Friday, September 25, 2015
La política del miedo
Estación de paso
La política del miedo
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 24/09/2015
Las conocidas bravuconerías lanzadas desde hace tiempo por el multimillonario Donald Trump contra los inmigrantes latinos, en especial contra los mexicanos, no son solamente parte de un escándalo de ocasión, un espectáculo de coyuntura protagonizado por un individuo que abierta y rápidamente ha pasado del mundo de los negocios al mundo de la política electoral en los Estados Unidos. No son tampoco la expresión de una actitud basada en ciertas vertientes del racismo y del clasismo anidadas profundamente en algunas raíces de la cultura política norteamericana. El discurso discriminatorio que emplea desde hace meses el símbolo del capitalismo neoliberal más salvaje surgido desde finales de los años ochenta en las entrañas de Wall Street, es parte de las aguas profundas del principal mecanismo de ordenamiento político y social que nació junto con las formas institucionalizadas de la democracia liberal norteamericana: la política del miedo.
Que un millonario inculto, un analfabeta funcional, representante conspicuo de aquellos que Philip Roth ha llamado el ejército de “leprosos morales” que han tomado el poder económico y político en los Estados Unidos desde hace tiempo, ocupe por asalto a la política electoral, no es una sorpresa. Que un individuo deje por el momento de usar la máscara purificadora del empresario exitoso y arriesgado, el self-made-man como orgulloso representante del american way of life, para colocarse la máscara del político claridoso, dispuesto a soltar a los perros de la guerra del odio racial y la xenofobia en una coyuntura pre-electoral, tampoco es realmente nuevo. La novedad no estriba en el juego de espejos que se produce al mezclar el mundo de los negocios con el mundo de la política para alcanzar el poder. Quizá lo verdaderamente inquietante del fenómeno Trump es que marca con toda claridad el retorno de una vieja idea a las arenas públicas: el miedo político.
Esa idea está enraizada profundamente en el imaginario y en las prácticas políticas tanto de las democracias liberales y representativas, como de los regímenes políticos no democráticos como son las dictaduras, los autoritarismos, las teocracias o los sultanatos. La génesis del miedo como una poderosa idea política que cohesiona a un grupo, una comunidad o una clase social, tiene que ver con el temor hacia el desvanecimiento del orden, a las amenazas de la anarquía, a los reales o imaginarios efectos corrosivos que tienen ciertas ideas, grupos, razas o intereses económicos sobre el bienestar, la seguridad o los valores de las elites y de las sociedades que aquellas afirman representar como nadie más. La historia de esta representación política del miedo se remonta a la historia de las tribus y de las civilizaciones occidentales, desde los griegos hasta los teóricos de las democracias modernas. Como propone con elegancia intelectual y curiosidad histórica el politólogo norteamericano Corey Robin en “El miedo. Historia de una idea política” (FCE, México, 2009), el miedo forma la base, el pegamiento emotivo y racional de nuestra vida pública, el motor de la construcción de leyes, instituciones y políticas públicas.
Pero, como afirmaba el viejo Weber, las ideas siempre tienen consecuencias políticas. Y el miedo no escapa a esta aseveración. Bien visto, Trump y sus asesores explotan abiertamente esta veta oscura de la sociedad norteamericana como una fuente articuladora de simpatías electorales. Es el retorno a la atmósfera inquietante y perturbadora plasmada magistralmente en los años treinta del siglo pasado por John Steinbeck en Las uvas de la ira, y que actualizó y re-interpretó hace 20 años Bruce Springsteen escribiendo “El miedo es algo poderoso”, al referirse a la rápida expansión de los sentimientos anti-inmigrantes en los Estados Unidos en su disco The Ghost of Tom Joad (1995), en el que “Tom Joad” es el personaje principal de la novela de Steinbeck. Pero es también el tono de provocación política y moral que explica la reacción molesta de Neil Young cuando Trump anunció su interés por la nominación republicana utilizando su conocida canción “Rockin in a Free World” como himno de guerra de su campaña.
Ello no obstante, el valor simbólico del pasado y del presente no parece hacer mella en la rápida expansión del miedo como combustible político de la cruzada anti-inmigrante y anti-mexicana que simboliza Trump, apoyado entusiastamente por la ultraderecha política norteamericana del Tea Party y de los Minute Men que se protegen bajo el amplio paraguas republicano, pero que también encuentra simpatías en no pocos sectores del propio partido demócrata en el contexto de la administración del Presidente Obama.
Paradójicamente, las estructuras de la desigualdad social, los fantasmas del bajo crecimiento económico, el desempleo, los intentos del obamismo por domar a las bestias salvajes del neoliberalismo depredador a través del impulso a políticas sociales inclusivas y universalistas que protejan a sectores importantes de los inmigrantes mexicanos y latinos que hoy duermen a las sombras de la inseguridad e incertidumbre sobre el futuro, alimentan generosamente el discurso y las imágenes del miedo político que está detrás de la mercadotecnia electoral y el tono beligerante de un hombre de negocios que ve a la política como la extensión natural de sus habituales prácticas empresariales. Ese proceso de naturalización del miedo político está en el centro ideológico de la nueva ultra-derecha que emerge desde los sótanos de Wall Street para tratar de imponer una utopía anti-liberal, corporativa, racista y antimexicana, bajo el liderazgo de un comisario empresarial representado grotescamente por Donald Trump.
