horizonte institucional. Hay también quienes descalifican el proceso, los que critican el esquema del poder institucional, los que desconfían de las reglas y hasta maldicen a los liderazgos, a los grupos y al status quo universitario
Dichos comportamientos muestran la complejidad de las relaciones políticas entre universitarios. Hemos visto en estos días discursos incendiarios, activismos abiertos o discretos, retórica de coyuntura para favorecer a tal o cual candidato, proyectos, grandes emociones y pensamientos imperfectos (para decirlo con las licencias novelísticas del profesor Rubem Fonseca). Hay comportamientos lisonjeros, simpatías legítimas, lealtades a prueba, clientelismos y corporativismos viejos y nuevos, de distinto calibre y perfil. Hay también un silencio cósmico en muchos sectores universitarios dominados por la indiferencia, la apatía o el aburrimiento con todo lo que tenga que ver con la política universitaria, como suele ocurrir con la política en general. Pero hay que recordar que la política, aquí, en Harvard o en la UNAM, es un asunto de elites, un tema que concierne a un puñado de interesados que aspiran a representar a sus comunidades. Esa es quizá, la virtud, o la limitación, de todos los procesos electorales: no involucran a todos, expresan la acumulación de intereses en grupos y personas específicas, articulan la representación de ideas, creencias y aspiraciones de ciertos sectores en ciertos momentos.
Ello no obstante, en la universidad existen asuntos generales, sustantivos, en las que el gobierno universitario debe tener proyectos, ideas, y compromisos más o menos claros. Los candidatos a representar a la universidad han planteado ya varios de ellos, muchos temas académicos, otros administrativos, algunos más culturales, muchos presupuestales, otros por supuesto, estrictamente políticos. Pero las universidades de hoy, luego de muchos años de políticas federales concentradas en ligar evaluación, calidad y desempeño, han vuelto a nuestras instituciones organizaciones esquizofrénicas: tiene que hacer docencia, investigación, extensión y difusión pero también, rendir cuentas, exhibir indicadores y reconocimientos en las vitrinas institucionales, procurar buenas relaciones con los poderes públicos, y, además, mantener la estabilidad de sus instituciones. Son espacios sobrecargados de exigencias sociales, económicas, políticas y culturales. Hay también zonas oscuras y brillantes, liderazgos académicos probados, procesos discretos de trabajo docente cotidiano, junto a frustraciones, envidias y rencores acumulados por diversas zonas de una comunidad de más de 235 mil estudiantes, donde laboran más de 15 mil profesores e investigadores y casi 9 mil 500 trabajadores administrativos y de servicio.
Todo esto ocurre en la U. de G. Y, por ello, o a pesar de ello, la universidad es una institución central para la vida pública, política y social de Jalisco, cuyas contribuciones son fundamentales para entender lo que ha ocurrido en la entidad en los últimos 90 años. Hoy que el calendario institucional cierra y abre un nuevo ciclo universitario, quizá sea el momento de volver la mirada al pasado remoto y reciente de nuestra universidad, para vislumbrar, con la palidez de lo inmediato, los desafíos de su propio futuro.
Thursday, December 27, 2012
Wednesday, December 26, 2012
Profesionales
Estación de paso
Profesionales
Adrián Acosta Silva
“Ambos somos profesionales” afirmó el Secretario Chuayffet cuando le preguntaron sobre las posibles reacciones de la Maestra Elba Esther Gordillo respecto a la iniciativa de reforma anunciada por el titular del ejecutivo al poder legislativo (Milenio, 12/12, 2012). La respuesta, lacónica y ambigua, parece sacada de un manual de la cultura política priista de los años sesenta. La profesionalidad, se entiende, significa que ambos son jugadores con oficio, experiencia y capacidad para tomar acuerdos, o asumirlos, pues entre gitanos no se leen las cartas. No son amateurs con talento, sino políticos profesionales. Cada quien su tarea, cada quien en su casa, cada quien con sus intereses y lealtades. Sin embargo, una semana después, la dirigente del SNTE rompe lanzas verbales y declara estar en contra de una reforma que “atenta contra la dignidad del magisterio” (La Razón, 20/12/2012). Los tambores del conflicto magisterial cierran el año y anuncian el siguiente.
