Tuesday, December 03, 2019

Nostalgias del presente

Robertson y Young: nostalgias del presente
Adrián Acosta Silva
(Nexos en línea, 021219)

En este otoño, dos rockeros canadienses que gozan (o padecen, según quiera verse) del incómodo estatus de legendarios, lanzaron un par de obras emblemáticas de sus respectivas trayectorias. Robbie Robertson (Toronto, 1943) publicó Sinematic a mediados de septiembre (Universal Music, 2019), mientras que Neil Young (Toronto, 1945) lo hizo a finales de octubre con Colorado (Reprise Records, 2019). La coincidencia generacional y natal de ambos músicos quizá explica las trayectorias de sus historias paralelas, pero hay otros elementos que los unen y los separan. Robertson fundó y dirigió hasta su disolución The Band, uno de los grupos míticos del género, que se atrevió a mezclar el rock, el rag, el rockabilly, el folck y el blues creando un sonido único, que inmediatamente atrajo la atención de músicos como Bob Dylan, Eric Clapton, Van Morrison, y el propio Neil Young. The Last Waltz (1978), un “rockumental” grabado por un entonces poco conocido Martin Scorsese, se convirtió en un documento fílmico paradigmático para el género, un retrato a fondo de sus actores y espectadores. Young, por su parte, que compartió los mismos aires, aguas y bosques de la provincia de Ontario de Robertson, se concentró en mezclar la música folck, el blues y el rock como el núcleo duro de su obra, iniciando su carrera a finales de los años sesenta con Buffalo Springfield, para luego participar fugazmente en Crosby, Stills, Nash y Young, y después mudar hacia una banda de apoyo que le acompañaría intermitentemente a lo largo de los años ochenta, noventa y las dos primeras décadas del siglo XXI (Crazy Horse).
Sinematic expresa el sentido profundo y sosegado que Robertson ha impreso sistemáticamente a su trayectoria. Luego de sólo cinco discos anteriores publicados como solista entre 1987 y 2011 -en los cuales destacan Storyville, de 1991, y How to Become Clairvoyant, de 2011-, el exlíder, compositor, guitarrista y vocalista principal de The Band comenzó a trabajar desde el año pasado en torno a una nueva grabación que dibujara en papel carbón el mapa del territorio simbólico –es decir, sentimental y artístico- que define su vida a los 76 años de edad. El resultado son 13 canciones centradas en la cadencia del rhytm´n & blues y el blues contemporáneo, gobernadas por la melancolía, el tono triste de las dudas, sombras y decepciones que coexisten con las luces brillantes de los afectos cotidianos, las postales de almas deambulando en calles solitarias, o los paseos largos de soledades compartidas. I Hear You Paint Houses (que canta a dúo con Van Morrison, y que es incluida por Scorsese en su película más reciente, The Irishman), Once Were Brothers (un inventario de pérdidas, fracturas y afectos de la época de The Band), Let Love Reign, Shanghai Blues, son composiciones que revelan las contradictorias emociones de incertidumbre y certeza que habitan el corazón secreto del reloj creativo del Robertson contemporáneo. Las pinturas al óleo que ilustran el disco son obras del propio Robertson, una serie de cuadros que acompañan cada una de las canciones que desfilan sin pausas pero sin prisas por Sinematic.
Colorado, por su parte, es el disco número 44 en la larga y prolífica producción musical de Young. Antecedido por The Visitor (2017), la nueva grabación del autor contrasta con el clásico Harvest de 1972, los oscuros Zuma o Tonight´s the Night de 1975, el deslumbrante Ragged Glory de 1990, o el sorprendente Psychedelic Pill, de 2012. Las diez canciones contenidas en Colorado continúan con la veta maximalista ecologista/ambientalista que fluye como fuente de inspiración de Young desde hace varios años, pero que hace algunos giros (afortunados) con la veta mundana, costumbrista, que recuerda los buenos momentos de la creatividad del músico canadiense. A sus 74 años, quien grabara su primer disco en solitario en el lejano 1969 nos muestra las huellas intactas de su talento en los largos riffs de guitarra de She Showed Me Love, en las letras tristes de Help Me Lose My Mind, los destellos de la esperanza de Milkyway (“Vía Láctea”, no la golosina que tal vez el lector se imagine), Eternity, o Rainbow of Colors.
Sinematic y Colorado son obras que tienen múltiples puntos de contacto, más allá de la pertenencia generacional o de la coincidencia de los lugares de nacimiento de sus autores, dos cuestiones que suelen ser determinadas por la mano impredecible del azar. Elaboradas desde el combustible de la experiencia vital y el talento creativo, los discos se unen por una difusa sensación de nostalgia del presente, a través de la hechura de representaciones sonoras de un tiempo confuso, contradictorio, violento, dominado frecuentemente por la perplejidad y el asombro, las dudas y las decepciones. Robertson y Young son dos intérpretes de realidades contemporáneas, minimalistas, cotidianas, que se niegan simplemente a contemplar el mundo desde la comodidad de una mecedora en las salas de sus casas. Son músicos que hacen lo único que saben y que han hecho durante más de medio siglo: componer canciones acompañadas por guitarras, teclados,bajos, violines, baterías, armónicas, coros. Seguramente han aprendido con los años que el ruido y los silencios, las voces y los ecos, la soledad y la compañía, la conversación y las lecturas, son buenos acompañantes para tratar de comprender tiempos difíciles.
Pero las obras señaladas añaden un par de impresiones que acaso resulten pertinentes para quienes las escuchen. Una, el cuidado por continuar con la cultura casi artesanal de los discos-objeto en los tiempos dominados inevitable y al parecer irreversiblemente por las plataformas virtuales de Spotify, Instagram o YouTube. Es una señal que honra la tradición de músicos que crecieron tocando, apreciando y disfrutando físicamente a los discos. La otra impresión es la capacidad del par de músicos de adaptarse, en sus propios códigos y bajo sus propias reglas, a un tiempo que, otra vez, parece desvanecerse rápidamente, como lo anotó Young en uno de sus discos emblemáticos de los años setenta (Time Fades Away). Ambas percepciones configuran la atmósfera que tal vez permita apreciar de mejor modo la composición de Sinematic y Colorado, en un mundo de luces y sombras en el que hoy como ayer flota la incómoda sensación de que todo lo sólido se desvanece en el aire.