Thursday, September 10, 2015
El más extraño de los políticos
Estación de paso
El más extraño de los políticos
Adrián Acosta Silva
(Señales de humo, Radio U. de G., 10 de septiembre, 2015)
Las figuras del héroe, del oportunista y del traidor suelen ser fundamentales para reconstruir la vida política de todos los tiempos. Respecto de los primeros, nos los recuerda recientemente el escritor Michael Ignatieff en “El héroe que Europa necesitaba” -publicado en la versión digital de la revista Letras Libres-, donde se refiere a la figura de Václav Havel, el dramaturgo, poeta y escritor que luego se convertiría en Presidente de su natal Checoslovaquia durante los años duros de la transición que van de la caída del muro a la conquista de la democracia en los países del este de Europa. Havel, el amigo de Frank Zappa, el hombre en ocasiones desaliñado y distraído, el político entusiasta y el Presidente sobrio, representa muy bien esa necesidad de héroes que tienen las sociedades en momentos específicos de sus historias nacionales. (http://www.letraslibres.com/revista/convivio/el-heroe-que-europa-necesitaba)
Pero hay que recordar que entre las filas de los políticos, hay linajes, estirpes y trayectorias de muy diverso origen, encarnadas por individuos de motivaciones complejas, que usan diferentes máscaras de temporada y disponen de mayores o menores recursos políticos, éticos y morales para su desempeño cotidiano. Uno de esos personajes ha sido descrito de manera inmejorable por el escritor austríaco Stefan Zweig en Fouché: retrato de un hombre político, con las palabras que a continuación transcribo, seleccionadas al azar. Corresponden a la némesis del héroe político, individuos que permiten contrastar con alguna nitidez perfiles y trayectorias de las carreras políticas en todos lados.
Escribió Zweig, en 1929:
“Traidor nato, miserable intrigante, puro reptil, tránsfuga profesional, vil alma de corchete, deplorable inmoralista. Hombre de bajo perfil y siempre cómodo en los segundos planos de la Historia. No gusta de dejarse mirar la cara ni de enseñar sus cartas. Casi siempre se esconde dentro de los acontecimientos, dentro de los partidos, actuando de forma tan invisible tras la envoltura anónima de su cargo como la maquinaria de un reloj, y sólo muy raras veces se logra, en el tumulto de los acontecimientos, atrapar las curvas más cerradas de su trayectoria, su huidizo perfil.
“Cuanto más audaces sus transformaciones, tanto más resulta el carácter, o más bien no carácter, de este hombre, el más consumado maquiavélico de la edad contemporánea. Tal descripción va, lo sé, en contra del evidente deseo de los tiempos. Nuestro tiempo quiere y ama hoy las biografías heroicas, porque dada la pobreza propia de figuras de liderazgo políticamente creativo busca ejemplos mejores en el pasado.
“En la vida real, la verdadera, en la esfera de poder de la política, raras veces deciden las figuras superiores, los hombres de ideas puras, sino un género mucho menos valioso pero más hábil: las figuras que ocupan el segundo plano. Y diariamente volvemos a ver que en el discutible y a menudo sacrílego juego de la política, al que los pueblos siguen confiando de buena fe sus hijos y su futuro, no se abren paso los hombres de amplia visión moral, de inconmovibles convicciones, sino que siempre se ven desbordados por esos tahúres profesionales, esos artistas de manos ágiles, las palabras vacías y los nervios fríos.
“Ese estar en la oscuridad será su actitud durante toda una vida; no ser jamás titular visible del poder y, sin embargo, tenerlo por completo, tirar de todos los hilos y no pasar jamás por responsable. Como auténtico jugador intelectual, sólo ama los valores de tensión del mando, no sus insignias. Le basta con tener acceso a las cosas, influencia sobre los hombres, gobernar realmente al aparente gobernante del mundo y, sin apostar su persona, jugar al más emocionante de todos los juegos: el inmenso juego político. Mientras otros se atan a sus convicciones, a sus palabras y gestos públicos, él, oculto y temeroso de la luz, se mantiene interiormente libre y se convierte así en el polo persistente en la sucesión de los fenómenos.
“Cuando abandona traidoramente un partido, jamás lo hace lenta y cautelosamente, no se escurre saliendo sin ser visto de sus filas, sino que se marcha en línea recta, a plena luz del día, sonriendo fríamente con una naturalidad asombrosa y aplastante, a las filas del ahora contrario, y se apropia de todas sus palabras y argumentos. Lo único que sigue siendo importante para él es estar siempre con el vencedor, jamás con el vencido. No va con una idea, sino con el tiempo, y cuanto más corra, más deprisa correrá con él.
“Pero un hombre de poder sin poder, un político liquidado, un intrigante agotado, siempre es la cosa más miserable del mundo. Tarde, pero con intereses de usura, tendrá que pagar ahora su culpa de no haber servido jamás a una idea, a una pasión moral de la Humanidad, sino siempre y únicamente al favor perecedero del momento y de los hombres.
“Con todo, este hombre intelectualmente apasionado sólo mantiene hasta el último instante un único sentimiento: la esperanza de volver a subir en política una sola vez, una vez más. En la muerte, busca desesperadamente el olvido. Pero ni siquiera desde la tumba este terco ocultador revela toda la verdad: incluso en la fría tierra, se lleva celoso sus secretos para seguir siendo él mismo un secreto, penumbra y luz híbrida, una figura que nunca se revela del todo. Pero precisamente por eso sigue atrayendo a practicar los juegos inquisitoriales que tan magistralmente practicó: a descubrir, por un rastro fugaz y huidizo, todo el intrincado camino de su vida y, por su cambiante destino, la estirpe intelectual de este hombre, el más extraño de los políticos.”
¿A quién se refiere la descripción anterior? Quizá al lector se le ocurra pensar que a algún político local o nacional, remoto o reciente, pero no, aunque bien podría ser. Las palabras de inocultable tono decimonónico corresponden a la figura de Joseph Fouché, un político francés nacido en 1759 y fallecido en 1820. Participó activamente en la Revolución francesa, y transitó azarosamente por varios puestos y posiciones políticas, tanto conservadoras como radicales. Jacobino y realista, oportunista consumado, regicida y diplomático refinado, nació y murió en la desgracia. El libro que Zweig publicó en 1929 es una estupenda biografía sobre él, de la cual se han extraído las notas de esta colaboración -tomadas de la traducción publicada por la editorial El Acantilado, Barcelona, 2011-, con la exclusiva pretensión de recordar que los políticos son, han sido y serán una especie extraña, camaleónica, contradictoria y compleja.
