Friday, May 30, 2014
Partidos: voluntad, fortuna, virtud
Estación de paso
Partidos: la voluntad, la fortuna, la virtud
Adrián Acosta Silva
Publicado en Campus-Milenio, 29 de mayo de 2014.
En un clima dominado por el escepticismo y mal humor nacional sobre la política y los políticos (un clima que por lo demás no se disipa desde hace ya muchos años), en las últimas semanas hemos atestiguado el activismo propio de los militantes y simpatizantes de los principales partidos de oposición en nuestro país (PAN y PRD). Es un activismo centrado en los procesos de elección o renovación de nuevas dirigencias nacionales, un activismo endogámico, encerrado en las claves de sus propias organizaciones partidistas, volcado irremediablemente hacia adentro de sus fronteras institucionales, en el cual se advierten señales de agravios viejos y nuevos, filias y fobias, entusiasmos desbordados y, a veces, bostezos aletargados o, en el otro extremo, pasiones incendiarias y fugaces. El espectáculo ha sido seguido de cerca por medios y analistas, tratando de descifrar su significado, reproduciendo chismes y rumores sobre los conflictos o sobre los contendientes, especulando abierta o discretamente sobre sus resultados, y no pocos han lanzado profecías y pronósticos catastróficos sobre el futuro de los partidos y de la oposición política mexicana.
Como todo proceso de cambio de dirigencias, los sonidos y las señales revelan una mezcla de simpatías genuinas, ambigüedades corrosivas y rencores francos entre las distintas corrientes, tribus y grupos que participan en los procesos de renovación de las autoridades partidistas. La oposición política de ambos flancos (derecha-izquierda) transita por el cambio de dirigentes de cara no solamente a lo que ocurre dentro de sus organizaciones, sino también de cara a las elecciones del próximo año que comienzan en el otoño de este 2014. Y la tensión esencial de estos procesos se concentra en equilibrar la voluntad política con la fortuna y la virtud (Maquiavelo dixit), lo que implica resolver satisfactoriamente los procesos internos para tener posibilidades de triunfos electorales en las escalas locales y nacional el próximo año.
El PRD, en el marco de sus primeros 25 años de existencia, representa a una parte de la izquierda política mexicana, esa parte que decidió transitar por la vía pacífica, electoral y democrática, en el proceso más amplio del cambio político mexicano que se inició en 1977, que culminó 20 años después cuando el partido del presidente pierde la mayoría del Congreso, y se confirmó con la alternancia política presidencial en el 2000. Es una organización que se alimenta ideológicamente de dos vertientes principales: la del nacionalismo revolucionario y la del socialismo democrático y reformador de la izquierda setentera y ochentera. Pero en su origen están también los restos del maoísmo a la mexicana, ciertos ecos estalinistas y no pocos reflejos del izquierdismo radical y revolucionario que siempre le apuesta a una imaginaria hora cero del cambio social, político, económico y hasta cultural. Esa mezcla ideológica extraña, impura, alimenta un discurso ecléctico, atractivo para no pocos sectores de ciudadanos en el país; pero también alimenta a su vez las prácticas de los grupos que confluyen en ese partido, prácticas que van del clientelismo prebendario y depredador de los recursos públicos, hasta las que reconocen en la vida institucional un compromiso para actuar con claridad y eficacia en la transformación del orden de las cosas en la vida política mexicana.
El PAN, por su parte, representa a la vieja y la nueva oposición política de la derecha mexicana. Con el peso histórico de 75 años sobre sus espaldas, el panismo enfrentó su proceso de selección de liderazgos políticos internos sumido en una crisis derivada de la pérdida del poder presidencial en el 2012. La disputa por el liderazgo panista tiene que ver también con componentes ideológicos y con mundanerías prácticas. Alimentado por las ideas políticas del catolicismo y del liberalismo –dos corrientes en realidad opuestas y contradictorias-, el PAN nutrió su larga historia de oposición política al PRI mediante actitudes básicamente testimoniales, criticando sistemáticamente la corrupción y el autoritarismo del régimen posrevolucionario. Sin embargo, en los años ochenta las cosas cambiaron y nuevas corrientes, encabezadas por liderazgos empresariales agresivos como los de Manuel J. Clouthier y el mismo Vicente Fox, alteraron la composición ideológica del panismo, al que agregaron un pragmatismo puro y duro, reflejo de un empresariado molesto con el PRI y con el régimen posrevolucionario. Ese es el panismo que alcanza el triunfo electoral en el 2000 y a duras penas lo logra conservar en el 2006 con el calderonismo. Pero esa mezcla confusa de principios fundacionales, prejuicios empresariales y estridencias públicas llevó en 2012 a la escandalosa derrota electoral del PAN a escala nacional y en muchas escalas estatales y municipales.
Hoy, PRD y PAN enfrentan desafíos similares pero diferentes. Por un lado, un partido que a un cuarto de siglo de su creación enfrenta la posibilidad de una fractura largamente anunciada por uno de sus caudillos más emblemáticos (AMLO y su MORENA). Por otro, un ajuste de cuentas entre las corrientes calderonistas y anti-calderonistas por el pasado reciente de su organización política, sus pobres resultados electorales y su débil desempeño como partido en el gobierno. En ambos casos, estamos en presencia de una recomposición de los rostros, los estilos y los liderazgos de los partidos más fuertes de la oposición política al PRI. Uno, el PRD, mira al futuro como escenario de cambio y de cohesión política. El otro (PAN) mira al pasado, reclamando una vuelta a los orígenes, buscando lo mismo: unidad y cohesión. Pero las dos organizaciones se asientan en un presente problemático y conflictivo, cuyos actores han protagonizado decisiones, pleitos y escándalos que determinan poderosamente sus ansiedades, sus intereses y sus creencias políticas. En estas condiciones, el voluntarismo político es un recurso insuficiente –y en no pocas ocasiones francamente heroico- frente a las adversidades de la fortuna y la virtud, una ecuación siempre incómoda para los partidos, sus dirigentes y militantes.
