Friday, February 14, 2014
El (misterioso) tren de las reformas en educación superior
Estación de paso
El (misterioso) tren de las reformas
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus-Milenio, 13/02/2014)
Mientras se discuten las implicaciones de las adecuaciones a las reformas educativas impulsadas por el gobierno federal en el nivel básico, la educación superior mexicana aún aguarda señales más claras del rumbo de la política educativa sexenal. Por lo pronto, con el Programa Sectorial de Educación 2013-2018 ha comenzado un proceso de rediseño de políticas que aún esperan a ser planteadas con mayor contundencia, brevedad y claridad por parte de la agencia federal responsable de su diseño e instrumentación (la Subsecretaría de Educación Superior). Sin embargo ya se están dando a conocer algunos avances importantes al respecto.
En el comunicado 0/7 emitido el primer día de febrero, la SEP dio a conocer los “Programas de apoyo para fortalecer la calidad de la educación superior en el país” para este mismo año, 2014. Se enumeran cuatro grandes fondos: a) el “Fondo para elevar la calidad de la educación superior”, en el nivel del pregrado y el posgrado; b) el “Programa de apoyo del Desarrollo de la Educación Superior”, con proyectos estratégicos como el de la profesionalización docente, la diversificación de la oferta educativa, y la vinculación y pertinencia de los programas de formación; c) el “Programa de estímulos al personal docente”; y d) El “Fondo de apoyo para el saneamiento financiero para la atención a los problemas estructurales de las Universidades Públicas Estatales (UPE´S).”
A primera vista se reconoce un esfuerzo por concentrar la acción del gobierno federal y de las universidades en sólo 4 grandes programas y fondos, contrario a la tendencia de los sexenios pasados en los cuales predominó una fragmentación continua de los instrumentos federales, cuyo extremo fue el sexenio calderonista, donde se diseñaron 18 programas de este tipo orientados por la focalización extrema de problemas asociados con la asignación de fondos federales extraordinarios. Dada la naturaleza compleja de los problemas de la educación superior, donde las relaciones entre los distintos componentes de los asuntos críticos poseen fronteras imprecisas, la lógica de la focalización se impuso sin muchos argumentos a una lógica de generalización estratégica. El envejecimiento del profesorado, por ejemplo, es a la vez un problema financiero, académico y laboral, además de un problema de derechos sociales.
Este esfuerzo de concentración, sin embargo, no basta por sí mismo para coordinar de mejor manera ni para hacer más eficaz la acción gubernamental. Se pueden concentrar las acciones en un solo programa o en veinte, pero si no se coloca un énfasis estratégico más que operativo en el programa, los riesgos de la ineficacia y de la burocratización de la acción pública se pueden mantener e incrementar en el corto plazo. Aquí, la fórmula más exitosa de intervenciones públicas suele estar asociada a la simplificación, a la flexibilidad, a la descentralización y una buena dosis de sentido común, además de un incremento sostenido de los recursos públicos para garantizar resultados.
Una buena señal es el extraño y silencioso desvanecimiento del “Programa Integral de Fortalecimiento Institucional”, el célebre PIFI, una invención foxista que se alargó durante dos sexenios completos, y que se convirtió por la vía de los hechos en un espacio de negociación y ajuste de buena parte de los fondos de financiamiento extraordinario a las universidades públicas estatales. Sin embargo, el PIFI es un fantasma que aún se aparece en los cuatro nuevos programas anunciados por la SEP. Duplicidades burocráticas, falta de sentido común académico, simulación, ineficacia y pocos resultados estratégicos, son parte de la herencia de un programa pretencioso que nunca fue ni planificador ni integral ni fortalecedor de las funciones sustantivas de la universidad, sino una forma de condicionamiento gubernamental que poco a poco se alimentó de los déficits académicos, las urgencias financieras y la penurias administrativas de las propias universidades. Ello no obstante, el fantasma del PIFI se sigue apareciendo en las oficinas de planeación de las universidades públicas.
A poco más de un año del inicio de la administración peñanietista, el diseño de los nuevos programas dirigidos a la educación superior y en particular a las universidades públicas parecen atrapados en las inercias de su propio pasado. Y aunque ya se sabe, o se intuye, que ninguna política pública surge del vacío histórico, también es posible afirmar que toda política implica una evaluación de su pasado inmediato, ese pasado que, según afirmaba Alfonso Reyes, “es siempre el enemigo”. En ausencia de esa evaluación crítica, no hay ni puede haber rupturas claras con las herencias de los últimos veinte años de políticas de educación superior, y las “nuevas” políticas serán solamente la continuidad de lo que se ha hecho en el campo universitario en los últimos tiempos, para bien y para mal. En esas circunstancias, el viejo y a veces misterioso tren de las reformas en la educación superior seguirá siendo una suerte de tren a la deriva, recorriendo una ruta imprecisa de acciones públicas que no pasan por las estaciones críticas de la educación universitaria, entre las que se encuentran el aseguramiento de un financiamiento público sostenible en el tiempo, la renovación generacional de la planta académica, el incremento sustancial y no inercial de la cobertura, y el mejoramiento de las condiciones de trabajo y estudio de los jóvenes universitarios.