Monday, August 31, 2015
La invención de la ANUIES: Historia y política (2)
Estación de paso
La invención de la ANUIES: historia y política (2)
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 27/08/2015)
Durante los 18 años que van de 1982 al 2000, la ANUIES tuvo que adaptarse rápida y pragmáticamente a las nuevas reglas del juego político de las políticas públicas, determinadas por la idea de la “modernización” de la educación superior, una idea incubada en los años duros y largos de la crisis y el ajuste económico y conflictividad política de los regímenes de Miguel de La Madrid (1982-1988), de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), y de Ernesto Zedillo (1994-2000). Los tres últimos gobiernos del PRI en el siglo XX introdujeron una nueva racionalidad en las formas de intervención del Estado en las políticas públicas, basada en mecanismos de evaluación de la calidad ligados a fórmulas de financiamiento público diferencial, competitivo y condicionado. Es el ciclo de lo que aquí hemos denominado como el de la “gobernabilidad transicional”. Junto a su función de legitimidad político-corporativa del sector de la educación superior, la ANUIES mantendría sus funciones en la gestoría de las condiciones presupuestales de sus miembros. Desde el gobierno de Juan Casillas García de León (1985-1993) y de Carlos Pallán Figueroa (1993-1997), hasta la de Julio Rubio Oca (1997-2000), la ANUIES intenta afianzarse como interlocutora institucional del gobierno federal (en especial con el propio Presidente de la República, y con la SEP y la Secretaría de Hacienda), en un período de crisis económica pero también de expansión y masificación de la educación superior del país.
Para los inicios del nuevo siglo, las reformas económicas neoliberales y la democratización del régimen político marcaban el fin de una época. “El gobierno de los incentivos” comienza a dominar abrumadoramente la racionalidad de las intervenciones públicas en el campo de la educación superior, induciendo ciertas pautas en el comportamiento institucional de las universidades públicas (planeación “integral”, estímulos a profesores, formación de cuerpos académicos, rendición de cuentas), con el respaldo de la Asociación. Con el fenómeno de los “gobiernos divididos” y la alternancia política, nuevos actores –como la Cámara de Diputados- entrarían en escena en el ajedrez político nacional. En ese marco, la dirigencia de la ANUIES y de las propias instituciones que la conforman enfrentarían nuevas condiciones, restricciones y oportunidades para su desempeño. Además un nuevo entorno de masificación de la educación superior, con nuevos proveedores y actores públicos y privados, habían colocado al viejo núcleo cuasi monopólico de las universidades públicas en un contexto institucional heterogéneo y contradictorio, poblado por cientos de nuevas universidades e institutos tecnológicos de carácter público, y miles de nuevos y viejos establecimientos privados.
En este contexto, las habilidades políticas y de gestión de la ANUIES tendrían que adaptarse rápidamente a la música estruendosa de la alternancia en el poder federal. La llegada a la Presidencia de la República del representante de un partido político distinto al tradicional PRI (el PAN, con su candidato Vicente Fox), implicaba la posibilidad de un cambio en la orientación y organización de las políticas públicas hacia la educación superior. Sin embargo, ni el foxismo (2000-2006) ni el calderonismo (2006-2012), significaron un cambio ni en la orientación sustancial ni en el funcionamiento de los ejes y los programas creados durante la década anterior, heredados de la lógica modernizadora de las políticas de los gobiernos priistas precedentes. Dichas políticas, con todo y programas e instrumentos, se reafirmaron bajo el cielo azul del panismo (2000-2012), colocando como sus programas insignia los PIFI´s (Programas Integrales de Fortalecimiento Institucional), la continuidad del PROMEP (Programa de Mejoramiento del Personal Académico), y nuevos esquemas de rendición de cuentas y auditorías a las universidades.
En este ciclo, el giro de los viejos temas centrados en la gobernabilidad del sistema de educación superior fue desplazado por el énfasis en la gobernanza del sistema. En otras palabras, las preocupaciones por la legitimidad y la estabilidad de las IES fue subordinada por el interés en mejorar la eficiencia, la calidad y la eficacia del sistema. Con el retorno al poder del PRI en 2012, con Enrique Peña Nieto como Presidente, la larga transición del modelo centrado en la gobernabilidad corporativista hacia un modelo centrado en el gerenciamiento de las políticas, se confirmaba.
Durante la gestión de las Secretarías de Jorge Luis Ibarra (2001-2005) y de Rafael López Castañares (2005-2013), la Asociación ha mantenido su capacidad de representación institucional (hoy más de 180 IES conforman su membresía, contra las 26 que la formaron inicialmente en 1950), aunque su peso relativo en el conjunto de IES del país es minoritario, si consideramos que hoy se contabilizan casi 3000 establecimientos de enseñanza superior en todo el país. Asimismo, la propia ANUIES ha diversificado sus funciones y acciones institucionales, dando lugar a cierto proceso de burocratización institucional, pero también ampliando su oferta de publicaciones y de servicios de apoyo académico a las instituciones que forman su membresía.
Hoy, temas como el envejecimiento del personal académico y el problema “caliente” de la pensiones y jubilaciones, la contratación masiva de nuevos profesores e investigadores, o el incremento de la cobertura de la educación superior para incorporar a un porcentaje mayor de jóvenes que hoy no llegan a la universidad, son asuntos que aparecen a lado de las preocupaciones por construir una sustentabilidad financiera de las universidades públicas en el mediano y largo plazo, el aseguramiento de la calidad, o la innovación y la internacionalización de la educación superior mexicana. En esas circunstancias, la celebración de los 65 primeros años de la ANUIES es una fiesta que transcurre bajo el cielo nublado de la incertidumbre, y de frente a lo que se anticipa como un nuevo (otro más) escenario de crisis financiera y económica nacional para el futuro inmediato de la educación superior mexicana. Lo malo de las fiestas es que a veces no terminan como se desea, con excesos y pleitos que ensombrecen los motivos del festejo. Lo bueno de las festividades, sin embargo, es que también pueden ayudar a alimentar con imaginación y voluntad el diseño de un futuro más promisorio e interesante para los propios festejados y sus invitados.
