Wednesday, November 07, 2012

Fin de ciclo


Estación de paso
Fin de ciclo
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 8 de noviembre de 2012.
Como lo ha estado anunciando repetidamente desde hace unos meses, el Presidente Calderón y lo que él representa termina su ciclo en el gobierno de la República. Luego de seis años largos, el calderonismo cede su lugar al naciente y aún difuso “peñismo” priista, mediante los rituales, usos y costumbres de la alternancia en el poder que se han asentado como monedas de uso común en los últimos tres sexenios en nuestro país. Con el calderonismo se van también doce años del panismo –para muchos, la docena trágica-, con un balance todavía impreciso, pero con la certeza de que el PAN es un partido que no entendió nunca cual era su papel en el escenario principal de la cosa pública, y que tampoco pudo construir el “buen gobierno” al que aspiraba desde su fundación en 1939, al que siempre colocó como el leit motiv de su tarea en la oposición leal y, luego, como actor protagónico del nuevo oficialismo político.
Los años del calderonismo y del panismo serán conocidos muy probablemente como los años de la confusión, la incapacidad y el voluntarismo. En términos económicos, los panistas en el poder se subieron sin mayores cuestionamientos al cabús del envejecido tren de las políticas económicas neoliberales construidas por los tres presidentes del priismo que les antecedieron (De la Madrid-Salinas- Zedillo), y se montaron sobre las olas del discurso trendie de la globalización, la apertura comercial, y la desregulación económica. Desde el foxismo, aplaudieron frenéticamente las reformas de mercado de sus antecesores, y se convirtieron en los más férreos defensores de los mercados abiertos, la libre inversión y el enaltecimiento de la economía global. Sin embargo, el estancamiento económico prolongado, el incremento espectacular de la precariedad laboral y de la economía informal, el aumento de la desigualdad social y la persistencia de la pobreza como las bestias negras de la experiencia económica mexicana de los últimos treinta años, permanecen como las herencias de un oficialismo que jamás supo cómo lidiar con la ecuación política de las políticas de crecimiento económico, justicia social y bienestar colectivo.
En términos políticos, su “política de alianzas” (si es que alguna vez la hubo) consistió en una ambigua red de acuerdos cupulares, pragmáticos y de corto plazo con las fuerzas vivas del sindicalismo priista y expriista (el SNTE, por ejemplo), a cambio de apoyos confusos y reformas simbólicas. Bajo el manto protector del calderonismo, se extendieron y consolidaron las redes del sindicalismo de la más pura cepa corporativa y autoritaria, mientras que por otro lado, se combatió sin prisas pero sin pausas las expresiones del sindicalismo rebelde (como el del SME). Sitiado por la oposición política tanto del perredismo como del priismo, el ejecutivo federal nunca pudo articular una coalición política estable y coherente, capaz de sacar adelante las reformas estratégicas planteadas en su propia agenda. En cambio, la imagen de incapacidad e ingenuidad, de voluntarismo combinado con un permanente malhumor presidencial, se impusieron como las señas de identidad de un gobierno maniatado y cercado por una oposición política hábil en el manejo de los bloqueos a las iniciativas del ejecutivo. Las elecciones federales intermedias del 2009 y las presidenciales del 2012, en los cuales se desplomó el voto panista, pasaron la factura ciudadana a la fallida política presidencial.
La última y acaso única salida política que tuvo a su disposición el calderonismo para legitimar su gestión fue el combate al narcotráfico. Colocado en la agenda como un asunto moral y ético responsabilidad del Estado -según la interpretación católica de la ideología panista y el cálculo frío del pragmatismo político-, el Presidente intentó encabezar una “guerra” contra un enemigo supuestamente claro y preciso: las organizaciones criminales, los cárteles del narcotráfico. Como se ha registrado de manera sistemática, esa guerra tuvo efectos incontrolados y perversos: la expansión de las redes del narcotráfico, el incremento espectacular de la violencia y el número de homicidios en muchas ciudades y poblados, el debilitamiento de las autoridades locales y estatales, el fortalecimiento del temor como signo de los tiempos, la sensación de que todo lo sólido se desvanecía en el aire.
En el ocaso de su gestión y de su trayectoria política, Felipe Calderón representa muy bien las paradojas y contradicciones del panismo contemporáneo, fatalmente atrapado por las reglas y condiciones que ayudó a construir en los años de la transición y el cambio político hacia la democracia. Los saldos duros de la gestión del panismo en el poder ya fueron contados, puntualmente, en las elecciones presidenciales de este año. Sin embargo, el acumulado de costos, pérdidas y extravíos para el partido más importante de la derecha política mexicana aún está por hacerse.

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