Wednesday, October 14, 2009

Chismes y política: la realidad de los espejos (rotos)

Estación de paso
Chismes y política: la realidad de los espejos (rotos)
Adrián Acosta Silva
Señales de Humo, Radio U. de G., 15 de octubre, 2009.
Una de las curiosidades de la vida política mexicana contemporánea es la marcada propensión a convertirla en el centro de toda suerte de rumores, chismes y escándalos. Esa propensión no es nueva (ni ocurre sólo aquí, por lo demás), pero en los últimos años esa tendencia se ha recrudecido hasta alcanzar el centro simbólico y propagandístico de la bestia insaciable de los medios, como decía Mailer. No hay medio escrito, radiofónico, televisivo o virtual, que no contemple entre su oferta de “información” una sección, columna, una nota, reportaje o entrevista donde esos rumores y chismes se reproduzcan, se generen o se den por cierto sin más para construir a continuación el “análisis” instantáneo de la vida política local o nacional. La política suele aparecer en estos espacios como una farsa, una comedia o una tragedia, según lo dictaminen los observadores. Se trate de intrigas palaciegas, aldeanas o de cantina, los protagonistas cotidianos de la vida política aparecen como actores dispuestos a la transa, al embute, a colocarle zancadillas al otro, a colocar sus intereses personales por encima de sus funciones públicas, a estar dispuestos a lo que sea para alcanzar sus propósitos, sin importar el costo público, político o mediático de sus acciones.
Tenemos así la crónica de un escenario donde un ejército de farsantes, mentirosos, cínicos e hipócritas de diversa calaña y alcances protagonizan la sátira política de la temporada, mientras, abajo y al fondo, entre las luces mortecinas del gran teatro de la vida pública de los medios, otro ejército registra, inventa, o narra a su modo y oficio la puesta en escena del día, las actuaciones de los personajes, sus guiños y conversaciones, sus silencios, sus miradas, sus limitaciones. Ese otro ejército de reporteros, periodistas y opinadores profesionales o amateurs, interpretan lo que sienten o creen, y lo transmiten desde la óptica de sus prejuicios, sus ocurrencias o sus preferencias éticas o estéticas de carácter político, o anti-político. No existe el interés por saber la veracidad de lo que escuchan u observan, ni por verificar si lo que es apenas audible es cierto, o si las conversaciones en voz baja de los protagonistas es sólo una parte de lo que suele comentar dentro de la vida privada de ciudadanos y políticos. Eso, bien visto, no importa. Lo que es relevante es lo que dicen, creen, piensan o catalogan los intérpretes del vecindario, no los actores del espectáculo de todos los días.
Pero el asunto es un tanto más complicado, por el hecho de que la política y los políticos son el objeto de atención de medios que no pueden vivir sin la dosis diaria de escándalo y especulación que le rodea. Una práctica cotidiana es inventar historias, narrar anécdotas y vericuetos entre políticos, inducir o inventar rumores envenenados, para confirmar que el oficio de la política no es más que la suma de las personalizaciones correspondientes. Bajo el supuesto inconfesable de que la mejor política es la que no existe, y que lo que hay confirma que de la política formal y real nada bueno puede esperarse, los medios documentan paciente y fantasiosamente acusaciones, filtraciones y chismes, que entre más escandalosos parezcan, más enaltecen al chismoso de ocasión. El morbo político es el morbo de los que miran a un atropellado, tratando de mirar lo expuesto, de descifrar los daños, de observar lo que quedó a salvo, de especular cómo sucedió todo.
Gobernados por la convicción de que en política todo tiene una lógica coherente y esférica, una causa y un efecto calculados, los mirones y los chismosos del periodismo practican el viejo hábito de la especulación sin pruebas, de la invención de historias y hasta de actos de telepatía politológica, donde son capaces de saber lo que piensan los actores. Personajes y personajillos de nuestra vida política aparecen entonces como los protagonistas de novelones o novelitas de cálculo y ambición, de lágrimas, bostezos y risas, que son relatados también por personajes o personajillos de medios que desmenuzan hasta la náusea las palabras, los gestos y las poses de los observados.
La vida política se vuelve entonces en un juego de espejos rotos, en la que los políticos y funcionarios juegan un aburrido juego de cartas marcadas, que simplemente basta mirar a través de los medios para comprender el desarrollo y el desenlace del juego, y en la que los narradores se dedican a trasmitir a multitudes imaginarias sus fobias, impresiones y certezas. El narrador se vuelve un actor más de la política, pero no corre nunca con los riesgos del político y la política profesional. La imaginería y el delirio de los medios se han vuelto directamente proporcionales a la grisura, la ineficacia y la opacidad de la política profesional. La danza de sombras entre medios y política se ha convertido en el signo indomable del presentismo político.