Monday, February 03, 2014
La república mafiosa
Estación de paso
La república mafiosa
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus, suplemento del diario Milenio, 30/01/2014)
¿Qué he hecho para que me trates con tan poco respeto?
Vito Corleone a Bonasera, El Padrino I
Uno de los escándalos políticos y mediáticos con los que terminó el 2013 y comenzó el 2014 en la vida pública en Guadalajara fue el relacionado con el extraño, paradójico y divertido caso de la regidora del Ayuntamiento de Guadalajara, la señora profesora Elisa Ayón. Se dirá, con razón, que es un caso que no hay que sobrevalorar. También se dirá, con razón, que tampoco hay que minimizar. Pero el hecho es que la nota mediática del tema ha servido para que los actores y espectadores del drama o la comedia estelarizada por la regidora con licencia, muestren otra vez sus prejuicios, sus fobias, sus creencias en torno a lo que es, o debería ser, la política en nuestro medio.
Vayamos, como diría el descuartizador, por partes. Primer acto, una grabación filtrada a la prensa, muestra a una señora amenazando, insultando y gritando a un grupo de trabajadores, exigiendo lealtad, incondicionalidad y prebendas hacia su persona y figura. Segundo acto: los medios y redes sociales reaccionan frente al hecho con indignación, malhumor y condenas morales, éticas, políticas y personales hacia la señora en cuestión. Tercer acto, la regidora ofrece una rueda de prensa en la que una máscara con muecas indefinibles (que mezclan la sonrisa, el miedo y el enojo) anuncia de mala gana una licencia al cargo. Cuarto acto: el presidente municipal y el partido de la regidora (PRI), se desmarcan de su correligionaria y compañera para dejarla en estado de indefensión política. Quinto acto: la regidora regresa a su puesto, rompe una ventana, permanece 30 horas en su despacho del ayuntamiento, y abandona el lugar sin mayores declaraciones. Todo el espectáculo se ha desarrollado en poco más de tres meses, y el desenlace se enfila al juicio político, la pérdida del fuero y, tal vez, la inhabilitación para ocupar un cargo público durante varios años y, en caso extremo, una estancia en la cárcel.
Estos son los hechos. Lo que resulta de todo ello es una pequeña contribución local a la sociología del escándalo, una mirada que coloca en el centro acontecimientos políticos que se convierten en la fuente principal de la atención pública en determinados momentos. Cualquier escándalo llama la atención, vende bien entre los medios, que van de las revistas del corazón a las páginas de los diarios y noticieros de televisión. Y la política es una fuente generosa para la expansión de ese enfoque: del affaire Clinton-Lewinsky a los de Berlusconi o a los del presidente Hollande, de los rumores que alimentan (o nutren) las columnas de chismes que aparecen todos los días de manera anónima en los diarios y en las redes sociales, el escándalo político, entre otras cosas, resulta un buen negocio.
Pero el ruido del escándalo va acompañado siempre de una plaga de moralizadores e indignados, que colocan el punto en una visión normativa, límpida, de la política. La suya es la política de los ángeles, la república virtuosa, el territorio de la política buena, de los ciudadanos de tiempo completo, de instituciones impecables y leyes sin cuestionamientos, en donde los arreglos políticos fluyen de manera transparente, de cara a los ciudadanos y medios; en otras palabras, invocan el imaginario reino de la política de la fe, como le denominó hace décadas Michael Oakeshott. Y cuando en política se sustituye al escepticismo por la fe, lo que queda es esa mirada pudorosa, moralista, que ve en las mezclas impuras de valores, de ética y estética, de ideas e intereses, de convicciones y responsabilidades, la confirmación del poder político como la fuente de todos nuestros males públicos.
