Estación de paso
Gestionando la crisis: conocimiento y política
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 16/04/2020)
La pandemia ha colocado nuevos temas y anteojos sobre la vida pública en todo el mundo. La magnitud, velocidad y profundidad expansiva del virus ha trastocado súbitamente los hábitos y rutinas de cientos de millones de ciudadanos en la mayor parte de las sociedades nacionales, y es el Estado el que ha tenido que enfrentar la epidemia combinando le gestión de la crisis con conocimiento científico, política pura y una mixtura de instrumentos de políticas de protección social, salud pública y seguridad nacional.
Esa combinación está en el centro de la explicación de la construcción acelerada, a veces contradictoria y frecuentemente confusa de la gestión de la crisis. En México, el gobierno federal y los gobiernos locales han actuado mediante la consideración de la opinión de expertos y científicos que trabajan desde hace décadas en los institutos nacionales de salud, centros de investigación, hospitales y universidades. Pese a ello, el presidente y los gobernadores actúan de manera poco coordinada, exhibiendo diferencias técnicas pero sobre todo políticas sobre la forma de enfrentar el problema.
Como en toda crisis, la gestión de coyuntura es una combinación de política, arte y artesanía. Esa dimensión explica el proceso y hechura apresurada de las decisiones públicas que se toman en un contexto de alta incertidumbre sobre las implicaciones de un fenómeno que rebasa ya claramente los límites conocidos de un problema masivo y letal de la salud pública entre poblaciones y territorios específicos.
La gestión de la crisis tiene implicaciones económicas, sociales y políticas cuyo tratamiento marcará el rumbo del sexenio. Ni el voluntarismo presidencial que menosprecia sistemáticamente la magnitud del acontecimiento y lo lleva a las aguas de su molino de la 4T (“como anillo al dedo”), ni el pesimismo catastrófico de algunas de sus oposiciones, parecen ser capaces de advertir las consecuencias de un problema de salud pública que ha actuado como mecanismo de disparo de una crisis económica y social que puede tener consecuencias políticas importantes. Si se mira bien, detrás de las formas de manejo de la crisis dependerá en buena medida la nueva agenda política de las políticas públicas de los próximos años.
Desempleo masivo, desplome del consumo, estancamiento económico, miles de enfermos y centenas de fallecimientos son las primeras señales de los efectos inmediatos de la epidemia en México. Pero el impacto diferenciado entre grupos de edad de la población, sus condiciones de acceso a los servicios de salud y seguridad social, los perfiles epidemiológicos que causan la morbilidad general antes , durante y después del COVID-19 (envejecimiento acelerado sin seguridad social, diabetes, sobrepeso, hipertensión), son los factores estructurales de desigualdad y vulnerabilidad que han agudizado el impacto de la crisis sobre el sistema económico y social en su conjunto. En esas circunstancias, una sensación de incertidumbre general pesa como plomo en la formación de las creencias, representaciones y percepciones sociales sobre el fenómeno.
Frente a este panorama, las universidades han actuado con distintos grados de intensidad y bajo diferentes modalidades. La mayoría han apoyado los llamados a permanecer en sus casas a sus respectivas comunidades suspendiendo clases e instrumentando la migración masiva de las prácticas escolares de lo presencial a lo virtual a través del uso o habilitación acelerada de las plataformas digitales. Algunas han formado grupos de especialistas y académicos para apoyar a los gobiernos estatales con estudios específicos sobre la evolución de la pandemia y sus diversas dimensiones e impactos más allá de los relacionados con la salud pública. Otras más están apoyando con ejercicios prospectivos y propuestas específicas sobre los distintos escenarios de salida de la crisis, estimando los costos sociales y económicos de una salida rápida, pausada o lenta de la contingencia (https://www.jaliscoafuturo.mx/jalisco-despues-del-covid-19/.)
En todos los casos, el conocimiento científico-técnico que pueden aportar las universidades a la comprensión y posible solución a la epidemia en sus distintas dimensiones, parte del supuesto del carácter extraordinariamente complejo de la situación actual. Pero el otro factor relevante asociado a la movilización del conocimiento aplicado que se produce o cultiva en los centros e institutos de investigación de las universidades, es el carácter político de las decisiones que toman los gobiernos considerando ese conocimiento, que se traduce en acciones de política pública de corto y mediano plazo.
Esa relación entre conocimiento y política está en el centro de la gestión de la crisis. Aplicar o no el conocimiento científico o técnico es una decisión política y de políticas, pues ello implica considerar los costos, riesgos y beneficios que esas decisiones y sus posibilidades de instrumentación práctica pueden tener para el gobierno del príncipe en turno. Hoy como ayer, las figuras del científico y del político reaparecen en el centro de una crisis que desafía el sentido común y sacude los hábitos y rutinas mentales e ideológicas de intelectuales, científicos y políticos.
La conocida frase de Paul Vàlery de que “el problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es como solía ser” forma parte del ruido de fondo que se escucha en la coyuntura, donde políticos y científicos representan las tensiones entre la ética de la responsabilidad y la ética de la verdad con las que el viejo Weber distinguía ambas figuras en la conducción de los asuntos públicos. Repensar el futuro gestionando el presente es el desafío mayor de una crisis que ha alterado veloz e inesperadamente las reglas del juego y las tensiones entre la ciencia, la política y las políticas públicas.
Thursday, April 16, 2020
Thursday, March 26, 2020
El infierno imbécil
Estación de paso
El infierno imbécil
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 26/03/2019)
El comportamiento social observado a lo largo de las últimas semanas mezcla todos los ingredientes de cualquier sociología de las catástrofes. Emociones de confusión, miedo, ansiedad o incertidumbre coexisten con la confianza en que el gobierno sabe lo que hace y que las cosas terminarán por retomar su curso normal. Las relaciones entre economía y política crujen frente a la crisis sanitaria mundial derivada de la aparición espontánea del virus en Wuhan a comienzos del año. Los miles de muertos acumulados forman el rastro de cadáveres que la nueva pandemia va dejando tras de sí. Un lenguaje nuevo acompaña la crisis, y “distanciamiento social” es la nueva palabra del vecindario mundial, una palabra que dicta un diagnóstico y un mecanismo de protección contra el riesgo de infección del virus.
Los días de guardar forman parte del espectáculo. Por todos los medios, todos los días, los gobiernos nacionales y locales, la Organización Mundial de la Salud, ofrecen cifras, datos, números sobre la evolución de la pandemia. Hoy estamos más informados que nunca sobre las características malignas del virus, sobre el número de infectados, los casos sospechosos y los confirmados, el número de muertos, la cantidad de los sobrevivientes que han padecido el mal. Gracias a los epidemiólogos, sabemos cuáles son los síntomas de la enfermedad, qué los causa, cómo se desarrollan, pero no sabemos hasta ahora como curarlos y prevenirlos. La ignorancia científica es el motor de los descubrimientos, pero estos llevan su tiempo.
Es en el nivel de las prácticas y representaciones sociales de la crisis donde se pueden observar las distintas maneras en que se percibe la acción pública frente a la emergencia sanitaria. Los expertos ofrecen modelos explicativos, proyecciones matemáticas, simulaciones, construcción de escenarios posibles, identificación de tendencias. Las autoridades federales y estatales han decretado medidas drásticas para tratar de contener la propagación del virus, alterando dramáticamente la normalidad de la vida social, mientras, paradójicamente, el Presidente AMLO minimiza la crisis y en un arranque de espiritismo exhibe amuletos protectores. El pequeño ejército de intelectuales y analistas simbólicos de nuestra vida pública interpretan las acciones, lanzan conjeturas sin demasiadas argumentaciones ni evidencias, configurando un repertorio de buenas ideas, extrañas ocurrencias y no pocos actos de fe. Pero es en el mundo de las redes dominadas por twitter, facebook, instagram, whatsapp, correos electrónicos, donde esas representaciones ilustran los perfiles del “infierno imbécil” que alimenta los fanatismos, los prejuicios clasistas y racistas, los rencores políticos, y las explicaciones instantáneas que ofrecen miles de individuos frente a la catástrofe del COVID-19.
Como ha sucedido en situaciones similares, los tiempos que vivimos son buenos para charlatanes y magos, predicadores y clarividentes. Muchos usuarios de las redes se volvieron en pocos días antropólogos de la salud, sociólogos del riesgo, politólogos instantáneos, epidemiólogos experimentados, expertos en seguridad nacional, gestores calificados en el manejo de crisis sanitarias. Citando fuentes extrañas –un amigo, lo que dijo alguien en algún lugar, lo que se leyó en otras redes, lo que vio con sus propios ojos- aseguran con certeza de profetas que todo estaba planeado, que la crisis es el efecto deliberado de una conspiración internacional, que los gobiernos no saben lo que hacen, que son un montón de ineptos, que todo es una ilusión, que hay que desconfiar de la autoridad científica o técnica de los expertos y exigen urgentemente la renuncia de todos los funcionarios públicos, comenzando con el presidente. Esos relatos coexisten con compras de pánico, postales de calles vacías, cierre de lugares públicos, refugio en comportamientos tribales y familiares, suspensión de las actividades y proyectos que imprimen algún sentido a las rutinas, hábitos y costumbres que habitan la vida en común.