Thursday, November 28, 2019

El contexto

Estación de paso
El contexto: concatenaciones mafiosas
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 28/11/2019)
http://www.campusmilenio.mx/828/828adrianacosta.html

Creo que estará lo más protegido y seguro posible en la medida en que se sienta no protegido, no seguro
Leonardo Sciascia, El Contexto

La feliz celebración de un nuevo aniversario de Campus ocurre en un entorno particularmente difícil. No es la primera vez, por supuesto, que las universidades atraviesan tiempos duros, pero los nuevos tiempos están poblados de señales significativas y preocupantes. Las relaciones con el oficialismo político son complicadas y se traducen en incertidumbre presupuestaria, desconfianza política, y profundas reservas gubernamentales sobre las capacidades científicas, culturales y sociales de las universidades públicas. Descuidos reales y abandonos imaginarios se entremezclan en los relatos y hechos que los representantes del oficialismo educativo han construido sobre el tema universitario. Por su parte, en las propias universidades existe una mezcla de desconcierto y preocupación por interpretar correctamente las señales del contexto y actuar en consecuencia.
En todo los casos, el contexto en sí mismo es una fuerza que influye sobre la naturaleza de las relaciones entre el Estado y las universidades, es decir, entre el poder gubernamental y el poder universitario. Son relaciones que siempre tienen que ver con las conexiones entre un poder real, fáctico, y uno imaginario, simbólico, que articulan los intereses de los actores de la educación superior en diversas arenas de negociación o instrumentación de las decisiones públicas.
Por ello, cualquier esfuerzo de comprensión sobre lo que ocurre con las universidades públicas pasa inevitablemente por considerar el contexto que condiciona, determina o influye en las trayectorias de las políticas de educación superior y en los comportamientos institucionales universitarios. Ese contexto implica un esfuerzo por identificar las fuerzas, intereses y actores que intervienen en la configuración de los vínculos entre las universidades y sus entornos.
Para explorar esa perspectiva, se pueden proponer tres grandes dimensiones contextuales del momento actual de las universidades: la política, la económica y la cultural. Se trata de tres conjuntos de factores que configuran la peculiar complejidad coyuntural de la educación superior mexicana. Su hechura se remonta al pasado reciente de las relaciones entre el Estado y las universidades, pero su fuerza (entendida como una difusa colección de restricciones, incertidumbres y condicionamientos) es particularmente visible en el ultimo año.
Con respecto de la primera, el núcleo comprensivo mayor es el ascenso del neo-populismo como la expresión más potente de la crisis de representación política que caracteriza los cuestionamientos a las democracias. Esta crisis es una mezcla de efectos directos y daños colaterales sobre el papel y las funciones de la universidad en la vida social y pública. El lopezobradorismo es la expresión local de un fenómeno que recorre la espina dorsal de las democracias representativas contemporáneas. En democracias emergentes como la mexicana, el neopopulismo es la expresión política de la crisis de los partidos tradicionales (PAN, PRI, PRD) como vehículos de legitimación y representación de los intereses de los ciudadanos.
Esa dimensión política del contexto es fundamental para entender los códigos del poder que concentra y ejerce la figura presidencial. El hipopresidencialismo que conocimos en los años de la alternancia política (2000, 2006, 2012), ha cedido el paso a un hiperpresidencialismo al cual la figura de la autonomía de las instituciones o los equilibrios entre los poderes republicanos, suelen ser sutituidos por los llamados al pueblo, las votaciones a mano alzada, las consultas a quemarropa, la discrecionalidad personal como brújula de las decisiones. Los enunciados de universalización de la educación superior a través del libre acceso a la misma, son los mascarones de proa de un proyecto que no ofrece un mapa de ruta consistente de los cómo, los cuándo y bajo qué condiciones se pretende llegar a las metas presidenciales.
En el ámbito económico, la confirmación de un ciclo largo de estancamiento explica las dificultades del financiamiento público a las universidades. Pero el otro problema es que las universidades públicas que no pertenecen al flamante “Sistema Benito Juárez García” tampoco figuran en la agenda gubernamental como prioridad política y presupuestaria. El “Fondo Nacional para la Educación Superior” que se incluyó como artículo transitorio en la reforma al artículo tercero constitucional, como mecanismo para apoyar el propósito de universalización de la educación superior, aún aguarda por decisiones financieras concretas, sostenidas y perdurables para los próximos años. En una economía que no crece, la distribución de los recursos es finita, insostenible e impredecible. Desde la última gran crisis del 2008, los recursos públicos hacia las universidades han fluido de manera escasa y errática por las mismas vías que se conocen desde los años del salinismo: programas extraordinarios asociados a fondos no acumulables, competitivos y diferenciados, distribuidos entre todas las universidades públicas (principalmente las estatales), y ligados al cumplimiento de metas específicas.
Finalmente, en la dimensión cultural el contexto está caracerizado por la crisis de legitimidad de la autonomía universitaria, en la cual las creencias políticas y las representaciones sociales universitarias se encuentran diluídas en un territorio cruzado por diversas perspectivas e intereses. Si se mira con cuidado, lo que tenemos en el último año es una tensión constante entre dos tipos de legitimidades en el campo universitario. De un lado, la legitimidad democrática de origen de un gobierno para intervenir directamente en la reforma de las relaciones entre el Estado y las universidades públicas. Del otro, la legitimidad social de las universidades para defender la autonomía institucional, intelectual, científica y académica de sus funciones.
Luego de un año de tensiones entre el nuevo gobierno y las viejas universidades, es posible advertir el peso aplastante del contexto en la compleja configuración de esos ensamblajes conflictivos. Neopopulismo, estancamiento económico prolongado, y disputa entre legitimidades de origen y significados distintos, forman parte de los rasgos principales del entorno mexicano que se ha formado a fuego intenso en los tiempos del obradorismo. Por sus efectos e implicaciones en las universidades, ese contexto aparece como un poder que “progresivamente degenera en la inexplicable forma de una concatenación que aproximadamente podemos llamar mafiosa”, como escribió Sciascia en su clásica novela sobre un crimen imaginario en un país que no existe.