Wednesday, September 30, 2009

1968:imágenes y representaciones

Estación de paso
1968: imágenes y representaciones
(Señales de humo, Radio U. de G., 1 de octubre de 2009.)
Adrián Acosta Silva

Hay una imagen –una fotografía tomada por Pedro Meyer- que ilustra las primeras ediciones del libro de Luis González de Alba, Los días y los años, en la cual un joven estudiante, parado en el toldo de un automóvil, habla frente a una multitud imprecisa que camina por las calles del D.F. Algunos prestan atención a sus arengas, portando pancartas que llevan palabras contra la represión, mientras que otros lo ven de reojo y algunos más no le prestan demasiada atención, entre risas y semblantes serios. Es una imagen hermosa, que simboliza muchas cosas, evoca otras, oculta algunas. La primera, la más evidente, es que se trata de un acto de libertad, en la que la voz de un joven parece representar la voz de muchos. La otra es la multitud misma: la imagen de una masa en movimiento, atenta y dispersa, habitada por jóvenes inconformes, protestando contra actos de la autoridad.
Esa imagen representa, insisto, muchas cosas del 68 y sus desprendimientos sociopolíticos y culturales. Simboliza el espíritu de libertad, de rebelión, de comunidad. Se trata también del ejercicio abierto de un derecho constitucional, el de expresión y manifestación de las ideas, un derecho que había sido prácticamente eliminado en los años largos del autoritarismo posrevolucionario mexicano. Pero la fotografía congela un momento, un contexto y una idea: es una rebelión anti-autoritaria, en contra de un estado de cosas asfixiante y represor, frente al cual había que oponer resistencia y enarbolar palabras como democracia, libertad y justicia. Y hacerlo además de manera festiva, sonriendo, ejercitando el humor y el carácter desafiante de la risa, esa muestra de irreverencia asociada al diablo y que tanto molesta a las mentalidades autoritarias y religiosas, como señala Milan Kundera en El libro de la risa y el olvido.
Las imágenes y las palabras continúan alimentando de forma poderosa el significado, o los significados, del movimiento estudiantil de 1968. De ahí abrevan las interpretaciones liberales, revolucionarias y hasta conservadoras del cambio político mexicano. Entre las elites políticas e intelectuales de hoy, persiste cierto debate en torno a lo que el 68 representa en términos sociológicos, históricos, políticos o culturales. En el santoral laico edificado desde hace más de 4 décadas, el 2 de octubre es una fecha relevante, una marca, un punto en la historia moderna del país que se manifiesta cada año en una enorme cantidad de artículos, reseñas, memorias, fotografías, documentales, películas, entrevistas a los protagonistas, mesas redondas. Se organizan marchas y mítines, se prenden veladoras por los muertos, se guardan minutos de silencio. Creencias y mitos, hechos e interpretaciones, representaciones simbólicas, nutren generosamente el imaginario y las prácticas políticas que se reconocen en el espejo del 68.
