Thursday, September 28, 2023

Polímatas en tiempos del ChatGPT

Diario de incertidumbres Polímatas en tiempos del ChatGPT Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 28/09/2023) https://suplementocampus.com/polimatas-en-tiempos-del-chatgpt/ ¿Qué tienen en común George Steiner, Susan Sontag, Alfonso Reyes, Walter Benjamin, la princesa inglesa Isabel (1618-1680), o el fraile catalán Ramón Llull (1232-1316)? ¿Es posible encontrar algún lazo intelectual que una el perfil y trayectorias de Leonardo da Vinci con Jorge Luis Borges, de Vladimir Nabokov con Albert Hirschman, o de Amartya Sen con Umberto Eco? Aunque distintos en el tiempo y los contextos que les tocó vivir, estas figuras representan trayectorias intelectuales unidas por un rasgo distintivo común: su capacidad para explorar muy distintas ramas del saber, para negarse a la hiperespecialización y combinar distintos acercamientos disciplinarios a la explicación de múltiples fenómenos sociales o naturales. Su vocación enciclopédica, anclada en una curiosidad voraz y en la erudición, es el factor que une sus obras y trayectorias. Estas figuras representan al polímata, definido como “alguien que se interesa por muchas materias y aprende sobre ellas”. Y constituyen el objeto de estudio del sociólogo e historiador cultural Peter Burke, quien durante veinte años se dedicó a examinar cuidadosamente las trayectorias de cerca de 500 de esas figuras para tratar de entender cómo lograron desarrollar el “arte de las combinaciones” en contextos donde la especialización ganaba y sigue ganando terreno en todas las ciencias y las humanidades. El resultado de ese estudio fue publicado en español el año pasado por Burke en su libro El polímata. Una historia cultural desde Leonardo da Vinci hasta Susan Sontag (Alianza Editorial, Madrid, 2022). El punto de partida de su monumental estudio es el hecho de que a lo largo de la historia cultural de la humanidad han existido personajes que se distinguen por su capacidad para combinar distintos saberes y habilidades. Esas figuras representan la rebelión contra la unidimensionalidad de los saberes convencionales sobre las cosas y los procesos de la naturaleza o de la sociedad, lo que los conduce a ensayar distintas aproximaciones al entendimiento de las relaciones de causalidad de los fenómenos, pero también a identificar con claridad lo que no sabemos. A partir de este punto, Burke reconstruye esas historias a partir de una periodización que va de los antiguos chinos, egipcios, griegos, romanos y pensadores islámicos a la edad media, del renacentismo a la ilustración y el siglo de las luces, de la era del surgimiento de las disciplinas en las universidades a la era de la interdisciplinariedad y la revolución digital. El autor previene desde el principio de su libro sobre el hecho que también existe una suerte de “mitología del polímata”, que incluye prácticas de charlatanería a lo largo del tiempo. Aquí se incluyen falsos polímatas, entre los que se encuentran los vendedores de pócimas milagrosas (aceite de serpiente, por ejemplo), estafadores, magos, ilusionistas o merolicos de mercados y circos de todos los tiempos, impostores químicamente puros que afirman tener los conocimientos necesarios para curar enfermedades, construir artefactos que producen nuevos conocimientos científicos, o que revolucionan instantáneamente las formas de hacer las cosas. El contraste entre los “polímatas auténticos” y los “falsos polímatas” forma parte de las hechuras del fascinante estudio de Burke. Los polímatas son una reacción a la cultura de la especialización. Representan el esfuerzo por traspasar las fronteras disciplinarias como mecanismo intelectual para comprender mejor la complejidad de las cosas. Muchos de los grandes polímatas de la historia combinaron saberes matemáticos, económicos o politológicos con la poesía, la música o la pintura. Karl Marx se inspiraba en autores clásicos de la literatura alemana o inglesa del siglo XVI y XVII para explicar su teoría sobre las relaciones entre capital y trabajo. Nabokov combinaba la literatura con la entomología. Raymond Aron mezclaba la filosofía con la política, la sociología y la historia. Wilhelm von Humboldt se movía entre las aguas de la filosofía, la medicina, las lenguas, la historia y la política. En Jorge Luis Borges coexistieron la poesía y la literatura con la historia, la física y las matemáticas. Estos polímatas mantuvieron relaciones difíciles con las escuelas y universidades en sus distintas épocas. Reacios a las rigideces disciplinarias, entraban y salian de las universidades, cambiaban de escuelas, departamentos y colegas, abandonaban cursos para ofrecer otros, viajaban, se relacionaban con otras comunidades intelectuales. La imagen del polímata como un ser solitario y aislado es una imagen falsa, afirma Burke. Tres son los casos emblemáticos de esos itinerarios intelectuales en el siglo XX. Uno es el de Herbert Fleure, que pasó de ser jefe del departamento de zoología de una prestigiosa universidad escocesa para dedicarse a la goegrafía y a la antropología. Michael Polanyi, en la Universidad de Manchester, intercambió una cátedra de química por otra de estudios sociales. Y en la Universidad de California en Los Ángeles, Jared Diamond, antiguo catedrático de fisiología, se trasladó al departamento de geografía. En la era digital, el ocaso de los polímatas es una posibilidad. Presionados por la hiperespecialización asociada a la acumulación de títulos y grados, los pensadores libres son una especie amenazada, sugiere Burke. Y sin embargo, en un arranque de optimismo, el propio Burke sugiere que quizá en la era de los algoritmos, las aplicaciones, del ChatGPT y la inteligencia artificial, surjan nuevos polímatas digitales, hombres o mujeres que cultivan la hibridación intelectual, la curiosidad con la erudición, traspasando fronteras institucionales y disciplinarias con el uso de nuevas herramientas. Gente que quizás comparte el sentido provocador de una de las frases que utiliza como epígrafe de su libro el gran sociólogo inglés, de la autoría de un ex ingeniero que luego se dedicó a la ciencia ficción, Robert Heinlein: “La especialización es para los insectos”.

