Wednesday, July 21, 2010

Un trago por Cat Stevens



Estación de paso
Un trago por Cat Stevens
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 22 de julio, 2010.

La geografía sonora del rock contemporáneo está forjada por historias extrañas. Por “contemporáneo” me refiero al que inició a finales de los años sesenta y que se alargó hasta bien entrado el siglo XXI. Las poco más de 4 décadas que cubre el período contienen un conjunto de trayectorias vitales brillantes, de orientaciones sonoras diversas y coloridas, y una zona grisácea cubierta de rutas imprecisas, que configuran un mapa barroco en el que se pueden identificar estilos, grupos y cantantes que han expandido las fronteras del “cantar de los cantares” del siglo XX, como suele denominarle Jaime López al rock de estos años. Así, al lado del panteón de los héroes muertos del rock –Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin, John Lennon, Kurt Cobain-, permanecen también una colección de desvanecimientos estilísticos y de pequeñas historias de abandono de convicciones sonoras y estéticas, que coexisten con las conversiones espirituales de los que se rebelaron a su manera frente a la dictadura del negocio musical en que terminó convertida una buena parte de la producción, distribución y consumo de grupos y cantantes del género.
Una de esas célebres conversiones está representada por la figura de Cat Stevens. Nacido en Londres el 21 de julio de 1948, Steven Demetre Georgiou (el verdadero nombre del Gato) es hijo de madre sueca y padre greco-chipriota. Convertido por méritos propios en miembro distinguido del star-system rockero en los primeros años setenta, hacia finales de esa década decidió cambiar de nombre, de vida y de hábitos para convertirse en el musulmán Yusuf Islam, establecerse en una mezquita londinense, adoptar a decenas de niños para formarlos en esa religión, y dedicarse a promover por todo el mundo las enseñanzas de Alá y los mensajes del Corán. Las generaciones que crecieron escuchando Wild World, Father and Son, o Hard Headed Woman, presenciaron con cierto asombro el proceso de conversión de su ídolo, de su fuga hacia la búsqueda de la luz espiritual, aunque nunca dejaron de comprar y escuchar sus discos como Cat Stevens. Back to Earth , de 1978, fue su último disco grabado con ese nombre, con lo que se cerraba un ciclo como gran estrella pública , y se iniciaba otro como discreto creyente privado.
En la década de los ochenta y noventa no se supo más del buen Gato. Sin embargo, la condena a muerte del Ayatollah Jomeini al escritor inglés Salman Rushdie por su libro Versos satánicos, y la guerra del Golfo iniciada por el Presidente Bush padre a principios de los años 90 invadiendo la Irak de Sadam Hussein, trajeron nuevamente al ámbito público la voz y la figura del cantante y compositor de obras emblemáticas del folck-rock como Mona Bone Jackon, o Tea for the Tillerman (ambas de 1970). Los medios recogieron las impresiones de Stevens apoyando la condena al libro de Rushdie (aunque no estaba de acuerdo con la sentencia del Ayatollah), o condenando la invasión de los infieles occidentales a una nación musulmana como Irak (aunque reconocía los crímenes de Hussein). De pronto, decenas de irritados adultos norteamericanos o ingleses salieron a las calles para destrozar los discos de Stevens, y para renunciar a la devoción que en los años de su juventud profesaban a sus canciones. El sueño, otra vez, había terminado.
No fue sino hasta 2006 cuando Yusuf Islam reapareció con un nuevo disco bajo el brazo: An Other Cup, en el que muestra que el talento de un compositor excepcional se conservaba intacto. Más recientemente, en el 2009, con Roadsinger, el hoy sesentón Cat Stevens volvió a mostrar una obra cuidadosamente trabajada con manos de orfebre, dominada por guitarras, piano y sax, y con los ecos místicos de sus convicciones musulmanas. En los últimos años, ha hecho presentaciones con conciertos en diversos lugares de Londres, Nueva York o Montreal, como el que hizo en 2007 en el homenaje al fallecido Jim Capaldi (exmúsico de la banda Traffic, liderada por Steve Winwood), con una versión extraordinaria de la canción Man With No Country, del propio Capaldi. Estos registros muestran que el cambio de piel que experimentó Cat Stevens hace tres décadas, no eliminó al músico brillante que se conserva bajo el nombre de Yusuf Islam. Y quizá más aún: que bajo las creencias y la fe de un musulmán de orígenes múltiples, permanece un cantante gobernado por los impulsos de un talento irrenunciable.