Esa mezcla de confusión y miedo, de ignorancia y oportunismo, mitos instantáneos y amenazas reales e imaginarias, configuran el territorio simbólico de la coyuntura. Razonamientos sólidos, mitos fugaces e intuiciones silvestres se amontonan en el paisaje. Sólo “el hacha afilada de la razón” puede urbanizar la selva “de los arbustos de la locura y de los mitos”, escribió Walter Benjamin en sus Pasajes. Saul Bellow calificaba en El legado de Humboldt a esa mezcla lodosa, poliforme, de comportamientos racionales y metafísicos como producto del “infierno imbécil”, esa fuerza misteriosa que gobierna la confusión y la fe, los efectos perversos de actos individuales y sociales, de daños sin razón y sin remedio. Si uno mira bien, la crisis que hoy vivimos significa, para decirlo en palabras de Charlie Citrine, el decano universitario que es el personaje central de aquella novela de Bellow, que el infierno imbécil nos ha alcanzado, otra vez, a todos.
El infierno imbécil
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 26/03/2019)
El comportamiento social observado a lo largo de las últimas semanas mezcla todos los ingredientes de cualquier sociología de las catástrofes. Emociones de confusión, miedo, ansiedad o incertidumbre coexisten con la confianza en que el gobierno sabe lo que hace y que las cosas terminarán por retomar su curso normal. Las relaciones entre economía y política crujen frente a la crisis sanitaria mundial derivada de la aparición espontánea del virus en Wuhan a comienzos del año. Los miles de muertos acumulados forman el rastro de cadáveres que la nueva pandemia va dejando tras de sí. Un lenguaje nuevo acompaña la crisis, y “distanciamiento social” es la nueva palabra del vecindario mundial, una palabra que dicta un diagnóstico y un mecanismo de protección contra el riesgo de infección del virus.
Los días de guardar forman parte del espectáculo. Por todos los medios, todos los días, los gobiernos nacionales y locales, la Organización Mundial de la Salud, ofrecen cifras, datos, números sobre la evolución de la pandemia. Hoy estamos más informados que nunca sobre las características malignas del virus, sobre el número de infectados, los casos sospechosos y los confirmados, el número de muertos, la cantidad de los sobrevivientes que han padecido el mal. Gracias a los epidemiólogos, sabemos cuáles son los síntomas de la enfermedad, qué los causa, cómo se desarrollan, pero no sabemos hasta ahora como curarlos y prevenirlos. La ignorancia científica es el motor de los descubrimientos, pero estos llevan su tiempo.
Es en el nivel de las prácticas y representaciones sociales de la crisis donde se pueden observar las distintas maneras en que se percibe la acción pública frente a la emergencia sanitaria. Los expertos ofrecen modelos explicativos, proyecciones matemáticas, simulaciones, construcción de escenarios posibles, identificación de tendencias. Las autoridades federales y estatales han decretado medidas drásticas para tratar de contener la propagación del virus, alterando dramáticamente la normalidad de la vida social, mientras, paradójicamente, el Presidente AMLO minimiza la crisis y en un arranque de espiritismo exhibe amuletos protectores. El pequeño ejército de intelectuales y analistas simbólicos de nuestra vida pública interpretan las acciones, lanzan conjeturas sin demasiadas argumentaciones ni evidencias, configurando un repertorio de buenas ideas, extrañas ocurrencias y no pocos actos de fe. Pero es en el mundo de las redes dominadas por twitter, facebook, instagram, whatsapp, correos electrónicos, donde esas representaciones ilustran los perfiles del “infierno imbécil” que alimenta los fanatismos, los prejuicios clasistas y racistas, los rencores políticos, y las explicaciones instantáneas que ofrecen miles de individuos frente a la catástrofe del COVID-19.
Como ha sucedido en situaciones similares, los tiempos que vivimos son buenos para charlatanes y magos, predicadores y clarividentes. Muchos usuarios de las redes se volvieron en pocos días antropólogos de la salud, sociólogos del riesgo, politólogos instantáneos, epidemiólogos experimentados, expertos en seguridad nacional, gestores calificados en el manejo de crisis sanitarias. Citando fuentes extrañas –un amigo, lo que dijo alguien en algún lugar, lo que se leyó en otras redes, lo que vio con sus propios ojos- aseguran con certeza de profetas que todo estaba planeado, que la crisis es el efecto deliberado de una conspiración internacional, que los gobiernos no saben lo que hacen, que son un montón de ineptos, que todo es una ilusión, que hay que desconfiar de la autoridad científica o técnica de los expertos y exigen urgentemente la renuncia de todos los funcionarios públicos, comenzando con el presidente. Esos relatos coexisten con compras de pánico, postales de calles vacías, cierre de lugares públicos, refugio en comportamientos tribales y familiares, suspensión de las actividades y proyectos que imprimen algún sentido a las rutinas, hábitos y costumbres que habitan la vida en común.
Esa mezcla de confusión y miedo, de ignorancia y oportunismo, mitos instantáneos y amenazas reales e imaginarias, configuran el territorio simbólico de la coyuntura. Razonamientos sólidos, mitos fugaces e intuiciones silvestres se amontonan en el paisaje. Sólo “el hacha afilada de la razón” puede urbanizar la selva “de los arbustos de la locura y de los mitos”, escribió Walter Benjamin en sus Pasajes. Saul Bellow calificaba en El legado de Humboldt a esa mezcla lodosa, poliforme, de comportamientos racionales y metafísicos como producto del “infierno imbécil”, esa fuerza misteriosa que gobierna la confusión y la fe, los efectos perversos de actos individuales y sociales, de daños sin razón y sin remedio. Si uno mira bien, la crisis que hoy vivimos significa, para decirlo en palabras de Charlie Citrine, el decano universitario que es el personaje central de aquella novela de Bellow, que el infierno imbécil nos ha alcanzado, otra vez, a todos.
Thursday, March 12, 2020
Barrios y secretos
Estación de paso
Historias universitarias: barrios y secretos
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 12/03/2020)
Atrapadas entre la sensación de un presente incómodo y la especulación sobre futuros inciertos, las comunidades directivas, estudiantiles y académicas de las universidades públicas o privadas suelen mirar poco sus propias historias institucionales. La ansiedad “presentista” –esa experiencia del presente como único horizonte de acción- suele producir sombras catastróficas o proyectar escenarios utópicos sobre el futuro de las universidades. Justo por ello, es importante la publicación de obras que posan la mirada en lo que pasó, como una manera de comprender aquellos presentes que hoy son pasados.
Los libros El barrio universitario en el proceso de institucionalización de la Universidad Nacional Autónoma de México, coordinado por Carlos Martínez Assad y Alicia Ziccardi (UNAM, 2018, 191 págs.), y Secretos fracturados. Estampas del catolicismo conspirativo en México, de Fernando M. González (Herder, 2019, 735 págs.), son el resultado de estudios ambiciosos sobre la historia de universidades públicas como la UNAM, o privadas de orientación laica o religiosa como la UAG o el ITESO en Jalisco. Se trata de libros que exploran y documentan períodos específicos del pasado socio-institucional de las universidades, a través de la revisión de documentos, archivos, imágenes, entrevistas y narrativas de los actores de la época.
El libro que coordinan Martínez y Ziccardi forma parte de una espléndida trilogía sobre el “Barrio Universitario” de la Ciudad de México, un pequeño espacio del centro de la ciudad donde se concentraban un puñado de escuelas y facultades construidas desde finales del siglo XVIII y principios del XIX. Los dos primeros volúmenes trataron sobre los antecedentes de esas escuelas y lo ocurrido entre 1910 y 1929. En este tercer volumen, los autores examinan lo ocurrido en la UNAM entre 1929 y 1953, es decir, el período que corre desde la conquista de la primera la autonomía universitaria hasta el traslado de las escuelas del Barrio universitario hacia la actual Ciudad Universitaria.
La obra combina textos e imágenes, rescatadas de diversos archivos fotográficos, hemerográficos y bibliográficos. El propósito central del texto es la reconstrucción de la institucionalización de la UNAM, es decir, el largo y conflictivo proceso de legitimación política, académica y social de la universidad en un contexto de tensiones ideológicas con los gobiernos posrevolucionarios, y de activismos estudiantiles y magisteriales de diversa orientación, profundidad e intensidad.
