Monday, September 30, 2013
Suelo
Estación de paso
Suelo
Adrián Acosta Silva
(Septiembre, 2013)
Tal vez una de las voces más potentes y originales del rock brasileño contemporáneo sea la que representa el músico y compositor Lenine (Recife, 1959). Desde hace treinta años, con 12 discos grabados (que incluye un recopilatorio en 2009, y una sesión en vivo en la serie MTV, de 2006), y con miles de kilómetros recorridos en extenuantes giras por Brasil y Portugal, por Argentina, Chile y Uruguay, en España, Alemania y Holanda, la música de Lenine ha perforado las fronteras entre la samba y el rock, entre el bossa nova y el blues, con una pequeña ayuda de ecos tangueros conosureños y algún extraño sonido de raíces africanas. Como otros cantautores en distintos contextos, la obra de Lenine es a la vez un acto de fe y una voluntad de resistencia, una obra macerada a fuego lento entre la tradición y la innovación, una expresión de reiteración y reinvención, de “creación destructiva”. ¿Quién no sabe que la invención es también un acto de demolición?
Hijo de padre comunista y madre católica, el nombre le viene por supuesto del padre, el signo en la frente de un mito revolucionario soviético con sonoridades portuguesas, que asemeja la figura de un líder comunista en sandalias, de pelo largo, tocando una guitarra mágica influenciada indistintamente por los Beatles y los Stones, por Pink Floyd y Cat Stevens, por la música de Caetano Veloso y de Elis Regina, las novelas de Rubem Fonseca, la poesía de Vinicius de Moraes y de Luis de Camoes, y hasta por el ánimo inquieto, apesumbrado y curioso de Fernando Pessoa.
Baque Solto de 1983 (“Barco suelto”), fue el mascarón de proa con el que Lenine inició su carrera, cuando aún resoplaban en el aire los tambores de la dictadura militar y se iniciaba el largo proceso de democratización de la cultura y la política brasileñas. Tal vez Lenine fue la voz que surgió discretamente de entre los escombros de la música censurada de Milton Nascimento, de Maria Bethania, de Chico Buarque. Representaba en cierta medida un desafío y un reclamo en un entorno cultural y político en el cual se asfixiaba la tradición festiva, desafiante y contundente de la música urbana de Sao Paulo y de Río de Janeiro, colocando en perspectiva una vitalidad cultural que abría al mismo tiempo cauces y horizontes emocionales y sonoros para una nueva generación de jóvenes brasileños. Tres décadas después de aquella discreta presentación en sociedad, el perfil estético de una obra contenida, que combina el virtuosismo sonoro de guitarras, violines y pianos con la profundidad letrística, estalla en un nuevo disco, poblado por canciones talladas a mano, reposando en la voz profunda de un cantante comprometido con sus impulsos e imaginación: eso es Chão (“Suelo”), su disco más reciente, lanzado hace un par de años, en 2011. Antecedido por Lenine.Doc (2010) y Labiata (2008), “Suelo” es, a la vez, polvo de viejos lodos leninianos pero también el muestrario de un proyecto musical en permanente proceso de construcción, una obra elaborada con parsimonia y lentitud, virtudes escasas en una época donde la velocidad y el “novedismo” (esa obsesión por presentar todo como si fuera algo completamente nuevo) marcan el canon impresentable de zonas extensas de la música comercial.
Ya en Labiata, Lenine había declarado sus señas de identidad, su agenda y proyecto, mostrado la ruta maestra de sus inspiraciones: La lógica del viento/El caos del pensamiento/La paz en la soledad/La órbita del tiempo/La pausa del retrato/ La voz de la intuición/La curva del universo/ La fórmula del acaso/El alcance de la promesa/El salto del deseo (É o que me interessa). Aquí reposa el centro creativo de una obra solamente apta para los impuros, los infieles y herejes rockeros.
¿De qué nos habla el músico de Recife a través de las 10 canciones de su disco más reciente? Del mar, del amor, de los seres extraños que habitan las ciudades, de la resistencia frente a las adversidades, de la malicia y de la maldad, del sonido y la locura. Con una voz que gobierna firmemente ritmos de letras mezcladas con metal, y una guitarra que conduce con decisión los tonos claros de rock combinados con bajos, pianos, baterías y máquinas de escribir (sí, ese viejo artefacto del siglo XX), que acompañan la dulzura del idioma portugués, Lenine coloca en perspectiva viejas y nuevas obsesiones que han alimentado en el pasado su imaginación, sus elucubraciones y ansiedades.
Tomo de la traducción de la edición argentina de disco (Universal Music Argentina, 2011) algunos párrafos sueltos para ilustrar el mapa de las sonoridades contenidas en esta obra.
El suelo llega cerca del cielo/Cuando levantas la cabeza y te quitas el sombrero, dice en “Chão”.
Amor es materia prima/Es llama/La esencia/La suma/El tema (“Amor es para quien ama”).
Uno es solamente apatía/Otro se dice que es un genio/Ese transpira energía/ Y áquel orina uranio…Ése remuerde sus huesos/ Áquel mastica diamantes (“Seres Extraños”).
Y cuando el mar está bravo/Y cuando ya no doy pie/ No me enfado o me quejo/Y tal como un barco suelto /a salvo del mar revuelto/Vuelo firme a mi camino (“Me doblo pero no me quiebro”)
Estas frases, esculpidas con acordes de guitarras acústicas y eléctricas, mandolinas y sintetizadores, acompañadas por ruidos de teteras y motosierras, habitan el corazón sonoro de Suelo, y proporcionan quizá, “un descanso en la locura”, como escribe en otra canción. Oír a Lenine por vez primera conlleva el riesgo de que las mezclas impuras, tóxicas, envenenen lentamente el alma de quien lo escuche.