Thursday, September 14, 2023

Un escándalo silencioso

Diario de incertidumbres Un escándalo silencioso: la evaluación de los posgrados Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 14/09/2023) https://suplementocampus.com/un-escandalo-silencioso-la-evaluacion-de-los-posgrados/ La información dada a conocer por el Conahcyt hace unas semanas respecto de la evaluación de los programas de posgrado del país tiene el perfil de un oximorón: es un escándalo silencioso. De los 2 933 programas evaluados (que incluyen los niveles de especialidad, maestría y doctorado), un 33.5% (983) resultaron “no elegibles”, es decir, no reconocidos por el nuevo Sistema Nacional de Posgrados (SNP) del Consejo. Esto significa, entre otras cosas, que los estudiantes que eligieron cursar algún programa de posgrado no serán apoyados con la beca de manutención correspondiente, que tradicionalmente les asignaba el Conahcyt para cursar sus estudios durante 1, 2 o 4 años. El impacto de esta decisión es muy significativo, pues no sólo afecta a los programas de las instituciones de educación superior privadas sino también a las públicas. Aunque la información que aparece en la página del SNP es muy limitada, es posible identificar que los impactos más importantes ocurrieron en el nivel de las especialidades (87.3% fueron consideradas “no elegibles”), en la maestría (36.8%) y, en menor medida, en el doctorado (13.1%). En la página no es posible identificar cuántos de los programas no elegibles son nuevos (es decir, es la primera vez que solicitaban su registro en el SNP), y cuántas son renovaciones de programas que ya existían desde hace años en el antiguo Padrón Nacional de Posgrados (PNP). ¿Qué se sabe? Que bajo la nueva Ley General de Humanidades, Ciencia y Tecnología, el Consejo determinó fijar los criterios generales de evaluación de los programas en tres grandes categorías. La primera fue su relación con las prioridades nacionales, que fueron determinadas por la Junta de Gobierno del Consejo. La segunda fue la clasificación de los programas de acuerdo a su orientación (investigación/profesionalización, público/privado), realizada por la SEP. La tercera, si los programas cobraban o no matrículas a sus estudiantes, y en qué monto. En cualquier caso, el impacto nacional, regional e institucional es relevante, como lo han mostrado en las páginas de Campus Sylvie Didou, Alejandro Canales y Miguel Casillas. En la Universidad de Guadalajara, por ejemplo, que durante muchos años lideró el número de posgrados registrados en el PNP entre las universidades públicas estatales, el impacto significa que el 28% de sus programas (60 de 215) no lograron ser elegidos bajo los nuevos criterios y lineamientos expedidos por la Junta de Gobierno del Conahcyt, publicados apenas el 26 de julio pasado, es decir, una semana antes de que el Consejo diera a conocer los resultados de las solicitudes de evaluación. Aquí también, como a nivel nacional, resultaron no elegibles 8 de 11 especialidades (muchas de ellas médicas), 46 de 142 en el nivel de maestría, y 6 de 62 en el nivel del doctorado. Tampoco hay información disponible respecto de las áreas de conocimiento y disciplinas que más resultaron afectadas con la evaluación no diagnóstica, ni formativa sino punitiva realizada por el Consejo a través de sus comisiones dictaminadoras. No obstante, parece claro que los posgrados relacionados con la gestión, los negocios, el emprendurismo o la administración de organizaciones resultaron los más afectados con las decisiones evaluadoras. Eso supone que fueron considerados posgrados “no elegibles” por estar dirigidos a fortalecer al mercado y no al estado. También queda flotando en el aire la sensación de que el tercio de las solicitudes rechazadas (aunque el eufemismo sea “no elegidas”) obedece a razones presupuestales, algo que desde hace tiempo se ha mencionado como una de las razones que explican los resultados de las evaluaciones del Conahcyt. Como sea, el proceso evaluador significa un duro golpe a miles de estudiantes que habían decidido cursar una maestría o un doctorado bajo el supuesto de que recibirían una beca. Ante la eliminación de los programas, muchos alumnos se dieron de baja inmediatamente. Algunos se movilizaron y protestaron en las delegaciones del Conahcyt, o en las instalaciones de los campus universitarios. Pero el golpe está dado, y a pesar de las solicitudes de reconsideración realizadas por las autoridades, el Consejo decidió, en una proporción significativa, reiterar la categoría de “no elegibles”, sin mayores explicaciones a los responsables de los programas afectados. En estas circunstancias, la política científica del gobierno obradorista es una hechura de objetivos ambiguos, señales cruzadas e implementaciones defectuosas. La narrativa de la gratuidad se enfrenta al hecho de recortes brutales en los apoyos hacia los jóvenes (y algunos no tanto) que deciden, por muy diversos motivos y circunstancias, apostar al posgrado como una forma de supervivencia en tiempos donde los empleos son escasos, o para contribuir a la solución de problemas del desarrollo mexicano de hoy y del futuro. Es difícil entender como una política científica nacional supuestamente anti-neoliberal le cierra la puerta a poblaciones e instituciones públicas que han logrado avances importantes en la diversificación de las opciones profesionales y de investigación del posgrado mexicano. El problema central no es, por supuesto, el de evaluar o no los programas. De hecho, esa es una práctica regular desde los inicios del padrón de posgrados reconocidos por el Consejo. El problema consiste en el tipo de evaluación que se diseña y se ejecuta, sin considerar la historia de cada programa, el contexto y los resultados de cada uno de ellos. Si antes del 2019, la épica de los indicadores gobernaba las evaluaciones de los programas, hoy la épica de la austeridad y el compromiso con las prioridades gubernamentales dominan la evaluación federal. Son tiempos duros para el posgrado nacional.