El funcionario y la lideresa sindical muestran sus armas. De un lado, las palabras de un político experimentado, duro, curtido en las filas y la cultura de un partido acostumbrado a negociar y ajustarse al clima del momento. Es el representante de una forma de hacer las cosas de modo que el Presidente y su partido logren tomar la iniciativa y el control de sus proyectos, marcando el territorio, los códigos y las reglas de la negociación política. Del otro, el discurso corporativo, clientelar, de una profesora cuyo origen es destino: formada en las ligas menores del magisterio priista de los años setenta dominado por Carlos Jongitud Barrios, luego delfín de liderazgos priistas surgidos en los años de la gran crisis económica de la década de los ochenta, y finalmente, gran aliada del salinismo para el diseño e instrumentación del Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica, que “federalizó” ese nivel de la enseñanza educativa, y cimentó el camino al liderazgo caciquil que hoy ejerce sin pudor y sin piedad. Con esas credenciales públicas, ambos actores encabezan el nuevo juego de la temporada, la disputa por la legitimidad en un sector clave de la sociedad, la política y la cultura del país.
Como en toda disputa política hay aquí intereses, prácticas y símbolos importantes. Dirigir la reforma hacia el tema de la evaluación del profesorado para su ingreso, permanencia y promoción supone desmontar el dispositivo maestro del control del SNTE sobre los maestros, aunque no se sabe bien, por ahora, que sucederá con el programa de carrera magisterial que llegó con la reforma de los primeros años noventa. De otro lado, cuando el peñismo, en boca de Chauyffet, anuncia una reforma en el sector, lo hace con el aplauso público de medios y partidos políticos, pero con los reproches privados de la burocracia sindical del magisterio. Plazas, dinero y política, se convierten en las piezas estratégicas que desde Los Pinos y desde el edificio de la calle de Brasil se lanzan al tablero para impulsar una reforma cuyo núcleo básico, académico, pedagógico y educativo, permanece oculto en el fondo del proyecto reformador, opacado por la fiesta anticipada de una reforma que aún no es, y por el escándalo de los tambores de guerra tocados al final del año por la Maestra y sus discípulos, tratando de sumar a nuevos aliados y fuerzas políticas.
El espectáculo de la temporada apenas inicia, con espectadores ansiosos en el graderío, y actores marcando sus posiciones en el campo de juego. La política de la política reformadora está en los vestidores y en los sótanos del gran estadio público, cocinándose a fuego lento, colocando piezas y jugadas en el imaginario político de la coyuntura. Algunos, incluso, con la sonoridad que sólo proporciona el realismo mágico mexicano, anticipan que nada ni nadie parará la “máquina de las reformas” (diputado Beltrones dixit), como si las intenciones gubernamentales bastaran para transformar el discurso en realidades. Pero serán las prácticas y decisiones políticas que se tomen en las próximas semanas, las que configuren la orientación y la fuerza de una iniciativa que puede naufragar en los bloqueos de siempre, con máquinas viejas y maquinistas con ganas pero sin recursos, o activar algunos cambios en la conducción del sector.
Con todo, el saldo duro del diciembre político mexicano es que la educación, esa antigua utopía racionalista, se coloca nuevamente entre las prioridades políticas de la agenda gubernamental, lo cual no es una mala señal para los tiempos que corren. En un territorio sobrecargado de intereses políticos y burocráticos, pero también de grandes demandas y expectativas sociales, la escuela pública se encuentra hoy en el centro de una disputa de perfiles imprecisos, en la cual vuelve a flotar en el aire la impresión de que se lanzan soluciones en busca de problemas, acuerdos en busca de conflictos. Y sólo el tiempo, el “maldito factor tiempo” al que se refería con frecuencia sensata Norbert Lechner para advertir su importancia en el timing político, jugará el papel verdaderamente estratégico de la propuesta reformadora.
Wednesday, December 05, 2012
Oficio de politico
Estación de paso
El oficio de político y el malestar con la política
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 6 de diciembre, 2012.
La política siempre suele causar sensaciones encontradas entre los ciudadanos. El dicho común afirma que, en cosas de política y de religión, las personas nunca se ponen de acuerdo, pues casi siempre terminan en pleitos, discusiones y enconos de distinto grado y magnitud. Si a ello se agrega un contexto social y moral donde la política y los políticos suelen ser vistos como lo peor de los males imaginables, las cosas se ponen un poco más difíciles para quienes vemos a la política no como un mal inevitable o necesario, sino como la única herramienta que existe para tomar decisiones colectivas más o menos razonables.