Friday, August 28, 2015
Vivir muriendo
Estación de paso
Vivir muriendo
Adrián Acosta Silva
(Señales de Humo, Radio U. de G., 27/08/2015)
Hace casi 4 años, en diciembre del 2011, falleció Christopher Hitchens, acaso uno de los más brillantes intelectuales occidentales surgidos en la transición que va de las dos últimas décadas del siglo XX a la primera del XXI. Pensador lúcido y crítico hasta su muerte, con un agudo sentido británico del humor y capaz de demoler a críticas a sus adversarios y a las ideas, prejuicios y creencias que ellos representan, Hitchens fue sorprendido por un cáncer de esófago en junio de 2010, enfermedad que muy pronto lo llevó a la muerte.
Ateo confeso y orgulloso, comentarista político y literario, polemista intimidante e ilustrado, Hitchens enfrentó la muerte con las únicas armas que conoció y practicó a lo largo de su vida: las de la razón. Y producto de ello, fueron los últimos artículos que publicó en vida, escritos mientras se sometía a intensas sesiones de quimioterapia y radioterapia, inyecciones de morfina para mitigar el dolor, pastillas, oxígeno, pruebas de sangre, ilusiones sobre nuevos tratamientos para el cáncer, biopsias, metástasis, trámites y burocracias, imágenes de médicos, enfermeras, ambulancias y hospitales.
Estos textos, publicados originalmente en revistas norteamericanas como Vanity Fair, fueron traducidos al español y publicados en 2012 por la editorial española Debate bajo el título Mortalidad. Es un libro pequeño, que contiene 6 textos breves, algunas notas fragmentarias que quedaron inconclusas a la muerte del autor, y un epílogo escrito por su viuda, Carol Blue. El libro constituye a la vez un veloz recorrido intelectual por la obra de Hitchens y un testamento político-racional sobre la agonía, la vida y la muerte.
Como señala el autor, son notas al vuelo escritas desde “Villa Tumor”, la imaginaria capital de la República de los enfermos terminales, a la cual se arriba desde las costas del país de los sanos al que usualmente muchos pertenecemos durante un tiempo más o menos prolongado.
Pero adaptarse al nuevo país no resultó nada fácil al autor de libros como “Cartas a un joven disidente”, “Dios no es bueno” o “Dios no existe”, tal vez sus obras más conocidas. El descubrimiento del nuevo mundo de enfermos, médicos y hospitales fue un proceso de adaptación amargo, ineludible y doloroso. En las horas largas pasadas en las “tumbas de colchones” (como le llamó Sidney Hook), la mente lúcida de Hitchens pasaba revista a las reacciones de amigos y colegas frente a su condición, el trato de los médicos y su transformación en una suerte de sacerdotes científicos y laicos, la promoción de productos milagrosos que prometen curas instantáneas para el cáncer, su impotencia para resistir los tratamientos contra el mal, las negociaciones de los equipos de “gestión del dolor” que en los hospitales discutían frente a él las mejores opciones para aminorar los efectos devastadores de los tratamientos médicos.
Vivir en Villa Tumor no implicó nunca abandonar las certezas intelectuales, emocionales y morales de Hitchens. Así, las figuras, las frases y las obras de Nietzsche, de Eliot, de Voltaire, de Auden, de Bellow, aparecen junto a sonidos y frases de canciones de Simon & Garfunkel, Cat Stevens, Leonard Cohen o Bob Dylan. Esa mixtura de palabras y sonidos recorre la complicada maquinaria espiritual que Hitchens utilizó para enfrentar la guerra contra la muerte.
Quizá hay dos temas que sobresalen de los ensayos reunidos en Mortalidad. Uno es el de la tentación de caer en las trampas de la fe religiosa como protección o bálsamo contra la fatalidad. La otra es la dificultad que tienen muchos amigos, familiares y aún los adversarios frente a la muerte. Respecto al primer tema –las trampas de la fe- Hitchens recuerda las palabras de Voltaire, cuando en su lecho de muerte lo importunaban y le pedían que renunciara al diablo y murmuraba: “no es el momento de hacer enemigos” (p.26).
Las trampas de la fe son las trampas de la ilusión, sugiere Hitchens, cuando algunos de sus críticos le piden arrepentimientos y conversiones ante la inminencia de la muerte. El lenguaje de las culpas y de las traiciones forman pare de los protocolos utilizados para lidiar con la enfermedad. Y recuerda a Montaigne: “El cimiento más sólido de la religión es el desprecio a la vida”(p. 105).
Las dificultades prácticas de lidiar con la muerte son distintas para el ciudadano de Villa Tumor y para los ciudadanos de Villa Salud. Hay protocolos extraños y contradictorios. Las muestras de solidaridad y de afecto, de compasión y hasta de lástima, se suceden frente a las narices del moribundo. Y aquí Hitchens recuerda frecuentemente una célebre frase de Nietzsche , escrita en Como se filosofa a martillazos (1888), cuando se refiere a las lecciones de la “escuela de guerra de la vida” en la que afirma: “lo que no mata me hace más fuerte”. “Nietzsche se equivocó”, dice Hitchens. Cuando se enfrenta una enfermedad terminal como el cáncer, que te enferma y te debilita, te mata y nunca te fortalece.
Los apuntes de Hitchens constituyen una narrativa de aguas profundas contra la muerte y sus demonios. Pero es también un esfuerzo intelectual por descifrar los significados de nuestra propia educación sentimental para enfrentar la agonía, el dolor y la muerte. Son las palabras escritas bajo el peso de la fatalidad, pero que conservan la lucidez intelectual y emocional de un pensador excepcional, condenado durante 19 meses a “vivir muriendo” como le confesó casi al final a su esposa. Hitchens representa muy bien la lucidez mortecina de un pensador y moralista político al que le disgustaron siempre los sermones y las moralinas, para mostrar hasta el final la entereza intelectual y moral que sólo inspira la razón.
Monday, August 17, 2015
La invención de ANUIES: historia y política (1)
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La invención de la ANUIES: historia y política (1)
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus-Milenio, 13/08/2015)
La historia de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) es, como toda historia institucional que se respete, una trayectoria larga, compleja y a menudo ambigua y contradictoria. Hoy que celebra 65 años de su fundación (1950-2015), quizá valga la pena un breve ejercicio de balance, de revisión sobre su papel y aportaciones al desarrollo de la educación superior mexicana.