Pero hay también el lado oscuro de los saldos del movimiento. Es el relacionado con las prácticas violentas y los nuevos autoritarismos que se alimentan con nostalgias generalmente inconfesables de un pasado que nunca existió, como canta Sabina. Es la historia de la guerrilla urbana, del radicalismo depredador y la hiperpolitización salvaje que aún se desarrolla dentro y fuera de las universidades públicas. Es la moralina conservadora que exhuman gobiernos panistas, priistas y perredistas en diversas ciudades, que aspiran a un orden dominado por la disciplina y las tradiciones, con su correspondiente carga de exclusión, intolerancia y autoritarismo. Es el asambleísmo que domina aún las prácticas políticas en muchas organizaciones estudiantiles, sindicales y políticas, que apelan al espíritu del 68 para legitimar un discurso envejecido y antidemocrático.
En fin. El 68, sus palabras, sus imágenes, sus interpretaciones y prácticas, sus actores, sus nostalgias, sus logros y sus déficits, nos han acompañado en los últimos cuarenta y un años. Hoy se puede apreciar con mejor perspectiva la magnitud de sus impactos, la densidad de su complejidad sociopolítica y cultural, sus aportes a lo que hoy tenemos en nuestra vida pública. Entre los claroscuros, sin embargo, yo me quedo con sus luces: las que apuntan hacia la democracia y hacia la libertad, las que representan el ejercicio de los derechos cívicos, y las que fortalecen las prácticas ciudadanas. Prefiero seguir creyendo en la imagen del joven estudiante parado en el toldo de un automóvil, dirigiéndose a una multitud expectante y en movimiento, mientras en el fondo suena, como soundtrack de la época, la guitarra de Eric Clapton con Jack Bruce y Ginger Baker con Cream, la voz de Lennon en “Hapiness is a Warm Gun”, o las atmósferas alucinantes de Jim Morrison y los Doors en “The End”, mientras que al otro lado de la calle se escucha con fuerza “Mi gran noche” con Raphael, o “Hazme una señal”, de Roberto Jordán. Esa es la postal que puede caracterizar al 68, y que ilumina un movimiento sin el cual el país no sería lo que es hoy: una democracia de baja intensidad y escasa productividad pero democracia al fin; una vida pública plural pero capturada por zonas de intolerancia de izquierdas y derechas de diverso origen y motivaciones; una vida política que se debate entre el aislamiento de los partidos políticos y el activismo de algunos particulares. A cuarenta y un años, 1968 es un recuerdo pero también, por lo menos en parte, un proyecto inconcluso: el de un país más democrático, justo y libre.