La corrupción y los arreglos privados forman parte de los sótanos de la política, pero no es sólo eso lo que constituye el núcleo duro del poder. También forman parte de esas configuraciones las ideas, las leyes, las instituciones, la retórica política, y las fórmulas de entendimiento público que ordenan el espacio de la política contemporánea. Con mayor o menor conocimiento, muchos de los políticos mexicanos saben que así es la cosa. Otros, los empresarios, deportistas y actrices o actores metidos a políticos, los burócratas de la política, los cínicos de siempre, no lo entienden en los mismos términos. Sólo una ingenuidad enternecedora puede cubrir las complejas mixturas de prácticas formales e informales que habitan los sótanos, los jardines y los techos de la vida política. Ahí donde hay construcción política está también el drenaje, las alcantarillas y la plomería que sostienen al edificio, sitios frecuentemente recorridos por los personajes y personajillos de nuestra vida política, y seguidos con morbo y cálculo mediático por periodistas, reporteros y opinadores de ocasión. Esas prácticas, fachadas y edificios, su arquitectura y sus habitantes, forman parte de lo que Fernando Escalante ha denominado con buen tino la “república mafiosa”, esa antigua forma de ordenamiento de la política dominada por la personalización del puesto, el uso de las leyes para favorecer intereses privados, la expansión de valores y cálculos (prudencia, confianza, amistad) que imprimen alguna estabilidad y sentido a la gestión de los conflictos, en los que la ética y la estética de los comportamientos individuales configuran patrones, regularidades, límites a la acción de los políticos.
El caso Ayón podría ubicarse en este contexto. Su comportamiento exhibe no solo una personalidad, digamos, conflictiva, sino que representa el lado más oscuro de la política contemporánea, sus actores y redes, eso que rompe con las reglas elementales de la república mafiosa. Degradada a la condición de una zombie político, la regidora encarna los límites del significado moral, simbólico y práctico de la política en los tiempos que corren, donde la corrupción y la simulación, el espectáculo y la fe, la estupidez y la razón, configuran los efectos perversos o indeseables de nuestra vida republicana.
Monday, January 20, 2014
Educación superior: políticas, retórica y poder
Estación de paso
Educación superior: políticas, retórica y poder
Adrián Acosta Silva
(Publicado en Campus suplemento del diario Milenio, 16/01/2014)
En el campo de la educación superior mexicana se observa desde hace tiempo el predominio de una retórica nebulosa, cansina, que descansa sobre el empleo sistemático de ciertas palabras y conceptos: calidad, integralidad, competitividad, sociedad del conocimiento, cobertura, equidad, evaluación. En los tiempos del salinismo, parte de esa retórica se condensó en una idea mayor: la modernización educativa. Es una idea no exenta de ambigüedades ni de confusiones, como lo muestra el largo debate sociológico sobre la concepción misma de la modernización, la modernidad y el modernismo, o como lo fue luego el debate sobre la globalización, el globalismo y la globalidad. Pero la idea misma de la modernización se asoció con la promoción del cambio institucional, con la irrupción de los tiempos del enaltecimiento discursivo de temas como la calidad y la excelencia académicas, y en la práctica con la subordinación de la autonomía universitaria a los ejercicios de evaluación y las diversas fórmulas del financiamiento público diferencial y condicionado. El resultado global entre 1989 y el 2012 fue un cambio silencioso pero altamente significativo y práctico en términos de la redefinición de la autonomía universitaria, de la disminución,o modificación, de los grados de libertad de académicos e instituciones de educación superior, de la expansión no regulada, o débilmente regulada, de la oferta privada, el triunfo de la ideología y de las ilusiones de la calidad, la innovación y el emprendurismo, en un contexto donde las prácticas y rutinas educativas cambiaron con diversa intensidad, ritmo y orientaciones.
Casi un cuarto de siglo después, con el regreso del PRI al Palacio Nacional, el tema educativo volvió al primer plano con el escándalo y luego con la reforma laboral de la educación básica nacional. La cárcel y la reforma jurídica se convirtieron en las notas del 2013 para este sector educativo. En lo que respecta a la educación superior, sin escándalos, sin pausas pero sin prisas, se configuraron las nuevas relaciones y rutinas entre el ejecutivo y las instituciones de educación superior, tejidas entre las demandas de una “nueva generación de políticas de educación superior” expresadas por la ANUIES, y las señales que el nuevo gobierno enviaba en torno a recuperar el poder del Estado en la educación, y sus efectos en la asignación y distribución presupuestal federal contemplada para el 2014.
Hace un mes (el 13 de diciembre del 2013) fue publicado en el Diario Oficial de la Federación el “Programa Sectorial de Educación 2013-2018.”. Como es de esperarse, es un documento que sintetiza un diagnóstico y algunos objetivos y líneas de acción para el gobierno federal durante los años por venir, que en términos de política y de políticas representan siempre el largo plazo de la acción pública mexicana.
¿Hay novedades en el discurso, en el enfoque y en los objetivos? ¿Es posible identificar una idea clara sobre lo que plantea y promueve el nuevo oficialismo político? Todo el programa educativo descansa en la idea de la calidad, y más específicamente, en mejorar la calidad de los aprendizajes. Pero no es una idea nueva. En la educación básica, se continúa con las líneas iniciadas por el zedillismo, el foxismo y el calderonismo en los últimos tres sexenios: escuelas de calidad, la reafirmación de las competencias como enfoque pedagógico desde la primaria hasta la educación media superior, la consolidación del sistema nacional de bachillerato. En educación superior, se continúa con las líneas de evaluación y financiamiento extraordinario, la acreditación de programas de licenciatura y de posgrado (estos últimos por parte del CONACYT), el apoyo al Sistema Nacional de Investigadores.