Tuesday, September 10, 2013
Pedro Krotsch y la universidad argentina
Estación de paso
Pedro Krotsch y la universidad argentina
Adrián Acosta Silva
(Texto publicado en Campus, suplemento del diario Milenio, núm. 525, 05/09/2013, México).
Los días 29, 30 y 31de agosto pasados, en la Universidad Nacional de San Luis, en el corazón del oeste argentino, se celebró el VII Encuentro Nacional y IV Latinoamericano “La Universidad como Objeto de Investigación. Universidad y democracia en Argentina y América Latina.”. El objetivo general del evento fue el conversar, debatir y discutir los problemas de la universidad y de la educación superior argentina y latinoamericana en el marco de la celebración de los 30 años de la recuperación democrática de aquel país. Como todo evento académico universitario, en este espacio confluyeron diversas voces, distintas perspectivas analíticas, teóricas e ideológicas, de distinto calibre y tonalidad, para hablar sobre los problemas del gobierno universitario, el financiamiento, la producción científica y el desarrollo tecnológico, la internacionalización de las universidades, su historia institucional y disciplinaria.
El hecho mismo de la celebración del congreso bastaría para afirmar su importancia en un contexto (el de la educación superior) donde las cosas parecen estar cambiando demasiado aprisa, y donde las agendas de políticas públicas y las de la investigación sobre el campo parecen distanciadas desde hace tiempo. Pero la peculiaridad del congreso es su propia historia y trayectoria. Celebrado por primera vez en 1995, el congreso representaba una idea y un proyecto de largo plazo, un esfuerzo intelectual, político y organizativo para crear un clima de debate y discusión sobre el pasado, el presente y el futuro de las universidades argentinas. Y el impulsor, el artífice de este esfuerzo fue Pedro Krotsch (1942-2009), una figura clave de la vida académica, intelectual y política de la educación superior argentina y latinoamericana.
Krotsch fue un promotor de la discusión profunda e informada de los temas educativos universitarios. Exiliado primero en Brasil y luego en México a mediados de los años setenta, como mucho otros de sus compatriotas, Pedro se asumía como un argenmex orgulloso y agradecido con México. Trabajó en diversos proyectos académicos y programas gubernamentales federales en nuestro país, lo que le permitió conocer y apreciar buena parte de la geografía mexicana, sus escuelas e instituciones educativas. Pero nunca perdió de vista el regreso a Argentina, y su interés en construir espacios y grupos dedicados al estudios de la universidad y de la educación superior.
Producto de ello, fue la creación de la revista Pensamiento Universitario, un proyecto editorial que nació en 19993 y que acompañó la idea de una reunión periódica de análisis nacional sobre los problemas de las universidades argentinas. De ahí surgió la idea de un congreso que colocara a la universidad como objeto de investigación, un evento que reuniera los esfuerzos investigativos y exploratorios sobre el tema, y que además colocara a la universidad en el cruce de caminos de la investigación sociológica y el diseño de las políticas públicas. Estos dos proyectos –la revista y el congreso- no hubiesen existido sin el esfuerzo individual y organizativo de Krotsch, pero tampoco hubieran sido posibles sin la autoridad, el prestigio y la seriedad que prácticamente todos en el mundo académico universitario le reconocían a Pedro. Su paso por las actividades de plomería académica, administrativa y organizacional de las universidades argentinas –docencia, investigación, impulsos de programas de posgrado e investigación- , su presencia como director del prestigiado Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires, su papel en la creación de la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU), sus contribuciones para colocar temas y asuntos en la agenda de las políticas universitarias, fueron actividades que trazaron una ruta de trabajo pero también de una enorme cosecha de afectos y reconocimientos dentro y fuera de su país.
En San Luis se reafirmaron las emociones de calidez y simpatías que suscita la figura de Krotsch, pero también los compromisos con los proyectos que a lo largo de cuarenta años emprendió por la educación superior argentina y latinoamericana. Ya su numeroso conjunto de amigos, colegas y alumnos –Antonio Camou, Claudio Suásnabar, Sonia Araujo, Daniela Atairo, Marcelo Prati, Carlos Mazzola, entre otros- se han encargado de dar continuidad a las obras impulsadas por Pedro, con la celebración del séptimo congreso, la edición de un número más de Pensamiento Universitario (el 15, de marzo de 2013), y el compromiso con organizar, rescatar y difundir la amplia obra de Krotsch. Pero para los que tuvimos la fortuna de conocerlo, siempre extrañaremos también su gran sentido del humor, su inteligencia, su capacidad de mirar siempre más allá de la coyuntura y fabricar ideas e intuiciones penetrantes alrededor de una conversación frente a una copa de vino o una botella de cerveza. Una figura alta y prudente que, caminando entre las penumbras de los pasillos y escaleras de cualquier auditorio universitario, podía levantar su mano para señalar un punto, un tema, una cuestión que debía ser incorporada en el análisis de la situación de la universidad. Y que entre los asistentes siempre quedara la inamovible sensación de que Pedro, otra vez, tenía razón.