Thursday, November 21, 2019

Democracias y autocracias

Estación de paso
Olas democráticas, resacas autocráticas
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 21/11/2019)
En política, las pasiones suelen dominar a las razones. Eso lo sabían muy bien Shakespeare o Hobbes, Maquiavelo o Voltaire, Albert Hirschman o Jorge Luis Borges. El hartazgo, la desilusión, el pesimismo, la ira incluso, suelen invadir ciertas franjas del ánimo público según sea la percepción de los ciudadanos. También, de cuando en cuando, el optimismo, la felicidad, las ilusiones y la satisfacción habitan el mismo espacio público. Lo más común es la cohabitación de ambos tipos de emociones sociales en la convivencia cotidiana. La vida pública siempre es siempre un territorio poblado por ciudadanos cuyas percepciones dependen de sus biografías individuales, historias sociales, intereses políticos o económicos, filias morales o fobias ideológicas.
Esas emociones gobiernan en buena medida los comportamientos y humores públicos y sociales. En Venezuela, Brasil, Bolivia o Chile, miles de ciudadanos expresan sus emociones en clave de movilización y protestas públicas. No son todos, tal vez ni siquiera son la mayoría, pero son muchos, muchísimos. Apelar a las causas estructurales del descontento y el malestar (neoliberalismo, pobreza, corrupción, desigualdad, inseguridad) es algo demasiado vago y nebuloso para comprender la causalidad de las movilizaciones sociales. El hecho es que las emociones traducen las acciones, configuran las creencias, motivan comportamientos, producen ilusiones. La música de la rebelión es una tonada de búsqueda febril de soluciones instantáneas, de aquí y ahora, que actúen directamente sobre las causas superficiales o profundas de los problemas públicos. El voluntarismo se convierte en símbolo, bandera y retórica. Por eso los populismos en política son tan exitosos: eso venden, eso prometen, y se encargan de cumplir a (casi) cualquier costo.
De las derechas tradicionales a los neo-cons, hemos aprendido que apelar a la moralidad para resolver problemas públicos es un fracaso. De las izquierdas revolucionarias a las del reformismo democrático hemos aprendido también que invocar un futuro luminoso para resolver los problemas del presente conduce en más de alguna ocasión al desastre. Hay por supuesto excepciones brillantes, producto de la heterodoxia práctica más que de la ortodoxia dogmática. En el gran libro de las transiciones, la experiencia de las coaliciones y pactos muestra resultados políticos civilizatorios, social y económicamente productivos. Luego de la segunda gran guerra del siglo XX, el New Deal norteamericano de Roosevelt, la socialdemocracia europea, o el desarrollismo latinoamericano, constituyen los mejores ejemplos de cómo la construcción de proyectos transformadores de gran envergadura son hechuras complejas, a menudo azarosas, donde la fortuna y la virtud de los actores son el resultado de acuerdos políticos básicos y prácticos, a la vez estratégicos y realistas.
En todos los casos, los intereses y las pasiones, las voluntades y los cálculos racionales, configuran el clima político que explica éxitos y fracasos de un pasado reciente y un presente profundamente insatisfactorio para muchos ciudadanos. En los tiempos que corren, se escucha hablar, una vez más, de las crisis de las democracias; en tono más dramático, se habla incluso del fin de las democracias. El ascenso de los populismos en diversos países se interpreta como una señal ominosa del futuro de las poliarquías, como les denominó Robert Dahl a las democracias realmente existentes. Ya no son las dictaduras, ni los totalitarismos, ni los autoritarismos clásicos los que amenazan a las democracias. Hoy se habla de las autocracias populistas, esos regímenes políticos que surgen de bases de legitimación democrática (movimientos o partidos que ganan elecciones bajo reglas aceptadas), que representan los intereses y las pasiones de conglomerados multi-clasistas, bajo un lenguaje que coloca al “pueblo” como el centro de sus apoyos, políticas y decisiones.