Por supuesto, la política va ligada al poder. Y ese vínculo está en el fondo de las preocupaciones intelectuales, éticas y morales de los grandes escritores, desde Shakespeare a Miguel de Cervantes. Una mirada a Hamlet o a El Quijote, muestra como los asuntos políticos ocupan una parte central en sus escritos y preocupaciones. En ambos casos, la política y el poder encarnan en individuos específicos, en hombres con motivaciones, limitaciones e intereses diversos, que despliegan sus acciones en contextos determinados, con resultados muy variados, tomando siempre decisiones sin esperar moralejas.
El examen de estos fenómenos del poder y la política vistos a través de sus actores (los políticos profesionales) forma parte de un libro del conocido politólogo español Manuel Alcántara, titulado El oficio de político (Ed. Tecnos, Madrid, 2012), que fue presentado recientemente en la FIL de Guadalajara. El texto tiene, por lo menos, una par de cualidades destacadas. Por un lado, es un libro oportuno, pertinente, útil para tratar de comprender qué es la política y cómo son los políticos, en un tiempo donde, justamente, es notable una extendida sensación de malestar y desconfianza hacia la política y los políticos. Por otro lado, es un texto provocador, inteligente, que combina la erudición politológica con cierta sensibilidad literaria, una combinación poco frecuente cuando se examina el árido campo de la ciencia política, con su variada colección de hechos, datos, procesos y actores. Ambas cualidades, me parece, ofrecen tanto a los lectores especializados como a los no especializados, una mirada distinta a los enfoques tradicionales sobre los temas políticos.
El oficio de político es un libro que aparece en los tiempos del desencanto democrático. Y por ello es importante. Situado más allá del malestar con la política que se ha extendido en muchos países, y que tienen que ver con el déficit de representación política de las sociedades, el texto de Alcántara ofrece un recorrido intelectual sobre la figura de los políticos en el pensamiento clásico y contemporáneo, identificando las diversas dimensiones del “animal político”: desde los factores sociales e institucionales hasta los psicológicos, emocionales y mentales. Nunca como hoy la clase política, los políticos profesionales, se han constituido y consolidado como un grupo amplio pero heterogéneo, con autonomía e identidades propias, que se han dedicado profesionalmente a la política por diversas razones y motivaciones. Las viejas nociones de la política como virtud y fortuna de Maquiavelo, o de la política como “arte y artesanía” del politólogo Giandomenico Majone, desfilan a lo largo de este libro, lo cual no deja de ser una paradoja en tiempos en que la política y los políticos no gozan de una buena reputación.
Uno de los puntos importantes que, me parece, aporta el libro, es el origen y la trayectoria de los políticos, es decir, dónde y cómo deciden participar en la política, y cómo acumulan o desperdician su capital político a lo largo de sus trayectorias vitales. Según los datos que proporciona el texto, la mayor parte de los políticos latinoamericanos se forman en los partidos políticos, seguido de las organizaciones estudiantiles. Es decir, el partido y la organización estudiantil son las fuentes más importantes de socialización política de los individuos que conforman las élites políticas de la región. El análisis de las trayectorias de 18 destacados políticos latinoamericanos, entre los que se incluye al peruano Raúl Haya de la Torre, al brasileño Wilson Ferreira, a la nicaragüense Violeta Barrios, a la colombiana Ingrid Betancourt, o al mexicano Cuauhtémoc Cárdenas, ofrecen una mirada biográfica a los distintos tipos de liderazgo político que configuran las diversas trayectorias políticas en la región.
Por supuesto, como todo buen libro, hay más preguntas que respuestas en torno al oficio del político: ¿Qué determina el comportamiento de los políticos? ¿Las características de los individuos, o las determinaciones del sistema? ¿Tiene algo que ver el origen social de los individuos en sus trayectorias? ¿Persiste una noción roussoniana, en la opinión pública respecto de que las organizaciones corruptas terminan por corromper a individuos naturalmente bondadosos? O, por el contrario, ¿los individuos, como afirmó alguna vez el caudillo argentino Juan Domingo Perón, “son todos buenos, pero controlados son mejores”?. Esas preguntas aguardan aún buenas respuestas. Y en el libro de Alcántara, podemos explorar algunas de ellas, pertinentes para una zona social que no es, ni nunca ha sido, la región más trasparente.
Wednesday, November 21, 2012
Elogio de la psicodelia
Estación de paso
Elogio de la psicodelia
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 22 de noviembre de 2012.