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Monday, August 26, 2013
La república invisible
Estación de paso
La república invisible
Adrián Acosta Silva
Como sucede puntualmente en cada ciclo escolar desde hace ya demasiados años, la publicación de las listas de admitidos para ingresar a estudiar alguna carrera en las universidades públicas generó malestar, descontento e indignación entre aquellos que no pudieron aparecer en las listas. El resultado es lo que hoy vemos en el DF o en Oaxaca: movimientos estudiantiles de protesta por el hecho, que reclaman al gobierno y a las autoridades universitarias modificar las políticas de admisión, ampliar el cupo en las universidades, eliminar las barreras de exclusión (o criterios de selección) a los miles de solicitantes que no alcanzan los puntajes mínimos requeridos para inscribirse en las opciones de su preferencia. Es un hecho extraño y triste. El fenómeno tiene su origen, su historia y sus complejidades, pero, como ocurre en otros casos de la vida social, también forma parte de lo que puede denominarse como parte de la república invisible, ese conjunto de prácticas, de acciones, de sonidos, símbolos y significaciones que ordenan los comportamientos sociales dentro y en los alrededores de las instituciones.
La organización del reclamo es por supuesto un acto político, que intenta incidir en la gestión de una solución satisfactoria en el corto plazo. En las próximas semanas veremos que sucede, pero se puede anticipar que no pasará más de lo que vemos hoy: movilizaciones callejeras, declaraciones bien intencionadas, instalación de alguna mesa de diálogo, en el extremo, toma de instalaciones como en la UABJO. Pero lo que quizá vale la pena tratar de identificar es qué tipo de factores inciden en la recurrencia del fenómeno, las causas de su potente instalación en el paisaje socioeducativo nacional, las raíces profundas del mal. Después de todo, ello forma parte de una paradoja maestra de la república invisible en el terreno de la educación superior mexicana: mientras que gobierno, especialistas, empresarios, partidos políticos y autoridades universitarias reconocen la necesidad de incrementar el número de jóvenes que ingresan a la educación superior como un mecanismo estratégico para elevar la productividad, competir en la economía del conocimiento, mejorar la calidad de la democracia mexicana, o para impulsar la cohesión y la movilidad social, al mismo tiempo se confirma la imposibilidad de que se amplíe indiscriminadamente (es decir, sin restricciones) el acceso a la educación superior universitaria, bajo consideraciones de que ello significaría sacrificar la calidad de la selección meritocrática. En otras palabras, queremos aumentar el número de jóvenes universitarios (la cantidad) pero al mismo tiempo solo deseamos que ingresen los mejores, los más calificados (la calidad).
El problema ha intentado ser resuelto, razonablemente, con la diversificación de la oferta pública en el nivel superior. Desde hace por lo menos dos décadas, se ha impulsado desde el gobierno la creación de nuevas instituciones de educación superior que enriquezcan el menú de la oferta para los estudiantes universitarios y sus familias. Ahí están los cientos de universidades e institutos tecnológicos federales y estatales, que ofrecen carreras técnicas y profesionales de ciclos cortos, que anuncian vinculación casi instantánea con mercados labores específicos, que se adaptan, dicen, a las necesidades de la demanda con adecuaciones de la oferta. También están las opciones virtuales que con entusiasmo insuperable promueven autoridades universitarias y gobiernos locales, como la verdadera solución a los males de la admisión: son de bajo costo, flexibles, que inducen al autoaprendizaje, montadas en plataformas tecnológicas modernísimas, que ofrecen un nuevo mundo de posibilidades para la formación universitaria. Y detrás de esa cruzada por desincentivar la atracción de las universidades públicas entre los egresados del nivel medio superior, está también el florecimiento espectacular de la educación superior privada, sobre todo la de bajo costo y escalas pequeñas, que han logrado conformar un mercado que suele alimentarse rutinariamente de los ejércitos de rechazados que no logran alcanzar un sitio en las universidades públicas.
Pero los resultados de estos esfuerzos de diversificación no han sido satisfactorios. Según datos oficiales, a nivel nacional 8 de cada 10 egresados de alguna prepa logra ingresar a alguna modalidad de educación superior (lo que se denomina el la jerga tecno-burocrática educativa “tasa de absorción”), aunque esta tasa promedio varía considerablemente en los estados del país. Pero de cada 10 ingresan, 4 están en alguna universidad pública tradicional, 3 en otra opción publica, y 3 en alguna institución privada. Eso es la distribución de la matrícula realmente existente, es decir la que fue aceptada luego de cierto proceso de selección. El asunto de fondo es saber cuánto de esa distribución es producto de la resignación, cuánto es el resultado de una selección deliberada, cuántos deciden aplazar su selección, y cuánto es el total de estudiantes que renuncia a cursar definitivamente alguna carrera en su vida. Aquí no tenemos más que especulaciones y vaguedades nacionales, amontonadas junto a historias sociales e individuales, regionales y locales, que esperan ser analizadas por alguien. Pero si se calcula que sólo 3 de cada 10 estudiantes logran ser aceptados en las universidades públicas, eso significa que acaso 5 o 6 de cada 10 estudiantes están inscritos en una institución no universitaria, pública o privada, porque no les quedó otra opción. Y esto representa problemas de desempeño académico, de expectativas personales, de entusiasmos individuales, de compromiso institucional.
Ante el paisaje, las universidades públicas se han transformado silenciosamente en universidades de élite, no populares, en la que sólo los mejores, muy pocos, logran ingresar. En eso nos parecemos mucho a las universidades públicas brasileñas, que experimentan el fenómeno desde mucho antes que nosotros. Esta zona de nuestra república invisible es una postal triste y poderosa de nuestra vida pública. Más aún: es una fotografía extraña, que causa la impresión de que algo está mal en el retrato. Es una sensación incómoda, de algo que no corresponde a la realidad, que bien puede ser acompañada por una canción de ese título, hoy olvidada, del viejo León de Belfast, Van Morrison. Claro: él se refería a otra cosa.