Monday, May 19, 2014
68 días
Estación de paso
68 días
Adrián Acosta Silva
(Publicado en suplemento Campus, periódico Milenio 15/05/2014)
Como fue registrado oportunamente en las páginas de Campus la semana pasada, el jueves 8 de mayo finalizó la huelga emprendida por el sindicato de trabajadores de la Universidad de Sonora. Es la huelga sindical universitaria más larga en lo que va del siglo XXI en México, y la segunda más larga en la historia de la UNISON. Iniciada el 28 de febrero, la huelga fue motivada no solamente por una demanda de incremento salarial por parte del Sindicato, sino también por lo que los trabajadores organizados denominaron como violaciones de la autoridad universitaria al contrato colectivo y a diversas prestaciones negociadas desde hace años con el propio Sindicato de Trabajadores y Empleados de la universidad (STEUS). El conflicto universitario sonorense es excepcional en el paisaje del sindicalismo universitario contemporáneo en México, no solo por su duración, sino también por lo que significa en el campo estrictamente laboral de las universidades públicas en el país.
En el contexto de la UNISON, el sindicalismo es una fuerza históricamente poderosa desde su formación, en 1976, en pleno auge del sindicalismo universitario mexicano; una fuerza capaz de influir en las decisiones y los cambios institucionales de esa universidad, como ocurrió con la reforma de 1991-1992. La huelga más larga en la historia de la universidad ocurrió justamente el año de fundación del STEUS, cuando, en busca de su reconocimiento y legitimación frente a las autoridades de la universidad, recurrió a una huelga que duró 92 días. En 2009 también recurrió a la huelga para mejora de los salarios de los trabajadores y se prolongó por 57 días. Pero la de este 2014 la superó con 68. En todos los casos, las causas del empleo del recurso de la huelga han sido una mezcla de demandas de incremento salarial y mejoras laborales para los trabajadores, con presiones políticas para fortalecer al STEUS como un actor central en la gobernabilidad institucional.
Amigos y colegas como Raúl Rodríguez, académico destacado de esa gran universidad norteña, compartieron en las últimas semanas sus preocupaciones e inquietudes sobre la interpretación de la huelga a varios de los que estamos empeñados en comprender desde hace tiempo los problemas de autoridad y gobernabilidad de las universidades públicas en México. Iniciada como un acto rutinario de negociación del incremento salarial anual y de diversas prestaciones asociadas al trabajo administrativo, la relación entre la rectoría de la UNISON y los dirigentes sindicales del STEUS fueron rotas casi desde el principio, cuando el rector expresó su decisión de “dar una lección al sindicato y al sindicalismo universitario nacional”, como precedente de un nuevo esquema de relaciones políticas con los dirigentes laborales. La reacción fue el estallamiento de la huelga el 28 de febrero pasado, en pleno ciclo escolar, y la parálisis total de las actividades institucionales durante más de dos meses.
La interpretación de la realidad se parece, a veces, a la interpretación de los sueños, diría Freud. Y en este caso, la huelga universitaria sonorense se movió en estos dos planos. De un lado, el paro colocó a la universidad en un típico escenario de ingobernabilidad, el peor de los mundos posibles no solamente para las autoridades universitarias y sus comunidades estudiantiles y magisteriales, sino también para el gobierno estatal. Pero del otro, lado, los sueños del poder universitarios también se convirtieron en las pesadillas de los involucrados. De un lado, el riesgo de fractura al interior del sindicalismo universitario, y el aislamiento de los trabajadores administrativos respecto de los académicos y de los estudiantes universitarios y sus familias. Del otro, la mala imagen pública del rector y sus asesores, el cuestionamiento de su capacidad política para solucionar sus conflictos. Más allá, la indolencia del gobierno estatal y de las autoridades federales a lo largo del conflicto.
El tema de fondo no es sólo una actitud autoritaria de la rectoría sonorense y un sindicalismo incapaz de negociar una salida decorosa a la huelga. El asunto clave es el silencio local y nacional sobre un conflicto tan prolongado y de costos institucionales tan altos. Ese silencio no fue solo de los medios, sino también de las autoridades del gobierno estatal y del gobierno federal. Y fue la intervención de un actor externo (La Junta local de conciliación y arbitraje), lo que provocó el fin de la huelga, al ordenar tanto al sindicato como a la rectoría a poner fin al paro, lo que hicieron justamente el pasado jueves 8 de mayo.
Las lecciones del conflicto son confusas. De un lado, es el fracaso de la política como instrumento y como práctica de las relaciones entre los universitarios. Del otro, el problema del poder y de la autoridad en la universidad, donde el rector se asume como el patrón-empresario de las relaciones, y que mira en el sindicalismo universitario una amenaza institucional, un actor al que hay que dar lecciones y reprimendas. Más allá, un sindicalismo aislado, incapaz de generar alianzas y coaliciones que permitan defender sus intereses gremiales y laborales, y que debilita su posición como pieza clave de la gobernabilidad institucional.
Pero la lección más importante es la confirmación del tufillo anti-sindical como signo de la época, una condena política e ideológica a las organizaciones sindicales, que se expresa de manera abierta o velada en medios, analistas, empresarios y funcionarios públicos. Aunque no es menor el descrédito que las burocracias y dirigentes sindicales han acumulado sobre las organizaciones de los trabajadores, las críticas y diatribas contra el sindicalismo forman ya parte de los prejuicios ideológicos de no pocos sectores de la opinión pública mexicana, y acumulan detrás de sí posiciones políticas que desde la derecha e incluso de la izquierda miran en los sindicatos universitarios grupos de poder ilegítimos, espurios, que son incompatibles con la “esencia académica” universitaria. La huelga universitaria sonorense permite apreciar no solamente los prejuicios conservadores contra los sindicatos, sino también los fierros oxidados de la maquinaria sindical y su papel en la gobernabilidad de las universidades públicas.
68 días
Adrián Acosta Silva
(Publicado en suplemento Campus, periódico Milenio 15/05/2014)
Como fue registrado oportunamente en las páginas de Campus la semana pasada, el jueves 8 de mayo finalizó la huelga emprendida por el sindicato de trabajadores de la Universidad de Sonora. Es la huelga sindical universitaria más larga en lo que va del siglo XXI en México, y la segunda más larga en la historia de la UNISON. Iniciada el 28 de febrero, la huelga fue motivada no solamente por una demanda de incremento salarial por parte del Sindicato, sino también por lo que los trabajadores organizados denominaron como violaciones de la autoridad universitaria al contrato colectivo y a diversas prestaciones negociadas desde hace años con el propio Sindicato de Trabajadores y Empleados de la universidad (STEUS). El conflicto universitario sonorense es excepcional en el paisaje del sindicalismo universitario contemporáneo en México, no solo por su duración, sino también por lo que significa en el campo estrictamente laboral de las universidades públicas en el país.