La primera dificultad es, digamos, conceptual: ¿cómo puede caracterizarse la ANUIES? En términos estrictamente jurídicos es una asociación de carácter civil, conformada por un conjunto de miembros (universidades e instituciones de educación superior públicas y privadas) que deciden voluntaria y libremente auto-organizarse para perseguir ciertos objetivos y finalidades. Pero esa definición es insuficiente para comprender la dinámica de su comportamiento institucional, que involucra por lo menos la consideración de una dimensión política y otra sociológica. En términos de análisis de políticas, la ANUIES es una organización de política y de gestión de los asuntos de la educación superior, orientada hacia el reconocimiento de su legitimidad política externa e interna. Pero vista desde una perspectiva más sociológica, la Asociación es también la expresión de un conjunto organizado de intereses que intenta “traducir” ciertas ideas en rutinas y prácticas institucionales. Estas tres formas o dimensiones de la caracterización de la Asociación permiten afirmar el carácter ambiguo, complejo o “híbrido” de la que es sin duda la organización más importante de la educación superior mexicana.
Pero ligado a las dificultades conceptuales, aparecen también las dificultades prácticas para organizar un análisis más o menos coherente sobre la historia de la Asociación, que vaya más allá del tono festivo que suele dominar el espíritu de los cumpleaños institucionales. El supuesto de base de cualquier propuesta por dominar dichas dificultades prácticas es considerar que los 65 años de la organización constituyen una trayectoria accidentada, no lineal, sujeta a las contingencias contextuales y a los ciclos políticos y de políticas que han configurado los diferentes entornos de la educación superior mexicana.
Bajo ese supuesto, la reconstrucción de la historia de la ANUIES puede hacerse colocando como foco su papel en la construcción política de las políticas públicas de educación superior en nuestro país. Y desde esta perspectiva se puede distinguir tres grandes ciclos de la historia política de la ANUIES: el de la “gobernabilidad corporativista” (1950-1982), el de la “gobernabilidad transicional” (1982-2000), y el de las tensiones entre la “gobernabilidad sistémica y la gobernanza institucional” (2000-2015). Como cualquier forma de periodización, la distinción tiene limites y es discutible, pero quizá puede ayudar a comprender mejor la dimensión política del papel de la ANUIES en la configuración del sistema de educación superior mexicano en las últimas seis décadas y media.
El primer ciclo comienza con la fundación de la Asociación en 1950 y culmina con la gran crisis económica de los años ochenta que impactó de manera dramática los montos, los modos y las reglas del financiamiento público a la educación superior universitaria. Son poco más de tres décadas donde, en la dimensión económica, las políticas del largo ciclo del desarrollo estabilizador determinaron una acelerada etapa de urbanización e industrialización, y en el campo político, se estructuraba un régimen político no democrático, donde la lógica de la representación corporativa dominaba las voces y las lealtades de los grupos y sectores sociales, incluyendo las del sector educativo superior. En esas circunstancias, se despliega un lento crecimiento de la oferta y de la demanda de la educación superior, y se crean las bases político-institucionales de la transición de las universidades tradicionales a las universidades modernas.
Desde su origen, fueron dos los ejes principales de la acción de la ANUIES. De un lado, influir en el diseño e implementación de la acción gubernamental en el campo de la educación superior; del otro, en mejorar las condiciones presupuestales de las instituciones que forman parte de su membresía. Es decir, una función política de representación y gestión legítima de sus intereses, y por el otro, una función financiera pertinente, ligada a estabilizar y mejorar las fórmulas de crecimiento del presupuesto público para las universidades. Ambas funciones se desarrollan con distintos grados de éxito por parte del gobierno de la ANUIES, desde la primera Secretaría de la Asociación de Alfonso Ortega Martínez (1950-1953), y la de un joven recién doctorado, Pablo González Casanova (1953-1955), hasta el período dirigido por Rafael Velasco Fernández (1977-1985).
La lógica corporativa del régimen posrevolucionario subordina la autonomía de las organizaciones civiles al reconocimiento de la autoridad del poder institucionalizado. Las figuras del Presidente en turno y de un partido político (el PRI), estructuran la cohesión y lealtad política hacia las políticas de desarrollo estabilizador y de la “unidad nacional”. En el campo de la educación superior, las universidades públicas conforman el núcleo cuasi monopólico de la oferta institucional, un núcleo en que descansará el activismo y la representatividad política de la ANUIES durante poco más de tres décadas, y en el cual se forman varias generaciones de las élites políticas que luego pasarán a integrarse como parte de las élites dirigentes del régimen posrevolucionario.
Pero es una doble crisis (económica y política) lo que termina por actuar como mecanismo de disparo de una serie de reformas que afectarían el entorno de la política y las políticas de la educación superior. El ascenso del “Estado evaluador” y de las políticas basadas en la búsqueda de la calidad, la evaluación y el financiamiento público competitivo, diferencial y condicionado, marcarían el fin de la gobernabilidad corporativista y el inicio de una “nueva” gobernabilidad –la “gobernabilidad transicional”- que obedece a una lógica distinta de intercambios entre el Estado y las universidades públicas. Así, desde los primeros años ochenta hasta finales de los años noventa, las políticas económicas neoliberales y la liberalización y posterior democratización del régimen político, poblaron de nuevas señales, racionalidades y reglas el contexto político de la educación superior.
Los años duros del financiamiento inestable y de aprendizajes políticos ocurridos en el marco de una expansión/masificación anárquica de la matrícula, el profesorado y las instituciones públicas y privadas del sistema, marcarán los procesos de adaptación incremental de la ANUIES a un contexto que muy pronto ya no era lo que solía ser. Los rasgos de esa nueva etapa los veremos en la próxima colaboración.
La invención de la ANUIES: historia y política (1)
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus-Milenio, 13/08/2015)
La historia de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) es, como toda historia institucional que se respete, una trayectoria larga, compleja y a menudo ambigua y contradictoria. Hoy que celebra 65 años de su fundación (1950-2015), quizá valga la pena un breve ejercicio de balance, de revisión sobre su papel y aportaciones al desarrollo de la educación superior mexicana.