Thursday, August 01, 2013
JJ Cale: un pez de aguas profundas
Estación de paso
JJ Cale: ese pez de aguas profundas
Adrián Acosta Silva
They call me the breeze
I keep blowing down the road
I ain´t got me nobody
I ain´t carryin´ no load
JJ Cale, Call Me the Breeze, 1971
El fallecimiento de JJ Cale (1938-2013) el pasado 26 de julio justo a la hora del crepúsculo, fue un acontecimiento azaroso y sorpresivo, pero digno de la vida misma del sobrio guitarrista de Oklahoma: discreto, prudente, sin estridencias ni discusiones. Dueño de una obra parca pero extendida a lo largo de más de medio siglo, la música de Cale iluminó el mundo rockero de la segunda mitad del siglo XX con la exactitud de una guitarra más cercana a la mansedumbre que a la rebeldía, serena y reflexiva. Sin intenciones grandilocuentes ni ambiciones desmesuradas, Cale fue un artesano minimalista que ayudó a reconstruir parte de los senderos y rutas que habitan el mapa de las sonoridades contemporáneas, alimentando con el potente combustible de sus intuiciones una dilatada carrera que influyó decisivamente en las trayectorias de Ry Cooder, de Robbie Robertson y Levon Helm, de Mark Knopfler, de Leon Russell, de Eric Clapton, de Neil Young.
Como todo ermitaño que se respete, Cale fue un músico que prefirió siempre la soledad y el aislamiento que la fama o la fortuna. Como relata de manera oportuna Sergio Monsalvo en “JJ Cale: el hombre que vino del polvo” (publicado en el blog de música de de la revista Nexos, 27/07/2013, www.nexos.com.mx), la educación sentimental del oriundo de Oklahoma City se alimentó originalmente de la crisis provocada a finales en los años treinta por la sequía, el polvo y el “viento negro” del medio oeste norteamericano. Quizá eso explica sus hábitos gregarios, su preferencia por la seguridad de los lugares apartados y escondidos. Poseedor de un estilo ecléctico, curtido lentamente entre las aguas del blues, el sonido rockabilly, el folck sureño y el country del medio oeste, Cale fue un story-teller destacado, cuyas letras y ritmos lograron la producción de piezas magistrales como After Midnight o Cocaine, que luego popularizara con éxito Eric Clapton hacia finales de los años setenta.
A lo largo de más de 50 años Cale grabó una veintena de discos en solitario. Era un pez de aguas profundas, capaz de deslizarse entre varios géneros sin perder el estilo. Dueño de un pulso inigualable con la guitarra, sus dedos expertos extraían notas y sonidos puros pero lentos, relajados, capaces de atrapar la atención tanto de los espectadores laicos como de los colegas consagrados. Cooder y Knopfler se referían a él como el verdadero dios de todas las guitarras, el hombre que vestido con Levis y camisas a cuadros representaba con lucidez y profundidad la sonoridad de la música Cajun, esa mezcla extraña de guitarras rítmicas y letras de blues con el inconfundible sabor terroso del desierto y las aguas lodosas del sur de Louisiana.
Creador del Tulsa Sound pero enemigo de toda clase de etiquetas, Cale poseía un estilo “indecible”, como lo describió Neil Young en sus memorias publicadas el año pasado, donde su obra era un “híbrido extraño”, que no era folck, ni blues, ni rock and roll, “sino algo por ahí en el medio”, según afirmó Clapton en una entrevista hace tiempo. En la última década de su vida, la fascinación por su música sólo era compartida por un pequeño grupo de iniciados, dado que desde los años ochenta Cale vivía en la sólida comodidad del anonimato, aunque seguía componiendo canciones en la intimidad de su estudio personal, y tocando aisladamente en algunos lugares de California, padeciendo dificultades económicas, viviendo entre los polvos de viejos lodos de la crisis, su compañera inseparable. Es en este contexto que Clapton invitó a Cale en el 2006 a grabar juntos un álbum (The Road to Escondido), que colocó nuevamente a Cale en la gran mesa del conocimiento público, un álbum espléndido inundado por las guitarras de dos de los virtuosos más importantes de la música contemporánea. Eso hizo declarar a Cale que, de no haber sido por su amigo Eric, “él estaría vendiendo zapatos en algún lado”.
En los tiempos de esas brujerías tecnológicas que representan You Tube y los buscadores de internet, las canciones e interpretaciones de Cale pueden encontrarse rápidamente, y vale la pena asomarse a cualquiera de sus clips para descubrir la magia de la música que el norteamericano compuso a lo largo de su vida. La figura de un hombre flaco y desgarbado aparecerá en la mayor parte de las veces con imágenes borrosas, de mala resolución, tomadas al azar por algún fanático en alguno de los pocos conciertos que solía ofrecer en los Estados Unidos. Ello no obstante, esas imágenes y sonidos son suficientes para apreciar la calidad de uno de los virtuosos anónimos más célebres de la historia del rock, que fue seducido, entre otras cosas, por los burdeles de Tijuana, las carreteras secas de Durango, o los placeres indómitos del alcohol, el abandono y el desamor.
Quizá JJ Cale representa, junto con la literatura de su contemporáneo Cormac McCarthy, la estética del desierto, ese cálido soplido del viento polvoriento que conserva el olor de las cosas que se desvanecen, pero es también una música que acaso produce una cómoda sensación de nostalgia del futuro. El hombre con la guitarra en la mano, tocando Travelin´ Light, o Cajun Moon, o Call Me the Breeze, o Danger, que narra historias breves con la discreta elegancia de un hombre sabio, acostumbrado a ver pasar la vida bajo la sombra protectora de una cabaña desvencijada, que acompaña el tiempo con una cerveza fría, mirando a lo lejos cómo se oculta el sol del verano entre los matorrales, las dunas y lo chaparrales que conforman el paisaje ocre y seco de un desierto infinito.