Thursday, August 31, 2023

Universidad: ideas, intereses y política

Diario de incertidumbres Universidad: ideas, intereses y política Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 31/08/2023) https://suplementocampus.com/universidad-ideas-intereses-y-politica/ El inicio del proceso de selección de un nuevo rector en la UNAM despierta una ola de inquietudes, preocupaciones y reflexiones muy diversas entre los actores políticos intra y extrauniversitarios. Estas reacciones están estrechamente ligadas a los intereses, los cálculos y las creencias de los actores, detrás de las cuales coexisten ideas vagas, contradictorias o claras sobre el papel y orientaciones de la universidad en la sociedad contemporánea. Esa dimensión -las ideas sobre la universidad- está en el centro de los proyectos y propuestas de quienes participan por la rectoría universitaria, aunque muchas veces sean ideas difusas, encapsuladas en retóricas espesas y frecuentemente inconexas. El asunto no es nuevo. Un largo debate ha acompañado la formación de las ideas sobre la universidad como institución sociocultural. Es un debate de intensidades y perfiles diversos, representados por actores distintos en diferentes momentos. El origen de la discusión tiene que ver con la fundación de las primeras universidades europeas durante la época medieval (Bolonia, París, Salamanca, Coimbra), pero se alargó durante las grandes transformaciones económicas y sociopolíticas de la era de la ilustración y el siglo de las luces, la formación de los estados nacionales y las retóricas nacionalistas y modernizadoras del siglo XIX, y arribó al siglo XX con las grandes transformaciones gobernadas por los espíritus del capitalismo posindustrial, la guerra fría, el neoliberalismo, la globalización y la internacionalización. La historia intelectual de la universidad tiene que ver con imaginarios y representaciones, prácticas y contextos, actores, intereses y conflictos. En México, las universidades coloniales se constituyeron inicialmente como parte de un proyecto mayor: la evangelización de los indios, pero también como un espacio de representación de los intereses de la iglesia, de la corona, de las élites locales. Como espacios intelectuales, las universidades albergaron a lo largo del tiempo uno de los símbolos mayores, emblemáticos, de su poder institucional: los libros. Intérpretes y divulgadores, traductores, escribanos y maestros, discípulos y funcionarios, fueron los actores que utilizaron los libros como instrumentos de legitimidad y poder, el conocimiento como moneda de confianza pública y política de su autoridad e influencia en las sociedades coloniales, en el proceso de independencia y en la problemática construcción del estado nacional. El poder del conocimiento se mantuvo en el centro de la legitimidad política, social y cultural de las universidades a lo largo del convulsionado siglo XIX, aunque la revolución académica impulsada por la idea de la libertad de investigación y aprendizajes que fue formulada por Wilhem von Humboldt a comienzos de ese siglo en la universidad de Berlín, transformó la orientación y estructuras de las universidades europeas y americanas de las primeras décadas del siglo XX. La idea de la universidad de investigación se abrió paso como alternativa a la universidad especializante, profesional, que predominó durante la larga transición entre las universidades medievales y las universidades modernas, y la orientación investigativa se constituyó como el centro de una transformación académica ligada al desarrollo de funciones económicas más allá de las fronteras de los campus universitarios. En México, el debate sobre las ideas y las representaciones de la universidad tiene también una larga historia política e intelectual, sobre todo a partir de 1910, cuando el presidente Porfirio Díaz, asesorado por el grupo de los científicos, decidió la reapertura de la Universidad Nacional de México. Desde ese momento, fue posible identificar a las relaciones entre la universidad y el estado como una de las claves interpretativas de la formación de las ideas, creencias y representaciones sobre la universidad. La historia de la autonomía universitaria como derecho y compromiso, la auto-organización académica y el cogobierno como garantías autonómicas, el financiamiento público como obligación estatal, el proceso de expansión y masificación universitaria, las exigencias de rendición de cuentas basadas en la evaluación de la calidad y el financiamiento público diferenciado, condicionado y competitivo, la aparición de los rankings y las métricas internacionales de prestigio y reputación de las universidades, configuran las diferentes épocas de las representaciones sobre la universidad. Las ideas que hoy predominan en el ambiente universitario son difusas y corresponden a diferentes circunstancias, que hacen díficil ensayar una clasificación más o menos completa de sus enunciados y significaciones contemporáneas. Algunas tienen que ver con la universidad innovadora; otras, con la universidad de investigación. Algunas más con la universidad democrática; otras con la universidad humanista. Alguien habla de la universidad inteligente (smart university), embebido del lenguaje de la inteligencia artificial, los algoritmos y la era digital. Persisten por ahí los restos de viejas retóricas universitarias: la universidad de los profesores, la universidad de los estudiantes. Habría que agregar el de la universidad de las tradiciones, las rutinas y los hábitos intelectuales. Cada una de ellas se coloca en el centro o en los márgenes de realidades universitarias dominadas por las políticas de la austeridad, la sobrecarga de exigencias, las restricciones presupuestales, la politización de los procesos académicos, la desconfianza gubernamental, el escepticismo de las élites de ayer y de hoy. En los hechos, las ideas sobre la universidad son heterogéneas entre las mismas comunidades universitarias, y dependen de la experiencia, posición, intereses y expectativas de sus diferentes actores. La elección de un rector es siempre un proceso de decisiones políticas complejo y delicado. Y una de las dimensiones de esa complejidad procesal es justamente el de la formulación de una idea más o menos clara sobre la universidad de hoy y del futuro. En un clima político gobernado por las retóricas de la descalificación, el insulto y la provocación, el papel de las ideas parece haberse vuelto obsoleto, inapropiado e inútil. La universidad es el sitio apropiado para reclamar el protagonismo de las ideas en la construcción institucional y en el debate público sobre la educación superior. Después de todo, quizá sea necesaria recordar aquella vieja metáfora weberiana sobre la relación entre la ideas y los intereses, donde las primeras funcionan como “guardagujas” que guían el “pesado tren de los intereses”. En el caso de la UNAM, ese tren ya está en marcha.