Tuesday, July 06, 2010

El Estado y las tribus

El Estado y las tribus
Adrián Acosta Silva
(Texto publicado en sección “Debate”, del periódico “Mural”, Guadalajara, Jal., 4 de julio de 2010.)
El asesinato del candidato a gobernador tamaulipeco confirma a la violencia como uno de los grandes temas de la agenda pública nacional de una coyuntura que a fuerza de sangre y balas ya se volvió ciclo. Por el modo, el tiempo y el contexto, la ejecución del político priista es un asunto que coloca al límite la funcionalidad de las instituciones democráticas y la fortaleza o debilidad de los cambios experimentados en los últimos 20 años. El discurso y las prácticas contra la violencia que hemos atestiguado bajo la cruzada calderonista contra la delincuencia, no parece tener los efectos deseados, sino justamente efectos contra-intuitivos, no deseados o francamente perversos: la creación de un clima de confrontación y guerra con desenlaces fatales y potencialmente corrosivos de la vida política nacional.
¿Qué explica la fuerza que ha adquirido en los últimos años la delincuencia organizada - especialmente la derivada del narcotráfico- en la esfera pública del país? En realidad no se sabe muy bien, en primer lugar porque no es clara la magnitud de la presencia de estos grupos en las diversas actividades económicas, las estructuras políticas y las prácticas sociales. Ello no obstante, para el oficialismo panista, la “acción de los violentos” (como le gusta decir a los funcionarios de ocasión) es una efecto defensivo contra las acciones del gobierno federal. Esta hipótesis heroica trata de explicar, y justificar, la violencia legítima del Estado contra los poderes fácticos del narco y el crimen organizado. Sin embargo, los hechos muestran un par de cosas inquietantes y al parecer estrechamente relacionadas. La débil fuerza del Estado asociada a la creciente impunidad de los grupos delincuenciales. En otras palabras, la beligerancia policiaca y militar del gobierno es directamente proporcional al grado de impunidad de los poderes criminales que hoy tienen capturados territorios completos de la vida económica, social y política del país.
Si bien es cierto el hecho de que sólo la acción del Estado puede enfrentar y contener la acción de los criminales, también es un hecho que el desvanecimiento de la presencia del Estado en múltiples actividades y espacios de la vida pública ha propiciado la aparición de poderes alternativos y crecientemente influyentes en varios municipios y estados del país. Con estructuras de seguridad caracterizadas por bajos salarios, poca capacidad institucional, confusión en términos de coordinación y de operación policiaca e inteligencia criminal, las posibilidades de generar prácticas de impunidad que superan el costo de pagar por los delitos cometidos se ha impuesto en las aguas heladas del cálculo egoísta de los asesinos.
El desplazamiento de la violencia hacia los centros nerviosos de la política electoral coloca una perspectiva ominosa sobre la democracia mexicana realmente existente. El propósito de la violencia es intimidar, proveer de una imagen de miedo y riesgo a las actividades políticas que son por naturaleza públicas, incrementar la sensación de que todo lo sólido se desvanece en el aire. La delincuencia homicida también tiene sus rituales y sus rutinas, y parte de ellas no solamente consisten en ejecutar políticos, funcionarios, periodistas o ciudadanos, sino también llamar la atención pública sobre sus actos, sus motivaciones, sus chantajes.
Ello explica el hecho de que el discurso de las condenas, la indignación moral, las lamentaciones y los pésames al mayoreo se han instalado en el discurso habitual de las autoridades federales, estatales y municipales. Y eso en sí mismo es ya un síndrome preocupante de las limitadas capacidades del poder público, que ya forma parte de las rutinas esperadas por los depredadores. Las palabras también llegan a erosionarse y a perder fuerza y significado práctico. Por incapacidad, por corrupción, por cálculo, por efectos perversos o no deliberados, la criminalidad es una bestia indomable en las condiciones actuales. Y ya no importa tanto como, cuando y porqué llegamos aquí. Eso es tarea, quizá, de historiadores, sociólogos o antropólogos. Lo que importa es cómo diablos salimos de ella. Lo que hemos visto es que ahora, mal y tarde, se hacen llamados patrióticos para formar acuerdos políticos de unidad cuando las políticas de seguridad jamás se asentaron en una deliberación cuidadosa de sus alcances y costos. Es la hora del balance y las rectificaciones. De otro modo, el paisaje mexicano de estos años malditos recordará las palabras de Don Manuel Azaña, el último presidente republicano español antes del franquismo, cuando observaba con asombro la pérdida de las capacidades cohesivas de la política y de las instituciones democráticas de su tiempo: “Cuando desaparece el Estado, reaparecen las tribus”.