En el contexto de la UNISON, el sindicalismo es una fuerza históricamente poderosa desde su formación, en 1976, en pleno auge del sindicalismo universitario mexicano; una fuerza capaz de influir en las decisiones y los cambios institucionales de esa universidad, como ocurrió con la reforma de 1991-1992. La huelga más larga en la historia de la universidad ocurrió justamente el año de fundación del STEUS, cuando, en busca de su reconocimiento y legitimación frente a las autoridades de la universidad, recurrió a una huelga que duró 92 días. En 2009 también recurrió a la huelga para mejora de los salarios de los trabajadores y se prolongó por 57 días. Pero la de este 2014 la superó con 68. En todos los casos, las causas del empleo del recurso de la huelga han sido una mezcla de demandas de incremento salarial y mejoras laborales para los trabajadores, con presiones políticas para fortalecer al STEUS como un actor central en la gobernabilidad institucional.
Amigos y colegas como Raúl Rodríguez, académico destacado de esa gran universidad norteña, compartieron en las últimas semanas sus preocupaciones e inquietudes sobre la interpretación de la huelga a varios de los que estamos empeñados en comprender desde hace tiempo los problemas de autoridad y gobernabilidad de las universidades públicas en México. Iniciada como un acto rutinario de negociación del incremento salarial anual y de diversas prestaciones asociadas al trabajo administrativo, la relación entre la rectoría de la UNISON y los dirigentes sindicales del STEUS fueron rotas casi desde el principio, cuando el rector expresó su decisión de “dar una lección al sindicato y al sindicalismo universitario nacional”, como precedente de un nuevo esquema de relaciones políticas con los dirigentes laborales. La reacción fue el estallamiento de la huelga el 28 de febrero pasado, en pleno ciclo escolar, y la parálisis total de las actividades institucionales durante más de dos meses.
La interpretación de la realidad se parece, a veces, a la interpretación de los sueños, diría Freud. Y en este caso, la huelga universitaria sonorense se movió en estos dos planos. De un lado, el paro colocó a la universidad en un típico escenario de ingobernabilidad, el peor de los mundos posibles no solamente para las autoridades universitarias y sus comunidades estudiantiles y magisteriales, sino también para el gobierno estatal. Pero del otro, lado, los sueños del poder universitarios también se convirtieron en las pesadillas de los involucrados. De un lado, el riesgo de fractura al interior del sindicalismo universitario, y el aislamiento de los trabajadores administrativos respecto de los académicos y de los estudiantes universitarios y sus familias. Del otro, la mala imagen pública del rector y sus asesores, el cuestionamiento de su capacidad política para solucionar sus conflictos. Más allá, la indolencia del gobierno estatal y de las autoridades federales a lo largo del conflicto.
El tema de fondo no es sólo una actitud autoritaria de la rectoría sonorense y un sindicalismo incapaz de negociar una salida decorosa a la huelga. El asunto clave es el silencio local y nacional sobre un conflicto tan prolongado y de costos institucionales tan altos. Ese silencio no fue solo de los medios, sino también de las autoridades del gobierno estatal y del gobierno federal. Y fue la intervención de un actor externo (La Junta local de conciliación y arbitraje), lo que provocó el fin de la huelga, al ordenar tanto al sindicato como a la rectoría a poner fin al paro, lo que hicieron justamente el pasado jueves 8 de mayo.
Las lecciones del conflicto son confusas. De un lado, es el fracaso de la política como instrumento y como práctica de las relaciones entre los universitarios. Del otro, el problema del poder y de la autoridad en la universidad, donde el rector se asume como el patrón-empresario de las relaciones, y que mira en el sindicalismo universitario una amenaza institucional, un actor al que hay que dar lecciones y reprimendas. Más allá, un sindicalismo aislado, incapaz de generar alianzas y coaliciones que permitan defender sus intereses gremiales y laborales, y que debilita su posición como pieza clave de la gobernabilidad institucional.
Pero la lección más importante es la confirmación del tufillo anti-sindical como signo de la época, una condena política e ideológica a las organizaciones sindicales, que se expresa de manera abierta o velada en medios, analistas, empresarios y funcionarios públicos. Aunque no es menor el descrédito que las burocracias y dirigentes sindicales han acumulado sobre las organizaciones de los trabajadores, las críticas y diatribas contra el sindicalismo forman ya parte de los prejuicios ideológicos de no pocos sectores de la opinión pública mexicana, y acumulan detrás de sí posiciones políticas que desde la derecha e incluso de la izquierda miran en los sindicatos universitarios grupos de poder ilegítimos, espurios, que son incompatibles con la “esencia académica” universitaria. La huelga universitaria sonorense permite apreciar no solamente los prejuicios conservadores contra los sindicatos, sino también los fierros oxidados de la maquinaria sindical y su papel en la gobernabilidad de las universidades públicas.
Tuesday, May 13, 2014
Efectos especiales
Estación de paso
Efectos especiales
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 8 de mayo de 2014.
Muchas de las cosas que caracterizan la vida pública mexicana contemporánea descansan en una buena colección de imágenes y efectos especiales. Algunos son más sofisticados que otros, pero en la república de los medios, de la publicidad y de los políticos, son recursos habituales de la comunicación política y mercadológica contemporánea, algo que desde los tiempos de Groucho Marx fue advertido como una suerte de alucinación colectiva, el embrujo de fantasías más o menos sofisticadas para transformar la realidad por ciertos trucos de imágenes y del lenguaje.