Sin lugar a dudas, 2012 ha sido un buen año para Neil Young. Se celebraron los 40 años de la grabación de su disco seminal (Harvest), publicó un libro de memorias (Waging Heavy Peace, Blue Rider Press 2012), y grabó, con su banda histórica, Crazy Horse, un par de pequeñas obras maestras: Americana (Reprise, 2012), y Psycheledic Pill (Reprise, 2012). Mejor, imposible. Justo al cumplir sus 67 de edad, el gran rockero candiense festeja, a su manera, una trayectoria larga, complicada y brillante.
“Píldora psicodélica”, su obra más reciente y con la que cierra un año memorable, expresa un estado de ánimo a la vez que un balance sobre su propia obra. Es una reivindicación del espíritu hippie que nació alguna vez, en algún tiempo de los años sesenta en el parque Haight-Ashbury de San Francisco, y que, pese a todo, se mantiene como la señal luminosa en un tiempo nublado. Fiel a sus nostalgias, Neil Young recapitula y hace un corte de caja a 5 décadas de distancia, y ofrece, en dos discos, ocho canciones -sí, sólo ocho- que combinan los rasgos básicos de su oficio: el tiempo, el ritmo, y una narrativa coloquial, cruda e imprecisa. Canciones largas y larguísimas, (la más breve dura 4 minutos, y la más extensa, media hora), habitadas por la guitarra lúgubre y la voz triste de Young, ofrecen un mapa de las obsesiones, preocupaciones e interpretaciones sobre el pasado y el presente de un músico habituado a ir contra la corriente, situado casi siempre fuera de las modas y las tendencias de la temporada, un observador sentado cómodamente en el margen y a las sombras del espectáculo de la cultura y la política norteamericanas.
Cada una de las canciones encierra una pequeña postal impresionista. Así, por ejemplo, en el primer cd encontramos solamente cuatro rolas. La primera (“Driftin´Back”, algo así como “A la deriva”) es una especulación sobre aquellas “cosas que se desvanecen con uno y que a veces vuelven como una sombra”, escribe Young. La voz melancólica y los largos requintos que acompañan usualmente sus canciones, reaparecen con la fuerza expresiva, potente, que le imprime el sonido clásico de Crazy Horse, mientras afirma, en algún momento: “Disculpen mi religión/ acostumbro ser un pagano”. Psycheledic Pill, la canción que da título e imagen al disco, es una reflexión sobre la edad y la actitud. “La edad no tiene nada que ver con pasar una buena época” ,escribe Young. “Algunas chicas son más viejas que tú pero aún son chicas, y llevan el espíritu y la antorcha. No hay noche oscura que ellas no puedan iluminar”.
El segundo disco contiene también solamente cuatro canciones. “Retorciendo el camino”, por ejemplo, es una mirada a los años jóvenes de Young, en los días en que, como a muchos otros de su generación, la música les cambió la perspectiva y la vida. Algunas veces, en algún lugar del camino, escribe, “tus amigos te enriquecen con sus propios recuerdos”. Ella siempre baila es un homenaje al espíritu del optimismo, al entusiasmo por la vida, a las ganas de pasarla bien a pesar de todo. “Ella arde, ella tiene el fuego”, canta Young, en referencia a la imagen de una mujer que flota entre el humo, “llenando el aire con su música”.
En suma Psycheledic Pill es parte del testamento y la herencia musical de Neil Young. Es una obra de nostalgia y de rebelión, conservadora y revolucionaria al mismo tiempo, reiterativa e innovadora, dedicada a sus amigos, a sus colegas, a sus mujeres, a los afectos. Expresa la música de la melancolía, al estilo de un viejo rockero que, sin embargo, se niega a vivir en el pasado, a la merced de los demonios y los fantasmas de una época que no podrá volver. En sentido estricto “Pastilla psicodélica” es sobre todo un estado de ánimo, un ejercicio reflexivo deslumbrante, una obra de saudade a ritmo de rock puro como música de fondo, como memoria viva de un pasado interesante, y, quizá, como mapa de ocasión para interpretar un presente inasible.
Wednesday, November 07, 2012
Fin de ciclo
Estación de paso
Fin de ciclo
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 8 de noviembre de 2012.
Como lo ha estado anunciando repetidamente desde hace unos meses, el Presidente Calderón y lo que él representa termina su ciclo en el gobierno de la República. Luego de seis años largos, el calderonismo cede su lugar al naciente y aún difuso “peñismo” priista, mediante los rituales, usos y costumbres de la alternancia en el poder que se han asentado como monedas de uso común en los últimos tres sexenios en nuestro país. Con el calderonismo se van también doce años del panismo –para muchos, la docena trágica-, con un balance todavía impreciso, pero con la certeza de que el PAN es un partido que no entendió nunca cual era su papel en el escenario principal de la cosa pública, y que tampoco pudo construir el “buen gobierno” al que aspiraba desde su fundación en 1939, al que siempre colocó como el leit motiv de su tarea en la oposición leal y, luego, como actor protagónico del nuevo oficialismo político.