La lectura del libro es la lectura de una historia hipnótica, múltiple y compleja, ilustrada por el “resplandor del mundo de las imágenes”, como escribiera Walter Benjamin sobre los libros y la fotografía. Se trata de una exploración ordenada, informada y visual sobre territorios, inmuebles, rostros, actores y procesos de la vida universitaria y sus entornos cotidianos. El texto de Estela Morales, por ejemplo, muestra como escuelas y facultades superiores ayudaron a construir una atmósfera cultural donde cafés, librerías, cantinas, editoriales, se convirtieron en espacios de discusión y reflexión que animaban la vida política e intelectual universitaria. Libros, revistas y periódicos dieron forma al espacio público que se produce después de la revolución mexicana y que se representa con claridad en la vida cotidiana del Barrio Universitario. Esa historia permite entender la mudanza física, académica, cultural y política de las escuelas superiores que concluyó con la fundación de la Ciudad Universitaria en 1953.
Secretos fracturados, por su parte, es producto de una indagación sistemática sobre la socialización política católica y algunas de sus sociedades secretas en México. Para González, la idea del “integrismo católico” uno de los ejes que explica la acción política clerical durante y después de la derrota militar del movimiento cristero de los años 1926 a 1929. La Unión de Católicos Mexicanos (fundada en 1915), o la Asociación Fraternaria de Estudiantes de Jalisco (fundada en 1933), son algunas de las expresiones políticas más destacadas en la que se involucró directa o indirectamente, de manera “discreta-secreta” (como la denomina el autor), la iglesia católica mexicana, y que fueron antecedentes importantes en la fundación de la primera universidad privada de México, la Universidad Autónoma de Guadalajara en 1935, como producto de una fractura política ocurrida en el seno de la Universidad de Guadalajara derivada de la celebración del Congreso de Universitarios Mexicanos de 1933.
Pero la trayectoria política de la Compañía de Jesús en Jalisco es uno de los ejes más interesantes de análisis del libro. Sus pleitos con el arzobispado de Guadalajara, la formación de un grupo estudiantil en el Instituto de Ciencias (escuela jesuita de niños y jóvenes preparatorianos), denominado los “Tecos”, su radicalismo anticomunista, explica en parte la creación de la UAG y, posteriormente, la oposición de la ultraderecha a la fundación del ITESO, en el año de 1957. Ese período (1935-1957) es una etapa clave en la formación de las identidades institucionales tanto de la UAG como del ITESO, pero también, como telón de fondo, de la universidad pública de Jalisco, la U. de G.
Esas historias universitarias son trayectorias paralelas, de poder institucional y conflicto político e ideológico. Muestran procesos de larga duración en los que en un tiempo comprimido (los años treinta hasta los cincuenta del siglo pasado) se forjaron las identidades institucionales universitarias contemporáneas, tanto públicas como privadas. La complejidad de esas historias, las narrativas y las imágenes que las habitan, forman parte de la hechura política y social de nuestras universidades. Los textos de Martínez y Ziccardi, así como el de González, rescatan esas historias de poder y política, de barrios y secretos, que están en el origen de buena parte de los imaginarios y las prácticas universitarias.
Historias universitarias: barrios y secretos
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 12/03/2020)
Atrapadas entre la sensación de un presente incómodo y la especulación sobre futuros inciertos, las comunidades directivas, estudiantiles y académicas de las universidades públicas o privadas suelen mirar poco sus propias historias institucionales. La ansiedad “presentista” –esa experiencia del presente como único horizonte de acción- suele producir sombras catastróficas o proyectar escenarios utópicos sobre el futuro de las universidades. Justo por ello, es importante la publicación de obras que posan la mirada en lo que pasó, como una manera de comprender aquellos presentes que hoy son pasados.
Los libros El barrio universitario en el proceso de institucionalización de la Universidad Nacional Autónoma de México, coordinado por Carlos Martínez Assad y Alicia Ziccardi (UNAM, 2018, 191 págs.), y Secretos fracturados. Estampas del catolicismo conspirativo en México, de Fernando M. González (Herder, 2019, 735 págs.), son el resultado de estudios ambiciosos sobre la historia de universidades públicas como la UNAM, o privadas de orientación laica o religiosa como la UAG o el ITESO en Jalisco. Se trata de libros que exploran y documentan períodos específicos del pasado socio-institucional de las universidades, a través de la revisión de documentos, archivos, imágenes, entrevistas y narrativas de los actores de la época.
El libro que coordinan Martínez y Ziccardi forma parte de una espléndida trilogía sobre el “Barrio Universitario” de la Ciudad de México, un pequeño espacio del centro de la ciudad donde se concentraban un puñado de escuelas y facultades construidas desde finales del siglo XVIII y principios del XIX. Los dos primeros volúmenes trataron sobre los antecedentes de esas escuelas y lo ocurrido entre 1910 y 1929. En este tercer volumen, los autores examinan lo ocurrido en la UNAM entre 1929 y 1953, es decir, el período que corre desde la conquista de la primera la autonomía universitaria hasta el traslado de las escuelas del Barrio universitario hacia la actual Ciudad Universitaria.
La obra combina textos e imágenes, rescatadas de diversos archivos fotográficos, hemerográficos y bibliográficos. El propósito central del texto es la reconstrucción de la institucionalización de la UNAM, es decir, el largo y conflictivo proceso de legitimación política, académica y social de la universidad en un contexto de tensiones ideológicas con los gobiernos posrevolucionarios, y de activismos estudiantiles y magisteriales de diversa orientación, profundidad e intensidad.
La lectura del libro es la lectura de una historia hipnótica, múltiple y compleja, ilustrada por el “resplandor del mundo de las imágenes”, como escribiera Walter Benjamin sobre los libros y la fotografía. Se trata de una exploración ordenada, informada y visual sobre territorios, inmuebles, rostros, actores y procesos de la vida universitaria y sus entornos cotidianos. El texto de Estela Morales, por ejemplo, muestra como escuelas y facultades superiores ayudaron a construir una atmósfera cultural donde cafés, librerías, cantinas, editoriales, se convirtieron en espacios de discusión y reflexión que animaban la vida política e intelectual universitaria. Libros, revistas y periódicos dieron forma al espacio público que se produce después de la revolución mexicana y que se representa con claridad en la vida cotidiana del Barrio Universitario. Esa historia permite entender la mudanza física, académica, cultural y política de las escuelas superiores que concluyó con la fundación de la Ciudad Universitaria en 1953.
Secretos fracturados, por su parte, es producto de una indagación sistemática sobre la socialización política católica y algunas de sus sociedades secretas en México. Para González, la idea del “integrismo católico” uno de los ejes que explica la acción política clerical durante y después de la derrota militar del movimiento cristero de los años 1926 a 1929. La Unión de Católicos Mexicanos (fundada en 1915), o la Asociación Fraternaria de Estudiantes de Jalisco (fundada en 1933), son algunas de las expresiones políticas más destacadas en la que se involucró directa o indirectamente, de manera “discreta-secreta” (como la denomina el autor), la iglesia católica mexicana, y que fueron antecedentes importantes en la fundación de la primera universidad privada de México, la Universidad Autónoma de Guadalajara en 1935, como producto de una fractura política ocurrida en el seno de la Universidad de Guadalajara derivada de la celebración del Congreso de Universitarios Mexicanos de 1933.
Pero la trayectoria política de la Compañía de Jesús en Jalisco es uno de los ejes más interesantes de análisis del libro. Sus pleitos con el arzobispado de Guadalajara, la formación de un grupo estudiantil en el Instituto de Ciencias (escuela jesuita de niños y jóvenes preparatorianos), denominado los “Tecos”, su radicalismo anticomunista, explica en parte la creación de la UAG y, posteriormente, la oposición de la ultraderecha a la fundación del ITESO, en el año de 1957. Ese período (1935-1957) es una etapa clave en la formación de las identidades institucionales tanto de la UAG como del ITESO, pero también, como telón de fondo, de la universidad pública de Jalisco, la U. de G.
Esas historias universitarias son trayectorias paralelas, de poder institucional y conflicto político e ideológico. Muestran procesos de larga duración en los que en un tiempo comprimido (los años treinta hasta los cincuenta del siglo pasado) se forjaron las identidades institucionales universitarias contemporáneas, tanto públicas como privadas. La complejidad de esas historias, las narrativas y las imágenes que las habitan, forman parte de la hechura política y social de nuestras universidades. Los textos de Martínez y Ziccardi, así como el de González, rescatan esas historias de poder y política, de barrios y secretos, que están en el origen de buena parte de los imaginarios y las prácticas universitarias.