Como se sabe, los efectos especiales se iniciaron en el cine y hoy acompañan a buena parte de las películas norteamericanas, y su uso se ha extendido rápidamente como recurso de atracción de casi cualquier producción cinematográfica que aspire a tener algún impacto en la taquilla. Dichos efectos son irreales, ficticios, a veces más sofisticados unos que otros, pero que intentan hacer explícitos los comportamientos de actores, actrices y situaciones, algo que el escritor David Foster Wallace denominó con malignidad el “Porno de los Efectos Especiales”, bajo el argumento de que, si se sustituyen los efectos especiales por contactos sexuales, “los paralelismos entre ambos géneros” –el porno y las películas de acción- “se vuelven tan evidentes que resultan inquietantes” (David Foster Wallace, En cuerpo y en lo otro, Mondadori, Barcelona, 2013, p.173). El poder principal de los efectos especiales es el de saturar de imágenes ficticias, virtuales o semi-reales, las “puertas de la percepción”, como se llamaba aquel librito de Aldous Huxley que inspiró a Jim Morrison y a Ray Manzarek a formar un grupo a finales de los años sesenta: The Doors.
El traslado de estos efectos especiales a la vida política y social se ha intensificado en los últimos 25 o 30 años, con la revolución tecnológica y el advenimiento de la sociedad de la información y del conocimiento. La vida social moderna es una “acumulación de espectáculos” escribió hace tiempo Guy Debord al calor del mayo francés, en 1968, y la experiencia de lo social se transforma en formas espectaculares de representación de la realidad. En política, las representaciones y los efectos especiales acompañan el espectáculo político, que tiene que ver con slogans y frases de campaña, la promoción de las obras de gobierno, o con el tratamiento de los temas públicos más importantes de la temporada. Es frecuente ver en alguna campaña publicitaria del gobierno que el crimen organizado bajó en un 2.3%, que los incendios forestales se incrementaron en un 4.2%, que el suministro de agua se ha mejorado en un 6.7%. En el reciente referéndum que organizó el gobierno municipal de Tlajomulco, en Jalisco, para refrendar o interrumpir el gobierno de su presidente, se dice que el 90% de los participantes votaron por la continuación de su mandato. Las reformas estructurales que anuncia y promociona el gobierno federal prometen bienestar social, mejoría general, reducción de gastos para los ciudadanos, mejores finanzas públicas, mientras que por otro lado se enfatiza el hecho de que ha disminuido en un 20% el índice de delincuencia asociada al narcotráfico, de que tenemos algunas decenas de muertos menos que hace dos años, que el gobierno le está ganando la batalla al narcotráfico.
Estas cifras y afirmaciones habitan el cielo cotidiano de la vida pública mexicana. Están escondidos bajo el ampuloso y extraño lenguaje de las estadísticas y de los indicadores, una narrativa política hecha de datos más que de ideas, de certezas y convicciones más que de interpretaciones y resultados. Y es una narrativa que también se extiende a los medios y entre algunos sectores de ciudadanos. La impresión es que el manejo de tasas, índices y datos comparativos aseguran la objetividad de la información, la claridad de los dichos, la contundencia de los hechos. Es un lenguaje común, que ha atrapado la atención, los modos y los reflejos de la comunicación política. Es la representación de la realidad del espectáculo político y de las políticas públicas.
La magia de los números y de los porcentajes, que frecuentemente va acompañada de gráficos y tablas comparativas, forma parte de esa política de los efectos especiales. Es decir, es una forma para tratar de explicar la realidad con números. Las frases “lo que dicen los datos duros” o “las cifras no mienten” suelen acompañar estos ejercicios. El resultado es entonces curioso. No se trata de avanzar con cautela en las posibles descripciones y explicaciones sobre fenómenos específicos, o de declarar la ignorancia franca sobre numerosos asuntos públicos, sino de que se sustituyen con una marea de datos, cifras, estadísticas y correlaciones entre variables para explicar lo que sucede “realmente” en la vida pública.
Bien visto, esa tendencia a sustituir la realidad por estadísticas forma parte irremediable de los efectos especiales de la vida pública, de la política y del mercado. Más que analizar la complejidad de las prácticas humanas lo que importa hoy es conocer sus tendencias, su dispersión, su grado de significación estadística. Es la sociedad del espectáculo representada por el imperio de los números. Y ello es la confirmación de que la construcción de efectos especiales se ha convertido no en una cuestión técnica, sino, ante todo en una nueva religión, con sus sacerdotes, sus sacerdotisas, sus rituales y sus fieles. Es lo que pensadores como John Gray han denominado desde hace tiempo como parte de la “misa negra” de la modernidad occidental del siglo XXI.
Efectos especiales
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 8 de mayo de 2014.
Muchas de las cosas que caracterizan la vida pública mexicana contemporánea descansan en una buena colección de imágenes y efectos especiales. Algunos son más sofisticados que otros, pero en la república de los medios, de la publicidad y de los políticos, son recursos habituales de la comunicación política y mercadológica contemporánea, algo que desde los tiempos de Groucho Marx fue advertido como una suerte de alucinación colectiva, el embrujo de fantasías más o menos sofisticadas para transformar la realidad por ciertos trucos de imágenes y del lenguaje.
Como se sabe, los efectos especiales se iniciaron en el cine y hoy acompañan a buena parte de las películas norteamericanas, y su uso se ha extendido rápidamente como recurso de atracción de casi cualquier producción cinematográfica que aspire a tener algún impacto en la taquilla. Dichos efectos son irreales, ficticios, a veces más sofisticados unos que otros, pero que intentan hacer explícitos los comportamientos de actores, actrices y situaciones, algo que el escritor David Foster Wallace denominó con malignidad el “Porno de los Efectos Especiales”, bajo el argumento de que, si se sustituyen los efectos especiales por contactos sexuales, “los paralelismos entre ambos géneros” –el porno y las películas de acción- “se vuelven tan evidentes que resultan inquietantes” (David Foster Wallace, En cuerpo y en lo otro, Mondadori, Barcelona, 2013, p.173). El poder principal de los efectos especiales es el de saturar de imágenes ficticias, virtuales o semi-reales, las “puertas de la percepción”, como se llamaba aquel librito de Aldous Huxley que inspiró a Jim Morrison y a Ray Manzarek a formar un grupo a finales de los años sesenta: The Doors.