Thursday, July 18, 2013
La paradoja de Brunner
Estación de paso
La paradoja de Brunner
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio, U. de G., 18 de julio, 2013.
La semana pasada José Joaquín Brunner, el conocido sociólogo chileno autor de numerosas obras de referencia para el campo de la cultura y la educación superior en América Latina, estuvo en la Universidad de Guadalajara para dictar una conferencia magistral y un par de cursillos para funcionarios y estudiantes de posgrado de dicha institución. Para muchos de los que nos hemos formado en la lectura de sus numerosas obras, tener a Brunner por primera vez en Guadalajara representaba la oportunidad de compartir con el académico y el intelectual, con el funcionario público y el consultor internacional, con el colega y con el profesor universitario, algunas de las ideas y propuestas que ha formulado recientemente en torno a lo que está ocurriendo en el campo de la educación superior latinoamericana. Las siguientes son algunas notas al vuelo de lo que el autor de Universidad y sociedad en América Latina (1986), o Los intelectuales y las instituciones de la cultura (publicado en 1983, junto con Angel Flisfich), vino a decir a la U. de G. Son notas organizadas en 4 postales de gran formato, conducidas por la idea de que la educación superior latinoamericana es el territorio de una paradoja central: experimenta una gran expansión y diferenciación social e institucional que, sin embargo, tiende a reproducir las desigualdades estructurales de la región, algo que puede ser llamado como la “paradoja de Brunner”.
1. Como en ninguna otra época anterior, la educación superior muestra un ritmo espectacular de expansión y masificación de la oferta y de la demanda por carreras de licenciatura y posgrado. Hoy, en Iberoamérica más de 20 millones de estudiantes están inscritos en alguna de las 16 mil instituciones o establecimientos públicos o privados, universitarios y no universitarios, de educación superior de la región. La magnitud de este crecimiento va acompañado de un incremento de la complejidad de la gestión de los sistemas e instituciones, pero también revela el tamaño de los cambios contextuales que han ocurrido en las sociedades, las economías y las políticas de los países de la región. Sólo para darse una idea del impacto de este crecimiento de las plataformas institucionales de la educación superior basta comparar con lo que teníamos hace 60 años: en 1950 sólo existían 75 instituciones de educación superior y teníamos una matrícula de 150 mil estudiantes en toda iberoamérica. En ese lapso (1950-2010), las instituciones se multiplicaron por más de 200 veces y la matrícula por 130. Juguemos con los datos: en las últimas 6 décadas cada año se crearon en promedio 265 nuevas IES y se incorporaron más de 300 mil nuevos estudiantes a las mismas.
2. Estos datos agregados esconden diferencias muy significativas entre los países iberoamericanos. Por ejemplo, la cobertura. Mientras que en países como España, Uruguay o Argentina 6 o 7 de cada 10 jóvenes de entre 19 y 23 años están matriculados en alguna modalidad de educación superior, en países como Guatemala o El Salvador lo hacen solo 2 de cada 10. En México, en número redondos estamos más cerca de Guatemala que de Argentina: sólo 3 de cada 10 muchachos o muchachas actualmente están inscritos en alguna institución de educación superior.
3. Uno de los problemas de esta expansión es que tiende a reproducir los patrones de la desigualdad social latinoamericana. Es decir, los que ingresan son estudiantes pertenecientes familias de los 2 quintiles más altos de ingreso de la región y cuyo origen social se caracteriza por padres y madres de familia con escolaridades relativamente altas. Ello explica porqué en promedio sólo 4 de cada 10 jóvenes están inscritos en la educación superior de la región. Esto tiene enormes implicaciones no solamente en términos de equidad, sino que debilita significativamente las funciones de movilidad social ascendente que tradicionalmente han estado asociadas a la educación universitaria. Una sociedad que, por diversas causas y razones, no incluye a 6 de cada 10 jóvenes en la educación superior, está “condenando” a la inmovilidad social a un enorme sector de la población (una cuarta parte en promedio), a sobrevivir reproduciendo los patrones preexistentes de desigualdad social.
4. ¿Universidades o escuelas? Como Brunner señaló, apoyándose en el Informe 2011 Educación superior en Iberoamérica (CINDA, 2011), sólo 4 mil de las 16 mil instituciones de educación superior pueden considerarse como universidades. El resto son establecimientos dedicados a la formación en áreas no científicas sino profesionales o técnicas, en las cuales se desarrollan básicamente labores de docencia, no de investigación, ni extensión ni difusión. En las 4 mil universitarias, sin embargo, sólo un puñado son verdaderas universidades, es decir, desarrollan sistemáticamente labores de docencia, investigación, extensión y difusión cultural. Pero si se clasifican de acuerdo a un indicador básico de investigación (número de artículos científicos publicados por las universidades en un lustro,2003-2008), sólo 1369 de las 4 mil realizan algún tipo de investigación, y sólo 62 de ellas, que publican más de 3 mil artículos científicos por año, pueden considerarse “universidades de investigación” (en el caso mexicano sólo 4 universidades están consideradas en este categoría). Frente al discurso de la sociedad del conocimiento, de la economía basada en el conocimiento, esos datos revelan el tamaño del esfuerzo institucional que aún falta hacer para fortalecer y expandir esta parte estratégica de la educación superior en la región.