Thursday, February 27, 2020
Nuevos olvidados
Estación de paso
Los nuevos olvidados
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 27/02/2020)
El caso de la niña Fátima, secuestrada y asesinada por una pareja, tiene todos los componentes del drama social de la pobreza mexicana. De un lado, instituciones incapaces de asegurar mínimos de confianza en que los niños son (o deberían ser) bien protegidos dentro y fuera de las escuelas. Del otro lado, individuos que nacen, crecen y sobreviven en contextos de extrema precariedad, donde desarrollan instintos o impulsos depredadores, solitarios, bajo la tolerancia o en complicidad con otros. Más allá, una violencia cotidiana, simbólica y práctica, que gobierna usos y costumbres en la que las mujeres y los niños suelen ser víctimas que luego, con el tiempo, se pueden convertir en victimarios.
Las imágenes del escándalo circularon profusamente en medios y redes. Fueron días extraños. Las reacciones de horror, indignación y rabia abierta o contenida dominaron el ánimo público. La exigencia de justicia se confundió con la sed de venganza. La cárcel, la muerte y el linchamiento se convirtieron en monedas de intercambio en las redes sociales frente a los hechos. El Presidente culpó al neoliberalismo y a la falta de valores por el asunto; la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México prometió justicia “pronta” y “máximo castigo”. “Purificación de la vida pública”, “moralización”, fueron parte de los enunciados presidenciales de reacción frente a los hechos, que rápidamente fueron colocados entre los abundantes relatos que se han acumulado sobre la gravedad de los feminicidios como expresión fatal de la impunidad de las violencias cotidianas que experimentan especialmente mujeres y niños.
Convencionalmente se cree que la escuela y el hogar son los lugares más seguros para los menores. Son espacios donde se recrean y reproducen hábitos, aprendizajes y emociones que fortalecen la cohesión social. Sin embargo, la crisis de inseguridad pública que padecemos desde hace décadas ha revelado que en no pocas ocasiones esos espacios suelen ser los más riesgosos para niños y niñas. Dentro y fuera de la casa familiar o de la escuela, los menores a menudo son víctimas fáciles de depredadores y abusadores.Fátima representa el caso más triste y dramático de cómo esa violencia estalla cuando la inseguridad rebasa la capacidad escolar o familiar para garantizar el bienestar de los menores.
Las relaciones entre escuela, pobreza y violencia aparecen en este drama con toda su fuerza. Y lo hacen en el entorno ominoso que ya dibujaba magistralmente Luis Buñuel en Los olvidados, en el contexto de un barrio marginal del México de 1950. Las fronteras entre escuela, familia y sociedad se disuelven o desparecen en situaciones de riesgo, y la pobreza es un componente tóxico que debilita o vuelve muy frágiles los límites de las relaciones entre instituciones e individuos. Los comportamientos depredadores son la versión extrema de los comportamientos anómicos, que obedecen a la lógica de los espacios vacíos que no cubren la seguridad de las instituciones ni la confianza entre los individuos.
En esos espacios vacíos (una suerte de no-lugares) se desarrollan prácticas de abandono, abusos e impulsos homicidas entre miembros de la sociedad civil, donde las figuras de autoridad no son las estatales, como se suele pensar desde el oficialismo o los relatos normativos sobre el poder real o simbólico del Estado. El caso de Fátima representa una situación donde una fatal combinación de incapacidad estatal, irresponsabilidad escolar y pobreza extrema producen dramas de violencia y muerte que se convierten en espectáculos para cruzadas de moralización de la vida pública que hoy, como hace siete décadas, suelen atribuir las causas de la violencia a los individuos y no a las instituciones, a las pasiones y no a los contextos en que se desarrollan esas emociones.
Pero las relaciones entre pobreza y violencia no son círulos viciosos condenados a repetirse una y otra vez. La posición social no determina el grado de violencia, como lo vemos en territorios y comunidades donde aún en mejores condiciones de bienestar e ingreso ocurren hechos de violencia homicida en los que mujeres y niños también son víctimas. Pero la desigualdad sí es un factor que afecta en distinto grado a todos los estratos y clases sociales. Justo por ello, la escuela pública es una institución que amortigua las fricciones sociales. Las fronteras entre la casa familiar y la escuela, o entre la escuela y la calle, son fronteras de alto riesgo, donde la mortalidad y el abuso son conductas oportunistas que aprovechan la ausencia de policías, inspectores y vigilantes para imponer un orden fàctico.
Ese orden es dominado por las figuras del crimen no organizado, planificado a veces, espontáneo en otros. Ello explica las figuras tristes y violentas de personajes ficticios como el “Jaibo”, “Pedro” o el “Ojitos” de la película de Buñuel. Hoy, siete décadas después, Fátima, Giovanna y Mario son los nombres reales de una historia de crueldad, inseguridad y drama social. Bien visto, nuestros nuevos olvidados son los olvidados de siempre.
Los nuevos olvidados
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 27/02/2020)
El caso de la niña Fátima, secuestrada y asesinada por una pareja, tiene todos los componentes del drama social de la pobreza mexicana. De un lado, instituciones incapaces de asegurar mínimos de confianza en que los niños son (o deberían ser) bien protegidos dentro y fuera de las escuelas. Del otro lado, individuos que nacen, crecen y sobreviven en contextos de extrema precariedad, donde desarrollan instintos o impulsos depredadores, solitarios, bajo la tolerancia o en complicidad con otros. Más allá, una violencia cotidiana, simbólica y práctica, que gobierna usos y costumbres en la que las mujeres y los niños suelen ser víctimas que luego, con el tiempo, se pueden convertir en victimarios.
Las imágenes del escándalo circularon profusamente en medios y redes. Fueron días extraños. Las reacciones de horror, indignación y rabia abierta o contenida dominaron el ánimo público. La exigencia de justicia se confundió con la sed de venganza. La cárcel, la muerte y el linchamiento se convirtieron en monedas de intercambio en las redes sociales frente a los hechos. El Presidente culpó al neoliberalismo y a la falta de valores por el asunto; la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México prometió justicia “pronta” y “máximo castigo”. “Purificación de la vida pública”, “moralización”, fueron parte de los enunciados presidenciales de reacción frente a los hechos, que rápidamente fueron colocados entre los abundantes relatos que se han acumulado sobre la gravedad de los feminicidios como expresión fatal de la impunidad de las violencias cotidianas que experimentan especialmente mujeres y niños.
Convencionalmente se cree que la escuela y el hogar son los lugares más seguros para los menores. Son espacios donde se recrean y reproducen hábitos, aprendizajes y emociones que fortalecen la cohesión social. Sin embargo, la crisis de inseguridad pública que padecemos desde hace décadas ha revelado que en no pocas ocasiones esos espacios suelen ser los más riesgosos para niños y niñas. Dentro y fuera de la casa familiar o de la escuela, los menores a menudo son víctimas fáciles de depredadores y abusadores.Fátima representa el caso más triste y dramático de cómo esa violencia estalla cuando la inseguridad rebasa la capacidad escolar o familiar para garantizar el bienestar de los menores.
Las relaciones entre escuela, pobreza y violencia aparecen en este drama con toda su fuerza. Y lo hacen en el entorno ominoso que ya dibujaba magistralmente Luis Buñuel en Los olvidados, en el contexto de un barrio marginal del México de 1950. Las fronteras entre escuela, familia y sociedad se disuelven o desparecen en situaciones de riesgo, y la pobreza es un componente tóxico que debilita o vuelve muy frágiles los límites de las relaciones entre instituciones e individuos. Los comportamientos depredadores son la versión extrema de los comportamientos anómicos, que obedecen a la lógica de los espacios vacíos que no cubren la seguridad de las instituciones ni la confianza entre los individuos.
En esos espacios vacíos (una suerte de no-lugares) se desarrollan prácticas de abandono, abusos e impulsos homicidas entre miembros de la sociedad civil, donde las figuras de autoridad no son las estatales, como se suele pensar desde el oficialismo o los relatos normativos sobre el poder real o simbólico del Estado. El caso de Fátima representa una situación donde una fatal combinación de incapacidad estatal, irresponsabilidad escolar y pobreza extrema producen dramas de violencia y muerte que se convierten en espectáculos para cruzadas de moralización de la vida pública que hoy, como hace siete décadas, suelen atribuir las causas de la violencia a los individuos y no a las instituciones, a las pasiones y no a los contextos en que se desarrollan esas emociones.
Pero las relaciones entre pobreza y violencia no son círulos viciosos condenados a repetirse una y otra vez. La posición social no determina el grado de violencia, como lo vemos en territorios y comunidades donde aún en mejores condiciones de bienestar e ingreso ocurren hechos de violencia homicida en los que mujeres y niños también son víctimas. Pero la desigualdad sí es un factor que afecta en distinto grado a todos los estratos y clases sociales. Justo por ello, la escuela pública es una institución que amortigua las fricciones sociales. Las fronteras entre la casa familiar y la escuela, o entre la escuela y la calle, son fronteras de alto riesgo, donde la mortalidad y el abuso son conductas oportunistas que aprovechan la ausencia de policías, inspectores y vigilantes para imponer un orden fàctico.