Los restos de la idea de la modernización educativa permanecen entre los escombros de las transformaciones ocurridas en este campo. Los ecos de la baja calidad y las críticas a la masificación y a la expansión no regulada del sistema público de educación terciaria, aún resuenan en las propuestas del nuevo programa educativo sexenal. Ello no obstante, no se identifica con claridad una idea distinta, clara, que permita comprender bien que es lo que promueve el nuevo gobierno federal, cuál es el sentido institucional, educativo y práctico de los 6 objetivos y las decenas de líneas de acción “específicas” y “tranversales” que se plantean en el Programa. Más bien, es posible identificar una tendencia hacia la dispersión institucional, que plantea serias dudas en las capacidades de coordinación, de gestión y de planeación en el sector de la educación superior.
Por otro lado, hay asuntos que no aparecen en el programa y que se ha vuelto temas críticos: ¿Qué pasa con la educación superior privada? ¿Qué ocurre con la renovación generacional del profesorado y de los investigadores universitarios? ¿Qué pasa con el sistema nacional de becas a estudiantes universitarios, desde la prepa hasta el posgrado? ¿Cómo articular la formación profesional y la inserción laboral de los egresados en un contexto donde la economía informal se ha consolidado como la bestia negra del empleo de los jóvenes? Hay también temas bien identificados y estratégicos en el programa. Uno de ellos tiene que ver con la construcción de un sistema nacional de información educativa, que permita conocer y articular visiones sistémicas sobre los problemas de la política y la gestión educativa, elementos dispersos entre la burocracia educativa federal, en las estatales y en las universitarias. Ello no obstante, no es posible asegurar automáticamente la coherencia entre la acumulación de información relevante con la toma de decisiones estratégicas tanto en el diseño como en la instrumentación de las políticas educativas. Y, como dicta cierto lugar común de la teoría de las políticas públicas, el juego de la implementación es o debería ser, en realidad, el centro de atención de la autoridad pública en el campo de la educación superior.
Saturday, December 21, 2013
Los Lobos: 40 años
Estación de paso
Los Lobos: 40 años
Adrián Acosta Silva
La Virgen de Guadalupe y César Chávez. Ritchie Valens, el barrio y los batos. Tin tán, el pachuquismo del los años cincuenta y sesenta, y el cholismo de los setenta y ochenta; la politización de la música, los cantos y el baile. El reclamo de la singularidad chicana y mexicoamericana surgido entre las aguas turbulentas de la cultura mexicana y la cultura gringa made in California. El spanglish, el zoot suite, los zapatos bicolores, el sombrero con plumas, los colores chillantes, el paliacate enredado en la frente. La cumbia, el blues, el corrido, el rock y el mariachi, el danzón y la marimba, el huapango, el mambo y el Rythmin´ and Blues. El Flaco Jiménez y los Texas Tornados, Los Tres García, Espaldas Mojadas y El Bracero del Año, Luis Valdez, el Piporro y Los Panchos, la frontera y el Río Bravo, Tijuana y San Francisco, las mil millas que van de la avenida Revolución al cruce con las calles Haight-Ashbury. El tequila y la mota, la cerveza y el agua de Jamaica. El borlo y la pachanga, la soledad expresada entre letras y música de orígenes imprecisos. Son al mismo tiempo Bob Dylan y José Alfredo Jiménez, Javier Bátiz y Eric Clapton, Los Beatles y The Band, los Stones y Vicente Fernández, Álvaro Carrillo y J.J. Cale, Pedro Infante y B.B. King.
Es el temor a la migra y el racismo, la religión y la política, las creencias, los usos, las costumbres. Es el empleo del “ése” como código de confianza insobornable, el aprecio de los carnales, los compas, la chaina y el filero. Es la pistola y el corazón, el vecindario, el río y la autopista, Kiko y la luna color lavanda, el pueblo y la ciudad, las lágrimas de dios y la venganza de los pelados, la supervivencia del lobo y los paseos nocturnos en autos viejos por East-LA. Es la fe que se deposita en una lata de estaño, el amor por una tal Rosa Lee, el imperio de las cosas pequeñas (el diablo está en los detalles), el camino en el lecho del río, un tiempo, una noche. Es la imagen mítica de Aztlán junto a una cabeza colosal, la reinvención de La Bamba como prenda del alma, las fotografías de Jimi Hendrix y The Doors colocadas cuidadosamente junto a la de Cuco Sánchez, un póster de The Greateful Dead debajo de uno del Mariachi Vargas de Tecalitlán. Son las postales sueltas de un grupo contemporáneo de Bruce Springsteen y de Cornelio Reyna, de Tom Waits y de Los Bravos del Norte, de The Eagles y de Los Ángeles Negros.