Wednesday, June 23, 2010

Monsiváis




Estación de paso
Monsiváis
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 24 de junio de 2010.

La muerte de Carlos Monsiváis suscitó una predecible y abrumadora ola de reacciones en torno a la importancia de sus obras, su figura, sus aportaciones a nuestra vida pública, sus compromisos políticos, ideológicos, su carácter de crítico y observador calificado. Más allá de las filias, las fobias o las indiferencias que pudiera atraer el gran escritor mexicano, el hecho coloca en el mostrador el papel de los intelectuales en la vida pública, su función crítica, sus silencios, sus ambigüedades, sus limitaciones.
El caso de Monsiváis es paradigmático para el caso mexicano. Ubicuo, prolífico y complejo, el personaje que era o representaba fue múltiple y en muchos casos único. Activista, crítico, escritor, notario, simpatizante, escéptico, creyente, ambiguo, panfletario, agnóstico, elitista, populista, memorioso, peleonero, jacobino, ultra, conservador, políticamente correcto o incorrecto según el caso y los actores, progresista, narrador formidable, prosista inigualable, izquierdoso, insidioso, irónico. Mordaz, sarcástico, desmesurado, intelectualmente promiscuo, hombre público, miembro destacadísimo del star-system de la opinocracia y de la inteligentsia mexicana, promotor cultural, poeta discreto, lector insaciable, mirón incansable, coleccionista incurable de objetos, máscaras, gatos, libros, periódicos y revistas.
Incómodo en los homenajes, reacio a los cocteles y agasajos que son tan frecuentes en el medio intelectual y cultural, Monsiváis representa la figura del librepensador de los años de las crisis económicas, sociales y políticas del México contemporáneo, el testigo y narrador privilegiado de una época gris, conflictiva y convulsiva. Militante de distintas cofradías, observador y crítico de otras, indiferente ante muchas más, el autor de Días de guardar conjugó la tradición libresca de la intelectualidad mexicana del siglo XIX y la primera mitad del XX con la pasión militante sobre los asuntos de coyuntura y la observación acuciosa de las prácticas populares, masivas, vistas con anteojos inspirados en el estilo desenfadado y anti-académico del nuevo periodismo norteamericano de Tom Wolfe o Norman Mailer, y con la agudeza clásica de Oscar Wilde o de Woody Allen. Observador, cronista e intérprete al mismo tiempo, Monsiváis proporcionó a varias generaciones de lectores y escritores un estilo único de narración, cercano y lejano al mismo tiempo de los hechos que observaba desde la calle, desde los periódicos, desde la televisión o el cine, en los últimos años de internet.
La abrumadora presencia del autor de Apocalipstick o de Pedro Infante. Las Leyes del Querer, en prácticamente todos los medios de comunicación locales y nacionales, la importancia de sus observaciones, de sus críticas o de sus elogios, lo hicieron referente obligado de la discusión pública pero también objeto permanente del chismorreo privado. Su enorme capacidad de relacionar dichos o hechos con referencias literarias, bíblicas o académicas produjo cantidades masivas de ocurrencias en forma de frases envenenadas, aforismos, revelaciones, preguntas sin respuestas, envueltas en un sentido del humor impecable, profundo, incómodo pero siempre disfrutable. En un medio abrumado por imposturas y solemnidades inocuas, la voz lúdica de Monsiváis era un tiro en el concierto, el pitorreo en medio de la fiesta de las simulaciones, la mirada incómoda sobre las desmesuras de nuestra vida pública y de sus actores.
Con una legión de imitadores mediocres, de críticos furibundos y de fanáticos consagrados a la religión monsivaisiana, el creador de las columnas periodísticas Para documentar el optimismo y Por mi madre, bohemios, se convirtió en ícono y en santo, en tiro al blanco y en inspirador de buenas causas, en ídolo de la bienpensantía nacional y en adalid de (casi) todas las causas populares imaginables. De cualquier modo, la muerte de Monsiváis representa el fin de un largo ciclo intelectual y cultural. Después de todo, no hay período o etapa de pensamiento y prácticas culturales que no disponga de un narrador excepcional de sus perfiles, sus peripecias, sus misterios, sus pleitos y sus tensiones. Hoy que las cenizas del narrador están colocadas cual ofrenda sagrada en el Museo del Estanquillo que él mismo creó, se puede recordar alguna de las frases que ingeniosamente soltó en algún momento de los años recientes, como cuando alguien le preguntaba su opinión en torno a los que estaba sucediendo en el país. “En realidad, no lo sé”, respondió el escritor. “Cuando comenzaba a entender lo que estaba pasando, resulta que ya pasó lo que estaba entendiendo”. La escritura “viva, irreverente y desparpajada” de Monsiváis, como la describió antier Guillermo Sheridan en su columna de El Universal-“Escenas con Monsiváis”, www.eluniversal.com.mx/editoriales/48799.html- se va a extrañar.