El traslado de estos efectos especiales a la vida política y social se ha intensificado en los últimos 25 o 30 años, con la revolución tecnológica y el advenimiento de la sociedad de la información y del conocimiento. La vida social moderna es una “acumulación de espectáculos” escribió hace tiempo Guy Debord al calor del mayo francés, en 1968, y la experiencia de lo social se transforma en formas espectaculares de representación de la realidad. En política, las representaciones y los efectos especiales acompañan el espectáculo político, que tiene que ver con slogans y frases de campaña, la promoción de las obras de gobierno, o con el tratamiento de los temas públicos más importantes de la temporada. Es frecuente ver en alguna campaña publicitaria del gobierno que el crimen organizado bajó en un 2.3%, que los incendios forestales se incrementaron en un 4.2%, que el suministro de agua se ha mejorado en un 6.7%. En el reciente referéndum que organizó el gobierno municipal de Tlajomulco, en Jalisco, para refrendar o interrumpir el gobierno de su presidente, se dice que el 90% de los participantes votaron por la continuación de su mandato. Las reformas estructurales que anuncia y promociona el gobierno federal prometen bienestar social, mejoría general, reducción de gastos para los ciudadanos, mejores finanzas públicas, mientras que por otro lado se enfatiza el hecho de que ha disminuido en un 20% el índice de delincuencia asociada al narcotráfico, de que tenemos algunas decenas de muertos menos que hace dos años, que el gobierno le está ganando la batalla al narcotráfico.
Estas cifras y afirmaciones habitan el cielo cotidiano de la vida pública mexicana. Están escondidos bajo el ampuloso y extraño lenguaje de las estadísticas y de los indicadores, una narrativa política hecha de datos más que de ideas, de certezas y convicciones más que de interpretaciones y resultados. Y es una narrativa que también se extiende a los medios y entre algunos sectores de ciudadanos. La impresión es que el manejo de tasas, índices y datos comparativos aseguran la objetividad de la información, la claridad de los dichos, la contundencia de los hechos. Es un lenguaje común, que ha atrapado la atención, los modos y los reflejos de la comunicación política. Es la representación de la realidad del espectáculo político y de las políticas públicas.
La magia de los números y de los porcentajes, que frecuentemente va acompañada de gráficos y tablas comparativas, forma parte de esa política de los efectos especiales. Es decir, es una forma para tratar de explicar la realidad con números. Las frases “lo que dicen los datos duros” o “las cifras no mienten” suelen acompañar estos ejercicios. El resultado es entonces curioso. No se trata de avanzar con cautela en las posibles descripciones y explicaciones sobre fenómenos específicos, o de declarar la ignorancia franca sobre numerosos asuntos públicos, sino de que se sustituyen con una marea de datos, cifras, estadísticas y correlaciones entre variables para explicar lo que sucede “realmente” en la vida pública.
Bien visto, esa tendencia a sustituir la realidad por estadísticas forma parte irremediable de los efectos especiales de la vida pública, de la política y del mercado. Más que analizar la complejidad de las prácticas humanas lo que importa hoy es conocer sus tendencias, su dispersión, su grado de significación estadística. Es la sociedad del espectáculo representada por el imperio de los números. Y ello es la confirmación de que la construcción de efectos especiales se ha convertido no en una cuestión técnica, sino, ante todo en una nueva religión, con sus sacerdotes, sus sacerdotisas, sus rituales y sus fieles. Es lo que pensadores como John Gray han denominado desde hace tiempo como parte de la “misa negra” de la modernidad occidental del siglo XXI.
Friday, April 11, 2014
Informes: los rituales del poder universitario
Estación de paso
Informes: los rituales del poder
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus-Milenio, 10 de abril, 2014).
En el calendario político de las universidades públicas mexicanas hay dos momentos clave: el proceso de elección de un nuevo rector, y los informes anuales que debe rendir ante sus respectivas comunidades. Esos momentos concentran las dimensiones simbólicas y prácticas de la vida política de la universidad, son el summum de las expectativas, los cálculos, las imágenes y las creencias de los grupos y corrientes políticas universitarias. La primera significa el proceso de selección de candidatos, la elaboración de negociaciones simples o complejas para que existan consensos básicos, mínimos, entre los contendientes y las redes y grupos que representan, para lograr alcanzar los respaldos políticos que garanticen umbrales mínimos de gobernabilidad institucional. Los informes anuales, por su parte, constituyen el momento de los balances, de los saldos de la administración de la universidad, pero son también espectáculos y rituales que convocan a los liderazgos políticos y las representaciones universitarias a la reunión pública de sus intereses, de sus posiciones, para mostrar su peso y visibilidad en la política universitaria.
Esos momentos son también importantes para sectores que están más allá de la comunidad universitaria. Es bastante frecuente que los rectores de las universidades públicas inviten a personajes y funcionarios distinguidos del ámbito federal, estatal o municipal para que les acompañen en el presidium de dichos eventos. Una señal del poder e influencia de los rectores es su capacidad para que esos personajes (gobernadores, altos funcionarios federales, diputados, representantes empresariales, dirigentes de partidos políticos, jueces y magistrados, rectores de otras universidades) hagan acto de presencia el día de sus informes o tomas de posesión. El escenario entonces es el espacio de un acto decididamente político, un momento en el cual los personajes principales de la vida pública están ahí, escuchando las palabras del rector en turno, mirando a sus comunidades, brazo a brazo con otros funcionarios y políticos, sonriendo de cara a los medios y observando con atención disimulada o franca al resto de los asistentes.
Como todo ritual que se respete, el evento es un acontecimiento que mezcla el aire frío de la solemnidad con los sonidos y códigos de un festejo. Los discursos de los rectores universitarios son, deben ser, de seriedad, de compromiso, de claridad de lo hecho y de lo que hay que hacer. Son momentos también de solicitar apoyo a los funcionarios, de exigir o agradecer compromisos públicos y privados, de legitimar su autoridad frente a la comunidad universitaria y frente a los grupos políticos que sostienen las redes de poder universitario. Pero también los signos, los códigos y las señales de la fiesta aparecen antes, durante y después de esos momentos. Ver y ser vistos es la motivación principal de la mayor parte de los invitados. Abrazos, saludos efusivos y apretones de manos, expresiones de amistad y de afectos genuinos, forman parte de las fórmulas de socialización que se observan en estos eventos. Hay por supuesto el empleo de las máscaras de rigor, usuales en todo evento social: el cinismo y la hipocresía se combinan con las máscaras de la amistad, y a veces se mezclan con las caras del desprecio, la envidia o la frustración fácil o difícilmente contenidas.