Es la ruta del crossover como práctica y rutina, la invención de los Latin Playboys que acostumbran los chiles jalapeños, la guitarra y el acordeón de David Hidalgo que acompaña el disco más reciente de Bob Dylan, la celebración de La Raza y de las fiestas familiares, la defensa de la imaginación mexicoamericana, que incluye fantasías y demonios, esperanzas y deseos. Es la visita regular a las siete fronteras a lo largo de cuatro décadas, como aconsejaba con sabiduría el Piporro: de Tijuana a Ciudad Juárez, de Ciudad Juárez Laredo, de Laredo a Matamoros, sin olvidar a Reynosa. Es la ruta del migrante: El Paso y San Diego, Caléxico y Douglas, Eagle Pass y Brownsville, de Phoenix y Tucson a Albuquerque y San Antonio. Es la visita esporádica al México realmente existente, de conciertos ocasionales en Monterrey, Guadalajara y el Distrito Federal, territorios extraños para forasteros armados únicamente de guitarras, bajos, bandoneón, y de un cancionero inspirado en la lejanía y cercanía mítica del algún barrio de LA. Es la efímera felicidad de la vida acompañada por un largo, largo requinto de blues.
Estas estampas son un inventario guiado azarosamente por la memoria y el gusto, un acercamiento a los 40 años del grupo angelino de Los Lobos. Cuatro décadas que atraviesan la frontera de dos siglos, acompañando las voces y los sonidos de una agrupación que cristaliza en más de un sentido la fusión y la identidad de una cultura templada pacientemente al calor de otras culturas. 18 discos grabados, una decena de recopilaciones y soundtracks, conciertos, giras, experimentos musicales y culturales con las comunidades chicanas de los Estados Unidos, con incursiones ocasionales a algunas mexicanas. Disconnected in New York City (429 Records, 2013), es el disco de celebración con el que Los Lobos festejan su cumpleaños. Grabado en el City Winery de Nueva York, David Hidalgo, Conrad Lozano, Louie Pérez, Cesar Rosas y Steve Berlin, se reunieron una vez más para tocar 12 canciones que representan paradas iluminadas por luz neón en el largo camino que iniciaron en 1973. Hoy, quizá puedan responder con certeza a la pregunta que formulaban al inicio de su carrera, a mediados de los años setenta: “¿Cómo sobrevivirá el lobo?”. Probablemente responderían: “Como ha podido, el ése bato”.
Thursday, November 28, 2013
Historias paralelas: El Chamizal Calling
Estación de paso
Historias paralelas: El Chamizal Calling
Adrián Acosta Silva
(Publicado en suplemento, Campus Milenio, del periódico Milenio, 27/11/2013)
El campo de la educación superior universitaria pública en México está habitado por distintas biografías individuales e institucionales. Cada una de ellas posee una singularidad irrepetible, definida por los contextos sociales, los territorios, las creencias, los hábitos y las prácticas que caracterizan los distintos órdenes institucionales universitarios. En cada región y ciudad donde funciona una universidad pública, existe un entramado complejo de relaciones entre los universitarios, y entre éstos y las diversas agrupaciones sociales, organizaciones empresariales, partidos políticos, gobiernos locales y estatales con los que las universidades públicas construyen sus identidades, sus acuerdos, sus logros, tensiones y contradicciones. En esos entramados específicos, las universidades estatales y federales experimentan los efectos de las políticas públicas de educación superior, tratando de adaptarse lo mejor posible a las restricciones y a las oportunidades que representan los programas, los fondos y las acciones públicas para recompensar comportamientos, construir logros e indicadores de desempeño, ajustarse a las metas gubernamentales, o resolver problemas institucionales con el auxilio de apoyos públicos federales o estatales.
Dada esta complejidad institucional, los comportamientos universitarios suelen tener rasgos únicos, pero también comunes, compartidos. Por ello, el análisis de las trayectorias institucionales de diversas universidades es un buen punto de partida para examinar lo que ha ocurrido con el impacto de las políticas gubernamentales instrumentadas en las últimas dos décadas en el país, cuyo núcleo duro son la evaluación, la calidad y el financiamiento diferencial y condicionado. Del “Fondo para la Modernización de la Educación Superior” (FOMES) lanzado al inicio de los años noventa, al “Programa Integral de Fortalecimiento Institucional” (PIFI) que caracterizó la intervención gubernamental en la primera década del siglo XXI, las universidades han experimentado los efectos de un conjunto de programas dirigidos a promover el cambio institucional en las estructuras, los valores y hasta en las prácticas de las comunidades que habitan el corazón académico, burocrático y político de sus organizaciones.