La primera dificultad es, digamos, conceptual: ¿cómo puede caracterizarse la ANUIES? En términos estrictamente jurídicos es una asociación de carácter civil, conformada por un conjunto de miembros (universidades e instituciones de educación superior públicas y privadas) que deciden voluntaria y libremente auto-organizarse para perseguir ciertos objetivos y finalidades. Pero esa definición es insuficiente para comprender la dinámica de su comportamiento institucional, que involucra por lo menos la consideración de una dimensión política y otra sociológica. En términos de análisis de políticas, la ANUIES es una organización de política y de gestión de los asuntos de la educación superior, orientada hacia el reconocimiento de su legitimidad política externa e interna. Pero vista desde una perspectiva más sociológica, la Asociación es también la expresión de un conjunto organizado de intereses que intenta “traducir” ciertas ideas en rutinas y prácticas institucionales. Estas tres formas o dimensiones de la caracterización de la Asociación permiten afirmar el carácter ambiguo, complejo o “híbrido” de la que es sin duda la organización más importante de la educación superior mexicana.
Pero ligado a las dificultades conceptuales, aparecen también las dificultades prácticas para organizar un análisis más o menos coherente sobre la historia de la Asociación, que vaya más allá del tono festivo que suele dominar el espíritu de los cumpleaños institucionales. El supuesto de base de cualquier propuesta por dominar dichas dificultades prácticas es considerar que los 65 años de la organización constituyen una trayectoria accidentada, no lineal, sujeta a las contingencias contextuales y a los ciclos políticos y de políticas que han configurado los diferentes entornos de la educación superior mexicana.
Bajo ese supuesto, la reconstrucción de la historia de la ANUIES puede hacerse colocando como foco su papel en la construcción política de las políticas públicas de educación superior en nuestro país. Y desde esta perspectiva se puede distinguir tres grandes ciclos de la historia política de la ANUIES: el de la “gobernabilidad corporativista” (1950-1982), el de la “gobernabilidad transicional” (1982-2000), y el de las tensiones entre la “gobernabilidad sistémica y la gobernanza institucional” (2000-2015). Como cualquier forma de periodización, la distinción tiene limites y es discutible, pero quizá puede ayudar a comprender mejor la dimensión política del papel de la ANUIES en la configuración del sistema de educación superior mexicano en las últimas seis décadas y media.
El primer ciclo comienza con la fundación de la Asociación en 1950 y culmina con la gran crisis económica de los años ochenta que impactó de manera dramática los montos, los modos y las reglas del financiamiento público a la educación superior universitaria. Son poco más de tres décadas donde, en la dimensión económica, las políticas del largo ciclo del desarrollo estabilizador determinaron una acelerada etapa de urbanización e industrialización, y en el campo político, se estructuraba un régimen político no democrático, donde la lógica de la representación corporativa dominaba las voces y las lealtades de los grupos y sectores sociales, incluyendo las del sector educativo superior. En esas circunstancias, se despliega un lento crecimiento de la oferta y de la demanda de la educación superior, y se crean las bases político-institucionales de la transición de las universidades tradicionales a las universidades modernas.
Desde su origen, fueron dos los ejes principales de la acción de la ANUIES. De un lado, influir en el diseño e implementación de la acción gubernamental en el campo de la educación superior; del otro, en mejorar las condiciones presupuestales de las instituciones que forman parte de su membresía. Es decir, una función política de representación y gestión legítima de sus intereses, y por el otro, una función financiera pertinente, ligada a estabilizar y mejorar las fórmulas de crecimiento del presupuesto público para las universidades. Ambas funciones se desarrollan con distintos grados de éxito por parte del gobierno de la ANUIES, desde la primera Secretaría de la Asociación de Alfonso Ortega Martínez (1950-1953), y la de un joven recién doctorado, Pablo González Casanova (1953-1955), hasta el período dirigido por Rafael Velasco Fernández (1977-1985).
La lógica corporativa del régimen posrevolucionario subordina la autonomía de las organizaciones civiles al reconocimiento de la autoridad del poder institucionalizado. Las figuras del Presidente en turno y de un partido político (el PRI), estructuran la cohesión y lealtad política hacia las políticas de desarrollo estabilizador y de la “unidad nacional”. En el campo de la educación superior, las universidades públicas conforman el núcleo cuasi monopólico de la oferta institucional, un núcleo en que descansará el activismo y la representatividad política de la ANUIES durante poco más de tres décadas, y en el cual se forman varias generaciones de las élites políticas que luego pasarán a integrarse como parte de las élites dirigentes del régimen posrevolucionario.
Pero es una doble crisis (económica y política) lo que termina por actuar como mecanismo de disparo de una serie de reformas que afectarían el entorno de la política y las políticas de la educación superior. El ascenso del “Estado evaluador” y de las políticas basadas en la búsqueda de la calidad, la evaluación y el financiamiento público competitivo, diferencial y condicionado, marcarían el fin de la gobernabilidad corporativista y el inicio de una “nueva” gobernabilidad –la “gobernabilidad transicional”- que obedece a una lógica distinta de intercambios entre el Estado y las universidades públicas. Así, desde los primeros años ochenta hasta finales de los años noventa, las políticas económicas neoliberales y la liberalización y posterior democratización del régimen político, poblaron de nuevas señales, racionalidades y reglas el contexto político de la educación superior.
Los años duros del financiamiento inestable y de aprendizajes políticos ocurridos en el marco de una expansión/masificación anárquica de la matrícula, el profesorado y las instituciones públicas y privadas del sistema, marcarán los procesos de adaptación incremental de la ANUIES a un contexto que muy pronto ya no era lo que solía ser. Los rasgos de esa nueva etapa los veremos en la próxima colaboración.
