Thursday, April 25, 2013

Corazón pagano




Estación de paso
Corazón pagano
Adrián Acosta Silva
Señales de humo, Radio U. de G., 25 de abril de 2013.

La vida social posee una característica importante: está hecha de rituales, que expresan a su vez un conjunto de normas y de reglas, de creencias y corazonadas. La ubicuidad de los ritos, su potencia simbólica y práctica, revela en la profundidad y en la superficie de la vida en común las características del orden social. Saludar en un encuentro casual, despedirse de una reunión, celebrar una misa, participar de un matrimonio (o de un divorcio), un mitin político, un acto de graduación universitaria, un funeral, un bautizo, una toma de posesión de cualquier cargo público, una conferencia, un concierto de música, una función de teatro. Todas ellas son representaciones de cosas importantes, actos en los que protagonistas y espectadores juegan un papel específico, y donde los gestos, la atención, los intercambios de palabras y de cosas, configuran comportamientos para los cuales no existen libretos ni reglas escritas, sino que son aprendidos y repetidos de generación en generación, por la vía de la escuela o por las leyes de la calle, por la influencia de la familia o la socialización con los amigos, o con los enemigos.
Veamos, por ejemplo, los rituales políticos. Un presidente, o un gobernador, o un alcalde municipal, están habituados a representar un papel. Ahora que han pasado las ceremonias de toma de posesión, de inaugurar foros de consulta sobre planes de desarrollo, de reunirse con diversos grupos de ciudadanos para escuchar sus propuestas o para invitarlos a las suyas, esos rituales se repiten de manera rutinaria. La investidura de los funcionarios les obliga a representar ese papel una y otra vez, en diversos contextos, circunstancias y motivos. Su jerarquía formal en la estructura y relaciones del poder, les confieren una centralidad legítima, un papel protagónico en el espectáculo público y en las reuniones sociales y muchas veces hasta en las privadas. Su puesto les obliga a seguir con atención las expresiones de amigos, aliados y adversarios. Su posición los conduce a mantener actitudes prudentes, mesuradas en el escenario público, a la vez que les presiona para utilizar una retórica optimista, de seguridad y certeza sobre lo que hacen, de construir un discurso más o menos coherente, confiable, constante.
Es curiosa la manera en que se desarrollan los rituales públicos o privados en los que dichos personajes –los políticos- participan de manera rutinaria. Inauguran obras y congresos, celebran aniversarios oficiales, cortan listones, anuncian cambios, iniciativas y proyectos, pronuncian discursos de ocasión, repiten clichés, frases, lugares comunes. Pueden ser rituales insoportablemente aburridos para muchos, irrelevantes para otros, o sumamente encantadores para pocos. Cuando los políticos profesionales o de ocasión se convierten en funcionarios públicos o representantes populares, una variada colección de máscaras aparecen en escena, mediante las cuales los actores representan su papel para relacionarse con los otros.
La investidura de la autoridad impone respeto, pero también obligaciones, deberes y responsabilidades. Por eso algunos de los peores políticos suelen ser quienes se quieren hacer pasar como informales, despreocupados, coloquiales, vamos, hasta chistosos. Están también, en el otro extremo, los que caminan con el aire de la superioridad moral o política que da el puesto, que enarbolan discursos de cara a la historia, dichos con la solemnidad de quienes están seguros de que sus palabras son y serán siempre importantes, trascendentales. Existen también los que poseen el carisma, ese “don divino” del que hablaba Max Weber para referirse a cierta clase de liderazgos. Entre estos extremos se cocina a fuego lento la auto-representación de la política que hacen los propios políticos, en los cuales el puesto y la persona se funden en una sola figura, cuyo instinto básico de supervivencia tiene que ver con la de generar apoyos, lealtades, tal vez hasta simpatías con los ciudadanos y con otros políticos. En esas circunstancias, la naturaleza de la bestia exhibe su corazón pagano, politeísta, pragmático y circular, atento a los riesgos, a las incertidumbres y, sobre todo, a las oportunidades de incrementar o invertir su capital político.
En cualquier caso, la política, los rituales y las creencias van de la mano. Los dilemas, las tensiones y las encrucijadas de los políticos se resuelven solamente con la posesión de un pragmatismo metálico, inclinado ante varios dioses, para ser capaz de sobrellevar las frustraciones, las satisfacciones y las incertidumbres de la política contemporánea, en la que, como todo en la vida, nada es para siempre. Es ese corazón pagano del que nos habla el viejo profesor irlandés Van Morrison a ritmo de blues en una de las canciones incluidas en su disco más reciente (Born to Sing: No Plan B, Blue Note Records, 2012). Un corazón que, bajo el peso de las encrucijadas vitales, se rinde o se ampara ante cualquier dios para tomar, o enfrentar, o eludir, decisiones difíciles.

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