Wednesday, August 30, 2023

La decisión de Alfaro

La decisión de Alfaro, o los dilemas de la inteligencia política Adrián Acosta Silva (Nexos, “blog de la redacción, 30/08/2023) https://redaccion.nexos.com.mx/la-decision-de-alfaro-o-los-dilemas-de-la-inteligencia-politica/?_gl=1*1cjwffe*_ga*MTk5NTU5MTY5OS4xNjg4NTE5NjY0*_ga_M343X0P3QV*MTY5MzQxMTE1NC40My4wLjE2OTM0MTExNTQuNjAuMC4w ¿Cómo definir la inteligencia política? ¿Cuáles son sus características, sus atributos, propiedades? ¿Es pura intuición, oportunismo, cálculo, reflexividad? ¿Todo depende de la adaptación al contexto, de las reglas al uso, de las instituciones, del azar? Una larga historia se despliega ante nuestros ojos cuando se revisa la trayectoria de figuras emblemáticas de la esfera política, desde los líderes antiguos hasta los contemporáneos. Figuras contrastantes como Espartaco, Cristo, Cleopatra, Alejandro Magno, Napoleón, Hitler, Mussolini, Lenin, Roosevelt, Fidel Castro, Juan Domingo Perón, Getulio Vargas, Lázaro Cárdenas, Charles de Gaulle, Margaret Thatcher, en diferentes contextos y circunstancias, desfilan entre las decenas de representantes de liderazgos caudillescos, monárquicos, autoritarios, dictatoriales, totalitarios, democráticos, carismáticos, burocráticos, revolucionarios, conservadores o híbridos, cuyos talentos y capacidades conjugaron siempre “la fortuna y la virtud”, como aconsejaba Maquiavelo en El Príncipe, o las “artes del mandar y del obedecer”, como registraba Hobbes en su estudio sobre Los Annales, de Tácito. Esos liderazgos, sin excepción, están asociados a contextos específicos y al generalmente pequeño grupo de asesores, consejeros y mentores que acompañan al líder o a la lideresa. Herméticos, esos grupos funcionan como élites, camarillas, mafias o tribus, que comparten ciertos principios ideológicos o códigos de honor, y organizan la acción política del líder mediante cabildeos constantes con simpatizantes y opositores, ensayando jugadas, rounds de sombra, calculando riesgos e identificando oportunidades. Un líder nunca se mueve solo, siempre conserva a su lado asesores y amigos para pensar sus acciones, asumiendo el hecho de que, en la política, como en el futbol, siempre se puede perder, empatar o ganar. Pero de lo que se trata es de cuidar el bien mayor de un político: su reputación. De eso depende que los efectos de sus declaraciones, titubeos o acciones no produzcan daños permanentes, irreversibles o catastróficos en la confianza de ciudadanos, seguidores y aliados. El inner circle de los políticos es un escudo protector de la imagen, las palabras y las acciones de su líder. Está compuesto de personas de lealtades probadas, pero también de oportunistas, disidentes, críticos y traidores potenciales a la autoridad del jefe o de la jefa. Un político profesional siempre acumula capital simbólico y práctico a través de la conquista de puestos, posiciones y espacios de autoridad, que son instrumentos que le permiten distribuir recursos de representación a simpatizantes y seguidores, pero también sembrar esperanzas entre otros políticos o aspirantes a serlo. Eso asegura la construcción de un “orden de lealtades”, la base sólida de todo tipo de legitimidad política, como afirmaba Weber. El anuncio del 23 de agosto pasado de la decisión del gobernador de Jalisco Enrique Alfaro de romper relaciones con la dirigencia nacional del partido Movimiento Ciudadano -en especial con su líder, Dante Delgado-, es otro momento de inflexión en su ya prolongada trayectoria política. Curtido en las lides políticas locales de Jalisco desde sus años de juventud como político priista, Alfaro pasó de ser un político local destacado en la primera década del siglo XXI -una típica gloria municipal-, a una figura de cierta relevancia nacional, justamente como figura emblemática de MC -junto con Samuel García en Nuevo León-, y como contrapeso efectivo al gobierno obradorista desde 2018. A lo largo de esa veloz trayectoria, el carácter impulsivo del político en ciernes que era Alfaro en los comienzos de su carrera, se atemperó relativamente con la necesidad de conciliación de un político madurado al calor de sus enfrentamientos públicos constantes con rivales y adversarios. Después de todo, si la política es el arte de la gestión del conflicto a través de la construcción de acuerdos, Alfaro y sus seguidores -eso que se denomina coloquialmente como “alfarismo”-, aprendieron rápidamente a seleccionar a sus aliados y a dosificar sus pleitos, pero también