Ese orden es dominado por las figuras del crimen no organizado, planificado a veces, espontáneo en otros. Ello explica las figuras tristes y violentas de personajes ficticios como el “Jaibo”, “Pedro” o el “Ojitos” de la película de Buñuel. Hoy, siete décadas después, Fátima, Giovanna y Mario son los nombres reales de una historia de crueldad, inseguridad y drama social. Bien visto, nuestros nuevos olvidados son los olvidados de siempre.
Música del cansancio
Cave y Cohen: épicas del cansancio
Adrián Acosta Silva
(Nexos en línea, Blog de música, 26/02/2020)
Nadie muere de tristeza; por tristeza se continúa viviendo
Elias Canetti, El libro contra la muerte
En su Ensayo sobre el cansancio, Peter Handke narra en primera persona los diferentes tipos de cansancios que suelen irrumpir en la vida de los individuos. Según sean las circunstancias y contextos, diversos tipos específicos de cansancio representan las emociones y razones de la vida cotidiana de hombres y mujeres. El cansancio de la soledad, el cansancio del insomnio, el cansancio de la violencia, de la fatiga amorosa, del trabajo, el cansancio de la multitud. La música del cansancio acompaña esas experiencias con mayor o menor intensidad. El cansancio de la muerte, o el del dolor, suelen ser sensaciones físicas pero también morales, mentales a la vez que metafísicas. “La música del cansancio” –escribe Handke- “tiene el oído fino”.
Ese oído fino sólo lo suelen poseer los poetas y los músicos. Es un sonido que en ocasiones sirve de combustible para la creatividad artística, capaz de traducir emociones, intuiciones o pensamientos en palabras y sonidos. Son relámpagos que iluminan de pronto y fugazmente la oscuridad del cansancio mismo. Se trata siempre de un descubrimiento súbito, el reconocimiento de la fragilidad de las cosas mundanas o espirituales, que aparece frente a los ojos cansados de individuos que son capaces de mirar las sombras del orden cotidiano a través de la “clarividencia del silencio”, como narra pausadamente el propio Handke.
Nick Cave y Leonard Cohen han experimentado esos relámpagos de lucidez que iluminan el cansancio. El dolor y la muerte son experiencias que explican sus más recientes obras. Ghosteen (Awal Recordings, 2019) y Thanks for the dance (Sony Music, 2019), respectivamente, son discos cuya hechura descansa en una mezcla de agotamiento emocional, intuición intelectual e imaginación poética. La muerte accidental del joven hijo de Cave (Arthur, 15 años) en 2015, y la certeza de la muerte que se acercaba con rapidez a principios de 2016 al propio Cohen, fueron quizá los detonantes de la creatividad que explica el perfil y los contenidos de sus obras recientes.
Thanks for the Dance es el disco póstumo de Cohen, fallecido en noviembre de 2016. Es una colección de nueve canciones breves, apuntes hechos desde la conciencia de la cercanía de la muerte. Un grupo de amigos y familiares coordinados por Adam, uno de los hijos de Cohen, se encargaron de realizar las grabaciones de la propia voz del músico canadiense, y de elaborar la música que caracterizó el “estilo tardío” de los últimos discos del autor de canciones célebres del panteón rockero de los años setenta como “Hallelujah” y “Birds on the Wire”. Suaves coros, guitarras españolas, mandolinas, piano, bajos, tambores, timbales, configuran la atmósfera que envuelve la voz envolvente, cálida y apagada de Cohen. El resultado es un homenaje luminoso a la estética del cansancio, la base firme de una vida nómada y múltiple, alimentada de las experiencias espirituales, sentimentales y políticas de un músico excepcional.
En Happens to the Heart, Cohen escribe: “Fui persistente/Pero no lo llamé arte/ Puse toda mi mierda junta/Reuniendo a Cristo y leyendo a Marx”. Ese distanciamiento irónico con su propia obra muestra el ánimo de balance y corte de caja que Cohen elaboró en el último año de su vida. Pero el ejercicio es también un saludo a sus intensidades y pasiones vitales, que compartió generosamente con muchas mujeres. En Thanks for the Dance, por ejemplo: “Fue sutil, fue rápido/ Fuimos los primeros y los últimos/ En la fila del Templo del Placer (…) Fui yo/ Y tú eras como yo/ La crisis era ligera/ Como una pluma”
El umbral de la muerte fue percibido por Cohen con la claridad del moribundo, iluminado por el cansancio, con ánimo de epitafio: “No puedo salir de casa/ O contestar el teléfono/ Estoy hundiéndome otra vez/Pero no estoy solo/ Ordenando al fin/ Las cuentas del alma/ Esto va a la basura/ El pago está completo”. (The Goal). “Navego como un cisne/ Me hundo como una roca/ Pero el tiempo está agotado/ El pasado es mi hazmerreír (…) El sistema está activado/ Vivo sobre almohadas” (The Hills)
En el caso de Cave, el cansancio del sufrimiento, del dolor, parece explicar la tonalidad de Ghosteen, donde la pérdida es la brújula emocional de una exploración imaginaria. Pero las pérdidas nunca se superan, y siempre reaparecen bajo la forma de fantasmas, nostalgias y melancolías. Si en Skeleton Tree (2016) se reconoce la factura de una obra fúnebre, en la que Cave escribió canciones lúgubres como exorcismos contra los demonios del duelo tras la muerte de su hijo, en Ghosteen el músico australiano trata de invocar/inventar a los ángeles de la esperanza. Atrás quedó definitivamente el ciclo pospunk de Cave, la experimentación post-rockera de los años noventa y el acercamiento a nuevas fórmulas creativas de la primera década del siglo XXI. Hoy, Cave exhibe, con la templanza del cansancio, la exploración sobre paraísos perdidos, las ilusiones sobre el sentido de la vida y de la muerte, el reconocimiento, a pesar de todo, de la belleza del mundo, donde “las estrellas son tus ojos” y desfilan “jóvenes fantasmas bailando en mi mano/ girando y brillando a mi alrededor”.
Cierta tonalidad ecléctica domina la larga trayectoria creativa de Cave, donde la fe y la razón, la religión y el ateísmo coexisten sin fracturas visibles. Pero en el nuevo disco esa tonalidad es desplazada por la búsqueda de un lugar imaginario iluminado por luciérnagas, habitado por voces y figuras cercanas a la esperanza (“No podemos dormir y temer a nuestros sueños/Ahí no hay orden, nada puede ser planeado”, canta Cave en Fireflies). A través de once canciones distribuidas en dos discos, Cave y Warren Ellis, su amigo, socio y cómplice desde hace varios años, junto con su banda de siempre (The Bad Seeds) elaboran un mapa sonoro complejo, exquisito, donde la polifonía y la policromía dominan la cuidadosa hechura de sus propios cansancios.
Vibráfonos, guitarras, pianos, flautas, violines, chelos y sintetizadores configuran la atmósfera sonora que acompaña las voces multifrontales de Cave y Ellis (“Hollywood”, “Ghosteen Speaks”). Cierta nostalgia por la edad de la inocencia, el llamado a retornos imposibles, la certeza de los afectos perdidos, son algunas de las imágenes que laten en el corazón secreto de canciones como Bright Horses, Waiting for You o Night Raid. “Somos fotones lanzados desde una estrella moribunda (…) donde todos perdemos algo (…) esperando alguna paz por venir”.
Cohen y Cave, cada uno a su modo, ofrecen registros elaborados cuidadosamente desde los patios interiores de sus propios cansancios. La plasticidad del cansancio a la que se refiere Handke aparece aquí en toda su complejidad creativa. No es el cansancio del hastío y de la desesperación, ni de la decepción o la desesperanza. Es un cansancio largamente acumulado, macerado lentamente por el insomnio, la tristeza y la intensidad vital, el resultado de la experiencia de la vida y de la muerte, el residuo de trayectorias marcadas por la ansiedad y la certeza, por las ilusiones, las pérdidas y la imaginación. Son los cantos que representan con la claridad de las penumbras la épica del cansancio.
Adrián Acosta Silva
(Nexos en línea, Blog de música, 26/02/2020)
Nadie muere de tristeza; por tristeza se continúa viviendo
Elias Canetti, El libro contra la muerte
En su Ensayo sobre el cansancio, Peter Handke narra en primera persona los diferentes tipos de cansancios que suelen irrumpir en la vida de los individuos. Según sean las circunstancias y contextos, diversos tipos específicos de cansancio representan las emociones y razones de la vida cotidiana de hombres y mujeres. El cansancio de la soledad, el cansancio del insomnio, el cansancio de la violencia, de la fatiga amorosa, del trabajo, el cansancio de la multitud. La música del cansancio acompaña esas experiencias con mayor o menor intensidad. El cansancio de la muerte, o el del dolor, suelen ser sensaciones físicas pero también morales, mentales a la vez que metafísicas. “La música del cansancio” –escribe Handke- “tiene el oído fino”.