En el más reciente número de Configuraciones, la revista editada por la Fundación Pereyra y el Instituto de Estudios para la Transición Democrática (48-49, enero-agosto de 2019), Anna Lühmann y Staffan I. Lindberg plantean justamente la tesis de que la ”autocratización” de los regímenes políticos está en la base explicativa de las nuevas crisis de las democracias. Ese fenómeno, sin embargo, no es nuevo. Lo que presenciamos desde hace años forma parte de la tercera ola autocrática de un fenómeno cíclico de las democracias que se remonta desde los inicios del siglo XX. La primera ola se sitúa entre 1928 y 1942, con los ascensos del nazismo alemán y el fascismo italiano en Europa; la segunda, entre 1960 y finales de los años setenta, con las dictaduras militares y los autoritarismos de América Latina y África; la tercera, emerge desde la segunda década del siglo XXI y se extiende hasta el presente, con el triunfo de los nuevos nacionalismos xenófobos, racistas y separatistas (Trump, Brexit), segregacionistas (Erdogan en Turquía), o los populismos de corte autoritario que se extienden en América Latina (Bolsonaro en Brasil, Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua)
Dicho de otro modo: a la tercera ola de las democracias de las que nos hablaba Samuel Huntington a finales del siglo XX, le corresponde una tercera resaca o contra-ola de autocracias en la región. Pero es una resaca sin utopías, una expresión distópica producida por el fracaso de la utopía neoliberal que acompañó las grandes reformas económicas y sociales de las últimas décadas. Hoy, cierta tonalidad crepuscular domina el clima político y social que se forma entre esos movimientos líquidos. Ese es, quizá, el color ocre que acompaña las nuevas protestas sociales y arrebatos autoritarios que se respiran en estos tiempos de rabia sin utopías.

Friday, November 01, 2019

Foros: legitimidad y escepticismo

Estación de paso

Foros: legitimidad y escepticismo

Adrián Acosta Silva

(Campus Milenio, 31/10/2019)

La realización de foros se ha convertido en una práctica más o menos habitual en ciertos circuitos del debate público mexicano. Pueden ser de consulta, de discusión, de reflexión, conversatorios más o menos libres sobre una gran cantidad de asuntos o sobre problemas específicos. Desde los años grises y ya lejanos del sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988), cuando se dictaminó desde el poder público la obligatoriedad de realizar “Foros de consulta popular” para imprimir cierto aire democrático al Plan Nacional de Desarrollo y los programas sectoriales correspondientes, la organización de foros sobre casi cualquier tema se convirtió en un recurso político y burocrático con el cual hemos aprendido a convivir desde hace décadas.

El origen de esos foros tiene cierto linaje académico. Desde antes de la obligatoriedad de la planeación de la acción pública, en la vida académica universitaria los seminarios o los coloquios ya eran (y son) habituales. La diferencia son los fines de uno y otro tipo de reuniones. Mientras que para la vida académica esos espacios pretenden ser un lugar de encuentro para discutir avances, hallazgos o problemas disciplinarios o temáticos sin la necesidad de llegar a conclusiones contundentes, útiles o pragmáticos para la vida académica, en el caso de los foros organizados o co-organizados por los gobiernos y algunas instituciones públicas no gubernamentales, el propósito es que sirvan para algo políticamente útil: para diseñar leyes, programas, para tomar decisiones de política pública, para comprometer los esfuerzos de los foristas en la construcción de algún programa, el diseño de alguna ley, la reforma de una institución, la instrumentación de una política.