Estos elementos, entre otros, motivaron la realización del seminario “Historias paralelas II: 15 años después”, los días 21 y 22 de noviembre pasado, en las instalaciones de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. El evento, realizado en el contexto de la celebración de los 40 años de la fundación de la UACJ, fue un espacio de conversación académica y política sobre los efectos de las políticas federales de educación superior instrumentadas en los últimos 15 años (1998-2013). El antecedente de dicho evento fue otro seminario, realizado justamente hace tres lustros -en el otoño del 98 en la misma universidad-, cuando un grupo de académicos nos reunimos para festejar los entonces primeros 25 años de la UACJ con un seminario (“Historias paralelas: un cuarto de siglo de las universidades públicas en México, 1973-1998”), en el cual se examinaron los cambios en la educación superior mexicana durante el primer cuarto de siglo de existencia de la institución norteña.
La distancia temporal entre uno y otro evento permitió identificar algunas líneas de continuidad en la relación entre las políticas federales y los cambios institucionales de las universidades públicas. Pero también fue posible destacar la combinación de los efectos deliberados, las ambigüedades y los efectos perversos de las políticas en los comportamientos institucionales. Del lado de los primeros fue posible reconocer la expansión del sistema de educación superior a nivel nacional y estatal, tanto en términos de la matrícula como en la oferta institucional pública y privada, universitaria y no universitaria. También se mencionaron los indicadores que hoy se emplean para medir el “éxito” de las políticas: incremento de profesores e investigadores con posgrado, la acreditación de programas docentes, la extraña invención mexicana de los “cuerpos académicos” y del profesorado “con perfil deseable”, que se han convertido en parte de los logros que exhiben los rectores de las universidades a la menor provocación.
Sin embargo, muchos de los planteamientos analíticos al respecto fueron un llamado franco al escepticismo y a la crítica sobre dichos indicadores, expresados en distintos tonos por parte de los investigadores, profesores y estudiantes reunidos durante dos días en los terrenos universitarios de El Chamizal, justo en la frontera con los Estados Unidos. Mediante el análisis de la experiencia institucional de 6 universidades públicas (las de Sonora, la Veracruzana, la Autónoma de Puebla, la Autónoma de Tamaulipas, la UNAM y la UAM), y con una mirada general sobre los temas de la profesión académica, el contexto internacional, y el gobierno universitario en México, los participantes en el seminario señalaron varios puntos críticos, que bien vistos implican una agenda de evaluación sobre las políticas públicas y sobre sus efectos institucionales. La relocalización del poder institucional en el campo educativo superior, la confusión entre medios y fines de las políticas, la erosión del sentido institucional de la vida académica, política y social de las universidades públicas, la monetarización de los programas, la disminución de la autonomía universitaria, las prácticas de simulación y de burocratización de las políticas y de los programas, fueron objeto de discusión abierta entre los asistentes.
Los saldos del encuentro tienen implicaciones de política pública: revisión sin concesiones de los límites de las políticas, la rigidez de los programas, el deterioro del ethos académico, la existencia de franjas enteras de profesores y estudiantes que no aparecen ni aparecerán jamás entre los indicadores de éxito de las políticas, la politización y burocratización de la vida universitaria, la ausencia de una mirada que vaya más allá del cumplimiento de los indicadores, el desvanecimiento del contexto social e internacional del desempeño universitario. Historias paralelas II fue un llamado a mirar con otros lentes y otra perspectiva el funcionamiento de las universidades públicas mexicanas, de las políticas y programas que el gobierno federal ha colocado en el centro de sus acciones desde hace más de dos décadas, independientemente de los límites sexenales y de la alternancia en los oficialismos políticos. El Chamizal Calling como una propuesta para revisar, otra vez, lo que hemos hecho y estamos haciendo en las universidades públicas de todo el país.
Monday, November 25, 2013
Revolución: memoria y futuro
Estación de paso
Revolución: memoria y futuro
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 21 de noviembre, 2013.
La Revolución de 1910 es cada vez menos un referente simbólico, cultural y práctico en zonas cada vez más extensas de la sociedad mexicana contemporánea. La antigua épica revolucionaria, con sus héroes y caudillos, con sus apátridas y traidores, sirvió entre otras cosas para edificar un régimen político, para dotar de sentido de identidad y pertenencia a la población, para educar en cierta perspectiva y con cierta lógica (nacionalista, autoritaria) a los niños y a los jóvenes mexicanos durante muchas generaciones. Pero desde hace tiempo –desde finales de los años ochenta para ser precisos- la narrativa ideológica y política revolucionaria fue perdiendo fuerza, identidad y brillo en el discurso oficial, en el seno mismo del partido que le debe más que ningún otro a la mitología revolucionaria su existencia misma, el PRI.