La invitación misma para asistir en el evento es ya para muchos de los asistentes un motivo de distinción y orgullo. Suelen exhibirlos ante amigos y colegas para dar a entender su importancia en el mundillo político universitario. Pero asistir en el momento y en el espacio de los informes, es resaltar su importancia a los ojos del rector y a los ojos de los otros, sean sus adversarios, sus aliados o algunos desconocidos. Por ello, saber quién no está y porqué es el combustible de la especulación venenosa de las tribus y grupos universitarios, es alimentar la imaginación de los asistentes, es pensar en las posibles causas o consecuencias de la ausencia de los que siempre, tradicionalmente, forman o formaban parte de esos rituales. Ahí se anidan, se acumulan y difunden los rumores y los chismes envenenados, las certezas instantáneas, las interpretaciones al vapor.
Hay que tomar siempre con cautela esos momentos, tan llenos de espejismos, simulaciones y actos protocolarios. Los que están ahí son esencialmente los funcionarios universitarios, los políticos profesionales, los miembros de la clase política y los funcionarios públicos, los medios de comunicación. La vida de la enorme mayoría de los miembros de la comunidad universitaria y de sus distintos sectores está fuera de esos momentos, sólo forman parte del paisaje y de los discursos. Ello no obstante, el hecho mismo de la reunión de espectadores y protagonistas para celebrar un ritual anual, cuatri-anual o sexenal es la expresión organizada de las formas y los fondos de la política universitaria, la arquitectura cultural del orden político-institucional de las universidades públicas. Importan las palabras, los datos, las cifras, los balances, al igual que los proyectos, los compromisos y las acciones contempladas para el futuro próximo de las universidades que anuncia con aplomo el rector o la rectora en turno. Pero las aguas profundas del fenómeno tienen que ver con la consolidación de las alianzas y coaliciones que llevaron al poder al rector y con los equilibrios internos y los apoyos externos para garantizar mínimamente la legitimidad, la eficacia y la estabilidad de su gestión.
De cualquier modo, el espectáculo de los informes es un ritual para iniciados, una representación del orden natural de las cosas universitarias, una ventana a los pequeños mundos de la política en las universidades y en las regiones, de sus gestos, de sus signos y códigos, que permiten tomar el pulso a las pasiones, los cálculos y las tensiones que habitan cotidianamente las aulas y pasillos, las plazas y auditorios de las universidades públicas mexicanas. En otras palabras, los informes forman parte de la estética política de los rituales del poder universitario.
Monday, March 31, 2014
La pedagogía de la amistad
Estación de paso
La pedagogía de la amistad
Señales de humo, Radio U. de G., 28 de marzo 2014.
Los escritores Paul Auster y John M. Coetzee publicaron hace un par de años un pequeño libro titulado Aquí y ahora. Cartas 2008-2011 (Anagrama/Mondadori, 2012, España). En este texto se reúnen las cartas que intercambiaron a lo largo de tres años entre Nueva York y Adelaida (Australia), y en las cuales tratan de un conjunto de temas que brotan del interior de una amistad personal y literaria que trasciende sus perspectivas individuales, particulares, para situarse en el corazón de los intereses que comparten, los asuntos que los sorprenden, las cosas frente a las cuales no tienen ideas ni opiniones sólidas. El tema mismo de la amistad, de los deportes, de la política, de la literatura, son los ejes de intercambios epistolares breves, concisos, auto-contenidos pero también abiertos a la discusión, mapas de la vida contemporánea que viven desde distintas posiciones y geografías dos de los escritores anglófonos más conocidos en el mundo literario contemporáneo.
A continuación, algunas postales sueltas sobre las palabras que intercambian el sexagenario neoyorkino Auster y el septuagenario sudafricano Coetzee sobre diversos temas vitales:
Sobre la amistad. Escribe Coetzee: “Parece ser que la amistad sigue siendo en cierto modo un enigma: sabemos que es importante, pero no tenemos nada claro por qué la gente traba amistad y la conserva” (p.7). El comentario de Auster es: “Una súbita y luminosa idea. Las mejores amistades, las más duraderas, se basan en la admiración. Ese es el sentimiento fundamental que relaciona a dos personas durante un prolongado período de tiempo” (p.12).
Sobre los deportes. Escribe Paul Auster: “No hay duda de que los deportes poseen un sólido elemento narrativo. Seguimos los giros y peripecias del encuentro con objeto de saber el resultado final”. (43) A lo que reacciona Coetzee. “Parece que consideras el deporte una cuestión principalmente estética”. Pero “lo que el enfoque estético pasa por alto es que los deportes satisfacen la necesidad de héroes. La base de mi interés no es estética sino ética”.(45-46)
Sobre los artistas. Escribe Coetzee: “Siendo esquemáticos, podemos pensar que la vida del artista está dividida en dos o quizá en tres fases. En la primera encuentras, o te planteas a ti mismo, una gran pregunta. En la segunda te esfuerzas por contestarla. Y luego, si vives lo bastante, llegas a la tercera fase, en la que esa gran pregunta te empieza a aburrir y necesitas buscar otras cosas” (96-97).
Sobre los libros. Ante la irrupción del libro electrónico y la proliferación de las bibliotecas virtuales, nuestros escritores mantienen interpretaciones cautas. Escribe Auster: “….es absolutamente fundamental que continuemos publicando libros tradicionales en papel, que se mantengan nuestras librerías, ya que constituyen los cimientos de la civilización. Si se digitaliza todo, piensa en el eventual daño que podría producirse. Textos borrados, desaparecidos, o igual de alarmante, textos alterados” (187). Reacción de Coetzee. “Deshacerse de los libros, reemplazarlos por imágenes de libros, imágenes electrónicas. Deshacerse de los muertos, reemplazarlos por fotografías” (191)
Política: Coetzee: “Desde 1970, más o menos, se ha propagando una visión bastante mezquina a la que se le ha permitido tomar el rumbo del planeta, una visión de los seres humanos como máquinas encaminadas al beneficio individual y de la actividad económica como un combate de todos contra todos para quedarse con un botín material. En consecuencia se ha impuesto una noción degenerada de lo que constituye la vida política, y a su vez, esa noción ha generado una visión llena de desprecio de lo que constituye la praxis política” (207). Auster propone un matiz: “Por mucho que me duela admitirlo.. no es ésta una época especialmente horrible para el mundo occidental. Un período ridículo, tal vez frustrante, pero no uno de los peores. No se queman brujas en la hoguera; en Francia, católicos y protestantes no se degüellan unos a otros; no mueren millones de europeos en trincheras llenas de barro ni en campos de concentración. Hitler ha muerto, Stalin a muerto, Franco ha muerto.” (209).