Friday, July 24, 2015
IEEPO: una historia de poder y políticas
El IEEPO: una historia de poder y políticas
Adrián Acosta Silva
(Publicado en versión digital de Nexos, 23/07/2015. www.nexos.com.mx)
La desaparición (en realidad reforma y reestructuración), por decreto del gobernador oaxaqueño, del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca (el IEEPO), es una decisión que intenta “devolver la autoridad educativa al gobierno del estado”, según anunció el propio gobernador Gabino Cué en la conferencia de prensa del pasado 21 de julio. El anuncio dramático, espectacular, de ocho columnas para medios impresos y electrónicos, fue apoyado simbólicamente por las figuras del Secretario de Educación Pública y del vocero de la Presidencia de la República. Pero la decisión, el diseño del nuevo Instituto, constituye apenas el primer paso en el complicado proceso de reconfiguración del poder político en el campo educativo oaxaqueño. La implementación de la decisión es, en realidad, el proceso en el cual se verá a prueba la fortaleza política del gobernador y del gobierno federal, frente al ruido de los tambores de guerra que ya ha comenzado a hacer sonar la CNTE como reacción frente a la desaparición del Instituto.
Más allá del curso de los acontecimientos, conviene sin embargo detenerse a reconstruir la historia del IEEPO en su contexto estatal y su relación con la CNTE. Como se sabe, el Instituto fue creado el 23 de mayo de 1992 durante la gubernatura de Heladio Ramírez (1986-1992), un priista tradicional, curtido en las aguas turbulentas de la fractura del PRI previa y posterior a las elecciones presidenciales de 1988. Con el salinismo y con el apoyo de Ramírez, llegó el Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica, un reforma al sistema educativo nacional orientada políticamente a dos cosas fundamentales: primero descentralizar (federalizar) la educación básica en las entidades de la república, trasladando la nómina, algunas decisiones y recursos educativos a los gobiernos estatales; y segundo, acabar con los restos del caciquismo sindical formado y ejercido durante casi dos décadas por Carlos Jongitud Barrios en el SNTE.
Los resultados, lo sabemos, fueron contradictorios, parciales y perversos. Por un lado, más que federalización de la educación lo que tuvimos fue un proceso de “feudalización” del sistema educativo básico, donde gobernadores y líderes sindicales nacionales y locales terminaron ejerciendo una suerte de cogobierno de la educación básica en las distintas entidades del país. Por otro lado, el desplazamiento de Jongitud y su Vanguardia Revolucionaria, cedió el paso no a la democratización sindical sino al surgimiento de un nuevo tipo de liderazgo, caciquil y poderoso, encabezado por Elba Esther Gordillo. En este contexto nacional, la creación del IEEPO en Oaxaca se significó, en una primera etapa (justamente la que corresponde al gobierno de Heladio Ramírez) por mantener los entendimientos políticos tradicionales entre el SNTE y el gobierno estatal: nombramiento conjunto de funcionarios educativos tanto en el IEEPO como en las direcciones de la escuelas públicas, los nombramientos de supervisores y jefes de zona, el acceso a plazas y los cambios de adscripción.
Al igual que se hacía y se hace en las secretarías estatales de educación en todo el país, la autoridad educativa surge de los arreglos institucionales entre los gobiernos estatales y el SNTE. Sin embargo, desde mediados de los años noventa la creciente influencia de la fracción disidente del SNTE en el suroeste del país (la Coordinadora) terminó por desplazar políticamente la fuerza del sindicato tradicional en esas regiones. Y la CNTE se posicionó como el principal interlocutor político del gobierno estatal oaxaqueño. Esto se tradujo poco a poco en la penetración del IEEPO por parte de la Coordinadora, desplazando la influencia tradicional del SNTE en el sector y en el organismo. La creciente legitimidad corporativa de la Coordinadora, su fuerza beligerante a través de paros y movilizaciones, fue consolidando la certeza en la clase política local de que gobernar el sector educativo oaxaqueño era una labor en la cual debía apoyarse, negociar o ceder ante la fuerza de la Coordinadora.
Con los gobiernos de Diódoro Carrasco (1992-1998), de José Murat (1998-2004) y de Ulises Ruiz (2004-2010) (todos pertenecientes al PRI), el poder de la CNTE se amplió y consolidó. La coalición que a nivel federal significó la alianza del SNTE con el PRI durante el salinismo y el zedillismo, se transformó en una coalición del gobierno educativo entre los gobiernos panistas y el SNTE con el elbismo como fuerza de cohesión y control político electoral y sindical. Pero esa coalición, paradójicamente, significó en Oaxaca el fortalecimiento de la Coordinadora como una fuerza política local que luego se extendió rápidamente a entidades como Guerrero, Veracruz, Chiapas y Michoacán. Sin embargo, nada se parece al poder que la coordinadora acumuló en Oaxaca, y que le llevaron a desafiar y bloquear la reforma educativa peñanietista lanzada el inicio de su mandato finales del 2012.
La llegada del Gabino Cué al gobierno estatal en 2010, un expriista postulado por una coalición multipartidista (PAN, PRD, PT y Convergencia), significó la irrupción de la alternancia en Oaxaca, y con ella, la posibilidad de un cambio político en el gobierno del sector educativo. Ello no obstante, por prudencia, pragmatismo o debilidad pura y dura, el nuevo gobierno estatal mantuvo el esquema tradicional de la gobernabilidad del sector, consolidando la fuerza de la CNTE en el centro del mapa político local, pero también manteniendo su dominio del IEEPO, con lo cual el poder de la Coordinadora también se tradujo en su dominio en los programas, los puestos, los recursos y las políticas locales de educación.
Pero la política, ya se sabe, es el arte de gestionar los conflictos, los tiempos y las posibilidades. La fuerza consolidada de la Coordinadora explica que la reforma educativa peñanietista no contara con los apoyos locales suficientes ni del SNTE ni del gobierno de Cué para penetrar en las estructuras de control político de la CNTE. Habría que esperar el paso de las elecciones intermedias de julio de 2015, coincidente con el último año de gobierno de Cué, para emprender una acción espectacular, mediática, y políticamente apoyada por el gobierno federal, el gobierno estatal y el SNTE, una operación cuyo centro simbólico y práctico es el desmantelamiento del IEEPO. La cuestión clave es si esa operación conjunta permitirá reconstruir la gobernabilidad del sector, avanzando al mismo tiempo en la gobernanza institucional necesaria para implementar la reforma educativa nacional en Oaxaca, y minimizando, al mismo tiempo, los costos políticos de la reacción de la CNTE en el corto y mediano plazo.
