Wednesday, September 12, 2012

Nacionalismos

Estación de paso
Nacionalismos
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 13 de septiembre, 2012.

Es un lugar común, o una certeza incómoda, o una nostalgia falsa, afirmar que el nacionalismo mexicano ya no es lo que era. Desde hace décadas, la fuerza intelectual, política y hasta cultural del nacionalismo se ha venido evaporando sin prisas pero sin pausas. Entre los procesos de reestructuración económica y la transición política, y con la persistencia de la desigualdad bárbara como eje de la sociedad mexicana del siglo XXI, el nacionalismo que conocíamos, o imaginábamos, fue mutando de apariencia, de rostro y de perfiles. Hoy, aquel nacionalismo que se enarboló con la Revolución Mexicana como su ideología y como programa político y popular, ha cedido el paso a un conjunto de expresiones simbólicas que, en nombre de la globalización, de la apertura a los mercados, de la ciudadanización, y el cosmopolitismo, ha terminado por convertirse en un paisaje de fuegos artificiales y sonoridades mariacheras, suertes charras y patriotismos mediáticos.
La celebración del bicentenario de hace dos años dejó en evidencia que ni el gobierno ni las oposiciones políticas ni las fuerzas vivas de la sociedad civil tuvieron nunca claro que debía celebrarse. La Estela de Luz, esa gigantesca, cara y fea obra inaugurada dos años después de que debía hacerse, simboliza muy bien el sentimiento de extravío y pérdida que caracteriza la demolición del viejo edificio del nacionalismo mexicano, ese artefacto que durante mucho tiempo imprimió cierto sentido, algún orden a la geografía de los sentimientos mexicanos. Hoy, sólo queda la colección de clichés y estereotipos de una proto-ideología capturada por los códigos de la estética del marketing, mezclados con una imaginería popular que conserva los rasgos de un nacionalismo ambigüo y contradictorio.
Cultivado pacientemente como un sentimiento que dio sentido de pertenencia, cohesión e identidad a un país que venía fracturado por un siglo de inestabilidad y de pérdidas (el largo siglo XIX), y luego de dos décadas de guerra y violencia civil (1910-1930), el nacionalismo surgió como un artefacto simbólico potente para construir la comunidad imaginada que se esconde detrás y a los lados de todos los nacionalismos del mundo. Vasconcelos fue, como se sabe, quien suministró la base de esa idea transformadora y legitimadora del nuevo orden institucional, con la creación de la SEP y la alucinante pero efectiva noción de la raza cósmica. El PNR, el PRM y finalmente el PRI, el muralismo mexicano, los libros de texto gratuitos, y posteriormente el cine, la radio y la televisión, se encargarían de construir los cimientos de la idea de que México era un país con un pasado luminoso, un presente optimista, y un futuro asegurado, próspero y orgulloso.
Alimentada por dosis variables de xenofobia y malinchismo, la paradoja nacionalista se fortalecía con los fantasmas de amenazas extranjeras, portadoras de ideologías exóticas, y de un constante temor a lo extraño. El yo nacionalista se simbolizó con las figuras de los héroes revolucionarios e independentistas, la historia de bronce, la patria en forma de madre generosa, la música ranchera y, años después, con el tequila, la gastronomía y hasta las artes, simbolizadas hasta el cansancio por el Huapango de Moncayo, la figura de Lucha Reyes, la pintura de Diego Rivera, o las películas y canciones de Pedro Infante.
El Estado mexicano y el régimen nacional-popular generaron y aceitaron con puntualidad sexenal los mecanismos para fortalecer un nacionalismo excluyente, autoritario y reacio a la comparación con otros sistemas políticos y otras culturas. La expansión de lo público –desde la educación hasta la economía y la creación cultural-, significó también el enraizamiento de un nacionalismo estatista, a la vez que un proyecto popular. La cuestión nacional se convirtió en un objeto de debate y deliberación política, un tema de adhesiones y de críticas intelectuales o académicas, un referente para examinar sus relaciones con la economía, la política y la cultura mexicanas.
Hoy, para mal o para bien, queda poco de ese viejo nacionalismo tricolor y sonoro. El viejo Estado nacionalista –nunca demasiado fuerte ni tampoco tan nacional ni coherente como a veces se piensa- cedió el paso a una estatalidad débil, contradictoria y confusa, que lo mismo repite los rituales y las fiestas de siempre, que celebra un extraño y vago cosmopolitismo comercial, económico y cultural. En medio de esa debilidad y confusión, el viejo nacionalismo se ha trastocado en los nacionalismos tribales o clasistas que encontramos todos los días en los diversos territorios y regiones del país, cuyos sonidos e imágenes –ruidosas, tumultuosas, caóticas- sólo confirman que la nuestra es, entre otras cosas, la era del post-nacionalismo.


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