El desvanecimiento del legado revolucionario en la ideología y muchas de las prácticas políticas del priismo, dio lugar, como se sabe, a una fractura, un rompimiento en ese partido que originó la rebelión cívica de 1988 encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y el Frente Democrático Nacional, que fue el antecedente para la creación del Partido de la Revolución Democrática. Otras fuerzas de la izquierda socialista mexicana, junto con las corrientes provenientes del nacionalismo revolucionario que abandonaron al PRI, confluyeron en el PRD, y la historia posterior ya la conocemos. Pero el hecho que conviene retener es que aún en estas organizaciones, la idea misma de la Revolución mexicana se ha desvanecido sin pausas pero sin prisas.
Un buen momento para identificar el significado actual del acontecimiento ocurrido hace 103 años fue la celebración de su primer centenario, hace tres, en el 2010. Con el panismo en el poder, y los restos del nacionalismo revolucionario en la oposición, la coyuntura se presentaba como una buena oportunidad para descifrar el peso simbólico y político de la Revolución entre la clase política mexicana. Y lo que vimos fue un espectáculo confuso, de discursos grandilocuentes pero intrascendentes, referidos al hecho y a sus secuelas como piezas de museo, como reliquias a las que hay que respetar más por su antigüedad que por sus implicaciones en la historia mexicana del siglo XX.
El panismo en el poder exhibió sus propias confusiones y ambigüedades ideológicas y políticas frente al hecho. Acostumbrado desde su nacimiento como partido político en 1939 a presentarse como la oposición leal al partido surgido del movimiento revolucionario, al llegar a la presidencia en el 2000 y en el 2006 tuvo que verse obligado a repetir los rituales de adoración al movimiento y a los líderes que habitan la iconografía revolucionaria. Con timidez más que con convicción, trataron de resaltar la figura y el papel de Madero en el movimiento, colocando su retrato en las oficinas de la presidencia, como mártir político y símbolo de la fracción pacífica y democrática que fue demolida a sangre y fuego en la decena trágica ocurrida en febrero de 1913.
Pero en el resto de la clase política nacional el primer centenario también pasó más como un ritual burocrático que como una oportunidad de reflexión y balance político. Luego de una década de sobrevivir y reconstituirse como oposición frente a un adversario que durante casi 70 años fue a la vez su crítico y legitimador, el PRI tampoco mostró alguna fuerza o convicción clara para hacer algo con la imagen y el significado de la revolución en su propia historia partidista. El resultado fue lo que vimos: espectáculos de fuegos artificiales, edificación de monumentos kitsch envueltos en problemas de corrupción y despilfarro como el de la “Estela de luz”, la inauguración de plazas remodeladas, algunos puentes y caminos, la fiesta de la mercadotecnia light sobre la fecha, el baile de máscaras y disfraces con todo y cananas y sombreros campesinos y bigotes postizos, muchos conciertos de ocasión con los grupos del momento, y los mismo rituales de adoración que vimos antes, durante y después del foxismo y del calderonismo en el zócalo, las plazas de armas y los desfiles militares del 20 de noviembre.
Estas imágenes ilustran con buena fuerza el vaciamiento del significado de la revolución mexicana entre la clase política nacional. Aferradas a conservar símbolos como práctica de supervivencia política, nuestras élites dirigentes no saben qué hacer con la historia oficial. Hoy que acabamos de celebrar 103 años de un acontecimiento que desde hace tiempo parece desvanecerse como referente ideológico, como mito político y como proeza social, quizá lo que vale la pena apuntar es que también estamos desde hace rato en el proceso de desestructuración acelerada de la historia social y política que muchos conocimos. El problema, si es que existe, es que no hay a la vista ni en el horizonte ideológico ni en el imaginario político de los liderazgos que surgieron de la transición, la alternativa de una nueva historia patria que alimente algo parecido a una idea de México. Que hoy se publicite de manera abrumadora una ola de consumo y compras de pánico entre los consumidores – “El buen fin”-, es una señal luminosa del espíritu de los tiempos, que coloca un puño de tierra más a la idea misma de la Revolución Mexicana, donde la sociología del consumo parece importar más que cualquier sociología de las celebraciones.
Friday, November 08, 2013
Lou Reed (1942-2013)
Estación de paso
Lou Reed (1942-2013): las líneas trazadas, el mapa incorrecto.
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 7 de noviembre, 2013.