Ese oído fino sólo lo suelen poseer los poetas y los músicos. Es un sonido que en ocasiones sirve de combustible para la creatividad artística, capaz de traducir emociones, intuiciones o pensamientos en palabras y sonidos. Son relámpagos que iluminan de pronto y fugazmente la oscuridad del cansancio mismo. Se trata siempre de un descubrimiento súbito, el reconocimiento de la fragilidad de las cosas mundanas o espirituales, que aparece frente a los ojos cansados de individuos que son capaces de mirar las sombras del orden cotidiano a través de la “clarividencia del silencio”, como narra pausadamente el propio Handke.
Nick Cave y Leonard Cohen han experimentado esos relámpagos de lucidez que iluminan el cansancio. El dolor y la muerte son experiencias que explican sus más recientes obras. Ghosteen (Awal Recordings, 2019) y Thanks for the dance (Sony Music, 2019), respectivamente, son discos cuya hechura descansa en una mezcla de agotamiento emocional, intuición intelectual e imaginación poética. La muerte accidental del joven hijo de Cave (Arthur, 15 años) en 2015, y la certeza de la muerte que se acercaba con rapidez a principios de 2016 al propio Cohen, fueron quizá los detonantes de la creatividad que explica el perfil y los contenidos de sus obras recientes.
Thanks for the Dance es el disco póstumo de Cohen, fallecido en noviembre de 2016. Es una colección de nueve canciones breves, apuntes hechos desde la conciencia de la cercanía de la muerte. Un grupo de amigos y familiares coordinados por Adam, uno de los hijos de Cohen, se encargaron de realizar las grabaciones de la propia voz del músico canadiense, y de elaborar la música que caracterizó el “estilo tardío” de los últimos discos del autor de canciones célebres del panteón rockero de los años setenta como “Hallelujah” y “Birds on the Wire”. Suaves coros, guitarras españolas, mandolinas, piano, bajos, tambores, timbales, configuran la atmósfera que envuelve la voz envolvente, cálida y apagada de Cohen. El resultado es un homenaje luminoso a la estética del cansancio, la base firme de una vida nómada y múltiple, alimentada de las experiencias espirituales, sentimentales y políticas de un músico excepcional.
En Happens to the Heart, Cohen escribe: “Fui persistente/Pero no lo llamé arte/ Puse toda mi mierda junta/Reuniendo a Cristo y leyendo a Marx”. Ese distanciamiento irónico con su propia obra muestra el ánimo de balance y corte de caja que Cohen elaboró en el último año de su vida. Pero el ejercicio es también un saludo a sus intensidades y pasiones vitales, que compartió generosamente con muchas mujeres. En Thanks for the Dance, por ejemplo: “Fue sutil, fue rápido/ Fuimos los primeros y los últimos/ En la fila del Templo del Placer (…) Fui yo/ Y tú eras como yo/ La crisis era ligera/ Como una pluma”
El umbral de la muerte fue percibido por Cohen con la claridad del moribundo, iluminado por el cansancio, con ánimo de epitafio: “No puedo salir de casa/ O contestar el teléfono/ Estoy hundiéndome otra vez/Pero no estoy solo/ Ordenando al fin/ Las cuentas del alma/ Esto va a la basura/ El pago está completo”. (The Goal). “Navego como un cisne/ Me hundo como una roca/ Pero el tiempo está agotado/ El pasado es mi hazmerreír (…) El sistema está activado/ Vivo sobre almohadas” (The Hills)
En el caso de Cave, el cansancio del sufrimiento, del dolor, parece explicar la tonalidad de Ghosteen, donde la pérdida es la brújula emocional de una exploración imaginaria. Pero las pérdidas nunca se superan, y siempre reaparecen bajo la forma de fantasmas, nostalgias y melancolías. Si en Skeleton Tree (2016) se reconoce la factura de una obra fúnebre, en la que Cave escribió canciones lúgubres como exorcismos contra los demonios del duelo tras la muerte de su hijo, en Ghosteen el músico australiano trata de invocar/inventar a los ángeles de la esperanza. Atrás quedó definitivamente el ciclo pospunk de Cave, la experimentación post-rockera de los años noventa y el acercamiento a nuevas fórmulas creativas de la primera década del siglo XXI. Hoy, Cave exhibe, con la templanza del cansancio, la exploración sobre paraísos perdidos, las ilusiones sobre el sentido de la vida y de la muerte, el reconocimiento, a pesar de todo, de la belleza del mundo, donde “las estrellas son tus ojos” y desfilan “jóvenes fantasmas bailando en mi mano/ girando y brillando a mi alrededor”.
Cierta tonalidad ecléctica domina la larga trayectoria creativa de Cave, donde la fe y la razón, la religión y el ateísmo coexisten sin fracturas visibles. Pero en el nuevo disco esa tonalidad es desplazada por la búsqueda de un lugar imaginario iluminado por luciérnagas, habitado por voces y figuras cercanas a la esperanza (“No podemos dormir y temer a nuestros sueños/Ahí no hay orden, nada puede ser planeado”, canta Cave en Fireflies). A través de once canciones distribuidas en dos discos, Cave y Warren Ellis, su amigo, socio y cómplice desde hace varios años, junto con su banda de siempre (The Bad Seeds) elaboran un mapa sonoro complejo, exquisito, donde la polifonía y la policromía dominan la cuidadosa hechura de sus propios cansancios.
Vibráfonos, guitarras, pianos, flautas, violines, chelos y sintetizadores configuran la atmósfera sonora que acompaña las voces multifrontales de Cave y Ellis (“Hollywood”, “Ghosteen Speaks”). Cierta nostalgia por la edad de la inocencia, el llamado a retornos imposibles, la certeza de los afectos perdidos, son algunas de las imágenes que laten en el corazón secreto de canciones como Bright Horses, Waiting for You o Night Raid. “Somos fotones lanzados desde una estrella moribunda (…) donde todos perdemos algo (…) esperando alguna paz por venir”.
Cohen y Cave, cada uno a su modo, ofrecen registros elaborados cuidadosamente desde los patios interiores de sus propios cansancios. La plasticidad del cansancio a la que se refiere Handke aparece aquí en toda su complejidad creativa. No es el cansancio del hastío y de la desesperación, ni de la decepción o la desesperanza. Es un cansancio largamente acumulado, macerado lentamente por el insomnio, la tristeza y la intensidad vital, el resultado de la experiencia de la vida y de la muerte, el residuo de trayectorias marcadas por la ansiedad y la certeza, por las ilusiones, las pérdidas y la imaginación. Son los cantos que representan con la claridad de las penumbras la épica del cansancio.
Thursday, February 13, 2020
La violencia que gobierna
Estación de paso
UNAM: la violencia que gobierna
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 13/02/2020)
La toma de las instalaciones de varios planteles universitarios de la UNAM por parte de grupos de jóvenes encapuchados configura un patrón de acción que mezcla el dramatismo de la violencia con la retórica de la justicia. Fuego, vidrios rotos, cadenas, piedras, son imágenes que acompañan demandas contra el acoso sexual, destitución de funcionarios, denuncias de corrupción, exigencias de justicia universitaria. Frente a los hechos, las autoridades de la UNAM han alertado sobre las provocaciones que “grupos muy bien organizados”, alentados o apoyados por intereses intra y extra-universitarios, han planteado para “desestabilizar” a la universidad.
El diagnóstico caracteriza la situación y de alguna manera anticipa la solución. Sin embargo, los instrumentos de la resolución que se utilizan en las universidades obedecen a la no-violencia, al diálogo, a la búsqueda racional de consensos mínimos. Son recursos que en éste, como en otros casos, las autoridades han utilizado para convencer a los rebeldes de liberar las instalaciones universitarias. El uso de la fuerza es uno de los medios impensables en la vida universitaria, un recurso que se considera impropio del espíritu universitario.
El fenómeno viene de lejos y de aguas profundas. Porros, vándalos y delincuentes forman grupúsculos cuya lógica es la del mercenario. Se mezclan con jóvenes anarquistas, radicales o ultra-feministas cuya lógica es la búsqueda de la justicia. Comparten la certeza de la legitimidad de la violencia en contextos donde la justicia cotidiana se traduce en discriminación, abuso o corrupción. Esa violencia es simbólica pero absolutamente práctica, el medio adecuado para alcanzar los fines deseados. Tomar instalaciones, destruir mobiliario, detener actividades escolares, prender fuego a la torre de rectoría, romper cristales, intimidar a otros estudiantes, a profesores y directivos, son parte de los instrumentos de su lucha.