Thursday, July 23, 2015
La República de los Doctores
Estación de paso
La República de los Doctores
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 23 de julio de 2015.)
Desde hace tiempo se sospecha en ciertos círculos académicos y no académicos que el plagio de textos es una práctica común entre algunos estudiantes, profesores e investigadores universitarios. No hay datos sistemáticos que permitan calibrar las dimensiones de tales sospechas, pero da la impresión de que en ocasiones las prácticas plagiarias alcanzan ya el envidiable estatus de usos y costumbres en no pocas universidades públicas o privadas, particularmente en el área de las ciencias sociales. Sin embargo, a falta de datos precisos, grandes y pequeños escándalos se han acumulado sin prisa pero sin pausa en el horizonte público mexicano en los últimos años. El más reciente se descubrió en la Universidad Michoacana hace un par de semanas, cuando un investigador de esa institución fue acusado por plagiar no solamente un artículo de investigación de una académica española, sino incluso su propia tesis doctoral, presentada y avalada en el prestigiado Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México, una de las instituciones académicas más serias y reconocidas del país y de América Latina.
Pero no es el único caso. Hace un par de años, un historiador de la UNAM también fue descubierto en el acto. Como el de la Michoacana, también había alcanzado los más altos honores académicos de la carrera universitaria, incluyendo nombramientos, estímulos económicos y la pertenencia al Sistema Nacional de Investigadores, el esquema meritocrático más importante del país. Hace unos días, el académico y ensayista Guillermo Sheridan publicó, con envidiable sentido del humor, el sorpresivo descubrimiento de un plagio a su propia obra por parte de un investigador de El Colegio de San Luis, y también miembro destacado del SNI.
Los casos, las instituciones involucradas, los personajes mencionados, documentan con preocupación la expansión de una práctica que se cree o se creía controlada por la ética de la convicción académica, por la responsabilidad intelectual, o por las reglas básicas del oficio. Después de todo, la actividad académica exige, como todo oficio que se respete, códigos de honor como la honestidad intelectual, el respeto a las ideas y contribuciones de otros, el reconocimiento de los argumentos, los datos, los métodos, las obras de colegas, maestros o discípulos de la academia y de la vida intelectual. Esos códigos permiten alimentar con las flores simbólicas y delicadas de la confianza el desarrollo de las rutinas más elementales de la enseñanza y la investigación universitaria: publicaciones, seminarios, clases, talleres, conversatorios.
Ello no obstante, con el estallido ocasional de los escándalos, se pueden distinguir por lo menos dos grandes tipos de posiciones en el campus universitario: el de los depredadores y el de los moralistas. Los primeros son aquellos que con variables dosis de cinismo, caradura u oportunismo puro y duro, se aprovechan de entornos poco exigentes con la evaluación de trayectorias escolares y académicas, o con la laxitud en la revisión de textos y publicaciones, y que aprovechan hábilmente la ausencia o debilidad de los mecanismos éticos o legales que teóricamente garantizan la honestidad intelectual y la confianza académica en las universidades. Los moralistas, por su parte, son los que ven con indignación y hasta con horror cómo proliferan de manera incontrolable las prácticas de plagio en las universidades, tanto entre sus colegas como entre los estudiantes.
Una de las fuentes explicativas del fenómeno tiene que ver con la expansión anárquica de la carrera académica como opción laboral para no pocos jóvenes universitarios. Nunca como en años recientes se ha incrementado tanto la competencia por honores, dinero y prestigio entre los académicos. Un vistazo a algunos datos nos muestra la magnitud de la expansión. En 1970, sólo estaban registrados 5,953 estudiantes de posgrado en México; en 2015, se estiman en más de 250 mil. Casi el 70% de los estudiantes de posgrado son de maestría, contra el 20% de las especialidades y el 11% de doctorado. Pero si concentramos la atención en este último el nivel, se observa que en 1980 había solamente 1,308 estudiantes registrados; treinta y cinco años después, se estima que la cifra supera los 30 mil. En términos de oferta de programas doctorales, en 1960 había 20 en todo el país; hoy, se estima que son casi 800.
Estos datos –basados en información tanto del CONACYT como del Consejo Mexicano de Estudios de Posgrado, A.C- indican que México ha dejado de ser el país de los licenciados que Ibargüengoitia se imaginaba en los posrevolucionarios años sesenta, para dirigirse hacia la constitución de una imaginaria república de los doctores. Para mucho de los miembros de los estratos medios y altos urbanizados y escolarizados de la sociedad, la licenciatura ya no basta. Desde hace años, en algunos círculos sociales con extrañas pretensiones académicas o intelectuales, obtener una maestría o un doctorado se ha vuelto un deporte nacional, una obsesión para alcanzar estatus y posiciones en el mundillo académico y laboral mexicano. Las políticas públicas de estímulos a la calidad de la educación superior que hemos observado desde hace casi un cuarto de siglo, han desatado una feroz lucha por las becas, por acceder a los programas de estímulos y por los nombramientos académicos, desatando sentimientos de frustración y envidia, oportunismos y desarrollo de habilidades de algunos individuos para alcanzar dinero, influencia, poder.
Ese parece ser el mar de fondo del plagio académico, el “ecosistema” que explica el comportamiento de moralistas y depredadores. De algún modo, los escándalos recientes forman parte de las historias del lado oscuro del capitalismo académico. La simulación, el plagio, el robo intelectual, el secuestro de ideas y obras, sin ser asuntos inéditos ni recientes en la historia de las universidades, forman parte de las nuevas estrategias de promoción de los intereses individuales de hombres o mujeres en el territorio académico universitario. O sea, la academia como un espacio social más de prácticas de cálculo para la obtención de los mayores réditos, en un contexto institucional que desde hace tiempo tolera por incapacidad, por dolo o por comodidad, la expansión de los comportamientos depredadores o canallescos de algunos para apropiarse de manera poco escrupulosa de los productos creados por otros.
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