Thursday, October 11, 2012

Aguas profundas

Estación de paso
Aguas profundas
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 11 de octubre de 2012.

La vida pública mexicana puede ser vista como una mezcla de aguas someras y profundas. Las primeras, como se sabe, son las aguas superficiales, las que se pueden ver a simple vista, aunque su tranquilidad o agitación puedan ser engañosas. Las segundas requieren de un ejercicio comprensivo y visual mayor, y su conocimiento implica de aparatos interpretativos más complicados, que suelen romper con el sentido común. Pero la metáfora no da para más. La sociedad no es un lago o un mar, ni los problemas públicos forman parte de líquido alguno, de corrientes marinas o cosas por el estilo. Sin embargo, la imagen puede ayudar a comprender el perfil de nuestros males públicos y malestares privados.
Veamos, por ejemplo, lo que ocurre con los gobiernos municipales. Desde hace tiempo, es nota de primera plana el escándalo por los manejos presupuestarios que hacen los municipios, grandes y pequeños, cuyo endeudamiento o corrupción es motivo de indignación moral para muchos analistas, ciudadanos o gobernantes. Hay también indignación editorial o periodística cotidiana por lo que hacen los titulares de los poderes ejecutivos, nuestros diputados, o los funcionarios del poder judicial, pero vale la pena concentrar la atención en lo que ocurre en la esfera municipal, que suele ser, según se cree, el nivel de gobierno más cercado a los ciudadanos. La imagen que se suele presentar de los gobiernos municipales es que son dispendiosos, desordenados, y corruptos. Muchos medios presentan a los espacios municipales como botín de políticos y funcionarios sin escrúpulos, que negocian derechos y obligaciones todos los días. El fracaso del imperio de la ley suele atribuirse al fracaso de la organización municipal, de los partidos políticos y del funcionariado público.
Esas son aguas someras de nuestra vida pública. Pero si se mira con algún detenimiento y más al fondo, se observará, primero, que la enorme desigualdad de recursos, tamaños, poblaciones y capacidades de los gobiernos municipales en México o en Jalisco, es una característica que inmediatamente hace necesaria la diferenciación entre los 2,445 municipios del país, de los cuales un 10 por ciento, aproximadamente, serían más o menos organizados y con ciertos recursos públicos. No es lo mismo el municipio de Zapopan o Guadalajara que, por ejemplo, el de Guachinango o el de Jilotlán de los Dolores. Las diferencias de salarios entre funcionarios, regidores, presidentes municipales o el salario y preparación de los policías, son abismales entre esos municipios. Además, la experiencia acumulada en la gestión de los recursos, el tamaño de su burocracia, o los límites normativos o prácticos a la acción de los funcionarios, son igualmente contrastantes.
Esas diferencias no son morales o éticas, sino estructurales. Sólo la fe hace posible observar a los municipios como un solo animal, con los mismos rasgos, padecimientos y problemas. Se suele olvidar que los problemas de miles de municipios mexicanos tienen más que ver con la escasez que con la abundancia, en donde los problemas de financiamiento público se asocian también a un perfil de funcionarios y rutinas gubernamentales donde no se lleva un registro ni del predial ni de las escuelas instaladas en el territorio de los municipios, y en donde en cada elección, así gane el mismo partido político, existe una elevadísima rotación del funcionariado municipal, lo que hace que cada tres años la piedra de Sísifo de la administración local vuelva a rodar hacia la base de la montaña.
La cuestión municipal es sólo un ejemplo más o menos cotidiano de cómo la superficie de la cosa pública esconde su verdadera magnitud y profundidad. Atribuir a la voluntad, a la moral política o a la ética cívica la solución de los muchos problemas municipales, significa echar en el cajón de sastre que suele ser la cultura política las explicaciones de los añejos problemas estructurales del municipio mexicano, donde el financiamiento errático y escaso, un funcionariado amateur y no profesional, y prácticas de ensayo y error en la gestión y administración de los recursos financieros, suelen habitar algunas zonas de las aguas profundas de la vida pública municipal.

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