Estas cifras e imágenes habitan el centro de la “paradoja de Brunner”. La educación superior como un campo masificado y heterogéneo, excluyente de los sectores más pobres y reproductor de las elites, que sirve para consolidación de posiciones de privilegio a algunos, o de escalera de movilidad social para otros, pero que excluye sistemáticamente a la mayoría de los jóvenes. Universidades que no lo son, muchas escuelas que funcionan como “enseñaderos” de nuevos oficios y profesiones, donde la investigación científica es una flor exótica y delicada. Esa es la fotografía del momento y sus circunstancias. Esos son sus formidables desafíos.
La paradoja de Brunner
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio, U. de G., 18 de julio, 2013.
La semana pasada José Joaquín Brunner, el conocido sociólogo chileno autor de numerosas obras de referencia para el campo de la cultura y la educación superior en América Latina, estuvo en la Universidad de Guadalajara para dictar una conferencia magistral y un par de cursillos para funcionarios y estudiantes de posgrado de dicha institución. Para muchos de los que nos hemos formado en la lectura de sus numerosas obras, tener a Brunner por primera vez en Guadalajara representaba la oportunidad de compartir con el académico y el intelectual, con el funcionario público y el consultor internacional, con el colega y con el profesor universitario, algunas de las ideas y propuestas que ha formulado recientemente en torno a lo que está ocurriendo en el campo de la educación superior latinoamericana. Las siguientes son algunas notas al vuelo de lo que el autor de Universidad y sociedad en América Latina (1986), o Los intelectuales y las instituciones de la cultura (publicado en 1983, junto con Angel Flisfich), vino a decir a la U. de G. Son notas organizadas en 4 postales de gran formato, conducidas por la idea de que la educación superior latinoamericana es el territorio de una paradoja central: experimenta una gran expansión y diferenciación social e institucional que, sin embargo, tiende a reproducir las desigualdades estructurales de la región, algo que puede ser llamado como la “paradoja de Brunner”.
1. Como en ninguna otra época anterior, la educación superior muestra un ritmo espectacular de expansión y masificación de la oferta y de la demanda por carreras de licenciatura y posgrado. Hoy, en Iberoamérica más de 20 millones de estudiantes están inscritos en alguna de las 16 mil instituciones o establecimientos públicos o privados, universitarios y no universitarios, de educación superior de la región. La magnitud de este crecimiento va acompañado de un incremento de la complejidad de la gestión de los sistemas e instituciones, pero también revela el tamaño de los cambios contextuales que han ocurrido en las sociedades, las economías y las políticas de los países de la región. Sólo para darse una idea del impacto de este crecimiento de las plataformas institucionales de la educación superior basta comparar con lo que teníamos hace 60 años: en 1950 sólo existían 75 instituciones de educación superior y teníamos una matrícula de 150 mil estudiantes en toda iberoamérica. En ese lapso (1950-2010), las instituciones se multiplicaron por más de 200 veces y la matrícula por 130. Juguemos con los datos: en las últimas 6 décadas cada año se crearon en promedio 265 nuevas IES y se incorporaron más de 300 mil nuevos estudiantes a las mismas.
2. Estos datos agregados esconden diferencias muy significativas entre los países iberoamericanos. Por ejemplo, la cobertura. Mientras que en países como España, Uruguay o Argentina 6 o 7 de cada 10 jóvenes de entre 19 y 23 años están matriculados en alguna modalidad de educación superior, en países como Guatemala o El Salvador lo hacen solo 2 de cada 10. En México, en número redondos estamos más cerca de Guatemala que de Argentina: sólo 3 de cada 10 muchachos o muchachas actualmente están inscritos en alguna institución de educación superior.
3. Uno de los problemas de esta expansión es que tiende a reproducir los patrones de la desigualdad social latinoamericana. Es decir, los que ingresan son estudiantes pertenecientes familias de los 2 quintiles más altos de ingreso de la región y cuyo origen social se caracteriza por padres y madres de familia con escolaridades relativamente altas. Ello explica porqué en promedio sólo 4 de cada 10 jóvenes están inscritos en la educación superior de la región. Esto tiene enormes implicaciones no solamente en términos de equidad, sino que debilita significativamente las funciones de movilidad social ascendente que tradicionalmente han estado asociadas a la educación universitaria. Una sociedad que, por diversas causas y razones, no incluye a 6 de cada 10 jóvenes en la educación superior, está “condenando” a la inmovilidad social a un enorme sector de la población (una cuarta parte en promedio), a sobrevivir reproduciendo los patrones preexistentes de desigualdad social.
4. ¿Universidades o escuelas? Como Brunner señaló, apoyándose en el Informe 2011 Educación superior en Iberoamérica (CINDA, 2011), sólo 4 mil de las 16 mil instituciones de educación superior pueden considerarse como universidades. El resto son establecimientos dedicados a la formación en áreas no científicas sino profesionales o técnicas, en las cuales se desarrollan básicamente labores de docencia, no de investigación, ni extensión ni difusión. En las 4 mil universitarias, sin embargo, sólo un puñado son verdaderas universidades, es decir, desarrollan sistemáticamente labores de docencia, investigación, extensión y difusión cultural. Pero si se clasifican de acuerdo a un indicador básico de investigación (número de artículos científicos publicados por las universidades en un lustro,2003-2008), sólo 1369 de las 4 mil realizan algún tipo de investigación, y sólo 62 de ellas, que publican más de 3 mil artículos científicos por año, pueden considerarse “universidades de investigación” (en el caso mexicano sólo 4 universidades están consideradas en este categoría). Frente al discurso de la sociedad del conocimiento, de la economía basada en el conocimiento, esos datos revelan el tamaño del esfuerzo institucional que aún falta hacer para fortalecer y expandir esta parte estratégica de la educación superior en la región.