Los años del calderonismo y del panismo serán conocidos muy probablemente como los años de la confusión, la incapacidad y el voluntarismo. En términos económicos, los panistas en el poder se subieron sin mayores cuestionamientos al cabús del envejecido tren de las políticas económicas neoliberales construidas por los tres presidentes del priismo que les antecedieron (De la Madrid-Salinas- Zedillo), y se montaron sobre las olas del discurso trendie de la globalización, la apertura comercial, y la desregulación económica. Desde el foxismo, aplaudieron frenéticamente las reformas de mercado de sus antecesores, y se convirtieron en los más férreos defensores de los mercados abiertos, la libre inversión y el enaltecimiento de la economía global. Sin embargo, el estancamiento económico prolongado, el incremento espectacular de la precariedad laboral y de la economía informal, el aumento de la desigualdad social y la persistencia de la pobreza como las bestias negras de la experiencia económica mexicana de los últimos treinta años, permanecen como las herencias de un oficialismo que jamás supo cómo lidiar con la ecuación política de las políticas de crecimiento económico, justicia social y bienestar colectivo.
En términos políticos, su “política de alianzas” (si es que alguna vez la hubo) consistió en una ambigua red de acuerdos cupulares, pragmáticos y de corto plazo con las fuerzas vivas del sindicalismo priista y expriista (el SNTE, por ejemplo), a cambio de apoyos confusos y reformas simbólicas. Bajo el manto protector del calderonismo, se extendieron y consolidaron las redes del sindicalismo de la más pura cepa corporativa y autoritaria, mientras que por otro lado, se combatió sin prisas pero sin pausas las expresiones del sindicalismo rebelde (como el del SME). Sitiado por la oposición política tanto del perredismo como del priismo, el ejecutivo federal nunca pudo articular una coalición política estable y coherente, capaz de sacar adelante las reformas estratégicas planteadas en su propia agenda. En cambio, la imagen de incapacidad e ingenuidad, de voluntarismo combinado con un permanente malhumor presidencial, se impusieron como las señas de identidad de un gobierno maniatado y cercado por una oposición política hábil en el manejo de los bloqueos a las iniciativas del ejecutivo. Las elecciones federales intermedias del 2009 y las presidenciales del 2012, en los cuales se desplomó el voto panista, pasaron la factura ciudadana a la fallida política presidencial.
La última y acaso única salida política que tuvo a su disposición el calderonismo para legitimar su gestión fue el combate al narcotráfico. Colocado en la agenda como un asunto moral y ético responsabilidad del Estado -según la interpretación católica de la ideología panista y el cálculo frío del pragmatismo político-, el Presidente intentó encabezar una “guerra” contra un enemigo supuestamente claro y preciso: las organizaciones criminales, los cárteles del narcotráfico. Como se ha registrado de manera sistemática, esa guerra tuvo efectos incontrolados y perversos: la expansión de las redes del narcotráfico, el incremento espectacular de la violencia y el número de homicidios en muchas ciudades y poblados, el debilitamiento de las autoridades locales y estatales, el fortalecimiento del temor como signo de los tiempos, la sensación de que todo lo sólido se desvanecía en el aire.
En el ocaso de su gestión y de su trayectoria política, Felipe Calderón representa muy bien las paradojas y contradicciones del panismo contemporáneo, fatalmente atrapado por las reglas y condiciones que ayudó a construir en los años de la transición y el cambio político hacia la democracia. Los saldos duros de la gestión del panismo en el poder ya fueron contados, puntualmente, en las elecciones presidenciales de este año. Sin embargo, el acumulado de costos, pérdidas y extravíos para el partido más importante de la derecha política mexicana aún está por hacerse.
Wednesday, October 24, 2012
Blues para corsarios
Estación de paso
El blues de los corsarios
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 25 de octubre, 2012.