Sobre el envejecimiento: Coetzee, que ahora anda por los 74 años, escribe: “Hace poco me encontré con un poema publicado póstumamente por A.R. Ammons: hasta el hecho de envejecer envejece, escribe; hasta el hecho mismo de tratar de encontrar algo nuevo que decir sobre el hecho de envejecer envejece”.
Las cartas reunidas de Auster/Coetzee son la reafirmación del viejo arte epistolar. En plena época del correo electrónico, de facebook y del twitter, estos escritores continúan mandándose cartas por correo postal y a veces, cuando le da un arranque de modernidad, emplean el ahora prácticamente extinto fax. Es un intercambio basado en la curiosidad, la confianza y el respeto mutuos, a miles de kilómetros de distancia y en contextos muy distintos. Alejados desde hace tiempo de los clarines de la fama, ambos escritores nos recuerdan la plasticidad de los universos literarios y mundanos, sus fronteras imprecisas, que alimentan la imaginación de dos escritores que desde hace tiempo “producen frases extraordinarias, pensamientos como hachazos, una implacable rapidez narrativa”, atributos que ellos mismos admiran en algunos escritores canónicos. Es el pasado literario que fluye a través de las palabras de dos amigos que conversan.
Thursday, March 27, 2014
Elefantes en la sala
Estación de paso
Elefantes en la sala
Adrián Acosta Silva
Publicado en Campus-Milenio 27/03/2014
A todos nos sucede alguna vez: al estar frente a una situación en la cual es necesario interpretar su significado, se puede perder de vista el fondo del asunto o sus implicaciones, el hecho duro de que hay cosas que necesitan abordarse o resolverse de otra manera, o se deja de ver el efecto central que tiene algún evento o fenómeno sobre el comportamiento de las instituciones, los grupos o los individuos. Esa suerte de “invisibilización” de lo que parece evidente no es nunca (o casi nunca) un acto deliberado, voluntario, sino que suele ser el resultado de la pérdida de atención en lo que se observa, el típico efecto de centrar la mirada en los árboles y no en el bosque, o al revés. Para decirlo en palabras de un antiguo dicho inglés, es no mirar (o fingir no mirar) el elefante que está en la sala, a la vista de todos, mientras que todos están hablando (o pretendiendo hablar) de otra cosa.
Veamos lo que ocurre con el deporte de masas, por ejemplo, pensado como espectáculo, en el cual hay negocios millonarios, cálculos de apostadores, famas y prestigios en juego, símbolos destacados. Hoy día, la figura de los ganadores, del éxito deportivo, de los triunfos, está en el centro de la promoción de los espectáculos, de la comercialización masiva de tal o cual competencia o deporte, la fila interminable de marcas deportivas y anuncios publicitarios. El centro simbólico, imaginario de toda esa maquinaria es la figura de los ganadores, los mejores, los más calificados, y el triunfo, el éxito es la recompensa evidente. Y sin embargo, esos son sólo un puñado de personajes y equipos, un minúscula parte de todos los que se involucran en el deporte moderno. La mayor parte de los participantes son los perdedores, los que fracasan en el intento de alcanzar la gloria del triunfo, masas de individuos y equipos que están condenados en su gran mayoría a probar una y otra vez las uvas amargas del fracaso y la decepción.
Una ilusión poderosa alimenta la competencia deportiva: la ilusión del triunfo, la satisfacción del ganador. Y sin embargo, los hechos apuntan a que es el elefante del fracaso lo que se impone en toda competencia deportiva, el hecho de que no importa lo que ocurra, 9 de cada 10 veces los que se impondrá es la derrota para 9 de cada 10 participantes. Ese hecho, evidente, cuantificable, medible, está en el centro de las competencias profesionales de los deportes de masas que han sido cobijados por el capitalismo deportivo contemporáneo en México y en el mundo.
Pero hay otros elefantes en otras salas de la vida pública mexicana contemporánea. En el campo de la educación superior y de la vida política por ejemplo. En el primer caso, mientras que el eje de discusión (y acción) que proponen desde hace décadas el gobierno y no poco actores protagónicos de ese sector es la mejora de la calidad de la educación superior, lo que seguimos teniendo en la sala es el problema-elefante de la cobertura, la inclusión y la retención de miles de estudiantes en las aulas universitarias. A pesar de que llevamos más de dos décadas bajo el paradigma de la calidad y la innovación en la educación superior (y en que se han acumulado más de treinta programas, varios organismos y muchos fondos de financiamiento para resolver el problema de la calidad), el incremento en la cobertura en la educación superior mexicana ha crecido a un ritmo muy lento, lo que nos sitúa entre los países de América Latina con peores tasas de inclusión social de los jóvenes mexicanos en la educación universitaria. Ya padecemos las consecuencias de que el bono demográfico mexicano se nos siga yendo de las manos sin poder incorporar a millones de jóvenes a la educación superior y al trabajo productivo, en un contexto transicional donde el país del adiós a los niños está dando pasos acelerados a un país que no es ni podrá ser para viejos, como escribió hace tiempo Yeats. Mientras, el paquidermo permanece ahí en la sala, mirando, esperando que alguien diga algo para darse cuenta de que existe, de que es necesario advertir de su presencia, de que las decisiones de hoy deben considerar su existencia para tener mejores perspectivas de un futuro menos ominoso para nosotros y para las generaciones que vienen.
Pero también ocurre algo similar en el campo de la vida política mexicana. Los efectos corrosivos de una economía que no crece sobre una democracia frágil, parecen alimentar la presencia de viejos elefantes en las salas. El tiempo, “el maldito factor tiempo”, como solía decir el finado Norbert Lechner, actúa permanentemente en las relaciones entre economía y política, disolviendo sus resortes y vínculos. Más de tres décadas de políticas económicas de mercado, que descansan en el supuesto de que las libertades de consumo e inversión tienen efectos positivos en la mejoría de las empresas y de los individuos, parecen ir en contra de las políticas de desarrollo político democrático, que se orientan a la participación colectiva y al mejoramiento de las instituciones. Los elefantes del fracaso económico y del malestar político aguardan pacientemente en nuestras salas públicas y sociales, a la espera de que su presencia sea advertida por los invitados.