Estas cifras e imágenes habitan el centro de la “paradoja de Brunner”. La educación superior como un campo masificado y heterogéneo, excluyente de los sectores más pobres y reproductor de las elites, que sirve para consolidación de posiciones de privilegio a algunos, o de escalera de movilidad social para otros, pero que excluye sistemáticamente a la mayoría de los jóvenes. Universidades que no lo son, muchas escuelas que funcionan como “enseñaderos” de nuevos oficios y profesiones, donde la investigación científica es una flor exótica y delicada. Esa es la fotografía del momento y sus circunstancias. Esos son sus formidables desafíos.
Thursday, July 04, 2013
Grietas, llanuras y arroyos
Estación de paso
Grietas, llanuras rajadas, arroyos secos
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 4 de julio, 2013.
Desde hace tiempo, en Jalisco, como en otros lugares y territorios, circula la idea de que construir el futuro es una empresa imposible o, en el mejor de los casos, un ejercicio de ociosos, de intelectuales de café, una ilusión atractiva pero básicamente inútil para resolver los problemas de aquí y de ahora. En algunos círculos sociales, incluso, el futuro es una alucinación o una fantasía provocada por cierto exceso de realismo (una suerte de hiper-realismo); en otros, el futuro es un territorio inhóspito, cuya determinación depende de lo que hagan o dejen de hacer otros actores, otras fuerzas, situadas generalmente fuera de la localidad, del territorio o incluso del país. En muchos otros casos, la metafísica, la astrología y la charlatanería de ocasión son prácticas comunes para intentar adivinar el futuro, para conocer amigos y enemigos, saber qué hacer para que los individuos ganen dinero, tengan suerte en el amor, obtengan la felicidad, sean exitosos, famosos y reconocidos por todos. Baste abrir las páginas de los periódicos, recorrer calles y avenidas de las ciudades mexicanas, o mirar anuncios televisivos o en internet, para confirmar cómo esa oferta de futuros instantáneos y agradables prolifera de manera abundante entre horóscopos, lectura de barajas y prácticas de adivinación.
Estas actitudes de superstición, de fe ciega o de recelos y desconfianzas hacia el futuro no son nuevas ni tampoco recientes. Son actitudes propias de la experiencia de la modernidad, surgidas de lo que un pensador clásico denominó como la incómoda sensación de que “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Es esa modernidad atrapada en la percepción de un presente continuo, circular, por la ansiedad por tratar de resolver las cosas rápidamente, donde el tiempo, gobernado por la dictadura de calendarios y relojes, determina las decisiones y las prácticas de los individuos, los grupos y las sociedades.
Para decirlo en breve: el clima social, político e intelectual de la época no favorece los esfuerzos por pensar el futuro. Pero si se observa con atención lo que ha ocurrido en el pasado remoto o reciente de los jaliscienses o de los mexicanos, pensar en el futuro ha sido un ejercicio que precede mucho de lo que hoy hemos alcanzado con esfuerzo, tenacidad y compromiso. Pensemos un momento, sólo uno, en lo que hicieron pensadores de la talla de Ignacio L. Vallarta, científicos como Don Severo Díaz o el Ing. Jorge Matute Remus, médicos como José Barba Rubio, empresarios como Don José Cuervo y Labastida, historiadores como Luis Pérez Verdía, escritores como Mariano Azuela, Juan José Arreola o Juan Rulfo, artistas plásticos como el Dr. Atl o José Clemente Orozco, Lola Álvarez Bravo o María Izquierdo, arquitectos como Luis Barragán, o políticos e intelectuales como José Guadalupe Zuno o Enrique Díaz de León. Todos ellos, hijos de su tiempo y circunstancias, emprendieron y se apasionaron por proyectos, tomaron decisiones difíciles, realizaron acciones, arriesgaron ideas, pensando, probablemente que, con un poco de determinación y persistencia, con mucho trabajo y con algunas ideas, el futuro podría ser un territorio menos inhóspito, más amigable y promisorio para ellos y para las generaciones por venir.
Es tarea de historiadores descifrar el tamaño preciso en que se combinaron la voluntad, las circunstancias y el contexto de estos personajes, para producir las obras y proyectos que hoy son un legado histórico del presente y el futuro jalisciense. Ello no obstante, se puede afirmar con certeza que los obstáculos y los encadenamientos del presente (esa extendida enfermedad contemporánea llamada presentismo, la ilusión de un presente perpetuo), no fueron suficientes para que sus obras impactaran en la construcción del futuro de las generaciones posteriores, y que nos llegan aquí y ahora en forma de un pasado luminoso.
El principio básico de cualquier esfuerzo prospectivo es que para construir el futuro primero hay que imaginarlo. Es necesario pensar en qué tipo sociedad y gobierno deseamos para formular un nuevo paradigma del desarrollo estatal, en un contexto nacional e internacional que ya no es lo que solía ser. Sin resolver en el corto plazo las ecuaciones y dilemas del presente, es difícil plantear una agenda de futuro –una política- que permita reconocer nuestros logros y valorar la magnitud de nuestros déficits y rezagos. La invención de un futuro promisorio, deseable y factible a la vez, es un ejercicio de prudencia y realismo, pero también de riesgo y de decisiones estratégicas, de reconocimiento de nuestras capacidades a la vez que de la renovación de la certeza y la fe científica sobre el porvenir. Esta combinación de insatisfacción y realismo con el presente, con las expectativas y anhelos sobre las hipótesis de futuros posibles, lo expresó hace más de medio siglo, con sobriedad y precisión literarias, uno de nuestros escritores mayores:
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. (Juan Rulfo, El Llano en llamas).