La experiencia de los foros es ambigua. El carácter político de esas reuniones está dirigido en ocasiones a la legitimación de decisiones que previamente se han acordado por los convocantes, así sean preliminares, tentativas, hipotéticas. También pueden ser espacios para medir las fuerzas intelectuales y políticas del gobierno y sus opositores en torno a determinados asuntos generales o específicos, tratando de convencer, de persuadir y argumentar las bondades de una propuesta gubernamental. Otras veces –quizá las más- los foros son rituales de legitimación del poder político, en la cual protagonistas y espectadores conversan en el vacío, con la esperanza de que sus ideas y propuestas tengan influencia en la determinación de alguna acción pública que incorpore o potencialmente beneficie sus propios intereses.

En la educación superior ocurren desde luego este tipo de prácticas. A lo largo de los últimos siete sexenios –desde MMH hasta AMLO- los foros son herramientas multiusos, orientadas por fines diferentes y vagos. El gobierno federal o los estatales, las universidades públicas, la ANUIES, organizan de cuando en cuando foros, consultas, mesas de debate, jornadas de reflexión, que aspiran a convertirse en agendas orientadoras de la acción pública. A veces se alimentan de documentos y propuestas previamente elaboradas por expertos, se invita a quienes se considera son voces interesadas y autorizadas para dar forma y contenidos a las consultas, se convoca a representantes de instituciones y organizaciones que pueden eventualmente influir en la orientación de las propuestas.
Durante las campañas electorales del año pasado se realizaron varios ejercicios de ese tipo. Luego del triunfo del obradorismo, los encuentros han seguido su curso, reproduciendo puntualmente lo que en otros sexenios ha ocurrido: reuniones, encuentros, consultas dirigidas a legitimar lo que el nuevo oficialismo propone y sobre lo cual decide. Los rituales son básicamente los mismos: se convoca a expertos, académicos, funcionarios altos y medios, diputados, líderes de opinión, representantes conspicuos de tal o cual sector. Nunca es claro cómo se procesan y se definen las propuestas, cómo distinguir entre la consistencia de unas y las debilidades de otras. Lo importante no es la legitimación sino el ritual, el espectáculo. Ver reunidas a voces diversas para discutir propuestas viste de cierto aire de credibilidad a la voluntad de poder.

La agenda de las reuniones es condicionada o determinada por los asuntos que interesan principalmente al gobierno y, en ocasiones, a las comunidades. Leyes, financiamientos, distribución de los recursos, coexisten con temas como la autonomía institucional, la cobertura, la calidad o la equidad de la educación superior. Nunca es claro cuál es la función específica de los foros, cómo se reflejan sus eventuales resultados en las decisiones públicas. Ello no obstante, los foros son, de algún modo, ferias de ilusiones y racionalidades en las cuales ideas y propuestas más o menos elaboradas coexisten con ocurrencias y cálculos políticos; espacios donde los intereses de unos y otros cohabitan por algunas horas en búsqueda de algo parecido a la esperanza de que las cosas en la educación superior pueden ser mejores.

Quizá por ello, los foros forman parte de los rituales de legitimación que caracterizan al mismo régimen político. Las prácticas e imaginarios asociados a la idea de que los diálogos que ahí se producen fortalecen la acción pública son cuestionables. Una razón más para alimentar el escepticismo (o pesimismo) metodológico como parte de los usos y costumbres del paisaje universitario.