Monday, September 21, 2009

Violencia, prudencia y espectáculo

Estación de paso
Violencia, prudencia y espectáculo
Adrián Acosta Silva
(Señales de Humo, Radio U. de G., 17 de septiembre, 2009)
Ciudad Juárez es desde hace tiempo un lugar demonizado (juzgado y condenado) por los medios nacionales e internacionales. Por las muertas de Juárez, o por las narco-ejecuciones de hoy, la ciudad es percibida como la “más violenta del mundo” dicen los diarios, o como el sitio en el cual no existe ni ley, ni orden, ni seguridad. Para algunos de sus habitantes, esa imagen es exagerada, incorrecta o incompleta, mientras que para otros es, por el contrario, mucho peor. Pero el hecho es que la gente sale todos los días a trabajar, va a la escuela, aprende a lidiar con el riesgo, y hasta organiza carnes asadas con cerveza los sábados y los domingos en sus casas o en el parque de El Chamizal, a unos metros de la frontera con El Paso.
¿Qué explica imágenes y prácticas tan contrastantes? Eso es un terreno de polémica y de apreciaciones, pero, bien visto, es un fenómeno que ha ocurrido antes y ahora, en otros lugares. Simplemente, hay que recordar cómo era vista por los medios la misma Guadalajara en los años setenta (con la guerra entre la FEG y la FER, o los bombazos de la Liga 23 de septiembre), como una ciudad comparable a Beirut, en Líbano, en plena guerra civil. Las apariencias y las creencias, por supuesto, siempre engañan.
Las cifras del miedo que proporcionan los medios de comunicación todos los días han colocado el tema de la violencia y el crimen como las señas de identidad de una sociedad en proceso de descomposición. Si uno hace caso a lo que dicen la prensa o la televisión, la situación de Juárez, Tijuana o Culiacán, hacen palidecer lo que ocurre en Irak o en Afganistán con la ocupación estadounidense. Eso ocurre si se mira el espejo que nos muestra a todo color y todos los días la república de los medios. Pero es un tipo de violencia específica, la criminal, la que ocupa el centro de la atención de medios, políticos y analistas, que la interpretan de muy distintos modos: como efecto de la pobreza y la desigualdad, de la inseguridad pública, de la mala educación, de la falta de valores, o, en el extremo de la desesperación espiritual, de la ausencia de la fe en Dios, o de Dios mismo, como aseguran con certeza inconmovible nuestros pastores laicos y religiosos.
La violencia que registramos es en efecto un fenómeno complejo que responde a diversas causas y que puede ser leído desde muy distintas posiciones teóricas o ideológicas. ¿Qué es lo que inhibe o minimiza la violencia criminal? Algunos dirán que una buena educación, otros que más policías y penas más duras, otros, como el Presidente Calderón, que toda la fuerza del Estado, con el ejército al frente y a los costados. Sin embargo, el tamaño y la densidad del fenómeno pueden ayudar a descifrar la complejidad del asunto, pero también a calibrar el tamaño y precisión del esfuerzo público para afrontar el problema.
El sociólogo Fernando Escalante muestra, en el número de septiembre de la revista Nexos (www.nexos.com.mx) que en realidad tenemos menos violencia hoy que en 1990. Con cifras y datos, muestra como la dura realidad de los números ilustra una violencia que no es la que nos muestran los medios. Tenemos más bien una re-localización de la violencia homicida que ha pasado del medio rural al urbano, y del sur hacia el centro y sobre todo el norte del país. En otras palabras, según Escalante, tenemos una nueva geografía de la violencia, pero también una reducción de sus indicadores e índices en muchas zonas, y el incremento relativo en algunas ciudades y regiones.
En estas circunstancias, la “cultura del miedo” –lo que eso signifique- parece haberse anidado en la república de los medios, más que en la cultura de los ciudadanos de la calle. Y eso no significa que las ejecuciones y los muertos, los secuestrados, los decapitados y desmembrados o quemados, no sean cosa de todos los días, que sean fruto de una pura invención mediática. No es eso. Lo importante es como esos datos no se reflejan en las prácticas de los ciudadanos de todos los días. Para decirlo de otro modo, si el miedo que transmiten los medios fueran de la magnitud cotidiana de sus imágenes sangrientas, Juárez y el país estarían paralizados por el miedo, y no escuchando música y organizando carnes asadas cada fin de semana. Eso muestra que las percepciones y representaciones del espectáculo de la violencia enfrentan, día a día, el filtro de la prudencia y escepticismo de los ciudadanos. Frente a la imagen de anarquía y desorden que pintan los medios, se imponen las rutinas, estabilizadoras y silenciosas, de la vida cotidiana.

Wednesday, September 02, 2009

Educación, ciencia y cultura: los vínculos extraviados

ESTACIÓN DE PASO
Educación, ciencia y cultura: los vínculos extraviados
Adrián Acosta Silva
(Señales de Humo, 3 de septiembre, 2009).