Wednesday, June 09, 2010

Un libro para la canícula



Estación de paso
Un libro para la canícula
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U.de G., 10 de junio, 2010.
En estos días gobernados de manera inescapable por la canícula, no hay forma de sacudirse la sensación de que nada así ha pasado antes entre nosotros, aquí mismo. Ventiladores, enfriadores, agua, son recursos insuficientes para mitigar la calidez seca y dura del ambiente, con un sol que cae a plomo sobre nosotros. No parece ser un buen momento para leer libros, sino más bien para meterse a una cantina, tomarse unas cervezas heladas, y esperar a que ocurra un milagro, como aconsejó alguna vez el sabio Ibargüengoitia.
Pero hay libros que tienen imán. Acción Nacional. El apetito y las responsabilidades del triunfo, de Soledad Loaeza, es uno de ellos. Publicado por El Colegio de México este mismo año, el texto es un balance y a la vez una continuación de los trabajos que esta importante investigadora del COLMEX ha desarrollado desde los años setenta en torno al conservadurismo mexicano, las clases medias, y la derecha político-partidista representada por el Partido Acción Nacional, el PAN. Continuación de El Partido Acción Nacional: la larga marcha, 1939-1994.(FCE, México, 1999), este nuevo libro de Loaeza rastrea el paso del PAN en su prolongada conversión de oposición leal y testimonial a partido en el poder. La historia comenzada en el Frontón México el 14 de septiembre de 1939 con la fundación de ese organismo político por parte de figuras como Manuel Gómez Morín y Efraín González Luna, llegó a su fin de ciclo el 1 de diciembre de 2000 con la toma de posesión como Presidente de la República de Vicente Fox Quesada. Ahí se simboliza la transformación de un partido crecido y fraguado como oposición leal en el contexto de un régimen autoritario, a un partido en el gobierno cuyo desempeño ha sido pobre, errático y contradictorio, como se señala en varios de los apartados contenidos en el libro.
Dividido en 9 capítulos, el texto recoge diversos ensayos y artículos publicados previamente por la autora a lo largo de la primera década del siglo XXI en diversas revistas especializadas en ciencias sociales de México y del extranjero. Se pueden advertir las diversas épocas del PAN, desde su formación como opción política de “derecha secularizada” como le llama Loaeza, hasta la influencia de la democracia cristiana en la modernización del partido en el período 1957-1965. Se pasa una revisión de las tensiones internas que sacudieron al PAN desde los años setenta y ochenta, y que explican el surgimiento del neopanismo, el renacimiento de la ultraderecha en el seno mismo del PAN, y las dificultades doctrinarias, ideológicas y políticas del panismo convertido en oficialismo a nivel nacional desde hace una década, pero que comenzó a escala local desde 1989, con el triunfo en la gubernatura de Baja California y en otras 6 entidades a lo largo de los años noventa, entre ellas Jalisco.