a cultivar cuidadosamente a sus adversarios. ¿Se puede considerar inteligente esa decisión? Sin duda, no fue un acto intempestivo, impulsivo, realizado en un momento de ofuscación o de frustración de los intereses del gobernador y de su corriente política, aunque no se puede descartar completamente ese hecho dado el conocido carácter explosivo del gobernador jalisciense. Su trayectoria política a lo largo de las últimas dos décadas muestra que lo suyo es la inestabilidad, el tránsito y la ruptura, alimentada por el combustible de la ambición, el protagonismo y el pragmatismo. Del PRI al PRD, de acercamientos con el PAN y luego como líder de MC en Jalisco, Alfaro representa una forma de hacer política basada en una mezcla extraña de convicciones (“yo soy un político libre”) y oportunismo, de cálculos estimados y riesgos probados (“nos quieren someter”), de lealtades exigidas (desplegados de apoyo, declaraciones de seguidores y simpatizantes), y de búsqueda de nuevos espacios de acción política. El estilo personal de gobernar mostrado en la última década -desde sus tiempos como presidente municipal de Tlajomulco o de Guadalajara hasta su ejercicio como gobernador actual de Jalisco-, muestra un patrón de comportamiento político que mezcla en dosis imprecisas autoritarismo y conciliación, capacidad persuasiva y manotazos en la mesa, declaraciones estruendosas y silencios meditados, liderazgo burocrático y poder despótico. Bien visto, son las mezclas duras de un político acostumbrado a bailar al ritmo de las presiones, las exigencias y los riesgos del oficio. Es el rasgo inconfundible de la naturaleza de la bestia. La decisión rupturista de Alfaro con MC para explorar posibilidades de alianzas con el Frente Amplio por México es la confirmación de ese patrón de comportamiento. Y, como en otras ocasiones, no es una decisión tomada en la soledad y el aislamiento de Casa Jalisco. Seguramente le acompañan en esa decisión asesores y consejeros, su equipo político de siempre, sus amigos y compañeros de viejas y nuevas batallas. Hay que recordar que en política el príncipe nunca se mueve solo, que se ubica en el centro de una élite política específica, que alimenta el sentido y horizonte grupuscular de sus ilusiones e intereses. El problema de toda decisión de ruptura es siempre el de las posibles implicaciones y de los efectos deliberados, no deseados e inciertos que produce en el corto y en el mediano plazo. Una jugada que supone el riesgo de que las cosas no salgan como quiere el decisor, pero que tiene sentido si las cosas del contexto se concilian con el abanico de los posibles escenarios imaginados por los decisores. En cualquier caso, los vientos salvajes preelectorales dominan el espíritu de la época, y, en este contexto nacional, gobernado por las urgencias y las incertidumbres, los actores políticos están cocinando o tomando decisiones para formar frentes, impulsar nuevas coaliciones, caminar por las mismas rutas del pasado reciente, o pensar en abrir otras. Las decisiones políticas siempre se toman en encrucijadas difíciles, estimando riesgos y oportunidades, ganancias y pérdidas, con umbrales imprecisos de certezas y muchas incertidumbres sobre sus posibles efectos en otros actores del espectáculo político (el dilema del prisionero en vivo y a todo color). En un contexto local donde la oposición dominada por Morena contrasta con las horas bajas del PAN, la fragmentación del PRI, la práctica inexistencia del PRD, y la emergencia simbólica de dos pequeños partidos políticos locales desde las elecciones intermedias del 2021 (“Futuro” y “Hagamos”), la fuerza del alfarismo sin MC como vehículo partidista enfrenta retos no menores para conservar su predominio estatal ejercido desde 2018. El oficio político de Alfaro, sus hechuras emocionales y racionales, está a prueba. Sus capacidades persuasivas, su liderazgo, su pasado político, su desempeño como gobernante, su retórica agresiva y frecuentemente bravucona, son las monedas que ha puesto en el centro del tablero del juego de la temporada. Es una decisión que desafía el grado de compromiso de sus seguidores y simpatizantes, y que puede acumular temores, expectativas y esperanzas entre nuevos políticos y viejos adversarios. Con todo, la decisión anuncia tiempos interesantes para la vida política jalisciense y quizá nacional, en la que el alfarismo ocupa un lugar destacado como oficialismo gobernante y como expresión de una extraña forma de hacer política en tiempos difíciles.