Instalados en la coyuntura del tercer informe presidencial, bajo el clima de aires encontrados entre el voluntarioso optimismo calderonista y el consolidado escepticismo público, el tema educativo reaparece como el telón de fondo de buena parte de nuestros grandes y graves problemas nacionales. Situados frente al drama de nuestra catástrofe educativa, en la cual reprueban niños, jóvenes y profesores, y en donde al lado de las lamentables condiciones de desempeño del sistema público de educación han florecido como hongos en tiempo de lluvias una multiplicidad de escuelas particulares de educación básica y superior en las poblaciones urbanas del país, la impresión de que estamos atrapados por la bestias negras de la incredulidad se recrudece frente al tamaño de los desafíos que enfrentamos desde hace tiempo.
Hoy, más de 32 millones de estudiantes están en alguna escuela del sistema educativo, en el cual laboran cerca de un millón y medio de profesores, que interactúan en 200 mil escuelas de todos los niveles educativos. Aunque hay zonas y territorios alimentados por prácticas educativas exitosas, en términos de sistema tenemos desde hace décadas un deterioro paulatino e irreversible del clima escolar y de las aportaciones y vínculos de la educación con el mundo social, cultural y productivo. A pesar de que se han emprendido diversas acciones e inyectado recursos cuantiosos al mejoramiento del sistema, ni la calidad ni la eficiencia ni el impacto de la educación han podido reflejarse positivamente en el bienestar, ni el progreso tecno-científico ni económico de la población mexicana.
No hay una explicación simple de lo que nos ha ocurrido, ni tampoco existen recetas milagrosas que permitan encontrar soluciones mágicas a nuestros problemas. Eso es ya parte de la sabiduría convencional de nuestro tiempo, aunque nunca faltan quienes afirman tener a la mano el aceite de serpiente que nos curará de todos nuestros males públicos y hasta privados. Sin embargo, sospecho que hay una relación fundamental que parece estar ausente en el análisis de lo que está ocurriendo en la educación mexicana: la relación entre educación, ciencia y cultura. Trataré de argumentar un poco esa intuición.
Uno de los motores que movilizaron durante décadas a la educación fue el de relacionarla con la cultura y con la ciencia. Eso lo sabía muy bien José Vasconcelos y la élite científica y política que le acompañó en el proyecto de construcción de la escuela pública mexicana. El Estado educador tuvo como eje el ligar la escolarización con la formación científica y cultural. Algo pasó desde los años setenta del siglo pasado que esa relación se desvaneció a la par del agotamiento de la escuela pública, la emergencia de un poder sindical depredador de los recursos, y la colonización de la educación por parte de intereses políticos, públicos y privados. Las crisis económicas experimentadas con crueldad cíclica desde los años setenta, han profundizado las rupturas y los abismos que separan a la educación con el pensamiento científico y la difusión y creación cultural. El resultado es lo que tenemos al frente y a los costados: una educación de mala calidad (pública o privada, no hay grandes diferencias), una ciencia aislada de la educación, poco desarrollada y mal atendida por el estado y por el mercado, y una cultura alimentada indistintamente por la charlatanería de ocasión, las modas internacionales, o por un cosmopolitismo ramplón disfrazado de innovación y creatividad.
Los descubrimientos científicos clásicos, la transmisión del saber, la buena literatura, son considerados como relativos en el espíritu de la época que acompaña los vínculos rotos a que me refiero. En nombre de la innovación y la creatividad, de la racionalización y de la rendición de cuentas, de la calidad, de la evaluación y sus derivados, la educación, la ciencia y la cultura se han aislado y han profundizado sus separaciones, y la simulación, el novedismo y hasta la metafísica han sustituido al gran proyecto educativo y cultural que pretendía la formación de ciudadanos abiertos al conocimiento, a la cultura y a la ciencia clásica y moderna. El canon científico-cívico-educativo ha sido sustituido por el canon de la impostura y la ignorancia franca. La política y la economía, la vida cultural y social, las escuelas públicas y privadas, son campos donde han cultivado y florecido figuras que representan muy bien el deterioro brutal del sentido institucional y social de la educación mexicana. Del expresidente Fox al millonario Vergara, de nuestro inagotable Gobernador a las torpezas y tropelías de la Maestra, del niño Verde a Juanito (ese grotesco personaje de la República de Iztapalapa), nuestra vida pública cosecha los frutos de temporada que el quiebre de los vínculos entre educación, ciencia y cultura ha producido en estas tierras tropicales.