De manera lúcida, la politóloga Loaeza desmenuza la historia reciente del nuevo oficialismo, identifica sus dilemas, sus pleitos internos, y sus incapacidades heredadas o construidas desde su nueva posición en el mapa político nacional. Su persistente aversión al riesgo de gobernar, la accidentada relación de los presidentes surgidos del panismo (Fox y Calderón) con la estructura de su propia organización, las contradicciones de un discurso empresarial y gerencial con prácticas políticas ineficaces e incapaces de crear mayorías estables, junto con la configuración de un electorado de derecha en el país, hacen de la análisis del PAN en el ejercicio del poder un balance de saldos discutibles y ciertamente incómodos para una derecha político-partidista que nunca se ha asumido como tal. Un partido que luchó contra el hiper-presidencialismo del priismo, ahora lucha desesperadamente por restablecerlo, como la han mostrado Fox y el propio Calderón, pero ahora sin el contexto y las fórmulas de gobernabilidad con las que funcionaba aquel.
De las varias lecturas que pueden hacerse del texto, una posible es que constituye un examen objetivo del papel que el PAN ha jugado en el proceso de cambio político en México. Atado a taras ideológicas, arrastrando los restos de un discurso conservador, incapaz de reconocer los cambios sociales, económicos y culturales ocurridos en el país en el transcurso de los últimos años, Acción Nacional es un partido paradójico, que supo llegar al poder pero que se muestra incapaz de ejercer el poder. Crecientemente aislado de su propio electorado y de sus propios militantes, el PAN ha mostrado sus limitaciones como organización política capaz de traducir en el gobierno sus programas y propuestas. En otras palabras, el PAN es un partido de derecha que no sabe o ha renunciado a gobernar una sociedad plural, conflictiva, reacia a identificarse con el ideario y las creencias conservadoras del panismo contemporáneo.
Tal vez ahí radica la clave para descifrar los tiempos políticos del cambio mexicano. Un partido que se creó para transformar al país, para hacerse cargo de las “responsabilidades del triunfo”, como afirmó Gómez Morín hace 71 años, se ha convertido en un gobierno maniatado por una pluralidad indescifrable desde la óptica de la derecha, pero también acosado por sus propios prejuicios, fobias y contradicciones internas. Con la pequeña ayuda de una cerveza fría, leer este libro puede ser una experiencia refrescante ahora que la canícula aplasta la ciudad.

Wednesday, May 26, 2010

La rebelión de las sotanas



Estación de paso
La rebelión de las sotanas
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 27 de mayo, 2010.