Esos grupos son parte de la raza por la que habla también el espíritu universitario, según el lema que Vasconcelos impuso a la universidad. Son pequeñas tribus que de cuando en cuando, y de generación en generación, aparecen en el campus portando máscaras, vestidas de negro –un color intimidante-, que utilizan palos y piedras, que enarbolan causas justas y exigencias de solución inmediatas. Tienen la ventaja de la sorpresa y la organización. Tienen la debilidad de la fugacidad de la rebelión y del creciente desgaste de sus movimientos frente a comunidades que miran primero con escepticismo y luego con hastío el medio y los fines de la acción.
El fenómeno universitario de la violencia vuelve a reafirmar su vieja relación con el derecho y la justica, una relación que trasciende coyunturas específicas y se instala en el campo de las tensiones modernas entre legitimidad y legalidad. La violencia sólo puede ser buscada en el reino de los medios y no de los fines, escribió en alguna ocasión Walter Benjamin. La naturalización de la violencia (su ubicuidad, su utilización como recurso para protestar contra las injusticias, el resorte para imponer o negociar ciertas demandas) se encuentra en tensión permanente con el derecho positivo, que determina los principios y criterios de lo que es justo, y que, además, delimita con precisión las penas, procedimientos y castigos de la violencia legítima del Estado y de las instituciones.
La violencia que significa el patrón organizado de acción de los jóvenes encapuchados no es una violencia ciega e irracional, sino política y dirigida a fines que se consideran justos. Pero la lógica de la acción se debilita con la negociación, que sería el camino racional para resolver las causas de su propio activismo. Esa inconsistencia explica el otro patrón del comportamiento: su incapacidad para negociar y acordar con las autoridades universitarias el fin del conflicto, que suele ser visto como un acto de traición al movimiento. Ese el extraño rasgo de este tipo de revueltas universitarias: argumentando causas políticamente justas (no al acoso sexual, ni a la discriminación), y utilizando medios legítimos que pueden fortalecer la esfera de los derechos universitarios efectivos (huelgas, paros), esos movimientos sin rostro ni género terminan atrapados en callejones sin salida, donde los únicos que ganan son los promotores reales o imaginarios que alimentan de cuando en cuando la reaparición de la violencia organizada en la universidad.
Lo que vemos no es una violencia espontánea dirigida a fines justos. Es una violencia probada, racional, que confunde medios con fines, orientada por la búsqueda de la legitimación política de ciertos actores e intereses. No es una conspiración contra la universidad, ni un movimiento que tenga una fuerza incontenible, expansivo y cotidiano, sino fragmentario y localizado. Es la confirmación de la divinización de cierta clase de violencia, “la violencia que gobierna”, diría Benjamin.
UNAM: la violencia que gobierna
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 13/02/2020)
La toma de las instalaciones de varios planteles universitarios de la UNAM por parte de grupos de jóvenes encapuchados configura un patrón de acción que mezcla el dramatismo de la violencia con la retórica de la justicia. Fuego, vidrios rotos, cadenas, piedras, son imágenes que acompañan demandas contra el acoso sexual, destitución de funcionarios, denuncias de corrupción, exigencias de justicia universitaria. Frente a los hechos, las autoridades de la UNAM han alertado sobre las provocaciones que “grupos muy bien organizados”, alentados o apoyados por intereses intra y extra-universitarios, han planteado para “desestabilizar” a la universidad.
El diagnóstico caracteriza la situación y de alguna manera anticipa la solución. Sin embargo, los instrumentos de la resolución que se utilizan en las universidades obedecen a la no-violencia, al diálogo, a la búsqueda racional de consensos mínimos. Son recursos que en éste, como en otros casos, las autoridades han utilizado para convencer a los rebeldes de liberar las instalaciones universitarias. El uso de la fuerza es uno de los medios impensables en la vida universitaria, un recurso que se considera impropio del espíritu universitario.
El fenómeno viene de lejos y de aguas profundas. Porros, vándalos y delincuentes forman grupúsculos cuya lógica es la del mercenario. Se mezclan con jóvenes anarquistas, radicales o ultra-feministas cuya lógica es la búsqueda de la justicia. Comparten la certeza de la legitimidad de la violencia en contextos donde la justicia cotidiana se traduce en discriminación, abuso o corrupción. Esa violencia es simbólica pero absolutamente práctica, el medio adecuado para alcanzar los fines deseados. Tomar instalaciones, destruir mobiliario, detener actividades escolares, prender fuego a la torre de rectoría, romper cristales, intimidar a otros estudiantes, a profesores y directivos, son parte de los instrumentos de su lucha.
Esos grupos son parte de la raza por la que habla también el espíritu universitario, según el lema que Vasconcelos impuso a la universidad. Son pequeñas tribus que de cuando en cuando, y de generación en generación, aparecen en el campus portando máscaras, vestidas de negro –un color intimidante-, que utilizan palos y piedras, que enarbolan causas justas y exigencias de solución inmediatas. Tienen la ventaja de la sorpresa y la organización. Tienen la debilidad de la fugacidad de la rebelión y del creciente desgaste de sus movimientos frente a comunidades que miran primero con escepticismo y luego con hastío el medio y los fines de la acción.
El fenómeno universitario de la violencia vuelve a reafirmar su vieja relación con el derecho y la justica, una relación que trasciende coyunturas específicas y se instala en el campo de las tensiones modernas entre legitimidad y legalidad. La violencia sólo puede ser buscada en el reino de los medios y no de los fines, escribió en alguna ocasión Walter Benjamin. La naturalización de la violencia (su ubicuidad, su utilización como recurso para protestar contra las injusticias, el resorte para imponer o negociar ciertas demandas) se encuentra en tensión permanente con el derecho positivo, que determina los principios y criterios de lo que es justo, y que, además, delimita con precisión las penas, procedimientos y castigos de la violencia legítima del Estado y de las instituciones.
La violencia que significa el patrón organizado de acción de los jóvenes encapuchados no es una violencia ciega e irracional, sino política y dirigida a fines que se consideran justos. Pero la lógica de la acción se debilita con la negociación, que sería el camino racional para resolver las causas de su propio activismo. Esa inconsistencia explica el otro patrón del comportamiento: su incapacidad para negociar y acordar con las autoridades universitarias el fin del conflicto, que suele ser visto como un acto de traición al movimiento. Ese el extraño rasgo de este tipo de revueltas universitarias: argumentando causas políticamente justas (no al acoso sexual, ni a la discriminación), y utilizando medios legítimos que pueden fortalecer la esfera de los derechos universitarios efectivos (huelgas, paros), esos movimientos sin rostro ni género terminan atrapados en callejones sin salida, donde los únicos que ganan son los promotores reales o imaginarios que alimentan de cuando en cuando la reaparición de la violencia organizada en la universidad.
Lo que vemos no es una violencia espontánea dirigida a fines justos. Es una violencia probada, racional, que confunde medios con fines, orientada por la búsqueda de la legitimación política de ciertos actores e intereses. No es una conspiración contra la universidad, ni un movimiento que tenga una fuerza incontenible, expansivo y cotidiano, sino fragmentario y localizado. Es la confirmación de la divinización de cierta clase de violencia, “la violencia que gobierna”, diría Benjamin.
Thursday, January 30, 2020
Chile: la chispa y el incendio.
Estación de paso
Chile: la chispa y el incendio
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 30/01/2020)
Invitado por colegas chilenos para reflexionar sobre los problemas contemporáneos de las universidades en América Latina, una breve estancia en Santiago me permitió observar de cerca algunos de los perfiles de lo que se conoce como la “nueva rebelión de octubre”. Las siguientes son notas al vuelo, impresionistas, derivadas de conversaciones con colegas, interpretaciones más o menos libres sobre el significado de los acontecimientos. Son apuntes sin pretensión alguna, registros sueltos sobre una coyuntura multidimensional y multicausal.
1. Uno de los componentes de la compleja crisis social y política chilena que desde hace tres meses estalló en aquel país, es el malestar de las clases medias urbanas, y, en especial, de los estratos universitarios, con el presente y el pasado reciente de la gestión e instrumentación de las políticas económica, social y educativa de los gobiernos de izquierda (Bachelet, en su segundo mandato 2014-2018) y de derecha (Piñera, en su primer mandato, 2010-2014, y en ejercicio del segundo desde 2018). El incendio de una estación del metro a finales de octubre luego de un incremento a las tarifas de ese medio de transporte, fue la chispa que provocó el fuego en la pradera que hoy es posible observar en las calles de Santiago.