Wednesday, August 19, 2009

Woodstock

Estación de paso
Woodstock
Adrián Acosta Silva
La obsesión por las celebraciones es una manía moderna, uno de los rasgos constitutivos de nuestras prácticas políticas y culturales. Celebramos cosas de muy diverso calibre: cumpleaños, días de la madre, refundaciones institucionales, aniversarios de bodas, centenarios, bicentenarios. Y se suele olvidar que no se celebra el pasado remoto o el reciente, sino el presente inescapable; la ilusión de que algún acontecimiento del pasado le dé algún sentido y significado a la dictadura del presente. Por supuesto, celebrar es una decisión nutrida por muy diferentes causas: personales, políticas o mercantiles, depende del sapo y la pedrada, del evento y sus significaciones, pero en todos los casos celebrar es una fantasía organizada para dotar de cierta trascendencia moral, política o histórica a un evento del pasado.
Woodstock, por supuesto, no escapa a estos rituales y manías celebratorias. 40 años después de aquel verano del 69, los medios han recordado en diversos tonos el Festival de Arte y Música realizado durante tres días (del 16 al 18 de agosto), en una granja del estado de Nueva York, y en el que participaron 22 cantantes y grupos que protagonizaron el espectáculo frente a un hormiguero de cientos de miles de asistentes. A tono con el hecho, se acaba de poner en circulación una edición de lujo conmemorativa del festival, a partir del célebre documental de Michael Wadleigh de 1970, que contiene escenas inéditas y buena parte de la parafernalia hippie de los años sesenta que en Woodstock encontró su canonización definitiva.
En esta edición, una colección interesante de fotografías registran el acto y a los actores. Un individuo estrafalario que camina entre la multitud vestido como una especie de arlequín hippie; otra que muestra hombres y mujeres jóvenes bañándose desnudos en el río, en actitud desprejuiciada y de felicidad; niños jugando entre el lodo y la hierba, frente a un camión multicolor habitado por sus padres; Jerry García ofreciendo un cigarro de mota al fotógrafo. Son imágenes muy conocidas, desde luego. Sin embargo, hay un par de fotografías que me atraen de manera particular. Una es la de un grupo de jóvenes acostados encima de un auto de la policía; la otra es la de un helicóptero de la guardia nacional recogiendo a un joven que llevan en camilla. Son las postales que revelan algo implícito en el orden del caos que significó Woodstock: las fuerzas del orden apoyando la fantasía organizada. En medio de las drogas, el amor y la música, del lodazal y de la alucinación psicodélica, de la basura y del humo, policías y militares apoyando el evento, resolviendo problemas, trasladando enfermos, o sirviendo de descanso a jóvenes cansados y probablemente hambrientos. Mis simpatías están con Canned Heat y la Joplin y Hendrix, y con Joe Cocker y su camisa teñida con ligas y anilina de colores, con los jóvenes participantes de torsos desnudos y senos al aire, pero también con los policías y militares, personajes incómodos de cualquier fantasía libertaria.
¿Qué significa la Nación de Woodstock, hoy? Apunto cinco temas:
1. El fin de la utopía comunitaria hippie y el comienzo de la industrialización y comercialización del rock. El sueño contracultural de aquellos baby boomers se convirtió en la cultura hiperconsumista de hoy.
2. La confirmación de que para muchos las drogas -como para otros el alcohol- son instrumentos esenciales para convivir más o menos civilizadamente en una sociedad conflictiva. Ya lo dijo el sabio: la realidad es una alucinación provocada por la falta de alcohol (o de drogas, añadiría yo).
3. La legitimación de una moralidad centrada en la libertad y la paz, que con el tiempo se convirtió en una de las fuentes de creación política y cultural más potentes del final del siglo XX.
4. El reconocimiento de que una fantasía colectiva no puede durar demasiado tiempo sin convivir con los demonios de la política. En otras palabras: una experiencia comunitaria del tamaño de Woodstock se prendió y consumió en el acto, sin una agenda intelectual y política de largo alcance. El fenómeno de “combustión instantánea” del concierto, mostró la fuerza que había alcanzado el hippismo de los años sesenta, pero también sus límites e imposibilidades. Eso es justo lo que llevaría poco después a afirmar a John Lennon aquello de que el sueño había terminado.
5. El rasgo esencial del Festival no fue su politización o despolitización, sino su carácter fugaz y traicionero. Woodstock fue ante todo un estado de ánimo, no un proyecto sociocultural ni político.
En México, Woodstock fue percibido como un acontecimiento lejano y distinto. Años después, en 1971, tendríamos nuestra propia versión criolla: Avándaro. Hoy, la nación de Woodstock representa la fantasía que se convirtió en liturgia, el fuego rebelde que se consumió en tres días y de cuyas cenizas se forjaron nostalgias falsas y mitos verdaderos.