Thursday, October 17, 2019

¿Chantajes?: dinero y política universitaria

Estación de paso
¿Chantajes?: dinero y política universitaria
Adrián Acosta Silva
(Campus Milenio, 17/10/2019)
El miércoles 9 de octubre, treinta universidades públicas estatales realizaron un paro de labores de 12 horas en protesta por la situación financiera que padecen desde hace tiempo, y que coloca a diez de ellas en riesgo de suspender pagos de nómina a sus trabajadores. Convocados por la Coordinadora Nacional de Trabajadores Universitarios (CONTU), los sindicatos universitarios decidieron manifestar sus demandas de mayor financiamiento a las universidades involucradas, para mantener la regularidad salarial y abordar problemas acumulados en las finanzas institucionales desde hace tiempo. En respuesta a esos paros, el Presidente manifestó la mañana siguiente que no habría más aumentos a las universidades que lo ya considerados en el presupuesto del 2020, y de que “no cedería a chantajes”.
Las escenas y el lenguaje del momento son ilustrativos de lo que el oficialismo cree en torno a las demandas de las universidades públicas. Para el obradorismo, al parecer, resulta incomprensible, ilegal, o inmoral, que las universidades exijan mayores recursos presupuestales. Su lectura es que las movilizaciones son expresiones de bloqueo y presión a los compromisos de la cuarta transformación y las políticas de austeridad que le acompañan. Desde la atalaya presidencial, los paros son manifestaciones reaccionarias, conservadoras, desesperadas, frente al proyecto de cambios que impulsa el oficialismo en el poder. Resulta curioso, paradójico o irónico, que el nuevo gobierno continúe una tendencia iniciada desde los años ya lejanos del salinismo respecto de las universidades públicas: la desconfianza como principio político de las políticas de financiamiento público hacia esas instituciones.
Es muy conocido el hecho de que desde hace varios años muchas universidades públicas enfrentan severos problemas de financiamiento, derivados de múltiples causas, que han alimentado diversas interpretaciones sobre el problema. Algunos las definen como “crisis del modelo de financiamiento público”, que consiste básicamente en la ampliación de la brecha entre los crecientes costos de mantenimiento de la nómina y la infraestructura de las universidades públicas y el estancamiento de la capacidad de gasto del gobierno federal o de los gobiernos estatales para cubrir esos costos. Otros han señalado que es la opacidad, la corrupción y el despilfarro de las universidades la causa profunda de los problemas del financiamiento público de esas instituciones. Algunos más, han señalado que es la irresponsabilidad financiera del Estado lo que motiva el déficit acumulado de problemas como el de pensiones y jubilaciones, el pago de impuestos y los adeudos a proveedores de las universidades, por el cual estas instituciones han sido abandonadas a su suerte.
Cualquiera de estas interpretaciones es, por supuesto, discutible. Pero el diagnóstico del obradorismo parece coincidir con la segunda de ellas. Como antes lo hicieron los gobiernos priistas y panistas, existe la creencia arraigada (o el prejuicio renegrido) de que las universidades están capturadas por mafias y grupos de poder que las usan para su propio beneficio, y donde las comunidades de trabajadores, profesores y estudiantes están penetradas por los intereses de “castas doradas” que lucran con los presupuestos universitarios. Eso explica el frecuente menosprecio o la franca descalificación de la Presidencia de la República sobre los reclamos de las universidades para solicitar o exigir mayores recursos públicos federales. La sospecha, o certeza, de la conspiración de mafias universitarias está detrás de esa actitud.
Más allá de las creencias presidenciales, el problema real es que el asunto de los déficits financieros de las UPES se ha acumulado aceleradamente en los últimos veinte años, y es la expresión monetaria del incremento de la cobertura, la contratación de nuevos profesores (tanto de tiempo completo como de asignatura), los costos de los procesos de aseguramiento de la calidad, los programas de incentivos al desempeño, y las exigencias de incremento acelerado de las actividades de investigación como parte de los nuevos patrones de legitimidad, prestigio y reputación institucional de las universidades mexicanas.
Pero el tema crítico, estratégico, del incremento de los déficits financieros tiene que ver con dos factores relevantes, de carácter estructural. De un lado, los bajos salarios de los trabajadores, profesores e investigadores de la mayor parte de las públicas estatales, que han intentado ser equilibrados con políticas de compensación salarial a través de los programas de incentivos instrumentados a raíz de los procesos de modernización de la educación superior universitaria desde los años noventa. Del otro lado, el acelerado proceso de envejecimiento de los académicos y trabajadores administrativos universitarios, que presionan a esquemas de pensiones y jubilaciones que resultan muy poco atractivos para los individuos y no sustentables para las instituciones.
Esta complejidad causal está en la base de los reclamos observados en las movilizaciones universitarias de la semana pasada. Calificarlas como “chantajes” confirma con claridad un par de cosas. Uno, que el oficialismo continuará con una política general de desconfianza hacia las universidades públicas estatales y federales. Otro, que la complejidad del tema universitario es un asunto que se le indigesta al oficialismo político. En cualquier caso, todo apunta, una vez más, hacia la consolidación de un tiempo nublado para las finanzas de las universidades, que tendrá impactos directos en el ejercicio de sus autonomías y libertades académicas y organizativas.

Sunday, October 13, 2019

Joker: la estética de la anomia

Guasón: la estética de la anomia
Adrián Acosta Silva
(El Informador, 13/10/2019)