2. La chispa es más o menos conocida, pero lo que importa en realidad es la pradera. La desigualdad social acumulada a lo largo de los últimos quinquenios, la insatisfacción con los esquemas de pensiones y jubilaciones de los adultos mayores, los problemas de inserción laboral de los universitarios de pregrado y de posgrado, la inmigración masiva de haitianos, colombianos y venezolanos a la capital chilena (se calcula que 1.2 millones de migrantes han llegado en los últimos años), la caída general de los salarios medios, han provocado en su conjunto un escenario social donde la sensación de ausencia de expectativas sobre el presente y el futuro inmediato han configurado un extendido sentimiento de ansiedad que se filtra rápidamente entre diversos estratos y clases de la sociedad chilena contemporánea.
3. El gobierno de Piñera y la clase política chilena han reaccionado mal y tarde. Rebasados por la magnitud de las violentas protestas que se han desarrollado durante tres meses, la salida propuesta es la elaboración de una nueva constitución política que sustituya a la promulgada en 1980. Mientras tanto, la reacción inmediata fue la declaratoria de “Estado de emergencia”, la contención policiaca frente a las manifestaciones, en especial, de los grupos de anarquistas y radicales que suelen enfrentar a los carabineros, grupos que lanzan piedras a los edificios, rompen vidrios y saquean comercios, que hoy lucen blindados con protecciones de acero a lo largo de la Alameda. Por su parte, muchos ciudadanos comparten el sentido de las protestas pero condenan la violencia de las mismas, y la incapacidad del gobierno nacional para resolver el problema.
4. Una encuesta reciente de estudiantes de sociología de la Universidad de Chile (“Encuesta Zona Cero”) revela el perfil de los participantes en las protestas: un tercio de ellos son estudiantes universitarios o profesionistas posgraduados, mientras que en muy bajo porcentaje participan personas de baja escolaridad. Asimismo, la causa principal que se señala como motivo de las protestas es la baja calidad de la educación, la salud y el problema de la inserción laboral de los egresados universitarios. Otras encuestas (Centro de Estudios Públicos), ha señalado una erosión en la confianza en las instituciones y una sensación de pesimismo respecto de la democracia chilena actual, aunque en el mediano plazo (dentro de cinco años), la mayor parte de los ciudadanos (60%) confían en que la democracia saldrá fortalecida de la crisis social y política actual.
5. La rebelión de octubre tiene un lenguaje novedoso. Los miles de grafitis grabados en las paredes de edificios y casas del centro de Santiago, muestran el perfil ilustrado de los protestantes. Son leyendas bien hechas, sin faltas de ortografía, una colección de frases poéticas, letras de canciones, metáforas e insultos. El lenguaje de las paredes es múltiple: anticapitalista, anti-neoliberal, violento, emotivo, racional. La impresión es que la retórica de las protestas es la música de un movimiento social que se nutre de un arraigado malestar con la democracia, la desigualdad y la corrupción, y que reclama una ambiciosa (y urgente) agenda de transformaciones económicas y políticas para el Chile del siglo XXI.
6. Como suele ocurrir, esa dimensión cultural, simbólica, de las protestas revela las aguas profundas de la rebelión chilena. En estos meses se han construido varias narrativas que apuntan a diversas causas y motivaciones, que van desde las lecturas conservadoras (migración anárquica, expansión de la informalidad, no respeto a la ley y a la autoridad, ruptura del orden) a las progresistas (educación gratuita, oportunidades de empleo para los egresados universitarios, mayor inversión pública para programas sociales, disminución de la desigualdad). Esa dimensión es todavía una caja negra –para algunos, en realidad, un hoyo negro- que es necesario explorar con cuidado para entender como se ha configurado una pradera social seca y extensa donde una chispa subterránea ha provocado un incendio que amenaza con destruir los logros y ampliar los déficits alcanzados tras varias generaciones de reformas económicas, políticas y educativas.
Chile: la chispa y el incendio
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 30/01/2020)
Invitado por colegas chilenos para reflexionar sobre los problemas contemporáneos de las universidades en América Latina, una breve estancia en Santiago me permitió observar de cerca algunos de los perfiles de lo que se conoce como la “nueva rebelión de octubre”. Las siguientes son notas al vuelo, impresionistas, derivadas de conversaciones con colegas, interpretaciones más o menos libres sobre el significado de los acontecimientos. Son apuntes sin pretensión alguna, registros sueltos sobre una coyuntura multidimensional y multicausal.
1. Uno de los componentes de la compleja crisis social y política chilena que desde hace tres meses estalló en aquel país, es el malestar de las clases medias urbanas, y, en especial, de los estratos universitarios, con el presente y el pasado reciente de la gestión e instrumentación de las políticas económica, social y educativa de los gobiernos de izquierda (Bachelet, en su segundo mandato 2014-2018) y de derecha (Piñera, en su primer mandato, 2010-2014, y en ejercicio del segundo desde 2018). El incendio de una estación del metro a finales de octubre luego de un incremento a las tarifas de ese medio de transporte, fue la chispa que provocó el fuego en la pradera que hoy es posible observar en las calles de Santiago.
2. La chispa es más o menos conocida, pero lo que importa en realidad es la pradera. La desigualdad social acumulada a lo largo de los últimos quinquenios, la insatisfacción con los esquemas de pensiones y jubilaciones de los adultos mayores, los problemas de inserción laboral de los universitarios de pregrado y de posgrado, la inmigración masiva de haitianos, colombianos y venezolanos a la capital chilena (se calcula que 1.2 millones de migrantes han llegado en los últimos años), la caída general de los salarios medios, han provocado en su conjunto un escenario social donde la sensación de ausencia de expectativas sobre el presente y el futuro inmediato han configurado un extendido sentimiento de ansiedad que se filtra rápidamente entre diversos estratos y clases de la sociedad chilena contemporánea.
3. El gobierno de Piñera y la clase política chilena han reaccionado mal y tarde. Rebasados por la magnitud de las violentas protestas que se han desarrollado durante tres meses, la salida propuesta es la elaboración de una nueva constitución política que sustituya a la promulgada en 1980. Mientras tanto, la reacción inmediata fue la declaratoria de “Estado de emergencia”, la contención policiaca frente a las manifestaciones, en especial, de los grupos de anarquistas y radicales que suelen enfrentar a los carabineros, grupos que lanzan piedras a los edificios, rompen vidrios y saquean comercios, que hoy lucen blindados con protecciones de acero a lo largo de la Alameda. Por su parte, muchos ciudadanos comparten el sentido de las protestas pero condenan la violencia de las mismas, y la incapacidad del gobierno nacional para resolver el problema.
4. Una encuesta reciente de estudiantes de sociología de la Universidad de Chile (“Encuesta Zona Cero”) revela el perfil de los participantes en las protestas: un tercio de ellos son estudiantes universitarios o profesionistas posgraduados, mientras que en muy bajo porcentaje participan personas de baja escolaridad. Asimismo, la causa principal que se señala como motivo de las protestas es la baja calidad de la educación, la salud y el problema de la inserción laboral de los egresados universitarios. Otras encuestas (Centro de Estudios Públicos), ha señalado una erosión en la confianza en las instituciones y una sensación de pesimismo respecto de la democracia chilena actual, aunque en el mediano plazo (dentro de cinco años), la mayor parte de los ciudadanos (60%) confían en que la democracia saldrá fortalecida de la crisis social y política actual.
5. La rebelión de octubre tiene un lenguaje novedoso. Los miles de grafitis grabados en las paredes de edificios y casas del centro de Santiago, muestran el perfil ilustrado de los protestantes. Son leyendas bien hechas, sin faltas de ortografía, una colección de frases poéticas, letras de canciones, metáforas e insultos. El lenguaje de las paredes es múltiple: anticapitalista, anti-neoliberal, violento, emotivo, racional. La impresión es que la retórica de las protestas es la música de un movimiento social que se nutre de un arraigado malestar con la democracia, la desigualdad y la corrupción, y que reclama una ambiciosa (y urgente) agenda de transformaciones económicas y políticas para el Chile del siglo XXI.
6. Como suele ocurrir, esa dimensión cultural, simbólica, de las protestas revela las aguas profundas de la rebelión chilena. En estos meses se han construido varias narrativas que apuntan a diversas causas y motivaciones, que van desde las lecturas conservadoras (migración anárquica, expansión de la informalidad, no respeto a la ley y a la autoridad, ruptura del orden) a las progresistas (educación gratuita, oportunidades de empleo para los egresados universitarios, mayor inversión pública para programas sociales, disminución de la desigualdad). Esa dimensión es todavía una caja negra –para algunos, en realidad, un hoyo negro- que es necesario explorar con cuidado para entender como se ha configurado una pradera social seca y extensa donde una chispa subterránea ha provocado un incendio que amenaza con destruir los logros y ampliar los déficits alcanzados tras varias generaciones de reformas económicas, políticas y educativas.
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