Tuesday, July 21, 2009

La naturaleza de la bestia

Estación de paso
La naturaleza de la bestia
Adrián Acosta Silva
(Señales de Humo, Radio U. de G., 23 de julio, 2009.)
En una memorable escena de “Los secretos del poder” (el thriller policiaco-político-periodístico dirigido por Kevin MacDonald, estrenado hace apenas unos meses), el personaje interpretado por Russell Crow, un periodista, conversa con su amigo, el congresista interpretado por Ben Affleck, en torno a sus aspiraciones políticas futuras. El congresista afirma, con la claridad y aplomo del político profesional: buscar un puesto más alto, en el cual desarrollar sus proyectos políticos. El periodista le comenta: “Claro. Es la naturaleza de la bestia: un puesto público”.
La escena sirve para iluminar un poco la naturaleza de un oficio viejo: la política. No es quizá el más antiguo del mundo pero sí uno de los más controvertidos, complicados y, en cierto modo, exigentes. Y la política requiere por lo menos de un par de condiciones importantes: visibilidad y carácter. La primera implica coleccionar puestos públicos, estar en la jugada política, construir cierta imagen de confianza y credibilidad, participar en las decisiones, intervenir en los conflictos y negociaciones, proponer acuerdos y compromisos. El carácter implica otras cosas: aprender a correr riesgos, soportar críticas, convivir con la posibilidad del fracaso o la traición, saber construir amistades pero también adversarios, lidiar con comportamientos hipócritas, cálculos egoístas, tener la capacidad personal para proponer proyectos y suscitar simpatías, consensos, a veces unanimidades. La política por supuesto tiene su lado obscuro, ese que Weber o Maquiavelo asociaban cada uno a su modo con la disposición de recibir el beso del diablo, de ofrendar el alma a los demonios de la incertidumbre, de los acuerdos inconfesables para conseguir trofeos y puestos. Es la doble naturaleza del político y de la política, la de generar expectativas y proyectos, pero también la capacidad de endurecer la piel frente a las críticas, las amenazas y las pérdidas.
El oficio tiene por supuesto sus rituales, sus reglas y sus modos. Pero es el contexto el que determina en alto grado el perfil del político, sus posibles trayectorias, sus riesgos y recompensas. Y en México el entorno ha propiciado la aparición de políticos con diversas capacidades y virtudes. También explica los comportamientos canallescos de los políticos y de los partidos, sus extravíos y sus corruptelas, la degradación de la política, el desencanto y el malestar de muchos ciudadanos. De manera paralela, en la etapa post-priista que se inició con el gobierno foxista, el clima intelectual de la época se ha empobrecido de manera asombrosa y al parecer inevitable, un clima en el cual el reclamo a la clase política y a la partidocracia se confunde con los arranques santificadores de la ciudadanía y la sociedad civil. El resultado es la era de la confusión, en la que las élites políticas y las élites cívicas o empresariales hablan un lenguaje altisonante, basado en la demonización de la política y la beatificación de la vida civil, del discurso del pueblo bueno y noble o de los ciudadanos responsables y participativos. Nada nuevo ni reciente –ni exclusivo de nuestro país, por lo demás- pero que sorprende por su persistencia en un contexto donde desde hace rato todo lo sólido se disuelve en el aire, como señalaran Marx y Engels hace ya muchos años.
Sospecho que esta confusión, sin embargo, es una confusión que ocurre entre las elites representativas y de privilegio que promueven los reclamos, los debates y las propuestas. Es un discurso estridente lleno de denuncias, remordimientos y culpas, de arrepentimientos y promesas. Como vimos recientemente, los políticos de la derecha panista gustan mucho de ofrecer disculpas y pedir perdón, los políticos priistas se inclinan por sus promesas de que no lo volverán a hacer, mientras que desde la izquierda perredista, petista y lopezobradorista se apuesta a la purificación y al salvamento nacional. Las elites de privilegio, conformadas por una mezcla extraña de organizaciones y liderazgos empresariales, académicos o intelectuales, personajes y personajillos de la clase media y alta de las ciudades y pueblos, expresan en distintos tonos y modos la necesidad de conversión de la política depredadora de recursos y valores hacia la política de la virtud y la corrección, del buen gobierno y de la moral pública.
En estas circunstancias, suele olvidarse la naturaleza de la bestia de la que hablábamos al principio. Una naturaleza que puede ser vista como una maldición o como un signo del carácter indomable de la razón o el instinto político. Una naturaleza, además, que explica la imposibilidad de que los ángeles sean capaces de gobernar en esta tierra convulsiva, y que ayuda a reconocer con realismo los límites y posibilidades de la acción política, de la política y de los políticos. Sumidos desde hace tiempo en las aguas profundas del escepticismo, ese reconocimiento es quizá la única forma de recuperar la importancia de la política en los tiempos postelectorales.