Como parte de una larga gira compartida desde hace más de un año, dos bucaneros de buena reputación, Mark Knopfler y Bob Dylan, desembarcaron silenciosamente la semana pasada en el puerto californiano de San Francisco para hacer un par de escalas en el Auditorio Bill Graham, ubicado en el centro cívico de la ciudad. Ahí, justo en el medio de la vieja ciudad de las flores en el pelo, donde Tony Bennett confesó haber dejado su corazón hace unas décadas, y donde el multiculturalismo es, más que un problema, un dato duro, dos de las voces más emblemáticas de ese género polimórfico que es el rock ofrecieron en poco más de tres horas una prueba más de que la virtud y la fortuna suelen acompañar a los infieles.
El Bill Graham es un respetable edificio público construido en 1915, envejecido por el tiempo y los miles de conciertos y espectáculos que han desfilado a lo largo de los años. Con una capacidad para siete mil espectadores, acomodados en las graderías o en el piso, el auditorio es un almacén dotado de buena iluminación y acústica, diseñado con una combinación de detalles provenientes del art decó, la estética de un bodegón industrial, y un clima de cantina de muelle, lo cual lo hace una combinación arquitectónica ecléctica, interesante por impura. Ahí, en ese sitio, justo a las 7:30 de una noche calurosa de jueves, un dulce olor a colitas flotaba en el ambiente entre una multitud donde predominaban las cabezas calvas y las melenas grises, para dar la bienvenida a un solitario Mark Knopfler, blandiendo una guitarra eléctrica entre sus brazos.
“¿Qué traes de nuevo Mark? “Le gritó alguien en tono envenenado a Knopfler desde la oscuridad, a lo que el guitarrista le respondió con agilidad inglesa: “No estoy seguro de traer algo nuevo”. Y para reafirmarlo, abrió el concierto con una larga y espléndida versión de “What it is” (de su disco Sailing to Philadelphia, del año 2000), mientras que su banda, compuesta por dos guitarristas, un violín, una flauta, batería y sintetizador, le acompañaba en los riffs suaves y legendarios del gran guitarrista escocés. El repertorio del exlíder de Dire Straits siguió con otras 10 canciones que fueron del blues químicamente puro –como Hill Farmers Blues, o Song for Sonny Liston- a un par de canciones de su disco más reciente –Privateering (2012)-, que mostraron que el músculo creativo del gran Knopfler sigue en plena forma, configurando un sonido pausado e inconfundible, gobernado por una de las guitarras más exquisitas del gran vecindario rockero de los últimos treinta años.
A las 9 de la noche, los ecos de Jack London, de Robert Louis Stevenson, de Jack Kerouac o los aullidos de Allen Ginsberg resonaban en el auditorio, mientras Dylan tocaba al piano The Things Must Change, acompañado por la potencia sonora de una banda de 4 guitarristas, un tecladista y un baterista. Alternando la guitarra, la harmónica y el piano, Dylan se paseaba por el escenario con el fantasma de su alter ego “Jack Frost”, a veces sonreía, miraba insistentemente hacia sus instrumentos y hacia sus músicos, cambiaba las letras y ritmos de sus canciones, mientras sus cómplices, acostumbrados y contentos, se adaptaban rápidamente a las improvisaciones del patrón. Waiting the River Flow, Tangled in Blue, Chimes of Freedom, Love Sick, desfilaron de entre una lista de 15 canciones, que cerró con ese blues atronador que es Thunder of the Mountain, al que siguió, por supuesto, Like a Rolling Stone.
El espectáculo de los asistentes era la otra parte de la experiencia global. Algunos bailaban alucinantes danzas hippies, practicaban exorcismos y conjuros, lanzaban besos al auditorio, bendecían a Dylan y a su banda, mientras que otros no paraban de corear las inaudibles frases del músico de Minnesota, pronunciadas con la voz cavernosa y sombría de siempre. Más arriba y más al fondo, desde la oscuridad de las graderías y los palcos, las postales del concierto se multiplicaban. Al cierre del espectáculo, mientras las gradas se vaciaban y los asistentes salían, el aire cálido de la bahía recibía a los miles que salían del viejo edificio, entre vasos de cerveza abandonados y el olor vegetal de la mota consumida.
El rock es un género que ha inventado ya sus propias tradiciones y rutinas, sus referentes simbólicos, su parafernalia, sus imágenes y sonidos básicos. Y los conciertos son los rituales paganos donde esas tradiciones reviven, se reinventan en cada nueva canción, en cada nueva interpretación. Knopfler y Dylan son un par de viejos corsarios que representan la capacidad simbólica de un género plástico, la inspiración y oficio para hacer que cada canción suene como si fuera la primera vez, ante los cientos o miles de fieles que seguimos viendo en el rock una pequeña y efímera manifestación de la felicidad.
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