Examinemos los principios religiosos que, de hecho, han prevalecido en el mundo. Es difícil no convencerse de que no son otra cosa que los sueños de unos enfermos.
David Hume, Ensayos morales y políticos, 1742.
La Iglesia Católica mexicana es capaz de encontrar causas para subrayar su importancia y superioridad moral en cualquier asunto, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. Sabe que el diablo está en los detalles y en ellos se concentra de manera obsesiva para denunciar, pontificar, acusar, descalificar. La lista es larga y no tiene desperdicio: desde hace 17 años hizo del asesinato de un cardenal una cruzada para demostrar que hubo un complot de propósitos inconfesables; hace de la guerra cristera del siglo pasado una gran causa para canonizar a sus soldados, y transformarlos con la bendición papal en mártires y santos; construye iglesias y santuarios para mostrar su poder sobre almas y cuerpos; se atribuye el monopolio de la verdad para saber cuando Dios decide la vida y cuando la muerte, y confiando en esa sabiduría de origen extraterrestre se opone a cualquier intento de interrupción de embarazos, abortos protegidos, matrimonios entre homosexuales, adopciones, manifestación de preferencias éticas, políticas o sexuales. En fin. La misma y vieja iglesia de siempre, con sus súbditos laicos de siempre, la “puta de babilonia” de las páginas del Apocalipsis, como le denominaron los albigenses a la iglesia romana desde el siglo XI.
Esta es la forma de hacer política por parte de arzobispos y cardenales. Vestidos con intimidantes sotanas púrpuras, y armados con báculos e incienso, los curas y sus monaguillos clericales y laicos ejercen presión desde los medios y entre sus fieles, incluyendo a buena parte de los políticos profesionales de todos los partidos. Intentan controlar la agenda pública, propiciar decisiones políticas, intervenir en los asuntos privados y de gobierno. El último de los casos es el precipitado anuncio que hizo la Arquidiócesis de México de un boicot de la iglesia al Censo de Población y Vivienda 2010 que está por arrancar, y que como se sabe es un ejercicio de información estadística que se realiza desde el año de 1890 para conocer el estado que guarda la población mexicana en múltiples aspectos, entre ellos el de sus creencias religiosas.
Según la nota aparecida en el diario Público- Milenio el lunes pasado (24/05/2010) el argumento de la iglesia es, digamos, de carácter técnico: se trata de la manera en que está planteada la pregunta sobre la religión a la que pertenecen los miembros que viven en una casa, y que ofrece 12 posibles variaciones sobre la respuesta “católica” en caso de que la hubiera. La iglesia plantea su diatriba con una descalificación, como es costumbre de la santa casa: “Censo tramposo”, diseñado para “manipular los números con fines perversos particulares”, dice la nota.
El acusado tono de escándalo de la clerecía nacional tiene que ver con el hecho de que el estudio de las religiones ha mostrado desde hace tiempo que la religión católica se ha fracturado en un conjunto de sub-religiones, o mini-religiones, que se orientan con creencias más y más alejadas del núcleo ortodoxo de la vieja iglesia católica, apostólica y romana que todos conocemos. Más aún: el catolicismo ha perdido el monopolio de la fe, y compite con otras creencias, religiones, iglesias y sectas que se disputan ferozmente el derecho de educar las almas perdidas, de elevar oraciones y recibir las limosnas de los feligreses. El escepticismo ha ganado adeptos, y prácticas como la unión libre, el divorcio, la homosexualidad, han ganado legitimidad entre los mortales. Si a ello se agregan los escándalos generados en el seno de la propia iglesia –el padre Maciel, por ejemplo- lo que tenemos es el espectáculo de curas haciendo política en el ámbito público, tratando de mantener en el centro mediático su presencia e imágenes, luchando contra todo intento por mostrar el deterioro de la iglesia en las prácticas cotidianas de ciudadanos cuyas creencias han cambiado de manera importante e inevitable en los últimos años. A eso los científicos le llamarían evolución o modernización, pero la evolución no es un término que agrade mucho a cardenales y curas.
En fin. Tal vez hay que recordar las palabras de Albert Einstein respecto del pensamiento religioso como “un intento de encontrar una salida allí donde no hay puerta”. Y la oligarquía católica mexicana se ha convertido en una verdadera experta en el duro oficio de buscar puertas inexistentes. Temerosa de evidenciar su descenso en las preferencias religiosas de los mexicanos, ahora se ha lanzado contra un ejercicio del Estado para dar a conocer lo que muchas otras encuestas y estudios han mostrado desde hace tiempo: el declive del catolicismo.

Wednesday, May 12, 2010

La carretera



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La carretera
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 13 de mayo 2010.

Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida
(Cormac McCarthy, La carretera)