Al fin y al cabo, el que se muere es el cuerpo
David Foster Wallace, Federer, en cuerpo y en lo otro
Murió Lou Reed. Que dios nos ampare. Con él se nos va una parte significativa del espíritu y el sonido de la Velvet Underground, la memoria viviente de los ácidos de los años sesenta que circularon por las venas de John Cale, de Andy Warhol, de mismo Reed y de tantos otros de una generación cuyos miembros van cayendo uno por uno. Se nos va la tristeza, la rudeza y la elegancia que tiñeron buena parte de la obra de un músico crudamente, ferozmente neoyorkino, que hizo de su ciudad su templo, su cantina, su madriguera, su parque de diversiones, su observatorio personal y su laboratorio de experimentación cultural.
Quizá nadie como Reed, en el campo de la contracultura y del rock, hizo de Nueva York un símbolo urbano moderno, un espacio de cruce de caminos entre el capitalismo post-industrial norteamericano y la nueva sensibilidad cultural, entre el hiper-urbanismo, el arte pop y la marginalidad como formas de vida. Cronista y actor, narrador y testigo de una ciudad explosiva y contradictoria, Reed fue capaz de vivir entre los abismos de una metrópoli que son muchas, recorriendo los callejones sin salida de Brooklyn, del Bronx, de Queens y de Manhattan, mirando con asombro los extremos de la opulencia más brillante y la miseria más oscura, introduciendo de cuando en cuando su mirada afilada entre las penumbras de los congales y burdeles más sórdidos de la ciudad, pero también acumulando imágenes y palabras que narran las muchas historias personales y colectivas que transcurren todos los días entre las calles neoyorkinas en la segunda mitad de un siglo XX que se nos aleja un poco más con su muerte.
Nacido en 1942, Reed perteneció a la generación de los baby-boomers, los nacidos poco antes o después de la finalización de la segunda guerra mundial, los que protagonizaron la revolución contracultural y sexual de los años sesenta, que protestaron contra la guerra de Vietnam y contra el consumismo capitalista, los que probaron en carne propia aquello de que las puertas de la percepción sí existen, y que los paraísos artificiales son la expresión terrenal del cielo de las drogas, el sexo y el alcohol. Como muchos otros, Lou Reed fue un metodista consumado: se metió de todo. Y con ello, siguió al pie de la letra el viejo consejo de Lord Byron: el camino de los excesos conduce al templo de la sabiduría. Lector voraz de Edgar Allan Poe, de Dylan Thomas y Ezra Pound, admirador de las novelas de Hemingway, de Norman Mailer y de Truman Capote, Reed aspiraba como ellos en la literatura a crear la Gran Canción Americana en el campo musical, una desmesura propia de mentalidades excéntricas pero brillantes.
Por supuesto, igual que sucedió con aquellas pretensiones literarias, no lo logró. Pero aquí quedan la música y las letras de las canciones de Reed, grabadas en 20 discos como solista y un pequeño puñado de discos con el cuarteto del Velvet..Quedan por acá también las imágenes de un músico sin etiquetas, férreo enemigo de las modas, un surfista que transitó por las olas del glam rock y del sonido pre-punk, del blues y del rock más ortodoxo, que abrevó indistintamente de las aguas del rock and roll, del acid jazz y del godspell, del soul y, en algún tiempo, del R&B y hasta del folck eléctrico dylaniano.
Queda también la imagen de un hombre “atrapado entre las estrellas desfiguradas, las líneas trazadas y el mapa incorrecto” (como escribió en Romeo had a Juliette, de su disco New York, de 1989), declarando con furia que “voy a meter a Manhattan en una bolsa de basura”. Es la figura de un hombre flaco, de ojos grandes y de voz imprecisa y potente, caminando solitariamente por algún un callejón mal iluminado de una noche de ventisca otoñal en su amado Nueva York, mientras que los ecos de “Walk on the Wild Side” resuenan discretamente en algún departamento de Manhattan, musicalizando la noche oscura de un día perfecto.
La muerte de Reed recuerda las palabras del escritor David Foster Wallace, escritas hace apenas unos años antes de la muerte del propio Wallace: “Tener cuerpo presenta muchos inconvenientes. Si esto no es lo bastante obvio como para que a nadie le hagan falta ejemplos, limitémonos a mencionar rápidamente el dolor, las llagas, los malos olores, las náusea, el envejecimiento, la fuerza de la gravedad, la sepsis, la torpeza, la enfermedad y las limitaciones físicas: todos y cada uno de los cismas entre nuestra voluntad física y nuestra capacidad real. ¿Acaso alguien duda de que necesitemos ayuda para reconciliarnos con la corporalidad? ¿Que la ansiemos? Al fin y al cabo, el que se muere es el cuerpo.” (David F. Wallace, “Federer, en cuerpo y en lo otro”, Mondadori, 2013, p.18)
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