Monday, July 06, 2009

En presencia del señor

Estación de paso
En presencia del Señor
Adrián Acosta Silva
(Texto preparado para el programa Señales de Humo, de Radio U. de G., 9 de julio de 2009)

El sentido del humor de Jorge Luis Borges era legendario, a veces particularmente agudo, filoso, demoledor. En alguna ocasión- relata Roberto Alifano en El humor de Borges- le preguntaba un reportero al célebre escritor de El Aleph, que había de cierto en torno a su marcado y público agnosticismo, a lo que el gran escritor argentino respondió: “He cambiado muy poco. De hecho, soy tan escéptico que hasta comienzo a creer en Dios”.
Algo así puede ocurrir a quienes en algún momento dudaron de la inspiración casi religiosa del Dios de Todas las Guitarras, Eric Clapton. Si en los años sesenta aparecieron decenas de extraños graffitis por toda Londres afirmando aquello de que Clapton is God, al finalizar la primera década del siglo 21 de nuestra era, una grabación nos revela contundentemente que Dios no existe y Clapton es su profeta. Una señal irrebatible circula ya en México: el disco en vivo que Clapton y Steve Winwood -el ex integrante de grupos como Spencer Davies Group, Traffic, y efímero compañero de Clapton en Blind Faith- grabaron en ocasión de una serie de conciertos apenas el año pasado en el Madison Square Garden de Nueva York. El DVD correspondiente no tiene desperdicio: las imágenes, las entrevistas, los sonidos, el espíritu lúdico y la fiesta acompañan el ritual de dos músicos legendarios del rock contemporáneo.
El par de sesentones reflexivos que hoy son, revivieron fugazmente a los jóvenes impulsivos que fueron en los años sesenta, en un ejercicio de resurrección del espíritu de la época que alimentó con ferocidad la era dorada del rock. La potencia de la rola que abre el concierto (Had to Cry Today, de la época de Blind Faith) se combina con el blues de una clásico (Rambling on my Mind, de Robert Johnson), mientras que la guitarra mágica de Clapton suena mejor que nunca en After Midnight, de J.J Cale. Para exorcizar cualquier intento de nostalgia, basta escuchar Double Trouble o Presence of the Lord para constatar que el rock aún vive, y pasa sus días entre Nueva York, Londres o Guadalajara; que no es una rémora ni un testamento, sino un acto de demostración de las propiedades curativas y festivas de la música clásica de la segunda mitad del siglo pasado. Voodoo Chile, aquel viejo himno de otro santo del panteón rockero, Jimi Hendrix, es el pretexto perfecto para mostrar como la reinterpretación de los apóstoles es también un acto de creación divina.
Para quienes reconocemos en el rock una buena parte de nuestra educación sentimental, escuchar los dos discos del álbum supone -acaso instintivamente- realizar un acto sagrado: hincarse y pedir perdón por los pecados. Ya se sabe, el perdón, el arrepentimiento y las culpas gobiernan de manera frecuente los sentimientos individuales y colectivos. Pero para los infieles que nunca faltan, quizá sea mejor y más adecuado sentarse cómodamente, escuchar o ver los discos con una cerveza fría al lado, y dejar que la guitarra y las voces de los profetas Winwood y Clapton se adueñen un rato de nuestras sinrazones, de nuestras emociones y reflexiones. Ahora que ya no hay tiempo para (casi) nada, en que los sonidos de la época están marcados por la prisa y la desesperación (¿quién puede pensar, por ejemplo, con el ruido que impone escuchar “Como perro atropellado” de la Arrolladora Banda El Limón sonando a todo volumen en el automóvil que pasa a un lado?), un acto de rebelión como es el dedicarse exclusivamente a escuchar un buen disco, supone también la realización de un pequeño acto civilizatorio. Con suerte, en ese momento el viejo escepticismo de los agnósticos ceda el lugar a la nueva ironía de los creyentes, justo como le ocurrió a Borges.