Hace un par de semanas se estrenó en los cines de la ciudad la película “El último camino” del director australiano John Hillcoat, protagonizada por Viggo Mortensen, Charlezie Theron, Robert Duvall y el niño Kodi Smith-McPhee. La cinta está basada en la novela La carretera, del escritor norteamericano Cormac McCarthy, publicada originalmente en inglés en el año de 2006 (hay una reciente versión en español: La carretera, Random House-Mondadori/Ediciones Debolsillo, México, 2009, 210 págs.). McCarthy, como tal vez algunos recuerden, fue también el autor del libro No Country for Old Man, que inspiró la filmación de la película “Sin lugar para los débiles”, del 2008, de un amplio reconocimiento entre la crítica y el público en general.
El argumento central de “El último camino” es el miedo. Ese es el motor que activa la búsqueda por la supervivencia de un hombre y su hijo en un mundo que, literalmente, se derrumba, explota en llamas, se hunde. Con un principio y un final inciertos, el relato que sostiene la película es simple y desgarrador: la lucha diaria de un hombre por proteger a su hijo de la violencia y el canibalismo, que trasladan en unos pocos años a la civilización del siglo XXI al estado de barbarie del principio de los tiempos.
Con la música bella y lúgubre de Nick Cave –el estupendo rockero australiano, paisano y amigo de Hillcoat-, la cinta es una colección de imágenes grisáceas, que reflejan un mundo frío marcado por el humo, la niebla y las cenizas. Marcado dolorosamente por las pérdidas –en primer lugar, por la de la valiente esposa y madre de los protagonistas, representada por Theron, quien decide suicidarse antes que permanecer condenada a una vida de penurias y temores-, la vida del padre y el hijo transcurre por una ruta –una carretera- que conduce al sur, el lugar que consideran más seguro en el imparable proceso de descomposición de la naturaleza y la sociedad que conocieron en un pasado reciente. Los restos de la civilización estallan frente a sus ojos a lo largo del camino, que recorren en busca de algo de comida y protección. Lo que encuentran como paisaje inevitable es la muerte, representada por cuerpos que cuelgan del techo de casa abandonadas, cadáveres esparcidos por los otrora jardines verdísimos, cuerpos desmembrados y devorados por las hordas de caníbales que recorren ciudades y granjas.
Acosado por el miedo y el hambre, el padre intenta reconstruir en su pequeño hijo el mapa de sentimientos, valores y afectos que conoció en el pasado anterior a la catástrofe. Se aferra a la tarea de transmitir en el hijo la esperanza que las cosas pueden ser mejores si se mantiene en el bando de los buenos, los no asesinos, los no depredadores. Inculca todo el tiempo al muchacho la idea de la supervivencia, de desconfiar en los extraños (generalmente “los malos”), esperando que en algún momento pueda encontrar al grupo de los buenos. Se trata de una lucha cotidiana contra la incertidumbre y la adversidad, con el riesgo siempre presente del aniquilamiento, con la meta básica de sobrevivir sólo un día más. Demolida cualquier certeza sobre la bondad de los hombres, o sobre la infinita sabiduría de un Dios cruel y asesino, el padre descubre en su hijo al dios verdadero, el último reducto de afecto y sentido de futuro que puede sobrevivir a un tiempo de ladrones, canallas y homicidas. Como escribe McCarthy al describir una de las escenas: ”Salió a la luz gris y se quedó allí de pie y fugazmente vio la verdad absoluta del mundo. El frío y despiadado girar de la tierra intestada. El aplastante vació negro del universo. Y en alguna parte dos animales perseguidos temblando como zorros escondidos en su madriguera. Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo”. (La carretera, págs..99-100)
El último camino es la representación visual y dramática de una novela compleja, profunda e inquietante. Ya se sabe: transmitir a imágenes las representaciones que evoca una novela es una tarea difícil. Y aunque el libro, en este caso, es mejor que la película, el esfuerzo que hace el director por trasladar el argumento textual a la película resulta un decoroso ejercicio de presentación de una historia de supervivencia fraguada en un contexto maldito, hostil y asesino.