Guasón (Joker, 2019) es una historia de violencia, crueldad y locura. Némesis clásica de Batman, arquetipo del mal, el Guasón es esencialmente la hechura de un cliché moral, un personaje disfrazado de payaso, presa incontenible de una risa siniestra y a la vez ingenua, un cuerpo disfrazado de colores chillantes y grandes zapatos marcado por una mueca eterna, que flota entre las calles sombrías de una Ciudad Gótica fantasmal, poblada de personajes extraños que se confunden entre ciudadanos comunes (bien visto, en esa urbe ficticia los ciudadanos mismos son un montón de extraños). La extravagancia del Guasón representa la irrupción de una máscara con risas que desafía las imposturas y rituales de solemnidad al que aspiran élites que se auto-reconocen como los únicos guardianes legítimos del orden deseado de una urbe imaginaria.
Ese estereotipo lo aprendimos con claridad los que nos formamos leyendo los cuentos (ahora les dicen comics) que Editorial Novaro distribuía en los puestos de revistas y periódicos de todo el país en los años sesenta. Muchos de los fans de los cuentos lo confirmaríamos poco después con la serie de televisión Batman, donde el Guasón era un tipo vestido con trajes de colores ridículos, medio loco y chistoso, que siempre perdía sus peleas y batallas con el héroe enmascarado. En el cine, el payaso fue interpretado de manera desigual por varios actores –incluyendo a Jack Nicholson-, pero se mantenía en los límites del estereotipo de los años sesenta. Fue sin embargo la extraordinaria actuación de Heat Ledger en The Dark Knight (dirigida por Christopher Nolan en 2008) la que transformó radicalmente la imagen y el sentido mismo de la vida del Guasón en una sociedad en crisis. Esa actuación llevó a nuevos niveles de profundidad y complejidad la vida de un payaso psicópata en un contexto de degradación social y moral, un contexto al que combaten obsesivamente las buenas conciencias de la ciudad (Batman, jueces, políticos, funcionarios policiacos) para tratar de rescatar la justicia, el orden y la honestidad de una sociedad que imaginan como intrínsecamente buena. “Bienvenido a un mundo sin reglas”, fue el subtítulo en español de la promoción de esa película, que remarcaba muy bien el contexto de la aparición del Guasón en esa cruzada moral.
Años después, el director y guionista Todd Philips, produce una nueva película centrada exclusivamente en la vida del Guasón, sin un Batman que equilibre la ecuación bien/mal. La cinta reconstruye la vida de un hombre triste y solitario, que busca sobrevivir en una ciudad violenta, agresiva, oscura. Por la película ahora sabemos que ese hombre vive con su madre, afectada mentalmente, que depende absolutamente de sus cuidados, y que le enseñó desde niño “a tratar de ser feliz”. Viviendo en el departamento (casi) en ruinas de un edificio (casi) abandonado, Arthur Fleck (el nombre del Guasón), también hereda de su madre los trastornos mentales, que se agudizan por una infancia de torturas y abusos de parte de los amantes ocasionales de su progenitora.
Fleck acude a la asistencia social de la ciudad para su tratamiento psiquiátrico, que incluye varias medicinas para controlar sus ataques repentinos de ansiedad, depresión y agresividad. Intenta ganarse la vida como un payaso callejero, con poca fortuna, y mantiene como ilusión vital la de llegar a ser un comediante famoso en los años dorados de la televisión comercial de los años ochenta. Pero las cosas no salen bien. El cierre de las oficinas de asistencia social por falta de presupuesto, deja a Fleck sin sus drogas y sumido en una espiral de alucinaciones y ataques psicóticos de risa que lo vuelven rápidamente en objeto de rechazos, violencia y agresividad de otros. El resultado es la invención de un personaje que es a la vez reacción y adaptación a un medio que no lo tolera ni comprende, al que no se integra ni lo integran en la vida social. Si Durkheim viviera, lo describiría como un caso de anomia social químicamente puro.
Ahora sabemos que el Guasón es medio hermano de Batman, pues el padre de ambos tuvo un amorío de juventud con la madre de Fleck. Sabemos también que el único espacio donde encuentra respeto y admiración es el que conforman algunos de los marginados, los eternos perdedores de la ciudad que viven en entornos marcados por la violencia y la pobreza. La rebelión de los payasos que resalta la importancia simbólica y política del Guasón es una rebelión contra las élites, y en ese movimiento espontáneo él es causa, emblema y líder. El payaso que ha matado primero en defensa propia, y luego como una serie de actos de venganza legítima (que incluyen el asesinato de su propia madre), no importa tanto por lo que es sino por lo que representa: el reclamo de un sector invisible, humillado y menospreciado sistemáticamente por las élites dirigentes de Ciudad Gótica.
La magistral interpretación de Joaquín Phoenix como el Guasón es simplemente inquietante. La cinta rompe con el género del cómic, la comedia o la ciencia ficción para situarse directamente en el género del drama urbano contemporáneo. Sea uno o no seguidor de Batman, la impresión que queda es que las clásicas virtudes morales, intelectuales o físicas del Hombre-Murciélago son ampliamente superadas por la configuración vital, la complejidad moral y los abismos existenciales del Guasón. El maestro de la ironía, la burla y el sarcasmo supera a los vigilantes atemporales de la corrección política, del orden y la justicia. Con Joker, el misterio del payaso se ha revelado: es la encarnación misma de la contradicción humana, el pequeño misántropo que todos llevamos dentro.