Tuesday, August 22, 2023

Sangre

Sangre Adrián Acosta Silva (Nexos, “Blog de la redacción”, 22/08/2023) El secuestro, desaparición y asesinato de cinco jóvenes en Lagos de Moreno, en Jalisco, es la fotografía, una más, que forma parte del largometraje protagonizado por varios actores y espectadores de los tiempos malditos mexicanos de los últimos años. No hay metáforas suficientes ni métricas adecuadas para apreciar la magnitud del desastre. Las cifras oficiales no explican mucho y menos consuelan: 6,549 personas desaparecidas y no localizadas en Jalisco registradas entre 2018 y 2023, casi 12 mil homicidios ocurridos en esos mismos años, cientos de heridos, multitud de casos sin denunciar. Cada asesinato cometido, cada desaparición no resuelta, cada caso no denunciado, ensanchan los bordes de un inmenso hoyo negro que arrastra emociones, vidas de amigos y familiares, un vacío social que debilita relaciones, destruye confianzas, alimenta venganzas, acumula odios y resentimientos. Son las estampas cotidianas de la sociología de la violencia mexicana de las últimas dos décadas Lo único que queda en el ambiente luego de los acontecimientos es el dolor y la sangre. La sangre derramada, esparcida, embarrada sobre el suelo, las paredes, la ropa, revuelta entre el polvo y las piedras de territorios infértiles. Manchas, charcos, gotas, rastros de sangre que colorean los mapas de la violencia homicida que se ha construido azarosamente entre balas, cuchillos, hachas y machetes en rancherías, pueblos, barrios y colonias de ciudades del todo el país. Desapariciones, asesinatos, extorsiones y secuestros cometidos diariamente en poblaciones indefensas, temerosas e inseguras, delitos concentrados entre gente vulnerable por la edad, las circunstancias, la necesidad o la ingenuidad. El color rojo oscuro de la sangre fresca, el color pálido, ocre, de la sangre seca. Ese líquido espeso que nutre el tejido vivo, que se vuelve inútil entre cadáveres abandonados y mutilados. El olor ácido, incómodo, inconfundible de una sustancia hecha de agua, sales, hierro, proteínas y potasio, plasma amarillento que es el sedimento del líquido vital, un río feroz de cinco litros que corre velozmente por capilares, venas y arterias, por todos los órganos de la anatomía humana, un caudal gobernado por los latidos de corazones hambrientos, desolados, relojes precisos de la existencia humana. Ese río de sangre extraviada de sus cuerpos, expulsado violentamente de sus cauces naturales por puños, balazos, palos y piedras, cuerpos torturados y desmembrados, quemados, enterrados, exhibidos grotescamente, colgados de puentes y postes. Bandas y tribus asesinas, depredadoras, crueles y sádicas, que se disputan territorios; pandillas de psiocópatas diurnos y ejércitos de la noche que patrullan calles, pueblos y ciudades en la búsqueda imparable de víctimas asustadas para que se conviertan con el tiempo en victimarios sin escrúpulos. Objeto precioso de escritores y poetas, material de metáforas y oximorones, símbolo de muertes y de vidas, de pasiones incendiarias, de inmolaciones brutales. La sangre derramada de García Lorca (Buscaba su hermoso cuerpo/y encontró su sangre abierta), la sangre, sudor y lágrimas del sacrificio al que convocaba Churchill enmedio de los bombardeos nazis, la fuente de sangre de Baudelaire (Me parece a veces que mi sangre corre a oleadas), la sangre devota de López Velarde, la malasangre de Rimbaud (¿Entre qué sangre caminar?). Material de ceremoniales antiguos, oro rojo de guerras y ejércitos, color de banderas y uniformes, letras escarlatas de canciones patrióticas. Tinta sangre del corazón de las canciones románticas de Julio Jaramillo, referencia de alguna vieja canción de amor de Bob Dylan -It´s Alright Ma, (I´m Only Bleeding)-, metáfora trivial de coctelería de cantina (Bloody Mary), símbolo inequívoco de heroísmos, matanzas, traiciones y asesinatos. La sangre como protagonista y registro de las miles de historias individuales y sociales que se acumulan todos los días en todos lados desde hace mucho tiempo. Los cinco jóvenes desaparecidos y asesinados en Lagos de Moreno son una nota más de nuestros espantos y asombros cotidianos. El símbolo cruel del horror, la angustia indescriptible, la desesperación de amigos y familiares de las víctimas, frente a la mirada pasmada de autoridades rebasadas por la violencia y la inseguridad de todos los días. El dolor, las lágrimas y el miedo como brújulas emocionales de los comportamientos sociales propios de nuestros indescifrables tiempos malditos. Son las visiones del abismo. “Vuestras ideas son terribles y vuestros corazones medrosos. Vuestra piedad, vuestra crueldad son absurdas, desprovistas de calma, por no decir irresistibles. Y al final os da miedo la sangre, cada vez más. La sangre y el tiempo”. Estas palabras de Paul Valèry aparecen como uno de los epígrafes que el recientemente fallecido escritor Cormac McCarthy colocó al inicio de Meridiano de sangre, acaso una de sus mejores novelas (1985). Es un largo relato de crueldades y matanzas ocurridas en la frontera entre México y los Estados Unidos a mediados del siglo XIX, cometidas por gente sin escrúpulos que gobierna un orden cuyos códigos son la pistola y el cuchillo, la amenaza y la violencia, en que los asesinatos se cometen a nombre de “un ingobernable dios excéntrico raptado de una raza de degenerados”. Esas prácticas han reaparecido con fuerza inaudita en los últimos años en toda la geografía del México contemporáneo a manos de individuos y grupos a los que no intimida ni el ejército, ni la guardia nacional, ni los policías estatales o municipales. Tampoco les atemorizan los castigos divinos ni sus infiernos, ni las cárceles ni la muerte. Representan la mancha extensa de la anomia social que se ha expandido entre los cálculos y riesgos de los negocios del narcotráfico, el secuestro y la extorsión, donde la leva de jóvenes, mujeres y adultos es la política criminal que nutre sus filas, para mantener y acrecentar su poder e influencia entre los caminos de tierra, pavimento y concreto hidraúlico que unen los mapas de territorios y poblaciones. El relato oficial de que se trata de pleitos entre criminales se ha vaciado de significado. Estamos frente a algo mucho más complejo y profundo de lo que indican las métricas de la violencia mexicana. El crimen se ha normalizado, naturalizado, internalizado, penetrado lentamente entre los huecos, grietas y entresijos económicos, culturales y políticos de la sociedad mexicana de los últimos años. Una sombra ominosa que deja un largo reguero de sangre, cádaveres y desapariciones, con personas que se aferran a la fe como única forma de tratar de comprender el horror y la desgracia. Veladoras y cirios, rezos e imploraciones, marchas e invocaciones desesperadas al cielo para tratar de entender lo que no tiene sentido, explicación ni justificación. Es la reaparición de las lamentaciones y reclamos del Job bíblico en los pueblos y ciudades de Los Altos de Jalisco en el siglo XXI.