Wednesday, April 28, 2010

Día del libro: la fiesta y el drama






Estación de paso
Día mundial del libro: la fiesta y el drama
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 29 de abril de 2010.
Como ya es costumbre, el pasado 23 de abril se celebró el Día Mundial del Libro. Autoridades educativas y culturales, ciudadanos interesados y medios de comunicación se reunieron para compartir el festejo. Lecturas colectivas, regalo de ejemplares en librerías, cámaras y micrófonos en la calle, todo un espectáculo por supuesto. Sus promotores más entusiastas hablan de que gracias a esa celebración y a otros eventos (la Feria Internacional del Libro, por ejemplo), se han formado nuevos lectores, nuevos públicos, pequeñas multitudes que ya han tomado como suyo el hábito de la lectura, compartiendo autores, libros, editoriales, creando redes y clubes de lectura, votando por sus autores preferidos, felicitando a los organizadores de los festejos y los rituales de rigor. Desde la atalaya de la autocomplacencia, los organizadores de la fiesta pontifican, tiran netas, profetizan, realizan diagnósticos al vapor, pronósticos instantáneos, algunos hablan incluso de un cambio cultural profundo entre los mexicanos. El entusiasmo, ya se sabe, suele jugar malas pasadas a los entusiastas de ocasión, los marea y hace ver cosas que no existen, o decir palabras que no resisten la prueba del ácido de la realidad.
El día mundial del libro es, esencialmente, una ficción en el contexto de un mercado de compradores y vendedores entre los que quedan fatalmente atrapados los autores de las obras. Sólo una muy pequeña fracción de autores tiene la libertad y el poder para hacer contratos ventajosos con editoriales y librerías, y muchas veces ese poder tiene que ver más con buenas relaciones públicas y con conocimiento de cómo asociarse con grades firmas editoriales que con la calidad de sus obras y escritos. El problema es antiguo. Lo recordó hace unos días José Emilio Pacheco al recibir el Premio Cervantes 2009: “En la Roma de Augusto quedó establecido el mercado del libro. A cada uno de sus integrantes –proveedores de tablillas de cera, papiros, pergaminos; copistas, editores, libreros- le fue asignado un pago o un medio de obtener ganancias. El único excluido fue el autor sin el cual nada de los demás existiría. Cervantes resultó la víctima ejemplar de ese orden injusto.” Las palabras del poeta remarcan el doble rostro de la celebración libresca: la fiesta y el drama.
El fenómeno ha sido examinado desde hace tiempo. Sociólogos como Fernando Escalante en su espléndido A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública, editado en el 2007 por El Colegio de México, ha abordado con profundidad el asunto. En ese texto, Escalante plantea un argumento central: “en los últimos años se ha producido en todo el mundo una concentración extraordinaria de la industria editorial: la mayor parte del mercado global pertenece a ocho o diez empresas, integradas en grupos que también tienen periódicos, revistas, productoras de cine, discográficas, cadenas de radio y televisión. El negocio de los libros –escribe Escalante- se ha convertido en un gran negocio, incorporado a la industria del espectáculo. Y eso tiene consecuencias sobre el tipo de libros que se publican y sobre el modo en que se venden, sobre las librerías y las prácticas de lectura” (p. 9). El libro ilustra con datos y hallazgos este argumento central, para llegar a una conclusión poco entusiasta: la cultura del libro no desaparecerá, pero se ha hecho más marginal que nunca, y no bastan cruzadas culturales para evitar ese hecho duro. Factores como la baja escolaridad y el ingreso afectan de manera directa el pobre consumo de libros en México.
En un libro póstumo (Los desheredados. Cultura y consumo cultural de los estudiantes de la Universidad de Guadalajara, CUCEA-U. de G., 2009, Guadalajara), el profesor Roberto Miranda Guerrero examinó la relación entre lectura, prácticas de estudio y la asistencia a los recintos culturales de los estudiantes de licenciatura de la Universidad de Guadalajara. Tomando como muestra a los estudiantes del CUCEA, el estudio de Miranda tiene resultados inquietantes: los estudiantes universitarios leen poco, generalmente por obligación derivada de su formación académica, y casi nunca asisten a recintos culturales locales. Más de la mitad de los estudiantes no ha leído ni siquiera tres libros no curriculares en un año, los libros que leen son “para pasar las materias”, y, como señala el autor, “ocho de cada diez alumnos no han asistido a Casa Vallarta, nueve de cada diez no conoce ni la Casa Julio Cortázar ni la Casa Escorza. Más de la mitad dice no haber asistido nunca al Museo de las Artes y el 70% no conoce el ¨Paraninfo Enrique Díaz de León”, el recinto más importante y emblemático de la U. de G.
Es una paradoja monumental: hoy que se producen más libros que nunca tenemos prácticas de lectura y consumo cultural más pobres que nunca: La intención democrática de las campañas de promoción de lectura para elevar el gusto por los libros, no alteran el hecho de que la lectura es una práctica social y no un gusto personal.