Thursday, June 20, 2013
La ética de la ambiguedad
Estación de paso
La ética de la ambigüedad
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 20 de junio de 2013.
Los más recientes escándalos de corrupción que han recorrido los medios en todo el país han tenido su origen en las arcas de los gobiernos de los estados. Tabasco, Aguascalientes y Jalisco se han convertido en temas de indignación moral, el deporte nacional de moda desde hace algún tiempo entre ciertos medios, intelectuales y analistas de las cosas públicas. Las administraciones de los exgobernadores Granier, Reynoso Fernat o Emilio González, de distintos orígenes partidistas (el PRI, el primero, y los otros dos del PAN), se han colocado en el centro del ojo público –es decir de los medios- para tratar de mostrar cómo la corrupción, como la estupidez, no tiene límites.
El asunto ni es nuevo, ni nada garantiza que no sucederá otra vez, en la escala federal, estatal o municipal. La ambición por el poder casi siempre va unida o emparentada con la ambición por el dinero. Y en México, el discurso de la descentralización y la federalización que se impulsó desde hace más de dos décadas, con el aplauso unánime y entusiasta de partidos políticos, empresarios y medios de comunicación, pronto comenzó a mostrar la ineficacia, la debilidad o la incapacidad del Estado para controlar el uso y distribución de los recursos públicos. A pesar de los intentos de controles hacendarios, de proliferación de contralorías y auditorías federales, estatales y municipales, de creación de organismos autónomos o semiautónomos como el IFAI, la corrupción es, o parece ser, una bestia ingobernable.
Que un gobernador, o varios de sus funcionarios más cercanos, se vean envueltos en actos de corrupción, es un asunto viejo. La discrecionalidad en el uso de los recursos públicos es una práctica antigua y extendida en México o en otras partes del mundo, incluyendo Italia, Francia o los Estados Unidos. Ante la creciente red de disposiciones burocráticas, de proliferación de programas “etiquetados”, de amenazas abiertas o veladas para quienes están tentados a desviar los recursos, se impone la religión de las creencias que guían las prácticas de los funcionarios: no importan los medios para cumplir con sus responsabilidades, importan los fines. Ante la incómoda red de restricciones legales y prácticas del ejercicio de los recursos públicos, que significan obstáculos para que las cosas funciones más o menos bien, muchas autoridades deciden actuar, gastar, y lueo explicar y justificar ese gasto para resolver problemas. El resultado suele ser lo que vemos: un ejercicio discrecional de los recursos, que frecuentemente termina en actos de corrupción.
Pero las relaciones entre corrupción, política y poder están llenas de imágenes que se han vuelto lugares comunes. Platón advertía, con la sabiduría de los antiguos, de los riesgos de la vida política, y reconocía que su República solo podría ser obra de un milagro. Maquiavelo, el profesor del realismo político, señalaba mucho tiempo después con toda claridad la necesidad de distinguir y separar la moral de la política, el deber ser con el es, de asegurarse de ver la realidad como es y no como quisiéramos que fuera. Lord Acton, el célebre barón inglés, pronunció en 1887 una frase que posee la contundencia de la brevedad: “El poder tiende a corromper; el poder absoluto corrompe absolutamente”. Un siglo antes, en 1787, Benjamín Franklyn señalaba que hay dos pasiones que influyen sobre los asuntos de los hombres: “Estas son la avaricia y la ambición; el amor al poder y el amor al dinero”.
Las connotaciones negativas de la política se extienden hasta los comienzos del siglo XX, cuando el viejo Weber advertía del hecho de que ingresar a la política significaba estar dispuesto a recibir el beso del diablo: “Quien se dedica a la política” –escribía Weber en el invierno de 1918- “establece un pacto fáctico con los poderes satánicos que rodean a los poderosos...Quien busque la salvación de su alma y la redención de las ajenas no la encontrará en los caminos de la política, cuyas metas son distintas y cuyos éxitos sólo pueden ser alcanzados por medio de la fuerza.” No hay aquí exorcismo posible para lidiar con intereses diversos, ambigüedades, incertidumbres, insuficiencias de tiempo y recursos. Hacer política es tomar decisiones, como todo en la vida, con la diferencia de que los políticos profesionales toman decisiones a nombre o en representación de otros, y eso les significa vivir con el dilema permanente, y a veces corrosivo, de actuar con la ética de la convicción o con la ética de la responsabilidad.
Por sus hechos, muchos de los políticos profesionales han decidido desde hace tiempo actuar conforme a la ética de la ambigüedad, una forma extraña, anfibia, de tomar decisiones y elegir comportamientos. Es decir, toman protesta solemne para cumplir y hacer cumplir las leyes, se asume que, de no hacerlo, la nación se lo demandará; pero al mismo tiempo, su comportamiento se rige por los cálculos políticos, por la ignorancia, a veces por la irresponsabilidad. Esa ambigüedad gobierna sus actos, define la ecuación cotidiana de la forma y el fondo, la vieja relación del código amigo/enemigo. Ahí, frente a la brevedad del poder público, se impone el interés personal del largo plazo. Pero acaso las acciones que unen al Sr. Granier de Tabasco, con el Sr. Ocampo de Jalisco, respondan más a la lógica marxista del viejo Groucho, cuando aconsejaba cariñosamente a su hijo imaginario: ”Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”. Ahí, en esa versión irónica, venenosa del poder, se encuentra tal vez el secreto de la arquitectura ética de la corrupción política.
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