Thursday, August 17, 2023

Rezago educativo

Diario de incertidumbres Rezago educativo: la norma y el hecho Adrián Acosta Silva (Campus-Milenio, 17/08/2023) https://suplementocampus.com/rezago-educativo-la-norma-y-el-hecho/ Uno de los lastres de plomo del desarrollo mexicano tiene que ver con la persistencia del rezago educativo que caracteriza a millones de mexicanos. El rezago se define como un componente de las carencias sociales que padecen muchos sectores de la población, por lo cual se le suele identificar como un factor que incide en la explicación general sobre la pobreza en sus diferentes niveles y dimensiones. En términos conceptuales, el rezago educativo es una situación que existe “cuando no se garantiza la escolarización de los individuos en las edades típicas para asistir a los niveles educativos obligatorios vigentes”, según lo define el Consejo Nacional para la Evaluación de la Política Social (Coneval). “Niveles obligatorios vigentes” significa el mínimo normativo que marca el artículo tercero constitucional, que desde 2012 incorporó a la educación media superior como parte de los mínimos educativos obligatorios que el Estado debe garantizar a su población. Esto significa que para los nacidos a partir de ese año, la preparatoria o algunos de sus equivalentes debe ser el mínimo educativo básico de su formación escolar, lo que podrá medirse con claridad hacia el año 2030, cuando los jóvenes de esa generación y posteriores hayan cumplido los 18 años de edad. Los que no lo tengan los doce años obligatorios de escolaridad que marca la constitución, serán parte de los millones de mexicanos que forman parte de ese universo estadístico y social llamado rezago educativo. Según el informe sobre medición de la pobreza publicado la semana pasada por el Coneval, la tasa de rezago educativo se incrementó ligeramente entre los años 2016 y 2022, al pasar del 18.5 al 19.4% de la población total. Esta disminución obedece, probablemente, a la crisis pandémica experimentada entre 2020 y 2022, en la cual se presentaron altos índices de no inscripción y abandono escolar. Esto significa que pasamos de 22.3 millones de personas a 25.1 millones en situación de rezago en estos seis años, o sea que hoy 1 de cada 5 mexicanos se caracteriza por un déficit de escolarización que los coloca en desventaja relativa frente a la mayoría. Es la expresión estadística de la pobreza educativa que nos acompaña desde hace décadas, pero que esconde millones de trayectorias vitales que construyen estrategias muy diversas para sobrevivir en una economía y una sociedad marcada por la desigualdad, la exclusión y la falta de oportunidades laborales estables y bien remuneradas para los individuos con bajas escolaridades. El informe 2023 contiene datos interesantes al respecto. Según sus estimaciones, la población de 16 años o más nacidas entre 1982 y 1997 sin secundaria completa es del 16.6%. La población de 22 años o más nacida a partir de 1998 sin educación media superior asciende al 36.7%. Mientras que la población de 16 años o más nacidas antes de 1982 sin primaria completa representa el 23.7% del total correspondiente. En un contexto donde la población de 15 años y más tienen un promedio general de escolaridad de 9.7 años (según datos del censo 2020), se endurece la brecha entre lo que marca la norma y lo que muestran los hechos. Si se observa el ritmo de crecimiento de la escolaridad observado en los últimos cuarenta años, sabemos que se aumenta en 1 grado escolar cada década, lo que implica que los 12 años de escolaridad obligatoria que marca hoy la norma constitucional, se alcanzarán, si todo va más o menos bien, hacia el año de 2040. ¿Qué se ha hecho al respecto? Desde finales de los años setenta, el rezago fue considerado como un problema de política pública, y se crearon programas e instituciones dedicadas a combatirlo. Ello explica la creación de organismos como el Instituto Nacional de Educación para Adultos (INEA) en 1981, una instancia federal diseñada justamente para abatir el rezago focalizando a la población con déficits de escolarización obligatoria de 15 años o más. A más de cuatro décadas de su origen, la combinación de la paulatina universalización de la educación básica (primaria y secundaria), junto con el trabajo del INEA, permitió disminuir significativamente el índice del rezago del 87.1% en 1970, al 66.2% en 1980, al 51.8% en el 2000, al 41% en 2010, y al 19.4% en el 2022. Es, sin duda, un logro importante de la combinación positiva de la política social y la política educativa, pero es aún insuficiente para más de 25 millones de personas. El rezago educativo forma parte de las herencias del pasado reciente pero también de los desafíos de cualquier futuro posible. Definido como carencia, significa la disminución de las oportunidades laborales y vitales de los individuos para activar procesos de movilidad social y la mejora de sus condiciones de vida. La tesis de que a una mayor escolaridad corresponde la obtención de mejores empleos, está lógicamente asociada al hecho de que a una mayor vulnerabilidad educativa (déficit de escolarización), corresponde una mayor vulnerabilidad laboral (precarización del empleo). En estas circunstancias, el rezago permanece como un hecho social que contradice la norma constitucional. Y son los jóvenes ubicados en la franja de los 18 a los 29 años los que padecen en buena medida los efectos del rezago en sus trayectorias vitales y en sus perspectivas de futuro. Son los habitantes locales de nuestra peculiar forma de “modernidad líquida”, a la que se refería el sociólogo Zygmunt Bauman. Esta situación explica la dramática observación que Bauman hizo en 2013 respecto de los jóvenes europeos de comienzos del siglo XXI: “Esta es la primera generación de posguerra que se enfrenta a la perspectiva de una movilidad descendente…Y nada los ha preparado para la llegada de un nuevo mundo duro, inhóspito y poco acogedor, en el que las recalificaciones van a la baja, los méritos conseguidos se devalúan y las puertas se cierran. Nada los ha preparado para los trabajos volátiles y el desempleo persistente, la transitoriedad de las perspectivas y la perdurabilidad de los fracasos”.