Thursday, October 03, 2019

Autonomía incómoda

Estación de paso
La autonomía incómoda
Adrián Acosta Silva
(Campus-Milenio, 03/10/2019)
La historia de la autonomía universitaria en México y en el mundo muestra dos cosas fundamentales. La primera es que la autonomía de las instituciones universitarias está ligada estrechamente al ejercicio de las libertades intelectuales, académicas, de enseñanza y aprendizaje de sus profesores y estudiantes. La segunda es que ninguna autonomía ni ninguna libertad son absolutas, sino relativas: autonomía respecto del Estado, del mercado, de los poderes fácticos, de los partidos políticos; libertades respecto de los principios éticos, cognoscitivos y procedimentales que gobiernan los procesos de constitución y debate de las ideas, la experimentación científica o la innovación tecnológica. El ejercicio de la autonomía es una dimensión institucional: el ejercicio de la libertad, una dimensión individual. Ambas suelen, no sin problemas, complementarse.
Estas dos afirmaciones son resultado de la tensión permanente entre el poder y el saber, entre la pluma y la espada, entre la racionalidad dogmática o metafísica y la racionalidad humanística y científica. La crítica a estos dos principios -autonomía y libertad- siempre ha sido la misma: su “divorcio” de las necesidades sociales, su alejamiento de las realidades concretas, sus escasas aportaciones al desarrollo, la irrelevancia de lo que se enseña, investiga o discute en las universidades. La imágenes de estos relatos se nutren de las aguas lodosas de la ignorancia, la desconfianza y el escepticismo: “torres de marfil”, “clubs de discusiones de café”, “guarderías para jóvenes”; y, visto desde lo que representan las universidades públicas en términos presupuestarios, algunos funcionarios suelen ser mucho más enfáticos: “barriles sin fondo”, “hijos mongoles del Estado”, “entidades de gasto inútil”.
De cuando en cuando estos recelos contra la autonomía de las universidades se exhiben en tiempos dominados por los críticos conservadores de izquierda o de derecha. Y sin embargo, buena parte de los liderazgos políticos, empresariales o burocráticos surgen precisamente de las universidades públicas. Las tendencias hacia el enaltecimiento de los beneficios reales o simbólicos de las universidades privadas de alto costo, dirigidas al consumo de las élites, muestra para algunos críticos de las públicas el deber ser de la educación superior universitaria: autonomía débil y procesos académicos ligados a la idea de dios, los intereses de las empresas, o la competitividad en el mercado. Hay muchos ejemplos de todo eso, desde hace un buen tiempo, en todas partes.
Se suele olvidar, u ocultar, que el carácter público, autónomo y libre de las universidades modernas es parte de un largo proceso civilizatorio. La idea misma de la universidad pública contemporánea es su carácter laico, plural, multidisciplinario, diferenciado, un espacio social e institucional que arropa a la imaginación, el rigor científico, la discusión y el debate propio de sociedades heterogéneas, desiguales, conflictivas. Su función no es legitimar gobiernos, aunque algunas, en algunos momentos, lo han hecho. Tampoco es convertirse en espacios capturados por los intereses de pandillas, grupos o tribus locales, aunque algunas también lo han hecho. Su función esencial es proveer de conocimientos, tecnologías, ideas, a través de sus profesores, investigadores, estudiantes y egresados que luego son funcionarios públicos, empresarios, líderes políticos, científicos, escritores, músicos o cineastas. Ese el arreglo fundacional de las universidades públicas modernas con el Estado y con la sociedad. Y es civilizatorio justamente porque se delega en las universidades las tareas y procesos que no pueden cumplir por sí mismos ni el Estado ni el mercado. Esa es la compleja naturaleza de la bestia. Por ello incomoda a quienes critican su costo, su organización o sus prácticas. No “sirven” para algo específico, útil, mensurable, objetivo, de calidad o de excelencia. Su papel es otro, inevitablemente ambiguo, cambiante, incierto.
No son buenos tiempos para las universidades públicas. El nervio financiero es su eslabón más débil, el talón de Aquiles de la autonomía institucional y la libertad académica. La mayor fragilidad de las universidades públicas es su alta dependencia del presupuesto gubernamental. Es paradójico que la fragilidad de hoy sea la fortaleza de ayer, la que explica la expansión de las universidades públicas durante un largo tiempo, su transformación de instituciones de élite a instituciones mesocráticas. Pero la dictadura del presente lleva la marca de la fragilidad financiera universitaria, y con ello, el debilitamiento de la autonomía. En el caso mexicano se expresa cada año, inexorablemente, en los proyectos de egresos de la federación, en que los rectores gestionan directamente recursos adicionales a las instancias correspondientes: Presidencia, SEP, Hacienda, Cámara de Diputados, de Senadores, Gobernadores, Congresos locales. Y el resultado suele ser el mismo, casi siempre: una mejoría relativa de los presupuestos generales, fondos extraordinarios, partidas especiales para enfrentar déficits ordinarios (jubilaciones, nuevas plazas de profesores o investigadores, pago de impuestos acumulados).
Las voces del pasado se mezclan en la confusión con el griterío del presente: austeridad institucional, hacer más con menos, definir prioridades, combatir corrupción. Y se hacen las propuestas de siempre: buscar ingresos propios (aumentando el costo de las matrículas, vendiendo servicios, ahorrando dinero), diversificar fuentes de financiamiento, atraer donaciones e inversiones en campos como el cultural, la innovación tecnológica o la investigación científica, procurando atraer recursos privados. La música de fondo es una tonada conocida: aumentar la independencia financiera es la única forma de fortalecer la autonomía universitaria. Ese sonido acompaña estos días grises, de diatribas públicas o privadas contra la autonomía universitaria. Gestionar la autonomía es una de las formas de gestionar la incertidumbre sobre las universidades.