Saturday, March 15, 2014
Fantasmas hambrientos
Estación de paso
Fantasmas hambrientos
Adrián Acosta Silva
(Publicado en el suplemento Campus, del diario Milenio. 13/03/2014)
“Los temas son fantasmas hambrientos”, escribió alguna vez Borges, refiriéndose al hecho de que ciertos asuntos vuelven una y otra vez a la cabeza de los escritores de cualquier época, pero también a la vida de las personas, de los grupos y de las sociedades. En especial, tanto en la república de las letras como en la república de los académicos, esos temas suelen ser espinosos, elusivos, re-visitados por obra de la voluntad o del azar, de las circunstancias o del destino. Temas como el del destierro, la fama y la soledad, la memoria y el olvido, los sueños y las pesadillas, los demonios de la desesperación, son sólo parte de la variedad temática -es decir, en lenguaje borgiano, fantasmagórica- que suele azotar la imaginación o las prácticas de ciertos escritores. Para los académicos, en especial de las ciencias sociales, esos temas suelen ser la relación del individuo con las estructuras, el peso de las determinaciones contextuales sobre la acción de las personas, los motivos de la acción colectiva, las explicaciones al comportamiento racional, el análisis de “los hábitos del corazón”, como le dominó Tocqueville a lo que luego otros llamarían la cultura política de las sociedades contemporáneas.
Pero esos fantasmas también se aparecen con frecuencia en la vida pública, y configuran sus imaginarios tribales o colectivos. En el campo de la política pública, por ejemplo, en los últimos años una y otra vez son invocados los fantasmas insaciables de la pobreza, la educación, la corrupción, el buen gobierno. Las comunidades de políticas y las comunidades epistémicas asociadas a los distintos campos de las políticas públicas, vuelven una y otra vez a enfrentar a los mismos fantasmas, armados con diversos sistemas de creencias, a veces con algunas ideas nuevas, a veces reorganizando los intereses involucrados en las acciones públicas. En el campo de las universidades, esos fantasmas se alimentan vorazmente de temas económicos, sociológicos, historiográficos o politológicos, que en ocasiones tienen que ver con modas intelectuales, en otras con insatisfactorias explicaciones dominantes sobre problemas de coyuntura, algunas más con la permanencia de tradiciones teóricas que se transmiten cuidadosamente de generación en generación.
Pero también de fantasmas hambrientos está hecha nuestra vida política. La democracia, por ejemplo. De cuando en cuando, el tema democrático resurge entre los escombros de república, que siempre está fragmentada entre lo que aparece en los medios, lo que declaran los políticos y lo que hacen y piensan cotidianamente las personas. El neo-oficialismo priista pregona ante medios y públicos seleccionados la grandeza de sus reformas estructurales como producto de la democracia mexicana, las promesas de un futuro brillante para México, la certeza de que estamos en el “camino correcto”, según se escucha insistentemente desde los salones del Palacio Nacional. En el otro extremo, la oposición más radical afirma que la democracia es una farsa, una máscara para ocultar los verdaderos problemas de México, la fachada que han construido políticos y medios para esconder el verdadero rostro de la pobreza y la marginación de millones: la democracia como el nuevo opio del pueblo.
Esas invocaciones y descalificaciones atraen los fantasmas de las revoluciones, la ansiedad por los cambios espectaculares o por las reformas discretas. Los espectros que resurgen entre la confusión se sitúan entre dos abismos: el abismo de la fe ciega, y el abismo del escepticismo absoluto. En términos políticos, esos abismos conducen al mismo cruce de caminos: las viejas relaciones de tensión entre el capitalismo y la democracia, entre el mercado y el Estado. Pero también apuntan a una historia no resuelta, confusa, habitada por espectros hambrientos que deambulan por ahí. Es la historia de las crisis cíclicas del capitalismo, de esa forma de organización económica dominada por “las aguas heladas del cálculo egoísta”, como escribieron Marx y Engels en el Manifiesto….Es la historia de las resistencias sociales a los efectos de los “mares embravecidos del capitalismo” (Schumpeter), una trayectoria larga de acción colectiva e institucional dirigidas a regular y contener los poderes depredadores del capital, y de la cual la democracia representativa es su edificación más célebre, y, a la vez, más insatisfactoria y en algunos casos más débil.
Ese debate entre democracia y capitalismo no ha terminado, ni ha sido el fin de la historia como señaló alguna vez en tono de ocurrencia, escándalo intelectual y provocación mediática Francis Fukuyama, ni el fin de las ideologías, como escribió antes Daniel Bell. En realidad, desde hace tiempo el debate ya no es entre democracia o capitalismo, como argumentara muchas veces el recientemente fallecido Robert Dahl, o en el que insiste con frecuencia Adam Przeworski. El debate es entre cuánto capitalismo y cuánta democracia, cómo se pueden articular fórmulas de mercado con fórmulas políticas democráticas, en el cual se puedan trazar con alguna precisión conceptual y empírica los límites de la democracia y los límites de la economía. Y buena parte de los cartógrafos que intentan identificar esas fronteras lo hacen desde las aulas y los pasillos universitarios, en seminarios y foros para tratar de comprender los nuevos mapas del capitalismo y de la democracia.
De cualquier modo, las democracias capitalistas, representativas e institucionalizadas, están en problemas. Su capacidad para coexistir con las prácticas de mercado son cuestionadas, y sus resultados son decepcionantes para la gran mayoría de los ciudadanos. Y ni las fugas hacia las filosofías de farmacia de la felicidad individual o colectiva pueden ocultar los temas pesados de la pobreza y la desigualdad social. Ahí, entre los callejones y laberintos de fórmulas contradictorias entre democracia y desarrollo, entre política y economía, están los sitios donde aparecen continuamente aquellos fantasmas hambrientos, insaciables, a los que se refería con agudeza literaria Borges, el sabio.
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