Thursday, August 03, 2023

Oppenheimer: ciencia y poder

Diario de incertidumbres Oppenheimer: una historia de ciencia y poder Adrián Acosta Silva (Campus Milenio, 03/08/2023) https://suplementocampus.com/oppenheimer-una-historia-de-ciencia-y-poder/ Todo ha cambiado, cambió por completo; una belleza terrible ha nacido W.B. Yeats, Pascua 1916 Las relaciones entre el mundo académico y la vida política en tiempos de guerra o de paz siempre han sido díficiles. Pero la imagen de la ciencia como una actividad apacible, alejada de los conflictos mundanos y las presiones propias de las decisiones políticas, suele desvanecerse en contextos bélicos donde el conocimiento se vuelve parte del arsenal de guerra de gobiernos y militares. Una larga historia registra los dilemas éticos y políticos que enfrentan los científicos cuando sus hallazgos y descubrimientos se usan o se pueden utilizar como instrumentos de guerrra. Oppenheimer, la película dirigida por Christopher Nolan (2023), es un retrato dramático sobre el complejo de relaciones entre la academia, la política y la milicia. Situada en el contexto de la segunda guerra mundial, la cinta narra la historia del “Proyecto Manhattan” desarrollado entre 1942 y 1947, codirigido por el general Leslie Groves y el físico teórico Robert Oppenheimer al frente de un grupo compacto de científicos norteamericanos y europeos, que culminó con la invención de la bomba atómica y su aplicación militar en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1946. Científicos, políticos y militares protagonizan una historia de conflictos y dilemas, de confusión moral, incertidumbre política y racionalidades enfrentadas. Es una colección de estampas que transcurre entre los pasillos y aulas de universidades e institutos de investigación de Princeton y de Berkeley, del Caltech, de Leiden, Cambridge y Gotinga, en las cuales los humos y estallidos de la guerra mundial se filtran entre los altos muros y jardines verdísimos de los campus universitarios. La atmósfera de la vida académica cambia veloz y dramáticamente en un entorno de preocupaciones vitales marcado por decisiones díficiles. Oppenheimer y muchos de sus colegas (químicos, ingenieros, físicos, matemáticos) toman posiciones políticas y se involucran en acciones a favor de los republicanos españoles y en contra del nazismo, pero también luchan por la formación de un sindicato de académicos cercano políticamente a la formación del partido comunista de los Estados Unidos. Esa historia marca el ritmo de la larga película de Nolan, en la cual desfilan personajes como Albert Einstein y Niels Bohr, los presidentes Truman y Roosevelt, almirantes inescrupulosos como Strauss y generales pura sangre castrense como Groves. Al centro de todos ellos se sitúa la vida de cientifico de Oppenheimer, un personaje complejo que se involucra no sólo en sus indagaciones de física teórica sino también en el activismo político, mientras comparte con sus colegas y estudiantes sus descubrimientos, conjeturas e hipótesis sobre la física cuántica. Entre aulas, laboratorios y oficinas militares, la vida del científico es sacudida por la violencia de la guerra y las presiones políticas, los chantajes emocionales y las dudas racionales. El caudaloso río de los acontecimientos coyunturales arrastra a los protagonistas hacia las aguas lodosas de la incertidumbre sobre los posibles desenlaces de la segunda guerra mundial. Los Álamos, en Nuevo México, es el epicentro del proyecto, un pueblo ficticio, el sitio de pruebas y laboratorio militar del proyecto Manhattan. En ese lugar se condensan las relaciones entre espionaje y libertad académica, entre el poder del dinero y el poder de la ciencia, entre la eficiencia militar y el rigor científico. Acosados por las urgencias del tiempo político gobernado por los relojes y calendarios de la guerra, el grupo de científicos trabaja a marchas forzadas para satisfacer los intereses bélicos de los aliados, mientras que las sombras de la guerra fría y del macartismo estadounidense se ciernen sobre la complicada vida de Oppenheimer y su equipo, afectando irreparablemente sus existencias públicas y privadas. Egoísmos, rencores, luchas por reputación y prestigio entre los científicos, hogueras de vanidades entre políticos y militares, intrigas políticas, pequeñas mezquindades, ingenuidad y convicción, son parte de las razones y las pasiones que emergen a lo largo de los lenguajes del poder que encubren intereses que tienen el peso del plomo. A casi ocho décadas de esos acontecimientos, es posible advertir las huellas que dejó esa historia en las relaciones entre las universidades, los gobiernos y los militares. Son huelllas encapsuladas entre el oropel de los homenajes, rituales y ceremonias universitarias y los cálculos de los presupuestos públicos y privados, entre las urgencias del tiempo político y las necesidades del tiempo académico. Pero también quedan en el fondo de esas aguas revueltas las estelas profundas de tensiones persistentes entre las libertades académicas y las prioridades de gobiernos y empresas, donde la ciencia se puede convertir en un arma, una pasión intelectual, o una mercancía. Oppenheimer es por supuesto una película que admite múltiples lecturas. Y una de ellas es la lectura política de las complejas relaciones entre la ciencia, el poder y la guerra. Desde esa perspectiva, la cinta de Nolan representa las tensiones que habitan las zonas grises de los espacios que conectan las libertades de investigación con los intereses gubernamentales, los dilemas entre el político y el científico, la dinámica de lógicas difusas encarnadas por actores concretos que habitan campos de acción y estilos de vida distintos y distantes. Es una historia sin moralina ni sermones de ningún tipo. Un relato cinematográfico del poder social de la ciencia y sus aplicaciones, de consecuencias deliberadas y efectos perversos, protagonizada por fantasmas, racionalidades y comportamientos gobernados por una lógica política metálica, propia de tiempos malditos, donde “nubes hambrientas pesan sobre las profundidades”, como escribió William Blake en El matrimonio del cielo y el infierno.